La web más censurada en internet

Autor: Juan Manuel Olarieta (página 56 de 60)

Si quieres la paz, prepárate para la guerra

El 4 de noviembre el New York Times publicó un artículo de Jochen Bittner, redactor político de la revista Die Zeit, portavoz oficioso de la sociademocracia alemana, en el que se lamentaba de la falta de entusiasmo por la guerra entre los alemanes. Es sorprendente porque fuera de Alemania casi todos piensan lo contrario: que los alemanes manifestan un gusto excesisivo por las aventuras militares.

Es lo que ya oímos en España con la llegada de Aznar a La Moncloa, con un lenguaje un poco más sofisticado: por aquí hay poca «cultura de defensa», un déficit que también había que colmar mediante las adecuadas campañas del Ministerio del ramo, como la que expusieron este verano en el polideportivo de Quijorna (Madrid), repleta de cruces gamadas, banderas fascistas y libros sobre los buenos tiempos de Hitler, Mussolini y el Pacto Anti-Komintern. En eso consistía nuestro déficit.

También en Alemania el reportero Bittner quiere «Replantear el pacifismo alemán» (título del artículo) porque desde 1945 esta superpotencia europea «sin rival» (cito textualmente) mantiene una actitud pacifista muy cómoda, que se ha puesto de manifiesto en Libia, Mali y Siria.

Como en España, también los alemanes necesitan una «reeducación en masa» (lavado de cerebro) porque -dice con frase tópica pero absurda- el pacifismo se ha colado en su ADN, aunque no dice qué mutación genética al azar se produjo en 1945. Pero el caso es que desde entonces a los alemanes les han inculcado que la guerra no es una solución, lo cual ha sido un error.

Afortunadamente ha habido buenos ministros, como el de Asuntos Exteriores de Los Verdes y ecopacifistas Joschka Fischer que convenció a Alemania para bombardear a Serbia y enviar tropas a Afganistán bajo el lema «¡Nunca jamás Auschwitz!» El imperialismo necesita a pacifistas como Fischer no sólo para hacer la guerra sino para acompañarla con la adecuada propaganda de guerra: para evitar en lo sucesivo los campos de concentración, había que masacrar a la población civil serbia con bombardeos radiactivos. La paz consiste en lo que decía el Imperio Romano («si vis pacem para bellum»). Si quieres la paz, prepárate para la guerra.

Alemania, escribe Bittner, tiene que tener un compromiso militar a la altura de su potencial económico, algo en lo que la prensa de aquel país viene insistiendo desde hace un tiempo. Hay que volver a 1933, al rearme y al expansionismo militar. En Alemania la intoxicación mediática está preparando el terreno cuidadosamente. Hay consenso; coincide la socialdemocracia (Die Zeit), los liberales (Süddeutsche Zeitung), los Verdes (Tageszeitung) y los conservadores (Die Welt).

Pero en relación con la guerra imperialista, desde hace un siglo la socialdemocracia siempre tiene algo especial. Bajo el imperialismo, que no ha cambiado, la socialdemocracia y el reformismo, tampoco han cambiado. A través del redactor jefe Josef Joffe, su portavoz oficioso (Die Zeit) viene exigiendo una «guerra masiva» en Oriente Medio y el artículo de Bittner lo que hace es contárselo a los gringos a la oreja, un resumen para su consumo interno y aviso para navegantes.

La versión larga del artículo se publicó el 21 de marzo del año pasado en el mismo medio (Die Zeit) y se titulaba «No estamos haciendo nada». Además de Bittner lo firmaban otros cuatro periodistas, entre ellos el redactor jefe adjunto Bernd Ulrich. Por eso digo lo del consenso, y en periodismo cuando hay consenso es porque es una cuestión «de Estado». Palabras mayores.

El caso del ministro ecopacifista Joschka Fischer vuelve a las peores pesadillas de la guerra imperialista de 1914: ¡mucho cuidado con los pacifistas! Todas las guerras se preparan (y se terminan) con llamamientos a la paz. Por ejemplo, en Euskadi lo que los pacifistas quieren, lo que han querido siempre, en realidad, es una derrota (militar, por supuesto). Pero para que haya una derrota antes tiene que haber una guerra y los amantes de la paz siempre han insistido (frente a los violentos) en que allá nunca hubo ninguna guerra. Sólo era terrorismo. Lo mismo que en Oriente Medio. ¿Qué es, pues, la guerra? [Lo dejaré para otra ocasión].

[También dejo para otra ocasión lo siguiente: antes de iniciar una guerra imperialista hay que pacificar el frente interior, es decir, imponer la «ley marcial», el «estado de guerra», anular los pocos derechos que queden, etc. Cuando alguien impone el estado de guerra es porque hay o va a estallar la guerra. Pues bien: desde hace siete años, el Ministerio del Interior (insisto en lo de interior) quiere modificar la Ley Fundamental (Constitución) alemana para que el ejército pueda movilizarse en conflictos internos contra la población civil, como los que han estallado recientemente en Hamburgo. Vayan tomando nota.]

Con quien hay que tener cuidado no es con los violentos sino con los pacifistas. Los primeros ayudan a armarte; los segundos te desarman. Son como un somnífero, un canto de sirena, y en cuanto te duermes te roban la cartera.

Un planeta sin límites

En Rebelión Gustavo Duch publica un artículo titulado “Los límites del planeta” que, por sí mismo, constituye el núcleo central de las ideologías ecologistas, un cúmulo de tópicos modernos que nada tienen que ver con la ciencia de la ecología. Es otro ejemplo de la manera íntima en que la ideología está entreverada con la ciencia. ¿Cómo separar a una de otra?

Las ideologías ecologistas son una proyección religiosa y, en la medida en que las corrientes dominantes actuales son británicas y estadunidenses, su raíz está en el cristianismo y son esencialmente lineales, basadas en un relato bíblico según el cual todo tiene un principio, que está en la creación, y tendrá un final, indudablemente desastroso, el Armagedón.

Para el cristianismo en la Tierra las cosas siempre acaban mal, o al menos peor de lo que empezaron. La evolución sobre la Tierra no sólo es lineal sino que empeora o degenera continuamente, consecuencia del pecado original que convierte en malvado al ser humano, frente a la naturaleza que, como obra de dios, es perfecta: el paraíso terrenal. La relación de los seres humanos con la naturaleza es, pues, destructiva y perversa. El ser humano debería conservar intactas las maravillas que la creación divina puso a su disposición, lo que se traduce en el deseo de preservar el medio ambiente o el “equilibro” ecológico.

Las ideologías ecologistas tienen este fundamento pesimista y agónico de raigambre religiosa. Por el contrario, la ciencia de la ecología nació en la URSS articulada en torno al concepto de ciclo biogeoquímico de Vernadski, que es el opuesto al anterior. La naturaleza cambia por sí misma, sin necesidad de que nadie impulse sus transformaciones, de manera que todo intento de conservarla tal y como la vemos ahora es absurdo. Como cualquier otro proceso, esos cambios se producen siguiendo leyes regulares, las cuales a su vez son oscilantes, se suceden unas a otras inexorablemente, como la rotación de la Tierra cada 24 horas, las estaciones anuales, los vientos o las mareas.

Un movimiento cíclico es esencialmente infinito y no se agota nunca, es decir, que no tiene límites. Los ciclos naturales no tienen un origen y no se pueden detener; sólo cambia la forma del ciclo, tanto si se trata de un ciclo orgánico como si es inerte. Por ejemplo, la biodiversidad ni se ha reducido ni se puede reducir. Unas especies se extinguen y aparecen otras.

Lo mismo sucede con la materia inorgánica. El cobre, por ejemplo, se conoce desde los tiempos más antiguos de la humanidad, lo mismo que el oro y otros elementos químicos. Desde hace miles de años, la humanidad ha extraído grandes cantidades de cobre del suelo sin que se haya observado no ya su agotamiento sino ni siquiera su escasez. Por cuantiosas que sean hoy las extracciones de cobre o de cualquier otro metal, no hay ningún indicio de que se vayan a agotar, por más que su consumo se multiplique aún más.

El planeta es, pues, infinito. La historia de la humanidad no conoce ningún caso en el que algún recurso se haya agotado; ni siquiera que esté en vías de agotarse, entre otras cosas porque no sabemos la cuantía de existencias de que disponemos para ninguno de ellos. En caso de que sucediera lo contrario, no existe ningún recurso que no sea sustituible. El carbón se puede sustituir por el petróleo, el petróleo se puede sustituir por el gas, el gas por el viento, y así sucesivamente.

La sustitución conduce a otro factor que las ideologías ecologistas dominantes no pueden tener en cuenta, el desarrollo de las fuerzas productivas, porque muestra un tipo de evolución opuesto al que tratan de sostener. Las fuerzas productivas no decaen sino que, como muestra la historia, su progreso nunca se ha detenido. Por lo tanto, no es posible hablar de recursos sin tener en cuenta el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

La consideración de las fuerzas productivas conduce, además, a otro aspecto que juega en contra de la ideología dominante: no es posible aludir a los recursos en términos físicos sin tener en cuenta simultáneamente el modo de producción, es decir, factores que son de tipo económico, político y social. Sin embargo, desde los años sesenta se están abriendo camino una colección de teorías económicas burguesas que camuflan los fenómenos económicos como si se tratara de fenómenos físicos. Argumentan en términos de toneladas, litros o metros cudrados, dejando al margen el valor, el mercado o el beneficio.

Los verdes y ecosocialistas, como todas las demás teorías económicas burguesas, orquestan sus argumentos en torno a una supuesta “escasez” que encubre la lucha de clases y oculta que sólo hay escasez para unos, en tanto que otros disfrutan de la mayor exuberancia, por lo que no es nada diferente de la propiedad privada y del reparto derivado de la producción capitalista.

Lo mismo sucede con los desiertos, que son ecosistemas como cualesquiera otros de los cuales, sin embargo, nadie pretende su conservación, sino todo lo contrario. El desierto tiene mala imagen porque forma parte de la ideología de la decadencia. Desde los tiempos de David Ricardo, hace 200 años, la economía burguesa sostiene la existencia de una supuesta “ley de los rendimientos decrecientes” que empezaron aplicando a la agricultura y luego han llevado a toda la economía. La producción no compensa la inversión, por lo que el planeta acabará convertido en un desierto, lo cual es sinónimo de yermo, estéril.

De la economía, el irremediable desplome pasó a la física. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual el universo se habrá quedado frío, ya no tendrá vida.

Las teorías del caos, la noción de “sostenibilidad” y muchas otras participan de esa agonía que va mucho más allá del modo de producción capitalista. No es que la burguesía esté en la etapa final y decadente de su historia. Ella cree representar a la humanidad, por lo que nos habla del final de su clase como si fuera el final de la humanidad y la muerte de la civilización.

La ciencia de la ecología no tiene nada que ver con ese tipo de teorías. El planeta no conoce ninguna clase de límites.

(*) Gustavo Duch: Los límites del planeta, Rebelión, 15 de enero de 2014, https://rebelion.org/los-limites-del-planeta/

Para sacar a Newton fuera del armario

A la mayor parte de los científicos no les gusta desprenderse de sus fantasías, aunque critican las de los demás. Han creado un parque temático en torno a sí mismos y a lo que llaman «divulgación científica» que, en numerosas ocasiones, es una ideología, como cualquier otra. Idolatrando a la ciencia se encumbran a sí mismos como pequeños ídolos de barro.

Para saber lo que es la ciencia hay que olvidarse por un momento de sus apestosos aduladores y analizarla históricamente como cualquier otro conocimiento, a la luz de la dialéctica materialista. Lo que la ciencia es no suele coincidir con los succedáneos que ponen en su lugar, porque ese mundillo es como cualquier otro: también vive de sus propias leyendas.

Una de ellas dice que Isaac Newton (1642-1727) es el científico por antonomasia, que realizó aportaciones decisivas a determinados aspectos del conocimiento que han perdurado mucho tiempo después. Como toda leyenda, contiene una verdad relativa que permite descubrir en Newton lo que la ciencia y los científicos son realmente, para lo cual lo primero que hay que hacer es desprenderla de tópicos, como la manzana que le cayó del árbol a Newton mientras dormía la siesta.

A la verdad relativa hay que añadirle luego el resto del iceberg, los manuscritos que a la muerte de Newton fueron heredados por su sobrina, Catherine Barton, varios miles de papeles que encerraban su mundo interior. Aquel legado se troceó, publicándose sólo aquellas partes que alguien consideró como «ciencia auténtica», y rechazando la mayor parte, que fue olvidada porque desde aquel mismo momento los «auténticos científicos» empezaron a forjar la leyenda. Se creyeron mejores que el propio Newton y consideraron que aquellos manuscritos desmerecían su fama de «científico por antonomasia» con la que debía pasar a la posteridad.

La ideología dominante empezó, pues, cuando quienes se consideraron sus más fieles herederos intelectuales metieron un bisturí donde Newton no lo había metido. Si reunimos todos esos trozos dispersos obtenemos una imagen del científico y de la ciencia muy distinta de la que la que ha transmitido la ideología burguesa como “ciencia auténtica”. Merece la pena destacar tres aspectos de Newton que me parecen importantes. El primero es que, aunque reacio al cuerpo a cuerpo, Newton toma partido en una polémica científica con la misma decisión con la que toma partido en las luchas de clases de su época. El segundo es que Newton fue un revolucionario también en el sentido más general de la palabra y, por supuesto, fue eso lo que le condujo a sentar los fundamentos de la mecánica, bien entendido que cualquier revolución en el conocimiento empieza por una crítica del conocimiento establecido. El tercero es que, a diferencia de quienes se consideran como sus herederos, en Newton el conocimiento formaba una unidad, un sistema donde unas partes se pueden diferenciar pero no separar de otras.

Como la mayor parte de los grandes intelectuales, sus inquietudes no se circunscribieron sólo al conocimiento científico, sino a cuestiones de lo más diversas, como las políticas. Quizá uno de los rasgos más olvidados de su biografía sea su participación en la segunda revolución inglesa, donde llegó a ser parlamentario por los “whigs”, el partido liberal que en aquella época era lo más parecido a la extrema izquierda actual. Lo mismo que la revolución cubana llevó al Che Guevara a dirigir el Banco Central, la revolución de 1688 llevó a Newton a dirigir la Casa de la Moneda.

Lo que le condujo a un cargo político tan delicado para la burguesía fue otra circunstancia convenientemente descuidada de su biografía: su interés por la alquimia, un conocimiento precursor de la química hoy profundamente despreciado. Pero a finales del siglo XVII la acuñación de moneda más que conocimientos financieros requería de una pericia metalúrgica que sólo los alquimistas poseían. No es posible entender el atomismo de Newton -y por extensión la física moderna- sin entender su estrecho vínculo con alquimistas como Robert Boyle, autor de la conocida ley de los gases que lleva su apellido. Newton heredó el laboratorio de los alquimistas de Cambridge y escribió un «Index Chemicus» que suma cerca de 2.500 páginas, sin duda la parte más voluminosa de sus reflexiones científicas. Pero como no solo la Iglesia tiene censores sino también la ciencia, después de su muerte la Royal Society dictaminó que aquellos manuscritos no se debían publicar porque carecían de interés científico.

El pensamiento de Newton es ideológicamente ambiguo; refleja el compromiso político de la segunda revolución inglesa entre la aristocracia dominante y la burguesía emergente, por lo que oscila entre el materialismo y el idealismo. Sin duda, los escritos teológicos de Newton demuestran un costado que -incluso- va más allá del idealismo objetivo, con incursiones claramente teológicas y místicas que se dejan sentir en la física clásica. En palabras del científico y comunista británico John Bernal, se trataba de una nueva transacción -otra más- entre la religión y la ciencia.

El materialismo de Newton es, además de mecanicista, puramente embrionario, lo que ha conducido a la física moderna a la ratonera en la que hoy se encuentra. Sus conceptos más básicos, entre otros el movimiento (inclinatio ad quietem) y el espacio (tanquam sensorium dei), apenas soportan ya ese peaje que en el siglo XVII se abonó al idealismo, la teología y la mística. En cuanto escarbas un poco en la física te tropiezas con las Sagradas Escrituras hoy lo mismo que entonces.

En la revolución inglesa el materialismo no desempeñó el mismo papel que en Francia un siglo después. El caso de Hobbes demuestra que en las islas el materialismo y el ateísmo tenían un componente aristocrático, mientras que los movimientos populares revolucionarios adoptaron formas religiosas, que eran otras tantas formas de criticar a la Iglesia en su mismo lenguaje.

La teología de Newton hay que encuadrarla también dentro de los parámetros de la revolución inglesa del siglo XVII. Como en cualquier otro país, en Inglaterra la principal oposición a la revolución procedió de la Iglesia y los escritos de Newton constituyen un ataque en toda línea en su contra que entusiasmó a Voltaire y, a través suyo, a la Ilustración francesa. En primer lugar Newton se enfrentó a la Iglesia como institución, llegando a identificarla con la Bestia del Apocalipsis. En segundo lugar combatió los fundamentos que sustentaban su influencia ideológica y, en particular, el dogma de la Trinidad. Como otros revolucionarios de aquella época, adoptó las tesis arrianas hacia 1673, que fueron declaradas fuera de la ley por el Acta de Tolerancia de 1689.

Por una burla de la historia Newton era entonces profesor del Trinity College en Cambridge, es decir, que el profesor negaba hasta el nombre de la institución a la que pertenecía. Para fundamentar sus prejuicios teológicos Newton rechazó las interpretaciones y estudió hebreo para empaparse de las fuentes originales de los fundadores del cristianismo anteriores al Concilio de Nicea.

Pero también aquí Newton estuvo a la altura del compromiso político de 1688 y no hubo necesidad de que nadie le censurara porque se censuró a sí mismo. Para no ser perseguido nunca tuvo el coraje de salir del armario para defender públicamente sus convicciones. Su caso contrasta poderosamente con el de su sucesor en Cambridge, William Whiston, quien admitió públicamente su arrianismo, por lo que le destituyeron de su cátedra de matemática en la universidad, viéndose obligado a vagabundear el resto de su vida por los bares, intercambiando predicciones sobre calamidades meteorológicas por unas monedas para subsistir.

El pensamiento de Newton forma un sistema en el que sus prejuicios teológicos van de la mano de los filosóficos, como él mismo dejó establecido al titular su principal obra como “filosofía natural”. Pero, ¿cuál fue esa filosofía? El idealismo objetivo, el platonismo, la misma que encontró entre los fundadores originarios del cristianismo y que estaba de moda entonces entre los círculos universitarios de Cambridge, la misma que aparece en varios de sus conceptos físicos y metafísicos, como el de “fuerzas matemáticas” o “cualidades ocultas”.

Lo mismo que en el siglo XVII, también hoy los científicos más mediocres esconden su ateísmo, su teología, su filosofía y todos sus prejuicios políticos en el armario. Siguen con su manía de trocear el conocimiento: la religión llega hasta aquí… la filosofía es aquello otro… las ideologías no les interesan… pero ante todo, ¡vade retro con la lucha de clases! De esa manera se creen los únicos seres humanos que no tienen ni religión, ni ideología, ni filosofía, ni política, ni nada de nada.

El fetichismo por los clásicos

 Juan Manuel Olarieta
El 3 de enero en La Haine Frabetti escribe un artículo relativo a un debate que, según interpreto, versa más sobre la validez que sobre la importancia de que los textos marxistas conduzcan a la lectura de Marx y Engels directamente.

Para defender su postura contraria, Frabetti pone los ejemplos de Newton y Darwin que, según mi criterio, demuestran lo contrario de lo que él pretende. Mi opinión, pues, milita a favor de que cualquier texto científico, del tipo que sea, convoque al lector a recurrir a las fuentes, a los clásicos. Soy un fetichista de los clásicos cada vez más convencido, practico el culto a la personalidad como un rito pagano y sostengo que si alguien quiere saber sobre física debe leer a Galileo y Newton, si quiere saber sobre biología debe leer a Darwin y si quiere saber sobre materialismo histórico debe leer a Marx, Engels y Lenin (no sólo a Marx).

Es más, apoyado en una experiencia secular sostengo que los alumnos tienen el vicio de tergiversar las enseñanzas de sus maestros, aún invocando su nombre, es decir, que se aprovechan del nombre de su maestro para introducir sus propias tesis de contrabando. Dado que pocas veces los alumnos llegan a la altura de los grandes maestros de los que estamos hablando, sus imitadores suelen ser muy deplorables. Es el problema de los newtonistas con Newton, los darwinistas con Darwin y de los marxistas con Marx. Los seguidores -en general- se convierten en una verdadera pesadilla.

No puedo estar más en desacuerdo con Frabetti cuando afirma que «si bien la lectura de los libros de Galileo, Newton o Darwin es fundamental para un epistemólogo o un filósofo de la ciencia, no es ni mucho menos imprescindible para un científico actual», y hasta se atreve a añadir -según sus palabras- que es inadecuada para el profano que desea acercarse a la física o a la biología.

Es un lastre que vienen padeciendo los científicos, al menos desde la implantación del positivismo a mediados del siglo XIX que, a su vez, es una de las causas de la profunda decadencia actual de la ciencia. La filosofía y la ciencia (la epistemología y la ciencia) no son universos separados (lo cual tampoco significa que sean el mismo universo). Los mejores filósofos, incluidos Marx y Engels, han construido su filosofía sobre una ciencia, de la cual eran, además, profundos conocedores, de manera que en su obra no es posible separar al filósofo del científico.

Dado que el positivismo introdujo artificialmente esa separación con un basto machete de sierra, y dado que el positivismo se considera hoy como «la» ciencia por antonomasia, cuando no es otra cosa que ideología burguesa, llegamos al lastimoso panorama actual que nos brindan la inmensa mayoría de los científicos actuales. Nos están dando gato por libre.

Iré aún más allá: todos los intentos llevados a cabo por separar a la filosofía de la ciencia conducen a groseras manipulaciones. Por ejemplo, todos los intentos que a la muerte de Newton llevó a cabo la Royal Society (máxima autoridad científica inglesa) por separar al Newton «realmente científico» del Newton político, matafísico y alquimista son -y siguen siendo- un engaño a los lectores que se ha prolongado durante siglos. Por eso más allá de cuatro generalidades seguimos sin saber quién era Newton, cuál fue su exactamente su teoría, por qué llegó a ella y qué es lo que trató de demostrar.

A falta de referencias directas, lo mismo que el marxismo, la ciencia actual acaba convertida en un rumor, en algo impreciso que los institutos y universidades transmiten de unos (profesores) a otros (alumnos) con la misma infidelidad con la que las leyendas se transmiten de padres a hijos.

Así leemos que -según Frabetti- Kohan ha puesto el concepto de fetichismo en el centro de su pensamiento, mientras que, por el contrario, cualquier marxista tiene otras preocupaciones diferentes y muchísimo mayores que esa, las cuales han estado y están en el centro del pensamiento de todos los marxistas, como el concepto de «partido comunista», por poner un caso. La primera manipulación de las muchas de Kohan sobre Marx, es precisamente esa. La burguesía no necesita desprestigiar al marxismo. Para esa tarea ya tiene a muchos anti-fetichistas, como Kohan, sin ir más lejos.

Me niego a sustituir mi fetichismo por Marx con un fetichismo por Kohan. El que quiera beber agua limpia que vaya a la fuente. Lo demás suele bajar bastante mezclado con porquería.

La producción de samovares y acordeones en la Rusia pre-revolucionaria

Como en el resto de Europa el movimiento revolucionario ruso surge de la revolución de 1848 y, dada la represión zarista, se gesta entre los emigrantes, es decir, fuera de la propia Rusia y en un contacto muy estrecho con las demás corrientes revolucionarias europeas, entre otras la que Marx y Engels encabezaban. El movimiento revolucionario ruso a finales del siglo XIX presenta, pues, tanto rasgos comunes con el resto de Europa junto a otros que son propios y característicos.

En muy poco tiempo, apenas 50 años, ese movimiento atravesó tres etapas fundamentales en las que la influencia del marxismo fue creciendo progresivamente. Inicialmente aparece como un movimiento democrático revolucionario (Chernichevski), posteriormente surge el populismo (Mijailovski), y la tercera etapa se inicia con el grupo Emancipación del Trabajo encabezado por Plejanov, que desemboca en la creación del partido socialdemócrata en 1898.

De dicho partido surgen posteriormente los bolcheviques que, al encabezar la revolución de 1917, desencadenan un proceso de retorno: lo que llegó a Rusia procedente del oeste, regresa de nuevo a Europa occidental, naturalmente profundamente transformado y enriquecido por el leninismo. Desde el punto de vista geográfico, por tanto, a Europa occidental retorna algo de lo que salió de la propia Europa occidental.

La intelectualidad seudomarxista critica ese proceso calificándolo despectivamente como “eurocentrismo”. Pero el marxismo no es una teoría, que es como ellos la consideran, sino una teoría revolucionaria, es decir, deducida de la revolución, un fenómeno que entonces sólo se podía analizar cabalmente en Europa y en ninguna otra parte. Eso es lo que hicieron entonces y lo que hacen ahora los revolucionarios, a diferencia de los profesores de historia, de los escritores y de los diletantes de salón.

A lo largo de varios años Marx y Engels mantuvieron una estrecha relación política, directa e indirecta, con varios exiliados rusos y, como no tenían por costumbre hablar de lo que no sabían, estudiaron ruso para poder conocer mejor el país y discutir con conocimiento de causa. Además de reuniones, ambas partes intercambiaron correspondencia, que en aquella época era una de las principales formas de comunicación. Aquella correspondencia iba dirigida a los personajes de Rusia más insospechados que cabe imaginar y versó sobre los asuntos más variopintos, como es el caso de la carta de Marx a Annenkov (un burgués liberal) sobre Proudhon o la de Engels a Lavrov (un populista) sobre Darwin.

Esa correspondencia demuestra que ya entonces Marx y Engels estaban en el centro del movimiento revolucionario europeo (o sea, mundial) y que sus diferentes corrientes (incluido Bakunin, otro ruso) les consideraban como los más reputados maestros.

Es también remarcable que una correspondencia privada, no destinada a la publicación, resulte de tanta actualidad y tenga tan extraordinaria importancia. En parte esa correspondencia se ha perdido, pero los populistas tradujeron y distribuyeron varias obras, como el Manifiesto Comunista y El Capital, y publicaron en sus revistas algunos artículos de Marx y Engels.

Como no podía ser de otra forma, uno de los debates fundamentales con los rusos fue la singularidad del gran Imperio, un tema recurrente en el movimiento obrero mundial desde siempre, normalmente mal planteado, en la forma de unos supuestos “modelos” (soviético, chino, yugoeslavo), o del “eurocomunismo” y las diversas “vías” hacia el socialismo de Togliatti. En términos filosóficos el debate aludía a la relación entre lo abstracto (modo de producción) y lo concreto (formación histórico-social). Marx y Engels analizan el capitalismo (lo abstracto) en la Inglaterra de su época (lo concreto) y, del mismo modo, el socialismo se analiza en la URSS. Pero al analizar el capitalismo en España no se encuentran “roundsmen” como en Inglaterra, ni al analizar el socialismo en Cuba se encuentran “kulaks” como en la URSS. Un marxista tiene que analizar el capitalismo (o el socialismo) en algún país y en algún tiempo concretos. Lo que no tiene sentido, ni marxista ni de ningún tipo, es hablar del capitalismo como un espectro fantasmagórico, intemporal.

Con el tiempo el mismo vicio ha ido creciendo, cambiando de formato y empeorando cada vez más. Kevin Anderson, uno de los intelectuales seudomarxistas en boga, ha vuelto recientemente al mismo error de la misma manera errónea. Lo llama marxismo unilineal o multilineal (*). Otros dicen que el marxismo es del siglo XIX, que ahora las cosas han cambiado (pero no dicen cuáles) y que hay que retocarlo un poco (o mucho) para poder “aplicarlo” al siglo XXI.

Son variaciones sobre el mismo tema, como el “determinismo” que algunos confunden con el fatalismo, la sucesión inexorable de esos modos de producción que tienen que aparecer por todos los rincones de la historia. En resumen, según algunos el marxismo no es “aplicable” a determinadas sociedades o épocas históricas, que es como decir que la aritmética no es “aplicable” a todos los números.

Los populistas no se oponían al marxismo, sino que decían que no era “aplicable” a Rusia, con lo cual querían decir que Rusia jamás sería un país capitalista. Lo mismo que Togliatti, ellos también creían que el marxismo, lo mismo que el capitalismo, eran “europeos”. Lo verdaderamente ruso era el populismo. Entonces al menos una parte de la cuestión reside en entender lo que es el marxismo.

En 1899 se celebró en San Petersburgo un debate público sobre un tema que llevaba exactamente el título “¿Es posible conciliar el populismo con el marxismo?”, lo cual ya es bastante significativo. Los populistas eran nacionalistas. Lo que preguntaban en realidad era: ¿es posible conciliar a Europa con Rusia?, ¿es Rusia una parte de Europa? Pero es aún más significativo lo que en ella dijo Vorontsov, un populista: los marxistas “europeos” están más ceca del populismo que los “rusos”. Naturalmente que cuando Vorontsov se refería a los “marxistas rusos” ni siquiera se refería a Plejanov sino a oportunistas como Piotr Struvé, presente en aquel acto, es decir, a los “marxistas legales”.

Traer ahora aquel debate aquí puede parecer oportunista en cierta medida porque “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, una de las obras de historia más extraordinarias jamás escritas, a cuya redacción Lenin dedicó tres largos años (1896-1899), dejó las cosas bien claras. El marxismo no sólo se podía “aplicar” a Rusia sino que se “aplicó” de una manera tan magistral que en 1917 condujo al proletariado a la Revolución. Hoy sabemos que los populistas no tenían razón.

Pero aferrarse a esos argumentos “ex post facto” es jugar con ventaja; además de poner las cosas en su sitio, lo cual no es fácil, hay que ponerlas en su época. Una carta de 1877 dirigida por Marx a la revista rusa “El memorial de la patria” trata sobre esto: ¿qué es el marxismo? Afirma que el dirigente populista Mijailovski había “metamorfoseado” su explicación de la génesis del capitalismo en el occidente europeo, convirtiéndola en una “teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impone a todo pueblo, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentre”. En otras palabras, los populistas convertían algo histórico en algo suprahistórico.

Los errores de los populistas procedían de dos orígenes distintos: no sólo tenían una concepción distorsionada del marxismo sino que, además, tenían una concepción distorsionada de Rusia, y cuando hoy se leen con un poco de atención esos mismos debates, como el de Anderson, se observa exactamente el mismo error que Marx y Engels observaban en los populistas: son suprahistóricos, es decir, abstracciones, teorías que pretenden suplantar a otras teorías simétricas a ellas. Lo que todas estas teorías tienen en común es que son una exégesis permanente. Están hechas de frases y citas que cuadran casi exactamente con lo que el escritor quiere sostener.

Al leer una obra maestra, como “El desarrollo del capitalismo en Rusia” aparece lo concreto, además de lo abstracto. Más que datos hay detalles. Las publicaciones marxistas son tan exahustivas y minuciosas que al repasarlas un siglo después agobian al lector, como cuando “El Capital” se refiere a los clanes celtas de la alta Escocia, o cuando Lenin dedica un apartado a analizar la orfebrería y la producción de samovares y acordeones en Rusia.

Anderson no habla para nada de acordeones, no habla de nada concreto, no habla de historia sino sobre la historia, después de convertirla en un fantasma. Por ejemplo, larga la siguiente patada: “Un ejemplo común del uso continuado de este modelo unilineal es la máquina de propaganda estatal China, cuando apoda la cultura tibetana como ‘feudal’ y consecuentemente atrasada”. Si los chinos tienen una máquina de propaganda estatal, Anderson tiene el estilo publicitario burgués, que consiste en soltar las frases típicas de los letreros de neón, huérfanas de argumentos, absolutamente vacías, como el resto de su artículo.

Lo de menos es si Anderson tiene razón o no. Lo que es seguro es que no es marxista, lo que se confirma cuando manifiesta las mismas intenciones que Vorontsov en Rusia: conciliar el marxismo con otras corrientes ideológicas, tan oportunistas como él mismo. Es algo típico de quienes no son marxistas, una conclusión que se confirma cuando Anderson busca las diferencias entre Marx y Engels: el primero es multilineal, mientras que Engels cayó en el mismo vicio que la maquinaria de propaganda estatal china.

Un debate o una obra de historia en la que no se habla de cosas como samovares y acordeones podrá resultar interesante, pero no tiene relación con el marxismo. Si además, está repleta de citas de Marx, hay motivos para temer lo peor.

(*) De los ‘Grundrisse’ al ‘Capital’: Temas Multilineales, Marxismo Crítico, 12 de diciembre de 2013, http://marxismocritico.com/2013/12/12/de-los-grundisse-al-capital/

Transición y constitución

No sólo hemos dejado que nos engañen en lo que a la transición concierne, sino que tampoco sabemos lo que es una constitución, por lo que llamamos de esa manera a cualquier trozo de papel impreso. Naturalmente que por una repetición insistente también tenemos asociada la democracia a la constitución e ingenuamente nos hemos convencido de que los países fascistas lo eran porque no tenían una constitución, ni la parafernalia que la acompaña: libertades, derechos, elecciones, partidos, separación de poderes, etc.

¿Qué es una constitución? En 1862, hace ya 150 años, Lasalle, el socialdemócrata alemán que mantenía una relación de amor, odio y otros estados de ánimo hacia Marx y Engels, pronunció un ciclo de conferencias para responder a esa pregunta: ¿qué es una constitución? Diferenciaba entre la constitución en sentido formal, una norma jurídica escrita sobre el papel, y la constitución real, el conjunto de fuerzas que dominan en una sociedad. Según Lasalle, los problemas constitucionales no son, en última instancia, problemas jurídicos, sino de poder (1).

¿Es necesario insistir sobre algo tan obvio? Si, por muchas razones, entre ellas porque también hay una mala comprensión de las relaciones entre lo formal (jurídico) y lo real (sociológico). Hay quienes desprecian lo jurídico y hay quienes miran la realidad sólo a través de los agujeros legales y redactan manuales sobre los derechos de los detenidos.

Cuando Montesquieu habla de “separación de poderes” se refiere a ambas cosas al mismo tiempo. Sus “poderes” no son el legislativo, el ejecutivo y el judicial sino las clases sociales. A lo que se refiere Montesquieu es al reparto del poder entre las clases sociales, o mejor dicho, a un nuevo reparto del poder entre ellas, de una redistribución de ese poder político (2). Eso es una constitución: la formalización jurídica de un cambio político.

De ahí se desprende algo obvio: no es la constitución la que redistribuye el poder sino que es un cambio en el poder el que redacta una nueva constitución. Al poder de crear e imponer una nueva constitución Sieyés, un representante típico de la burguesía revolucionaria, lo llamaba “poder constituyente”. Pero también lo podemos decir en términos actuales, más comprensibles: la lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también es la que redacta, cambia y anula las constituciones.

Las primeras constituciones aparecen con las revoluciones burguesas. Son expresiones suyas, es decir, reflejan el asalto de la burguesía al poder político y la construcción de un nuevo Estado, diferente del anterior. Uno de los mayores exponentes de la nueva teoría constitucional fue Sieyés, quien lo expresó claramente. “¿Qué es el Tercer Estado?”, preguntaba Sieyés refiriéndose a la burguesía. “No es nada”, respondía él mismo. “¿Qué debe ser el Tercer Estado?”, volvía a preguntar. “Todo”. La burguesía quería todo el poder para sí misma.

Sieyés forjó el núcleo fundamental de lo que es una constitución, el de “poder constituyente”, que luego Lenin expresó a su manera al decir que “no basta con dar a la Asamblea representativa la denominación de constituyente. Es preciso que dicha asamblea tenga poder y fuerza para constituir” (3). Entonces, para juzgar la Constitución de 1978 hay que tener en cuenta ambos factores. En primer, el aspecto formal: si las Cortes surgidas de las elecciones de 1977 fueron constituyentes, o no. Y segundo, el aspecto material, si dichas Cortes tenían la fuerza suficiente para constituir, es decir, para cambiar la naturaleza política del Estado.

Es lo que Lasalle calificaba como los “factores reales de poder”, lo que en tiempos de la transición se llamaban “poderes fácticos”, una expresión que ya nadie utiliza ahora, pero que entonces era muy corriente precisamente porque esos poderes, los de verdad, no sólo no estaban en las Cortes, sino fuera de ellas y, además, porque esos poderes no sólo no querían cambiar sino que estaban en contra de cualquier cambio.

Así que todas las respuestas a las preguntas anteriores son negativas, incluso las de tipo formal, lo que conduce a concluir que España no tiene constitución, que la Constitución de 1978 no es tal constitución o, dicho en términos más claros, que dicha constitución es un fraude que procede de otro fraude y que fue redactada por unos defraudadores. En el derecho todo fraude, de ley o de cualquier otro tipo, conduce a la nulidad. Un certificado de nacimiento falso es nulo, un billete de 7 euros es nulo y una constitución falsa es también nula: no existe como tal.

¿Por qué no hay constitución? Porque no hubo transición, ni cambio político. Lenin preguntaría lo siguiente: ¿tenían las Cortes de 1977 poder para cambiar algo?, ¿eran las Cortes de 1977 un poder? Naturalmente que no. Pero la respuesta tiene que ir mucho más allá: ni eran constituyentes ni lo pretendieron jamás. Las elecciones de junio de 1977 no se convocaron para cambiar el Estado, derogar las Leyes Fundamentales franquistas y elaborar una nueva constitución.

Una constitución no implanta la libertad sino que es consecuencia de ella, de una situación previa de libertad que nunca hubo en España, y menos en 1977. No es necesario leer la prensa de entonces. Cualquiera que haya vivido la transición al cabo de la calle no hablará sino de un estado de terror, de crímenes, de miedo, de palos, de detenciones, de torturas y de cárceles.

Por el contrario, la libertad forma parte esencial del poder constituyente y para que haya libertad hay que liberar a los presos políticos de las cárceles, reconocer los derechos de reunión, asociación, manifestación, legalizar a los partidos políticos y la libertad de expresión, el acceso de todos a los medios de comunicación públicos… Nada de esto se produjo en 1977. La consecuencia política fundamental de este hecho es que la legitimidad de este régimen es la misma que la del franquismo, es decir, ninguna. Nadie puede calificar de legítimo a un Estado edificado sobre el criminal alzamiento de 1936 y la matanza subsiguiente. La transición no fue más que una prórroga de esa situación de guerra y posguerra. Más de lo mismo.

Las cosas no cambian nada por el hecho de que las imitaciones de los falsificadores sean tan buenas que embauquen a los incautos. Siempre que hay una imitación hay que compararla con el original. Si hablamos de fraude hay que mirar en la trastienda, analizar la historia, los hechos, la práctica. Si no hubo ningún tipo de poder constituyente, lo que hay que analizar es eso que en 1977 se llamaban “poderes fácticos”.

Los incautos se quedan con el aspecto formal de las cosas, lo que debió ser y no fue. Pero los diputados de 1977 no inventaron el fraude. Sieyés, que era cura, sabía mucho de fraudes y, a pesar de ello, le ocurrió lo mismo hace más 200 años, lo que le movió a escribir su conocida obra, en la que dice: “El conocimiento de lo que hubiera debido hacerse puede llevar al conocimiento de lo que se hará” (4). Si no queremos que nos vuelvan a timar de nuevo los mismos timadores de siempre, deberemos exigir ahora lo que no tuvimos en 1977 ni hemos tenido nunca, empezando por la liberación de los presos políticos.

(1) Lasalle: ¿Qué es una constitución?
(2) La separación de poderes en el constitucionalismo burgués
(3) Lenin: Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Obras Escogidas, tomo I, pg.475.
(4) Sieyés: ¿Qué es el Tercer Estado?, Madrid, 1973, pg. 92.

El concepto de transición en el materialismo histórico

El concepto de transición, decía Lenin, es fundamental para entender el movimiento, el desarrollo y el cambio, tanto en la historia, como en la naturaleza: “¿Qué distingue la transición dialéctica de la no dialéctica? El salto. La contradicción. La interrupción de la gradualidad. La unidad (identidad) del ser y el no ser” (1).

A su vez, dicho concepto involucra el de etapa porque los saltos nunca son instantáneos sino procesos que se desarrollan a través de distintas etapas. Así, entre la noche y su opuesto, el día, están los crepúsculos y los amaneceres, etapas intermedias en las cuales la luz aparece y desaparece, unas veces más rápido que otras. En esas situaciones la duda sobre si es de día o de noche es como la botella medio llena o medio vacía: es metafísica. Lo que interesa saber es el movimiento: si está amaneciendo o está anocheciendo.

La historia tampoco conoce cambios instantáneos. La revolución rusa no fue la toma del Palacio de Invierno, sino la revolución de 1905, la guerra mundial, la revolución de febrero, la de octubre y la guerra civil. Dado que todo fenómeno está en movimiento, tanto en la naturaleza como en la sociedad, todo fenómeno es histórico: “La filosofía de la praxis es el historicismo absoluto”, decía Gramsci (2).

En todo proceso histórico hay determinados cambios que son más importantes con relación a los otros que van por delante o por detrás y marcan los puntos de inflexión, los saltos de una etapa a la siguiente. Son los que luego los historiadores toman como frontera entre unos momentos y los sucesivos, aunque en ocasiones, no sean más que símbolos, como el asalto a la Bastilla en la revolución francesa.

Esos puntos de inflexión convierten a la historia en un devenir esencialmente irreversible, sin marcha atrás. Ahora bien, si en la historia no hay cambios instantáneos, tampoco los hay lineales. Que la historia sea una sucesión de acontecimientos esencialmente irreversibles no significa tampoco que no se repitan, que la historia no vuelva sobre sí misma y no se parezca a algo que ya ocurrió antes. Por eso decía Marx que a veces la historia parece repetirse, pero una vez en forma de tragedia y otra de farsa (3). La ruptura y la repetición dividen a la historia en etapas o modos de producción. Es lo que permite clasificar el tiempo histórico, ordenarlo y sistematizarlo en ciclos, entender tanto la continuidad como la discontinuidad.

Las transiciones históricas son los saltos en los cuales los fenómenos cambian cualitativamente su naturaleza, adquiriendo otra diferente. Así, el capitalismo se convierte en socialismo, apareciendo en la historia como un cambio revolucionario, una unidad homogénea y a veces como un momento fugaz: los 10 días que estremecieron al mundo. Entonces todo parece claro y extraordinariamente simple. Pero “de la revolución misma no debe uno forjarse la idea de que sea un acto único […] sino que es una sucesión rápida de explosiones más o menos violentas, alternando con periodos de calma más o menos profunda”, escribió Lenin (4).

