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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 41 de 60)

Esos pueblos que oprimen a otros pueblos…

Tras la Segunda Guerra Mundial la ola descolonizadora dio lugar al nacimiento de la India que, más que un país, es todo un continente, un mosaico de castas, naciones y religiones, unas dentro de otras.

La dilatada lucha contra el colonialismo británico se prolongó tras la independencia, en cierta manera, convirtiendo a la India en uno de los motores del bloque de países no alineados que siempre mantuvo buenas relaciones con la URSS.

Pero la India también es una buena prueba de las carencias del nacionalismo burgués. Con la independencia la burguesía india no solucionó nada; cambió el problema de sitio.

Del seno de la India surgieron otros movimientos tan nacionalistas como el indio y opuestos a él. Por ejemplo, poco después de que la India lograra su independencia surgió Pakistán que, a su vez, logró su independencia.

No hay más que recordar las guerras de Cachemira para comprender que la independencia de la India no solucionó el problema nacional y la de Pakistán tampoco. Ambos países, poseedores de bombas atómicas, son enemigos mortales. El odio feroz de Pakistán hacia la India lo llaman el “síndrome bengalí”, que ha causado un millón de muertos y diez millones de desplazados.

Aunque tiene un nombre sicopatológico, dicho síndrome no tiene un origen neuronal sino político: lo nutrió el imperialismo británico. No es posible entender ningún movimiento nacional sin poner al descubierto las políticas de los imperialistas.

Pakistán es uno de esos países sin identidad propia. Busca en la religión algo que por sí mismo no tiene. Lo mismo que India, es otro mosaico de pueblos enfrentados al gobierno central de Islamabad a sangre y fuego. En 1971 ya perdió un pedazo al aparecer “Pakistan oriental” (Bangla Desh) y puede perder otros, como Baluchistán, donde hay un importante movimiento guerrillero.

Por reacción frente a la India, el gobierno de Islamabad se ha alineado históricamente siempre con los sectores más negros del imperialismo. No es casualidad que, lo mismo que en Oriente Medio, la reacción pakistaní se haya vestido con las ropas del peor islamismo. No tiene otras… salvo el ejército, la verdadera columna vertebral del Estado.

Desde la década de los setenta del pasado siglo, el ejército pakistaní emprende una profunda campaña de islamización del país para acabar con los movimientos independentistas locales y crear una unidad nacional ficticia.

Como en cualquier otra parte del mundo, en Pakistán los movimientos nacionales son una forma que tienen los imperialistas para repartirse el mundo y, como cualquier otro botín, los bocados siempre pueden ser más pequeños cada vez. Así se demostró en los Balcanes hace veinte años y se sigue demostrando hoy en Kurdistán.

La burguesía local esconde ese aspecto de la lucha nacional porque la independencia es la parte del botín que le corresponde a ella.

Pero bajo un internacionalismo de pacotilla otros también esconden que las naciones tienen un derecho legítimo a decidir su propio futuro y a independizarse.

En la opresión nacional hay dos aspectos fundamentales sin los cuales no es posible entender ni siquiera lo más elemental de la misma en la época imperialista en la que vivimos actualmente. El primero es que la lucha nacional no es más que la forma que adopta la lucha internacional en un punto geográfico determinado. El segundo es que la opresión nacional no es el problema de uno (el oprimido) sino el de dos (el oprimido y el opresor).

Un diputado americano de las Cortes de Cádiz, Dionisio Inca Yupanqui lo resumió así en 1810: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. Se lo decía a aquellos diputados españoles que tanto hablaban de libertad y de lucha contra la opresión, en nombre de las nuevas naciones americanas que querían su independencia.

En aquel momento España luchaba por la suya contra Francia. Quería su independencia pero no admitía la de las colonias americanas, que en algunos casos (Filipinas, Cuba, Puerto Rico) se demoró casi un siglo entero.

Como el problema nacional es internacional su única solución es también internacional y, por lo tanto, internacionalista, es decir, es una tarea que corresponde a la única clase social que tiene una dimensión internacional: la clase obrera.

Un pintoresco debate sobre la lucha armada en Francia

Juan Manuel Olarieta

En Francia la lucha armada es algo cotidiano, más de lo que cabría esperar si uno es capaz de ir más allá de las noticias que se publican y lee también las que se esconden debajo del felpudo. Por ejemplo, una entrada de la Wikipedia francesa dice (*) que los disturbios callejeros en Francia son corrientes desde comienzos de los años setenta.

Casi cada día los autónomos queman los cajeros automáticos de los bancos de manera metódica. “Desde 1995 la quema de vehículos se ha convertido en una especie de ‘rito’ de Año Nuevo en ciertas ciudades francesas”, dice la Wikipedia.

No se trata de que se quemen media docena de vehículos, sino de varios miles de ellos. Tampoco es cosa de los excesos de una noche de fiesta; a veces los disturbios, como en Toulouse, se prolongan durante varios días y van acompañados de barricadas y enfrentamientos con la policía.

En París los antidisturbios ya no pueden patrullar las calles de los barrios por la noche; lo dejan para los helicópteros, decía el diario Le Monde en 2008. Ahora los han sustituido por drones. “Uno tiene la impresión de vivir una guerra civil en los barrios”, decía el periódico.

No obstante, a diferencia de España, allá se puede hablar de algo así sin miedo a que a uno le metan en la cárcel, por lo que se puede leer una gama de tonterías mucho más variada que aquí, que van desde el desprecio al “lumpen” hasta la apología de la guerrilla urbana.

Es lo que ha ocurrido con los recientes ataques de los obreros de Air France en huelga a los miembros de la patronal. A un diputado del Partido de la Izquierda, Jean-Luc Mélenchon, no se le ocurrió otra cosa que jalear la violencia de los trabajadores, algo que aquí sería impensable, sobre todo procediendo de un partido que se califica a sí mismo como “eco-socialista”.

Haciendo gala de izquierdismo, Mélenchon pedía más madera a los trabajadores. Para situarnos en la fauna parlamentaria gala, Mélanchon es un antiguo trotskista que pasó al Partido Socialista y luego encabezó el nuevo Partido de la Izquierda, una imitación del Die Linke alemán.

Un colega suyo, Julien Dray, otro parlamentario que comparte con él mucho recorrido político, se asustó y dijo lo siguiente en una entrevista en Canal+ sobre la famosa “espiral” de la violencia:

“Cuando uno comienza a arrancarse la camisa, después pasa a dar palos. Tras dar palos se secuestra y se ejecuta. Lo que él [Mélenchon] cuenta ya ha pasado en la historia.

Para todas las generaciones que están ahí y que aplauden, es un debate que ya hemos tenido: en 1970-71, la extrema izquierda se planteó la cuestión de la violencia. Y en Italia, por ejemplo, basculó hacia el terrorismo”.

En efecto, es una debate que ambos ya habían tenido, porque Dray proviene de las mismas cloacas trotkistas y socialdemócratas de Mélenchon, en las que ambos compartieron mesa y mantel. Pero no fue el debate sino el sabotaje violento de un mitin del desaparecido partido fascista Ordre Nouveau, en compañía de los maoístas del PCMLF, el que condujo a la ilegalización de la Liga Comunista francesa en 1973.

