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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 6 de 60)

Confinamiento: análisis de una experiencia piloto de obediencia en masa

En setiembre del año pasado dos sociólogos franceses, Nicolas Mariot y Theo Boulakia, publicaron un libro titulado “L’Attestation” sobre el confinamiento impuesto durante la pandemia en varios países.

Además, el miércoles Mariot concedió una entrevista a la revista del CNRS, el equivalente francés del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (*), un organismo que no se puede calificar de “conspiranoico” precisamente.

Los autores cuestionan lo ocurrido durante la primavera de 2020 con los confinamientos, que califican como una “experiencia de obediencia masiva” que provocó una importante privación de las libertades públicas.

El control social prevaleció sobre el aspecto sanitario, concluyen. “Durante la pandemia, asistimos al resurgimiento de viejos hábitos de gestión punitiva de la población”, afirma Mariot.

Tan importante como el castigo político y la sumisión en masa es poner de manifiesto que hubo gobiernos que no impusieron el confinamiento. Se trata de países nórdicos como Suecia, Finlandia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, pero también Suiza y Bulgaria. “Adoptaron medidas sanitarias como en todas partes (mascarillas, prohibición de reuniones, recomendación de lavarse las manos), pero dejaron las puertas abiertas”, comenta el sociólogo francés.

Hubo otros que se pasaron de rosca con los toques de queda, imponiendo medidas muy estrictas o muy prolongadas en el tiempo. Se trata de los países del sur de Europa, como España, que quisieron ser más papistas que el Papa y donde la policía entró en las viviendas derribando las puertas y deteniendo a los moradores.

En tal caso, es obvio preguntarse si los países que impusieron un confinamiento más largo o más estricto, lo hicieron por motivos sanitarios, es decir, si lo hicieron porque en ellos se estaban produciendo más muertes o más hospitalizaciones.

La respuesta es negativa, dicen los autores. “Los países que adoptaron las normas más estrictas no estaban en mayor riesgo, desde el punto de vista sanitario, que los demás. La diferencia de reacción está claramente ligada a los hábitos coercitivos de los gobiernos […] Cuanto más policías por habitante tienen los Estados europeos, o cuanto más están acostumbrados a liberarse de las libertades públicas, más han encerrado a su población”.

No es casualidad, por lo tanto, que el confinamiento haya sido característico de aquellos países, como España, de raigambre fascista y represiva, donde ni el gobierno tuvo escrúpulos de ninguna clase, ni la población hábitos de resistencia, ni los jueces coraje para frenar algo que a todas luces era completamente ilegal. En este tipo de países con subculturas despóticas es relativamente fácil que la población se encarcele a sí misma y se convierta, además, en policía de sus vecinos.

La otra pregunta también es obvia: si el confinamiento se hubiera dictado por motivos sanitarios, en los países que no impusieron ningún encierro, la pandemia habrá causado mayores estragos que en los otros, más muertes o más hospitalizaciones.

La respuesta vuelve a ser negativa. Las medidas de encierro no tuvieron efectos positivos para la salud. Según Mariot, algunos países, como Japón, Taiwán y Dinamarca, no confinaron y registraron un déficit de mortalidad durante el periodo, mientras que otros que confinaron mucho tuvieron un elevado exceso de mortalidad que, en el caso de España alcanza cifras espectaculares.

En Europa y en los países occidentales, en general, los gobiernos se han acostumbrado a imponer el miedo -aparte de la mentira- como política de Estado, y la pandemia se resume en eso: inculcar miedo a los virus y miedo a la policía y al castigo.

No obstante, “el miedo al virus no es suficiente, por sí solo, para explicar la obediencia masiva a las normas”, dicen los sociólogos. Una encuesta realizada en Francia al principìo de la pandemia mostró que más de la mitad de la población no respetaba las recomendaciones sanitarias.

El factor decisivo fue, pues, el miedo al castigo, a la represión y a la policía, aunque intervino un tercer elemento, que también fue importante: no aparecer como la oveja negra, seguir al rebaño. “Las reglas no se cuestionan cuando su aplicación parece que no es arbitraria”, dicen los autores. También es un hábito viejuno: mal de muchos, consuelo de tontos.

(*) https://lejournal.cnrs.fr/articles/covid-19-bilan-dune-surveillance-massive

Cuando el negacionismo se convierte en un problema de orden público

A finales de marzo salieron a la luz una serie de archivos del Instituto Robert Koch, el organismo alemán de salud pública, lo que ha provocado una convulsión entre los medios de comunicación centroeuropeos, que han perdido una buena parte de su entusiasmo por las medidas aprobadas durante la pandemia, todas ellas ilegales.

No sólo los negacionistas recalcitrantes dudaban de la utilidad de las mascarillas. En el Instituto Robert Koch los expertos tampoco lo tenían claro, y lo mismo cabe decir de los confinamientos, según muestran las actas internas.

La onda expansiva ha llegado hasta Suiza, donde el diario Neue Zürcher Zeitung publicó la semana pasada un artículo titulado “¿Quién tiene algo que ver con los planes de la OMS?”. La marea puede acabar afectando al gran proyecto del organismo internacional: el tratado de pandemias.

El editor jefe del diario, Eric Gujer, se ha pasado al bando de los críticos más furibundos. “El covid significó la victoria de la locura de la viabilidad (o locura tecnocrática) sobre la sabiduría política, que ve la autolimitación del poder como una característica esencial de las democracias”, asegura.

Tanto en Alemania, como en Austria y Suiza, muchos ciudadanos se han dado cuenta de que la política represiva durante la pandemia hizo “más daño que bien”, comenta Gujer. Pero las demandas de mayor transparencia han quedado reducidas a la nada. Todo ha quedado en una especie de niebla que nadie intenta despejar.

Gujer lamenta que, a pesar del tiempo transcurrido, nadie haga un balance de la “lucha contra el covid” porque “el secretismo destruye la confianza”. Sin embargo, los políticos están contentos porque, dice el editor, “quieren ampliar aún más sus poderes con el pacto pandémico de la OMS”.

El secreto acerca de la pandemia se está quebrando, pero no porque haya una voluntad de transparencia en los gobiernos, sino por las filtraciones de documentos que están apareciendo en varios países, como Reino Unido o Italia, donde además de la corrupción de los políticos, aparecen las elucubraciones de los epidemiólogos. El cuadro que aparece desmonta la monolítica unanimidad con la que se presentaron ante los micrófonos en la primavera de 2020.

En otras palabras, lo que unos (políticos) y otros (expertos) expresaron de puertas afuera en 2020 era mentira, y es positivo que un periódico suizo, como el Neue Zürcher Zeitung, fundado en el siglo XVIII, lo reconozca porque los medios de comunicación tuvieron un importante papel en aquel engaño.

La pandemia puede ser un recuerdo lejano, pero bastantes pasajes de los documentos originales han sido tachados, por lo que el ocultamiento sigue. La confianza en los políticos, los funcionarios, los parlamentarios y los expertos no puede decaer. Los negacionistas, los conspiranoicos y los antivacunas no se pueden salir con la suya.

En alemán lo llaman “deslegitimación del Estado”, una categoría que ha entrado con fuerza en el código penal, lo mismo que otros como el “terrorismo”. El Ministerio de Interior, la policía y los servicios secretos ya tienen unos ficheros especiales dedicados a todos aquellos que nunca pueden tener razón.

El negacionismo no es un problema de salud pública, sino de orden público. Desafía al Estado y a sus políticas en algo, como la vacunación, que la población debería asumir de forma unánime.

Pero no se pierdan la doctrina del ministro alemán de Sanidad, Karl Lauterbach, que urgó en la herida cuando dijo que los negacionistas están al servicio de “gobiernos extranjeros”. Si no fuera así, ¿cómo se justifica su persecución?

Un negacionista no es alguien que tiene opiniones disparatadas, sino alguien que comete un delito.

La ONU sigue la misma ruta frustrante que la Sociedad de Naciones

El Tribunal Internacional de Justicia, uno de los organismos estelares de la ONU, ordenó a Israel que adoptara las medidas necesarias para evitar la comisión de un geocidio en Gaza.

No sirvió para nada.

El Consejo de Seguridad de la propia ONU exigió a Israel un alto el fuego que ha tenido el mismo destino vacío. El mismo brindis al sol.

La ONU corre el riesgo de convertirse en una institución estéril, lo mismo que la Sociedad de Naciones en el periodo de entreguerras (1919-1939).

El derecho internacional vuelve a su origen tradicional: el “ius bellum”. La paz es sólo un alto el fuego entre dos batallas.

El fracaso de la ONU es el de los países que la integran y, muy especialmente, de aquellos que han convertido la guerra en la razón misma de su existencia, empezando por Estados Unidos y sus secuaces.

La OTAN debió disolverse hace décadas. Su ampliación hacia países que no forman parte del “Atlántico Norte” la ha convertido en un organismo ilegal, es decir, contrario al derecho internacional.

A ningún habitante de este planeta debería extrañar que haya quien esté empeñado en hacer que la OTAN desaparezca, incluso recurriendo al único lenguaje que la OTAN entiende, es decir, por la fuerza de las armas.

Pero la inutilidad de la ONU ha alcanzado un grado muy preocupante con la terrorífica agresión militar contra la población palestina de Gaza. Si la ONU no puede hacer nada frente a un crimen contra la humanidad, es mejor que desaparezca también. Nadie se llamaría engaño por ello.

Además de la paz, la ONU nació en la posguerra para descolonizar y nunca debió admitir la creación de un Estado colonial como el de Israel. Es una vergüenza internacional que los palestinos estén marginados de todos los foros internacionales, incluidos aquellos que tratan sobre ellos mismos, como las negociaciones de un alto el fuego en Gaza, sin ir más lejos.

Es intolerable que Israel pueda atacar un edificio protegido por el derecho internacional, como ha ocurrido en Damasco, sin que tenga consecuencias. Además de una provocación, un ataque de esa naturaleza es una declaración de guerra contra Siria y contra Irán.

Nadie debería echarse las manos a la cabeza si estos dos países responden con la fuerza a la agresión de Israel.

Lo mismo cabe decir del asalto a la embajada de México en Quito por parte de la policia ecuatoriana, todo un signo de los nuevos tiempos que corren.

La lista de agravios es interminable y tiene aspectos que nadie debería olvidar, como la persecución de Putin, un jefe de Estado, por parte del Tribunal Penal Internacional.

La normalización de las violaciones del derecho internacional es una tendencia muy preocupante, tanto como el hecho de que haya quien las aplauda, a veces en nombre de los derechos humanos o cosas parecidas.

Una toga no puede encubrir una farsa. El orden mundial no se basa en reglas, sino en normas jurídicas internacionales, y nadie debería admitir ninguna regla que derive del empleo ilegítimo de la fuerza armada.

Los países de la OTAN dan muestras de descomposición interna

La publicación de las conversaciones entre los dirigentes de la Fuerza Aérea alemana sobre un ataque contra el puente de Crimea pone en duda la continuación de los suministros militares a Ucrania, escribe el Financial Times (1). “Moscú ha logrado crear un dilema político perfecto en Alemania”, dice Christian Melling, analista de defensa del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores.

Ha sido otro golpe maestro. El objetivo de la filtración era garantizar que Scholz no cambie de opinión sobre el suministro de misiles Taurus de largo alcance a Ucrania, y así ha ocurrido. Scholz ha insistido: no enviarán los misiles.

Pero la posición de Scholz al frente de un gobierno tripartito se tambalea y el prestigio internacional de Putin se acrecienta. Su “operación magistral” deja a Scholz “en un callejón sin salida”, escribe Matthew Karnitschnig, columnista de Politico (2).

A los periodistas occidentales se les ha quitado la sonrisa de la boca y rinden pleitesía al Kremlin. “Después de tantos años al frente de Rusia, Putin sigue siendo en el fondo un oficial de inteligencia. No tiene mayor alegría que burlar a los adversarios de Rusia”, escribe.

“Nada de lo que se dice en la grabación es manipulación. Por eso [Putin] tiene tanto poder: no es desinformación, sino simplemente información filtrada”, concluye Karnitschnig.

Este cambio de tono es consecuencia de la victoria de Rusia en la guerra, que ya nadie discute, como nadie discute tampoco que el bando derrotado no es otro que la OTAN y por eso la semana pasada no hubo ni un momento de respiro.

Las potencias occidentales dan síntomas de impaciencia y desesperación. La racha empezó cuando Macron se bajó los pantalones y quiso hacer abiertamente lo que hasta ahora había permanecido bajo la mesa: enviar tropas a Ucrania para vengar la humillación que ha padecido en sus colonias africanas.

La derrota ha enfrentado a unos países contra otros, poniendo de relieve que la OTAN no es un bloque tan sólido como muchos creían. La unanimidad sólo se ve en los desfiles triunfales, no en los momentos sombríos de derrota. Ahora la Alianza militar más bien parece una jaula de grillos.

Hay quien dice que las conversaciones entre los dirigentes de la Fuerza Aérea alemana no fueron captadas y filtradas por el espionaje ruso sino por algún país de la OTAN disconforme con la prolongación de la Guerra de Ucrania. Incluso dicen que ha sido obra del propio servicio secreto alemán, opuesto al envío de más suministros militares al gobierno de Kiev.

También hay quien cree que la filtración es obra de los británicos y que eso explica la airada reacción de Scholz al denunciar en público la intervención de Londres en la guerra. Los soldados británicos y franceses ayudaron directamente al ejército ucraniano a disparar misiles de largo alcance contra objetivos en el interior de Rusia.

Tampoco es ninguna novedad. El almirante Tony Radakin, del Estado Mayor británico, no se esconde y se jacta de ayudar al ejército ucraniano a destruir los buques de la Flota rusa del Mar Negro.

La intervención de la OTAN en Ucrania empieza, pues, a tener nombres y apellidos y ya nadie puede decir que se trata -otra vez- de Estados Unidos. La Casa Blanca ha dejado a los europeos a cargo de Ucrania. Los primeros espadas de la agresión a Rusia están en Londres, París y Berlín.

Los amantes de los formalismos deben reconocer que la riada de declaraciones de los máximos dirigentes europeos de la semana pasada no son otra cosa que una declaración de guerra contra Rusia, que está en su derecho de tomar represalias, si así lo estima.

(1) https://www.ft.com/content/b2eaa2c3-3def-4ce8-b09e-4a463d3311ce
(2) https://www.politico.eu/article/vladimir-putin-olaf-scholz-russia-germany-taurus-missile-ukraine-war/

Un Estado colonial es un injerto político: el caso de Israel

Israel es un injerto, un Estado postizo creado por unos recién llegados a la región. La población procede de acá y de allá. Es un mosaico que carece de homogeneidad. La argamasa que compacta a este Estado ortopédico no es una religión sino una ideología política, el sionismo, y un brazo burocrático, el Ministerio de Absorción, que no existe en ningún otro país del mundo.

En 1970 el parlamento israelí modificó la llamada “Ley del Retorno” otorgando la ciudadanía automática no solo a los judíos, sino también a sus hijos, nietos y cónyuges no judíos, así como a los cónyuges no judíos de sus hijos y nietos.

Sin embargo, el 17 por cien de la población israelí aún tiene la doble nacionalidad. Un pie en el pasado y el otro que no acaba de encajar en ninguna parte. A la mayor parte de los israelíes les gustaría tener una segunda nacionalidad. No están convencidos de que el Estado pueda sobrevivir mucho tiempo más.

Como el judaísmo es una religión que existe en países muy diferentes, no tiene una homogeneidad interna. Un askenazi no tiene mucho que ver con un sefardí, ni con un “falasha”, que es como llaman despectivamente a los judíos originarios de Etiopía.

Lo mismo ocurre con los idiomas y dialectos que hablan los recién llegados, que también son muy diferentes (yidis, ladino), hasta el punto de que el Estado tuvo que poner a una reliquia desaparecida, el hebreo, por encima de los demás para que los israelíes pudieran entenderse entre ellos.

El monolingüismo hebreo actual es otro postizo, una política de Estado que surge en 1948. Entonces nadie hablaba hebreo, ni fuera ni dentro de Israel. Nada más aterrizar de su lugar de origen, los emigrantes ingresaban en los “ulpanim” o escuelas para aprender el nuevo idioma.

Si alguien viaja a Oriente Medio y pregunta a un árabe dónde ha nacido, le responderá señalando con el dedo. La casa natal de sus abuelos, sus padres y sus hermanos está ahí mismo, muy cerca.

Pero si pregunta a un israelí, le dirá que ha nacido muy lejos del lugar, que llegó hace pocos años y que sus abuelos y sus padres nunca conocieron esas tierras. Sólo conocían los nombres de los lugares por las menciones de los textos religiosos que les recitaban los rabinos.

Por más que se empeñen, los sionistas no pueden ocultar que no ha existido ningún retorno, ni “vuelta a casa”. Se puede comprobar en los fundadores del Estado de Israel. Sus biografías no comienzan en algun lugar “entre el rio y el mar”, sino muy lejos, normalmente en el triángulo que hoy forman Polonia, Bielorrusia y Ucrania, que en su momento formaron parte del Imperio zarista. Por eso, al margen del hebreo, el idioma de Israel es el ruso, varios medios de comunicación emiten en ruso y muchos israelíes escuchan la televisión rusa.

Los inmigrantes rusos llaman a Israel “la pequeña Rusia”. Se fueron porque el zarismo los perseguía, pero nunca renunciaron a su cultura originaria. En varias ciudades israelíes hay cafés y bares “rusos”, además de teatros y clubes. No obstante, tradicionalmente la política de asimilación de los gobiernos de Tel Aviv se ha opuesto a ello porque quieren promover una religión uniforme, un único idioma y una cultura homogénea.

La emigración de los judíos rusos se disparó tras la Revolución de 1905, aunque entonces los países de destino fueron muy variados. Hasta la Primera Guerra Mundial los imperialistas no intensificaron la colonización de Palestina.

La segunda gran ola de emigranes rusos se desató hace cien años, tras la guerra civil, y el sionismo empezó a organizar sistemáticamente la emigración a Palestina, especialmente si procedía de la Unión Soviética. Para animar a los emigrantes a salir, los sionistas pagaban 5.000 dólares, además del vuelo y la estancia inicial en un “centro de absorción”.

Pero si eres negro, la cosa cambia y el gobierno paga 3.500 dólares y un billete de avión a los 40.000 sudaneses y eritreos para que se larguen del país y vuelvan a África. Si no se marchan por su propio pie, se enfrentan a un encarcelamiento indefinido.

Con el traslado de domicilio de los emigrantes se producía también el cambio de apellidos. Es algo que también aparece con claridad entre los primeros fundadores del Estado de Israel, que cambiaron de identidad dos veces, la primera para no parecer judíos en su propio país y la segunda para parecer judíos en el de acogida.

El gran patriarca sionista, Ben Gurion, nació en Plonsk, la actual Polonia, con el apellido Grün.

Moshe Sharett nació con el apellido Chertok en Jerson, la actual Ucrania.

Levi Eshkol nació como Levi Yitzhak Shkolnik en Oratov, cerca de Kiev, la capital ucraniana.

Golda Meir nació con el apellido Mabovich en Kiev, de donde emigró a Estados Unidos siendo muy joven.

Menahem Begin había nacido en Brest-Litovsk, una localidad que fue rusa, luego polaca y actualmente bielorrusa. En su partida de nacimiento figura el nombre completo de Menajem Volfovich Begin en caracteres cirílicos.

El terrorista Isaac Shamir se apellidaba Jezernicki y había nacido en Bialystok, Bielorrusia.

Aunque Simón Peres parece de origen sefardí, nació en una pequeña localidad de la Polonia actual y sus padres eran originarios de Kronstadt (Rusia).

A Isaac Rabin le nombraron Primer Ministro de Israel en 1974 y había nacido en Israel. Por fin había un patriarca autóctono del lugar. Pero su padre era ucraniano y su madre bielorrusa.

Ahora es más frecuente. Netanyahu también ha nacido en Israel, pero emigró a Estados Unidos, donde estudió. Su padre Benzion fue el secretario personal de Jabotinsky, el creador del sionismo moderno. Su nombre real era Benzion Mileikowsky y había nacido en Varsovia.

Las tácticas de represión política: el cordón policial

En España la policía habla de los “cordones policiales” o de “embolsar” a los manifestantes para reprimir el ejercicio de un derecho fundamental, como es el de protestar en la vía pública.

Por extensión, sus altavoces mediáticos utilizan el mismo lenguaje y casi parece un delito romper el “cordón” que la policía impone sobre una calle.

No es más que una demostración de fuerza: la policía es capaz de rodear a los manifestantes, en lugar de que sean los manifestantes los que rodean a la policía.

Fue inventada por la policía británica en los años setenta, donde se llama “kettling” o “bubbling”. Pero su aplicación ganó fama en 1984 durante la llamada “Batalla de Orgreave”, un brutal enfrentamiento de la policía contra los mineros en huelga.

La táctica represiva tiene por objetivo separar a unos grupos de manifestantes de otros. Normalmente unos son los “buenos”, los que sólo van a pasear y gritar, mientras que los demás son “malos” porque quieren levantar barricadas o romper las cristaleras de los bancos.

La labor represiva la facilitan los propios manifestantes que se reparten disciplinadamente en cohortes en función de las siglas, las pancartas y las consignas.

En Francia lo llaman “nasas”, que es un lenguaje muy gráfico: igual que los cangrejos, los manifestantes acaban cayendo en trampas o jaulas, cuya característica más importante es que no son herméticas. Se puede entrar y salir, siempre dejando claro que es la policía la que controla la zona y, por derivación, a la multitud.

El poder político es dominación y el Estado necesita hacer ostentación de su fuerza, precisamente cuando la multitud critica sus acciones. Las técnicas para reforzar el control no han hecho más que reforzarse desde hace décadas. Por ejemplo, en 2021 se convocó en Madrid una manifestación contra el encarcelamiento de Pablo Hasel en la Plaza de Atocha, un lugar en el que es muy difícil imponer un cerco, por sus numerosas posibilidades de entrada y salida.

Como es habitual, los primeros en llegar al punto de reunión fueron los policías, que dejaron abierta una única puerta de entrada desde la que pudieron controlar la llegada de la multitud. Lo mismo ocurrió durante el acto, en el que los manifestantes permanecieron cercados, sin poder moverse, y al finalizar, donde dejaron una única vía de salida, en la que identificaron a los participantes, uno por uno, fotografiando los documentos personales.

En ocasiones los cordones policiales se imponen para proceder a detenciones selectivas, e incluso para reventar la manifestación. En medio de un movimiento de masas, las detenciones no son otra cosa que una provocación dirigida a provocar cargas y disturbios, lo que ayuda a pintar una mala imagen de los que protestan, que en España son siempre los “alborotadores”.

En otros lugares, como Estados Unidos no ocurre así. Por ejemplo, en 2020 el Ayuntamiento de Nueva York tuvo que indemnizar a unos 300 manifestantes que fueron acorralados violentamente por la policía durante las protestas contra el racismo. Los manifestantes fueron detenidos en masa, esposados y golpeados con porras. Cada uno de ellos cobró más de 20.000 dólares.

En 2012 el Tribunal de Estrasburgo legalizó por primera vez el cerco porque la policía no quiere privar a los manifestantes de sus libertades, sino todo lo contrario: lo hace para protegerles a ellos, así como la propiedad privada.

Sin embargo, el Tribunal precisa que estas “restricciones temporales de la circulación” deben ser excepcionales. Están justificadas si no se convierten en una rutina. Deben ser necesarias para prevenir un riesgo real de daños graves a personas o bienes y que “no se limitan al mínimo requerido para este fin”.

En 2021 el Consejo de Estado francés fue mucho más contundente. Tras la ola represiva desatada contra los chalecos amarillos, concluyó que es ilegal rodear a los manifestantes.

El Consejo de Estado declaró que la táctica policial afecta significativamente al derecho de manifestación y a la libertad de desplazamiento. Los jueces también dictaminaron que el manual de la policía para el mantenimiento del orden público no garantiza que su uso sea “adecuado, necesario y proporcionado a las circunstancias”.

El declive de Estados Unidos no es para tanto: les queda el ‘poder blando’

Cualquier observador que analice la situación mundial se da cuenta de que si Ucrania ha perdido la guerra, la hegemonía estadounidense se tambalea porque, en definitiva, los balances estratégicos se miden por guerras como las de Ucrania.

También en Estados Unidos piensan de la misma forma y hacen sus propios cálculos. Algunos creen que los imperialistas pueden mantener la hegemonía sin necesidad de recurrir a medios militares, a la fuerza bruta. Lo llaman “poder blando” (soft power) y es uno los puntales de los que hacen gala en el partido demócrata.

El “poder blando” es un término acuñado por Joseph Nye a finales de los ochenta. Nye fue asesor de Clinton y formó parte del Consejo Nacional de Inteligencia. El 15 de enero volvió a la carga con un artículo de opinión que publió en el Financial Times.

Como el concepto fue respaldado por una revista tan característica como “Nature” (*), hay que tomárselo tal cual: “ciencia pura”. Nye es un optimista que quiere hacer creer que el declive de Estados Unidos no es para tanto. Expone varias razones por las que Estados Unidos no se va a ver eclipsado por China o Rusia o cualquier otro país.

Como no podía ser de otra forma, la primera razón es que Estados Unidos controla el petróleo. Produce su propio petróleo, ha saboteado el gasoducto Nord Stream y ha evitado que el mundo importe petróleo ruso.

La Guerra de Gaza parece ser un capítulo más de una escalada (Libia, Irak, Siria) que debe alcanzar a Irán y sus reservas de petróleo. Durante 100 años Estados Unidos ha utilizado el petróleo para tratar de controlar la economía mundial. Si Estados Unidos puede controlar las reservas de petróleo de Oriente Medio y bloquear sus exportaciones de energía a todos los demás países, tal como pudo bloquear las exportaciones de petróleo de Rusia a Europa, entonces puede controlar las economías de otros países, porque la industria funciona principalmente con petróleo y gas. La industria es energía, y sin energía no es posible tener una industria propia, independientemente de Estados Unidos.

Otro punto que destaca Nye es un sistema financiero mundial basado en el dólar. Por eso los países emergentes intentan desdolarizarse porque si Estados Unidos se ha apoderado de los activos de Rusia, puede hacer lo mismo con los demás países, especialmente con los países del Golfo, si no mantienen buenas relaciones con Israel.

Finalmente, el último argumento para explicar por qué Estados Unidos no puede perder su hegemonía es el dominio tecnológico y, en especial, la tecnología de la información. De ahí los esfuerzos para expulsar a Huawei de los mercados internacionales.

Nye podría haber señalado otros factores que también contribuyen a sostener la hegemonía mundial de Estados Unidos, pero lo más característico de todos ellos es que su porvenir es incierto. A cada paso, Estados Unidos da síntomas de debilidad y arrastra consigo a sus aliados. Su poder “blando” es demasiado “blando”. Lo peor que se puede decir ahora de un país como Estados Unidos es que es un matón que ya no mete miedo.

(*) https://www.nature.com/articles/palcomms20178?error=cookies_not_supported&code=6e428a06-2957-48a6-87e2-6b8b833e99d5

La ‘mala conciencia’ llega al cine con un genocidio al más puro estilo americano

Recientemente el actor Robert De Niro acabó el rodaje de la última película del director Martin Scorsese, “Los asesinos de la luna”, que ya se ha estrenado. Fue premiada por Gotham y el acto oficial de entrega se celebró el 27 de noviembre con la solemnidad que acostumbra esta industria.

El argumento no puede ser más estadounidense: hace un siglo la tribu osage descubrió que su reserva de Oklahoma estaba encima de un mar de petróleo y desde ese mismo momento los asesinatos de indios se suceden unos a otros.

Una vez más, la historia se repite. El “hombre blanco” no extermina a los osage porque sean indios sino para robarles su petróleo y, como el asesino es el sheriff, hay que crear una policía paralela, el FBI, que dio sus primeros pasos entonces destapando a los autores del genocidio.

En la ceremonia De Niro se subió al escenario y, después de leer algunos comentarios sobre la película, dijo que la primera parte de su discurso había sido manipulado en el teleprompter. “El comienzo de mi discurso fue editado, cortado y yo no lo sabía”, anunció al público.

Entonces sacó su móvil para leer el discurso original que llevaba preparado, incluida la parte eliminada de su comentario: “La historia ya no es historia, la verdad no es la verdad. Incluso los hechos son reemplazados por hechos alternativos e impulsados ​​por teorías de la conspiración y fealdad”.

Luego arremetió contra dos de sus objetivos favoritos, Trump y la industria cinematográfica, en este caso por el trato dispensado a los nativos americanos a lo largo de la historia. “Las mentiras se han convertido en una herramienta más en el arsenal del charlatán [Trump]. El expresidente nos mintió más de 30.000 veces durante sus cuatro años en el cargo y mantiene el ritmo en su actual campaña de represalias. Pero a pesar de todas sus mentiras, no puede ocultar su alma. Se aprovecha de los débiles, destruye los dones de la naturaleza y falta al respeto, por ejemplo utilizando a ‘Pocahontas’ como insulto”.

La multinacional Apple, productora de la película, fue la responsable de la censura. El acto era publicitario. Querían que el actor se centrara en la película, no en la industria, de la que Apple forma parte. Los que ponen el dinero son así de estrictos cuando se tata de recuperar la inversión.

Desde luego que en la publicidad no cabe “la política”, ni tampoco aprovechar la situación para lanzar críticas desagradables. Todo tiene que ser bonito y divertido.

En 2017, cuando aún era presidente, Trump había llamado “Pocahontas” despectivamente a la senadora Elisabeth Warren (del partido contrario) en un acto de desagravio hacia los nativos americanos. Es propio de su estilo faltón y chulesco, como también es propio de la industria cinematográfica, que durante décadas, desde los tiempos de Griffith, lo que ha llevado a las pantallas del mundo entero el genocidio inverso: las matanzas de los colonos americanos por los malvados indios.

Pero el acta de nacimiento de un país esencialmente colonial no se puede esconder eternamente. El ladrón ha sido sorprendido “in fraganti” y ahora aparece la “mala conciencia” del cine (que es el cine estadounidense). Ha llegado el momento de pedir disculpas. Los indios no eran los malos. A partir de aquí una mentira se sustituye por otra y es natural que un presidente de Estados Unidos siga mintiendo otras 30.000 veces en sus cuatro años de mandato.

En el acta de nacimiento de Estados Unidos, además de los colonos y los colonizados, están las mentiras. Sin ellas nunca hubiera llega a ser lo que es hoy. Por eso llegará otro momento en el que vuelva la “mala conciencia” y la industria cinematográfica haga lo mismo con los vietnamitas que con los indios, por ejemplo. Ocurrirá dentro de otras tantas décadas, cuando ya no pueda entrar en el discurso político, en la práctica, sino sólo en una anécdota histórica, del pasado lejano.

Mientras tanto, en la candente actualidad, los palestinos son los indios de este momento y también padecen una ola de asesinatos peor que la de los osage y lo que escuchamos siguen siendo mentiras, con una película del sionista Steven Spielberg en ciernes.

En fin, la industria cinematográfica no puede dejar de ser una industria. Pero quien ocupa la Casa Blanca ya no es Trump, sino Biden, que no es ningún advenedizo y De Niro hizo campaña en su favor durante las últimas elecciones.

Desde el inicio de su carrera política en 1971, ¿cuántas mentiras ha contado Biden? Es una pregunta difícil. Es mejor preguntar si Biden ha dicho alguna vez la verdad en su vida. Pero si el presidente de Estados Unidos no cuenta la verdad, ¿quién lo hará?

Los médicos desempeñaron un papel central en los crímenes de los nazis

En pleno bombardeo de los hospitales de Gaza, la revista médica The Lancet pide a los galenos que hagan un examen de conciencia o, como se dice ahora, de memoria histórica con un episodio desagradable para los profesionales del gremio: los crímenes cometidos por los nazis, en los que ellos, los médicos, desempeñaron un papel central (*).

La experiencia nazi debería formar parte de los cursos académicos de los profesionales de la salud, proponen los autores del artículo. Por una razón que ya he mencionado, a los médicos la historia se les viene encima a menudo: “La política hace a pequeña escala lo que la medicina hace a lo grande”.

Sin embargo, es bien sabido el tópico, otro más cuando hablamos de salud, de que la medicina es “buena” (cura enfermedades), mientras que la política es “mala” casi siempre. En consecuencia, los sanitarios deberían mostrarse a contracorriente con más frecuencia. Deberían oponerse a las órdenes recibidas si es necesario, dice The Lancet, sobre todo si la política es fascismo puro y duro.

Lo que The Lancet oculta es que los sanitarios que se opusieron a las medidas adoptadas durante la pandemia fueron represaliados, perseguidos, expulsados de sus centros de trabajo y de los colegios profesionales, les retiraron su licencia para el ejercicio y acabaron defenestrados y ridiculizados en público y en privado.

Eso no sólo ocurrió en los países nazis, sino en las más rutilantes “democracias europeas”, como Francia, Italia o Alemania. En la pandemia vacunaron en masa a la población de la misma manera que en los campos de concentración: con una violación descarada de las normas impuestas al final de la guerra para impedir que eso ocurriera.

La OMS quiere imponer un tratado de pandemias y la Unión Europea se plantea derogar el Código de Nuremberg para imponer ese tipo de experimentos seudomédicos indiscriminados. Lo que propone The Lancet ¿es la desobediencia de los médicos hacia las nuevas normas o hacia las viejas?

Los crímenes nazis, dentro y fuera de los campos de concentración, no los cometieron únicamente “médicos extremistas”, al estilo de Mengele, ni actuaban “coaccionados” tampoco, dicen los autores del artículo. Eso sería minimizar la responsabilidad de los profesionales de la salud, que es lo que se ha venido haciendo desde 1945 (como poco).

La medicina en la Alemania nazi no era una seudociencia y la investigación nazi a veces se convirtió en una parte integral del canon del conocimiento médico. Por ejemplo, la comprensión actual de los efectos del tabaco y el alcohol en el cuerpo fue impulsada por investigaciones realizadas durante la era nazi.

Los actuales bombardeos en Gaza conciernen a los médicos, no sólo porque los sionistas están atacando a los hospitales para que no haya heridos y aumentar el alcance de la masacre, sino porque 100 médicos israelíes, incluidos pediatras, lo han pedido así.

Esos médicos deberían padecer el mismo destino que los demás criminales de guerra y al resto habría que preguntarles: ¿Qué hizo usted para impedir la masacre en Gaza? ¿qué hacen los colegios profesionales de médicos? ¿qué hacen los sindicatos de la sanidad?

(*) https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(23)01845-7/fulltext

Por qué Hamas no es una organización terrorista

En España a los periodistas se les llena la boca cuando se refieren a Hamas o a Hezbollah como “organizaciones terroristas”, o califican el ataque del 7 de octubre de la misma manera, o bien como un “crimen de guerra”.

Es un lenguaje procedente del franquismo, que siempre calificó a los antifascistas de esa manera y los condenó en consejos de guerra. Por lo tanto, la naturaleza política de ese lenguaje es otra herencia del franquismo, que interesadamente se traslada también al terreno jurídico y, muy especialmente, al derecho internacional.

Los listados de las “organizaciones terroristas” del mundo no son obra de tribunales, ni consecuecia de juicios, sino decisiones políticas tomadas por los gobiernos, normalmente siguiendo las directrices de Estados Unidos. Tan pronto a una organización la incluyen dentro como luego la sacan del listado, sin saber ni uno ni otro motivo.

Hamas fue incluido dentro de la lista negra por una decisión del Consejo de la Unión Europea y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea no la revocó. Pero Hamas nunca ha sido condenada por ningún tribunal europeo, por lo que nunca ha sido juzgada ni, en consecuencia, se han presentado pruebas, ni ha tenido tampoco la oportunidad de defenderse de una acusación de “terrorismo”.

Por lo tanto, la inclusión de Hamas en la lista se hizo “por la cara” y jurídicamente no tiene ningún valor… o al menos no debería tenerlo; pero conociendo a los tribunales españoles se podría esperar cualquier chapuza.

En los estatutos del Tribunal Penal Internacional se definen cerca de un centenar de delitos y, sin embargo, el “terrorismo” no es uno de ellos. Lo que sí aparece allí es el “derecho de resistencia”, que deriva de la legítima defensa (artículo 31 del Tratado de Roma). Los pueblos que, como el palestino, luchan por su supervivencia, tienen el derecho de defenderse de sus opresores. No son los opresores, como Israel, los que tienen ese derecho.

Por eso Israel no reconoce la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional y lo ha calificado de “antisemita”, una etiqueta que prodigan los apologistas de los crímenes sionistas.

A mayor abundancia, el Tribunal Penal Internacional es una de las pocas instituciones internacionales que reconoca a Palestina como Estado (sentencia del 5 de febrero de 2021) y la Autoridad Nacional Palestina ha firmado el Tratado de Roma. En consecuencia, los crímenes que cometan los sionistas en Gaza, Cisjordania y Jerusalén este, como el bombardeo del hospital Al Ahli, son competencia del Tribunal, que puede iniciar una investigación en cualquier momento… si tiene agallas para ello (lo cual está por ver).

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