Durante décadas el imperialismo ha impuesto una camisa de fuerza a muchos pueblos del mundo, incluso después de la descolonización. Con el tiempo, las presiones de las grandes potencias se han intensificado para hacer frente, tanto a los movimientos de liberación nacional como a los países liberados del yugo colonial.
El movimiento comunista internacional siempre ha contado con las aspiraciones de los pueblos del mundo a su liberación, y las ha apoyado y defendido. Hace cien años el Partido bolchevique convocó la Conferencia de Bakú para agrupar a los movimientos de liberación nacional y los congresos de la Tercera Internacional siempre dedicaron un amplio espacio a las luchas del Tercer Mundo.
Lo mismo ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se reunió la Conferencia de Bandung en 1955 para impulsar la descolonización porque en el mundo la lucha de clases está unida indisolublemente a la lucha de los pueblos oprimidos por su emancipación.
No es nada nuevo para el movimiento comunista internacional. Desde los tiempos de la Primera Internacional, Marx y Engels defendieron la lucha por la independencia de Irlanda y Polonia y lo llevaron al interior mismo del movimiento obrero por un principio revolucionario muy simple, pero fundamental: la clase obrera no sólo defiende sus propios principios socialistas sino la causa general de todos los pueblos oprimidos del mundo.
El emblema del proletariado une la hoz campesina al martillo proletario como expresión de una alianza, que es imprescindible en cualquier revolución. Esa alianza es a la vez interna, porque concierne a cada país, como internacional, porque corresponde a todos los trabajadores del mundo. No hay revolución posible sin una estrecha alianza de los trabajadores con los campesinos y demás sectores explotados y oprimidos.
‘Transformar la guerra imperialista en guerra civil’
Es imprescindible entender esa alianza, que es necesariamente heterogénea, por otra experiencia histórica de los movimientos revolucionarios, a saber que los cambios políticos y sociales no sólo tienen su origen en las contradicciones propias de un país, sino a los condicionamientos exteriores y al papel que juegan terceros países en la situación interna.
La Revolución de Octubre en Rusia es inseparable de la Primera Guerra Mundial. En 1917 la guerra imperialista fusionó las contradicciones externas con las internas, debilitó a los países de Europa central y oriental y, muy especialmente, al Imperio zarista. Los bolcheviques pudieron llevar adelante la revolución proletaria no sólo por su trabajo político entre los clase obrera y el campesinado, sino también porque entendieron la situación política que se había creado a escala europea y pudieron poner en marcha una estrategia adecuada para acabar con el zarismo y con el régimen que trató de sustituirlo en febrero de 1917.
Por lo tanto, no es posible dirigir una revolución sin tener una comprensión clara del imperialismo y de la situación internacional, en la que operan fuerzas heterogéneas capaces de llevar a la crisis a los Estados más poderosos. La consigna bolchevique de “transformar la guerra imperialista en guerra civil” resume el estrecho vínculo entre las contradicciones internacionales y las internas.
Un reciente informe del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo dice que el año pasado se alcanzó el mayor número de guerras desde 1946, superior incluso a los tiempos de la Guerra Fría. Era previsible teniendo en cuenta la internacionalización de las fuerzas productivas, que tiene su correlativo en la guerra económica, el bloqueo, las sanciones, la piratería, los embargos, los aranceles…
Es cierto que los Estados no se deben analizar sólo por las posiciones internacionales que sostienen. Pero es igualmente cierto que las contradicciones internacionales se transforman en internas, lo que es especialmente evidente cuando estalla una guerra.
Se pueden poner numerosos ejemplos extraídos de la actualidad, como es el de Irán, un país capitalista enfrentado a las grandes potencias que desde 1950 trata de seguir una política independiente.
‘Compañeros de viaje’
Una organización comunista cometería un error grave al separar la lucha por el socialismo en Irán, de la lucha por liberarse del yugo que las grandes potencias tratan de imponer, y es aún más grave suponer que ambas luchas se oponen entre sí. Por el contrario, una contribuye a la otra, la acerca y la favorece.
