La web más censurada en internet

Categoría: Ecología (página 30 de 30)

¿Hacia un enfriamiento generalizado de la temperatura en la Tierra?

Esta mañana el diario británico The Independent anuncia (1) que en los próximos 10 años sobrevendrá una pequeña edad de hielo. El artículo se apoya en un modelo científico sobre los ciclos solares elaborado por Valentina Zharkova, profesora de Matemáticas en la Universidad de Northumbria.

La profesora Zharkova ha presentado sus previsiones en la reunión de la Royal Astronomical Society, que se reúne esta semana en Gales. Para ello se apoya sobre una determinada concepción que califica como “ciencia” el diseño de modelos, normalmente basados en programas informáticos elaborados por matemáticos, como es el caso de Zharkova, cuya fiabilidad es muy escasa, por no decir nula. Sin embargo, en Gales la profesora Zharkova ha asegurado que la precisión de su modelo es del 97 por ciento.

El interés del modelo deriva también de la importancia que va adquiriendo una corriente alternativa a la vigente, basada en el CO2 y el efecto invernadero, según la cual la temperatura del planeta depende del Sol y de los ciclos solares.

Esta corriente está enfrentada a las hipótesis más conocidas acerca del calentamiento del planeta, hasta tal punto que sus previsiones sostienen todo lo contrario: que la Tierra camina hacia una nueva Edad de Hielo, hacia el enfriamiento. La mayor parte de los científicos soviéticos y rusos han sido partidarios de esta tesis, enfrentada a las concepciones ecologistas más extendidas en los países occidentales.

En la actualidad, dice el artículo, la ciencia es capaz de anticipar los ciclos solares con mucha más precisión que antes gracias al nuevo modelo que revela las irregularidades en el ritmo del sol que pueden producirse durante más de 11 años.

La profesora Zharkova pronostica que la actividad solar va a caer un 60 por ciento entre 2030 y 2040, lo que causará una Pequeña Edad de Hielo como la que se produjo entre 1645 y 1715, es decir, durante unos 70 años, que se conoce como el Mínimo de Maunder, una especie de glaciación (2).

Los astrónomos identifican la actividad solar en proporción inversa a las manchas sobre la superficie del Sol. Las manchas solares son regiones relativamente oscuras y frías en la superficie solar que indican regiones de intensa actividad magnética. Algunas de ellas son gigantescas, a menudo más grandes que la Tierra.

Durante siglos, los científicos han utilizado las manchas solares para medir la actividad solar. Como se pueden ver a simple vista, se conservan registros desde la época de los antiguos anales chinos, japoneses y coreanos que se remontan muchos años antes de nuestra era.

No obstante, algunos científicos creyeron que las manchas eran objetos que se interponían en la visión del Sol desde la Tierra, hasta que en 1610 Galileo demostró que eran fenómenos que ocurrían en el propio astro.

En 1801 William Herschel discutió la naturaleza de las manchas solares, su variabilidad, su efecto sobre el clima, y la posición de los planetas como posible fuerza causante.

En 1843 el alemán Heinrich S. Schwabe encontró que su número estaba sujeto a una variación cíclica, repitiéndose con un intervalo promedio de 11 años, mientras la longitud de cada ciclo dura entre 9 y 13 años. Los ciclos de Schwabe informan sobre la intensidad y la frecuencia de los fenómenos asociados con la actividad solar que afectan al clima y a la vida sobre la Tierra.

En 1893 el astrónomo inglés Edward W. Maunder buscó toda la información que pudo obtener desde las observaciones orientales más antiguas, descubriendo que la actividad solar sigue un ciclo de 11 años. Sin embargo, encontró un hueco: entre 1645 y 1715 nadie había registrado la existencia de ninguna mancha solar.

Incluso durante las fases mínimas de los ciclos de actividad solar es difícil que no haya ninguna. Los científicos creyeron que no se trataba de que no hubiera habido manchas solares en esos 70 años, sino que las mismas no habían podido ser observadas. La tesis de Maunder fue rechazada.

Aunque en 1922 Maunder volvió a insistir en las consecuencias que su tesis tiene sobre el clima del planeta, nadie le prestó atención. En occidente fue olvidado, hasta que en 1976 el astrónomo John A. Eddy publicó un estudio en la revista “Science” titulado “La desaparición de las manchas solares” en el que defendía lo que a partir de entonces se llamó “Mínimo de Maunder”.

Eddy, que falleció en 2009, investigó los datos de muchas regiones terrestres, incluyendo las “Crónicas del Lejano Oriente” que Maunder no pudo analizar y que abarcaban hasta el siglo V a.n.e. A partir de sus investigaciones la teoría del vínculo entre las manchas solares y la temperatura de la Tierra empezó a extenderse también entre los científicos occidentales, sobre todo entre los astrónomos. Esta teoría traslada el centro de gravedad del clima de la Tierra (CO2, invernadero) al Sol. No es tan sorprendente que los cambios en la actividad solar afecten a las condiciones climáticas de la Tierra porque el Sol es la fuente de energía del planeta y de él depende la vida.

En el último milenio, que ha sido predominantemente cálido, han ocurrido cinco mínimos solares que han bajado notablemente las temperaturas en la Tierra:

– Mínimo de Oort: entre 1010 y 1050
– Mínimo de Wolf: entre 1280 y 1340
– Mínimo de Spörer: entre 1450 y 1550
– Mínimo de Maunder: entre 1645 y 1717
– Mínimo de Dalton: entre 1790 y 1820

Los partidarios de la corriente ecológica más extendida se mofan afirmando que sus oponentes son astrólogos más que astrónomos, que se trata de una vieja superstición según la cual los astros condicionan la vida de la Tierra y de los hombres que la habitan. Según ellos, la causa del incremento de las temperaturas es el hombre y la intensa actividad industrial que ha desplegado desde mediados del siglo XIX.

Desde luego que las conclusiones de ambas corrientes no pueden estar enfrentadas de manera más radical: la tesis ecologista dominante pronostica un calentamiento, mientras que la otra predice un enfriamiento.

La tesis dominante es lineal: la concentración atmosférica de CO2 va a continuar aumentando y por lo tanto la temperatura también va a seguir aumentado indefinidamente. La tesis minoritaria, por el contrario, es cíclica: las temperaturas suben y bajan periódicamente, siguiendo los ritmos de las manchas solares.

