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Un manifiesto para justificar que las tripas se queden vacías

Hace un par de siglos las corrientes más avanzadas de la burguesía eran ateas, de manera que acabaron con lo sobrenatural para quedarse sólo con lo natural, aunque no fueron capaces de llegar a una concepción científica de lo que es la naturaleza, y mucho menos de la relación entre lo natural y lo social, una tarea que incumbió al marxismo.

La concepción burguesa de la naturaleza es paisajística, o sea, estética. El burgués no es el campesino que trabaja la tierra de sol a sol y huye de ella a la menor oportunidad. A pesar de que es una clase social urbana, que siempre ha vivido de espaldas del campo, la burguesía ha impuesto sus puntos de vista sobre la naturaleza, como tantos otros que forman parte de la ideología dominante.

El capitalismo nos ha traido a una ciudad asfaltada, con viviendas de ladrillo y aire acondicionado en el coche, pero soportamos una contradicción: vivimos en una ciudad aunque nos gusta engañarnos y creer que lo que en realidad nos gusta es todo lo contrario, el césped, pasear por el campo los domingos por la mañana y respirar aire puro. Mientras históricamente la humanidad ha huido siempre del campo a la ciudad, la burguesía “alternativa” quiere recorrer ahora el camino inverso… eso sí, en coche, con paraguas por si llueve, crema para que el sol no nos queme la piel, spray contra los mosquitos y un iPod en el bolsillo.

Para la burguesía, lo mismo que para la mayor parte de nosotros, la naturaleza representa el paraíso perdido. Es idílica y su prototipo sigue siendo el viejo romanticismo de 1800, el mito del buen salvaje de Rousseau: frente a la ciudad donde vivimos, que es la cuna de todos los males, la gente “de campo” es depositaria de los mejores valores de la humanidad.

Nuestra concepción de la naturaleza forma parte de una ideología burguesa arraigada a la conciencia como una hiedra. Por su origen romántico, está repleta de sentimentalismo: dado que la naturaleza es, por sí misma, algo bueno y bonito, hay que conservarla tal cual porque todo lo que el hombre ha hecho siempre con ella es destruirla. Y cuando me refiero “al hombre” en general también estoy hablando de ese “hombre” típico del idealismo alemán del siglo XIX del que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va.

Sujeta a una decadencia imparable, para la burguesía actual el progreso ya no existe, y si existe hay que acabar con él porque destruye la naturaleza. En 1973 los imperialistas del Club de Roma lo llamaron “límites del crecimiento” y ayer un manifiesto firmado por relevantes personajes de la farándula política nos llamaron a poner coto a la supuesta “crisis ecológica”, entre ellos Xosé Manuel Beiras, Alberto Garzón, Cayo Lara, Pablo Iglesias, Esther Vivas y López de Uralde.

El manifiesto asume todos los tópicos seudoecologistas que el imperialismo lleva predicando desde hace décadas para encubrir y, al mismo tiempo, justificar la profunda crisis que atraviesa y que se resume últimamente en la consigna del decrecimiento. Hablan de la “vida buena” por no decirlo más claramente: la buena vida, que debe ser la de los firmantes. Los burgueses que tienen la tripa llena miran a los demás con sus propios ojos y dicen que consumimos demasiado. Por consiguiente, que no tengamos trabajo, que quienes lo tienen ganen menos, los desahucios de viviendas, los recortes en educación o la liquidación de la sanidad, no es algo malo sino algo saludable, o dicho de otra manera: no es algo bueno para nosotros, pero sí para el planeta, para la naturaleza y para la ecología. Por lo tanto, ya sabéis: hay que resignarse a tener el plato cada vez más vacío o, como decía antiguamente el movimiento obrero, a apretarse el cinturón.

El manifiesto es un resumen de todos y cada uno de los topicazos de la posmodernidad burguesa más actual, más a la moda, que hay que mencionar aunque ni ellos mismos sepan lo que significa: caos, colapso de la civilización, barbarie, crecimiento demográfico, genocidio, agotamiento de los recursos, cambio climático, transversalidad… Para no repetir siempre las mismas frases grandielocuentes proponen algo tan infantil como “hacer las paces con la naturaleza”.

El modelo es el 15-M, “que abre posibilidades para otras formas de organización social”. La alternativa no es ya el socialismo sino “una nueva civilización” porque, como es bien sabido, el socialismo es “desarrollista”, cree en el progreso, en el incremento de las fuerzas productivas y del bienestar de la humanidad.

A la burguesía “alternativa” el socialismo se le ha quedado pequeño. El próximo cambio tiene que ser del tamaño del neolítico. Lo que no saben es que con el neolítico es cuando aparecieron las grandes ciudades precisamente…

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Ecología

Los stalinistas que sacaban petróleo de las piedras

Casi cada párrafo de la última bufonada de Luis Felip López-Espinosa, publicado recientemente por Rebelión (1), me ha divertido, sobre todo cuando enuncia su pretensión de no redactar “el típico manual de marxismo”. Que no se preocupe: su manual no tiene nada que ver con el marxismo. Es una colección de tópicos revisionistas entre los que no podía faltar una alusión al “periodo stalinista” y al caso Lysenko “que entorpecieron el trabajo científico de numerosos intelectuales comunistas” (pg.55). Si en la URSS los intelectuales “comunistas” hubieran sido de la catadura de López-Espinosa no hubieran necesitado ni a Stalin ni a Lysenko: son tan torpes que se entorpecen ellos mismos.

No quiero ni imaginar lo que López-Espinosa entiende por “trabajo científico”, pero es posible que sea ese alpiste indigesto que nos sirven procedente de las universidades anglosajonas, lo mismo que si fuera comida rápida aderezada con tragos Pepsi-Cola light. Según él la ciencia se mantiene “como referente de toda la comunidad científica durante un periodo largo de tiempo” (pg.14). Por eso me siento aliviado cuando López-Espinosa asegura que “el marxismo no es una ciencia, afortunadamente”. Es más, si a eso le llaman ciencia, el marxismo no sólo no es una ciencia sino que está en contra de esa “ciencia” y de “toda la comunidad científica” que López-Espinosa utiliza como “referente”.

También es normal que afirmen que en la URSS no hubo tal chapuza de “ciencia” y que se lancen a largar, como López-Espinosa, lo primero que les viene a la cabeza sobre Lysenko, sin tener ni la más remota idea del asunto. Ni falta que les hace; parece ser que ellos llaman “ciencia” a ese estilo insustancial de escribir. Por eso no puede extrañar que en los países capitalistas la “ciencia” siga degenerando a pasos agigantados y a un desvarío le siga otro, como si se tratara de un concurso de alucinados.

Como cualquier otro movimiento, la ciencia avanza en forma de contradicciones, de polémicas y de debates. Por eso algunas de las obras científicas de Galileo llevan el título de “diálogo” precisamente. Se trata de discusiones que teatralizan un debate, preguntas que exigen respuestas y respuestas que suscitan nuevas preguntas. A lo largo de la historia del pensamiento humano nunca ha existido nada parecido a esa “comunidad científica” que López-Espinosa convierte en “referente” de no se sabe qué. Quizá de que a Giordano Bruno le quemaran en la hoguera, una buena muestra de que junto a esa “comunidad científica” que ejerce de tribunal de la inquisición, están los herejes y las brujas.

Donde no hay una pugna abierta de tesis contrapuestas no hay ciencia. A lo largo del siglo XX donde más progresó (y más rápidamente) la ciencia fue en la URSS, gracias -entre otras cosas- a los debates que se entablaron entre los científicos, algo a lo que no estamos acostumbrados en los países capitalistas, donde la ciencia es un trágala perro cuyo altavoz son esas revistas especializadas tan “prestigiosas” que se editan en Estados Unidos y Gran Bretaña y que sólo en raras ocasiones publicaron los artículos de los científicos soviéticos. En realidad, antes y ahora, no publican más que lo suyo.