En los años treinta del pasado siglo el Partido Comunista de China se encontraba en guerra con el Kuomintang, una guerra calificada de “civil” que se convirtió en una guerra de liberación cuando Japón invadió Manchuria en 1931. Entonces el Partido Comunista ofreció un pacto a sus enemigos de clase, la creación de un frente común para transformar la guerra civil en una guerra anticolonial, internacional.
El Kuomintang se negó. Siguió tratando de aniquilar al Ejército Rojo, lo que le condujo al fracaso, mientras las fuerzas revolucionarias crecieron y se fortalecieron porque las masas tuvieron claro que era la única fuerza capaz de defender la independencia nacional de China.
En el movimiento comunista internacional se decía que ese tipo de movimientos eran “compañeros de viaje”. En su travesía quizá no lleguen hasta el final, quizá se bajen en la próxima estación, pero son necesarios en las primeras etapas para acumular fuerzas.
Sin embargo, los trotskistas y los anarquistas no aceptan las etapas. Lo mismo que los niños malcriados, lo quieren todo y lo quieren ya. Se llenan la boca con grandes palabras y frases vacías. Tienen prisa y los pequeños progresos les parecen poco; les parece reformismo.
Es un serio error. En la lucha por el socialismo hay fases y etapas distintas. Es consecuencia de la ley del desarrollo desigual, a saltos, decía Lenin (1). Algunas de ellas se pueden saltar, por diversas circunstancias objetivas que concurren en un determinado país. Otras se pueden recorrer deprisa. Hay etapas que se pueden acumular o coincidir en el tiempo. Las clases sociales y las fuerzas políticas que participan en ciertos tramos del recorrido, están ausentes en los otros, o quizá incluso se oponen a ellos.
Para los comunistas, el propio socialismo no es el punto final del trayecto. El objetivo es la creación de una sociedad sin clases y, por consiguiente, sin Estado. El socialismo es una etapa que, a su vez, recorre distintas etapas. En la construcción del socialismo en la URSS son conocidas la economía de guerra, la nueva política económica, la colectivización, los planes quinquenales…
Esas etapas son diferentes en cada país. No pueden ser las mismas en un país económicamente avanzado, donde la clase obrera es numerosa, que otro emergente, que no tiene un tejido amplio de empresas capitalistas. Sólo una vanguardia comunista es capaz de analizar esas situaciones diferenciadas, ponerse al frente de las luchas y llevarlas hasta el final de una manera consecuente.
Los países dependientes políticamente independientes
Una de las consecuencias de la debilidad del capitalismo en los países emergentes es la debilidad de los Estados respectivos, sobre todo en comparación con las grandes potencias. El capital financiero, decía Lenin, es una fuerza tan considerable que es capaz de subordinar “incluso a los Estados que gozan de una independencia política completa” (2). Esta situación muestra toda una gama intermedia de situaciones de subordinación, incluida la que Lenin califica como “países dependientes políticamente independientes” (3).
La lucha de los países por sacudirse de encima esa dependencia es plenamente legítima y es lo que explica el desarrollo del movimiento de los no alineados en 1955, que siempre fue defendido e impulsado por la URSS, por otros países socialistas y por el movimiento comunista internacional.
El movimiento de países no alineados se defiende del empeño de las grandes potencias de someterlos, lo que ha desatado importantes guerras de liberación nacional, plenamente legítimas. Pero tanto los países emergentes como los movimientos de liberación no sólo se enfrentan a las grandes potencias, sino que tratan de establecer lazos diplomáticos y económicos entre ellos, formando bloques y alianzas para escapar de las trampas que les tienden los imperialistas, que van desde el golpismo hasta el expolio de propiedades.
Esas alianzas, que han adoptado formas muy diversas a lo largo del último siglo, se suelen llamar hoy “multilaterales” porque se basan en al apoyo mutuo frente a unos adversarios mucho más poderosos. Es una diplomacia horizontal que deja a las grandes potencias al margen de los acuerdos de los países emergentes. Los nuevos amigos alejan a las viejas metrópolis.
(1) El imperialismo fase superior del capitalismo, pgs.76 y 77.
(2) Idem, pg.103
(3) Idem, pg.108