¿Qué es la conciencia de clase? (II)

Crítica de las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario


Juan Manuel Olarieta

En los inicios del capitalismo la burguesía impulsó una nueva corriente
filosófica, el idealismo subjetivo, que empalma directamente con las
concepciones religiosas tradicionales y, especialmente, con el protestantismo.
La clase social entonces en ascenso, la burguesía, es individualista; se mira
al ombligo y se redescubre a sí misma, su mundo interior. El cristianismo había
reducido el sujeto a su conciencia y luego la burguesía redujo la conciencia a
su sujeto. Así considerada, la conciencia es un monólogo interno e
incomunicable con otros porque cada uno de nosotros somos seres individuales,
singulares y diferentes unos de otros. En nuestro interior llevamos a nuestro
más severo juez, el que nos dice lo que está bien o está mal. Nadie sabe mejor
que uno mismo lo que debe hacer y lo que debe abstenerse de hacer. En fin,
hacemos lo que nos dicta «nuestra» conciencia, porque se trata
justamente de eso, de la «nuestra». Ni siquiera sabemos que no es
«nuestra» precisamente.

En los países anglosajones la burguesía concibe la conciencia como
«mente» («mind» en inglés), llevándola al terreno de la
sicología y convirtiéndola en un ente que, además de espiritual, tiene vida
propia. En inglés, la primera persona singular («yo») se escribe con
mayúscula (I), como si fuera un nombre propio, distinto de cualquier otro. La
conciencia también se personifica y se escribe con mayúsculas: es el Alma, el
Espíritu, la Razón o cualquier otra abstracción parecida, naturalmente separada
de lo material y lo concreto, de las necesidades y los intereses. La conciencia
no tiene que ver con nada ajeno a ella misma; no es sólo subjetiva sino que es
el sujeto por antonomasia.

Esta concepción idealista (religiosa y burguesa) es la que prevalece hoy como
ideología dominante extendida entre amplios sectores de la sociedad. Algunos
filósofos burgueses, como Sartre, la presentan incluso con la apariencia de una
teoría revolucionaria. En 1960 Sartre publicó su «Crítica de la razón
dialéctica» con la que pretendió adherirse a un marxismo aderezado de
individualismo, existencialismo y voluntarismo. A partir de entonces la
burguesía difunde la existencia de un supuesto «sujeto histórico» o
«sujeto revolucionario» que está empeñada en poner de moda (1) para
remarcar que aún tiene algo que decir, que aún no ha salido definitivamente de
la historia. Otros utilizan esa terminología para referirse de manera
inapropiada a clases, sectores o fuerzas sociales. Esa forma de hablar da un
tono libresco a dichas corrientes, que se formulan en nombre de Marx y del
marxismo.

No obstante, el concepto de «sujeto histórico» suele ir acompañado
del adjetivo «nuevo» para mostrar de manera definitiva el
enfrentamiento ideológico de la burguesía con el marxismo. A la manera
religiosa, hablan de pobres y ricos, categorías que deducen de una pirámide
cuantitativa salarial, lo que les conduce a sostener que las clases se han
diversificado, convirtiendo su lucha en algo más complejo de lo previsto por
Marx y Engels, cuyas concepciones se han quedado anticuadas. Según ellos,
existen otro tipo de «agentes sociales» cuya condición es aún peor
que la de la clase obrera, que no sólo no se ha empobrecido, como habían
pronosticado erróneamente Marx y Engels, sino que se ha «aburguesado»,
especialmente en los países capitalistas más fuertes gracias al expolio
imperialista. Incluso afirman que los obreros se han convertido en cómplices de
ese expolio. La revolución se debe llevar a cabo también contra esa clase
obrera «aburguesada».

A partir de entonces, el papel revolucionario de la clase obrera lo tienen que
asumir los nuevos parias de la tierra, «la multitud», según Toni
Negri, que es otra de esas imprecisiones deliberadas a las que tienen que
llenar de contenido seudorrevolucionario. ¿Quiénes son esos nuevos parias de la
tierra? Con los fastos del 500 Aniversario de la colonización de América y la
comedia zapatista en Chiapas dos años después, los indígenas se pusieron de
moda (2).
Luego, tras el levantamiento de los suburbios de París en 2005 algunos (3) pusieron al lumpen en primer plano. El teólogo
brasileño Frei Betto se ha destacado por inculcar esa concepción, que con las
modas bolivaristas y el «socialismo del siglo XXI» se han extendido
entre la burguesía latinoamericana (4): los verdaderos revolucionarios no son los
obreros sino los marginados sociales, homosexuales, prostituidos, delincuentes
o toxicómanos. Incluso el Vicepresidente de Bolivia se permitió el lujo de
exponerlo de una manera tautológica, dando muestra de la superficialidad de
este tipo de concepciones: «El sujeto revolucionario es el que hace la
revolución» (5).

El marxismo sostiene todo lo contrario: que el mundo entero se proletariza
progresivamente. Cada día el capitalismo no sólo produce mercancías, levanta
fábricas y crea nuevo valor, sino también obreros de manera masiva. En palabras
de Marx y Engels, no solo produce las armas que deben darle muerte, sino a
aquellos que van a empuñarlas: «La burguesía produce a sus propios
sepultureros», que no son otros que los obreros. El proletariado es el
producto más peculiar del capitalismo; sólo él es una clase verdaderamente
revolucionaria.

El transcurso del tiempo ha dejado sobradamente claro no sólo que en este punto
nada ha cambiado desde hace 150 años, sino que las previsiones de Marx y Engels
se han confirmado puntualmente (6). Los demás sectores sociales que se enfrentan
a la burguesía pierden energía y finalmente desaparecen con el desarrollo de la
gran industria. Como consecuencia de ello, la sociedad actual no es más compleja,
como sostiene la burguesía, sino mucho más simple que sus predecesoras. Las
contradicciones de clase se han simplificado: «Toda sociedad va
dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes
clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado» (7).
Pero la actual crisis económica ha sido más implacable que cualquiera de las
críticas que se han lanzado contra las teorías burguesas; el objeto ha
demostrado que los sujetos no eran tales.

En Europa durante los años sesenta, como consecuencia del ascenso del
revisionismo en el movimiento comunista internacional, las teorías sobre el
nuevo sujeto revolucionario se propagaron, llegando a convertirse en el rasgo
diferenciador de la denominada «nueva izquierda». El individualismo
característico de la pequeña burguesía dio nuevos vuelos al voluntarismo y el
espontaneísmo, frente al cual el revisionismo desató una reacción de signo
opuesto. Los estructuralistas, como Althusser, criticaron aquellas concepciones
subjetivistas, como las de Sartre, a costa de incurrir en otras igualmente
erróneas: las del «proceso sin sujeto y sin fines». Como cualquier
otra teoría fría de la  conciencia, el estructuralismo reduce la
conciencia a una «superestructura», la ideología a los «aparatos
ideológicos» que se presenta como «objetiva», pasiva y neutral,
es decir, cuya naturaleza de clase no aparece por ninguna parte (8).

En cualquiera de sus formas el pensamiento burgués separa lo
«objetivo» de lo «subjetivo», como si se tratara de mundos
opuestos uno de otro, lo abstracto de lo concreto, lo inmaterial de lo
material, lo interno de lo externo. El marxismo nace de la lucha contra este
tipo de «disquisiciones», porque son «abstracciones vacías»
típicas del hegelismo en las que «tenemos juntas todas las ilusiones de la
especulación», un supuesto de pura «contemplación», decía Marx (9).

El supuesto típico de pura especulación al que se refería Marx aparece cuando
alguien afirma de manera retórica que «se dan las condiciones objetivas,
pero no las subjetivas». Si la conciencia refleja una realidad objetiva,
para un materialista resulta extraño que ambos marchen por separado, es decir,
que las condiciones subjetivas no reflejen las objetivas. Es un motivo de
extrañeza por partida doble porque, en el sentido contrario, nadie dice:
«se dan las condiciones subjetivas, pero no las objetivas».

Aunque pueden aparecer con cierto retraso, tarde o temprano las circunstancias
subjetivas reflejan siempre a las objetivas, e incluso se deben adelantar a
ellas. Por eso a un partido comunista se le denomina vanguardia: porque va por
delante. Un comunista jamás puede admitir que estén presentes las condiciones
objetivas sin las subjetivas. Lenin habló incluso de una etapa inicial del
movimiento revolucionario ruso en el que existía vanguardia pero no existía
movimiento (10).
¿Cómo es eso posible? Si no hay movimiento, ¿cómo puede existir una vanguardia
suya?

Porque el movimiento de masas es discontinuo, se mueve a saltos, mientras la
vanguardia realiza tareas que son continuas. A las masas no se les puede pedir
lo que los comunistas piden a una vanguardia, a saber, que esté preparada,
porque su lucha es instintiva y se mueve a grandes impulsos. Pero además, hay
algo aún más importante: una vanguardia no se prepara para las etapas anodinas
del movimiento, sino todo lo contrario: para cuando el movimiento esté en su
apogeo. Para esas situaciones la vanguardia asume un compromiso muy claro:
«nosotros estamos preparados y en cuanto exista una situación propicia dirigiremos
la revolución». Quien tiene el deber de prepararse no son las masas sino
la vanguardia. Cuando las masas trabajan a corto plazo, la vanguardia trabaja,
además, a largo plazo; cuando las masas hacen un trabajo local, la vanguardia
trabaja, además, a escala nacional e internacional; cuando las masas hacen
trabajo sindical, la vanguardia trabaja, además, en el terreno político; cuando
las masas hacen trabajo legal, la vanguardia trabaja, además, ilegalmente;
cuando las masas trabajan pacíficamente, la vanguardia trabaja, además,
militarmente; y así sucesivamente.

Lo contrario es propio del reformismo, que profundiza en el atraso (real o
ficticio) de la clase obrera. Para que ellos se puedan presentar como
«vanguardia» y justificar su claudicación política necesitan insistir
en que la clase obrera está rezagada. Los reformistas no pueden reconocer su
propio atraso. Raramente pronuncian frases como ésta: «si nosotros, la
vanguardia, estuviéramos preparados podríamos encabezar una revolución porque
la situación está madura». Entonces echarían la responsabilidad sobre sus
propios hombros, que es la manera de proceder de los partidos comunistas. Por
ejemplo, hace más de un siglo Lenin en el «¿Qué hacer?» se
autocriticó de esta forma: «Que ningún militante dedicado a la labor
práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta
de preparación me lo aplico a mí mismo en primer término». Como en tantos
otros países, en Rusia el diagnóstico de Lenin era que la vanguardia no estaba
a la altura de las masas. La «causa fundamental de la crisis de los
marxistas rusos» era su atraso con respecto al movimiento espontáneo de
las masas (11).
En realidad, la vanguardia era una retaguardia.

Pero los reformistas jamás reconocerán que los rezagados son ellos, que no son
tal vanguardia. Cuando se refieren al atraso de la clase obrera, de las
condiciones subjetivas, se refieren a sí mismos en tercera persona. Pero el más
somero análisis diagnosticaría que esas condiciones subjetivas no son ajenas:
no son nada distinto de ellos mismos. Quieren decir que subjetivamente ellos no
están a la altura de las circunstancias objetivas y entonces buscan
justificaciones en la subjetividad de los demás, en el atraso o aburguesamiento
de la clase obrera.

Por lo tanto, no se trata sólo de una separación entre las condiciones
objetivas y las subjetivas, sino de algo peor: de considerar que el partido
comunista no es una parte de la clase obrera sino algo distinto o separado de
ella. Para ellos el partido comunista tampoco es una condición objetiva ni
subjetiva; no parece tener relación con nada. Cuando los reformistas insisten
en la «falta de conciencia de clase» ellos no se consideran como una
parte de esa clase, ni tampoco como su conciencia. En palabras de Lenin, se
trata de «blandengues» amarrados a la inercia del movimiento de masas
(12).
Están tan aferrados a la espontaneidad de las diversas luchas que son
indistinguibles de ellas; han disuelto la vanguardia dentro del movimiento.

Los reformistas tampoco consideran que puedan hacer mucho por cambiar «la
situación», salvo una propaganda rutinaria, «propia de vendedores de
enciclopedias», como decía Gramsci. Para justificar su claudicación
proponen esperar pacientemente a que «se den» las circunstancias
adecuadas, a que algo o alguien se las sirva en bandeja, a una situación
idílica y perfecta: una crisis revolucionaria. Esas circunstancias que los
reformistas esperan jamás van a aparecer tal y como ellos esperan porque la
historia no es una abstracción. No la hacen la cuota de ganancia, la crisis de
sobreproducción o una conciencia (sea de clase o cualquier otra forma de
conciencia) que cae llovida del cielo. Según Marx, el motor de la historia es
la lucha de clases; los que la forjan son seres humanos de carne y hueso: «Los
hombres hacen su propia historia» (13).

La vanguardia que ejerce como tal no se limita a contemplar las condiciones
(objetivas o subjetivas) sino que se esfuerza por cambiarlas. La actitud
contemplativa es la opuesta a la conciencia en el sentido marxista, que no se
limita a reflejar pasivamente el mundo exterior sino que se adelanta a él. Las
condiciones, tanto las objetivas como las subjetivas, también se alteran, e
incluso se crean. La conciencia de clase no sólo reacciona a la realidad
exterior después de que se produce, sino que se anticipa a ella, precisamente
porque pretende modificarla. La burguesía intenta conservarla y el proletariado
cambiarla. Según Marx, «las circunstancias hacen al hombre en la misma
medida en que éste hace a las circunstancias» (14). En otra obra repitió lo mismo:

«La teoría materialista de que los hombres son producto de las
circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados
son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida
que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el
propio educador necesita ser educado […] La coincidencia de la modificación
de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y
entenderse racionalmente como práctica revolucionaria» (15).

Quienes opinan lo contrario no han entendido en qué consiste exactamente la
tarea de dirección de la vanguardia, bien porque consideran que esa vanguardia
no forma parte del proletariado, o bien, por lo contrario, porque la han
confundido con el mismo proletariado.

Tampoco han entendido que «dirigir» no consiste en vender
enciclopedias, ni en impartir órdenes que los demás deben cumplir, sino que es
una «práctica revolucionaria».

Notas:

(1)
Por ejemplo: La aparición de un sujeto revolucionario es la verdadera y única
‘crisis mortal’ del capitalismo, https://mpr21.info/2012/05/13-derrumbe-del-capitalismo-o-sujeto.html
(2) Félix Pablo Friggeri, El movimiento indígena como
núcleo del sujeto revolucionario popular en el proceso contrahegemónico de
América Latina, http://seer.fclar.unesp.br/estudos/article/view/5429
(3) Marco Antonio Esteban: Los suburbios franceses y el
sujeto revolucionario, Nou Treball, 7 de diciembre de 2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=23819
(4)
Marcelo Colussi, https://mpr21.info/2010/10/proletariado-o-pobretariado-cual-es-el.html
(5) Álvaro García Linera, El sujeto revolucionario es el
que hace la revolución, alainet.org/active/35302&lang=es
(6) Cfr. Los cambios en la composición de la fuerza de
trabajo, https://mpr21.info/2007/07/los-cambios-en-la-composicin-de-la.html
(7)
Marx y Engels, El manifiesto comunista, OO.EE, tomo I, pgs.22, 28 y 34.
(8) Althusser, Lenin y la filosofía, México, 1970, pg.48;
Escritos, Barcelona, 1974, pgs.105 y stes.
(9) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza
Editorial, Madrid, 1974, pgs.185, 197 y 204.
(10) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.261.
(11) ídem, tomo I, pgs.200 y 217.
(12) ídem,
tomo I, pg. 217.
(13) Marx, 18 Brumario, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(14)
Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(15)
Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo I, pg.427.

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