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¿Aló: es el «pueblo español»?

Nicolás Bianchi
Las Constituciones burguesas que nacieron en el siglo XIX lo hicieron con inspiración anticlerical y vocación nacional: separaban lo laico de lo religioso -aunque no fue el caso de la girondina Constitución de Cádiz de 1812-, y proclamaban la soberanía de la «nación», que no, ojo, del «pueblo» (el «pueblo» era la burguesía), como reflejo de las revoluciones burguesas. Así fue en la Batalla de Valmy (1792) donde la Francia revolucionaria combatía -frente a la Europa contrarrevolucionaria y feudovasallática- al grito de «¡Viva la nación!»

De invocar la «nación» por parte de las Constituciones decimonónicas, con sus meandros revolucionarios, se pasa a invocar al «pueblo» como fuente de soberanía. Así reza la Constitución española de 1978, tres años después de muerto el dictador Franco, modelo de premura, en el punto 2 del art.1. Nunca hemos sabido quién fue el que asó la manteca, pero seguro que tampoco se cree este ejercicio de cinismo.


El «pueblo español» como desiderátum, como juez y ordalía medieval, como un todo que decide -supuestamente- sobre las partes. Soberano como un árbitro de fútbol que no consulta -ni falta que le hace- a los linieres o ayudantes de campo. Pero, vamos a ver, ¿cuándo se ha consultado a esa entelequia que se llama, o dan en llamar, «pueblo español»? Jamás, salvo en el referéndum de la OTAN en 1986 y ello bajo el chantaje del trilero Felipe González que dijo lavarse las manos si salía la salida de la OTAN (porque dentro ya estábamos de la mano de Leopoldo Calvo-Sotelo en 1981 por la puerta de atrás y como exigencia del 23-F). Para embellecer el producto, el encantador de serpientes que era González, siniestro personaje que dios confunda, puso tres cláusulas -ya nadie se acuerda o casi nadie- que servirían de lenitivo y placebo a la entrada, mejor dicho, permanencia, en la OTAN, o sea, entramos y permanecemos, sí, pero se van a enterar estos gringos de lo «soberanos» que somos y tal y tal. ¿Diremos algo de ese hurto al «pueblo español» sobre si prefería navegar a sotavento monárquico o barlovento republicano? Zertarako? ¿Para qué?, como dicen los vascos.

El concepto de «pueblo español» es muelle y conceptuoso. Sirve para entender de qué hablamos, pero es impreciso. Es un chicle que se estira y se comprime según y cómo y a conveniencia, por lo tanto, no es algo científico, sino político (lo que no es incompatible «per se»). Hete aquí que el fascismo español -dicho así, también para entendernos, que es de lo que se trata, de entenderse, de saber de qué se habla- ha «descubierto» que dispone de un «pueblo español» como parapeto y escudo, argumento último y dique final, para parar y frenar las acometidas del independentismo (burgués) catalán. Nunca han creído en la soberanía del «pueblo español», al que jamás han consultado, pero sucede que ahora se envuelven con la bandera de la soberanía del «pueblo español» para enfrentarlo al «derecho a decidir» de otro pueblo, el catalán. O el vasco, o el gallego. O el canario, esa colonia.

Los catalanes -que son parte del «pueblo español»– no tienen derecho a decidir nada porque la soberanía reside en el «pueblo español». O sea, no hay tu tía y, como diría un castizo, y a tomar por culo, que así lo dice la ley y el Estado de Derecho. Mira por dónde eso del «pueblo español», pueblo de camareros, nos viene bien para parar a esos «polacos» de mierda: ¡viva el pueblo, el vino y las mujeres! (y los toros).

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El imperialismo francés se queda sin presupuesto

El imperialismo no es sólo la fase superior del capitalismo, sino muchas otras cosas que Lenin no tuvo en cuenta, a pesar de que tienen su importancia. Por ejemplo, si envías a un ejército de mercenarios a invadir un remoto país africano, hay que pagarles dietas por desplazamiento y pluses de peligrosidad porque de lo contrario la moral de las tropas se resiente.

Es lo que les ha ocurrido esta semana a los 1.500 pistoleros franceses que invadieron la República Centroafricana. A primeros de mes llegó el momento del cobro y no les han pagado las dietas y pluses prometidos, y lo que es aún peor: el alto mando colonial ha reconocido que, en menos de un par de horas, el impago ya está afectando al estado de ánimo de la Legión Extranjera y es muy posible que a causa de ello disparen con desgana, como en los chistes de Gila.

En su momento el socialista Hollande dijo que la expedición colonial no era tal sino una operación humanitaria que tenía por objeto velar por el respeto a los derechos humanos en África central, así que no me explico cómo es posible que la soldadesca se haya venido abajo tan pronto. ¿Es posible que sólo se apuntaran a la aventura por la paga? ¿No les motivaban de manera suficiente las altas razones humanitarias?

Tenemos más dudas. ¿Está el imperialismo francés sujeto también a recortes presupuestarios? ¿Ha quebrado su ejército? Nada de eso. El Alto Estado Mayor dice que se trata de un fallo informático en el programa «Louvois» que tramita las nóminas. Está anticuado. Lo tendrían que haber cambiado hace tres años, pero se les ha debido olvidar, o no les llega por culpa de los recortes.

El caso es que por una u otra vía llegamos siempre al mismo punto: los recortes del gasto público. ¿Se acabará el imperialismo francés por falta de presupuesto? ¿Podrán llenar el depósito de los helicópteros? Los 1.500 mercenarios franceses ¿esperarán a que el ejército cambie el programa informático o llevarán el asunto a magistratura?

Pero el problema no es sólo Francia. En diciembre 28 países europeos se comprometieron con urgencia a llevar un contingente de tropas, llamado Eufor, a la República Centroafricana. Se trataba de respaldar a Francia, que ya tiene tropas sobre el terreno, es decir, de demostrar que el operativo imperialista era cosa de todos.

La urgencia europea se ha quedado en nada; han ido dando largas y Francia sigue sola en África. Las promesas se han ido rebajando. De los 1.000 mercenarios han pasado a la mitad. Del despliegue ya sólo queda un acantonamiento en la capital y la posible escolta de algunos convoyes de ayuda. Los 40 millones de euros de presupuesto se han reducido a 26. El martes en una reunión en Bruselas rechazaron un presupuesto de 3,7 millones de euros para construir un barracón donde alojar al cuerpo expedicionario.

No se puede ser imperialista contando sólo con la calderilla.

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El caso Sogecable: la lucha monopolista en la Audiencia Nacional

Lo que hoy llaman medios de comunicación antes eran propaganda del Estado, que en España gestionaba el Movimiento fascista. Aproximadamente dos terceras partes eran propiedad pública y el resto eran privados, grupos capitalistas de prensa, sobre todo de alcance local como el grupo Godó en Barcelona o el Correo en Bilbao. No hace falta decir que ambos, públicos y privados eran fascistas, aunque sí es imprescindible matizar que -por varias razones diferentes- no eran los mismos fascistas, porque cada vez que sale esa palabra mágica («fascismo») se interpreta como un bloque, algo que no sucede con la palabra «democracia» que se asocia a pluralismo y diversidad.

Para entenderlo mejor recordemos el caso del diario «Madrid» que pasaba por formar parte de una cierta oposición al franquismo y acabó siendo literalmente demolido en 1971; no sólo el diario sino hasta el edificio que lo albergaba. El caso demuestra claramente que en aquellos tiempos había muchas más contradicciones de lo que algunos creen. Los viejos se acordarán de la diferencia que había entre periódicos tan diferentes como Arriba, Ya, Pueblo o Informaciones.

Era el «pluralismo fascista», un ejemplo de lo que algunos califican sofisticada pero erróneamente como «contradicciones interburgueses» y que no son hoy otra cosa que competencia monopolista. Lo que ocurre es que en ese punto la confusión reaparece, porque hay quien cree que eso es cosa de los mercados, de la economía, que poco tiene que ver con la política. Con esa separación artificial y antimarxista llegan a la conclusión de que la burguesía necesita «democracia» para resolver sus contradicciones internas, mientras que utiliza la «dictadura» frente a la clase obrera. Por eso califican a la democracia como burguesa y sostienen que la burguesía, o sea, los monopolistas, resuelven sus conflictos democráticamente. El caso del diario Madrid demuestra que no es así, hasta tal punto que su promotor, Calvo Serer, se tuvo que exiliar en París, a pesar de que ser un miembro destacado del Opus Dei. Esa es una de las formas en que se resuelve hoy la competencia monopolista que, como se ve, no tiene nada de democrática.

En aquellos tiempos en materia audiovisual sólo existía lo público, TVE, luego llegó lo privado por varias razones que confluyeron, de las que destacaremos dos. Primero, el desarrollo de las fuerzas productivas y de la publicidad, que convirtió en rentable la explotación de comercial de las cadenas. Segundo, la necesidad de lavar al cara al fascismo, acabar con las viejas cabeceras y los viejos periodistas. Del maquillaje forman parte los nuevos partidos políticos porque en las elecciones no sólo juegan ellos sino que juega sobre todo la televisión, la radio y los periódicos.

En los medios la competencia monopolista no sólo se intensificó sino que cambió de forma, involucrando a la banca y al propio Estado, lo que desmiente varios tópicos corrientes, como la teoría del neoliberalismo. Por ejemplo, el gobierno del PSOE subastó 21 de los 27 diarios que en los ochenta todavía permanecían bajo la tutela del Estado. Las subastas no beneficiaron a las tradicionales familias periodísticas sino a nuevos monopolios que entraban al mercado como Prisa, Zeta y el Grupo 16.

Luego el PSOE asignó las frecuencias de la radio y en 1989 concedió las primeras licencias de televisión privada, que supusieron la creación de los nuevos canales de televisión:

– Tele5: Berlusconi (Fininvest), ONCE, Anaya,
– Antena3: Godó, Prensa Española, Grupo Correo
– Canal+: Prisa, BBV, Banesto (hoy Banco de Santander)

El proceso de privatización fue aparente, un aspecto del fenómeno, pero no el fenómeno mismo. Confirmó el acierto de la tesis leninista acerca de las nuevas relaciones que bajo el monopolismo se establecen entre lo público y lo privado, mucho más estrechas, como lo demuestra la relación de los medios con los partidos políticos en las nuevas condiciones de la transición. Desde 1982 el objetivo del PSOE fue el de consolidar un poderoso grupo audiovisual (Prisa, diario El País, Radio El País) estrechamente ligado a su partido.

Tampoco había nada nuvo. El origen de Prisa está en el franquismo, cuando Polanco tenía una modesta empresa de edición de libros escolares llamada Santillana. La ley fascista de educación de 1970 fue su oportunidad. Al cambiar los planes de estudio, Polanco obtuvo información privilegiada de su peón en el Ministerio, el subsecretario Ricardo Díaz Hochleitner, que le sopló la manera en que los libros de texto se tenían que adaptar a la nueva ley.

Entre otros cargos, Díaz Hochleitner también ostenta el de presidente honorario del Club de Roma. El primer director de El País Juan Luis Cebrián era hijo del periodista franquista Vicente Cebrián. Comenzó su carrera como Director de los Servicios Informativos de la TVE franquista de la mano de Fraga.

Otros dirigentes de Prisa estaban hechos de la misma factura fascista. Por ejemplo su abogado, Córdoba, había sido fiscal del Tribunal de Orden Público. En suma, así era el grupo que el PSOE asoció a su proyecto político en los ochenta. Pero además de Sogecable, en la televisión el brazo de Prisa fue algo novedoso en España, un canal de pago: Canal+ (hoy la Cuatro). Pues bien, en 2004 fue nombrado presidente de Sogecable un reconocido fascista como Martín Villa para confirmar que en el PSOE y sus alrededores tampoco había nada nuevo, nada distinto del fascismo sino socialfascismo.

No cabe duda, pues, de que en la transición los medios, lo mismo que el fascismo, tampoco cambiaron absolutamente nada. Lo que cambiaban eran las condiciones, la manera de repartirse un pastel que prometía ser muy goloso y sobre el que los buitres no llegaron a un acuerdo, lo que desencadenó una verdadera guerra que -como tantas otras- ha quedado fuera de la memoria histórica. Esa guerra entre los monopolistas fue absolutamente ajena a las más elementales reglas de la democracia, incluidas las de la democracia burguesa. Más que sucia fue una guerra repugnante.

Los motivos son obvios: ningún monopolio puede dejar que su posición dominante quede a merced de una votación, cualquiera que sea (salvo que la pueda ganar). Por ejemplo, para que Telefónica pudiera desembarcar en las televisiones privadas con la compra de un paquete de acciones de Antena 3 TV, el gobierno tuvo que cambiar la legislación de la noche a la mañana, sin debate parlamentario.

Se produjeron espectáculos tan dantescos como la grabación y difusión clandestina en 1997 del vídeo sexual del director de El Mundo Pedro J.Ramírez con una prostituta. Se abrió la llamada «guerra del fútbol» en la que el gobierno del PP declaró aquel año las retransmisiones televisivas «de interés nacional». Fue una lucha sin cuartel en la que no faltó nadie: partidos políticos, bancos, monopolios, autonomías, la Liga de Fútbol Profesional, las productoras de cine, la Unión Europea…

No hubo chantaje ni instrumento de presión al que los monopolios no recurrieran, incluido uno de los favoritos en España: las querellas en los juzgados, que fueron a parar a la Audiencia Nacional como si de bandas armadas se trataran. Todo empezó cuando un ultraderechista como Jaime Campmany, director de la revista Época, denunció a sus colegas socialfascistas de Prisa por un fraude contable de 23.000 millones de las antiguas pesetas.

Así nacía el llamado «caso Sogecable» que acabó -como tantos otros- explotando en las manos del juez de la Audiencia Nacional Gómez de Liaño, que creía a pies juntillas en eso de que «el que la hace la paga». Pero la teoría fascista se llama «agua de borrajas». No solamente los cabecillas de Prisa no se sentaron en el banquillo sino que llevaron al banquillo al mismo juez. El único delincuente era él. Para ello contaron la inestimable ayuda de Garzón, un amigo de Liaño, al quien traicionó. Los fascistas y los monopolistas no tienen amigos; sólo socios.

La lucha monopolista se trasladó a un tribunal fascista en el que los jueces fascistas que formaban parte de él fueron tan independientes que también acabaron salpicados, lo mismo que la cúpula judicial, empezando por las asociaciones de jueces, la fiscalía, el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo.

En 1997 el caso Sogecable demostró lo mismo que el diario Madrid había demostrado 25 años antes: la naturaleza fascista de este Estado.

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Con el rabo entre las piernas

Juan Manuel Olarieta
La denominada «filosofía de la praxis» es una teoría idealista que se ha situado con fuerza junto al marxismo como consecuencia del influjo revisionista desatado por el XX Congreso del PCUS en 1956. Sin embargo, nació un siglo antes en el seno del movimiento de los jóvenes (anti)hegelianos, que recurrieron a Fichte para oponerse a Hegel. Entre ellos destacó el polaco August Von Cieszkowski, que es quien acuñó la expresión «filosofía de la praxis» en una fecha tan temprana como 1838. Los rasgos distintivos de esta corriente son, pues, los característicos de la izquierda (anti)hegeliana: un movimiento burgués radicalizado en lo político e idealista en lo filosófico. Ambos rasgos se conservan hasta la actualidad.

Los partidarios de la «filosofía de la praxis» sostienen el núcleo del idealismo de Fichte en dos aspectos nucleares porque, además de la supuesta «praxis» hay que incluir el supuesto carácter «crítico» del idealismo que Fichte recupera de Kant. Son los dos términos de moda entre la intelectualidad moderna, con los cuales combate su tercera suposición, el dogmatismo marxista, que ellos presentan como dogmatismo stalinista.

La «filosofía de la praxis» es idealismo puro. Cieszkowski lleva a cabo (*) un planteamiento de la filosofía completamente opuesto al de Marx y Engels, que la dividían en un campo materialista y otro idealista. Para el polaco, por el contrario, las dos filosofías enfrentadas son la de la acción y la de la especulación, la acción interior (pensamiento) y la exterior. La acción es la extroversión. Va del sujeto al objeto mientras que el reflejo materialista recorre el camino inverso: va de fuera hacia dentro.

Otro miembro de los jóvenes (anti)hegelianos que contribuyó a la creación de la «filosofía de la praxis», el alemán Moses Hess, le aportó al movimiento una variedad de socialismo utópico («socialismo verdadero» lo llamaron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista). Como ya dijeron Marx y Engels la crítica de Hess y de los secuaces la «filosofía de la praxis» es de tipo religioso. No se enfila contra el capitalismo sino contra el mundo en el que vivimos, que pretenden sustituir por otro («otro mundo es posible»). El mundo que ellos quieren es idílico. No sólo no tendrá nunca las lacras del capitalismo, sino que tampoco será nada parecido al socialismo real que hemos conocido. A los idealistas lo real no le gusta nada; prefieren lo ideal. En eso consiste su «crítica»: en evadirse de la realidad y practicar el onanismo filosófico, como dijeron Marx y Engels.

La segunda etapa de la «filosofía de la praxis» procede de las corrientes izquierdistas de Lukacs, Korsh, Pannekoek y otros que se enfrentaron a Lenin tras la I Guerra Mundial. Aunque la obra de estos autores es bien diferente entre sí, tiene varios puntos en común. Un siglo después de la muerte de Hegel ya no quedaban hegelianos confesos, ni viejos ni jóvenes. Todos se llamaban marxistas y la tarea que emprendieron fue la de defender la verdadera filosofía de Marx frente a las tergiversaciones de Lenin.

La Revolución de Octubre les tapó la boca a los izquierdistas que, a pesar de su insistencia en la práctica, jamás fueron capaces de llevar a cabo nada a la práctica. Su praxis se diluyó en medio de su teoría y en el caso de alguno de ellos, como Korch, acabaron renegando hasta de sus ancestros. La cabra intelectual siempre tira al monte burgués.

Cuando en 1956 los revisionistas dilapidaron la herencia de Octubre, una parte de ellos recordó que los izquierdistas siempre habían tenido razón. Dado que habían sido los únicos que se habían enfrentado a Lenin, era ahí había que buscar la fuente de inspiración para acabar con todos y cada uno de los fundamentos del marxismo. El núcleo de su ataque es que a partir de 1917 un partido despótico (centralista, jacobino) creó en la URSS una sociedad a su imagen y semejanza: despótica. En todo el mundo había que acabar para siempre con los partidos comunistas, defender otras formas de (des)organización del proletariado y, en suma, erradicar toda práctica, reconvertir al marxismo en una teoría («crítica», eso sí).

A partir de entonces en la «filosofía de la praxis» confluyen revisionistas e izquierdistas, en donde el radicalismo verbal camufla el reformismo de toda la vida. Pero no hay que engañarse. Sólo son palabras, puro onanismo filosófico, pajas mentales. La mayor parte de los intelectuales que hoy visten ropajes marxistas ponen a la praxis en el primer plano cuando en realidad su praxis no existe; se trata sólo de cursillos y lecciones magistrales. A pesar del nombre, la «filosofía de la praxis» no es más que una teoría.

La mezcla de derechismo e izquierdismo ya estaba presente en el propio Lukacs, verdadero maestro al que veneran los partidarios actuales de la «filosofía de la praxis». Su obra «Historia y conciencia de clase» es buena muestra de ello. Se trata de una recopilación de ocho textos diferentes, escritos en momentos también diferentes. En seis de ellos, los primeros en ser redactados, leemos a un Lukacs que es posible calificar como «luxemburguista» en cuanto a su concepción de la «conciencia de clase» y del partido «de masas». Los otros dos son posteriores y fueron escritos especialmente para el libro. Uno es «La reificación y la conciencia del proletariado» y el otro «Observaciones metodológicas sobre la cuestión de la organización». En ellos Lukacs hace un verdadero esfuerzo por acercarse al leninismo.

Toda la obra de Lukacs es igualmente sinuosa, desigual. De ahí que en el momento de su aparición sus concepciones fueran criticadas desde varios puntos de vista diferentes. Muy recientemente se ha sabido que el autor respondió a aquellas críticas, aunque no han publicadas hasta 1996. El título original de esa respuesta, «Chvostismus und Dialektik», es una mezcla de ruso y alemán, en donde la primera palabra, la rusa, se ha traducido al castellano como es habitual: como «seguidismo». En realidad la palabra rusa es una jerga que utilizaba Lenin para designar el rabo o cola de un animal. La traducción al catellano no tiene la carga de desprecio que Lenin quiso dar a quienes ponen al proletariado a bailar al ritmo con el que la burguesía mueve su rabo.

Es elocuente de las posiciones políticas que Lukacs defendía, es decir, que su izquierdismo es una forma de lo que Lenin llamó «economicismo», o sea, derechismo. Por eso Lukacs acabó de la misma manera que empezó o, mejor dicho, de la manera opuesta, ya que su izquierdismo infantil devino luego en un derechismo senil.

El problema de Lukacs es el mismo que el de todos los críticos. Escriben muchas críticas de la pintura pero nunca han pintado un cuadro. Cuando hablan, pues, de praxis, ¿a qué se refieren? Al cotilleo: a criticar la praxis de los demás.

(*) August Von Cieszkowski, Prolegómenos a la historiosofía, Universidad de Salamanca, 2002.
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El «manifestódromo»

 Nicolás Bianchi
Ahora quieren enviar a la gente cabreada, a los manifestantes, a una especie de «manifestódromo».  O sea, como a las putas en la Edad Media, a las afueras de las incipientes ciudades. Para que no haga feo y atente a la moral oficial. O a las conurbaciones y extrarradios a las clases trabajadoras en los comienzos de la revolución industrial. O a pequeñas lomas y colinas tipos «villas-miseria». Lo primero la estética.

Se reconoce -no les queda otro remedio a quienes se aferran a la Constitución como último parapeto contrarrevolucionario- que el derecho de manifestación es constitucional, o sea, que nos perdonan la vida en nombre de esa camisa de fuerza que es la Constitución española que viene de donde viene, o, como diría el sinuoso Torcuato Fernández Miranda -que ya ni dios sabe quién era-, principal patrocinador y sponsor del recién finado expresidente Addolfo Suárez, «DE LA LEY A LA LEY», esto es, dicho en roman paladino, de Las Leyes Fundamentales del Movimiento franquista a la Ley de Leyes que llaman Constitución (puro papel mojado, como se sabe), de la «legalidad» fascista a la legalidad «democrática» sin solución de continuidad, sin ruptura, sin nada, como se demuestra en los abominables artículos segundo y octavo que, por cierto, por razones de edad, ya ni la mayoría tuvo ocasión de votar o no votarla y/o rechazarla (como en Euskadi y Canarias).

Pero, a continuación, viene el globo-sonda que dice que lo «razonable» -como dice Luis Mª Ansón- sería que las manifestaciones se produzcan (sic) en lugares que no colapsen la entera circulación de Madrid. En cualquier país medianamente normal, con su democracia burguesa formal y tal, se tacharía de dementes a quienes, como la alcaldesa (no elegida) de Madrid, refrendada por el opusdeísta ministro del Interior y enfrentada, lo que hay que ver, a la filofascista gobernadora de Madrid, Cifuentes, siquiera se les ocurriera, digo, sugerir tamaña barbaridad ni por asomo, ni el que asó la manteca, vamos. Si no fuera por lo ridículo y pueril de insinuar tal medida sería para tomárselo a choteo. Y tentados estamos, pero con esta gente no caben las bromas, entre otras cosas porque carecen del sentido del humor.

Si algo caracteriza a una manifestación que se anuncia multitudinaria es que se celebre en las grandes capitales y transiten por las grandes avenidas y principales arterias. Esto es de cajón. Como hacen, por cierto, y no se privan, las manifestaciones de los fachas de AVT, etc. Lo contrario sería inimaginable. Pues bien, en este Estado de Derecho, que dicen, sí es, si no factible (la Abogacía del Estado ha rechazado prohibir manifestaciones en el centro de Madrid para satisfacción de la «izquierda» oficial que ya no sabía para dónde mirar ante tanta fascistada descarada), sí es pensable, otrosí: «discutible», materia de debate, como se dice ahora.

Por descontado que, por unas horas, se colapsa el tráfico, ¿y qué? Eso es una contradicción irresoluble. Pasa igual con las huelgas (si son serias): también colapsan y «molestan» a eso que llaman, y no sabemos en qué consiste, aunque lo intuímos, «clases medias», ¿y qué? No es chulería ni matonismo, sino, repetimos, un conflicto inevitable, previsible. No se pretende adrede fastidiar a nadie, pero alguien, indefectiblemente, se sentirá perjudicado. La Constitución habla del derecho al trabajo y también del derecho de huelga: una contradicción in puribus, pero este no es un problema del trabajador sino del legislador. No es ese el problema de los manifestantes, de las mayorías. El nivel de infantilismo llega al extremo de decir -a sabiendas de la estupidez del presunto argumento pero les da igual porque ni tienen vergüenza ni sentido del ridículo- que son más los que no se han manifestado que los que sí, como dijeron en la última Diada catalana.

Seguro que si no existieran coches, dirían que se colapsa el tráfico de los que van en… bicicletas o triciclos o patinetes o en diligencia. Siempre pensando por el bien del pueblo. Unos desagradecidos es lo que somos.

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Las cuatro metamorfosis del Estado franquista

La muerte de Adolfo Suárez ha devuelto al primer plano a la transición por enésima vez, como los naufragios arrojan a la playa los restos de un viejo barco que se ha ido a pique. Ha sido otra lección de idealismo histórico, un desfile de los famosos personajes que la hicieron posible, es decir, de los que hicieron lo imposible porque todo siguiera igual. Para ello lo cambiaron todo. Ha ocurrido como en esos programas de la tele en los que te reforman tu casa de arriba abajo. Cuando vuelves a entrar en ella ya no parece tu casa, pero en realidad sí es tu casa, sigue siendo tu casa, es la misma casa. Pues alguno sigue sin enterarse.

Con Suárez ha pasado como con Franco. Exactamente igual. Los reportajes no han tratado sobre su muerte -que sólo interesa a su familia- sino sobre su vida, bien entendido que se trata sólo de su vida política, de Suárez como “personalidad”, aunque no tuviera ninguna personalidad, ya que se trataba de una marioneta cuyos hilos movían los militares fascistas.

La muerte de Franco resultó oportuna porque el régimen que se inició en 1939 fue “su régimen”, el franquismo, y los reformistas domesticados de aquella época -como los de hoy- se pasaron años especulando acerca de lo que podría ocurrir cuando Franco muriera porque -como bien sabe el idealismo histórico- los asuntos políticos son consecuencia de la naturaleza humana, de la vida y de la muerte y, por lo tanto, el franquismo dependía de la vida de Franco, de su estado salud. Por eso en 1974 su postrera enfermedad les puso a todos en vilo. El futuro de España dependía de una flebitis.

La transición empieza al año siguiente con la muerte de Franco, igual que el tiempo y la historia se empiezan a contar con Jesucristo. Hay una época antes de él que viene explicada en el Antiguo Testamento, y hay otra después, el Nuevo Testamento. Todo acaba y empieza con la vida y la muerte de alguien. Nada de modos de producción ni cosas parecidas. Lo que separa a una época histórica de otra son grandes personajes históricos, como Jesucristo o Franco. El franquismo era imposible e impensable con Franco muerto porque se trataba de una dictadura personalista, lo mismo que el cristianismo es una religión que ronda en torno a la vida y milagros de Cristo.

¿Es esto una estupidez? En efecto, lo es. Luego también es otra auténtica estupidez creer que la transición empezó en 1975 porque Franco se murió por culpa de una flebitis. ¿Cómo acabar con la estupidez histórica? Podemos empezar por enunciar dos preguntas. La primera es por qué empezó la transición y la segunda es cuándo empezó.

La lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también de los cambios que se producen en los Estados, cualesquiera que sean. Los Estados cambian porque cambian las clases y las luchas de clases, interna e internacionalmente, se puede decir que casi continuamente. Son el antígeno y el anticuerpo del sistema inmunitario: uno es el espejo del otro. Lo que no es tan conocido es que los cambios de un Estado no llegan después de la lucha de clases sino que se preparan para ella, es decir, que son anteriores a los choques entre ellas.

El Estado franquista no fue una excepción, sino que también fue cambiando en vida de Franco, hasta el punto de que adelantó sus propios funerales, todo con el único fin de subsistir, de mantenerse y de sucederse a sí mismo. Los cambios más importantes fueron cuatro, que voy a enumerar sucintamente. Todos ellos tienen en común que fueron acometidos por el Ministerio de la Presidencia (hoy desaparecido) que dirigía el almirante Carrero Blanco.

El primer cambio fue una profunda reforma burocrática que acometió el régimen en los años cincuenta, durante los cuales cambió radicalmente el funcionamiento de todas y cada uno de las instituciones públicas, que daban síntomas evidentes de obsolescencia desde hacía mucho tiempo. Sin este cambio el régimen no hubiera podido emprender ningún otro.

El segundo fue el Plan de Estabilización de 1959 que acabó con la autarquía económica, incorporó a España plenamente a los mercados internacionales e inició los planes de desarrollo de los años sesenta que transformaron España de arriba abajo en un país de capitalismo monopolista de Estado.

El tercero fue el típico cambio que anticipaba los acontecimientos antes de que se produjeran: en 1969 Franco nombró a Juan Carlos como su sucesor a título de rey saltándose la línea dinástica. El príncipe heredero no sucedía a su padre sino a Franco. Esta monarquía empieza con Franco y se convierte en una pieza tan importante del franquismo como el propio Franco, hasta el punto de que el rey también sucede a Franco al frente del Ejército fascista, verdadero pilar del régimen. El rey aseguraba la continuidad del franquismo para cuando Franco muriera. La monarquía es el franquismo sin Franco.

El cuarto fue la reforma política, como se la llamó entonces, o sea, la transición en sentido estricto. Se acometió como consecuencia de un crecimiento de la lucha de clases, que aisló y puso al régimen contra las cuerdas. El operativo consistió en cambiar el decorado, lo cual aún tiene a más de uno despistado: primero les hicieron creer que el régimen franquista era de partido único y luego bastó añadir algún partido más para que pareciera otra cosa.

Puro ilusionismo, magia política. La candidez de algunos era tan pasmante que bastó cambiar de gobierno para hacerles creer que en realidad lo que había cambiado era el Estado.

La verdadera transición política consistió en lo siguiente: en que el Estado no dejó de ser franquista pero la oposición sí dejó de ser antifranquista. Y lo que es peor: seguimos exactamente igual que entonces. Los que dicen ser la oposición no son antifascistas -dicen- porque eso ha dejado de ser necesario. Ya estamos en una democracia burguesa.

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¡Hay que volver a Gramsci!

 José Guillén

Para ninguno de los lectores debe de ser nuevo el uso que del camarada Antonio Gramsci y de su obra política hacen en la actualidad gran número de partidos políticos oportunistas y pseudointelectuales de la ciencia política. Lo cierto es que se ha creado todo un conjunto de estereotipos y de prejuicios respecto a los escritos de este genial dirigente comunista, uno de los más importantes del siglo XX, principal líder del PCI a principios del siglo pasado y ante todo un militante revolucionario consecuente que pasó años en las cárceles del régimen fascista italiano sometido a unas condiciones de vida escandalizantes y que murió a los 46 años de edad a causa de una enfermedad terrible que contrajo durante su estancia en la cárcel. Desde luego, todo un ejemplo.

Los revisionistas y oportunistas han creado de esta figura, todo un monstruo, desvirtuando su obra y usando a su favor algunas de sus más importantes contribuciones a la política como el concepto de «Hegemonía» o del «Intelectual orgánico».

Ver en Gramsci a un simple especulador filosófico es un terrible error que pretendo desmentir en el presente artículo. Gramsci siempre usó el materialismo dialéctico como la ciencia para el estudio de la realidad; fue un líder del movimiento obrero italiano que, mediante el análisis histórico de la estructura social de su país y del capitalismo, es decir, mediante el marxismo-leninismo, elaboró una obra política riquísima que es necesario que los marxistas de hoy en día tengamos en cuenta y aprendamos de ella.

En su obra «Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno”, Gramsci analiza en profundidad la obra de Maquiavelo «Il Principe» para desmentir las falacias que sobre la obra de Maquiavelo se lanzaban, tomándole como un mero especulador y no como un político de gran importancia de su época. Gramsci lo deja muy claro en la siguiente cita: «La doctrina de Maquiavelo no era, en su época, una cosa puramente libresca, un monopolio de pensadores aislados, un libro secreto que circula entre iniciados…. Al contrario: es el estilo de un hombre de acción que quiere mover a la acción; es el estilo de un manifiesto de partido».

Para Gramsci, el «maquiavelismo vulgar» es aquel que hace todo aquello que contrariamente hacia Maquiavelo, es decir, «conoce el juego», la realidad concreta de un sistema de producción concreto y no lo enseña, si no que se lo queda para sí mismo y así elaborar toda una filosofía abstracta alejada de la realidad, pura metafísica. Los marxistas, al igual que Gramsci defendía, conocemos las reglas del juego y no nos basta con conocerlas sino que, además, debemos de transformar la realidad, debemos realizar un programa político con el conocimiento de la estructura de la sociedad en la que vivimos, para transformar esa sociedad.

Una vez dejado en claro esto, hay que tratar también que la lucha por la hegemonía, por la ruptura con las relaciones económicas imperantes y la construcción de una nuevas relaciones, económicas, políticas, culturales etc… No es una tarea de pequeños intelectuales iluminados como puede ser el caso de los Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y un largo etcétera… Es una tarea de un partido revolucionario, de un partido del proletariado, el cual, armado con ese programa político que hemos mencionado antes, comienza toda una batalla política e ideológica contra las estructuras de poder del Estado. Para dejar claro esto hay que volver a citar a Gramsci: «El partido, al desarrollarse, trastorna todo el sistema de relaciones intelectuales y morales por cuanto su desarrollo significa, precisamente que todo acto es considerado útil o dañino». Cuando se refiere a útil o a dañino, se refiere a que toda obra, por ejemplo, filosófica o científica, con el desarrollo del partido, pasará a ser considerada útil o dañina para el avance de la revolución, y todas esas obras dañinas serán arrojadas al basurero de la historia, de donde nunca debieron haber salido.

Ningún pseudointelectual podrá jamás suplir la necesidad y actividad del partido, pues es el partido como fuerza dirigente de la sociedad el cual concretiza la voluntad de una clase en el programa político de esa clase, en nuestro caso, en el programa político del proletariado: «El partido, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo…. Este organismo ha sido creado por el desarrollo histórico: es el partido político, la primera célula en la que se reúnen unos gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales»

La actividad política individual de personas concretas, no es viable, pues sólo serviría para conseguir ciertas o concretas reformas, pero no serviría a la hora de destruir y construir todo un nuevo estado, ya que esta tarea es una tarea prolongada en el tiempo, que lleva consigo la acumulación de una gran experiencia política y, al ser una tarea prolongada, sólo puede ser llevada por un organismo formado por militantes de esa clase que han comprendido la realidad del sistema y las contradicción del capitalismo mediante el marxismo para así pasar a ser parte de la llamada conciencia de clase, es decir, del partido.

No hay que crear conciencias colectivas posmodernas ni nuevas; eso es engañar a la clase obrera, pues no hay una verificación en la realidad de estas mismas y, por tanto, juegan un papel reaccionario que atrasa el avance de la historia y el derrocamiento del Estado capitalista. Hay que partir de las experiencias políticas ya demostradas y contrastadas, pues tienen una verificación en la realidad, y partir también del análisis histórico de la sociedad en la que nos encontramos, su composición, las relaciones de producción existentes, etc. Si nos olvidamos de todo esto, lo único que haremos será engañarnos a nosotros mismos. Por ello es necesario pasar a ese trabajo, quitándonos de encima gran parte de esa política tan «novísima» por la que los nuevos pseudointelectuales y oportunistas abogan, la cual no es más que una vuelta a la metafísica más rancia.

Por esto, es necesario aprender de nuestra misma historia y de los líderes más grandes del proletariado mundial que han sabido hacer lo que antes decía. Por tanto, ¡hay que volver a Gramsci y defenderlo de todos aquellos que nos lo quieran arrebatar!

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Memoria Histórica

En toda Europa los nazis ocupan el sitio que les corresponde

Los hipócritas se rasgan las vestiduras. En Europa sorprende la proliferación de organizaciones nazis por todas partes. Por ejemplo, en Ucrania. Para empezar, las llaman neonazis, como si efectivamente fueran nuevas y hubieran resurgido después de desaparecer. Dicen que en toda Europa -pero especialmente en el este- el fascismo está en auge… Otra vez.Cuando se refieren a los neonazis no aluden al Estado sino a una constelación difusa de grupúsculos, como si fuera posible diferenciar ambas cosas: el Estado burgués, por un lado, y los movimientos nazis, por el otro. Esto demuestra que alguien no ha entendido la historia del III Reich desde 1922 y no puede, por ello, explicar cómo fue posible que un burdo sicario como Hitler llegara a las más altas cumbres de la Cancillería.

Naturalmente que cuando algo no se explica, resulta sorprendente, como si fuera un milagro. La resurrección de los muertos no existe. El fascismo tampoco resucita. Si los nazis habían sido derrotados en 1945, ¿por qué reaparecen?, ¿por qué la jauría nazi vuelve a acaparar los titulares de los medios?

Cuando vemos que los perros andan sueltos tenemos todo el derecho a preguntar: ¿dónde están los dueños?, ¿por qué todos hablan de los perros y nadie habla de sus dueños? ¿Están tratando de desviar la atención?

Por supuesto, es igualmente claro que la relación de los nazis -y del fascismo en general- con el imperialismo -y específicamente con el imperialismo estadounidense- está ausente por completo. Por ejemplo, ya nadie se acuerda de la Ruta de las Ratas, la Operación Paperclip o Gladio. Tampoco de la masacre de Piazza Fontana en Milán en 1969, cuando una bomba asesinó a 17 personas, un crimen cometido al alimón por los fascistas, la OTAN y el propio Estado. Pero, ¿no había sido derrotado el fascismo en Italia?

Seamos claros: no es posible explicar absolutamente nada de lo que está pasando en Europa porque los ingredientes más básicos de esta situación se están ocultando, y eso no es ninguna casualidad.

Seamos más claros todavía: nos estamos dejando engañar por todos esos papanatas domesticados que relacionan al fascismo con el pasado, con el brazo en alto, la cruz gamada o la svástica, es decir, con los símbolos y no con lo que ya nos advirtió la Internacional Comunista y de lo que no queremos hacer ningún caso porque -faltaba más- los comunistas estaban equivocados, para variar.

Para referirse a esta maraña de confusión en la que nos enredan, la Internacional Comunista acuñó el término «socialfascismo», que son todos esos hipócritas como Beiras que -cada vez más- tienen al fascismo en la boca, al que identifican con el PP, por ejemplo. Para escapar del fascismo hay que dejar de votar al PP y hay que votar… ¿A quién? No importa, a quien sea. Por ejemplo a Beiras. El caso es votar.

El fascismo resultaría imposible sin esos monaguillos, como Pablo Iglesias, que le lavan la cara, tanto a Suárez, el audaz piloto de la transición, como a Zapatero, un referente progresista mundial y alternativo a Estados Unidos… por más que instalara el escudo antimisiles en Rota. El fascismo necesita del socialfascismo, de pintamonas, demagogos y trepas de esa calaña. El socialfascismo, decía la III Internacional, es el brazo izquierdo del fascismo, lo cual a algunos les parece una disculpa: están en el costado izquierdo.

Pero lo que más está sorprendiendo es que haya nazis -y que haya tantos nazis además- en los países del este de Europa. No debería ser tan sorprendente: la mayor parte de los criminales de la Waffen SS no eran alemanes, sino de esos países. Desde la caída de la URSS las SS desfilan por Riga cada año. Entonces, ¿no sirvieron para nada la II Guerra Mundial ni el socialismo? La URSS y los demás países del este de Europa sólo habían tendido un velo por encima de algo que seguía subsistiendo, alimentado por el imperialismo estadounidense, lo mismo que en occidente.

Una vez desmantelada la URSS empezamos a entender algo, tenemos una dimensión más precisa de lo que ocurrió y de la necesidad de recurrir a los métodos draconianos que se pusieron en funcionamiento en Moscú desde 1936, en Budapest en 1956 o en Praga en 1968. El que no quiera ver el paralelismo de esos sucesos con Ucrania es porque mira para otro lado. De cualquier manera no cabe olvidar que el fascismo no se erradica por decreto, ni basta tampoco el NKVD ni la Stasi, ni el gulag.

Es algo muy curioso. Ahora son muchos los que se quejan de que los Estados «democráticos» europeos no hacen nada frente al auge del fascismo, la persecución a los antifascistas, los gitanos o los emigrantes. Al respecto se nos ocurren dos reflexiones. La primera es que si a pesar de la experiencia histórica un Estado no hace nada frente al fascismo es porque ese Estado no es tan democrático como dicen: promueve el auge del fascismo porque es fascista. La segunda es que no somos congruentes: nunca nos ha parecido bien que en los años treinta un Estado como la URSS hiciera frente al fascismo de una manera consecuente. A eso le llamamos dictadura; la democracia consiste en dejar las puertas abiertas al fascismo.

La lucha contra el fascismo es algo democrático que nosotros mismos debemos emprender ahora mismo. Sin tregua, sin concesiones. No lo dejemos para ningún Estado, ni siquiera para el más revolucionario. Y menos para el futuro porque el fascismo ya está aquí. Nunca se ha ido.

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La batalla de Lenin contra sí mismo

 Juan Manuel Olarieta

Entre 1914 y 1916 Lenin fue tomando apuntes de la lectura de varios clásicos de la ciencia y la filosofía (Aristóteles, Hegel, Feuerbach) que reunió en una colección dispersa de observaciones sobre problemas variados que se publicaron en 1933 en la URSS con el nombre de «Cuadernos filosóficos». Algunos círculos seudomarxistas, de los que forman parte trotskistas como Löwy y Dunayevskaia, manipulan esta obra para enfrentar a Lenin consigo mismo, un proyecto paralelo al de enfrentar a Marx con Engels. Es otra de esas famosas «rupturas epistemológicas» en las entrañas del propio marxismo, una tarea sutil de acoso y derribo que resulta repugnante en cuanto que se disfraza como el marxismo auténtico, que afirma haber descubierto en los «Cuadernos» no sólo algo distinto sino opuesto a «Materialismo y empiriocriticismo», otra obra de Lenin publicada apenas seis años antes. Löwy llega a decir que la ruptura de Lenin con la II Internacional no empieza por la ruptura con los mencheviques en 1902, manifestada en el «¿Qué hacer?», sino que está en los «Cuadernos», es decir, que se trata de un asunto filosófico.

Para manipular los «Cuadernos» los seudomarxistas ocultan varias datos importantes. El primero es que, a diferencia de  «Materialismo y empiriocriticismo», una obra revisada para la publicación, los «Cuadernos» son anotaciones que Lenin tomaba para su uso personal, no afinadas para la lectura de terceros. El segundo es que los «Cuadernos» también contienen notas sobre varios libros de ciencias naturales. El tercero es que en esos seis años transcurridos entre una y otra obra, Lenin no cambió de criterio, como lo demuestra el hecho de que en 1920 reeditara «Materialismo y empiriocriticismo» sin introducir ninguna corrección. No hay dos Lenin tampoco en el terreno de la filosofía. Es más: los «Cuadernos» responden puntualmente a la misma tarea emprendida en «Materialismo y empiriocriticismo».

Los seudomarxistas centran la atención de los «Cuadernos» única y exlusivamente en las notas de Lenin sobre Hegel. La tarea en la que están empeñados es la de dar marcha atrás a la historia, en este caso, a la historia de la filosofía, que siempre es la mejor manera de manipular la filosofía y, desde luego, también el marxismo. A partir de «Historia y conciencia de clase» de Lucaks el izquierdismo lleva cien años padeciendo una indigestión de hegelismo, con su correspondiente evacuación de gases filosóficos.

Creo que no hará falta insistir en la importancia de Hegel dentro de la evolución del pensamiento filosófico, del que constituye una de sus cumbres. Tampoco su específica relevancia sobre los escritos de Marx y Engels. Por lo tanto, conocer a Hegel es básico para cualquier elaboración filosófica. No obstante, quizá sí sea necesario recordar que el materialismo es lo opuesto al idealismo y que la filosofía marxista no se construye siguiendo Hegel sino contra Hegel. Los filósofos que quieren volver a él son los que nunca lo han superado, justamente en el sentido hegeliano de superar, es decir, aquellos que creen que en Hegel van a encontrar algo que no está ya en la obra de Marx y Engels porque éstos no lograron superarle.

Apenas puede concebirse algo más erróneo porque ya a finales del siglo XIX Engels volvió sobre Hegel cuando todos le habían dado dado la espalda, tratándole como a un perro muerto. El problema es que los seudomarxistas enfrentan a Engels con Marx y lo que quieren es una vuelta a Hegel de carácter idealista, diferente de la que llevó a cabo Engels.

Los seudomarxistas no podrían llevar adelante sus manipulaciones sin un esquemita de la historia de la filosofía en la que se han esfumado algunos personajes claves en la elaboración de la filosofía marxista. Es el caso de Feuerbach. La vuelta a Hegel se hace sin pasar por Feuerbach. ¿Os dáis cuenta? Nadie ha reivindicado nunca una vuelta a Feuerbach porque es una vuelta al materialismo, mientras que la vuelta a Hegel es una vuelta al idealismo, un intento de hacer pasar el idealismo alemán como si fuera un materialismo de nuevo tipo (1).

Lo mismo sucede con Lenin, que viene inmediatamente detrás de Engels, aunque a veces hay que acordarse también de Plejanov para menospreciarle, como hace Kouvelakis: Plejanov fue el inventor del «materialismo dialéctico», al que califica de «metafísica oficial de la II Internacional». Por su origen geográfico, los rusos como Plejanov son orientales y no forman parte del «marxismo occidental». A partir de ahí Plejanov (y a veces Lenin) se convierten en el muñeco de feria que tiene que soportar cualquier tipo de ataque que quieran lanzar los seudomarxistas.

Hegel es un asunto típicamente alemán. Su influencia sobre el pensamiento filosófico ruso queda fuera del esquemita de los «marxistas occidentales», sólo preocupados por lo occidental, que es lo realmente estupendo, europeo y civilizado frente a lo ruso, que es dogmático y metafísico. Pero en el esquemita falla un pequeño detalle; las cosas son al revés de como ellos las cuentan. Mientras que a partir de 1848 el pensamiento de Hegel había desaparecido en Alemania, seguía plenamente vivo en Rusia gracias al esfuerzo de demócratas revolucionarios como Herzen y Chernishevski. Además de Marx y Engels, los marxistas rusos estudiaron el pensamiento materialista de sus revolucionarios autóctonos, en donde la dialéctica era algo tan vivo que Herzen acuñó aquello de que la dialéctica es «el álgebra de la revolución».

Es más: cuando en 1891 la socialdemocracia alemana quiso rendir un homenaje a Hegel recurrió a Plejanov para que escribiera un artículo para la revista «Neue Zeit» porque los marxistas orientales aún recordaban lo que los occidentales tenían olvidado. El detalle no puede pasar desapercibido: a finales del siglo XIX los marxistas alemanes tenían que recurrir a los rusos para que les explicaran a sus propios filósofos. En aquel artículo Plejanov decía, entre otras cosas, que para un futuro próximo esperaba «un renacimiento del interés en su filosofía [la de Hegel] y especialmente en su filosofía de la historia».

La inspiración inmediata de Marx, Engels, Herzen, Chernichevski, Plejanov o Lenin fue la misma: el materialismo de Feuerbach, que es lo contrario de lo que los seudomarxistas pretenden con su retorno a Hegel y con ese «materialismo de nuevo tipo» que no es otra cosa que un idealismo vulgar y corriente encubierto bajo una repugnante prostitución de su juguete favorito, al que denominan «praxis». ¿Os dáis cuenta? La frase es ya legendaria e incuestionable: los filósofos (como Feuerbach, por ejemplo) se han limitado a interpretar el mundo, mientras que nosotros (los marxistas) pretendemos cambiarlo. Pues eso es la «praxis» y eso es exactamente el marxismo: cuando Marx dice que hay que cambiar «el mundo» todos hemos creído entender que se refería a la sociedad. Por lo tanto, tenemos que sacar del marxismo a la dialéctica de la naturaleza, ese repugnante invento metafísico de Engels, Plejanov, la II Internacional y el aún más repugnante stalinismo. Según los seudomarxistas Engels llevó tan lejos su delirio que, además, convirtió a la naturaleza en «la piedra de toque de la dialéctica», lo que Stalin recuerda en su denostado «Materialismo histórico, materialismo dialéctico». Es un mal asunto para los «marxistas occidentales» porque conduce a sostener la existencia de una dialéctica objetiva en la que no aparecen el sujeto ni la subjetividad. Ni siquiera aparece «la praxis», por lo que -según los seudomarxistas- Engels no vuelve a Hegel sino al materialismo de Feuerbach, al materialismo contemplativo.

En sus disertaciones sobre los «Cuadernos» de Lenin los seudomarxistas no responden a un interrogante: si la naturaleza está fuera de la dialéctica, ¿por qué los «Cuadernos» de Lenin incluyen textos sobre ciencias naturales? ¿No será que Lenin es más de lo mismo, o sea, que abunda en las mismas preocupaciones que Engels por la dialéctica de la naturaleza?

El materialismo que va de Feuerbach a Stalin (pasando por Engels, Plejanov y Lenin) habla de una materia que existe previa e independientemente de la conciencia, o sea, que ésta es algo derivado, secundario, y que lo primario (la primacía) corresponde a la dialéctica objetiva, que la superestructura deriva de la estructura, etc. El idealismo seudomarxista no puede admitir esto y sustituye la materia del materialismo (y de Lenin específicamente) por su peculiar interpretación de «la praxis» donde el sujeto es omnipresente. Obviamente eso no sólo no es marxismo; ni siquiera es hegelismo.

Pero al margen de Hegel, lo que interesa destacar es la sutileza de esa maniobra: el materialismo dialéctico está siendo suplantado por una cierta «filosofía de la praxis» que casi parece tener algo en común con el marxismo, aunque da verdadero asco leer lo que la filosofía burguesa pretende hacer pasar como tal. No sólo el movimiento comunista está en trance de liquidación en el mundo entero; es el propio marxismo el que está siendo atacado en su propio nombre sin que nadie salga en su defensa, sino al contrario: cualquier texto en el que aparezcan algunas palabras mágicas (praxis, fetichismo, plusvalía), merece la atención de los medios seudomarxistas y sus secuaces.





Notas:


(1) Stathis Kouvelakis: Lenin, lecteur de Hegel: hypothèses pour une lecture des “Cahiers sur la ‘Science de la Logique’ de Hegel”,
http://www.marxau21.fr/index.php?option=com_content&view=article&id=81:lenine-lecteur-de-hegel-hypotheses-pour-une-lecture-des-l-cahiers-sur-la-science-de-la-logique-de-hegelnr&catid=46:lenine-vladimir-illitch-oulianov-dit&Itemid=72


(2) Juan Mora Rubio, Notas críticas al materialismo de Engels, Dialéctica, núm. 4, 1978, pgs.107 y stes., http://kmarx.wordpress.com/2013/11/28/notas-criticas-al-materialismo-de-engels/#more-

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Un cuento antisoviético: Néstor Majno

El anticomunismo vende, crea grandes y pequeños mitos que se alimentan de sí mismos. La difusión de la narrativa antisoviética en la posguerra demuestra que lo realmente importante en la historia es la cantidad, no la verdad: repetir una y otra vez, escribir mucho y siempre lo mismo. ¿Alguien conoce una versión diferente acerca de Majno? ¿Hay documentales alternativos? ¿Libros? ¿Artículos? ¿Tesis doctorales? ¿Traducciones? Lo que hay es monotonía, distintas versiones de la misma partitura porque una vez que sabemos la verdad no es necesario nada más. La verdad es única y resplandeciente por sí misma. Su brillo ciega.
La historia tiene un problema muy serio: la escriben aquellos que menos hacen por ella. Los que hacen no escriben y los que escriben no hacen. La división capitalista del trabajo la ha convertido en un ejercicio intelectual destinado al consumo intelectual, de otros intelectuales, de profesores, de universitarios, de editoriales y de canales de televisión temáticos.
Se produce una distorsión que es evidente en el caso de Majno: cuando no hay historias que contar se inflan las migajas. El número de libros no es proporcional al número de hechos. Si los anarquistas no tuvieran a Majno, ¿qué contarían de la revolución rusa? Estarían en un serio aprieto porque Rusia es uno de esos países en los que el anarquismo ha sido bandera. Pero en la historia la cantidad nunca va con la calidad y los anarquistas aparecen muy poco en la historia revolucionaria de Rusia. ¿Dónde estaban en 1905? ¿En febrero de 1917? ¿En octubre del mismo año? No estaban pero tienen que estar y para eso recurren al cuento de Majno.
La historia está escrita con esos pequeños retazos. Majno es una anécdota de la Revolución de Octubre, una nota a pie de página. La manera de traerla a la historia es convertirla en única y lo único se convierte en importante por arte de magia. Conocemos a Majno, pero si preguntamos por los nombres de Tambov, Struk, Angel o Grigoriev, no nos suenan porque ningún otro movimiento político parecido al de Majno, en Ucrania o en Siberia, ha recibido tanta atención libresca.
En Rusia como en otras partes, los levantamientos campesinos han sido una constante desde hace siglos y la creación de unidades guerrilleras también, lo mismo que la ocupación de tierras, la formación de comunas, etc. El hundimiento del Imperio ruso en 1917 favoreció un malestar que en el campo venía de muy atrás y que, además, se vio reforzado por la guerra imperialista y, finalmente, por la guerra civil.
Ucrania entró en un caos. Fue un escenario en el que no faltó ningún trauma político. Los imperialistas alemanes y austriacos la invadieron en 1918, los nacionalistas se hicieron con las riendas de un Estado títere de unas u otras potencias, los generales blancos (Denikin, Wrangel) impusieron el terror… Pero además había otros colores, como los rojos o los verdes, cada uno con su propio ejército.
Nada de ese complejo panorama figura en ciertos libros de memorias en los que el relato es tan simple como un cuento infantil. En todo mito rural sólo hay dos bandos; los buenos y los malos. Majno es el Robin Hood ucraniano, el Príncipe de los ladrones, el bandido perseguido que robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. El decorado se traslada del bosque de Sherwood a Huliai Polie.
Pero los cuentos de hadas no explican quiénes son los ricos y quiénes los pobres; no quieren saber nada de asuntos complicados porque es mucho más sencillo de lo que parece: los pobres somos nosotros y los ricos son ellos. En una situación así todos queremos ser pobres porque se trata de repartirnos lo que pertenece a los demás. No hace falta decir que fue así como se definió el movimiento de Majno: nosotros somos los campesinos pobres, los que estamos destinados a quedarnos con el botín.
Sin embargo, la caballería les delata. Al ejército de Majno los kulaks llevaron sus propios caballos. Los pobres ni sabían montar ni tenían caballo y, en cualquier caso, no podían permitirse el lujo de perderlo en una guerra. La caballería de Majno la integraba un sector pudiente del campesinado atenazado en medio de una guerra brutal. Ni eran la nobleza zarista, ni tampoco los parias de la tierra, los más explotados y oprimidos. Nadaban entre dos aguas. Eran la pequeña burguesía rural que se armó para defender sus propiedades, su ganado y sus cosechas.
El cuento de Majno demuestra que es más fácil destruir la vieja sociedad que construir una nueva, sobre todo cuando no hay más que utopías, cuando la revolución es de papel impreso, de periódicos y libros. Es más fácil saquear un almacén que llenarlo, para lo cual hay que producir, o lo que es lo mismo: la desagradable función de organizar, de (im)poner orden (ordenar), repartir tareas, establecer horarios, acordar salarios, en fin, la disciplina y demás cosas que no gustan a los que quieren comer sin doblar el espinazo.
El programa es bien simple: defendemos lo nuestro y nos quedamos con lo demás, para lo cual tenemos que armarnos, crear algo tan poco autogestionario como un ejército por más «verde» que lo pinten. Las personas no pueden sustituir a una mala organización porque eso lleva al personalismo y al paternalismo. Majno fue uno de tantos atamanes ucranianos, es decir, un cacique militar, un jefe carismático al que los suyos llamaban «Batko» (El Padre).
Los cuentos anarquistas embellecen algo tan feo como un ejército, dicen que lo formaban «voluntarios» y que los oficiales eran electivos… Por el contrario, no dicen que los comandantes majnovistas ejercían el derecho de veto sobre las elecciones y decisiones asamblearias y que para imponer disciplina recurrían a castigos, e incluso a la pena de muerte. La horizontalidad, la (des)organización y la mala organización no atenúan las reglas coactivas propias de la jerarquía militar, sino que conducen a los peores extremos.
No era nada diferente de ningún otro ejército. Majno creó dos fuerzas secretas de policía que llevaron a cabo numerosos actos brutales, palizas y ejecuciones sin juicio previo. Mataron a muchos prisioneros de guerra. Su policía secreta se encargaba de deshacerse de sus oponentes dentro y fuera del movimiento. Sus actividades condujeron a que durante un congreso los anarquistas le pidieran explicaciones a Majno por sus actividades: «Hemos sido informados de que en el ejército existe un servicio de contraespionaje que se dedica a acciones arbitrarias y no controladas, algunas de las cuales son muy graves, como las de la Cheka bolchevique. Nos han informado de órdenes de búsqueda, detenciones, incluso de tortura y ejecuciones».
Como en cualquier ejército, las borracheras de los soldados estaban castigadas, una norma que los oficiales de Majno aplicaban rigurosamente, excepto al propio Majno, un gran aficionado a la bebida. A una guerra no se puede ir con un pistola en una mano y una botella en la otra porque bajo los efectos del alcohol se adoptan decisiones militares precipitadas que acaban en graves tragedias.
Las borracheras de Majno y sus comandantes degeneraban en orgías sexuales en las que las mujeres no siempre participaban voluntariamente. En el Ejército Verde ellas no eran consideradas «bratishki» (camaradas) porque los campesinos ucranianos no cuestionaban las ideas dominantes en aquella sociedad sobre las mujeres -y sobre otros asuntos- sino que las compartían plenamente. A pesar del culto a la personalidad que le profesan los anarquistas, cuando estaban exiliados en París su mujer trató de matarle en una ocasión con un cuchillo, dejándole una profunda cicatriz en el rostro.
Si el Ejército Rojo lo formaban 5 millones de obreros y campesinos, el de Majno alcanzó los 30.000 en su mejor momento. Los generales zaristas siempre supieron que los anarquistas eran un fenómeno irrelevante. Jamás hubieran podido mover ni un dedo en Ucrania si el Ejército Rojo no hubiera tenido a los blancos batallando en miles de kilómetros de frentes dispersos por toda la geografía de Rusia.
Una anécdota militar se corresponde con una anécdota política. En sus memorias Majno cuenta que en 15 kilómetros a la redonda de su base de operaciones en Huliai Polie solo había cuatro comunas libertarias, más alguna otra en las comarcas cercanas. En total, entre 100 y 300 personas. El historiador anarquista Arshinov reconoce que en las comunas sólo participaron unos pocos miles de campesinos aislados en medio de un océano de varios millones de ellos, un movimiento absolutamente insignificante y no muy diferente de otros a los que nadie recuerda.
En el reino de taifas que fue Rusia durante la guerra civil, Majno regía su propio Estado como otros 30 parecidos al suyo. Pero en sus cuentos los anarquistas le cambian el nombre a las cosas. El Estado majnovista se llamó Consejo Militar Revolucionario y promulgaba leyes como cualquier otro: para censurar la prensa, para distribuir las tierras o para combatir las epidemias. Como los anarquistas son apolíticos y apartidistas ilegalizaron los partidos políticos, a excepción del suyo (al que cambiaron el nombre), de tal manera que sólo ellos podían participar en sus elecciones. Si alguien se quejaba los majnovistas exhibían las bayonetas. El historiador anarquista Paul Avrich señala: «Actuando en conjunto con los Congresos regionales y los soviets locales, de hecho el Consejo militar revolucionario formó un gobierno en el territorio circundante Huliai Polie».
Durante unas pocas semanas fue el primer Estado anarquista de la historia, el Estado que renegaba de sí mismo.