(1) ‘Mini ice age’ coming in next fifteen years, new model of the Sun’s cycle shows, http://www.independent.co.uk/environment/climate-change/mini-ice-age-coming-in-next-fifteen-years-new-model-of-the-suns-cycle-shows-10382400.html
(2) Predicen una ‘mini edad del hielo’ para 2030 por baja actividad solar, http://www.europapress.es/ciencia/habitat-y-clima/noticia-predicen-mini-edad-hielo-2030-baja-actividad-solar-20150710124300.html

Más CO2 a la atmósfera que nunca

Sin energía nuclear después del desastre de Fukushima, las emisiones de CO2 de Japón han alcanzado sus niveles más elevados. Al mismo tiempo, en Alemania donde un 17 por ciento de la energía es de origen nuclear y con 23.000 turbinas eólicas en su país, no puede cumplir su objetivo de reducir las emisiones de CO2 un 40 por ciento para 2020, como le exige el Protocolo de Kyoto.

El vicecanciller alemán Sigmar Gabriel ha dicho que el país va a abandonar su programa de reducción de emisiones de CO2. Para ello ha tenido que batallar contra su ministra de Medio Ambiente, Barbara Hendricks, según el semanario Der Spiegel (1). Es un asunto que Gabriel conoce bien porque anteriormente el ministro de Medio Ambiente era él. Ahora es un conocido partidario de volver a generar energía a partir del carbón porque su país no puede eliminar a la vez con las centrales nucleares y las carboníferas.

Hace tiempo que en Alemania se sabía que el objetivo de Kyoto era de imposible cumplimiento. Para lograrlo Alemania tendría que reducir las emisiones entre 62 y 100 millones de toneladas de CO2 por año en los próximos 16 años. Cerrar completamente las plantas eléctricas de carbón sólo las reduciría en 40 millones de toneladas.

En Japón, según el Wall Street Journal (2), las emisiones de CO2 son más elevadas que nunca coo consecuencia del cierre de las 48 centrales nucleares y la vuelta a las plantas de gas y carbón. En el año que terminó en marzo, Japón ha emitido 1.224 millones de toneladas de CO2, un 1,4 por ciento más en comparación con el año anterior y un 16 por ciento más que en 1990, que es el año de referencia de las emisiones de CO2 en virtud del Protocolo de Kyoto.

A pesar del incremento de las emisiones de CO2, Japón no tiene previsto reabrir las centrales nucleares. Los sondeos muestran que un 60 por ciento de la población se opone a ello. En el futuro Japón deberá, pues, recurrir a centrales convencionales de gas y carbón, lo que incrementará las emisiones de CO2 a la atmósfera.

El esfuerzo internacional por reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera, plasmada en el Protocolo de Kyoto, se basa en la errónea concepción termodinámica del “efecto invernadero” según la cual una mayor densidad de dicho gas en la atmósfera incrementa las temperaturas, lo que sería la causa del calentamiento del planeta.

No obstante, esta concepción es errónea. A pesar del incremento de las emisiones de CO2, la temperatura no ha aumentado en los últimos años. Las oscilaciones en la temperatura del planeta no dependen de la concentración atmosférica de CO2 sino de los ciclos de radiaciones solares.

(1) Gabriel verkündet Abkehr von Klimaschutzzielen, 16 de noviembre, http://www.spiegel.de/politik/deutschland/gabriel-beim-klimaschutz-ist-das-ziel-nicht-zu-halten-a-1003183.html
(2) Japan CO2 Emissions Worst on Record, 17 de noviembre, http://blogs.wsj.com/japanrealtime/2014/11/17/japan-co2-emissions-worst-on-record/

Un científico ruso anuncia el comienzo de una era glacial

En una entrevista publicada el 19 de setiembre por Ria Novosti (1), el astrofísico ruso Habibullo Abdusamatov aseguraba que en breve comenzará en el hemisferio norte una nueva Pequeña Edad de Hielo y que los primeros efectos de este ciclo frío se comenzarán a notar a partir de este mismo invierno.

Según Abdusamatov, el factor predominante que influye sobre el clima de la Tierra es la actividad solar, que sigue una fluctuación cíclica. En la entrevista sostiene que el ciclo anterior de calentamiento del planeta ha terminado a causa de la reducción de la radiación solar, lo que se transformará en su contrario, un enfriamiento generalizado del clima al que llama “Pequeña Edad de Hielo” que se iniciará en el mes de diciembre.

Los estudios de la alternancia de los períodos de actividad magnética del Sol conducen a pronosticar que el pico de esta nueva Edad de Hielo se producirá alrededor del 2060: “Desde hace más de 17 años la temperatura global no está creciendo, y se está estabilizando. No hay calentamiento desde 1997. La energía de la radiación solar disminuye constantemente desde 1990 y ahora sigue haciéndolo rápidamente. Desde 1990, el sol no calienta la Tierra como antes”.

Abdusamatov reconoce que no puede asegurar con exactitud cuánto disminuirá la temperatura, pero toma como referencia a la Pequeña Edad de Hielo, cuando en la primera mitad del siglo XIX el Támesis, el Sena y otros ríos europeos se congelaban: “Hoy el Támesis fluye durante todo el año, pero en el futuro estará congelado por lo menos durante un par de meses”.

La nueva Edad de Hielo provocará un descenso de un grado y medio de la temperatura, pronostica el científico: “La temperatura media en todo el mundo caerá cerca de un grado y medio cuando empiece la fase de enfriamiento profundo de la Pequeña Edad de Hielo. Se espera aproximadamente entre 2050 y 2070”.

La fase más cruda de frío durará entre 45 y 65 años. Aunque no tendrá las consecuencias que tuvieron las invasiones de hielo en las  eras geológicas anteriores que duraron varios miles de años, la humanidad debe prepararse de antemano para compensar la influencia del enfriamiento en la industria, la agricultura y otros aspectos. Supondrá un retorno a los tiempos prehistóricos glaciales, el último de los cuales apareció hace 80.000 años, en la era Cuaternaria o Pleistoceno.

Durante esa glaciación, en Europa el hielo cubrió la mayor parte de la isla de Gran Bretaña, el norte de Alemania y Polonia y en norteamérica sepultó el territorio de Canadá y la zona de los grandes lagos, en la frontera con Estados Unidos.

Los datos de la Agencia Espacial Europea publicados en diciembre del pasado año (2) apuntan en la línea defendida por Abdusamatov: en contra de las previsiones, la capa del hielo en el Ártico no sólo no ha desaparecido sino que se ha expandido, es más gruesa y más consistente que la media.

La Agencia Europea ha efectuado estas mediciones gracias al satélite CryoSat, que se lanzó en 2010 y que, pese a haber sufrido algunos problemas técnicos el año pasado, ha permitido conocer con exactitud el volumen y el grosor del hielo del Ártico.

