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Un punto de vista viciado sobre el golpe de Estado en Turquía

Las reflexiones que se van publicando sobre el golpe de Estado en Turquía se centran en la personalidad de Erdogan al que, naturalmente, presentan como un dictador, una especie de nuevo sultán que quiere reeditar las glorias perdidas del Imperio Otomano. A partir de ahora, la figura de Erdogan va a pasar a la primera plana de los portavoces del imperialismo.La impresión que quieren transmitir es que el golpe de Estado lo ha dado el propio Erdogan, que no es la víctima sino el victimario de la asonada.

A ello va unida la equidistancia de moda, “ni Erdogan ni los golpistas”, lo que oculta la importancia del antagonismo mutuo entre unos y otros, es decir, infravalora la trascendencia del golpe de Estado que, según dan a entender, no va a cambiar nada.

Este tipo de conclusiones pasa por encima de los hechos que tratan de explicar y sobre todo de las causas que ha conducido a ellos, es decir, el grado de antagonismo al que han llegado las contradicciones en Oriente Medio y cuáles son esas contradicciones (internas e internacionales).

Poner en primer plano a Erdogan es una muestra de idealismo histórico que conduce a eliminar uno de los términos de la ecuación en la que está inmersa Turquía y todo Oriente Medio, el imperialismo, todo ello después de cinco años de una salvaje guerra en las mismas fronteras del país.

Al mismo punto conducen todos esos artículos en los que parece que la población de Turquía se compone sólo de kurdos y que a partir de ahora a los kurdos les espera algo distinto a lo que ya han padecido desde hace muchos años.

Lo mismo que los golpistas, el AKP, los islamistas turcos y Erdogan no sólo son los mismos que antes del golpe de Estado sino que son los mismos que antes de llegar al gobierno en 2002. Exactamente los mismos. “Sólo” ha cambiado la situación interna e internacional.

Las depuraciones tampoco son una novedad. El gobierno de Erdogan no ha iniciado ahora una purga a gran escala de los aparatos del Estado (y de la prensa) sino que la viene implementado desde 2002, lo cual debe tener un significado preciso, a saber, que quiere -siempre ha querido- cambiar la dirección del Estado y que para ello había que cambiar el Estado mismo.

En una tradición viciada que procede de hace 60 años, es decir, de la liquidación del movimiento comunista internacional, ese tipo problemas ni se plantean siquiera porque el revisionismo cree que llegar al gobierno es llegar al poder, lo cual es un error que conduce a otro: analizar la situación política desde el punto de vista de un gobierno, una parte, y no desde el del Estado, el todo.

A partir de ahí los errores se encadenan. Los votos, por más que aúpen a un movimiento al gobierno, no son suficientes para cambiar una correlación de fuerzas; no son la causa sino la consecuencia del cambio en la correlación de fuerzas.

Para entenderlo bastará poner un ejemplo. Los imperialistas (como Obama, el Pantágono o el Fondo Monetario Internacional) no votan pero son parte del poder en un Estado burgués cualquiera. Se trata de componentes muy importantes que, como digo, no se cambian sólo con elecciones.

Como consecuencia de la crisis, en todo el mundo ese tipo de componentes, a los que antes se llamaba “poderes fácticos”, son cada vez más influyentes, lo mismo que los militares de los que, en las épocas recientes, nadie habla siquiera.

Por una serie de motivos, en Turquía esos “poderes fácticos” también tienen un protagonismo creciente y se concentran en el ejército que, a pesar del nacionalismo kemalista, es un apéndice de la OTAN. Asegurar que el reciente golpe de Estado contra Erdogan ha sido instigado por la OTAN no es ninguna novedad: todos los que se han producido desde 1960 han tenido ese mismo origen en el imperialismo, lo cual también debería desatar algunas preguntas porque si en Turquía el Estado y el poder son el ejército, y no el gobierno, ¿de dónde viene la necesidad de tantos golpes de Estado? Evidentemente de la existencia de antagonismos entre Turquía y el imperialismo, de la imposibilidad de resolverlos, ni acabar siquiera con ellos, así como de su desarrollo e intensificación.

El hecho de que en 2002 unos proscritos dentro de los aparatos del Estado de Turquía, los islamistas, ganaran las elecciones invirtió la situación, poniendo a los militares a la defensiva y, tras ellos, a la OTAN  y a los imperialistas.

La Primavera Árabe y la guerra de Siria han velado estas contradicciones que, por lo demás, no son diferentes de las que se han puesto de manifiesto en otros países, como por ejemplo en Latinoamérica, sin ir más lejos, lo cual es una constatación de que Lenin tenía razón cuando previno que bajo el imperialismo se agudizaban todas las contradicciones.

De la misma manera que las contradicciones, el golpe de Estado en Turquía no es ninguna ficción, ni es un autogolpe. No habría más que preguntárselo a los miles detenidos que están en la cárcel y a los que van a entrar en ella en un futuro inmediato, entre los cuales habrá numerosos revolucionarios e independentistas.

Lo mismo que otros países a los que el imperialismo ha conducido a un callejón sin salida, los islamistas turcos también han puesto sus ojos en Rusia, lo que ha empezado a desatar la típica campaña en los medios imperialistas que, en lo sucesivo, también se intensificará. Se ha iniciado con las críticas al plan de restauración de la pena de muerte y seguirá con la represión contra los kurdos.

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Estados Unidos está detrás del golpe de Estado en Turquía

El general Ismail Hakki Pekin, antiguo jefe de la oficina de inteligencia del Estado Mayor turco, acaba de confirmar esta mañana que es la inteligencia estadounidense la que ha orquestado el golpe de Estado en Turquía contra el gobierno de Erdogan (1).El general turco, que actualmente es adjunto a la presidencia del partido turco Vatan, asegura que, a la vista de la organización del golpe, Estados Unidos conocía los detalles del mismo.

“La organización nunca se hubiera atrevido a desencadenar el golpe de Estado sin informar a Estados Unidos. Considero que los servicios especiales americanos etán detrás de esta tentativa”, ha asegurado.

Según Hakki Pekin, la reacción de Estados Unidos a lo que estaba pasando en Turquía fue tardía. “El autor del mapa de remodelación para Turquía, Ralph Peters, declaró que era la última oportunidad para Turquía y que el golpe de Estado debía triunfar para que el país no se transformara en un Estado islámico”.

Al fracasar la tentativa, no se han vuelto a realizar declaraciones de ese tipo, la última de las cuales procedió de Obama, ha añadido el general.

El general asegura que antes del golpe había varios indicios de una próxima intentona procedentes de organizaciones internacionales, centros extranjeros de análisis y la prensa. A pesar de ello, las fuerzas armadas no reaccionaron adecuadamente.

“El hecho de que fuera inminente una tentativa de golpe de Estado no dejaba lugar dudas. Se esperaba al Consejo Militar, esa gente debía ser destituida y las listas ya estaban preparadas. Creo que lo desencadenaron porque sabían que no se presentaría una segunda oportunidad”, apunta el general turco.

A esta noticia se añade otra, también difundida hace unos minutos a la cadena de televisión CNN Turk por el ministro turco de Justicia, Bekir Bozdag, acerca de la detención por parte de la policía de Ankara de los pilotos que derribaron al avión ruso hace ocho meses (2).

