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Las Guerras del Cáucaso (1)

El Cáucaso es una frontera natural entre Europa y Asia. Dominado de este a oeste por una gigantesca cordillera, allá se pueden escalar 17 montañas más altas que el Mont Blanc que han sido tradicionalmente el refugio de muchos pequeños pueblos y comunidades religiosas perseguidos por sus poderosos vecinos. De entre ellos los más importantes han sido tres de los más grandes imperios que la historia ha conocido: el persa, el otomano y el ruso. Allí han coincidido estos tres gigantes con las tribus más minúsculas y entre ellos se han dado toda clase de combinaciones.

Los chechenos, que proceden de antiguas migraciones europeas a la región, se denominan a sí mismos “nojchi” porque su idioma pertenece al grupo “naj”, una de las familias lingüísticas caucásicas. De vida nómada y organizados en clanes, entre los siglos VIII y XIII estuvieron sometidos a la dominación de osetinos y kabardios y entre los siglos XIII a XIV a la de los mongoles. Desde el siglo XV hasta el XVIII luchan entre sí turcos, persas y rusos por el dominio de Chechenia y el Cáucaso.

Al mismo tiempo, muy lentamente, los valles y las aldeas más remotas fueron aceptando el islam que, en su avance, fue ocupando casi todo el Cáucaso en el siglo XVIII. La región se fragmentó en pequeños janatos o clanes donde la autoridad religiosa se confundía con la política. Tan sólo los georgianos, los armenios y los osetinos no se islamizaron, mientras otros pueblos, como los kalmucos, de origen mongol, preservaron el budismo.

Los chechenos son musulmanes sunnitas, si bien pertenecientes a una rama muy minoritaria: los sufitas. El sufismo es un movimiento gnóstico del islam que pone el énfasis en el misticismo y establece prácticas destinadas al logro de un mayor desarrollo espiritual interno. Los sufitas consideran que pueden alcanzar un contacto directo con dios y tienen un maestro que actúa como intermediario entre dios y los fieles.

Este es un elemento de identidad trascendental para comprender algunos de los acontecimientos chechenos, especialmente frente al último imperio de los tres que llegó a la región, el imperio zarista, de religión ortodoxa. A diferencia de otras ramas islámicas, los sufitas están organizados en hermandades (“tariqas”), de las cuales las más importantes y las más antiguas son la “Qadiriya” (fundada en 1166) y la “Naqshbandiya” (fundada en 1389). La influencia sufí ha sido más fuerte allí donde el islam ha estado más amenazado y actúa como fuerza integradora y movilizadora de los pueblos caucásicos frente a las amenazas externas. A partir del siglo XVIII el sufismo adopta una actitud política militante y militar, convirtiendo a las mezquitas en verdaderos centros de resistencia frente al colonialismo zarista.

Durante el siglo XVIII Rusia es un prototipo de monarquía absoluta y de régimen feudal. Pedro I El Grande (1682-1725) y Catalina II expandieron las fronteras del Imperio y trataron de conquistar y colonizar el Cáucaso. Esto significaba occidentalizar y, por tanto, imponer la religión ortodoxa, además de un sistema uniforme de administración. La política de Rusia hacia el Cáucaso se complementó con el reemplazo de la cultura islámica por la rusa (cambio del alfabeto árabe por el latino y después por el cirílico).

El jeque Mansur, primer dirigente muyahidin del Cáucaso

Se producen los legendarios levantamientos campesinos, tanto en las fronteras del Imperio como, sobre todo, en el interior de la propia Rusia. Naturalmente los dirigentes religiosos sufitas se opusieron a la colonización y alentaron su religión, a la que unieron el rechazo de las reformas administrativas, que les privaban de su poder, que en el islam es a la vez espiritual y político.

Se oponían a eso justamente y no por razones “nacionales” por cuanto Chechenia no era entonces una nación. El motor de la resistencia caucásica contra los rusos fue de tipo religioso, mientras los pueblos cristianos fueron integrados más fácilmente dentro el Imperio zarista.

Chechenia era un país muy atrasado, sometido a leyes tribales, basadas en costumbres ancestrales y atávicas. Los janes musulmanes tenían un poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos y no se oponían a la servidumbre, de la que fueron beneficiarios hasta que un decreto imperial la abolió en 1861. La vida del Cáucaso estaba dominada por los “kanli”, de modo que ninguna ofensa podía pasar sin la venganza de los parientes de la víctima. La literatura épica chechena abunda en leyendas de conflictos interminables que empezaron con simples hurtos y acabaron con el exterminio de poblaciones enteras.

Los pueblos de la región opusieron una feroz resistencia a la conquista. La primera yihad entre los rusos y los musulmanes norcaucasianos se prolongó de 1785 a 1791. La guerra santa fue dirigida por los jefes religiosos y en ella, junto a los chechenos, estaban también los daguestanos, cherkesos, kabardos y abjasios.

En 1791 el jeque Manzur Ushurma, un musulmán sufí de la cofradía “Naqshbandiya”, alzó la bandera de la yihad islámica, que se caracterizó por lo siguiente:

— su naturaleza religiosa
— la dirección ideológica del sultán de Constantinopla
— la falta de unidad de los caucasianos.

Manzur Ushurma fue un personaje de oscura pero romántica biografía, por lo demás muy típica del Cáucaso. No era checheno sino italiano. Su nombre originario era Elisha Mansur, era sacerdote jesuita y había llegado a Anatolia para convertir a los griegos al catolicismo. Pero fue él quien se convirtió al islam y el sultán de Constantinopla le encomendó organizar la resistencia caucásica frente a los rusos. Sin embargo, no logró fundir a los pueblos del Cáucaso en un único frente. Todos aquellos montañeses sólo estaban unidos por su condición de “muridin”, creyentes seguidores de un mismo jeque sufí.

Su falta de unidad obstaculizó la resistencia frente al enemigo. En 1794 Manzur Ushurma fue derrotado y capturado en la batalla de Tatar-Toub. Pasó el resto de sus días preso en un monasterio en la costa de Anatolia, donde los monjes trataron infructuosamente de que regresara a la religión católica.

Los rusos ocuparon el Cáucaso con métodos brutales, matando y quemando todo lo que se oponía a su paso. En el centro de Chechenia establecieron una sólida fortaleza militar rusa, bautizada con el elocuente nombre de Grozni (“terrible”, en ruso). Las fértiles llanuras del norte de Chechenia, y más hacia el oeste el país de los tártaros, fueron arrebatadas a sus pueblos, que fueron expulsados hacia el Imperio Otomano y, en casos extremos, aniquilados, como los ubyks (emparentados con chechenos y abjasios). Los que permanecieron en sus tierras fueron forzados a trabajar como siervos para los terratenientes rusos.

La incorporación de Georgia al Imperio zarista pareció impedir de una manera definitiva el estallido de cualquier brote de resistencia en el futuro, ya que a partir de entonces Chechenia quedaba rodeada por territorios zaristas.

Ghazi Mullah, segundo dirigente de la yihad

Ghazi Mullah era un estudiante del pueblo de Avar, al sur de Daguestán. No era, pues, de origen checheno. Pronto se convirtió en un “murshid” (maestro) y empezó su propia enseñanza en 1827, eligiendo la villa de Ghirmi como centro de sus actividades. Los “muridin” de Ghirmi se distinguían del resto de los montañeses por sus banderas negras y por la ausencia de oro o plata en sus vestimentas y armaduras.

Durante los dos años siguientes, Ghazi Mullah propagó la idea de unidad de los musulmanes caucasianos frente al enemigo infiel, unidad que debería forjarse en torno a la ley islámica. Según él, los caucasianos no habían abrazado completamente el islam pues sus viejas leyes y costumbres, el “adat”, variaba en cada tribu, y por tanto tenían que ser reemplazadas por la shariá (ley) islámica. Viajó por todo Daguestán, predicando abiertamente contra el vicio, rompiendo con sus propias manos las grandes tinajas de vino que se vendían en el centro de las ciudades. Había que suprimir el “kanli”, las venganzas, y todas las injusticias tenían que ser juzgadas de acuerdo con la ley islámica. Sólo así, les dijo, podrían vencer sus viejas divisiones y conseguir la unidad para hacer frente a la amenaza de los infieles rusos.

En 1829 Ghazi Mullah consideró que sus “muridin” estaban preparados para la guerra. Había llegado el tiempo de la yihad. En una serie de encendidas alocuciones animó al pueblo para el “ghazwa”, la lucha armada: “¡Un musulmán debe obedecer la Shariá, pero todo su Zakat, todos sus Salat y abluciones, todas sus peregrinaciones a La Meca, no valen de nada si se hacen bajo la mirada Rusa. Vuestros matrimonios son ilícitos, vuestros niños son bastardos, mientras quede un solo ruso en vuestras tierras!” Los jeques islámicos de Daguestán reunidos en la mezquita de Ghirmi lo aclamaron como imam y le prometieron su apoyo. Marcharon tras Ghazi Mullah, cantando el grito de guerra de los muridin: “La ilaha illa Alá”.

Los rusos habían desplazado colonos a la región y el proceso de limpieza de musulmanes de sus tierras había comenzado. Para protegerlos habían construido fortalezas militares, en Grozni, Khasav-Yurt, Mozdok y en las planicies del norte.

Ghazi Mullah atacó y tomó el fuerte ruso de Vnezapanaya. Durante todo el período 1827-1859 se sucedieron las escaramuzas entre los montañeses y las fuerzas zaristas. Estas últimas llegaron a talar bosques enteros donde se ocultaban los guerrilleros, quemaron los cultivos y destruyeron 61 ciudades.

Pero lentamente los “muridin” se tuvieron que replegar a las montañas. Ghazi Mullah decidió hacerse fuerte en Ghimri. Después de un amargo asedio, con numerosas bajas en ambos bandos, las tropas rusas entraron en la ciudad identificando a Ghazi Mullah entre los muertos.

El León de Daguestán

Tras la muerte de Ghazi Mullah, su discípulo más influyente, el imam Shamil (1796-1871), el León de Daguestán, se convirtió en otro “murshid” (maestro), quizá el dirigente más conocido de la resistencia montañesa contra los rusos.Gravemente herido en Ghimri, Shamil había logrado romper el cerco y huir con los supervivientes para reemprender la lucha. Marchó hacia Sakli, una villa rural junto a los ríos helados del alto Daguestán. Fue aclamado como el Imam al-Azam, el dirigente de todo el Cáucaso y aprovechó su influencia para imponer la paz entre las distintas tribus musulmanas de la región, hasta entonces enfrentadas entre sí.Había nacido en el seno de una familia noble de Avar, el mismo pueblo en el que había nacido Ghazi Mullah y donde apacentaba el rebaño de ovejas de su familia. Tampoco era, pues, checheno. Con Ghazi Mullah había sido discípulo de Muhammad Yaraghi, el maestro que enseñaba a los jóvenes que no bastaba con la pureza espiritual, sino que, además, debían combatir con las armas en la mano para hacer prevalecer la ley de Alá, la sharía, sobre las leyes paganas de las diferentes tribus del Cáucaso. Tan sólo entonces Alá les daría la victoria sobre los rusos.

El levantamiento se inició en Daguestán, región contra la cual los rusos lanzaron su ataque en 1831. En la ciudad de Ashilta, al tiempo que los rusos se aproximaban, 2.000 muridin juraron sobre el Corán defenderla hasta la muerte. Después de una encarnizada lucha en las calles, los rusos la tomaron y destruyeron, sin poder apoderarse de ningún prisionero.

Las operaciones militares prosiguieron entre 1832 a 1839. Shamil recurrió a la guerra de guerrillas ante la imposibilidad de ganar una batalla frontal contra los bien preparados y numerosos ejércitos rusos. Dividía al enemigo, lo atraía a remotas montañas y bosques para caer sorpresivamente sobre él en ataques fulgurantes. Moviéndose con una extraordinaria rapidez, los guerrilleros engañaban al enemigo y le asestaban golpes por sorpresa. Pero tenían que defender las ciudades que, a pesar de sus fortificaciones, eran vulnerables a los asedios con la moderna artillería.

Los rusos llegaron a lanzar al combate hasta medio millón de mercenarios contra los guerrilleros de Shamil, que envió peticiones de ayuda a los dos principales dignatarios musulmanes del mundo; al Sultán de la Sublime Puerta, que además de mandar en el Imperio Otomano, ostentaba el título de Califa (Comendador de los Creyentes) y, como tal, era el dirigente espiritual del mundo islámico. Y al Emir de La Meca, Guardián de los Santos Lugares del islam. Ni uno ni otro prestaron ninguna ayuda a Shamil, que en 1859 fue derrotado. El último grupo de 400 guerrilleros se entregó a una formación rusa de 40.000 hombres, bajo el mando del general Baratinski. Como renocimiento a su heroísmo, el zar permitió a Shamil conservar su espada. Confinado al sur de Moscú, se exilió luego en Estambul con su familia y falleció el 4 de febrero de 1871 durante una peregrinación a La Meca.

Los supervivientes sólo pudieron seguir viviendo en las montañas. Convencidos de que serían difícilmente asimilables, los rusos les presionaron para que emigraran hacia el Imperio Otomano. Entre 1858 y 1864, unos 500.000 miembros de distintas tribus caucasianas se refugiaron en Turquía, Siria y los Balcanes.

Los chechenos consideran a Shamil como su héroe legendario. Basaiev, uno de los dirigentes islamistas que a finales del siglo pasado volvió a luchar contra los rusos en Chechenia, tomó de él su nombre de pila. Pero, en realidad, Shamil es el héroe de todos los pueblos montañeses del Cáucaso y de todos los musulmanes. La Naqshbandiya sufí mantiene actualmente un museo en Pakistán en el que se veneran sus reliquias y fue la inspiración ideológica de los talibanes afganos contra la intervención soviética a partir de 1979. Allí se entrenó Basaiev en los campamentos que organizó la CIA.

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Memoria Histórica

El oscuro espía del KGB que infligió a la CIA el mayor golpe de su historia

En 1955 la CIA y el MI6 excavaron un túnel para espiar a las tropas del ejército soviético estacionadas en la República Democrática de Alemania. Los espías alemanes y estadounidenses lo llamaron “Operation Gold” (Operación Oro), mientras que para los británicos fue la “Operation Stopwatch” (Operación Cronómetro).

Fue el intento de escucha telefónica más grande de la historia del espionaje y el más estrepitoso fracaso de la CIA a lo largo de su historia.

Se trataba de una variante mucho más compleja que un proyecto anterior conocido como “Operation Silver” (Operación Plata) que la CIA intentó en Viena en 1949. Se sabe que fue Reinhard Gehlen, el director del recién creado BND, el servicio secreto alemán, quien alertó a Dulles de la existencia de un nudo de redes telefónicas que utilizaba el Ejército Rojo en Berlín a dos metros de profundidad, muy cerca del sector ocupado por los estadounidenses en la capital alemana.

En diciembre de 1953 la operación se puso bajo la dirección de William King Harvey, antiguo policía del FBI transferido a la CIA y el 2 de septiembre de 1954 comenzó la excavación del conducto, que se completó el 25 de febrero del año siguiente. Removieron 3.000 toneladas de tierra y 125 toneladas de metal. A seis metros de profundidad y con una extensión de 450 metros, el túnel comenzaba en el sector americano de Berlín, en el barrio fronterizo de Rudow, y alcanzaba hasta Altglienicke, justo por debajo de un nudo de comunicaciones soviético en la zona oriental.

Antes de iniciar la construcción del túnel, asistió a casi todas las reuniones entre la CIA y el MI6 George Blake, un agente del KGB infiltrado en el servicio de inteligencia británico. Blake conoció de primera mano los detalles de la operación y alertó al KGB, pero el Kremlin decidió dejar abierto el canal para transmitir informaciones falsas.

Si, a causa de su fracaso, de la operación sabemos poco, de Blake no sabemos mucho más. No conocemos su identidad real. Parece que su nombre original era George Behar y luego fue cambiándolo por Max de Vries, George Blake, Georgi Ivanovich. Parece ser que nació en Rotterdam en 1922, y que era hijo de una holandesa y un judío de origen turco, Albert Behar.

Vivió en Alejandría y se educó en un colegio inglés bajo la tutela de su tío, el dirigente comunista egipcio Henri Curiel, que se ocupó de él cuando George se quedó huérfano a los 13 años.

Regresó a Holanda, donde le sorprendió la invasión alemana en 1940. Se incorporó a la resistencia con el alias de Max de Vries, pero le capturaron. Sin embargo, como no tenía 18 años, lo soltaron. Iban a volver a detenerlo al cumplir los 18 años, pero entonces él se escapó a Inglaterra.

En Londres fue reclutado por el Special Operations Executive, el servicio que organizaba sabotajes en la Europa ocupada. Lo emplearon en traducir del alemán y tomó el nombre de George Blake. En 1944 volvió al continente para interrogar a los nazis prisioneros y en Hamburgo, con 22 años, dejaron en sus manos a los comandantes de submarinos. Tras la guerra pasó al MI6, el espionaje exterior, que lo envío a Corea en 1950, destinado en la embajada británica en Seúl, donde trabajaba cuando el imperialismo atacó la península.

Fue “capturado” por los norcoreanos y al ser liberado, le consideraron como un “héroe de guerra” y le enviaron a Berlín, la capital mundial del espionaje durante la Guerra Fría, el frente candente para los agentes de uno y otro lado, una ciudad dividida pero aún sin barreras, donde todos podían ir a todos los sectores y casi toda la población trabajaba para algún servicio de espionaje.

La misión de Blake en Berlín era la de convertir a los soviéticos en agentes dobles, pero hacía como Penélope, que deshacía de noche lo que había tejido de día. Le pasaba los nombres de sus agentes al KGB, 400 delatados en total, de los que al menos 42 fueron fusilados.

Pero su gran golpe fue su infiltración en la operación de la CIA en Berlín. Aunque estaba reciente la deserción de Burgess y McLean, el espionaje imperialista todavía no había cobrado conciencia de lo profunda que era la infiltración soviética en el servicio secreto británico, y los americanos seguían fiándose del MI6.

Para evaluar el flujo de desinformación entrante, en Washington se creó un equipo de traductores y analistas de la CIA que continuó funcionando hasta septiembre de 1958. Fue un trabajo ingente y totalmente inútil. La CIA se quedó con un botín de 50.000 cintas grabadas que documentaban un millón de conversaciones telefónicas ficticias que durante años tomaron por informaciones solventes.

El KGB esperó hasta que, al cabo de los años, unas lluvias torrenciales afectaron a las líneas telefónicas de Berlín y comenzaron labores de reparación. De esa manera los soviéticos “redescubrieron” el túnel para denunciar que los imperialistas habían violado los tratados internacionales firmados al acabar la Segunda Guerra Mundial.

El topo aún no había sido descubierto. El KGB aprovechó tan bien el “redescubrimiento casual” del túnel que la CIA se lo tragó. Blake no fue destapado hasta 1961.

La CIA padeció tres duros golpes en uno.

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El periodista al que le concedieron el Premio Pulitzer por sus mentiras sobre la Guerra de los Balcanes

Cuando la Guerra de los Balcanes ha pasado al olvido y, con ella la intoxicación mediática, la bibliografía recuerda el apoyo de Estados Unidos a lo que entonces aún no se conocía como “yihadismo”. Se trata de obras, como la de Alexandre del Valle (1), o la de F. William Engdahl (2) que ponen de manifiesto las raíces históricas de dicho apoyo, las más recientes de las cuales hay que buscarlas en Afganistán.

A esas obras hay que añadir artículos, como el del antiguo embajador de Canadá en Yugoeslavia, James Bissett, de los que basta recordar el título: “Nosotros creamos un monstruo”. En dicho artículo Bisset reconoce que desde 1998 la CIA, con la ayuda del SAS británico, envió armas al UÇK, el denominado “ejército de lilberación de Kosovo”, y adiestró militarmente a sus miembros para desatar una insurreción armada. Una vez que la región estuviera enzarzada en la guerra, “la intervención de la OTAN sería posible y estaría justificada”(3).

Para justificar la intervención de la OTAN, Clinton acusó a los serbios de limpieza étnica y adujo la necesidad de evitar una catástrofe humanitaria en Kosovo, iniciando las comparaciones con los campos de concentración del III Reich y pasando por alto que las víctimas de los mismos no habían sido otros que los serbios.

Unos años antes, durante la guerra serbo-bosnia, Itzebegovic fue el primero en hablar de “campos de concentración”, que las agencias de publicidad y los grupos de presión de Estados Unidos trasladaron luego a las ONG, los partidos políticos y la prensa.

Hay una anécdota que es muy significativa de la manera en que funciona la intoxicación mediática. A mediados de julio de 1992 el periodista estadounidense Roy Gutman llegó a Banja Luka, la capital de Bosnia, como corresponsal del New York Times y dijo al ejército serbio que quería visitar los campos de concentración. Con toda la ingenuidad del mundo, le llevaron al de Manjaca, donde fue el primero en llegar. Recorrió todo el campo de arriba abajo e interrogó a los presos, que se quejaron de la mala alimentación, pero negaron haber padecido cualquier clase de malos tratos.

A la salida el periodista reconoció que el campo respetaba la convención de Ginebra, aunque luego en su artículo publicado el 19 de julio en el New York Newsday escribió todo lo contrario. Aquel artículo se titulaba “Prisioneros de la guerra de Serbia: relatos de hambre y tortura en un campo del norte de Bosnia” (4). Dos semanas después, el 2 de agosto, volvió a la carga con otra manipulación, hablando de “carnicerías infernales” y hornos crematorios: “Los cuerpos han sido quemados en hornos crematorios y transformados en alimento para ganado”, escribió el farsante (5).

Pero la manipulación no sólo se compone de artículos periodísticos: al año siguiente a Gutman le concedieron el Premio Pulitzer por sus reportajes. La intoxicación funciona exactamente así: hay que premiar al mentiroso. Dado que con el tiempo las falsedades de Gutman han ido saliendo a la luz y que aún hay gente digna en la profesión, los periodistas Peter Brock y David Binder iniciaron una campaña para que al farsante le retiren el galardón y, de paso, lavar las numerosas falsedades periodísticas vertidas durante aquella guerra (6).

Como siempre, los desmentidos llegan tarde, cuando son políticamente inofensivos. ¿Quién se acuerda hoy de todo aquello?

