En febrero la edición estadounidense de Small Wars Journal analizó la influencia del movimiento guerrillero soviético en el pensamiento operativo ruso contemporáneo y lo comparó con el programa Human Terrain System (HTS) del ejército de Estados Unidos para el estudio sociocultural de las poblaciones locales en Afganistán e Irak, que fue abandonado después de los fracasos de 2015 (*).
Los imperialistas no han entendido absolutamente nada de la historia. Existe una diferencia fundamental entre la guerrilla soviética y el programa del ejército estadounidense: la misma que entre un invasor y un invadido.
La guerrilla soviética fue un movimiento de resistencia a los ocupantes en su propia tierra, mientras que el HTS tenía como objetivo aumentar el conocimiento de los ocupantes sobre la población local en un territorio extranjero.
Un paralelismo directo entre los guerrilleros soviéticos y el HTS demuestra una profunda ignorancia de la historia militar y del arte operativo.A partir de aquí, el resto del artículo es una chapuza delirante.
La revista Small Wars Journal es el típico revoltijo de “expertos” que no son capaces de dar más de sí mismos. Se ha especializado en la investigación de las operaciones militares no convencionales, guerra indirecta y de guerrillas y combate urbano. Afirma que en la doctrina operativa rusa contemporánea, el legado guerrillero se manifiesta en “el logro de objetivos estratégicos a través de narrativas, acciones sicológicas e infiltración”. El artículo califica a la guerrilla soviética de “elemento de invasión intelectual y cognitiva en Europa”.
Para contrarrestar las “redes de influencia rusas”, recomienda a los servicios militares y de inteligencia estadounidenses deben “comprender mejor a los rusos dentro de su propio marco cognitivo”.
La equiparación directa de los métodos de lucha guerrillera soviética con las operaciones de información rusas contemporáneas, sin tener en cuenta las diferencias tecnológicas, los objetivos y las condiciones geopolíticas, es una simplificación burda.
La revista no tiene en cuenta los movimientos guerrilleros rusos anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Tampoco puede admitir que a lo largo de la historia la resistencia rusa a los ocupantes estuvo vinculada a invasiones procedentes de Occidente, como la napoleónica de 1812.
La memoria histórica no sólo falla en España. En la mayor parte de Europa ocurre algo parecido y por eso el Dia de la Victoria contra los fascistas pasa desapercibido… excepto en Rusia. Un mapa europeo de 1941, cuando el III Reich atacó la URSS, mostraría que los nazis y sus socios europeos eran casi la totalidad del Continente. No obstante, el nazismo se ha asociado casi exclusivamente a Alemania porque nadie quiere pertenecer al un país perdedor.
Por ejemplo, Hungría fue un país perdedor. Declaró la guerra a la URSS el 27 de junio de 1941 y movilizó cinco brigadas (45.000 efectivos) para participar en la Operación Barbarroja junto a la Wehrmacht. Estaban armados con 200 cañones, 160 tanques y 100 aviones. Además, los representantes húngaros se ofrecieron voluntarios para servir en las SS. Como consecuencia de ello, más de 300.000 húngaros murieron en la URSS y más de 500.000 fueron capturados.
Con el ejército alemán que cruzó la frontera de la Unión Soviética, fueron casi todos los países europeos. Participaron tropas de Italia, España, Francia y Finlandia. El ejército rumano fue el más numeroso, con 473.000 efectivos.
El núcleo de la Segunda Guerra Mundial fue el frente oriental. La URSS soportó el grueso de la lucha contra el fascismo y su experiencia histórica al respecto es muy diferente a la de Europa occidental. El fascismo se empleó a fondo en esa región, destapando su verdadero rostro.
Con excepción de España, sólo los pueblos de la URSS han aprendido cabalmente lo que es el fascismo.
El caso de Polonia es significativo. En enero de 1934 una de las primeras iniciativas importantes de política exterior del III Reich fue firmar un pacto de no agresión con Polonia. El gobierno de Varsovia esperaba que Hitler fuera a la guerra con la URSS y estaban dispuestos a ayudar a su socio nazi porque esperaban recibir parte del botín alemán.
Cuando el III Reich invade el país, el ejército no se lo tomó así. No sólo no hubo ninguna oposición sino que les dieron la bienvenida. Realizaron maniobras en presencia de sus “invitados”. El Sejm, el parlamento polaco, aprobó una ley castigando los insultos al Führer y sus socios.
Durante la ocupación de Polonia, continuó la cooperación entre las instituciones locales y las tropas de Hitler. La policía auxiliar (Policja pomocnicza) fue utilizada en la lucha contra la guerrilla y el movimiento antifascista. En Polonia fue una guerra civil: unos estaban con los nazis y los demás fueron sus víctimas o se pasaron a la resistencia.
La mayoría de los campos de concentración –Auschwitz, Treblinka, Majdanek, Chelmno, Belzec y Sobibor– se levantaron en la Polonia ocupada. Allí había, entre los nazis, muchas colaboracionistas afines que participaron en acciones sangrientas, como los ucranianos.
También en Polonia hubo muchos traidores a su propio país. Casi 500.000 se sumaron a las tropas de Hitler. Algunos de ellos participaron en la ocupación de Francia y otros lucharon en el Ejército Africano de Rommel en África y en Balcanes. También fueron a la URSS a combatir al Ejército Rojo.