Dray advierte que la lucha armada es algo con lo que no se debe jugar. Mejor no abrir la caja de Pandora. Mejor no hablar siquiera de ello. Cuidado.

Llamémoslo como queramos: lucha armada, guerrilla urbana, motines, disturbios, sabotajes, terrorismo… En Francia nada de eso existe porque alguna organización especialmente radicalizada haya realizado un llamamiento a las armas. Se equivocan, pues, quienes creen lo contrario y hacen depender la lucha armada de tales o cuales siglas.

No hay huelgas porque haya sindicatos, sino al revés. Tampoco hay lucha armada porque haya organizaciones que la propugnen, sino al revés. A ver si nos vamos enterando…

(*)  https://fr.wikipedia.org/wiki/%C3%89meutes_urbaines_fran%C3%A7aises

Cuando Lenin se iba de putas

Sin ningún género de dudas, Lenin fue el personaje más importante del siglo pasado y uno de los más relevantes de toda la historia de la humanidad. Pero tampoco caben dudas acerca de que su atractivo reside en su actividad pública y en sus escritos. Fuera de sus batallas políticas, la vida personal es casi irrelevante, entre otras cosas porque la subordinó deliberadamente a su lucha revolucionaria.

Es algo que la burguesía no entiende porque su concepción de la vida, tanto de la pública como de la privada, es hedonista, naturalmente porque se lo puede permitir. Es una clase social que no duda si tiene que optar entre un revolcón en la cama y una tediosa reunión política.

En el terreno intelectual la burguesía tiene un punto de vista subjetivo de la historia, donde las biografías heroicas y su voluntad personal, desempeñan un papel decisivo. Convierte la historia en un apartado de la sicología, o algo peor: de la sicopatología.

Así lo entiende Helen Rappaport, profesora de la Universidad de Oxford, que en 2009 escribió una obra en la que hasta el título (“Conspirator: Lenin in Exile”) es engañoso porque no trata sobre un “conspirador”, ni tampoco de un exiliado, sino sobre un Lenin doméstico, en donde la vida íntima se reduce a la vida sexual.

Se trata de un libro de cotilleo sofisticado, pulcro y universitario. Demuestra que a la burguesía lo que le preocupa no es el ancho mundo sino algo que tiene bien cerca: la vida privada del vecino.

Una vez que introduce a Lenin entre las sábanas, Rappaport puede proceder al típico dualismo del hombre contra la mujer, en este caso Nadia Krupskaia. Naturalmente que la “historiadora” de Oxford pone de manifiesto un punto de vista de clase, el de la burguesía. Lo que se trata de saber son otras dos cosas: si, además, como mujer, pone de manifiesto también un punto de vista feminista y, finalmente, si algo de todo esto tiene que ver con la historia o sólo son chorradas en las que no merece la pena perder el tiempo.

Empezaré por el último punto, a partir del cual se explica todo lo demás. La “historia” que la burguesía escribe es una fábula. Por ejemplo, en una entrevista sobre su libro, Rappoport confesó sus fantasías disfrazadas de “historia” de la siguiente manera:

“Lenin tenía, estoy convencida de ello, una faceta sexual oscura, que ha sido completamente borrada de los archivos rusos. Estoy convencida que cuando vivía en París frecuentaba a las prostituídas; se encuentran indicios en las fuentes francesas, pero es difícil de probar”(1).

Les ocurre a todos los “historiadores” burgueses: están convencidos de algo pero no tienen pruebas de nada. Buscan pero no encuentran, aunque para ellos eso no es motivo suficiente para mantener la boca cerrada.

La pregunta que hay que hacerles a esos “historiadores” es la siguiente: si no hay pruebas de nada, ¿de donde surge su convencimiento?

Todo se aclara si tenemos en cuenta que, en realidad, sí hay pruebas, aunque los “archivos rusos” las han borrado, lo cual es normal en una dictadura como la soviética en donde todo se manipulaba para ocultar la verdad.

También hay que prestar atención al detalle de que “los rusos” no sólo alteraban la realidad de los acontecimientos para engañar a sus conciudadanos, sino que eliminaban, además, los documentos de los archivos, es decir, ese tipo de papeles que no se pueden leer inmediatamente pero se descubrirán en el futuro.

Pongámonos en situación. Imaginemos que los faraones egipcios (que también eran unos dictadores) hubieran hecho lo mismo con los jeroglíficos de las pirámides para ocultar su vida privada. La tarea de los historiadores resultaría casi imposible.

Lo mismo que los faraones, “los rusos” siempre han tenido la pretensión de engañar a las generaciones futuras, de manera que aunque se abran los archivos a la vista pública, no servirá de nada. Fueron tan previsores que todo lo borraron, lo corrigieron y lo alteraron, incluso los documentos en los que debe constar que Lenin se gastaba el tiempo y el dinero en recorrer los burdeles de París.

Los historiadores de la URSS no pueden fiarse de los archivos y documentos, como en cualquier otro trabajo historiográfico. Deben apoyarse en su olfato, como si fueran perros.

Hay otro aspecto escabroso de la vida privada de Lenin que los archivos de la URSS ocultan: que tenía una “doble vida” con la militante bolchevique Inés Armand, su amante.

Tampoco de eso hay ninguna prueba, pero si alguien se toma la molestia de hacer una búsqueda en internet encontrará las páginas llenas de este idilio romántico, otro “secreto de Estado” en la URSS y otra página borrada de la biografía de Lenin, dice la Wikipedia.

En este caso la desgracia no es tanto para Lenin como para Armand, que sólo es conocida por este episodio, no por su lucha revolucionaria. También aquí la burguesía tiene sus folletines universitarios, como el de Michael Pearson, titulado “Lenin’s Mistress” (La amante de Lenin). Armand es una revolucionaria sin individualidad, sin vida propia.

La trotskista Bárbara Funes empieza así un artículo sobre ella: “Injustamente, Inessa Armand es más conocida por los historiadores como amante de Lenin que como dirigente bolchevique. Lo cierto es que también fue amiga y camarada de Nadhezda Krupskaia, la compañera de Lenin y, lejos de las intrigas pasionales que algunos chismosos de la historia hubieran preferido, ésta –conociendo el amor que había nacido entre su compañero y su amiga– les ofreció hacerse a un lado. Sin embargo, el respeto y el cariño que tanto Inessa como Lenin le profesaban hicieron que resignaran una posible relación amorosa y mantuvieran, hasta la temprana muerte de Inessa, una intensa colaboración política revolucionaria” (2).

Funes incurre en el mismo vicio que denuncia: el chismorreo. No le importa que, como en todo lo demás que concierne a la historia de la URSS, no haya pruebas de nada de lo que dice. No son otra cosa que cotilleos de la burguesía feminista, que recorren luego las páginas de los basureros que los avalan, como Rebelión en este caso.

Tanto Rappaport como Funes comparten la misma ideología, que no es otra que la burguesa, porque es de ahí, de esa clase social, de donde procede la opresión de la mujer, no del hombre. Al mismo tiempo que alardea de “feminismo” y lamenta la invisibilidad de la mujer, es la burguesía la que reduce su papel al de esposa de alguien, amante de alguien, o hija de alguien.

(1) www.bookdepository/interview/with/author/helen-rappaport, esta página ha sido borrada de internet, a pesar de que no es soviética ni rusa.
(2) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49611

El Banco de España no admite ‘la sharia’

Juan Manuel Olarieta

Hasta ahora yo creía que “la sharia” era sólo cosa sólo de las carnicerías islámicas, que no venden carne de cerdo y matan a los animales según un determinado ritual (“halal”) para que sufran lo menos posible y se desangren por completo, de manera tal que las toxinas queden eliminadas.

Pero me acabo de enterar de que también hay bancos islámicos, aunque aquí el Banco de España, a diferencia de Francia o Alemania, no los autoriza. No obstante, en junio los musulmanes lograron crear una cooperativa de crédito (Coophalal), al frente de la cual se halla una mujer marroquí, Najia Lotfi, profesora de Finanzas Islámicas en la Universidad Autónoma de Barcelona.

No hay ninguna diferencia entre un banco cristiano y otro islámico, salvo que estos últimos nunca invertirán en negocios tales como bodegas en La Rioja. Lo mismo que el corazón de La Caixa está en su Obra Social, el de un banco islámico están en el Fondo Zakat, que destina una parte insignificante de sus beneficios, el 2,5 por ciento exactamente, a obras de caridad. Es el antiguo sueño de las ONG que hace años lucharon por imponer la Tasa Tobbin.

Los bancos no se rigen por “la sharia”, ni por los 10 Mandamientos de la ley de dios, ni por el Código de Comercio, ni por las circulares del Banco Central Europeo. Es al revés. Lenin lo calificó como “teoría del reflejo”: lo que regula “la sharia” y cualquier otra normativa jurídica, cristiana o no, son las leyes propias del capital financiero. Por consiguiente, si hay algo a lo que debemos tener algún miedo es a ellas y no a “la sharia”.

No podemos tener miedo a “la sharia” por el mismo motivo que no podemos tener miedo al demonio, ni a nada que no exista. Aunque normalmente “la sharia” se traduce como “la ley islámica”, ni es una ley, ni es islámica, ni es una. Sobre “la sharia” estamos equivocados tanto los cristianos como los propios musulmanes, pero especialmente los cristianos.

Estamos empeñados en no querer entender nada y en deformar todo aquello que ignoramos. Los países musulmanes, en general, y los árabes, en particular, no han conocido las revoluciones burguesas. Luego no se rigen por leyes. Por el mismo motivo tampoco conocen la separación entre un Estado y una Iglesia, ni diferencian lo público de lo privado…

Así podríamos seguir encontrando diferencias entre unos países y otros. No sería tan difícil de entender si habláramos de una ley cristiana (los 10 Mandamientos, por ejemplo) pensando que todos los Estados cristianos tienen la misma, o si dijéramos que la ley mordaza tiene algo de cristiana. Una ley rige en un determinado país; cada país tienen sus leyes; las leyes no son uniformes.

Decir que en un determinado país “la sharia” se aplica un manera estricta o rigurosa es una verdadera estupidez. A diferencia de los 10 Mandamientos del Antiguo Testamento, “la sharia” no tiene que ver con dios. Dicha palabra sólo aparece una vez en el Corán, que para un musulmán, de cualquier país, es el único texto a través del cual dios se expresa. Se puede traducir como “camino” y para llegar al mismo punto se pueden tomar caminos muy diferentes.

Por lo tanto, sería mejor hablar en plural de “caminos”. Un jurista, que no es más que un teólogo disfrazado, diría que hay siempre interpretaciones diversas -e incluso contrapuestas- de un mismo texto. Las múltiples corrientes islámicas (sunitas, chiítas, sufistas, alauitas) hacen interpretaciones muy distintas unas de otras. Con el tiempo, las interpretaciones cambian para adaptarse a las nuevas circunstancias. En Pakistán el mismo texto sagrado se interpreta de una manera muy diferente que en Mauritania…

También una constitución es diferente de la interpretación que de ella haga un jurista o un juez. Del mismo modo, un islamista sabe que la palabra de dios es diferente de cualquier interpretación que de ella haga un ser humano, que la primera es de naturaleza divina y es única, mientras que las otras son terrenales y plurales, es decir, falibles, dudosas, cambiantes…

Pero también aquí la práctica está siempre por delante de la teoría. Cualquier picapleitos sabe que lo que una constitución -la palabra de dios- diga o deje de decir es papel mojado, importa muy poco; lo realmente importante es la palabra de los hombres, de los jueces, de los fiscales, los secretarios, los funcionarios, los policías, los carceleros, los abogados…

Las diversas interpretaciones humanas dan fuerza a las religiones, flexibilizan los dogmas, permiten su expansión en diversas culturas y su prolongación a lo largo de los siglos. Distintos pueblos se han drogado y se drogan con opiáceos religiosos distintos. Pero esos opiáceos no pertenecen al reino de dios sino al del hombre. Por ejemplo, pertenecen al reino de las clases sociales. Todas las religiones tienen una oración para los oprimidos y otra para los opresores.

En el otro bando, los ateos tienen su punto más débil en una concepción simplista de las religiones, que rechazan como si fuera un bloque homogéneo. Excusan su ignorancia afirmando que “todas las religiones son iguales”, que es como decir que “todas las religiones son religiones”, poco más que bobadas. A diferencia de los creyentes, los ateos nunca se han tomado en serio las religiones, con algunas excepciones, como Marx y Engels. Por eso los creyentes le siguen ganando la partida.

Si “la sharia” y las demás leyes, tanto divinas como humanas, no regulan el capital financiero, sino al revés, los ateos deberían reflexionar sobre circunstancias tan interesantes como que en el imperialismo las potencias dominantes han sido predominantemente cristianas, mientras que los países musulmanes han sido sus colonias. Esto explica algunos acontecimientos actuales mucho mejor que una “sharia” inexistente. ¿O todavía seguimos creyendo en los Reyes Magos?

El desarrollo desigual del capitalismo en la crisis económica

Desde el inicio de la última recaída económica, a pesar del pinchazo de las bolsas asiáticas, tanto el gobierno de Modi como los grandes capitalistas y los medios de India se muestran eufóricos. A ellos la crisis les ha abierto nuevas e insospechadas oportunidades.

Se podría decir que los capitalistas indios hablan leninismo. Su entusiasmo ilustra la ley del desarrollo desigual que Lenin expuso. Al tratarse de una ley dialéctica, choca con las concepciones más arraigadas, según las cuales todos “navegamos en el mismo barco”. Quieren decir, que tanto el crecimiento como las crisis del capitalismo afectan un poco a “todos”, o afectan de la misma manera.

La ley del desarrollo desigual es consecuencia de la anarquía de la producción y la circulación de capitales y mercancías, por lo que es inherente al capitalismo en su conjunto. No obstante, es característica de su fase imperialista y en la medida en que el imperialismo es el capitalismo en crisis, se entendería mejor si se la llamara “ley de la crisis desigual”. El capitalismo no cambia de una manera uniforme sino a saltos. Unos capitales se desarrollan o se hunden, mientras otros padecen el fenómeno inverso. Lo mismo ocurre con los sectores económicos enteros o con países, como es el caso de India y China.

La crisis del capitalismo no es desigual porque afecte sólo a la clase obrera, sino también porque a los capitalistas les afecta de manera desigual: unos están en bancarrota y otros obtienen más beneficios que nunca. Lo mismo ocurre con los países: unos se hunden y otros, como la India ahora, se encuentran en la cresta de una ola de prosperidad insospechada. “Esta crisis es nuestra gran oportunidad”, escribía un diario económico indio.

Las estadísticas son el gran enemigo de la ley del desarrollo desigual porque convierten lo diferente en uniforme, en promedios. En la medida en que una parte muy importante del conocimiento se fundamenta en estadísticas, especialmente en economía política, transmite una perspectiva errónea del capitalismo porque la información cuantitativa no va acompañada de la cualitativa.

Ocurre lo mismo que con el índice de inflación, que da la impresión equivocada de que todos los precios han subido y de que han subido en la misma medida. Sin embargo, cuando decimos que en un país la inflación ha alcanzado de un determinado porcentaje es porque muchos precios han bajado. El capitalismo se desarrolla siempre de una manera desproporcionada. Del mismo modo, que en los países más avanzados existen regiones, ciudades y barrios deprimidos, en los más pobres existen núcleos de opulencia, villas residenciales y lujo desenfrenado.

Una crisis mundial, como la actual, es tanto más profunda en cuanto que hay países, como la India, que no sólo no la padecen sino que viven un momento de auge. Lo realmente específico de las crisis capitalistas es su carácter desigual, no el descenso de la producción, ni de la bolsa, ni del empleo, ni de la inversión, ni del comercio exterior.

Es un error entender la “economía mundial” como si todos los países atravesaran una situación uniforme. La correlación de fuerzas entre los países, que es el eje sobre el que se mueve el imperialismo, no es siempre la misma sino que cambia y lo hace de manera muy rápida. De ahí las falacias socorridas y esquemáticas de la división internacional del trabajo, los países agrarios y los industriales, el centro y la periferia, la contradicción norte-sur, el desarrollo del subdesarrollo y otras parecidas.

Esas falacias conducen a convicciones erróneas, como que “el pez grande se come al chico” o que “los países ricos son cada vez más ricos, mientras que los pobres son cada vez más pobres”. En la época del imperialismo es corriente que el pez pequeño se coma al grande. Ocurre en cualquier sector económico, donde las empresas de cabecera tratan de mantener su privilegiada posición frente a las más pequeñas, empresas emergentes, más pequeñas, más rentables y más dinámicas. Por ejemplo, en la concentración del sector bancario español no acabaron imponiéndose los bancos más grandes, como el Central, el Español de Crédito o el Hispano-Americano, sino todo lo contrario: ellos fueron los absorbidos por otros de tamaño más pequeño.

Ese fenómeno no se produce, dice Lenin, a pesar del monopolismo sino como consecuencia precisamente del monopolismo: “Como todo monopolio, el monopolio capitalista engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento y la descomposición” (1). Esa tendencia es más acusada entre empresas grandes, por la propia posición dominante que tienen en el mercado, mientras las pequeñas son más activas porque pugnan por ocupar el lugar de las anteriores.

Lo mismo ocurre en la esfera internacional. Todo el esfuerzo que despliega hoy una potencia hegemónica como Estados Unidos es para preservar su hegemonía y mantener a raya a sus competidores, reales o potenciales. No es, pues, suficiente comprobar que el estancamiento de unos es la vitalidad de otros. ¿Quiénes desempeñan un papel y quiénes el otro? La tendencia al parasitismo y la descomposición es típica de los países más fuertes. Por el contrario, los países emergentes muestran una vitalidad de la que carecen los hegemónicos.

Las teorías economicistas lineales, como las del subdesarrollo y el extractivismo, ocultan que el crecimiento (y su opuesto, la crisis) del capitalismo se produce por saltos, de manera que el tiempo necesario para que un país alcance el nivel de otro se reduce. Es más, el desarrollo de las fuerzas productivas hace que hoy sea mucho más fácil reducir e incluso eliminar, la brecha entre los países más fuertes y los más débiles por una razón elemental: cuando un país crece, aunque sea muy poco, mientras los demás se hunden, en términos relativos su crecimiento es acelerado. Las potencias imperialistas no rivalizan sólo por crecer a costa de las otras, sino por sacudirse la crisis arrojándola sobre los hombros de las rivales.

En la época del imperialismo las variables económicas, como el crecimiento, no se pueden analizar en términos absolutos, porque son relaciones de fuerza, de poder, de hegemonía o de competencia. Un país es más fuerte cuando sus enemigos se debilitan, cuando la crisis no le afecta o le afecta en menor medida.

Además, el imperialismo hay que analizarlo históricamente, decía Lenin, no sólo desde el punto de vista económico, y una dilatada experiencia muestra la exactitud de las previsiones que Lenin apuntó: el capitalismo se desarrolla mucho más rápidamente en los países emergentes que en las grandes potencias industrializadas (2). Pero siempre de manera desigual, es decir, que no todos los países dependientes se desarrollan en la misma medida (o no se desarrollan en absoluto).

Tampoco es cierto que los países dependientes sean cada vez más dependientes necesariamente. Los saltos hacen que la correlación de fuerzas entre los países cambie rápidamente, poniendo a la orden del día la redistribución de un mundo ya repartido, los mercados, las fuentes de materias primas, las zonas de inversión de capital, de los territorios, de los países dependientes e incluso de los países más fuertes. El imperialismo no dificulta sino que favorece que entre los países coloniales aparezcan nuevas potencias imperialistas y, por lo tanto, que la situación relativa de unos países con otros se invierta.

Estados Unidos fue una colonia de Reino Unido, mientras que ahora la relación entre ambos países es más bien la inversa. “El reparto de China no ha hecho más que empezar”, escribió Lenin hace 100 años. Ahora no podría decir nada parecido. Hasta hace apenas medio siglo India era una colonia de Reino Unido. Hoy nadie podría afirmarlo. Más bien al contrario: sectores estratégicos de la industria británica, como el siderúrgico, están bajo el control de los capitalistas indios.

La desigualdad del desarrollo (y de la crisis) del capitalismo, además de acentuar las contradicciones, como decía Lenin, cambia su naturaleza. Las contradicciones entre Reino Unido e India ya no derivan de la dependencia de un país colonial (India) respecto de una gran potencia (Reino Unido) sino que se trata de una contradicción entre dos grandes potencias. Los desafíos que hoy India es capaz de plantear a su antigua potencia colonizadora son mucho mayores y más importantes que antes, cuando sólo era una colonia.

