Los stalinistas que sacaban petróleo de las piedras

 Juan Manuel Olarieta

Casi cada párrafo de la última bufonada de Luis Felip López-Espinosa,
publicado recientemente por Rebelión (1), me ha divertido, sobre todo
cuando enuncia su pretensión de no redactar «el típico manual de
marxismo»
. Que no se preocupe: su manual no tiene nada que ver con el
marxismo. Es una colección de tópicos revisionistas entre los que no
podía faltar una alusión al «periodo stalinista» y al caso Lysenko «que
entorpecieron el trabajo científico de numerosos intelectuales
comunistas»
(pg.55). Si en la URSS los intelectuales «comunistas»
hubieran sido de la catadura de López-Espinosa no hubieran necesitado ni
a Stalin ni a Lysenko: son tan torpes que se entorpecen ellos mismos.

No quiero ni imaginar lo que López-Espinosa entiende por «trabajo
científico»
, pero es posible que sea ese alpiste indigesto que nos
sirven procedente de las universidades anglosajonas, lo mismo que si
fuera comida rápida aderezada con tragos Pepsi-Cola light. Según él la
ciencia se mantiene «como referente de toda la comunidad científica
durante un periodo largo de tiempo»
(pg.14). Por eso me siento aliviado
cuando López-Espinosa asegura que «el marxismo no es una ciencia,
afortunadamente»
. Es más, si a eso le llaman ciencia, el marxismo no
sólo no es una ciencia sino que está en contra de esa «ciencia» y de
«toda la comunidad científica»
que López-Espinosa utiliza como
«referente».

También es normal que afirmen que en la URSS no hubo tal chapuza de
«ciencia» y que se lancen a largar, como López-Espinosa, lo primero que
les viene a la cabeza sobre Lysenko, sin tener ni la más remota idea del
asunto. Ni falta que les hace; parece ser que ellos llaman «ciencia» a
ese estilo insustancial de escribir. Por eso no puede extrañar que en
los países capitalistas la «ciencia» siga degenerando a pasos
agigantados y a un desvarío le siga otro, como si se tratara de un
concurso de alucinados.

Como cualquier otro movimiento, la ciencia avanza en forma de
contradicciones, de polémicas y de debates. Por eso algunas de las obras
científicas de Galileo llevan el título de «diálogo» precisamente. Se
trata de discusiones que teatralizan un debate, preguntas que exigen
respuestas y respuestas que suscitan nuevas preguntas. A lo largo de la
historia del pensamiento humano nunca ha existido nada parecido a esa
«comunidad científica» que López-Espinosa convierte en «referente» de no
se sabe qué. Quizá de que a Giordano Bruno le quemaran en la hoguera,
una buena muestra de que junto a esa «comunidad científica» que ejerce
de tribunal de la inquisición, están los herejes y las brujas.

Donde no hay una pugna abierta de tesis contrapuestas no hay ciencia. A
lo largo del siglo XX donde más progresó (y más rápidamente) la ciencia
fue en la URSS, gracias -entre otras cosas- a los debates que se
entablaron entre los científicos, algo a lo que no estamos acostumbrados
en los países capitalistas, donde la ciencia es un trágala perro cuyo
altavoz son esas revistas especializadas tan «prestigiosas» que se
editan en Estados Unidos y Gran Bretaña y que sólo en raras ocasiones
publicaron los artículos de los científicos soviéticos. En realidad,
antes y ahora, no publican más que lo suyo.

Los debates científicos que se entablaron en la URSS fueron censurados
porque el mensaje que tienen que inculcar acerca de aquella época es que
nadie se atrevía a debatir porque era una dictadura en la que Stalin lo
daba ya todo prefabricado. Pero hay algo aún peor que el silencio, la
manipulación, y donde los imperialistas no pueden imponer el silencio,
sus secuaces revisionistas imponen la manipulación. El ejemplo más
evidente es lo que López-Espinosa califica como «caso Lysenko», que él a
su vez tergiversa sin pudor para ocultar lo más básico del «caso»: que
el imperialismo orquestó toda una campaña mundial de descrédito en torno
a un debate en el que participaron más de 700 científicos (2).

Lo mismo sucedió con la geología. Tres años después del congreso sobre
biología se convocó otro sobre geología del petróleo en el que a Nikolai
A. Kudriavtsev le tocó el papel de Lysenko para enunciar otra tesis a
contrapelo del alpiste anglosajón: el origen abiótico y profundo del
petróleo, que choca con las tesis dominantes acerca de su origen fósil.
Buscar un artículo de Kudriavtsev que haya sido traducido y publicado
por alguna de esas revistas «científicas» es como buscar una aguja en un
pajar. No merece la pena esforzarse.

Las tesis de Kudriavtsev no eran tan novedosas. Ya fueron anticipadas a
mediados del siglo XIX por el francés Berthelot y el ruso Mendeleiev.
Resurgen en la URSS tras la II Guerra Mundial, como cualquier otro
avance del pensamiento humano, por una necesidad acuciante: porque el
petróleo es una materia prima que, como ya explicó Lenin, tiene un
carácter estratégico. Los yacimientos de Bakú presentaban síntomas de
agotamiento y los imperialistas pretendieron seguir asfixiando a la
URSS, impidiéndole el acceso al petróleo de Oriente Medio.

