Categorías
Noticias

Rusia hace perder la cabeza a los europarlamentarios

Últimamente los europarlamentarios están de los nervios. Nada les sale como esperaban. Primero fue el Brexit. Luego el ascenso de los neonazis delante de sus narices. Después el triunfo de Trump también les sorprendió. Con la siguiente, la de François Fillon en Francia, les va ocurrir lo mismo: no se lo esperan.

Para evitar las malas noticias lo mejor es prohibir medios de comunicación, como los rusos, que son sus portadores, los que cuentan lo que no quieren oír, porque nada de lo que está ocurriendo en el mundo es causualidad: se trata de una conspiración urdida por Putin contra las democracias europeas. Sin Putin y sin los medios de comunicación que el maneja, todo sería mucho más fácil.

La manada de zánganos que dormita en Bruselas se ha convertido en el hazmerreir del mundo: “Putin y los medios rusos han desnudado al Parlamento europeo”, titula el periodista argelino Jarrubi Habib en El Diario de Orán. Lo que los europarlamentarios nunca van a reconocer es que los europeos están hasta las narices de ellos y de sus medios de propaganda. Ante sus permanentes ejercicios de imbecilidad, los rusos parecen verdaderos genios de la comunicación.

Es lógico que reaccionen a las desesperada ante quien les muestra a cada paso su ridículo. También es lógico que los espectadores prefieran los medios rusos a cualquier otro gacetillero de tres al cuarto.

En Estados Unidos Rusia Today es el quinto canal extranjero de noticias de mayor audiencia, después de la BBC, Deutsche Welle y Al-Jazira. En YouTube es el más visitado. En junio de 2013 se convirtió en el primer canal de televisión en la historia en llegar a 1.000 millones de visitas, registrando alrededor de 800.000 a un millón de entradas diarias. En diciembre del año pasado el número de visitas superó los 3.000 millones.

En octubre de 2010 Rusia Today en castellano, cuyas emisiones habían comenzado el año anterior, ganó seis galardones en el prestigioso concurso latinoamericano “Promax/BDA Latinoamérica 2010”.

No hay otra manera de salvar a la democracia que acabar con ella. En Bruselas deberían darse prisa por prohibir de una vez todos los medios de comunicación rusos. Luego deberían encarcelar a quienes sigan sus canales de Youtube. ¿Para qué sirve la Audiencia Nacional si no es para ese tipo de trabajos sucios?

Categorías
Noticias

Ha muerto Vano Mikoyan, diseñador del mítico avión de combate soviético MiG

Vano Mikoyan, ingeniero aeronáutico soviético
A la edad de 89 años falleció ayer en Moscú Vano Mikoyan, diseñador del legandario avión de combate soviético MiG, junto a Gurevich, de cuya asociación procede el acrónimo MiG. Su última creación fue el MiG-29, dedicado a la exportación a los países del Tercer Mundo.

Mikoyan era hijo de un conocido dirigente del Partido bolchevique y desde los 26 años empezó a colaborar con su tío Artem Mikoyan en el estudio de ingeniería aeronáutica Mikoyan-Gurevich, del que llegó a convertirse en director.

Uno de sus mejores proyectos fue el MiG-29 Fulcrum, un bimotor de 1977 que se puso en activo seis años después. A diferencia de todos los demás aviones, como el Mirage 20000, el MiG-29 no dispone de aparatos electrónicos de vuelo.

La URSS vendió aproximadamente unos 1.600 aviones MiG-29 a más de 40 países, especialmente del Tercer Mundo. El último diseño fue el MiG-35 que en 2014 se convirtió en el avión de referncia de las fuerzas aéreas rusas.

Mientras el MiG-29 se diseñó para la superioridad aérea y el combate aire-aire contra otros aviones caza, el MiG-35 es polivalente, capaz de atacar a tierra, similar a los F-15 de McDonnell Douglas y el F16 de Lockheed Martin, aunque mucho más barato.

El MiG-35 fue presentado con éxito en el show Aero-India en 2007, en donde realizó nuevas maniobras acrobáticas por experimentados pilotos de prueba que sorprendieron a sus diseñadores, al público y los medios de comunicación. A pesar de que pesa un 30 por ciento más que su antecesor, el MiG-29, el MiG-35 es muy maniobrable, pudiendo deternerse en el aire, girar sobre su propio eje y disparar hacia atrás. 

Lo mismo que los Sujoi de la Marina de Guerra, los MiG-35 pueden realizar la “Cobra de Pugachev”, una complicada maniobra de vuelo, nombrada así por el piloto de pruebas de la agencia de diseño OKB Sujoi, llamado Victor Pugachev, que la pudo realizar por primera vez en París en 1989, pilotando un Sujoi-27.

Sin embargo, la política de combate aéreo, tanto en la época
sovietica como en la rusa, concede primacía al piloto por delante del
aparato. Tiene en cuenta el factor personal, el adiestramiento, la
experiencia y la capacidad para sacar el máximo rendimiento de la
aeronave.
Categorías
Noticias

Iliushin: la tecnología soviética sigue en el aire

Serguei V.Iliushin
En tecnología punta Rusia va un paso por delante, sobre todo si se trata de la guerra. El país, que ha pasado de la fuerza aérea a la fuerza aeroespacial, acaba de anunciar la llegada del primer avión de guerra electrónica: el Iliushin Il-22pp Porubschik, capaz de cegar a los aviones radar tipo Awacs de Estados Unidos desactivando sus capturas y contrarrestando sistemas de defensa aérea, como las baterías antiaéreas Patriot.

Los equipos embarcados en el Il-22pp Porubschik analizan las señales de radio para detectar las frecuencias utilizadas por la aviación adversaria. Después activan un sistema de interferencia que perturba el funcionamiento del dispositivo electrónico del enemigo.

Se trata de un nuevo equipo para un chasis bastante viejo. Los Iliushin se concibieron en la Unión Soviética a principios de 1970 para servir de cabina de mando para la fuerza aérea roja. Se trata de un cuatrimotor capaz de volar a más de 700 kilómetros por hora a una altitud superior a los 10.000 metros.

En los ochenta los Iliushin se rediseñaron para soportar equipos de radio modernos en los que podía trabajar una tripulación de hasta 147 miembros.

Se construyeron 33 unidades, la mayor parte de las cuales se redistribuyeron entre las repúblicas surgidas del desmembramiento de la Unión Soviética. Los que quedaron el poder de Rusia pasaron a manos de la empresa aérea Aeroflot.

La Oficina de Diseño Aeronáutico Iliushin la fundó en 1933 el soviético Serguei V. Iliushin, un caso único que sólo se explica por el impulso que recibieron la clase obrera y el campesinado tras la Revolución de Octubre. Iliushin, fallecido en 1977, carecía de ningún título académico; como tantos otros grandes científicos e ingenieros soviéticos, era un autodidacta. Empezó trabajando en la construcción, luego de jardinero y posteriormente en la limpieza de los aeropuertos.

Desde el último escalón de la sociedad que cabe imaginar, llegó a convertirse en el diseñador de los aviones que llevan su nombre, prodigios de la tecnología más avanzada. La Unión Soviética fomentó que aquel humilde trabajador de la limpieza pasara de la escoba a las matemáticas, la física y la química.

Por las noches estudió mecánica de aviones y luego aprobó el examen para el título de piloto de aviación. Tras la Revolución Socialista se afilió al Partido bolchevique y durante la Guerra Civil le enviaron al frente como mecánico de aviones, comisario militar y jefe del tren de mantenimiento de aeronaves. En 1926 se graduó en la Academia y en 1931 fundó y dirigió la conocida oficina de vanguardia Iliushin, que hoy es una de las empresas más reputadas del mundo en el diseño y fabricación de aviones comerciales de largo alcance.

Categorías
Noticias

‘¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?’

Juan Manuel Olarieta
Lo mismo que Marx, Lenin era extremadamente minucioso. Para escribir su obra “El imperialismo fase superior del capitalismo” llenó 15 cuadernos con notas tomadas de múltiples lecturas. Los enumeró con letras griegas y hacen referencia a 106 libros publicados en alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso, además de 232 artículos publicados en 345 periódicos alemanes, 8 ingleses y 7 franceses.

A esos cuadernos de notas hay que sumar otros cuantos que tituló “Sobre el marxismo y el imperialismo” que en total tienen unas 700 páginas más que ponen de manifiesto el estilo de trabajo leninista: documentado, profundo y exhaustivo. Para escribir su obra Lenin leyó prácticamente todo lo que se había escrito previamente y condensó sus conclusiones en 150 páginas que no son más que la punta de un gran iceberg.

Pero lo más importante, con diferencia, es que Lenin escribía con una mano y trabajaba con la otra. Mientras escribía su obra, rompía con la II Internacional, estallaba la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Febrero de 1917. El folleto no podía ser de más actualidad, pero entonces ocurrió lo mismo que ahora: los árboles no dejaban ver el bosque; el problema era tan evidente que se hizo invisible.

Las frases de Lenin sobre el imperialismo se han repetido muchas veces. Forman parte ya de la retórica y ayudan poco a entender algo que no aparece en ningún párrafo de ninguna obra de Lenin: eso que solemos llamar “el posicionamiento”, que es algo que va más allá de la práctica y de lo concreto. Es la “toma de partido”, algo que en referencia al imperialismo resulta imprescindible… o eso es lo que cabe esperar de alguien que se califica como leninista.

Sin embargo, no es así. Bajo el imperialismo, al mismo tiempo que las grandes potencias forman bloques rivales, algunos de los pequeños Estados impulsaron el movimiento de los “no alineados” y ciertos grupos comunistas hacen lo propio, justificándose con extravagantes frases extraídas de acá y de allá, así como llamamientos a la paz que son otros tantos brindis al sol.

Es evidente que dicha neutralidad es impostada; no existe como tal. No es más que un alineamiento camuflado, como cuando Poncio Pilatos se lavó las manos ante la matanza de los niños inocentes.

Es cierto que la posición de Lenin durante la Primera Guerra Mundial se enfrenta a la de la II Internacional, que deja de ser “internacional” para alinearse con la propia burguesía. La socialdemocracia descubrió así su carácter nacionalista o, en palabras de Lenin, eran “socialpatriotas”. A partir de ahí algunos interpretan que la posición de Lenin fue la de lavarse las manos como Poncio Pilatos: ni unos ni otros, no existe imperialismo bueno, se le hace el juego a unos o a otros, etc.

Es evidente que eso, por su propia abstracción, no tiene nada que ver con el leninismo, que siempre es partidista. Lo que Lenin sostuvo a partir de 1914 es lo opuesto a la II Internacional, es decir, la derrota de la propia burguesía. No puede haber mayor toma de partido que esa, que en Rusia se interpretó como una traición a la patria, o sea, al zarismo y a la burguesía, que acusaron a los bolcheviques de ser espías de los alemanes, de trabajar para el bando contrario en la guerra. Lo mismo que ahora, en 1917 la burguesía rusa lanzó esa típica pregunta: “¿A quién beneficia la política bolchevique?” y cuando la burguesía (y los grupos oportunistas) hacen ese tipo de preguntas se quieren referir a qué país, a qué potencia imperialista estaban beneficiando los bolcheviques, es decir, que todos ellos (burgueses y oportunistas) entienden estos problemas en términos nacionales exclusivamente.

Si esa discusión ya era intelectualmente apasionante en 1914, tras la Revolución de Octubre se hizo acuciante, no sólo porque los bolcheviques habían prometido sacar a Rusia de la guerra sino porque Alemania atacó Petrogrado, la capital revolucionaria por excelencia. No había tiempo para folletos; ni siquiera para discursos. Había que hacer algo y las propuestas iban mucho más allá del Partido bolchevique porque concernían a los soviets, es decir, a los demás partidos, y al gobierno de coalición con los eseristas de izquierda.

En aquel momento, enero de 1918, se puso de manifiesto que nadie había entendido a Lenin, ni siquiera dentro del propio Partido bolchevique, donde sus posiciones eran muy minoritarias, hasta tal punto que las dos mayores organizaciones, las de Moscú y Petrogrado, le desautorizaron y le atacaron violentamente. Es muy significativo recordar que menos de dos meses después de la Revolución, el 28 de diciembre de 1917, la organización bolchevique en Moscú aseguraba en un comunicado que había perdido su confianza en el Comité Central.

¿Por qué motivo? Porque Lenin le estaba haciendo el juego al imperialismo alemán, una opinión muy extendida entonces. Los escritos de aquella época de Lenin sólo reflejan una parte ínfima de la multitud de reuniones que tuvo que mantener con unos y otros para sacar adelante sus tesis. No se conservan actas de la mayor parte de ellas, sino sólo algunos recuerdos escritos posteriormente, muchos de ellos procedentes de militantes de otros partidos, especialmente eseristas, que estaban presentes en aquellas reuniones.

Por ejemplo, el 8 de enero los bolcheviques convocaron una Conferencia especial para aprobar la salida de la guerra mundial, en la que se pusieron de manifiesto las tres posiciones internas. La primera fue la de Bujarin, entonces un izquierdista furibundo que defendía la continuación de la guerra, cambiándole el nombre por el de “guerra revolucionaria”. Fue la mayoritaria, ya que alcanzó 32 votos. La segunda fue la de Trotski, una propuesta insustancial que se podía resumir en “ni guerra ni paz”, que reunió 16 votos. La de Lenin fue la más minoritaria, ya que sólo logró reunir 15 votos.

Tres días después se reunió el Comité Central para discutir lo mismo. Lenin volvió a perder la votación de nuevo y así podríamos seguir relatando reuniones, tanto internas como del gobierno o los soviets, en las que la mayoría estaba en su contra. En más de un debate el Partido bolchevique estuvo al borde de la escisión. Incluso los militantes de mayor confianza no aceptaban las posiciones leninistas. Uno de ellos fue Dzerzhinski, que en una reunión le reprochó a Lenin que alentaba al imperialismo alemán y en otra de sostener las mismas posiciones que Zinoviev y Kamenev, es decir, que le calificaba a Lenin de revisionista, nada menos. Lo mismo se puede decir de otros militantes de enorme prestigio, como Alejandra Kolontai o Elena Stasova.

Las reuniones eran maratonianas. A altas horas de la madrugada las discusiones continuaban en medio de humaredas insalubres de tabaco, y los intentos de Sverdlov y Stalin antes de las reuniones para inclinar el voto a favor de Lenin nunca fructificaron. Tampoco las amenazas de Lenin de dimitir del gobierno y abandonar el Partido bolchevique. Todo invita a pensar que incluso quienes votaban a su favor no lo hacían convencidos de su posicionamiento sino por la confianza personal que les inspiraba.

El contexto no podía ser más dramático porque el ejército alemán estaba a las puertas de Petrogrado. Los que querían la guerra no tenían un ejercito para luchar en ella y los que querían la paz no tenían tiempo para evacuar la capital, cuya población hubiera podido resultar aplastada literalmente. Sólo pudieron preparar lo mismo que cien años antes en Moscú cuando vieron acercarse a las tropas napoleónicas: destruir Petrogrado, quemar los edificios y volar los puentes y las fábricas.

Por fin, después de dos meses de debates agotadores, en febrero de 1918, en una reunión del Consejo de Ministros hasta Trotski se inclinó a votar a favor de Lenin, que obtuvo una mayoría pírrica. Redactaron al momento un oferta de paz dirigida a Alemania y Lenin la firmó en su condición de Presidente del Gobierno, pero cuando se la pasó a Trotski para que hiciera lo propio, éste se negó. El entonces ministro de Asuntos Exteriores era de los que tiraba la piedra y escondía la mano. No quería comprometerse; había votado a favor de Lenin a regañadientes. No quería que su firma constara en algo en lo que no creía en absoluto. Dijo que bastaba con la firma del Presidente del Gobierno y Lenin insistió en que también el ministro de Asuntos Exteriores debía firmar.

Lo mismo ocurrió cuando se formó la comisión encargada de negociar la tregua con los alemanes. Le designaron a Trotski, que se volvió a negar. Tuvieron que recurrir a Chicherin, que entonces era miembro del Partido menchevique. Era preferible alguien así, un menchevique, antes que un “bolchevique” como Trotski que votaba una cosa cuando quería hacer la contraria.

Uno de los pocos discursos de Lenin que se conservan de aquella época es aquel en el que tanto a sus amigos como a sus enemigos les pregunta: “¿Creéis que el camino de la Revolución está sembrado de rosas?, ¿que no hay más que marchar de victoria en victoria, al son de ‘La Internacional’ y con las banderas al viento? Así sería fácil ser revolucionario. No, la Revolución no es un juego divertido. No, el camino de la Revolución está lleno de zarzas y espinas. Aferrándonos al suelo que se nos escapa, con nuestras uñas y nuestros dientes, arrastrándonos si es necesario, cubiertos de lodo, debemos marchar, a través del fango, hacia adelante, hacia el comunismo y saldremos vencedores de la prueba”.

Estas palabras las pronunció Lenin en el Comité Ejecutivo de los soviets. Lo que las obras completas no cuentan es que había tomado la palabra cuando no le correspondía y que su discurso fue el único que nadie aplaudió.

En la medida en que hoy el mundo se encamina de nuevo hacia la guerra imperialista, aquellos debates de hace un siglo se vuelven a reproducir, no sólo porque la noción de imperialismo no está clara sino -sobre todo- porque los posicionamientos siguen siendo erróneos. Cuando en uno de aquellos debates a Lenin le reprocharon que sus posiciones beneficiaban al imperialismo alemán, les reconoció que, en efecto, así era. Pero las posiciones contrarias beneficiaban a los imperialistas del otro bando. Por lo tanto, decía Lenin, no preguntemos a qué país beneficia nuestro alineamiento; preguntémonos si beneficia a nuestra clase, al proletariado. Es así como Lenin resumía la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil.

Categorías
Noticias

El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética

Ignasi Franch

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hollywood apostó fuerte por el militarismo. Aunque la mayor parte de los grandes estudios habían optado previamente por mantener la neutralidad, se adaptaron inmediatamente al nuevo ciclo: centenares de películas de todos los géneros, desde el cine bélico al musical pasando por la comedia romántica, defendían la intervención en la II Guerra Mundial.

En títulos destinados a un público juvenil, Tarzán luchaba contra soldados alemanes, el Hombre Invisible se infiltraba en los cuarteles del III Reich y Batman se enfrentaba a un científico japonés que convertía a las personas en zombis. Pero quizá las producciones más sorprendentes fueron las que justificaron la alianza con la Unión Soviética liderada por Josef Stalin.

Según autores como Nicholas J. Cull, la opinión pública estadounidense era partidaria del aislacionismo y desconfiaba de los llamamientos británicos a la colaboración militar. El ataque a Pearl Harbor implicó una entrada en guerra que era deseada por la Administración de Roosevelt. Pero justificar la colaboración con la URSS, satirizada y satanizada apenas unos meses antes, resultaba un desafío estratégico que requirió la colaboración de Hollywood.

El deseo de cultivar la empatía hacia el pueblo ruso, implicado en sangrientas batallas contra el Ejército alemán, comportó la presencia de papeles positivos en multitud de filmes. Algunos otorgaron un protagonismo central a personajes soviéticos o a las relaciones con la URSS: Miss V from Moscow, Misión en Moscú, The Boy from Stalingrad, La estrella del norte, Three Russian Girls, Song of Russia, Días de gloria y Contraataque. Cuatro de estas ocho obras fueron estrenadas en 1943, momento álgido del amor de conveniencia de Hollywood hacia el gobierno bolchevique.

Antes de Pearl Harbor, los estudios Warner Brothers ya se habían significado con diversos títulos antinazis que supusieron conflictos diplomáticos y grandes tensiones con el organismo censor de Hollywood, la Production Code Administration. La productora low cost PRC inició el nuevo ciclo prosoviético con Miss V from Moscow, estrenada en 1942. Su protagonista era una espía rusa que colaboraba con los aliados desde la Francia ocupada. En los tres años posteriores, la mayoría de los principales estudios (Warner, Fox, Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia y RKO) hicieron sus propias aportaciones fílmicas a la fugaz amistad ruso-americana.

Fueron tiempos en que el cine de ficción se acercaba a la actualidad más inmediata. El montaje de muchas películas se modificaba en el último momento para adaptarse a las novedades en el frente. También se recogían discursos reales de figuras relevantes de la política internacional. En Sherlock Holmes en Washington, por ejemplo, el detective victoriano (reconvertido en investigador contemporáneo y antinazi) citaba a Winston Churchill llamando a la cooperación entre Estados Unidos y Reino Unido.

Algunos filmes fueron más allá del atlantismo. En el drama romántico Song of Russia, un actor aparece interpretando a Stalin y recitando fragmentos de un discurso que el líder soviético ofreció el 3 de julio de 1941. A pesar de algunas diferencias, como la eliminación de una referencia a los “alemanes esclavizados por los déspotas hitlerianos”, el grueso de la versión cinematográfica se corresponde con las palabras del gobernante.

Este guiño presente en Song of Russia empequeñece ante las loas a Stalin que incluye “Misión en Moscú”, adaptación del libro testimonial de [Joseph E. Davies] un diplomático cercano al presidente Roosevelt.

El protagonista sirve de nexo con la audiencia: su visión del mundo está basada en el libre mercado y el capitalismo, pero aprende a comprender y admirar los logros de la URSS. A través del filme, no sólo se defiende vehementemente la intervención norteamericana en la guerra, sino que también se justifican las purgas al trotskismo (caracterizado como una quinta columna al servicio de Hitler) y la invasión de Finlandia. Un final con tintes religiosos acaba de redondear un conjunto desconcertante.

Como afirmaron Michael S. Shull y David Edward Wilt en Hollywood War Films, 1937-1945, estas películas solían mostrar simpatía e identificación con los ciudadanos soviéticos y, salvo excepciones, minimizaban la presencia de su gobierno.

Diversos títulos se limitaban a reforzar el autorretrato de los Estados Unidos como gendarme del mundo, mostrando las desventuras de resistentes patrióticos que luchan en inferioridad de condiciones contra un invasor cruel. La pertenencia a la URSS de los protagonistas de Días de gloria o Contraataque, por ejemplo, no resulta demasiado significativa y se asemeja a las representaciones de la insurgencia noruega (“Al filo de la oscuridad”) o francesa (“Pasaje a Marsella”).

La estrella del norte, en cambio, parece un intento de refutar el escepticismo de una audiencia anticomunista. El resultado defraudó a la misma escritora, la dramaturga afín al comunismo Lillian Hellman (La calumnia).

Las granjas colectivizadas se convierten en pintorescos espacios poblados por trabajadores joviales. En el primer tramo del filme, se incluyen himnos patrióticos y también canciones explicativas de las historias de los personajes, como si de un musical se tratase. En el desenlace, mucho más duro, un doctor ucraniano asesina a un médico alemán algo cínico, ejecutor y a la vez censor de los abusos nazis. Su discurso contra los “hombres que hacen el trabajo de los fascistas mientras fingen que son mejores” parece una advertencia a los partidarios de equidistancias y aislacionismos.

Song of Russia también incluía momentos peculiares. A pesar de tratarse de un drama romántico y no de un biopic político, su lógica propagandística lo acerca a Misión en Moscú. El pueblo soviético recibe a un director de orquesta estadounidense con banderas de Estados Unidos y el himno de las barras y estrellas. Los conflictos entre el capitalismo y el comunismo, trascendentales antes (y después) de la guerra, se convertían en matices superables que no dificultaban la cooperación contra el fascismo.

En Estrella del norte y Song of Russia aparecían voluntariosas guerrillas populares. The Boy from Stalingrad fue un paso más allá al relatar las peripecias de una milicia de niños. Es un ejemplo de las anomalías de la autocensura hollywoodiense en tiempos de guerra, durante los cuales se retrataron violencias difícilmente aceptables en otros contextos. La excepcionalidad de la situación trajo consecuencias más positivas, como pequeños cuestionamientos de la división sexista del trabajo: el cine debía incluir guiños a las mujeres para que se sintiesen partícipes de la campaña bélica.

Los discursos sobre fraternidad internacional y países hermanados, tan presentes en el Hollywood propagandístico, no sobrevivieron al final de la contienda. La idea de “hacer de esta la última guerra”, citada en La estrella del norte y muchos otros títulos, resultaría tan fallida como cuando se planteó en la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos y la URSS profundizaron en su antagonismo y no tardaron en estallar conflictos como el coreano.

Lawson encarcelado
La trepidante intriga Berlín express, estrenada en 1948, tiene algo de canto de cisne de la cooperación entre los Estados Unidos y la URSS. En el filme, un soldado ruso ejerce de símbolo de esa potencia desconfiada, cuyas motivaciones son difíciles de entender desde el punto de vista del americano medio, pero con el que hay posibilidades de acuerdo a través del conocimiento mutuo.

Unos meses después, el país cambiaría de enemigo y de nivel de alerta: dejaría de estar en guerra abierta con el fascismo para entrar en una guerra fría contra el comunismo. También se produciría una depuración interna que, en el mundo del cine, afectaría a muchos asociados al politizado Sindicato de Guionistas. Algunos de sus miembros, izquierdistas más o menos cercanos al comunismo, habían firmado escenas con una apariencia de sinceridad poco frecuente en el Hollywood oportunistamente antinazi. Y serían represaliados durante la caza de brujas.

De los once escritores que firmaron las ocho películas mencionadas al inicio de este artículo, ocho formarían parte de listas negras. Coincidirían con ilustres compañeros como Charles Chaplin (El gran dictador), Howard Koch (Casablanca) o Dalton Trumbo (Treinta segundos sobre Tokio). El autor del libreto de Contraataque, John Howard Lawson, incluso fue condenado a prisión por desacato al Comité de Actividades Antiamericanas (*). Lawson había escrito la pionera Bloqueo, que denunciaba los bombardeos sobre la población civil de la España republicana. Tras el final de la II Guerra Mundial, haberse posicionado contra el nazismo antes de Pearl Harbor implicaría un estigma: haber sido “prematuramente antifascista”.

Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/cine/Hollywood-Union-Sovietica_0_574293326.html
 (*) Al salir de la cárcel en 1953 tuvo que exiliarse en México.
Categorías
Noticias

El futbolista que trató de asesinar a Lenin

El fútbol llegó a Moscú a principios del siglo XX y a través de las fábricas. Los grandes empresarios, con los ricos Morozov a la cabeza, encontraron en el balón una forma de alejar a sus trabajadores del vodka y las revueltas políticas.

El primer campeonato en la capital rusa se organizó en 1910 con nueve equipos, entre ellos el Orechovo-Zuevo, propiedad de los Morozov. Popularmente conocido como OKS desde 1906 y germen del futuro equipo de la Policía (el Dinamo de Moscú) fue el campeón entre 1910 y 1914. Los dueños de la empresa ubicada en los suburbios de Moscú llenaron los periódicos de anuncios en los que reclamaban “ingenieros, empleados y obreros especializados que supieran jugar al fútbol”. Así formaron un equipo que mezclaba británicos que trabajaban en Moscú (McDonald, Grennwood y, sobre todo, los excelentes hermanos Charnock) con buenos jugadores locales.

En ese escenario apareció una figura esencial para entender las relaciones diplomáticas entre Londres y Moscú: el escocés Robert Bruce Lockhart. Nacido en 1887 fue reclutado con apenas 20 años por el Foreing Office. En 1912 fue enviado a Moscú como vicecónsul y con la tarea de modernizar la inteligencia británica en un país que amenazaba con explotar.

La llegada de Lockhart fue recogida por la prensa rusa y los círculos británicos dando la bienvenida al político… y a una gran futbolista. Era un error porque el deportista de élite de la familia era su hermano John, gran jugador de cricket en Cambridge e internacional con Escocia en rugby. Nadie supo eso en Moscú y la familia Morozov, a través de los Charnock, llamó a su puerta para que formara parte del equipo de fútbol de su fábrica textil situada a unos 40 kilómetros al este de la capital. Robert no tenía el potencial de su hermano, pero sí ciertas habilidades con el balón y el deporte en la sangre porque ya su padre había sido jugador de fútbol.

Con cinco británicos más en sus filas, entre ellos el general Archivald Wavell (mariscal de campo británico en la campaña de África en la II Guerra Mundial y penúltimo virrey de la India) el OKS ganó el título. La medalla de ese torneo de Robert Bruce Lockhart la pueden ver quienes visiten en Edimburgo la Biblioteca Nacional de Escocia.

Lector voraz (aseguraba leer seis libros a la vez), mujeriego y de una inteligencia deslumbrante, R.B. Lockhart cuenta en su obra “Memorias de una agente británico” (1932) sus andanzas en el naciente fútbol ruso. Reacio al principio, la experiencia de jugar en un equipo mitad británico mitad proletariado ruso acabo siendo una enorme experiencia vital y profesional para el diplomático británico. Casi invencibles en el torneo local, el OKS comenzó a enfrentarse con clubes de otros países. De esos partidos narra R.B. Lockhart el choque en Moscú contra un equipo al que llama “los campeones de Alemania”. Como gesto de cordialidad, la Unión Rusa de Fútbol (nació en 1912) eligió un árbitro alemán. Harto de la dureza de los germanos, sobre todo del interior derecho, Lockhart se encaró con él “usando palabras que jamás hubiera utilizado en Inglaterra”. El árbitro se fue a por el “ruso”: “Tenga cuidado. Oí lo que dijo. Si vuelve a usar ese lenguaje le expulso”. El diplomático escocés narra en el libro que por un momento vio los titulares del día siguiente en la prensa moscovita: “El vicecónsul británico, expulsado por su lenguaje soez. Se dirigió al árbitro, pidió perdón por reclamar a Dios que acabara con el alemán y pudo seguir jugando”.

Con un excelente ruso, la figura de R.B. fue creciendo en el seno de la delegación británica en Rusia y el Foreing Office reclamó sus servicios en la embajada de Petrogrado. Una vez acabada la I Guerra Mundial fue enviado de nuevo a Rusia y suyos fueron los informes en los que iba detallando qué pasaba en el país del zar Nicolás II y el auge de los bolcheviques.

En enero de 1918 fue nombrado primera espada de la delegación británica en un Moscú ya soviético. Su figura comenzó a ser habitual en actos en los que aparecían líderes soviéticos de primer nivel: Lenin, Trotsky, Dzerhinsky… La capital soviética era un hervidero de intrigas. El 31 de agosto de 1918, Fanya Kaplan trató de asesinar a Lenin. El 2 de septiembre, Pravda denunciaba un complot franco-británico que tenía como fin la muerte de Lenin. El nombre de R.B.Lockhart aparecía en la información. Fue detenido y enviado a la temida Lubianka, donde fue interrogado directamente por Felix Dzerhinsky (creador de la Cheka, origen del KGB).

El 2 de octubre, viendo que el proceso se encaminaba a una pena de muerte segura y que existían motivos para relacionar a Kaplan con su hombre, Londres propuso a Moscú un intercambio por Maxim Litvinov, el representante soviético elegido por Lenin en Gran Bretaña y que había sido detenido con el único objeto de ser moneda de cambio en esa operación. Lockhart fue liberado, pero la sentencia, que fue de muerte para todos los acusados, explicaba que si pisaba de nuevo territorio soviético sería ejecutado de manera inmediata. Ya fuera de Moscú trabajó para que Trotski y sus seguidores pudieran encontrar lugares seguros cuando se desató la persecución al trotskismo en la Unión Soviética.

Durante la II Guerra Mundial, R.B. Lockhart se convirtió en una figura importante en los trabajos de propaganda británica, además de ser el enlace en Londres entre su gobierno y el exiliado de Checoslovaquia encabezado por Edvard Benes. Calladas las armas regresó a sus libros (su autobiografía “El As de los Espías” fue llevada a la televisión), tuvo un programa semanal en la BBC Radio para Checoslovaquia. El 27 de febrero de 1970, con 83 años, se apagó la vida de este Sir británico, diplomático, espía, mujeriego y futbolista.

Fuente: http://www.marca.com/futbol/2016/10/30/5816666dca4741ee5a8b4572.html
Categorías
Noticias

El momento del giro en la política exterior de Rusia

Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores
Juan Manuel Olarieta
A la vista de la intervención de Rusia en la guerra desatada por los imperialistas contra Siria, son muchos los que se preguntan por qué no hizo lo mismo en Libia, por qué no trató de impedir la caída de Gadafi. El mero planteamiento de la duda es muy interesante y quizá se podría responder diciendo que el motivo es que Siria no es Libia o, quizá más exactamente, que Siria no representa para Rusia lo mismo que Libia. Siria es el corazón de Oriente Medio y está a una hora de vuelo desde Rusia: forma parte de su zona de seguridad.

Para no caer en simplificaciones, hay que recordar aspectos ilustrativos, como el hecho de que Rusia no interviene en Siria desde el principio y que si entendemos por intervención, la intervención militar, ésta sólo se produce después de cuatro años de guerra. Tanto la caída de Gadafi como la de Bashar Al-Assad se inician con la Primavera Árabe, por lo que forman parte del mismo proyecto imperialista y basta recordar las declaraciones de los dirigentes rusos en 2011 para darse cuenta de cuáles eran sus posiciones entonces: decían lo mismo que los estadounidenses, o los británicos, o los franceses. No es, pues, de extrañar que algunos metan en el mismo saco a Rusia que a Estados Unidos, o a Francia, o a Gran Bretaña.

Pongamos el ejemplo de Lavrov para ver el vuelco en la política exterior rusa. En una entrevista a la radio Ejo Moskvy, el 4 de marzo de 2011 el ministro ruso de Asuntos Exteriores calificó el levantamiento en Libia como una “explosión popular espontánea” causada por las condiciones económicas internas del país y un ejercicio autoritario del poder. Así se pueden poner numerosos ejemplos de otros países árabes víctimas de la Primavera y otros dirigentes rusos, cuyas declaraciones eran intercambiables con las estúpidas que escuchábamos por aquí.

Por lo tanto, es evidente que en cinco años ha habido un cambio muy radical en la política exterior rusa. Lo que no puedo admitir, ni como hipótesis, es que Rusia no supiera quiénes estaban cocinando realmente las Primaveras Árabes, por lo que concluyo que entonces su política era la de seguir haciendo concesiones, que es la política más vieja y errónea que se conoce ante el imperialismo: la del Pacto de Munich, la de la división de Checoslovaquia, la del Anchluss de Austria, la de la guerra civil española…

Hace décadas que Rusia lleva haciendo concesiones al imperialismo. Es la esencia de su política exterior desde 1956, desde los tiempos soviéticos, la principal de las cuales fue suponer que la voracidad de Estados Unidos se apagaría desmantelando la URSS y el Pacto de Varsovia, la máxima prueba de “buena voluntad” por parte del Kremlin. Esa política rusa (y soviética) no sólo no ha frenado al imperialismo, sino todo lo contrario, ha estimulado su agresividad.

Al mismo tiempo, la política de hacer concesiones demuestra un factor muy importante en la situación internacional: que Rusia ha estado y está a la defensiva, por lo que el ritmo de los acontecimientos lo marcan en Washington.

Pero si eso es importante hay algo que lo es aún más: el objetivo militar y estratégico de Estados Unidos no son los países secundarios del escenario mundial sino Rusia (y China). Durante años Rusia ha tenido sobradas muestras de que Estados Unidos no va a parar jamás hasta lograr su destrucción (y la de China), un objetivo que, como se está demostrando, es independiente del régimen social existente en ambos países.

Dice el refrán que “a la fuerza ahorcan” y Rusia no hubiera cambiado nunca su política de concesiones si los imperialistas no se hubieran plantado delante mismo de sus narices, sobre todo desde del golpe de Estado fascista en Ucrania en 2014. El máximo ejemplo de ese cambio fue la anexión de Crimea. Por fin, los rusos habían dicho “basta”.

Por lo tanto, la Guerra de Siria está relacionada estrechamente con la del Donbas. A partir de 2014 Rusia se dio cuenta de que lo que el imperialismo estaba discutiendo en Siria no era un asunto regional, propio de los países árabes y de Oriente Medio, sino internacional: en Siria se juega el futuro de la propia Rusia y en cuanto el Kremlin se ha plantado, fulminantemente, el imperialismo ha padecido una de sus más severas derrotas desde 1945, sólo comparable a la de Vietnam.

En Siria la guerra sigue y es muy posible que los imperialistas no dejen que nunca llegue la paz, pero sus planes ya han fracasado… en parte, porque realmente el verdadero plan del imperialismo es la guerra misma. Tal y como hoy lo conocemos, el imperialismo sólo se puede sostener por la guerra.

Categorías
Noticias

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (y 3)

Nikita Jrushov, dirigente renegado del PCUS
En los tiempos de Kronstadt y Majno, los anarquistas ya pusieron en circulación el discurso ultrarrevolucionario, que también les conduce a los paraísos del idealismo histórico. Lo que ellos dicen es que en el repertorio de víctimas y perseguidos de la URSS, no sólo están los burgueses sino también ellos, los anarquistas, que son proletarios, por lo que la represión bolchevique no tuvo nada que ver con las clases sociales sino con la ideología. En la URSS encarcelaban a las personas por sus ideas políticas.

Es siempre el mismo argumento circular: sean capitalistas o socialistas, los Estados son todos iguales. Como los anarquistas son los revolucionarios de verdad, siempre van a ser las víctimas, perseguidos y encarcelados por sus ideas políticas.

Los anarquistas lo quieren todo y lo quieren ya, como los niños pequeños. En 1917 ellos hubieran empezado las cosas por el final, por la abolición del Estado mismo, que es el prototipo de la instantaneidad, de que las cosas se pueden cambiar de la noche a la mañana, el borrón y cuenta nueva de la historia.

Donde hay un Estado, cualquiera que sea, no hay nada bueno. No importa que se erradique el hambre o el paro, que se alfabetice, que se organice un servicio de salud… Lo único realmente importante es que hay un Estado, un poder y una coerción.

En los años treinta al acervo de renegados se le unen los trotskistas, que recurren a otras palabras para sostener los ataques de la burguesía mundial: la URSS fue pero ya no es, cambió en un momento determinado de su evolución.

Lo mismo que los anarquistas, también ellos relatan una serie de cambios históricos fulminantes que convierten en negro lo que hasta entonces era blanco. A partir de los años veinte la URSS es un Estado obrero degenerado, burocrático, capitalismo de Estado…

Nadie como los trotskistas aprovecha el mito de la pureza, que ellos convierten en el lema infantil “clase contra clase”. Todo lo que no sea poner a los obreros contra los  burgueses en campos nítidamente separados por una trinchera, es un error, el mayor de los cuales es el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939, una alianza antinatural donde las haya.

Jrushov es la estrella de los renegados. Su Informe de 1956 fue el sostén más importante que tuvo nunca la propaganda imperialista porque era la URSS contada desde dentro por sus propios protagonistas. Si comunistas como él decían tales cosas, tenían que ser ciertas; es más, posiblemente Jrushov se quedó corto.

Al repertorio imperialista de críticas Jrushov le añade un matiz, el personalismo, que es imprescindible para una propaganda de masas porque le da un aire concreto. Las personas son identificables, tienen rostro. Lo que se critica no son abstracciones como la URSS o el socialismo, sino algo tan concreto y eficaz como Stalin, el culto a la personalidad, la dictadura, el ejercicio del poder político como manifestación de la voluntad omnímoda de una única persona.

Hasta 1956 Stalin fue el dirigente político mejor valorado de la primera mitad del siglo. No sólo era un héroe para los soviéticos sino para el mundo. A partir de entonces se convirtió en lo contrario, un Calígula de la historia contemporánea, capaz de engendrar por sí mismo un subgénero propio, el más importante dentro de la literatura antisoviética: atacar a Stalin es atacar a la URSS y al socialismo.

El momento histórico permite, además, poner en marcha otra simetría eficaz: la equiparación entre Hitler y Stalin. Ambos quedan asimilados, son iguales: dictadores que persiguen intereses propios, descabellados.

Jrushov lleva la simetría hasta las últimas consecuencias, embarcando a la URSS en una especie de competición deportiva que sólo tiene sentido si los competidores son equiparables. “Vamos por detrás, pero pronto adelantaremos a los grandes países capitalistas”, fue la consigna de Jrushov.

La Guerra Fría quiso parecer una sucesión de carreras: carrera espacial, carrera armamentística… Se trataba de llegar al mismo sitio, pero un poco antes.

Las equiparaciones son piruetas inagotables del intelecto. Dan mucho juego a un escritor medianamente hábil y son extraordinariamente impactantes. Estados Unidos tiene bombas nucleares, pero la URSS también las tenía; no es posible diferenciar a unas de otras. Saltando por encima de cualquier aspecto concreto y de la historia, se pueden hacer comparaciones sincrónicas, del tipo Stalin y Hitler, pero también diacrónicas, como la de Stalin con Iván El Terrible.

Con los ataques a Stalin se abre camino otra forma de idealismo histórico típicamente utópico: el socialismo a la carta, que tiene múltiples variantes. Hay quienes defienden a la URSS, pero en ningún caso a Stalin; hay quienes defienden el socialismo, pero en ningún caso el soviético, y así sucesivamente es posible que una revolución se adapte a nuestros gustos, a nuestros sueños y a nuestros más nobles ideales de perfección y pureza.

En el capitalismo los seres humanos somos libres, podemos elegir. La alternativa al ideal que imaginamos es lo real que padecemos, o sea, el propio capitalismo. Lo que la URSS demuestra es que las cosas no se deben cambiar porque cuando lo intentamos, lo empeoramos. Hay un largo listado de clichés que llevan agua al molino de la burguesía: “es peor el remedio que la enfermedad”, “todas las teorías son buenas, pero las prácticas son muy malas”… El renegado oculta lo principal: ¿cómo es posible que una buena teoría ocasione tan malas prácticas? O la teoría no es tan buena, o la práctica no es tan mala.

En todas las apuestas la banca, o sea, el capitalismo, siempre gana porque es el “mal menor”, “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es la excusa perfecta de los renegados para ponerse del lado de la burguesía contra la revolución.

Las teorías y las utopías no ganan ni pierden. Ninguna de ellas le interesa lo más mínimo a la burguesía. Lo que le preocupa son las prácticas, las revoluciones. La URSS le preocupa porque teme que la experiencia se reproduzca y que el proletariado vuelva ser capaz de desafiarla de la única manera que eso se puede hacer: por la fuerza de los hechos.

Categorías
Noticias

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (2)

En la propaganda antisoviética los mejores aliados de la burguesía son siempre los renegados, la legión de los frustrados, los que una vez fueron pero ya no son. Aportan un punto de vista nuevo a las campañas típicas: “yo también simpaticé una vez, pero ahora estoy desengañado”.

Es una cuña hecha con la propia madera, un tipo de ataque superior al de la burguesía porque es interno al movimiento revolucionario, destapa sus interioridades y secretos. Expone un argumento irrefutable del tipo “yo estaba allí” o “yo soy víctima del socialismo” que no admite discusión. Las víctimas siempre tienen razón. En la literatura antisoviética hay numerosas vivencias, relatos subjetivos y directos que conmueven al oyente, que no puede dejar de identificarse con ellos.

Da la impresión de que el renegado abre los ojos al oyente, pero no es así. Lo que hace es cerrárselos porque logra que asuma su mismo punto de vista: hay que ahorrarse un viaje personal que conduce a la frustración indefectiblemente.

Es, pues, un ataque preventivo cuya meta es llegar al propio revolucionario para defraudarle desde el primer momento. La URSS no es el Nirvana, no creó una sociedad perfecta, seguía habiendo muchas lacras… Hablemos de ellas; hablemos sólo de ellas.

La burguesía siempre había atacado a la URSS desde su propio punto de vista, es decir, de la contrarrevolución. Con los renegados empiezan las críticas desde el punto de vista de la revolución. No tratan sobre lo que se ha hecho, sino sobre lo que falta por hacer. La botella está medio vacía.

Este tipo de ataques no se apoyan en la historia, ni en la experiencia, sino en ideales absolutos de pureza. Instrumentalizan el socialismo utópico para enfrentarlo al socialismo real, es decir, otra incursión del idealismo en la historia, el de quienes quieren: 1) cambiarlo todo, 2) hacerlo, además, instantáneamente y 3) hacerlo siempre bien, acertar con los cambios correctos.

El renegado aparenta asumir la defensa de la revolución verdadera, el punto de vista ultrarevolucionario. En la URSS lo criticable no es la revolución en sí sino que en algún momento de la historia se detuvo. Hubo poca revolución. Por eso hay cosas que se dejaron sin cambiar.

El idealismo histórico conduce al voluntarismo, un terreno que el renegado aprovecha para justificarse a sí mismo: “las cosas no han ido como a mí me hubiera gustado y el equivocado no soy yo sino la URSS porque a mí me gustan las cosas perfectas. Si yo hubiera tomado las decisiones, hubieran sido las adecuadas”.

Los ataques de los renegados llevan a la pasividad. Si algo va mal no hay que esforzarse por cambiarlo sino desistir. Las cosas que no se hicieron en 1917 jamás se harán; las que se hicieron mal no se mejorarán.

La fuerza de los ataques de los renegados es que tienen razón en un punto: hay cosas que en 1917 no cambiaron. De ahí deducen que todos los Estados son iguales: hacen lo mismo precisamente porque son Estados. Es una tautología que inicia la fase de las equiparaciones de lo que es cualitativamente distinto: la URSS no sólo fue un Estado, no sólo tenía ejército, policía, juicios o cárceles, sino que además era homologable a cualquier otro Estado capitalista. La URSS era un país poderoso, una potencia, pero también el III Reich lo fue, Stalin era como Hitler, Estados Unidos es un país imperialista y la URSS exactamente igual…

Los renegados se llaman así no sólo porque se han pasado al bando de la burguesía, sino porque la burguesía también se ha pasado al bando de los renegados. Se ha producido una simbiosis; ambos forman una piña. Para atacar a la URSS a la burguesía no le importó nunca ser anarquista, ni trotskista.

Sin embargo, el renegado se presenta a sí mismo como una tercera opción, que es diferente tanto de la burguesía como del proletariado. Dicen que no “atacan” a la URSS sino que la “critican”.

Pero eso no es verdad porque ellos no son nada por sí mismos, sino uno de los brazos de la propia burguesía, que es de donde deriva su influencia ideológica. Una crítica se sirve de medios propios y tiene por objeto impulsar la revolución. Ninguna de esas dos circunstancias reunían los ataques renegados.

Desde Trotski ha habido numerosos ejemplos de renegados, pero el perfecto llegó con Jruschov, que en 1956 dio un salto cualitativo a la propaganda antisoviética.

Categorías
Noticias

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (1)

Como todas las revoluciones que ha habido en la historia moderna, la de 1917 desató una oleada de simpatía en todo el mundo de tal calibre que en varios países del mundo se transformó rápidamente en revoluciones, insurrecciones y levantamientos.

Con el tiempo esa oleada no se detuvo sino que, por el contrario, llegó a su culmen en 1945 por la victoria soviética contra el III Reich, que liberó al mundo entero de la peste nazi.

Hasta entonces la burguesía no vio la necesidad de poner en marcha un dispositivo especial de propaganda en el mundo entero capaz de contrarrestar esa corriente de simpatía hacia la Revolución de 1917, la URSS y el comunismo, que iban mucho más allá de la clase obrera y llegaron a representar una esperanza para toda la humanidad en su conjunto.

Al principio, en 1940, en Europa sólo se hablaba de que la Wehrmacht era un ejército invencible. Al final, en 1945, todo se veía de una manera muy distinta. No ocurrió lo que la burguesía mundial esperaba: la URSS no fue rápidamente vencida por el fascismo.

La burguesía es una clase social que ni entiende ni acepta ninguna clase de argumentos. Sólo tiene en cuenta el peso de la fuerza militar y la Segunda Guerra Mundial le demostró algo fundamental que hasta entonces no sabía: que el socialismo no sólo era viable sino, además, muy superior al capitalismo.

La victoria de 1945 fue posible porque la revolución de 1917 sacó a un país entero del atraso y la miseria, poniéndole a la altura de cualquier potencia mundial de primera línea en un tiempo histórico que ninguna otra sociedad ha conocido jamás.

En 1945 la URSS ya no contaba entre los parias del mundo, uno de esos países que los imperialistas estaban acostumbrados a tratar. Por el contrario, estaba por encima de una gran potencia imperialista, como Alemania, y tuvo que ser tratada en consecuencia en lo sucesivo.

Por lo tanto, las campañas de propaganda que los imperialistas desataron contra la URSS a partir de entonces no procedían del fracaso sino del rotundo éxito en la construcción del socialismo.

El aspecto más importante de todas las campañas de propaganda de la burguesía consistía en no reconocer esa evidencia: que la URSS no sólo había demostrado la viabilidad del socialismo sino también que sólo el socialismo era capaz de acabar con el atraso.

En ese argumento había una única excepción: la burguesía podía admitir el éxito soviético sólo para denunciar que había pasado de una etapa de guerras defensivas (guerra civil, Segunda Guerra Mundial) a otra de guerras ofensivas, es decir, que el éxito de la URSS la había conducido, al mismo destino que a cualquier otra potencia mundial, al expansionismo.

Si la URSS no hubiera salido del atraso, hubiera fracasado. Pero al salir del atraso, murió de éxito porque nadie se compadece nunca de los países poderosos, geográfica y económicamente. La burguesía nos ha inculcado que quienes tienen mucho poder nunca lo utilizan bien. Siempre abusan.

Si mutuamente las grandes potencias se tratan como iguales es porque son iguales. Es la conclusión que se desprende de la foto tomada durante la Conferencia de Yalta, donde las grandes potencias se repartieron el mundo, según dicen. A todas ellas se las debe meter en el mismo saco, todas son imperialistas y quieren lo mismo: expansionarse, dominar, controlar…

Dos factores diferenciaban el expansionismo soviético de los demás: 1) utilizaba un caballo de Troya, los partidos comunistas locales, que no estaban al servicio de su clase sino de intereses extranjeros, los de la URSS, y 2) porque justificaba sus propios intereses nacionales bajo una cobertura internacionalista (falsa).

Un Estado es sólo un Estado. Entre ellos no hay diferencias de clase. En la diplomacia, que es un asunto “de Estado”, tampoco. La URSS funcionaba como cualquier otro Estado (burgués) y, por lo tanto, ponía sus propios intereses nacionales por encima de cualesquiera otros.

A pesar de todas las mixtificaciones, el lenguaje propagandístico debe ser sutil: Estados Unidos tenía aliados, como Gran Bretaña por ejemplo, mientras que la URSS tenía satélites, como Bulgaria por ejemplo.

En el mundo entero la coordinación de las campañas de propaganda sólo las podía llevar a cabo Estados Unidos, que desde 1945 era la potencia hegemónica. Para ello crearon la CIA que funcionaba también como una agencia de publicidad y relaciones públicas, una disciplina académica que acababa de nacer en Estados Unidos.

Pero en 1945 la propagada experimentó un salto cualitativo: el mundo jamás ha conocido una campaña de las proporciones iniciadas por la CIA contra la URSS, ni en cantidad, ni en calidad, ni en intensidad, ni en alcance.

La literatura antisoviética es un género en sí mismo creado por mercenarios del intelecto que está presente por todas partes: en las hemerotecas, las bibliotecas, el cine, los documentales…

La URSS ha pasado a la historia pero los ataques a la URSS
siguen presentes, de plena actualidad, porque la burguesía confía más que el proletariado en que algo como lo que ocurrió en 1917 se pueda
reproducir en cualquier lugar del mundo.

A fecha de hoy la historia de la URSS es imposible. Lo que hay escrito es una montaña de propaganda y algunos intentos aislados por contrarrestarla.

La historiadores podrán empezar a pensar en la historia de la URSS cuando sean conscientes de que lo que se ha escrito hasta este momento sólo es una parte de una gran campaña de publicidad.