Al poner la lupa encima de la revolución socialista, por ejemplo, el asunto aparece en toda su complejidad, se dilata en el tiempo y aparecen etapas, como el comunismo de guerra, la NEP o la colectivización. La distinción entre una cualidad y otra es relativa, es decir, que un cambio es cualitativo en relación a otro, que es puramente cuantitativo. Las transiciones, pues, no pueden ser las mismas en un caso que en otro. La transformación del capitalismo premonopolista en imperialismo es un cambio cualitativo del capitalismo, dentro del capitalismo; no lo es si lo ponemos en relación con el socialismo.

Engels lo expuso diciendo que en la naturaleza no hay saltos porque todo procede a la manera de saltos (5), es decir, de cambios cualitativos. Todo fenómeno que cambia experimenta transformaciones que, a la vez, son cuantitativas y cualitativas. Aunque no sean de la misma naturaleza, ambas son necesarias. Una revolución no sólo son grandes cambios sino también pequeñas reformas, modificaciones muchas veces insignificantes de las que luego los libros de historia se olvidan porque sólo tienen en cuenta las anteriores. En ocasiones, esas pequeñas reformas se pueden obtener sin una revolución, pero en otras sólo son posibles si van precedidas o acompañadas de las grandes.

En esto no hay fórmulas. Las revoluciones no son abstracciones sino acontecimientos históricos concretos que jamás se repiten. Por ello, para dirigir una revolución en un determinado país hay que conocer su historia porque en ella se encuentran tanto las coincidencias como las diferencias con respecto a otros países. La historia concreta determina la naturaleza de la revolución que se va a desencadenar y, por lo tanto, sus etapas. Por ejemplo, dado el desarrollo alcanzado en España de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, la revolución sólo puede ser de tipo socialista, una declaración que lo dice todo y, a la vez, no dice nada.

Sólo una vanguardia, es decir, una minoría, es capaz de dirigir una revolución, lo cual significa que sólo ella es capaz de anticiparse y, por lo tanto, de prever las etapas que una revolución va a atravesar necesariamente en un determinado país. Pero eso sólo sucede con una minoría; los demás, la mayoría, aspira a soluciones mágicas, inmediatas y perfectas, típicas de las distintas variantes del socialismo utópico en donde la sociedad soñada queda establecida de una vez y para siempre.

El prototipo de utopismo son los que reivindican la dictadura del proletariado, porque dicen que en España la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Sin embargo, ni en Rusia, ni en China, ni en Vietnam se vieron pancartas en las calles reclamando la dictadura del proletariado o el socialismo. La revolución no se dirige con frases más o menos redondas, por acertadas que sean. En términos hegelianos se puede decir que una vanguardia no sólo necesita entender lo mediato (el objetivo último) sino lo inmediato (el medio existente) y ponerlos en relación. Tan erróneo es cojear de un pie que del otro. Mientras el izquierdismo sólo habla de los grandes objetivos finales, el reformismo se refugia en las penurias de la actualidad presente.

La mayoría siempre se ha negado a admitir que la revolución atraviese ninguna clase de etapas. Los anarquistas, por ejemplo, lo quieren todo y lo quieren ya, ahora mismo. En Rusia los populistas negaron las etapas de la revolución porque negaron que allá se estuviera desarrollando el capitalismo. Según ellos, Rusia iba a saltar al socialismo sin pasar antes por el capitalismo. Es una polémica que se reprodujo en los setenta, cuando algunos acusaron a los comunistas de dogmáticos porque defendían que la sucesión de modos de producción era inexorable y que para construir el socialismo era necesario antes pasar por el capitalismo. Los trotskistas también han sostenido siempre ese tipo de concepciones, calificando a los comunistas de etapistas y falsificando el concepto marxista de revolución permanente.

Las concepciones que niegan las etapas en cualquier clase de revolución son erróneas, lo mismo que aquellas otras que se estancan en las etapas, o las dilatan en el tiempo. Éstos últimos hablan de etapas pero no de la transición de unas a otras, ni del momento oportuno para hacerlo. Por ejemplo, en la URSS Bujarin quiso mantener la NEP de manera indefinida y se opuso a considerarla como una etapa agotada y, por consiguiente, que era necesario pasar a otra etapa diferente: la colectivización del campo. Las etapas son necesarias precisamente para saltar de unas a otras. La revolución se divide en etapas porque no todas las medidas que un gobierno tiene que aprobar se pueden ejecutar simultáneamente y no todas ellas tienen la misma importancia económica y política. Las etapas existen porque la vanguardia no improvisa sino que actúa organizada y planificadamente, porque sabe lo que tiene que hacer en cada momento para avanzar.

El salto de una etapa a otra no sólo determina la discontinuidad y la ruptura entre ambas, sino también la continuidad. Las revoluciones no empiezan de cero sino de lo que hay, de lo que el capitalismo deja. Al dia siguiente de la revolución francesa, la situación de un zapatero de París no había cambiado. Se había producido un salto histórico gigantesco que pocos eran capaces de apreciar. Del mismo modo, el 8 de noviembre de 1917, tras el triunfo de la revolución socialista en Petrogrado, Rusia seguía siendo un país capitalista inmerso en una guerra imperialista. No hay revolución que erradique el feudalismo ni el capitalismo por decreto, aunque lo intente.

Así pues, en una etapa subsisten buena parte de las condiciones propias de la anterior, es decir, existe el feudalismo dentro del capitalismo y éste dentro del socialismo. A causa de ello, por más que la naturaleza de la revolución de octubre fuera socialista, los bolcheviques adoptaron numerosas medidas de tipo democrático o, si se quiere, de tipo democrático burgués. La pureza no existe, ni en la biología ni en la historia. No existen revoluciones exclusivamente burguesas, ni exclusivamente proletarias. Incluso a veces hay revoluciones en las que parece que una clase necesita traicionarse a sí misma, mostrarse impura, como cuando en 1789 la burguesía francesa preservó la monarquía, una institución típicamente feudal.

Los semirrevolucionarios soportan muy mal este tipo de situaciones ambiguas y siguen calificando de etapistas a quienes en España reivindican la República Popular, que ellos entienden de manera opuesta al socialismo, o a la dictadura del proletariado. Lo más corriente, en palabras de Lenin, es entender la contradicción como oposición, la diferencia entre una etapa y otra, pero además de eso es necesario captar la transición de un opuesto a su contrario. Eso es precisamente “lo más importante”, decía Lenin (6). Cualquiera puede entender la diferencia entre el capitalismo y socialismo; lo complicado empieza al trazar el paso de uno a otro, cuando hay que empezar a salir de las abstracciones, las generalidades y las vaguedades que sirven tanto para un roto como para un descosido pero, sobre todo, para quedarse en la nube de los debates y las discusiones vacías.

Quienes necesitan adornarse de frases contundentes desvalorizan la democracia, o la envuelven con adjetivos no menos contundentes, como la de “burguesa” en donde la burguesía queda como el baluarte de las libertades y los derechos, es decir, como algo que nunca ha sido y, paralelamente, los comunistas aparecen como su negación, como partidarios declarados de la dictadura. El planteamiento que hacen los semirrevolucionarios es el mismo que hace hoy la burguesía, que asocia la democracia al capitalismo.

A ellos la democracia les sabe a poco. Su planteamiento no sólo es erróneo sino que, además, se contradice con los hechos. Desde hace un siglo los comunistas han sido quienes se han puesto a la cabeza de la lucha contra el fascismo, es decir, de la lucha por la democracia, una batalla en la que los muertos se cuentan por decenas de millones. Con mucha más razón hoy, sobre todo en España, la lucha contra el fascismo sigue indisolublemente vinculada a la lucha por el socialismo, al proletariado y a los comunistas.

Vivimos en el país de la Inquisición, la llevamos metida en la médula de los huesos. Somos el país de las hogueras. Sin solución de continuidad en España hemos pasado de la Inquisición al franquismo y, a pesar de ello, o quizá a consecuencia de ello, seguimos teniendo con este asunto una confusión importante. Durante generaciones nunca hemos disfrutado ni de libertad, ni de derechos, ni de migajas de nada de eso. Creemos saber de lo que se trata por referencias indirectas; nos lo imaginamos, y algunos imaginan tanto que creen incluso disfrutar de la democracia “burguesa” porque no han recibido los imprescindibles palos en las costillas que les convenzan de lo contrario. No escarmientan en cabeza ajena.

(1) Lenin: Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.255.
(2) Gramsci: Política y sociedad, Barcelona, 1977, pg.58.
(3) Marx: 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.11.
(4) Lenin: ¿Qué hacer, Obras Escogidas, tomo I, pg.258.
(5) Engels: Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1980, pg.215.
(6) Lenin: Cuadernos filosóficos, cit., pgs.124-125.