Los debates científicos que se entablaron en la URSS fueron censurados porque el mensaje que tienen que inculcar acerca de aquella época es que nadie se atrevía a debatir porque era una dictadura en la que Stalin lo daba ya todo prefabricado. Pero hay algo aún peor que el silencio, la manipulación, y donde los imperialistas no pueden imponer el silencio, sus secuaces revisionistas imponen la manipulación. El ejemplo más evidente es lo que López-Espinosa califica como “caso Lysenko”, que él a su vez tergiversa sin pudor para ocultar lo más básico del “caso”: que el imperialismo orquestó toda una campaña mundial de descrédito en torno a un debate en el que participaron más de 700 científicos (2).

Lo mismo sucedió con la geología. Tres años después del congreso sobre biología se convocó otro sobre geología del petróleo en el que a Nikolai A. Kudriavtsev le tocó el papel de Lysenko para enunciar otra tesis a contrapelo del alpiste anglosajón: el origen abiótico y profundo del petróleo, que choca con las tesis dominantes acerca de su origen fósil. Buscar un artículo de Kudriavtsev que haya sido traducido y publicado por alguna de esas revistas “científicas” es como buscar una aguja en un pajar. No merece la pena esforzarse.

Las tesis de Kudriavtsev no eran tan novedosas. Ya fueron anticipadas a mediados del siglo XIX por el francés Berthelot y el ruso Mendeleiev. Resurgen en la URSS tras la II Guerra Mundial, como cualquier otro avance del pensamiento humano, por una necesidad acuciante: porque el petróleo es una materia prima que, como ya explicó Lenin, tiene un carácter estratégico. Los yacimientos de Bakú presentaban síntomas de agotamiento y los imperialistas pretendieron seguir asfixiando a la URSS, impidiéndole el acceso al petróleo de Oriente Medio.

Como era característico, la URSS movilizó a miles de científicos, no sólo para buscar nuevos pozos sino para replantear todas y cada una de las tesis admitidas en la ciencia acerca de la geología del petróleo. Todo se puso patas arriba: universidades, laboratorios, centros de investigación, expediciones científicas… Fue el proyecto científico más ambicioso de la URSS desde los tiempos del Goelro, el plan leninista de electrificación aprobado en 1920. En poco tiempo se publicaron unos 4.000 artículos, además de libros científicos sobre el petróleo, una campaña de expansión científica que no conoce ninguna clase de precedentes, la mayor y más rapida concentración bibliográfica sobre ciencia… a la que las caciquiles universidades occidentales siguen abolutamente ajenas. Naturalmente. Les basta el trágala perro.

Como en el caso Lysenko, si se examina -aunque sea superficialmente- toda esa gigantesca producción científica, por encima de la cantidad lo que destaca es la diversidad de tesis enfrentadas, las críticas y autocríticas y, en definitiva, la libertad de creación científica. A lo largo de un debate que se prolongó durante 20 años, algunos geólogos admitieron que nunca había habido ninguna revisión crítica similar de la hipótesis dominante sobre el origen fósil del petróleo.

El geólogo comunista I.M.Gubkin, precursor de la minería del petróleo en la URSS, había demostrado que la teoría lleva a la práctica y la práctica a la teoría (3). Las tesis de Kudriavtsev no sólo eran científicamente correctas sino que además dieron los frutos esperados. Hoy en Rusia las prospecciones aciertan en un 60 por ciento de los pozos que perforan, mientras que en Estados Unidos el porcentaje baja a sólo un 10 por ciento. La URSS puso a Rusia a la cabeza de la geología del petróleo. Aún sigue viviendo de los réditos científicos de la época soviética, que la han convertido en la mayor productora mundial de hidrocarburos.

Siguiendo las teorías de Kudriavtsev, en 1981 los soviéticos encontraron petróleo en los sitios más insospechados, a grandes profundidades, como el pozo del Tigre Blanco (Bach Ho), en las costas de Vietnam, a 5 kilómetros de profundidad, donde la Exxon se había quedado con las manos vacías. Aún hoy la empresa que explota el yacimiento utiliza una marca comercial, Vietsovpetro, que con la hoz y el martillo no deja lugar a dudas sobre su origen histórico. Como dice su página web, excavado en roca basal, el Tigre Blanco se ha convertido en un foco de atención para los científicos de todo el mundo (4).

Los mandarines actuales que manejan la “ciencia” y sus circuitos intelectuales van a tener que cambiar a marchas forzadas sus viejos y ridículos prejuicios. Les ha costado medio siglo mantener a la geología con la boca cerrada y ya se empiezan a tirar de los pelos. Por fin en 2003 la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo convocó una Conferencia en Londres para discutir la teoría de Kudriavtsev. Lograron aplazar el debate para el año siguiente en Viena y luego lo trasladaron a Calgary (Australia)… En este asunto la “comunidad científica” de López-Espinosa sólo lleva 60 años de retraso respecto a la soviética. El investigador estadounidense F. William Engdahl los ha calificado como “intelectuales fósiles”, y se ha quedado muy corto.

Las tesis de Kudriavtsev no sólo cambiaron la fisonomía de la URSS sino que, teniendo en cuenta el peso del petróleo en las estrategias del imperialismo, pueden cambiar muchas otras cosas en el futuro. Si se mantienen en el silencio quizá sea porque no interesa que esas cosas cambien, que todo siga igual.

Mientras tanto la CNN califica de “disidentes” a los científicos que siguen las tesis de Kudriavtsev, al más puro estilo de la guerra fría en un artículo cuya lectura no tiene desperdicio (5). En fin, seguimos como en los más tenebrosos momentos de la Edad Media. A un lado está “toda la comunidad científica” y en el opuesto los herejes, los disidentes y todos los demás que -como Stalin, Lysenko y Kudriavtsev- dedican sus esfuerzos a entorpecer a los anteriores. Pero gracias a esta brujería petroquímica en Vietnam extraen 280.000 barriles diarios de petróleo, literalmente de las piedras. Un verdadero akelarre.

(1) Ser social y conciencia política, Rebelión, 25 de marzo de 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=182448
(2) Lysenko. La teoría materialista de la evolución, http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/trip/lysenko.html
(3) S.I.Mironov: I.M.Gubkin. An example of the close association of the scientific creative with the practical, en Petroleum Geology: A digest of russian literature on Petroleum Geology, 1959, vol. 3, núm. 4A. pgs. 209 y stes.
(4) Vietsovpetro, http://www.vietsov.com.vn/Pages/introduction_en.aspx
(5) Oil Without End? Revisionists say oil isn’t a fossil fuel. That could mean there’s lots more of it, 17 de febrero de 2003, http://money.cnn.com/magazines/fortune/fortune_archive/2003/02/17/337289/

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Ecología

Un planeta sin límites

En Rebelión Gustavo Duch publica un artículo titulado “Los límites del planeta” que, por sí mismo, constituye el núcleo central de las ideologías ecologistas, un cúmulo de tópicos modernos que nada tienen que ver con la ciencia de la ecología. Es otro ejemplo de la manera íntima en que la ideología está entreverada con la ciencia. ¿Cómo separar a una de otra?

Las ideologías ecologistas son una proyección religiosa y, en la medida en que las corrientes dominantes actuales son británicas y estadunidenses, su raíz está en el cristianismo y son esencialmente lineales, basadas en un relato bíblico según el cual todo tiene un principio, que está en la creación, y tendrá un final, indudablemente desastroso, el Armagedón.

Para el cristianismo en la Tierra las cosas siempre acaban mal, o al menos peor de lo que empezaron. La evolución sobre la Tierra no sólo es lineal sino que empeora o degenera continuamente, consecuencia del pecado original que convierte en malvado al ser humano, frente a la naturaleza que, como obra de dios, es perfecta: el paraíso terrenal. La relación de los seres humanos con la naturaleza es, pues, destructiva y perversa. El ser humano debería conservar intactas las maravillas que la creación divina puso a su disposición, lo que se traduce en el deseo de preservar el medio ambiente o el “equilibro” ecológico.

Las ideologías ecologistas tienen este fundamento pesimista y agónico de raigambre religiosa. Por el contrario, la ciencia de la ecología nació en la URSS articulada en torno al concepto de ciclo biogeoquímico de Vernadski, que es el opuesto al anterior. La naturaleza cambia por sí misma, sin necesidad de que nadie impulse sus transformaciones, de manera que todo intento de conservarla tal y como la vemos ahora es absurdo. Como cualquier otro proceso, esos cambios se producen siguiendo leyes regulares, las cuales a su vez son oscilantes, se suceden unas a otras inexorablemente, como la rotación de la Tierra cada 24 horas, las estaciones anuales, los vientos o las mareas.

Un movimiento cíclico es esencialmente infinito y no se agota nunca, es decir, que no tiene límites. Los ciclos naturales no tienen un origen y no se pueden detener; sólo cambia la forma del ciclo, tanto si se trata de un ciclo orgánico como si es inerte. Por ejemplo, la biodiversidad ni se ha reducido ni se puede reducir. Unas especies se extinguen y aparecen otras.

Lo mismo sucede con la materia inorgánica. El cobre, por ejemplo, se conoce desde los tiempos más antiguos de la humanidad, lo mismo que el oro y otros elementos químicos. Desde hace miles de años, la humanidad ha extraído grandes cantidades de cobre del suelo sin que se haya observado no ya su agotamiento sino ni siquiera su escasez. Por cuantiosas que sean hoy las extracciones de cobre o de cualquier otro metal, no hay ningún indicio de que se vayan a agotar, por más que su consumo se multiplique aún más.

El planeta es, pues, infinito. La historia de la humanidad no conoce ningún caso en el que algún recurso se haya agotado; ni siquiera que esté en vías de agotarse, entre otras cosas porque no sabemos la cuantía de existencias de que disponemos para ninguno de ellos. En caso de que sucediera lo contrario, no existe ningún recurso que no sea sustituible. El carbón se puede sustituir por el petróleo, el petróleo se puede sustituir por el gas, el gas por el viento, y así sucesivamente.

La sustitución conduce a otro factor que las ideologías ecologistas dominantes no pueden tener en cuenta, el desarrollo de las fuerzas productivas, porque muestra un tipo de evolución opuesto al que tratan de sostener. Las fuerzas productivas no decaen sino que, como muestra la historia, su progreso nunca se ha detenido. Por lo tanto, no es posible hablar de recursos sin tener en cuenta el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

La consideración de las fuerzas productivas conduce, además, a otro aspecto que juega en contra de la ideología dominante: no es posible aludir a los recursos en términos físicos sin tener en cuenta simultáneamente el modo de producción, es decir, factores que son de tipo económico, político y social. Sin embargo, desde los años sesenta se están abriendo camino una colección de teorías económicas burguesas que camuflan los fenómenos económicos como si se tratara de fenómenos físicos. Argumentan en términos de toneladas, litros o metros cudrados, dejando al margen el valor, el mercado o el beneficio.

Los verdes y ecosocialistas, como todas las demás teorías económicas burguesas, orquestan sus argumentos en torno a una supuesta “escasez” que encubre la lucha de clases y oculta que sólo hay escasez para unos, en tanto que otros disfrutan de la mayor exuberancia, por lo que no es nada diferente de la propiedad privada y del reparto derivado de la producción capitalista.

Lo mismo sucede con los desiertos, que son ecosistemas como cualesquiera otros de los cuales, sin embargo, nadie pretende su conservación, sino todo lo contrario. El desierto tiene mala imagen porque forma parte de la ideología de la decadencia. Desde los tiempos de David Ricardo, hace 200 años, la economía burguesa sostiene la existencia de una supuesta “ley de los rendimientos decrecientes” que empezaron aplicando a la agricultura y luego han llevado a toda la economía. La producción no compensa la inversión, por lo que el planeta acabará convertido en un desierto, lo cual es sinónimo de yermo, estéril.

De la economía, el irremediable desplome pasó a la física. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual el universo se habrá quedado frío, ya no tendrá vida.

Las teorías del caos, la noción de “sostenibilidad” y muchas otras participan de esa agonía que va mucho más allá del modo de producción capitalista. No es que la burguesía esté en la etapa final y decadente de su historia. Ella cree representar a la humanidad, por lo que nos habla del final de su clase como si fuera el final de la humanidad y la muerte de la civilización.

La ciencia de la ecología no tiene nada que ver con ese tipo de teorías. El planeta no conoce ninguna clase de límites.

(*) Gustavo Duch: Los límites del planeta, Rebelión, 15 de enero de 2014, https://rebelion.org/los-limites-del-planeta/