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¡Camarero: hay un futbolista comunista en la sopa!

Nicolás Bianchi

No es costumbre que los futbolistas, los deportistas en general, se pronuncien políticamente o muestren sus preferencias. Más bien todo lo contrario. Lo suyo es ser ídolos y héroes de la patria simbolizada en los encuentros que juega la selección nacional o combinado estatal. No hay más que ver a la denominada por el difunto y díscolo e irascible de temperamento San Luis Aragonés -ahora que está de moda canonizar a todo lo que se menea y muere- «La Roja» (mote usurpado a su propietario original que es Chile donde su selección es «La Roja» de siempre) cuando suena el himno nacional español (sin letra, lo que acompleja más). Al son del chunda-chunda, Raúl (antes) y el políglota Sergio Ramos, experto en destrozar Copas, amén de fiascos en Leman & Brother’s, elevan la vista al cielo poniendo los ojos en blanco y casi levitando mientras los jugadores del F. C. Barcelona como Puyol, Piqué o Xavi (este menos) no saben qué careto poner para que no se les note mucho que están allí porque no queda otra y que no sienten en absoluto los colores de España. O porque no tienen redaños para renunciar a ella, como hizo el futbolista catalán Oleguer Presas.

Si lo «políticamente correcto» es no decantarse, y no es paradoja, políticamente, oír a un futbolista declararse comunista es ya poco menos que hablar de un extraterrestre o rara avis en el circo futbolero. Pero haberlos, haylos. Es el caso -fue ya que se retiró en 2012 en el Nápoles- de Cristiano Lucarelli, futbolista italiano de élite muchas temporadas y gran «cañonero», como llaman en el Calcio a los goleadores.

Puede decirse que Lucarelli ya vino al mundo marcado. Nació en Livorno en 1975, ciudad industrial portuaria y cuna del Partido Comunista Italiano en 1921 (como escisión del PSI en un proceso muy parecido al PC español). Su padre, estibador, era militante comunista.

El Livorno -el año que viene se cumplirán cien años de su fundación como club- es una de las instituciones deportivas más politizadas del campeonato italiano (como la Lazio donde su jugador Paolo Di Canio, fascista confeso -por lo menos lo dice-, celebra sus goles saludando, nunca mejor dicho, a la romana, o sea, brazo en alto). Es un equipo -el Livorno, ciudad que da al Mediterráneo, no al Adriático, cerca de Pisa- que ha estado tantas veces en la Primera División (allí Serie A) como en la Segunda y hasta en la Tercera (2ª B nuestra). Si tuviéramos que buscar un equivalente suyo en la Liga española, tal vez podría ser el Celta de Vigo, con su puerto y sus luchas obreras incluidas, suben, bajan, descienden, ascienden… Más remoto quedaría el libertario St. Pauli de Hamburgo (bajó el año pasado). También, pero sin puerto pero con Valle del Kas, el Rayo Vallecano con un gran Paco Jémez y su barra brava antifascista «Los Bukaneros». El apodo del Livorno (que este año bajará, lamentablemente, como el Betis) es «Amaranta», o sea, los rojos rojísimos, como esa flor.

Lucarelli, ya consagrado (y que estuvo una temporada -la 1998-99- en el Valencia de Claudio Ranieri), se fue de motu propio a jugar al equipo de su pueblo, el Livorno, estando este ¡en la Serie B (la 2ª División nuestra)! Al año siguiente, 2004, subieron. Máximo goleador, Lucarelli festejaba sus «chicharros» con el puño izquierdo en alto. O exhibiendo camisetas del Che debajo de la oficial como cuando fue internacional Sub-21. Sabía que le traería problemas, pero le dabe igual. De hecho, denunció que equipos que descendieron en su día como el Módena, Empoli, Perugia o Ancona, también identificados con la izquierda, no bajaron por casualidad.

El Livorno no podía pagarle más que un modesto salario que Lucarelli aceptó rechazando ofertas millonarias -como la del Torino, por ejemplo, para que siguiera y donde jugó dos temporadas antes de irse al Livorno por voluntad propia- como quedó reflejado en el libro (que publicó su representante Carlo Pallavicino) «Quédense con sus millones». Y no sólo eso. En junio de 2007 Lucarelli terminó su ciclo en el equipo de sus amores y fichó por el Shajtar Donetsk ucraniano (estuvo un año) no sin antes hacer una promesa: invertir la mitad de su sueldo anual de cuatro millones de euros -¡¡hay que ser idiota para decirse comunista con este sueldazo, pues ya ven!!- en un diario local de su ciudad para la creación de nuevos empleos. Lo cumplió, sobra decirlo.

Lucarelli, ejemplo de lo que bajo el capitalismo se conoce como «triunfador», «ganador», jugando a dar patadas a un balón, ejemplo, digo, que no se desclasa y no olvida su gente ni sus orígenes proletarios. O sea, exactamente igual que los de aquí que pagan religiosamente a Hacienda y no defraudan al Fisco. Ni se chutan.

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San Canuto y tiro porque me toca

Nicolás Bianchi
Luego hablan del marxismo como si de una «religión» se tratara, pero, desde luego, los marxistas no ponemos cirios a «San Marx» ni practicamos el «culto a la personalidad» a quienes lo dan todo por el pueblo, pero les rendimos honor eterno.
Bergoglio, el papa Francisco, acaba de santificar a dos papas no del siglo XIV o XV, que sería lo «normal», sino de ayer como quien dice. No esperan el paso de los siglos, cuando se sentían más seguros y poderosos, y se emplean a fondo -en tiempos de crisis- en hacer de un tonto dos tontos, que decía Alberti, y de la grey un rebaño de borregos. Si a esto se le añade una cobertura televisiva -y televisada- servil y genuflexa, miel sobre hojuelas.

A Bergoglio, papa gestero, con mohínes, que «rompe el protocolo» como quien rompe el velo del templo, y lo mismo acaricia -para pasmo atónito del cencerrismo que bala- a un niño -siempre utilizando a los niños indecentemente estos parásitos cuando se mueren a miles en África y callan como putas de Babilonia- que lava los pies a los menesterosos, un revolucionario, pues, oiga. Además, y esto es importante, se le está quedando cara de papa y andares de papa: inclinación ficticia y porque lo exige el guión de la testa unos pocos grados a proa y latitud sur (hacia adelante y hacia abajo mirándose los mocasines y/o sandalias del pescador) sacando leve chepa, que da veteranía y oficio, y andares lentos y pesados, como quien carga con una cruz camino del Gólgota. Un artista. Y la voz, no nos olvidemos de la voz que ha de ser cansina pero no asmática, queda -si se habla en italiano- y, aunque no es condición sine qua non, atiplada como pífano (como acaban hablando todos los curas desde el púlpito -si todavía existe, que no lo sé- tipo Blázquez, «un tal Blázquez», que decía el ayatolá Arzallus). Tengo para mí que hacen cursillos acelerados en algún sótano del Vaticano, que diría André Gide, para aprender los registros y el «know how» de un papa que se precie a la Stanislavski manera en el Actor`s Studio vaticano. Son artistas, repito. Y para más show, canonizan a dos colegas mientras viven dos papas. Y no hay un tercero porque no estamos en los tiempos de Aviñón y los cismas y cómo se liaban a ostias -nunca mejor dicho- entre ellos.

Es cierto que las causas de canonización estaban en marcha cuando Francisco -el Papa Paco- fue elegido (ya estuvo a punto de serlo cuando salió más votado Ratzinger en 2005). El proceso de canonización de Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II, fue iniciado el 3 de mayo de 2005, apenas un mes después de su muerte, cuando las normas vaticanas indican que ello no debería hacerse sino tras haber transcurrido al menos cinco años del fallecimiento. Nada, ni caso, porque nomenos cierto es que, según el derecho eclesiástico, toda norma cesa ante la autoridad del Papa. Hitler siempre envidió la jerarquía católica. Y Goebbels cuando recordaba, embelesado, cómo una institución como la Iglesia Católica se puede mantener durante dos mil años en base a una trola.

Bergoglio, cuyo posicionamiento durante la dictadura en Argentina cuando era arzobispo y general (sic) de los jesuitas allí, no está nada clara (y si lo está, se tapa), es hombre ladino: nombra dos santos que son, dentro del gremio, contradictorios. Por una parte, Juan XXIII (Angelo Roncalli), el «Papa bueno» de pontificado breve (1958-1963) y promotor, en plena guerra fría, del Concilio Vaticano II y la política que se llamó «aggiornamiento» o modernización de las estructuras eclesiásticas en una especie de equidistancia entre las dos superpotencias que venía a se lo de siempre: una vela a dios y otra al diablo. La cosa estar en el machito.

Y, de otra parte, Juan Pablo II, polaco rabiosamente anticomunista, sin inyección contra esa rabia, actor de teatro de joven -dato sintomático-, papa viajero que acabó sus días protegiendo al sacerdote mejicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, pedófilo y contribuyente generoso a las arcas vaticanas. Si Roncalli fue el artífice, digamos, de la renovación conciliar, Wojtyla fue todo lo contrario y llamarle «conservador» es piropearle.

El destino de Maciel lo selló, curiosamente, Benedicto XVI. En 2004, un año antes de la muerte de Karol Wojtyla, Maciel fue honrado en el Vaticano con esa cara beatífica que ponen los «profesionales» de la cosa cuando saben que son protagonistas que les sacan por la tele. Ese mismo año, Ratzinger reabrió las investigaciones contra los Legionarios. En 2004, Josef Ratzinger, sin ser papa todavía, obligó a Marcial Maciel a dimitir y retirarse de la vida pública. Dos años después, ya como Benedicto XVI, lo suspendió ‘a divinis’ (pena canónica por la cual un sacerdote queda suspendido en el ejercicio de los oficios divinos, por ejemplo, decir misa). Las investigaciones reabiertas por Ratzinger demostraron que Maciel era un pederasta, tenía dos mujeres, tres hijos, se movía con varias identidades diferentes y manejaba fondos millonarios. ¿Y cómo es que un ultraconservador como Ratzinger, excapo del Santo Oficio, le tiene paquete a un correligionario como Maciel (que anduvo en la Universidad de Comillas en los principios del franquismo)? Sucede que el «dossier» Maciel había sido bloqueado en 1999 por Juan Pablo II (Wojtyla; uno acaba medio loco entre tanto nombre real y sus apodos) y mantenido invisible por otra de las figuras más turbias de la curia romana, Angelo Sodano, exsecretario de Estado (Vaticano), porque el Vaticano es un Estado signado, por cierto, por Mussolini en 1929 en el Tratado de Letrán (en una antiquísima iglesia lateranense romana donde hay más iglesias que conventos en Orihuela o palmeras en Elche). Sodano y Ratzinger se llevaban a matar (a veces en sentido literal) y este, ya papa, le dio una patada en el tafanario de Maciel: intrigas vaticanescas de las que esto que se cuenta no es más que una anécdota o punta del iceberg.

Acabaremos lo que ya va siendo largo diciendo que en 2011, cincuenta destacados teólogos de Alemania -se supone que católicos- firmaron una carta contra la beatificación de Juan Pablo II por no haber respaldado al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado en marzo de 1980 por un comando paramilitar de extrema derecha mientras decía misa. Juan Pablo II fue electo -en cónclave, no por sus fieles, en lo que es una oligarquía perfecta- en 1978. Al año siguiente, monseñor Romero le entregó un informe sobre la espantosa violación de los derechos humanos en El Salvador. El papa lo ignoró. Y, más tarde, apostrofó a la Teología de la Liberación latinoamericana. Y es que ya lo decía el arzobispo brasileño Hélder Cámara: «cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista».

Por cierto, para milagros, los que hacen los parados para comer diariamente. Y es que no entienden nada de lo que es la economía.

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El Universo no tiene origen

Nicolás Bianchi
Ni puede tenerlo. Es nuestra percepción de las cosas la que requiere situar un origen y un final para todo, ya que nosotros mismos estamos inscritos en ese esquema y nuestra existencia se desarrolla en el tiempo. Se da por hecho que hubo un Big Bang en el origen del Universo como si de modas se tratara cuando hablamos de ciencia. Esta es la penúltima;mañana el Big Crounch. Se parte de algo que se da por indiscutible y luego, sí, especulemos en simposios y certámenes «científicos». Puede resultar hasta divertido y servir de entretenimiento. Pues nada, oiga, y ese canapé ¿de qué dice que es?

La idea de que -el Universo- tiene un origen es antigua y puesto que todo lo que conocemos lo tiene se especulaba con la posibilidad de un acto divino, o una fuente primordial. Incluso ahora las galaxias en expansión nos llevan a pensar en el momento en que estuvieron más juntas y esto, a su vez, en el momento en que surgió todo. Todo parece apuntar a un inicio, un origen, la expansión del Universo (siempre ponemos «Universo» con mayúsculas, panteísticamente hablando, spinozianamente parlando, al igual que la religión cristiana pone «Dios» con mayúscula y así hay que escribirlo pues, ponerlo en minúscula, es falta de ortografía, según la RAE) tuvo que comenzar en algún instante, pero la clave de esto no está, que también, en el principio de la materia o la energía, que no son cosas distintas, como se quiere hacer ver, a veces, sino en el tiempo.

Podemos, de forma imaginaria, retrotraernos al primer instante y comprobaremos que no existe instante anterior, que no hay causa para ese efecto de aparición temporal, dicho de otra forma: no hay tiempo antes del tiempo. Yo puedo señalar mi fecha de nacimiento, el jurásico o el big bang, pero no puedo ubicar algo fuera del tiempo. Ni siquiera antes de inventarse los relojes mecánicos que tanto asombraran -e inquietaran- a Góngora (prefería algo más poético como una clépsidra). Por lo tanto, entonces, hablaremos del origen de la materia o de determinadas realidades pero no del Universo en su conjunto como tal.  Podemos plantearnos que materia y tiempo y todo cuanto conocemos «aparece» en el mismo momento, algo que, en ese caso, lo hace en una situación de «no-tiempo» y, por tanto, no hay origen puesto que no hay punto temporal en el que situarlo. Lo atemporal simplemente no existe -salvo en el «realismo mágico» novelístico- para nosotros. No existe un origen para todo lo que conocemos ya que el tiempo es sólo una parte de la totalidad de la realidad, eso sí: una parte que nos determina absolutamente. Y relativamente, según Einstein.

El Universo no tiene origen, no puede tenerlo, decíamos. El Sol, las estrellas, sí;el Cosmos, no.  Asimismo, se puede afirmar que no tiene final, no puede tenerlo. Esto puede llevarnos a pensar en algo que sea eterno, pero lo eterno supone la existencia constante e infinita de algo, lo eterno -no confundir con lo «eviterno»: algo que tuvo un origen, no importa cuándo, pero que no tendrá jamás un final- es un atributo aplicable a algo que ya está inscrito en el tiempo, no al propio tiempo en sí. Es decir, la cualidad de eterno requiere una situación de «sí-tiempo».  Y no un espacio-tiempo a priori kantiano.

Podemos estudiar nuestro mundo, investigar hasta el origen de la  materia, hasta el momento mismo del Big Bang o el «bosón de Higgs» y tratar de reproducirlo en un laboratorio, algo imposible, imaginable pero imposible, haremos modelos y descubrimientos, pero lo que no podremos hacer es llegar, ni aún dándose de cabezadas en la pared, al momento «antes» del Big Bang, teoría Estándar, y la aparición del tiempo. Y no podremos porque no existe ese «antes».

Preguntar qué había antes del Big Bang (la Gran Explosión, vamos a traducirlo ya) es equivalente a preguntar qué hay más allá del borde del Universo.  No hay tal «borde». Si, llegado a ese «borde» o límite, y sacas la mano a ver qué pasa, no pasará nada ni será sajada como si estuvieras en la «Boca de la Verdad» en Roma. No existe un «espacio» que contenga el espacio en expansión.  Entonces, ¿qué? La materia y nosotros para pensarla de manera idealista o materialista.

Un proverbio judío decía así: Dios dijo a Abraham: «si no fuera por mí, tú no estarías aquí». «Lo sé, Señor -contestó Abraham-, pero si yo no estuviera aquí, no habría nadie para pensarte».

El autor de estas líneas es consciente de lo discutible que pueda ser lo aquí dicho y, por lo tanto, admite y asume lo que se le pueda criticar siempre y cuando sea dentro del materialismo dialéctico e histórico, esto es, de la ciencia.

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Ni chicha ni limoná

Nicolás Bianchi
El llamado -mal llamado- «problema vasco» se está cociendo en su propia salsa. Y sin visos de una solución mínimamente «democrática» en un Estado fascista que entiende el «conflicto vasco» en clave de vencedores y vencidos como proclaman descarnada y desembozadamente sus voceros más fascistas como son las interesadas «víctimas del terrorismo».

Mientras que la Izquierda Abertzale pierde el culo por pasar página y olvidarse de cualquier cosa que huela a «terrorismo» y entrar -por la vía falsa de aceptar la fascista Ley de Partidos- a eso que llaman, o le dicen, «hacer política» -como quien amasa y moldea una pasta para hacer una pizza-, el Gobierno le recuerda constantemente y a machamartillo que no hay ninguna página que pasar hasta que no se arrepientan, reconozcan el daño causado y, hecho esto, cooperen con la «justicia» en casos irresueltos. En otras palabras: que se rindan, aunque ya se verá en qué forma se teatraliza la escena.

Un amago o conato de rendición ya hizo la organización armada ETA a través de un video donde se veía la entrega de un pequeño parque en presencia de miembros de lo que se ha dado en llamar (no tenemos más remedio que usar este criptolenguaje: «se ha dado en llamar», «le dicen», «da en llamarse»…) Comisión de Verificadores. Algo que al Gobierno, era previsible, le pareció insuficiente y la caverna mediática, o sea, casi toda, le pareció poco menos que una burla para lo que se esperaba, esto es, la escenificación de Vercingetóriz entregando armas y bagajes, escudos y diademas, a los pies de Julio César Imperator. No va a ocurrir esto, creemos, al menos mientras no se solucione o «negocie» el tema de los presos políticos vascos (también los hay que no son vascos), pero no por falta de ganas, aunque sea inconscientemente, concedemos, de la actual cúpula de la Izquierda Abertzale. Es tal su deriva reformista y liquidacionista que sería feliz y respiraría aliviada si tal cosa ocurriera (ETA estorba, decía Otegi en el juicio de «Bateragune», y antes que él, un líder del sindicato ELA). Y ello porque se quitarían de encima un pesado «problema» -porque los presos ya no son una «causa» sino un «problema» para esta gente, una «consecuencia» del «conflicto»– que entienden como un lastre.  Pero ocurre que el Gobierno no «colabora», son torpes e ineptos y no «entienden» la buena predisposición de la Izquierda Abertzale a abandonar sus viejos tics y olvidarse del pasado. Y, como decimos, «pasar página». Pero el Gobierno no le deja. Quizá porque eche de menos los tiempos de ETA, tiempos de tensión, pero más cómodos para ocultar otros problemas. Y, sí, ETA era un problema para el Gobierno -no importa el pelaje-, pero ahora es un problema para la Izquierda Abertzale. Para resolverlo nada mejor que promocionar, a la chita callando, la «vía Nanclares», las salidas personales, etc. Y nada de «ongi etorris» (bienvenidas a los presos en sus pueblos ).

Realmente, es increíble cómo en tan poco tiempo se ha hecho dejación de principios y de la lucha por ellos. Pero esto no se va a admitir por mucho que la verdad sea revolucionaria, tal vez porque no estamos en manos de quien nunca fue revolucionario. Cuando se murió Franco, se decía ¿y después de Franco, qué? Y se respondía: «después de Franco las instituciones», o sea, «hacer política».

¿Sugerimos una vuelta al monte? No. ¿Destilan estas líneas pesimismo? Tampoco. Pero no participaremos en esta broma, en esta enésima estafa al pueblo vasco, tenga ocho apellidos o cuatro.

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Osho apellido vajcoh

Nicolás Bianchi
La película de Emilio Martínez-Lázaro, «Ocho apellidos vascos», arrasa en las taquillas como panal de rica miel. Se trata, o esa es la pretensión inicial, de una comedia romántica de costumbres, por lo tanto, como si Mesonero Romanos o Estébanez Calderón o los hermanos Quintero fuera el autor, trufada de tópicos, clichés y estereotipos: un señorito andaluz (sevillano, para más señas) que se enamora perdidamente (gancho para el público adolescente) de una «vasquita» abertzale pelín borde, díscola y harto antipática, pero no hasta el extremo -aquí los guionistas vascos tuvieron que hilar fino para no epatar la clientela jatorra- de parecer odiosa al espectador.
Las comedias se hacen con el fin primordial de hacer reír al espectador. Igual que ese era el objetivo de las sagas de Paco Martínez Soria o el «landismo» o el «destape» en los años setenta del siglo pasado: también el público se partía la caja… y nada más. ¿Nada más? No. Detrás de la supuesta intranscendencia de esos inocuos largometrajes se escondía, con mayor o menor sutilidad subliminal, uno o varios mensajes sociopolíticos en forma de moralinas y corolarios que justificaran y reforzaran pivotes y fundamentos de los aparatos ideológicos de la clase dominante, es decir, del orden establecido: la familia, la religión, las buenas costumbres, la hombría de bien, la española cuando besa… en definitiva, el casticismo, el costumbrismo, el que inventen ellos.
Eran, se supone, comedias que hoy no resisten el paso del tiempo, el crítico más implacable. Se hacían desde el poder y para refrendar el sistema, palabra actualmente muy en boga (y la contraria: antisistema). Las comedias, históricamente, raramente se han hecho contra el poder establecido, pero sí contra una determinada clase social o casta o estamento o tribu urbana a la que se satiriza. «Ocho apellidos vascos», desde luego, no está hecha -ni probablemente lo pretende- para criticar el poder. Presenta unos personajes como hipotipos que tratan de reflejar, de alguna forma, segmentos sociales de los cuales una de dos: o nos reímos o no nos reímos. Si nos reímos puede ser porque, ora nos vemos reflejados en los personajes y sabemos -así le dicen- «reírnos de nosotros mismos», con lo cual, al parecer, se demuestra alto grado de inteligencia, ora bien, porque nos reímos distanciadamente, sin espasmos, de unos personajes que no nos conciernen. Pero ambos se ríen. Y si no nos reímos -porque, recuerdo, se trata de reírse y nada más como desiderátum-, es porque, o bien, somos secos y adustos como una tiza, unos amargados que-no-saben-reírse-de-sí-mismos, o bien porque -deformación profesional- vemos (perversamente) que detrás hay gato encerrado -deformación conspiranoica-.
¿Y si ni una ni otra «deformación» y sólo se trata de pura distracción? Es posible, pero ¿quién se ríe, en última instancia, de quién? Hacer risas, casi ridiculizándolo forzando el acento vasco, que, en sí mismo, tiene una potente carga graciosa y/o cómica, pero, como todo, depende del según y cómo de la intención con que se haga, consciente o inconscientemente, sin baba o con mala baba y, sobre todo, cómo se percibe, crítica o acríticamente, arduas cuestiones, del mundo abertzale desde el sistema no es precisamente ejercer de Aristófanes que no dejaba títere con cabeza. No hay ese ánimo. Sólo hay risas… y nada más, ya se ha dicho (y taquilla).
Ni siquiera se inspira en el Libro Segundo de la Poética de Aristóteles que trata de la comedia ácida, la que corroía -previsiblemente- el basamento del poder que tan celosamente custodiaba el ciego Jorge de Burgos (trasunto de Borges) en la Biblioteca -el scriptorium- de la abadía de «El nombre de la rosa» de Umberto Eco.
Pero para que vean lo «liberales» que somos en este blog, pasen, vean y juzguen el film.
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¿Aló: es el «pueblo español»?

Nicolás Bianchi
Las Constituciones burguesas que nacieron en el siglo XIX lo hicieron con inspiración anticlerical y vocación nacional: separaban lo laico de lo religioso -aunque no fue el caso de la girondina Constitución de Cádiz de 1812-, y proclamaban la soberanía de la «nación», que no, ojo, del «pueblo» (el «pueblo» era la burguesía), como reflejo de las revoluciones burguesas. Así fue en la Batalla de Valmy (1792) donde la Francia revolucionaria combatía -frente a la Europa contrarrevolucionaria y feudovasallática- al grito de «¡Viva la nación!»

De invocar la «nación» por parte de las Constituciones decimonónicas, con sus meandros revolucionarios, se pasa a invocar al «pueblo» como fuente de soberanía. Así reza la Constitución española de 1978, tres años después de muerto el dictador Franco, modelo de premura, en el punto 2 del art.1. Nunca hemos sabido quién fue el que asó la manteca, pero seguro que tampoco se cree este ejercicio de cinismo.


El «pueblo español» como desiderátum, como juez y ordalía medieval, como un todo que decide -supuestamente- sobre las partes. Soberano como un árbitro de fútbol que no consulta -ni falta que le hace- a los linieres o ayudantes de campo. Pero, vamos a ver, ¿cuándo se ha consultado a esa entelequia que se llama, o dan en llamar, «pueblo español»? Jamás, salvo en el referéndum de la OTAN en 1986 y ello bajo el chantaje del trilero Felipe González que dijo lavarse las manos si salía la salida de la OTAN (porque dentro ya estábamos de la mano de Leopoldo Calvo-Sotelo en 1981 por la puerta de atrás y como exigencia del 23-F). Para embellecer el producto, el encantador de serpientes que era González, siniestro personaje que dios confunda, puso tres cláusulas -ya nadie se acuerda o casi nadie- que servirían de lenitivo y placebo a la entrada, mejor dicho, permanencia, en la OTAN, o sea, entramos y permanecemos, sí, pero se van a enterar estos gringos de lo «soberanos» que somos y tal y tal. ¿Diremos algo de ese hurto al «pueblo español» sobre si prefería navegar a sotavento monárquico o barlovento republicano? Zertarako? ¿Para qué?, como dicen los vascos.

El concepto de «pueblo español» es muelle y conceptuoso. Sirve para entender de qué hablamos, pero es impreciso. Es un chicle que se estira y se comprime según y cómo y a conveniencia, por lo tanto, no es algo científico, sino político (lo que no es incompatible «per se»). Hete aquí que el fascismo español -dicho así, también para entendernos, que es de lo que se trata, de entenderse, de saber de qué se habla- ha «descubierto» que dispone de un «pueblo español» como parapeto y escudo, argumento último y dique final, para parar y frenar las acometidas del independentismo (burgués) catalán. Nunca han creído en la soberanía del «pueblo español», al que jamás han consultado, pero sucede que ahora se envuelven con la bandera de la soberanía del «pueblo español» para enfrentarlo al «derecho a decidir» de otro pueblo, el catalán. O el vasco, o el gallego. O el canario, esa colonia.

Los catalanes -que son parte del «pueblo español»– no tienen derecho a decidir nada porque la soberanía reside en el «pueblo español». O sea, no hay tu tía y, como diría un castizo, y a tomar por culo, que así lo dice la ley y el Estado de Derecho. Mira por dónde eso del «pueblo español», pueblo de camareros, nos viene bien para parar a esos «polacos» de mierda: ¡viva el pueblo, el vino y las mujeres! (y los toros).

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El «manifestódromo»

 Nicolás Bianchi
Ahora quieren enviar a la gente cabreada, a los manifestantes, a una especie de «manifestódromo».  O sea, como a las putas en la Edad Media, a las afueras de las incipientes ciudades. Para que no haga feo y atente a la moral oficial. O a las conurbaciones y extrarradios a las clases trabajadoras en los comienzos de la revolución industrial. O a pequeñas lomas y colinas tipos «villas-miseria». Lo primero la estética.

Se reconoce -no les queda otro remedio a quienes se aferran a la Constitución como último parapeto contrarrevolucionario- que el derecho de manifestación es constitucional, o sea, que nos perdonan la vida en nombre de esa camisa de fuerza que es la Constitución española que viene de donde viene, o, como diría el sinuoso Torcuato Fernández Miranda -que ya ni dios sabe quién era-, principal patrocinador y sponsor del recién finado expresidente Addolfo Suárez, «DE LA LEY A LA LEY», esto es, dicho en roman paladino, de Las Leyes Fundamentales del Movimiento franquista a la Ley de Leyes que llaman Constitución (puro papel mojado, como se sabe), de la «legalidad» fascista a la legalidad «democrática» sin solución de continuidad, sin ruptura, sin nada, como se demuestra en los abominables artículos segundo y octavo que, por cierto, por razones de edad, ya ni la mayoría tuvo ocasión de votar o no votarla y/o rechazarla (como en Euskadi y Canarias).

Pero, a continuación, viene el globo-sonda que dice que lo «razonable» -como dice Luis Mª Ansón- sería que las manifestaciones se produzcan (sic) en lugares que no colapsen la entera circulación de Madrid. En cualquier país medianamente normal, con su democracia burguesa formal y tal, se tacharía de dementes a quienes, como la alcaldesa (no elegida) de Madrid, refrendada por el opusdeísta ministro del Interior y enfrentada, lo que hay que ver, a la filofascista gobernadora de Madrid, Cifuentes, siquiera se les ocurriera, digo, sugerir tamaña barbaridad ni por asomo, ni el que asó la manteca, vamos. Si no fuera por lo ridículo y pueril de insinuar tal medida sería para tomárselo a choteo. Y tentados estamos, pero con esta gente no caben las bromas, entre otras cosas porque carecen del sentido del humor.

Si algo caracteriza a una manifestación que se anuncia multitudinaria es que se celebre en las grandes capitales y transiten por las grandes avenidas y principales arterias. Esto es de cajón. Como hacen, por cierto, y no se privan, las manifestaciones de los fachas de AVT, etc. Lo contrario sería inimaginable. Pues bien, en este Estado de Derecho, que dicen, sí es, si no factible (la Abogacía del Estado ha rechazado prohibir manifestaciones en el centro de Madrid para satisfacción de la «izquierda» oficial que ya no sabía para dónde mirar ante tanta fascistada descarada), sí es pensable, otrosí: «discutible», materia de debate, como se dice ahora.

Por descontado que, por unas horas, se colapsa el tráfico, ¿y qué? Eso es una contradicción irresoluble. Pasa igual con las huelgas (si son serias): también colapsan y «molestan» a eso que llaman, y no sabemos en qué consiste, aunque lo intuímos, «clases medias», ¿y qué? No es chulería ni matonismo, sino, repetimos, un conflicto inevitable, previsible. No se pretende adrede fastidiar a nadie, pero alguien, indefectiblemente, se sentirá perjudicado. La Constitución habla del derecho al trabajo y también del derecho de huelga: una contradicción in puribus, pero este no es un problema del trabajador sino del legislador. No es ese el problema de los manifestantes, de las mayorías. El nivel de infantilismo llega al extremo de decir -a sabiendas de la estupidez del presunto argumento pero les da igual porque ni tienen vergüenza ni sentido del ridículo- que son más los que no se han manifestado que los que sí, como dijeron en la última Diada catalana.

Seguro que si no existieran coches, dirían que se colapsa el tráfico de los que van en… bicicletas o triciclos o patinetes o en diligencia. Siempre pensando por el bien del pueblo. Unos desagradecidos es lo que somos.