El asesinato de Kennedy 50 años después (y 11)

¿Quién dice que el crimen perfecto no existe? El asesinato de Kennedy es un buen ejemplo de lo contrario, aunque para ello hubiera que borrar todas las pistas y aunque fuera de la manera chapucera en que lo hicieron. Oswald y Ruby sólo eran algunas de las pruebas más importantes que había que eliminar, pero no eran las únicas.

Inmediatamente después del atentado y de jurar su cargo de presidente, Johnson ordenó que la limusina presidencial manchada de sangre fuera limpiada por los agentes del Servicio Secreto en el mismo aparcamiento de ambulancias del hospital en el que ingresaron a Kennedy. Fue su primera orden. No podía quedar ningún cabo suelto. Si se hubiera abierto algún juicio por el asesinato de Kennedy, la mesa de las pruebas hubiera estado vacía. No por ineptitud de la policía de Dallas sino porque nadie pensó nunca en un juicio.

Ni siquiera hubiera habido autopsia porque, según la legislación, se hubiera debido realizar en el hospital de Dallas, pero el Servicio Secreto secuestró el cadáver por la fuerza y lo embarcó en el avión presidencial rumbo a Washington. ¿Un juicio por asesinato con una autopsia ilegal? Si la verdad no interesaba a nadie, un juicio mucho menos y, por lo tanto, ¿para qué investigar nada?

El congresista Thomas Hale Boggs fue otro de los integrantes de la Comisión Warren, pero llegó a conclusiones muy distintas. En 1971 afirmó que el informe oficial de la Comisión era falso e involucró a Hoover y a otro miembro de la Comisión, Arlen Specter, de aquella patraña. El congresista Boggs desapareció durante un vuelo a Alaska al año siguiente. Ni siquiera apareció la avioneta en la que volaba.

En 1976, trece años después del asesinato, la Cámara de Representantes creó un comité para esclarecer los asesinatos políticos cometidos en la década anterior. La investigación de la Comisión Warren pasó al olvido. Ahora la conclusión era la contraria: fueron dos los tiradores que dispararon sobre Kennedy, el tercer tiro partió de Oswald y, además, se podía afirmar “que el presidente John F. Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración”. ¿Probablemente?

Hasta este punto, es decir, hasta el borrado de las huellas del crimen, Estados Unidos en nada se diferencia de cualquier otro país capitalista. La diferencia es que, además, en Estados Unidos el vacío se llena con la sobredosis de información, las cortinas de humo, la intoxicación y el exceso. Así han ido apareciendo las miles de teorías de la conspiración. A partir de una única verdad, que la versión oficial de la Comisión Warren es mentira, todo lo demás es legitimo porque cuando alguien esconde algo es cuando hay que empezar a buscar.

El problema es qué es lo que hay que buscar, qué interesa buscar. La concepción idealista de la historia busca personas y personajes, se interroga por el quién, por el autor de los disparos y los responsables del asesinato. Por el contrario, en la ciencia de la historia los sujetos se objetivan progresivamente y las personas acaban siendo personificaciones. Entonces pregunta por los motivos, los giros y los cambios que los personajes ponen en marcha.

Kennedy fue víctima de su propia concepción idealista de la historia, aunque una semana antes de su asesinato, en un discurso en la Universidad de Columbia reconoció que existían presiones para convertir el cargo de Presidente “en algo meramente figurativo”. Estaba equivocado: el cargo de Presidente ya era figurativo, por más que él tratara de impedirlo. Eso le costó la vida. Creyó que desde ese cargo se podía cambiar una política firmemente asentada en Washington. Formaba parte de los que quieren cambiar las cosas desde dentro.

A partir de ahí se forja otra leyenda más: el Kennedy reformista, progresista, idealista, el recién llegado al nido de vívoras que es la Casa Blanca, el último representante de la época de Jefferson, Adams y Lincoln. Tampoco es eso. Kennedy ni siquiera alcanza el rango de caricatura de los “padres fundadores” de Estados Unidos.

Kennedy personifica a una parte del imperialismo estadounidense, que durante los años más críticos de la guerra fría se definía -fundamentalmente- por su posición respecto a la URSS. Frente a los “halcones”, ellos eran las “palomas”. En Estados Unidos no había una única línea respecto de la URSS, de la misma manera que en la URSS no había una única línea respecto a Estados Unidos. Es más: en 1962 la crisis de los misiles en Cuba puso de manifiesto que en Washington tampoco había uniformidad para responder a los cambios que en la URSS se estaban produciendo desde 1953, con el ascenso de Jruschov al Kremlin.

El asunto de la proliferación nuclear o, mejor dicho, la prohibición de la proliferación, lo que hoy llaman “armas de destrucción masiva”, es una derivación de aquel pulso con la URSS. Esto se ha analizado desde el punto de vista del desarme y de la oposición del Pentágono, junto con la industria armamentista, al mismo. Pero también es una parte del asunto, no el asunto en sí mismo.

La guerra fría y el armamento nuclear lo que estaban poniendo de manifiesto era el grado de desarrollo (científico, técnico, económico, político) de la URSS y el bloque socialista en su conjunto, que en 1955 firmaban el Pacto de Varsovia. La revolución china (1949), la guerra de Corea (1953), la derrota de Dien Bien-Phu (1955), la revolución cubana (1959), junto con el movimiento de los no alineados en el Tercer Mundo, la crisis del canal de Suez (1956)… no presagiaban nada bueno para el imperialismo.

El bloque socialista estaba en su apogeo y el imperialismo buscaba la mejor manera de hacer frente a la situación, que no podía reducirse a una amenaza permanente del uso del armamento nuclear. Desde Hiroshima y Nagasaki entre los círculos dominantes del Pentágono se había extendido la creencia de que esa era la única manera de tratar a sus enemigos más importantes. Aún hoy entre ellos es muy común creer que hay remedios técnicos (militares, policiales, represivos) para los problemas políticos. El prototipo de esa convicción fue John Foster Dulles, el hermano del jefe de la CIA y secretario de Estado con Eisenhower.

La guerra -decía Clausewitz- no es más que la continuación de la política por otros medios. Para poner a la URSS a la defensiva el imperialismo tenía que utilizar también medios políticos y diplomáticos, es decir, tenía que negociar con la URSS. Sin embargo, es propio de una concepción militarista interpretar la negociación como una claudicación, como un gesto de debilidad. Los fuertes siempre cometen el error de no negociar con quienes están -o consideran que están- en una situación de debilidad.

La crisis de los misiles se saldó con una negociación, que al año siguiente condujo al Tratado de Moscú de prohibición de pruebas nucleares. El objetivo era que la URSS se pusiera la soga al cuello, como así ocurrió. Era la única manera de acabar con el socialismo. En septiembre de 1959, cuando visitó Estados Unidos, Jruschov debió quedar hipnotizado por Eisenhower y lo que se llamó el “Espíritu de Camp David”. Siempre dijo que la coexistencia pacífica con el imperialismo era posible; bastaba con hacer concesiones, con dar lo que pedían. A cambio sólo exigían que les dejaran “en paz”.

El asesinato de Kennedy no logró sus objetivos. La destitución de Jruschov un año después tampoco consiguió los suyos. Las decisiones no dependían de ninguno de ellos, por lo que fueron sustituidos por otros aún más mediocres, figurines de esos que ni siquiera se molestan en disimular sus limitaciones.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (10)

Cuando la policía detuvo a Oswald, la comisaría se convirtió en un circo al más puro estilo cinematográfico de aquel país. Los periodistas y las cámaras de televisión inundaban los pasillos. En los traslados al calabozo, le interrogaban al detenido tanto o más que los propios policías. Las grabaciones registraron para la posteridad que Oswald siempre negó su participación en el asesinato, e incluso que la policía le estaba impidiendo la defensa de un abogado, algo que en Estados Unidos es muy significativo, no sólo porque se trataba de una ilegalidad televisada, sino porque si Oswald hubiese admitido su culpabilidad la policía no hubiera podido utilizar su confesión como prueba en un juicio.

¿Qué estaba pasando? Parece obvio que a la policía no le interesaba ninguna confesión y, desde luego, que no iba a haber ningún juicio. 48 horas después de su detención, la policía se disponía a trasladar a Oswald a la cárcel para «protegerle» porque habían recibido amenazas de muerte contra él. Pero si eso era cierto, ¿por qué no impedir la entrada de los periodistas a la comisaría?

La policía lo hizo al revés y cuando se disponían a introducir a Oswald en el furgón, en el sótano de la comisaría apareció el pistolero Ruby entre una multitud de periodistas e impunemente asesinó a Oswald a la vista de todos. También quedó grabado para siempre.

Si Oswald no fue quien disparó contra Kennedy, ¿por qué le asesinaron? Sin duda porque formaba parte integrante del complot, aunque no se sepa exactamente cuál es esa parte.

