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Memoria Histórica

Cuando Lenin se iba de putas

Sin ningún género de dudas, Lenin fue el personaje más importante del siglo pasado y uno de los más relevantes de toda la historia de la humanidad. Pero tampoco caben dudas acerca de que su atractivo reside en su actividad pública y en sus escritos. Fuera de sus batallas políticas, la vida personal es casi irrelevante, entre otras cosas porque la subordinó deliberadamente a su lucha revolucionaria.

Es algo que la burguesía no entiende porque su concepción de la vida, tanto de la pública como de la privada, es hedonista, naturalmente porque se lo puede permitir. Es una clase social que no duda si tiene que optar entre un revolcón en la cama y una tediosa reunión política.

En el terreno intelectual la burguesía tiene un punto de vista subjetivo de la historia, donde las biografías heroicas y su voluntad personal, desempeñan un papel decisivo. Convierte la historia en un apartado de la sicología, o algo peor: de la sicopatología.

Así lo entiende Helen Rappaport, profesora de la Universidad de Oxford, que en 2009 escribió una obra en la que hasta el título (“Conspirator: Lenin in Exile”) es engañoso porque no trata sobre un “conspirador”, ni tampoco de un exiliado, sino sobre un Lenin doméstico, en donde la vida íntima se reduce a la vida sexual.

Se trata de un libro de cotilleo sofisticado, pulcro y universitario. Demuestra que a la burguesía lo que le preocupa no es el ancho mundo sino algo que tiene bien cerca: la vida privada del vecino.

Una vez que introduce a Lenin entre las sábanas, Rappaport puede proceder al típico dualismo del hombre contra la mujer, en este caso Nadia Krupskaia. Naturalmente que la “historiadora” de Oxford pone de manifiesto un punto de vista de clase, el de la burguesía. Lo que se trata de saber son otras dos cosas: si, además, como mujer, pone de manifiesto también un punto de vista feminista y, finalmente, si algo de todo esto tiene que ver con la historia o sólo son chorradas en las que no merece la pena perder el tiempo.

Empezaré por el último punto, a partir del cual se explica todo lo demás. La “historia” que la burguesía escribe es una fábula. Por ejemplo, en una entrevista sobre su libro, Rappoport confesó sus fantasías disfrazadas de “historia” de la siguiente manera:

“Lenin tenía, estoy convencida de ello, una faceta sexual oscura, que ha sido completamente borrada de los archivos rusos. Estoy convencida que cuando vivía en París frecuentaba a las prostituídas; se encuentran indicios en las fuentes francesas, pero es difícil de probar”(1).

Les ocurre a todos los “historiadores” burgueses: están convencidos de algo pero no tienen pruebas de nada. Buscan pero no encuentran, aunque para ellos eso no es motivo suficiente para mantener la boca cerrada.

La pregunta que hay que hacerles a esos “historiadores” es la siguiente: si no hay pruebas de nada, ¿de donde surge su convencimiento?

Todo se aclara si tenemos en cuenta que, en realidad, sí hay pruebas, aunque los “archivos rusos” las han borrado, lo cual es normal en una dictadura como la soviética en donde todo se manipulaba para ocultar la verdad.

También hay que prestar atención al detalle de que “los rusos” no sólo alteraban la realidad de los acontecimientos para engañar a sus conciudadanos, sino que eliminaban, además, los documentos de los archivos, es decir, ese tipo de papeles que no se pueden leer inmediatamente pero se descubrirán en el futuro.

Pongámonos en situación. Imaginemos que los faraones egipcios (que también eran unos dictadores) hubieran hecho lo mismo con los jeroglíficos de las pirámides para ocultar su vida privada. La tarea de los historiadores resultaría casi imposible.

Lo mismo que los faraones, “los rusos” siempre han tenido la pretensión de engañar a las generaciones futuras, de manera que aunque se abran los archivos a la vista pública, no servirá de nada. Fueron tan previsores que todo lo borraron, lo corrigieron y lo alteraron, incluso los documentos en los que debe constar que Lenin se gastaba el tiempo y el dinero en recorrer los burdeles de París.

Los historiadores de la URSS no pueden fiarse de los archivos y documentos, como en cualquier otro trabajo historiográfico. Deben apoyarse en su olfato, como si fueran perros.

Hay otro aspecto escabroso de la vida privada de Lenin que los archivos de la URSS ocultan: que tenía una “doble vida” con la militante bolchevique Inés Armand, su amante.

Tampoco de eso hay ninguna prueba, pero si alguien se toma la molestia de hacer una búsqueda en internet encontrará las páginas llenas de este idilio romántico, otro “secreto de Estado” en la URSS y otra página borrada de la biografía de Lenin, dice la Wikipedia.

En este caso la desgracia no es tanto para Lenin como para Armand, que sólo es conocida por este episodio, no por su lucha revolucionaria. También aquí la burguesía tiene sus folletines universitarios, como el de Michael Pearson, titulado “Lenin’s Mistress” (La amante de Lenin). Armand es una revolucionaria sin individualidad, sin vida propia.

La trotskista Bárbara Funes empieza así un artículo sobre ella: “Injustamente, Inessa Armand es más conocida por los historiadores como amante de Lenin que como dirigente bolchevique. Lo cierto es que también fue amiga y camarada de Nadhezda Krupskaia, la compañera de Lenin y, lejos de las intrigas pasionales que algunos chismosos de la historia hubieran preferido, ésta –conociendo el amor que había nacido entre su compañero y su amiga– les ofreció hacerse a un lado. Sin embargo, el respeto y el cariño que tanto Inessa como Lenin le profesaban hicieron que resignaran una posible relación amorosa y mantuvieran, hasta la temprana muerte de Inessa, una intensa colaboración política revolucionaria” (2).

Funes incurre en el mismo vicio que denuncia: el chismorreo. No le importa que, como en todo lo demás que concierne a la historia de la URSS, no haya pruebas de nada de lo que dice. No son otra cosa que cotilleos de la burguesía feminista, que recorren luego las páginas de los basureros que los avalan, como Rebelión en este caso.

Tanto Rappaport como Funes comparten la misma ideología, que no es otra que la burguesa, porque es de ahí, de esa clase social, de donde procede la opresión de la mujer, no del hombre. Al mismo tiempo que alardea de “feminismo” y lamenta la invisibilidad de la mujer, es la burguesía la que reduce su papel al de esposa de alguien, amante de alguien, o hija de alguien.

(1) www.bookdepository/interview/with/author/helen-rappaport, esta página ha sido borrada de internet, a pesar de que no es soviética ni rusa.
(2) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49611

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Un comunista caribeño: Jacques Roumain

Jacques Roumain fue el fundador del Partido Comunista de Haití y muchas otras cosas más: pensador, diplomático y autor de obras científicas y literarias de muy diversa factura, desde la poesía hasta la geografía. Es reconocido entre las voces que contribuyeron a revelar el Caribe y definir sus valores y expresiones comunes en los años 30 y 40 del pasado siglo.

Nació el 4 de junio de 1907 en Puerto Príncipe, la capital, en el seno de una familia adinerada. Su abuelo, Tancredo Augusto, fue presidente de Haití cuando él era niño. Se educó en un colegio católico y luego completó su formación en Suiza, Bélgica, Francia y Alemania, aunque también vino a España, donde estudió agronomía.

Volvió a Haití cuando tenía 20 años, fundando la “Revista Indígena” con Émile Roumer, Philippe Thoby-Marcelin, Carl Brouard y Antonio Vieux, en la que aparecieron sus primeros versos y narraciones, a los que consideraba como “acción”, como “un arma al servicio de su pueblo”, como un panfleto. El poeta, escribió, es “el reflejo de la conciencia de una época”.

Roumain se hizo amigo del antropólogo francés Alfred Metraux con quien viajó por el Haití rural, documentando las tradiciones religiosas, en una investigación que Metraux convertiría en “Vudú en Haití”, un libro muy aclamado.

Por su parte, en 1930 Roumain publica el libro de relatos “La presa y la sombra” en el que hace una aguda crítica del mundo burgués y urbano de Puerto Príncipe. Al año siguiente aparece su novela corta “La montaña embrujada”, expresión de la vida campesina, las costumbres y creencias del vudú.

Al regresar Roumain se encontró con que su país estaba ocupado por el imperialismo, uniéndose al movimiento de liberación nacional. Primero apoyó la fundación de la Liga de la Juventud Patriota Haitiana, cuya lucha contra Estados Unidos y el gobierno títere lo llevaron a la cárcel durante 8 meses en 1928.

En 1934 dio un pasó más: participó en la creación del Partido Comunista Haitiano, por lo que fue nuevamente encarcelado, esta vez durante tres años.

Tras su liberación en 1936, Roumain se exilió en Estados Unidos, donde frecuentó la Universidad de Columbia y trabó relación con Langston Hughes y otros intelectuales.

En 1942 cambió el gobierno y le autorizaron a regresar a Haití, donde fundó la Oficina Nacional de Etnología. En esta época escribe su novela “Los gobernadores del rocío” y el poemario “Bosque de ébano”, donde aparece la expresión “Los condenados de la Tierra” que 40 años después el argelino Frantz Fanon adoptará para encabezar su propia denuncia del colonialismo. Entre sus mejores versos destacan los que defienden a la Unión Soviética y a Stalin de una manera vibrante.

Para sacarlo del país, el gobierno le nombra embajador en México. También viaja Cuba, donde vive un año entero en La Habana con el gran poeta comunista Nicolás Guillén.

Durante sus estancias en la cárcel contrajo el paludismo que, con 37 años de edad, le condujo a la tumba el 18 de agosto de 1944, tres días después de un regreso desde Cuba.

Desde entonces la decisiva obra política e intelectual de Roumain es objeto de estudios continuos. Su influencia sigue pesando en la lucha de los pueblos del Caribe y de toda Latinoamérica, junto a Mariátegui, Mella, Ponce y el Che Guevara.

La novela “Los gobernadores del rocío” es una de las mejores de la literatura caribeña contemporánea. Cuenta la historia de Manuel, un joven campesino que regresa a su empobrecida aldea de Fonds Rouge después de haber cortado caña de azúcar en Cuba durante 15 años, y advierte la pobreza en que se encuentra su tierra.

El título de la novela resume la tesis de Roumain: nosotros, cada uno de nosotros, somos los dueños de nuestro destino. Es una batalla contra el fatalismo y la superstición, que tanto proliferan entre los negros del Caribe (y entre los blancos de otros lugares). No hay maldiciones. Las cosas están ahí para cambiarlas. Sólo hay coger las riendas entre en las manos.

La lectura de Roumain es imprescindible para aquellos cuyas lagunas han convertido al marxismo en un recetario eurocentrista, para quienes desconocen el mundo negro, rural y tercermundista.

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Las negociaciones secretas de Fidel Castro con Kennedy

Fidel Castro con Nixon
Recientemente el sobrino del asesinado presidente Kennedy ha relatado las negociaciones secretas mantenidas hace 50 años entre Fidel Castro y su tío para normalizar la relaciones diplomáticas entre ambos países. Es muy posible que detrás del sobrino esté la mano de Obama, quizá para ponerse a la altura de Kennedy y decir que él ha logrado llegar a donde el otro no pudo.

No obstante, el sobrino recuerda algunos hechos significativos sobre los que merece la pena volver, ya que se inscriben en el contexto de la Guerra Fría y de uno de los episodios más dramáticos de ella: la crisis de los misiles de Cuba, que estalló en 1962. El sobrino dice que tras la crisis su tío trató de normalizar las relaciones con Cuba. También relata el viaje de Fidel Castro a Moscú aquel mismo año, donde se entrevistó con Jruschov, tras la cual regresó con el mismo propósito que Kennedy: normalizar las relaciones con Estados Unidos.

Para lograr su propósito, Kennedy comisionó al abogado James Donovan y a John Dolan, consejero del ministro de Justicia, es decir, de su hermano Robert Kennedy, a fin de que negociaran la liberación de los 1.500 mercenarios que invadieron Bahía Cochinos.

Fidel se entrevistó con ambos emisarios y les manifestó su disposición a reanudar unas relaciones diplomáticas basadas en la soberanía, la reciprocidad y la no injerencia en los asuntos internos.

Lo mismo que en la actualidad, la prensa gringa había cumplido a la perfección su papel intoxicador respecto no sólo a la revolución cubana sino a lo que más les gusta: el ataque personal a Fidel, al que pintaban como un borracho, un pervertido sexual, un tipo violento y caprichoso. Por ello Kennedy les pidió a sus negociadores que se fijaran en la personalidad de Fidel y le contaran todo lo posible acerca de su carácter. La respuesta de Nolan fue la esperada: “Nuestra impresión diverge de la imagen generalmente transmitida. Castro jamás ha sido irritable, borracho o sucio”. Él y Donovan le describen como una persona equilibrada, bien informada, acicalada y un conversador elocuente.

En su informe los dos emisarios se muestran sorprendidos del enorme apoyo que tenía el gobierno revolucionario: “Confirmaron los informes internos de la CIA respecto a la irresistible popularidad de Castro ante el pueblo cubano como consecuencia de los numerosos viajes con Castro [a través de la isla] y tras haber sido testigos de las ovaciones espontáneas que ha recibido cuando entraba en los estadios de baseball”.

Kennedy era plenamente consciente del resentimiento existente en Cuba contra Estados Unidos. En setiembre de 1963 encomendó a William Attwood, antiguo periodista y diplomático estadounidense acreditado ante la ONU, que abriera negociaciones secretas con el gobierno de La Habana. El secreto era imprescindible ya que el restablecimiento de relaciones con la Isla supondría una bomba, sobre todo teniendo en cuenta las elecciones previstas para el año siguiente.

Al mismo tiempo, abrió un segundo canal de comunicación con Cuba a través del periodista francés Jean Daniel quien, antes de viajar a la Isla, se entrevistó con Kennedy en la Casa Blanca para recibir instrucciones.

En La Habana Castro le dijo a Daniel que la coexistencia entre países capitalistas y socialistas era posible y que si Kennedy normalizaba sus relaciones con el gobierno cubano pasaría a la historia como un presidente aún más grande que Lincoln.

Respondiendo a los reproches de Kennedy sobre su alianza con Moscú, Castro le dijo que la hostilidad de Estados Unidos contra Cuba había empezado bastante antes del acercamiento de Cuba a la Unión Soviética, cuando no existía el pretexto del comunismo.

La CIA se oponía al restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países. Jamás admitiría la normalización y como estaba al corriente de las conversaciones secretas, se esforzó por boicotearlas. En abril de 1963, para sabotear las negociaciones, la CIA trató de envenenar a Castro sin que Donovan y Dolan se enteraran.

Al mismo tiempo, a través de los gusanos cubanos de Miami, la CIA inicia los preparativos para asesinar a Kennedy, al que acusan de “traición”. También incorporan al plan a un capo de la mafia, como Santos Trafficante, al que la revolución de 1959 había privado de los casinos que tenía en La Habana.

El día del asesinato de Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, Castro se estaba entrevistando con Daniel en La Habana. Al enterarse de la noticia, Castro se volvió y le dijo al periodista francés: “Ya está. Es el final de su misión de paz”.

Tras el asesinato de Kennedy, Castro pidió a Adlai Stevenson, William Attwood y otros que pidieran al nuevo presidente, Lyndon B.Johnson, que retomara las negociaciones secretas con La Habana, sin ningún éxito. Lo mismo intentó Robert Kennedy, que se mantenía como ministro de Justicia del nuevo gobierno. Todo resultó inútil.

Entre bastidores Dean Rusk, secretario de Estado, inició una campaña de aislamiento de Robert Kennedy, a quien consideraba demasiado insistente en lograr un acuerdo con Cuba. Finalmente, cuando Robert se decidió a iniciar la carrera hacia las elecciones presidenciales, fue asesinado igual que su hermano y, seguramente, por las mismas manos.

Fuentes: Robert Kennedy, JFK’s Secret Negociations with Fidel, http://www.ipsnews.net/2015/01/opinion-jfks-secret-negotiations-with-fidel/; Sabotaging U.S.-Cuba Détente in the Kennedy Era, http://www.ipsnews.net/2015/01/opinion-sabotaging-u-s-cuba-detente-in-the-kennedy-era/
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Nuevas revelaciones sobre el asesinato del dirigente comunista belga Julien Lahaut

El secretario general del Partido Comunista de Bélgica, Julian Lahaut, fue asesinado en la puerta de su casa el 18 de agosto de 1950, en plena guerra fría. El crimen quedó impune. Nadie se preocupó jamás de investigar, ni de detener, ni de juzgar a los autores. A lo poco que el sumario judicial había indagado, le prendieron fuego. Entonces aquello no importaba nada porque el muerto era un conocido dirigente comunista, que entonces era tan insultante como decir hoy que era yihadista. Hay determinadas etiquetas de los medios de comunicación que son como una condena a muerte.

Afortunadamente la memoria histórica sigue viva y, aunque ya no pueda convertirse en denuncia política, por el paso del tiempo, sigue teniendo vigencia, por encima de las ocultaciones y las mentiras. En 1985 Rudi Van Doorslaer y Etienne Verhoeven escribieron el primer libro sobre el asesinato, apuntando a las cloacas del Estado modernos, que son siempre las mismas: OTAN, espías, capitalistas…

En 2008 el Senado encargó al Ceges (Centro Estudios Guerra y Sociedades Contemporáneas) una investigación que llevaron a cabo Emmanuel Gérard, Widukind de Ridder y Françoise Muller, quienes presentaron el martes sus conclusiones, en las que sitúan el crimen en las coordenadas de la Guerra Fría, es decir, la OTAN, Gladio, policías paralelas, redes anticomunistas y financieros agradecidos.

No ha sido una sorpresa para nadie que entre los asesinos aparezca cada vez con más insistencia el nombre de André Moyen, el subdirector del contraespionaje militar belga, un viejo pistolero de los años más oscuros de la Guerra Fría, que es tanto como decir un mercenario de la OTAN. Su carrera de asesino empezó en la Alemania nazi y terminó en los turbios manejos con los que Bélgica llevó a cabo la descolonización de sus posesiones en África y Asia.

Pero los mercenarios como Moyen son el último eslabón. Junto a ellos están siempre los cajeros, en este caso la patronal belga en pleno: la Société Générale, Brufina y la Unión Minera. Los asesinatos políticos, como el de Lahaut, no son jamás obra de unos u otros, y menos de unos pistoleros. Ni siquiera es suficiente afirmar que son crímenes “de Estado” si junto al Estado no se ponen a los grandes capitalistas y financieros.

En el amplio elenco de complicidades están, además, los partidos políticos. El crimen jamás se hubiera podido mantener oculto durante medio siglo sin la participación de todos los partidos políticos burgueses de la época y en particular de la social-democracia, que en aquel momento encabezaba el Ministerio del Interior.

Pero hablar de silencio es muy poco. No es que los representantes políticos no hablaran del asunto sino todo lo contrario: hablaron para justificarlo. A fin de cuentas, se decía en aquella época, Lahaut no era un patriota, no servía a Bélgica sino a intereses extranjeros: a Moscú. Su asesinato fue un alivio tan grande para la burguesía que al gobierno no le bastó con la sangre derramada sino que, además, emprendió una feroz campaña anticomunista. El Partido Comunista fue expulsado del Consejo de Estado y se desencadenó una caza de brujas, como en Estados Unidos y en Alemania, para depurar a fondo todas las instituciones públicas.

Naturalmente que en aquella época la etiqueta de “comunista” se la ponían como luego pusieron la de “terrorista” o la de “yihadista”. Se empleó para que en el aparato de Estado no quedara ni la más mínima sombra de progresismo. El Estado monopolista quedó reservado para la reacción pura y dura. De aquellos viejos polvos llegan ahora a Europa los nuevos lodos neonazis, xenófobos y racistas.

Desde 1950 no ha faltado ni un solo verano en el que los antifascistas belgas no se reúnan ante la puerta de la vivienda de Julien Lahaut, recordando su memoria y que en todo el mundo lo que sostiene a la burguesía en el poder no es otra cosa que el terror, el asesinato y la represión.

Más información:
—Juan Manuel Olarieta, El hombre que llevaba el Sol en su bolsillo y repartía un poco a cada uno

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70 años de la Conferencia de Yalta

En febrero se cumplieron 70 años de la celebración de la Conferencia de Yalta, casi al final de la II Guerra Mundial, que dio lugar a la famosa foto en la que aparecen juntos Churchill, Roosvelt y Stalin. Yalta era una pequeña localidad soviética a orillas del Mar Negro, en Crimea, recién liberada por el Ejército Rojo.La imagen transmitida por los propagandistas del imperialismo acerca de los acuerdos firmados en Yalta es la misma que la del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. Se trataría de un nuevo reparto del mundo entre potencias, esta vez con las potencias occidentales, marginando a la mayor parte de los países y, por supuesto, de las colonias. Esta leyenda incluye coeficientes y porcentajes de influencia sobre cada país concreto; como ejemplos evidentes de tal proceder soviético mencionan la división de Alemania y la imposición por el Ejército Rojo de las democracias populares en el este de Europa a punta de bayoneta.

No obstante, la tesis del reparto del mundo carece totalmente de base histórica; su único punto de apoyo son las Memorias de Winston Churchill, destacado político ultrareaccionario que fue de los primeros en promover la intervención del imperialismo contra la naciente Revolución soviética. Semejante infundio no tiene otro objeto que el de desacreditar la política exterior de los soviets, política que se ha caracterizado siempre por el respeto al principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, tratando de identificar dicha política con la que practican los países imperialistas, con la política de dominación y hegemonía mundiales. Como se hizo en 1939, también el Tratado de Yalta igualaría a la Unión Soviética con Estados Unidos o con Gran Bretaña: todos actúan de la misma manera prepotente, quiere ser la moraleja de dicha exposición. Si antes se decía que Stalin y Hitler eran lo mismo, ahora también puede equipararse a Stalin con Roosvelt o Churchill. La Unión Soviética también sería un país imperialista.

Al menos esta tesis elevaba el rango ínfimo hasta entonces otorgado a la Unión Soviética; los publicistas occidentales se rendían ante la evidencia de que no se trataba de un país débil y a punto de desmoronarse, como lo habían presentado hasta entonces.

También aquí las cosas sucedieron de forma bien distinta. Indudablemente la Unión Soviética defendió sus intereses como país, pero esos intereses no estaban en contradicción, sino más bien al contrario, plenamente conformes con los de la inmensa mayoría de países y pueblos del mundo, muchos de los cuales aún no habían logrado desligarse del colonialismo. La prueba evidente de ello es la Carta de las Naciones Unidas, donde la Unión Soviética logró plasmar los principios que hasta entonces habían guiado su política internacional, especialmente, el derecho a la autodeterminación y a la igualdad de todos los Estados.

Toda una nueva era de relaciones internacionales comenzó entonces, abriendo el camino a la descolonización.

Durante la guerra la Unión Soviética logró romper el aislamiento diplomático que había imperado durante la preguerra, derivado de la hostilidad y el intervencionismo que practicaron los Estados imperialistas contra la revolución. No por ello desaparecieron las discordias, pero, a pesar de los altibajos, se puso de manifiesto la existencia de un mecanismo regular de comunicaciones y consultas acerca de proyectos, planes operativos, etc. Esto se convirtió en una costumbre, en un trato normal entre potencias que tenía como misión discutir los problemas más acuciantes derivados de la guerra, negociar las diferencias entre ambas partes aliadas -la Unión Soviética de un lado y el bloque capitalista de otro- de manera que la diplomacia ocupara el lugar de la fuerza y de las injerencias en los asuntos internos de los demás. Por supuesto, esto no era una prueba de buena voluntad de las potencias imperialistas occidentales sino que derivaba del papel fundamental desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo, frente a una participación sensiblemente más reducida que tuvieron Estados Unidos, Gran Bretaña, y naturalmente Francia, cuyo gobierno capituló y colaboró con el fascismo. En la guerra, el socialismo había demostrado su fortaleza, mientras que los expertos de los países occidentales habían previsto una rápida y catastrófica derrota del poder soviético. Tras la batalla de Stalingrado, el bloque occidental cayó en la cuenta de que ya no había lugar en el mundo para que ellos pudieran dictar sus condiciones unilateralmente como sucedió tras la I Guerra Mundial. La Unión Soviética había hecho buena demostración de su fortaleza y de que podía codearse en plano de igualdad con cualquier potencia imperialista. Su presencia y su prestigio en la arena internacional eran evidentes y sólo se podía tratar con ella en plano de igualdad. Ya no sólo no eran posibles intervenciones ni injerencias en su territorio, sino que en todos los asuntos mundiales se debía contar con el socialismo: el capitalismo ya no tenía las manos libres para manejar el mundo a sus anchas.

En verdad este mecanismo de comunicaciones y consultas mutuas entre la Unión Soviética y las potencias capitalistas duró bien poco, y numerosos problemas quedaron sin una solución negociada. Algunas instituciones como el Comité de Ministros de Asuntos Exteriores de las tres potencias, pronto quedaron estancadas: su funcionamiento se redujo a una serie de reuniones interminables que nunca llegaban a acuerdos concretos que satisfacieran a las dos partes implicadas. Es más, cuando tales acuerdos se lograron, incluido el Tratado de Yalta, los compromisos raras veces fueron más allá de la letra escrita. Surgió el problema de la interpretación de las cláusulas de los acuerdos, del cumplimiento de las obligaciones de cada uno que cada parte interpretaba de manera diferente; en otras ocasiones esas obligaciones firmadas eran olvidadas con enorme facilidad.

La fórmula más elevada en que cristalizó este sistema de mutuas consultas fueron las Conferencias-cumbre de Jefes de Estado, y otras de menor rango diplomático. Una de estas Conferencias se celebró en Moscú en octubre de 1943. Ya en aquel año surgieron importantes fricciones sobre los dos más importantes problemas del orden del día: los de Alemania y Polonia, dos cuestiones de las que llevaron al enfrentamiento de la guerra fría y que cristalizaron en la ruptura casi total de relaciones entre los Estados vencedores. En esta Conferencia Roosvelt propuso la división de Alemania en cinco Estados separados más dos zonas internacionales. Churchill, por su parte, planteó aislar y castigar a Prusia, por un lado, y fragmentar el resto del país, integrándolo en una Federación del Danubio con objeto de abarcar bajo el mismo techo a todos los países centroeuropeos en los que la lucha contra el fascismo hacia presagiar la revolución; sobra decir que tal Federación quedaría bajo la tutela del Imperio Británico. Por su parte, Stalin no expuso ningún plan para desmembrar Alemania, con excepción de Austria; su interés primordial versaba sobre el control tripartito de las potencias vencedoras durante la posguerra con objeto de garantizar su desmilitarización y su pacifismo. Era ésta la única fórmula que podía poner freno al revanchismo, al irredentismo y al nacionalismo que había supuesto para Hitler la plataforma desde la que alzarse al poder e iniciar su escalada de conquistas y agresiones.

En cuanto a Polonia, las potencias occidentales exigían a la Unión Soviética el reconocimiento del gobierno polaco en el exilio, formado por los viejos aristócratas reaccionarios que habían traicionado a su pueblo, practicando una activa política antisoviética.

En la Conferencia de Quebec, celebrada en setiembre de 1944, comenzaron a aparecer divergencias entre los propios estadounidenses sobre el trato a Alemania en la posguerra, indicativas de una rápida evolución de criterio. Inicialmente Morgenthau, secretario del Tesoro, expuso un plan de una dureza extrema que conducía a reducir su industria pesada, transformando a Alemania en un país agrícola, subordinado y colonizado por las economías de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. En lo que a la división de Alemania concierne, era partidario de preservar una estricta separación entre todos los fragmentos resultantes de la partición del país. Este criterio de Morgenthau era compartido por el presidente Roosvelt. Mientras tanto Winant, embajador norteamercano en Londres, comenzó a defender que Alemania no podía ser tratada con una dureza excesiva y, además, atenuaba la división con una posterior confederación de los Estados resultantes. Esta era la tesis -que se impondrá inmediatamente después de la Conferencia- de Cordel Hull y del Departamento de Estado, compartida también por Stimson.

Lo que quedó claramente establecido ya entonces fue que, incluso en el caso de Alemania, no hubo más propuestas de división que las que pusieron sobre la mesa negociadora Roosvelt y Churchill.

La creación de la ONU

Cinco meses después, en Yalta, se repiten las mismas tesis con los mismos protagonistas. Aquella conferencia celebrada en Crimea en febrero de 1945, fue la más importante de las cumbres de Jefes de Estado de la guerra mundial. En ella se plantearon no ya únicamente cuestiones relativas a las operaciones finales de la guerra, sino primordialmente las que hacían referencia a los problemas previsibles de la posguerra. Y eran éstas precisamente los que dividían más profundamente a la coalición antihitleriana. Con el Ejército Rojo a 50 kilómetros de Berlín y los aliados a 500 se discutieron infinidad de temas. Se trató de la creación de la ONU, tema ya discutido en la Conferencia de Dumbarton Oaks en agosto de 1944, y consolidado definitivamente en San Francisco en abril de 1945. Sobre el tema de la ONU hubo una cuestión -el derecho de veto de las grandes potencias- que se discutió ya entonces como hoy día, y que reflejaba bastante acertadamente lo que antes hemos expuesto sobre el papel que la Unión Soviética había alcanzado en todos los asuntos internacionales. El derecho de veto fue una conquista tanto de la Unión Soviética como de todos los pueblos del mundo, especialmente los que tras la guerra iniciaban la construcción del socialismo y aquellos otros que se estaban emancipando de las ataduras coloniales. Transigir en el principio de un país, un voto hubiera transformado a la ONU en un apéndice de la política imperialista occidental, como lo fue en su tiempo la Sociedad de Naciones, lo que en definitiva condujo a su bancarrota. Si pensamos por un momento que ni siquiera el dicho de veto que se reservó la Unión Soviética impidió que en sus primeros años la ONU adoptara toda una serie de acuerdos y decisiones enfilados contra el socialismo y los pueblos coloniales, si recordamos que la agresión imperialista contra la República Democrática y Popular de Corea se llevó a cabo bajo la bandera de las Naciones Unidas, entonces caeremos en la cuenta de la importancia que el derecho de veto tuvo para la defensa de la paz mundial y de las conquistas revolucionarias de todos los pueblos del mundo, que tuvieron en la Unión Soviética un tribuno y un defensor consecuente de sus derechos. Esto es lo que reconoce Rostow cuando sostiene que “en un mundo estructurado como el de finales la Segunda Guerra Mundial, el fortalecimiento de la Asamblea, aumentaba en cierto grado la influencia americana en las Naciones Unidas y disminuía la de la Unión Soviética… En 1945, sobre la base de un país un voto, ambos quedaban en minoría y mayoría respecto al poder político mundial” (1). Dejar las cuestiones capitales del mundo al voto mayoritario de la Asamblea hubiera supuesto legalizar la política belicista y rapaz del imperialismo, y revestirla de un ropaje seudodemocrático.Otro de los temas tratados fue el del futuro de los países liberados de la ocupación fascista, problema arduo a causa de la bancarrota de los gobiernos respectivos y de la efervescencia política en la que se encontraban. Se arbitró un sistema bastante ambiguo de control e inspección conjuntos de las tres potencias que tendría por misión supervisar la celebración de elecciones libres, la firma de los armisticios y la formación de los gobiernos subsiguientes.

Es evidente que la tesis del reparto del mundo es incongruente con este acuerdo de celebrar elecciones libres bajo control de las tres potencias: cualquier reparto de las esferas de influencia en los países liberados de Europa central hubiera hecho innecesarias la celebración de elecciones. Por lo demás, hay que tener en cuenta que los Estados Unidos se oponían a este viejo sistema de dominación imperialista y, dada la subordinación de la política exterior británica de finales de la guerra a la norteamericana, es muy dudoso que Churchill se aventurara a tomar tal iniciativa, o bien, que una vez adoptado dicho acuerdo con la Unión Soviética, lo mantuviera contra la opinión de Roosvelt. El gobierno estadounidense era contrario a una política colonial a la antigua usanza y, por tanto, a un reparto de las esferas de influencia y de los territorios. Siguiendo a Wilson, pretendía superar el rancio colonialismo británico y enunciar una serie de principios abstractos que no le sometieran a ninguna responsabilidad concreta en el futuro. En suma, todo conduce a pensar que la mención de Churchill en sus Memorias no es más que una de sus características diatribas contra el socialismo, un intento de confundir -y en buena parte lo ha logrado- y de hacer pasar como política exterior soviética lo que no es sino un fiel reflejo de las prácticas colonialistas del decadente Imperio Británico.

La liberación de Polonia

La celebración de elecciones libres era particularmente difícil en Polonia, donde coexistían el gobierno de Londres junto al gobierno del interior, formado en base a los representantes de las fuerzas patrióticas que, junto al Ejército Rojo, habían liberado al país del ocupante nazi. Este segundo gobierno era el que verdaderamente contaba con el apoyo popular, como lo demostró en las elecciones que se celebraron en enero de 1947 en las que obtuvo un rotundo éxito. A pesar de que Polonia debía su independencia a la Revolución rusa, sus gobernantes habían practicado una política muy hostil a la Unión Soviética, y su pueblo se hallaba sujeto a una brutal dictadura fascista, sostenida por los altos jerarcas militares. Polonia había invadido la Unión Soviética tras la Revolución de Octubre y fomentado a la aristocracia zarista y a los guardias blancos con el fin de prolongar la guerra civil, el caos y el derrocamiento del poder soviético. Polonia ambicionaba extensos territorios de la Ucrania soviética y de Bielorrusia, así como de Rutenia, Lituania, Eslovaquia (la zona de Teschin} y otras regiones a repartir con Hungría formando una Federación bajo la tutela de Polonia. Según relata Ciano, ministro fascista italiano de Asuntos Exteriores, en su Diario, “los polacos no se resignaban a considerar como definitiva la frontera con Checoslovaquia y confían aún en alcanzar una frontera común con Hungría. La preocupación por el problema ucraniano domina silenciosamente el corazón polaco, aunque Beck subraya a menudo, con complacencia y sin convicción, las seguridades recibidas por Hitler a este respecto […] Resumiendo las impresiones y trasladándolas al plano de nuestros intereses, me parece justo llegar a la conclusión de que seria ligero afirmar que Polonia es un país conquistado para el sistema del Eje o del Triángulo, pero que sería demasiado pesimista calificarlo como francamente hostil” (2).Tal era el panorama que presentaba el gobierno polaco antes de la invasión de su país por la Alemania hitleriana, y que en su exilio londinense perseguía con mayor tenacidad, si cabe, a pesar de que el Ejército Rojo había liberado a su país de la dominación fascista. Esto es tan más grave cuanto que entre la Unión Soviética y Polonia existían una serie de acuerdos de amistad y cooperación que el gobierno exiliado se negaba obstinadamente en cumplir. La lucha del gobierno exiliado se enfilaba más hacia el socialismo que hacia el ocupante nazi. Ellos tomaban como excusa el litigio existente en la frontera polaco-soviética, haciendo de ésto el centro de su política exterior con el fin de entorpecer las relaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales. Para la etapa de posguerra, el gobierno exiliado mantenía sus aspiraciones de grandeza, de hegemonía centroeuropea a costa de sus vecinos. Según relato del artífice de la política exterior de Roosvelt, Harry Hopkins, la tesis de A. Eden (Ministro de Asuntos Exteriores británico) era que Sikorski (Presidente del gobierno polaco en el exilio) está haciendo a los polacos más mal que bien. Polonia tiene -decía Eden- grandes ambiciones para después de la guerra y piensan que con Rusia debilitada por la contienda y Alemania aplastada, Polonia se convertirá en el Estado más poderoso de esos parajes del mundo. Eso a Eden se le figura completamente ajeno a la realidad. Polonia desea poseer la Prusia oriental, y tanto Eden como el Presidente [se refiere a Roosvelt] entienden que debe atendérsele en ésto (3). Eran éstas las perspectivas que ofrecía el gobierno polaco en el exilio; su asentamiento en la posguerra hubiera llevado a una serie interminable de conflictos fronterizos y de todo tipo que hubieran desestabilizado toda la situación creada en la posguerra en Europa central, todos los avances logrados por los pueblos en la lucha contra la invasión de la Wehrmacht. En síntesis, la política chovinista, hegemonista y agresiva de los exiliados hubiera dado carta de naturaleza en la Europa de la posguerra a los conflictos fronterizos, a las reivindicaciones territoriales y a los permanentes conflictos y guerras nacionales.

Tras una feroz campaña antisoviética lanzada desde Londres por el gobierno polaco en el exilio y la retirada hacia el norte de África de las tropas polacas dislocadas en el frente este, cuando más necesarias eran a causa de la batalla de Stalingrado, a pesar de ser tropas adiestradas y equipadas por el Ejército Rojo, la Unión Soviética rompió sus relaciones diplomáticas con el gobierno en el exilio el 23 de abril de 1943. Entonces, bajo la dirección del Partido Obrero Polaco y con el apoyo de la Unión Soviética, se formó la Unión de Patriotas Polacos y la División Kosciuszko, al mando del coronel polaco Berlinger, quienes comenzaron la verdadera lucha contra la Wehrmacht y contra el traidor gobierno en el exilio. En diciembre de 1943 se formó la Krajowa Rada Narodowa (o Consejo Nacional polaco, máximo organismo decisorio, quien hacía las veces de Parlamento nacional) el cual, a su vez, eligió un Comité Polaco de Liberación Nacional, que comenzó a ejercer las funciones administrativas conforme el país iba siendo liberado de la ocupación, y que en un principio tenía su sede en Lublin, donde hacía las veces de Gobierno provisional. Igualmente, la División Kosciuszko fue incrementando sus efectivos y su prestigio en la lucha de liberación nacional, tanto en el frente, junto al Ejército Rojo, como en la retaguardia, formando parte de la lucha guerrillera en territorio polaco. De aquí surgió el Armjia Ludowa (Ejército Popular) que contaba con 286.000 combatientes, frente a los 125.000 de que disponía el Armjia Krajowa (Ejército Nacional) dependiente del gobierno en el exilio.

Cuando el Ejército Rojo cruzó la frontera soviético-polaca en persecución de la Wehrmacht, Stalin envió un comunicado oficial a Churchill en el que decía: “El problema de la administración del territorio polaco se nos ha planteado en la práctica. No queremos establecer ni estableceremos nuestra administración en el territorio de Polonia, porque no queremos inmiscuirnos en sus asuntos internos. Esto concierne a los propios polacos. Hemos juzgado necesario, pues, establecer contactos con el Comité Polaco de Liberación Nacional recientemente constituido por el Consejo Nacional de Polonia que fue formado en Varsovia a fines del año pasado y está integrado por representantes de los Partidos y agrupaciones democráticos, de lo cual Vd. ya estará informado por su embajador en Moscú. El Comité Polaco de Liberación Nacional se propone instituir su administración en territorio polaco, cosa que esperamos pueda realizarse. No hemos encontrado en Polonia otras fuerzas capaces de formar una administración polaca. Las tituladas organizaciones clandestinas, dirigidas por el gobierno polaco en Londres han demostrado ser efímeras y carecer de influencia. No puedo considerar al Comité Polaco como el gobierno de Polonia, pero puede ser que sirva en el futuro como núcleo para formar un gobierno polaco provisional compuesto de elementos democráticos”.

A pesar de esta clara postura, Stalin se declaró dispuesto a entrevistarse con el Presidente del gobierno polaco en el exilio, Mikolaczyk que había sustituido a Sikorski en el cargo, así como a mantener conversaciones entre ambas partes con el fin de colaborar para la más rápida liberación de Polonia. Mikolaczyk viajó a Moscú el 3 de agosto, pero se negó a cualquier forma de colaboración con el Comité Polaco de Liberación Nacional. Sus exigencias se basaban en el reconocimiento del gobierno exiliado como el único y legítimo del país, por lo que las demás fuerzas políticas y militares que actuaban en Polonia debían supeditarse a las directrices de los exiliados. Igualmente se opuso a la petición del CPLN de que fuese restaurada la Constitución de 1921, punto de partida para la democratización futura del país. Únicamente reconoció la torpe campaña de desprestigio que se estaba llevando desde Londres por parte de los exiliados polacos contra la Unión Soviética y el Ejército Rojo.

En consecuencia, los esfuerzos del gobierno exiliado de Londres y de sus fuerzas en el interior continuaban, lo mismo que en la preguerra, enfilados hacia un Ejército y un país que lo estaba dando todo por la liberación de sus vecinos. De esta manera la oligarquía polaca continuaba favoreciendo, aún desde el exilio, los planes del nazismo y socavaba la necesaria unidad para sacudirse el yugo del ocupante. Esta política les condujo a una absurda pugna competitiva con el CPLN con el fin de demostrar a los ojos del mundo que contaba con el respaldo de la gran mayoría del pueblo polaco. El último y más trágico episodio de estas ansias aventureras de los exiliados fue el alzamiento de Varsovia, que acabó en una gigantesca masacre popular a manos del Ejército y la policía hitlerianas.

En el fondo lo que se cuestionaba era si Polonia continuaría siendo en la posguerra un puente para las provocaciones y las agresiones contra la Unión Soviética y sus otros vecinos, o si por el contrario la reaccionaria camarilla aristocrática refugiada en Londres iba a ser apartada dejando paso a un gobierno de las fuerzas patrióticas y populares interesadas en democratizar el país, mantener relaciones pacíficas y cordiales con todos los países adyacentes. Era evidente que la Unión Soviética no podía tolerar ya más focos conflictivos en sus fronteras que desembocaran en excusas para desencadenar agresiones e invasiones de su territorio; la Unión Soviética exigía a sus vecinos, y ahora se encontraba en condiciones de llevarlo a cabo, el respeto a los principios de la coexistencia pacífica, a la inviolabilidad de fronteras y a la no injerencia en los asuntos internos. El centro de Europa y los Balcanes no podían ser, una vez más, esa hoguera interminable de conflictos, bajo la excusa de reivindicaciones territoriales seculares ni bajo cualquier otra.

La división de Alemania

Más trascendental, si cabe, era el problema de Alemania. En Yalta las potencias occidentales continuaron con su propuesta de desmembración. A pesar de que Truman contó diez años después en sus Memorias que “mi idea era una Alemania unificada con un gobierno centralizado en Berlín”, todos sus esfuerzos y los de su predecesor, F.D.Roosvelt, así como los de Churchill coincidían en tratar de lograr que las zonas de ocupación militar se transformaran en fronteras políticas definitivas. No menos radical era la postura francesa que, aunque no participó en Yalta, también mantenía posiciones similares, pues, según cuenta R. Aron, en el Consejo de Control el representante francés vetó toda creación de cualquier presunta administración central para toda Alemania. Es que el general De Gaulle se mantenía fiel a su fórmula: nada de Reich, sino varias Alemanias; “quería facilitar no la restauración de Alemania, sino el nacimiento de dos Estados alemanes” (4).Estos planes se lograron frustrar en un principio gracias a la insistencia soviética en establecer cuatro áreas de control bajo el mando conjunto de las cuatro potencias que, según se especificaba en las resoluciones, sólo tendrían un carácter provisional. Para llevar a cabo esos planes se constituyó la Comisión Aliada para el Control de Alemania a la que se refiere Aron, que tuvo una vida muy breve y no logró poner de acuerdo a las cuatro potencias en su propósito de alcanzar una Alemania unificada, pacífica y desmilitarizada, a causa de la labor obstruccionista de las potencias occidentales, empeñadas en enredar las conversaciones, prolongarlas interminablemente con objeto de no obtener ningún acuerdo conjunto, ningún compromiso concreto y mantener permanentemente la situación de una Alemania dividida y enfrentada. Las consecuencias de esta postura occidental se dejó sentir fuertemente en la posguerra. Esto no era ninguna casualidad sino una política premeditada, perfectamente planificada por los Estados Mayores del imperialismo: se trataba de reproducir la situación creada en la posguerra anterior, de atomizar Europa central, balcanizarla, eternizar las rivalidades nacionales. Esto daría la posibilidad de que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos quedaran como árbitros de la situación, de las rivalidades entre los pequeños Estados, y en definitiva el que pudieran actuar en las fronteras de la Unión Soviética a sus anchas. El mantener una hoguera permanente a las puertas de la Unión Soviética y en una zona donde el movimiento revolucionario iba en ascenso proporcionaría al imperialismo la coartada necesaria para nuevas injerencias e invasiones contra el socialismo. Tampoco iban a ser despreciables las consecuencias para la propia Alemania: dividida y enfrentada, se le abría el camino para un nuevo rearme, se le daban nuevas energías al revanchismo, al irredentismo y a un nacionalismo hitleriano de nuevo cuño que perseguiría la reunificación alemana a costa del aplastamiento de la República Democrática Alemana y, en definitiva, de la comunidad de países socialistas a la que se había integrado una parte del pueblo alemán.

Además de la oposición a la política del gobierno polaco en el exilio y al desmembramiento de Alemania, las propuestas de Stalin en Yalta contenían otros aspectos constructivos para la rápida derrota del fascismo y la configuración de las relaciones internacionales en la posguerra. Proponía el juicio público y el castigo de los criminales de guerra; la supresión del nazismo y la creación de una Alemania unificada, pacífica, democrática e independiente; la liquidación de la industria de guerra, y finalmente, el resarcimiento, aunque fuera parcial y simbólico, de los daños ocasionados a los países ocupados, si bien habría de tenerse en cuenta la situación económica de Alemania y las necesidades del pueblo alemán. En concreto, una declaración oficial del gobierno soviético decía: “Nuestro fin inquebrantable es destruir el militarismo y el nazismo alemán y crear la garantía de que Alemania jamás volverá a estar en condiciones de perturbar la paz en todo el mundo […] En nuestro propósito no cabe el exterminio del pueblo alemán”.

Muy distintos eran los propósitos de las potencias imperialistas, crudamente expuestos por Morgenthau que, en definitiva, consistían en vengarse y humillar al pueblo alemán, que no de los auténticos responsables de la masacre con quienes el imperialismo tenía buenas relaciones que no tardarían en estrecharse todavía más al final de la guerra.

Esta línea política no duró mucho a causa del auge revolucionario en Europa central. De un extremo las potencias occidentales se pasaron rápidamente al otro, y comenzaron a fomentar la industrialización, el rearme y el revanchismo germano-occidental. Fue así como en la posguerra fueron instalados en los cargos dirigentes de la República Federal Alemana gran parte de los viejos dirigentes hitlerianos, ahora transformados en demócrata-cristianos o socialdemócratas.

Las indemnizaciones de guerra

La Unión Soviética fijó el monto de las indemnizaciones que se le debían en 20.000 millones de dólares, muy por debajo de los daños materiales ocasionados, y que aún posteriormente rebajaría a la mitad. Sobre la cuestión de las reparaciones se discutió en Yalta acerca de la experiencia que se guardaba de la Primera Guerra Mundial, en la que estas indemnizaciones supusieron una carga sobre las espaldas de la clase obrera alemana mientras que para el nazismo constituyeron un argumento para desatar la demagogia revanchista. Esto agudizó sensiblemente la lucha de clases en Alemania en el periodo de entreguerras, y así, mientras la oligarquía reaccionaria apretaba filas en torno a Hitler, las masas populares no se dejaban someter pacíficamente.So pena de colapsar toda la economía alemana no se podía repetir el error de exigir nuevamente reparaciones en moneda. Por esto, en Yalta y luego en Postdam el acuerdo adoptó la forma siguiente: cada uno de los aliados tomaría las reparaciones, desmontando de ella el aparato industrial excedentario, de acuerdo con los niveles autorizados de producción. Fue la Unión Soviética quien insistió precisamente en que las reparaciones se hiciesen efectivas en especie, ante todo a costa de industria de fabricación de material bélico, con lo que de esta manera se garantizaba, al mismo tiempo, el desarme de Alemania para el futuro. El deseo de las potencias occidentales era, naturalmente, que las indemnizaciones se pagaran en dinero, lo que ya tras la Primera Guerra Mundial había supuesto un gran negocio para la gran banca internacional y las finanzas que se hicieron los dueños de la economía alemana durante los años veinte. Aparte de esto, la experiencia había demostrado que Alemania fue desposeída de todos los capitales que tenía en el exterior a finales de la guerra anterior. De país acreedor se transformó en un país deudor, presa de los créditos abusivos y de la inflación que ello ocasionaba automáticamente. Las reparaciones monetarias, por consiguiente, amén de ser inviables, no conducirían sino a nuevas tensiones para Alemania, a situaciones que recrudecerían la política reaccionaria de la camarilla neohitleriana que se iba a instalar en la República Federal Alemana en la posguerra. Era, pues, uno de los aspectos fundamentales de las reparaciones el que se hicieran efectivas en especie, sobre los bienes existentes en Alemania en el momento de la derrota y nunca sobre la base de obligaciones futuras o aplazadas que hipotecaran el futuro de la economía germana.

Sin embargo, cuando la Unión Soviética comenzó a desmantelar las industrias de guerra alemanas en la zona que ocupaba, se lanzó contra ella la acusación de saqueo y de perseguir el botín de guerra. Aparte de lo ya dicho acerca de los acuerdos de Yalta en los que se basaba la actuación soviética, hay que hacer constar que el asunto tiene un trasfondo importante que es lo que forzaba a la propaganda imperialista contra el poder soviético: se trataba del descubrimiento de que buena parte de la industria de guerra que estaban desmantelando los soviéticos era copropiedad de los monopolistas anglo-norteamericanos, los cuales, como era lógico exigían una compensación económica de la Unión Soviética. Se puso entonces al descubierto la escandalosa doble política del imperialismo internacional y toda la propaganda que se difundió (y que se continúa difundiendo) contra la Unión Soviética por este asunto no pudo ocultar la complicidad de los trusts occidentales con el nazismo por mucho que intentaran desligar sus intereses privados de la gran matanza a la que contribuyeron. Lo que tantas veces se había desmentido presentándolo, a su vez, como falsa propaganda bolchevique se aclaró ahora definitivamente, cuando los grandes capitalistas occidentales veían expropiadas sus posesiones en los países del Eje y exigían que no se les asimilara con el fascismo cuando en realidad le habían sostenido y apoyado hasta el punto de instalarle sus fábricas de destrucción y de muerte. Naturalmente ni la Unión Soviética ni nadie podía separar las responsabilidades de unos y otros.

Pese a ello, algunos monopolistas occidentales organizaron un fantástico negocio con la derrota de Alemania y fueron quienes verdaderamente se lanzaron al saqueo de los países derrotados, especialmente de su oro. Algunos monopolistas yanquis supieron convertir en negocio las atrocidades cometidas por los nazis. Las instalaciones para las cámaras de gas de las fábricas de la muerte fascistas fueron vendidas por firmas alemanas estrechamente ligadas a monopolistas yanquis. Los carros de la muerte se fabricaron en las fábricas alemanas pertenecientes a Ford y a la General Motors. El Bank of International Settlements de Basilea, cuyo director era el banquero neoyorquino Thomas Mackintrik, compraba al Reich Bank alemán el oro robado por los hitlerianos, así como los dientes de oro de las personas asesinadas en los campos de concentración.

Por el contrario, la política soviética de cobrarse las indemnizaciones sobre la industria de guerra alemana estaba de acuerdo con el Tratado de Yalta. El propio Truman en sus Memorias manifiesta que las reparaciones debían provenir de la riqueza nacional de Alemania existente en el momento de su colapso, concediendo atención preferente a la remoción de la maquinaria industrial, instalaciones y fábricas. Y una declaración oficial del gobierno norteamericano, firmada por Truman ratificaba: Ahora y siempre la política fundamental de los Estados Unidos ha consistido en que el potencial bélico de Alemania sea destruido y se impida su resurgimiento dentro de lo posible, mediante el traslado o destrucción de fábricas, material u otros bienes. La actuación de la Unión Soviética se ajustó en todo momento a estas directrices tanto en lo relativo a las reparaciones como en lo referente a la desmilitarización de Alemania; sería el imperialismo occidental quien pronto olvidaría sus compromisos fomentando, una vez más, el revanchismo y el rearme de Alemania occidental.

A la Conferencia de Yalta siguió la de Postdam (Berlín) cinco meses más tarde. El cambio de clima en las relaciones entre los vencedores se hizo entonces mucho más patente, desde los deseos de amistad y cooperación hacia el enfrentamiento abierto y la política de guerra fría. Acontecimientos muy importantes se sucedieron entre ambas Conferencias. El Comité Polaco de Liberación Nacional o gobierno de Lublin accedió a ser ampliado integrando a algunos elementos del gobierno en el exilio; entre otros pasó a formar parte del gobierno como Vicepresidente Mikolaczyk el 21 de junio de 1945; el 5 de julio este gobierno era reconocido por Gran Bretaña y Estados Unidos como el único legitimo de Polonia. No por ello menguó la propaganda imperialista acerca del expansionismo soviético y de la imposición de gobiernos títeres en centro-europa y los Balcanes. Gestos como el del CPLN no eran la prueba de buena voluntad y de distensión que exigían las potencias occidentales, sino que por el contrario era tomadas como signos de debilidad que, según los estrategas del imperialismo, había que aprovechar para imponer su dictado en la zona. De ahí que esta actuación del CPLN, como otras de los demás gobiernos legítimos de Europa oriental, lejos de obligar al imperialismo a guardar silencio no hacía más que avivar la propaganda de los monopolios contra la Unión Soviética y por la reconquista de Europa central y los Balcanes.

La primera bomba atómica

En este sentido actuó también la explosión de la primera bomba atómica en plan experimental en Alamogordo (Estados Unidos) que se realizó precisamente el día anterior de abrirse la Conferencia de Postdam. El imperialismo norteamericano se vio enormemente fortalecido en sus posiciones con esta nueva baza entre sus manos. Esto arreció la demagogia antisoviética e hizo más intransigentes -si cabe- a los norteamericanos en sus propuestas y negociaciones. Pensaron que podían apostar fuerte y lograr que sus compañeros de viaje en la Conferencia se atasen al carro que ellos iban a guiar. No tuvieron contratiempos con Gran Bretaña, pero no tardaron en caer en la cuenta que la Unión Soviética no cedería ante el chantaje nuclear. Tampoco es casualidad que dos semanas después de finalizar la Conferencia, el mando norteamericano se decidiera llevar a la práctica su experimento nuclear, esta vez en vivo, haciendo explotar dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Y todo esto se llevó a cabo por el conocido método del imperialismo, es decir, sin contar con los aliados de guerra, precipitadamente y con inconfesables objetivos colaterales.Por lo que se refiere a las conversaciones de Postdam, la mayor parte de las cuestiones giraron en torno a los países liberados. Truman y, con mayor virulencia aún, Churchill, comenzaron acusando a Stalin de no respetar los acuerdos de Yalta, de tratar de imponer en Europa oriental y los Balcanes regímenes comunistas y satélites de Moscú a causa de la presencia en la zona del Ejército Rojo. Los norteamericanos exigían una acción conjunta para reorganizar los gobiernos de Bulgaria y Rumanía de manera que todos los grupos democráticos participasen en ellos. Ni siquiera el CPLN se libraba de las críticas, a pesar de haber ampliado su composición con miembros del gobierno exiliado. Era objeto especial de crítica la demarcación fronteriza que se delimitó de mutuo acuerdo con la Unión Soviética.

En suma, el imperialismo acusaba a la Unión Soviética de no respetar los acuerdos de Yalta en lo referente al control tripartito de los países liberados y a la celebración de elecciones libres. Pero de lo que las potencias occidentales no querían ni hablar era de las manipulaciones que había llevado a cabo, las que estaban efectuando y las que harían en un futuro bien próximo. Allá donde las intromisiones soviéticas no les paraban los pies, los gobiernos occidentales hacían y deshacían a su antojo sin contar con tan incómodo compañero de viaje, tratando de aupar en los más altos sillones ministeriales, incluso por la fuerza de las armas, a los más sanguinarios tiranos, aunque se tratara de viejos colaboradores de Hitler. El único requisito para tal ascenso es que fuesen buenos amigos de occidente, del mundo libre, lo que siempre ha sido sinónimo de títeres del amo que todo lo dirige desde la metrópoli.

En el caso de Italia, los británicos y estadounidenses negociaron por sí solos la capitulación y no concedieron al representante soviético un puesto en la Comisión de control del armisticio, sino sólo en el Consejo consultivo interaliado, organismo que nunca tuvo funciones efectivas. Pero se pueden citar muchos más casos similares demostrativos de que quienes estaban violando los acuerdos de Yalta eran precisamente las potencias imperialistas.

Algunos de ellos son bastante conocidos, como los de Grecia o Japón, y otros no tanto, como los de Siria o Líbano. Aquí, por ejemplo, fue Francia quien, tras su inicial derrota a manos del III Reich, trató de recuperar el terreno perdido con respecto a las demás potencias capitalistas y volver a conquistar las colonias perdidas. Siria y Líbano habían sido mandatos franceses de la Sociedad de Naciones, lo que era una fórmula legal para continuar con el régimen colonial bajo una apariencia de legitimación. Pero en el curso de la guerra el imperialismo anglo-norteamericano se vio obligado a reconocer su independencia con el fin de utilizar a estos países en la lucha contra el fascismo. Tras la guerra habían ingresado en la ONU como miembros soberanos de pleno derecho, a pesar de lo cual tropas expedicionarias francesas desembarcaron en ambos países con objeto de volver al estado de cosas anterior. Incluso llegaron a bombardear algunas ciudades sirias, entre ellas Damasco, la capital.

Los Balcanes

Pero esto, naturalmente, no constituía para el imperialismo ninguna forma de manejo, sino el ejercicio legitimo de sus derechos. Por el contrario, el ascenso revolucionario en Europa central y los Balcanes no podía ser sino fruto de las bayonetas del Ejército Rojo. Por ello, poco después de la Conferencia de Postdam, el 18 de agosto de 1946, el Secretario de Estado norteamericano, J.F. Byrnes, emitía una declaración oficial de su gobierno en contra de las elecciones en Bulgaria, clamorosamente ganadas por el Frente de la Patria (integrado por comunistas, la Unión Agraria, los socialdemócratas, el circulo Zvenó, los radicales y otros) que era la organización que representaba la unidad de todas las fuerzas populares que habían combatido contra el fascismo, contra el gobierno reaccionario que había permitido la ocupación alemana contribuyendo activamente a la agresión contra la Unión Soviética y a la represión del movimiento revolucionario en los Balcanes.El establecimiento del régimen democrático-popular en Bulgaria fue consecuencia directa de la lucha armada contra el ocupante fascista. En una serie de lugares los grupos numéricamente débiles de guerrilleros se transformaron en destacamentos organizados que contaban con el amplio apoyo del pueblo. A fines de 1943 y principios de 1944 un Ejército de cien mil soldados y gendarmes bajo mando fascista participó en la lucha contra el movimiento de los guerrilleros. El 26 de agosto de 1944 el Comité Central del Partido planteó la tarea del derrocamiento inmediato, por un levantamiento armado, del Consejo de Regencia fascista y del gobierno de Bagrianov, así como de la formación de un gobierno del Frente de la Patria. Cuando el 7 de setiembre el Ejército soviético penetró en territorio de Bulgaria, el levantamiento armado estaba ya en su apogeo. La huelga general de los mineros de Pernik, la huelga de los tranviarios y las manifestaciones de los trabajadores de Sofía, la huelga general de Plovdiv y Gabrovo, la toma por asalto de las cárceles de Pleven, Varna y Sliven fueron acompañadas de la ocupación de una serie de ciudades y aldeas por los destacamentos guerrilleros. Bajo la presión del Ejército soviético, las hordas alemanas abandonaron rápidamente el país. Los soldados búlgaros se negaban a cumplir las órdenes de los oficiales reaccionarios y se pasaban a los guerrilleros. El 9 de setiembre bajo el poderoso golpe de las masas populares unidas, ayudadas por los destacamentos guerrilleros y por los soldados y oficiales revolucionarios, fue derribada la dictadura monarco-fascista y se formó el primer gobierno del Frente de la Patria.Esto es lo que el imperialismo llamaba expansionismo soviético. Frenar ese expansionismo soviético era sinónimo de frenar el movimiento revolucionario que, al igual que en Bulgaria, se estaba desarrollando en toda la Europa central y en los Balcanes. Con la excusa de supervisar el proceso de elecciones libres en esta zona, las potencias capitalistas trataban de torcer el curso natural de los acontecimientos, ejercer todo tipo de presiones, injerirse en los asuntos internos de otros países y hacer valer el peso de la presencia militar que deseaban tener aquí como en otras áreas que manejaban a sus anchas. En la misma Bulgaria para impedir el levantamiento popular en maduración, la camarilla monarco-fascista se dirigió, por medio del gobierno de Bagrianov y después del gobierno de Muraviev-Guichev, al Estado Mayor anglo-americano con una proposición de capitulación incondicional, esperando que una ocupación anglo-americana dejaría impunes sus crímenes y con los quebrantados cimientos del régimen monarco-capitalista en Bulgaria.

En realidad no había nada que supervisar: se celebraron elecciones por el conocido y democrático sistema del sufragio libre y secreto y el Frente de la Patria obtuvo el 70 por ciento de los votos para la Gran Asamblea Nacional, de los cuales más de 50 por ciento fueron obtenidos por los diputados comunistas. Esto dejaba patente que las fuerzas antifascistas, democráticas y revolucionarias habían vencido tanto por la vía de las armas como por la de los votos. Demostraba que el Frente de la Patria, que agrupaba a todas esas fuerzas gozaba del amplio apoyo del pueblo búlgaro.

Checoslovaquia

Y lo mismo podemos decir de los demás países de la zona que se libraron de la esclavitud capitalista en la posguerra. Por ejemplo, en Checoslovaquia en las primeras elecciones parlamentarias tras la derrota de los invasores, las de mayo de 1946, solamente el Partido Comunista obtiene el 38 por ciento de los votos, constituyéndose en el mayor Partido del país por lo que se le encarga la formación de gobierno a su Secretario General, K.Gottwald, quien incluyó entre sus ministros a algunos socialdemócratas, por lo que entre ambos Partidos agrupaban el 51 por ciento de los escrutinios, formando de esta manera un gobierno con mayoría de votos. Con el transcurso del tiempo esta mayoría no haría sino consolidarse y ampliarse gracias a una extraordinaria gestión económica y social de los comunistas y sus aliados desde el gobierno. En lo que podemos considerar un auténtico y real milagro económico Checoslovaquia recupera en menos de un año la producción industrial de la preguerra. Por ello en las elecciones del 30 de mayo de 1948 el Frente Nacional amplia su base electoral hasta obtener el 90 por ciento de los votos; todo esto a pesar de que en el intermedio entre ambas consultas electorales numerosos reaccionarios habían desertado del Frente Nacional y se habían pasado abiertamente a las filas de los enemigos del gobierno dirigido por los comunistas hasta el punto de urdir una serie de complots armados para hacerse con el poder con la ayuda de los Ejércitos aliados que esperaban en la frontera occidental el momento de intervenir.En consecuencia, es evidente que si bien el Ejército soviético contribuyó decisivamente al desarrollo de la revolución en esta zona al derrotar al grueso de las fuerzas de la Wehrmacht y al impedir la intervención de los Ejércitos aliados, no es menos cierto que en estos países, como en otros que no gozaban de tan favorables condiciones, la bancarrota y la descomposición total de las viejas camarillas gobernantes que, o bien se hallaban en el exilio o se sostenían gracias a los ocupantes hitlerianos, abría el terreno para que las masas populares y los combatientes antifascistas se hicieran con el poder. Las elecciones que se celebraron corroboraron ampliamente esta tendencia. Cuando los imperialistas hablaban de supervisar estas elecciones lo que en realidad pretendían era, por una parte, frenar el proceso revolucionario, y por el otro, mantener permanente en la zona un foco de conflictos internacionales y agresiones enfilado contra la Unión Soviética. Para el imperialismo era necesario evitar que la Unión Soviética tuviese siquiera un momento de tregua tras la enorme sangría humana y material que le había supuesto la guerra. El socialismo, presa de la enorme devastación ocasionada por la guerra y con continuos enfrentamientos con sus vecinos, caería exhausta a los pies del capitalismo. Para ello era vital, dentro de los planes anglo-norteamericanos, evitar que la revolución se consolidara en el este de Europa y los Balcanes, que el socialismo no pudiera garantizar su seguridad y sus fronteras, que Europa no fuese, ahora menos que nunca, un área de paz.

Soldados y economistas

Tampoco hay que perder de vista que, junto con sus Ejércitos, el imperialismo llevaba sus equipos de economistas. Directamente del mando supremo del Ejército estadounidense en Europa surgieron el grupo de organizaciones económicas europeas que más tarde desembocarían en el Plan Marshall y en el Mercado Común.Los planes del imperialismo al pretender supervisar e inmiscuirse en el proceso revolucionario que experimentaban los países de la zona eran esos justamente: llevar sus ejércitos para aplastar el movimiento de masas y las organizaciones guerrilleras; instalar a sus expertos económicos para reconstruir el capitalismo, y finalmente, hacer los preparativos para una nueva agresión a la Unión Soviética. La consigna que encubría estas intenciones era la de que el este de Europa y los Balcanes no debían ser zona de influencia de nadie, lo que equivalía a decir que estaban a merced de cualquiera, sobre todo de los Estados Unidos, la única potencia beneficiada por la guerra. Estados Unidos no había padecido la guerra en su territorio, por lo que sus bajas humanas eran bastante más reducidas que las de otros países beligerantes. Por contra, los monopolios dedicados al armamento y gran cantidad de industrias obtuvieron gigantescos beneficios con los suministros al gobierno y la exportación al exterior. Mientras tanto, la Unión Soviética y los países de Europa oriental y los Balcanes habían sufrido cuantiosas pérdidas, siendo bastantes los que se hallaban en una completa ruina, padeciendo en extensas regiones la población hambre, enfermedades y toda suerte de calamidades. En estas condiciones la pretendida no influencia de nadie era la cortina que encubría la necesidad de esos pueblos de subordinarse al imperialismo norteamericano, si la revolución no se consolidaba.

Pero mientras el imperialismo establecía este estatuto para los pueblos de la zona, extensas áreas repartidas por todo el planeta eran tomadas como plazas de armas de Estados Unidos y Gran Bretaña, como zonas para su seguridad estratégica. Estas zonas de seguridad no eran contiguas, ni mucho menos, a las fronteras de sus países, sino que se repartían por todo el mundo y alcanzaban territorios contiguos a la Unión Soviética. A la inversa, el imperialismo se negaba a que la Unión Soviética estimase como zona para su seguridad a los países vecinos de Europa oriental y los Balcanes.

La Unión Soviética no podía tener una zona de seguridad ni en sus propias fronteras; Estados Unidos y Gran Bretaña las podían extender, por el contrario, a miles de kilómetros de las suyas, sobre todo si se trataba de la periferia de la Unión Soviética en la que instalaron tras la guerra un cordón de bases militares y de espionaje. Es más, las pretensiones del imperialismo llegaban al extremo de pretender obtener bases áreas de aviones e hidroaviones en el interior del territorio soviético. Es el caso de sus reclamaciones sobre las islas Kuriles que, según el Tratado de Yalta, correspondían a la Unión Soviética. Stalin contestaba así a las exigencias de Truman: “Las peticiones de esta naturaleza se dirigen generalmente a un Estado conquistado o bien a un Estado aliado que no se encuentra en situación de defender con sus propios medios ciertas partes de sus territorios y, en vista de ello, se muestra dispuesto a conceder a sus aliados una base adecuada. No creo que la Unión Soviética pueda ser incluida entre tales Estados”.

Las zonas de seguridad estadounidenses eran de goma, alcanzaban a todo el mundo y se prolongaban por todos los rincones. Pero a la Unión Soviética se le negaba su seguridad al borde mismo de su frontera. También Gran Bretaña podía mantener sus propias áreas de seguridad, y así, según Truman, Churchill estaba decidido a conseguir que Inglaterra mantuviese o incluso aumentase su control sobre el Mediterráneo. En suma, que para el imperialismo era indescifrable dónde terminaba su seguridad y dónde comenzaba su área de expansión y de dominación colonial, pues -como continúa Truman- el Mediterráneo era de importancia vital para Inglaterra, porque constituía la ruta principal hacia la India y Australia.

Eran, pues, estos des países quienes en realidad hacían lo que estaban achacando a la Unión Soviética. El socialismo, protegiendo la revolución en el este de Europa y en los Balcanes, garantizaba al mismo tiempo la seguridad de sus fronteras en una zona tradicionalmente conflictiva. Por contra, era el imperialismo quien, bajo la excusa de su seguridad, instalaba bases militares y se inmiscuía en los asuntos internos de todos los países, por lejanos que estuviesen de sus fronteras.

El Pacífico, por ejemplo, estaba destinado por Truman a ser un lago interior de los Estados Unidos. Ésta era, según ellos, la única manera de garantizar la seguridad de su país, aunque fuese a costa de liquidar la independencia de otros países como Filipinas o Japón, donde el imperialismo norteamericano se preocupaba muy poco del control tripartito, las elecciones libres o la soberanía nacional. Truman recordaba que el Pacífico había servido poco antes de la guerra como base de agresión contra ellos: “Eran las islas Marshall, Marianas y Carolinas, incluidas además centenares de islas y pequeños archipiélagos, con unos 50.000 nativos. El área total era pequeña -escasamente ochocientas millas cuadradas- pero comprendía una gran región del Pacífico occidental. En manos de una potencia enemiga, podían nuevamente usarse para desplazarnos de aquella área y bloquearnos de las Filipinas y Guam, así como de las posiciones británicas y holandesas en aquella parte del mundo. Podían también emplearse para combatir nuestras líneas de comunicación con Nueva Zelanda y Australia. Estas líneas se habían puesto bajo el control japonés al final de la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después de esto se habían fortificado y cerrado a los que no eran japoneses. Como bases de operaciones para los japoneses nos estorbaron mucho durante la guerra, y era comprensible que nos interesasen no sólo como fideicomisos, sino también en el caso de algunas, como áreas estratégicas especiales dentro de un sistema de fideicomiso […] Con la victoria en el Pacífico ahora asegurada, ya que las fuerzas norteamericanas expulsaban a los japoneses de sus islas fortificadas una después de otra, el control de estas islas durante el tiempo de paz suponía una importancia creciente en el desarrollo de la política norteamericana de posguerra”.

La política norteamericana era clara: donde el Ejército Rojo tenía una presencia efectiva eran necesarias elecciones y un control de las tres potencias, o sea, había que dejar paso a la intervención anglo-norteamericana; pero donde ellos estaban presentes nadie se podía inmiscuir. Las hipócritas palabras de Truman en sus Memorias lo dejan bien claro: “A pesar de nuestro vivo deseo de que Rusia entrara en guerra contra el Japón, la experiencia de Postdam hacía que yo estuviese decidido a evitar que los rusos participaran en absoluto en el control del Japón […] Adopté la determinación de conceder al general MacArthur el mando y control absolutos del Japón después de la victoria. La táctica rusa no podría perturbar de esta manera nuestra acción en el Pacífico. La fuerza es la única cosa que entienden los rusos. Y si bien confiaba que algún día sería posible convencer a Rusia de que colaborase en pro de la paz, yo sabía que no debía permitírseles ninguna clase de control sobre el Japón” (5).

(1) W.W.Rostow: Los Estados Unidos en la palestra mundial, Tecnos, Madrid, 1962, pg.167.
(2) Ciano: Diario, pg.86
(3) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pg.242.
(4) La República imperial, Alianza Editorial, Madrid, 1976, pg.67.
(5) H.S.Truman: Memorias: 1945, año de decisiones, Ed.Vergara, Barcelona, 1956, tomo II, pgs.10 y 171.

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Memoria Histórica

Stalin sobre la revolución china

Aunque son muchos los que suponen lo contrario, hay muy pocas intervenciones de Stalin en la Internacional Comunista, al menos que sean conocidas. Aún hay menos referencias suyas acerca del desarrollo de la revolución en China. La mayor parte de sus intervenciones -por no decir todas- son réplicas derivadas de la traición del Kuomintang en 1927 y las repercusiones internas que tuvo dentro del Partido bolchevique. No abundan, sin embargo, las opiniones directas de Stalin sobre la revolución china.

El discurso de 30 de noviembre de 1926 ante la comisión china de la Internacional es una excepción muy poco conocida, que merece la pena recordar. No es un artículo sino una opinión emitida en vivo que, posteriormente, se documentó en las actas. Tiene un carácter crítico, es decir, que Stalin se opone a los informes que los miembros de la comisión china habían redactado sobre la puesta en práctica de la línea política del PCCh.

Su intervención reúne dos de las mejores virtudes que siempre acompañaron a Stalin. En primer lugar, desde el principio pone de manifiesto su modestia, ya que reconoce que no dispone de todos los materiales necesarios para hacer una exposición completa sobre la situación en China. En segundo lugar, es uno de los documentos más claros, más sencillos y más sintéticos sobre las peculiaridades de China y de la revolución china.

El discurso de Stalin no es, pues, interesante sólo por sus opiniones sobre China, sino también porque es una joya del estilo argumentativo de los marxistas, que se ha perdido hace tiempo. Es conveniente aclarar también que Stalin se está dirigiendo directa y personalmente a aquellos a los que critica, como demuestran las actas.

El dirigente bolchevique empieza por una cuestión formal, criticando el pésimo estilo con el que están redactados los informes que tiene en la mano. Son ese tipo de devocionarios repletos de citas de Lenin sacadas de acá y allá e incorporadas por los pelos a una argumentación que, la mayor parte de las veces, está más vacía que la olla de un mendigo.

En aquel caso, los responsables de los asuntos de China en la Internacional Comunista se aferraban a una frase de Lenin en la que equiparaba al país asiático con la Rusia de 1905 lo cual, dice Stalin, es sólo una parte del asunto: China se parece a Rusia en 1905 pero también es diferente a ella. A partir de ahí, Stalin utiliza el contraste para exponer los rasgos fundamentales propios y característicos de la revolución china.

Lo mismo que en Rusia en 1905, en China la revolución también es de naturaleza democrático-burguesa, dice Stalin, pero adopta una forma diferente porque es una “revolución de liberación nacional”. Es toda una declaración de principios que podría ayudar a todos esos independentistas que quieren ser comunistas y no saben cómo. La lucha contra el imperialismo, dice Stalin en 1926, “juega un papel preponderante en China”. Naturalmente que tras la ocupación de China por Japón en 1934, lo preponderante se convirtió en omnipresente.

En un movimiento de esas características, como en todo movimiento de masas, se plantean dos asuntos estrechamente relacionados. El primero es el movimiento en sí mismo, las clases sociales que participan en él, especialmente el campesinado, su naturaleza burguesa, nacional y antimperialista a la vez. No creo necesario repetir que la falta de homogeneidad de un movimiento así no excluye que tuviera un carácter revolucionario.

El segundo es la dirección de dicho movimiento, que sí tiene que ser homogénea “e incumbe fatalmente al proletariado chino”. En apoyo de esa dirección juega la existencia de la URSS, dice Stalin: “Si antiguamente, antes de la época de la revolución mundial, el movimiento de liberación nacional era una parte del movimiento democrático en general, hoy, tras la victoria de la revolución soviética en Rusia y el comienzo de la época de la revolución mundial, es una parte de la revolución proletaria mundial”.

La Internacional Comunista, apunta también Stalin, no está sabiendo analizar la intervención imperialista en China y, por lo tanto, tampoco la guerra civil. Detrás de los choques entre los “señores de la guerra”, los generales del ejército y las mesnadas feudales estaban unos u otros imperialistas. Además, Stalin diferencia entre las distintas formas de intervencionismo imperialista entre unas u otras potencias, poniendo de manifiesto que la posición “dulce” de algunos imperialistas, como los japoneses o los estadounidenses, aparentemente favorables al gobierno nacionalista de Cantón, era falsa.

La fragmentación política de China, típicamente feudal, como cualquier clase de división del enemigo de clase, es uno de los factores más favorables para un movimiento revolucionario. Dentro de aquel complejo panorama, los nacionalistas y los comunistas, aunque formaban un único frente, con su propio gobierno, no eran más que una de tantas facciones que combatían en China. En 1926 dicho gobierno había desencadenado la “marcha hacia el norte”, una expedición militar para aplastar al ejército contrarrevolucionario afincado en Pekín.

La forma en que dicha “marcha” se estaba desarrollando había creado otra concepción errónea en la Internacional Comunista, dice Stalin, que también se reproduce en la actualidad. Aunque la expedición parecía una lucha entre dos ejércitos, se trataba de “un desarrollo de la revolución china”. Detrás de la forma militar que revestían los acontecimientos, había que ver una lucha política y social: “Las tropas revolucionarias chinas son un factor de los más importantes de lucha de los obreros y campesinos por su emancipación”.

A partir de esta constatación, Stalin desarrolla una exposición sobre la forma militar que los movimientos revolucionarios han desarrollado desde el siglo XVIII, cuando los levantamientos populares se enfrentaban desarmados a un ejército regular. Por el contrario, en China quien se enfrenta al ejército es “el pueblo en armas representado por su ejército revolucionario”. Es otra de las ventajas que tiene la revolución china, añade Stalin, quien expone una concepción político-militar de la revolución, que a lo largo del siglo XX se haría típica, pero que en 1926 era totalmente novedosa.

Como consecuencia de esa característica, los comunistas chinos deben “emprender seriamente el estudio del arte militar” y prestar atención al trabajo en el seno del ejército, bien entendido que se trataba del ejército de Cantón, es decir, de un ejército adiestrado y equipado por la Internacional Comunista para los nacionalistas del Kuomintang y del que formaban parte también los comunistas chinos.

Luego Stalin analiza el aspecto político-militar de la revolución china en relación con la intervención en ella del campesinado, volviendo a criticar las equiparaciones que estaba llevando a cabo la Internacional Comunista en China con los soviets. La Internacional Comunista tenía muy presente el papel que el campesinado desempeñaría en la revolución china, pero no de una manera suficiente. Creía que la movilización del campesinado podría romper el frente único antimperialista. A diferencia de la III Internacional, Stalin dice que hay que acabar con la “neutralidad” hacia los campesinos. La revolución en el campo fortalecerá el frente antimperialista.

También aparecen diferencias en la forma en que se debería empezar a organizar al campesinado. A diferencia de la Internacional Comunista, Stalin considera que en aquel momento no se podía empezar por crear soviets campesinos en China. Destaca el peso social abrumador de la población rural en la sociedad china y propone empezar por crear comités campesinos. Sin embargo, ese punto de partida nunca podrá ser suficiente para movilizar tan gigantesca masa de campesinos. Para ello es necesario “el aparato de un nuevo poder nacional revolucionario”, con lo que Stalin anticipa lo que luego fueron las “zonas rojas”, esto es, amplias regiones dominadas por el movimiento revolucionario.

Pero eso tampoco será suficiente, por lo que Stalin introduce un tercer factor de organización del campesinado: el ejército revolucionario. Es otra de las novedades que Stalin introduce en el acervo marxista. Hasta entonces las organizaciones revolucionarias únicamente habían hablado de organizar a las masas en formaciones sindicales, políticas o culturales. La organización militar había sido olvidada, y así continúa.

En fin, estas consideraciones de Stalin tanto acerca del aspecto nacional como del militar de la revolución china, van más allá del lugar y el momento en el que se expusieron. Conciernen a todos los países del mundo porque se refieren a la fase imperialista en la que vivimos ahora.

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Noticias

Stalin en el nuevo orden mundial impuesto por el dólar

El 16 de marzo la revista rusa Zavtra publicó un largo artículo del profesor Valentin Katasonov, del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú (МГИМО), sobre la conferencia celebrada en 1952 en la capital soviética para contrarrestar los planes económicos que el imperialismo puso en marcha en la posguerra, fundamentalmente los acuerdos de Breton Woods y el Plan Marshall.
La exposición que de aquella conferencia hace Katasonov tiene un sorprendente parecido con la actualidad. También en 1952 muchos países volvieron sus miradas hacia Moscú frente a las imposiciones financieras del imperialismo. Más en concreto, varios países, especialmente del Tercer Mundo, llamaron a las puertas de Consejo de Ayuda Mutua Económica, que fuera del bloque socialista se conoció con la siglas COMECON o CAME. Se trataba de crear una unión aduanera de varios países encabezada por la URSS.
En el otoño de 1951 los países miembros del COMECON y China declararon que era inevitable la colaboración los países que no quisieran caer en las redes financieras del imperialismo, para lo cual convocaron la conferencia de Moscú a través de los delegados soviéticos en la ONU. Además de los países socialistas y otros en vías de desarrollo, también participaron delegados de Suecia, Austria, Irlanda e Islandia por medio de sus ministros de asuntos exteriores o de comercio internacional.
La conferencia se celebró en Moscú del 3 al 12 de abril de 1952 con el propósito de contrarrestar la expansión política y económica de Estados Unidos y crear un mercado común de mercancías, servicios e inversiones. En los debates participaron 680 delegados en representación de 49 países, además de hombres de negocios y expertos. India envió 28 delegados y Argentina e Indonesia 15 cada uno.
Tras las discusiones y hasta finales del mes de abril, se firmaron en Moscú más de 60 acuerdos comerciales, de inversiones y científico-técnicos con una duración de tres a cinco años. De ellos 19 fueron firmados por la URSS. Otros comprometían a otros países socialistas, a países socialistas con países en desarrollo, a países capitalistas, a bancos internacionales y a grandes empresas.
Los principios que guiaron la firmna de aquellos acuerdos fueron las facilidades aduaneras y precios favorables para las mercancías de los países en desarrollo, condiciones mutuas más favorables en materia comercial, crediticia, de inversiones de capitales, al cooperación científica y técnica, los acuerdos políticos en pie de igualdad en las organiozaciones económicas internaacionales, así como en el plano mundial, la posibilidad de trueque para saldar deudas, los acuerdos mutuos sobre precios y la exclusión del dólar de todo tipo de transacciones.
En resumen, en 1952 nació en Moscú un mercado mundial al margen del dólar que reunía a países socialistas, países en desarrollo y otros plenamente capitalistas. Las propuestas de Stalin en la conferencia llegaron hasta Inglaterra, donde un comunicado informó: “En Londres se acaba de crear una sociedad llamada ‘Sociedad Internacional por Acciones’ de hombres de negocios que ponen en marcha los acuerdos comerciales firmados por los delegados ingleses que asisitieron a la conferencia internacional que se celebró en Moscú en abril de 1952”.
El primer presidente de esta empresa fue Sir Boyd Orr, que dirigió la delegación inglesa en la conferencia. La Sociedad declaró que su objetivo era “estimular y facilitar la entrada en vigor de los acuerdos comerciales firmados tras la conferencia económica celebrada en Moscú en 1952 y de todos los acuerdos del mismo tipo que se firmarán en el futuro. Todas las rentas y bienes de la empresa se consagrarán exclusivamente a alcanzar este objetivo”.
Según los archivos, en el otoño de 1952 Stalin estuvo reclamando continuamente información relativa a los planes y proyectos comerciales de los países, empresas y bancos extranjeros relacionados con la URSS, el COMECON y la República Popular de China, así como publicaciones, libros, comentarios de radio de los países capitalistas sobre este asunto. También se interesó por el ritmo y la gama de exportaaciones industriales de Occidente hacia los países en desarrollo y las solicitudes de éstos en materia de préstamos, inversiones y productos acabados.
Con el apoyo de todos los países socialistas, excepto Yugoeslavia, la conferencia fue un primer paso de la URSS para crear un nuevo orden económico a escala regional, junto con los países en vías de desarrollo y algunos países capitalistas, como Finlandia. La última participación de Stalin fue en la Conferencia de la Comisión Económica de la ONU para los países de Asia y Extremo Oriente que se reunió del 23 de febrero al 4 de marzo de 1953 en Manila, la capital de Filipinas.
Esta conferencia también se celebró a iniciativa de la URSS, con el apoyo de China, Mongolia, India, Irán, Indonesia, Birmania y Vietnam del norte. Las propuestas soviéticas recibieron el apoyo de la mayoría de los particpantes, que representaban a 20 países. Según las cláusulas finales de la conferencia, se trataba de crear un régimen de libre comercio en Asia y en la cuenca del Océano Pacífico al margen del dólar. Para ello, en sus intercambios los países introducirían una unidad de cuenta nacional.
Tras la conferencia de Manila, más de 10 Estados firmaron contratos comerciales y de inversiones con la URSS. El 2 de marzo, Stalin personalmente informó a la delegación soviética de algunos detalles exitosos de la conferencia, entre ellos que a lo largo de aquel año 1953, a iniciativa de la URSS se celebrarían fórums regionales intergubernamentales análogos de los de Manila en una serie de regiones del mundo y más concretamente en Teherán para Oriente Medio, en Addis-Abeba para África, en Buenos Aires para América Latina y en Helsinki para Europa.
La propuesta no se llegó a concretar por la muerte de Stalin pocos días después. Nadie en el Kremlin se volvió a acordar de aquellos proyectos y, lo que es peor, tanto los dirigentes soviéticos como los de los países del COMECON olvidaron aquellos principios establecidos por Stalin en materia de comercio internacional. En particular, la URSS y los países socialistas optaron, de manera casi exclusiva, por los acuerdos bilaterales con los países en vías de desarrollo, basados en la afinidad ideológica y política.
Es más, a partir de los años sesenta la URSS comenzó a suministrar energía y materias primas  a Occidente a buen precio. El COMECON siguió funcionando hasta mediados de los años setenta, es decir, hasta el momento en el que la URSS se convirtió en un suministrador de materias primas únicamente y, en particular, petróleo y gas. En tiempos de Stalin, los países del COMECON se habían especializado en determinados sectores productivos en función de su experiencia histórica, su situación geográfica, sus condiciones naturales y las exigencias en materia de seguridad. Dentro del COMECON la URSS se reservó un lugar particular, considerando que debía disponer de una gama completa de sectores económicos y no especialilzarse exclusivamente en la producción de petróleo, gas natural o materias primas con destino a otros países del COMECON.
Cuando se creó el COMECON en 1949 en Moscú, Stalin insistió a los países miembros en que la demanda de petróleo, gas y otras materias primas industriales y energéticas, iba a crecer en sus respectivos países y que la URSS se comprometía a suministrarlas en condiciones vetajosas. Sin embargo, añadió Stalin, cada país dispone de tales recursos, mencionando especialmente a Rumanía y Albania. Aunque su importancia sea menor que en la URSS, los países socialistas debían aprovechar al máximo sus propias materias primas y sus propios recursos energéticos. Debían llevar a cabo nuevas prospecciones porque la construcción de largos oleoductos desde la URSS hasta Europa oriental sería cara y dilatada. Eso les haría dependientes de los suministros soviéticos y, además, descuidarían sus propios sectores de prospección y transformación. Si la URSS tuviera problemas temporales de producción o transporte, o si las necesidades de los demás explotaban, podrían acusar a la URSS de haber interrumpido los suministros y pedirían aún más cantidad.
Stalin les recomendó que diversificaran los medios de transporte de materias primas en sus propios países, que no tuvieran en cuenta sólo uno de ellos, como los oleoductos. Los depósitos de carburantes no pueden aumentar como los champiñones tras la lluvia, sino que debían adecuarse a las necesidades del momento. De esa manera, concluía Stalin, cada cual dependerá de su sistema de gestión de la energía, del sistema de prospección geológica y utilizará sus propios recursos.
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Estrategia

La revolución permanente según Stalin

Bajo el título “La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos” se agrupan una serie de artículos escritos por Stalin en 1924 que habitualmente acompañan a los “Fundamentos del leninismo”, escritos también por el bolchevique georgiano en aquella misma época. Todos esos artículos tienen en común su proximidad al fallecimiento de Lenin y la incorporación al partido bolchevique de una gran cantidad de nuevos militantes obreros y campesinos que fue calificada como la “generación de Lenin”. Era necesario hacer balance de una etapa histórica del partido bolchevique, la primera, aquella que Lenin protagonizó de manera indiscutible, así como de reflexionar sobre la naturaleza de la Revolución de Octubre. A su vez ambas tareas están estrechamente relacionadas con la concepción que del leninismo debía quedar dentro del partido bolchevique. ¿Qué había sido el leninismo y, sobre todo, qué debía ser el leninismo? ¿Cuál es la médula del leninismo? ¿Qué había aportado Lenin al acervo científico marxista?

Estos interrogantes no sólo se plantearon como consecuencia de la muerte de Lenin a comienzos de 1924; no eran una reflexión necrológica sino un problema candente del partido bolchevique y el movimiento obrero internacional. Aprovechando el vacío provocado por la enfermedad de Lenin, en octubre de 1923 una reducida minoría de militantes desencadenaron una guerra interna que amenazó con llevar al partido bolchevique a la disgregación.

El inicio de las hostilidades se produjo el 8 de octubre de 1923, cuando en una intervención pública Trotski trató de movilizar a todos los descontentos que, desde el inicio de la NEP o nueva política económica y la polémica sindical de 1921, se habían mantenido agazapados dentro las filas del partido pero no acataban las resoluciones aprobadas por una amplia mayoría.

Una semana después esa oposición se agrupó y manifiestó su disconformidad con la NEP. La crítica adoptó la forma de carta dirigida al Buró Político por 46 militantes, entre otros, Piatakov, Preobrajenski, Osinski, Kaganovich y Sapronov. La carta, que se conoce habitualmente como la “Plataforma de los 46”, agrupaba a todos los viejos escisionistas resentidos que sólo habían acatado de palabra las resoluciones entonces aprobadas.

En su carta la “Plataforma” atribuía las dificultades económicas de 1923 (denominada “crisis de la tijeras”) a un apoyo insuficiente a la industria. Exigía reforzar el Gosplan, la planificación centralizada, e incrementar los créditos a la industria pesada. En las condiciones del momento, esto sólo se podía hacer en detrimento de la agricultura y del campesinado. Era una propuesta para debilitar la alianza obrero-campesina, lo que significaba poner en riesgo la dictadura del proletariado.

De la economía los miembros de la “Plataforma” pasaban a la cuestión interna del partido, al que ellos calificaban de “burocrático”, pretendiendo que se toleraran las fracciones dentro del mismo.

Aunque Trotski no firmaba el documento de la “Plataforma”, compartía sus puntos de vista. Su declaración de 7 de diciembre titulada “Un nuevo rumbo”, dirigida a los demás miembros del Buró Político, tenía un contenido muy parecido.

Tanto el documento de la “Plataforma” como la declaración de Trotski fueron distribuidos por los comités y células del partido al margen de los cauces previstos por sus estatutos. No cabía duda, por tanto, de que se trataba de todo un desafío fraccional. Diez días después de aparecer la “Plataforma”, el Comité Central se reunió en pleno con la Comisión Central de Control y con representantes de diez organizaciones del Partido. Por 102 votos a favor, 2 en contra y 10 abstenciones se aprobó una resolución que rechazaba todas las tesis de la referida “Plataforma”.

En enero de 1924 se reunió la XIII Conferencia del Partido para abordar de nuevo las cuestiones planteadas por la “Plataforma”, en la que Stalin pronunció el discurso de resumen del debate interno. La resolución de la Conferencia desentraña la naturaleza pequeño burguesa de la oposición y encuentra en ella dos ramificaciones: una de tipo izquierdista que ataca la NEP y pretende regresar al comunismo de guerra, y  otra derechista, que considera mucho más influyente y que personaliza en Radek, que pretende abrir el país al capital extranjero.

Cinco meses después, tanto en el XIII Congreso y como en el V Congreso de la Internacional Comunista, la oposición es derrotada por amplia mayoría.

En el XIII Congreso del partido bolchevique, celebrado en mayo de 1924, Zinoviev exigió a Trotski un reconocimiento público de sus errores, a lo que Trotski no sólo se negó, sino que pasó a la ofensiva inmediatamente, atacando a Zinoviev. El 6 de noviembre de 1924 publicó un libro provocador titulado “Lecciones de Octubre” en el que atacaba a Zinoviev y a Kamenev por sus vacilaciones durante la Revolución de 1917. A su vez, esta publicación motivó la réplica de Zinoviev y Kamenev.

En este inicio del debate, fue Zinoviev quien tuvo una participación personal más destacada en la lucha contra el trotskismo, y fue precisamente eso, una participación personal porque, en realidad, las posiciones de Zinoviev tampoco eran las más acertadas; más bien al contrario, compartía buena parte de las tesis trotskistas.

La polémica entre ambas fracciones no sólo no cesó sino que se fue alimentando a sí misma, adoptando progresivamente un carácter mucho más agrio. En un discurso pronunciado el 18 de noviembre de 1924 Kamenev acusó a Trotski de subestimar el papel del campesinado, encubriendo sus concepciones con una fraseología revolucionaria. La asamblea del partido a la que se dirigía Kamenev aprobó una moción denunciando “la ruptura por Trotski de las promesas que había hecho en el XIII Congreso”. En otras reuniones del partido se adoptaron resoluciones similares.

El 15 de enero de 1925 Trotski dirigió una carta al Comité Central en la que afirmaba que no había querido reanudar un debate interno y presentó su dimisión de la presidencia del Consejo Militar Revolucionario. Dos días después el Comité Central constataba que en su carta Trotski no reconocía ninguno de sus errores y que había puesto todas sus esperanzas en que los planes del partido y del Estado soviético fracasaran; que entre las tesis leninistas y las de Trotski había una muralla insalvable que concernía a los aspectos fundamentales del bolchevismo. El Comité Central constataba, además, que Trotski había emprendido una “cruzada abierta” contra su línea política, y apuntaba: “En los últimos tiempos, en ningún problema de importancia, Trotski se ha pronunciado junto con el partido, sino con mayor frecuencia contra las opiniones del partido”. Luego afirmaba que “las intervenciones oposicionistas de Trotski en el partido y alrededor del partido han convertido su nombre en bandera de todo lo no bolchevique, de todas las desviaciones y grupos no comunistas y antiproletarios”. El imperialismo se estaba haciendo eco de los ataques de Trotski contra el bolchevismo, a la espera de que el partido entrara en una fase de descomposición interna y la revolución se hundiera.

Aprovechando aquel caos, Zinoviev pidió la expulsión de Trotski del Partido o, al menos, del Comité Central. Rechazada esta demanda, Kamenev solicitó la exclusión de Trotski del Buró Político. Estas exigencias tropezaron con la oposición de Stalin y otros dirigentes bolcheviques. En el XIV Congreso del partido, Stalin recordó esas propuestas de Zinoviev y Kamenev y explicó que no fueron aprobadas porque “nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo […] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotski sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica los más graves riesgos para el Partido […] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?”

Finalmente, alimentadas por el cerco imperialista, las contradicciones se fueron agudizando de manera creciente y lo que empezó como una polémica dentro del partido, acabó como una guerra contra el partido que hubo de ser resuelta mediante el recurso a la violencia revolucionaria.

En esa lucha fraccional contra el partido, como he dicho, uno de los elementos fundamentales del debate era la definición del leninismo, cuestión de carácter crucial y decisiva para la estrategia de todo el movimiento comunista internacional. Aunque Stalin utiliza la palabra “táctica” en aquella época se utilizaba con un significado diferente que ahora porque en ella se resumían las cuestiones políticas, económicas e ideológicas más importantes.

Al mismo tiempo que Stalin, Zinoviev ofreció su versión de lo que entendía por leninismo; también Bujarin intervino en el debate para expresar lo que él entendía como leninismo. Únicamente Trotski nunca dio su versión de lo que eso significaba para él, por una razón bien sencilla: él no era y nunca había sido leninista. Él siempre había estado fuera del partido bolchevique, nunca había luchado junto a Lenin, y eso se notaba en su pensamiento. Las concepciones de Trotski hundían sus raíces en el menchevismo y en la ideología reformista de la II Internacional, de donde había importado su singular concepción de la revolución permanente, tratando de introducirla dentro del movimiento comunista internacional, proyecto que fracasó.

Aunque se asocia erróneamente a Trotski, el concepto de revolución permanente es uno de los más importantes del marxismo-leninismo y uno de los peor comprendidos, a causa precisamente del rechazo que provoca su asociación con el pensamiento de Trotski. En consecuencia, el papel de Trotski consistió el desvirtuar la idea de revolución permanente, cuyas raíces estan en los propios escritos de Marx y Engels. A su vez, el concepto de revolución permanente es un aspecto concreto de una problemática mucho más general del materialismo histórico: el problema de la transición, otro de las grandes cuestiones del marxismo-leninismo peor estudiadas.

Cuando Marx y Engels escriben, salvo excepciones, la mayor parte de los países europeos, especialmente Alemania, estaban sumidos en una economía semifeudal, es decir, el capitalismo no había llegado a desarrollarse plenamente, lo cual planteaba al proletariado situaciones extraordinariamente complejas que sólo personalidades realmente geniales como Marx y Engels fueron capaces de solventar con toda la perspectiva estratégica e histórica que involucraba. El proletariado tiene el socialismo como objetivo pero, como digo, la mayor parte de los países ni siquiera habían alcanzado el capitalismo. ¿Cómo pensar en el socialismo en esas circunstancias? Si el capitalismo no se ha desarrollado la clase obrera tampoco ha adquirido la importancia económica y política capaz de convertirla en una fuerza hegemónica, al tiempo que otras capas sociales tienen un protagonismo decisivo. A su vez, la debilidad del capitalismo acarreaba otra serie de deficiencias sin las cuales es impensable la revolución socialista: libertades políticas, unidad nacional, separación de la iglesia y el Estado, etc. Por lo tanto, el atraso capitalista planteaba la cuestión de la revolución democrático-burguesa o, en otras palabras, el programa mínimo de la revolución proletaria.

En determinados estudios esta cuestión se plantea de una manera deformada, como si Marx y y Engels hubieran defendido en alguna ocasión la sucesión histórica ineluctable de una serie de modos de producción (feudalismo, capitalismo, comunismo), o bien bajo el supuesto de que ellos habrían previsto que la revolución proletaria sólo era posible en los países más adelantados, mientras que la historia demostró que empezaba por los más atrasados (Rusia y China). Estas nociones que se imputan al marxismo-leninismo son equivocadas y han contribuido a entorpecer la comprensión de la teoría de la revolución permanente y de otras cuestiones decisivas del materialismo histórico.

Como ya he expuesto, cuando Marx y Engels escriben Alemania era un país atrasado, semifeudal, y ellos ya estaban luchando en esas condiciones por la revolución proletaria, de manera que no se puede decir que ellos plantearan el carácter sucesivo ineludible de los modos de producción. Además, Alemania era entonces un país campesino, de modo que fueron ellos los primeros en destacar el papel revolucionario que podían desempeñar como fuerza de reserva en la revolución proletaria. El desarrollo del capitalismo se inicia en las ciudades y marcha hacia la zonas rurales, cuyo atraso alberga los últimos resto de feudalismo. En consecuencia, desde otro punto de vista, el problema del campesinado es también el problema de la revolución democrático-burguesa. Lo que importa destacar es que Marx y Engels no sólo previeron sino que resolvieron esta cuestión en lucha contra la corriente lassalleana que apareció a mediados del siglo XIX dentro de la socialdemocracia alemana. De modo que quienes, como los mencheviques y los trotskistas, nunca aceptaron el papel del campesinado dentro de la revolución, nada tienen que ver con Marx y Engels porque sus concepciones derivan directamente de Lassalle.

La subsistencia del feudalismo plantea otras cuestiones a la revolución de carácter estrictamente democrático, como la unidad nacional, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, la separación de la iglesia y el Estado, el derecho de asociación, la libertad de expresión, etc., sin las cuales es impensable cualquier tipo de revolución que invoque el protagonismo de las masas en ella. Estas cuestiones democráticas integran el programa mínimo de la revolución democrática; se trata de un legado que la burguesía no quiere o no puede llevar a cabo. A medida que su revolución se retrasa, la burguesía se ve atrapada en un fuego cruzado. Por un lado, tiene que enfrentarse a la aristocracia feudal para llevar a delante su revolución; pero por el otro la clase obrera comienza a despuntar. En esas condiciones la burguesía bascula y tiende al compromiso con las reliquias del Antiguo Régimen; por consiguiente, la clase obrera tiene que asumir la parte más avanzada y progresiva de la lucha de la burguesía. Esta cuestión es tanto más importante en cuanto que el proletariado es aún débil y, por tanto, está obligado a alcanzar un compromiso político con el campesinado y con sectores de la burguesía que aún están dispuestos a seguir adelante con la lucha.

Este es el planteamiento general que de esta cuestión hicieron Marx y Engels en una etapa del capitalismo que aún no había llegado a su momento imperialista, que es cuando Lenin desarrolla la misma estrategia en condiciones diferentes, en condiciones en las cuales la clase obrera no sólo asume e incorpora dentro de su programa las consignas más avanzadas de la burguesía sino que se pone a la cabeza de la lucha por la revolución democrático-burguesa y cuando, además, no sólo pretende con ello inclinar la balanza en favor del proletariado de ciertos sectores burgueses sino que su objetivo primordial es ganarse un sólido aliado entre los campesinos.

La estrategia leninista demostró su fortaleza durante las revoluciones de 1905 y de febrero de 1917, ambas de naturaleza democrático-burguesa, ambas dirigidas por el proletariado y en las que el campesinado desempeñó un papel fundamental.

Una vez agotada esta etapa, Lenin planteó inmediatamente, en abril de 1917, que la naturaleza de la revolución había cambiado y que a partir de entonces había que luchar por la revolución socialista. Esto coincide en el tiempo, y no por casualidad, con la Primera Guerra Mundial y la entrada del capitalismo en su etapa imperialista, que iba a plantear una nueva perspectiva para el movimiento comunista internacional.

Por lo tanto, la marcha de los acontecimientos, el avance del capitalismo en todo el mundo, que barre los restos de cualquier otro tipo de sociedades, el fortalecimiento de la clase obrera, deja cada vez menos margen para la revolución democrático-burguesa y pone, salvo excepciones, a la clase obrera frente a la necesidad de lucha por el socialismo como tarea inmediata.

Ahora bien, como demuestra el fascismo, el propio imperialismo supone la reacción más despiadada y feroz contra amplias masas de la población, por lo que las reivindiciones democráticas nunca han desaparecido de los programas de las organizaciones de clase del proletariado en todo el mundo. Más bien al contrario, se han reforzado, convirtiendo a la clase obrera en la combatiente de vanguardia por los derechos y las libertades más elementales.

La lucha por el socialismo nunca ha eliminado la perspectiva de conquista de las libertades públicas, sin las cuales las masas obreras no pueden reunirse, organizarse, discutir y difundir sus reivindicaciones y consignas entre las masas. Bajo el imperialismo la burguesía tiende a liquidar los derechos democráticos y, como reacción, el proletariado se organiza para su defensa porque la garantía de los mismos no está en la legislación burguesa sino en su capacidad de combate. Por eso, muchas reivindicaciones del programa mínimo de la clase obrera siguen plenamente activas en casi todos los países capitalistas, si bien por sí mismas no constiuyen, como antaño, una etapa previa a la revolución socialista sino una parte integrante de ella, con la que se confunde: para luchar por la democracia hay que luchar por el socialismo; sólo la dictadura del proletariado garantiza los derechos y libertades fundamentales.

A pesar de su carácter socialista, la Revolución de Octubre de 1917 adoptó numerosas medidas de carácter democrático. Esto demuestra la falsedad de la concepción trotskista que equipara la revolución democrático-burguesa al capitalismo. También demuestra su errónea estrategia que les conduce a pretender saltar en el vacío, como decía Maurín, desde la monarquía absoluta hasta la dictadura del proletariado. El trotskismo califica de «etapista» la concepción de Marx, Engels y Lenin que vincula la lucha por las libertades democráticas, la conquista de la república, la autodeterminación, etc., del socialismo, la expropiación de los explotadores y la socialización de la tierra. No sólo la revolución socialista requiere etapas, más o menos largas, más o menos importantes, sino que es en sí misma una etapa, un proceso que atraviesa distintos momentos diferentes, en cada una de las cuales se deben abordar -sucesiva o simultáneamente- problemas también diferentes. No es posible exponer una receta única que ofrezca soluciones generales a países que se encuentran en condiciones económicas, sociales, históricas y culturales muy diversas. Tampoco se trata de sostener, al modo revisionista, que existen modelos nacionales diversos o vías diferentes para la construcción del socialismo. Se trata de comprender muy bien la situación concreta de cada país y entender que por más que la revolución sea un salto, un cambio cualitativo, es también un proceso prolongado en el tiempo. Las palabras que Marx emplea en El Capital son bastante claras al respecto: “El único camino histórico por el cual pueden destruirse y transformarse las contradicciones de una forma histórica de producción es el desarrollo de esas mismas contradicciones”. Se trata de una expresión contudente que hay que completar con el prólogo que complementa la primera edición de esa misma obra, en el que Marx añade: “Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna- jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto”.

Pues bien, esta obra de Stalin responde meticulosamente a las dos circunstancias que eran imprescindibles para acometer la construcción del socialismo en la Rusia de 1917: un diagnóstico minucioso, claro y preciso del estado del país en aquel momento y otro, igualmente minucioso, claro y preciso, de las «fases naturales» que necesariamente debían atravesarse para llegar al objetivo perseguido por la clase obrera y su vanguardia dirigente: el socialismo. Es absurdo pretender el socialismo sin saber los caminos y recorridos concretos que conducen hasta él. Quienes, como los trotskistas, dicen luchar por el socialismo pero no quieren esas fases y esos recorridos, tienen una concepción escolástica y libresca del mismo, algo que comparten con todos los utopistas y soñadores que siempre hablan de sus buenas intenciones sin poner nada en práctica para acercarnos hacia ellas.

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Memoria Histórica

Cuando las calles se regaron con sangre y luego con olvido

En plena guerra de Corea, el 10 de marzo de 1952, Stalin removió las aguas internacionales ofreciendo a las potencias imperialistas la firma de un tratado de paz con Alemania, el restablecimiento de la unidad alemana y la retirada de las fuerzas de ocupación en el año siguiente a la firma del acuerdo.

La oferta cayó en saco roto. El mundo estaba al borde del abismo nuclear. Francia estaba a punto de firmar el tratado internacional por el que se restablecía el ejército alemán camuflado dentro la Comunidad Europea de Defensa.

Un mes antes, en febrero, el gobierno de Corea del norte acusó a las fuerzas aéreas de Estados Unidos de lanzar napalm y bombas bacteriológicas portadoras de plagas. China confirmó la noticia. En Corea del norte brotaron epidemias y varios organismos internacionales emprendieron investigaciones para verificar la validez de las acusaciones, que finalmente se confirmaron.

En París el Movimiento por la Paz convocó dos semanas de luchas contra las armas biológicas y catorce encuentros regionales para exigir el fin de la guerra de Corea.

El detonante fue la visita del general Ridgway para tomar posesión de su cargo como comandante en jefe de la OTAN en Europa. Matthew Ridgway era un asesino especialmente repudiado, ya que durante la Guerra de Corea había estado al frente de las fuerzas que lanzaron las armas bacteriológicas. «El pueblo de Paris nunca va a tolerer a un criminal de guerra en la capital», dijo el PCF al inicio de la campaña.

Los sindicatos de la CGT llamaron a seguir el ejemplo de los trabajadores japoneses, que habían participado masivamente en la protesta contra el general «de la peste y el tifus».

Siguiendo el Plan Cloven el gobierno francés prohibió las manifestaciones. Durante la guerra fría los imperialistas prohibieron la lucha por la paz. Pero entonces los comunistas eran de verdad, no como ahora, así que a pesar de la prohibición mantuvieron las convocatorias y varios días antes, cuando empezó la distribución de folletos por los barrios, volvió a aparecer una represión policial sin precedentes, seguida de detenciones.

Durante una primera manifestación celebrada el 23 de mayo se produjeron graves choques entre los manifestantes y la policía, que detuvo a 279 personas, de las que 42 fueron encarceladas y sometidas a juicio.

Ridgway llegó a Paris el 27 de mayo, atravesando la ciudad con una nutrida escolta policial hasta el Arco del Triunfo. En Villejuif los manifestantes, dirigidos por su alcalde, Louis Dolly, trataron de bloquear el cortejo oficial y desplegaron una pancarta en la Avenida de Italia, una de las arterias más importantes del sur de la capital francesa.

Por la mañana detuvieron al redactor jefe de L’Humanité, André Stil, acusado de violar una ley de 1848 por convocar manifestaciones públicas, armadas o no. Por la tarde, tras la tradicional subida al Muro de los Federados en homenaje a la Comuna de París, los manifestantes salen a la calle enarbolando retratos de André Stil como otros tantos llamamientos a la lucha.

Entonces las manifestaciones no eran una fanfarria sino que se organizaban meticulosamente como auténticas guerras de movimientos por las calles. El sitio web del PCF de Aubervilliers resume así los minuciosos preparativos:

«Se aprobaron y programaron las rutas de las marchas. El criterio de organización fue el de la ‘bola de nieve’: pequeños grupos que se unen y desplazan hasta el lugar acordado, donde se unen con otros grupos. Y se deben formar columnas de militantes de los suburbios y de los distritos periféricos para entrar en París. Los coches se encargarán de llevar el material a la manifestación: nada de banderas sino pequeñas pancartas a veces en chapas metálicas, fijadas en grandes palos de madera. Sin los materiales usuales de las manifestaciones, los grupos se deben organizar para ser muy móviles y capaces de enfrentarse a la ofensiva de la policía. Obviamente, la prueba va a ser muy dura: los locales [del PCF y los sindicatos] se equiparán como enfermerías de campaña y se prepararán vehículos destinados al transporte de los heridos a la clínica de Bluets»(1).

Tal como habían previsto el PCF y la CGT, la policía colocó controles de carretera en las puertas de acceso a París para impedir los desplazamientos de las columnas de manifestantes desde los barrios obreros de la periferia. Para superar los controles, en la primera línea se pusieron los militantes de choque, que en aquella época en París eran los veteranos, militantes expertos, resistentes que habían luchado contra la fascismo durante la guerra. La avalancha humana tiene tal fuerza que los primeros puestos de control de la policía ceden. Los manifestantes vuelcan los vehículos de la policía, asedian e incendian la comisaría de la calle de la Banca.

Fue el choque más duro. Sin embargo, una vez recuperados del efecto sorpresa, la policía trató de volver a controlar los movimientos de las masas por las calles con las armas de fuego en la mano. Un sargento disparó y el comunista argelino Hocine Belaid cayó cerca de una tienda de ropa. Aunque le trasladaron rápidamente a un hotel y luego en coche a la clínica de Bluets, murió sin recuperar la conciencia (2).

Por la tarde siguieron los enfrentamientos. Unos 600 manifestantes resultaron heridos y uno de ellos, el tornero Charles Guénard, antiguo miembro de la resistencia, combatiente de los Franco-Tiradores y Partisanos y concejal comunista del ayuntamiento, murió meses más tarde como consecuencia de las heridas recibidas. La policía detuvo a más de 700 manifestantes, a los que molió literalmente a golpes. Fueron procesados y sometidos a juicio otros 140 manifestantes.

El gobierno estaba lanzado a una ofensiva total. En varios puntos de Francia la policía registró las sedes del PCF, de las juventudes comunistas y de la CGT, cuyo secretario general, Benoît Frachon, tuvo que pasar a la clandestinidad, de la que no regresó hasta finales del año siguiente, cuando la tensión se calmó. Detuvo y sancionó a los militantes por hacer pintadas y pegar carteles, e incluso intentó levantar la inmunidad parlamentaria de los diputados comunistas y abrió varias causas judiciales por delitos contra la seguridad interior del Estado.

Cuando en junio del siguiente año se celebró el 29 Congreso de la CGT, el secretario general del sindicato, que seguía en la clandestinidad, sólo pudo hacer una breve aparición para saludar a los congresistas. El punto principal que se aprobó fue el de iniciar una campaña por la liberación de los que aún seguían presos en las cárceles por la manifestación del 28 de mayo del año anterior.

Unos días después, el 14 de julio, aniversario de la Revolución Francesa, se celebró una gigantesca manifestación para exigir la liberación de los presos políticos. Entre las organizaciones que se sumaron a la convocatoria del PCF y la CGT estaba el Movimiento por las Libertades Democráticas en Argelia, cuyo dirigente, Messali Hadj, estaba en situación de arresto domiciliario. El numeroso proletariado norteafricano (tunecinos, marroquíes) que participó añadió consignas anticoloniales a la exigencia de liberación de los presos políticos. En plena festividad nacional francesa aparecieron banderas argelinas y consignas a favor de la independencia.

La manifestación coincidía con un desfile militar en el que participan los paracaidistas del ejército que habían vuelto de la guerra de Indochina. Una vez finalizado aquel acto, atacaron al proletariado en la otra manifestación sin que la policía tratara de impedirlo. Al final, cuando la marcha estaba a punto de disolverse, la policía cargó contra los manifestantes, desencadenándose una verdadera batalla campal. 20 furgonetas de la policía ardieron en llamas, los antidisturbios volvieron a desenfundar sus armas y dispararon indiscriminadamente contra la multitud, asesinando a 7 personas e hiriendo a otras 140 en pleno centro de París (3).

Entre los responsables de la masacre, además de Baylot y Dides y otros parecidos, estaba Maurice Papon, prefecto general de policía, un vichysta que años después, en 1988, fue condenado por crímenes contra la humanidad cometidos durante la ocupación nazi de Francia. Pero en 1953 la policía tuvo pleno apoyo de todos los partidos parlamentarios, excepto del PCF, que calificó los hechos como una provocación. La burguesía orquestó una campaña para prohibir las manifestaciones y, de hecho, hasta 1968 el Primero de Mayo no se volvió a celebrar por las calles. La fiesta del 14 de julio acabó aún peor: la Revolución Francesa jamás se ha vuelto a celebrar con manifestaciones populares.

Uno de los comunistas asesinados era Maurice Lurot, a quien una bala atravesó el corazón. Muchísimos años después, el 21 de setiembre de 1995, su hijo escribió una carta a L’Humanité Dimanche, en la que decía: «Cada año, mientras todos bailan, busco con lágrimas en los ojos una palabra que me reconforte en L’HD [Humanité Dimanche]. Cada año mi padre es asesinado de nuevo por los camaradas, por su olvido». En efecto, el olvido es ese crimen que cometemos cada año. No es el crimen que cometen contra nosotros, sino nuestro propio crimen. Olvidamos que lo poco que tenemos se lo debemos a quienes, como Maurice Lurot, Abdellah Bacha, Larbi Daoui, Abdelkader Trari, Mouhoub Illoul, Tahar Madjine y Amar Tadjadid, dieron su vida por lo mismo por lo que nosotros seguimos luchando ahora.

A pesar de los asesinatos, el Plan Cloven y la represión policial fracasaron estrepitosamente. Lograron que casi medio millón de militantes abandonara el PCF entre 1946 y 1953, pero siguió siendo el primer partido de Francia. Nadie destruyó al PCF, que también se destruyó a sí mismo. Se ahorcó con la soga del olvido de lo que había sido y de lo que quiso ser.

(1) http://pcfaubervilliers.fr/spip.php?article246
(2) Vídeo del funeral de Hocine Belaid: http://www.cinearchives.org/Films-447-189-0-0.html
(3) Daniel Kupferstein: Les balles du 14 juillet 1953, http://vimeo.com/99715119

Más información:
La CIA utilizó a los secuaces de Tito para luchar contra los comunistas (Plan Cloven 1)
Una policía paralela para acabar con los comunistas (Plan Cloven 2)

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La expulsión de los bakuninistas

150 años de la fundación de la Primera Internacional (y 13)

No puede pasar desapercibido el crítico momento elegido por los bakuninistas para atacar a la Internacional. Todos los gobiernos europeos, asustados por la revolución comunera de París, habían hecho causa común. Se abrió el momento de la persecuciones contra todo lo que tuviera el más mínimo sesgo proletario y, en primer lugar, a la Internacional, convertida en cabeza de turco. Como escribió Engels:

«Precisamente en este momento en el que todas las fuerzas de la vieja sociedad se han unido para desorganizar la Internacional por medio de la violencia; en el que la unidad y la cohesión son más necesarias que nunca; precisamente en este momento, un grupo pequeño -y que según propia confesión disminuye de día en día- de miembros de la Internacional en un rincón de Suiza ha considerado necesario lanzar a la luz pública una circular para sembrar la discordia entre los miembros de la Asociación».

Plantear en una situación tan delicada una «guerra abierta» -otra más- a la Internacional era ponerse de parte de la burguesía, hacer el juego a la reacción.

Esa «guerra abierta» de los bakuninistas contra la Internacional pronto se hizo sentir en España. Dos hechos la promovieron: la llegada de Lafargue a España y la prohibición de la Internacional.

Tras el aplastamiento de la Comuna de París, en enero de 1872, el gobierno prohibió la Internacional y la dirección de la sección española planteó correctamente su reorganización clandestina para continuar la lucha, dirigiéndose a los afiliados en los siguientes términos:

«Si después de todos nuestros esfuerzos para conseguir nuestra emancipación por las vías pacíficas se nos cierran la puertas de la legalidad, sabremos cumplir con nuestro deber; que cuando toda la clase obrera se ve privada del derecho de asociación, que es como el centro de gravedad, no le queda otro recuso que el triste y funesto de la revolución armada«.

Esta posición era absolutamente justa pero, desde Suiza, Bakunin ordenó otra cosa porque tras la clandestinidad veía el fantasma del Consejo General y de Marx. Textualmente la Alianza dijo que los pequeños grupos clandestinos eran más difíciles de manipular y lejos de someterse a la Alianza, sería la Alianza la que acabaría sometida a ellos. Una vez más se demostraba que la batalla ideológica contra los anarquistas en la Internacional no era más que un problema de línea y de dirección política y que los bakuninistas estaban dispuestos a todo con tal de que nada ni nadie se les escapara de las manos. Su antiautoritarismo, su hipócrita crítica al Consejo General de Londres, no podía ser más falaz. Lo que se estaba poniendo una vez más al descubierto es que ellos nunca pretendieron luchar contra el dirigismo, sino dirigir ellos.

El otro hecho. Con tres años de retraso respecto a Fanelli, tras la Comuna de París llegó a España Pablo Lafargue, internacionalista y yerno de Marx. Fue detenido por la Guardia Civil al presentarse en la frontera, aunque le pusieron en libertad. De nacionalidad francesa, Lafargue había nacido en Cuba y hablaba castellano. Su sorpresa debió ser mayúscula cuando comprobó hasta dónde eran capaces de llegar los bakuninistas y se puso a la tarea de impedir sus manejos reuniéndose con Mesa, Iglesias y otros, hasta un total de nueve internacionalistas en Madrid. Esto, unido a que por aquellas mismas fechas Engels contacta con Mora, es lo que desata las suspicacias de Bakunin.

La nueva situación se pone de relieve en el giro que experimenta el periódico «La Emancipación» que estaba bajo la influencia de algunos de los nueve amigos de Lafargue. Este periódico se dirige al Partido Federal, un partido republicano burgués, pidiéndole que se defina sobre su actitud con respecto a la Internacional, prohibida por el gobierno. Esta anécdota sirve de excusa para expulsar a los nueve internacionalistas que estaban al tanto de las manipulaciones bakuninistas. El hecho es significativo:

– pone de manifiesto el verdadero carácter de los que alardeaban de antiautoritarios y adoptaban medidas disciplinarias extremas

– la carta, si bien contrariaba a la Alianza, expresaba de manera fiel la línea de la Internacional, por lo que la expulsión era irregular

– la Internacional en España se había convertido en una sucursal de la Alianza, sin ninguna relación con las demás secciones regionales

Lafargue asiste a la reunión de la Federación madrileña el 7 de enero de 1872 en la que se discuten los acuerdos de los bakuninistas de Sonvillier y se abre la primera discusión. Luego, en el mes de abril, se celebra el Congreso de Zaragoza de la sección española de la Internacional, al que los expulsados recurrieron, no sólo por su situación sino para que se adoptara en España un acuerdo equivalente al de la Conferencia de Londres ordenando la disolución de la Alianza. Obtienen lo primero pero no lo segundo.

Una torpeza de Bakunin descubre todo el tinglado que tenía montado en España: considerándole de su cofradía, le escribe una carta a Mesa de la que se desprende que la disolución de la Alianza era mentira. Apoyándose en esto, los nueve del círculo de Lafargue cometen a su vez otra torpeza: escriben a todos -ya no se sabe si de la Alianza o de la Internacional, que en España tanto monta- exigiendo su disolución, en cumplimiento de los acuerdos.

El 9 de junio de 1872 son de nuevo expulsados por ello, esta vez de manera definitiva, y crean el 8 de julio la Nueva Federación madrileña, que obtiene del Consejo General de Londres su reconocimiento. La ruptura era ya un hecho en España; aquí el proceso había empezado más tarde, pero se había resuelto antes.

Pero las espadas aún estaban en alto fuera de España. Los bakuninistas seguían reclamando la convocatoria de un Congreso que resolviera definitivamente la cuestión. Este Congreso se reunió en setiembre de 1872 en La Haya, agrupando a 65 delegados de 15 países diferentes. Por vez primera, Marx participó en él personalmente. Bakunin no estaba presente pero sí estaban sus partidarios. A este Congreso la Nueva Federación madrileña envió sus delegados y los bakuninistas españoles los suyos. Ya aparecen, pues, divididos, aunque en España la desproporción cuantitativa era abrumadora a favor de los anarquistas, que se burlaban de los internacionalistas llamándoles «la Federación de los nueve». Fueron éstos los que, pocos años después, fundaron el PSOE.

Ahora bien, sería un craso error considerar que la fuerza del anarquismo en España fue consecuencia de las manipulaciones bakuninistas. Por el contrario, ellos encontraron unas condiciones objetivas plenamente favorables para la expansión de sus ideas, de las que carecían los socialistas. Esas condiciones favorables pueden reconducirse a dos:

– el atraso económico español, donde predominaba la pequeña burguesía, el artesanado, el pequeño taller, el campesinado famélico y el tendero, un terreno abonado para los postulados bakuninistas

– el reformismo del PSOE, su legalismo a ultranza, que dio alas a la fraseología anarquista, a la que se unieron también buena parte de los revolucionarios honestos.

Los bakuninistas abandonaron la reunión de La Haya y los demás crearon una comisión especial para analizar la labor de zapa de la Alianza que recibió numerosos documentos de muchos países: Lafargue y Mesa enviaron información de España, Becker de Suiza y Danielson de Rusia, entre ellos, la carta amenzante que Nechaeiv envió a Liubavin y que éste entregó a Danielson. Algunos de esos documentos llegaron después del Congreso. Tras examinar los documentos, la Internacional tuvo la certeza de que la Alianza continuaba existiendo como sociedad secreta en su interior; la comisión especial propuso expulsar a Bakunin y Guillaume y la propuesta fue aceptada. En la resolución de expulsión se decía que Bakunin era expulsado además por un «asunto personal», el caso Nechaiev. El documento de expulsión, redactado por Engels en nombre del Consejo General, es de una contundencia aplastante:

«Nos hallamos por vez primera en la historia de la lucha de la clase obrera, ante una conspiración secreta urdida en el seno de la propia clase obrera con el fin de hacer saltar no el régimen explotador existente sino la Asociación misma, que le combate con la mayor energía. Se trata de una conspiración contra el propio movimiento proletario«.

De esta dura experiencia dentro de la Internacional, pues, cabe afirmar al menos lo siguiente:

– no se produjo ninguna escisión dentro de la Internacional, sino que los bakuninistas fueron expulsados, a pesar de que pretendieran luego seguir utilizando para su provecho propio las siglas AIT

– no se trató de un enfrentamiento entre Marx y Bakunin, sino de una enfrentamiento de éste contra todas la demás corrientes que había dentro de la Internacional, a las que traicionó

– no se trató de un enfrentamiento de los autoritarios (o sea Marx) contra los antiautoritarios (o sea Bakunin) porque entre los primeros estaban los proudhonianos, que también eran anarquistas y, por tanto, antiautoritarios

– no hubo ningún bloque homogéneo en la Internacional, salvo los bakuninistas, que trataron de aprovechar la situación para apoderarse de ella

– en aquel momento, mientras Bakunin tenía su propia organización, la Alianza de la Social-Democracia, Marx no disponía de ninguna en la que pudiera depositar su confianza e intervenía en la Internacional en nombre propio.

Sobre la cuestión principal, el Congreso de La Haya confirmó plenamente la resolución de la Conferencia, a la cual añadió la frase siguiente casi literalmente tomada del Llamamiento fundacional de la Internacional: «Como los poseedores del suelo y del capital se aprovechan siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y mantener sujeto al trabajo, la conquista del poder político es el gran deber del proletariado«.

Marx, Engels y Lafargue siguieron trabajando con los documentos reunidos por la comisión y publicaron en julio de 1873 un folleto basado en esos informes que titularon «La Alianza de la Social Democracia  y la Asociación Internacional de Trabajadores». Poniendo al descubierto sus manejos e intrigas, asestaron un golpe definitivo a los intentos de Bakunin de influir sobre el movimiento obrero europeo.

Al terminar sus trabajos, el Congreso de La Haya aceptó la propuesta de Engels referente al traslado de la sede del Consejo General a Nueva York. En esta época la Internacional no sólo había perdido sus bases en Francia, donde a partir de 1872 el simple hecho de pertenecer a la Internacional era un crimen, sino también en Alemania, e incluso en Inglaterra. Este traslado del organismo central de la Internacional a América era considerado como provisional. Pero ocurrió que el congreso de La Haya fue el último que se celebró en la historia de la Internacional. En 1876, el Consejo General publicó en Nueva York un aviso anunciando que la I Internacional había dejado de existir. Sólo subsistieron la siglas en manos de unos usurpadores…

Fuente: censurada web Antorcha.org