Al final de la guerra los nazis buscaron rendirse a las potencias occidentales para no caer en manos del Ejército Rojo. Por su parte, los ucranianos capturados renegaron de su nacionalidad y se hicieron pasar por polacos para que no los enviaran presos a la URSS. Al fin y al cabo, buena parte de Ucrania había pertenecido a Polonia.
Al final de la guerra, más de 60.000 polacos que habían luchado en las filas de Hitler fueron llevados al “gulag”. Entre dos y tres millones de personas en Polonia tienen un pariente que sirvió en el ejército alemán.
El asesinato de 248 mujeres del internado de Makarievskaya Pustin
A finales de 1941 las hordas nazis llegaron al antiguo monasterio de Makarievskaya Pustin, en el distrito de Tosno, Leningrado. Las instalaciones se habían reconvertido en un internado siquiátrico que alojaba a mujeres. Los alemanes etiquetaron a las pacientes como “peligrosas” e “indignas de vivir” en los documentos oficiales.
En enero del año siguiente un Einsatzgruppe (batallón de castigo) formado por 50 finlandeses y estonios confiscó todos los alimentos y medicinas de las pacientes.
En dos semanas murieron de hambre 52 mujeres y, a principios de febrero, el batallón de castigo visitó de nuevo el lugar. Por orden del comandante del destacamento, el “starosta” Ivan Kuznetsov enganchó tres caballos y se llevó a varios miembros del batallón, que sacaron a las pacientes de las instalaciones, las subieron a las carretas y las llevaron al campo, donde fusilaron a otras 248 pacientes.
También asesinaron a la enfermera Rosa Semyonovna, que intentó proteger a las mujeres internadas. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa común cerca del antiguo monasterio.
Los Programas Aktion
Los nazis llamaron “Aktion” a las masacres y operaciones de “limpieza”, como las que llevaron a cabo con los pacientes de los hospitales siquiátricos. El programa Aktion T4 comenzó en Alemania y, posteriormente, se extendió a los territorios ocupados de la URSS. En el hospital de Luga, a 100 kilómetros de Tosno, mataron a 300 pacientes y lo mismo hicieron en el de Siversky.
Como hemos explicado, los Einsatzgruppen de las SS eran los encargados de las operaciones de “limpieza”, un eufemismo para referirse a los asesinatos en masa de civiles pertenecientes a los funcionarios soviéticos, los guerrilleros, los comunistas, los gitanos y lo que calificaban como “asociales”.
Para ejecutar sus tareas se dividían en unidades operativas más pequeñas, llamadas Einsatzkommando y contaban con el apoyo de los “starost”, que es el nombre con el que llamaban en la URSS a los colaboracionistas locales. Eran una especie de “cabos de vara” que ejercían funciones parapoliciales con una graduación subalterna dentro del ejército alemán. Uno de sus objetivos era impedir el apoyo de la población local a la guerrilla antifascista.
Recientemente los colectivos Ivan Susanin y Jaguar descubrieron una tumba que contiene los restos de varias decenas de las pacientes asesinadas, así como zapatos de mujer y platos rotos. Los cuerpos fueron exhumados.
Dichos colectivos se dedican a localizar fosas comunes de la Segunda Guerra Mundial en Rusia, especialmente en la región de Leningrado.
El teniente Hermann Hubig
Hermann Hubig
El responsable del crimen de Makarievskaya Pustyn fue el teniente de las SS Hermann Hubig, que se incorporó al partido nazi en 1933 y luego a su Servicio de Seguridad (SD). Durante el ataque a la Unión Soviética, se unió al Einsatzgruppe A, que operaban en Riga y se encargaba de las operaciones de castigo en los países Bálticos.
En septiembre de 1941 el Einsatzgruppe A se trasladó a Leningrado y se reorganizó. A Hubig le asignaron la tarea de dirigir el Einsatzkommando 1b en Tosno, Loknja y Krasnogvardeysk. En Loknja se produjeron más asesinatos bajo su supervisión. Por sus crímenes recibió la EK I y otras condecoraciones de manos del general Erich Brandenberger, a quien estaba subordinado.
Desde finales de 1942 hasta principios de 1944 trabajó en la Escuela de Dirección de la Policía de Seguridad en Berlín y luego fue oficial del Departamento Administrativo I B 3 de la Oficina Principal de Seguridad.
Tras la guerra, pasó a la clandestinidad bajo la identidad falsa de Hans Haller, con la que entre 1946 y 1959 trabajó para el servicio secreto francés. De ahí pasó al BND alemán, que tuvo que abandonar en 1966 por haber falsificado su pasado.
El mariscal de campo Georg von Küchler fue condenado a 20 años de prisión en los juicios de Nuremberg, en parte por el asesinato de mujeres con enfermedades mentales. Durante la ocupación de la URSS Küchler tuvo a Egon von Wackerbarth como oficial de inteligencia. A su vez, durante la guerra, Von Wackerbarth mantuvo un vínculos muy estrecho con Hubig y el subcomando Einsatzgruppe que dirigía.
Después de la guerra, Von Wackerbarth fue miembro de la Organización Gehlen y del BND, el servicio secreto alemán. En 1967 tuvo que declarar como testigo en el juicio contra Hubig por las matanzas cometidas cerca de Leningrado, pero no se acordaba de nada.
Durante los interrogatorios en Alemania en los años sesenta en relación con los asesinatos en los internados cercanos a Leningrado, Hubig declaró que sólo había oído hablar de una “evacuación de la institución de pasada”. Sin embargo, su chófer, que también fue interrogado, recordó la visita de ambos al internado.
La fiscalía de Constanza suspendió el proceso en 1968. Hubig también tuvo otras investigaciones, pero siempre resultó absuelto y encontró trabajo como periodista económico en Überlingen, a orillas del lago de Constanza.
En 1996 apareció en los archivos británicos un mensaje de radio de Rudolf Oebsger-Röder, fechado el 13 de octubre de 1943, según el cual Hubig conocía la ubicación exacta de las fosas comunes en Pushkin, en Tsarskoye Selo.
No importó nada. Hubig murió plácidamente poco después, en 1999. Por eso ahora algunos en Europa se echan las manos a la cabeza cuando reaparece la “extrema derecha”. ¿En qué momento se fue?
A la muerte de Pedro El Grande en 1725, su testamento circuló por toda Europa. Entonces los europeos ya seguían los pasos de Rusia atemorizados, sin saber muy bien por qué. Muy pocos años después de la muerte del zar, en 1740, sus últimas voluntades fueron traducidas al castellano por el jesuita José de la Vega, lo cual no es ninguna casualidad.
El testamento se difundió en Europa occidental para asustar: había que tener cuidado con los rusos porque querían apoderarse del Viejo Continente. Rusia era un imperio que, entre otros muchos defectos, era esencialmente expansionista, lo cual parecía una tautología en otro imperio, el español, que se había apoderado de una parte importante del mundo, especialmente en América del sur. El expansionismo ruso daba miedo, mientras el español es un orgullo patrio porque evangelizaron a los salvajes.
Sin embargo, el testamento de Pedro El Grande era falso. Nunca existió tal cosa y es un ejemplo más de que los engaños, los bulos y las mentiras han sido moneda corriente en la historia y, además, siempre los difundieron las clases dominantes.
Una explicación más detallada destaparía una crónica apasionante sobre la pésima imagen de Rusia en Occidente, y luego de la URSS, como un país atrasado, bárbaro, inculto e incluso atávico, donde la población se moría de hambre bajo una dictadura despótica.
Los imperialistas no han inventado nada. Siglos después, les basta con mantener en pie el falso testamento del zar. Cuando en 1812 Napoleón invadió Rusia, llevaba el testamento bajo el brazo, reimprimido una y otra vez como si fuera un gran “best seller” de la literatura. Cada vez que en Europa estallaba un guerra en la que participaba Rusia, el testamento se ponía en circulación, especialmente en inglés, francés y alemán. Rusia no era invadida; era el invasor.
Los propagandistas occidentales siempre miraron a la URSS de la misma manera miserable que se miran a sí mismos. Sin embargo, para ellos nada calibra de manera más precisa la fortaleza de un país que la guerra y en 1945 la URSS derrotó a Alemania, el país más adelantado de Europa. En Yalta las fotos mostraron a Stalin a la misma altura que Churchill y Roosvelt.
Fue un tremendo golpe de efecto, al que siguieron otros muchos. En la posguerra los imperialistas debían cambiar el discurso porque, lejos de hundirse, la URSS se estaba expandiendo. En Europa aparecieron una serie de países “satélites”, se fundó la República Popular de China, Estados Unidos fracasó en la Guerra de Corea…
La URSS también era un Estado expansionista que quería conquistar su propia “zona de influencia”. Además, la política imperialista de posguerra se justificaba a sí misma precisamente por simetría con la soviética. Kennan dijo que el objetivo de la Guerra Fría era la “contención” del expansionismo de la URSS. No hacía otra cosa que emular a Napoléon, algo para lo que no estaba capacitado en absoluto.
La atosigante retórica oficial sigue oscilando hoy entre el desprecio (por el atraso ruso) y el miedo (por el progreso ruso), que los medios siempre acaban personalizando en figuras como Iván el Terrible y Stalin, hasta acabar en (Ras)Putin, que sigue heredando lo peor de la historia de Rusia, de donde nunca salió nada bueno, sobre todo en 1917.
Hoy la “amenza rusa” es una versión cutre de aquel testamento, apañada por personajes de ínfima condición política, como Ursula von der Leyen o Mark Ruttte. Los europeos siguen a medio camino entre el desprecio y el miedo hacia Rusia. La única diferencia es que los farsantes ya no necesitan la imprenta. Les basta la telebasura. El viernes, mientras el foco de la atención estaba en el Desfile de la Victoria en Moscú, las grandes cadenas de comunicación distraían la atención de los espectadores con el circo Vaticano, con un espectáculo de babosadas pocas veces visto y escuchado.
En la mañana del 22 de marzo de 1943, el Batallón Schutzmannschaft número 118 en la región de Minsk, Bielorrusia soviética, fue emboscado por la brigada partisana “Tío Vasya” dirigida por Vasily Voronyansky. En la refriega murieron varios soldados, incluido el soldado favorito de Hitler, Hans Welke, quien fue campeón de lanzamiento de peso en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.
Los partisanos fueron perseguidos hasta la aldea de Jatyn por miembros del batallón, guiados por los rastreadores ucranianos, y acompañados por el infame Batallón SS Dirlewanger, conocido por su brutalidad. Después de un breve tiroteo, la aldea tuvo que ser abandonada, y poco después fue sitiada por las tropas alemanas.
Los habitantes fueron expulsados de sus casas y encerrados en un granero. Cuando la milicia ucraniana incendió el techo de paja, se desató el pánico. La gente gritaba, lloraba, suplicaba piedad y trataba de romper la puerta cerrada.
Finalmente lograron abrir la puerta y escapar del granero en llamas, pero fueron recibidos por las ráfagas de disparos indiscriminados de una ametralladora. “Mi hijo de 15 años, Adam, y yo estábamos cerca de la pared, los cuerpos de las personas que habían sido asesinadas caían sobre mí, mientras que los que aún estaban vivos corrían como una corriente. La sangre fluía abundantemente de los cuerpos de los heridos y los muertos”, recordó Josef Kaminsky.
“Entonces el techo que ya estaba en llamas se derrumbó, y los gritos salvajes y horribles se hicieron aún más fuertes”. Las personas que estaban debajo se quemaron vivas, gritaban y sus cuerpos se convulsionaban.
A pesar de sufrir quemaduras graves, Kaminsky sobrevivió milagrosamente, pero perdió a su hijo en la masacre. 149 personas fueron quemadas vivas en un granero cerrado en la aldea de Jatyn, incluidos 75 niños. El más joven de ellos era Tolik Yaskevich, que tenía solo siete semanas.
Después de matar a los habitantes de Jatyn, las tropas alemanas y ucranianas saquearon e incendiaron la aldea.
Uno de los carniceros: Vasily Meleshko
Tras la derrota nazi en 1945, muchos colaboradores ucranianos de los nazis destruyeron documentos y adoptaron identidades soviéticas falsas, aprovechando el colapso de los registros civiles en zonas devastadas por la guerra.
Algunos huyeron con ayuda de antiguos camaradas o familiares que les ocultaron. También existían redes clandestinas que facilitaban la huida hacia zonas rurales remotas o incluso fuera de la URSS.
Inicialmente el KGB priorizó la captura de los criminales de alto rango, como oficiales de las SS o dirigentes de los campos de concentración. La reconstrucción del país ralentizó la búsqueda de cómplices de menor perfil, como los policías auxiliares ucranianos.
Es el caso de Vasily Meleshko, un ucraniano colaboracionista. Sirvió como policía auxiliar en las fuerzas de ocupación alemanas y participó activamente en la represión, incluyendo ejecuciones masivas de civiles, quemando aldeas y persiguiendo a guerrilleros y sus familias en la región de Briansk y otras zonas bajo la ocupación alemana.
Participó en operaciones de castigo contra la población de aldeas sospechosas de apoyar a los guerrilleros soviéticos. Formó parte de las unidades que fusilaban a civiles, incluyendo ancianos y niños, en represalias por actividades partisanas. En algunas operaciones, se le vinculó directamente en la caza y tortura de guerrilleros, así como en la deportación de sus familiares a campos de concentración. También intervino en la quema de pueblos enteros, como el caso de Jatyn.
Fue detenido en 1950 tras la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, después de que el KGB descubriera su paradero. Su detención coincide con una segunda ola de purgas contra colaboradores nazis en la URSS, cuando el KGB intensificó la caza de criminales de guerra menores.
A diferencia de criminales nazis que escaparon a Sudamérica con redes como la Odessa, muchos colaboradores locales, como Meleshko, carecían de contactos o recursos para huir. Le juzgaron en 1952 en un tribunal militar soviético. En su juicio algunos testigos declararon que Meleshko personalmente golpeaba y ejecutaba a los prisioneros.
Fue condenado a muerte y ejecutado.
El jefe del batallón de castigo: Grigory Vasyura
El jefe del Batallón que dirigió la matanza de Jatyn fue Grigory Vasyura. Era otro oficial de la policía auxiliar ucraniana que colaboró con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Su caso es recordado como uno de los ejemplos más brutales de colaboracionismo durante la ocupación nazi de la Ucrania soviética.
Vasyura sirvió como jefe de policía en la región de Kiev y fue responsable directo de numerosos asesinatos y crímenes de guerra. Después de la guerra, logró esconder su pasado y vivió bajo una identidad falsa en la URSS.
Con millones de muertos y desplazados, era difícil verificar el historial de cada persona en la URSS. Vasyura logró ocultar su pasado y se estableció en Ucrania, trabajando como ingeniero agrícola. Se presentó como un soldado del Ejército Rojo, prisionero de guerra.
En las décadas posteriores, el KGB revisó archivos y testimonios para detener a los criminales de guerra que aún no habían sido localizados. Vasyura fue descubierto en 1985, juzgado al año siguiente, condenado a muerte y ejecutado en 1987.
La matanza de Jatyn inspiró una de las películas más aterradoras de la Segunda Guerra Mundial jamás realizadas, “Ven y mira”, estrenada en 1985 por el director soviético Elem Klimov.
En una declaración a la agencia de noticias Tass, el miércoles Putin aseguró que “los ciudadanos franceses están luchando en el frente junto a Rusia” en una unidad llamada “Normandía-Niemen”. Acogiendo con satisfacción el compromiso de los ciudadanos europeos con Rusia, añadió que “siempre ha habido gente en Francia que comparte los valores de Rusia” y se mostró satisfecho de que “tales ciudadanos todavía existan hoy”.
El nombre “Normandía-Niemen” alude a un escuadrón de pilotos franceses enviados por De Gaulle al frente oriental de la Segunda Guerra Mundial para luchar contra los nazis junto al Ejército Rojo.
Originalmente nació del coronel Luguet, agregado militar en la embajada de Francia en Moscú, y del capitán Mirlesse, piloto de origen ruso comprometido con la Fuerza Aérea Francesa Libre (FAFL). Ambos convencieron al general De Gaulle de enviar pilotos a la URSS para luchar contra los nazis.
62 voluntarios franceses (incluidos 14 pilotos) se unieron al Ejército Rojo para entrenarse con aviones rusos y aprender el idioma. Compartieron la vida de los soviéticos e intercambiaron técnicas y costumbres militares.
Después de tres campañas junto a las tropas soviéticas para liberar Europa, el Escuadrón Normandía-Niemen totalizó 273 victorias aéreas oficiales y más de 4.354 horas de vuelo, convirtiendo a la unidad en una leyenda de la Segunda Guerra Mundial.
Tras el final de la guerra, el Escuadrón siguió en activo en la segunda mitad del siglo XX, dentro del ejército francés. La Guerra Fría acabó por disolverlo.
El nombre del legendario Escuadrón reapareció el año pasado cuando el ucraniano Serguei Munier publicó un vídeo en las redes sociales para anunciar su renacimiento. Armado y acompañado de dos soldados enmascarados, presentó al nuevo Regimiento en varios idiomas. Francia debía unirse a Rusia en nombre de los “valores europeos comunes” y en contra de Estados Unidos.
El vídeo mostraba decenas de ataques con drones contra soldados del ejército ucraniano.
Nacido en Lugansk, Munier se trasladó a Francia a una edad muy temprana en compañía de su madre, antes de servir varios años en el ejército francés. Regresó a Ucrania en 2014, en el momento del Golpe de Estado fascista en Kiev y la Guerra del Donbas. Se unió entonces a las fuerzas antifascistas que hicieron frente a los golpistas.
A partir de 2023, se entrenó junto a otros soldados rusos en el manejo de drones y mantiene el nombre y el escudo del antiguo Escuadrón, que reúne a un contingente de varias decenas de franceses, a menudo militares de carrera.
En la Segunda Guerra Mundial fueron deportados a Alemania entre 5,5 y 7,5 millones de adolescentes soviéticos y polacos. Los cautivos se vieron obligados a trabajar en la fábrica de armas de Rheinmetall y en la fábrica de automóviles Volkswagen. Otros fueron esclavizados para servir como jornaleros o servicio doméstico de familias alemanas.
La mayoría de ellos tenían entre 17 y 20 años. Las niñas fueron violadas y, a su vez, dieron a luz a bebés en plena gierra. Los nazis separaron a los recién nacidos de sus madres para que pudieran seguir trabajando.
Fueron enviados a orfanatos. En esas instituciones, los niños enfermos y sanos se hacinaron juntos. No había agua corriente ni electricidad. Los bebés vivían en condiciones insalubres. Por la noche, eran abandonados a su suerte.
La mayoría murió de disentería y hambre. Se estima que unos 100.000 niños murieron en estas instituciones durante los años de guerra. Fueron arrojados en masa a fosas comunes.
Después de la guerra, descubrieron los enterramientos y levantaron lápidas en su memoria, aunque hasta la década de los ochenta fueron completamente ignoradas en Alemania.
Hay docenas de cementerios infantiles en Düsseldorf, Hamburgo-Ohlsdorf, Berlín… Uno de los más conocidos es el de Brunswick, donde yacen 360 cadáveres de recién nacidos. Está ubicado en Hamburger Straße, cerca de donde estuvo el campo de trabajos forzados.
Los niños eran prisioneros del campo de concentración de Arbeitsdorf y otros campos satélites, como el campo de la empresa Büssing-NAG en la ciudad. Algunas lápidas llevan el nombre y la edad: Piotr 3 meses, Olia 19 días, Marysia 17 días… No obstante, muchos cadáveres permanecen sin identificar.
Volkswagen y Rheinmetall nunca han rconocido sus crímenes. Sólo un hombre, el médico jefe de Volkswagen, fue ejecutado por los británicos por los asesinatos en masa.
A finales del año pasado, el Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB) desclasificó los archivos sobre los crímenes cometidos por los militares y científicos japoneses en los años cuarenta, durante la ocupación de China.
Los documentos revelan detalles espeluznantes de los experimentos realizados por militares y científicos japoneses con seres humanos, especialmente la Unidad 731, una división secreta del Ejército de Kwantung de Japón, que durante la Segunda Guerra Mundial elaboró armas biológicas.
Los militares japoneses realizaron experimentos inhumanos con prisioneros de guerra soviéticos, chinos, coreanos y otros civiles. En los laboratorios de la Unidad 731, los prisioneros eran infectados con peste, cólera, ántrax, viruela y gangrena gaseosa para estudiar el desarrollo de las enfermedades y la efectividad de las armas biológicas.
Además de los experimentos con patógenos, se llevaron a cabo pruebas de resistencia: las personas eran sometidas a temperaturas extremas (congelamiento de extremidades y posterior reanimación), radiación, deshidratación y hambre. También realizaron cirugías sin anestesia: para estudiar el funcionamiento de los órganos internos en vivo y experimentaron con sustancias químicas y tóxicos, incluyendo gas mostaza y fosgeno.
Al menos 3.000 personas murieron en aquellos experimentos, aunque la cifra real podría ser mucho mayor, ya que muchos documentos fueron destruidos por los japoneses antes de su rendición en 1945.
El FSB ha hecho públicos los interrogatorios a los antiguos miembros de la Unidad 731, capturados por el Ejército Rojo después de la guerra. En sus respuestas admitieron que a las víctimas las llamaban “troncos” para distanciarse sicológicamente de ellas.
También se han publicado los testimonios de prisioneros supervivientes, informes médicos y fotografías que confirman las atrocidades. Uno de los documentos describe cómo los médicos japoneses diseccionaban personas vivas para estudiar el avance de las infecciones en tiempo real.
Ante el avance soviético, en agosto de 1945 el mando de la Unidad 731 ordenó destruir todas las pruebas. Los laboratorios fueron dinamitados, la mayoría de los prisioneros fusilados y los archivos quemados. Sin embargo, algunos documentos cayeron en manos del Ejército Rojo y permanecieron en archivos secretos.
Después de la guerra, tanto Estados Unidos como la URSS accedieron a datos sobre los programas biológicos japoneses. Se sabe que Estados Unidos otorgó inmunidad a algunos miembros de la Unidad 731 a cambio de sus investigaciones.
La publicación de estos archivos forma parte de los esfuerzos de Rusia para combatir la distorsión de la historia de la Segunda Guerra Mundial. En los últimos años, Japón y algunos países occidentales han intentado minimizar la responsabilidad del militarismo japones en los crímenes de guerra.
Los rusos subrayan que los crímenes contra la humanidad no prescriben y que la memoria de las víctimas debe preservarse. Anteriormente, China también desclasificó documentos sobre las unidades biológicas japonesas que operaban en su territorio.
Los materiales publicados por el FSB demuestran la escala monstruosa de los crímenes de los médicos militares japoneses. Estos datos son cruciales no solo para los historiadores, sino también para evitar que atrocidades similares se repitan en el futuro. Rusia planea seguir desclasificando archivos relacionados con los crímenes de guerra del siglo pasado.
El antiguo ministro alemán de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, quiere “ayudar” a Zelensky. Es normal porque Alemania siempre ha sido el buen samaritano de Europa. A Berlín le gusta “ayudar” a los demás. Durante la guerra civil rusa ayudó a los zaristas a combatir la Revolución de Octubre y en 1941 repitió la experiencia. Es posible que crea que a la tercera va la vencida.
Hubo un tiempo en el que Fischer, que durante siete años dirigió la diplomacia del gobierno de Berlín, fue el político más famoso de Alemania como cabeza visible de los Verdes. Pero su trayectoria comenzó bastante antes, en los convulsos años sesenta, cuando todo el mundo, sobre todo los estudiantes, se colocaba etiquetas feroces en la solapa. Entonces Fischer se oponía la OTAN, defendía a la URSS y a los trabajadores… a su manera.
Pertenecía a Revolutionärer Kamp (Lucha Revolucioniaria), uno de aquellos grupos estrafalarios del momento. Un fotoperiodista le inmortalizó golpeando a un policía con una porra en una de las movilizaciones de entonces. En otro lugar del mundo, eso bastaría para acabar con la carrera política de cualquiera… excepto de Fischer.
Con el paso de los años, sus discursos se suavizaron y se convirtió en una pieza del engranaje. En 1985 el Parlamento de Wiesbaden le nombró ministro de Medio Ambiente y Energía. No obstante, el gran salto llegó cuando la socialdemocracia necesitó apoyos parlamentarios y, con sólo un 7 por cien de los votos, los Verdes fueron la mejor muleta.
Los Verdes, que hasta entonces se consideraban como un “partido antipartido”, eran como todos los demás partidos. En 1998, en plena Guerra de los Balcanes, un “ecopacifista” como Fischer, opuesto a la OTAN, se convirtió en su contrario. El “partido antiguerra” era la expresión de las peores formas de guerra.
Por primera vez desde 1945, era posible oír a un dirigente alemán decir que había que sacar al ejército alemán de sus cuarteles para enviarlos a una Yugoslavia destrozada y troceada. Los alemanes volvían a los Balcanes, donde ya estuvieron con el III Reich. El “ecopacifista” decía que las tropas alemanas debían impedir un genocidio, el de los musulmanes, y lo que hicieron fue organizar otro.
La coartada de la OTAN no se sostenía: sus bombardeos mataron a más musulmanes que las milicias serbias.
