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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 58 de 60)

Todos los artículos de Olarieta

Son 108 en total. Creo que están todos los que hay publicados por internet. Si alguien cree que ya dispone de todos habiéndose descargado un paquete de ellos de otro sitio web, se equivoca, puesto que dicha recopilación la llevé a cabo yo. Por lo tanto, esta es la más completa y aquí la dejo a vuestra disposición. 


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Lo específico de Juan Manuel Olarieta Alberdi -siempre pone en sus trabajos el apellido de su madre, una hermosa mujer de una energía fascinante- es su constancia e infinita capacidad de trabajo. A eso hay que sumarle la unión y unidad entre lo que es la teoría y la práctica. No hace ni dos años estuvo en la cárcel (y no por primera vez). Que estés o acabes en las cárceles españolas no demuestra per se  una ley matemática ni consagra una verdad revelada, pero sí es significativo, sobre todo cuando el enemigo de clase te ningunea y apenas hace alarde de su “triunfo”. No por desprecio, sino por no dar pábulo y propaganda. No se sacraliza tanto una línea política determinada y es por ello que acabas en los makos, sino porque apuntas al glacis del modo de producción capitalista y la manera de destruirlo que el Estado capitalista te considera un enemigo y te tiene siempre en el punto de mira. Por esto, como decía el otro, en la cárcel, aunque no siempre, afortunadamente, acaban siempre los mismos y no los charlatanes. Como diría Stalin, ese temible “ogro”, si el idioma fuera una fuerza productiva, los charlatanes de feria en el -y esto es de Blasco Ibáñez- “charlamentarismo español” serían millonarios. Este hombre -Juanma para los amigos- que, por su enorme talento, y como abogado licenciado en la jesuítica Universidad de Deusto, vívero de la burguesía vasca y española, podría haberse dedicado a esquilmar los bolsillos de los burgueses adinerados gestionando sus litigios, pleitos y pufos interclasistas para enriquecerse él y darse la gran vida, tal como la entiende la molicie burguesa, ha pasado hambre (un tío que disfruta comiendo y jamás engorda, por cierto) y dormido en las calles de Madrid y París. Ser comunista, esa “rara avis” como lo es él, no es sencillo ni un deporte ni una moda. Tiene muchos sinsabores e incomprensiones que afectan, a veces, a lo más íntimo de la persona, incluido lo afectivo, pero no necesariamente. No es un plato de gusto. Pero estoy seguro que, lo que ya para algunos correligionarios tiene muchísimo mérito, él le quita importancia. A algunos nos preocupaba su despreocupación de sí mismo. Cómo no, tiene su corazoncito pero sólo un objetivo: contribuir a organizar la Revolución, esa “utopía”. Hay quien se pasa la vida “discutiéndola”. No es su caso. ¿Cabezonería? Tal vez, pero bendita recalcitrancia.Personalmente siempre le he tenido por un genio en el sentido renacentista de la palabra. Juanma, ducho en marxismo, pega a todos los “palos”, desde la ciencia, la economía política (también estudió Económicas en Bilbao) -porque se dice “economía política” y no “economía” a secas-, la filosofía, pasando por el cálculo infinitesimal (de Engels) o, últimamente, la genética (ha escrito recientemente un trabajo rehabilitador del defenestrado Lysenko, objeto de mofa y pinpanpúm de la biología burguesa y la que pasa por no ser burguesa, o sea, “izquierdista”) hasta… el fútbol. Porque, sépase, lejos del clásico intelectual torremarfileño que abomina de los prosaicos divertimentos para las masas -opio para la chusma-, gusta del fútbol y, lo más osado, se atreve a plantear tácticas en esa teatralización de la guerra que es el fútbol. Al ajedrez jugábamos alguna partida en la demolida cárcel de Carabanchel, pero no diré quién ganaba.

Alguna vez le he dicho, en un jijijajá, que el marxismo -su pasión- se le está quedando pequeño. Le llegué a decir -con mi soma más mefistotélica que maquiavélica- que acabará investigando los tebeos que leía Marx en su infancia.

Más cosas diría de Juanma, pero sólo mencionaré una: no hay peligro de que Olarieta cree una “escuela olarietista” que vea el marxismo de una determinada manera y contribuya a los “diferentes marxismos” y sus “distintas lecturas”. ¿Es, entonces, el marxismo un dogma, una especie de “religión”, como dicen los más babosos? Si así fuera, habría Sumos Sacerdotes, profetas y predicadores, pero, de los que yo conozco, no salen en la tele y acaban con sus huesos, las más de las veces, de mala manera. Olarieta no es un autodidacta. Olarieta es marxista-leninista y, por descontado, materialista dialéctico, si sabemos realmente lo que significa este modo de analizar la Historia… y hacerla.

No creo haber hecho una hagiografía de Juanma Olarieta, más bien creo haberme quedado corto. Un hombre que jamás ha hecho una alharaca ni buscó hueco en el supermercado de las ideologías. Sólo le vi en ambones populares dirigiéndose a la clase obrera. Un tipo incorruptible e incorregible. De los imprescindibles.

Prólogo de Jon Odriozola a Las leyes de represión del anarquismo a finales del siglo XIX

El Pollo del Pinar tenía enchufe en la Audiencia Nacional

Juan Manuel Olarieta

Eligio Hernández, alias «El Pollo del Pinar», fue
magistrado, delegado del Gobierno en Canarias y fiscal general del Estado,
entre otras muchas cosas. Actualmente es abogado en ejercicio.
Cuando los crímenes de los GAL llegaron a los tribunales, en
1992 el PSOE le nombró fiscal general para que intentara tapar la podredumbre
de aquel asunto. Sólo hubo un «pequeño problema», el primero de dos
«pequeños problemas» y es que para ser fiscal general del Estado son
necesarios 15 años de ejercicio. «El Pollo del Pinar» no tenía ese
currículo, así que su nombramiento era ileGAL.
Pero no fue sólo una ileGALidad cometida por el gobierno.
Resulta que en abril de 1992 el Consejo General del Poder Judicial dijo que
aquel nombramiento ileGAL era en realidad plenamente leGAL.
En este país, ¿a quién le importa la leGALidad? El caso es
que la tarea del fiscal general del Estado es precisamente la de velar por el
cumplimiento de la leGALidad, o sea, que pusieron al zorro a cuidar de las
gallinas y también de los «Pollos». Aquí desde 1936 todo es ileGAL.
«El Pollo del Pinar» mantiene extraordinarias
relaciones con la prensa colonial de las islas. En 2012 en una entrevista en el
periódico La Provincia dijo que cuando fue delegado del Gobierno en Canarias se
convirtió en el artífice del regreso de Antonio Cubillo desde Argel.
Como buen protagonista de casi todo, en aquella entrevista
“El Pollo” hablaba en primera persona: “Yo le pedí luz verde [a Barrionuevo] y
me la dieron”.
No obstante, el delegado reconoció que hubo otro
«pequeño problema judicial» que pudo solucionar gracias a sus
enchufes en la Audiencia Nacional, donde había ejercido como magistrado:
“Me fui a Madrid y se lo pedí a Barrionuevo, que era
ministro del Interior. Él, delante de mí, llamó al fiscal jefe de la Audiencia
Nacional, porque había una causa en el Juzgado de Instrucción número 1 central
contra Cubillo, en la cual tenía decretada la prisión. Si venía, había que
meterlo en la cárcel y eso había que evitarlo”.
El fiscal se oponía a levantar la orden de prisión que había
contra Cubillo, así que el delegado del Gobierno pidió permiso a Barrionuevo
para operar por su cuenta: “Yo le pedí que me diera luz verde para tomar la iniciativa
por mi cuenta. Y me la dio. Inmediatamente, crucé la calle Génova y me fui a
ver al juez de instrucción del Juzgado número 1 de la Audiencia Nacional,
Ismael Moreno, que había sido compañero mío. Él sacó el sumario, que estaba
perdido en las estanterías… y me dijo que se le podía poner en libertad con
una fianza de 300.000 pesetas”.
Luego la periodista le hace una pregunta clave: ¿Por qué era
la causa que se seguía contra Cubillo en la Audiencia Nacional? «El
Pollo» responde: “Por una de las bombas que pusieron. Estaba procesado por
inductor, pero los autores materiales habían sido absueltos. No tenía sentido”.
Pues a Manuel Pérez le ha ocurrido lo mismo: está condenado
a 17 años de cárcel como inductor de la colocación de unas bombas en las que tampoco
aparecen los autores materiales.

¿No habrá algún lector que conozca a un delegado del
gobierno con enchufe en la Audiencia Nacional para hacer lo mismo? A ser
posible que rebaje la fianza de 300.000 pesetas a unos 2.000 euros, o así. Que
se ponga en contacto con su abogado lo más rápidamente posible. Es un poco
urgente porque el Tribunal Supremo no ha admitido el recurso contra la
sentencia de la Audiencia Nacional que le condenó por lo mismo por lo que otros
nunca llegaron ni a sentarse en el banquillo de los acusados.

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos

Juan Manuel Olarieta

La naturaleza y la sociedad no conocen el reposo. Todo cambia, evoluciona y se
desarrolla. Pero el materialismo dialéctico no sólo afirma la existencia del
movimiento en todos los fenómenos de la naturaleza y la sociedad sino que
describe la forma en que ese movimiento se produce.

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos
explica que el movimiento de la materia, de la historia, de las sociedades y
del pensamiento, su evolución y su desarrollo, se produce por cambios que son tanto
cuantitativos como cualitativos, y que la acumulación de cambios cuantitativos
conduce necesariamente a cambios cualitativos.

Esta ley es dialéctica o, como decía Engels, recíproca (1), es decir, que los cambios
cualitativos también conducen a cambios cuantitativos. A veces este último
aspecto no se tiene en cuenta suficientemente. La distinción entre lo
cuantitativo de lo cualitativo es relativa. Los cambios cualitativos lo son en
comparación con otros, que son meramente cuantitativos. Frente a los otros, los
cambios cuantitativos se caracterizan por ser graduales, e incluso
imperceptibles, mientras que los otros son esenciales, cardinales, hasta el
punto de que se califican de saltos, que son las explosiones rápidas y
revoluciones que cambian una situación en muy poco tiempo.

Los cambios cuantitativos no se pueden menospreciar porque son tan importantes
como los cualitativos. La ley afirma que sin pequeños cambios no hay grandes
cambios y sin pequeñas luchas cotidianas no hay grandes combates históricos. No
obstante, hay personas que no acuden a las manifestaciones porque creen que
“no sirven para nada”. Tampoco acuden a las reuniones por el mismo
motivo. Para ellos ninguna movilización tiene utilidad alguna. Las pequeñas
escaramuzas les fatigan y arrojan la toalla. Quizá suponen que al día siguiente
de una manifestación contra el desempleo, el desempleo debe desaparecer. La ley
de la trasformación de los cambios cuantitativos en cualitativos afirma, por el
contrario, que para que se produzca cualquier cambio social importante las
masas deben acumular multitud de pequeñas e insignificantes experiencias por
medio de las cuales se templan y organizan de forma cada vez más consistente.

El movimiento, decía Engels, es una contradicción (2); es a la vez continuo y
discontinuo, producción y reproducción. Uno se divide en dos (cambio
cuantitativo) y dos forman uno (cambio cualitativo). No es sólo crecimiento o
aumento cuantitativo sino, además, la aparición de lo nuevo y la desaparición
de lo viejo, en donde lo nuevo surge de su opuesto: lo viejo. El desarrollo
reproduce lo ya existente y produce lo que antes no existía. Es a la vez
conservador y revolucionario. La evolución de la materia y de las sociedades
produce novedades, crea o genera nuevas cualidades y propiedades, al mismo
tiempo que crece cuantitativamente, multiplica lo ya existente, reproduce lo
anterior, surgiendo varios ejemplares distintos partiendo un mismo original.

En el movimiento aparece tanto la continuidad como la discontinuidad. Por ejemplo,
la reproducción biológica de una especie no es un puro mecanismo cuantitativo,
de multiplicación de varios seres iguales partiendo de un mismo ancestro, sino
cuantitativo y cualitativo a la vez. Los descendientes no son iguales a sus
ascendientes sino que los imitan, es decir, se parecen y no se parecen al mismo
tiempo, se parecen en algunos rasgos y difieren en otros.

Lo mismo sucede con la evolución humana, a lo largo de la cual el cerebro
creció cuantitativamente, aumentó de tamaño, dando lugar a un salto
cualitativo: su lateralización. El cerebro humano, a diferencia del de los
simios, está dividido en dos hemisferios, cada uno de los cuales está
especializado en el cumplimiento de determinadas funciones. Así, el hemisferio
derecho controla la parte de la izquierda del organismo, mientras que el
hemisferio izquierdo controla la parte derecha del organismo. Los seres humanos
son diestros o zurdos, mientras que no ocurre lo mismo con los simios porque su
cerebro no está lateralizado.

Un principio básico del materialismo afirma que lo nuevo no surge de la nada:
“ex nihilo nihil fit”. En palabras de Lucrecio, “nada puede a la
nada reducirse, ni cosa alguna hacerse de la nada”
(3). Lo nuevo surge de su contrario: de lo viejo. Algo tiene que morir para que nazca vida.

Los movimientos materiales más importantes se pueden clasificar en cuatro
tipos: físicos, biológicos, sociales e intelectuales. Cada uno de ellos tiene
características que son propias, es decir, que no se pueden reducir los unos a
los otros. Cuando los fenómenos biológicos se tratan de explicar recurriendo a
las leyes propias de la física, o cuando los movimientos sociales se intentan
reducir a leyes biológicas, se incurre en el mecanicismo, que es una variante
errónea del materialismo.

La vida también es una forma de movimiento de la materia y, por lo tanto, una
contradicción cuya contrapartida es la muerte: “La vida, por tanto, es
también una contradicción presente en las cosas y los hechos mismos, una
contradicción que se pone y resuelve constantemente; y en cuanto cesa la
contradicción, cesa también la vida y se produce la muerte”
(4). A
lo largo de la evolución el surgimiento de unas especies ha supuesto la
extinción de otras, como los dinosaurios.

En otra obra Engels reiteró la misma idea: “Ya no se considera científica
ninguna fisiología si no entiende la muerte como un elemento esencial de la
vida, la negación de la vida como contenida en esencia en la vida misma, de
modo que la vida se considera siempre en relación con su resultado necesario,
la muerte, contenida siempre en ella, en germen. La concepción dialéctica de la
vida no es más que esto. Pero para quien lo haya entendido, se terminan todas
las charlas sobre la inmortalidad del alma. La muerte es, o bien la disolución
del cuerpo orgánico, que nada deja tras de sí, salvo los constituyentes
químicos que formaban su sustancia, o deja detrás un principio vital, más o
menos el alma, que entonces sobrevive a todos los organismos vivos, y no sólo a
los seres humanos. Por lo tanto aquí, por medio de la dialéctica, el solo hecho
de hablar con claridad sobre la naturaleza de la vida y la muerte basta para
terminar con las antiguas supersticiones. Vivir significa morir”
(5).

Los dos aspectos contradictorios del movimiento son, pues, indisociables. No
existen cambios cualitativos que no hayan sido preparados por otros de tipo
cuantitativo, del mismo modo que no hay cambios cuantitativos que no conduzcan,
tarde o temprano, a cambios cualitativos.

Los movimientos no son lineales; no crecen indefinidamente ni en una única
dirección. Son esencialmente discontinuos porque en ellos aparecen rupturas.
Por ejemplo, según el principio de Paracelso, la ingesta de una misma sustancia
tiene consecuencias distintas en el organismo según la dosis cuantitativa.
Incluso provoca efectos opuestos: a pequeñas dosis una medicina es saludable
mientras que una pequeña cantidad adicional resulta letal para quien la
ingiere.

Esta ley comprende el concepto decisivo de transición, que es el punto a partir
del cual uno se transforma en su contrario. Las transiciones son las conexiones
de una cualidad con otra. Los cambios cualitativos o saltos no se producen en
el vacío sino en forma de transiciones más o menos dilatadas en el tiempo. A
estas transiciones Engels y Lenin las llamaron, a veces, “puntos de
inflexión”
. Son los momentos de ruptura en los que un fenómeno se
transforma en su contrario. Es relativamente fácil observar la diferencia entre
un fenómeno y su contrario, decía Lenin, pero no la transición entre ambos,
«y eso es lo más importante”(6). La transición es la esencia del cambio:

“El cambio es, a la vez, en esencia, la transición de una calidad a otra
o, en forma más abstracta, del ser a la no existencia; y ello contiene otra
definición diferente de la gradualidad que es sólo una disminución o un
aumento, y un aferramiento unilateral a la magnitud”
(7).

En este punto los errores posibles son dos. Por un lado, los materialistas
vulgares sólo tienen cuenta los cambios cuantitativos, algo muy corriente entre
algunos científicos que consideran que su tarea consiste sólo en medir, que
sólo hay ciencia sobre los cambios cuantitativos: “se aferran
unilateralmente a la magnitud”
, como dice Lenin.

Pero hay también quienes sólo tienen en cuenta lo cambios cualitativos. Por
ejemplo, cuando los comunistas indican las formas de transición del capitalismo
al socialismo los trotskistas les acusan de “etapismo” porque
consideran que el nuevo modo de producción es un salto súbito que es posible
recorrer de la noche a la mañana. En realidad el socialismo es también una
etapa en el recorrido hacia el comunismo que, a su vez, se compone de varias
fases. Cada una de ellas se puede recorrer más o menos velozmente, e incluso en
determinados países alguna de ellas no será necesaria o en una misma etapa se
podrá realizar simultáneamente el programa que corresponde a otra. Pero no todo
el programa se puede llevar a cabo al mismo tiempo porque ninguna revolución es
un acto sino un proceso.

Engels expuso numerosos ejemplos extraídos de la realidad para ilustrar el
funcionamiento de la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos. El más socorrido de ellos es la transformación del agua
del estado sólido al líquido con el descenso de la temperatura, o al vapor con
su aumento. Pero en las ciencias existen muchos otros fenómenos que ilustran la
universalidad de esta ley, como los siguientes:


El punto de Curie

Las propiedades magnéticas de los metales no son inherentes a ellos sino que cambian en razón inversa a la temperatura. Los metales ferromagnéticos van perdiendo su cualidad a medida que la temperatura aumenta. Para cada metal magnético existe una determinada temperatura, llamada punto de Curie, a partir de la cual se transforma en su contrario, en paramagnéticos (no magnéticos).

Por ejemplo, para el hierro el punto de Curie es de 770 grados centígrados. Por
debajo de dicha temperatura el hierro funciona como un imán porque
el comportamiento magnético predomina frente al comportamiento térmico. Por encima
de esa temperatura, el hierro pierde su capacidad magnética porque las
propiedades térmicas prevalecen.


La velocidad Mach

Con el aumento de la velocidad un avión encuentra una resistencia aerodinámica
que crece más que proporcionalmente, hasta que llega un punto, llamado
velocidad Mach, que coincide con la velocidad del sonido (1.029 metros por
segundo, 3.705 kilómetros por hora), a partir del cual la resistencia
aerodinámica se transforma en su contrario: no aumenta sino que se reduce.


El cambio de la atmósfera terrestre

La química conoce dos procesos opuestos, la reducción y la oxidación, según el
átomo gane o pierda electrones. Durante millones de años de evolución del
planeta, la primitiva atmósfera terrestre pasó de ser reductora, es decir,
carente de oxígeno, a su contrario, a ser oxidante.


La cuadratura del círculo

Para ilustrar la ley de la transformación de lo cuantitativo en lo cualitativo,
entre otros ejemplos, Engels toma de Nicolás de Cusa (8) la contradicción entre lo recto
y lo curvo, que procede de la milenaria polémica matemática sobre la
“cuadratura del círculo” que ha subyugado a numerosos pensadores a lo
largo de la historia. La relación entre la circunferencia (una curva) y su
diámetro (una recta) da lugar a un número de distinta naturaleza (“número
sordo”
o número real) que se describe con la letra griega п (pi) y que
aparece por los rincones más insospechados de la matemática para demostrar que
no se puede “cuadrar” un círculo, es decir, que dada la longitud del
diámetro no es posible calcular exactamente el área del círculo. Los números
reales representaban la continuidad; los enteros la discontinuidad.

La expresión “cuadratura del círculo” ha pasado luego al lenguaje
corriente para expresar la esencia de la contradicción, algo imposible de
realizar.


El postulado de continuidad de Arquímedes

Arquímedes (287-212 a.n.e.) fue uno de los primeros científicos que explicó
matemáticamente la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos al introducir el postulado de continuidad. Según
Arquímedes una magnitud que evoluciona de un valor a otro, a lo largo de su
recorrido toma todos los valores intermedios entre ambos. Arquímedes aludía a
dos valores extremos, siempre con el sobreentendido tácito de que tales
extremos son comparables, es decir, que sólo se diferencian cuantitativamente
y, por tanto, se puede recorrer el trayecto entre uno y otro. Una magnitud es
comparable a otra si es proporcional, si está construida a escala suya, como
los planos o las maquetas respecto del original.

El postulado de continuidad es, además, un postulado también de la
discontinuidad. A partir de entonces la matemática habla de magnitudes
arquimedeanas (o no arquimedeanas) en referencia a si se pueden comparar o no.
Entre unas magnitudes y otras no sólo hay diferencias cuantitativas sino
también cualitativas de manera que, precisamente a causa de ello, no se pueden
poner en relación ni comparar. Las arquimedeanas se pueden comparar porque son
homogéneas, pero hay otras incomparables, como el punto y la recta porque un
punto no añade nada a una recta. Del mismo modo, hay magnitudes que nada añaden
a aquellas otras a las que se unen y se las puede despreciar. En las magnitudes
no arquimedeanas no se pueden introducir las medias (aritmética, geométrica,
armónica).


La teoría del límite de Cauchy

En el siglo XIX Cauchy afinó el concepto de límite, que es una aplicación del
postulado de Arquímedes al análisis matemático que define el concepto de salto,
de cambio cualitativo.


La morfogénesis de los embriones

En el desarrollo de cualquier embrión, la multiplicación cuantitativa de las
células da lugar a su especialización cualitativa. Al dividirse una misma
célula produce tejidos completamente distintos, como el riñón o la oreja. Las
células se desarrollan, pues, de manera divergente. No sólo se crean más
células sino células distintas pertenecientes a órganos también distintos. Lo
diferente surge de lo idéntico, lo genérico se diversifica, la cantidad se
transforma en cualidad, lo uniforme se convierte en multiforme. En los
embriones de determinadas especies, como las estrellas de mar, las células que
se multiplican no se amontonan de una manera abigarrada sino en torno a ejes de
simetría (arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás). El proceso
sigue fases contrapuestas: unas, predominantemente multiplicativas
(cuantitativas), son imprescindibles para aquellas otras predominantemente
diferenciales (cualitativas).


La teoría del equilibrio puntuado

En la teoría de la evolución hay otra larga polémica entre los partidarios de
una explicación fundamentada exclusivamente sobre los cambios cuantitativos,
como Lamarck y Darwin, frente a otros que, como Cuvier y los actuales
defensores del “equilibrio puntuado”, como Stephen Jay Gould, ponen
el énfasis en los cambios cualitativos, las catástrofes y explosiones
repentinas. Ambas tesis son unilaterales. En la evolución de las especies hay
tanto continuidad como discontinuidad.


La crítica leninista de las paradojas de Zenón

Las cuatro paradojas de Zenón de Elea (495-435 a.n.e.) dieron lugar a otra de
las polémicas más importantes de la historia del pensamiento humano. El objeto
del ataque de Zenón era el movimiento, ya que defendía una concepción
metafísica del universo, inmutable y estático.

Para defender su teoría, Zenón consideraba el movimiento de una manera
discontinua, por etapas, como una suma de estados de reposo o, como decía
Lenin, describiendo el resultado del movimiento pero no el movimiento mismo:
“No podemos imaginar, expresar, medir, describir el movimiento sin
interrumpir la continuidad, sin simplificar, hacer más tosco, desmembrar,
estrangular lo que está vivo. La representación del movimiento por medio del
pensamiento siempre hace más grosera, mata –y no sólo por medio del
pensamiento, sino también por la percepción sensorial, y no sólo del movimiento
sino de todos los conceptos”
(9).

Las paradojas de Zenón ponían de manifiesto que no se puede concebir lo
discreto sin lo continuo ni lo finito sin lo infinito, que el movimiento es una
unidad de contrarios: “El movimiento es la esencia del espacio y el
tiempo. Dos conceptos fundamentales expresan dicha esencia: la continuidad
infinita y la ‘puntualidad’ (=negación de la continuidad, discontinuidad). El
movimiento es la unidad de la continuidad (del tiempo y el espacio) y de la discontinuidad (del tiempo y el espacio). El movimiento es una contradicción, una unidad de contradicciones”
(10).


Notas:

(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.203.

(2) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pg.111.

(3) Lucrecio: De rerum natura, §855.

(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.112.

(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.235.

(6) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.

(7) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.108.

(8) Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, Barcelona, 1981, pgs.52 y stes.

(9) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.245-246.

(10) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.244.

Cambiar algo para que todo siga igual

El materialismo histórico es una concepción científica acerca de la sociedad y de la historia que, como cualquier otra, tiene sus propios conceptos, uno de los cuales es el fascismo, que fue acuñado por la Internacional Comunista sobre la base de las tesis que Lenin dejó establecidas acerca del imperialismo, y que él mismo resumió de la siguiente manera:

“El viraje de la democracia a la reacción política constituye la superestructura política de la nueva economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción política corresponde al monopolio […]

“Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta indiscutible que el imperialismo es la ‘negación’ de la democracia en general, de toda la democracia” (1).

Naturalmente quienes están al margen del materialismo histórico no están de acuerdo con esa y otras tesis leninistas, ni utilizan los mismos conceptos científicos, ni son capaces tampoco de criticar a Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista, el núcleo de cuyas posiciones es que el imperialismo es la negación de la democracia.

Una burda falsificación del parlamentarismo

Además de legalidad, los Estados se rodean de legitimidad, tanto más en cuanto que la dominación de clase se impone sobre una base social muy estrecha, como es el caso de la burguesía monopolista, cuya legitimación reposa sobre la democracia. Por consiguiente, en la época imperialista la burguesía entra en contradicción con los propios fundamentos de su dominación y trata de esconderlos bajo diferentes disfraces que, en última instancia, como decía Dimitrov, son otras tantas falsificaciones burdas del parlamentarismo (2), es decir, del binomio pluripartidismo y elecciones, lo cual conduce a ese lema tan extendido de que “tenemos el gobierno que nos merecemos” (3). En definitiva, que la responsabilidad es nuestra, como siempre, porque no votamos a la opción correcta, que siempre suele ser reformista.

Esas concepciones son intolerables. Derivan de la confusión de la legitimidad con la legalidad, que corre paralela con la del Estado y el gobierno, olvidando que lo que habitualmente se conoce como “cuestiones de Estado” están por encima de los gobiernos, los partidos y las elecciones. Es más, no cambian (casi) nunca y, sin embargo, no suelen ser objeto de atención. En palabras de Dimitrov, el fascismo no concierne al gobierno sino al Estado; no es un simple cambio de gobierno sino de la “forma estatal de la dominación de clase de la burguesía” (4).

En 1935 Dimitrov tituló su informe a la Internacional Comunista como la “ofensiva del fascismo” porque en aquel momento ese era su rasgo más característico. Históricamente el fascismo nace por la manera brutal en que la burguesía enfrenta una situación de crisis provocada por el desafío del movimiento obrero tras la Revolución de Octubre. La ofensiva fascista de la burguesía supuso, correlativamente, la defensiva del movimiento obrero, por no decir su derrota y aplastamiento, con las conocidas secuelas represivas, campos de concentración, clandestinidad, exilio, etc.

Esa situación explica los motivos por los que el fascismo nace históricamente, así como sus consecuencias, pero no la esencia del fascismo mismo como superestructura política del Estado burgués característica de la época del imperialismo. Por lo tanto, el fascismo no se identifica ni con aquella etapa, ni tampoco con alguna de las formas concretas que ha revestido en alguno de los países, por ejemplo, con el corporativismo italiano.

Ahora bien, afirma Dimitrov, no se puede establecer un esquema general sobre el desarrollo del fascismo (5) y, en cualquier caso, el partido comunista debe prever el paso de las formas defensivas a las ofensivas (6). Con tanta más razón en aquellos países, como España y Portugal, en los que el fascismo ha tenido una historia larga, que no coincide con la experiencia política de otros países, como Alemania o Italia, donde fue derrotado en 1945, es decir, en donde la experiencia fue relativamente breve, lo que ha contribuido a su mixtificación al presentarlo como un régimen excepcional, un paréntesis político, tras el cual el Estado burgués vuelve siempre a su forma “normal”, que es la democracia burguesa.

Sobre la base de la experiencia de esos países, los oportunistas consideran que el materialismo histórico está equivocado y que la historia es reversible, que la tendencia general del imperialismo es hacia la democracia burguesa. Cuando Lenin habla de una “ley histórica”, como el viraje de la democracia hacia la reacción política en la época del imperialismo, se refiere a una “tendencia” sobre la cual actúan fuerzas que operan ese sentido y fuerzas que operan en el opuesto y, aunque se pueden poner ejemplos opuestos, la tendencia dominante es la que Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista establecieron correctamente.

El caso de España así lo demuestra y es inconcebible que el regreso a la democracia burguesa se traslade a nuestro país, en donde el fascismo ni ha sido derrotado, ni ha tenido una historia corta. Del mismo modo que Marx y Engels pudieron desentrañar la esencia del capitalismo en aquel país, Inglaterra, el que había tenido una trayectoria más larga, la naturaleza política del fascismo se debe analizar en países como España, que es su modelo más acabado y teniendo en cuenta, como exigía Dimitrov, su evolución a lo largo del tiempo, sus cambios históricos y, muy especialmente, la transición.

¿Obstaculiza el fascismo el desarrollo de las fuerzas productivas?

En España el análisis del fascismo empieza con una vieja batalla ideológica contra las concepciones eurocomunistas de Carrillo, según las cuales el fascismo no le interesa a la burguesía, o al capital financiero, porque impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero la evidencia histórica al respecto no puede ser más contundente: el fascismo es la más poderosa palanca de acumulación de capital porque somete al movimiento obrero a un régimen brutal de terror y a unas condiciones laborales leoninas. Así sucedió en España en la posguerra, donde miles de trabajadores fueron explotados en un régimen de semi-esclavitud y en donde tras el Plan de Estabilización de 1959 millones de campesinos tuvieron que emigrar, bien al exterior o bien a las ciudades. Los planes de desarrollo posteriores que el fascismo implementó convirtieron a España de un país semi-feudal a otro de capitalismo monopolista.

A veces esa misma tesis revisionista presenta otro formato, según el cual el fascismo impedía el desarrollo de las fuerzas productivas porque en la Europa democrática no admitían el ingreso de un régimen fascista como España. Esto también es rotundamente falso. Para justificar su claudicación, Carrillo y los eurocomunistas invirtieron la relación causal. Según ellos la incorporación económica formal a la Unión Europea era la causa y no la consecuencia de la integración económica. Pero España ya formaba parte integrante del mercado europeo antes del ingreso de España en la Unión Europea. En 1959 el capitalismo español se incorporó plenamente al mercado mundial y, específicamente, al europeo. La transformación monopolista de los años sesenta fue acelerada precisamente por esa inserción de España en los mercados exteriores y, más exactamente, por tres palancas fundamentales: la emigración al exterior, las inversiones de capital extranjero y el turismo.

Para llegar a dicha conclusión no es necesaria ninguna argumentación alambicada, porque es más que evidente que el capitalismo no aparca un buen negocio con un país por la naturaleza de su régimen político. Es sabido que los capitalistas de las democracias más relucientes no tienen escrúpulos en firmar sabrosos contratos con los criminales más sanguinarios, y lo mismo hizo la Unión Europea con el franquismo. Por ejemplo, el 29 de junio de 1970 la Comunidad Económica Europea, como se llamaba entonces, firmó con el gobierno franquista lo que se llamaba “un acuerdo preferencial”.

No se trata sólo del vínculo de España con Europa, sino con cada uno de los países europeos. Uno de los ejemplos más llamativos fue la construcción en 1969 de la central nuclear de Vandellós I, prevista para la fabricación de armas atómicas. El capital de la central no sólo era propiedad de una empresa mixta hispano-francesa, sino que su tecnología también era francesa. A un país capitalista como Francia, cuna de los derechos humanos, no sólo no le importaba la naturaleza fascista del régimen español sino que estaba dispuesto a dotarle de armamento nuclear.

El fascismo es consecuencia de la crisis general del capitalismo

Entre los rasgos con los que Lenin caracterizó al imperialismo destaca que en dicha fase el capitalismo entra en una etapa de crisis generalizada, que no sólo es económica sino también política. Le dedica un capítulo completo a analizar este fenómeno, que le parece “muy importante” (7). El parasitismo, la descomposición, el estancamiento, son otras tantas “tendencias” actuales del capitalismo a las que también se le pueden encontrar excepciones que confirman la regla. Las crisis económicas, como la actual, no son cíclicas, por lo que no van a encontrar salida dentro del propio capitalismo. El fascismo es la adaptación del Estado burgués a esa situación de descomposición y crisis general, es decir, tanto económica como política, que en España alcanza cotas de verdadera degeneración, como estamos comprobando a diario.

La transición española fue uno de esos ejemplos de crisis general, a la vez económica y política, del sistema de dominación burgués que el franquismo pretendió resolver no suicidándose sino sucediéndose a sí mismo. La naturaleza de un régimen político, como cualquier fenómeno social y político, no se puede estudiar recurriendo a los tópicos seudo-marxistas sobre “hegemonía”, “bloques de clases”, “alianzas entre fracciones de clase” y demás. Ese tipo de recursos vacíos lo que pretenden es encubrir los hechos que hay que poner encima de la mesa: si España fue en un tiempo un régimen fascista y actualmente es democrático burgués es porque hubo un momento en el cual se produjo una modificación en la naturaleza Estado, tan profunda que se puede caracterizar como una excepción a las leyes del materialismo histórico, e incluso más: se puede decir que el materialismo histórico ha vuelto a equivocarse de nuevo y que la historia marcha en la dirección contraria de la prevista por Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista.

Salvo los más recalcitrantes reformistas, hoy no hay ninguna organización antifascista -que yo sepa- que reivindique el Estado actual como una conquista propia, es decir, que afirme: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando por este Estado”. Más bien lo que dicen es lo contrario: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando contra este Estado”. Por lo tanto, el cambio producido durante la transición no fue una conquista de ninguna organización popular sino una maniobra interna del propio régimen. La historia no muestra el caso de un régimen político que se suicide, es decir, deje de ser lo que es para convertirse en otra cosa distinta. De ello se desprende que a partir de 1975 la reforma política la dirigieron los propios fascistas y que el objetivo que perseguían con ella no era el de debilitar su dominación sobre las masas populares, sino reforzarla. Por último, si los fascistas hicieron algún tipo de cambio no fue porque dejaran de ser lo que siempre habían sido, fascistas, sino porque se vieron obligados a ello por el movimiento popular que durante la transición les había puesto en una situación de crisis muy peligrosa.

Al exponer quién estaba detrás del cambio y para qué hizo el cambio, con qué propósitos actuó, hay que descartar lo obvio: efectivamente, es verdad, hubo un cambio. Ante una crisis, el régimen dominante tiene que hacer algo para salir de ella, tiene que introducir innovaciones. Lo que se trata de saber es si esos cambios tuvieron una entidad cualitativa suficiente como para alterar la naturaleza política del Estado y, además, invertir la “tendencia” política del imperialismo hacia la reacción, la destrucción de las organizaciones de clase y la liquidación de las libertades. Eso es lo que tienen que mostrar.

En ese sentido el posicionamiento de las organizaciones revolucionarias hacia la transición es significativo porque, si el materialismo histórico no se equivoca, deberíamos suponer que quienes consideran que la transición supuso una transformación cualitativa del Estado a la democracia burguesa es porque han analizado al detalle aquella época y pueden mostrar muchos ejemplos de que en España la historia se volvió del revés. Pero no es eso lo que está ocurriendo, sino más bien al contrario, la transición está fuera de la agenda de los grupos comunistas y antifascistas en España; incluso lo consideran algo superado y exótico y, por decirlo más claramente, para ellos la transición es un tabú. No han explicado lo que deberían.

El materialismo histórico no admite vacíos ideológicos, y menos en la historia más reciente, porque favorecen la penetración de la ideología burguesa entre las filas del proletariado, que es lo que viene sucediendo actualmente en España. Al no replantear la transición, el movimiento antifascista en España ha asumido como propia la argumentación de la burguesía, que habla a través de los periodistas, los historiadores y sus políticos profesionales. No es que las organizaciones revolucionarias no tengan una posición propia sobre la transición, sino algo peor: han asumido y aceptado la de la burguesía. El discurso de unos (fascistas) y otros (antifascistas) coincide plenamente: durante la transición se produjo un cambio sustancial en la naturaleza del Estado.

Esa coincidencia con la ideología dominante conduce al abandono de las armas antes de empezar el combate y le está sirviendo en bandeja a la burguesía española lo que para ella es lo más importante, su gran coartada. Los fascistas escuchan de los labios de sus enemigos de clase lo que querían oír: que son demócratas. Incluso algunos comunistas legitiman a un Estado como el español que carecía de legitimidad hasta la transición. Sin embargo, no son capaces de responder a la pregunta: ¿qué ocurrió durante la transición que fuera capaz de legitimar a un Estado que hasta entonces carecía de ella? ¿dónde está esa legitimidad? ¿en qué se fundamenta?

Esas preguntas se multiplican con las recientes propuestas reformistas acerca de la necesidad de una “segunda transición”, que seguramente pretenden que sea igual (de fraudulenta) que la primera. ¿No será que reivindican la segunda precisamente porque no ha habido una primera, es decir, porque nada cambió entonces y quieren que nada cambie tampoco ahora? El hecho es que la transición, que creían olvidada o que querían olvidar, retorna de nuevo. Está otra vez en las calles, donde se oyen cosas como “Lo llaman democracia y no lo es”. Pues si España no es una democracia, ¿qué es entonces?

La naturaleza de la represión fascista

La asimilación del fascismo a la represión es otro estereotipo erróneo: un régimen no es democrático cuando reprime poco, ni es fascista cuando reprime mucho. En España este argumento tan absurdo es reiterativo en los momentos de represión intensa, como los actuales, o cuando saltan los casos de torturas. Parece que los días que no hay detenidos se puede hablar de democracia y cuando los hay lo que corresponde es tildar al régimen de “franquista” o protestar por el “regreso a la dictadura”. Naturalmente es una frase retórica y oportunista cien por cien que demuestra que para ellos el fascismo es un arma arrojadiza, no un concepto fundamental del materialismo histórico. Como explicó Dimitrov, es un error calificar como fascismo cualquier medida reaccionaria de la burguesía (8).

La identificación del fascismo por el volumen de represión nace del propio origen del fascismo como fuerza de choque de la burguesía en la época del imperialismo para frenar el auge del movimiento obrero y revolucionario. Dado que en algunos países esa primera ofensiva del fascismo fue derrotada en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se identifica con sus formas coyunturales originarias, especialmente con Hitler y Mussolini, los campos de concentración, las torturas brutales o la liquidación de los derechos fundamentales.

Pero el fascismo no es consecuencia de la represión, sino al revés. Las formas de represión cambian con las formas de dominación. Hay tribunales, cárceles y policías en todos los Estados, de donde los oportunistas deducen que los tribunales, las cárceles y los policías funcionan de la misma manera. Es una opinión muy extendida que se apoya sobre comodines selectos, el principal de los cuales es la manoseada “naturaleza de clase del Estado burgués”, que acude al empleo de una represión que, en ocasiones, es incluso brutal, a pesar del carácter democrático del Estado, como ocurrió tras la Comuna de París.

Aquí hay un profundo error metodológico. El marxismo-leninismo es, como repitió Lenin, un análisis de lo concreto, de lo diferencial y, por lo tanto, de lo histórico. En todos los países capitalistas el capitalismo no es el mismo. El análisis empieza a partir del momento en el que se identifica a un país como capitalista y, sin embargo, se diferencia de otros países que también son capitalistas, es decir, cuando es capaz de establecer tanto la unidad como la diferencia de cada país.

El materialismo histórico no conoce argumentaciones que estén por encima de la historia, es decir, que se refieran a cualquier país en cualquier época. Es lo que sucede con la represión, que en este país padece el mismo vacío ideológico que la transición: también está fuera de la agenda de las organizaciones comunistas, seguramente porque la represión pasa a su lado pero no va contra ellas. Consideran preferible discutir los planes quinquenales, la coexistencia pacífica o los koljoses en la URSS que la ley de seguridad ciudadana, la ley de partidos, la de videovigilancia, la doctrina Parot, el régimen FIES, Interpol, Schengen, Echelon o las órdenes europeas de detención.

Cuando no se analiza la represión, no se analiza la historia. Donde hay una manifestación, al lado hay un policía antidisturbios. No se puede hablar de una cosa sin mencionar la otra. Una organización que no es capaz de analizar la represión, sus formas y su historia, no conoce al Estado contra el que pretende enfrentarse. Pero a esa organización no sólo le debería interesar conocer a fondo el contenido de la represión sino la naturaleza de la misma, las formas concretas que adopta porque, a veces, la represión es un acto extraordinariamente formalizado, mientras que otras los aparatos del Estado se sumergen en el funcionamiento paralelo, la tortura, las desapariciones y, en fin, los demás crímenes de Estado.

Pondré un ejemplo: en 1956 se prohibió en la República Federal de Alemania al Partido Comunista, algo que parece idéntico a la prohibición en España del PCE(r) en 2003. Sin embargo, no hay paralelismo posible, ambos fenómenos tienen poco que ver entre sí; ni Alemania es España, ni 1956 es 2003. Como corresponde a dos acontecimientos distintos, las formas no son las mismas. El KPD se prohibió tras un largo juicio ante el Tribunal Constitucional, con la parafernalia propia del caso; el PCE(r) lo prohibió un auto, es decir, una decisión de ínfimo rango de un único juez, en el que no hubo ni juicio, ni defensa, ni recurso de ninguna clase. El KPD había sido legal y luego cambió sus siglas por las de DKP y recuperó su legalidad; el PCE(r) nunca ha sido legal. El KPD nunca tuvo detenidos ni presos; el PCE(r) ha tenido unos 3.000 aproximadamente. Al KPD no le han asesinado militantes; al PCE(r) le han asesinado unos 30 aproximadamente. En fin, la prohibición del KPD responde a una situación coyuntural; la del PCE(r) es definitiva.

No creo necesario abundar en que para un comunista estudiar la represión es una práctica que consiste en luchar contra ella, y no sólo en denunciar su existencia. Tampoco me parece necesario repetir que para luchar contra un Estado hay que luchar también contra la represión de ese Estado.

Notas:

(1) Lenin, Sobre la caricatura del marxismo, Obras Completas, tomo 30, pg.98.
(2) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(3) “Los dirigentes que tenemos reflejan cómo somos”, dice en una entrevista el grupo musical Deff con Dos, que titula un reciente disco “España es idiota”: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/49241-entrevista-a-def-con-dos-%E2%80%9Clos-dirigentes-que-tenemos-reflejan-c%C3%B3mo-somos.html
(4) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(5) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.664.
(6) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.604.
(7) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.762 y stes.
(8) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.666.

¿Qué es la conciencia de clase? (III) El grado cero de la conciencia

La conciencia de la clase obrera es una unidad dividida en dos que Marx, a la manera hegeliana, denomina como conciencia en sí y conciencia para sí: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (1).

El desarrollo del capitalismo, pues, crea una inmensa masa de trabajadores que en el siglo XIX aún se solía denominar en plural como “clases obreras” para destacar su carácter disperso. Lo mismo ocurría con sus organizaciones de clase. Los primeros sindicatos no agrupaban a los trabajadores por empresas sino por oficios, por lo que hoy llamaríamos profesiones, muy cercanos a los gremios de artesanos medievales: eran impresores, zapateros o sastres. No obstante, aunque carecían aún de una sólida cohesión interna, los obreros ya formaban una clase social por sus intereses comunes frente a sus respectivos patronos. Por sí misma, espontáneamente, esa condición social ya convierte a la masa de los distintos trabajadores en una clase social.

Si los obreros formaban en masas compactas, dicen Marx y Engels, no es como consecuencia de la unidad de los propios obreros sino de la unidad de la burguesía (2). En “La Ideología Alemana” Marx y Engels precisaron el concepto de conciencia de clase con otras palabras:

“Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y de otra parte, la clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas por así decirlo; se encuentran con que la clase les asigna una posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el de la absorción de los diferentes individuos por la división del trabajo […] Ya hemos indicado varias veces cómo esta absorción de los individuos por la clase se desarrolla hasta convertirse, al mismo tiempo, en una absorción por diversas ideas, etc.” (3).

La conciencia en sí aparece, pues, muy tempranamente en las primeras etapas del movimiento obrero. La adquiere el proletariado espontáneamente en su lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir, en luchas de naturaleza sindical y económica. Pero aquellas luchas espontáneas de los obreros eran instintivas. En ellas los obreros actuaban en buena parte movidos por sus intereses individuales y concretos. Fuera de sus luchas contra el patrono, los obreros competían y se enfrentaban entre sí. Durante las huelgas algunos ejercían de esquiroles frente a otros. El salto desde los intereses individuales y concretos de unos pocos obreros, hacia los comunes y generales a todos ellos es en todos los países el progreso decisivo de la conciencia de clase, que se expresa en la creación de organizaciones de dicha naturaleza.

El desdoblamiento de la conciencia tiene, pues, un sentido histórico. Al analizar la evolución del movimiento obrero en cada país se observa que la conciencia de clase evoluciona desde las formas de conciencia en sí a otras que, además, son para sí. La conciencia para sí es un progreso con respecto a la anterior, una forma superior que adquiere el proletariado con sus luchas, un ejemplo, en definitiva, de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos. Pero aunque la experiencia histórica del proletariado acumula ambas, no puede confundirlas:

a) mientras la conciencia en sí se pone manifiesto en las luchas sindicales, la conciencia para sí aparece en las de tipo político. La conciencia para sí se expresa en el programa político del proletariado, en su estrategia revolucionaria

b) mientras la conciencia en sí es espontánea y se pone manifiesto en formas de acción más o menos improvisadas, como huelgas y manifestaciones, la conciencia para sí se planifica sistemáticamente, para lo cual es necesaria una organización de clase. La conciencia para sí se expresa también en las distintas formas de organización de la clase obrera

c) mientras la conciencia en sí la adquiere el proletariado por sus propios medios en la lucha sindical, la conciencia para sí procede de fuera porque requiere una teoría científica, el marxismo-leninismo, un añadido cualitativo que el movimiento obrero no puede obtener por sus propias fuerzas

Los oportunistas sólo tienen en cuenta uno u otro de los dos aspectos de la conciencia. Algunos de ellos los confunden y otros los separan como si fueran universos extraños entre sí. Ninguno tiene en cuenta que la conciencia no es más que una unidad que se desdobla, una unidad de contrarios y, por consiguiente, que en el movimiento obrero coexisten formas distintas de conciencia de clase. Lenin decía que lo espontáneo es el embrión de lo consciente y que hay diferentes tipos de espontaneidad (4). La conciencia de clase es, pues, un gradiente; no es que haya o no conciencia de clase, sino que hay grados diversos de conciencia que van desde los inferiores hasta los superiores, recorriendo todo su espectro. Se puede decir que existe un grado cero de conciencia, representado por el movimiento obrero espontáneo, que alcanza su punto más elevado en la conciencia para sí: el partido comunista. De uno a otro hay un salto cualitativo.

Como tendencia histórica, la conciencia de clase no retrocede sino que avanza irreversiblemente de la conciencia en sí a la conciencia para sí. Aunque esté muy extendida la opinión contraria, en la actualidad la conciencia de clase ha avanzado sustancialmente con respecto a los tiempos de Marx, Engels y Lenin. No cabe duda que la enorme experiencia acumulada por el proletariado internacional impide hoy afirmar que en alguna parte existan movilizaciones obreras en las que no aparezcan determinadas formas más o menos avanzadas de conciencia de clase. Es un importante progreso del movimiento obrero: hoy la lucha de clases no tiene que partir de cero.

Como consecuencia de ello la burguesía se tiene que enfrentar cotidianamente a un hecho consumado, lo que la ha obligado a maniobrar para confundir a la clase obrera y nublar su conciencia. Como en tantas otras tareas, también en ésta ha dispuesto de la inestimable colaboración de los oportunistas para dar marcha atrás a la historia y volver a las etapas incipientes del movimiento obrero. En este punto los oportunistas adoptan la forma de nuevos espontaneístas. Las tesis de los antiguos aún tenían alguna justificación porque procedían de una etapa en la cual los obreros aún no habían acumulado suficientes experiencias prácticas; los nuevos corresponden a un momento en el cual la espontaneidad se defiende a pesar de que la experiencia práctica contradice cada uno de sus postulados.

Antes el espontaneísmo movía los pies pero no la cabeza. Era la inconsciencia viva de la clase obrera o, a lo máximo, ponía de manifiesto una conciencia muy primitiva. El grado cero de la conciencia aún no se había convertido en una teoría, sino todo lo contrario; no era más que una práctica, el activismo ciego, inconsciente e irreflexivo. Los modernos, por el contrario, mueven la cabeza para elaborar una teoría con la in-consciencia, convirtiendo la espontaneidad en todo un proyecto de desarme y des-organización del proletariado.

Hoy la forma principal que reviste el espontaneísmo es la confusión de la organización con la clase o, por mejor decirlo, la reducción de la organización a la clase y lo que es peor: al movimiento de dicha clase. Es también el caso de quienes defienden los partidos de masas, amplios, con numerosos afiliados al estilo de la II Internacional, mientras critican a los partidos comunistas de nuevo tipo porque son “maquinarias burocráticas” alejados de las masas. Ellos quieren crear un “partido-movimiento” (5), disolver las formas de organización en las formas de actuación bajo los nombres de “coordinadoras”, “redes”, “asambleas”, “plataformas” y cualquier otro lo suficientemente ambiguo como para dispersar a las masas en un archipiélago inconexo.

Aunque los nuevos espontaneístas visten sus teorías con los ropajes de la modernidad, frente a lo que califican como “viejas concepciones dogmáticas”, lo cierto es que lo suyo es una apología del primitivismo, de las fases obsoletas del movimiento obrero. Hacen apología del atraso, de los “métodos artesanos de trabajo”, como los llamaba Lenin. Colocan al movimiento obrero en una situación de desventaja frente a la burguesía, que actúa siempre con una conciencia plena, que no dispersa sus energías sino que las centraliza y organiza de una manera meticulosa en ese dispositivo burocratizado que es el Estado, para proyectarlas incluso en la esfera internacional.

La forma de organización (o desorganización) de la clase obrera es, pues, el primer termómetro de su conciencia de clase.

En los cien años transcurridos desde que Lenin redactó el “¿Qué hacer?”, el espontaneísmo ha cambiado su naturaleza de clase. Mientras antes era una parte del movimiento obrero, actualmente es una corriente típicamente pequeño-burguesa que, entre otras cosas se caracteriza también por enfrentar lo social a lo político, e incluso por preconizar el abstencionismo, que es el mismo principio que defiende siempre la burguesía: no mezclar a los sindicatos con la política, ni a la universidad con la política, ni a la cultura con la política, etc. Dicen que las huelgas deben ser puramente económicas y que las de naturaleza política son rechazables. Es el estilo ONG, de la horizontalidad, de los alternativos, los autónomos y autogestionarios. Para la pequeña burguesía los movimientos deben ser exclusivamente “sociales” (desde abajo), jamás políticos (desde arriba) porque “la política” desune, conduce a enfrentamientos ideológicos “partidistas”, lo cual parece que no ocurre en las luchas económicas y sociales.

El rechazo de “la política” demuestra el origen de clase del espontaneísmo porque la única política que conoce la pequeña burguesía es la política burguesa, es decir, que ponen la política del proletariado al mismo nivel que la política de la burguesía. Por su naturaleza de clase, los espontaneístas no entienden que, además de esa, hay otra política, la política comunista, que está directamente enfrentada a ella y que esa es la esencia misma de la lucha de clases y, por consiguiente, de la conciencia de clase.

Los nuevos espontaneístas consideran que la conciencia de clase es inherente a la condición social del obrero como explotado, es decir, que todos los trabajadores tienen conciencia de clase por el hecho de ser obreros. La clase en sí es al mismo tiempo clase para sí. Afirman que la actuación característica de la clase obrera es la sindical y encuentran la conciencia de clase en las luchas económicas de los trabajadores. Piensan que la lucha sindical (o los “consejos de fábrica”, en su caso) debe abandonarse a sus propias fuerzas, que se basta a sí misma para llevar a la revolución.

Esta concepción es errónea. Los trabajadores sólo se convierten en una clase “para sí misma” cuando se empiezan a reunir para defender sus intereses, no de fábrica, ni de oficio sino de toda la clase social en su conjunto. Entonces ya no son los intereses del obrero frente a los del patrón (jornada, salario) sino los de una clase contra otra. A diferencia de los anteriores, que son económicos y sindicales, dice Marx, esos intereses son de naturaleza política. En la lucha de una clase contra otra lo que se resuelven son intereses políticos. La lucha política es, pues, un progreso imprescindible de la conciencia del proletariado, frente a la lucha puramente sindical o económica. El programa político de la organización de la clase obrera (o su ausencia) es, pues, el segundo termómetro de su conciencia de clase.

La conciencia para sí de la clase obrera se define, pues, por dos elementos esenciales: el programa (los fines) y el tipo de organización (los medios). Ambas forman una unidad porque en función de los objetivos perseguidos los obreros se organizan de una u otra manera. Las formas de organización sirven para poner de manifiesto los verdaderos objetivos de la organización, más allá de los que retóricamente reconocen sus documentos oficiales. “Dime de qué organización dispones y te diré qué es lo que realmente pretendes”.

Una organización limitada sólo puede tener objetivos limitados. Sólo un determinado tipo de organización de clase, el partido comunista, carece de límites de ningún tipo, ni ideológicos, ni geográficos, ni económicos, ni legales, ni militares, ni profesionales. Sólo una organización así, de características ilimitadas, está en condiciones de acabar con el capitalismo, lo cual se debe también afirmar del reverso: para acabar con el capitalismo hay que fortalecer el partido comunista, que es un tipo de organización política que no se parece a ninguna otra.

Sin embargo, es bastante corriente que a un partido comunista se le juzgue exclusivamente por su programa político, es decir, que se examine si es comunista o no. Pero tan interesante como lo anterior es examinar si es realmente un partido, es decir, una organización leninista de cuadros profesionales, plenamente dedicados a organizar la revolución socialista.

Los programas de los partidos oportunistas son retóricos, puesto que no se reconocen a sí mismos como tales oportunistas sino que, muy al contrario, pretenden aparentar algo distinto de lo que realmente son.

Por eso llenan sus declaraciones de frases revolucionarias mientras sus formas de organización están acomodadas a la vida legalista, pacífica e institucional. Es la esencia de los “anticapitalistas”, que no pretenden acabar con el régimen de explotación sino convivir bajo él en una actitud de protesta permanente. Los movimientos espontáneos no se preparan para dar la batalla a la burguesía en ningún terreno, sino para lamentarse permanentemente de sus atropellos más sangrantes.

Se trata de grupos de aficionados que dedican al movimiento sólo sus ratos libres. Su radio de acción es típicamente local, propio de pequeños círculos capaces de llevar a cabo sólo tareas muy simples que encierran a los trabajadores en una perspectiva social estrecha, dominada por lo inmediato y el corto plazo.

A diferencia de las organizaciones de masas, la tarea de un partido comunista es la de dirigir, una función que la pequeña burguesía no es capaz de entender porque, al navegar entre dos aguas, cree que existen movimientos sociales no dirigidos por nadie, es decir, autónomos, en los cuales las masas se agrupan y se dirigen a sí mismas de manera colectiva. Es un claro ejemplo de ceguera por su parte. La experiencia pone de manifiesto que en todo movimiento colectivo siempre hay una dirección, por más que no reconozca como tal. Un movimiento puede surgir espontáneamente y, de hecho, así ocurre la mayor parte de las veces. Pero al final alguien lo acaba dirigiendo; si no lo dirige el proletariado, lo dirige la burguesía.

Cuando el proletariado no dirige una lucha a través de su partido comunista, la misma acaba siendo engullida por el reformismo, que es la inercia de la lucha de clases. El espontaneísmo conduce al movimiento obrero siempre por el sendero del reformismo, el sindicalismo y el electoralismo. De ahí que mientras la burguesía perseguía a los partidos comunistas, mantenía las formas de organización más primarias de la clase obrera. Hay múltiples ejemplos históricos de esa inercia. En Inglaterra los sindicatos crearon un partido propio, el partido laborista, una organización típicamente reformista, muy diferente de las propias de la clase obrera. Lo mismo cabe decir de la Iglesia católica, que desde la encíclica “Rerum Novarum”, promovió formas “horizontales” de organización, como las cooperativas, tan apreciadas siempre en los medios reformistas.

Para defender el espontaneísmo en 1972 Eduardo Fioravanti destacó el carácter creador de los movimientos de masas, algo de lo que no puede caber ninguna duda. Ahora bien, él lo contraponía al partido comunista, cuyo objeto era “limitar”, “coartar” o “contener“ al anterior (6). Eso no podría ser posible sin desnaturalizar la esencia misma del partido comunista, que debe ir por delante y no por detrás de los movimientos de masas, es decir, dirigir, impulsar y promover la creatividad de los movimientos de masas.

Otras veces para camuflar su reformismo, los espontaneístas se refugian en el activismo ciego, característico de ese archipiélago de pequeñas organizaciones locales enfrascadas en un zafarrancho de combate permanente por las calles. No es nada distinto de la vieja y gastada consigna del revisionista Bernstein: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”. Es el movimiento por el movimiento mismo, sin ningún programa, ni línea, ni rumbo. El activismo es aventurerismo; a lo máximo puede conducir a estallidos de rebeldía, tan fulminantes como efímeros porque el Estado burgués los aplasta con facilidad. Entre otras cosas, que por sí misma la calle no proporciona, la revolución exige organización.

Es una creencia muy extendida suponer que un movimiento revolucionario puede estallar espontáneamente o que las masas van a lanzarse a luchar por el socialismo por sí mismas, de manera que cuando eso no se produce los que opinan así se quedan perplejos y se preguntan por qué las masas no se sublevan, a pesar del paro y de las difíciles condiciones de subsistencia que padecen. Es una pregunta que ya está respondida hace muchísimos años: la experiencia histórica demuestra que sin organización y dirección, el movimiento de masas no genera revolución sino reformismo, y que si su situación es tan dura que se ven obligadas a levantarse tumultuariamente, sólo se producirán rebeliones, estallidos masivos de cólera más o menos prolongados, pero jamás revoluciones. En todo el mundo el movimiento obrero ha conocido ambas situaciones y sabe que tanto el reformismo como las explosiones de rebeldía son estériles para la revolución.

Como se observa en la actual crisis, el capitalismo conduce a las masas a una situación extrema que las obliga a salir a la calle a protestar, sin lo cual no es posible la revolución. Pero dicha situación, aunque es una condición necesaria, no es suficiente. La conciencia de clase, hay que volver a repetirlo, es una unidad que se desdobla. No basta el movimiento por sí mismo, por más radical que se muestre; además tiene que tener una dirección, un rumbo, que no está en su propio seno sino que, como dijo Lenin, procede de fuera del propio movimiento:

“El error fundamental de todos los ‘economistas’: el convencimiento de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros ‘desde dentro’, por decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o al menos, principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o al menos, principalmente) en esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz […]

“Al obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí” (7).

Un avión tampoco determina por sí mismo su rumbo; la navegación aérea la dirige desde tierra la torre de control. Del mismo modo, para determinar el rumbo del movimiento de masas hace falta un partido comunista que las dirija “desde la torre de control” o, como decía Lenin, “desde fuera”. Para estar en condiciones de dirigir un movimiento de masas, un partido comunista se debe diferenciar de las propias masas y de sus organizaciones. El partido comunista es una parte pero no es el movimiento mismo; no puede dirigirlo si se confunde con él, que es otro vicio arraigado del espontaneísmo, que también fue criticado por Lenin:

“El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea ‘accesible’ a las masas, un temor de subir demasiado por encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta la propia idea de que podamos subir demasiado alto!” (8).

La lucha contra el espontaneísmo es la lucha contra el oportunismo en el terreno de la organización. Cada uno de los pasos que acomete un partido comunista debe ser consciente, lo cual equivale a decir, discutido, planificado y bien meditado. A diferencia de otras, la actuación comunista no se improvisa. Es la única organización de la clase obrera capaz de explicar y argumentar no sólo sus objetivos últimos sino cada uno de sus movimientos tácticos.

Notas:

(1) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.
(2) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.31.
(3) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pgs.60-61.
(4) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.139.
(5) Reinaldo Iturriza López: Del partido/maquinaria al partido/movimiento, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114484
(6) Eduardo Fioravanti: El concepto de modo de producción, Barcelona, 1972, pgs.217 y stes.
(7) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.179.
(8) Lenin, ¿Qué hacer?, pg.223.

Gustavo Durán, dirigente del primer servicio republicano de espionaje en Madrid

Juan Manuel Olarieta

Gustavo Durán Martínez (1906-1969) nació en Barcelona, hijo del coronel de artillería retirado José Durán Labad. En 1921 inició sus estudios musicales en el Conservatorio de Madrid, adonde se había trasladado a vivir su familia. Siendo todavía muy joven, frecuentó los ambientes culturales de la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Dalí, Buñuel y García Lorca, entre otros.

Entre 1928 y 1934 residió en París, donde se dio a conocer como compositor y pianista en la compañía de Antonia Mercé, «La Argentina».

Poco antes de la guerra se unió al Quinto Regimiento de Milicias donde en dos meses obtuvo el grado de comandante por su arrojo y aptitudes de mando. Sus acciones en los primeros meses de la guerra las relató Malraux en su novela «La esperanza», escondidas bajo el nombre de uno de sus protagonistas: «Manuel».

Participó el frente de su brigada en importantes batallas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete) y, al tiempo, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Ilya Ehrenburg escribió entonces a la prensa soviética que Durán era un ejemplo del intelectual en armas.

En 1937 dirigió en Madrid el Servicio de Información Militar de la República durante un mes, aunque luego Indalecio Prieto, ministro de la Guerra lo sustituyó, pasando a dirigir el XX Cuerpo del Ejército Popular republicano, donde alcanzó el grado de coronel.

Al final de la guerra huyó a Inglaterra desde Denia a bordo del crucero británico Galatea, en el que también viajaba otro coronel, el traidor Segismundo Casado, dirigente del golpe de Estado de marzo de 1939 dirigido contra la República en Madrid y colaborador del espionaje británico.

En Inglaterra Durán quiso enrolarse en el ejército británico para ir de nuevo al frente, lo que no consiguió. A mediados de agosto de 1939 conoció a su esposa, Bonte Crompton, hermana de Belinda Crompton, a su vez casada con Michael Straight. Una tercera hermana, Catherine, fue pareja del escritor británico Graham Green, vinculado a los servicios de inteligencia.

Además de amigos, Durán y Straight eran cuñados. Straight era el único agente norteamericano del grupo de intelectuales vinculados a la red de inteligencia soviética de la Universidad de Cambridge de la que formaban parte Philby, Burgess, Blunt y Maclean.

Gracias a su matrimonio Durán obtuvo el permiso de residencia en Estados Unidos y en diciembre de 1942 la nacionalidad de aquel país, incorporándose en Washington al Departamento de Estado. Su primer destino fue la embajada estadounidense en La Habana que dirigía Spruille Braden.

En la capital caribeña Durán mantuvo una relación muy estrecha con Hemingway, quien le nombró en la conocida novela «Por quién doblan las campanas». Hemingway era amigo íntimo del embajador Braden y, aunque tenía animadversion hacia el FBI, al que equiparaba a la Gestapo, se prestó a trabajar en la Isla como colaborador de los servicios de espionaje para penetrar los círculos nazis y falangistas que entonces infestaban La Habana. Para ello Hemingway pidió ayuda a Durán, creando una red de 26 antifascistas, en su mayor parte republicanos españoles exiliados.

Cuando en 1945 trasladaron al embajador Braden a Buenos Aires, Durán le acompañó a su nuevo destino. En Argentina la situación política era muy tensa en aquel momento. Perón celebraba sus primeras elecciones y Durán redactó el informe donde el departamento de Estado le acusaba de nazi, proponiendo abrir contra él un tribunal parecido al de Nuremberg. Influido por el informe de Durán, el Partido Comunista de la Argentina se posicionó erróneamente contra el peronismo.

A Perón se lo sirvieron en bandeja. Pudo decir que todo era una conspiración urdida por la embajada imperialista con la complicidad de los comunistas, es decir, que la campaña procedía del exterior, de las grandes potencias del momento. Entonces los peronistas acuñaron el lema «Braden o Perón» y respondieron al documento de Washington mencionando expresamente a Durán: «¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui?», preguntaba Perón, para agregar: «El Partido Comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del Sr. Braden, ante quien el Sr. Gustavo Durán, su agregado civil en la Embajada de los Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del Sr. Durán en la alianza entre el Partido Comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de grandes dudas».

Durán se pudo mantener en el Departamento de Estado hasta que la guerra fría cambió las reglas del juego. Desde 1938 el espionaje británico sabía que Durán era un estrecho colaborador del gobierno republicano en la guerra civil española, lo que le valía ser considerado como «
comunista». Pero hasta entonces otras necesidades más perentorias pusieron en cuarentena esa circunstancia, que salió a relucir más tarde, durante la caza de brujas del senador McCarthy, con carácter retroactivo.

En 1938 Galíndez estaba en Madrid al servicio de Irujo como funcionario del Ministerio de Justicia. Al menos desde el siguiente año hay confirmación de que era un confidente (agente DR-10) de la inteligencia militar de Estados Unidos, y posteriormente (como agente Rojas), del FBI. A través de Galíndez el FBI conoció el trabajo de Durán al frente del Servicio de Información Militar, que Walter Krivitski y quizá también Orlov, confirmaron al desertar de la URSS.

Además, Durán fue también denunciado por Indalecio Prieto, su anterior jefe, en un informe dirigido al pleno de la dirección del PSOE reunido en Barcelona en agosto de 1938 que luego se publicó como folleto. En dicho informe Prieto explicaba los motivos de su dimisión al frente del Ministerio de la Guerra, acusando a los comunistas, entre los que mencionaba a Durán, de copar los cargos de responsabilidad en las unidades militares y, en particular, del Servicio de Información Militar, una versión que ha hecho fortuna, como todas las que culpan a los comunistas.

El 28 de diciembre de 1943, desde la embajada estadounidense en la República Dominicana, Edgard J. Ruff confirmó las vinculaciones de Durán con los comunistas y, por consiguiente, con la inteligencia soviética. La fuente de Ruff no era otra que Galíndez, entonces consejero de Trujillo en la República Dominicana.

El FBI transmitió aquellas sospechas al senador McCarthy, que el 28 de marzo de 1946 abrió una causa contra Edward K. Barsky, dirigente de la red de apoyo a los antifascistas refugiados en Estados Unidos. En la investigación aparecía el nombre de Durán como militante comunista, comandante del Ejército Popular de la República y responsable de aquella red solidaria.

El senador McCarthy, y la política exterior de Estados Unidos, empezaba a caminar por la misma senda que el franquismo. En 1946 el espionaje franquista elaboró otro informe, donde Durán figuraba con el apodo de «El Porcelana». El 9 de abril el diario falangista «Arriba» publicó el informe con la apariencia de un artículo periodístico denunciando a Duran como agente del espionaje soviético.

A su vez aquel informe sirvió de base a otro de 4 de junio del coronel Wendall Johnson, agregado militar de la embajada estadounidense en Madrid.

En 1950 Durán volvió a ser investigado y tuvo que comparecer ante la comisión del senador McCarthy, quien concedía una importante tan grande a Durán que durante una cena en Nevada le dio a conocer entre los primeros cuatro agentes soviéticos: John Service, Gustavo Durán, Mary Jane Kenney y el Dr. Harlow Sharpley (Washington Post, 13 de febrero de 1950).

Acosado, Durán tuvo que dejar el Departamento de Estado y trasladar su residencia a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la ONU. Luego vivió en Chile unos años encabezando una delegación de la Cepal. En 1960 pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo cuando el avión en el que viajaba Hammarskjold, el secretario general de la ONU, fue saboteado.

Murió en Creta, Grecia, el 25 de marzo de 1969, donde fue enterrado.

Siguiendo a Prieto, una historiografía fabricada «ad hoc» considera que los comunistas (y sólo los comunistas) procedieron a una penetración sobrepticia en los cargos de responsabilidad de la República, aunque sólo fuera durante un mes, como es el caso de Durán. En la II República, con excepción de los comunistas, cualquiera tenía derecho a servir en la función pública.

Naturalmente, esa estúpida historiografía también considera que por encima, por debajo y al costado del PCE estaba la URSS de Stalin, máxime cuando se hace referencia a algo tan emblemático como el Servicio de Información Militar, como también es el caso de Durán.

Esa misma historiografía considera, finalmente, que quienes no se oponen a los comunistas, como es el caso de Durán, son comunistas igualmente. Es la teoría fascista de la «comisión por omisión»: no basta con no ser comunista sino que hay que oponerse a él de manera activa y militante.

¿Qué es la conciencia de clase? (II) Crítica de las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario

En los inicios del capitalismo la burguesía impulsó una nueva corriente filosófica, el idealismo subjetivo, que empalma directamente con las concepciones religiosas tradicionales y, especialmente, con el protestantismo. La clase social entonces en ascenso, la burguesía, es individualista; se mira al ombligo y se redescubre a sí misma, su mundo interior. El cristianismo había reducido el sujeto a su conciencia y luego la burguesía redujo la conciencia a su sujeto. Así considerada, la conciencia es un monólogo interno e incomunicable con otros porque cada uno de nosotros somos seres individuales, singulares y diferentes unos de otros. En nuestro interior llevamos a nuestro más severo juez, el que nos dice lo que está bien o está mal. Nadie sabe mejor que uno mismo lo que debe hacer y lo que debe abstenerse de hacer. En fin, hacemos lo que nos dicta “nuestra” conciencia, porque se trata justamente de eso, de la “nuestra”. Ni siquiera sabemos que no es “nuestra” precisamente.

En los países anglosajones la burguesía concibe la conciencia como “mente” (“mind” en inglés), llevándola al terreno de la sicología y convirtiéndola en un ente que, además de espiritual, tiene vida propia. En inglés, la primera persona singular (“yo”) se escribe con mayúscula (I), como si fuera un nombre propio, distinto de cualquier otro. La conciencia también se personifica y se escribe con mayúsculas: es el Alma, el Espíritu, la Razón o cualquier otra abstracción parecida, naturalmente separada de lo material y lo concreto, de las necesidades y los intereses. La conciencia no tiene que ver con nada ajeno a ella misma; no es sólo subjetiva sino que es el sujeto por antonomasia.

Esta concepción idealista (religiosa y burguesa) es la que prevalece hoy como ideología dominante extendida entre amplios sectores de la sociedad. Algunos filósofos burgueses, como Sartre, la presentan incluso con la apariencia de una teoría revolucionaria. En 1960 Sartre publicó su “Crítica de la razón dialéctica” con la que pretendió adherirse a un marxismo aderezado de individualismo, existencialismo y voluntarismo. A partir de entonces la burguesía difunde la existencia de un supuesto “sujeto histórico” o “sujeto revolucionario” que está empeñada en poner de moda (1) para remarcar que aún tiene algo que decir, que aún no ha salido definitivamente de la historia. Otros utilizan esa terminología para referirse de manera inapropiada a clases, sectores o fuerzas sociales. Esa forma de hablar da un tono libresco a dichas corrientes, que se formulan en nombre de Marx y del marxismo.

No obstante, el concepto de “sujeto histórico” suele ir acompañado del adjetivo “nuevo” para mostrar de manera definitiva el enfrentamiento ideológico de la burguesía con el marxismo. A la manera religiosa, hablan de pobres y ricos, categorías que deducen de una pirámide cuantitativa salarial, lo que les conduce a sostener que las clases se han diversificado, convirtiendo su lucha en algo más complejo de lo previsto por Marx y Engels, cuyas concepciones se han quedado anticuadas. Según ellos, existen otro tipo de “agentes sociales” cuya condición es aún peor que la de la clase obrera, que no sólo no se ha empobrecido, como habían pronosticado erróneamente Marx y Engels, sino que se ha “aburguesado”, especialmente en los países capitalistas más fuertes gracias al expolio imperialista. Incluso afirman que los obreros se han convertido en cómplices de ese expolio. La revolución se debe llevar a cabo también contra esa clase obrera “aburguesada”.

A partir de entonces, el papel revolucionario de la clase obrera lo tienen que asumir los nuevos parias de la tierra, “la multitud”, según Toni Negri, que es otra de esas imprecisiones deliberadas a las que tienen que llenar de contenido seudorrevolucionario. ¿Quiénes son esos nuevos parias de la tierra? Con los fastos del 500 Aniversario de la colonización de América y la comedia zapatista en Chiapas dos años después, los indígenas se pusieron de moda (2). Luego, tras el levantamiento de los suburbios de París en 2005 algunos (3) pusieron al lumpen en primer plano. El teólogo brasileño Frei Betto se ha destacado por inculcar esa concepción, que con las modas bolivaristas y el “socialismo del siglo XXI” se han extendido entre la burguesía latinoamericana (4): los verdaderos revolucionarios no son los obreros sino los marginados sociales, homosexuales, prostituidos, delincuentes o toxicómanos. Incluso el Vicepresidente de Bolivia se permitió el lujo de exponerlo de una manera tautológica, dando muestra de la superficialidad de este tipo de concepciones: “El sujeto revolucionario es el que hace la revolución” (5).

El marxismo sostiene todo lo contrario: que el mundo entero se proletariza progresivamente. Cada día el capitalismo no sólo produce mercancías, levanta fábricas y crea nuevo valor, sino también obreros de manera masiva. En palabras de Marx y Engels, no solo produce las armas que deben darle muerte, sino a aquellos que van a empuñarlas: “La burguesía produce a sus propios sepultureros”, que no son otros que los obreros. El proletariado es el producto más peculiar del capitalismo; sólo él es una clase verdaderamente revolucionaria.

El transcurso del tiempo ha dejado sobradamente claro no sólo que en este punto nada ha cambiado desde hace 150 años, sino que las previsiones de Marx y Engels se han confirmado puntualmente (6). Los demás sectores sociales que se enfrentan a la burguesía pierden energía y finalmente desaparecen con el desarrollo de la gran industria. Como consecuencia de ello, la sociedad actual no es más compleja, como sostiene la burguesía, sino mucho más simple que sus predecesoras. Las contradicciones de clase se han simplificado: “Toda sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado” (7). Pero la actual crisis económica ha sido más implacable que cualquiera de las críticas que se han lanzado contra las teorías burguesas; el objeto ha demostrado que los sujetos no eran tales.

En Europa durante los años sesenta, como consecuencia del ascenso del revisionismo en el movimiento comunista internacional, las teorías sobre el nuevo sujeto revolucionario se propagaron, llegando a convertirse en el rasgo diferenciador de la denominada “nueva izquierda”. El individualismo característico de la pequeña burguesía dio nuevos vuelos al voluntarismo y el espontaneísmo, frente al cual el revisionismo desató una reacción de signo opuesto. Los estructuralistas, como Althusser, criticaron aquellas concepciones subjetivistas, como las de Sartre, a costa de incurrir en otras igualmente erróneas: las del “proceso sin sujeto y sin fines”. Como cualquier otra teoría fría de la conciencia, el estructuralismo reduce la conciencia a una “superestructura”, la ideología a los “aparatos ideológicos” que se presenta como “objetiva”, pasiva y neutral, es decir, cuya naturaleza de clase no aparece por ninguna parte (8).

En cualquiera de sus formas el pensamiento burgués separa lo “objetivo” de lo “subjetivo”, como si se tratara de mundos opuestos uno de otro, lo abstracto de lo concreto, lo inmaterial de lo material, lo interno de lo externo. El marxismo nace de la lucha contra este tipo de “disquisiciones”, porque son “abstracciones vacías” típicas del hegelismo en las que “tenemos juntas todas las ilusiones de la especulación”, un supuesto de pura “contemplación”, decía Marx (9).

El supuesto típico de pura especulación al que se refería Marx aparece cuando alguien afirma de manera retórica que “se dan las condiciones objetivas, pero no las subjetivas”. Si la conciencia refleja una realidad objetiva, para un materialista resulta extraño que ambos marchen por separado, es decir, que las condiciones subjetivas no reflejen las objetivas. Es un motivo de extrañeza por partida doble porque, en el sentido contrario, nadie dice: “se dan las condiciones subjetivas, pero no las objetivas”.

Aunque pueden aparecer con cierto retraso, tarde o temprano las circunstancias subjetivas reflejan siempre a las objetivas, e incluso se deben adelantar a ellas. Por eso a un partido comunista se le denomina vanguardia: porque va por delante. Un comunista jamás puede admitir que estén presentes las condiciones objetivas sin las subjetivas. Lenin habló incluso de una etapa inicial del movimiento revolucionario ruso en el que existía vanguardia pero no existía movimiento (10). ¿Cómo es eso posible? Si no hay movimiento, ¿cómo puede existir una vanguardia suya?

Porque el movimiento de masas es discontinuo, se mueve a saltos, mientras la vanguardia realiza tareas que son continuas. A las masas no se les puede pedir lo que los comunistas piden a una vanguardia, a saber, que esté preparada, porque su lucha es instintiva y se mueve a grandes impulsos. Pero además, hay algo aún más importante: una vanguardia no se prepara para las etapas anodinas del movimiento, sino todo lo contrario: para cuando el movimiento esté en su apogeo. Para esas situaciones la vanguardia asume un compromiso muy claro: “nosotros estamos preparados y en cuanto exista una situación propicia dirigiremos la revolución”. Quien tiene el deber de prepararse no son las masas sino la vanguardia. Cuando las masas trabajan a corto plazo, la vanguardia trabaja, además, a largo plazo; cuando las masas hacen un trabajo local, la vanguardia trabaja, además, a escala nacional e internacional; cuando las masas hacen trabajo sindical, la vanguardia trabaja, además, en el terreno político; cuando las masas hacen trabajo legal, la vanguardia trabaja, además, ilegalmente; cuando las masas trabajan pacíficamente, la vanguardia trabaja, además, militarmente; y así sucesivamente.

Lo contrario es propio del reformismo, que profundiza en el atraso (real o ficticio) de la clase obrera. Para que ellos se puedan presentar como “vanguardia” y justificar su claudicación política necesitan insistir en que la clase obrera está rezagada. Los reformistas no pueden reconocer su propio atraso. Raramente pronuncian frases como ésta: “si nosotros, la vanguardia, estuviéramos preparados podríamos encabezar una revolución porque la situación está madura”. Entonces echarían la responsabilidad sobre sus propios hombros, que es la manera de proceder de los partidos comunistas. Por ejemplo, hace más de un siglo Lenin en el “¿Qué hacer?” se autocriticó de esta forma: “Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto, pues en lo que concierne a la falta de preparación me lo aplico a mí mismo en primer término”. Como en tantos otros países, en Rusia el diagnóstico de Lenin era que la vanguardia no estaba a la altura de las masas. La “causa fundamental de la crisis de los marxistas rusos” era su atraso con respecto al movimiento espontáneo de las masas (11). En realidad, la vanguardia era una retaguardia.

Pero los reformistas jamás reconocerán que los rezagados son ellos, que no son tal vanguardia. Cuando se refieren al atraso de la clase obrera, de las condiciones subjetivas, se refieren a sí mismos en tercera persona. Pero el más somero análisis diagnosticaría que esas condiciones subjetivas no son ajenas: no son nada distinto de ellos mismos. Quieren decir que subjetivamente ellos no están a la altura de las circunstancias objetivas y entonces buscan justificaciones en la subjetividad de los demás, en el atraso o aburguesamiento de la clase obrera.

Por lo tanto, no se trata sólo de una separación entre las condiciones objetivas y las subjetivas, sino de algo peor: de considerar que el partido comunista no es una parte de la clase obrera sino algo distinto o separado de ella. Para ellos el partido comunista tampoco es una condición objetiva ni subjetiva; no parece tener relación con nada. Cuando los reformistas insisten en la “falta de conciencia de clase” ellos no se consideran como una parte de esa clase, ni tampoco como su conciencia. En palabras de Lenin, se trata de “blandengues” amarrados a la inercia del movimiento de masas (12). Están tan aferrados a la espontaneidad de las diversas luchas que son indistinguibles de ellas; han disuelto la vanguardia dentro del movimiento.

Los reformistas tampoco consideran que puedan hacer mucho por cambiar “la situación”, salvo una propaganda rutinaria, “propia de vendedores de enciclopedias”, como decía Gramsci. Para justificar su claudicación proponen esperar pacientemente a que “se den” las circunstancias adecuadas, a que algo o alguien se las sirva en bandeja, a una situación idílica y perfecta: una crisis revolucionaria. Esas circunstancias que los reformistas esperan jamás van a aparecer tal y como ellos esperan porque la historia no es una abstracción. No la hacen la cuota de ganancia, la crisis de sobreproducción o una conciencia (sea de clase o cualquier otra forma de conciencia) que cae llovida del cielo. Según Marx, el motor de la historia es la lucha de clases; los que la forjan son seres humanos de carne y hueso: “Los hombres hacen su propia historia” (13).

La vanguardia que ejerce como tal no se limita a contemplar las condiciones (objetivas o subjetivas) sino que se esfuerza por cambiarlas. La actitud contemplativa es la opuesta a la conciencia en el sentido marxista, que no se limita a reflejar pasivamente el mundo exterior sino que se adelanta a él. Las condiciones, tanto las objetivas como las subjetivas, también se alteran, e incluso se crean. La conciencia de clase no sólo reacciona a la realidad exterior después de que se produce, sino que se anticipa a ella, precisamente porque pretende modificarla. La burguesía intenta conservarla y el proletariado cambiarla. Según Marx, “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias” (14). En otra obra repitió lo mismo:

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación distinta, olvida que las circunstancias se hacen cambiar precisamente por los hombres y que el propio educador necesita ser educado […] La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria” (15).

Quienes opinan lo contrario no han entendido en qué consiste exactamente la tarea de dirección de la vanguardia, bien porque consideran que esa vanguardia no forma parte del proletariado, o bien, por lo contrario, porque la han confundido con el mismo proletariado.

Tampoco han entendido que “dirigir” no consiste en vender enciclopedias, ni en impartir órdenes que los demás deben cumplir, sino que es una “práctica revolucionaria”.

Notas:

(1) Por ejemplo: La aparición de un sujeto revolucionario es la verdadera y única ‘crisis mortal’ del capitalismo, https://mpr21.info/2012/05/13-derrumbe-del-capitalismo-o-sujeto.html
(2) Félix Pablo Friggeri, El movimiento indígena como núcleo del sujeto revolucionario popular en el proceso contrahegemónico de América Latina, http://seer.fclar.unesp.br/estudos/article/view/5429
(3) Marco Antonio Esteban: Los suburbios franceses y el sujeto revolucionario, Nou Treball, 7 de diciembre de 2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=23819
(4) Marcelo Colussi, https://mpr21.info/2010/10/proletariado-o-pobretariado-cual-es-el.html
(5) Álvaro García Linera, El sujeto revolucionario es el que hace la revolución, https://alainet.org/active/35302
(6) Cfr. Los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, https://mpr21.info/2007/07/los-cambios-en-la-composicin-de-la.html
(7) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pgs.22, 28 y 34.
(8) Althusser, Lenin y la filosofía, México, 1970, pg.48; Escritos, Barcelona, 1974, pgs.105 y stes.
(9) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1974, pgs.185, 197 y 204.
(10) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.261.
(11) ídem, tomo I, pgs.200 y 217.
(12) ídem, tomo I, pg. 217.
(13) Marx, 18 Brumario, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(14) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(15) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo I, pg.427.

Sobre las formas de dominación del Estado burgués

Jorge Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo

Juan Manuel Olarieta, Las formas de dominación del Estado burgués

Primera parte, Segunda parte, Tercera parte, Cuarta parte, Quinta parte, Sexta parte, Séptima parte, Octava parte, Novena parte, Décima parte, Undécima parte (y última)

Sobre el fascismo, de Babeuf (pseudónimo)

La institucionalización del fascismo, de Jon Agirre (Antorcha)

El fascismo postmoderno

Juan Manuel Olarieta, Cambiar algo para que todo siga igual,

¿Qué es la conciencia de clase?

Para responder a esa pregunta habría que empezar definiendo primero qué es la conciencia, porque no todos se refieren a ella de una manera precisa. Es un término que la burguesía emplea de una manera distorsionada, bien en un sentido idealista, o bien mecanicista. Por ejemplo, los estructuralistas definieron a la conciencia como “superestructura”, como si se tratara del tejado de una vivienda. Es un ejemplo de que no se arroja más luz sobre un concepto cambiándolo de nombre. Cuando nos referimos a la conciencia de clase podemos suponer que es la conciencia de una clase social, pero si hablamos de “superestructura”, ¿también nos referimos a la de una clase social?

Otras veces la interpretan de una manera subjetiva, como la conciencia “de los obreros” tomados de uno en uno, o la del “obrero medio”, de cualquiera de los que se pueden observar en el entorno social más inmediato. No obstante, la conciencia de clase no se puede equiparar a la conciencia “de los obreros” como si se tratase de un recuento individual o de una encuesta sociológica. No se trata de la conciencia de muchos, ni tampoco de la conciencia de unos pocos, como explicaron Marx y Engels: “No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aún el proletariado íntegro se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser” (1).

La conciencia es un argumento sobredimensionado en los debates que se entablan para tratar de explicar los acontecimientos sociales y políticos corrientes. La permanente invocación de la conciencia resulta especialmente extraña para el materialismo, que argumenta sobre la realidad en sí misma, es decir, mediante el análisis de las fuerzas objetivas que operan en su interior. El motor de la historia es la lucha de clases; no se puede explicar la historia “con arreglo a una pauta situada fuera de ella”, decían Marx y Engels (2). Si la conciencia es algo derivado que refleja una realidad exterior a ella misma, ¿por qué no explicar esa realidad recurriendo a ella misma, es decir, a datos y acontecimientos extraídos directamente de su seno?

Las referencias equívocas a la conciencia proceden originariamente del secular dominio de las religiones, un pozo del que muchos huyen hoy (o eso dicen al menos) pero en el que acaban cayendo. En las distintas religiones la conciencia es inmaterial, opuesta a la materia y al materialismo, y esa es la raíz de las concepciones erróneas sobre ella, su significado y su función social. Para una religión, ¿hay algo más importante que la conciencia?

En el materialismo histórico la conciencia reúne una serie de rasgos definitorios bastante precisos:

  1. La esencia de la conciencia es la reflexión: “La conciencia -escriben Marx y Engels- no es más que el espejo en el que se contempla la naturaleza misma” (3). Es la teoría del reflejo de la que luego hablaría Lenin, que se puede resumir diciendo que una realidad diferenciada, como una clase social, crea una conciencia diferenciada, como la conciencia de clase. Del mismo modo, una nación crea una conciencia nacional diferente a cualquier otra. Pero además el reflejo también cambia con el tiempo, por lo que cada época tiene una conciencia distinta. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en la sociedad, se puede separar a la conciencia de la realidad que refleja. La historia se mueve por sí misma mientras que la conciencia no tiene una historia propia (4), es decir, independiente de la realidad que refleja, no cambia por sí misma sino que los cambios que experimenta, su desarrollo, se produce porque cambia el objeto que refleja.

  2. En la conciencia la reflexión es un recorrido de ida y vuelta; no sólo “expresa” sino que “se expresa”, es decir, refleja una realidad exterior y, a la vez, se materializa en ella. Una cosa no se puede separar de la otra. Al considerarla como una superestructura, sólo aparece una parte de la conciencia, como mero producto o derivado. Pero, además de producto, la conciencia produce. La práctica es la manera en que la conciencia produce y se expresa:

“El defecto fundamental de todo materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de ‘contemplación’, pero no como ‘actividad sensorial humana’, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal” (5).

Por lo tanto, la conciencia refleja el mundo objetivo así como la intervención sobre él de una nación, una clase social o una época. Esa intervención pone en evidencia a la conciencia, que no sólo se puede sino que se debe analizar en sus manifestaciones objetivas externas. Así, la Economía política es el reverso de la política económica. “Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son”, escribe Marx (6). A un Estado no se le debe juzgar por los derechos que formalmente reconoce, sino por la vigencia práctica y cotidiana de los mismos. La manera en que una clase social o un país entero vivió un acontecimiento histórico también se puede analizar en sus expresiones artísticas, como el cine o la literatura.

  1. La conciencia es un reflejo social de la realidad (7), es decir, que refleja la acción colectiva de una clase social, de una nación o de una sociedad. El carácter social del reflejo lo determina el hecho de que en cada conciencia están las conciencias de los demás, la manera en que los demás reflejan la realidad. La conciencia individual se forma en interacción con las ajenas, especialmente con las más próximas. Por eso el lenguaje (que es esencialmente comunicación) es inseparable de la conciencia, porque permite la conservación, la transmisión y la acumulación de las experiencias de múltiples personas, tanto presentes como pasadas, de lo que Mao calificó como “experiencia indirecta“ (8). La conciencia se conserva y transfiere a lo largo de las generaciones, escribió Marx:

“Junto a las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, fruto de la supervivencia de tipos de producción antiquísimos y ya caducos, con todo su séquito de relaciones políticas y sociales ‘anacrónicas’. No sólo nos atormentan los vivos, sino también los muertos” (9).

La conciencia es, pues, esencialmente histórica. En ella están las conciencias pasadas, las “circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (10). Por ello, marcha con retardo respecto a los acontecimientos.

  1. La conciencia es de naturaleza social porque aúna lo objetivo y lo subjetivo, lo abstracto y lo concreto. Lo mismo que el alma se separa del cuerpo, en una sociedad en la que el trabajo manual se separa del intelectual, una parte muy reducida, e incluso individuos concretos dentro de ella, asumen la función de elaborar la conciencia que refleja la situación. El individuo juega un papel en la historia, como escribió Plejanov. Determinadas personas se desdoblan como personajes para representar a la conciencia. En el prólogo a “El Capital“ resaltó Marx esta diferencia: “Aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase” (11). Esos personajes se convierten en pensadores, “fabricantes de ideas” o “industriales de la filosofía” que, en definitiva, leen un guión: representan a su clase, a su país o a su época.

Con el desdoblamiento entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica, de la misma manera que en una representación distintos actores interpretan de manera diferente el mismo guión. Aunque la conciencia sea siempre la misma, sus representaciones concretas cambian. Además, adquiere una mayor autonomía relativa, se aleja de la realidad y parece adquirir una vida propia. Entonces, en palabras de Lenin, la fantasía vuela, “apartándose de la vida” (12). Al alejarse cada vez más de la realidad, la conciencia se torna especulativa y comienza a moverse entre abstracciones. Por eso en el capitalismo actual “imperan ideas cada vez más abstractas” (13). Hay una sobreproducción intelectual cuyo interés científico es prácticamente nulo.

Cuando una sociedad se divide en clases, cada clase tiene sus propios intelectuales, que son los encargados de justificar o repudiar su condición en la sociedad en la que viven. Marx decía, por ejemplo, que los economistas eran los “representantes científicos” de la burguesía (14). Gramsci los llamaba “intelectuales orgánicos” porque son los ideólogos organizados de su clase social. Ellos representan los intereses de su clase, la personifican, son su “alma”. La historia está repleta de personajes que constituyen el componente subjetivo y concreto de la conciencia en un país y en una época determinada. Marx criticó a Hegel por separar el pensamiento del sujeto con oídos y ojos “que vive en la sociedad, en el mundo y en la naturaleza” (15). La ciencia comienza donde acaban las abstracciones y la especulación, dice Marx (16), en el “análisis concreto de cada situación histórica particular” (17). Para no incurrir en abstracciones a veces es importante personificar la conciencia en sus representantes políticos, literarios o económicos. No basta imputar a una clase determinadas medidas económicas, sino que se deben adscribir a un partido o incluso a un determinado ministro.

  1. La conciencia no es un reflejo fiel de la realidad. En ella se producen distorsiones entre las cosas como son y las cosas como aparecen en ella, entre “lo que alguien realmente es” y “lo que alguien dice ser“ (18). Cuando se toma la esencia por la apariencia, la conciencia se desdobla como ideología. En el “18 Brumario”, escribió Marx:

“Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las pretensiones de los partidos y su naturaleza real y sus intereses reales, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (19).

Si la forma en que los fenómenos se manifiestan y su esencia coincidiesen, dice Marx, la ciencia estaría de más (20). Pero no ocurre así. La ciencia investiga la esencia de los acontecimientos a través de sus apariencias, mientras que la ideología burguesa es una vulgaridad que se contenta con la superficialidad de los fenómenos.

Con la separación entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica y adquiere una mayor autonomía relativa. El intelectual ya no sólo es que pueda no ser fiel intérprete de las necesidades de su clase, sino que puede traicionarla. Por eso no se puede confundir a la clase con sus representantes políticos y literarios (21). No sólo se pueden producir divergencias entre la clase y los ideólogos que la representan, sino que el desdoblamiento, dicen Marx y Engels, puede producir situaciones de “cierta hostilidad” (22).

La ideología, es decir, la apariencia más superficial, engaña incluso a sus propios protagonistas. Dado que el guión no aparece, el actor cree ser él mismo. El intelectual orgánico se cree libre; no es consciente de que se limita a interpretar un personaje. No es consciente de la función social que desempeña y el político profesional tampoco. La representatividad de un determinado personaje, su adscripción a un país, a una clase o a una época histórica no es manifiesta. Muchas veces algunos se lamentan porque se atribuyen arbitrariamente según ellos- una condición de clase a determinadas concepciones, que se califican como burguesas, por ejemplo, o feudales en su caso. Pero en eso consiste justamente la ciencia, que empieza cuando se rompen las apariencias. Su papel radica en descubrir al personaje que hay detrás de la persona, el papel que interpreta como representante de algo o de alguien que está fuera de él mismo.

Tanto la ciencia como la ideología, forman parte integrante de una única conciencia.

  1. En la conciencia se funden lo racional (formación, saber, conocimiento) con lo irracional. Como consecuencia del peso de la Ilustración burguesa, actualmente sólo se considera la parte racional, científica o teórica de la conciencia, despreciando los demás componentes. Es un error. Lo emocional, lo pasional, lo sentimental y lo inconsciente también forman parte de la conciencia. Tanto Spinoza, como Labriola, como Gramsci y Mariátegui destacaron la importancia de esos otros componentes, que desempeñan un papel fundamental y sin los cuales no se pueden comprender determinados fenómenos sociales. Así, la burguesía pretende “desmitificar” las proezas históricas del proletariado, como la Revolución de 1917, la guerra antifascista de 1936 en España y otras. De esa manera trata de minimizar su trascendencia. Para el proletariado se trata de remarcar su grandeza y de defender que no hay palabras suficientemente elocuentes para referirse a ellas. La propaganda comunista no puede ser fría y puramente racional; no se puede dirigir únicamente al intelecto sino al corazón de la clase obrera, a su universo emocional. Ahora bien, a diferencia del sentimentalismo burgués, que es impostado, la propaganda comunista debe ser siempre veraz y emotivo a la vez. No se puede componer sólo de comunicados, textos y ensayos sino que comprende todas las formas de expresión de la clase obrera, incluidas las artísticas tales como carteles, películas, música, literatura, etc.

  2. La conciencia se forma con necesidades e intereses materiales: “La idea ha quedado en ridículo siempre que se ha querido separar del ‘interés’“ (23). La ideología burguesa ha impuesto, no obstante, la concepción contraria. Hace creer que una persona “con conciencia” actúa de forma desinteresada, mientras que califica como “materialista” a alguien que actúa motivado por intereses egoístas, que son siempre intereses materiales, a diferencia de los intereses espirituales, que son generosos y altruistas. Una persona es “muy consciente” cuando está entregada a causas que no son las suyas propias, es decir, cuando actúa de manera altruista en favor de los intereses de terceros o no obtiene ningún beneficio de su actividad.

Por el contrario, alguien es poco consciente cuando se comporta de manera egoísta, teniendo en cuenta sus propios intereses de manera exclusiva. Los intereses materiales se oponen a la conciencia, por lo que cuando se le califica a alguien de “materialista” es para decir que no tiene conciencia.

En su sentido plenamente científico, marxista-leninista, la conciencia no es ajena ni a las necesidades ni a los intereses que surgen de ellas. Por consiguiente, para conocer la conciencia de una clase social (y de quienes la componen) habrá que saber sus necesidades y sus intereses como tal clase, así como los factores que provocan su aparición. Pues bien, ni las necesidades ni los intereses nacen de la conciencia, sino todo lo contrario, de la economía. Buena parte de los primeros escritos de Marx tratan sobre la relación entre ambos, la conciencia (“inmaterial“) y los intereses (“materiales“).

A la intelectualidad pequeño burguesa eso le suena a economicismo grosero. Ellos pretenden ser sofisticados. Muestran su elevada conciencia con la filantropía, la caridad y la beneficencia. Les interesa la actuación desinteresada de su clase. Pero de las necesidades sólo se pueden desentender los que nada necesitan. No es el caso del proletariado, que lucha por satisfacer necesidades económicas perentorias. Su conciencia de clase responde a preguntas prosaicas del tipo: ¿qué es lo que el proletariado necesita en el momento actual?

  1. Por sí misma la conciencia es impotente. También aquí la ideología burguesa ha impuesto una concepción diferente según la cual las ideas se expanden por sí mismas (la verdad siempre resplandece sólo por el hecho de ser verdadera) y esa expansión, que es pedagógica, conduce a su realización al prender en las masas. Pero Marx y Engels sostuvieron lo contrario: “Las ideas no pueden conducir más allá de las ideas del antiguo estado de cosas. De hecho las ideas no pueden realizar nada. Para realizar las ideas se necesitan hombres que ponen en juego una fuerza práctica” (24). Sin embargo, a la intelectualidad burguesa le bastan las ideas por sí mismas, viven en medio de ellas, creando reducidos círculos de entendidos que se alimentan a sí mismos.

Pero el materialismo dialéctico no pretende otra interpretación del mundo, sino cambiarlo. Eso le diferencia de cualquier variedad de pensamiento burgués, que pretende justamente lo contrario. La conciencia de la clase obrera sólo puede ser revolucionaria y sólo es científica en la medida en que es revolucionaria. Para ello es necesario:

a) que la actuación práctica sea una actuación consciente. El marxismo transforma en consciente lo inconsciente, es decir, en ciencia. Es la conocida tesis de Lenin vuelta del revés: “Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario” (25). En el sentido marxista, una “teoría revolucionaria” no es equiparable a cualquier clase de “teoría“ sino a una experiencia elaborada y argumentada.

b) que se reúna con su clase social, es decir, que se vincule a las necesidades e intereses de su clase social. Dicho de otra forma, es necesario que los intelectuales orgánicos recorran el camino de vuelta, retornar a su origen, al papel social de intérpretes fieles de su clase. Para transformar el mundo el materialismo histórico ha prendido entre las masas de todo el mundo, se ha convertido es la única ciencia que no es el reducto de una minoría ilustrada.

c) la subjetividad, lo que Engels (26) y Lenin (27) calificaban como “partidismo”, es decir, una actitud, un posicionamiento y una “toma de partido” que sitúa a la clase social con relación a toda la sociedad (la parte con respecto al todo). Hoy esa clase social sólo puede ser el proletariado, sólo esta clase aporta un punto de vista científico. La propaganda comunista no sólo explica un acontecimiento sino que forma una convicción en torno a la cual se posiciona el proletariado.

Esto se resume en una única frase: la conciencia de clase no es nada distinto del partido comunista.

Notas:

(1) Marx y Engels, La sagrada familia, Madrid, 1981, pg.51.
(2) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(3) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.569.
(4) ídem, pgs.26 y 534.
(5) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo II, pg.426.
(6) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.19.
(7) ídem, pg.31.
(8) Mao, Sobre la práctica, Obras Escogidas, tomo I, pg.323.
(9) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, Obras Escogidas, tomo I, pg.468.
(10) Marx, 18 Brumario de Luis Bonaparte, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(11) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, cit., tomo I, pg.469.
(12) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.336.
(13) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.52.
(14) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.194.
(15) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Madrid, 1968, pgs.185 y 205
(16) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.27.
(17) Lenin, Sobre el folleto Junius, Obras Completas, tomo 30, pgs.5 y 13.
(18) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pgs.25 y 55.
(19) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.276
(20) Marx, El Capital, tomo III, pg.757.
(21) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.279
(22) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., p.51.
(23) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.96
(24) ídem, pg.136.
(25) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.134.
(26) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.28.
(27) Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Obras Completas, tomo 18, pg.381.

1ª jornada por la amnistía de los presos políticos (adelanto)

El pasado 6 de Octubre se celebraron en Madrid las primeras jornadas por la amnistía de los presos políticos. El evento contó con una charla debate a cargo de Juan Manuel Olarieta, abogado y escritor, y José Balmón, ex preso político del PCE(r), la presentación del poemario “Con la solidaridad por bandera” de Aitor Cuervo y Pablo Hasél y la actuación de los grupos La Plataforma, Pablo Hasél, RPG-7 y Núcleo Terco.


Próximamente el reportaje completo con las charlas (íntegras), el recital de poesía y los conciertos.

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