Desde el mismo momento de la detención de Oswald, uno de los que merodeaba por los pasillos de la comisaría era Ruby. ¿Otro fallo de seguridad? ¿Por qué la policía autorizó el acceso a la comisaría de un pistolero de la mafia? Porque eran clientes habituales de los prostíbulos de Ruby, en los que no pagan ni un céntimo. Una bailarina de su cabaret, Nancy Hamilton, dijo que el 75 por ciento de los policías de Dallas habían pasado alguna vez por los burdeles de Ruby en Dallas.

Pero, ¿quién era Jack Ruby? Su nombre originario era Jacob Rubinstein y era un pistolero de la Mafia de Chicago, donde había nacido. El resto de su biografía es intercambiable con cualquiera de los protagonistas del asesinato de Kennedy. Por ejemplo, Ruby estuvo en Cuba en 1959 invitado por el empresario estadounidense de prostíbulos Lewis McWillie, quien a su vez estaba en contacto con Sturgis en La Habana. Lo mismo que Sturgis, McWillie también participó en la Operación 40 para derrocar a Fidel.

La mafia le encargó trasladarse a Dallas para hacerse cargo de varios garitos ruinosos. Ruby no le disparó a Oswald ni en el corazón ni en la cabeza, sino en el vientre, como siempre hacía la Mafia, y con un calibre 38, el que siempre utiliza la mafia.

Oswald y Ruby se conocían desde hacía tiempo porque Oswald había sido un cliente habitual de los prostíbulos de Ruby. Las chicas de su garito vieron a Oswald entre el público días antes del atentado.

Ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró el 31 de mayo de 1978 que estuvo presente en una reunión en casa de Orlando Bosch Ávila, dos meses antes del asesinato de Kennedy, en la que participaron Oswald, Sturgis y los mercenarios de Operación 40. En su testimonio dijo que el 15 de noviembre dos vehículos partieron de Miami con destino a Dallas y que ella viajó en uno de ellos junto a Sturgis y Oswald. En un punto del trayecto contactaron con Ruby.

Al mismo tiempo, Ruby era un peón de Nixon, quien en 1947 le propuso como testigo de cargo del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy. Desde entonces Ruby estuvo en la nómina del Congreso como miembro del equipo de Nixon. Ruby se trasladó a Dallas en 1947 por encargo tanto de Nixon como de la mafia, que vienen a ser otras dos caras de la misma moneda.

Según un informe del FBI descubierto en los años setenta, Nixon presionó varias veces para impedir que el FBI investigara los crímenes de Ruby y que no se le citara a declarar ante un Comité del Congreso que estaba investigando a la mafia.

Una vez detenido, Earl Warren visitó a Ruby en prisión acompañado de Gerald Ford, que luego sería presidente. El mafioso les dijo que temía por su vida y dirigiéndose personalmente a Warren le dijo que era el único que podía salvarle. En la cárcel de Dallas no podía hablar. A cambio de revelar todo lo que sabía, Ford le sugirió la posibilidad de trasladarle a una cárcel de Washington bajo protección.

Ruby se disponía a contar lo que sabía. En su declaración el mafioso también dio a entender que detrás del complot estaba el propio presidente Johnson. Pero en este asunto lo que menos interesaba era la verdad, especialmente a quienes tenían la tarea de informarse e informar acerca de ella. Warren le negó el traslado. Dejarle en la cárcel de Dallas fue una auténtica condena a muerte, que se ejecutó en 1967 mientras Ruby esperaba un juicio por tráfico de drogas. Le diagnosticaron una neumonía pero murió de cáncer 28 días después.

Fue otra muerte oportuna. Los cuatro abogados de Ruby también murieron, uno detrás de otro: en 1965 Tom Howard, en 1971 Clayton Fowler, en 1995 Phil L. Barleson y en 1996 Melvin Belli. Todas las puertas se volvieron a cerrar.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (9)

Todos los nombres que tienen relación con el asesinato de Dallas forman parte de un círculo reducido de pistoleros presentes en los mismos lugares y en los mismo momentos. Se conocían entre sí. En agosto de 1978 Victor Marchetti, agente de la CIA, publicó un artículo en el periódico “Spotlight” en el que aludía a un informe de la central de 1966 según el cual Sturgis, E. Howard Hunt y otros habían estado involucrados en el asesinato de Kennedy. Marita Lorenz habría provisto la información para el operativo.

Hunt le acusó de un delito de injurias, pero Marchetti no se había inventado el artículo. Su fuente principal había sido William Corson, coronel de la inteligencia naval, aunque también había entrevistado, entre otros, a un sujeto tan oscuro como James Angleton, miembro de la CIA, de Gladio y de otras cloacas parecidas. Hubo numerosos litigios con resultados contradictorios, pero en 1995 un jurado absolvió a Marchetti.

Ese mismo mes, Joseph Trento y Jacquie Powers escribieron una historia similar para el “Sunday News Journal”.

Aunque Hunt, asistente personal de Allen Dulles, escribió muchas novelas de espías, le costó empezar a hablar sobre algo que no fuera ficción. Desde el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, estuvo en todos los guisos. Es posible que fuera uno de los que estuviera en Bolivia para transmitir la orden de asesinar al Che. En 1971 se unió al equipo de “fontaneros” de Nixon que organizó el asalto a Watergate, por lo que fue condenado por conspiración.

Al salir de la cárcel militar en la que cumplió casi tres años de su reclusión, Hunt siguió siendo fiel a sí mismo. No hizo otra cosa que seguir tejiendo los infundios y las cortinas de humo para los que le habían entrenado en la CIA. En 1973 publicó su libro «Give Us This Day» en el que dice que Oswald era un marxista, partidario de Fidel y de “la revolución roja en La Habana”.

No se soltó la lengua hasta 2004, cuando poco antes de morir su hijo le grabó varios audios en los que confirmaba que el presidente Johnson fue el instigador del asesinato de Kennedy, que fue organizado, entre otros, por su viejo colega Sturgis. Tampoco entonces añadió nada que no se sospechara, pero contribuyó a reafirmar algunas líneas de investigción. Buena prueba de su interés es que dichas grabaciones pasaron casi desapercibidas, en un país donde el asesinato de Kennedy vende cualquier exclusiva.

Según publicó el diario “Florida Sun Sentinel” el 4 de diciembre de 1963, Sturgis conoció a Oswald en Miami dos días antes del asesinato de Kennedy. Oswald le pidió incorporarse a la Brigada Anticomunista que había formado Sturgis para invadir Cuba. Hay fotos de ambos en un campo de entrenamiento de Operacion 40.

Watergate es, pues, uno de los hilos perdidos del asesinato de Kennedy. Habían transcurrido nueve años desde entonces. Además de una cortina de humo, Watergate fue un robo organizado por la CIA para encubrir su participación en la invasión de Playa Girón y el asesinato de Kennedy. No se trataba de un caso de espionaje político, como decían Woodward y Bernstein.

Así lo explicó Sturgis cuando estaba en prisión. En agosto de 1974 este pistolero de la CIA concedió una entrevista al semanario «True Magazine» en la que afirmó que lo que buscaban en Watergate era un informe del gobierno cubano sobre las operaciones encubiertas de la CIA dentro de Estados Unidos, algo que prohíbe la legislación de aquel país. Desde luego que el asesinato de un presidente también está prohibido, pero para algunos era más importante esa injerencia de la CIA en sus asuntos internos.

El 7 de mayo de 1990, en otra entrevista, Sturgis fue más concreto. Reconoció a un periodista del «San Francisco Chronicle» que Nixon ocultó la verdad sobre el asesinato de Kennedy, al tiempo que reconoció su participación en el mismo: «La razón por la que nosotros robamos en Watergate fue porque Nixon estaba interesado en parar las filtraciones de noticias relacionadas con las fotos de nuestro rol en el asesinato del Presidente John F. Kennedy».

Pero Sturgis seguía sin aclarar cual había sido ese rol. En 1978 ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró que fue él, Sturgis, uno de los autores de los disparos contra Kennedy en Dallas.

En un artículo publicado en la revista “The Realist” Paul Kangas afirma: “Entre otros miembros de la CIA que George Bush reclutó para la invasión [de Playa Girón] estaban Frank Sturgis, Howard Hunt, Bernard Baker y Rafael Quintero […] El día que JFK fue asesinado, Hunt y algunos del posterior equipo de Watergate fueron fotografiados en Dallas, así como un grupo de cubanos, uno de ellos con una sombrilla en alto, como señal, al lado de la limusina del Presidente, justo donde Kennedy fue tiroteado […] Hunt y Sturgis le dispararon a JFK desde el montículo de hierba. Fueron fotografiados y vistos por 15 testigos”.

Pero si quienes dispararon a Kennedy fueron Hunt y Sturgis, ¿cuál fue el rol de Oswald?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies