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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 21 de 60)

Aún no se ha acabado la histeria y ya nos amenazan con una ‘segunda reinfección’

Juan Manuel Olarieta

Estamos en plena histeria por la mayor obra de ingeniería social que ha conocido la humanidad y a los “expertos” les parece poco: “habrá más epidemias y serán más peligrosas”, nos amenaza José María Martín Moreno, catedrático de la Universidad de Valencia (*). Es evidente que no nos van a dejar tranquilos con sus tonteorías.

El miedo no puede acabar y es posible que, en el futuro, cada vez que haya una crisis capitalista, una huelga o una lucha, se inventen otra pandemia como la actual, consecuencia de una nueva “enfermedad emergente”, cada una de las cuales es “más peligrosa” que la anterior.

Este es el tipo de gente que habla en nombre de una “ciencia” que se han sacado de la manga como el mago saca sus conejos de la chistera.

Dice el catedrático que la epidemiología “estudia la frecuencia, distribución y otros factores determinantes que generan salud o enfermedad”, lo cual es falso. Eso que llaman epidemiología es una ideología que se dedica a ocultar las verdaderas causas de ciertas enfermedades, calificadas como “contagiosas”, y en medicina cuando se ocultan las verdaderas causas, las personas mueren o son sometidas a tratamientos de choque, como el actual.

La epidemiología se llena la boca hablando de “contagiados” pero no nos aclara lo que entienden por ello. No sabemos si un contagiado tiene alguna enfermedad, si está sano o si es una tercera condición que se han inventado, al viejo estilo de la Edad Media, para fabricar enfermos y, en consecuencia, para ampliar el mercado sanitario y farmacológico.

Tampoco nos aclara por qué si un virus es tan pernicioso para la salud, la mayor parte de sus portadores están sanos. Si el coronavirus ha estado circulando entre los seres humanos desde hace décadas, antes de esta histeria, ¿por qué nadie cayó enfermo?, ¿por qué entonces el virus pasó desapercibido y ahora no?

El catedrático recurre a todos los tópicos habidos y por haber para justificar las pandemias, como “el tráfico de animales”, una práctica que data del neolítico y subsiste en las ferias de ganado, que aún se celebran en muchos pueblos, sin que jamás los tratantes hayan caído enfermos a causa de ello.

En este planeta no hay ni un milímetro cúbico de agua, aire, suelo o subsuelo que no esté poblado por billones de virus. Ya los había antes de que aparecieran los seres humanos en él y jamás fueron un obstáculo para su evolución, por lo que seguir sosteniendo, a estas alturas, la relación entre las enfermedades y los virus (“patógenos”) es una aberración seudocientífica.

Tanto la OMS, como Pedro Sánchez y los charlatanes disfrazados de “expertos” vienen advirtiendo de una “segunda ola” de la pandemia que será tan fraudulenta o más que ésta. Posiblemente se saquen de la chistera otro virus distinto porque a éste lo han quemado demasiado. El catedrático necesita seguir manteniendo la rueda en marcha para que aumenten los fondos destinados a la “formación y apoyo a la epidemiología”, pero no por “el bien de todos”, como dice, sino porque ese dinero va a los bolsillos de quienes se prestan a ejercer de “expertos” en grandes manipulaciones de masas.

Si el fraude les está saliendo bien hasta ahora, si muchos siguen tragando que aquí está la ciencia y que no hay nada diferente que decir, entonces es lógico que sigan con sus pandemias, una detrás de otra. Es la mejor manera de que las calles sigan vacías, que desaparezcan por fin los Primero de Mayo, las huelgas, las reuniones y las manifestaciones para “mantener la distancia social”.

Los catedráticos dan verdadera vergüenza y la famosa “izquierda” sigue dando síntomas de estar tan domesticada como en la transición, por lo que ya hemos dicho en otra entrada: la nueva normalidad es la nueva transición.

(*) https://elpais.com/especiales/2020/coronavirus-covid-19/predicciones/habra-mas-epidemias-y-seran-mas-peligrosas/

La guerra sucia en Catalunya: la Audiencia Nacional guarda el polvo debajo del felpudo

Juan Manuel Olarieta

El llamado Caso Villarejo se inicia como una operación encubierta del servicio secreto militar contra el movimiento independentista catalán, del mismo estilo de las que se montaron en Euskadi contra la izquierda abertzale durante años. Es, pues, un caso evidente de guerra sucia.

La última demostración de ello es la decisión de la Audiencia Nacional de darle el carpetazo a las “funciones asignadas a José Manuel Villarejo en los años 2013 y 2014” con el argumento de que es posible que estén “legalmente clasificadas”.

Dado que es posible que sea “información secreta”, la Audiencia Nacional ni siquiera lo va a comprobar y, a su vez, la sigue manteniendo en secreto. Un secreto encima de otro.

Pero no sólo es secreta sino también sucia, otro ejemplo más de este “Estado de Desecho” en el que los jueces son una extensión del propio servicio secreto, como también es sabido desde hace muchos años, por más que la mayoría mantenga la boca bien callada.

El plan de la Audiencia Nacional es desviar la atención del caso hacia asuntos secundarios porque esa es otra de las constantes de la guerra sucia: una vez que el Estado fascista otorga patente de corso a sus matones, éstos la utilizan en provecho propio y se pasan de rosca. Ocurrió con los GAL y ha vuelto a ocurrir ahora.

Hay que recordar que Villarejo fue condecorado en 2014 porque entonces era un héroe, mientras que ahora deambula por las cárceles porque se ha convertido en un villano y el Estado esconde el papel heroico del comisario y sólo destapa su otra faceta, que es la única que quedará en los medios para el futuro. Pues bien, lo interesante de este caso es la primera parte y no la segunda.

Cuando la Audiencia Nacional se refiere a los años 2013-2014, es decir, la primera legislatura de Mariano Rajoy, deja también muy claro que el plan contra Catalunya no es consecuencia del referéndum de 2017. Incluso hay referencias documentales que se remontan a 1994, por lo que la desestabilización política la comenzó el Estado, no los independentistas.

Una de las funciones por las que el comisario fue condecorado, dice la Audiencia Nacional, es “la captación de información de interés policial”, lo cual dicho sin eufemismos significa que una parte del movimiento independentista catalán trabaja para el Estado central, es decir, que son infiltrados y entre otras razones por eso mantienen en secreto esa parte de la investigación.

Otra parte de la guerra sucia ha consistido en destapar viejos asuntos de corrupción, como el de la familia Pujol, que se inician en la transición como un intento de incorporar a una parte de la burguesía catalanista en apoyo de la reforma del viejo “Régimen de 1936”. Esa parte pasó a apoyar la transición no sólo por la concesión de la autonomía para Catalunya sino a base de sobornos y de corrupción, es decir, tanto por motivos políticos como personales y para evitar “males mayores”, lo cual significa exactamente: para evitar que en 1977 ocurriera lo que ocurrió en 2017.

De esa manera los burgueses que, como los Pujol, se vendieron al mejor postor, lograron que el “Régimen de 1936” ganara tiempo, exactamente 40 años de margen, durante los cuales el Estado se pudo centrar en aplastar otro tipo de movimientos, especialmente fuera de Catalunya, así como imponer la entrada en la OTAN y en la Unión Europea.

Durante décadas el Estado central calló y controló los sobornos en Catalunya, hasta que el juego entre ambos se acabó y entonces pasó a utilizarlo como arma arrojadiza para desacreditar a los independentistas en su conjunto, que no han sido capaces de depurar sus filas, ni de los corruptos, ni de los infiltrados, si es que es posible diferenciar a unos de otros.

El Caso Villarejo no es más que un ejemplo de la verdadera naturaleza de este Estado, que juega a dos barajas. Es evidente que a Villarejo el gobierno no le otorgó misiones de espionaje que son impropias de la policía, sino que fue el propio CNI quien dirigió la operación contra Catalunya porque las tarea de mantener a raya a los independentistas, dentro y fuera de Catalunya, es una tarea que incumbe al ejército. Lo explica claramente la propia Audiencia Nacional de la siguiente manera:

“Se han encontrado diversos documentos -fechados entre 1994 y 2003- en los que se encuentran informaciones que pudieran estar vinculadas con funciones asignadas al investigado José Manuel Villarejo Pérez en el marco de sus cometidos profesionales, en tanto que algunas de ellas se refieren al funcionamiento del CESID, del Ministerio del Interior y, fundamentalmente, de la Dirección General de la Policía; material documental que se consideran afectado por la vigente legislación sobre secretos oficiales”.

No se puede ser más claro.

Los independentistas catalanes, que siguen con los ojos bien cerrados, deberían estar muy interesados por saber quiénes son esos “colaboradores” y “agentes autonómicos”que están cobrando de los fondos reservados, es decir, que parecen una cosa y son otra.

El año pasado, por verdadera mala suerte, cayó en manos de la Audiencia Nacional todo un archivo, llamado “Taja”, que sacaron inmediatamente de la investigación porque incluye información que puede afectar a la “defensa y seguridad del Estado”.

Tanto el dinero como la información no se refieren a quienes descaradamente defienden la unidad de España en Catalunya, sino a sus tentáculos dentro del independentismo porque sólo ellos, los llamados “procesistas”, son capaces de reconducir la situación que se ha creado de la misma manera que durante la transición. Son los nuevos Pujol.

Naturalmente, una parte del Caso Villarejo concierne a los chanchullos del ya amortizado reyezuelo, donde se pone de manifiesto el mismo estilo policiaco de siempre, el que impera en España desde 1939. Exactamente el mismo.

Más información:
— El director de ‘El País’ es un soplón del CNI
— El Ministerio del Interior sigue siendo una cloaca
— El comisario Villarejo desata una guerra interna dentro de la policía
— Villarejo forma parte de un dispositivo secreto dirigido contra el independentismo catalán
— A la burguesía catalana la tratan como si fueran terroristas
— Villarejo: un comisario de policía pluriempleado y millonario

Algunos científicos están de mierda hasta el cuello y son precisamente los que imponen el canon

Por varias razones, el pediatra estadounidense D.C. Gajdusek, fallecido en 2008, es un prototipo del científico contemporáneo, muy alejado de la imagen que la mayor parte de los neófitos tienen de este tipo de individuos. Diría que reúne casi todas sus taras y deformidades, aunque me abstendré ahora de ataques personales porque, por execrable que alguien sea, no cabe descartar que realice investigaciones interesantes que logren impulsar el conocimiento.En 1976 le concedieron el Premio Nobel de Medicina, pero no por una investigación concerniente a su titulación pediátrica, sino por su estudio sobre una enfermedad infecciosa, el kuru, una de esas que ahora se llaman “emergentes” y no de forma inocente. Detrás de ese tipo de enfermedades hay una aberración doctrinal e ideológica.

En los años cincuenta Gajdusek saltó de la pediatría a la virología porque los enormes fondos gastados en la polio se agotaron y había que seguir buscando dinero con la gran coartada de la modernidad: los virus. Se convirtió en un cazador de microbios y, por lo tanto, de peligros para la salud humana porque, en efecto, por sí mismos los microbios no dan dinero; lo realmente rentable son las enfermedades, reales o supuestas, que causan.

Gajdusek empezó a viajar por el mundo a la busca y captura de algo. Pasó años en Afganistán trabajando sobre la fiebre amarilla, el dengue, el virus del Nilo, el escorbuto, la rabia y otras patologías, pero no encontró lo que buscaba, por lo que en 1957 se trasladó a Nueva Guinea, donde los miembros de la tribu Fore padecían una extraña enfermedad mortal que llamaban kuru. Sus primeros síntomas eran la descoordinación ambulatoria y los temblores en manos y ojos. En las autopsias Gajdusek observó que el tejido nervioso de los fallecidos presentaba abundantes orificios, lo que le daba un aspecto esponjoso.

De los seres humanos pasó a los monos. Realizó un experimento inoculando tejido de un cerebro humano enfermo en un mono sano y creyó que había conseguido inducir la enfermedad por vía intravenosa e intracerebral (1). A los cazadores de microbios eso les basta para dar por demostrado que la enfermedad estaba causada por un virus.

Durante más de ocho años no se manifestaban las secuelas típicas de las infecciones y, sobre todo, no aparecía ninguna reacción inmunitaria. Como el virus era bastante “lento” en ponerse en marcha, Gajdusek inventó la teoría de los “lentivirus”, capaces de permanecer de manera latente en el organismo durante años, décadas o generaciones enteras sin causar ninguna patología, hasta que se reactivan por arte magia.

La explicación de Gajdusek suplantaba, pues, a los priones por (lenti)virus y llamaba “contagio” a una inoculación directa dirigida a las venas y el cerebro del mono. Naturalmente, que si la enfermedad se transmitía de los seres humanos a los monos, también podría circular en sentido contrario. ¿O no? Cualquier investigador sensato hubiera rechazado la intervención de un virus, pero los pequeños obstáculos no podían desalentar a los cazadores de microbios, dispuestos a cualquier cosa.

Pero el pediatra fue mucho más allá en sus invenciones: para exponer una vía creíble de penetración del virus en el organismo, dijo que los nativos de Fore eran caníbales porque durante los ritos funerarios los allegados se comían el cerebro de sus difuntos, que era el mecanismo de transmisión del virus. Por eso la enfermedad presentaba una apariencia genética, afectando a los mismos círculos de familiares.

La absurda teoría de Gajdusek le valió el Premio Nóbel y al año siguiente la revista Science, por su parte, se prestó a un montaje del mismo estilo repugnante, que también demuestra la verdadera naturaleza de quienes han secuestrado a la ciencia y se permiten hablar en su nombre de manera exclusiva.

La revista volvió a difundir la teoría de Gajdusek y, además, la quiso reforzar con 10 fotografías de la vida habitual de los nativos, una de las cuales aludía -supuestamente- a uno de aquellos macabros festines (2). ¿Cómo poner en duda de la veracidad de unas fotos?

Cuando le preguntaron a Gajdusek por las fotos, admitió que el menú era carne asada de cerdo. Cuando fueron a pedir explicaciones a Science, los editores se disculparon aduciendo que no publicaban imágenes reales de canibalismo para no herir la sensibilidad de los lectores. La excusa es falsa. Quien eche un vistazo a la publicación verá que cada una de las fotos va acompañada de su pie explicativo correspondiente.

Era un burdo montaje o, mejor dicho, varios montajes seguidos, unos detrás de otros. En la tribu Fore no existe el canibalismo. Los lentivirus de Gajdusek son una fantasmada seudocientífica y, en cuanto al kuru, lo mismo que Creutzfeldt-Jakob, el “mal de las vacas locas” (ESB, encefalitis espongiforme bovina) o el prurigo ovino (“scrapie”), no es contagioso sino neurodegenerativo y, desde luego, no está causado por virus sino por priones.

A pesar de las tres falsedades que hemos apuntado (canibalismo, lentivirus y kuru) ni la revista Nature ni Science han rectificado y a Gajdusek no le han retirado el Premio Nobel, por lo que muchos manuales y artículos siguen engañando a sus lectores para derribar uno de los principios fundamentales de la biología, la barrera entre las especies y, de esa manera, empezar a hablar de zoonosis y otros mitos característicos de las “nuevas enfermedades” que convocan congresos internacionales de expertos (3) y subvencionan a los laboratorios.

Pues bien, este fraude es lo que algunos quieren que consideremos como “ciencia” y por eso se obstinan en repetirlo una y mil veces a fin de que nos olvidemos de los principios fundamentales de la biología.

(1) https://www.nature.com/articles/240351a0.pdf
(2) Gajdusek, Unconventional viruses and the origin and disappeareance of kuru, en Science, vol.197, 1977, pgs.943 y stes.
(3) https://www.researchgate.net/publication/264336090_6th_International_Conference_on_Emerging_Zoonoses

Enfermedades, clases sociales y lucha de clases: el caso de la pelagra

El año pasado Mariví Cascajo Almenara, del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, publicó un artículo sobre la pelagra (1), que es muy interesante porque ese tipo de análisis no proliferan, ya que hay mucho que esconder bajo la alfombra impoluta de la ciencia y, sobre todo, de la medicina.

Antiguamente a la pelagra se le otorgaron otros nombres, como “lepra asturiana” o “italiana”. Actualmente es bastante desconocida, pero en el siglo XVIII y durante más de 200 años causó enormes estragos entre la población más pobre del sur de Europa, y lo mismo ocurrió a principios del siglo XIX en el sur de Estados Unidos.

Originalmente, recuerda Cascajo, la pelagra se consideró, y así se trató, como una enfermedad infecciosa, a pesar de que ya en 1735, un médico español, Gaspar Casal Julián, sugirió el origen dietético o nutricional de esta dolencia.

Es evidente que, tampoco aquí, apareció ese invento que ahora llaman “consenso científico” sino todo lo contrario: existieron dos doctrinas contrapuestas, de donde surgió un debate que es el verdadero motor del conocimiento.

Durante años la ciencia hizo caso omiso a la hipótesis nutricional, escribe la científica, por una razón que a mi modo de ver es evidente: el Estado burgués puede aceptar que una determinada enfermedad sea infecciosa, pero nunca que sea consecuencia de inadecuadas condiciones de vida, alimentación y trabajo.

A comienzos del siglo XX se produjo algo premonitorio que marca el rumbo de la ciencia moderna: intervino el gobierno de Estados Unidos, que encargó un informe para que los expertos le confirmaran lo que querían oír: que la pelagra es una enfermedad infecciosa. Configuradas de esa manera, las enfermedades son como “brotes” silvestres. No se le puede culpar a nadie de ellas, ni al capitalismo, ni a la pobreza, ni al hambre.

Dicha doctrina no se impuso, pues, por motivos científicos sino políticos.

En 1914 Joseph Goldberger sostuvo, por el contrario, que la enfermedad es consecuencia de la desnutrición de los más pobres de la sociedad, especialmente en las regiones rurales. Tuvo que luchar durante el resto de su vida contra la tesis infecciosa dominante.

Charles B. Davenport

Las poblaciones pobres del sur de Estados Unidos se alimentaban casi exclusivamente a base de maíz, lo que impedía la absorción de la niacina (ácido nicotínico) y de un aminoácido, el triptófano. Para evitarlo, los pueblos precolombinos, mayas y aztecas, ablandaban el grano con una solución de agua y cal (2).En 1937 Conrad A. Elvehjem demostró que, en efecto, la pelagra era consecuencia de la falta de vitamina B3 o niacina que se encuentra en la carne fresca y la levadura.

Los errores médicos no sólo forman parte de ciencia sino que tienen un coste en vidas humanas, que en el caso de la pelagra se cuenta por millones. El remedio no estaba en ningún fármaco ni en ninguna vacuna sino en lograr que la población se alimentara correctamente.

Como ocurre en la actualidad, en 1914 el gobierno de Estados Unidos actuó bajo la coartada de los criterios seudocientíficos de determinados expertos podridos hasta el tuétano. En aquella época su cabecilla era un perro de presa, Charles B. Davenport, profesor de la Universidad de Chicago, que hoy es un perfecto desconocido pero entonces era quien marcaba la pauta de la ciencia en Estados Unidos.

Davenport sostenía la naturaleza hereditaria de la pelagra. En 1902 había creado la Oficina de Registro Eugenésico, que contaba con la financiación de los grandes monopolios estadounidenses, entre ellos el de Rockefeller. Se trataba, pues, de un científico racista al más puro estilo de aquella época.

El experimento oficial sobre la pelagra se llevó a cabo con presos que fueron utilizados como cobayas humanas y la tesis nutricional de Goldberger se confirmó, pero se mantuvo en secreto durante 20 años porque lo más funcional para el capitalismo era defender la naturaleza infecciosa de aquella enfermedad.

(1) https://www.eldiario.es/andalucia/lacuadraturadelcirculo/Pelagra-antigua-enfermedad-vuelve_6_855374456.html
(2) M.Á.Almodóvar: El hambre en España. Una historia de la alimentación, Oberon, Madrid, 2003, pgs.29 y 30.

‘El que aprende debe sufrir’

Juan Manuel Olarieta

“El que aprende debe sufrir”, escribió Esquilo en su tragedia “La
Orestíada”. Quien confunde sus deseos con la realidad cosechará amargas
lecciones. “La letra con sangre entra”. Sólo los burros tropiezan dos
veces en la misma piedra. Si no aprendemos “por las buenas”, tendremos
que aprender “por las malas”. Cuando el amo azota a su siervo con un
látigo en la espalda, lo que le dice es que le está dando “una lección”.
Algunos diccionarios lo llaman “dar un escarmiento”.

La
dominación sólo es pedagogía en ese sentido brutal que ha tenido en
todas las sociedades de clase. Lo único que genera cierta cohesión
social entre dos clases enfrentadas de manera irremediable es, en
definitiva, el terror y, sobre todo, el miedo a quien puede desatar el
terror de manera impune. El siervo sabe que no tiene más remedio que
obedecer ciegamente porque, de lo contrario, empezará su sufrimiento.

Lo
más importante del sufrimiento es que no es necesario que todos sufran,
ni que sufran todo el tiempo. El amo siempre le recuerda al siervo que
se desvive por él, que se preocupa por su situación, por su bienestar y
su salud. Es lo que a veces llaman “la fábrica de consentimiento” o de
“consenso” que nos hace vivir la ilusión de que “todos navegamos en el
mismo barco” y de que “todos debemos remar en la misma dirección”, por
más que sólo algunos tengan callos en la palma de la mano. El timón no
deja esas huellas.

Hay consenso porque aún hay quien cree que, en
efecto, su gobierno, sus diputados y sus funcionarios se preocupan del
paro, del hambre, de la educación, de la sanidad o de la vivienda. Otros
creen que, efectivamente, no se preocupan del paro o de la educación,
pero sí de asuntos como la salud. Casi nadie pone la salud en cuestión,
lo cual demuestra que, en efecto, la sanidad es una “fábrica de
consenso”, que los virus afectan a todos por igual y que la ley marcial
es imprescindible para evitar el contagio.

Es posible que no
sepan lo que es una ley marcial, ni un contagio, ni un virus, ni una
pandemia, a pesar de que las palabras suelen ser suficientemente
descriptivas por sí mismas: una pandemia alcanza a todo el mundo y por
eso las declara la OMS, lo mismo que corresponde a cada uno de los
gobiernos declarar la ley marcial en su territorio.

Las
evidencias no se pueden negar porque brillan con luz propia, según dicen. Por
ejemplo, si uno se sube a un azotea y observa el firmamento de
madrugada, verá que el sol sale por un punto del horizonte justo en el
momento en que la luna se pone por el opuesto. Si hace la misma
observación por la tarde verá lo contrario, de donde deducirá que los
demás astros se mueven a su alrededor. Si sabe que no es así es porque,
además de ojos, tiene cabeza, es decir, porque es de esos que se lo
piensa dos veces.

Si las cosas fueran lo que parecen, la ciencia
no sería necesaria, dice Marx al comienzo de El Capital. Los precios no
son sólo una ecuación de equilibrio entre la oferta y la demanda. En
ellos hay cosas que no se ven, a veces tan abstractas como el “tiempo de
trabajo socialmente necesario”. Las facultades de economía sólo hablan
de las curvas de oferta y demanda porque el pensamiento burgués es
superficial y en su última etapa llega a ser de una vulgaridad
atronadora.

Por el contrario, el marxismo es la crítica por
antonomasia o, en otras palabras, la negación y la negación de la
negación, un término filosófico que hoy la burguesía repudia
salvajemente porque es lo más opuesto al consenso que cabe imaginar. El
siervo deja de serlo cuando le critica al amo y le dice que no. Entonces
se enfrenta a él. Empieza a pensar por sí mismo, investiga, lee, se
documenta. Pone todo patas arriba, profundiza, es decir, se pone a
excavar y busca lo que hay debajo de la superficie.

Ahora los
medios de comunicación han impuesto la tertulia, la charlatanería y la
vulgaridad, pero en la transición existió -fugazmente- un periodismo de
verdad, llamado “de investigación” y de denuncia, que hoy sería tachado
de conspiranoico y de negacionista porque diría que no a la versión
oficial, que es la del amo.

Esta pandemia ha vuelto a poner
encima de la mesa la maquinaria de fabricar consenso social y, en
consecuencia, a destapar hasta qué punto los alternativos son realmente
alternativos, o sea, hasta qué punto se tragan la versión oficial, hasta
qué punto profundizan. Casi todo ha quedado escrito negro sobre blanco.

Los
alternativos aceptan el calificativo de “radicales” que cada día la
burguesía les arroja encima de los hombros porque el radical -dicen- es
aquel que va a la raíz de las cosas. Pero, ¿hasta qué punto los
radicales han llegado a la raíz de esta pandemia?, ¿en qué momento se
han cansado de excavar?, ¿creen que los gobiernos de todo el mundo han
impuesto la ley marcial porque les preocupa la salud de sus habitantes?,
¿se preocupa la OMS por dicha salud?

Está emergiendo lo que se
podría calificar como un “fascismo técnico”, donde el panóptico, la
maquinaria de control social, no se viste con los ropajes de uno u otro
partido político, sino de las “ciencias naturales”, como advirtió
Dostoievski en su obra “Los posesos”. Los nuevos métodos de educación
son “totalmente lógicos”, escribió. No son discutibles porque sólo la
política lo es; la ciencia es indiscutible. Entonces basta sellar el
terrorismo de Estado con el membrete de un experto para generar consenso social.

El fascismo
técnico y sanitario ya existió en el III Reich, donde los encargados de
separar a los judíos de los los arios eran médicos. La ley judía dice
que son judíos los hijos de madre judía, pero los nazis no podían
aceptar una ley judía como válida, así que impusieron su propio
criterio. Los judíos que habían renegado de su fe, seguían siendo
judíos, y también había otros que no sabían que lo eran, pero que fueron
catalogados como tales por motivos “científicos”.

La ciencia y
la técnica son una manera como cualquier otra de acallar las críticas.
Nadie, ni siquiera el antisistema más furibundo, tiene por qué saber lo
que es un virus, ni un contagio, ni una inmunización, ni una pandemia.
Tampoco está obligado a saber lo que es el estado de alarma, ni la ley
mordaza. La rebeldía frente a la servidumbre empieza por mantener dos
criterios básicos. El primero es la negación: debe empezar a decir que
no, tanto más cuanto que la atmósfera que le envuelve le presiona con
insistencia en la otra dirección. El segundo es aprender. Nadie tiene
por qué saber ni conocer, sobre todo en asuntos como la medicina. Pero
cuando le llega la furia mediática, está obligado a indagar, a
preocuparse y a informarse lo mejor posible.

La consecuencia más
inmediata de aprender es sufrir. El conocimiento es lo contrario del
reconocimiento
. Quien busque ciencia debe prepararse para el
linchamiento y el desprecio de los que le rodean. Tal y como transcurren
los acontecimientos es posible incluso que vuelvan las hogueras para
quemar en ellas a los herejes. No sería la primera vez.

El móvil es el último cordón umbilical que nos une al mundo, sin él no existiríamos

En apenas veinte años los grandes monopolios tecnológicos han acumulado un enorme poder político y financiero. Su valor acumulado es superior al PIB de las mayores potencias económicas europeas.

En Europa han acuñado el acrónimo GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) y en Estados Unidos utilizan FAANG para referirse al mismo grupo monopolista, al que a veces añaden NATU para referirse a empresas como Netflix, Airbnb, Tesla y Uber. A ellos podríamos sumar Twitter o PayPal.

Las aplicaciones informáticas eliminan a los intermediarios para convertirse ellos en los únicos intermediarios, es decir, para imponer prácticas monopolistas.

Cada uno de los pasos que alguien da en este mundo, está bajo el control de esos monopolios. Una empresa, un banco, una institución, un partido político o una persona que no tiene un correo electrónico o una cuenta en Facebook, no existe. La declaración de la renta se hace en línea y las reuniones sociales y políticas también, así como los cursillos. Si sales de viaje, activas el GPS de tu móvil para que busques y para que te busquen.

La industria digital representa el 13 por ciento del PIB de los Estados Unidos. Sus monopolios no sólo recaudan dinero sino grandes masas de capital. Los fondos de capital de riesgo forman una piña con Silicon Valley.

Con las enormes masas de capital que acumulan compran empresas emergentes (start-up) para mantener su posición dominante. Facebook compró WhatsApp por 13.000 millones de dólares y Google compró DeepMind. La mercancía es la información y la información es poder.

Ninguno de esos monopolios es una empresa “privada”, en el sentido que se le da a este término en la ideología burguesa. Es puro capitalismo monopolista de Estado o, en otras palabras, otros tantos casos de “puertas giratorias”. Están muy estrechamente relacionadas con el imperialismo y el complejo militar-industrial. Desde 2016, Eric Schmidt, antiguo cabecilla de Google, preside el Consejo de Innovación en Defensa.

Durante el mandato de Obama los monopolios digitales han multiplicado por cinco sus gastos de cabildeo. Google ha reclutado a casi 200 funcionarios del equipo demócrata de gobierno.

Tanto en Wall Street como en la Casa Blanca no se está produciendo una mera sustitución de unos monopolios por otros, prueba de lo cual son los roces que estamos viendo a cada paso.

Con excepción de Peter Thiel, cofundador de PayPal y miembro de la junta directiva de Facebook, la banda de Silicon Valley está con los demócratas y los posmodernos que apoyaron a Hillary Clinton. Consideran a Trump como un personaje de la época de Eisenhower, cuando en las calles de Nueva York aún se paseaba con sombrero.

Por ejemplo, Silicon Valley no se opone a la política migratoria de Trump por razones humanitarias sino porque depende de la contratación de mano de obra extranjera. El 75 por ciento de los monopolios digitales no han sido son creados por estadounidenses sino por emigrantes. Lo mismo que Europa, Estados Unidos es un país muerto que no tiene otra vida que la que le dan los que llegan de fuera.

Silicon Valley se opone a Trump porque ha recortado los presupuestos federales de investigación en áreas estratégicas como la inteligencia artificial y la robótica, lo que va a repercutir en el mantenimiento de la supremacía militar de Estados Unidos.

Los monopolios tecnológicos han desempeñado un papel protagonista en la gestación del mito del “candidato manchú”, es decir, en la fabricación del bulo de la connivencia de Trump con Putin.

Las Operaciones Araña se han acabado porque no son necesarias. Ahora la censura la imponen los monopolios tecnológicos que eliminan las cuentas de un plumazo o sacan los artículos del buscador por antonomasia.

Se acabó aquello de “pienso luego existo”. No es necesario pensar. Hay que abrir una cuenta de correo electrónico, o un blog, o un perfil de Facebook. El móvil es el nuevo DNI. No existe nadie que no esté en una red social y no merece la pena ningún contenido que no aparezca entre los primeros resultados de Google. Existir es figurar en las redes, cuanto más mejor. Nos daremos cuenta de que no somos nada en cuanto nos quiten el móvil o la conexión a internet, porque las nuevas técnicas digitales son el único cordón umbilical que nos une al mundo.

El próximo virus que inventen se transmitirá por wifi o por bluetooth y entonces la tasa de mortalidad sí que será realmente espeluznante.

Teoría y práctica del contagio y la vacunación a lo largo de la historia de la medicina

El conocimiento es un hacer o, en expresión de Sócrates, lo que mejor conoce el hombre es aquello que sabe hacer. El “Homo sapiens” empieza y acaba en el “Homo faber”. Hoy los marxistas expresan el mismo principio cuando hablan de la “unidad de la teoría y la práctica”.La medicina siempre fue una práctica o, si se quiere llamar de otra manera, un “arte”, algo que se hace con las manos. Palabras como “cirujano” o “quirófano” proceden del griego “khir” que significa mano.

Hasta hace muy pocos años en España aún existían “practicantes” que eran trabajadores sanitarios que ponían las inyecciones a domicilio. A los médicos se les llamaba “prácticos” e incluso “empíricos” porque eran personas que se movían sobre el terreno, en medios muy concretos, especialmente rurales.

Un enfermo no es un laboratorio; los seres humanos no somos iguales, ni cuando estamos sanos ni cuando estamos enfermos. No hay dos enfermos iguales. El remedio que vale para uno quizá valga para otro; pero quizá no.

Las crónicas del colonialismo cuentan las epidemias de “fiebre amarilla” que surgían en los barcos cargados de esclavos africanos y cómo afectaban a unos, los negreros, mientras los otros permanecían inmunes. Unos no contagiaban a otros a pesar de compartir durante la travesía un mismo espacio, muy reducido por lo demás.

Naturalmente que la medicina también tiene una teoría, e incluso varias y diferentes, algunas de las cuales son antiquísimas. Los tratados de medicina se cuentan entre los libros más antiguos, lo mismo que las facultades que enseñan la disciplina.

La medicina se apoya en la “experiencia” y las epidemias forman parte de ella, lo mismo que la inmunización y, lógicamente, la vacunación. Esa experiencia no ha surgido hoy sino que es secular y concierne a todo el mundo.

Los hechiceros de las tribus africanas, especialmente las mujeres, y los curanderos chinos e hindúes inmunizaban a la población hace ya muchísimos siglos, sobre todo a los pastores, los ganaderos y otras profesiones que tenían relación con la cría de animales.

Cuando los pueblos de África padecían viruela, envolvían las pústulas del brazo enfermo con un ligamento hasta que se quedaba adherida. Con él aplicaban una cataplasma en el brazo de los niños sanos para inmunizarles.

Los ganaderos ingleses también practicaban medios tradicionales de inmunización que en 1796 Edward Jenner puso por escrito, dando a conocer en occidente lo que en oriente ya sabían desde muchos siglos antes.

Pero ya saben lo que les ocurre a los occidentales; se creen el ombligo del mundo y han convertido a Jenner en el “padre de la inmunología”, como dice la Wikipedia (1) en una de sus tantas estupideces.

National Geographic tampoco se queda atrás al atribuir a Jenner la invención de las vacunas, calificándole como “el científico que más vidas ha salvado” (2).

Así podriamos seguir hasta aburrir a los lectores con miles de declaraciones absurdas del mismo estilo, o peores incluso. Algunos dicen que Jenner fue médico, pero vean un detalle: Jenner no pudo conseguir su título de medicina, que a finales del siglo XVIII sólo expedían las Universidades de Oxford y Cambridge en toda Inglaterra a cambio de una importante cantidad de dinero. En los Colegios de Médicos nunca le admitieron. Jenner era un “empírico” al que la medicina oficial no admitió en sus filas. Hoy le despreciarían, le calificarían de “curandero” o cosas peores, sobre todo esa banda de cretinos que despotrican contra los “magufos”.

Jenner ha subido a los altares de la ciencia después de ser un proscrito. En su época hizo algo que hoy los médicos no se atreven: experimentó por sí mismo, en su propio cuerpo, algo que echamos de menos en esos que están empeñados en hacer con los demás experimentos que jamás harían consigo mismos.

En los documentos más antiguos, a la vacunación la llamaban “variolización”. Los primeros aparecen en el siglo XVI en China. Sin embargo, la mención más antigua de esta práctica en los círculos intelectuales europeos no aparece hasta 1671, cuando el médico alemán Heinrich Voolgnad menciona el tratamiento con “viruelas de buena especie” que llevaba a cabo un “empírico” chino en las zonas rurales de Europa central.

Los médicos turcos aprendieron en India las prácticas populares de vacunación y tendieron un puente para que las terapias orientales se conocieran en occidente.

Hay, pues, una ingente experiencia práctica y teórica, tanto sobre epidemias como sobre vacunación, tanto sobre seres humanos como sobre ganado, que los manuales de medicina y veterinaria casi tienen olvidada porque están enfrascados en los laboratorios y los microscopios.

La vacunación es una parte consolidada de la ciencia y, ciertamente, ha salvado muchas vidas, tanto de seres humanos como de ganado, lo cual no puede hacer olvidar a nadie que, en definitiva, una vacuna es una intervención artificial sobre un cuerpo que está sano y que, en consecuencia, no necesita que le curen de nada.

Queda por contar la otra parte de la historia, que concierne a las vidas que han costado determinadas vacunas y los negocios organizados en torno a ellas. Esa parte negra de la medicina y la veterinaria forma parte de la ciencia exactamente igual que la otra.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Jenner
(2) https://historia.nationalgeographic.com.es/a/edward-jenner-probablemente-cientifico-que-mas-vidas-ha-salvado-historia_14242

La navaja de Occam hace sangrar cuando te cortas con su filo

Juan Manuel Olarieta

Regularmente los artículos sobre ciencia, cualquier tipo de ciencia, invocan la “navaja de Occam” pero jamás citan a Occam, no conocen su obra, a pesar de que, por cierto, está traducida al castellano.

Una mención a Occam da lustre a cualquier exposición y pone al autor muy por encima del lector, como si le mirara por encima del hombro.

Guillermo de Occam fue un monje franciscano del siglo XIV. Era inglés y, siglos después, las corrientes filosóficas anglosajonas, empiristas y positivistas, se apropiaron de su pensamiento para sostener el idealismo. Ha ocurrido lo de siempre: en la medida en que dichas corrientes filosóficas son hoy dominantes, han impuesto al mundo, incluido el mundo académico, sus propias concepciones sobre Occam.

Sin embargo, Occam fue uno de los primeros y más importantes materialistas de la Edad Media, hoy conocidos como “nominalistas”, y su “navaja” es una de las más poderosas armas de la dialéctica.

Como cualquier otra noción dialéctica, la “navaja de Occam” es una manera de tratar la complejidad, aunque los coleccionistas de tópicos, cuyo prototipo es la Wikipedia, la reducen a un simpleza, por no decir una vulgaridad: “ante dos explicaciones sobre un mismo fenómeno, hay que elegir la más sencilla” (1).

“La ciencia no versa sobre los singulares sino que está constituida por universales que están en lugar de los mismos singulares”, escribió Occam (2). Cuando una cosa se pone en el lugar de otra, la suplanta, no es una falsificación (si se hace correctamente) sino todo lo contrario: la esencia misma del método científico.

En la Edad Media los escolásticos lo calificaron como “suppositio” y, además de los científicos, todos los seres humanos la utilizamos en nuestras argumentaciones, aunque no lo sepamos y, por lo tanto, no seamos conscientes de ello. Otra cosa distinta es que lo hagamos bien o mal.

Pondré un ejemplo para ilustrarlo: cuando decimos que en un determinado país la inflación ha sido del 3,2 por ciento, sustituimos los movimientos de todos los precios por un único promedio, que suplanta las subidas y bajadas de todos los precios de cada una de las mercancías. A su vez, el índice general de precios no se elabora con los cambios en los precios de todas las mercancías, sino sólo con una parte de ellas: la llamada “cesta de la compra”.

Es, pues, una suplantación por partida doble, una generalización. Cuando la ciencia quiere analizar un conjunto muy grande de fenómenos, no estudia todos y cada uno de ellos, sino que toma una colección reducida de ellos, que los estadísticos llaman “muestra representativa”.

Los índices, los promedios y las “muestras representativas” no son otra cosa que la misma “navaja de Occam”, según la cual hay una parte que representa al todo, lo simboliza y, aunque siempre hay excepciones, la regla se confirma en ellas.

Como toda operación dialéctica, envuelve numerosas contradicciones, como la que ha quedado expuesta, la contradicción entre el todo y cada una de sus partes, pero también la contradicción entre lo universal y lo particular, entre lo abstracto y lo concreto, el texto y el contexto…

Hegel dijo exactamente lo mismo que Occam con las siguientes palabras: “Esta unidad de lo universal y lo particular es la noción, y la noción es lo que forma ahora el contenido del juicio” (3).

En ocasiones escuchamos que “no se puede (o no se debe) generalizar”, cuando la ciencia no es más que generalizaciones… siempre que, naturalmente, como dice Hegel, lo universal no haga perder de vista lo particular, es decir, que toda regla tiene su excepción y que las excepciones sólo lo son en referencia a la regla, que es lo general, lo universal.

En la ciencia la suplantación de lo particular por lo general llega hasta el punto de que, por ejemplo, el índice de precios no es un precio, ni el cambio de ningún precio en concreto, es decir, que los economistas sustituyen un valor de cambio por algo que carece por completo de valor, por una pura abstracción estadística, cuantitativa, una operación explicada al detalle por Marx en las primeras páginas de El Capital.

Cuatro siglos después, el escocés David Hume llevó a Occam a la vulgaridad actual de la Wikipedia. Según Hume, los fenómenos de la realidad se presentan “juntos pero no revueltos”, unos al lado de los otros, o uno después de los otros, pero sin vínculos internos entre ellos: “Un suceso sigue a otro sin que seamos capaces de comprender la fuerza o poder en virtud del actual la causa opera o hay alguna conexión entre ella y su supuesto efecto […] Todos los acontecimientos aparecen sueltos y separados. Un acontecimiento sigue a otro, pero nunca hemos podido observar un vínculo entre ellos. Parecen conjuntados, pero no conectados» (4).

La correlación no significa causalidad, repiten hoy los estadísticos. El mundo es una colección dispersa de acontecimientos no ligados entre sí y el objeto de las ciencias, según Hume y las corrientes hoy dominantes, lo constituyen cada uno de esos fenómenos aislados y dispersos. Un mundo de realidades separadas conduce al panorama actual de ciencias igualmente separadas, unas de espaldas a las otras, con el pretexto de la especialización.

La dialéctica, por el contrario, defiende que todos los fenómenos están mutuamente relacionados entre sí. Cada parte, decía Hegel, se relaciona con las demás y con la totalidad. Cuando hay un todo es porque se puede dividir en partes; a su vez las partes sólo significan algo cuando se refieren al todo. “Se va del todo a las partes y de éstas al todo”, resumía Hegel (5).

Desde que Hume escribiera su obra en el siglo XVIII, la batalla ideológica continúa. Occam es de los nuestros. Por eso la dialéctica materialista se empeña en no permitir que se apropien de su obra de la manera tan cutre en que lo hacen, sobre si todo si se visten -como es habitual en ellos- con las galas y adornos propios de la ciencia. Con mucha más razón cuando quienes mencionan la “navaja” son pedantes y charlatanes de baja estofa.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Occam
(2) Guillermo de Occam, Los sucesivos, Orbis, Barcelona, 1985, pg.59.
(3) Hegel, Lógica, Folio, Barcelona, 2002, tomo II, pg.128.
(4) Hume, Investigación sobre el conocimiento humano, Madrid, 2003, pg.85.
(5) Hegel, Lógica, cit, tomo II, pgs.43 a 45.

En Alabama los médicos emplearon a los negros como cobayas humanas en un experimento sobre la sífilis

Entre 1932 y 1972, es decir, durante cuarenta años, en el hospital público de Tuskegee, una localidad de Alabama, los médicos experimentaron con negros pobres y analfabetos enfermos de sífilis a los que no dieron tratamiento médico para poder estudiar la evolución de la enfermedad hasta su muerte, así como el contagio de sus familias y descendientes.En 1932 la sífilis se había convertido en una epidemia en la población rural del sur de Estados Unidos y los médicos decidieron crear un programa especial de no-tratamiento en el Hospital de Tuskegee, el único para negros que existía entonces en aquella localidad. Ocurrió muy poco después de la crisis económica de 1929.

Los matarifes, o sea, los médicos y científicos, seleccionaron a unos 400 varones negros sifilíticos y otro grupo similar de 200 no sifilíticos sirvió de control. Su objetivo era comparar la salud y longevidad de la población sifilítica no tratada en comparación con el grupo control. A las personas seleccionadas no se les informó de la naturaleza de su enfermedad y les dijeron que tenían “mala sangre”. Además, les ofrecieron algunas ventajas materiales, incluso sanitarias, que en ningún caso incluían el tratamiento de su enfermedad.

En 1936 comprobaron que las complicaciones eran mucho más frecuentes en los infectados que en el grupo control, y diez años después resultó claro que el número de muertes era dos veces superior en los sifilíticos. A pesar de que la penicilina estuvo disponible desde los años cuarenta, en ningún momento recibieron tratamiento; a los médicos nunca les importó que sin el antibiótico su esperanza de vida se redujera en un 20 por ciento.

En este caso la ideología anticolectivista imperante en Estados Unidos no fue obstáculo para que los derechos individuales de las personas fueran sacrificados en aras de un supuesto bien “común”, aunque en realidad los pobres debían sacrificarse en interés de una investigación cuyos beneficiarios serían los más privilegiados de la sociedad. En 1947 se aprobó el código de Nuremberg y en 1964 la Declaración de Helsinki que, además del consentimiento informado del paciente, dispone que en toda investigación con seres humanos el bienestar de la persona prevalezca siempre sobre los intereses de la ciencia y de la sociedad. El médico, antes que investigador, es el protector de la vida y la salud de su paciente, y la persona que participe en una investigación debe recibir el mejor tratamiento disponible.

A pesar de la promulgación de la normativa, la investigación continuó, publicándose 13 artículos en revistas médicas. Ningún científico protestó, hasta que en 1972 la prensa denunció los hechos. Para entonces 74 de los pacientes del estudio seguían vivos, 28 habían muerto directamente de sífilis, 100 habían muerto por complicaciones relacionadas, 40 de sus esposas se habían infectado y 19 de sus hijos habían nacido con sífilis congénita.

En 1997, en presencia de cinco de los ocho supervivientes presentes en la Casa Blanca, Bill Clinton pidió disculpas formalmente a las víctimas del experimento: “No se puede deshacer lo que ya está hecho, pero podemos acabar con el silencio […] Podemos dejar de mirar hacia otro lado. Podemos miraros a los ojos y finalmente decir de parte del pueblo americano, que lo que hizo el gobierno americano fue vergonzoso y que lo siento”. Las buenas palabras sustituyeron a los juicios y las cárceles. Aquellos médicos que utilizaron a los pobres como cobayas humanas, así como sus cómplices y colaboradores no resultaron sancionados por el crimen que habían cometido.

¿Por qué nos empeñamos en suponer que nuestra salud les importa algo a ellos?

Contagio: las paranoias masivas siempre han justificado el terrorismo de Estado

Mary Mallon fue una de las muchas personas que a lo largo de la historia, a pesar de estar sanas, se la consideró como “portadora de una enfermedad infecciosa” y por lo tanto, transmisora de ella.

Mallon era una trabajadora que no cometió ningún delito, pero fue encarcelada y confinada durante 23 años en un hospital que había en una isla cercana a Nueva York, donde murió. Fue una cuarentena de por vida.

Hace una semana el reportaje de un periódico contaba otra historia parecida, la de Chan Bao, una enfermera de un hospital de Wuhan que fue diagnosticada de coronavirus sobre la base de una exploración torácica. Por lo tanto, no estaba probado que el virus estuviera presente y tampoco presentaba ningún síntoma de ninguna enfermedad. A pesar de estar sana, la confinaron en su casa y la ordenaron que tomara un medicamento antiviral llamado Oseltamivir, más conocido como Tamiflú (que por cierto es un neurotóxico).

Lo mismo que los agotes, Mallon y Bao son mujeres sanas pero las tratan como si estuvieran enfermas, no por ellas mismas sino “por los demás”. En consecuencia, este tipo de situaciones permiten a “los demás” imponerse sobre uno mismo de manera brutal.

Las declaraciones solemnes de derechos humanos dicen que no se puede condenar a nadie que no haya cometido un crimen, pero la letra pequeña dice: excepto si te ponen la etiqueta de que puedes contagiar a otro. Quizá… es posible… Son las consecuencias de la llamada “medicina preventiva”, que se preocupa más por los sanos que por los enfermos.

“Soy inocente. No he cometido ningún crimen… Es injusto. Parece increíble que una mujer indefensa pueda ser tratada así en una comunidad cristiana. ¿Por qué me destierran como un leproso?”, protestó Mallon. Sus quejas no le sirvieron de nada.

Es una condición equívoca que la medicina moderna maneja sin sonrojarse. Los llaman “portadores asintomáticos”, es decir, que no padecen ninguna enfermedad. Sin embargo, la doctrina dice que “transmiten” algo que no tienen, la enfermedad, que es tanto como si nos dicen que pueden vender una vivienda que no es suya.

Según algo que hoy es comúnmente aceptado, a pesar de ser paradójico, la causa no siempre produce el efecto. Según dicen, Mallon tenía la causa (la bacteria Salmonella typhi), pero no tenía el efecto: la enfermedad llamada fiebre tifoidea, que está catalogada como “contagiosa”.

Lo que la doctrina quiere decir es algo distinto a lo que dice, a saber: lo que se contagia no es la enfermedad, sino la bacteria o el virus. Al transmitirla a otras personas, éstas enferman, aunque el “enfermo número 1” no sea tal enfermo sino que esté sano.

Lo malo de este tipo de concepciones equívocas sobre la salud, la enfermedad y el contagio es que la causa (el microbio) no es tal, ya que son muchos en los que aparece y no todos enferman. Por eso a varios científicos del siglo XIX les atribuyen la frase “el microbio no es nada, el terreno lo es todo”.

A ese lema se le ha dado una vuelta de 180 grados: hoy el terreno no es nada, el microbio lo es todo. El terreno somos nosotros mismos, nuestro cuerpo, que es nuestra responsabilidad, pero si echamos la culpa a un microbio, nos quitamos el problema de encima. Aún mejor si ese microbio es de origen chino, mexicano o africano porque nos permite sacar a relucir nuestro racismo y nuestro odio a lo que viene “de fuera”.

Por razones de salud pública, hay que imponer el toque de queda, impedir los contactos, las migraciones, los viajes, el turismo… Todo tipo de reunión colectiva. Hay que cerrar las fronteras, poner barricadas en las carreteras… Volvamos a instalar lazaretos en los puertos… Que cada cual se quede en su casa, en su país…

A lo largo de la historia los contagios siempre han justificado todo tipo de brutalidades, e incluso crímenes, no sólo contra los contagiosos sino contra cualquiera, contra las minorías y los marginados. Ayer un periódico informaba de que en Madrid van a considerar “positivos”, es decir, enfermos, a pacientes sin necesidad de realizarles ninguna clase de pruebas (*). Directamente se les impondrá el confinamiento, como a Mary Mellon, dijo el jueves el Consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, en una rueda de prensa.

No necesitan “pruebas“ de nada. A ellos les importa un bledo si estás sano o enfermo. Aquí no hay ningún problema de salud. La cuestión es si te consideran de una manera o de la otra. Eso es muy funcional porque es la mejor manera de inflar la cifra de enfermos, de muertos y de contagios exponencialmente. Así es como se crea una paranoia de manera artificial.

(*) https://www.eldiario.es/madrid/Comunidad-Madrid_0_1005100590.html

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