La web más censurada en internet

Autor: Juan Manuel Olarieta (página 19 de 60)

Cuanto más internet, más control social

En los viejos tiempos, cuando escribías una carta, Correos no inspeccionaba el contenido. Era un mecanismo neutral de comunicación.

Lo mismo ocurría cuando llamabas por teléfono: el operador no se ponía a escuchar la conversación para valorar lo que decía alguno de los interlocutores.

Al llegar internet, los usuarios pensaron que todo seguiría igual y las plataformas digitales fomentaron esa ilusión. Twitter se declaró como el ala más radical del partido de la libertad de expresión (“the free speech wing of the free speech party”), según las palabras de su responsable en Gran Bretaña.

En un foro o una red social cabían todo tipo de contenidos. En 1996 Estados Unidos aprobó una ley curiosa, llamada “de Decencia de las Comunicaciones”, cuyo artículo 230 exoneraba de responsabilidad a las empresas digitales. Los responsables de los contenidos eran quienes los introducían. Las plataformas son neutrales. No crean contenidos, ni los editan, ni los censuran, ni los comentan.

La llamaron “sociedad de la información”. El universo virtual creció gracias a esa ficción de neutralidad, lo que favoreció la creación de grandes empresas monopolistas y buscadores, que hoy son una de las fuerzas más influyentes en el mundo, hasta el punto de que encumbran tantos gobiernos como derriban.

Su poder es tanto que se ha convertido en su punto más débil: los gobiernos necesitan controlar internet. La pandemia ha vuelto a demostrar que quien vigila internet, vigila la sociedad. Cuanto más internet, más control social. De ahí que la pandemia quiera transformar en virtual la vida social.

El fenómeno se ha convertido en su contrario: hay que controlar internet y para ello hay que controlar a las empresas que dirigen el tráfico de contenidos. En una red social la información ha pasado a ser tan selectiva casi como en cualquier otra cadena de comunicación.

En casos así hay que ponerse a analizar los tabués, ese tipo de contenidos que jamás prospera en un buscador o en una red social. No son diferentes que los de cualquier otro medio de comunicación convencional.

La pandemia actual, por ejemplo, está siendo uno de los mejores laboratorios de censura y lo mismo ocurre con las presiones sobre las cadenas rusas y con quienes difunden contenidos alternativos en esa misma línea, lo cual ha conducido a encargar a las centrales de espionaje el control de internet.

Pero hay también casos menos conocidos en los que la propia censura hace las delicias de los conspiranoicos, como es el caso de los fraudes cometidos por Biden, el nuevo Presidente de Estados Unidos, en Ucrania, algo que ya contamos aquí el año pasado. En una campaña electoral lo normal es que el fraude hubiera sido aireado a los cuatro vientos. No ha sido así.

No obstante, hasta la Wikipedia tiene una entrada sobre el chanchullo, donde se puede leer que, siendo vicepresidente con Obama, Biden “desempeñó un papel importante en la política de Estados Unidos hacia Ucrania” (1). El caso no puede ser más goloso: al mismo tiempo que en 2014 los fascistas daban un Golpe de Estado en Kiev, al hijo de Biden le nombraban miembro de la dirección de Burisma, el mayor productor de gas natural de Ucrania.

Mientras los neonazis del Batallón Azov masacraban a 46 manifestantes en Odesa, sus amigos “progres” del partido demócrata se llenaban los bolsillos. El hijo de Biden salió exculpado de cualquier acusación de fraude y los neonazis igual. Los fascistas y los socialfascistas siempre han ido de la mano.

Son los medios de comunicación ecuánimes, objetivos e imparciales los que tienen que lavar la cara a personajes como Biden y su hijo. “Durante semanas, Hunter Biden fue acusado por la candidatura de Trump de haber realizado negocios oscuros tanto en Ucrania como en China”, dice El Confidencial (2).

Quienes denuncian las corrupción de los Biden son, pues, sospechosos de apoyar a Trump y, por lo tanto, a las corrientes más reaccionarias del imperialismo estadounidese, o quizá se trata de mantener la equidistancia entre unos (republicanos) y otros (demócratas) que, una vez más, son esencialmente iguales.

De esa manera se genera el silencio, que es la peor forma de censura y que no es característica sólo de las grandes cadenas de comunicación. Quienes no siguen la corriente dominante aparecen como marginales que, además de conspiranoicos, le hacen el juego a lo peor de la reacción imperialista.

Pero la historia sigue su curso y, lamentablemente, cuando las elecciones han pasado y ya nadie se acuerda, siguen saliendo trapos sucios: la fiscalía de Delaware abre una causa contra el hijo de Biden por fraude fiscal, es decir, un paraíso fiscal persigue al hijo del Presidente de Estados Unidos por delito fiscal (3).

Así funciona Estados Unidos, tanto en el caso de los Biden como en el de Al Capone. No importa que los peores crímenes queden impunes, pero es intolerable dejar de pagar impuestos. “La fiscalía federal estudia si Hunter y sus socios violaron leyes sobre impuestos y lavado de dinero durante sus negocios en el extranjero”, dice Antena3.

La investigación fiscal contra el hijo de Biden empezó en 2018, pero nos acabamos de enterar ahora, cuando la campaña electoral ya ha pasado. La fuente es el propio Hunter Biden, que ha publicado un comunicado a través del equipo de transición de su padre.

Dentro de poco vamos a ver si las grandes cadenas dispensan a Baiden el mismo tratamiento informativo que han estado dispensando a Trump durante cuatro años o dejarán las noticias en manos de los conspiranoicos, de la censura y de los cazadores de bulos.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Hunter_Biden
(2) https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-12-10/hunter-biden-hijo-joe-biden-investigacion-fiscal_2866152/
(3) https://www.antena3.com/noticias/mundo/el-hijo-de-biden-investigado-por-temas-fiscales-en-delaware-eeuu_202012105fd1e1c4d4aa1e0001262f90.html

Si todos se empeñaran en pensar por sí mismos el mundo sería un caos

Al principio, los herejes (de todo tipo) fueron un coro de voces que bastaba con censurar, marginar y despreciar de vez en cuando. El motivo es que difunden noticias falsas, a diferencia de los guardianes del canon, que sólo propagan las genuinas.

La maniobra no fue bien porque los herejes siguieron largando y hubo que dar un paso más: había que silenciarlos. Pero, ¿cómo hacerlo?, y sobre todo, ¿cómo justificarlo?

La clave es que los herejes están locos y, como cualesquiera otros, deben ser internados antes de reincorporarse otra vez a la sociedad. Si se puede confinar a los mansos, ¿cómo no va a ser posible hacer lo mismo con los herejes?

Pero el encierro tampoco suele bastar por sí mismo para hacerles recapacitar. Los guardianes debían aprovechar el tiempo de encierro para someterles a tratamiento psiquiátrico.

¿Qué clase de tratamiento?, ¿tortura?, ¿lobotomía?, ¿fármacos?, ¿privación sensorial?, ¿hipnosis?

El año pasado una investigadora del Instituto Italiano de Tecnología propuso recurrir a las descargas eléctricas o magnéticas para sanar los prejuicios sociales. Lo llamaba “estimulación cerebral no invasiva” (*).

Es un alivio que dicha estimulación no sea invasiva porque puede superar cualquier declaración de derechos humanos, por exigente que sea. Basta el informe de un siquiatra que acredite la locura herética, para proceder a la estimulación cerebral del paciente.

Es por su bien. El loco necesita una cura y un siquiatra se la puede dar. Si vacunan a los sanos, que no necesitan nada, ¿por qué no se puede hacer algo por los locos? No sólo pueden: un Estado moderno está obligado a ello.

En el mundo actual las personas deberían olvidarse de pensar por sí mismas porque ya hay quien piensa por ellas y sabe mucho más. Son los expertos y los especialistas, con una dilatada experiencia en todos los terrenos del saber. ¿Quieres saber lo que es una zoonosis? No pierdas el tiempo pensando en ello. Limítate a preguntar a quien sabe del tema.

Si todos se empeñaran en pensar, el mundo sería un caos. Se llenaría de noticias falsas propagadas por quienes no saben y, por lo tanto, están equivocados necesariamente. Habría teorías de todo tipo conviviendo con las científicas y no sabríamos diferenciar a unas de otras.

El gobierno más progresista de la historia se ha puesto a ello. Para prevenir que las personas caigan en la tentación de pensar por sí mismas, es necesario crear otro Ministerio más, el de la Verdad, que funcionará en paralelo con el de Defensa.

(*) https://www.huffingtonpost.it/entry/la-stimolazione-cerebrale-non-invasiva-contro-pregiudizi-e-stereotipi-sociali_it_5d53c03fe4b0c63bcbef8e8d

La dominación a través del miedo

Ha sido un sarcasmo que el historiador Jean Delumeau eligiera este año para morirse. El autor de la monumental obra “Historia del miedo en occidente”, publicada en 1978 en dos tomos, quiso dejar el mundo en enero, justo cuando comenzaba un año tenebroso que, sin duda, le hubiera gustado conocer de primera mano. Leer más

Europa sigue al asalto de las conversaciones privadas de sus ciudadanos

El Consejo de la Unión Europea quiere volver a poner encima de la mesa el acceso a las conversaciones cifradas, un asunto que ya fue discutido entre 2015 y 2017. Se trata de abrir puertas traseras a los sistemas de cifrado de las comunicaciones que garantizan la confidencialidad de los mensajes.