(1) http://fr.sputniknews.com/international/201607181026788104-turquie-tentative-coup-etat/
(2) https://fr.sputniknews.com/international/201607191026800018-turquie-avion-abattu-pilote-mort-russie/

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El delirio militarista se apodera del Departamento de Estado

En el curso de las pasadas décadas, el Departamento de Estado de Estados Unidos ha sufrido un deterioro, pasando de ser una sede profesional de diplomacia y realismo a ser una guarida de guerreros de sofá, poseídos de delirios imperiales, un fenómeno peligroso subrayado por el reciente “desacuerdo” masivo a favor de eliminar a más gente en Siria.

Cincuenta y un “diplomáticos” del Departamento de Estado firmaron un memorándum distribuido a través del canal oficial “discrepante”, pidiendo golpes militares contra el gobierno sirio de Bashar Al-Assad, cuyas fuerzas dirigen la contraofensiva contra los extremistas islamistas que persiguen el control de esta importante nación de Oriente Medio.

El hecho de que un contingente tan amplio de funcionarios del Departamento de Estado abogue abiertamente por una guerra expansiva, en línea con los planes de los neoconservadores (planes que colocan a Siria en una lista de objetivos desde hace dos décadas), es un símbolo revelador de la locura que afecta al Departamento de Estado.

Este Departamento parece ahora una combinación de convencidos neocons e intervencionistas liberales, junto a algunos “trepas” que comprueban que lo inteligente es comportarse con el resto del mundo como procónsules mundiales, dictando soluciones o buscando “cambios de régimen”, en vez de comportarse como diplomáticos que tratan a los extranjeros respetuosamente en busca de compromisos sinceros.

Incluso algunos funcionarios que conozco personalmente y que no son “per se” halcones neoliberales, actúan como si hubieran bebido algún brebaje. Hablan con dureza y se comportan de forma arrogante hacia los habitantes de países bajo su supervisión. Los extranjeros son tratados como objetos estúpidos que pueden ser coaccionados o sobornados.

Por ello, no es del todo sorprendente que bastantes docenas de “diplomáticos” de Estados Unidos ataquen la posición más templada del presidente Obama sobre Siria, mientras se colocan a sí mismos y toman posiciones proclives, anticipándose a un gobierno bajo Hillary Clinton, de la que se espera que autorice una invasión ilegal de Siria, bajo la tapadera de establecer “zonas de exclusión aérea” y “zonas de seguridad”, lo que significa la masacre de jóvenes soldados sirios. Los “diplomáticos” muestran su disposición al “uso de armas aéreas y de largo alcance”.

El deseo de estos halcones de nuevas guerras es tan intenso que no calculan el riesgo de un conflicto directo con Rusia, quitando levemente importancia a esta posibilidad de choque con una potencia nuclear diciendo que “no son partidarios de una pendiente resbaladiza que acabe en un enfrentamiento militar con Rusia”. Algo que reconforta de veras…

Abrir el camino a una victoria yihadista

Existe también el peligro de que una intervención directa norteamericana colapse al Ejército sirio, despejando el camino a una victoria del Frente Al-Nosra, de Al-Qaeda, o del Califato Islámico. El memorándum no clarifica el delicado equilibrio entre hacer a Siria el daño suficiente, evitar una victoria total de los yihadistas y evitar un choque con Rusia.

Presumiblemente, cualesquiera que sean los líos producidos, el ejército estadounidense se quedaría solo para arreglarlos, asumiendo que abatir algunos aviones de guerra rusos y matar a personal militar ruso no supondría una escalada hacia una conflagración termonuclear.

En resumen, parece que el Departamento de Estado se ha convertido en un manicomio colectivo dirigido por sus internos. Pero esta locura no es una aberración a corto plazo que pueda ser fácilmente revertida. Lleva en marcha largo tiempo, y podría requerir una limpieza desde los cimientos hasta el tejado del cuerpo “diplomático” para restaurar al Departamento de Estado a su papel tradicional de evitar guerras en vez de exigirlas.

Aunque siempre han existido locos en el Departamento de Estado, normalmente entre las filas de los más veteranos, el fenómeno de una locura institucional ha tenido lugar en las últimas décadas. Y yo he visto ese cambio.

He cubierto la política exterior estadounidense desde los últimos 70, cuando había mucha más cordura en el cuerpo diplomático. Había gente como Robert White y Patricia Derian (ambos ya fallecidos), que luchaban por la justicia y los derechos humanos, representando a lo mejor de Estados Unidos.

Pero el descenso del Departamento a ser un núcleo de poco más que bien vestidos y bien hablados matones, que apoyan la hegemonía USA, comenzó con el gobierno de Reagan. El presidente Ronald Reagan y su equipo tenían un odio patológico hacia los movimientos sociales de los países centroamericanos que buscaban la libertad de sus opresivas oligarquías y sus brutales fuerzas de seguridad.

Durante la década de los años 80, los diplomáticos norteamericanos con integridad fueron marginados de forma sistemática, acosados o destituidos. La coordinadora de Derechos Humanos Derian cesó al final del gobierno de Carter y fue sustituida por el neoconservador Elliot Abrams; White fue despedido del puesto de embajador norteamericano en El Salvador, explicando que “rechacé una petición del secretario de Estado Alexander M. Haig Jr. para que yo usara los canales oficiales para tapar la responsabilidad del ejército salvadoreño en los asesinatos de las cuatro monjas norteamericanas”.

El ascenso de los neoconservadores

A medida que los profesionales de la vieja guardia iban abandonando, una nueva camada de neoconservadores agresivos entró, como Paul Wolfowitz, Robert McFarlane, Robert Kagan y Abrams. Tras ocho años de Reagan y cuatro años de George H.W. Bush, el Departamento de Estado fue reformado en un hogar de neocons, pero algunos rasgos de profesionalidad aún aguantaban los ataques.

Aunque se pudiera haber esperado que los demócratas del gobierno Clinton hubieran revertido estas tendencias, no lo hicieron. Por el contrario, la “triangulación” de Bill Clinton se aplicó a la política exterior estadounidense tanto como a los programas interiores. Siempre se buscaba el “medio” políticamente seguro.

A medida que avanzaban los 90, la aniquilación de expertos en política exterior del tipo de White y Derian dejó a muy pocos en el bando demócrata que tuvieran la suficiente valentía y habilidades para desafiar a los neocons atrincherados. Muchos demócratas de la era de Clinton se acomodaron al dominio neocon reinventándose a sí mismos como “intervencionistas liberales”, compartiendo el amor de los neocons por la fuerza militar, pero justificando las matanzas en motivos “humanitarios”.

Este enfoque era la forma de los “liberales” de protegerse a sí mismos contra acusaciones de la derecha de “debilidad”, una acusación que ha marcado profundamente a los demócratas durante los años de Reagan y Bush, pero esta postura de “chicos duros” marginó a los diplomáticos serios que favorecían el tradicional toma y daca con los dirigentes extranjeros y sus pueblos.

Así teníamos a demócratas como la entonces embajadora en las Naciones Unidas (y más tarde secretaria de Estado) Madeleine Albright justificando las brutales sanciones de Bill Clinton contra Irak, a las que las Naciones Unidas culparon de la muerte de 500.000 niños iraquíes, y considerando que “fue una elección muy difícil, pero pensamos que el precio valió la pena”.

Los ocho años de “triangulación” de Clinton que incluyó la brutal guerra aérea contra Serbia, fue continuada por ocho años de George W. Bush que acomodaron aún más a los neocons en el entorno de la política exterior estadounidense. Por entonces, lo que quedaba de los viejos republicanos “realistas”, como Henry Kissinger y Brent Scowcroft, estaban envejecidos o estaban tan íntimamente comprometidos que los neocons no tuvieron una oposición significante dentro de los círculos republicanos. Los funcionarios demócratas en política exterior se han hecho indistinguibles de los neocons, excepto en su uso de argumentos “humanitarios” para justificar guerras de agresión.

La capitulación de los medios de comunicación

Antes de la invasión de Irak por parte de Bush, gran parte del “establishment” de los medios liberales (desde el New York Times al New Yorker) se puso de forma unánime del lado de la guerra, planteando pocas cuestiones difíciles y no presentando casi ningún obstáculo. “Favorecer” la guerra se convirtió en la postura cómoda.

Pero emergió un naciente movimiento antiguerra entre los demócratas de base, impulsando a Barack Obama, un demócrata contrario a la guerra de Irak, a la nominación presidencial en 2008, por encima de una Hillary Clinton que apoyaba la guerra. Pero estos sentimientos pacíficos sobre la “base” demócrata no alcanzaron de forma intensa a los expertos demócratas en política exterior.

Cuando Obama entra en la Casa Blanca, se encuentra con un difícil desafío. El Departamento de Estado necesita una profunda purga de neocons y halcones liberales, pero había pocos expertos demócratas que no se hubieran pasado a los neocons. Toda una generación de políticos demócratas se había educado en un mundo controlado por los neocons en seminarios, reuniones, cumbres y “think tanks”, en donde un estilo verbal duro sonaba bien, mientras que el que hablaba de la diplomacia tradicional sonaba blando.

Por el contrario, la mayoría del ejército e incluso la CIA favorecían enfoques mundiales menos beligerantes, en parte porque habían combatido una “guerra mundial contra el terror”, de Bush, sin ningún futuro. Pero unos altos mandos elegidos por Bush y proclives a los neocons, como el general David Petraeus, seguían en su sitio e impulsaban las guerras tanto en Irak como en Afganistán.

Obama hizo entonces una de las más funestas decisiones de su presidencia. En vez de limpiar la casa en el Pentágono y el Departamento de Estado, escuchó a algunos consejeros, y mantuvo en su sitio a los dirigentes militares de Bush, incluyendo a Robert Gates como Secretario de Defensa, y llegó a nombrar a la agresiva Hillary Clinton como Secretaria de Estado. En otras palabras, Obama no solo no tomó el control del aparato de política exterior, sino que reforzó el poder de los neocons y de los halcones liberales. Dejó a ese poderoso bloque de Clinton-Gates-Petraeus conducirle a un temerario brote de “contrainsurgencia” en Afganistán, que lo único que consiguió fue más de 1.000 muertos entre los soldados norteamericanos junto a muchos más afganos.

También permitió a Clinton sabotear su intento de compromiso con Irán en 2010, que buscaba limitaciones a su programa nuclear, y también sucumbió a su presión en 2011 para invadir Libia, bajo el falso pretexto de establecer una zona de exclusión aérea para proteger civiles, que se convirtió en un desastroso “cambio de régimen”, calificado por Obama como su mayor error de política exterior.

La guerra contra Siria

Obama resistió a los llamamientos de Clinton a favor de otra intervención militar en Siria, aunque autorizó algún apoyo militar limitado a los supuestamente “moderados” rebeldes, y permitió a Arabia saudí, Qatar y Turquía dar mucho más apoyo a los yihadistas relacionados con Al-Qaeda e incluso con el Califato Islámico.

Bajo la secretaria Clinton, el bloque neocon-liberal consolidó su control del cuerpo diplomático en el Departamento de Estado. Bajo la dominación neocon, el Departamento de Estado se movía desde un “grupo de pensamiento” a otro. Sin aprender nada de la guerra de Irak, la conformidad se siguió aplicando hacia Libia, Siria Afganistán, Ucrania, Rusia, China, Venezuela, etc., etc.

En todos los lugares la meta era la misma: imponer la hegemonía USA para obligar a los dirigentes locales a plegarse a los dictados estadounidenses, llevándoles hacia las soluciones propias del “libre mercado” neoliberal, que fueron asimiladas con “democracia” aunque la mayoría de la población de los países afectados estaba en desacuerdo.

La ambigüedad en el lenguaje y en el pensamiento reemplazó a las políticas realistas. “Las comunicaciones estratégicas”, es decir, el uso agresivo de la propaganda para impulsar los intereses norteamericanos, era la consigna. “El poder inteligente”, la aplicación de sanciones financieras, amenaza de detenciones, golpes militares de corto alcance y otras formas de intimidación, fue otra.

Cada episodio de propaganda, tales como el ataque con gas sarín en Siria en 2013, o el derribo del Vuelo 17 de Malaysia Airlines sobre el este de Ucrania, fueron manipulados a fondo para poner a los adversarios a la defensiva, aunque los análisis de la inteligencia norteamericana dudaron de que las pruebas apoyaran las acusaciones.

La mentira en los más altos niveles del gobierno, pero especialmente entre los funcionarios veteranos del Departamento de Estado, se hizo epidémico. Tal vez algo peor, los “diplomáticos” parecían creerse su propia propaganda. Mientras, el grueso de los medios informativos estadounidenses experimentaban una caída en la órbita de la dominación neocon y el “trepe” en lo profesional, eliminando importantes noticias que controvertían las falsedades oficiales.

Victoria Nulland: ha nacido una estrella

La nueva estrella del Departamento de Estado, a la que se supone un apoyo de alto nivel por parte del presidente Clinton, es la neocon asistente a la Secretaría de Estado para Asuntos Europeos, Victoria Nulland, quien organizó el golpe de 2014 en Ucrania, derribando a un presidente electo con simpatías en Rusia y reemplazándole con un nacionalista de la línea dura, que lanzó violentos ataques militares contra la etnia rusa en el este que se resistió al golpe.

Cuando Rusia vino en ayuda de estos ciudadanos ucranianos enfrentados, lo que incluía aceptar la petición de Crimea para volver a Rusia, el Departamento de Estado y los mass media norteamericanos hablaron con una sola voz, lamentando la “invasión rusa”, y apoyando las maniobras militares de la OTAN en las mismísimas fronteras rusas para detener la “agresión rusa”.

Cualquiera que ose cuestionar este enfoque, que hunde al mundo en una peligrosa nueva Guerra Fría, se ve calificado como “apologista del Kremlin” o como “secuaz de Moscú”, lo mismo que los escépticos sobre la guerra de Irak eran despreciados como “apologistas de Saddam”. Virtualmente todas las figuras importantes del Washington oficial marchan en formación cerrada hacia guerras y más guerras (Victoria Nulland está casada con Robert Kagan, lo que les hace una de las parejas del poder supremo en Washington).

Este es el contexto de la última rebelión del Departamento de Estado contra las políticas más templadas de Obama en Siria. Con vistas a una probable presidencia de Hillary Clinton, estos 51 “diplomáticos” han firmado una “disconformidad”, que aboga por bombardear al ejército sirio para proteger a los rebeldes “moderados” que, en la medida en que existen, luchan principalmente bajo el paraguas del Frente Al Nosra de Al Qaeda, y sus cercanos aliados, Ahrar Al Sham.