(1) Guerre contre l’Europe, Editions des Syrtes, 2000.
(2) Amerikas heiliger Krieg, Kopp Verlag, Rottenburg, 2014
(3) We created a monster, Toronto Star, 31 de julio de 2001, http://web.archive.org/web/20080510052014/http://www.deltax.net/bissett/a-monster.htm
(4) Prisoners of Serbia’s War: Tales of hunger, torture at camp in north Bosnia, New York Newsday, 19 de julio de 1992.
(5) In six-week Spree, at least 3,000 killed, New York Newsday, 2 de agosto de 1992.
(6) Former NY Times Reporter: ’93 Pulitzer Prize Should Be Revoked, Sherrie Gossett, CNSNews.com, 22 de marzo de 2006.

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Serbia demandará a los países de la OTAN por el lanzamiento de bombas de uranio

Hace 25 años la Guerra de Yugoslavia puso de manifiesto la absoluta degradación moral, política y social del imperialismo, que es tanto como decir, de los gobiernos, los parlamentarios, los periodistas, las ONG… No se salvó nadie; todos hicieron causa común con la agresión y el despedazamiento de un país.

Una vez destruida Yugoeslavia, le tocó el turno al único pedazo que se oponía a los planes de la OTAN, Serbia, que fue castigado con el lanzamiento de bombas de uranio contra la población civil. Las consecuencias de la radiación aún se dejan sentir sobre la población serbia.

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El proceso de incorporación de Crimea a Rusia

En 1991 el desmantelamiento de la URSS creó de 16 Estados distintos en donde antes sólo había uno. En todos y cada uno de ellos los imperialistas han asentado sus reales, instalando bases militares y cañones que no apuntan al azar, a todas partes: apuntan a Rusia.

Lo mismo ha ocurrido en los Balcanes, donde recientemente Montenegro se ha incorporado a la OTAN. La antigua Yugoeslavia no sólo ha sido despedazada sino que con ella ha acabado su política de no alineamiento. Después de una guerra feroz, sus pedacitos han sido engullidos uno a uno y ya solo queda Serbia por doblegar.

Ucrania es un calco de lo mismo. Históricamente es un país inconcebible sin la Revolución de Octubre. Todo se lo debe a la URSS, por lo que sus “nacionalistas” huelen a podrido ya que jamás han enfilado su lucha contra el imperialismo sino en la dirección contraria, lo que debería hacer pensar a más de un estrábico.

Dentro de la URSS Ucrania tuvo, además, un trato privilegiado en muchísimos aspectos, desde el trazado de las fronteras hasta su integración en la ONU en 1945 como miembro de pleno derecho. Formaron parte de Ucrania numerosas poblaciones que no eran ucranianas, un proceso que culminó en 1954 con la incorporación de Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania que, dicho sea paso, violaba las leyes de la URSS. A pesar de ello, a nadie le cupo ninguna duda nunca de que Crimea no era Ucrania, pero la URSS era un Estado creado para la protección de las minorías y en la Ucrania socialista la mayoría rusa de Crimea (y del Donbas) era una minoría y jamás tuvo ningún problema a causa de ello.

La situación cambió radicalmente con la desaparición de la URSS y el espectáculo de una Rusia deprimida y deprimente a la que los imperialistas se aprestaron a dar un gran bocado. En aquel momento, que conviene contrastar con el actual, lo más lógico era que todos quisieran darse a la fuga, empezando por Crimea, donde se han convocado tres referéndums desde 1991 para establecer su estatuto político. Los tres ilustran mejor que nada el rápido giro de los acontecimientos históricos provocados por la caída de la URSS.

En 1991, en época de Yeltsin, Crimea no quiso formar parte de Rusia. Aquel primer referéndum se celebró el 20 de enero de 1991 cuando aún Ucrania no era un Estado independiente. Con una participación electoral del 94,3 por ciento de la población, la voluntad de Crimea era la de independencia, algo que una vez aparecido como Estado independiente, Ucrania no admitió. En aquel momento Ucrania se anexionó Crimea y aunque el parlamento ruso se opuso, la situación era tan penosa que no tenía capacidad más que para lamentarse de ello.

Lo interesante es, una vez más, comprobar la posición de Crimea, que en aquel momento tampoco planteó batalla contra la anexión por dos motivos. El primero es que Crimea entró en Ucrania como Estado autónomo; incluso al año siguiente aprobó su propia Constitución, cuyo primer artículo decía que sólo el Parlamento (el de Crimea) podía abolirla.

El segundo es que creyó que en Kiev iban a respetar ese estatuto y que la situación no iba a cambiar mucho con respecto a lo que había sido hasta entonces la Ucrania soviética. Al fin y al cabo, a pesar de la independencia, Ucrania empezó formando parte con Rusia de la llamada “Comunidad de Estados Independientes”. Según el Memorándum de Budapest firmado el 5 de diciembre de 1994, Rusia asumió la responsabilidad de garantizar de la soberanía y la independencia de Ucrania.

Para situarnos en la situación del momento podemos seguir apuntando datos, como el acuerdo de 1997 para que la flota rusa del Mar Negro (dotada de armas nucleares) pudiese permanecer en el puerto de Sebastopol, radicado en Crimea, prorrogado después de las elecciones presidenciales de 2010 en Ucrania por 25 años más.

Obviamente, no sólo pecaron de ingenuidad en Crimea, lo cual es fácil decir a posteriori. Nadie podía prever el deterioro posterior de las relaciones entre ambos países, Ucrania y Rusia, provocado por el imperialismo.

El segundo referéndum de Crimea se celebró el 27 de marzo de 1994. A pesar de que Ucrania ya era un Estado independiente, en la consulta sólo participó la población de la península, que se pronunció sobre tres cuestiones:

a) la ampliación de la autonomía de Crimea dentro de Ucrania
b) la posibilidad de la población tuviera la doble nacionalidad (ucraniana y rusa)
c) la ampliación de los poderes del Presidente del Gobierno autonómico

Los tres aspectos fueron aprobados por la mayoría de votos, lo que el gobierno de Kiev no admitió, enviando al ejército, que destituyó al Presidente Yuri Mechkov y tomó el control del gobierno local. Se trató de otra anexión forzosa, la segunda, pero lo cierto es que tampoco se produjeron grandes protestas en la península a causa de ello. La ingenuidad aún tenía su recorrido.

Los problemas se agudizaron cuando los imperialistas, lo mismo que en el Cáucaso, empezaron a enfrentar a Rusia con sus vecinos a lo largo de todas y cada una de las fronteras, incluida Ucrania, una situación que en 2004 desemboca en la llamada “revolución naranja”, un anticipo de lo que sería Maidan diez años después. Los gobiernos que no entran en el juego padecen campañas de desestabilización. Se les califica —a la manera usual— como prorrusos, mientras promocionan a esos que son calificados de “nacionalistas” y que no son otra cosa que fascistas, aupados a ejercer de marionetas de la OTAN, de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y de la Unión Europea.

El fascismo trae consigo el chovinismo y la xenofobia, lo que se puso de manifiesto de manera dramática diez años después, con el golpe de Estado iniciado en la Plaza Maidan que ha convertido a Ucrania en un Estado pelele de los imperialistas como pocas veces se ha visto.

En un Estado frágil, como Ucrania, el fascismo conduce a las políticas brutales de asimilación de todas y cada una de las minorías que viven en su seno que, en muchos casos, caen en el ridículo más espantoso, como la prohibición del idioma ruso por decreto, el cierre de las escuelas y otras medidas que condujeron al levantamiento de la población del Donbas.

Para pedir la incorporación a Rusia, Crimea podría haber invocado la vulneración de su estatuto autonómico dentro de Ucrania desde hacía dos décadas, algo tan legítimo como el propio golpe de Estado veinte años después. En cualquier caso, tiene todos los argumentos para querer salir del infierno en el que los fascistas han convertido a Ucrania.

La responsabilidad de ello incumbe exclusivamente al gobierno de Kiev porque la situación, tanto en Crimea como en el Donbas, hubiera sido muy distinta si los imperialistas no hubieran clavado sus zarpas en el país.

Ucrania había cambiado las reglas del juego con Crimea y nadie puede jugar con dos barajas. Por 61 de los 64 diputados presentes, el 27 de febrero de 2014 el Parlamento autónomo de Crimea, aprobó la convocatoria una consulta para integrarse en Rusia. La ciudad de Sebastopol, que era autónoma dentro de la autonomía, tuvo su propio referéndum y el 6 de marzo, antes que el resto de Crimea, también aprobó la incorporación a Rusia.

Si se analizan los resultados electorales (participación del 80 por ciento y voto favorable del 97 por ciento), sólo cabe una conclusión: incluso los ucranianos de Crimea prefirieron estar dentro de Rusia, lo cual es un pálido reflejo de lo que estaba ocurriendo porque en casi todas las regiones de Ucrania crecieron movimientos del mismo tipo por parte de las minorías, lo que se puso de manifiesto cuando numerosos residentes ucranianos pidieron la nacionalidad rusa. A mayor abundancia, lo que inicialmente quería el parlamento autónomo no era la incorporación sino la defensa de su régimen administrativo frente al gobierno central, algo que pronto se dieron cuenta de que era imposible. Al final no cabía más que volver al sitio del que habían salido en 1954.

Si cabe hablar de anexión es, pues, para concluir que Crimea estuvo anexionada a Ucrania en los 60 años transcurridos entre 1954 y 2014.

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La comisaría del terror franquista en Gran Canaria

Canarias está impregnada de escenarios donde la represión Franquista dejó huella para siempre. Sin embargo, muchos de estos lugares, con el paso de los años se han ido transformando y han caído en el olvido las historias que allí se vivieron. Es el caso de la antigua comisaría de la calle Luis Antúnez (en Las Alcaravaneras), donde está ahora el colegio de La Salle. Asociaciones de la memoria histórica recuerdan que este edificio fue en el pasado “un punto de detención y torturas”, por lo que piden que en él se coloque una placa en la que se conmemore a las víctimas.

El portavoz de la Plataforma de Fusilados de San Lorenzo, Francisco González, que ha publicado dos libros relacionados con el franquismo en Canarias (basados en relatos y testimonios de familiares de víctimas de la represión) señala que este homenaje servirá para que “la historia nunca se vuelva a repetir”. Explica que en esta comisaría, como ya han testificado otros historiadores, se llevaron a los 27 de Agaete, hombres de los que nunca se conoció su paradero.

González, como también relata en su último libro, recuerda que al Valle de Agaete se le empezó a conocer como El Valle de las Viudas, ya que después de que en la madrugada del 4 de abril de 1937 fueran sacados de sus casas e introducidos en unas guaguas, no se supo nunca nada más de ellos. Las mujeres de estos jornaleros y comerciantes iniciaron su búsqueda por toda la Isla. Y es que, cuando fueron a preguntar por ellos a la comisaría de la calle Antúnez, les dijeron que habían sido puestos en libertad. Sin embargo, “lo más seguro que es los hayan arrojado por la Sima de Jinámar, según cuentan algunos testimonios recogidos”, señala.

“Una de las víctimas es César Expósito, de sólo 34 años, carnicero de profesión y que pertenecía a la Sociedad de Oficios Varios de Agaete, su hija de ocho años vio cómo se llevaban a su padre”, relata González. No obstante, menciona otros nombres como Antonio Álamo Godoy, José Álamo Sosa, Antonio Dámaso Álamo, Gregorio Dámaso Álamo, Jose Diepa Jiménez… entre otros. Todos jornaleros humildes, pero faltan otras personas que también fueron conducidas a este lugar a la fuerza para extraerles información.

El portavoz de la Plataforma de Familiares de Fusilados de San Lorenzo explica que, en esta comisaría, las torturas iban desde la ingesta purgante de cristales de sal, exomita o sulfato de magnesio, con el fin de sonsacarles información, hasta otras más fuertes. “Colgarles de los pies, electricidad, apalearles hasta casi la muerte…” son otras de las técnicas que cuenta.

También menciona la historia de Agustín Cabrera, presidente de la Federación Obrera, “que fue ahorcado en esta comisaría, llamada de Investigación y Vigilancia en ese entonces”.

Los interrogatorios podían durar días. “Allí llevaron también a muchas mujeres a fin de que dieran información”. Cuenta que a cada persona que entraba se le asignaba un número y a muchos de ellos luego los llevaban a “la Sima de Jinámar, a la Marfea, a los Pozos de Tenoya y Arucas… sitios de exterminio”, “había incluso quien moría durante las torturas”.

La Plataforma de Familiares Fusilados de San Lorenzo y el Foro Canario Víctimas del Franquismo comenzarán a recoger firmas en los próximos días, además de distintas campañas por redes sociales y movilizaciones, a fin de que se ponga una placa en este edifio y se recuerde lo que ocurrió.

Esta no es la única lucha que abandera González por la Memoria Histórica, también es nieto de un sindicalista asesinado por las fuerzas franquistas y que está enterrado en la fosa común de Vegueta y lucha para que esta se exhume, por lo que integra también un comité popular por esta causa. A su vez, promueve la exhumación de la Sima de Jinámar, una causa con la que se ha comprometido el Cabildo de Gran Canaria, pues un arqueólogo bajará a examinar su estado y estudiar la posibilidad.

No obstante, asegura que estos no son los únicos puntos donde se llevaron a cabo “crímenes franquistas”, también hubo otros puntos de tortura en Arucas, Tamaraceite… y en el local del Círculo de Arenales, una casa antigua de la calle León y Castillo. Se trataba de un circulo de los obreros pero convertido en un lugar de detención y tortura. “Ahí llevaron a mucha gente de La Isleta y ahí fueron torturados y asesinados después por lo que más adelante pediremos que se conmemore este lugar también”, afirma.

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Memoria Histórica

Adolfo Suárez, el franquista que quiso ser ministro ‘de lo que sea’

Tras Arias Navarro, alias “El Carnicero de Málaga”, Adolfo Suárez fue el segundo presidente del gobierno durante la transición (1976-1981). Como todos los políticos franquistas, comenzó a trepar dentro del Movimiento, una burocracia repleta de advenedizos.

Pero para ello había que tener enchufes, buenos contactos y lo que entonces se llamaban “recomendaciones”. En el caso de Suárez, su padrino fue Fernando Herrero Tejedor. Ambos se conocieron en Ávila, donde Herrero Tejedor era gobernador civil de Ávila.

Además de un personaje ligado al Opus Dei, Herrero Tejedor era un peón del almirante Carrero Blanco en el aparato judicial, donde desempeñó el cargo de Fiscal General del Estado.

En 1961 le nombró a Suárez jefe del Gabinete Técnico del Vicesecretario General del Movimiento fascista, donde también coincidió con Herrero Tejedor, que llegó a ser ministro y secretario general del Movimiento.

En 1967 fue elegido procurador en Cortes por Ávila y un año más tarde gobernador civil de Segovia.

