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Autor: Bianchi (página 1 de 33)

De la naturaleza de las cosas

O, en latín, “De rerum natura”, libro de Lucrecio donde se defiende el epicureísmo.

El comunismo, por ejemplo, forma parte de la naturaleza de las cosas. Pero, como dijo Rousseau, hubo una vez quien, cercando un terreno, dijo “esto es mío”, y hubo quien le creyó, creando la sociedad civil. No fue así, evidentemente, pero rima bastante.

Jon Odiozola, “Bianchi”

Ocurre que la naturaleza de las cosas se suele aplicar a los fenómenos físicos excluyendo los sociales. Y así como estå claro que el agua pasa a ser vapor a los 100 grados, no lo está tanto que el comunismo se imponga por su propia fuerza o por inercia. Y, sin embargo, todo tiende al comunismo y acabaría en comunismo siempre que las condiciones sean libres, es decir, nada se oponga por la fuerza. Si así fuera, el comunismo se habría impuesto hace mucho tiempo. A los intentos de establecerlo se les llamo “utopías”: Moro, Campanella, etc., autores que acabaron de mala manera.

Lo que se defendía, se justificaba y se glorificara era la propiedad privada, sobre todo de los medios de producción bajo el capitalismo especialmente. Un capitalismo que vino al mundo chorreando sangre imponiendo su ley a sangre y fuego. No importaba que cada vez más, como dijera Marx, se viera el carácter social de los medios de producción en contradicción con su forma de apropiación, sino que todas las fuerzas políticas y fácticas, Ejércitos, Gobiernos, Iglesias, se unieron contra ese “fantasma que recorría Europa”, como empieza el Manifiesto Comunista de 1848.

Asistimos, pues, en la historia, al continuo intento de desnaturalizar -en sentido roussoniano- violentamente el curso de la naturaleza de las cosas que llevaría al triunfo del comunismo, y al fenómeno subsiguiente de la lucha de clases, que es en lo que estamos. Por eso sabemos que el comunismo no se impondrå por la fuerza indiscutible de su doctrina, o por sí mismo, sino por la fuerza de la revolución.


“Bianchi” es el seudónimo que utilizaba nuestro colaborador Jon Odriozola, periodista que falleció el mes pasado en Bergara, Gipuzkoa, a los 67 años de edad. Esta tarde se le rinde un homenaje a las 6 de la tarde en el gaztetxe Makala de Barakaldo, de donde era oriundo.

Prostitución: ¿abolición o regulación?

De manera indesmayable, suele decirse -y se conviene en decir- que, ya que resulta imposible erradicar la prostitución, su abolición, pues de inmediato surge por doquier, regulémosla. También se oye decir, audazmente, que si alguien decide ejercer la prostitución libre y voluntariamente, nadie es quien para coartar esa libertad.

Se comulgue o no con ese entimema, importa decir dos cosas o principios básicos: en primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo.

Podríamos añadir un tercero: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad.

Que se erradique o se regule, no cambiará la esencia de estos dos postulados.

¡Rusia es culpable!

Desde este alarido ululado por el nazi-falangista y cuñadísimo del general Franco, Ramón Serrano Suñer, hasta hoy, Rusia, o la URSS, siempre ha sido culpable ya sea por eslavista o por socialista. Si lo primero, dizque una raza inferior; si lo segundo, vade retro. Incluso la Iglesia se llama “ortodoxa” para diferenciarse de la verdadera, la nuestra.

Hoy el eslavismo se «perdona» si lo consuetudinario y el ecosistema está “occidentalizado”, como ocurre, por ejemplo, en el oeste de Ucrania, país eslavo, que viene a ser “lo moderno”. Lo contrario del este, el Donbass, la parte industrial y más desarrollada del país, que, aún también occidentalizada, es demasiado rusófona, demasiado eslavista, poco moderna. Son culpables.

Adoctrinados bajo el franquismo, siempre supimos que Rusia era culpable, pero no ya tanto por su eslavismo -ni sabíamos qué de era eso y menos que Dostoyevski era paneslavista- como estigma, sino por algo infinitamente peor: el socialismo y/o el comunismo. Pecado imperdonable.

Incluso la II República española no reconoció a la Unión Soviética hasta la guerra civil en que recibió ayuda de ella y nadie más que ella, además de las Brigadas Internacionales. Todavía nos dan arcadas la lectura de un editorial del diario El País comparando inicuamente la ayuda soviética a la República contra la sublevación militar nazifascista, con las ayudas de los países miembros de la OTAN a Ucrania, cuyo ejército está infestado de nazis.

Sucede que Rusia es culpable. Cuando la Revolución de octubre de 1917 en Rusia, una coalición de 17 países europeos la atacaron para asfixiarla. Inmediatamente después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, con la victoria aliada sobre los nazis, donde el papel de la Rusia soviética fue decisivo, se diseñó la “guerra fría” contra la URSS, creándose la OTAN en 1949.

Caído el muro de Berlín, toda la política exterior estadounidense se ha dirigido contra la antigua Unión Soviética y el mundo bipolar. En la actualidad se instruyen “revoluciones de colores” estratégicamente antirrusas. Y, lo último, se desata y provoca una guerra en Ucrania para tener a Rusia mås cerca de tiro. Serrano Súñer, Hitler, Churchill, Biden, todos de acuerdo: “Rusia es culpable”.

Joaquín o el humor sádico

  • Dostó, dostó: creo que sufro de un mal incurable.
  • Usted dirá.
  • Verá, cuando oigo o veo al futbolista cómico o payaso Joaquín no me río; al revés, me da casi por llorar. Le diré más: si estoy solo, no me río, pero si estoy en cuadrilla, simulo que me descojono con risa de hiena para no parecer un insustancial, como dicen en Bilbao. ¿Es grave, Doc?

De hace ya un tiempo acá se está instalando la idea de un futbolista, el bético Joaquín, como quintaesencia del humor hasta el extremo de constituir la piedra de toque que divide a los que tienen sentido del humor y los sosos que no le encuentran la gracia.

Un exponente del nacional-folklorismo -tipo Lola Flowers- cuajado de tópicos y olés y ojús, de la “grasia” estereotipada de los hermanos Álvarez Quintero y su andalucismo prototípico pasado por el pasapuré del antonomásico senequismo del, primero, falangista, y, luego, monárquico, gaditano José María Pemán, cuyo vórtice es el cliché del andalucismo folklórico y el andaluz “gracioso”. Al igual que el vasco serio y noble, o el catalån fenicio o el baturrismo cazurro del aragonés y otras “construcciones” e hipotipos sociológicos que se pusieron de moda a finales del siglo XIX con el positivismo o, mejor, el romanticismo de Herder y su “volkgeist”, describiendo y pintando el “alma” de los pueblos (el “alma vasca” escribiría Unamuno).

Ignora Joaquín el dicho epicúreo, o tal vez quijotesco, que dice que “nada en demasía”. Las cosas en su justa medida. Y, como diría Bergamín, las cosas en su sitio y no como están. Salirse de madre es sadismo, humor sádico y ofensivo en este caso. No se ríe Joaquín del Valencia, pero lo anihila, volviéndolo dos veces perdedor, humillándolo imperialmente con el romano vae victis! Pero la culpa no es de un patán como éste, ni menos de quienes no han podido transmitir otros valores -además de los gringos winners y losers- por ser perseguidos por lo cañí en Celtiberia show.

Parte de guerra

De cómo va la operación militar especial en Ucrania o guerra o invasión, según terminología occidental, lo sabemos, o no lo sabemos, según los medios de comunicación, o de desinformación, y, sobre todo, de opinadores y tertulianos obedientes con la línea impuesta por sus amos de las empresas informativas y sus Gobiernos. Con la pandemia, de la que ya apenas se habla, pasaba tres cuartos de lo mismo.

Nosotros mismos, en este blog, ya no dedicamos tanto espacio a denunciar el timo de la plandemia y lo dedicamos a racionalizar el conflicto que enfrenta a Rusia con el imperialismo yanqui yaciente y sus aliados de la OTAN. Nos hacemos eco de la realidad, pero no la reflejamos según el discurso dominante e imperante intoxicador y manipulador. Por hacerlo te pueden llamar “negacionista” o “prorruso”.

Como decíamos, el “parte de guerra” lo dan “expertos” -tambien en este campo- que nos cuentan no solo cómo va la batalla, sino las intenciones del, digámoslo ya, enemigo: sus objetivos, moral, planes, etc. Todo en función de la propaganda, y así se nos dice que la “guerra-relámpago” (blitzkrieg) rusa ha fracasado, por lo tanto, el músculo ruso no era para tanto, unos abusones, eso sí, unos matones, (ocultando que no se están empleando a fondo) que recuerdan a los nazis que casualmente somos nosotros, pero ahí está el “heroico” pueblo ucraniano -compatible con hablar de refugiados a manta- resistiendo la barbarie imperialista rusa que quiere recobrar el antiguo mapa soviético o, peor aún, zarista. Y para ello se informa de bombardeos a hospitales, panaderías, centrales nucleares, población civil, infraestructura, etc., amén de un nutrido surtido de sufridos y dolientes “fichajes” ucranianos que nos dicen lo que pasa de verdad en Kiev u Odesa desde las pantallas de las televisiones. Ya estén en Chernobyl, Madrid o la frontera polaco-ucraniana.

Lo malo, que no lo peor porque hay que señalar lo malo, de este maelstrom, de esta corriente, es que se tiende a denunciar la propaganda de una parte dando por consabida la propaganda de la otra parte, es decir, que hay dos propagandas, igual de malas, dirán los “ni-nis” y equidistantes. Cuando, en realidad, solo se ve “contrapropaganda” de una sola parte, la de los “buenos”. De la otra ni se sabe, y si se sabe algo, se la prohíbe (Sputnik, RToday).

Los villanos veraces

En la pelea de gallos última entre Pablo Casado, presidente del PP, e Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad madrileña, se demuestra que, para acercarse un mínimo a la verdad de las cosas, hay que detenerse y fijarse en los testimonios de los villanos, de los «malos» de esta película.

Cuando se trata de las élites, el procedimiento jurídico administrativo español se vuelve exquisitamente formalista para eludir los quids de la cuestión, los meollos, los busilis. Un
hermano de Ayuso es acusado de llevarse una cuantiosa «mordida» por una adjudicación hecha por la presidenta a un amigo de ambos hermanos para la venta de unas mascarillas en plena pandemia. Se dice que el chanchullo es «legal», pero no se dice nada sobre qué hay de cierto acerca de la desorbitante comisión cobrada.

Los fontaneros del aparato político del PP, al servicio de Casado, contratan a unos detectives para que investiguen esa comisión descubriendo el chollo del hermanísimo de su hermana Ayuso. Una Ayuso que finge escandalizarse por haber sido «espiada» por su propio partido, esto es, por la forma seguida para revelar sus maniobras fraudulentas obviando el fondo de la cuestión, esto es, dilucidar la verdad, responder a si es verdad o no lo que dicen los villanos.

Ya sabemos que detrás están las ambiciones políticas de estos personajillos y otros intereses, pero ahora se trata de una corruptela destapada entre ellos mismos. De zancadillas entre correligionarios que ahora se tiran a degüello.

Es como cuando Amedo, gran villano de los GAL, empezó a soltar verdades cuando un (bi)ministro, Belloch, le cortó el grifo de la guita de la guerra sucia a los esbirros. Sólo un rencoroso Amedo decía la verdad, al menos parte de ella, mientras mentían quienes hasta un minuto antes le pagaban la soldada.

Lo mismo pasa cuando un Bárcenas, que se siente traicionado por los suyos, empieza a «largar» verdades sobre las corrupciones del «caso Gurtel». aunque pronto calló.

O, para acabar, las verdades del comisario Villarejo, otro villano, que sólo cuando se ve apurado, empieza a «recordar» episodios de las cloacas del Estado. En los comienzos de la «transición» también se dieron casos de villanos que contaban «la verdad».

La conclusión que sacamos de tanta molicie y putrefacción es que, en este sistema podrido y purulento, donde hay que andar con una pinza en la nariz (y una mascarilla en la boca), sólo se puede hacer caso a los villanos. Los politiqueros, los jueces, policías, falsimedia, mienten.

Djokovic: un chivo expiatorio

Novak Djokovic, serbio, no es un antivacuna ni ha hecho propaganda antivacuna nunca. También es cristiano ortodoxo; lo decimos para que se vea que es hombre de orden y no un disoluto farrero y calavera.

Djokovic viajó a Melbourne para jugar el Open de Australia de tenis fiado y amparado por una exención médica encontrándose al pisar suelo austral con una detención o retención que le obliga a confinarse en un hotelucho para refugiados. Tras un juicio favorable, el gobierno australiano, le deporta jactándose de cumplir las normas del país que prohíbe la entrada a los no vacunados haciendo creer que es inflexible y no mira el status de la persona afectada cuando, en realidad, se trata de restricciones brutales de fascismo sanitario. Aquí no se privilegia a nadie, quieren decir, buscando la comprensión internacional, cuando la verdad es la persecución y campaña criminal contra el mejor jugador mundial de tenis actual buscando otros intereses (tienen elecciones dentro de poco). No se ha visto cosa igual.

Ocurre que, de cara a los oídos de las masas, se les regala con esta música estridente que esconde una perversión: hacer pasar por el colmo de la igualdad ante la ley lo que no es sino presentar al encausado como chivo expiatorio o cabeza de turco de las frustraciones de la mayoría de la gente que obedece lo que le dicen sin acabar de ver resultados satisfactorios, al contrario, lo único que ve son llamados constantes a la vacunación por tres y hasta cuatro veces. Como para que nos venga ahora un señorito rico tratando de hacer lo que le salga de los cojones saltåndose encima la normativa que tan bien nos cuida y protege, de eso nada, bien por el gobierno, es la demagogia usada que se pretende que se piense.

Es tal la pobreza y bajeza moral de estos instigadores que recurren a los instintos más bajos del personal para que desprecie a quien se resiste en su decisión a sabiendas de los perjuicios, deportivos y económicos, que ello entraña y supone. Y todo por no vacunarse, por cabezonería, por irresponsabilidad y aquí empieza la carrera de insultos hacia Djokovic que impone el discurso y mantra dominante.

Ciertamente, Djokovic adopta su decisión cuando es ya multimillonario (se oculta lo que ha hecho por su pueblo) y puede permitírselo, pero, aunque fuera así, no cambia una coma el fondo de la cuestión dizque la miseria moral con que se le ha tratado cuando, por otro lado e hipócritamente, se habla de la libertad del individuo para vacunarse o no, allá él, ¿o es que los vacunados no están muy seguros de los pinchazos a que se han sometido como reses? Y si lo están, ¿a qué viene la persecución fanática e histérica de un, en principio, «asintomático»?

Como se dice en mi pueblo transponiendo a Djokovic: «joder, si lo sé, no vengo».

La justicia y el orden

Tuvo que ser un romántico en etapa tardía, Goethe, quien prefiriera lo segundo, el orden, a la justicia. El orden burgués, se entiende. Sin embargo, en aras de la justicia es que ha habido motines y revueltas, levantamientos y asonadas, en épocas esclavistas y feudales. Sólo con la aparición del modo de producción capitalista y su desarrollo, surgió un término que sólo se reservaba a la física y la mecánica celeste: la revolución. Económico-política, se entiende.

El genio de Marx y Engels despanzurró las entrañas del capitalismo e indicó la senda revolucionaria. Ya no era bastante conseguir la «justicia» social -propio de anarquistas pequeñoburgueses-, sino que se trataba de hacer la Revolución, esto es, voltear el sistema imperante, acabar con él. Habrá ya reformistas y revolucionarios. Habrá quien pretenda «que se haga justicia», y habrá quien luche para crear las condiciones para que haya justicia. Los primeros tendrán un lugar en el sistema;los segundos, no.

Mientras tanto, sabemos ya por el sofista del siglo V a.C., Trasímaco, nacido en Calcedonia (Asia Menor), que la justicia es el interés del más fuerte (Ihering dirá en el XIX que el Derecho viene de la fuerza). Las leyes son dictaminadas por los que ejercen el poder con vistas a su propio beneficio o conveniencia. La justicia es aquello que beneficia, interesa y conviene al gobierno establecido y, por lo tanto, beneficia al más fuerte.

A Trasímaco no le interesa lo que debería ser la justicia sino lo que es realmente. Lo que denuncia este sofista -de primera generación con los Gorgias, Pródico, Protágoras, Hipias, Antifón- es que, debajo de todo el tejemaneje del poder, nos encontramos siempre con el dominio del fuerte sobre el débil. Trasímaco opina que lo justo no era sino lo más conveniente o útil al más fuerte, es decir, al interés de los fuertes o poderosos.

Sócrates refutaría la noción tradicional que define la justicia como «hacer bien a los amigos y mal a los enemigos». Para él, la justicia sería hacer el bien sin más.

Hoy los bienpensantes serían socráticos… sin más. La diferencia entre Trasímaco y Sócrates es que lo que es según el calcedonio, es lo que debe ser según Sócrates. Y hoy, en una sociedad dividida en clases, y con una justicia de clase, se sigue la prédica de Trasímaco, por mucho que haya llovido.

Ellos lo guisan, nosotros lo comemos

Primero crean una “variante“ sacada como prestímano de una chistera, alehop, luego sobreviene la previsible “ola“ infecciosa correspondiente que recuerdan todos los días -la gente no sabe ya en qué ola está- los medios de desinformación e intoxicación para mantener la tensión dramática que da paso, sin solución de continuidad, a la psicosis y la histeria del ganado, que por eso nos tienen y tratan -se hablaba de “inmunidad de ganado”, de “vacunódromos”-, aparte de cobayas donde ensayar, a cuerpo gentil, sus vacunas experimentales -los “ensayos clínicos” de que hablan, si se les pregunta, adolecen de un hermetismo pavoroso-, después la prueba del algodón “científica“ consistente en un antígeno -que puedes procurarte tú mismo casi en una gasolinera como quien se agencia una cassette de El Fary- que lo mismo da positivo (y tú mismo te podrías autoconfinar) por un vulgar resfriado dizque una gripe estacional, que luego negativo por dos veces como ocurrió con el futbolista del Real Madrid Luka Modric, para finalizar esta rueda diabólica hospitalizando barandas para, acto seguido, lamentar -como quien oye llover- que, por ejemplo, en Madrid, hay riesgo de colapso hospitalario.En resumen, se desemboca en una situación que ha sido creada por ellos mismos con su logística y sus mantras.

Al revés que Juan Palomo, ellos lo guisan, pero nosotros lo comemos, nolens volens.

Una tanqueta en la sopa

Parece que, oyendo a miembros de la «izquierda» caviar, caniche, o, como se ha dicho siempre, «domesticada», se ha poco menos que «escandalizado» por la presencia de una o varias tanquetas del ejército en la represión de las movilizaciones del sector naval en la bahía de Cádiz.

Se diría que la presencia de las tanquetas son -como dice Pablo Iglesias- un «error» innecesario, quizá antiestético por demasiado vistoso e impresionista: con la presencia de los esbirros uniformados es suficiente. Todos en su papel: unos repartiendo hostias, y otros recibiéndolas, todo perfecto, legal, siguiendo el guión; si se responde a la violencia policial ya sería salirse del guión y cosa de cuatro vándalos. Esto sí que es viejo.

Ven una tanqueta como quien ve una mosca en la sopa y se indignan, o simulan hacerlo, y no dudamos que algunos lo dicen sinceramente. Como si fuera novedoso y «antinatural» en una democracia como la española y tal y tal… Acá subyace un episodio del subconsciente, y es que la presencia de la tanqueta, como un ogro feroz en las calles gaditanas, recuerda los tiempos no tan lejanos de esas mismas tanquetas en las calles de Euskadi reprimiendo manifestaciones independentistas o pro-amnistía. Y eso casi a diario sembrando el terror y la muerte.

En su queja falta la connotación explícita. Vienen a decir: ¿Qué hace ahí una/s tanqueta/s… como en los tiempos de la batalla de Euskadi? Pero callan esto último. Porque sería admitir que aquí nada ha cambiado. Bueno, sí, nosotros sí hemos cambiado.

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