De ahí que sea otro error muy extendido centrar el análisis (y la lucha) contra el imperialismo en los países dependientes. Los antiguos países coloniales tienen hoy un enorme protagonismo internacional… en la medida en que han dejado de ser lo que eran, es decir, colonias. Como consecuencia de ello, las contradicciones alcanzan un grado de enconamiento mucho mayor.

(1) El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pg.763.
(2) “Donde el capitalismo crece con mayor rapidez es en las colonias” (Lenin, ídem, tomo I, pg.761).

Stalin, un mito moderno

Ahora mismo en Francia se ha vuelto a desatar el interminable debate sobre Stalin, la URSS y las purgas en el que se pone de manifiesto de nuevo esa confluencia entre los revisionistas y los trotskistas en contra de la historia y, por consiguiente, de la ciencia.

Al trotskista Jean Jacques Marie se le ocurrió volver a traducir del ruso el Informe de Jruschov al XX Congreso con tan mala fortuna que Grover Furr se le adelantó con su obra “Jruschov miente”. A estas alturas no creo que nadie se sorprenda de que los revisionistas y los trotskistas están en plena sintonía hoy lo mismo que hace 60 años y que su anillo de compromiso sean la mentira, el fraude y la falsificación.

No es un fenómeno nada extraño. En la historia la mentira siempre ha jugado un papel importante y lo que le diferencia de la verdad, que necesita aferrarse a los hechos, es que adquiere vida propia. El tiempo convierte a la mentira en un fantasma o en un mito, en teatro, canciones, lienzos o cine. A veces las leyendas son de color blanco, pero las más morbosas son siempre las negras, ese tipo de relatos turbios en los que el poder se mezcla con su pizca de locura o perversión.

El propio Marie pone de manifiesto que se trata de otra leyenda negra cuando, de un modo retórico, equipara a Stalin con el emperador romano Calígula, estandarte de la maldad, el delirio y el despotismo que acechan a esos grandes personajes que salpican la historia en los momentos cruciales.

Basta hacer una prueba típica: introduce en un buscador la palabra mágica “calígula” y verás todos los brutales crímenes de aquel emperador romano que, como no podía ser de otra forma, el idealismo histórico atribuye a problemas síquicos que tienen relación con excesos enfermizos de todo tipo, personales y políticos. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, dice la burguesía, seguramente por experiencia propia. No quiere que los demás nos corrompamos como ella.

Si en lugar de “calígula” buscas con la palabra “stalin” no notarás ninguna diferencia, salvo que hay 2.000 años de diferencia. Pero si los “historiadores” nos engañan con acontecimientos ocurridos -o inventados- hace 2.000 años, ¿qué no harán con acontecimientos mucho más recientes?

A diferencia del proletariado, la burguesía necesita mitos, leyendas y fábulas creados en función de sus propias necesidades ideológicas. En el caso de Stalin cuenta con auxiliares que le resultan inestimables porque se trata de renegados, es decir, cuñas de la propia madera, resentidos que dan a la historia un tono testifical: “nosotros estuvimos allí y lo vimos con nuestros propios ojos”, vienen a decir revisionistas y trotskistas.

Jruschov es el prototipo de testigo fiable en cualquier juicio, porque se trata de eso, de un juicio, en el que alguien se sienta en el banquillo a la espera de ser llevado al cadalso. No se trata de historia, en absoluto.

El proletariado no necesita mitos; necesita saber la verdad y, además, explicar los motivos por los cuales su enemigo de clase vive de mitos, los mima y los reproduce insaciablemente, una y otra vez.

La burguesía necesita crear mitos, leyendas blancas y negras, como la de Stalin, lo mismo que el Imperio Romano necesitó crear el mito de Calígula: para dominar, es decir, porque su dominación debe llegar hasta lo más recóndito de las conciencias.

El mito de Calígula se apoya en la obra “Vida de los doce césares” del historiador romano Suetonio. La escribió tras la muerte del emperador, que fue asesinado y condenado después de muerto a la “damnatio memoriae”. A la historia se le dio una vuelta de 180 grados: la infamia no recayó sobre el asesino sino sobre su víctima.

La muerte del emperador no fue suficiente; había que difamar también su memoria para siempre. La biografía de Suetonio no es histórica sino jurídica, repito, un instrumento de poder que se extiende más allá de la vida de las personas. El historiador escribe al dictado; cumple con lo que le obligan los jueces.

Suetonio narra un enfrentamiento entre el emperador y la aristocracia, representada por el Senado. Es la lucha de clases de hace 2.000 años. Atrapado en medio de un reparto del poder político entre unos y otros, el historiador ni es objetivo, ni lo pretende. Ni siquiera trata de restablecer los hechos en su integridad. Simplemente toma partido contra la autocracia y a favor de la aristocracia. Por eso miente, difama, insulta y desprecia a un personaje histórico.

Ya lo denunció otro historiador, Tácito, en sus Anales, pero la verdad nunca ha importado a nadie porque las clases dominantes y los “historiadores” a su servicio siguen necesitando mitos, como Calígula, Robespierre, Stalin o Bashar Al-Assad. Son comodines que representan el Eje del Mal, un tipo de mitos ante los cuales cualquier otra maldad parece menos mala; el mal menor. No hay tertuliano mediocre que ante un apuro no suelte aquello de que “tenemos la menos mala de las formas de gobierno posibles”. ¿No te gusta este Estado? ¡Ten cuidado! Hay otros que son peores aún.

El cine es el gran escaparate para los mitos de cualquier clase, incluidos los romanos. En 1979 el director italiano Tinto Brass dirigió la película “Calígula” con un fantástico Malcom McDowell en el papel del emperador. Han transcurrido 2.000 años y es como si nada hubiera cambiado desde entonces. Como no conoce la historia, la burguesía cree que va a dominar otros 2.000 años más alimentando a los viejos mitos, como el de Calígula, y creando otros nuevos, como el de Stalin.

El papel de la clase obrera es el contrario. Por eso Lenin decía que la verdad es revolucionaria siempre.

La ciencia se está convirtiendo en una cloaca

Juan Manuel Olarieta

En el mundillo científico un artículo pasa a formar parte del acervo de conocimientos cuando se publica en un medio especializado, para lo cual previamente, debe ser censurado o avalado por terceros, de los que se supone que tienen conocimientos para hacerlo. No basta escribir un buen artículo científico sino que es necesario que los colegas te den la palmada en el hombro. Se supone que este absurdo procedimiento otorga las garantías necesarias sobre el contenido de una publicación científica y creo que no es necesario decir que algo que no se publica no es ciencia; ni siquiera existe.

Una dilatada experiencia viene demostrando que, a pesar de las revisiones, el fraude científico avanza inconteniblemente y que no alcanza sólo a quien redacta el artículo científico sino también a quien lo revisa. Hay sectores capitales del conocimiento y teorías científicas muy en boga que no son otra cosa que fraudes de muy diversa factura.

Es muy preocupante que chorradas monumentales como la “teoría del big bang” tengan tamaña difusión en muy amplios círculos científicos. Pero si, además, afectan a la medicina, es como para echarse a temblar. Pues bien, en junio la revista “The Lancet”, una de las más acreditadas en ciencias de la salud, calificó como falsos a la mitad de los artículos publicados. Están jugando con la salud de la humanidad.

Tras una investigación interna, el 18 de agosto la editorial Springer retiró de la circulación 64 artículos de los que se suponía que previamente habían sido revisados por especialistas. En realidad, no habían sido revisados por nadie, pero no porque la revista no quisiera hacerlo sino porque el fraude se ha institucionalizado de tal manera que los autores de los artículos eran capaces de engañar a los editores, a los lectores, a las instituciones y, en definitiva, al público. A todo el mundo.

Hace unos meses la revista BioMed Central retiró 43 artículos y el año pasado el editor SAGE Publications retiró otros 60 de la revista “Journal of Vibration and Control” porque había detectado la existencia de una red ficticia de revisores en la que los autores evaluaban sus propias publicaciones y los de sus colegas con nombres falsos.

El blog Retraction Watch ha detectado 230 artículos científicos fraudulentos en los últimos tres años y ante esta situación, más de un científico o profesor universitario hace como el avestruz y argumenta siempre lo mismo: que el fraude es residual, que son muy pocos los artículos retirados en comparación con la ingente cantidad de publicaciones, del orden de decenas de miles.

Están muy equivocados. Cualquiera que sea el volumen cuantitativo, hoy la ciencia no es capaz de diferenciar la verdad de la mentira. Es el propio procedimiento el que está viciado. El fraude ya no afecta sólo al que escribe un artículo sino que se ha extendido al que lo revisa: el 15 por ciento de los fraudes científicos los cometen los revisores, que es como decir que el autor del crimen es el policía encargado de investigarlo.

El fraude se dispara en los autores, en las universidades, en las publicaciones, en las revisiones, en las editoriales y amenaza con devorarlo todo. Se han creado agencias especializadas que escriben un artículo científico, le ponen tu nombre, lo revisan y lo publican por un módico precio para engordar tu currículum, de manera que puedas ascender en el escalafón, lo mismo que esos sargentos chusqueros que se jubilan de coroneles del ejército.

La situación es tan rocambolesca que puede ocurrir que un artículo que se ha retirado de una publicación contenga una aportación positiva de su autor, pero no haya sido revisado de la manera comúnmente aceptada en la actualidad.

Eso que hoy llaman “ciencia” es como la pescadilla que se muerde la cola. Retroalimenta sus propios vicios. Nadie habla del dinero que envuelve a la ciencia actual, ni de las miserias políticas y académicas que también la rodean. Nadie ha cuestionado que las editoriales científicas sean empresas privadas, cuyo interés es el beneficio y no la ciencia. Nadie habla de que dichas empresas son monopolistas, es decir, que la mayor parte de las publicaciones dependen de muy pocas editoriales. Nadie ha criticado aún que el futuro de la ciencia, las verdaderas innovaciones, jamás van a salir a la luz mientras dependan de censores o revisores. Muy pocos reconocen la asfixia que rodea a quienes están obligados a competir y a publicar, al precio que sea, para trepar o simplemente para mantenerse en el candelero.

En mayo un portal de información económica decía que los fondos invertidos en biotecnología eran los más rentables de la bolsa. Es sintomático. En algunas universidades ya no hay una carrera de biología sino de biotecnología. Son muchos los que están confundiendo la ciencia con la ingeniería. Pero son muchos más los que ignoran que sobre disciplinas como la biotecnología planean los fondos buitre y que esos fondos buitre crean buitres. ¿Qué esperan de un ave de rapiña?

Hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre

Juan Manuel Olarieta

La ideología dominante se desarrolla en un lenguaje propio y característico. Una manera de imponer la ideología dominante es imponer el lenguaje en el que se expresa. Si un discurso o un texto no adopta ese lenguaje es incorrecto, erróneo y no se puede ni se debe expresar. El lenguaje dominante es, pues, un caso de censura y, lo que es peor, de autocensura.

El tabú es una parte importante de la censura. Para poder expresarse y transmitir su opinión, el hablante debe -necesariamente- hablar sobre determinados asuntos y no sobre otros, es decir, crea lagunas y silencios sobre los que nadie dice nada. Es como si una parte de la realidad hubiera dejado de existir.

Todos deben hablar sobre lo mismo. Pero eso tampoco es suficiente: todos deben utilizar determinadas expresiones, y no otras. Por ejemplo, no se debe hablar jamás de clase obrera. En un telediario nunca oirás la palabra “obrero”; hay que decir “empleado” o, a lo máximo, “operario”. Tampoco oirás muchas otras palabras, como “imperialismo”. En la censura de las palabras está la censura de las ideas.

Este fenómeno se rige por una ley de proporcionalidad inversa: a medida que un medio de comunicación tiene una mayor difusión se expresa en un lenguaje menos diverso, y al revés. Por lo tanto, los medios de comunicación de masas expresan siempre las mismas ideas y ocultan siempre las ideas opuestas.

Bajo la forma de eufemismos, siempre ha existido un lenguaje característico de la ideología dominante. Hoy se le llama lenguaje políticamente correcto y es una imposición surgida en Estados Unidos en los años ochenta. Es, pues, un fenómeno profundamente reaccionario e imperialista.

Los periodistas, universitarios y políticos han extendido ese lenguaje, convirtiéndolo en un fenómeno ideológico de masas. Forman los libros de estilo que imperan en todas las redacciones de los medios (televisión, radio, prensa), convertidos en manuales y diccionarios de consulta. Son doctrina. En ellos se contiene la ideología del imperialismo contemporáneo.

Las palabras no surgen por casualidad. Por ejemplo, en España para hablar de ETA durante décadas se utilizaron numerosas expresiones diferentes, hasta que en 1987 se impuso una definición única, “banda terrorista”, seguida al pie de la letra por todos y cada uno de los medios de comunicación. ETA no podía ser tanto como una “organización” porque parece algo estructurado; era una simple “banda”. Tampoco se la podía calificar de “separatista” porque tenía connotaciones políticas, mientras que ETA no pretendía otra cosa diferente que matar.

El fundamento teórico del lenguaje políticamente correcto es la hipótesis de Sapir-Whorf, según la cual el habla influye sobre la percepción, la memoria, el razonamiento y la conducta. Cambiando las palabras se cambia la visión y la valoración de la realidad. No es necesario cambiar el mundo; basta con hablar de él con otras palabras.

La ideología dominante es desigual, un estado permanente de presión intelectual, y se refiere -además- a una desigualdad real, que existe en la sociedad (racial, sexual, nacional, clasista) y que pretende encubrir, es decir, trata de aparentar igualdad donde hay desigualdad. Por eso los eufemismos son especialmente ridículos cuando se refieren a los oprimidos, como el de llamar “nativos americanos” a los indios, porque un indio es alguien despreciable y por eso decimos “hacer el indio” cuando alguien tiene un comportamiento ridículo.

Las necesidades de un lenguaje así derivan de que en la dominación los indios son los designados. No llamamos a los indios tal y como ellos se llamaban a sí mismos, de la misma manera que la Unión Soviética nunca existió en la jerga de los medios de comunicación burgueses. Para el imperialismo la Unión Soviética siempre fue Rusia. Si la burguesía se apodera y lo expropia todo, es normal que también se apodere de los nombres de las cosas y de las personas.

Desde luego que lo característico de la ideología dominante es que el fenómeno inverso no existe. Los blancos hablan de los indios pero los indios no hablan de los blancos. No utilizamos las expresiones indígenas para hablar del “hombre blanco”, al que no llamamos “rostro pálido”. El lenguaje de los dominados no existe y, si existe, no se propaga. No es que el oprimido no exista, lo que no existe es la opresión. Por ejemplo, en un Estado democrático, como España, ni existe la opresión nacional, ni existe siquiera ese lenguaje.

El reformismo se ha apuntado a la ofensiva de lo políticamente correcto porque como no se puede cambiar la realidad, lo que que quiere cambiar es la manera de referirse a ella. Pero ese no es el único efecto de lo políticamente correcto: además, ese tipo de lenguaje encubre la realidad, la disimula. Es el efecto eufemístico. Al mismo tiempo que camufla la realidad, el hablante (periodista, político, universitario, tertuliano) disimula su condición fascista y reaccionaria detrás de un lenguaje indirecto, sutil, empalagoso.

De esa manera lo políticamente correcto es inatacable, crea lugares comunes, neutros, tópicos, como los derechos humanos, la tolerancia, la diversidad, el pluralismo o la justicia universal. Nadie puede ofender ninguno de esos principios sin exponerse a una marginación y a convertirse en el saco de los golpes y los insultos: extremista, fanático, populista, fundamentalista, ultraizquierdista…

Lo políticamente correcto está por encima de las ideologías, no es burgués ni proletario, de izquierdas ni de derechas. No es “anti” nada, no está contra nadie, es respetuoso con todos y no tiene enemigos porque no hiere a nadie. Su lema es “respeto tu opinión pero no la comparto”. Sobre todo no es racista, ni machista, ni homófobo, ni xenófobo. Por eso habla de la ciudadanía, de la gente, de la multitud…

Que la burguesía sea políticamente correcta es lo suyo. Pero la falta de corrección queda equiparada al garrulismo, una condición que el oprimido quiere disimular imitando al opresor. La ideología dominante no sólo extiende a los oprimidos las ideas sino también extiende el lenguaje en el que las mismas se expresan. Entonces los oprimidos se expresan igual que los opresores, en los mismos términos.

Es consecuencia del complejo de inferioridad de todos los oprimidos. Los garrulos queremos ser finos y como nos han acomplejado, cuando vamos al médico no decimos “tetas” sino “pechos”, olvidando que sólo tenemos un pecho pero que, en cambio, tenemos dos tetas. No nos damos cuenta de que caemos en la pedantería y la hipocresía. A veces necesitamos hablar en un lenguaje que no es el nuestro para que nos den un trabajo, por ejemplo. No queremos que nuestro lenguaje callejero denote nuestra ínfima extracción social y nuestra “incultura”. Nos avergonzamos de nosotros mismos porque a nuestra cultura ellos no la consideran como tal: la califican como todo lo contrario, como incultura.

Dejémonos de chorradas. Seamos nosotros mismos: directos, francos, transparentes. Llamemos a las cosas por su nombre. Hablemos de nosotros mismos, de nuestros problemas, de lo que nos preocupa y de lo que nos interesa.

La lucha contra la opresión nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo

Juan Manuel Olarieta

El 20 de agosto el sitio Vilaweb publicó un confuso artículo titulado “Dret d’autodeterminació: les deu preguntes clau” (Derecho de autodeterminación: las diez preguntas clave) que se caracterizaba por reducir el derecho a la autodeterminación a su aspecto jurídico.

Si fuera así, la exposición de Vilaweb no sólo sería jurídicamente correcta sino que se podría calificar de impecable. También es impecable en el sentido de que en el texto queda claro que la cuestión nacional es, en realidad, una cuestión internacional.

Sin embargo, induce a la confusión porque el derecho a la autodeterminación no es la autodeterminación misma, lo mismo que el derecho de manifestación no es una manifestación.

¿Por qué Vilaweb procede de esa manera?, ¿por qué reduce la autodeterminación a un derecho? Sin duda, porque la burguesía catalana quiere el derecho de autodeterminación pero no la autodeterminación. Quiere la autodeterminación por la vía pacífica, “por las buenas” y de momento no está dispuesta a hacer nada más por ello.

En favor de la burguesía catalana hay que decir que, por el momento, eso ya sería un paso importante, nada desdeñable, si estuviera dispuesta a seguirlo hasta el final.

Esa misma “vía pacífica hacia la independencia” es lo que está permitiendo que el fascismo esté reaccionando en su contra de la manera en que lo está haciendo, bajo la batuta de los servicios militares de espionaje, empezando por las recientes declaraciones de Felipe González y otras acciones que vendrán después, entre las que sobresalen las amenazas de todo tipo.

La burguesía (la catalana y la de Madrid) tiene muy claro lo que la constelación de colectivos populares y progresistas (dentro y fuera de Catalunya) aún no han aprendido, a saber, que la autodeterminación real no es una modificacion fronteriza, ni consiste en cambiar las aduanas, ni en repartir otros pasaportes, sino que supone un enfrentamiento con el fascismo, con el Estado reformado en 1977 y, en definitiva, su destrucción. La independencia de Catalunya no sólo cambiaría a Catalunya sino a España entera.

Para que eso ocurra la burguesía catalana tendrá que dar pasos adelante que ahora mismo no quiere dar porque comprometen su propia situación. Esos pasos adelante sólo los puede dar -y los dará efectivamente- el proletariado porque es una clase social que, a diferencia de la burguesía, no tiene nada que perder tampoco en ese terreno.

De ahí que el movimiento independentista en Catalunya tenga también ese carácter masivo y popular, que ha obligado a la burguesía a ponerse a la cabeza a regañadientes, para impedir una explosión social, parecida a las que conoció en el siglo XX.

Hasta la fecha la burguesía catalana no ha ido más allá no sólo por su condición de clase sino por otra razón adicional: porque, como he dicho, la cuestión nacional es, en realidad, una cuestión internacional o, dicho en términos leninistas, porque la lucha contra la opresión nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo.

En este punto es donde el artículo de Vilaweb descarrila por completo. Al más puro estilo burgués reconvierte la cuestión nacional de tal manera que no es ya una lucha contra el imperialismo sino algo intrínseco al imperialismo mismo, para lo cual tiene que falsificar la historia de los procesos independentistas más recientes, cuyo modelo es el de Kosovo.

Vilaweb no se pregunta por qué “España reconoce el derecho del pueblo del Kosovo a la autodeterminación” y no el de Catalunya. La respuesta no puede ser más sencilla: Kosovo es un Estado creado por el imperialismo, no un ejemplo de ejercicio de la autodeterminación.

Tampoco se pregunta por qué “durante el siglo XXI en Europa han aparecido tantos Estados nuevos”, y la respuesta sigue siendo sencilla: porque los imperialistas se están repartiendo el mundo, es decir, troceándolo y apoderándose de sus despojos.

Dice igualmente Vilaweb que “Sudán reconoce en la constitución el derecho del Sudán del sur a autodeterminarse”. Pero tampoco es que el sur se haya autodeterminado sino que el imperialismo y el sionismo han creado otro Estado para mantener a Sudán en la misma situación que Irak o Libia. ¿Es eso lo que pretenden Vilaweb y la burguesía catalana?, ¿esos son sus modelos?, ¿Kosovo?, ¿Sudán del sur?

La burguesía catalana no quiere la independencia; quiere cambiar la dependencia, sustituir a España por otro patrono. Eso significa que para que la burguesía catalana se enfrente realmente al Estado fascista español tiene que haber un patrono dispuesto a dividir España, del mismo modo que ha dividido anteriormente a otros en el mundo, e incluso en Europa, como Yugoeslavia o Checoslovaquia, y se hace imprescindible precisar además lo siguiente: toda división supone un reparto de los despojos (nacionales o no) que resulten de ello.

Eso la burguesía (la catalana y la española) también lo sabe, a diferencia de los movimientos populares y progresistas (dentro y fuera de Catalunya). Sabe, además, que ese patrono imperialista, que no es otro que Alemania, aparecerá dentro de muy poco tiempo para “luchar contra la opresión nacional en España”. Por eso vivimos en un “impasse” ahora mismo, mientras unos y otros afilan sus cuchillos, en Barcelona pero también en Madrid.

¿Cuál debe ser la posición del proletariado dentro y fuera de Catalunya en ese proceso? No pueden caber dudas: en la medida en que la lucha independentista, además de justa, está dirigida contra un Estado fascista, como el español, la clase obrera dentro y fuera de Catalunya debe defender la lucha por la independencia y esforzarse al máximo por ponerse a la cabeza de la misma, demostrar que es el defensor más consecuente de los legítimos derechos nacionales.

Pero el proletariado tiene su propia línea, sus propios métodos de organización y de lucha, su propia ideología, de tal manera que no puede admitir, como hace Vilaweb, que en Bolivia haya unas supuestas “naciones indias” que tienen también su propio derecho de autodeterminación. Eso es una estupidez, como ya demostró el gran dirigente comunista Mariátegui hace más de 80 años. ¿O a la burguesía catalana le gustan las reservas indígenas de Arizona o Dakota?, ¿es ese acaso su modelo de independencia?

(*) http://www.vilaweb.cat/noticies/dret-dautodeterminacio-les-deu-preguntes-claus/

El pendón que reinó en España

Juan Manuel Olarieta

Maria Luisa de Borbón y Parma fue Reina de España gracias a que con 14 años de edad se casó con su primo Carlos IV. Entre los siglos XVIII y XIX se convirtió en una pieza fundamental de la Corte madrileña. Su marido el Rey Carlos IV era un vago al que sólo le gustaba cazar. Lo demás, incluidos los asuntos públicos, le importaba una mierda, así que fue Maria Luisa quien se puso al timón de la monarquía española.

Como buena Reina, una de las tareas en la que puso más empeño fue la de engendrar descendencia que garantizara la continuidad de la Corona española. En total María Luisa tuvo 24 embarazos, de los que nacieron 14 hijos vivos, dos de ellos gemelos, y otros 11 abortos. Por lo tanto, pasó una gran parte de su vida embarazada, lo cual es lógico: la función de una Reina es esencialmente reproductiva. Consiste en parir.

No obstante, tuvo dos problemas. El primero fue que sus hijos fallecían durante la infancia. El otro era que ninguno era del Rey, su primo. Durante su exilio Maria Luisa informó a su confesor, Fray Juan de Almaraz, que “ninguno de mis hijos lo es de Carlos IV y, por consiguiente, la dinastía Borbón se ha extinguido en España.

El más conocido de los amantes de la Reina fue su guardaespaldas, Manuel Godoy, a quien nombró consejero privado y en 1792 Primer Ministro. En su testamento, Maria Luisa no dejó su fortuna a sus hijos, entre ellos el Rey, sino a su amante porque para una Borbón el amor de verdad nunca fue el de su familia, Borbones como ella, sino el que se intercambia entre las sábanas.

El futuro rey Fernando VII no nació hasta 1784. Al enterarse de que no era hijo de su padre, encerró al fraile Juan de Almaraz en el castillo de Peñíscola, donde murió para que no trascendiera que la dinastía borbónica se había acabado.

El Rey, pues, no era hijo de su padre, lo que en una monarquía es un problema muy serio. Quizá precisamente por ello, en 1808 Fernando VII dio un golpe de Estado contra el Rey. A Maria Luisa aquello le pilló en medio. Con el Rey no tenía ninguna relación, ni como marido ni como primo. Pero con su hijo tampoco, así que tuvo que exiliarse (llevándose las joyas de la Corona) cuando el golpista se hizo con el poder y desde Francia utilizó sus artimañas monárquicas para que Godoy, su amante, pudiera salir de la cárcel.

La Reina hablaba sin abrir apenas la boca porque perdió casi toda su dentadura y utilizaba una prótesis postiza, que alguna vez sacó de la boca en medio de la más glamurosa cena de gala. Aquellos dientes podridos eran una metáfora de la propia monarquía española, justo cuando al otro lado de los Pirineos la guillotina segaba los pescuezos de la francesa.

En las tabernas de Madrid la pareja real siempre fue el hazmerreir de todos: el Rey era el primo (en el más amplio sentido de la palabra). ¿Veía los cuernos de los ciervos que cazaba pero no los que llevaba sobre su cabeza? Por su parte, la Reina era un pendón, lo cual era peor aún. Siempre fue conocida por su colección de amantes, lo cual entonces no estaba bien visto, sobre todo en una Corte provinciana y cotilla como Madrid. El gran poeta Espronceda la calificó como “la impura prostituta”.

Las cofradías de Semana Santa llaman “simpecado” a sus pendones, pero en aquellos tiempos no había mayor pecado que ser un pendón, una condición asociada exclusivamente a la mujer promiscua.

Sin embargo, Maria Luisa no era una puta por su promiscuidad. Todo lo contrario. Fue una adelantada a su tiempo, una heroína. Fue una puta porque fue Reina. Al fin y al cabo el papel de una Reina es el de procrear, para lo cual -en aquellos tiempos- era necesario el contacto sexual. Para cumplir exactamente con lo que se esperaba de ella, Maria Luisa tuvo que llevar una doble vida. Nunca hubiera podido tener descendencia -y sostener la monarquía- con un Rey con el que carecía de intimidad.

Más que un pendón, Maria Luisa fue una mujer “pública” en el más amplio sentido de la palabra. La fulana es la monarquía, que lleva siempre una doble vida. Es la hipocresía misma. La realeza compra, vende y alquila mujeres por puros intereses políticos. La vida privada y la intimidad van por otros derroteros.

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