Dos años después, durante una crisis de gobierno, Alfredo Sánchez Bella pasó a encabezar el Ministerio de Información y Turismo y Carrero Blanco le pidió que nombrase para la Dirección General de Radiodifusión y Televisión a Suárez.

En un tugurio de camarillas, como fue siempre el franquismo, tanto Herrero Tejedor como Adolfo Suárez fueron de la mejor camada: la del almirante Carrero Blanco. Cuando dicen que Suárez hizo la transición, hay que deducir, por lo tanto, que tal mérito corresponde directa e inmediatamente a Carrero y a los peones que dejó junto a Suárez para allanarle el camino, como los generales Díez Alegría y Gutiérrez Mellado, entre otros.

Al inicio de la década de los setenta la televisión empezó a jugar un papel clave, y sólo había una. Si la política se empezaba a escenificar en los platós, entre decorados y decoraciones, la transición se haría de la misma manera. Suárez lo aprovechó para hacer lo que le dijeron que hiciera: utilizarla para promocionar la figura del entonces “Príncipe” Juan Carlos, otro que debe su cargo al Almirante Carrero, al que en 1967 nombró para heredar al mismísimo Franco.

Permaneció en el cargo hasta 1973 y durante el breve semestre en que, por vez primera vez en su vida, no ocupó una poltrona pública, entró en el mundillo de los negocios para políticos de la mano de los Van de Walle, y con iniciativas propias, como la de actuar de comisionista en la venta de solares y pisos cerca de Madrid, en San Fernando de Henares, con Alfonso Gordillo, propietario de terrenos, moteles y gasolineras en la comarca.

Luego le nombraron presidente de la Empresa Nacional de Turismo S.A. (Entursa), dependiente del INI, a la que dejó con una deuda de más de 1.000 millones de pesetas. Con el dinero público Suárez le financió al canario Van de Walle la construcción de un hotel de lujo en Barcelona, el Ifa-Sarriá, con el que tuvo que cargar el INI tras importantes desembolsos y pérdidas.

El 12 de junio de 1975 su padrino Herrero Tejedor falleció en accidente de tráfico y entonces Suárez le confiesa a Armando Marchante (Razón Española, núm. 156) su vocación: “Yo quiero ser ministro; donde sea, con quien sea y para lo que sea. Todo lo demás no me interesa”. Se prepara para ello y le nombran presidente de “Unión del Pueblo Español”, un refrito de oportunistas de la vieja guardia creado para garantizar su continuidad en el poder.

En diciembre de 1975, un mes después de la muerte de Franco, Arias Navarro le nombra Ministro Secretario General del Movimiento y el 3 de julio del año siguiente el rey le nombra Presidente del Gobierno. No fue bien recibido ni por los sectores próximos al franquismo ni por la oposición. Días después, El País publicó un reportaje en el que aseguraba que Suárez era una marioneta del búnker y del Opus Dei impuesta a la Corona. Francisco Umbral lo expresó con ironía en su columna: “Había que liquidar el postfranquismo, cambiar la cosa, a ver si me entiendes. Y entonces han puesto a un falangista”.

En su primera declaración pública tras el nombramiento anunció una reforma de las leyes franquistas porque, como dijo Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, la transición respetaba plenamente la legalidad fascista: “De la ley a la ley a través de la ley”. Naturalmente, se refería a la ley franquista, y no sólo todo se iba a hacer conforme a la ley, sino que la legalidad iba a marchar de una legalidad franquista a otra legalidad franquista. Los diarios de la época expresaron bien claramente en qué consistía el proyecto de reforma de Suárez. Por ejemplo, el diario “Córdoba” dijo que se trataba de “modificar una Constitución abierta, sin necesidad de que sea dinamitado el edificio del Estado” (10 de setiembre de 1976).

En realidad, se trataba de ir de un fraude a otro fraude, al que Suárez llamó “Ley para la Reforma Política”, la octava de las leyes fundamentales redactada por el franquismo, aprobada por las Cortes franquistas en noviembre de 1976. La ley reconocía la continuidad del régimen franquista: “Sólo incardinando en el orden político vigente puede [la reforma] encontrar fuente y base para su legítimo planteamiento”.

Con la “Ley para la Reforma Política” las Cortes franquistas se autodisolvieron, convocando elecciones legislativas para el 15 de junio de 1977. No fueron, pues, unas elecciones a Cortes constituyentes. A causa de ello, el PCE manifestó inicialmente su oposición.

Pero sin un proceso constituyente no puede aprobarse constitución. Sin embargo, como consecuencia de otro fraude más a los electores, posteriormente se reconvirtieron en constituyentes y redactaron una Constitución.

En las elecciones del 15 de junio no pudieron participar ninguno de los partidos que no aceptaron la monarquía fascista y todo el proceso, incluidas las elecciones, fueron dirigidas desde los aparatos del Estado conforme a los planes que el franquismo había elaborado de antemano.

Entre ellos, a Suárez le prepararon una coalición denominada “Unión de Centro Democrático” que jugó con las cartas marcadas.

Las Cortes resultantes de aquellas elecciones fraudulentas, convertidas en constituyentes, aprobaron la Constitución.

Felipe González afirmó que, si por Suárez hubiera sido, no se hubiera redactado la Constitución. A finales de los setenta a Suárez se le llevaban los demonios cuando la oposición le hablaba de Cortes Constituyentes, no por lo que ello representaba de desmontar el régimen franquista y restaurar la democracia, sino por el miedo de que la Constitución discutiera el hecho monárquico, pues ésta era, obviamente, una de las razones fundamentales por la que el Rey le había elegido. En una reunión a la que acudieron Suárez, Gutiérrez Mellado y González, éste les aseguraba que su partido plantearía una moción republicana testimonial pero que votarían finalmente a favor de la monarquía.

El 3 de marzo de 1979, Adolfo Suárez ganaba por segunda vez unas elecciones generales, e iniciaba su tercer mandato como presidente del Gobierno.

En 1981 Suárez dimitió de su cargo de presidente del Gobierno y también como presidente de UCD. Calvo Sotelo le sucedió al frente del gobierno hasta 1982, momento en el que, después de un intento de golpe de Estado, al frente del PSOE Felipe González ganó las elecciones.

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Memoria Histórica

Aparece la mayor fosa común de la guerra con presos antifascistas fugados de la cárcel

22 de mayo de 1938. Fuerte de San Cristóbal (Navarra). 795 presos republicanos protagonizan la mayor fuga penitenciaria de la historia de España. Tan solo tres consiguieron cruzar la frontera y llegar a Francia. En cambio, 211 fallecieron en el intento. Ahora, casi ochenta años después, las autoridades navarras han encontrado una fosa común de los presos que cayeron en la evasión. Esta misma semana comenzarán los trabajos de exhumación.

El número de personas cuyos restos se encuentran en la fosa aún no ha podido ser determinado. Los trabajos de localización llevados a cabo por la Sociedad de Ciencias Aranzadi comenzaron este lunes gracias a las indicaciones de un testigo que aún era un niño cuando tuvieron lugar los hechos.

Por ello, el Gobierno foral ha subrayado la importancia de que testigos, como el que ayudó a hallar este enterramiento, notifiquen sus testimonios con el fin de proporcionar la información necesaria para descubrir nuevas fosas y, así, dar respuesta a las reclamaciones de verdad y reparación de los allegados de víctimas de la represión de 1936.

La fosa en la que se encuentran los restos de los presos asesinados tras la huida en 1938, ha sido hallada en el Concejo de Burutain. La fuga de la antigua prisión, situada en el monte de Ezkaba (Pamplona) a pesar de haber sido organizada solo por unos pocos de los prisioneros fue una de las mayores evasiones europeas.