Como era característico, la URSS movilizó a miles de científicos, no
sólo para buscar nuevos pozos sino para replantear todas y cada una de
las tesis admitidas en la ciencia acerca de la geología del petróleo.
Todo se puso patas arriba: universidades, laboratorios, centros de
investigación, expediciones científicas… Fue el proyecto científico
más ambicioso de la URSS desde los tiempos del Goelro, el plan leninista
de electrificación aprobado en 1920. En poco tiempo se publicaron unos
4.000 artículos, además de libros científicos sobre el petróleo, una
campaña de expansión científica que no conoce ninguna clase de
precedentes, la mayor y más rapida concentración bibliográfica sobre
ciencia… a la que las caciquiles universidades occidentales siguen
abolutamente ajenas. Naturalmente. Les basta el trágala perro.

Como en el caso Lysenko, si se examina -aunque sea superficialmente-
toda esa gigantesca producción científica, por encima de la cantidad lo
que destaca es la diversidad de tesis enfrentadas, las críticas y
autocríticas y, en definitiva, la libertad de creación científica. A lo
largo de un debate que se prolongó durante 20 años, algunos geólogos
admitieron que nunca había habido ninguna revisión crítica similar de la
hipótesis dominante sobre el origen fósil del petróleo.

El geólogo comunista I.M.Gubkin, precursor de la minería del petróleo en
la URSS, había demostrado que la teoría lleva a la práctica y la
práctica a la teoría (3). Las tesis de Kudriavtsev no sólo eran
científicamente correctas sino que además dieron los frutos esperados.
Hoy en Rusia las prospecciones aciertan en un 60 por ciento de los pozos
que perforan, mientras que en Estados Unidos el porcentaje baja a sólo
un 10 por ciento. La URSS puso a Rusia a la cabeza de la geología del
petróleo. Aún sigue viviendo de los réditos científicos de la época
soviética, que la han convertido en la mayor productora mundial de
hidrocarburos.

Siguiendo las teorías de Kudriavtsev, en 1981 los soviéticos encontraron
petróleo en los sitios más insospechados, a grandes profundidades, como
el pozo del Tigre Blanco (Bach Ho), en las costas de Vietnam, a 5
kilómetros de profundidad, donde la Exxon se había quedado con las manos
vacías. Aún hoy la empresa que explota el yacimiento utiliza una marca
comercial, Vietsovpetro, que con la hoz y el martillo no deja lugar a
dudas sobre su origen histórico. Como dice su página web, excavado en
roca basal, el Tigre Blanco se ha convertido en un foco de atención para
los científicos de todo el mundo (4).

Los mandarines actuales que manejan la «ciencia» y sus circuitos
intelectuales van a tener que cambiar a marchas forzadas sus viejos y
ridículos prejuicios. Les ha costado medio siglo mantener a la geología
con la boca cerrada y ya se empiezan a tirar de los pelos. Por fin en
2003 la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo convocó una
Conferencia en Londres para discutir la teoría de Kudriavtsev. Lograron
aplazar el debate para el año siguiente en Viena y luego lo trasladaron a
Calgary (Australia)… En este asunto la «comunidad científica» de
López-Espinosa sólo lleva 60 años de retraso respecto a la soviética. El
investigador estadounidense F. William Engdahl los ha calificado como
«intelectuales fósiles», y se ha quedado muy corto.

Las tesis de Kudriavtsev no sólo cambiaron la fisonomía de la URSS sino
que, teniendo en cuenta el peso del petróleo en las estrategias del
imperialismo, pueden cambiar muchas otras cosas en el futuro. Si se
mantienen en el silencio quizá sea porque no interesa que esas cosas
cambien, que todo siga igual.

Mientras tanto la CNN califica de «disidentes» a los científicos que
siguen las tesis de Kudriavtsev, al más puro estilo de la guerra fría en
un artículo cuya lectura no tiene desperdicio (5). En fin, seguimos
como en los más tenebrosos momentos de la Edad Media. A un lado está
«toda la comunidad científica» y en el opuesto los herejes, los
disidentes y todos los demás que -como Stalin, Lysenko y Kudriavtsev-
dedican sus esfuerzos a entorpecer a los anteriores. Pero gracias a esta
brujería petroquímica en Vietnam extraen 280.000 barriles diarios de
petróleo, literalmente de las piedras. Un verdadero akelarre.

Notas:

(1) Ser social y conciencia política, Rebelión, 25 de marzo de 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=182448
(2) Lysenko. La teoría materialista de la evolución, http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/trip/lysenko.html
(3) S.I.Mironov: I.M.Gubkin. An example of the close association of the scientific creative with the practical, en Petroleum Geology: A digest of russian literature on Petroleum Geology, 1959, vol. 3, núm. 4A. pgs. 209 y stes.
(4) Vietsovpetro, http://www.vietsov.com.vn/Pages/introduction_en.aspx
(5) Oil Without End? Revisionists say oil isn’t a fossil fuel. That could mean there’s lots more of it, 17 de febrero de 2003, http://money.cnn.com/magazines/fortune/fortune_archive/2003/02/17/337289/

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