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Fuego contra el fuego: el gran incendio de Australia

Ya escribí varios artículos científicos sobre la necesidad de que en Australia el suelo se mantenga limpio de arbustos, pero la gestión científica ha sido olvidada por los alarmistas del clima políticamente correctos que juegan con todo a su favor, incluidos los incendios forestales catastróficos provocados.

Antes de que los primeros barcos de “mundialistas” llegaran a Australia, los pueblos aborígenes tenían programas eficaces de prevención de incendios con muchos objetivos, incluido el uso de incendios pequeños para evitar los grandes. Durante decenas de miles de años, combatieron fuego con fuego para reducir la probabilidad de grandes incendios forestales incontrolados.

Rhys Jones ha descrito su técnica como “agricultura de fogatas”. Según Hallam, los pueblos aborígenes dedicaron hasta el 30 por ciento de su tiempo al control de incendios, y sus esfuerzos fueron recompensados por una simbiosis perfecta entre las poblaciones y su entorno.

Luego llegaron los primeros barcos de “mundialistas” y con ellos la creciente incapacidad para gestionar el monte australiano. Gran parte del bosque australiano no es denso, sino compuesto de muchos arbustos y arbustos leñosos de diverso grosor, generalmente muy secos, especialmente durante el verano, en su mayoría sin hierba, a menudo eucaliptos, que son extremadamente inflamables.

El aceite de eucalipto de las hojas es altamente inflamable. El aceite de eucalipto, la hojarasca y la corteza pelada pueden producir una tormenta de fuego aterradora durante el clima seco y ventoso. Si no se maneja, el combustible arbustivo, se acumula para producir condiciones extremadamente peligrosas que eventualmente terminarán en incendios forestales catastróficos.

Lamentablemente, en Australia se hace muy poco ahora para prevenir los incendios forestales. Si bien ha habido quemas preventivas insignificantes y se ha reducido la limpieza de las áreas públicas, a los ciudadanos también se les ha impedido limpiar su propia tierra y las reservas cercanas, con normas  de imposible cumplimiento.

Por ejemplo, los ciudadanos que viven en el campo no están autorizados a limpiar su parcela de tierra al construir su casa, ya que se les exige plantar un nuevo árbol nativo por cada árbol removido en la misma tierra, sin importar que la extensión sea muy pequeña, pasando por un permiso de planificación largo y costosas autorizaciones.

Tampoco pueden deshacerse fácilmente de las grandes ramas y la biomasa a granel, ya que los ayuntamientos recolectan solo un pequeño contenedor verde para hojas y en pequeñas pasadas dos veces al mes, y la quema de biomasa está prohibida.

En las llamadas reservas nativas o bosques, nadie puede quitar las ramas caídas, cortar el césped o realizar ninguna limpieza, ya que el entorno es “intocable”; la acumulación de combustible a lo largo de los líndes de las propiedades también es un problema.

Como la quema preventiva de las grandes áreas se ha reducido drásticamente, la posibilidad de que se inicien incendios forestales desde los alrededores y se trasladen a áreas habitadas, o viceversa, es muy alta durante la estación seca y calurosa.

El arbusto australiano no puede dejarse como está sin ningún tipo de gestión. Si parte de la biomasa no se recolecta ni se quema, entonces el arbusto se quemará, y el cambio climático no tiene nada que ver con esto, sin importar lo que digan las noticias falsas locales y globales o la “mafia en alquiler”.

La biomasa australiana es un problema, pero también una oportunidad. Las personas inteligentes podrían haber desarrollado técnicas para producir combustibles, calor o electricidad recolectando biomasa, y evitar la quema catastrófica con una técnica adicional para la quema preventiva organizada y eficaz. La limpieza de arbustos es esencial cerca de las casas, donde la otro alternativa falla.

Las políticas de reducción de combustibles no deben ser obstruidas por los mundialistas que juegan al “cambio climático” para apuntar a nuevos órdenes mundiales y políticos malos que  buscan venganza por las elecciones perdidas. Aunque más molinos de viento y paneles solares no ayuden, limpiar el arbusto es una necesidad para evitar los incendios forestales.

Si bien la cobertura de los medios locales y mundiales carece de “precedentes», y de manera similar el número de pirómanos tampoco tiene “precedentes”, la reducción de combustible perdido y la mistificación de la realidad, es poco probable que el número de muertos por incendios forestales de esta temporada carezca de “precedentes”. Durante los incendios forestales victorianos del Sábado Negro de 2009, 180 personas murieron bajo los gobiernos federales y locales del partido laborista.

https://principia-scientific.org/the-insane-true-cause-of-australias-bush-fires/

Eucalipto australiano

Más información:
— ‘Los arbustos deben arder’: la milenaria técnica que proponen los aborígenes australianos para controlar el fuego

Se congelan más de 500 kilómetros del río Amarillo a causa de la caída de las temperaturas

Es posible que los lectores sólo tengan noticias sobre deshielos y descongelamientos por lo que ya saben: las temperaturas del planeta no paran subir una día tras otro.Las fotos de nevadas son ocasionales y las de los congelados sólo aparecen en las pescaderías.

Por eso traemos hasta aquí las imágenes tomadas el viernes pasado del congelamiento del río Amarillo (Huang He en chino) en la ciudad de Bayan Nur, en Mongolia Interior, al norte de China.

El río se ha congelado en un tramo de más de 500 kilómetros debido a las bajas temperaturas, adoptando la apariencia de un gigantesco glaciar.

Los departamentos de meteorología e hidrología de las regiones que atraviesa el río han tomado precauciones contra las inundaciones debidas a los atascos de hielo y a las fallas de las represas, dijo Qiao Jianzhong, de la Oficina de Asuntos Hídricos del Distrito de Linhe, en la ciudad de Bayan Nur.

El río Amarillo tiene 5.464 kilómetros de longitud. Es el segundo más largo de China y su sección en Mongolia Interior es una sexta parte de la longitud total del río.

Hace dos años otra imponente caída de las temperaturas en la provincia de Shanxi, al noroeste de China, congeló la catarata de Hukou, que es la mayor que hay en este río.