De los 2.500 presos 795 huyeron ese día de la prisión. Muchos pensaron que la guerra había terminado y se dirigieron directamente a la estación de Pamplona, donde fueron inmediatamente detenidos, para volver a sus casas.

Más de 200 hombres fueron tiroteados durante la persecución y 14 fueron condenados a muerte. Sólo tres consiguieron viajar los casi 50 kilómetros que les alejaban de Francia y recuperar la libertad, según consta en el Cuaderno de Registro de 795 fugados que realizó un funcionario de la prisión.

Los presos que llegaron a Francia admitieron, años más tarde, que no estaban suficientemente preparados para la fuga, pero que el hambre y las malas condiciones en la prisión los empujó a huir. El director de prisión y el administrador fueron juzgados por vender de contrabando la comida en lugar de alimentar a los presos.

El antiguo centro penitenciario a 15 kilómetros de Pamplona permanece cerrado al público aunque esporádicamente hayan sido autorizadas visitas de asociaciones de víctimas del franquismo. Desde 2001, la fortaleza militar está reconocida como bien de interés cultural.

Más información:
— Exhumados los restos de cinco presos fugados del Fuerte de San Cistóbal durante la guerra civil

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Memoria Histórica

García Oliver: impresiones del viaje de un anarquista por la URSS

[Oslo, 15 de setiembre de 1940] El cónsul de la Unión Soviética me indicó que mi solicitud de visado de tránsito no se tramitaba en el consulado, sino que la atendía personalmente la embajadora de los Soviets en Suecia, la camarada Alejandra Kollontai.

La embajada estaba en el mismo edificio, y se ascendía a ella por una amplia escalinata. Al final de la escalinata me estaba esperando una señora de porte distinguido y cabello canoso. Era Kollontai […]

Era una mujer inteligente, de sólida cultura. No hizo ninguna alusión a mi filiación anarquista. Solamente me dijo que le era muy grato saludar al que fue miembro del gobierno de la República española y al gran luchador revolucionario que yo había sido.

— Tengo el encargo –me dijo- de mi gobierno de saludarle y, por tratarse de un largo viaje a través de la Unión Soviética, expresarle la seguridad de que, en caso de cualquier situación conflictiva que se le pueda presentar los amigos estarán siempre dispuestos a ayudarle […]

Me pidió el pasaporte para ordenar que le extendieran el visado de tránsito. Como disponía del diplomático y del Främlingpass, le pregunté cuál sería preferible.

— Cualquiera de los dos; la Unión Soviética todavía reconoce a la República española. Sin embargo –dijo- acaso le convenga más el Främlingpass… Pero le visaremos los dos y usted use el que más le guste […]

— Vea usted camarada, tengo el encargo de interesarme por sus asuntos. Así que me dispensará si le pregunto cómo piensa salir de la Unión Soviética. En fin, para qué quiere usted el visado de tránsito.

— Tengo pensado ir a Vladivostock donde, al parecer, puede embarcarse para América.

— Ese es el asunto. Desde Vladivostock todos los que van a América, del norte o del sur, se dirigen al Japón, donde hay línea de vapores para todo el mundo. Pero usted camarada, creo que no debe correr el riesgo de ir al Japón, de donde podrían conceder su extradición a la España de Franco.

— Si no es por el Japón Fru Kollontai –le dije– ¿por dónde podría ir a América desde Vladivostock?

— Preste atención. El gobierno soviético tiene un contrato con algunos barcos de la Johnson’s Line, una compañía sueca […] Pero el contrato que tenemos con ella obliga a la Johnson’s Line a no admitir pasajeros, excepto los que autoriza el gobierno soviético […] Puede decirle usted que está autorizado por el gobierno soviético y que, en caso de duda, me hablen por teléfono.

— Veo que los amigos a que usted se refirió han pensado en todo. ¿Sabía usted que, en tanto que anarquista, me he opuesto a los comunistas en España?

— De usted, camarada Oliver, lo sabemos todo. Y es usted bienvenido entre nosotros. Que tenga buen viaje –me dijo al tiempo que me entregaba los dos pasaportes visados.

— Muchas gracias Fru Kollontai, a usted y al gobierno soviético […]

[Moscú, 19 de setiembre]

Desayuné y sali a la calle. Estuve tentado de preguntar si a un viajero en tránsito, como yo, le estaba permitido deambular por las calles. ¡Había oido y leído tanto sobre lo pemitido o no en la URSS! Me decidí a salir sin pedir la opinión de nadie.

Nadie me detuvo, nadie me preguntó a dónde iba, nadie me siguió. Estaba palpando cuán exageradas eran la noticias que circulaban sobre la vida en la Unión Soviética. El gobierno soviético sabía de mi llegada a Moscú y no me lo daba a entender. Ninguna insinuación de amistosa vigilancia ni de oficiosa benevolencia. Nada, como si yo no existiese. Los sovieticos sabían ser discretos.

Llegué a la Plaza Roja, con las murallas del Kremlin a la derecha, la tumba de Lenin casi en el centro y al fondo una bonita Iglesia de torres coronadas de cúpulas como cebollas.

La venstisca era molesta y no formé en la cola, ya larga, de visitantes de la tumba de Lenin. Anduve por varias calles y avenidas […]

— Me dijeron en Intourist que saldrían esta noche en el Transiberiano, rumbo a Vladivostock. Le deseo muy bien viaje. Ahora vamos por la calle Pedro Kropotkin un señor muy bueno para sus siervos, a los que repartió sus tierras antes de la revolución de octubre. Por eso se le recuerda con cariño […]

Pronto llegaron los otros pasajeros que ocuparían el compartimento. Eran tres militares, dos oficiales y un cabo. Después supe que pertenecían a la guarnición de Vladivostock. Cambiamos saludos y se sentaron. Se comportaban entre sí con verdadera camaradería. Sólo hablaban ruso: mi viaje prometía ser de lo más aburrido.

El tren se puso en marcha […] Sí pude observar que en cada estación se levanta sobre una base un busto de Stalin […]

[Vladivostock, 28 de setiembre]

Nos fuimos hacia el puerto. No pudimos penetrar en él. No era un puerto abierto y libre. Estaba amurallado, con muros de unos tres metros de altura. Donde llegamos había dos puertas, una muy grande y otra chiquita. Un papelito pegado decía en ruso: Prohibido pasar sin autorización de Inflota […]

No tenía más remedio que recurrir a las grandes resoluciones. Y me acordé de lo que dijera Kollontai: los amigos me ayudarían. Tenía que jugar aquella carta. No sabía a qué amigos se refería la camarada embajadora, ni cómo entrar en contacto con ellos. Pero seguro que existían. Kollontai no me lo dijo en respuesta a algo que yo le pidiera sino espontáneamente, como si se tratase de un ofrecimiento […]

Regresé aprisa al hotel, entré en la oficina de Intourist y al encargado de atender a los viajeros le dije:

— ¿Es usted el jefe de Intourist en Vladivostock?

— No, no lo soy, pero estoy facultado para atender a los viajeros

— Lo sé. Sin embargo, me urge muchísimo hablar con el jefe […]

Pasó como un cuarto de hora. El empleado me avisó de que el jefe me recibiría […]

Quería entrar en contacto con el capitán del buque antes de que zarpase.

— Comprendo muy bien su problema. Pero vea usted que no somos nosotros quienes lo hemos creado. Ni aquí ni en cualquier otra ciudad del mundo habría tiempo suficiente para resolverlo, de manera que usted, fulminantemente, lograse salir a las tres de la tarde.

Me miró como queriendo decir que nada especial podía hacer por mí. Insistí. Saqué del bolsillo el pasaporte diplomático de la República española, del que no había hecho todavía uso. Entregándoselo, le dije:

— Cuando en Estocolmo Alejandra Kollontai, la embajadora soviética, me lo entregó, me dijo que si me ocurriese cualquier contrariedad, podía estar seguro de que los amigos me ayudarían. Pues bien, eso es lo que deseo: que me ayuden los amigos.

Al escuchar el nombre de la señora Kollontai, el jefe de Intourist hizo una ligera inclinación de cabeza y se puso a leer el pasaporte. Cuando lo hubo hecho, me miró como si yo no fuese ya el viajero de Främlingpass, el apátrida.

— ¡Pasaporte diplomático de la República española! Me siento honrado de tenerle aquí. Espero que podamos resolver sus problemas.

Hizo por lo menos cinco llamadas telefónicas. Cuando terminó me dijo:

— Por nuestra parte todo resuelto favorablemente. Lo llevaremos enseguida con el capitán del barco para que pueda arreglarse con él. ¿Tiene usted el equipaje listo?

— Si, lo tengo listo. Se trata solamente de una maleta

— Tenemos dos automóviles para el servicio de los viajeros. Pero están fuera del hotel. Nos queda solamente un camión de carga ¿No tendrá inconveniente en ir montado junto al chófer?

— Ningún inconveniente.

— Pues recoja su equipaje. Lo acompañarán dos miembros de la seguridad. En mi nombre en el todas las autoridades de esta población, ¡que tenga usted buen viaje!

— Muchas gracias, a usted y a las autoridades soviéticas. Nunca olvidaré que, desde la camarada Alejandra Kollontai hasta usted, he gozado de la protección de los amigos […]

Llegamos a la puerta de entrada al puerto. El oficial de guardia no permitía que se diera un paso más adelante. Había recibido la orden de hacerse cargo de mí y de conducirme hasta el jefe de Inflota. Además, no quería permitir que me acopañasen los dos miembros de la seguridad. Era evidente que se trata de un problema de prerrogativas entre dos autoridades opuestas.

En Inflota me recibió el almirante en jefe del puerto militar de Vladivostock. Era la más perfecta estampa de oficial de la Marina que hubiesen deseado los productores cinematográficos norteamericanos. Cordialmente me estrechó la mano y me dijo en francés:

— He recibido órdenes de hacer todo lo posible para dejarle a bordo del barco sueco. He enviado a mi ayudante a buscar al capitán del Margaret Torden […]

La milicia del barco aseguró que velaría por mí hasta que zarpara el barco, y los miembros de la seguridad de Intourist y del puerto se fueron los cuatro, satisfechos de no tener responsabilidades.

Para mis adentros me dije que ni Stalin podría salir clandestinamente de la Unión Soviética. Tenía que reconocer que las autoridades soviéticas, los amigos, habían sabido hacer las cosas. No me perdieron de vista ni un minuto desde el aeropuerto de Vilna hasta Vladivostock. Sabían quién era yo y a dónde iba, pero nunca se mostraron. Nada pedí, nada me dieron. Pero cuando solicité su ayuda, fui tratado no como un ex ministro de la República española sino como un ministro en funciones. Comprendí que quedaba en deuda con aquellas gentes. También me di cuenta de la amenaza que se cernía sobre todo el país, apretado entre el Japón y Alemania como por un enorme cascanueces. Después me enteré de que no dejaban penetrar en el puerto a los viajeros: los llevaban fuera del puerto y eran conducidos en barca a los buques. Al permitirme entrar en el puerto y recorrerlo, me habían dado muestras de confianza que merecían defensa por mi parte cuando les alcanzase la tormenta.

Los muelles del puerto de Vladivostock estaban llenos de grandes cajas de madera con letras que indicaban que procedían de Estados Unidos. En una gran explanada del puerto se veían simétricamente alineados aviones de combate americanos, todavía con funda verde olivo que les serviría de protección. Maquinaria, equipos, aviones. Vi que la guerra se acercaba a la Unión Soviética. Estaba tan cerca que acaso me agarrase en el mar. Favor por favor. Si la URSS entraba en guerra, la defendería.

Juan García Oliver, El eco de los pasos, Ruedo Ibérico, Barcelona, 1978, pgs.537 y stes.

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Memoria Histórica

Juan Carlos pactó en secreto los términos de la Marcha Verde con Hassan II

En 2017 la CIA subió a internet casi un millón de documentos desclasificados que contienen parte de la historia de la central en los últimos 25 años. Son más de 12 millones de páginas de información. Unas 12.500 entradas mencionan a España y contienen informes de estrategia y cables diplomáticos secretos que reflejan la política de Estados Unidos sobre la transición, el rey Juan Carlos y la historia del país hasta los años noventa. Estos documentos se han ido desclasificando regularmente desde 1999 y algunos eran conocidos. Pero para consultarlos había que acudir físicamente al Archivo Nacional en Washington.

Los documentos desclasificados arrojan luz sobre algunos de los episodios más significativos de la historia reciente de España, desde las presiones que recibió Felipe González para no celebrar el referéndum de la OTAN hasta el futuro de Gibraltar o de Adolfo Suárez. Pero si hay un nombre que se repite con asiduidad en las 12 millones de páginas ahora públicas es el del rey emérito Juan Carlos I. Las últimas revelaciones apuntan al papel que el monarca jugó en un acontecimiento decisivo: la Marcha Verde, movimiento en el que España perdió el territorio del Sáhara, que quedó ocupado por Marruecos y Mauritania.

Los hechos tuvieron lugar entre el 6 y 9 de noviembre de 1975. El príncipe Juan Carlos asumía en funciones la jefatura de Estado ante la enfermedad de Franco y las reivindicaciones que llegaban desde el Sáhara requerían la intervención de la máxima autoridad: el rey Hassan II de Marruecos había diseñado una invasión sobre el territorio -y que pretendía su anexión a su país- a la que bautizó con el nombre de la Marcha Verde. “Se hará cuanto sea necesario para que nuestro Ejército conserve intacto su prestigio y su honor”, afirmó el príncipe Juan Carlos en una visita a El Aaiún en vísperas de los acontecimientos.

Pero los papeles de la CIA detallan que el papel del rey emérito no se limitó a mediar para resolver un conflicto que terminó con la retirada del Sáhara del ejército español. Al menos, eso le confesó el príncipe Juan Carlos al embajador de Estados Unidos, Wells Stabller: “Madrid y Rabat han acordado que los manifestantes sólo entrarán unas pocas millas en el Sáhara español y que permanecerán un corto periodo de tiempo en la frontera, donde ya no hay tropas españolas”.

El informe de la central de inteligencia continúa con más detalles de los pactos secretos para celebrar la Marcha Verde: “El príncipe [Juan Carlos] ha añadido que una delegación representativa de unos 50 marroquíes tendrán permitido entrar en la capital territorial de El Aaiún”.

El documento está fechado el 6 de noviembre de 1975, el mismo día en el que comenzó la invasión. “La zona en la que no está prevista que caminen los manifestantes está claramente marcada como campos de minas. Juan Carlos dijo que las fuerzas españolas usarán cualquier medio a su disposición para evitar que los marroquíes crucen esa línea”.

“Una vez que los manifestantes crucen la frontera, la situación puede descontrolarse fácilmente”, esgrime el documento, incluido en el Boletín de Inteligencia Nacional, que también habla de los movimientos del Frente Polisario. “Algunos de sus miembros están en el área que ya han abandonado las tropas españolas”, detalla. “Casi con total seguridad intentarán atacar a los manifestantes”.