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En África la lucha contra el neocolonialismo sigue adelante

El dirigente panafricanista Kemi Seba
El sábado comenzaron en 14 países africanos las reuniones contra el franco CFA, una de las reliquias que dejó el colonialismo francés en África. El 26 de diciembre el militante panafricanista Kemi Seba promovió en Dakar, Senegal, una movilización, directamente dirigida contra Francia y sus últimos “harkis” (*) en África.

El llamamiento fue consecuencia -precisamente- de la visita de uno de esos “harkis”, el Presidente senegalés Macky Sall, a París, donde declaró que el franco CFA era estable que había que conservar. De momento, no había otra moneda mejor, dijo, por lo que se trataba de “fortificar nuestra zona monetaria”.

En una semana Seba ha logrado movilizar a economistas africanos de renombre, como Nicolas Agbohou, para organizar conferencias, y no sólo en los 14 países en los que la moneda francesa sigue en activo, sino en toda la diáspora de emigrantes africanos repartidos por el mundo. Incluso en Canadá ha logrado reunir a muchos partidarios de este movimiento.

Es destacable que no han aparecido por ninguna parte los antiglobalistas, ni todos aquellos que hace unos años gritaban que “otro mundo era posible”, y es que con determinado tipo de movimientos otro mundo es imposible; totalmente imposible.

Próximamente está prevista una reunión central en Bamako, la capital de Mali, para formar una plataforma internacional contra el franco CFA. El objetivo de Seba es, no obstante, el que ya promoviera Gadafi a costa de su vida y la de su país: crear una moneda única de África para África.

La lucha es como cualquier otra: por las buenas o por las malas. Si Francia no admite que su moneda deje de circular, dice Seba, iniciarán una campaña de boicot a las empresas francesas en todos los países que sigan utilizando el franco francés.

(*) En Argelia llaman “harkis” despectivamente a los colaboracionistas argelinos que lucharon al lado de Francia contra la independencia de su propio país. La palabra procede del árabe “haraka”, que significa “movimiento”.

Trump sirve su venganza contra el Congo en un plato muy frío

El congoleño Sassu Ngueso
El domingo la embajadora estadounidense en la República del Congo recibió una nota firmada por el Presidente Denis Sassu Nguesso en la que le comunicaba su orden de expulsión del país, que debe hacerse efectiva el 20 de enero, día del transpaso de poderes en la Casa Blanca.

El hecho se produce unos días después de Trump no quisiera recibir a Sassu Nguesso en Nueva York, al que hizo recorrer 10.000 kilómetros en avión para luego no aceptar la entrevista.

Sassu Nguesso dirige el gobierno de Congo desde hace 32 años y acudió a Nueva York en su condición de presidente del Comité de la Unión Africana para Libia, supuestamente para charlar de la guerra en el país norteafricano.

La verdad está, sin embargo, por otras latitudes. Trump ha nombrado secretario de Estado a un petrolero de la multinacional Exxon, Rex Tillerson, que conoce desde hace décadas a Sassu Nguesso. Ambos mantienen un litigio porque Exxon descubrió un gigantesco yacimiento petrolífero en Moho y esperaba que Sassu Nguesso le concediera los correspondientes permisos de explotación.

Pero el congoleño se lo concedió a Elf-Total, la competencia francesa. Al fin y a la postre Sassu Nguesso dirige una antigua colonia belga que ahora está bajo férula de los franceses.

Al Presidente congoleño le esperan momentos difíciles porque Estados Unidos servirá muy frío el plato de su venganza. Es posible que ahora Trump saque a la luz los papeles de Panamá, de los que ya nadie se acuerda, en los cuales aparecen Sassu Nguesso, sus numerosos familiares y testaferros al frente de un entramado de más de mil empresas “offshore” que se benefician del petróleo congoleño.

En 2015 el Congo produjo 290.000 barriles de petróleo al día, pero más de la mitad de los 4,4 millones de habitantes vive por debajo del umbral de pobreza.

La recolonización de Africa

Darío Herchhoren

En 1885 se celebró en Berlín una conferencia a la cual concurrieron las potencias europeas que mantenían colonias en África. Esa conferencia, la cual es conocida como Conferencia de Berlín de 1885, significó en la práctica el reconocimiento entre las potencias europeas de su carácter colonizador que dio carta de naturaleza a la conquista del continente africano por parte de los europeos.

Uno de los mayores beneficiarios de ese «reparto», fue sin duda el rey belga Leopoldo I, que era a todos los efectos el «dueño» del llamado Congo Belga, actual República Democrática del Congo. En su carácter de «dueño» de ese vasto territorio Leopoldo I, sometió a sus desdichados habitantes a la más dura represión y esclavización jamás conocida. Era «costumbre» del ejército colonial belga amputar la mano derecha y el pie izquierdo a aquellos congoleños de mala conducta, que se resistían a ser explotados y rechazaban la «civilización» belga.

Como consecuencia de ese reparto, la República Francesa, la de la Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución de 1789, resultó agraciada con la mayor porción de territorio africano de aquella fiesta. Desde hacía ya muchos años, Francia era una potencia colonial en África, y ya se había anexionado Argelia, Marruecos y Túnez; y en el Congreso de Berlín, amplió sus posesiones a Senegal, Guinea Conakry, Costa de Marfil, Madagascar, el Congo Francés conocido ahora como República del Congo, Camerún, Alto Volta, Mali, Chad y Centroáfrica. A todo ese inmenso territorio, se le llamó África Occidental Francesa.

A partir de 1945, año de finalización de la guerra mundial, comenzó una política de descolonización, que en realidad fue una falacia. Las antiguas colonias francesas eran formalmente países independientes, pero en la práctica esas antiguas colonias seguían atadas a la antigua metrópoli mediante una economía dependiente de sus anteriores amos.

Uno de los capítulos más negros de esta recolonización fue sin duda la creación del Mercado Común de África del Sudoeste, constituido por 16 países que formaron parte de la antigua África Occidental Francesa, y que incluye a Guinea Bissau que es la antigua Guinea Portuguesa.

La República Francesa, «madre prolífica y desinteresada», cuida a «sus» antiguos hijos, y con el cuento de la francofonía (países francófonos, o sea que hablan francés) les ha impuesto en ese Mercado Común una moneda que es el llamado Franco CFA, o franco africano, que es la moneda de ese mercado común, que está ligado al Euro, y que se cotiza en un cambio fijo de 655 francos CFA por un Euro. En la vorágine de la nueva moneda, metieron también a Guinea Bissau, que es lusófono (hablan portugués), y que nunca tuvo nada que ver con Francia en ese mercado común y su miserable divisa.

Pero el democrático imperio francés, que mantiene un Ministerio de Ultramar para sus antiguas colonias, no contento con la creación maldita del franco CFA, impuso sobre sus desgraciadas criaturas que habían integrado el África Occidental Francesa la obligación de depositar en el Banco Nacional de Francia el 85 por ciento del valor de sus exportaciones, con lo cual sigue controlando sus economías, y su dinero.

Formalmente el dinero de las exportaciones (todo el comercio exterior) de los países africanos del Mercado Común pertenece a esos países y pueden disponer de él libremente; pero en la práctica, ese dinero no está siempre disponible, y los gobiernos africanos deben pedirlo con tiempo para que el Banco Nacional de Francia pueda girarlo lo que significa en buen romance que Francia maneja a su antojo las pobres economías africanas, luego de siglos de esclavitud y saqueo. Así actúa la democrática República Francesa, cuna de las libertades.

22 oficiales del ejército francés están acusados del genocidio cometido en Ruanda en 1994

Ayer una comisión ruandesa que investiga desde hace más de 20 años el genocidio, publicó un informe titulado “La manipulación del expediente del avión de Habyarimana, una ocultación de las responsabilidades francesas en el genocidio” cometido en 1994 en el país africano de los Grandes Lagos en el que un millón de personas fueron asesinadas y la mayor parte de la población tuvo que huir de sus hogares.El informe pone nombres y apellidos a 22 oficiales del ejército francés implicados en la mayor matanza desde la Segunda Guerra Mundial que, oficialmente, se inició con el derribo del avión en el que viajaba el Presidente Juvenal Habyarimana, que falleció junto con toda la tripulación.

Desde hace 20 años los tribunales franceses y españoles (Audiencia Nacional) han abierto sendas causas que, como es habitual, son otras tantas cortinas de humo para encubrir a los verdaderos responsables.

También se creó un Tribunal Penal Internacional, que cerró las puertas a finales del año pasado y que nació lastrado por una rasgo típicamente imperialista: el Tribunal sólo podía juzgar a los propios ruandeses o a los extranjeros que hubieran estado dentro del país en el momento de cometerse los hechos. Se hizo así para que quedara claro que el genocidio era un “asunto interno” que no dependía de órdenes emanadas de Washington, Londres o París.

La única autoridad que durante años ha investigado a fondo y sin desmayo aquella matanza es el gobierno de Paul Kagame, que ya acusó antes expresamente a los máximos dirigentes del partido socialista francés, entonces encabezados por Mitterrand, así como a varios ministros y al “fontanero” del Elíseo Hubert Vedrine.

Ahora también señala con el dedo al general Jacques Lanxade, antiguo jefe de Estado Mayor y al también general Jean-Claude Lafourcade, que dirigía la fuerza militar Turquoise desplegada en Ruanda bajo el amparo de la ONU.

Aunque se suele poner el origen del genocidio en la muerte del presidente hutu Habyarimana el 6 de abril de 1994, en realidad el país de los Grandes Lagos fue víctima de una lucha entre los imperialistas estadounidenses y franceses, que provocaron un enfrentamiento entre sus aliados tutsis y hutus. El verdadero detonante fue la invasión que, con el respaldo del imperialismo británico, realizó el alto mando del ejército ugandés en octubre de 1990 sobre sus vecinos ruandeses.

Una de las implicaciones más silenciadas del genocidio ruandés es la de la Iglesia católica, cuyos misioneros y órdenes religiosas fueron desde el siglo XIX un  pilar del imperialismo belga y luego del francés. Hay varios sacerdotes y monjas condenados en firme por dirigir el genocidio. Pero en la matanza también están implicados misioneros metodistas, anglicanos y presbiterianos que trabajaban para el bando contrario, es decir, para los imperialistas estadounidenses y británicos.

Más información:
— Un nuevo libro documenta el papel del imperialismo francés en el genocidio de Ruanda
— El imperialismo francés desató el genocidio de Ruanda en 1994
— El jefe del Estado Mayor del ejército francés fue uno de los defensores de los genocidas ruandeses
— Ruanda abre un investigación sobre la intervención de los imperialistas franceses en el genocidio
— Acusan al banco BNP de participar en el genocidio de Ruanda
— Ruanda según la Audiencia Nacional: el mundo al revés
— Historia secreta del teléfono rojo en pleno genocidio ruandés
— La Iglesia Católica ha pedido perdón por la intervención de sus sacerdotes en el genocidio de Ruanda

Cuando los imperialistas pagaban el precio de la carne de cañón construyendo mezquitas

Mezquita de Wilmersdorf, en Berlín
En los primeros años del pasado siglo los dominios coloniales de los imperialistas eran tan remotos que nunca se habían preocupado por saber nada sobre ellos ni sobre sus habitantes. La Primera Gran Guerra imperialista cambió aquello.

Los países imperialistas necesitaban lanzar a la batalla a su carne de cañón: los millones de personas que poblaban sus dominios coloniales, muchos de los cuales eran musulmanes.

Se produjo un fenómeno aún más preocupante: los musulmanes hablaban de liberación, e incluso de revolución algunos de ellos, como Shakib Arslan, el abuelo del actual dirigente druso libanés Walid Jumblatt, un conocido agitador panislamista de Ginebra.

El islam atrajo la atención de los imperialistas. Si el saber es poder, hace 100 años el imperialismo no sabía nada. Si querían sostener sus dominios necesitaban poner la oreja, obtener información y, además, ser capaces de digerirla, de entenderla.

En el islam las mezquitas han desempañado en papel de las universidades. La del barrio berlinés de Wilmersdorf la construyeron en 1920 los misioneros de Ahmadiyya de la región de Penjab, entonces bajo el Imperio Británico, para convertirse en un lugar en el que se pudieran celebrar discusiones políticas, religiosas y filosóficas.

La Guerra imperialista había decepcionado a muchos alemanes, que culpaban de ella a la civilización cristiana y buscaban otras alternativas.

Hoy algo así resultaría extraño en cualquier país de Europa, que quiere prohibirlo todo en nombre de la lucha contra el islam, una lucha fantasmal como pocas veces se ha visto en Europa y, desde luego, cínica.

En la época de Weimar la capital alemana tenía una intelectualidad musulmana muy apreciada, que no sólo se componía de emigrantes sino también de autóctonos interesados por las culturas orientales. Entonces aún había quien quería saber, quien buscaba y quien hacía preguntas.

La situación no era muy diferente en otros países de Europa, como Inglaterra u Holanda. Pocos recuerdan ya aquel florecimiento intelectual, que les gustaría olvidar para siempre, lo mismo que a exponentes suyos tan cualificados como Hugo Marcus, un erudito judío y homosexual que estudió la influencia histórica del islam sobre la cultura europea.

Marcus era uno de los administradores de la mezquita de Wilmersdorf. Se convirtió al islam en 1925, cambió su nombre por el de Hamid y dirigió la revista de la mezquita, donde publicó artículos sobre Spinoza, Kant, Goethe, Nietzche, entre otros.

Los mismos que construyeron esa mezquita, construyeron la de Shah Jahan en Woking, Inglaterra, que también atrajo a numerosos intelectuales. Fue encargada en 1889 por Gottlieb Wilhem Leitner, un orientalista políglota anglo-húngaro que trabajó como intérprete durante la Guerra de Crimea y realizó numerosos viajes por los países musulmanes..

Tras la muerte de Leitner, la mezquita quedó abandonada y la compró un abogado hindú, Khwaja Kamaluddin, miembro de la cofradía Ahmadiyya, antes de estallar la Primera Guerra Mundial.

Entre los habituales de aquella mezquita se encontraba Harry St. John Philby, el padre del famoso Philby, el espía soviético, que también era espía y vivió muchos años en Arabia saudí.

En 1905 Francia había aprobado la hoy famosa ley declarando la laicidad del Estado, pero la guerra imperialista necesitaba hacer una distinción con los musulmanes: en 1925 la República financió la construcción de la Gran Mezquita de París y diez años después también les construyó un hospital en Bobigy.

El dispendio desató las iras de los católicos, que se sintieron discriminados. No entendían que tanto el hospital como la mezquita eran el precio que pagaba el colonialismo francés por la carne de cañón musulmana que había sacrificado su vida para salvar a la metrópoli y como dijo el alcalde de París “para defender la civilización”.

Entonces la civilización colonial francesa aún no tenía, como ahora, apellidos, es decir, no era “cristiana” exclusivamente.

Lo mismo ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis se presentaron en los Balcanes, el Cáucaso y Crimea como los más ardientes defensores del islam. Para contrarrestar la campaña nazi (y seguir utilizando a los musulmanes como carne de cañón), Inglaterra financió la construcción de dos mezquitas en Londres.

Fuente: http://foreignpolicy.com/2016/05/05/when-europe-loved-islam-interwar-weimar-republic-wilmersdorf-mosque/

La deuda exterior como instrumento de dominación (y2)

Como en Túnez, la gestión de la deuda en Egipto a finales del siglo XIX constituyó un arma decisiva de intervención directa de las potencias europeas. Llevó a poner el país bajo la tutela del Reino Unido, y más tarde a su conquista, en 1882.

Egipto, aún bajo el dominio otomano en el curso de la primera mitad del siglo XIX emprendió un vasto esfuerzo de industrialización y de modernización. George Corm resume así la situación: “Es en Egipto en donde Mohammed Ali realizará la obra mas destacada, creando manufacturas estatales, poniendo así las bases para un capitalismo de Estado que no deja de recordar la experiencia japonesa de Meiji”. Este esfuerzo de industrialización prosigue a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, sin recurrir al endeudamiento exterior. Los recursos internos se movilizan de forma prioritaria. Entre 1839 y 1840 una intervención militar conjunta de Reino Unido y Francia, seguida un poco después de una segunda agresión, esta vez por parte del Reino Unido y Austría-Hungría obligan al gobernador de Egipto Mehemet Ali (Mohammed Ali) a renunciar a Siria y a Palestina, entonces bajo dominación otomana.

A partir de la segunda mitad del siglo tiene lugar un giro radical. Los sucesores de Mehemet Ali adoptan el librecambismo bajo la presión de Reino Unido, desmantelan los monopolios públicos y recurren masivamente a los préstamos exteriores. Es el principio del fin. La era de las deudas egipcias ha comenzado; las infraestructuras se abandonarán en manos de las potencias occidentales, a los banqueros europeos y a empresarios poco escrupulosos.

Entre los años 1859 y 1876 los banqueros de Londres, París y otras plazas financieras buscan de forma activa colocar sus capitales tanto en Egipto como en el imperio otomano y otros continentes. En una primera fase, el nuevo modelo fundamentado sobre el endeudamiento y el librecambismo parecen funcionar bien, pero este aparente éxito se relaciona con factores exteriores que no son controlados por las autoridades egipcias, como la guerra de Secesión en América del Norte, que provoca la caída de las exportaciones estadounidenses de algodón, las mayores del mundo. Esto produce una subida muy fuerte del precio de algodón en el mercado mundial. Los ingresos por exportación de Egipto, productor de algodón, explotan. Esto conduce al gobierno de Ismaïl Pacha a aceptar aún más préstamos bancarios, principalmente ingleses y franceses. Al final de la guerra de Secesión, las exportaciones americanas se recuperan, y el precio del algodón se hunde. Egipto depende de las divisas que le proporciona la venta de su algodón, principalmente a la industria textil británica para devolver su deuda a los banqueros europeos.

Treinta años de préstamos imposibles de devolver

En 1876, la deuda egipcia alcanza los 68,5 millones de libras esterlinas (contra 3 millones en 1863). Los intereses de la deuda absorben dos tercios de los ingresos del país y la mitad de los ingresos por exportaciones. Las cantidades ingresadas por Egipto continúan siendo débiles, mientras que los banqueros exigen y reciben a cambio sumas muy elevadas. Tomemos el préstamo de 1862; los banqueros europeos emiten títulos egipcios por un valor nominal de 3,3 millones de libras esterlinas vendidos al 83 por cien de su valor nominal. Egipto no recibe mas que 2,5 millones de libras esterlinas, de las cuales hay que deducir la comisión retenida por los banqueros. El montante que debe devolver Egipto en 30 años se eleva a casi cerca de 8 millones de esterlinas si se tiene en cuenta la amortización de capital y el pago de intereses.

Otro ejemplo es el préstamo de 1873: los banqueros emiten títulos egipcios por un valor nominal de 32 millones de libras, y los venden con un descuento del 30 por cien. En consecuencia Egipto solo recibe algo menos de 20 millones de libras. La cantidad a reembolsar en 30 años se eleva a 77 millones de libras, lo que supone un interés real de un 11 por cien más la amortización del capital. Este endurecimiento de la deuda y las tasas de intereses exigidos son imposibles de mantener. Las condiciones financieras impuestas por los banqueros hacen imposible la devolución. Egipto debe endeudarse constantemente a fin de estar en condiciones de continuar los pagos debidos de anteriores deudas.

En 1875, ahogado por los acreedores, Egipto cede al gobierno de Reino Unido su participación en el canal de Suez inaugurado en 1860. El producto de la venta de las 176.602 acciones que Egipto poseía, prácticamente la mitad del capital de la Compañía de Suez, al gobierno británico a finales de noviembre de 1875, sirve para financiar  los vencimientos de la deuda de diciembre de 1875 y de enero de 1876, que eran especialmente gravosos.

Finalmente, pese a los esfuerzos desesperados para financiar la deuda, Egipto se ve abocado a suspender pagos en 1876. En importante subrayar que en el curso de ese mismo año, el imperio otomano, Perú (en la época una de las principales economías de América del Sur) y Uruguay se declaran en suspensión de pagos. Es preciso pues buscar las causas en el plano internacional.

Una crisis bancaria estalló en Nueva York, Frankfurt, Berlín y Viena en 1873, y afectó progresivamente a la City de Londres. Así, la voluntad de prestar a países periféricos se redujo intensamente. Estos países tenían constantemente la necesidad de endeudarse para poder  reembolsar las deudas anteriores.

Acuerdos tácitos entre Londres, París y Berlín

Los gobiernos de Londres y París, aunque en competencia, se entienden para someter a Egipto a su tutela a través de la Caja de Deuda, que tiene el control sobre una parte de los impuestos y que dirigen representantes del Reino Unido y Francia. Su puesta en marcha es continuada de una reestructuración de la deuda egipcia que satisface a los banqueros, sin reducción de su inversión. La tasa de interés se fijó en un nivel elevado, un 7 por cien, y los vencimientos retrasados a 65 años. Se asegura una renta confortable para los ahorradores europeos, garantizada a la vez por Francia, por Reino Unido y por los ingresos de Egipto, en los que la Caja de la Deuda puede influir.

Reino Unido, con diferencia la primera potencia europea y mundial, pretende controlar y dominar enteramente un Mediterráneo oriental que gana en importancia, gracias al canal de Suez, acceso directo a la ruta marítima de las Indias británicas y de Asia. Desea marginar a Francia, que ejerce una influencia en Egipto a causa de los bancos y del canal de Suez, cuya construcción fue financiada a través de la Bolsa de París. A fin de que París dejase completamente el espacio a Londres, hacia falta en primer lugar satisfacer los intereses de los banqueros franceses, muy ligados a las autoridades de su país, y ofrecer una compensación en otra parte del Mediterráneo. Ahí intervino un acuerdo tácito entre Londres y París: Egipto volverá al Reino Unido mientras que Túnez pasará a control francés. En 1876-1878, el calendario exacto no está todavía fijado, pero la perspectiva está clara.

El porvenir de Túnez y Egipto no se acuerda solamente entre Francia y Reino Unido. Alemania, que acaba de ser unificada y que es la principal potencia europea junto a Inglaterra, también tiene algo que decir. Otto von Bismarck, el canciller alemán, ha declarado en numerosas ocasiones de conversaciones diplomáticas secretas que no saldría perjudicado de una toma de control de Egipto por Londres y de Túnez por Francia. En contrapartida, Alemania quiere tener vía libre en otras partes del mundo. En resumen, el destino reservado a Egipto y Túnez es un prólogo del reparto de África al que las potencia europeas se dedicaron algunos años mas tarde, durante otra conferencia celebrada en Berlín en 1885.

Bajo dominación británica. En el caso de Egipto y de Túnez, la deuda constituyó el arma más poderosa empleada por las potencia europeas para asegurar su dominación, llevando hasta la sumisión total a países que disfrutaban hasta entonces de una auténtica independencia. La Caja de la  Deuda pública impone a Egipto medidas de austeridad muy impopulares que generaron una rebelión militar; el general Ahmed Orabi defiende posiciones nacionalistas, y resiste a los diktats de las potencias europeas. Inglaterra y Francia aprovechan para enviar un cuerpo expedicionario a Alejandría en 1882. Finalmente el Reino Unido entra en guerra contra el ejército egipcio., ocupa militarmente de manera permanente el país y lo transforma en un protectorado. Bajo dominación británica, el desarrollo de Egipto permanecerá mucho tiempo bloqueado y sometido a los intereses de Londres. Como escribía Rosa Luxemburgo en 1913, “la economía egipcia ha sido deglutida en una muy amplia medida por el capital europeo. Inmensas extensiones de tierras, fuerza de trabajo considerable y una masa de productos transferidos al Estado bajo formas impuestos han sido finalmente transformados en capital europeo, y acumulados”.

La Caja de la Deuda no sería suprimida hasta julio de 1940. El acuerdo impuesto a Egipto por Inglaterra en ese año prolongó la dominación financiera y colonial, y Londres obtuvo la continuidad de los pagos de una deuda que se convirtió en perpetua. Será necesario el derrocamiento de la monarquía egipcia en 1952 por Gamal Abder Nasser, y la nacionalización del canal de Suez el 26 de junio de 1956 para que, durante una quincena de años, Egipto intentara de nuevo un desarrollo parcialmente autónomo.

Éric Toussaint http://orientxxi.info/magazine/la-dette-l-arme-qui-a-permis-a-la-france-de-s-approprier-la-tunisie,1395

Primera parte

La deuda exterior como instrumento de dominación (1)

En la segunda mitad del siglo XIX Túnez experimentó a su pesar el mecanismo de la deuda exterior como instrumento de dominación y de alienación de la soberanía de un Estado. Entregado a sus acreedores exteriores atado de pies y manos, la regencia de Túnez perdió su autonomía para convertirse en un protectorado francés.

Antes de 1881, fecha de su conquista por Francia que lo transformó en un protectorado, la regencia de Túnez, una provincia del imperio otomano, disponía de una importante autonomía bajo la autoridad de un bey. Hasta 1863 no se endeuda con el exterior, asegurando la producción agrícola más o menos la independencia alimentaria del país. Pero con el acceso al trono de Mohammed el-Sadik (Sadok Bey) en 1859, la influencia de las potencias europeas, especialmente de sus banqueros, aumenta. El primer préstamo de Túnez con el exterior aquel año constituirá una verdadera estafa que acabará 18 años mas tarde con la conquista de Túnez por Francia.

Los banqueros parisinos, como sus colegas londinenses, disponen de abundante liquidez, y buscan colocaciones en el extranjero mas remuneradoras que en su país. Cuando a principios de 1863 el bey hace saber que desea endeudarse en 25 millones de francos, muchos banqueros y corredores de Londres y de París le proponen sus servicios. Finalmente, fue Émile Erlanger que consigue el “contrato”. Según el cónsul británico, le habría ofrecido 500.000 francos a fin de obtener su apoyo. Erlanger, asociado con otros, obtuvo legalmente la autorización del gobierno francés para vender en la Bolsa de París títulos tunecinos.

Un fraude a gran escala

Según un informe de 1872-1873 de Victor Villet, inspector francés de finanzas, el préstamo era un puro fraude. Según el banquero Erlanger, 78.692 obligaciones fueron emitidas, cada por un valor nominal de 500 francos. El prestatario (Túnez) debía recibir unos 37,7 millones de francos (78.692 obligaciones vendidas a 480 francos, es decir 37,7 millones) y devolver al término 65,1 millones. Según la investigación de Villet, Erlanger retuvo algo mas de 5 millones de francos de comisión (alrededor del 13 por ciento del total) mas 2,7 millones desviados, para el primer ministro del bey y el banquero. Por tanto, para disponer de 30 millones el gobierno tunecino se comprometía a devolver más del doble, 65,1 millones de francos.

Este préstamo exterior debía servir para reestructurar la deuda interna evaluada en 30 millones de francos franceses. Se trataba concretamente de reembolsar los bonos del tesoro del bey, o “teskerés”, lo que se hizo; pero las autoridades los emiten de nuevo por un importe equivalente. Victor Villet describe: “Al mismo tiempo que en las oficinas del representante de la casa Erlanger en Túnez se reembolsaba los antiguos títulos… un corredor del gobierno (M. Gutierrez) instalado en las cercanías recibía dinero público, a cambio de nuevos teskerés emitidos a un tipo del 91 por ciento. Tras esta comedia de reembolso, la deuda en encuentra simplemente… aumentada en 15 millones”.

En menos de un año el préstamo se dilapidó. Al mismo tiempo, el Estado se encuentra por primera vez en su historia endeudado frente al extranjero por una suma muy elevada. La deuda interna, que hubiera debido ser reembolsada por el préstamo exterior, ha sido multiplicada por dos. El bey decidió, presionado por sus acreedores, transferir la factura al pueblo, aumentando en un 100 por ciento la mejba, el impuesto personal.

Beneficios fructíferos gracias a los ‘valores con turbante’

La medida provoca en 1864 una rebelión general. Los rebeldes acusan al gobierno de haber vendido el país a los franceses. El bey intenta por la fuerza extraer el máximo de los impuestos y las multas a la población. Su fracaso le obliga a acordar con el banquero Erlanger un nuevo préstamo en marzo de 1865, por un importe de 36,78 millones de francos, en condiciones aún peores y más escandalosas que en 1863. Esta vez, un título de 500 francos vendido a 480 francos en 1863 solo se vende a 380 francos, apenas un 76 por ciento de su valor facial. Como resultado, el prestamista se endeuda por 36,78 millones; sin embargo no recibe mas que un poco menos de 20 millones. Los gastos de corretaje y las comisiones retenidas por el banquero Erlanger y sus asociados Morpurgo-Oppenheim se elevan al 18 por ciento, unos 3 millones deducidos directamente a partes iguales por los banqueros y por el primer ministro y sus asociados. La cantidad a reembolsar en 15 años se elevó a 75,4 millones de francos.

Los banqueros han realizado un buen negocio: deducen unos 6,5 millones de francos en forma de comisiones, de gastos de corretaje y de robo puro y simple. Todos los títulos se han vendido en pocos días. En París reina la euforia a propósito de los títulos de países musulmanes (Túnez, Imperio Otomano, Egipto), denominados como “valores con turbante”, mientras los banqueros pagan a la prensa para publicar informaciones tranquilizadoras sobre las realidades locales.

A merced de los financieros

Las nuevas deudas acumuladas en el curso de los años 1863-1865 ponen a Túnez a meced de sus acreedores exteriores y de Francia. Son totalmente imposibles de devolver en los plazos. El año 1867 es un mal año agrícola. Obligado a procurarse divisas, el bey favorece la exportación de productos agrícolas en perjuicio del mercado interior, produciendo hambruna en muchas provincias de la regencia, y luego una epidemia de cólera.

En abril de 1868, al dictado de los representantes de Francia, el bey establece la Comisión Internacional Financiera. El texto del decreto del 5 de julio de 1869 constituye un verdadero acto de sumisión a los acreedores. El artículo 9, especialmente importante, indica muy claramente que la Comisión percibirá todos los ingresos del Estado sin excepción. El artículo 10, decisivo para los banqueros, prevé que tendrán dos representantes. Una de las tareas principales de la Comisión, la más urgente, es la reestructuración de la deuda. Ninguna reducción de deuda se concedió a Túnez. Por el contrario, los banqueros obtienen que sea elevada a 125 millones de francos. Es una victoria total para éstos, representados por los delegados de Alphonse Pinard y Émile Erlanger, que recompran en bolsa obligaciones de 1863 o de de 1865 a 135 o 150 francos. Gracias a la reestructuración de 1870 obtienen un cambio de títulos casi al precio de 500 francos.

Las autoridades tunecinas son cómplices de este pillaje. El primer ministro Mustafa Jaznadar, otros dignatarios del régimen, sin olvidar a otros tunecinos afortunados que poseían igualmente títulos de la deuda interna, hicieron enormes fortunas mediante la reestructuración.

Indemnizados y ampliamente satisfechos, Pinard y Erlanger se retiran de Túnez. Émile Erlanger construyó un imperio financiero, especialmente gracias a sus operaciones tunecinas, entró en el Crédit Mobilier de Paris y, algunos años mas tarde, en la gran agencia de prensa Havas. Por su parte, Alphonse Pinard continuó sus actividades en Francia y en el mundo, participó en la creación de la Société Generale (uno de los tres principales bancos franceses hoy) así como en otra entidad, que con el tiempo se transformó en BMP Paribas (el principal banco francés actualmente).

Bajo tutela de la metrópli

Tras la conquista de Argelia a partir de 1839, París considera que Francia tiene más que un derecho de supervisión sobre Túnez. Pero hace falta encontrar el pretexto y el momento oportuno. En la región, Egipto tiene la prioridad por razones geoestratégicas: la posibilidad de tener un acceso directo a Asia con la apertura del Canal de Suez entre el Mediterráneo y el Mar Rojo en 1869; el acceso al África negra por el Nilo; la proximidad de Oriente por vía terrestre; el potencial agrícola de Egipto; la competencia entre el Reino Unido y Francia (aquel país que controle Egipto tendrá ventaja estratégica sobre el otro).

Durante el Congreso de Berlín en junio de 1878 que reparte África, tanto Alemania como Inglaterra abandonan a Francia Túnez, que no presenta ningún atractivo para Alemania. Para el canciller alemán Otto von Bismarck, si Francia se concentra en la conquista de Túnez con su acuerdo, será menos proclive a recuperar Alsacia-Lorena. El Reino Unido, que da prioridad al Mediterráneo oriental (Chipre, Egipto, Siria…) ve también con buenos ojos que Francia esté ocupada en el Oeste con Túnez.

La diplomacia francesa no cesó de provocar incidente o buscar pretexto para justificar una intervención. El conflicto entre la tribu argelina de los Uled Nahd y los Krumirs tunecinos es la ocasión de lanzar una intervención militar francesa de gran alcance. Veinticuatro mil soldados son enviados contra los Krumirs, y el tratado del 12 de mayo de 1881 firmado entre el bey de Túnez y el gobierno francés instauró un protectorado francés en Túnez. La lección no debe olvidarse.

Éric Toussaint http://orientxxi.info/magazine/la-dette-l-arme-qui-a-permis-a-la-france-de-s-approprier-la-tunisie,1395

Continuación

La participación de los kurdos en el genocidio armenio

La caballería kurdo-otomana
Juan Manuel Olarieta

La historiografía kurda -y los que miran el pasado de Oriente Medio a través de sus ojos- padece un problema serio de memoria sobre el papel desempeñado por su pueblo en el genocidio armenio (y asirio), atribuido a los turcos en 1915-1916, durante la Primera Guerra Mundial.

Casi un millón de personas fueron asesinadas y una cantidad aún mayor expulsadas en masa de sus casas y sus tierras. El primer genocidio de la historia también formó parte del reparto de Oriente Medio por los imperialistas, en el que si los kurdos no tenían sitio, los armenios mucho menos.

Una historia escrita de manera muy sesgada ha dejado a los turcos como genocidas, algo que ha interesado mucho a los kurdos pues las promesas imperialistas de un Kurdistán independiente se hicieron sobre suelo armenio y a costa de los armenios.

Por motivos políticos, tampoco la historiografía armenia ha sido muy explícita al respecto. Lo mismo que para los kurdos, para los armenios el enemigo siempre ha sido Turquía.

A pesar de lo que digan los historiadores, que escriben papeles sobre papeles, cualquier vecino de cualquier pueblo kurdo de Turquía, sabe quién cometió el genocidio y cómo se produjo. Desde hace un siglo se sigue hablando con absoluta crudeza de las matanzas, los desalojos y los saqueos de sus vecinos armenios.

Al conmemorar el centenario, el año pasado el alcalde de Diyarbakir prometió la reconstrucción de las iglesias ortodoxas armenias, que eran más numerosas que las mezquitas.

En 1915 en la capital del Kurdistán turco, los armenios constituían la mayoría de la población. Aunque algunas fuentes hablan de 60.000 vecinos, es casi seguro que eran bastantes más.

En España sabemos mucho de silencio; toda la posguerra está llena por ese vacío amargo, que aún tardará años en ser llenado. Pero es el silencio del perdedor. Por el contrario, en capitales como Diyarbakir quienes quedaron fueron los genocidas, por lo que nunca han tenido empacho en hablar acerca de ello.

Sin embargo, las conversaciones nunca llegan a las bibliotecas, por lo que los historiadores han tardado cien años en llevar grabadoras para registrar los relatos de los ancianos.

El silencio siempre tiene evidentes motivaciones políticas. Casi desde el primer momento de la matanza, los militantes del Tachnak, el partido nacionalista armenio, sostuvieron el mismo relato olvidadizo del nacionalismo kurdo porque en 1927 se produjo un pacto entre las dos organizaciones políticas más importantes, el Tachnak y los kurdos de la Liga Joybun, el embrión del movimiento nacionalista kurdo en Turquía y Siria. Se puede decir que, en cierta forma, la Liga Joybun aprendió de los armenios a “ser uno mismo”, que es la traducción del término “joybun”.

Para el movimiento nacionalista kurdo fue una alianza muy provechosa aunque, desde el punto de vista historiográfico, ayudó oportunamente a pasar página. El plan era organizar un levantamiento militar para crear una federación kurdo-armenia dentro de Turquía, lo que obligó a los militantes de Tachnak a hacer propaganda en favor de la causa kurda.

Hoy los nacionalistas kurdos califican como genocidio las matanzas de los armenios, pero les queda por establecer todas las responsabilidades, no sólo las de los demás. Siguen expresando su simpatía por los armenios y hacen causa común con ellos para denunciar a Turquía. Es algo plenamente justo y siempre lo ha sido. Pero…

Armenios camino de la deportación
Los kurdos vivieron en un territorio fronterizo, una “tierra de nadie”, entre los imperios turco, ruso y persa. La expansión del Imperio Otomano y el crecimiento demográfico presionaron a una población que, en buena parte, era nómada, empujándoles hacia las zonas habitadas por armenios, entre otras etnias no kurdas, que eran sedentarias.

Ese movimiento de la población fue alentado por el Imperio Otomano, un proceso paralelo al que Rusia llevó a cabo con los cosacos. También los otomanos crearon brigadas de caballería kurda, las “Hamidiye Alaylari” como refuerzo fronterizo contra los rusos y los persas.

Los campesinos armenios fueron sometidos al saqueo en forma de pago de cuantiosos impuestos y luego al expolio de tierras. Los armenios tenían que pagar el “hafir” a los kurdos, una especie de tributo a cambio de asegurarles sus vidas y haciendas.

En 2009 el presidente del Consejo Kurdo de Armenia, Knyaz Hasanov, reconoció la intervención de los kurdos en el genocidio, aunque matizó que fue obra de casos aislados, no de la nación kurda como tal. Otros, como el presidente del Parlamento kurdo en el exilio, hablan de que la responsabilidad fue de “algunas tribus kurdas”.

Tampoco les falta razón. Es cierto que la mayor parte de los kurdos que formaban parte de la caballería de la “Organización Especial” eran nómadas. Pero entonces se me suscitan dos preguntas. La primera es: ¿los kurdos son responsables del genocidio sólo en parte y los turcos lo son en bloque? Y la segunda: si no todos los kurdos son responsables del genocidio, ¿por qué ocultar su intervención?

Entre los muchos relatos orales que circulan por Diyarbakir hay uno que refiere el asesinato de un cura ortodoxo, que le dijo al kurdo que le iba a matar: “Nosotros somos el desayuno pero vosotros seréis la comida”.

No se puede explicar mejor la masacre porque, en efecto, ocurrió así exactamente: los turcos llevaron a cabo, por sus propias manos esta vez, una matanza masiva de kurdos seguida de una deportación, también masiva, de manera que quienes hasta entonces habían sido la fuerza de choque del ejército otomano se volvieron en su contra.

Todo ocurrió en muy poco espacio de tiempo: en 1915 la caballería kurda era parte del ejército turco y en 1927 se crea la Liga Joybun para luchar en su contra.

La participación de los kurdos en el genocidio no exime la responsabilidad de los turcos. Los unos eran la carne de cañón de los otros. Hacían el trabajo sucio para que los “padrinos” turcos quedaran con las manos limpias.

No sólo los nacionalistas kurdos no quieren recordar su historia; los turcos, que sí tienen un Estado propio, mucho menos. También ellos son nacionalistas, tanto por lo menos como los kurdos, con la ventaja adicional para la historia de que no se mancharon las manos porque ese tipo de tareas siniestras siempre quedan para los carniceros.

Entonces los kurdos no veían a los turcos como enemigos, sino todo lo contrario, y a la inversa, muchos de los matarifes kurdos que participaron en el genocidio salieron de las cárceles turcas con amnistías e indultos.

Todo por un plato de lentejas. Los kurdos asesinaron por un pedazo de tierra, por una casa, por unas cabezas de ganado…

Como cualquier otro acontecimiento, el genocidio armenio y asirio se puede desmenuzar tanto como sea necesario. Por ejemplo, la “Organización Especial” que dirigió las matanzas tampoco estaba dirigida por turcos sino por cherkeses, una población caucásica.

Como la cabeza de Jano, la historia tanto mira hacia atrás como hacia delante y por eso el refrán dice -con pleno acierto- que quien olvida la historia está condenado a repetirla. Pero la historia es una ciencia que, como se ha demostrado, los nacionalistas no pueden escribir porque ellos son la burguesía.

La historia sólo la puede escribir el proletariado, que es una clase internacionalista. A diferencia de un nacionalista cualquiera, un internacionalista lucha por los derechos de todas las naciones oprimidas, no sólo de una, y mucho menos lucha por los derechos de una contra la otra, o a costa de la otra.

El Rey de Kurdistán quiso ser un aliado fiel del imperialismo (y 2)

Cheikh Mahmud
Tras el fracaso del levantamiento de 1931, a Mahmud le obligaron a vivir en una especie de exilio interior en una aldea de la región de Suleimanya, en unas condiciones materiales muy precarias. Los británicos creían que en cualquier momento podían volver a necesitar de sus servicios.

La correspondencia intercambiada entre 1920 y 1940 por el dirigente kurdo con los imperialistas expresa el “malentendido” entre unos (dominadores) y otros (dominados). La calculada ambigüedad de los británicos hacia los kurdos llevó a que Mahmud creyera que eso era lo que esperaban de él: que se enfrentara a Bagdad. Lo que está fuera de duda es que bajo ninguna circunstancia el enemigo eran los británicos. Los enemigos eran los árabes, que no vivían en Londres sino en Bagdad.

Para Mahmud resultaba irrelevante que el cargo de gobernador en Bagdad lo ocupara el rey Feisal, que estaba puesto por los propios británicos y era hachemita; ni siquiera era irakí. A Mahmud le daba lo mismo: era árabe. En la histórica -y sangrienta- manifestación celebrada en Suleimanya en 1930 las masas kurdas gritaban “Queremos autonomía, no queremos un gobierno árabe”.

Para entonces los imperialistas ya habían conseguido lo que se proponían. Fue un triunfo absoluto de la vieja política que el Imperio Otomano sólo había intentado: para someter a los árabes, primero utilizaron a los kurdos con falsas promesas de autonomía y, cuando a su rey, al verdadero rey árabe, a Feysal, le pusieron al frente del nuevo Estado irakí, utilizaron a estos contra aquellos.

Rafiq Hilmi, un colaborador cercano de Mahmud y representante de la “effendiyya” nacionalista kurda, escribió que los británicos nunca entendieron que Mahmud era un nacionalista y trataron de sobornarle y corromperle con privilegios. “No supieron hacer de él [de Mahmud] un aliado sumiso”, apunta Hilmi.

Uno de los pecados de los dominados es que se esfuerzan por “entender” a sus dominadores y cuando les “entienden” lo que lamentan es su falta de “comprensión” hacia ellos, provocada quizá porque no han nacido allá, en Kurdistán. La dominación sería más dulce si hubieran criado sobre el terreno, si hablaran la lengua o si conocieran la historia local.

Hoy los intelectuales nacionalistas kurdos no son capaces de ponerse de acuerdo sobre la figura de su primer rey, cabeza de la actual dinastía Barzani que ahora regenta el Gobierno Autónomo de Kurdistán en Irak. Deben agradecérselo al imperialismo y a una atroz guerra.

Mahmud es un héroe nacional para los kurdos irakíes. Pero otros -que también son kurdos- afirman que sus verdaderos objetivos no eran nacionales sino personales, que no tenía “ideales” sino que perseguía el enriquecimiento de su familia.

Ambas cosas no son incompatibles. Los personajes históricos del tipo Mahmud llevan pantalones con dos bolsillos; en uno llevan su patria y en el otro las monedas y nadie puede poner en duda que ambas les gustan, aunque en casos de apuro es posible que tengan más de una duda sobre si quieren más a su padre o a su madre, a un bolsillo que al otro.

En la historia sólo hay un tipo de personajes que jamás tienen dudas ni vacilaciones porque sólo tienen un bolsillo; el otro está vacío. Sólo ellos pueden llevar una batalla hasta el final. Son esos de los que Marx y Engels dijeron que sólo podían perder sus cadenas…

El Rey de Kurdistán quiso ser un aliado fiel del imperialismo (1)

El dirigente kurdo Cheik Mahmud
El ejército colonial británico empezó a llegar a Mesopotamia en 1917. Dos años después ocupaban Bagdad y al norte de lo que hoy es Irak organizaron un encuentro con los notables kurdos de Suleimanya, una ciudad fronteriza con Irán. Querían preparar un gobierno provisional en Kurdistán o, más exactamente, en una parte de Kurdistán.

Después de la Revolución de Octubre, los imperialistas levantaron la bandera de la liberación de los pueblos y de las naciones oprimidas. No sólo los bolcheviques y la III Internacional eran los que hablaban entonces de emancipación.

Si los imperialistas no “liberaban” a los pueblos lo más probable es que se liberaran a sí mismos, y no podían correr ese riesgo. Por eso al final de la Primera Guerra Mundial, una guerra imperialista, en Londres, en París y en Washington sólo se hablaba del derecho de autodeterminación.

Los británicos eligieron a Cheikh Mahmud como futuro rey de Kurdistán. Terrateniente y jefe de la cofradía sufí Qadiriya, Mahmud era una de las personalidades más influyentes del norte de Irak.

El diseño del futuro reino de Kurdistán era consecuencia de factores internos al Imperio Británico: por razones estratégicas necesitaban tener la región bajo su control, pero no podían ocuparla militarmente, tanto por motivos logísticos como presupuestarios.

Como en India, necesitaban cipayos y eligieron a Mahmud como “hukumdar” (gobernador), un término cercano al de “emir”, es decir, una autoridad política y religiosa a la vez. Los británicos pusieron una vasta región en sus manos, aunque en cada provincia los delegados kurdos tenían a su lado a los “political officers” enviados por Londres vía Bagdad.

Pero esos “political officers” no tenían la misma opinión sobre la manera de regir Suleimanya. Mientras unos proponían imponer una administración indirecta, otros eran partidarios del modelo indio, es decir, el dominio directo de los funcionarios imperiales británicos.

La administración británica en aquel pedazo de Kurdistán nunca fue uniforme. Entre 1918 y 1923 impusieron el “Southern Kurdistan” (Sur de Kurdistán), administrado por los kurdos por sí mismos bajo la supervisión de los consejeros británicos. Luego cambiaron al control directo sobre el resto de las regiones kurdas, desde el Jebel Sinjar, al oeste, al Gran Zab, en el este.

La dominación británica levantó a la población kurda, encabezada por Mahmud, que nunca fue el patriarca dócil que esperaban en Londres. Hubo dos sublevaciones en 1919 y 1923-1924 que condujeron a los británicos a olvidarse de la independencia de Kuridistán para integrarlo finalmente en el nuevo Estado de Irak en 1926.

El primer gobierno de Mahmud duró poco, apenas los dos años de 1918 y 1919 porque el “emir” quiso extender su control a otras regiones de Kurdistán, como Kifri o Kirkuk, mientras que la divisa del Imperio Británico siempre fue la de “divide y vencerás”. En Londres siempre pensaron fragmentar su parte de Kurdistán en varios pedazos para mantener a todos ellos bajo su influencia.

A Mahmud le condenaron a muerte, pero luego lo acabaron desterrando a India y los colonialistas tuvieron que tomar el control de Suleimanya (“Southern Kurdistan”) en sus propias manos. Pero para entonces hablar de “control” era excesivo; los kurdos ya estaban en pie de guerra y volvieron a recurrir a Mahmud para que calmara los ánimos. El 10 octubre 1922 volvía a ser “hukumdar”, aunque él prefirió proclamarse a sí mismo “Rey de Kurdistán”.

Como los amantes que pasan de los brazos de uno a los del otro, los vasallos también cambian de protector y, finalmente, se arrojan a los pies de cualquiera. Al rey se le ocurrió la infeliz idea de pedir socorro a la Turquía kemalista surgida del desplome del Imperio Otomano, que era precisamente lo que los británicos pretendían impedir. Kurdistán estaba destinado a cumplir el papel de tapón entre Turquía y el Imperio Británico en Irak.

Como aquello no era lo pactado, el 16 de mayo de 1923 los británicos volvieron a ocupar Suleimanya, imponiendo un gobierno “autónomo” kurdo con el apoyo de notables dóciles, tras lo cual volvieron a abandonar Suleimanya, creyendo haber solucionado el asunto.

Pero Mahmud regresó el 11 de julio de 1923, esta vez por propia iniciativa. Ya no era el mismo; no podía pensar en ampliar los dominios de su “Kurdistán” ya que apenas controlaba una porción aún más reducida de la antigua Suleimanya.

La relación de Mahmud con los imperialistas fue un continuo tira y afloja. En diciembre de 1923 la RAF, la aviación británica bombardeó su cuartel general en Suleimanya. Los pilotos recibieron la orden de asesinarle, pero en ese momento el dirigente kurdo había acudido a rezar a la mezquita…

Su fracaso no impidió que en 1924 los británicos volvieran a imponer la administración directa. La región de Mosul, donde estaban los pozos de petróleo, ya la habían incorporado al nuevo Estado irakí. Su diseño respondió a la necesidad de asegurar el control de los monopolios británicos sobre el petróleo.

El resto de Kurdistán era menos interesante para el Imperio Británico, lo cual significaba que no merecía la pena gastar mucho dinero en ella.

A pesar de las promesas británicas de autonomía, en 1929 se firmó el Tratado anglo-irakí donde no se establecía ningún régimen especial para Kurdistán. Se produjeron levantamientos, el más importante de los cuales fue el del 6 de setiembre de 1930, cuando el ejército irakí disparó sobre una muchedumbre que se manifestaba en las calles contra el Tratado, matando a 15 personas. Los responsables del levantamiento fueron detenidos y juzgados luego en Bagdad.

Al año siguiente otra revuelta encabezada por Mahmud fue aplastada y toda Suleimanya fue incorporada a Irak.

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