El embrollo de esta “discrepancia” es que bombardeando al ejército sirio, el gobierno de Estados Unidos puede aumentar el poder de los rebeldes, y supuestamente obligar a Assad a negociar su propia sustitución. Pero no hay motivos para pensar que este plan pudiera funcionar.

A principios de 2014, cuando los rebeldes ostentaban una posición relativamente fuerte, Estados Unidos organizó una conferencia de paz dominada por los rebeldes que hicieron de la marcha de Assad una precondición y excluía la presencia de los aliados iraníes de Siria. No sorprendentemente, los representantes de Assad se fueron a casa y las conversaciones fracasaron. Ahora, mientras Assad mantiene una postura relativamente fuerte, respaldada por la potencia aérea de Rusia y las fuerzas de tierra iraníes, los diplomáticos “discrepantes” dicen que la paz es imposible, porque los rebeldes no están en condiciones de producir la salida de Assad. De esta forma, los “discrepantes” recomiendan que Estados Unidos aumente su papel en la guerra para aupar de nuevo a los rebeldes, pero esto solo significaría más exigencias maximalistas de los rebeldes.

La locura continuará y se hará aún más peligrosa

Esta proposición de una guerra más amplia acarrearía algunos graves riesgos, incluyendo la posibilidad de que el ejército sirio colapsara, abriendo las puertas de Damasco al Frente Al-Nosra de Al Qaeda y a sus aliados, o al Califato Islámico, un escenario que, como indica el New York Times, “el escrito no trata”.

Actualmente, el Califato Islámico, y en menor grado el Frente Al-Nosra, están en retirada, atacados por el ejército sirio y la fuerza aérea rusa, y por algunas fuerzas kurdas con apoyo norteamericano. Pero estas ganancias pueden ser fácilmente perdidas. También existe el riesgo de encender una guerra más amplia con Irán y/o Rusia.

Pero tales riesgos no son nuevos para los halcones neocons y liberales. Tienen esquemas ideados que pueden sonar bien en la conferencia de un think tank o en un artículo, pero fracasan ante la cruda verdad cuando normalmente los soldados norteamericanos se suponen que van a arreglar los problemas.

Hemos visto salir mal a las buenas intenciones en Irak, Afganistán, Libia, Ucrania e incluso en Siria, en donde la aquiescencia de Obama en proporcionar armas y entrenar a los denominados “unicornios”, los difíciles de detectar rebeldes “moderados”, contempló a esos combatientes y a sus armas absorbidos en las filas de Al Qaeda o del Califato Islámico.

Sin embargo, los halcones que controlan el Departamento de Estado, y que persiguen activamente la presidencia de Hillary Clinton nunca abandonarán estas locas ideas hasta que se haga un esfuerzo concertado que evalúe todos los fracasos que han causado a la política exterior de Estados Unidos.

Mientras esa evaluación no se haga, mientras el presidente de Estados Unidos no domine a estos belicistas, la locura continuará y se hará aún más peligrosa.

Robert Parry https://consortiumnews.com/2016/06/17/the-state-departments-collective-madness/

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Cooperación naval de Estados Unidos e India contra China

Estados Unidos e India intensifican su colaboración naval contra China en los Océanos Índico y Pacífico. En junio ambos países planean llevar a cabo maniobras navales conjuntas de guerra antisubmarina (ASW, Anti-Submarine Warfare) con el nombre clave de “Maniobras Malabar” en el Mar de China Meridional.

Este tipo de ejercicios es la base de la construcción de una relación duradera entre las dos flotas, que esperan desarrollar una ASW compartida.

Se abre así una nueva etapa en los esfuerzos estadounidenses por hacer de India un Estado de primera línea en sus preparativos de guerra contra China y sus esfuerzos para cercarla estratégicamente, algo que Washington califica con el eufemismo de “cabeza de puente hacia Asia”.

Estados Unidos ha lanzado varias provocaciones en el Mar de China Meridional bajo el pretexto de la “libertad de navegación”. Al mismo tiempo en el Mar de China oriental Japón afirma su reivindicación de las islas Senkaku y Diaoyu, anexionadas por Japón tras la guerra chino-japonesa de 1894-1895.

India invitó recientemente a Japón, el aliado estratégico más importante de Estados Unidos en Asia, a convertirse en el tercer miembro permanente de las maniobras anuales “Malabar”. Japón, pues, se unirá en junio a estos ejercicios y ha desplegado de forma repetida su flota para enfrentarse a los navíos chinos cerca de las islas Senkaku y Diaoyu.

Continuando la “asociación estratégica general” indo-americana forjada por su predecesor, el Partido del Congreso, el gobierno indio dirigido desde hace dos años por el Bharatiya Janata Party (BJP) ha incrementado de forma considerable su cooperación militar y estratégica con Washington. Ha hecho suya literalmente la línea estadounidense en el Mar de China Meridional, tachando a China de agresora y amenaza para la “libertad de los mares”, mientras que es Estados Unidos quien busca un acceso ilimitado a las aguas cercanas a China continental para sus buques de guerra. Nueva Delhi también ha aumentado su cooperación estratégica militar bilateral y trilateral de manera significativa con Estados Unidos y otros aliados claves de Washington en el Pacífico y Océano Indico: Japón y Australia.

Un objetivo estratégico clave de Estados Unidos, en su búsqueda de alianzas militares cada vez más estrechas con Japón, Australia e India, es preparar la imposición de un bloqueo naval contra China en la eventualidad de una crisis bélica. Tomando el control de los “puntos de estrangulamiento” en el Océano Indico y en el Pacífico, los estrategas del Pentágono calculan que pueden impedir el acceso a China de las vías marítimas por las que pasa el petróleo y otras materas primas que sostienen su economía.

Ante la posibilidad de ver cortados sus accesos en el Índico, China ha decidido aumentar su presencia naval, incluyendo el despliegue de submarinos. Esto ha causado pánico en India, que considera vital para la realización de sus ambiciones de gran potencia el desempeño de un papel creciente como “policía” del Océano Índico.

India, que está ahora extendiendo masivamente su flota, ha tomado medidas para hacer frente a los crecientes intereses económicos de China en diferentes países del Océano Índico. En 2015 ayudó a Estados Unidos a preparar la expulsión del presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapaksa, considerado muy cercano a China. India igualmente intenta desde hace años intimidar a las pequeñas Islas Maldivas para que se comprometan con una política extranjera exclusivamente pro-India.

El Pentágono busca formar patrullas navales conjuntas con India en el Índico y en el Pacífico. El mes pasado Nueva Delhi y Washington anunciaron la firma de un protocolo de intercambio logístico. Esto proporcionaría a Estados Unidos acceso a los puertos y bases militares indias para el aprovisionamiento, la reparación y el descanso. Supondrá inevitablemente el establecimiento de militares estadounidenses en India.

Estados Unidos busca también arrastrar a India a su estrategia depredadora gracias a asociaciones de desarrollo y coproducción de sistemas de armas avanzadas, como la tecnología de portaaviones.

Washington explota la preocupación india por la creciente presencia naval de China en el Índico. Los indios han detectado submarinos chinos a una media de cuatro por trimestre. Algunos se han visto cerca de Andaman y Nicobar, islas indias en las proximidades del estrecho de Malaca, en la entrada del Mar de China Meridional, por donde pasa más del 80 por ciento de los suministros de carburante para China.

Washington ha logrado atraer a India a una colaboración militar más estrecha en la región Asia-Pacífico. El interés de la Marina india es extenderse hacia el este en el Índico, y el hecho de llegar hasta el Pacífico para las maniobras es una indicación de ello.

Estados Unidos ha transformado la política india de “Mirar hacia el Este” en un “Actuar en el Este”, una intervención más agresiva en esta región al servicio de las ambiciones geopolíticas de India. Obama y el secretario de Defensa Ashton Carter han esgrimido muchas veces la “convergencia” de la política de “Actuar en el Este” y la cabeza de puente estadounidense “hacia Asia” y han prometido ayuda estadounidense para que India vaya en esa nueva orientación.

Nueva Delhi no quería ser visto como un aliado declarado de Estados Unidos contra China ya que no quiere mostrar hostilidad hacia su vecino. Pero el aumento de la presencia china en el Océano Índico da la oportunidad a Washington de presentar a Pekín como el agresor y lleva así a Nueva Delhi a una alianza más estrecha. “Si vemos a China ser más agresiva en el Océano Índico”, han declarado en el Pentágono, “ello podría ayudar a cristalizar la política india hacia China y favorecer la relación con Estados Unidos”.

Los políticos indios critican las estrechas relaciones entre China y Pakistán, rival histórico de India, argumentando que había que contrarrestarlas mediante una relación sólida con los vecinos marítimos de China como Vietnam, Japón y Filipinas. Para ello proponen intensificar los ejercicios militares con Estados Unidos, Japón, Australia e Indonesia en el mar de China meridional y el Océano Indico.

India ha cambiado de estrategia. Antiguos oficiales de la Marina india apoyan la asociación naval de su país con Estados Unidos. Ahora el gobierno del BJP y las instituciones militares y de defensa india están a favor de una sólida mano tendida a Estados Unidos, porque es la única forma de mantener el equilibrio de fuerzas.

Australia tiene voluntad también de colaborar con India y Estados Unidos en el refuerzo de la capacidad bélica submarina y de vigilancia en el océano Índico. Australia acaba de encargar doce nuevos submarinos y podría unirse a la AWS protagonizada por Estados Unidos. Probablemente veamos un reparto compartido de las responsabilidades en el Océano Índico entre estos tres países, con un potencial de compartir instalaciones.

China ha reaccionado con prudencia ante las conversaciones indo-estadounidenses de colaboración en la guerra antisubmarina. Pero cualesquiera que sean las esperanzas de China, las actuaciones agresivas del imperialismo estadounidense para desarrollar relaciones militares con India, incluyendo la guerra antisubmarina, agravarán aún más las tensiones geopolíticas en la región indo-pacífica, y el peligro de guerra total entre potencias nucleares.

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El imperialismo cambia su política ‘antidrogas’

Ahora mismo la ONU está reunida para replantear la política antidrogas en el mundo entero y, para calentar el ambiente, el mes pasado la revista científica “The Lancet”, una de esas a la que siempre acompaña la etiqueta de “prestigiosa”, lanzó un extenso informe para pedir que cese la represión del comercio de drogas.Pocos temas hay más apasionantes que el de las drogas, que se ha simplificado hasta el punto de hablar de “la droga”, en singular, aunque tiene aspectos políticos, económicos, culturales, médicos… todo en el mismo paquete.

A pesar de la complejidad, en pocos asuntos se ha simplificado más que en éste, hasta el punto de convertirlo en una caricatura. Ha sido la única manera de encubrir lo más esencial, a saber, que hace un siglo el imperialismo convirtió a determinadas drogas en un instrumento de dominación política.

Ciertamente el consumo de drogas ya existía; siempre existió. También el colonialismo británico había convertido al opio en un medio de sometimiento de China, pero fue Estados Unidos quien incorporó las drogas a su arsenal de una forma sistemática.

Las drogas están prohibidas en el mundo por imposición de Estados Unidos. La política “antidrogas” de Estados Unidos es la política mundial. El cine lo ha retratado mil veces porque hace 100 años entre las drogas se contaba al alcohol. Nadie como Estados Unidos para decir -e imponer- al mundo lo que es bueno para nuestra salud, lo que debemos consumir y lo que no.

Según “The Lancet” lo que hace 100 años se justificó por razones de salud, ahora ya no lo es tanto, con lo cual ya no podemos saber ni siquiera a qué llaman “salud” algunas revistas científicas. Con sus giros copernicanos los médicos nos llenan de preguntas: ¿a qué llaman “drogas”?, ¿en qué se diferencia una droga de un medicamento o de un alimento?, ¿quién hace esa diferencia y por qué?, ¿tiene eso algún carácter científico o es sólo ideológico, político y económico?, ¿están los médicos al servicio del comercio de drogas?

Este tipo de asuntos son otro filón de reflexiones. Se me ocurre una comparación con el tabaco y creo que dentro de otros 100 años es posible que nuestros nietos sean víctimas de otra campaña “científica” por parte de “The Lancet” y la ONU a favor del tabaco porque es beneficioso para la salud. Al tiempo.

Nada me parece más estupendo que la ciencia rectifique sus errores. Si las drogas no son tan malas para la salud quiere decir que los médicos nos han estado engañando durante 100 años, lo cual no es tan sorprendente como parece. No es la primera vez que ocurre.

Pero aquí hay muy poca ciencia y que “The Lancet” se introduzca en un terreno tan pantanoso es significativo. Las drogas no sólo alucinan a quienes las consumen. También los médicos de “The Lancet”, como tantos otros, científicos o no, parecen haberse metido una buena sobredosis de tontería: que algunas drogas estén prohibidas formalmente no significa que el imperialismo haya pretendido erradicar nunca el tráfico y el consumo de drogas en el mundo.

Muy al contrario, como los hechos ponen de manifiesto: en su forma actual, las drogas son una creación del imperialismo, que las ha difundido, justificado, promovido y financiado hasta alcanzar la cota actual, es decir, hasta convertirlas en la subcultura que hoy son en las grandes metrópolis imperialistas.

Dicho con otras palabras: hace 100 años el imperialismo prohibió las drogas para difundirlas por todo el mundo en la forma en la que hoy se difunden, es decir, ilegalmente, porque hasta donde llega el último alijo de drogas, llega el imperialismo.

El avispado lector apreciará que las drogas no son nada diferente del yihadismo y otros instrumentos del imperialismo, que es capaz de crear sus propios enemigos como Don Quijote creó gigantes para luchar contra ellos y alcanzar una gloria imperecedera. Alucinaba.

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Stratfor advierte del estallido de una nueva guerra mundial

George Friedman, fundador de la empresa de inteligencia Stratfor, asociada a la CIA, ha destacado la posibilidad de que estalle una nueva guerra mundial en Europa y en el Pacífico. Las contradicciones del actual “sistema de relaciones internacionales” pueden ser la fuente de nuevos e irresolubles conflictos.

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Estados Unidos busca enfrentar a la India con China

El jefe del mando norteamericano en el Pacífico, almirante Harry Harris, ha pronunciado en Nueva Delhi un discurso provocador, en el que ha expuesto las “nuevas etapas” de la agenda estratégica que Washington reserva para la India. Afirmando estar “un poco maravillado… por las oportunidades” ofrecidas “por una asociación estratégica con India”, Harris dijo que preveía que las flotas india y norteamericana patrullarían conjuntamente en los océanos Indico y Pacífico, en un “futuro muy próximo”.

Exhortó a la India a entablar un “diálogo” a cuatro bandas sobre la seguridad, con Estados Unidos y sus aliados militares más próximos en la región, Japón y Australia. Posteriormente, Harris propuso que el ejercicio naval trilateral anual indo-norteamericano-japonés establecido recientemente tuviera lugar a lo largo de las costas norte y este de las Filipinas, en el borde del mar de la China meridional, región disputada, en donde Estados Unidos anima a sus aliados a hacer valer sus reivindicaciones territoriales contra China.

En resumen, Harris ha exhortado a India a convertirse en un “Estado de primera línea” en la campaña de los Estados Unidos para aislar estratégicamente, rodear y desencadenar una guerra contra China.

Los estrategas imperialistas presentan a la India como un “dividendo estratégico”. Los esfuerzos para reclutar a India en el programa depredador mundial del imperialismo norteamericano mediante una mezcla de amenazas y de incitaciones envenenadas se han visto considerablemente reforzados desde el anuncio por parte del gobierno de Obama en 2011 de su campaña anti-china.

El Pentágono codicia a la India por múltiples motivos. Es la segunda “economía emergente” mayor del mundo. Dispone de un enorme ejército, dotado de armas nucleares y una flota de alta mar en rápida expansión. Desde el punto de vista geoestratégico, domina el subcontinente indio, proporcionando una potencial base de operaciones para proyectar el poder imperialista en una gran parte de Eurasia, incluyendo la vecina China, el Medio Oriente y un Asia central ricos en energía.

Además, India penetra en el Océano Índico, ofreciendo fácil acceso a toda la mitad norte del mismo, el cual, como ha destacado un reciente estudio patrocinado por el Naval War College estadeounidense, ha “remplazado al Atlántico Norte como arteria central del comercio mundial”.

Los estrategas del imperialismo consideran el dominio del Océano Índico algo esencial para su hegemonía mundial. En primer lugar porque está en el núcleo de los planes estadounidenses para imponer un bloqueo económico de China mediante “cuellos de botella” marítimos estratégicos en caso de guerra o de crisis bélica. Pero también porque el Océano Índico es lugar de tránsito clave para las operaciones militares estadounidenses en Medio Oriente y en África oriental.

Con sus ambiciones de gran potencia, la burguesía india ha basculado cada vez más decididamente del lado de Washington, a pesar de la emergencia de Estados Unidos como potencia incendiaria que batalla guerras ilegales y viola cuando le parece la soberanía nacional. El gobierno, dirigido por el Partido del Congreso que ha gobernado India desde 2004 a 2014, ha llevado a término una “asociación estratégica global” con Washington, contribuyendo a legitimar sus esfuerzos para aislar e intimidar a Irán, y desarrollar rápidamente los lazos entre el ejército indio y el Pentágono, mediante la compra de armas entre otros medios.

En los 22 meses en que Narendra Modi y su partido supremacista hindú, el Bharatiya Janata Party (BJP), constituyeron el gobierno de la India, Nueva Delhi se ha integrado de forma cada vez mayor en la ofensiva estratégica de Washington contra China.

Al igual que Washington, ha calificado a China de agresor en el mar de la China meridional, aun siendo los Estados Unidos quienes, en nombre de la “libertad de navegación”, se arrogan el derecho de patrullar a lo largo de las costas chinas, instalando una fuerza naval capaz de apoderarse rápidamente del estrecho de Malaca y de otros pasos estratégicos.

Ha aumentado la cooperación de seguridad y militar bilateral y trilateral, mediante maniobras militares y la planificación estratégica con Estados Unidos, Japón y Australia.

Ha colaborado a través del Asia meridional en la lucha contra la influencia china, incluyendo la operación de cambio de régimen de enero de 2015 en Sri Lanka, remplazando a Mahinda Rajapaksa por un presidente dispuesto a cortar los lazos de Colombo con Pequín y lanzando un “diálogo” de seguridad con Washington.

El discurso de Harris en Nueva Delhi tenía por fin incrementar las sospechas y exacerbar las tensiones en India y China, para atar mejor a Nueva Delhi a la agenda estratégica de los Estados Unidos, parte de una incesante campaña para obligar a China a renunciar a toda contestación de la hegemonía mundial norteamericana.

Antes de la pasada semana, Harris ordenó a un grupo portaviones de ataque penetrar en el Mar de China meridional.

Esta semana, Estados Unidos y Corea del Sur iniciaron las mayores maniobras militares de guerra en la península coreana, y lo hicieron según un nuevo plan operativo que prevé ataques preventivos a Corea del norte y su invasión hasta la frontera china.

Dos días ha necesitado el ministro indio de Defensa, Manohar Parrikar, para responder al discurso de Harris, lo que indica que el gobierno del BJP se ha visto sorprendido por la presentación pública del almirante de las exigencias de Washington hacia India. Parrikar ha rechazado la sugerencia de que India  iba a organizar patrullas navales conjuntas con Estados Unidos, pero dejando una puerta abierta a tal posibilidad en el futuro.

El BJP ha anulado ya la decisión tomada por el anterior gobierno, y apoyada por el sistema militar y de seguridad indio, de rechazar tres acuerdos estimados “fundamentales” para el Pentágono de actuación conjunta de los ejércitos extranjeros. Fueron rechazados basándose en que suponían una amenaza a la soberanía y la seguridad de la India.

Según algunos artículos de prensa, el Secretario norteamericano de Defensa, Ashton Carter, que se desplazará a India en los próximos meses, firmará al menos uno de estos acuerdos sobre Apoyo Logístico, que da al ejército norteamericano un acceso sistemático a los puertos y bases navales indias, incluyendo suministros. La importancia de este acuerdo se ve subrayada por el comentario de un alto funcionario indio, que declaró el pasado diciembre que el único inconveniente de esto era “que sucedería en caso de guerra”.

La naciente alianza estratégico-militar entre el imperialismo norteamericano y la burguesía india constituye una enorme amenaza para las masas de Asia del sur y del mundo. Washington se apoya en Nueva Delhi para continuar la colisión con una China que posee armas nucleares, una política que, deliberadamente o por un error de cálculo, amenaza con encender una guerra mundial.

La burguesía india, por su parte, emplea el poder diplomático, militar y geopolítico creciente que obtiene de su papel de socio menor de Washington, a fin de seguir su antiguo objetivo de imponerse como una potencia hegemónica regional en Asia meridional. Dirigida por el BJP, India afirma sus intereses de forma agresiva frente a todos sus vecinos, como la construcción de nuevas instalaciones militares a lo largo de la frontera en disputa con Pakistán. Los mandos del ejército en la región de Cachemira han recibido las órdenes de ser más agresivos. El pasado año se produjeron en la frontera entre India y Pakistán, rival que también posee armas nucleares, los peores enfrentamientos en más de una década.

Pakistán ha advertido repetidamente que el abrazo estratégico norteamericano a la India había perturbado el equilibrio de fuerzas en Asia meridional, alimentando una carrera de armamentos, advertencias que Estados Unidos ha ignorado. Las advertencias se han hecho más intensas desde hace un año, con motivo del refuerzo de la alianza indo-americana y de los esfuerzos de Modi para intimidar a Pakistán. En el aspecto militar, Pakistán ha reaccionado anunciando el despliegue de armas nucleares tácticas, y en el aspecto político buscando una relación más estrecha con China.

Conscientes de que Estados Unidos tiene intención de reclutar a India contra China, Pekín ha buscado evitar desde hace mucho tiempo criticar a la India, intentando asociarse en sus iniciativas de transporte marítimo y terrestre en Eurasia. Pero ante el hecho de que Modi integra a India en la maniobra anti-China de Washington, Pekín se reorienta situando a Pakistán en el centro de sus planes para escapar a la estrategia de estrangulamiento de Estados Unidos. Han anunciado que invertirán 46.000 millones de dólares en un corredor económico pakistaní, que une el oeste de China con el puerto pakistaní de Gwadar, en el mar de Arabia.

Estados Unidos, que ha utilizado a la élite y al ejército pakistaní en sus maquinaciones geopolíticas durante las seis últimas décadas, no está dispuesto a ceder Pakistán a China. El eje entre los militares del Pentágono y los de Pakistán es una fuente constante de desconfianza y de fricciones entre Nueva Delhi y Washington.

La ofensiva estratégica de Washington contra China, y su voluntad de hacer de India el pilar sudoeste del montaje anti-chino tiene, sin embargo, una lógica geopolítica incendiaria: el conflicto chino-americano y el conflicto geopolítico reaccionario entre India y Pakistán se entrelazan cada vez más, añadiendo a ambos una nueva dimensión, altamente explosiva.

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La lucha por el reparto del Mar de China Meridional

En 1990 China se benefició del vacío estratégico creado en el Mar de China Meridional por el abandono por parte de Rusia de sus bases militares en Vietnam, así como como por el cierre de las bases estadounidenses en Filipinas, que mostraba el desplazamiento momentáneo de sus preocupaciones a Irak y Afganistán. El Mar de China Meridional forma parte del Océano Pacífico, abarcando un área de alrededor de 3,5 millones de kilómetros cuadrados que va del Estrecho de Malaca y Singapur al Estrecho de Taiwan. Tiene más de 250 pequeñas islas, atolones, cayos, arrecifes y bancos de arena, la mayoría de los cuales están deshabitados, incluso se inundan durante la marea alta o están sumergidos permanentemente.

La ley china de 1992 sobre el Mar Territorial aprovechó la Convención aprobada diez años antes por la ONU sobre el Derecho del Mar para concretar las regiones que China reclama como propias, que suponen el 80 por ciento de la superficie total del Mar de China Meridional. Son las nuevas fronteras de la Gran China, el viejo Imperio Central.

Para deslindar sus ambiciones los chinos han procedido como los gatos, marcando en su Mare Nostrum una la “línea de nueve puntos” que parte del norte de Filipinas, bordea la antigua colonia española, desciende hasta la isla de Borneo y vuelve a subir por la costa vietnamita.

Además de unos pedazos de tierra firme, la Convención sobre el Derecho del Mar otorga 200 millas marinas (370,4 kilómetros) a partir de la costa del país que resulte titular del territorio. Por ejemplo, las Islas Spratly, que están a unos 230 kilómetros de Filipinas y a más de 1.200 kilómetros de China, forman un centenar de islotes y arrecifes que apenas suman 5 kilómetros cuadrados pero reconocen derechos soberanos sobre una plataforma marina con una extensión superior a los 400.000 kilómetros cuadrados.

Por la zona transcurre un tercio del tráfico mundial marítimo, tres veces superior al del Canal de Suez y cinco veces al de Panamá. El Ministerio de Recursos Geológicos y Minería de China estima, además, que puede contener 17.700 millones de toneladas de petróleo (superiores a los 13.000 millones de toneladas de Kuwait). Sin embargo, científicos estadounidenses han estimado que la cantidad de crudo en 28.000 millones de barriles. Según la Agencia Internacional de Energía la verdadera riqueza de la zona podrían ser reservas de gas natural. Las estimaciones dicen que el área poseería alrededor de 25.000 billones de metros cúbicos de esta fuente de energía, la misma cantidad que las reservas probadas de Qatar.

Varios países de la región, además de China, reclaman las islas y archipiélagos de la región, lo que ha conducido a negar su histórica condición de Mare Nostrum de China que su nombre indica. Mientras Vietnam lo ha rebautizado como el “Mar Oriental”, Filipinas lo llama el “Mar de Filipinas Occidental”.

La escalada de tensión ha llegado a tal punto que la ASEAN aprobó en 1992 una declaración sobre la solución pacífica de las disputas en el Mar Meridional de China y en 2002 a un código de buena conducta.

China evita desplegar abiertamente sus buques de guerra para realizar incursiones en las aguas en disputa. Utiliza buques de sus líneas marítimas civiles, mostrando de ese modo la persistencia de su reclamación y poniendo a prueba la respuesta de los países afectados, lo que le concede un amplio grado de maniobra para escalar o desactivar la tensión sin mayores consecuencias a corto plazo. Pero en ocasiones también ha utilizado buques de guerra, junto al sobrevuelo de sus aviones en las zonas conflictivas.

Filipinas ha entrado en un callejón sin salida con China en el Arrecife Scarborough, que este país llama Isla Huangyan. Está situado a un poco más de 160 kilometros de Filipinas y a unos 500 kilómetros de China. Violando la soberanía de sus aguas, China ha estacionado varios buques no militares. También Filipinas en 2011 envió un buque de guerra al atolón, tras un enfrentamiento con navíos chinos.

La creciente tensión entre China y Filipinas por las reclamaciones territoriales se puso de manifiesto en 2012. La pugna alcanzó cotas preocupantes cuando China amenazó con represalias económicas, e incluso con menciones a la guerra. Suspendió el turismo hacia Filipinas, recomendando a sus ciudadanos no visitar el país vecino y reforzó la inspección de la fruta procedente de su territorio. China es el mayor comprador individual de plátanos de Filipinas.

Por su parte, en el Pacífico Washington se define a sí misma como una “potencia residente“, un término acuñado en 2008 por el entonces Secretario de Defensa, Robert Gates, en una reunión sobre seguridad celebrada en Singapur. Tres años después, en un foro sobre seguridad celebrado en Hanoi, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, declaró que para Estados Unidos los asuntos del mar en cuestión son de “interés nacional”.

En la región la superioridad militar de Estados Unidos se remonta a 1945 y sigue siendo indiscutible hoy: 6 de los portaaviones que dispone se encuentran ya en el Pacífico. Pero además de sus propias fuerzas, la estrategia de Estados Unidos se apoya sobre sus fieles aliados, que empiezan por Corea del sur, siguen con Japón, Taiwan y Filipinas, para acabar en Australia.

El carácter del Mar y del Pacífico, en general, es estratégico para Estados Unidos, por lo que sigue trasladando el grueso de sus fuerza militar, para disponer sobre el terreno del 60 por ciento de su fuerza naval desplegada permanentemente hacia 2020. La VII Flota ha relevado al portaviones Kitty Hawk por el más avanzado George Washington y el grupo de destructores ya está dotado con el sistema Aegis. Con la misma idea de golpear más allá del alcance de sus sistemas aeronavales, planea la entrada en servicio de 260 cazas F-35C (invisibles al radar), la ampliación del radio de acción de los F-18 (con depósitos adicionales) y dotarse de más aviones de guerra electrónica EA-18G, todo ello tras haber probado con éxito el aterrizaje autónomo en un portaviones del dron X-47B.

De esta manera Estados Unidos reconoce la creciente importancia del Extremo Oriente, no solo desde el punto de vista comercial. En la misma medida otras regiones (como Europa) pierden relevancia estratégica.

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China depura al ejército para ganar la guerra moderna

Desde que llegó al poder en 2012, el presidente chino Xi Jinping ha purgado a la dirección del Ejército Popular de Liberación (EPL), lanzando una reforma de las estructuras que estaban en vigor desde la creación de la República Popular China en 1949. Se trata de disponer de tropas operativas “capaces de ganar una guerra en la era de las tecnologías de la información”.

En una primera fase, Xi Jinping, quien por sus funciones está también a la cabeza de la potente Comisión Militar Central (CMC), ha atacado la corrupción hasta en los más altos escalones. Numerosos generales han sido detenidos y sustituidos por oficiales considerados cercanos al presidente chino.

A continuación se ha abierto otro frente: el de la transformación del Ejército Popular, acompañada de una reducción de efectivos de unos 300.000 hombres, con un control cada vez más estricto por parte de la Comisión Militar Central, que ha tomado a su cargo, desde el 1 de enero, “la administración general del Ejército Popular, de la Policía Armada Popular de China, de las milicias y de los reservistas”.

Tres nuevas formaciones se han creado en esta etapa, entre ellas un mando general para la sección terrestre del EPL, bajo el control directo de la CMC, una fuerza “de apoyo estratégico”, encargada del espacio, del ciberespacio, de la inteligencia, de la guerra electrónica y de las operaciones psicológicas, así como una “fuerza balística”.

Esta reforma del EPL contiene igualmente una refundición de las regiones militares del país, cuyo número se ha reducido de 7 a 5. La semana pasada, los comandantes de estos nuevos sectores (Norte, Sur, Este, Oeste y Centro) han recibido sus nombramientos de manos del presidente Jinping, a quien rendirán cuentas directamente. Estas regiones militares dispondrán de las capacidades necesarias para hacer frente a misiones particulares.

Por ejemplo, la del Oeste, que abarca principalmente la provincia de Xingjiang, mayoritariamente musulmana y cercana a los núcleos de amenazas de Asia central, teatro habitual de incidentes mortales, se centrará especialmente en el terrorismo, mientras que los sectores Este y Sur se concentrarán sobre los diferentes frentes marítimos de China meridional, en donde Pekín reclama la soberanía sobre varias islas.

“Los oficiales a cargo de los cinco teatros de operaciones se comprometen a establecer centros de mando de combate conjuntos, absolutamente leales, ingeniosos en los combates, eficaces en materia de mando, valerosos y capaces de vencer en la guerra”, informa el Diario del Pueblo, publicación del Partido Comunista de China. Para el Diario, esta reorganización es una “etapa histórica”, que permitirá a las regiones militares superar unos papeles “imprecisos” pasando a una “cadena de mando mas eficaz”. Para Song Zhongping, experto militar citado por el Global Times, esta reforma estructural del EPL está dirigida sobre todo a “reforzar la autoridad de la CMC evitando la formación de ‘capillas’ en el seno del ejército”.

Pronto la CMC contará con una nueva “comisión de disciplina y control”, cuya dirección podría confiarse al general Liu Yuan, amigo de la infancia de Xi Jinping. Su papel será el de inspeccionar los Estados Mayores, las unidades y las nuevas regiones militares.

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El fin del Pacto del Quincy

El 14 de febrero de 1945, a la vuelta de la cumbre de Yalta con Churchill y Stalin, Roosvelt se reunió con el jeque Abdulaziz Ben Abdel Rahman Al-Saud a bordo del acorazado “Quincy”, donde firmaron un acuerdo de 60 años de duración por el que el reino saudí garantizó el suministro petrolero y, a cambio, Washington le otorgó protección militar contra cualquier amenaza.

Digamos -de pasada- que, según cuentan las leyendas, en Yalta Stalin se había repartido el mundo con Churchill. Pues sólo unos pocos días días después este Pacto demostró todo lo contrario: no hubo tal reparto.

En el Quincy Roosvelt se entrevistó también con el rey Faruk de Egipto y con Haile Selasie de Etiopía, llamado El Negus, aunque su reunión más conocida fue con el jefe de la casa saud. No cabe ninguna duda: Estados Unidos, que en 1945 no tenía nada en Oriente Medio, lo quería todo para sí.

El Pacto del Quincy fue el típico acuerdo imperialista. La monarquía saudí concedió a las empresas americanas, dirigidas por la Aramco, el monopolio de la explotación de sus pozos de petróleo. A pesar de su nombre (Arabian American Oil Company) Aramco no era más que la Standard Oil (futura Exxon) del clan Rockefeller.

En 1947 Aramco abrió su capital a otras empresas, también americanas, como la Texaco o la Socony Vaccum (futura Mobil).

Los monopolios petroleros estadounidenses se apoderaron en exclusiva de la explotación de los pozos en una extensión de un millón y medio de kilómetros cuadrados de la Península Arábiga. En aquella época casi eran la mitad de las reservas de petróleo conocidas en todo el mundo.

Según el acuerdo, a los bolsillos de los sátrapas saudíes les correspondían entre 18 y 21 céntimos de dólar del precio de cada barril exportado, aunque con el paso del tiempo los árabes pretendieron una parte mayor del pastel, del capital de Aramco y de los réditos por barril.

A partir de 1972 los saudíes se quedaron con un 25 por ciento del capital de Aramco, para lo cual crearon la empresa Petromin.

En 1980 Aramco fue nacionalizada totalmente y cambió su nombre por el de Saudi Aramco. Los jeques tomaron el control total del petróleo, desde el pozo hasta el surtidor de la última gasolinera.

Para asegurar un precio bajo y estable al petróleo, en 1960 los jeques saudíes crearon la OPEP, la Organización de los Países Exportadores de Petróleo. Entonces el precio oscilaba entre 22 y 28 dólares y Aramco regulaba el mercado.

Durante décadas, el flujo en dólares fue espectacular. Arabia invertía en Estados Unidos y al revés.

El petróleo hizo más por Arabia que todas las prédicas de Mahoma pero, sobre todo, permitió a Estados Unidos desembarcar en Oriente Medio, ocupando el lugar que antes habían ocupado el Imperio Otomano y el Británico. Estados Unidos necesitaba a la autocracia saudí y ésta necesitaba a Estados Unidos.

El acuerdo firmado en Ginebra en 2013 con Irán para frenar la fabricación de armamento nuclear significa el fin del Pacto del Quincy porque a partir de ahora el pivot de Estados Unidos en Oriente Medio ya no es Arabia saudí.

Los fracasos en Afganistán, Irak y Libia han convencido a la Casa Blanca de que el dúo que forman Riad y Al-Qaeda no es fiable. Es posible que Oriente Medio, en su conjunto, ya no tenga la importancia que tuvo en otros tiempos para Estados Unidos.

La guerra de Yemen, la de Siria y la ruptura de relaciones con Irán, ponen a los jeques saudíes en una situación muy difícil y cada una de sus decisiones es un modelo de torpeza. El intercambio “petróleo por seguridad” se ha acabado para siempre.