El Centro de Excelencia en Comunicaciones Estratégicas de la OTAN en Riga coordina las campañas de “comunicación estratégica”, un eufemismo para referirse a la guerra sicológica.
El Observatorio Europeo de Medios Digitales, financiado por la Comisión Europea, coordina a los verificadores de hechos europeos con dinero público para que los desaprensivos no nos engañen con sus mentiras.
El Índice Mundial de Desinformación, cuyos fundadores mantienen conexiones con los servicios de inteligencia estadounidenses, redacta listas negras de medios para cortarles los ingresos publicitarios si difunden informaciones inconvenientes.
Cuando se destapó que el Departamento de Estado financiaba el Índice, el Congreso estadounidense abrió una investigación.
La Ley de Servicios Digitales permite a la Comisión Europea ordenar directamente a las plataformas que censuren contenidos en caso de “crisis”, aunque son ellos mismos los que imponen las “crisis” por decreto.
Las plataformas digitales subcontratan con otras empresas el control de los contenidos en cada país, convirtiendo la censura en un lucrativo negocio.
El ejército estadounidense ha creado el “DisArm Framework”, que clasifica los contenidos en categorías amigas (“azul”) y enemigas (“rojo”).
Un periodista del Handelsblatt, Norbert Häring, acaba de publicar “Der Wahrheitskomplex” (El complejo de la verdad) en el que cita una frase del Consejo Atlántico, el brazo político de la OTAN: “El control de la información y de la verdad siempre ha sido decisivo para el ejercicio del poder” (*).
El punto de partida del dispositivo mundial de censura fue 2014, el año del Golpe de Estado fascista en Ucrania que preparó la guerra de la OTAN contra Rusia.
Entonces se crearon simultáneamente la primera cumbre de “verificación de hechos” en Londres, el centro StratCom de la OTAN en Riga y las primeras redes de vigilancia de los medios.
La pandemia de “covid” sirvió de ensayo general. La gestión de la información sanitaria siguió los mismos canales, con los mismos actores, los mismos métodos y las mismas listas negras de disidentes, tildados de “conspiranoicos”, o sea, de locos, porque no hay que olvidar lo principal: lo primero y más importante es siempre matar al mensajero. Olvídate del mensaje y pregunta siempre por el que lo recita.
En su libro Häring se centra en las ONG dedicadas a la censura, que es la manera en la que el Estado moderno tira la piedra y esconde la mano. Por definición, las ONG son “no gubernamentales”. Parece que la Inquisición actual no es una institución política sino una parte de la sociedad civil: la lucha contra los “discursos de odio”.
Pero, al menos en Alemania, los censores han fracasado. Según una encuesta, menos de la mitad de los alemanes cree que sus opiniones políticas puedan expresarse libremente. En 1990 todavía era el 77 por ciento.
(*) https://www.buchkomplizen.de/der-wahrheitskomplex.html