Hace años que en invierno Hukou se llena de turistas y fotógrafos para contemplar las enormes moles de hielo, aunque los medios sólo las publican cuando en primavera se produce el deshielo.

El río Amarillo ha sido muy importante en la historia de China porque en sus orillas se asientan ciudades, como Pekín, la capital, que tiene 18 millones de habitantes, o Tianjin, que tiene 10 millones.

En su cauce hay 7,5 millones de hectáreas de tierras cultivadas, 15 centrales hidroeléctricas, yacimientos petrolíferos e industrias. Históricamente las inundaciones fueron dramáticas y no se acabaron hasta que la Revolución de 1949 tomó medidas. Lo mismo ocurrió con las sequías, por lo que la cuenca sigue sometida a un estricto control hidrológico en la actualidad.

Nada menos que 40.000 funcionarios forman parte de la Comisión de Protección del río, encargada de reducir la contaminación de las aguas.

La inundación de 1938 está considerada como el mayor desastre ambiental de la historia. Ocurrió en medio de la Segunda Guerra contra Japón, cuando el ejército nacionalista del Kuomintang voló los diques del río e inundó deliberadamente 50.000 kilómetros cuadrados de tierra para detener el avance del ejército japonés.

Las cataratas de Hukou congeladas hace dos años

El 2 de enero la Estación Summit alcanzó la temperatura más baja jamás registrada en Groenlandia

Otra información que no oirán en ningún telediario: a las 11:13 horas de la noche del 2 de enero, la Estación Summit de Groenlandia alcanzó la temperatura más baja jamás registrada en la isla: -66 grados centígrados.La lectura es provisional y aún debe ser reconocida por el DMI.

La Estación Summit es un centro de investigación que funciona durante todo el año. Está situada en una cima a unos 3.200 metros de altitud sobre el nivel del mar.

Sus mediciones no están lejos de ser las más bajas jamás registradas en el hemisferio norte, que se obtuvieron en 1933 en Oymyakon, en la Unión Soviética, alcanzando -67,7 grados centígrados.

La historia de los aviones que en la Segunda Guerra Mundial quedaron sepultados por el hielo de Groenlandia

En 1940, después de que los nazis invadieran Francia, Estados Unidos transportó cientos de aviones a Inglaterra a través de la “Snowball Route” (Ruta de la Bola de Nieve), una serie de bases secretas ubicadas en Terranova, Groenlandia e Islandia.

En 1942 un escuadrón de 8 aviones no llegó a su destino porque, en pleno mes de julio, una tormenta les obligó a aterrizar en el sudeste de Groenlandia. Las tripulaciones fueron rescatadas, pero los intentos de localizar los aviones fracasaron. Los glaciares los habían trasladado varios kilómetros, cada vez más enterrados en el hielo.

Medio sigo después lograron localizar a uno de los aviones y en 2018 a otro, que había permanecido enterrado bajo más de 90 metros de hielo. En consecuencia, Groenlandia había acumulado hielo a un ritmo superior a un metro por año.

Otra conclusión es también obvia: en la segunda mitad del siglo pasado la capa de hielo había aumentado, lo cual contradice las monsergas que soportamos a diario.

El espesor de la capa de hielo que cubre Groenlandia no depende tanto de la temperatura como de la nieve que caiga, es decir, de fenómenos de tipo meteorológico, entre otros motivos porque se conoce la temperatura en Groenlandia de los últimos 60.000 años y casi nunca estuvieron por encima de los -28 grados centígrados.

Con unas temperaturas tan por debajo del punto de deshielo, es prácticamente imposible que dicho se fenómeno se pueda producir, o por decirlo con otras palabras: si en Groenlandia se reduce la capa de hielo no será a causa de la temperatura.

De 1989 a 1992 la Fundación Europea de Ciencia llevó a cabo el proyecto GRIP bajo la dirección de los científicos W. Dansgaard (danés) y H. Oeschger (suizo). Consistía en tomar muestras de hielo de Groenlandia hasta una profundidad superior a los 3.000 metros.

Las muestras son un indicador indirecto de las temperaturas en los últimos 60.000 años y de ellas se deducen conclusiones muy sorprendentes que se pueden ilustrar en el gráfico GISP2, que muestra los últimos 10.000 años.

La primera es que en Groenlandia las temperaturas cambian muy notablemente (hasta 10 grados centígrados) y muy rápidamente (en decenas de años).

Otra son los ciclos climáticos, uno de los cuales lleva el nombre D/O (por Dansgaard y Oeschger). Se trata de un ciclo corto de 1.500 a 4.500 años. El otro es más largo, del orden de 5.000 a 10.000 años.

Una tercera es que, en comparación con años precedentes, lo que cabe decir de la Groenlandia actual es que hace mucho más frío que en épocas precedentes.

Una cuarta observación que cabe apuntar es que muy difícilmente puede nadie asegurar que las oscilaciones de temperatura en Groenlandia hayan tenido algo que ver con la presencia de la humanidad, que ha sido episodica.

Para acabar: aunque las causas de las bruscas oscilaciones de temperatura en Groenlandia no se conocen, lo que parece obvio es que el CO2 no ha tenido nada que ver en ellas.

La ‘paz verde’ se puede convertir en su peor enemigo: la ‘guerra marrón’

Estados Unidos sanciona a los demás países del mundo como el maestro a sus alumnos, o los policías de tráfico a los conductores. El mundo es suyo y puede hacer con él lo que quiera.

No se trata sólo de Irán, Corea del norte, Cuba, Rusia o Venezuela. Cada vez hay más países “castigados” por Estado Unidos con diferentes pretextos.

Amenaza con sancionar a España por “prestar apoyo financiero a Venezuela”.

Sanciona a Francia por imponer tributos a los grandes monopolios informáticos.

Sanciona a Alemania por el gasoducto Nord Stream 2 que trae a Rusia al corazón industrial de Europa.

Dicen que Estados Unidos quiere vender su propio gas (de esquisto) a Alemania, pero es mucho más caro.

