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¿Vas a convertirte en un bufón de esta Corte?

Le Bret:

Si olvidases tu alma mosquetera, podrías conseguir gloria y fortuna…

Cyrano:

¿Y qué tendría que hacer? Buscar un protector, tomar un amo, y como una hiedra oscura que rodea un tronco lamiéndole la corteza, subir con astucia en vez de elevarme por la fuerza. ¡No, gracias!

¿Dedicar, como todos hacen, versos a los financieros? ¿Convertirme en bufón con la vil esperanza de ver nacer una sonrisa amable en los labios de un ministro? ¡No gracias!

¿Desayunar todos los días con un sapo? ¿Tener el vientre desgastado de arrastrarme y la piel de las rodillas sucias de tanto arrodillarme? ¿Hacer genuflexiones de agilidad dorsal? ¡No, gracias!

¿Tirar piedras con una mano y adular con la otra? ¿Procurarme ganancias a cambio de tener siempre preparado el incensario? ¡No, gracias!

¿Subir de amo en amo, convertirme en un hombrecillo y navegar por la vida con madrigales por remos y por velas, suspiros de amores viejos? ¡No, gracias!

¿Conseguir que Servy edite mis versos, pagando? ¡No, gracias!

¿Trabajar por hacerme un nombre con un soneto, y no hacer otros? ¡No, gracias!

¿Hacerme nombrar papa por los cónclaves de imbéciles de los mesones? ¡No, gracias! ¿No descubrir el talento más que a los torpes, ser vapuleado por las gacetas y repetir sin cesar: «¡Oh!, ¡a mí, a mí, que he sido elogiado por el Mercurio de Francia!»? ¡No, gracias!

¿Calcular, tener miedo, estar pálido, preferir hacer una visita antes que un poema, releer memoriales, hacerse presentar? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!

Cantar, soñar, reír, caminar, estar solo, ser libre, saber que mis ojos ven bien, que mi voz vibra, ponerme al revés el sombrero cuando me plazca, batirme por sí o por un no, hacer versos… trabajar sin inquietarme la fortuna o la gloria, pensar en un viaje a la Luna, no escribir nunca nada que no nazca de mí mismo y contentarme, modestamente, con lo que salga; decirme: «Amigo mío, conténtate con flores, con frutos, o incluso con hojas, si en tu propio jardín las siembras y las recoges». Y si, por casualidad llegara al triunfo, no verme obligado a devolver nada al César; guardar el mérito para mí mismo, y desdeñar la parásita hiedra… O incluso, siendo encina o tilo, subir, subir… subir siempre solo, ¡aunque no alcance mucha altura!

Le Bret:

¡Completamente solo, de acuerdo; pero no contra todos! ¡Tienes la espantosa manía de sembrar enemigos por todas partes!

Cyrano:

He adquirido esa costumbre a fuerza de verte hacer amigos y reír con ellos en todas partes. Sabes de sobra que por detrás te insultan. Al pasar, casi nadie te saluda, y yo me digo con alegría: ¡un enemigo más!

Le Bret:

¡Que aberración!

Cyrano:

Sí, pero es mi vicio: desagradar me agrada. Me gusta que me odien. Amigo mío, ¡si supieras lo bien que se camina bajo la mirada de unos ojos excitados que intentan fulminarte! ¡Y cómo me divierten las manchas que sobre mi capa dejan la hiel de los envidiosos y la baba de los cobardes! La dulce amistad de tus amigos se parece a esos cuellos calados y flotantes de Italia, con los que el cuello se afemina y debilita; eso sí, son cómodos, aunque roban la expresión altiva, porque al no tener la frente ni sostén ni estorbo, la cabeza se cae en todos los sentidos. Para mí, en cambio, el odio es cada día como un cuello rizado que me obliga con su almidón a levantar la cabeza. Un enemigo más es un nuevo pliegue que me añade una molestia, pero también un rayo de luz, porque, según el refrán español, el odio es un dogal, y también una aureola.

(Edmond Rostand, Cyrano de Bergerac, acto segundo, escena VIII)

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Los bufones se divierten

Nicolás Bianchi

No me proponía escribir sobre las declaraciones de Fernando Savater porque lo autorretratan, lo que algunos veteranos del Vietnam ya sabíamos. Que diga que se ha “divertido” con el “terrorismo” y que ello le ha “rejuvenecido” demuestra la morbidez de quien se recibe de catedrático de Ética y no un vulgar rastacuero. Lo pone fácil, pero no abusaré. Lo que no deja de sorprenderme es su erostratismo, es decir, su extrema soberbia que se figura prerrogativa impune diciendo en público lo que piensa en privado lo cual, en cierto modo, tiene su mérito. Savater no ha mentido, al margen de las náuseas. A lo sumo, calibrando los efectos de sus amorales declaraciones, ”matiza”. Pero jamás se arrepentirá o sufrirá comezón o culpa, sentimientos éstos, como diría su admirado Nietzsche (o Cioran), propios de “resentidos” y gente vil. Y S. A. Water no se “re-siente” sino que se siente por encima de cualquier avatar o vicisitud consustancial a los mortales. Descendió de su olimpo para enredarse en los prosaicos “asuntos humanos”, olvidando dedicarse a sus “libritos”, para concluir, lúdicamente, deportivamente, como quien ve desde la tribuna de Epsom el “Grand National” (carrera de caballos que le chifla), que se ha “divertido” y, encima, como Dorian Grey, ha “rejuvenecido”. El nene está contento. Y se ríe con esas fauces.

