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R.Meijide: un héroe con un par

Risto Mejide, en su programa “Todo es mentira” (él no se incluye), dice con desparpajo torero: “Creo tanto en las vacunas, tanto, tanto, que por muchas restricciones que pongan pienso saltármelas todas, así que ya pueden empezar a multarme”. Un ciudadano ejemplar, como puede verse.

Y añade: “Y los que no se vacunen que se atengan a las consecuencias, oye”, dice este modelo de temperancia y epiqueya siguiendo la última consigna de desviar el mosqueo creciente entre la grey vacunadísima, con la persecución -esta es la palabra- de los no vacunados.

Y remata la faena con una chicuelina de alto fuste, vean: “Si, supongamos, hubiera un pasaporte covid extendido en toda la península, lo que deberíamos hacer los vacunados es ir a los cines, teatros, restaurantes, museos, conciertos, etc. y entrar en ellos para que los no vacunados vean lo que se pierden, ¿veis, estúpidos?, os jodéis por no vacunaros”, termina fomentando el pecado teologal, o cardinal, de la envidia saltándose toda la Ilustración que habla de enseñar y explicar las cosas y fenómenos.

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No se puede salir de casa

Porque en cuanto sales del zaguán o del dintel de la puerta, o ya estás en la calle, o en el pasto, la amenaza en forma de cualquier contratiempo, te acecha. No puede andar uno tranquilo por la vereda (la acera) sin correr algún peligro como que se le caiga una maceta del quinto piso, vaya por dios, o una cornisa del Palacio de Justicia, qué contrariedad, o que se le venga encima un suicida desde el séptimo, qué fatalidad, o un ángel caído, lo que me faltaba. Pero, convendrán conmigo, es improbable, seamos honestos.

No lo es tanto que crucemos con entes humanos, o que se parezcan, a juzgar por los bozales que llevan en la cara, que nos contagien un virus agresor al menor descuido. Hay que guardar la distancia social, pero ¿cómo hacerlo en el bus o metro camino del trabajo o de vuelta? Seguro que estoy contaminado, pero ¿cómo es posible si soy un asintomático? Es posible. De hecho, hay «expertos» que aseguran que de aquí a dos años no todos calvos, pero sí contagiados. Sus títulos los avalan.

También es verdad que ya resulta imposible ocultar los muertos tras recibir la pauta completa de las vacunas con distinta matrícula con lo que, si bien la mayoría de la gente se vacuna y se muestra obsecuente, cabe pensar que muchos de ellos se vacunan no pensando tanto en los beneficios sanitarios en los que en el fondo no creen como en la posibilidad de, vale decir, recomprar la libertad que le devuelva la normalidad anterior o, al menos, que se le parezca. Y ello a cambio de pagar el billete de la vacuna, pues, sin ella, somos prisioneros, no somos libres.

¿Cómo llamar entonces al pasaporte sanitario si no cómo una forma de comprar la libertad de poder viajar en avión o tren o entrar en un teatro o un restaurante a cambio de inyectarse una vacuna experimental creada casi de la nada en tiempo récord (salvo que ya estuviera creada con antelación)? ¿Cabe mayor coacción? Y ello sin hacer mención de la partición de la sociedad entre vacunados con pasaporte y no vacunados apestosos o la presión irracional ejercida sobre éstos para que se vacunen. Si te vacunas te salvas; si no, te condenas.

Incluso los «asintomáticos» pasarán a ser el mayor peligro de la humanidad por egoístas e irresponsables, cuando está demostrado que, aún vacunado, no estás exento de contagiar y ser contagiado, pero mejor buscar chivos expiatorios. El chantaje consiste en tener que vacunarse para poder hacerse la ilusión de recobrar (comprar) una libertad perdida que ha sido eliminada por los mismos causantes del liberticidio. Es como en la antigua Roma donde los esclavos podían liberarse si pagaban una determinada cantidad de sestercios a su amo. Y eso en caso de que el amo quisiera vender. El esclavo, «liberto» (así se llamaban), era libre pagando de su propio peculio al amo. Con las vacunas algo parecido. Te sometes al mismo que ha anulado tu libertad y, encima, con tu consentimiento previo lavado de cerebro mediático.

Yendo a otro plano se observa que el tratamiento informativo de la pandemia apenas cambia nada del reseteamiento dado a, por ejemplo, el volcán que ha entrado en erupción hace tres semanas en la isla canaria La Palma. Surgen vulcanólogos (o volcanólogos, que ambas valen) como setas «fichados» por las cadenas televisivas (como pasa con la pandemia, ahora en segundo plano, pero no olvidada) que hablan y no paran hasta llegar a niveles de saturación extenuante donde cada vez se les entiende menos espantando a la audiencia ya aburrida.

Aterrizan primeras espadas de dichos canales (un par de días, no más) en «donde está la noticia», y también personajes de medio pelaje buscando la desgracia, oliendo sangre e inspirando la lágrima, cuando no «fuerzan» la situación preguntando por víctimas de la desgracia «que necesito» para el programa, como le pillaron a una descerebrada de un programa rosa (Lydia Lozano) desenmascarando las verdaderas intenciones de los media: rellenar horas y horas de programación y espectacularizar las imágenes en aras del share.

Tampoco faltan uniformados «dirigiendo» (recuerde el lector la aparición de militares al principio de la pandemia) la cosa, paisanos desesperados y mucha lágrima. Un tratamiento, como decimos, de shock, de inseguridad, de enemigo invisible, inquietante, de gafas y mascarillas, de calibrar a diario la pureza del aire (como si no lo supieran los lugareños) y así día a día hasta que aparezca una invasión extraterrestre que requiera ser atendida para tenernos bien informados y si hay que ponerse mascarilla o no o hay que lavarse las manos de lo marranos que son. Como las películas de serie B gringas en plena guerra fría con terroríficos platillos volantes seguramente conducidos por el «peligro rojo» comunista.

Stay screen.

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Opinión

Condenados a la salvación

La lunática campaña de vacunación masiva, si bien no obligatoria stricto sensu, pero no exenta de fuerte coacción directa y amenaza indirecta, tiene, si bien se mira, ribetes, connotaciones y aristas religiosas. Y, por supuesto, discriminatorias como se puede ver, aún más claramente, en la extensión del pasaporte covid o sanitario que no es sino una forma más de forzar a la gente a que se vacune si quiere viajar o, simplemente, entrar en un restaurante o un teatro, que hasta ese extremo llega la paranoia.

Recuerda las medievales «limpiezas de sangre» donde se distinguía entre «cristianos viejos» y «nuevos», esto es, entre quienes no tenían mácula de sangre en sus venas, léase judía o mora, y quienes eran moriscos o judíoconversos, o sea, cristianos de segunda categoría. Lo que no era óbice, en una muestra de hipocresía, para que judíos adinerados o preparados y formados profesionalmente ocupasen elevados puestos de la administración de la Corona. Igual que si eres «famoso» puedes sortear ese pasaporte y desplazarte a cualquier punto del globo.

Tenemos, pues, una clara muestra de discriminación social que el lector puede trasladar a los judíos marcados en la época nazi antes de los campos de concentración.

Volviendo a la vacunación no nos resistimos a compararla con los bautismos forzosos de otras épocas de conquistas ya periclitadas. Si a la fuerza ahorcan, como suele decirse, lo mismo cabría decir que «a la fuerza bautizan-vacunan». Si en los tiempos coloniales se bautizaba bajo la amenaza de la espada, ahora te bautizan ya recién nacido (salvo que seas anabaptista) y te vacunan bajo la más absoluta de las desinformaciones y con la severa admonición de un sumo sacerdote que viste la bata blanca de la llamada comunidad científica con sus inquisidores en la que no creemos, sometida a intereses espurios, pero sí en la Ciencia.

Y así tenemos que de igual modo que se bautiza al recién nacido, se ha llegado a oír la criminal intención de vacunar a criaturas de meses. Imagina uno la siuación tragicómica del padre que lleva a su hijo/a al Registro Civil y el funcionario le pregunta: ¿Religión? «Católica», responde. ¿Vacunado? «Por supuesto», responde casi ofendido por la duda. Se permitiría incluso que el padre dijera que no tiene religión a que confesara el grave delito de no haberse vacunado, esto no. Sería un atentado a la Humanidad, un ejercicio de «irresponsabilidad».

Pero lo peor y que no puede soportar una dictadura fascista sanitaria: un acto de desobediencia, un amago de rebeldía. por lo tanto, su destino es el limbo (si no estás bautizado) o el lazareto si eres tratado como un leproso (que, por cierto, no contagian), al manicomio si eres Miguel Bosé o al averno si denuncias y combates la estafa de la pandemia y sus planes de control social (y neomalthusiano en «altruistas» tipo Bill Gates) ante el marasmo y crack del sistema capitalista y sus miserias.

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Guerra psicológica

Un sádico en las ondas: Herrera Carlos

Que así hace llamarse este fascista amanerado con pujos de originalidad para distinguirse de la chusma. No es, en puridad, un fascista como mandan los manuales fascistas, es decir, no es un fascista teórico, ortodoxo, convencido de la doctrina de José Antonio Primo de Rivera de quien, seguramente, no ha leído nada. Y no digamos Mussolini. Además, sabe que eso no vende. Él es un demócrata. Y un arrebatacapas que quiere ser rico apuntándose al discurso parafascista lo mismo que podía haberse apuntado al que llaman «socialdemócrata», pues facultades de sofista le sobran, inclinándose, casi apostando, por el que cree que le hará rico más rápidamente.

Es, por tanto, gentuza sin principios ni moral que, eso sí, odia cualquier atisbo que huela a manifestación popular, salvo que se trate del nacional-folklorismo, léase la gastronomía, los toros y el fútbol y el camino de Santiago, o sea, igual que con Franco.

De su estilo faltón plagado de insultos y matonismos barriobajeros no diremos nada por ser de sobra conocido. De su «talante» liberal y plural dio prueba expulsando en directo a un tertuliano, José María Fidalgo, un arrastrado más vago que la chaqueta de un guardia, vendeobreros y exsecretario general de CC.OO., nada menos, que fue golpeado con una vara en una manifestación por un obrero saliendo trasquilado, fue expulsado, digo, por llevar la contraria a su jefe en vez de lamerle los pies como el resto de pelotas y cobistas repugnantes tertulianos (con Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros a la cabeza).

También advertimos en este sujeto unos ramalazos sádicos apenas disimulados en algunos de sus comentarios sobre desgracias humanas, pero lo que oímos el martes 21 supera lo enfermizo de este sádico con micrófono digno de diván. Oigámosle. (Empieza su diatriba matutina a las ocho hablando del volcán en erupción en La Palma de las islas Canarias…). «Bueno, pues ese es uno de los líos que el volcán está provocando en esa zona de La Palma pues son nueve las bocas y yo antes le decía, oiga usted, está en su casa o no, o ha sido evacuado de su casa, pero está viendo cómo en su negocio ganadero, en su negocio agrario, va llegando poco a poco la lava (empieza la sesión de sadismo. Nota mía). Mientras a usted le desalojan, una vez desalojado, ve la tortura que supone para los afectados ver cómo a cámara lenta (subrayado mío) el río de lava se come su casa, sus recuerdos de toda la vida. Porque mire, un tsunami o un tornado no deja tiempo para pensar (filosofa este patán). Luego sí, te encuentras lo que te encuentras, pero por lo menos tienes la sensación (aquí ofrece una tregua en medio de la tensión angustiosa. Otra nota mía) de que bastante has logrado salvando el pellejo (no te quejes, pringao, que podías haber muerto) al salir corriendo, pitando de allí, pero claro la lava avanza (se acerca al clímax este enfermo. Última nota, lo juro) de forma inexorable y te da tiempo para despedirte de lo que ha sido tu vida, con parsimonia casi cruel, es decir, el magma invade las escaleras, la entrada, los cimientos de tu casa, es como un invasor (antropomorfiza el volcán) que comienza a provocar chisporroteos, pequeños incendios, hace crepitar cristales, comienzan a estallar, ceden los cimientos, la estructura se viene abajo, la cubre la lava y desaparece ante sus ojos para siempre y toda esa desolación -con un ruido de fondo que no cesa (pone una musiquilla tenebrosa)-, el de un volcán que ruge continuamente como un gran motor. (Y sigue por si no estuviéramos servidos.) Las chimeneas por las que sale el material no aflojan y se calcula que podrían estar lanzando 20.000 toneladas de bióxido de azufre (¿Será dióxido de azufre?) desde el domingo y las coladas de lava, los ríos de lava (salió el poeta que lleva dentro este garrulo) han llegado alcanzar hasta 15 metros de altura en la parte más avanzada. Imagínese una enorme pared de material fundido que no se detiene ante nada, que sigue buscando el mar. Esa es la situación, el agobio, la desesperación de los que están allí».

Ni Dante describiendo el infierno en su Divina Comedia. O un texto trémulo del Barroco español. O el Cela de su época tenebrista. Un regodeo y regusto mórbido, enfermo, sádico, propio de paranoicos. Por la noche, su mastín Ángel Expósito, pelota hasta el vómito, trata de superar a su maestro, melodramatizando aún más la tragedia no sin antes loar los desvelos y entrega de la Benemérita.

Verdaderamente repulsivo o, como diría mi prima, asqueoso.

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Sobre élites, elitismos y otras minorías dirigentes

A veces, parece que llamar a las cosas de siempre de otra manera cambia la esencia de esas cosas mismas. como si en la renovación fuera implícita la transformación del contenido, del significado. Es como cuando a los «grises» (policía armada con Franco) les cambiaron, ya en «democracia», la indumentaria, que pasó a ser marrón, y voilà, ya dejaron de repartir palos y hostias. Como diría el nominalismo medieval (Roscelino, Ockham), aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo entre intelectuales de izquierda, o que así se le figuran, se oye con frecuencia el término «élite», «élites», queriendo decir -pensamos-, pero orillando, el más tradicional «clase dirigente» o, por mejor decir, «dominante». No se trata de un eufemismo sino de vestir al santo remozándolo (me prohibo decir «modernizándolo» porque no veo aviesa intención). Pero sucede que, en realidad, el término es más viejo que la pana. Veamos.

La teorías sobre las élites políticas surgen en Europa a finales del siglo XIX. Las reflexiones se dan, en un primer momento, desde una òptica antidemocrática. El elitismo tiene como trasfondo teórico una valoración negativa, cuando no despectiva, del papel de las masas: quienes han de defender el sistema político son las élites, la clase dirigente. En todos los grupos sociales hay una minoría que dirige, que se eleva sobre las demás, que sobresale. El poder no recae ni en uno ni en todos, sino siempre en una minoría: la élite. En contradicción con el marxismo, opone la primacía de lo político sobre lo económico y lo social. Su éxito y su poder radica en que es una minoría organizada en contraposición con una mayoría desorganizada. Para la teoría de las élites la verdadera lucha por el poder se da dentro de la clase gobernante -y no a través de la lucha de clases-. Es la «circulación de las élites» -concepto acuñado por su principal teórico, Pareto– la sustancia real de la Historia. Concibe que las aristocracias no son eternas, caducan, motivo por el cual «la historia es un cementerio de aristocracias». Para perdurar necesitan organizarse con refuerzos provenientes de las clases «inferiores», con sus mejores elementos. La lucha y la circulación de las élites es la esencia de la Historia. En esta concepción burguesa y fascista (Mussolini llamaba a Pareto «el padre del fascismo»), en toda sociedad organizada siempre ha existido una clase gobernante poco numerosa que se mantiene en el poder en parte por la fuerza y en parte por el consentimiento de los gobernados que son muchos más. Saben que la movilidad social es el mejor antídoto contra las revoluciones.

Según Pareto, la élite logrará sus fines más eficazmente mientras más ignorantes permanezcan las masas. Parte de la premisa de que la verdadera lucha por el poder no se realiza entre las masas y los líderes, sino entre los líderes existentes y los líderes nuevos desafiantes y en ascenso (¿les suena de algo?). La constante en la Historia, para Pareto (1848-1923) es la aristocracia como clase gobernante, la de los mejores, diría Platón, o la oligarquía, como pregonaba el estasiólogo Gonzalo Fernández de la Mora. Inspirado, quizá, en Maquiavelo, Gaetano Mosca (1858-1941) esboza en 1884 su teoría de la «clase política». Basándose en Saint-Simon, dirá que un sistema descansa en dos clases con una minoría dominante y una mayoría dirigida. Toda agrupación humana -dirá- requiere jerarquía, y esto exige que unos manden y otros obedezcan. Mosca nunca creyó en la efectividad del
sufragio universal por considerar que se funda en la falsa creencia de que los electores eligen a sus representantes, cuando la verdad es que el representante se hace elegir por ellos (piénsese en las «listas cerradas» de hoy y habrá que convenir con él). En la conformación de la clase política Mosca destaca dos modalidades: la forma de «casta» y la forma de «camarilla». En la primera estarían las castas hereditarias y/o nepotistas, y en la segunda, grupos más o menos cerrados que se disputan los puestos más prominentes del Estado. La conclusión es que no puede haber organización humana sin jerarquía, y cualquier jerarquía exige necesariamente que unos manden y otros obedezcan, unos gobiernen y otros, la mayoría, sean gobernados.

Por último, en 1911, Robert Michels (1876-1936), discípulo de Mosca, daba a conocer su ley de hierro de la oligarquía, que es supuestamente, según él, en lo que desemboca la democracia. La organización del Estado necesita una burocracia numerosa y compleja. En ella se apoyan las clases políticas dominantes para asegurar su dominio y retener en sus manos el timón del Estado. Se esforzará siempre por controlarlo -el poder- y sustraerse al control de las masas. De este modo, los líderes se emancipan de las masas y se hacen independientes de su control. Todo ello facilitado por lo que Michels entiende como «apatía de las masas» en que, figuradamente, las masas necesitan del liderazgo y se sienten contentas de que otros se ocupen de sus asuntos. Las considera apáticas por lo que forzosamente requieren un guía. O, mejor, «expertos», funcionarios, profesionales para el buen funcionamiento de la organización, «técnicos», diría Fernández de la Mora (tecnocracia). De este modo, «pueden triunfar los socialistas, pero no el socialismo». Y es que, como diría Max Weber, «el político es alguien que vive de la política». Y el partido político sería transformado en una «empresa» (o agencia de colocación. añadimos nosotros).

Ortega y Gasset es uno de los grandes representantes de la teoría aristocrática de la sociedad en España: «una sociedad sin aristocracia, sin una minoría egregia, no es una sociedad». La aristofobia sería «una enfermedad». No identifica Ortega al aristócrata con la imagen vulgar, pero muy real, de un vago y un vividor, sino con un disciplinado gentleman que se esfuerza y se entrena, como un «sportman», para entrar en la élite de los mejores: una decisión ética, dirá Ortega.

Creemos que es desacertado e inapropiado emplear «élite» cuando se quiere decir «clase dirigente». El concepto «élite» quedaría más acorde con el deporte, con el sentido deportivo que le daba Ortega y Gasset a la palabra.

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Guerra psicológica

Shock, Brainwashing y Big Brother

Estamos asistiendo estos días a una agobiante e indecente campaña mediática en pro de la vacunación obligatoria con el subliminal mensaje -en el Estado español- de que se trataría de un debate, debate inexistente pues los llamados despectivamente «negacionistas» no tienen voz. O son insultados o ridiculizados. Dispone el discurso oficial dominante de los medios convencionales (prensa, radio, tv), los alternativos (Facebook, Twiter, Google, etc.), organismos internacionales (OMS, ONU, