El Universo no tiene origen

Nicolás Bianchi
Ni puede tenerlo. Es nuestra percepción de las cosas la que requiere situar un origen y un final para todo, ya que nosotros mismos estamos inscritos en ese esquema y nuestra existencia se desarrolla en el tiempo. Se da por hecho que hubo un Big Bang en el origen del Universo como si de modas se tratara cuando hablamos de ciencia. Esta es la penúltima;mañana el Big Crounch. Se parte de algo que se da por indiscutible y luego, sí, especulemos en simposios y certámenes «científicos». Puede resultar hasta divertido y servir de entretenimiento. Pues nada, oiga, y ese canapé ¿de qué dice que es?

La idea de que -el Universo- tiene un origen es antigua y puesto que todo lo que conocemos lo tiene se especulaba con la posibilidad de un acto divino, o una fuente primordial. Incluso ahora las galaxias en expansión nos llevan a pensar en el momento en que estuvieron más juntas y esto, a su vez, en el momento en que surgió todo. Todo parece apuntar a un inicio, un origen, la expansión del Universo (siempre ponemos «Universo» con mayúsculas, panteísticamente hablando, spinozianamente parlando, al igual que la religión cristiana pone «Dios» con mayúscula y así hay que escribirlo pues, ponerlo en minúscula, es falta de ortografía, según la RAE) tuvo que comenzar en algún instante, pero la clave de esto no está, que también, en el principio de la materia o la energía, que no son cosas distintas, como se quiere hacer ver, a veces, sino en el tiempo.

Podemos, de forma imaginaria, retrotraernos al primer instante y comprobaremos que no existe instante anterior, que no hay causa para ese efecto de aparición temporal, dicho de otra forma: no hay tiempo antes del tiempo. Yo puedo señalar mi fecha de nacimiento, el jurásico o el big bang, pero no puedo ubicar algo fuera del tiempo. Ni siquiera antes de inventarse los relojes mecánicos que tanto asombraran -e inquietaran- a Góngora (prefería algo más poético como una clépsidra). Por lo tanto, entonces, hablaremos del origen de la materia o de determinadas realidades pero no del Universo en su conjunto como tal.  Podemos plantearnos que materia y tiempo y todo cuanto conocemos «aparece» en el mismo momento, algo que, en ese caso, lo hace en una situación de «no-tiempo» y, por tanto, no hay origen puesto que no hay punto temporal en el que situarlo. Lo atemporal simplemente no existe -salvo en el «realismo mágico» novelístico- para nosotros. No existe un origen para todo lo que conocemos ya que el tiempo es sólo una parte de la totalidad de la realidad, eso sí: una parte que nos determina absolutamente. Y relativamente, según Einstein.

El Universo no tiene origen, no puede tenerlo, decíamos. El Sol, las estrellas, sí;el Cosmos, no.  Asimismo, se puede afirmar que no tiene final, no puede tenerlo. Esto puede llevarnos a pensar en algo que sea eterno, pero lo eterno supone la existencia constante e infinita de algo, lo eterno -no confundir con lo «eviterno»: algo que tuvo un origen, no importa cuándo, pero que no tendrá jamás un final- es un atributo aplicable a algo que ya está inscrito en el tiempo, no al propio tiempo en sí. Es decir, la cualidad de eterno requiere una situación de «sí-tiempo».  Y no un espacio-tiempo a priori kantiano.

Podemos estudiar nuestro mundo, investigar hasta el origen de la  materia, hasta el momento mismo del Big Bang o el «bosón de Higgs» y tratar de reproducirlo en un laboratorio, algo imposible, imaginable pero imposible, haremos modelos y descubrimientos, pero lo que no podremos hacer es llegar, ni aún dándose de cabezadas en la pared, al momento «antes» del Big Bang, teoría Estándar, y la aparición del tiempo. Y no podremos porque no existe ese «antes».

Preguntar qué había antes del Big Bang (la Gran Explosión, vamos a traducirlo ya) es equivalente a preguntar qué hay más allá del borde del Universo.  No hay tal «borde». Si, llegado a ese «borde» o límite, y sacas la mano a ver qué pasa, no pasará nada ni será sajada como si estuvieras en la «Boca de la Verdad» en Roma. No existe un «espacio» que contenga el espacio en expansión.  Entonces, ¿qué? La materia y nosotros para pensarla de manera idealista o materialista.

Un proverbio judío decía así: Dios dijo a Abraham: «si no fuera por mí, tú no estarías aquí». «Lo sé, Señor -contestó Abraham-, pero si yo no estuviera aquí, no habría nadie para pensarte».

El autor de estas líneas es consciente de lo discutible que pueda ser lo aquí dicho y, por lo tanto, admite y asume lo que se le pueda criticar siempre y cuando sea dentro del materialismo dialéctico e histórico, esto es, de la ciencia.

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