En el primer artículo de los textos legales, los europeos tienen derechos; el segundo es el que habla de su anulación. En el caso del derecho a la intimidad, se trata de introducir autorizaciones para que la policía, los espías, los piratas o las empresas comerciales tengan acceso a las comunicaciones cifradas de extremo a extremo (P2P).

La Radio Austríaca ORF ha difundido (1) el borrador de una nota enviada por la Presidencia del Consejo de la Unión Europea a las delegaciones de otros países. El documento fechado el 6 de noviembre se titula: “Seguridad a través del cifrado y seguridad a pesar del cifrado” (2).

El cifrado de extremo a extremo P2P es un sistema de seguridad utilizado por WhatsApp, Apple iMessage, Signal y muchos otros servicios de mensajería, para impidir que terceros -incluso quien está a cargo del servicio- lea las conversaciones entre dos interlocutores. Si alguien intercepta un diálogo entre el emisor y el receptor, sólo obtiene una secuencia aparentemente inconsistente de números y letras.

Cuando el cifrado se aplica de extremo a extremo, las conversaciones sólo se pueden leer en los terminales de las personas involucradas en ellas. La policía sólo tienen una forma de acceder a esas comunicaciones: desbloquear el móvil del remitente o del destinatario.

Para invadir la intimidad de las personas, el repertorio argumental de la policía es siempre el mismo: proteger a los buenos vigilando a los malos. Hay sicarios que lo fundamentan de una manera un poco más sofisticada, pero no van más allá. Hay que sacrificar la libertad en aras de la seguridad.

Ese tipo de argumentos se venden por dos razones: la primera es que todo el mundo cree estar en el bando de los buenos y la segunda es que, como muestra la pandemia, están creando una sociedad de personas asustadas y atemorizadas por infinidad de riesgos, reales o ficticios.

Ese tipo de argumentos falaces se introducen en los propios proyectos legislativos: “Las autoridades competentes deben poder acceder a los datos de manera legal y selectiva, respetando los derechos fundamentales y el régimen de protección de datos, y sin degradar la seguridad cibernética”, afirma el documento del Consejo de la Unión Europea.

Dialéctica pura. Una cosa y la contraria. Es un símbolo de los equilibrios en el alambre que hacen todos los saltimbanquis: los europeos tienen derecho a la intimdidad y, al mismo tiempo, la policía debe poner interceptar sus mensajes privados.

Ese tipo de fraudes hipócritas han conducido a la situación actual, donde no hay buenos ni malos sino que todo el mundo (que puede) espía a todo el mundo. Por eso a principios de este año la Comisión Europea recomendó que en sus comunicaciones cotidianas sus funcionarios utilizaran Signal, una aplicación de comunicación cifrada de código abierto.

También es pura dialéctica: las instituciones europeas vigilan y son vigiladas. Los que vigilan quieren más facilidades para vigilar y cuando son vigilados quieren impedirlo. Todo depende del lado de la ecuación en la que se encuentren en cada momento.

Pero eso es difícil. Cuando debilitas una parte de un sistema de cifrado, lo debilitas para todos, en todas partes, reconoció Facebook (propietaria de WhatsApp) el año pasado. Cuando el fiscal general de Estados Unidos les pidió una puerta trasera para espiar a sus usuarios más fácilmente, Facebook respondió: “Las puertas traseras que están pidiendo en nombre de la ley y el orden sería un regalo para los chantajistas, los piratas y los regímenes represivos”.

Volvemos a la dialéctica: el derecho a la intimidad es bueno pero también malo. Con los sistemas de cifrado ocurre lo mismo: son buenos y malos al mismo tiempo. Se pueden utilizar mal, algo que el Consejo de Europa quiere prevenir: “Los delincuentes pueden incluir en su modus operandi soluciones de cifrado de disponibilidad inmediata y llave en mano. En su acto de equilibrio, nos recuerda que estas soluciones son creadas para un propósito legítimo”.

Los buenos son ellos; los malos todos los demás.

(1) https://fm4.orf.at/stories/3008930/
(2) https://files.orf.at/vietnam2/files/fm4/202045/783284_fh_st12143-re01en20_783284.pdf

La economía de guerra que el capitalismo necesita no puede ser una guerra

En la falta de comprensión de la verdadera naturaleza de la pandemia actual desempeña un papel fundamental el hecho de que casi todos los países del mundo hayan adoptado las mismas políticas, incluidos algunos que son emblemáticos, como China.

Al mismo tiempo, esa unanimidad casi total refuerza, por el otro costado, entre los herejes, la impresión de un “Nuevo Orden Mundial” en el que los gobiernos del mundo estarían involucrados de una manera sincronizada, una especie de continuación de la “globalización” de la que tanto se habló hace unos años.

Si ante la pandemia los países enemigos de Estados Unidos dicen y hacen lo mismo que Estados Unidos es porque estamos ante algo que concierne a la humanidad en su conjunto, una crisis indiscutible, por encima de las clases sociales y de la situación política concreta en cada uno de los países del mundo.

No hay nada de eso. En una liga de fútbol todos los equipos juegan con las mismas reglas, pero cada equipo es diferente y, sobre todo, tiene un presupuesto muy diferente. Pero si un equipo no acepta las reglas, no juega la liga.

Durante años, la dilatada negociación de China para entrar en la Organización Mundial de Comercio, fue el mejor ejemplo. Las reglas del mercado mundial son las mismas para todos, pero no todos son iguales.

Así ha venido sucediendo, hasta que la liga la ha ganado China, un equipo inesperado, frente a Estados Unidos, que fue quien desde 1945 redactó e impuso las reglas del juego, llegando a jugar -incluso- con las cartas marcadas.

En abril, durante la primera ola de la pandemia, las importaciones chinas cayeron un 14 por ciento pero las exportaciones aumentaron un 3,5 debido -principalmente- a las ventas de equipamiento médico a todos los países del mundo. El 97 por ciento de los antibióticos se fabrican en China.

Entre 2013 y 2018 China publicó 74.408 artículos científicos sobre inteligencia artificial, mientras que Estados Unidos sólo alcanzó los 51.766 estudios.

Pero la auténtica bifurcación es que el PIB español ha caído este año un 12 por ciento, mientras que el chino ha crecido un 6 por ciento.

A finales del año pasado y tras las negociaciones entre Trump y Xi Jinping, el presupuesto de una guerra contra China ascendía a un billón de dólares “en la próxima década”, lo que resultaría muy barato, de no ser por la recesión económica mundial. La economía de guerra que el capitalismo necesita no puede ser una guerra, pero tiene que ser lo más parecido a ella.

China ha ganado, pues, la partida jugando con las reglas de Estados Unidos y ahora a Estados Unidos ya no le interesan esas reglas y quiere otras. A esta nueva estrategia ya la llaman “bifurcación” o “desconexión” (de-coupling) y, evidentemente, forma parte de la guerra económica (*), que consiste en eliminar a China del mercado mundial.

El caso de Huawei es sólo el más conocido y, si se generaliza, acabará con la famosa “globalización”, conduciendo al término del mercado mundial o, por lo menos, a su fragmentación. Habrá tantos mercados como bloques económicos y políticos.

En mayo el Primer Ministro Li Keqiang pronunció un discurso retórico contra la desconexión. Tras sus palabras, la verdadera respuesta de China es la misma de siempre: Estados Unidos nos desconecta y nosotros nos desconectamos de Estados Unidos. Los cargadores de los móviles volverán a ser diferentes en función del bloque en el que se compren, y lo mismo ocurrirá con todas las tecnologías modernas: semiconductores, inteligencia artificial, 5G, pago digital, robótica, procesadores, servidores, bases de datos, reconocimiento facial…

Ni la ciencia ni la tecnología tienen una naturaleza puramente instrumental. No son neutras ni son tampoco únicas. Las fuerzas productivas no se pueden desligar de las relaciones de producción. Por eso cuando compras un móvil en el reverso pone “Made in China” y cuando te compras una mascarilla también.

(*) https://chinamatters.blogspot.com/2019/08/decoupling-us-from-china-long-term.html

Una imagen vale más que mil palabras (pero debes seleccionar muy bien la imagen)

Hace años que en las manifestaciones (algunas) que se celebran en España se escucha la consigna “televisión = manipulación” y los enfrentamientos con periodistas y cámaras es cada vez más frecuente.

Parece evidente concluir, en consecuencia, que un amplio sector social tiene muy claro que las cadenas de comunicación falsean la realidad. También debería estar claro que los tinglados que se dedican a desmentir bulos no buscan ahí la carnaza, sino en las pequeñas rendijas que se cuelan por algunos sitios alternativos de las redes sociales.

La pandemia ha demostrado que no es así. Incluso los que saben que los grandes medios mienten, caen en sus mentiras una y otra vez. Ocurre como en la película “El golpe”, rodada por George Roy Hill en 1973, y tantas otras. Es posible estafar incluso al más desconfiado. Para ello basta orquestar un escenario lo suficientemente creíble. Dicho escenario deberá ser tanto más complejo cuanto más reticente es el espectador al que tienen que vaciar los bolsillos.

Cuando el mensaje de los medios es uniforme y se mantiene durante meses, un día tras otro, abriendo las portadas de los telediarios, la desconfianza debería aumentar. Por algún resquicio debería aparecer alguien con cierta capacidad crítica. Sin embargo, no es así, ni individual ni colectivamente. No hay mas que leer los comunicados de las organizaciones y movimientos que se consideran defensores de los trabajadores y de la revolución.

“La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”, decía Marx, lo cual significa que es dominante tanto como que es ideología, es decir, que no es ni puede ser nunca ciencia. Prueba de ello es que, en contra de lo que dicen los “marxistas académicos”, se transmite por canales emocionales. Lo que está vendiendo la pandemia actual no son las incomprensibles tonterías de los “expertos” sino las imágenes de los enfermos entubados y postrados sobre una cama.

Sobre una imagen no se puede discutir. No se puede estar a favor o en contra porque, por definición, una imagen refleja una realidad.

Una imagen triunfa como icono de la realidad cuanto mayor es su carga emocional, como en el caso de la foto del niño Alan Kurdi, que murió ahogado en una playa de Turquía en septiembre de 2015. Es el símbolo de la terrible crudeza que padecen los emigrantes. Una imagen gráfica triunfa porque revuelve las tripas al espectador. Le cambia su estado emocional. Por ejemplo, debe causarle miedo si no lo tiene, o debe quitarle el miedo, cuando lo tiene.

Con una imagen ocurre lo mismo que con un noticia: unas se publican y otras no. Hay noticias que no son noticia porque son tabú. No aparecen en las televisiones, como las colas del hambre en España.

También hay fotos que nadie publica. Las fotos se seleccionan, lo mismo que las noticias. Incluso hay fotos que alguien publica y acaba detenido a causa de ello, como ocurrió ayer en Francia.

La historia es la siguiente: en Francia el miedo al yihadismo estaba desapareciendo porque estaba siendo sustituido por el miedo al coronavirus. Entonces han comenzado a reaparecer los atentados indiscriminados con una enorme carga emocional, como el degollamiento a sangre fría de una persona con un cuchillo. Las informaciones han ido acompañadas del correspondiente aparato gráfico, convenientemente seleccionado para suscitar la dosis justa de pánico.

Sin embargo, al elenco gráfico un internauta añadió una foto en las redes sociales de una víctima del atentado a la Basílica de Niza y la policía le ha detenido. El control policial sobre las redes sociales está ya tan desarrollado que la detención se produjo inmediatamente después de que el usuario difundiera la foto.

La imagen era excesiva. Aparecía el cuerpo de Nadine Devilliers, de 60 años, dentro del templo con la garganta seccionada. Suscita violencia, dice la fiscalía francesa.

Como cualquier otro fármaco, las informaciones hay que dosificarlas para que surtan el efecto buscado. Los medios necesitan imágenes suficientemente desestabilizadoras de sus espectadores, pero sin pasarse, porque entonces resulta contraproducente. El enfado se convierte en ira y el espectador resulta incontrolable. Por ejemplo, se puede convertir en un vengador que persiga “tomarse la justicia por su mano”.

Sin embargo, la metáfora del fármaco no aclara lo suficiente. Deberíamos hablar de anestesia, e incluso de anestesia local. Al paciente hay que sacudirle de vez en cuando, pero sólo un poco. Si le suministras una dosis muy fuerte, puedes matarle.

La izquierda domesticada se pasa a las filas de la reacción pura y dura

Mientras el estado de guerra adoptó una apariencia epidemiológica, el debate se pudo mantener en el terreno de las especulaciones, las redes sociales y los comunicados. Pero siete meses después la confusión se ha volcado a la calle y adquiere otro carácter, muy distinto del anterior. Lo que antes parecían concepciones más o menos erróneas, se han convertido en un apoyo descarado al toque de queda.

Si tenemos en cuenta que esas fórmulas represivas son típicas de todos los Golpes de Estado que ha habido en la historia, la conclusión es obvia. Es una toma de posición evidente, no sólo a favor del gobierno, sino de la fascistización galopante, la salida del ejército a la calle y la liquidación pura y simple de todos y cada uno de los derechos y libertades.

En ese lenguaje ridículo que hoy hace furor, dado que en España disfrutamos de un gobierno “de izquierda”, quienes nos enfrentamos al mismo somos “la derecha” e incluso “la ultraderecha”, como ha expresado Pablo Iglesias e incluso Erkoreka, jefe de los de la porra en Euskadi: la izquierda abertzale se ha sumado a los negacionistas que, naturalmente, son “fachas”.

Tanto al PNV como al PSOE/Podemos les va a costar mantener su ecuación “negacionistas = fachas” (“fachas = negacionistas”, como Trump o Bolsonaro) en la medida en que sigan prolongando en el tiempo el estado de guerra para intentar contener lo que no es más que una expresión de hartazgo social y político que, por cierto, no es de ahora, de la pandemia, sino que lleva décadas acumulándose.

En 2011 lograron contener y desviar ese malestar con el invento de Podemos, el legalismo y la gesticulación vacía. Ahora la crisis tiene otra envergadura mucho mayor por un motivo evidente: porque su origen no está en ningún virus.

Con el propósito de justificarse a sí mismos, los distintos gobiernos, tanto el central como algunos autonómicos, desatan una ola de represión típicamente fascista y acusan de fascismo a los que se oponen a ella. Es un cambio notable desde que en 1955 los franquistas impusieron el primer estado de excepción y su Ley de Orden Público.

Mientras tanto, quienes deberían salir a la calle a defender las libertades y derechos más elementales se quedan en casa con el pijama puesto por “responsabilidad”, para evitar “contagios” y seguir comiendo la sopa boba. Al quedar sorprendidos por las movilizaciones, adoptan la postura de la zorra y las uvas de la fábula: no están maduras. Los que salen a la calle ya no son los mismos de siempre.

Entonces vuelven a cambiar las etiquetas de sitio: es el lumpen, gentuza… Cualquier desprecio es bueno con tal de justificar la posición que han adoptado de sostener a ultranza el fascismo y el estado de guerra, dejando las calles y las protestas en manos de otros.

Su última contribución es la de desviar la atención del Estado y el gobierno, que son los responsables del toque de queda, hacia unas siglas u otras. Se pasan la vida luchando contra siglas, símbolos y estandartes para encubrir que la represión procede de los aparatos represivos oficiales.

No es que ahora la calle haya pasado a manos de los fascistas; es que la izquierda domesticada se la ha servido en bandeja porque, por encima de todo, hay algo más que evidente: la lucha contra el actual estado de guerra está más que justificada y quienes se quedan en casa con el pijama puesto son cómplices de esta ola de represión.

Economía política de la pandemia: primero destruir para luego reconstruir

La pandemia es una cortina de humo tras la cual se está poniendo en marcha una nueva política social y económica de muy largo aliento para rescatar al capital de su crisis. A lo largo de estos meses habría que haber leído más al Banco Mundial que a la Organizacion Mundial de la Salud.

En su informe del pasado mes de octubre, el Banco Mundial dice: “A fin de revertir este grave revés [pandemia] para el progreso del desarrollo y la reducción de la pobreza, los países tendrán que prepararse para una economía diferente después del Covid, permitiendo que el capital, la mano de obra, las aptitudes y la innovación se trasladen a nuevas empresas y sectores”.

Lo que el Banco Mundial reconoce es que en ésta como en las demás crisis del capitalismo, hay que destruir antes de reconstruir, es decir, imponer una economía de guerra. No obstante, quienes tienen una concepción ingenua del capitalismo no lo entienden. Creen que los confinamientos y cierres de empresas perjudican al capitalismo y que gobiernos, como el del PSOE y Podemos, han tenido que imponer “sacrificios económicos” para preservar la salud pública.

Hace años que tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial van mucho más allá de los “sacrificios”. Hablan de poner el cronómetro a cero y nunca necesitaron de una pandemia para hablar de ello abiertamente.

Por ejemplo, en octubre de 2017 Matt Hancock, actual ministro de Sanidad británico, ya proponía una Cuarta Revolución Industrial en presencia de su promotor, Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial.

Quienes busquen lazos para entender que la economía y la sanidad son dos caras de una misma moneda, tienen a Hancock, un ministro en activo que mantiene -más o menos- confinada a la población británica desde hace siete meses.

Las reconversiones económicas, como la que llevó a cabo el PSOE en España en los ochenta, son un desmantelamiento de sectores productivos completos, con cierres de empresas, de minas y despidos masivos. Entonces el PSOE no tuvo necesidad de invocar ningún pretexto sanitario.

Ahora padecemos una segunda reconversión industrial con el mismo protagonista y otro comparsa en el gobierno, Podemos, pero la memoria histórica sigue dando muestras de flaqueza. Ayer y hoy los engañabobos siempre hablan del futuro brillante que nos espera para tapar las miserias de un presente desolador.

Para que, como dice el Banco Mundial, se levanten “nuevas empresas y sectores económicos”, los antiguos tienen que desaparecer, por las buenas o por las malas. Con ellos se irán los trabajadores y sus antiguas condiciones de trabajo, abocados al paro y a la miseria, a contratos precarios y a una drástica reducción de su nivel de vida.

Los más cínicos lo llaman “nueva normalidad”.

El toque de queda señala el comienzo del terrorismo de Estado

Los oprimidos no miran desde el mismo ángulo que sus opresores. Los argelinos equiparan el toque de queda impuesto el sábado por Macron con otro toque de queda, el del 5 de octubre de 1961, en medio de la Guerra de Argelia.

El primero se impuso por motivos sanitarios y el otro por motivos militares. Pero no hay más diferencias y las redes sociales se han llenado de mensajes recordando uno y otro porque, además, se cumple un aniversario.

Hasta las fechas coinciden: el 17 de octubre de 1961 los argelinos convocaron una manifestación contra el toque de queda que provocó una terrible masacre en el corazón de la capital francesa.

En aquellos tiempos el prefecto de policía de París era un nazi, Maurice Papon, o como dicen en Francia, un “colaboracionista” que ya participó como jefe de policía bajo el régimen de Vichy.

No son coincidencias. En la historia las cosas no suceden por casualidad. “Se aconseja urgentemente a los trabajadores argelinos musulmanes que se abstengan de circular de noche por las calles de París y los suburbios parisinos, especialmente de las 20.30 a las 5.30 horas”, ordenó Papon y algo parecido ha ordenado ahora Macron.

¿Por qué por la noche? Porque los argelinos eran trabajadores y las reuniones políticas se hacían “después de cenar”, como explicaba recientemente un viejo dirigente del FLN argelino.

La diferencia es que antes había personas conscientes que protestaban, a diferencia de ahora, donde el toque de queda les parece poco y piden a gritos que lleguen los campos de concentración.

En 1961 los antifascistas, los antimperialistas, los revolucionarios y, naturalmente, los argelinos salieron a la calle para protestar contra el toque de queda impuesto durante doce días, primero a los trabajadores argelinos y luego a todos los magrebíes.

Hoy los más sumisos convocan procesiones con bozal, a diferencia de entonces, cuando había un lucha de verdad. En tales casos, si te imponen un toque de queda nocturno, hay que convocar una manifestación por la noche (precisamente).

Aquella lluviosa noche de 1961 miles de revolucionarios salieron a las calles de París para manifestarse y la represión de Papon resultó atroz. Docenas fueron asesinados, algunos de ellos arrojados al Sena, exactamente igual que en Santiago de Chile hace unos días. Hubo más de 12.000 detenidos y más de mil heridos quedaron tirados por las calles, desangrándose y doliéndose.

Para quienes sobrevivieron a la masacre, el toque de queda ordenado por Macron les parece una amenaza. Nadie se puede atrever a desafiar un toque de queda nocturno de ningún gobierno, ni por motivos militares ni sanitarios… salvo que quiera repetir la trágica experiencia de hace 59 años en París.

Pero ya quedan pocos que protesten. Cuando alguien alza la voz es para pedir que le pongan los grilletes en las muñecas.

El nuevo formato del consultorio radiofónico franquista: Maldita y su interpretación ‘auténtica’ de la pandemia

En 1947 la radio franquista inauguró uno de los programas de más éxito de su historia: el consultorio de Elena Francis. Las oyentes preguntaban por carta y el franquismo respondía a través de Radio Barcelona. En aquellos años las radios eran como hoy las redes sociales y, como vemos, eran más interactivas de lo cabía sospechar.

También era un proyecto más comercial de lo que aparentaba, porque trataba de publicitar de manera encubierta una marca de cosméticos. A lo largo de todo el franquismo los temas se ampliaron luego con los maridos, los niños, la decoración del hogar, las manchas de la ropa y cosas por el estilo. Muchos se criaron creyendo que en la radio había alguien llamada Elena Francis que respondía a sus preguntas sobre belleza. Pero se trataba de un equipo compuesto por siete guionistas. Uno de ellos fue Ángela Castells, miembro de la sección femenina de la Falange. El periodista Juan Soto Viñolo, que se hizo cargo del programa desde 1966, confesó que no sólo se inventó las respuestas, sino también las preguntas. Era publicidad. Se trataba de subir los índices de audiencia.

Con el éxito del programa, la radio buscó nuevos guionistas, cuyas respuestas eran supervisadas por un equipo de sacerdotes antes de emitirse en abierto. El consultorio de Elena Francis fue un gran engaño, tan grande como la transición, por lo menos, y acabó en 1984. Ya no tenía oyentes, pero cuando los autores del fraude lo confesaron, resultó una enorme decepción para sus seguidores.

Hoy los inquisidores de Maldita han renovado el formato del consultorio radiofónico franquista. Los lectores preguntan y Maldita responde. Lo mismo que la radio franquista, responde incluso antes de que nadie le pregunte nada. Los fraudes mediáticos no acabaron en la transición, porque son consustanciales a los altavoces de una clase social explotadora y dominante.

Las respuestas de Maldita también son guiones periodísticos revisados por un Sumo Sacerdote antes de salir a la luz pública para impedir que se filtren herejías. Es un refuerzo de la ideología dominante, a la que no le basta con dominar, como en tiempos de Marx y Engels: aspira a ser un canon, una ideología uniforme y única que se expresa a través de un único portavoz.

Maldita no trata de demostrar la naturaleza falaz de un bulo sino que aspira a convertirse en intérprete de la realidad. Si The Lancet afirma por dos veces que covid-19 no es una pandemia (1), Maldita expone lo que realmente quiere decir la revista, que es muy diferente a lo que hemos leído con nuestros propios ojos.

Sí, no sabemos leer. Hemos sacado el título de contexto, a diferencia de Maldita, que hace equilibrios en el alambre para darle la vuelta a un asunto que no tiene vuelta de hoja (2). No hace falta ninguna interpretación de una frase repetida dos veces que, por su simplicidad, no tiene otra interpretación posible que sus propios términos.

Desde luego que si cupiera alguna interpretación, no le corresponde realizarla a la Maldita Inquisición, que justifica su existencia por desmentir bulos, no por interpretar textos redactados por terceros.

El artículo de The Lancet es un ataque nada disimulado a la OMS, no sólo por su actitud reduccionista, típica de las corrientes dominantes de la microbiología, sino por su retorno a un concepto trasnochado, el de “pandemia”, que quiso abandonar el 31 de enero y no pudo por las presiones a las que está sometida.

Es evidente que si el 11 de marzo la OMS declaró una pandemia con poco más de 4.000 muertos en todo el mundo, hay muchísimas enfermedades que matan más y merecen el mismo calificativo, por lo menos. Pero, como se está demostrando a cada paso, se trata de imponer a los países una política sanitaria uniforme que no disperse su atención en múltiples enfermedades al mismo tiempo. Lo que se les pide es que sólo atiendan a una de ellas.

Una vez que la política sanitaria fija su atención en una parcela muy reducida de la realidad, cualquier desastre es posible, como el de los asilos. Pero esa manera de proceder es imprescindible para justificar la propia realidad de una pandemia, de tal manera que todo el exceso de mortalidad que se está produciendo, especialmente en España, se atribuye a un único motivo.

Hace un par de días OKDiario lo expresó muy claramente: “El exceso de muertes con respecto al mismo periodo del año pasado se eleva hasta esos 56.110 muertos [en España]. Puesto que la única causa extra de mortalidad en esos meses es el coronavirus, la práctica totalidad de esas muertes corresponden, por pura lógica, al Covid” (3).

Las pandemias son así “lógica pura”, o quizá peor: tautologías. Están al principio y al final de la argumentación. Es una profecía que se cumple por sí misma.

No es algo propio sólo de la actualidad. Cuando los historiadores se refieren a las epidemias pasadas, como la “gripe española” de 1918, mezclan patologías muy distintas en el mismo saco y, lo que es peor, suponen que todas ellas tienen una misma causa (4), cualquiera que sea el lugar en el que se produzcan, independientemente de las circunstancias.

Hay que agradecer que, siete meses después, The Lancet se baje del burro y no sólo se refiera a la presencia de enfermedades “no contagiosas” en medio de una delirio de contagios, sino que ponga encima de la mesa los factores sociológicos de las mismas o, en otras palabras, que las enfermedades y las muertes no son sólo fenómenos “naturales” sino que son evitables, al menos en parte, y que quienes no las evitan son responsables de ellas. La lucha de clases tiene, en efecto, este tipo de consecuencias, aunque la izquierda domesticada no quiera hacerse cargo de las mismas.

El artículo de la revista es, pues, un intento desesperado para que la medicina moderna no siga haciendo el ridículo en este punto. Bienvenido sea.

(1) https://mpr21.info/covid-19-no-es-una-pandemia-admite-por-fin-la-revista-medica-the-lancet/
(2) https://maldita.es/malditaciencia/2020/10/05/the-lancet-no-niega-existencia-covid19-no-conspiracionista-cambio-pandemia-sindemia-factores/
(3) https://okdiario.com/espana/datos-del-ine-dejan-evidencia-sanchez-espana-supera-56-000-muertos-coronavirus-6226167
(4) https://mpr21.info/ciencia-e-ideologia-la-arqueologia/

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