En el Congreso del partido Verde en Bielefeld en 1999, le tiraron bolsas de pintura por enviar soldados alemanes a la Guerra de los Balcanes. En 2021 un comunista alemán, Gerd Schumann, publicó una biografía sobre su carrera política, titulada “¿Me quieren a mí o a sus sueños?”, concluyendo que Fischer era el típico político europeo al que habría que sentar ante un tribunal internacional por crímenes de guerra (*).
Al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, Fischer abrió las puertas a los primeros ucranianos, que empezaron a llegar a Alemania por cientos de miles. Aún estaba en el Ministerio cuando en 2004 estalló la “revolución naranja”, un aperitivo de lo que diez años después, sería el Golpe de Estado de Maidán, la Guerra del Donbás y su posterior extensión a Ucrania.
Hoy en Europa están muy preocupados por eso que llaman “la extrema derecha”. Es una manera de no preocuparse por organizaciones como los Verdes o por políticos como Fischer que sí tienen una práctica política, que cargan sobre sus mochilas historias muy sucias y que no necesitan invocar a Hitler para hacer lo mismo que él cincuenta años después, tanto en Yugoslavia como en Ucrania.
Si realmente estás contra la guerra, no te fíes de los “ecopacifistas” como Fisher.
Durante décadas los historiadores creyeron que los archivos sobre el asesinato de John F. Kennedy en 1963 estaban censurados porque escondían a los responsables del magnicidio. Cuando se abrieran, todo quedaría aclarado. Es el cebo que ha alimentado la gigantesca literatura producida sobre el crimen de Dallas.
Cuando el 18 de marzo Trump ordenó la apertura de los últimos archivos, 64.000 documentos, han aparecido pocas pistas que arrojen algo más de luz, lo cual es insólito en un país que tiene las mayores legiones de policías del mundo. Pero es otra ingenuidad: el papel de la policía no es sólo investigar, sino también lanzar cortinas de humo.
Uno de los aspectos más novedosos de la desclasificación de la masa documental es que la “hipótesis Piper”, o sea, la intervención del Mosad en el asesinato, se refuerza. La pista israelí la abrió en los años noventa Michael Collins Piper y en su momento fue calificada como “conspiranoica” (1) porque ponía en primer plano el programa nuclear israelí, llamado “proyecto Dimona”.
Al mismo tiempo, la participación de la CIA en el crimen se disuelve, a pesar de que el papel estelar de uno de sus dirigentes de la época, James J. Angleton (2), se realza. No obstante, Angleton no intervino respaldado por la central de inteligencia estadounidense, sino en su condición de agente doble del Mosad.
Los conspiranoicos como Piper tienen razón. La CIA siempre había ocultado los vínculos entre Angleton y los servicios de inteligencia israelíes, algo que ya no tiene sentido. Uno de los documentos menciona que Angleton gestionaba “varios servicios de inteligencia, muchos de ellos con [el Servicio de Inteligencia israelí]”. Las palabras entre corchetes habían sido censuradas hasta ahora.
El director del Mosad, Meir Amit, había calificado a Angleton como “el mayor sionista de todos”, pero la condición de Angleton como espía doble no se conoció hasta 2017, cuando Jefferson Morley publicó su biografía (3). Por eso en Estados Unidos cada vez más le califican de “traidor”, precisamente a un espía como él que durante le Guerra Fría fue un paranoico de las traiciones y los dobles juegos.
Pero el problema de quienes destapan algo es que ocultan el resto y Morley lo que ocultó en su obra fue la participación de Angleton en el asesinato.
Kennedy se oponía a que Israel se dotara de armas nucleares y había puesto a John McCone al frente de la CIA porque también se oponía al “proyecto Dimona”, mientras Angleton, al menos en este punto, se enfrentó a su jefe en Langley y siguió las instrucciones que le llegaron desde Tel Aviv.
Como había hecho antes con Eisenhower, McCone recomendó a Kennedy que impusiera sanciones económicas contra Israel.
La oposición de Kennedy al armamento nuclear israelí creó una crisis diplomática entre Estados Unidos e Israel que a duras penas se pudo mantener en secreto. Los israelíes se negaron a someterse a las garantías internacionales prescritas por la Agencia Internacional de Energía Atómica y McCone temía que el proyecto Dimona “desencadenara graves disturbios en Oriente Medio”.
La “hipótesis Piper” conduce a decir que no tiene sentido incriminar a la CIA, en bloque, en el asesinato de Kennedy. El asunto es aún más turbio y lo importante sería identificar a los dirigentes de la central que, como Angleton, pudieron estar implicados, sin el conocimiento del máximo responsable de la central.
Cuando Angleton murió en 1987, un artículo del Washington Post destacó los homenajes que le rindieron en Israel. “Angleton es conocido por haber ayudado a Israel a obtener datos técnicos nucleares”, dijo el periódico. Era algo mucho más grave. El “traidor” encubrió el robo y contrabando de materiales destinados al reactor nuclear de Dimona.
Angleton visitaba con frecuencia la sede del Mosad en Tel Aviv, donde era recibido por Efraim Halevy, el agente de enlace con la estación de la CIA en Tel Aviv. Hoy no es ningún secreto que Halevy acompañaba a Angleton en sus giras y registraba sus encuentros con los dirigentes israelíes.
Uno de aquellos viajes fue en junio de 1963, cuando dimitió David Ben Gurión, uno de los fundadores del Estado de Israel en 1948, a quien conocía desde hacía muchos años. Se reunieron en la vivienda privada de Ben Gurión en el Neguev. Ben Gurión dejó su cargo como Primer Ministro el día de la recepción de la última carta de Kennedy amenazando a Israel con sanciones en caso de negativa a una inspección de Dimona.
La hipótesis indica que Ben Gurión dimitió al no haber logrado que Kennedy cediera y decidió ocuparse de él de otra manera. Es probable que recurriera a los antiguos del Irgún y del Lehi, organizaciones terroristas especializadas en asesinatos políticos y operaciones bajo bandera falsa, en particular Menahem Begin e Isaak Shamir, quienes posteriormente se convertirían en primeros ministros de Israel.
El refuerzo de la hipótesis de Piper gana credibilidad al tener en cuenta que la pista de Jack Ruby, el asesino del “asesino”, así como la mafia conducen directamente al Irgún. Las raíces de Jack Ruby no estaban en Sicilia; su verdadero nombre era Jacob Rubinstein.
Otra pieza del rompecabezas que va encajando es la de Lyndon B.Johnson, el sucesor de Kennedy, reconocido como el presidente de Estados Unidos más favorable Israel desde los tiempos de Truman. Los historiadores que apuntaban a Johnson como el cerebro del asesinato, como Roger Stone (4), ya no pasan por alto la intervención de Israel.
(1) Fallecido en 2015, Piper escribió en 1993 un libro titulado “El juicio final: el eslabón perdido en la conspiración para el asesinato de JFK”, que fue calificado de negacionista y antisemita.
(2) Angleton fue director de contraespionaje de la CIA desde 1954 hasta 1975 y fue el que más empeño puso siempre en tapar a los autores del magnicidio porque él y sus jefes del Mosad estaban entre los asesinos.
(3) Antiguo periodista del Washington Post, en 2017 Morley escribió “El Fantasma: la vida secreta del maestro del espionaje de la CIA James Jesus Angleton”.
(4) En 2013 Stone escribió “El hombre que mató a Kennedy: el caso contra LBJ”, donde califica al vicepresidente de amoral, sicópata, borracho, vicioso, cruel y vengativo, entre otras cosas.
Vladimir Katriuk fue un colaborador ucraniano de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se unió al Batallón Schutzmannschaft 118, una unidad auxiliar de policía compuesta por colaboradores ucranianos dirigidos por mandos alemanes. Estas unidades participaban en operaciones antiguerrilleras y masacres de civiles, especialmente en Bielorrusia.
Katriuk fue acusado de participar en una de las peores masacres de la ocupación nazi de la URSS. El 22 de marzo de 1943 el Batallón 118, junto con las tropas alemanas, arrasó la aldea bielorrusa de Jatyn, que no hay que confundir con Katyn. Los nazis encerraron a 149 civiles, incluyendo 75 niños, en un granero y los quemaron vivos.
Katriuk estaba presente y portaba una ametralladora, según testimonios y documentos soviéticos. Su tarea consistía en disparar sobre los que intentaban escapar de ser quemados vivos. Una mujer trató de huir y Katriuk la acribilló a tiros. Luego le robó el reloj y la pulsera.
En 1945 logró escapar a Europa occidental y la URSS le incluyó en las listas de criminales de guerra buscados y lo condenó a muerte en ausencia.
Como tantos otros nazis, Katriuk logró huir y se instaló en París, donde se casó. Dirigió un negocio de empaque de productos cárnicos y se unió a la Legión Extranjera para evitar la deportación a la URSS. En 1951 desertó y con su esposa francesa emigró a Canadá usando el nombre de su cuñado.
En Canadá ocultó su pasado y en 1958 obtuvo la ciudadanía canadiense. Se estableció como apicultor en Quebec, llevando una vida discreta.
No obstante, su tapadera quedó al descubierto en 1999 gracias a una investigación periodística de The Globe and Mail que expuso sus antecedentes como criminal de guerra.
Un tribunal federal concluyó que, para obtener la ciudadanía canadiense, Katriuk había mentido sobre su pasado como voluntario en el ejército alemán. El tribunal le retiró el pasaporte por haber formado parte de un batallón nazi involucrado en varias masacres.
Pero el gobierno canadiense siguió apoyándole. En 2007 revocó por “falta de pruebas claras” la decisión que le había despojado de la ciudadanía e ignoró las solicitudes de extradición.
El nazi no era el criminal sino la víctima. A pesar de que en 2012 un informe de la CSIS, la inteligencia canadiense, informó que “probablemente” había cometido crímenes de guerra, el gobierno canadiense le dio una vuelta completa a la historia, presentando a Katriuk como una de las “víctimas del comunismo”.
Unos países persiguen a los criminales y otros les protegen. A pesar de haber logrado su independencia, Ucrania nunca se interesó por la captura de Katriuk, a diferencia de Bielorrusia y Rusia, que en 2012 volvieron a presionar para su lograr sentarle en el banquillo.
El nazi murió en 2015 a los 93 años edad antes de que se resolviera su caso. Murió aliviado. Desde el Golpe de Estado fascista en Ucrania, Katriuk supo que tenía garantizada su impunidad. Los suyos habían ganado la partida que iniciaron en 1933.
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