Dicen que la dependencia de Alemania respecto de Rusia será cada vez mayor, lo cual es cierto. Pero es que Alemania cerró sus centrales nucleares y si tiene que agarrarse al New Deal Verde y a la descarbonización no le quedan muchas más opciones.

Cuando sólo existía un único Nord Stream no había problemas porque el gas pasaba por Ucrania… hasta que en 2014 llegó Maidan y Estados Unidos creyó que así cerraba el grifo (a Rusia y a Alemania).

No es ninguna casualidad que el Formato Normandía de las negociaciones de paz en Ucrania involucre a esos cuatro países: Ucrania, Rusia, Alemania y Francia.

Pero el New Deal Verde no sólo genera tensiones con Alemania. En el Mediterráneo ocurre lo mismo. Basta con poner un mapa encima de la mesa y echar un vistazo a los yacimientos de la costa oriental, a los que ya nos hemos referido en otra entrada.

Una parte de los yacimientos de gas están en aguas jurisdiccionales de Chipre, un país invadido por Turquía desde 1973.

El gobierno de Erdogan ha llegado a un acuerdo con las reliquias del gobierno libio para repartirse los yacimientos, pasando por encima de Chipre, Israel, Grecia y Egipto.

Pero Egipto es el principal sostén de Haftar, la otra parte de la guerra civil libia.

Erdogan ha dicho esta misma semana que está dispuesto a enviar tropas a Libia para apoyar al gobierno de Sarraj.

La Unión Europea también apoya a dicho gobierno, es decir, están en el mismo bando que Turquía, algo que Grecia no puede admitir e Italia tampoco porque quiere seguir manejando el gas. Francia apoya al gobierno con la boca pequeña, pero bajo cuerda le envía armas a Haftar… y así sucesivamente.

Si Ustedes creyeron que Libia sólo intreresaba a la Unión Europea por los refugiados, se equivocan.

El New Deal Verde no es sólo gas, sino también el gran tapado, la energía nuclear, que predomina en Francia (a diferencia de Alemania). Alemania cerrará todas sus centrales nucleares en 2022; Francia tiene 58 y se prepara para cerrar unas y construir otras nuevas, más modernas, todo en nombre del New Deal Verde y de la lucha contra la emergencia climática.

Alemania importa gas y Francia exporta electricidad y a ese negocio le quiere añadir otro: la exportación de centrales nucleares a los países del este de Europa (República Checa, Polonia y Hungría), a los que el New Deal Verde les importa un bledo.

La mitad de la electricidad francesa es de producción propia; la dependencia alemana del exterior es casi total.

El monopolio nuclear francés EDF es un 80 por ciento propiedad del Estado; el gobierno le pide que construya más centrales nucleres; le presentan una factura de 45.000 millones de euros y la respuesta es que no hay dinero. ¿De dónde lo van a sacar?, ¿vendiendo la empresa, o sea, privatizándola por completo? No porque la energía es un problema estratégico (militar) y no sólo económico…

Hay que subir los impuestos. Pero Francia ha sido el primer país del mundo donde la población ha saltado a la calle masivamente a la calle contra los impuestos verdes a los carburantes, un ejemplo seguido después por Ecuador y Chile.

Si este año Francia ha batido su registro máximo de exportación de electricidad a terceros países, ¿qué significado tienen los impuestos verdes?

La explicación conduce siempre al mismo punto de partida: la guerra imperialista. Para las grandes potencias, la energía nuclear y, por lo tanto, las transiciones ecológicas son una cuestión estratégica, un subproducto de la guerra nuclear desde 1945.

Los medios sólo se acuerdan del “doble uso” de la energía nuclear cuando hablan de Corea de norte o de Irán. Forma parte de su “doble moral” porque las centrales nucleares siendo hoy lo que siempre fueron, incluso en Europa.

Durante los setenta “¿Nuclear?, No gracias” fue la bandera del movimiento ecologista. Las denominaciones como Greenpeace (“paz verde”) denotan que su origen estuvo alguna vez en la lucha por la paz. Sería toda una paradoja histórica que ahora las centrales nucleares volvieran con pretextos ecologistas para entrar en la vorágine del rearme nuclear.

No nos extrañaría nada porque conocemos de sobra quiénes son Los Verdes, Equo y demás. Nos llevan a la guerra en nombre de la paz y de los derechos humanos y a la energía nuclear en nombre de la lucha contra el cambio climático. Por el morro.

Un estudio científico contradice la doctrina canónica del efecto invernadero

El año pasado un estudio científico demostró que en más de cien años la temperatura media no había aumentado en vastas regiones del interior de los continentes. Se publicó en Energy & Environment (*) y sus autores fueron dos investigadores daneses, Frank Lansner y Jens Pedersen.

Si dicho estudio es correcto, la conclusión es que el efecto invernadero o no existe o tiene un efecto insignificante.

Primero los científicos recopilaron datos brutos de temperaturas oficiales de la red GHCN (Global Historical Climate Network, V2) proporcionada por la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) comprendidos entre 1900 y 2010. El motivo es que los datos de muchas estaciones meteorológicas se “ajustan” para aproximarlos a los de las estaciones vecinas.

Después discriminaron los datos en dos zonas. Una primera comprendía las zonas costeras a los mares y océanos y, por lo tanto, sujetas a la influencia directa del aire oceánico. Las otras eran continentales y alejadas de las masas de agua.

Las conclusiones muestran que en las regiones siberianas alejadas de cualquier mar, la temperatura promedio no había subido de 1930 a 2010.

Por el contrario, dentro de la misma Siberia, al analizar las estaciones meteorológicas bajo influencia oceánica, detectaron un ligero aumento de la temperatura media, que en 2010 es casi 1 grado centígrado más cálida que en los años treinta.

En el Medio Oeste norteamericano las conclusiones son aún más sorprendentes. Las temperaturas medias de las regiones continentales fueron en 2010 casi 1 grado centígrado más bajas que en los años treinta. Luego en el centro de Estados Unidos lo que se ha producido es un enfriamiento.

En lo que respecta a las regiones costeras norteamericanas sujetas a la influencia oceánica, la temperatura media para los años 1930-1940 es ligeramente inferior a la de este siglo.

Los científicos daneses analizaron otras regiones del mundo, como los Balcanes, el centro de China, Pakistán o el Sahel, pero las conclusiones no cambian: en más de un siglo el calentamiento sólo se observa en las regiones bajo influencia oceánica.

Si suponemos que la concentración atmosférica de CO2 ha aumentado y que lo ha hecho en todas partes por igual, la doctrina del efecto invernadero falla. El aumento de temperatura debería manifestarse de la misma manera en todas las regiones del planeta, sean costeras o continentales.

El estudio indica que es el viento procedente de las masas oceánicas en movimiento, la llamada circulación termohalina, lo que desempeña un papel importante en el calentamiento de las capas bajas de la atmósfera, y no el CO2.

Desde 1900 la temperatura de los océanos se está calentando lentamente por causas que no se conocen con detalle. A su vez los océanos están calentado la atmósfera de las regiones costeras, lo que no ocurre con el interior.

Ahora bien, si el suelo de las regiones continentales también emite rayos infrarrojos al espacio, ¿por qué en ellas no se ha calentado la atmósfera?

Es una segunda quiebra del efecto invernadero.

Cuando la climatología huye de los promedios aparecen este tipo de sorpresas porque el planeta no es uniforme geográficamente. No obstante, se necesitan estudios más completos para confirmar los indicios que aportan los científicos daneses.

Pero hay un problema: el dinero de la ciencia se despilfarra en tópicos gastados, mientras que algunos fenómenos, como la circulación termohalina, están en pañales.

(*) Frank Lansner y Jens Olaf Pepke Pedersen, Temperature trends with reduced impact of ocean air temperature, Energy & Environment, 2018, vol. 29(4), pgs.613-632.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: el hambre, la guerra, la peste y el… pico del petróleo

El origen de los mitos apocalípticos es la Biblia, donde todas las catástrofes imaginables tuvieron acogida, empezando por el Diluvio Universal y acabando por el temible Juicio Final. Las seudociencias no han hecho más que dar una apariencia consistente al mito, de tal manera que se puedan propagar en las universidades, los documentales de la televisión o las páginas web.

En 1798 el reverendo Malthus añadió su profecía sobre la población y los recursos que hoy los economistas siguen inculcando porque no hay nada mejor que el miedo a los cambios y al futuro, para acabar preconizando que no hay tal futuro, o que el futuro es peor que el presente, o que vamos a peor, que el mundo se acaba…

Son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: el hambre, la guerra, la peste y, sobre todo, el Anticristo. Hoy se han convertido en una subida de las temperaturas, desaparición de los glaciares, deshielo de los polos norte y sur, subida de los niveles de las aguas marinas, acidificación de los océanos, contaminación, sequías, acontecimientos meteorológicos extremos (huracanes, tsunamis, tornados, riadas), extinciones de seres vivos (incluida la propia humanidad), agotamiento de los acuíferos, consumismo, extractivismo, veganismo, enfermedades y plagas, sostenibilidad, presión demográfica, agotamiento de los recursos, pico del petróleo, refugiados climáticos…

Lo que en Malthus era sólo una escasez de alimentos y, por lo tanto, la aparición del hambre, los economistas lo han transformado hoy en una escasez de todo, en una presión sobre los recursos en general porque la burguesía tiene una concepción parasitaria de la humanidad como “bocas para alimentar” y no como “fuerza de trabajo”.

En 1997 la revista británica The Economist revisó las predicciones ecologistas que se habían esbozado hasta entonces y todas ellas resultaron ser falsas. El semanario recordaba que en 1865 el economista William Stanley Jevons pronosticó una escasez de carbón en Inglaterra en su obra “La cuestión del carbón” (1). Más de un siglo después Thatcher cerró las minas pero el carbón aún no se había agotado.

El mito de la escasez del petróleo (“pico del petróleo”) aparece en Estados Unidos a principios del siglo XX y sus profetas lo mantienen hasta el día de hoy, cada vez más con más parches y retoques para que parezca algo siempre novedoso, posmoderno.

En 1968 el biólogo Paul Ehrlich publicó su obra “La bomba de la población”, que los medios se encargaron de difundir hasta el aburrimiento porque profetizaba una explosión incontrolable, con hambrunas para la década siguiente que nunca llegaron.

Poco después, en otro fraude publicitario de gran alcance, el Club de Roma lanzó la misma amenaza: presión demográfica y agotamiento de los recursos, para lo cual había que “limitar el crecimiento económico”. Los grandes monopolistas fueron los impulsores de la tonteoría del decrecimiento.

Era una justificación del imperialismo: los países subdesarrollados querían salir de la miseria y había que impedírselo en nombre de la humanidad. El progreso es sólo para unos pocos.

La ley del desarrollo desigual del capitalismo estanca a los países más fuertes y promueve a los más atrasados, como en el caso de las potencias emergentes. El gráfico del Fondo Monetario Internacional expresa bastante bien el significado del decrecimiento como un intento desesperado de las potencias tradicionales para mantener su primacía.

El imperialismo, escribió Lenin, no se modifica de la misma manera en todos sus protagonistas, “ya que es imposible el desarrollo igual de las distintas empresas, trusts, ramas industriales y países” (2). El capitalismo moderno presenta una tendencia a la descomposición que no excluye su contrario: un rápido crecimiento de ciertos sectores industriales y países enteros.

En la etapa actual, cuando el capitalismo se desarrolla, lo hace una manera “cada vez más desigual”, decía Lenin, y “esa desigualdad se manifiesta asimismo de un modo particular en la descomposición de los países más fuertes en capital (Inglaterra)” (3).

El New Deal Verde y las políticas ecologistas son el intento de invertir esa tendencia para preservar en la cúspide a las viejas y decrépitas potencias imperialistas, convirtiendo al Tercer Mundo en una reserva de la biosfera en la que puedan ir de safari o de turismo durante las vacaciones.

(1) https://www.economist.com/christmas-specials/1997/12/18/plenty-of-gloom
(2) Lenin, El imperialismo fase superior de capitalismo, Pekín, 1972, pg.154.
(3) Lenin, El imperialismo, pg.161.

Nunca llueve a gusto de todos

En la oficina unos quieren subir el termostato, mientras que a otros el calor les agobia. En vacaciones la mayoría va a los sitios donde hace calor y, cuando no había ecologistas, el “buen tiempo” era sinónimo de calor. A las épocas históricas de fuerte calor los geólogos las llaman “óptimos”.

El clima es parte de la mística. Si quieres que haga “buen tiempo” debes rezar y lo mismo para que llueva. Incluso puedes acudir al párroco más cercano para que convoque una procesión. A finales del siglo XVI y principios del XVII en Alemania quemaron a cientos de “brujas” por culpa de las heladas que destruyeron las viñas.

Hasta hace muy poco tiempo también había almanaques, a medio camino entre la astronomía (astrología), la agricultura y la climatología. Las primeras revistas meteorológicas aparecieron en el siglo XVI y, a comienzos del XIX, el gran Lamarck fue uno de los impulsores de las estaciones meteorológicas.

Las encuestas sobre la calidad de los vinos -basadas en el clima de las estaciones del año- se remontan al siglo XIV, por lo menos. El vino y la fecha de la cosecha siempre fueron uno de los mejores termómetros disponibles. Ahora los llamarían “proxys”. Una cosecha de vino temprana significa que la primavera y el verano fueron calurosos y las cosechas tardías indican lo contrario.

La primera serie termométrica completa de los doce meses del año se remonta a la Inglaterra de 1659.

Los glaciares también sirven de proxys. La mitad del retroceso o avance de un glaciar se debe a la temperatura del verano y la otra mitad a las nevadas del invierno. Si un glaciar retrocede a lo largo de varias décadas significa que las temperaturas han aumentado y las nevadas han menguado.

De cualquier modo que se mida, el clima ha sido y es cambiante.

La Edad del Bronce (entre 1500 y 1000 ane.) fue un período de “óptimo climático”, o sea, de calor. Los glaciares de los Alpes retrocedieron.

Luego, en la Edad de Hierro (entre 1000 y 400 ane.), la temperatura refrescó.

En tiempos de los romanos (200 ane. y 200 dne.) se produjo un segundo “óptimo”, es decir, una época de calor parecida a la actual que no causó ningún desastre sino todo lo contrario: la agricultura se desarrolló con inviernos suaves y veranos secos.

Alrededor del 500, la época visigótica, las temperaturas enfriaron, llegando a una pequeña glaciación.

Entre 900 y 1300 dominó el llamado “óptimo climático medieval” en el que las temperaturas fueron entre 1 y 1,4 grados centígrados superiores a las actuales.

Los vikingos colonizaron Groenlandia, donde apenas había hielo. No fue una época de sequías sino de lluvias muy abundantes. La humanidad taló muchos bosques y roturó nuevas tierras vírgenes gracias a un importante rendimiento agrícola que, a su vez, no dio lugar a ninguna extincion sino todo lo contrario: a un importante crecimiento demográfico.

En el siglo XIV sobrevino una pequeña edad de hielo que terminó alrededor de 1860. Los glaciares alpinos se expandieron, alcanzando un kilómetro más de longitud que los actuales.

Aquel descenso de temperaturas resultó peliagudo para Europa. Como consecencia de varios veranos consecutivos de sequía, de 1314 a 1316 se produjo una gran hambruna.

El hambre condujo a la proliferación de enfermedades de esas que llaman “contagiosas”. Fue la época de la “peste negra” que acabó con una tercera parte de la población europea.

En 1340 la peste bubónica se convirtió en pulmonar como consecuencia del frío y las fuertes lluvias estivales.

Los casi cinco siglos de la pequeña edad de hielo no significa que no hubiera períodos de calor, más o menos cortos, ni tampoco que desaparecieran las enfermedades, sobre todo por la contaminación de las aguas. Las víctimas fueron, sobre todo, niños pequeños que murieron de cólera.

En 1556 hubo un verano muy caluroso que provocó importantes incendios forestales y escasez de alimentos.

A partir de 1570 los glaciares alpinos comenzaron a avanzar con fuerza. A finales del siglo XVI, en Chamonix, el Mar de Hielo destruyó en su avance varias localidades situadas hasta entonces a más de un kilómetro del frente helado.

Los glaciares alpinos alcanzaron su máxima extensión a mediados del siglo XVII. En 1644 el obispo de Ginebra encabezó una procesión para que la virgen hiciera retroceder a los tres glaciares circundantes porque amenazaban varias localidades.

En 1653 los jesuitas volvieron a Suiza para organizar procesiones y plegarias que frenaran el avance de los glaciares.

En 1636, se registró un aumento muy significativo del número de muertes en Francia. La situación, sin embargo, fue excelente y el verano radiante, lo que dio lugar a suculentas y tempranas cosechas. Pero el nivel de los ríos y de las aguas subterráneas había descendido demasiado, lo que provocó la contaminación del agua y muchos casos de disentería.

El invierno de 1708-1709 fue uno de los más fríos de Europa desde 1500. Destruyó la cosecha de trigo, causando más de medio millón de muertos al año siguiente.

En 1815 la erupción del volcán Tambora en Indonesia arrojó un velo de polvo muy fino a la atmósfera. La radiación solar disminuyó y las cosechas se redujeron en Europa. Al año siguiente no hubo verano y las temperaturas cayeron casi medio grado en el Viejo Continente.

A mediados de siglo XIX acabó la pequeña edad de hielo y los glaciares alpinos comenzaron a retroceder.

El cambio climático no es ninguna anomalía. Lo realmente extraño sería que el clima no cambiara.

Palo de Hockey: la necesidad de recurrir a pequeños trucos para demostrar la ola de calor que nos invade

En 1998 el climatólogo Michael E. Mann utilizó los anillos de crecimiento de los árboles como un indicador climático (proxy) para deducir las temperaturas de los tiempos pasados.

Para dar más fuerza visual a su tesis, se le ocurrió presentar los datos acompañados de un gráfico que pretendía mostrar la evolución de la temperatura media en el hemisferio norte desde el siglo XV, lo que posteriormente amplió hasta el año 1000 de nuestra era.

Sus conclusiones se publicaron en la revista científica “Geophysical Research Letters”. Para obtener los datos de las temperaturas pasadas, Mann y sus colaboradores recurrieron a Keith Briffa, quien estudió los anillos de los árboles del hemisferio norte.

Pero Mann mezcló las churras con las merinas: los datos indirectos (del pasado) con los directos (del presente), es decir, con datos obtenidos de lecturas actuales tomadas de los termómetros. Las temperaturas tomadas por una vía (árboles) o por la otra (termómetros) no coinciden. Se produce una duplicidad de datos para las mismas fechas.

Es evidente para cualquiera que las conclusiones, además de aproximadas (proxy), no se podían extender a todo el plantea más que con sumo cuidado. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. El gráfico se hizo famoso y se le denominó “palo de hockey” porque, mostraba que después de siglos de estabilidad, en las fecha más recientes las temperaturas se disparaban. En mil años la temperatura había sido como un encefalograma plano, hasta que se comenzó a elevar en el siglo pasado. En fin, Hansen pretendía sostener que la subida de las temperaturas actuales es una “anomalía”, algo sin precedentes históricos.

En 2001 el IPCC incorporó el “palo de hockey” a su tercer informe y en 2006 el Comité Nacional de Investigación de Estados Unidos aprobó las conclusiones de Hansen.

Aquello no sólo era ciencia sino mucho más. En el mismo año 2006 el documental de Al Gore “Una verdad incómoda”, que ganó un Óscar de Hollywood y un Premio Nobel al año siguiente, también mostraron el “palo de hockey”, lo que disparó su fama. Se propagó por todo el mundo, convirtiéndose en el icono del movimiento contra el calentamiento del planeta. El gobierno canadiense envió a todos los hogares un folleto alertando sobre los peligros del calentamiento acompañado del gráfico de Mann.

Que aquello era una chapuza se confirmó al divulgarse los correos electrónicos de la Universidad de East Anglia en 2009 y a partir de entonces se llenó de remiendos, rectificaciones, desmentidos y matizaciones.

La Universidad pública de Pennsylvania, donde Mann trabajaba, le abrió un expediente, absolviéndole un año después. El fiscal general de Virginia, Ken Cuccinelli, denunció a la universidad de ese estado, donde Mann había trabajado con anterioridad, y exigió que se investigara el trabajo que había realizado en ella. Finalmente, en 2011 el Tribunal Superior desestimó la denuncia del fiscal.

No sólo la investigación de Mann no era fraudulenta sino que era uno de los más grandes descubrimientos científicos, por lo que en 2014 la revista Geophysical Research Letters lo seleccionó entre las 40 publicaciones científicas más destacadas de los últimos 40 años sobre 1.000 disciplinas científicas diferentes.

“Mantenella y no enmendalla”. Al revolcarse en la mierda, algunas universidades y algunas revistas científicas no parecen nada diferente de los gorrinos.

El que mejor sabía lo que se traía entre manos era el propio Mann. A pesar de que no había tal fraude, en declaraciones a la BBC reconoció que su gráfico no se debería haber convertido en el icono del calentamiento porque su base científica era “incierta”.

Era muy benévolo consigo mismo. En su artículo Mann aseguraba, entre otras cosas, que el año 1998 había sido el año más cálido del milenio en Estados Unidos. Le apoyó el otro pontífice de la climatología, James Hansen, arrastrando consigo a la NASA tras sus desvaríos.

Las tesis de Mann y Hansen son rotundamente falsas y así se supo desde el principio: en Estados Unidos el año más caliente había sido 1934.

En 2003 dos canadienses, Stephen McIntyre y Ross McKitrick, demostraron las artimañas de Mann a la hora de manejar los datos. Comenzó así un tira y afloja en el que comenzaron a participar más científicos. Unos critican a otros o salen en su defensa.

Inicialmente, cuando le pidieron los datos en bruto para poder evaluarlos, Mann sólo entregó una parte, hasta que finalmente tuvo que acceder. Aquella actitud sonaba muy extraña.

Al mismo tiempo, Mann empezó a rectificar parcialmente, afirmando que las “incertidumbres” eran la clave del artículo que habían escrito. Se necesitaban más datos de alta resolución antes de obtener conclusiones fiables. Si bien el tratamiento matemático de los datos era, en efecto, erróneo, ello no significaba que los resultados lo fueran también.

A partir de entonces se produjeron más rectificaciones en cadena, empezando por el IPCC. Por un momento el asunto pareció desmoronarse como un castillo de naipes. En 2006 el Congreso de Estados Unidos formó un grupo de estudio compuesto por científicos que declaró su apoyo a las tesis de Mann, aunque advertía que existían “pequeños errores estadísticos” que, sin embargo, tenían “pocos efectos” en las conclusiones finales. Posiblemente se referían a aquellos “pequeños trucos” que aparecieron en los correos electrónicos que salieron a la luz en 2009.

Las estadísticas no se necesitan falsear. Un buen matemático consigue que sus truquillos apenas se noten, lo mismo que un buen falsificador consigue que un lienzo parezca casi como el original. Los que hacen los sondeos electorales tienen mucha experiencia en ello.

Por ejemplo, Mann había obtenido sus datos de cierta variedad de pino en unas montañas de Estados Unidos que habían sido fertilizados con CO2 y, en consecuencia, no se debieron utilizar como indicadores de la temperatura ambiente.

Mann volvió a responder de la misma manera: aceptó la crítica pero dijo que si se eliminaban las mediciones basadas en los pinos, los resultados apenas cambiaban. Lo que Mann no pareció entender es que se trata justamente de eso, de una tautología que siempre vuelve al punto de partida. Si lo que buscas es calentamiento, lo que encuentras son aumentos de temperatura por todas partes.

La tautología es idéntica a la de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático (CMNUCC), que lo define como aquel cuyo origen está, directa o indirectamente, en la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y se suma a la variabilidad natural observada durante períodos de tiempo comparables. En otras palabras, el cambio climático es responsabilidad del ser humano porque así lo define la ONU; en caso contrario, el clima no cambia de manera “natural”.

Con posterioridad se han llevado a cabo varios intentos de rehabilitar el “palo de hockey” en diferentes revistas científicas, utilizando “proxies” diferentes, como sondeos en el hielo. Sin embargo, el IPCC no ha vuelto a mencionar el asunto. Hoy nadie habla de ello porque parece irremediablemente contaminado.

Lo interesante es que, como escribió McKitrick, aún siguiendo el mismo método estadístico de Mann, las temperaturas del siglo pasado no mostraban nada excepcional. En la Edad Media, hacia el año 1000, también aparece una época de calor con temperaturas superiores a las actuales.

Las oscilaciones de las temperaturas a lo largo de la historia del planeta van en una dirección y luego en la contraria. No existe eso que Mann calificaba como “anomalías”. En los últimos mil años las temperaturas no han seguido una línea recta y cuando han subido, como en la Edad Media, su ascenso no tuvo nada que ver con el CO2, ni con la industria, ni con el capitalismo. Ni siquiera tuvo que ver con los seres humanos.

Entre el neoliberalismo y el ecologismo: el capitalismo sigue rindiendo tributo a la Dama de Hierro

El ecologismo es una ideología que lo mistifica todo, incluyendo a sus propios patrocinadores, que creen defender principios progresistas o avanzados, aunque hayan salido de las entrañas mismas de los sectores más reccionarios del capital.

Tal y como lo conocemos ahora, el ecologismo y sus mitos seudocientíficos no se consiguieron imponer en el mundo hasta la creación del IPCC en 1988, punto culminante de la ola llamada “neoliberal” que surgió a comienzos de la década con Thatcher y Reagan.

Por grave que fuera la llamada “crisis climática”, ningún otro país del mundo hubiera logrado constituir dentro de la ONU un organismo como el IPCC sin el respaldo de Estados Unidos.

No obstante, los manuales suelen decir que el IPCC lo crearon la OMM (Organización Meteorológica Mundial) y el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), que simplemente se limitaron a levantar acta de un plan previamente aprobado en la reunión del G7 celebrada en Canadá, es decir, en el grupo selecto de las potencias imperialistas más fuertes a instancias de Reagan y Thatcher.

Dos meses antes de la constitución formal del IPCC, la Dama de Hierro pronunció un discurso ante la Royal Society en el que planteó las cuestiones cardinales que el IPCC debía llevar al mundo entero (*), que han sido luego seguidas al pie de la letra por la izquierda, la derecha y el centro con una unánimidad como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia.

La Primera Ministro británica inisistió en sus mensajes seudoecologistas cada vez que tuvo oportunidad: en las conferencias de la ONU, en sus discursos políticos, en sus entrevistas… No sólo sacó adelante sus planes sino que promovió un nuevo lenguaje, que es el que hoy nos resulta tan familiar: desarrollo sostenible, aumento de las temperaturas, emisiones de CO2, desaparición de los glaciares, aumento del nivel de los mares… Los ecologistas hablan el “idioma thatcher” creado entonces casi de la nada.

En los ochenta el contexto político británico era muy evidente. Thatcher había aplastado la larga huelga de los sindicatos mineros porque quería cerrar las minas, privatizar el suministro eléctrico y sustituir el carbón por centrales nucleares.

Entre 1984 y 1985 la batalla de los mineros costó 3 muertos, 20.000 heridos y 11.300 detenidos. Con el apoyo de los ecologistas, aquellos planes de Thatcher hoy han triunfado en Europa y llevan el nombre de “transición ecológica”, a cuyo efecto la mayor parte de los gobiernos tienen un ministerio encargado de esa tarea y no hay nadie que lo cuestione.

Estados Unidos entró en el IPCC como consecuencia del final de la Guerra Fría y de un fracaso histórico de la NASA: la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986. La “carrera espacial” se había acabado y con ella el dinero. La NASA se vio obligada a reciclarse inventando todo tipo de fantasías extraterrestres, a cada cual más estúpida.

Uno de los planes para sobrevivir fue reconvertir los programas espaciales con el lanzamiento de satélites meteorológicos, para lo cual recurrieron a James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, la organización meteorológica de la NASA. Lo llevaron al Senado a que les metiera miedo a los que tenían que rascarse los bolsillos. Aprovechando unas elecciones, Hansen consiguió una audiencia en el Senado y cuando fracasó volvió a lograr otra más para hablar de calor, sequías, malas cosechas, desastres agrarios y alimentarios…

Como ocurre hoy con los demás científicos de renombre, el cargo de Hansen en la NASA no era el único que ostentaba, ya que también era miembro de Lehmann Brothers, el banco que 20 años después se haría famoso por su bancarrota.

Además del IPCC, al frente del gobierno de Londres la Dama de Hierro creó en 1990 las instituciones científicas que debían demostrar el calentamiento, en especial el Centro Hadley, que es un complemento esencial del IPCC equipado con la varita mágica de la climatología moderna, que ya no es un termómetro sino un superordenador.

Lo mismo que las demás instituciones seudocientíficas modernas, el Centro Hadley confunde a los lectores poco familiarizados con la burocracia moderna: no es una institución científica sino una oficina del gobierno de Londres.

Por más que insistan en lo contrario, el IPCC está cortado por el mismo patrón. No es una institución científica sino un organismo internacional que responde exactamente a su nombre: es “intergubernamental”, es decir, un organismo político. No es un grupo de expertos sino de expertos y no expertos. Lo que tienen en común es que han sido nombrados por sus gobiernos respectivos.

Uno de los ejemplos es su antiguo Presidente, el indio Rajendra Pachauri, quien tuvo que dimitir del cargo en 2015 por acoso sexual. Pachauri no era ningún experto sino un ingeniero ferrroviario, como admitió The Telegraph el 20 deciembre de 2009: “Aunque presentan a menudo al doctor Pachauri como científico y a pesar de que la BBC llegó a decir de él que era el mejor científico climático del mundo, como antiguo ingeniero ferroviario con un doctorado en economía, no tiene ninguna calificación en las ciencias del clima”.

Lo mismo que Hansen, Pachauri también estaba pluriempleado. Compatibilizaba su cargo con el de miembro del Consejo de Administración del Chicago Climate Exchange, es decir, de la bolsa donde se negocian los créditos del carbono. Naturalmente, se hizo multimillonario gracias a ello, a las ideologías climáticas.

Los miembros del IPCC, del Centro Hadley y de otras instituciones, como el B3C (Instituto Vasco de Cambio Climático), por ejemplo, no ocupan sus cargos por ningún tipo de ciencia, sino por determinadas decisiones políticas, que son las mismas que han conducido a la creación de dichos organismos. Si la teología no existiera, tampoco habría curas. Si no hubiera una doctrina del cambio climático, tampoco existirían ninguno de esos organismos internacionales, nacionales, autonómicos y municipales y, por lo tanto, sus miembros dejarían de cobrar los sueldos que cobran todos los meses y tendrían que dedicarse a otra cosa. Tienen que mantener vivo el mito seudoecológico que les da de comer, como los arcángeles dan de comer a los curas.

La descarbonización del mundo comenzó cuando Thatcher aplastó la huelga de los mineros del carbón y la pregunta sigue en el aire 35 años después: ¿está Usted con Thatcher o con los mineros?

Ayer mismo el Parlamento Europeo se posicionó al respecto, declarando que existe una “urgencia climática” y que es partidario de la energía nuclear porque no emite gases de efecto invernadero. Puro thatcherismo del siglo XXI.

(*) http://www.margaretthatcher.org/document/107346

La inundación de Venecia no se debe a una subida del nivel de las aguas causada por un aumento de las temperaturas

La denominada “crisis climática” es un batiburrillo de fenómenos naturales y artificiales, ciertos o ficticios, en los que cabe un poco de todo, desde el derretimiento de (todos) los glaciares, hasta las oleadas de refugiados o la extinción de las especies.

Uno de los fenómenos que se atribuyen a esa “crisis” es la elevación del nivel de las aguas, como la que ha ocurrido recientemente en Venecia, inundada como consecuecia de una marea excepcional, que se elevó 1,87 metros, su segundo récord histórico después del 4 de noviembre de 1966, cuando subió 1,94 metros.

En Venecia se utiliza la expresión “acqua alta” (1) para referirse a un pico de marea particularmente pronunciado que provoca la inundación de una parte del área urbana de la isla, lo que a veces suele ocurrir en otoño o primavera.

El fenómeno se conoce desde tiempos inmemoriales. Es un acontecimiento a la vez natural y artificial que en ningún caso es efecto de una subida de la temperatura atmosférica.

El Mar Adriático tiene un régimen de mareas diferente del resto del Mediterráneo. Primero, por causas astronómicas: una oscilación de 20 a 30 centímetros de la declinación lunar con una
frecuencia de 18,61 años. Esta oscilación se describió por primera vez en 1982 en “Oceanologica Acta”, cuando se estudiaron los registros del mareógrafo de Venecia.

Segundo, por causas meteorológicas: la acción de los fuertes vientos (siroco, bora) que soplan a través de la entrada del puerto desde la laguna y que, en ocasiones, impiden el flujo y reflujo del mar (2).

El ritmo de subida del nivel de las aguas en Venecia se conoce con detalle desde que se instaló el primer mareógrafo en 1872. Desde 1930 a 1970 las aguas subterráneas se estuvieron bombeando para abastecer la piscina industrial del puerto de Marghera y, a partir de entonces, se ha producido una estabilización del nivel de las aguas, que oscilan alrededor de 2,5 milímetros al año (3).

El aumento del nivel de las aguas es aparente, al menos en parte. En realidad, lo que está ocurriendo es lo mismo que en otras costas: el terreno se está hundiendo, como estableció el estudio de 1982, según el cual al menos 14 centímetros del aumento local del nivel medio del mar (27 centímetros desde 1872) se debe a un hundimiento natural del terreno (llamado “subsidencia tectónica”, que no ha cambiado en millones de años) e industriales (bombeo de aguas subterráneas).

Las mediciones de la NASA confirman la disminución constante de la altitud terrestre de Venecia durante el periodo 2001-2011 y si las mediciones del nivel del mar se llevan a cabo en una costa estable, como en Rovinj, Croacia, que está a unos 120 kilómetros de Venecia, en 63 años la tendencia es de 0,08 centímetros al año.

Es más, desde 2009 el nivel del Adriático está disminuyendo, según confirman los otros tres mareógrafos del sector: Trieste, Porto Garibaldi (al norte de Rávena) y Zadar en Croacia.

La construcción de las instalaciones industriales del puerto de Marghera ha agravado el fenómeno de las altas mareas en Venecia. La mayor parte de las obras se llevaron a cabo en la vasta zona del delta, es decir, sobre pequeñas islas en la superficie del agua que servían como vaso de expansión para las mareas altas.

Además, para que los petroleros llegaran a los muelles de carga, excavaron un canal profundo que va desde la desembocadura del puerto de Malamocco hasta el continente. La obra aumentó considerablemente la sección transversal de la boca del puerto, aumentando así la cantidad de agua que entra en la laguna.

Además, las obras en el puerto de Marghera no son las únicas que están causando el aumento de las mareas altas. Desde mediados del siglo XIX hay otras obras de infraestructura que también influyen en que esté aumentando exponencialmente el número de inundaciones en Venecia desde 1970.

(1) https://fr.wikipedia.org/wiki/Acqua_alta
(2) https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/0278434394900078
(3) https://lienss.univ-larochelle.fr/IMG/pdf/VS_J3_4_Dario_Camuffo.pdf

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