El micrófono se ha revelado un instrumento de doble filo, pues no es lo mismo que esté en “on” que en “off”. O que su usuario crea que esté “abierto” o “cerrado”. Puede jugarte malas pasadas. Le pasó a Rajoy cuando dijo (le pillaron) –pensando que el micro estaba cerrado y ya no se le oía– que ir al desfile militar era un “coñazo”. Algo que ya sospechábamos, pero cuya sinceridad se ve mediatizada por un artilugio como un simple micrófono. Igual que la diplomacia secreta del Antiguo Régimen donde no había micrófonos ni periodistas. Ni pueblo ni público. No es necesariamente así, por supuesto, pero es sintomático. El “off the reccord” es más real que lo dicho abiertamente. La “realidad” se construye y “lo real” se dice a puertas cerradas. Y sin micrófonos. Imagine el lector/a una rueda de prensa donde un líder habla ante una nube de micrófonos. Podrían estar todos apagados y no habría mayor transcendencia. Bastaría con que sólo uno estuviera abierto para que sucediera algo, pero sólo a condición de que nuestro lidercito la diera por concluida y pensara que también ese uno estuviera en off. Naturalmente, exagero, es posible… Zaplana dijo que “se metió en política” para “forrarse”, pensando que los micrófonos estaban mudos. Algo que a Savater le da igual. Como buen sofista, siempre le encontrará una salida a sus abundosidades. Y que me perdonen los sofistas griegos clásicos.

Finalizaré con una congoja que me atribula. ¿Qué va a pasar con toda la recua de “profesionales” masmediáticos “expertos en antiterrorismo” cuando esto se acabe? ¿Verán rebajados sus emolumentos? ¿Será sensible el Estado a su condición de víctimas de las víctimas de las víctimas? ¿Reclamarán sus “méritos” como abanderados de la lucha contra el terrorismo si se ven ninguneados? ¿Qué ocurrirá cuando la “industria del antiterrorismo” ese filón para tanto mercenario de la pluma y del micro, se termine? A Savater siempre le quedarán sus “libritos”.

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Alemania se acerca a Rusia y se aleja de Estados Unidos

Óscar Miguélez

El descubrimiento de dos espías dobles en el BND (centro alemán de inteligencia) ha levantado el tono de los ataques verbales contra Estados Unidos por parte de los políticos y la prensa alemanes. Bajo la retórica propia de la diplomacia oficial, hay marejada de fondo. La escasa magnitud del asunto no justifica el nuevo lenguaje que empieza a aparecer entre los imperialistas alemanes.

El 28 de mayo el BfV (Oficina federal para la protección de la constitución) desenmascaraba a un joven espía de 31 años que proporcionaba información a la NSA a través de la embajada de Estados Unidos en Berlín a cambio de cantidades ridículas de dinero.

Uno de los espías no era precisamente el 007 de las películas de la guerra fría, las persecuciones trepidantes y las chicas de buen ver. A los espías les basta con tener buenas orejas, mientras que el agente doble alemán era un joven minusválido de 31 años con una discapacidad motora y de la palabra, que trabajaba en el BND en Pullach, cerca de Munich, dentro de un departamento anodino: «Área de intervención/Relaciones exteriores».

Según las informaciones de la prensa alemana, contactó a finales de 2012 con Estados Unidos en la embajada de Berlín a través de correo electrónico ofreciendo sus servicios, seguramente porque con el sueldo no llegaba a fin de mes. Desde el inicio de su colaboración pasó unos 200 documentos secretos a cambio de 25.000 euros.

Inicialmente las informaciones de la prensa alemana dijeron que las filtraciones del espía se habían centrado en la obtención de información relativa a la comisión parlamentaria que investiga el espionaje de otros países (Estados Unidos) dentro de Alemania. Luego tuvieron que reconocer que era falso: sólo dos de los documentos entregados a la NSA pertencían a la comisión parlamentaria.

El «escándalo» de espionaje no era nada novedoso. Ni siquiera había tal escándalo. Lo realmente novedoso ha sido reacción política que le siguió, que alcanzó cotas extremadamente virulentas, desde luego inusuales cuando en Alemania se habla de un tema tabú desde la posguerra: las relaciones con Estados Unidos.

El escenario no se pudo seleccionar de mejor manera: inmediatamente antes de la recepción oficial del 4 de julio, la fiesta nacional estadounidense, el ministerio de Asuntos Exteriores convocó al embajador estadounidense en Berlín John Emmerson para una «entrevista».

Angela Merkel realizó su declaración en Pekín durante un encuentro con Li Keqiang, el primer ministro de China, uno de los principales rivales de Estados Unidos en el escenario internacional. La canciller alemana acusó a Estados Unidos de «abuso de confianza» y calificó los hechos de «muy graves» porque estaban en contradicción con lo que ella entiende como «una cooperación basada en la confianza».

El presidente alemán, Joachim Gauck, que comenzó su carrera política como jefe de los archivos de la Stasi, siempre había guardado un silencio escrupuloso sobre el espionaje de la NSA hasta la fecha. Pero esta vez se pronunció abiertamente en la cadena de televisión ZDF sobre las acusaciones de espionaje dirigidas contra Estados Unidos. Si fueran fundadas, dijo, «entonces estamos jugando con la amistad, con una estrecha alianza». «Ya basta», concluyó.

Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, comentó el asunto mientras estaba de visita en Mongolia. Si las denuncias fueran ciertas, dijo, «no sería ninguna bagatela». Instó a Estados Unidos a «aclarar» el incidente tan rápido como sea posible, «por el propio interés de Estados Unidos».

A principios de julio Stefan Kornelius, redactor jefe de política internacional del diario Süddeutsche Zeitung, escribió: «Si se confirma que un servicio de inteligencia de Estados Unidos utiliza los servicios de un funcionario del BND como agente doble, Alemania y Estados Unidos entrarían en una crisis política de dimensiones desconocidas hasta el momento».

«Es así como se destruyen las alianzas», se lamentó Kornelius cuyo servilismo hacia Estados Unidos es bien conocido en Alemania. Para limitar el daño, hizo un llamamiento a Washington para «arrojar luz sobre las responsabilidades y las razones por las que un servicio de inteligencia amigo había sido infiltrado». Eso podría acarrear «consecuencias personales». ¿Personales?

Parece evidente que los imperialistas alemanes están rebotados, pero no hay proporción con otro tipo de «escándalos» anteriores, mucho más serios, que no merecieron reproches tan severos. El espía desenmascarado no era más que un peón, que son los primeros en ser sacrificados en el tablero. No desempeñaba ninguna función relevante dentro del BND, lo que se demuestra por su salario, muy modesto para lo que se acostumbra a pagar a los espías 007.

Muy poco antes de este «escándalo» el presidente del BND, Gerhard Schindler, defendía la cooperación de su institución con la NSA como algo indispensable. A su comentario le siguió inmediatamente la revelación de que entre 2004 y 2007 el BND había entregado a la NSA gran cantidad de información procedente de un centro de internet ubicado en Frankfurt. Si el BND y la NSA trabajan tan estrechamente, preguntaba un comentarista: ¿qué sentido tiene esta escalada verbal?

El agente doble no ha descubierto, pues, nada que no se supiera. Ante una comisión del Parlamento dos antiguos funcionarios de la NSA, Thomas Drake, y William Binney, ya habían testificado que los lazos entre los dos centros de espionaje eran tan estrechos que se podía calificar al BND como «un anexo de la NSA». Drake incluso acusó al BND de proporcionar datos a Estados Unidos para que llevara a cabo ataques con «vehículos aéreos no tripulados».

En comparación con las actividades de vigilancia destapadas por Snowden, este último caso de espionaje es más bien minúsculo. La NSA y otros centros de espionaje controlan a millones de personas de manera ilegal en Alemania, han llegado a colocar escuchas en los móviles de la canciller y registran todas las comunicaciones del gobierno alemán. Sin embargo, el gobierno de Merkel siempre ha minimizado los «escándalos».

Esta reacción alemana subida de tono tiene otro tipo de razones, que no están en el espionaje: indica un cambio de rumbo en la política exterior de Alemania. Desde que a finales del año pasado el actual gobierno asumió el poder, el ministro de Relaciones Exteriores Steinmeier, la ministra de Defensa, Ursula von der Leyen y el presidente Joachim Gauck, están promoviendo lo que eufemísticamente la prensa califica como «un papel más activo de Alemania en el mundo» y, naturalmente, un resurgimiento del militarismo alemán.

El giro en la política ha conducido a un giro en los medios de comunicación alemanes, que han empezado a exigir que el gobierno alemán «ponga fin a su diplomacia dócil hacia Washington».

La evidente expansión del imperialismo alemán sólo puede conducir, inevitablemente, a conflictos de intereses económicos y geopolíticos con Estados Unidos y, finalente, a la ruptura. Es el momento oportuno. Estados Unidos se retira de Irak, lo que supone un debilitamiento de su presencia en todo el Oriente Medio. Alemania quiere tomar el relevo.

Alemania sigue atentamente el enfrentamiento cada vez más abierto de Estados Unidos con China, que es uno de los mercados exteriores más importantes de Alemania, además de un destino decisivo a sus exportaciones de capitales; unas 2.500 empresas alemanas tienen invertidos alrededor de 40.000 millones de euros en China.

El diario Bild Zeitung ha destapado un documento interno del Ministerio del Interior sobre «la preparación de contramedidas». Aparentemente, hasta la fecha, el espionaje alemán tenía órdenes de la cancillería de no espiar a los aliados de Alemania en la OTAN. Sin embargo, a partir de ahora, dice el Bild, el ministro del Interior Thomas de Maizière ha encargado al espionaje alemán la vigilancia de las comunicaciones de Estados Unidos y otros «aliados», como Gran Bretaña y Francia.

La referencia a Francia es pura distracción, una cortina de humo. Dentro y fuera de Europa la alianza entre Alemania y Francia tiene un carácter estratégico.

Pero no se trata sólo de un viraje de las relaciones entre Alemania y Estados Unidos, sino de un acercamiento paralelo a Rusia. Los monopolistas alemanes, los capitanes de la industria, han rechazado expresamente los llamamientos de Estados Unidos para imponer sanciones económicas a Rusia como consecuencia de la situación en Ucrania, hasta el punto de que Alemania se ha tenido que enfrentar a la Unión Europea por este asunto, lo que ha dejado claro que el mantenimiento de la unidad europea es puramente formal y depende de la postura de cada país hacia Estados Unidos.

Eso es más que obvio en lo que respecta a los antiguos países de Europa oriental, especialmente Polonia, cuyas declaraciones son monocordes: mano dura contra Moscú. Lo mismo cabe decir de España. Sin embargo, en otros países de Europa la estela del imperialismo alemán es alargada. A finales de junio, el gobierno austriaco dio en Viena una calurosa bienvenida a Putin por la firma de un acuerdo para la finalización del gasoducto meridional, un proyecto que Estados Unidos está empeñado en sabotear. Italia, que acaba de asumir la presidencia de la UE, Francia y otros países también se oponen a una coalición contra Rusia.

El espionaje ha abierto la caja de Pandora, ha desencadenado un intenso debate que ha desbordado los reducidos círculos en los que este tipo de asuntos se desenvuelven habitualmente. Ya es cosa de la prensa. Bajo el título «La cuestión de la Alianza» la revista Der Spiegel publicó un artículo para analizar si era «conveniente» que Alemania se distanciara de Estados Unidos y comenzara a trabar una relación más estrecha con Rusia.

Para justificar un apoyo de los alemanes al giro en la política internacional del imperialismo alemán, Der Spiegel realiza una encuesta que indica que muchos alemanes se pronuncian a favor de una mayor independencia frente a Estados Unidos y una mejora de la cooperación con Rusia.

También es curiosa la manera que tiene Der Spiegel de justificar dicho giro: en los últimos años, dicen, «han sucedido muchas cosas: la guerra en Irak, Guantánamo, las actuaciones de los drones de la crisis financiera, la NSA y el miedo a Google».

El artículo aboga por un papel geopolítico más activo de Alemania, y añade: «La exigencia de una mayor responsabilidad de Alemania es unánime en el extranjero», y si es grave tomar partido, como con cualquier otra potencia dirigente, siempre hay que «pagar un precio». Naturalmente ese precio consiste en romper amarras con Estados Unidos: «Romper la alianza con Occidente no es una opción», concluye Der Spiegel, pero «Alemania podría hacerse más independiente de Estados Unidos».

Alemania «ha crecido en el curso de los últimos veinte años. No puede ocultarse detrás de otros. Por el contrario, Alemania puede guiar a Europa hacia un papel político independiente». Para Estados Unidos una Alemania así «tal vez no sea un socio fácil, pero al final será más un alivio que una amenaza».

Las crecientes contradicciones entre Alemania y Estados Unidos son consecuencia de la crisis del imperialismo, exacerban las tensiones y conflictos en todo el mundo y conducen a una nueva guerra imperialista.

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Reverencias versallescas

Nicolás Bianchi

Lo raro, lo insólito, lo verdaderamente «espectacular», hubiera sido que «Pablo Iglesias», el rostro icónico de «Podemos», a la admonición de la lideresa Esperanza Aguirre que, cual señorita Rottenmeyer en una escuela de párvulos, le conminó a nuestro héroe a que repitiera con ella, como loro, que condenaba a la organización armada vasca ETA, hubiera respondido, nuestro campeón, en La Sexta, algo así como: «no solamente no condeno -que eso es cosa de curas y jueces y yo no lo soy- a los gudaris de (la) ETA, sino que la llamaré a usted  por su nombre: fascista». Algo inimaginable, ¿no es cierto? Algo impensable, ¿verdad? Y, sin embargo, yo lo imagino y lo pienso, ¿seré yo quién está fuera del mundo, de la realidad? ¿Serán las tertulias televisivas «la realidad», la verdad y la vida?

El líder de Podemos, antes de entrar él en la casta, denuncia «la casta» de manera, esto sí, versallesca. Con modales, con exquisiteces, con glamour, con buenrrollismo, con compadreo, con jijijajás, con «anchantés», que estamos entre «gentlemen». Todo muy civilizado.

Realmente estamos ante un fenómeno cuando delante le ponen morlacos de la extrema derecha o del «tea party» (o a Floriano, tanto monta) en los canales privados de la televisión, uno de Lara y otro de Berlusconi. Y no sabemos si de G.Soros. Como se las ponían a Fernando VII las carambolas en el billar: «a güevo». O a Franco los atunes cuando pescaba en el yate «Azor»: con el anzuelo ya hincado en la boca del túnido. No sabemos qué ocurriría de situar enfrente de Iglesias a gente verdaderamente de izquierdas -que haberla, hayla-. Y no lo sabemos porque este montaje de «disidencia fabricada» no tiene previsto que eso ocurra, no está en el guión. Y no lo tiene previsto porque no quiere que otro gallo cante más que el kikirikí del penúltimo cacareador sin espolones que, como decía el filósofo (y músico) Theodor W. Adorno «OBEDECEN AL SISTEMA CON EL LENGUAJE DE LA REBELIÓN».

Este joven es el yerno ideal que toda suegra quisiera tener, a pesar de las «pintas». Educado, cortés, amable, voz cadenciosa, sin estridores y, sobre todo (lo que a la suegra le importa tres cojones si lleva un sueldo decente y mantiene a su hija), demócrata. Dirán de él -la caverna- que es de extrema izquierda, pero (riéndose por dentro y sabedor de que le hacen la campaña gratis con estos infundios) se «defenderá», aparentando estar muy ofendido, ahora sí lo exige el guión, diciendo que no, que lo que a él le define es ser un demócrata y como tal, «discutidor», porque a él lo que le priva, lo que le mola, lo que le pone, es discutir (pacíficamente y no como cuando en el siglo XIX español había diputados en Las Cortes que se retaban a duelo) las ideas «ad aeternum y ad nauseam «lo mismo en un set de televisión que en un reducido plató vallekano que en un chiringuito de Lavapiés tomando unas cañas con olivas amistosa y camaredilmente, que la vida es bella y son dos días, «carpe diem». Y es que la democracia es eso: discutir. Y discutir con quien sea -siempre respetando las ideas y sin gritar ni interrumpirse, versallescamente- menos… con los comunistas, digamos, de verdad, para entendernos, y no de boquilla ni de mentirijillas. Gentes del pleistoceno que no les conoce nadie ni salen en la tele salvo cuando son detenidos por «terroristas».

«Para mí será un honor tener un debate (como un show a la americana, esto es mío) con Esperanza Aguirre (la que siendo ministra de Cultura con Aznar dijo aquello que ni los geniales Faemino & Cansado superaría de que felicitaba el Premio Nobel de Literatura otorgado a la ‘escritora’, agárrense, Sara Mago. Esto también es mío»), dice el nuevo valladar de la burguesía para retrasar lo más posible lo inevitable: la Revolución socialista que echará a todos, incluido este «constructo mediático» al museo de la historia.

Ese día, el día de la Revolución, veremos a estos campeones de Podemos, no felicitarse por ello, por lo que supuestamente luchaban, no, no, los veremos atacar a los revolucionarios reivindicando las «libertades» (burguesas) y hablando de las bondades del pluralismo (discutidor, elegante y versallesco), las elecciones (entre un ladrón u otro), la libertad de expresión (entre mentirosos), etc. O sea, de la democracia (burguesa) que, como la religión católica, es la única verdadera. Acabáramos.

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¡Camarero: una ración de ‘comillas’!

Nicolás Bianchi

Me pasa que a las rimbombantes palabras las tengo que entrecomillar y, a diferencia de quienes se llenan la boca con, por ejemplo, el concepto «democracia» sin que sufran empacho, a mí me dan arcadas. Si escribo «democracia» (en cursiva), la tengo que entrecomillar, vean: «democracia». Y ello, por supuesto, porque no creo que en el Reino de España exista una democracia (como Dios manda, iba a decir, lo que son, qué cosa, los reflejos condicionados de Pavlov) a no ser que seamos «nominalistas» y creamos en la magia de las palabras, en su poder taumatúrgico, es decir, que sólo con nombrarlas o enumerar una serie de libertades formales ya cobran vida propia y adquieren consistencia como el muñeco al ventrílocuo. Una suerte de «fiat lux» y la luz se hizo así nomás.

Decía el cronopio Julio Cortázar (como apellido vasco no le pondremos tilde en la primera «a», aunque el puto corrector ya la ha puesto por su cuenta) que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como los hombres y los caballos (y las revoluciones, como la cubana, según oí, creo, a uno de PODEMOS, y es que no somos nada así van cayendo las hojas del calendario, oye). Hay palabras que, a fuer de ser repetidas y mal empleadas, terminan por fatigarse. Y agotarse. Palabras-cumbre como libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia o democracia se ven atacadas por este virus que a mí me obliga, según quién las pronuncie, a entrecomillarlas para protegerlas. Digo libertad, digo democracia, y súbito, presto, si no les pongo comillas, casi como quien pone los cuernos, siento que las pronuncio maquinalmente y, lo que es peor, quienes me leen, de haber alguno, corren el riesgo involuntario de asimilarlas como un estereotipo, como un cliché vacío de contenido. No es ya que padezcan desgaste o erosión, sino que, en efecto, los cuatreros de plusvalía y sus lacayos nos hurtan hasta las nobles palabras y su significado. Y ello con avaricia. Con glotonería. Ni las ningunean ni son anoréxicos, al revés: las expectoran a cada rato así nomás les pidas la hora. Al monopolio de la violencia (del Estado), que decía Max Weber, le agregan el monopolio del verbo y hasta del Logos, que es lo mismo, pero suena más bíblico (del apocalíptico evangelista San Juan, supongo que fumao).

Mostraré ahora otra impostura. Me valdré de Antonio García-Trevijano, republicano unionista, quien sostiene que la deslealtad ha sido el motor de la llamada Transición española. Empezando por el Rey (Juan Carlos, no el de ahora, que no ha tenido que jurar nada), que fue desleal primero a su padre y luego a los Principios del Movimiento Nacional, que se decía, y juró. Lo fue el recién extinto Adolfo Suárez a la Falange. Fraga a su credo franquista. Felipe González a sus postulados socialistas (tiene el lector mi venia para descojonarse a modo). Y Carrillo al ideario comunista.

A los intelectuales y artistas no los toquemos, que están inspirándose. Como puede verse, todo un rosario de traiciones a cambio del medro y la posición, por descontado. Como decían los milicos argentinos, con cruel ironía, nosotros somos «derechos» y «humanos».

Quienes todavía se mantienen en pie y no de rodillas son los proscritos que aún creen en las grandes y hermosas palabras y les restituyen su auténtico significado. Algo más que un metarrelato. Palabras y conceptos que hacen detener el viento.

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La otra cara del Mundial

Nicolás Bianchi

Que no es otra que la represión de las protestas sociales habidas en los días previos al inicio del Mundial de Fútbol en Brasil de este año, pero que ya fueron anticipadas desde la Copa de Confederaciones el año anterior, en 2013.

Detrás del lema «FIFA Go Home» estaba la indignación de los sectores populares contra la organización de una Copa del Mundo («World Cup») con gastos irracionales -salvo para las grandes constructoras- en la construcción de faraónicos estadios sin otro uso que el propio evento deportivo y no más que ese acabado el festejo, salvo utilizarlos como cárceles, y a costa del pueblo que paga la crisis económica. Todo un despropósito, menos para los aprovechados.

Siempre que se celebra un acontecimiento de este calibre (y en 2016 vienen los Juegos Olímpicos también en Brasil) pasa tres cuartos de lo mismo: dar buena imagen de cara al exterior, es decir, desinfectar el interior de bichos molestos y enseñar una sonrisa profidén con dentadura limpia, sin caries, sin favelas, sin parias.

Se sabía que en Brasil había mucho follón. La prensa generalista y convencional informó en las vísperas del Mundial de los disturbios, pero apenas sonó el pitido inicial del partido inaugural, Brasil-Croacia, ya no supimos nada más de lo que pasaba en la calle. Ahora toca circo, el pan que espere. Y si hay pan, ¿de qué te quejas?

El día anterior al comienzo del Mundial se detuvo a cuatro personas bajo cargos tales  como tener una botella de desinfectante considerado artefacto incendiario. También por «formaçao de quadrilha», tipificado en el artículo 288 del Código Penal brasileño, algo así como la «asociación ilícita» en el franquismo donde una reunión de más de tres personas ya era «multitud». Esto es solo una muestra.

La represión se ensañó especialmente en la prensa alternativa que trataba de informar sobre las movilizaciones, entre otras, con la leyenda «FIFA Go Home». El mismo día de la final entre Argentina y Alemania, fuera del estadio de Maracaná, hubo casos de violencia contra la prensa, en particular contra los reporteros gráficos y camarógrafos. No se podía grabar la «otra» realidad, como le pasó al documentalista canadiense Jason O’Hara, que al menos lo puede contar.

En el mundial se movilizaron 26.000 policías y militares. Hay que decir que la policía brasileña está militarizada, es una parte del Ejército del país, o sea, forma parte del paisaje, como aquí la Benemérita.

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La dialéctica es el álgebra de la revolución

Juan Manuel Olarieta

Le agradezco sinceramente a Eduardo Rojas el nuevo comentario que escribe, que me anima a volver a la carga sobre el mismo asunto. Para mi no es ninguna molestina sino un estímulo que, además, me ayuda a aclararme a mí mismo y espero que también contribuya a aportar algo a los lectores.

No puedo ahora entrar ahora a responder a cada uno de los aspectos que aborda, aunque espero hacerlo en un futuro próximo porque creo que son interesantes. No obstante, me gustaría dejar apuntadas al menos algunas cosas. La primera es que sus comentarios sí son un ataque directo y frontal al materialismo y a Engels. Cuestión distinta es que no sea consciente del alcance de sus afirmaciones, algo bastante frecuente que podríamos calificar como el síndrome Monsieur Jourdain que padecemos todos los seres humanos (unos más que otros) por el hecho de ser humanos, o sea, por el hecho de ser inconscientes (al menos en parte).

La conciencia, decía Lenin, es un grado, y yo añado de mi cosecha: y la inconsciencia también es un grado. Lo que ocurre es que los marxistas, como la mayor parte de los seres humanos, hablan mucho de la conciencia, muy poco de la inconsciencia, casi nada de la subconsciencia y aún queremos ir mucho más allá para no hablar absolutamente nada de la ciencia.

Si algún lector cree que esto es juego de palabras se equivoca rotundamente: la ciencia es una parte de la conciencia y quien no quiere hablar de ciencia tampoco quiere hablar de conciencia. Pues bien: una revolución no es posible sin conciencia; luego tampoco es posible sin ciencia. El marxismo no es más que una ciencia de la revolución; su conciencia.

La segunda observación que quiero exponer es que, en efecto, Lenin no leyó la «Dialéctica de la naturaleza» ni muchas otras cosas de las que hoy disponemos, lo mismo que los comunistas de habla hispana no pudieron leer «El Capital» porque no se tradujo hasta hace apenas 40 años, lo cual no les impidió dirigir importantes batallas contra el capitalismo, como la guerra civil en 1936 o la revolución cubana en 1959. Muchos otros, la mayoría, siguen hoy sin leer «El Capital» y eso no les convierte en menos revolucionarios que a los que sí lo han hecho.

Si como dice Rojas los militantes revolucionarios no utilizan la dialéctica para avanzar hacia el socialismo, pueden suceder dos cosas: o bien no son tan revolucionarios como ellos creen (y así nos luce el pelo), o en caso contrario, si son auténticos revolucionarios padecen el síndrome Monsieur Jourdain: no saben que hablan dialéctica.

Como el aire que respiramos, la dialéctica -repito- está en todas partes. Todo el mundo hace uso de ella cotidianamente. Ese no es el problema. El problema es hacer un uso consciente de ella.

Como Monsieuer Jourdain todos los seres humanos hacemos cosas que no sabemos lo que son y nos quedamos sorprendidos cuando empezamos a saberlo. Como máximo sabemos el funcionamiento de las cosas. Yo he aprendido a golpear las teclas del ordenador, a borrar las errores ortográficos de mis escritos y a leer un correo electrónico. Pero no tengo ni idea de informática, no se lo que es un algoritmo matemático, ni el álgebra de Boole. Eso no me autoriza a afirmar que el álgebra de Boole no es necesaria para que yo escriba esto y los lectores lo puedan leer. Cada vez que arranco el ordenador, estoy utilizando el álgebra de Boole y no me entero, o sea: no soy consciente de ello.

Lo mismo ocurre con las revoluciones. Como dijo el gran revolucionario ruso Herzen, la dialéctica es el álgebra de la revolución. Por lo tanto, un revolucionario la está utilizando cada minuto del día (si es un revolucionario de verdad). La cuestión es siempre misma: si lo hace consciente o inconscientemente. Para que el lector entienda que no es juego de palabras voy a poner algunos ejemplos banales al más puro estilo Engels.

Como creo que todos, yo aprendí a nadar sin necesidad de leer ningún manual de instrucciones. Lo mismo me ocurrió con la bicicleta. No tenía ni idea de las razones por las cuales mi cuerpo flota en el agua, ni tampoco por qué es capaz de mantener el equilibrio sobre dos ruedas. No se lo que es el Principio de Arquímedes, ni soy capaz de calcular el centro de gravedad de las masas. No se lo que hago pero lo hago inconscientemente, como la mayor parte de las cosas que todos hacemos en la vida, porque la vida es sobre todo eso: práctica.

Con los años he practicado la natación, un monitor me enseñaba la manera correcta de nadar más y mejor. También se que hay gente profesionalizada que compite en la natación como en el ciclismo. Se entrenan para ello diariamente. Incluso hay quien lo estudia, hay manuales, centros especializados de educación física, han aparecido las ciencias biomecánicas, la medicina deportiva… En resumen: a pesar de que para nadar y correr en bicicleta no hace falta leer ni saber nada, también hay quien lo hace conscientemente, practica, se entrena y estudia. Son una minoría de atletas.

Pues bien, traslademos eso a la revolución: las revoluciones las hacen las masas, la inmensa mayoría de ellas ni siquiera han oido hablar nunca de dialéctica, pero están al cabo de la calle. Además de ellas hay una minoría de atletas de la revolución, profesionales que dedican a ella su vida y sus energías, que estudian, que se entrenan, que discuten, es decir, que hacen lo mismo que hacen las masas, pero conscientemente: sabiendo lo que hacen.

Esto ya lo explicó Spinoza, uno de los verdaderos «padres fundadores» del materialismo moderno. A su manera, Lenin dijo lo mismo cuatro siglos después: además de las masas, la revolución también tiene sus profesionales entrenados para ella. Hacen lo mismo que las masas, pero lo hacen conscientemente, y una conciencia sólo es verdadera cuando se sostiene sobre la ciencia.

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Y también dos huevos duros

Nicolaś Bianchi

Que le pedía insistentemente Chico Marx a Groutxo en la famosa escena del camarote en “Sopa de ganso”.

Yo, más que comedor, he sido bebedor (sospecha de los abstemios, decía Baudelaire). Comer, lo justo, igual que las tonterías, las justas. Nada en exceso, que diría el estoico Séneca quien, por cierto, estaba podrido de sestercios.

Buceando por Internet (otros navegan, yo buceo), me topo con un Doctor brasileño –Paulo Uribaran–, de Porto Alegre, que dispara estas gemas antiparanoicas socolor de patafísicas. Dice este Licenciado, a quien instalé en mi panteón doméstico como penate, estas primicias conspiranoicas. Preguntado este friki genial sobre si es verdad que los ejercicios cardiovasculares prolongan la vida, responde así: el corazón está hecho para latir una cantidad de veces determinadas. No hay que desperdiciar –continúa– esos latidos en ejercicios. Acelerar su corazón no va a hacer que usted viva más. Es como decir que puedes prolongar la vida de tu coche corriendo más deprisa. ¿Quieres vivir más? Échate la siesta. Esto me recuerda a Mark Twain y sus “sanos” amigos a los que enterró. Le preguntan a este santo iconoclasta –un oximorón– si es más aconsejable comer más frutas y vegetales que carnes rojas, y el doctorcito nos sale con que, mire usted, milord, ¿qué comen las vacas?, coño, pues hierba y maíz y ¿qué es eso?, joer, pues vegetales. Conclusión del entimema: un filete es el mecanismo más eficaz de colocar vegetales en su organismo. ¿Necesitas comer cereales? Pues jama pollo.

¿Y qué pasa con el alcohol, ein? ¿Hay que reducirlo? De ninguna manera, nos revela este clarividente a quien venero. El vino está hecho de fruta. La cerveza también está hecha de cereales (lúpulo). No limite demasiado su consumo. Pero –le preguntan insidiosamente–, ¿hacer ejercicio no estará mal, no? Nuestro admirado galeno no cae en esa “trampa saducea” y se pronuncia así: ”mi filosofía es que si no tienes dolor, no hagas nada, estás bien”. Me rindo. Y no es joda (“broma”, en lunfardo). Insiste el becario periodista que va de meritorio y tratando de pillar al maestro esgrimiendo el pequeñoburgués argumento de que la gimnasia ayuda a reducir la obesidad. Respuesta: ”absolutamente no. Ejercitar un músculo lo único que hace es aumentar el tamaño del músculo”. Acá lo coloqué en una “stuppa” budista. No se ría el lector, que le estoy imaginando. Y no digo lectora pues uso pangenérico.

Voy acabando, que estamos en verano y yo con estos pelos. ¿El chocolate hace daño? No, es cacao, otro vegetal. Ayuda a ser feliz. La vida no es un viaje para la tumba donde llegar. En una mano la birra, y en la otra un bokata. Gastar el cuerpo, y no desgastarlo, sexo incluido.

Lo último de este gurú: si andar mucho fuera saludable, los carteros serían inmortales. Las tortugas no corren y viven 450 años, como Carrillo. Igual por eso los revolucionarios morimos pronto.

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La dialéctica está por todas partes

Juan Manuel Olarieta

En un foro comunista uno de los participantes abre un hilo para exponer que a pesar de que los marxistas afirman que las contradicciones están por todas partes, él no es capaz de verlas, sin embargo, en una piedra que hay tirada en un camino. A mi ocurre lo mismo cuando me asomo al balcón de mi casa: veo pasar a la gente por la calle pero no se quiénes son. Para encontrar la dialéctica en una piedra hay que saber qué es la dialéctica. Cuando en un camino te encuentras con alguien a quien conoces le saludas, pero pasas de largo en caso contrario. Lo mismo ocurre con la dialéctica. Pasamos de largo ante ella porque no sabemos lo que es.

Para reconocer a la dialéctica hay que ver las cosas en movimiento porque donde hay movimiento hay contradicciones y, por lo tanto, dialéctica. Dado que todo está en movimiento, la dialéctica está por todas partes. Si estamos rodeados por ella deberíamos ser capaces de verla. Si no es así es porque no la conocemos: o no sabemos lo que es o no vemos que todo está en movimiento.

En el caso de la piedra, que nos parece como algo inerte, sin movimiento, se me ocurre que su composición atómica es consecuencia de una larga transformación a lo largo del tiempo, como tantos otros compuestos químicos. Por ejemplo, es muy posible que antiguamente esa piedra estuviera compuesta de elementos radiactivos inestables que con el tiempo han modificado su composición atómica hasta convertirse en estables, bien entendido que esa estabilidad es relativa, es decir, que a pesar de las apariencias sigue siendo inestable, que sigue cambiando como consecuecia del viento o la lluvia u otros fenómenos físicos, químicos, geológicos o de otro tipo.

La radiactividad es un fenómeno típicamente dialéctico, una contradicción que se produce en el núcleo de los átomos de determinados elementos químicos entre los protones y los neutrones, por la cual dicho elemento se transforma en otro distinto. Lo que ocurre es que la radiactividad no se ve a simpe vista y da la impresión de que la piedra no está cambiando.

«Mientras contemplamos las cosas como en reposo -escribió Engels en el Anti-Dühring- cada una para sí, junto a las otras y tras la otras, no tropezamos ciertamente con ninguna contradicción en ellas«. A su vez, si no somos capaces de analizar las cosas en movimiento es como consecuencia de una larga tradición metafísica, es decir, como consecuencia de una deformación intelectual que es típica de la cultura occidental, a diferencia de la oriental.

Pero padecemos otra deformidad aún más característica: tenemos la estúpida creencia de suponer que la cultura occidental es toda la cultura, la cultura por antonomasia, mientras que las concepciones orientales las tomamos por exóticas, curiosas e irrelevantes. Donde en China ven contradicciones por todas partes, nosotros no somos capaces de ver nada.

Además de ignorancia, lo nuestro es pura soberbia intelectual que, con el tiempo, no ha hecho más que crecer y desarrollarse, por lo que vivimos en medio de la estupidez y disfrutamos con ella. Por eso es costumbre burlarse de la dialéctica y considerarla como una reliquia de la que sólo se acuerdan los marxistas. Desprecian la dialéctica aquellos que no saben lo que es.

El ejemplo más conocido es el de Dühring, que consideraba la contradicción como un contrasentido que tenemos que rechazar porque es ilógico o incoherente. Lo mismo que Dühring han repetido otros autores, como el jurista austriaco Hans Kelsen o el filósofo Karl Popper. En la cultura occidental todo conocimiento que se precia de ser científico empieza por el principio de no-contradicción, es decir, desde el principio tiene la voluntad de no incurrir en contradicciones, de tal manera que si, a pesar de ello las contradicciones aparecen, hay que rechazar la teoría por incoherente.

No voy a entrar ahora a criticar un punto de partida (el repudio de las contradicciones) que carece de justificación, es decir, a preguntarle a un científico algo que parece una obviedad: ¿por qué rechaza Usted las contradicciones desde un principio? ¿En qué se fundamenta? Lo que sí quiero poner de manifiesto es algo que me parece mucho más importante: aún en el supuesto de que las contradicciones se intenten rechazar, reaparecen igualmente, lo cual demuestra que ninguna ciencia puede prescindir de ellas.

El ejemplo más clamoroso fue el intento que desde finales del siglo XIX se llevó cabo para axiomatizar la matemática, fundamentándola en la lógica, es decir, en el principio de no-contradicción. El intento «fracasó» porque las no- contradicciones produjeron contradicciones.

Pero resulta aún más curioso recordar lo que le ocurrió a Niels Bohr cuando propuso los fundamentos de la Mecánica Cuántica. Entonces muchos físicos le dijeron que los postulados de aquella teoría eran contradictorios, lo cual parecía obvio. Bohr no fue capaz de encontrar ninguna explicación, hasta que durante un viaje a China se topó con una frase de Heráclito que a partir de entonces se convirtió en el lema que defendió toda su vida: Contraria sunt complementaria. Para el físico danés no había otra manera de explicar algo tan moderno como la Mecánica Cuantica que la dialéctica: los contrarios forman una unidad, son complementarios.

Con la dialéctica siempre nos topamos con una contradicción. Por un lado están aquellos que se burlan de Engels diciendo que los ejemplos que pone para explicarla son simplones, banales y ridículos. A esos tipejos les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain, que era tan ignorante que no sabía que hablaba en prosa. Como la dialéctica es tan corriente, se pueden ejemplos tan sencillos que los vemos por todas partes, o deberíamos y, desde luego, podemos entenderlos a la perfección. Pero para los listillos las cosas nunca pueden ser simples ni sencillas; hay que complicarlas.

El otro polo de la contradicción está en aquellos que dicen: ciertamente la dialéctica está por todas partes, pero hay una manera más sencilla de explicar los fenómenos. Es típica del positivismo anglosajón, lo que pasa es que esas personas también les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain: no saben que están defiendo una ideología (no una posición científica) y que la misma les lleva a otra contradicción: a tratar de explicar un fenómeno dialéctico de una manera no-dialéctica.

Los que no gustan de las contradicciones viven en medio de una contradicción, y a los demás nos pasa lo mismo.

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Messi: ¿Pucherazo?

Nicolás Bianchi

Andan, con razón, las redes agitadas ante la injusta decisión de la FIFA de otorgar a un gris y desdibujado Lionel Messi el Balón de Oro al mejor jugador del Mundial. Hasta el propio presidente de quien siempre gana la organización de los Mundiales de Fútbol, el kapo Blatter, dice estar (o fingir) «sorprendido», aunque sobrepone su condición de «diplomático», es decir, de cínico.

Después de la Copa del Mundo en Alemania-2006, la FIFA diseñó una nueva estrategia comercial para hacerse con los derechos televisivos y los patrocinadores (las entradas en taquilla son el «chocolate del loro» -aún así eran muy caras y entre el público brasileiro no vimos ni un rostro negro, todos blancos y recién duchados-, lo que no obsta para que insten a los Gobiernos a que no permitan la venta ambulante alrededor de los estadios de productos relacionados con el Mundial o la venta en las gradas de la cerveza Budweiser -pese a que la ley brasileña prohíbe su consumo en los recintos deportivos- por su contrato con la FIFA además de ser patrocinador («sponsor»). Y es que están los patrocinadores como Budweiser o McDonald’s, los patrocinadores locales (de la nación que sea) y, sobrevolando a todos, los socios («partners») como Coca-Cola. Adidas o Sony, entre otros, no muchos más. Aún en tiempos de crisis, el fútbol de élite sigue siendo un gran negocio.

La Copa del Mundo tuvo un ganador: la marca Adidas, uno de los principales socios de la FIFA. La empresa alemana llegó al Mundial patrocinando a nueve selecciones, una menos que su gran competidora, la estadounidense Nike, y una más que la italiana Puma. La final la disputaron dos selecciones de la firma de las tres tiras, Alemania y Argentina, quienes dejaron a Nike la consolación entre Brasil y Holanda. Desde 2006, cuando Francia (Adidas) e Italia (Puma) jugaron la final en Berlín, Nike no se quedaba fuera de la final del campeonato. La firma americana perdió, además, a su estrella, Cristiano Ronaldo, en la fase de grupos (Portugal), mientras que, por su parte, la marca teutona sufrió la mala imagen de un patrocinado suyo: Luis Suárez y su mordisco -reincidente, aquí lo más grave- al italiano Chiellini.

Es Adidas quien viste a los árbitros y proporciona el balón oficial (Brazuca). Además de esto, casi todos los premios individuales se los llevaron jugadores Adidas: Messi el Balón de Oro; Manuel Neuer, el portero alemán, el Guante de Oro y el colombiano James Rodríguez la Bota de Oro como máximo goleador del torneo. Sólo el francés Paul Pogba, jugador de la «cuadra» -hay que hablar así- Nike, se llevó un galardón al mejor jugador joven (21 años).

Lionel Messi, al margen de su indiscutible calidad como futbolista, un fuera de serie, ni siquiera fue incluido en el once ideal del campeonato. Sin embargo, recibió, «sorprendentemente», el trofeo patrocinado por Adidas, curiosamente el patrocinador de Messi y socio de la FIFA. Las uvas están maduras. Desconocemos si entre el jurado estaba algún pariente del pulpo Pol.

Nota. – Messi, que ni él se cree merecedor de ese premio, y hasta lo puede perjudicar, no podía rechazarlo -lo que le hubiera rehabilitado en cierta forma- pues, al fin y al cabo, se debe a su patrón, pero desde aquí apostamos a que a no mucho tardar, Messi declarará que no se merecía ese galardón.

Ustedes lo van a ver.