La capa de hielo actual es unos 30 centímetros más gruesa que en 2012. Alrededor del 90 por ciento del aumento del volumen de hielo el año pasado se debió al incremento de la cantidad de hielo que ha aguantado más de un verano sin derretirse y solo un 10 por ciento es gracias a la formación de nuevas capas heladas. “No esperábamos que el aumento de la superficie de hielo que ha resistido al verano se reflejara en el volumen, pero así ha sido”, dijo la responsable del estudio, Rachel Tilling.

Últimamente abundan las informaciones sobre el crecimiento del hielo en el Ártico. Un invierno gélido ha dejado 1.580.500 kilómetros cuadrados más de hielo que el año pasado: un aumento del 29 por ciento, un área tres veces el tamaño de España.

En 2009 el director ejecutivo de Greenpeace, Gerd Leipold, tuvo que reconocer a la BBC (3) que erró al predecir que el hielo en el Ártico se derretiría en 2030. Quien no rectificó fue la propia BBC, cuyo pronóstico era que el Ártico se quedaría sin hielo en el verano de 2013.

Está ocurriendo todo lo contrario. No obstante, el hielo en el Ártico se recupera a partir del mínimo alcanzado en 2007.

(1) Ria Novosti, 19 de setiembre, http://ria.ru/interview/20140919/1024726102.html
(2) http://www.dailymail.co.uk/sciencetech/article-2738653/Stunning-satellite-images-summer-ice-cap-thicker-covers-1-7million-square-kilometres-MORE-2-years-ago-despite-Al-Gore-s-prediction-ICE-FREE-now.html
(3) http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/hardtalk/8184392.stm

En Fukushima la radiación ha creado seres mutantes

En el último número de la revista “Journal of Heredity” los científicos afirman haber descubierto los primeros seres mutantes como consecuencia del escape radiactivo producido en 2011 en la central nuclear de Fukushima, en Japón que obligó a evacuar a más de 50.000 personas de una zona de exclusión de 20 kilómetros alrededor de la planta nuclear y afectó gravemente a la agricultura, la ganadería y la pesca locales.

El diario digital “Science Alert” sintetizó varios estudios sobre los efectos de las radiaciones en Chernobil y Fukushima, observando múltiples mutaciones genéticas en las células reproductivas y un descenso de las poblaciones.

La flora de la región ha quedado notablemente alterada por el escape nuclear y los estudios científicos tratan de determinar los riesgos que implica el consumo de arroz producido en las áreas contaminadas por la radiación que soltó Fukushima.

En 2013 partidas de arroz cultivadas en el municipio de Minami Soma, a 25 kilómetros de Fukushima, habían sido detectadas con más de 100 bequerelios por kilo, el límite máximo impuesto por el gobierno de Japón para autorizar el consumo de cualquier producto. Pero después el gobierno de Tokio aprobó volver a exportar el cereal procedente de las zonas más controvertidas, con destino a Singapur. El arroz fue sacado de la venta, y el Ministerio de Agricultura atribuyó el problema a las tareas de descontaminación y desescombro en torno al reactor afectado que levantaron oleadas de polvo radiactivo que alcanzaron los arrozales.

Las especies que viven en las cercanías de la planta nuclear dañada han sufrido mutaciones en sus células debido a la exposición crónica a la radiación. Cinco meses después del desastre, niveles importantes de Cesio 137 y 134 fueron aislados en atunes cerca de la ciudad estadounidense de San Diego (California). Las cantidades son diez veces superiores a las detectadas en años anteriores. También se encontró un conejo que había nacido sin orejas vagando por las cercanías de la central.

Las conclusiones sobre la fauna muestran una reducción del tamaño y desaceleración del crecimiento, además de anormalidades morfológicas. Las poblaciones de aves, mariposas y cigarras, descendieron en forma vertiginosa.

En 2012 investigadores de la Universidad Ryukyu de Okinawa, Japón, observaron la existencia de un aumento de las mutaciones en el genoma con repercusiones sobre la forma de las alas y los ojos de las mariposas (*). Como consecuencia, los animales tenían los ojos dañados y las alas más pequeñas de lo normal. Los científicos comprobaron que dichas anomalías genéticas se reproducían entre un 18 y un 34 de las ocasiones, en su segunda y tercera generación, pese a haberse apareado con mariposas sanas crecidas fuera de la zona afectada por la radiación.

Hasta ahora los científicos creían que los insectos eran muy resistentes a la radicación, por lo que las observaciones resultaron inesperadas. Las mutaciones se deben al consumo de alimentos contaminados por la radiactividad, pero también a mutaciones en el material genético de los progenitores.

El equipo de investigación llevaba más de diez años estudiando la evolución de la mariposa Zizeeria maha para utilizarla como un indicador ambiental. Previamente se había demostrado que la mariposa es un animal extremadamente sensible a los cambios ambientales.

Dos años después del tsunami falleció Masao Yoshida, el director de la central nuclear durante el escape radiactivo, víctima de un cáncer de esófago. Tenía 58 años de edad.

(*) The biological impacts of the Fukushima nuclear accident on the pale grass blue butterfly, Nature, agosto de 2012, doi:10.1038/srep00570, http://www.nature.com/srep/2012/120809/srep00570/full/srep00570.html

Los transgénicos son un instrumento de dominación del imperialismo

Rusia acaba de prohibir totalmente los transgénicos, basándose en que su consumo es nocivo para la salud, según han demostrado los científicos de la Academia de Ciencias rusa. Quiero destacar de manera telegráfica varias aspectos que me parecen relevantes en este debate, lo mismo que en otros parecidos.

El primero es que como los científicos que han demostrado la nocividad del consumo de alimentos transgénicos son rusos, sus investigaciones van a pasar desapercibidas porque para la “ciencia” actual las únicas investigaciones que existen son las que se originan en los laboratorios de Estados Unidos y países cómplices suyos. No es la primera vez que esto ha ocurrido y no sólo ha ocurrido con Rusia, sino con científicos de otros países, como Francia el año pasado (sin ir más lejos).

He escrito lo de “ciencia” entre comillas por lo siguiente: porque no es tal ciencia sino ideología dominante, que en este caso no es la de una clase social sino la de una potencia mundial: por medio de los transgénicos Estados Unidos intenta imponer unas determinadas concepciones políticas e ideológicas (imperialistas) acerca de ellos como si fueran ciencia de verdad.

El segundo aspecto es que en los transgénicos, lo mismo que en las habitaciones, hay cuatro paredes que forman una única habitación, pero que en los debates aparecen desconectados entre sí:

a) la primera es una pared ecológica, es decir, los efectos que pueden causar en la naturaleza los seres vivos modificados genéticamente

b) la segunda es médica: los efectos que pueden causar los alimentos transgénicos sobre aquellos que los consumen, es decir, que la salud de las personas está en manos de monopolios agroalimentarios cuyo objetivo es ganar dinero (a costa de lo que sea y especialmente a costa de la salud de las personas)

c) el tercer aspecto es criminal: la estafa más vieja del mundo que consiste en dar gato por liebre, es decir, que compras una cosa y te venden otra distinta sin informarte, o sea, que los transgénicos no están etiquetados como tales de manera que el consumidor pueda elegir

d) el cuarto es el imperialismo, o como se dice ahora, la hegemonía: éste es el aspecto que voy a desarrollar.

Los monopolios de cualquier tipo intentan dominar un mercado y los monopolios agroalimentarios tratan de dominar la agricultura mundial. Los que no hemos creído nunca en el neoliberalismo añadimos además: a través de los monopolios dominan las potencias imperialistas que los sostienen.

Algunos quieren quitar hierro al asunto y dicen: eso pasa con todos los sectores económicos, los monopolios agroalimentarios en nada se diferencian de los demás. Es erróneo: podemos prescindir del móvil pero no de un mendrugo de pan. Por lo tanto, para todos los países del mundo la agricultura es un sector estratégico. Ahora a eso le llaman “soberanía alimentaria” en el Tercer Mundo, pero hay algo más; no se trata sólo de los países sino de que la superviviencia física de millones de seres humanos depende de dos cosas:

a) la primera de que suceda algo imposible: que se mantengan las formas actuales de agricultura, es decir, las formas agrarias anticuadas, autárquicas, lo cual no va a suceder porque en todo el mundo la expansión del capitalismo es inexorable

b) que se imponga su contrario (dialéctica), la revolución socialista, que es la única alternativa con futuro para el campesinado, o sea, para la inmensa mayoría de la humanidad; esto es lo que sí va a suceder en todo el mundo inexorablemente

Ya lo explicó Marx en “El Capital”, lo volvió a explicar Kautski en “La cuestión agraria”, lo repitió Rosa Luxemburgo en “La acumulación de capital” y por enésima vez Lenin volvió sobre el mismo asunto en sus primeros escritos: en todos los países del mundo la agricultura ha sido el último sector económico en ser sometido al capitalismo, lo cual ha permitido sobrevivir a la mayor parte de la humanidad que de otra forma hubiera sido aniquilada por la expansión del capitalismo. El “retraso” de la agricultura ha favorecido formas autárquicas de producción y subsistencia que hoy están amenazadas por las multinacionales agroalimentarias.

El imperialismo de Estados Unidos está tratando de sostener su hegemonía de varias formas, entre ellas imponiendo un determinado desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura, especialmente las patentes sobre semillas y los transgénicos, de tal manera que el campesinado que hoy es autosuficiente deje de serlo y pase a depender de las empresas comercializadoras, que son monopolios de Estados Unidos (en su inmensa mayoría).

Hay países, como Francia y Rusia, que se oponen a esa hegemonía y, por lo tanto, son los países en los que la ciencia presenta un aspecto radicalmente opuesto a la “ciencia” que nos llega de Estados Unidos, que es la única que algunos conocen y reconocen como tal. De ahí el cariz canallesco de las lecciones impartidas en España en algunos cursos universitarios de genética, de agrónomos o de medicina. Realmente repugnante.

El lector se dará cuenta de que la ciencia está muy cerca de la ideología y a causa de ello es posible que padecezca dos tentaciones simétricas (dialécticas) casi irresistibles: unos dirán que la ciencia no existe, que todo es ideología (“nada es verdad ni es mentira, todo es del color del cristal con que mira”); otros incurrirán en el vicio opuesto para sostener que todo es ciencia, que la ciencia no tiene nada que ver con la ideologia, ni con el capitalismo, ni con las clases sociales…

Ahora mismo en algunos Estados de Estados Unidos, como California, está en marcha una campaña popular a favor de la celebración de un referéndum para que los transgénicos se etiqueten, es decir, sobre el aspecto criminal de este asunto. Dialécticamente las multinacionales en los medios (que son sus medios) han desatado su propia campaña para contrarrestar a la anterior (lucha de contrarios). Dicha campaña consiste en preguntar lo siguiente: ¿acaso un asunto científico se puede someter a referéndum?, ¿tiene el mismo valor el voto de un experto que el de un ignorante que no ha sido capaz de aprobar los exámenes del instituto?

Como véis un debate apasionante… apasionantemente fascista. Es otro intento de que mantengamos la boca cerrada. Nuestra opinión no vale nada. Nosotros no podemos tener una opinión distinta de la que nos aconsejen los expertos, los que saben de estas cosas. Lo que nos corresponde a la chusma como nosotros es lo siguiente:

a) convencernos a nosotros mismos de que somos unos ignorantes y que estamos mejor calladitos
b) aprender a obedecer, a decir que sí sin rechistar: los expertos saben lo que se traen entre manos

Voy a dejar para más adelante unas declaraciones repugnantes de un “científico” español (del CSIC) que se ha burlado de nosotros diciendo lo siguiente: hace tiempo que las multinacionales agroalimentarias están engañando al mundo entero al vender transgénicos sin etiquetar que todos hemos consumido. Seguimos vivitos y coleando. No pasa nada. Los transgénicos no son nocivos para nuestra salud.

Es otro ejemplo de lo cercanos que están algunos “científicos” al imperialismo y a la criminalidad. Hacen apología de un delito como la estafa. Comprendo que es difícil separar a esa “ciencia” de una estafa vulgar y corriente, pero hay que seguir intentándolo.

La crisis es una bendición que el cielo nos envía

Este fin de semana (*) se celebra en Barcelona la segunda reunión internacional para convencernos de que la crisis capitalista es una bendición que el cielo nos envía, de que el decrecimiento económico no es negativo sino positivo. La primera se convocó hace dos años en París. El lema es “small is beautiful”, el perfume auténtico se sirve en frascos pequeños. La calidad (no la cantidad) de vida está de moda.

La capacidad del capitalismo para tratar de sucederse a sí mismo en las condiciones más difíciles, como las actuales, no puede constituir ninguna sorpresa, así como tampoco la imaginación de sus corifeos, como Carlos Taibo, para que su desplome sea lo más dulce posible. Antes a eso lo llamaban “aterrizaje suave»; ahora decrecimiento económico. De paso el capitalismo puede aprovecharse de ella para resolver algunos problemas ecológicos que tiene pendientes.

En 1972 lo llamaron “crecimiento cero” y en 1987 “crecimiento sostenible” pero con la crisis eso se ha vuelto insostenible. Ahora lo mejor que podía pasarnos es que nos cayéramos por la cuesta abajo. Bendito sea el capitalismo; hemos tenido suerte: nos estamos hundiendo y debemos alegrarnos por ello.

En fin, las teorías del decrecimiento económico que propugnan los imperialistas son la personificación de la desvergüenza, con el añadido de que nos llegan como otra de esas modas rabiosamente revolucionarias (como todas las modas), que es como aparece recurrentemente en esos ridículos medios “alternativos” que la propugnan.

Repasar el recorrido que han seguido los imperialistas para colarnos esta sandez supina del decrecimiento económico resulta, además de largo, bastante pesado, pero se puede resumir diciendo que tiene su origen moderno en aquel montaje de monopolios multinacionales como Volkswagen que se llamó “Club de Roma”, un puchero en el que guisaron sus postulados malthusianos, confirmados en el informe que llevaba como título “Los límites del crecimiento” que constituyó la más gigantesca campaña de propaganda que se ha llevado a cabo jamás.

El famoso informe fue una de las primeras proyecciones informáticas que se hicieron, aunque ahora nadie quiere acordarse de ello porque sus predicciones tenían el mismo nivel científico de las de Rappel, el tarot y los horóscopos. Cómo serían las cosas en aquel fatídico año de 1972 que todos pudimos empezar a respirar mucho más tranquilos: hasta las Cortes franquistas presentaron el primer proyecto de ley contra la contaminación.

Lo que quisieron demostrar entonces ya lo sabíamos de antemano porque nos lo habían dicho los Testigos de Jehová y las corrientes protestantes milenaristas que pululan en el mundo anglosajón: el mundo se acaba. La traducción de la Biblia al lenguaje de la teoría económica imperialista, realizada por el reverendo Malthus a finales del siglo XVIII, tiene varias connotaciones que conducen al mismo sitio: las materias primas se agotan, el suelo se desertiza, el hambre acecha, el aire se contamina, la demografía explota, la biodiversidad se reduce, etc.

Pero, ¿por qué se acaba el mundo? Si lo estudiamos despacio veremos que tiene su lógica: el mundo se acaba porque, como dice Carlos Taibo, es finito. La Tierra es como una nave espacial que recorre el universo, un recinto cerrado en el que el agua, los alimentos y el combustible se agotan… Todo se acaba tarde o temprano… Hasta la paciencia.

Los más listillos lo plantean de una manera mucho más “científica”, introduciendo términos difíciles como entropía, tendencia al caos, al desorden, muerte térmica, paralización de la vida… como en las películas de ciencia ficción de la serie B pero totalmente creíble porque se apoya en la magia: la segunda ley de la termodinámica. Incuestionable.

Cuando se presta un poco de atención a ese tipo de disquisiciones se aprecia algo muy significativo: las relaciones de producción han desaparecido y con ellas ya no hay mención a ninguna sociedad de clase; no hay capitalismo sino que nos hablan de sociedad industrial, o moderna, o avanzada, o tecnológica. Todo son fuerzas productivas. Lo que se agota no es el capitalismo sino la civilización contemporánea (toda ella).

El decrecimiento, pues, consiste en dar marcha atrás, es una ideología reaccionaria, un retorno al mito del “buen salvaje” de Rousseau que hoy se reviste de un aspecto modernista: volver de la sociedad industrial a la agrícola, de la ciudad al campo. Es allá donde está la vida sana, natural, auténtica, pura, sin CO2, aditivos, colorantes, ni conservantes. Los jornaleros que emigraron en los sesenta a las grandes urbes masificadas se equivocaron de recorrido. Tenemos que cambiar nuestros artificiales calzoncillos de nylon por otros de auténtica lana de oveja merina, abandonar internet para volver a las señales de humo.

La teoría del valor es una antigualla; hay que empezar a pensar en la economía en términos físicos. Pongamos un ejemplo: el problema del hambre en el mundo no es un problema del precio de los alimentos sino de su volumen: de las toneladas de producción mundial de trigo, de arroz, de maíz, etc. El problema más grave es que la Tierra tiene una superficie limitada de cultivo; no da más de sí y, además, como sabemos desde comienzos del siglo XIX gracias a David Ricardo, el suelo tiene una fertilidad decreciente. En la ideología burguesa todo es siempre decreciente, todo cae cuesta abajo… menos los beneficios de las multinacionales.

¿Qué debemos hacer? Dar media vuelta. La economía, como el reloj de la historia, puede entrar en el túnel del tiempo, retroceder, dar marcha atrás. Es reversible y en lugar de progresar lo que debemos hacer es regresar porque la civilización moderna, la industria, la tecnología, tienen un carácter destructivo hacia la naturaleza.

A partir de este punto el imperio del sol decreciente enfrenta a la naturaleza con la sociedad y al hombre con el medio. Se plantea justamente de ese modo, en términos abstractos e intemporales: el hombre deteriora el planeta, el agua, el aire, el paisaje, el subsuelo, el océano, etc. En nombre de la naturaleza la burguesía imperialista y sus secuaces están logrando que en amplios sectores del mundo entero el ser humano se desprecie a sí mismo, reniegue de sí mismo y de su capacidad para seguir evolucionando, mejorando.

Yo no voy a ser de los que caigan en esa trampa. ¿Por qué creo que sigue siendo posible el progreso? ¿Por qué creo que sigue siendo posible la (r)evolución? Pues por lo que ya dijo Giordano Bruno y le costó la hoguera: el mundo no es una nave espacial cerrada porque es infinito. ¿Que hace falta para seguir avanzando? La revolución socialista. ¿Qué es lo que conduce al mundo hacia el socialismo? El desarrollo incesante de las fuerzas productivas y su contradicción con las relaciones de producción.

Pero mi opinión no vale nada. El que quiera tener la suya propia que eche un vistazo a la historia desde los tiempos del neolítico. Se dará cuenta de que no ha habido, no hay y no habrá nunca marcha atrás en este proceso. Como la evolución, la revolución es irreversible e inevitable.

(*) Artículo publicado en marzo de 2010 en http://odiodeclase.blogspot.com.es/2010/03/la-crisis-es-una-bendicion-que-el-cielo.html

Un manifiesto para justificar que las tripas se queden vacías

Hace un par de siglos las corrientes más avanzadas de la burguesía eran ateas, de manera que acabaron con lo sobrenatural para quedarse sólo con lo natural, aunque no fueron capaces de llegar a una concepción científica de lo que es la naturaleza, y mucho menos de la relación entre lo natural y lo social, una tarea que incumbió al marxismo.

La concepción burguesa de la naturaleza es paisajística, o sea, estética. El burgués no es el campesino que trabaja la tierra de sol a sol y huye de ella a la menor oportunidad. A pesar de que es una clase social urbana, que siempre ha vivido de espaldas del campo, la burguesía ha impuesto sus puntos de vista sobre la naturaleza, como tantos otros que forman parte de la ideología dominante.

El capitalismo nos ha traido a una ciudad asfaltada, con viviendas de ladrillo y aire acondicionado en el coche, pero soportamos una contradicción: vivimos en una ciudad aunque nos gusta engañarnos y creer que lo que en realidad nos gusta es todo lo contrario, el césped, pasear por el campo los domingos por la mañana y respirar aire puro. Mientras históricamente la humanidad ha huido siempre del campo a la ciudad, la burguesía “alternativa” quiere recorrer ahora el camino inverso… eso sí, en coche, con paraguas por si llueve, crema para que el sol no nos queme la piel, spray contra los mosquitos y un iPod en el bolsillo.

Para la burguesía, lo mismo que para la mayor parte de nosotros, la naturaleza representa el paraíso perdido. Es idílica y su prototipo sigue siendo el viejo romanticismo de 1800, el mito del buen salvaje de Rousseau: frente a la ciudad donde vivimos, que es la cuna de todos los males, la gente “de campo” es depositaria de los mejores valores de la humanidad.

Nuestra concepción de la naturaleza forma parte de una ideología burguesa arraigada a la conciencia como una hiedra. Por su origen romántico, está repleta de sentimentalismo: dado que la naturaleza es, por sí misma, algo bueno y bonito, hay que conservarla tal cual porque todo lo que el hombre ha hecho siempre con ella es destruirla. Y cuando me refiero “al hombre” en general también estoy hablando de ese “hombre” típico del idealismo alemán del siglo XIX del que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va.

Sujeta a una decadencia imparable, para la burguesía actual el progreso ya no existe, y si existe hay que acabar con él porque destruye la naturaleza. En 1973 los imperialistas del Club de Roma lo llamaron “límites del crecimiento” y ayer un manifiesto firmado por relevantes personajes de la farándula política nos llamaron a poner coto a la supuesta “crisis ecológica”, entre ellos Xosé Manuel Beiras, Alberto Garzón, Cayo Lara, Pablo Iglesias, Esther Vivas y López de Uralde.

El manifiesto asume todos los tópicos seudoecologistas que el imperialismo lleva predicando desde hace décadas para encubrir y, al mismo tiempo, justificar la profunda crisis que atraviesa y que se resume últimamente en la consigna del decrecimiento. Hablan de la “vida buena” por no decirlo más claramente: la buena vida, que debe ser la de los firmantes. Los burgueses que tienen la tripa llena miran a los demás con sus propios ojos y dicen que consumimos demasiado. Por consiguiente, que no tengamos trabajo, que quienes lo tienen ganen menos, los desahucios de viviendas, los recortes en educación o la liquidación de la sanidad, no es algo malo sino algo saludable, o dicho de otra manera: no es algo bueno para nosotros, pero sí para el planeta, para la naturaleza y para la ecología. Por lo tanto, ya sabéis: hay que resignarse a tener el plato cada vez más vacío o, como decía antiguamente el movimiento obrero, a apretarse el cinturón.

El manifiesto es un resumen de todos y cada uno de los topicazos de la posmodernidad burguesa más actual, más a la moda, que hay que mencionar aunque ni ellos mismos sepan lo que significa: caos, colapso de la civilización, barbarie, crecimiento demográfico, genocidio, agotamiento de los recursos, cambio climático, transversalidad… Para no repetir siempre las mismas frases grandielocuentes proponen algo tan infantil como “hacer las paces con la naturaleza”.

El modelo es el 15-M, “que abre posibilidades para otras formas de organización social”. La alternativa no es ya el socialismo sino “una nueva civilización” porque, como es bien sabido, el socialismo es “desarrollista”, cree en el progreso, en el incremento de las fuerzas productivas y del bienestar de la humanidad.

A la burguesía “alternativa” el socialismo se le ha quedado pequeño. El próximo cambio tiene que ser del tamaño del neolítico. Lo que no saben es que con el neolítico es cuando aparecieron las grandes ciudades precisamente…

Los stalinistas que sacaban petróleo de las piedras

Casi cada párrafo de la última bufonada de Luis Felip López-Espinosa, publicado recientemente por Rebelión (1), me ha divertido, sobre todo cuando enuncia su pretensión de no redactar “el típico manual de marxismo”. Que no se preocupe: su manual no tiene nada que ver con el marxismo. Es una colección de tópicos revisionistas entre los que no podía faltar una alusión al “periodo stalinista” y al caso Lysenko “que entorpecieron el trabajo científico de numerosos intelectuales comunistas” (pg.55). Si en la URSS los intelectuales “comunistas” hubieran sido de la catadura de López-Espinosa no hubieran necesitado ni a Stalin ni a Lysenko: son tan torpes que se entorpecen ellos mismos.

No quiero ni imaginar lo que López-Espinosa entiende por “trabajo científico”, pero es posible que sea ese alpiste indigesto que nos sirven procedente de las universidades anglosajonas, lo mismo que si fuera comida rápida aderezada con tragos Pepsi-Cola light. Según él la ciencia se mantiene “como referente de toda la comunidad científica durante un periodo largo de tiempo” (pg.14). Por eso me siento aliviado cuando López-Espinosa asegura que “el marxismo no es una ciencia, afortunadamente”. Es más, si a eso le llaman ciencia, el marxismo no sólo no es una ciencia sino que está en contra de esa “ciencia” y de “toda la comunidad científica” que López-Espinosa utiliza como “referente”.

También es normal que afirmen que en la URSS no hubo tal chapuza de “ciencia” y que se lancen a largar, como López-Espinosa, lo primero que les viene a la cabeza sobre Lysenko, sin tener ni la más remota idea del asunto. Ni falta que les hace; parece ser que ellos llaman “ciencia” a ese estilo insustancial de escribir. Por eso no puede extrañar que en los países capitalistas la “ciencia” siga degenerando a pasos agigantados y a un desvarío le siga otro, como si se tratara de un concurso de alucinados.

Como cualquier otro movimiento, la ciencia avanza en forma de contradicciones, de polémicas y de debates. Por eso algunas de las obras científicas de Galileo llevan el título de “diálogo” precisamente. Se trata de discusiones que teatralizan un debate, preguntas que exigen respuestas y respuestas que suscitan nuevas preguntas. A lo largo de la historia del pensamiento humano nunca ha existido nada parecido a esa “comunidad científica” que López-Espinosa convierte en “referente” de no se sabe qué. Quizá de que a Giordano Bruno le quemaran en la hoguera, una buena muestra de que junto a esa “comunidad científica” que ejerce de tribunal de la inquisición, están los herejes y las brujas.

Donde no hay una pugna abierta de tesis contrapuestas no hay ciencia. A lo largo del siglo XX donde más progresó (y más rápidamente) la ciencia fue en la URSS, gracias -entre otras cosas- a los debates que se entablaron entre los científicos, algo a lo que no estamos acostumbrados en los países capitalistas, donde la ciencia es un trágala perro cuyo altavoz son esas revistas especializadas tan “prestigiosas” que se editan en Estados Unidos y Gran Bretaña y que sólo en raras ocasiones publicaron los artículos de los científicos soviéticos. En realidad, antes y ahora, no publican más que lo suyo.

Los debates científicos que se entablaron en la URSS fueron censurados porque el mensaje que tienen que inculcar acerca de aquella época es que nadie se atrevía a debatir porque era una dictadura en la que Stalin lo daba ya todo prefabricado. Pero hay algo aún peor que el silencio, la manipulación, y donde los imperialistas no pueden imponer el silencio, sus secuaces revisionistas imponen la manipulación. El ejemplo más evidente es lo que López-Espinosa califica como “caso Lysenko”, que él a su vez tergiversa sin pudor para ocultar lo más básico del “caso”: que el imperialismo orquestó toda una campaña mundial de descrédito en torno a un debate en el que participaron más de 700 científicos (2).

Lo mismo sucedió con la geología. Tres años después del congreso sobre biología se convocó otro sobre geología del petróleo en el que a Nikolai A. Kudriavtsev le tocó el papel de Lysenko para enunciar otra tesis a contrapelo del alpiste anglosajón: el origen abiótico y profundo del petróleo, que choca con las tesis dominantes acerca de su origen fósil. Buscar un artículo de Kudriavtsev que haya sido traducido y publicado por alguna de esas revistas “científicas” es como buscar una aguja en un pajar. No merece la pena esforzarse.

Las tesis de Kudriavtsev no eran tan novedosas. Ya fueron anticipadas a mediados del siglo XIX por el francés Berthelot y el ruso Mendeleiev. Resurgen en la URSS tras la II Guerra Mundial, como cualquier otro avance del pensamiento humano, por una necesidad acuciante: porque el petróleo es una materia prima que, como ya explicó Lenin, tiene un carácter estratégico. Los yacimientos de Bakú presentaban síntomas de agotamiento y los imperialistas pretendieron seguir asfixiando a la URSS, impidiéndole el acceso al petróleo de Oriente Medio.

Como era característico, la URSS movilizó a miles de científicos, no sólo para buscar nuevos pozos sino para replantear todas y cada una de las tesis admitidas en la ciencia acerca de la geología del petróleo. Todo se puso patas arriba: universidades, laboratorios, centros de investigación, expediciones científicas… Fue el proyecto científico más ambicioso de la URSS desde los tiempos del Goelro, el plan leninista de electrificación aprobado en 1920. En poco tiempo se publicaron unos 4.000 artículos, además de libros científicos sobre el petróleo, una campaña de expansión científica que no conoce ninguna clase de precedentes, la mayor y más rapida concentración bibliográfica sobre ciencia… a la que las caciquiles universidades occidentales siguen abolutamente ajenas. Naturalmente. Les basta el trágala perro.

Como en el caso Lysenko, si se examina -aunque sea superficialmente- toda esa gigantesca producción científica, por encima de la cantidad lo que destaca es la diversidad de tesis enfrentadas, las críticas y autocríticas y, en definitiva, la libertad de creación científica. A lo largo de un debate que se prolongó durante 20 años, algunos geólogos admitieron que nunca había habido ninguna revisión crítica similar de la hipótesis dominante sobre el origen fósil del petróleo.

El geólogo comunista I.M.Gubkin, precursor de la minería del petróleo en la URSS, había demostrado que la teoría lleva a la práctica y la práctica a la teoría (3). Las tesis de Kudriavtsev no sólo eran científicamente correctas sino que además dieron los frutos esperados. Hoy en Rusia las prospecciones aciertan en un 60 por ciento de los pozos que perforan, mientras que en Estados Unidos el porcentaje baja a sólo un 10 por ciento. La URSS puso a Rusia a la cabeza de la geología del petróleo. Aún sigue viviendo de los réditos científicos de la época soviética, que la han convertido en la mayor productora mundial de hidrocarburos.

Siguiendo las teorías de Kudriavtsev, en 1981 los soviéticos encontraron petróleo en los sitios más insospechados, a grandes profundidades, como el pozo del Tigre Blanco (Bach Ho), en las costas de Vietnam, a 5 kilómetros de profundidad, donde la Exxon se había quedado con las manos vacías. Aún hoy la empresa que explota el yacimiento utiliza una marca comercial, Vietsovpetro, que con la hoz y el martillo no deja lugar a dudas sobre su origen histórico. Como dice su página web, excavado en roca basal, el Tigre Blanco se ha convertido en un foco de atención para los científicos de todo el mundo (4).

Los mandarines actuales que manejan la “ciencia” y sus circuitos intelectuales van a tener que cambiar a marchas forzadas sus viejos y ridículos prejuicios. Les ha costado medio siglo mantener a la geología con la boca cerrada y ya se empiezan a tirar de los pelos. Por fin en 2003 la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo convocó una Conferencia en Londres para discutir la teoría de Kudriavtsev. Lograron aplazar el debate para el año siguiente en Viena y luego lo trasladaron a Calgary (Australia)… En este asunto la “comunidad científica” de López-Espinosa sólo lleva 60 años de retraso respecto a la soviética. El investigador estadounidense F. William Engdahl los ha calificado como “intelectuales fósiles”, y se ha quedado muy corto.

Las tesis de Kudriavtsev no sólo cambiaron la fisonomía de la URSS sino que, teniendo en cuenta el peso del petróleo en las estrategias del imperialismo, pueden cambiar muchas otras cosas en el futuro. Si se mantienen en el silencio quizá sea porque no interesa que esas cosas cambien, que todo siga igual.

Mientras tanto la CNN califica de “disidentes” a los científicos que siguen las tesis de Kudriavtsev, al más puro estilo de la guerra fría en un artículo cuya lectura no tiene desperdicio (5). En fin, seguimos como en los más tenebrosos momentos de la Edad Media. A un lado está “toda la comunidad científica” y en el opuesto los herejes, los disidentes y todos los demás que -como Stalin, Lysenko y Kudriavtsev- dedican sus esfuerzos a entorpecer a los anteriores. Pero gracias a esta brujería petroquímica en Vietnam extraen 280.000 barriles diarios de petróleo, literalmente de las piedras. Un verdadero akelarre.

(1) Ser social y conciencia política, Rebelión, 25 de marzo de 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=182448
(2) Lysenko. La teoría materialista de la evolución, http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/trip/lysenko.html
(3) S.I.Mironov: I.M.Gubkin. An example of the close association of the scientific creative with the practical, en Petroleum Geology: A digest of russian literature on Petroleum Geology, 1959, vol. 3, núm. 4A. pgs. 209 y stes.
(4) Vietsovpetro, http://www.vietsov.com.vn/Pages/introduction_en.aspx
(5) Oil Without End? Revisionists say oil isn’t a fossil fuel. That could mean there’s lots more of it, 17 de febrero de 2003, http://money.cnn.com/magazines/fortune/fortune_archive/2003/02/17/337289/

Un planeta sin límites

En Rebelión Gustavo Duch publica un artículo titulado “Los límites del planeta” que, por sí mismo, constituye el núcleo central de las ideologías ecologistas, un cúmulo de tópicos modernos que nada tienen que ver con la ciencia de la ecología. Es otro ejemplo de la manera íntima en que la ideología está entreverada con la ciencia. ¿Cómo separar a una de otra?

Las ideologías ecologistas son una proyección religiosa y, en la medida en que las corrientes dominantes actuales son británicas y estadunidenses, su raíz está en el cristianismo y son esencialmente lineales, basadas en un relato bíblico según el cual todo tiene un principio, que está en la creación, y tendrá un final, indudablemente desastroso, el Armagedón.

Para el cristianismo en la Tierra las cosas siempre acaban mal, o al menos peor de lo que empezaron. La evolución sobre la Tierra no sólo es lineal sino que empeora o degenera continuamente, consecuencia del pecado original que convierte en malvado al ser humano, frente a la naturaleza que, como obra de dios, es perfecta: el paraíso terrenal. La relación de los seres humanos con la naturaleza es, pues, destructiva y perversa. El ser humano debería conservar intactas las maravillas que la creación divina puso a su disposición, lo que se traduce en el deseo de preservar el medio ambiente o el “equilibro” ecológico.

Las ideologías ecologistas tienen este fundamento pesimista y agónico de raigambre religiosa. Por el contrario, la ciencia de la ecología nació en la URSS articulada en torno al concepto de ciclo biogeoquímico de Vernadski, que es el opuesto al anterior. La naturaleza cambia por sí misma, sin necesidad de que nadie impulse sus transformaciones, de manera que todo intento de conservarla tal y como la vemos ahora es absurdo. Como cualquier otro proceso, esos cambios se producen siguiendo leyes regulares, las cuales a su vez son oscilantes, se suceden unas a otras inexorablemente, como la rotación de la Tierra cada 24 horas, las estaciones anuales, los vientos o las mareas.

Un movimiento cíclico es esencialmente infinito y no se agota nunca, es decir, que no tiene límites. Los ciclos naturales no tienen un origen y no se pueden detener; sólo cambia la forma del ciclo, tanto si se trata de un ciclo orgánico como si es inerte. Por ejemplo, la biodiversidad ni se ha reducido ni se puede reducir. Unas especies se extinguen y aparecen otras.

Lo mismo sucede con la materia inorgánica. El cobre, por ejemplo, se conoce desde los tiempos más antiguos de la humanidad, lo mismo que el oro y otros elementos químicos. Desde hace miles de años, la humanidad ha extraído grandes cantidades de cobre del suelo sin que se haya observado no ya su agotamiento sino ni siquiera su escasez. Por cuantiosas que sean hoy las extracciones de cobre o de cualquier otro metal, no hay ningún indicio de que se vayan a agotar, por más que su consumo se multiplique aún más.

El planeta es, pues, infinito. La historia de la humanidad no conoce ningún caso en el que algún recurso se haya agotado; ni siquiera que esté en vías de agotarse, entre otras cosas porque no sabemos la cuantía de existencias de que disponemos para ninguno de ellos. En caso de que sucediera lo contrario, no existe ningún recurso que no sea sustituible. El carbón se puede sustituir por el petróleo, el petróleo se puede sustituir por el gas, el gas por el viento, y así sucesivamente.

La sustitución conduce a otro factor que las ideologías ecologistas dominantes no pueden tener en cuenta, el desarrollo de las fuerzas productivas, porque muestra un tipo de evolución opuesto al que tratan de sostener. Las fuerzas productivas no decaen sino que, como muestra la historia, su progreso nunca se ha detenido. Por lo tanto, no es posible hablar de recursos sin tener en cuenta el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

La consideración de las fuerzas productivas conduce, además, a otro aspecto que juega en contra de la ideología dominante: no es posible aludir a los recursos en términos físicos sin tener en cuenta simultáneamente el modo de producción, es decir, factores que son de tipo económico, político y social. Sin embargo, desde los años sesenta se están abriendo camino una colección de teorías económicas burguesas que camuflan los fenómenos económicos como si se tratara de fenómenos físicos. Argumentan en términos de toneladas, litros o metros cudrados, dejando al margen el valor, el mercado o el beneficio.

Los verdes y ecosocialistas, como todas las demás teorías económicas burguesas, orquestan sus argumentos en torno a una supuesta “escasez” que encubre la lucha de clases y oculta que sólo hay escasez para unos, en tanto que otros disfrutan de la mayor exuberancia, por lo que no es nada diferente de la propiedad privada y del reparto derivado de la producción capitalista.

Lo mismo sucede con los desiertos, que son ecosistemas como cualesquiera otros de los cuales, sin embargo, nadie pretende su conservación, sino todo lo contrario. El desierto tiene mala imagen porque forma parte de la ideología de la decadencia. Desde los tiempos de David Ricardo, hace 200 años, la economía burguesa sostiene la existencia de una supuesta “ley de los rendimientos decrecientes” que empezaron aplicando a la agricultura y luego han llevado a toda la economía. La producción no compensa la inversión, por lo que el planeta acabará convertido en un desierto, lo cual es sinónimo de yermo, estéril.

De la economía, el irremediable desplome pasó a la física. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual el universo se habrá quedado frío, ya no tendrá vida.

Las teorías del caos, la noción de “sostenibilidad” y muchas otras participan de esa agonía que va mucho más allá del modo de producción capitalista. No es que la burguesía esté en la etapa final y decadente de su historia. Ella cree representar a la humanidad, por lo que nos habla del final de su clase como si fuera el final de la humanidad y la muerte de la civilización.

La ciencia de la ecología no tiene nada que ver con ese tipo de teorías. El planeta no conoce ninguna clase de límites.

(*) Gustavo Duch: Los límites del planeta, Rebelión, 15 de enero de 2014, https://rebelion.org/los-limites-del-planeta/

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies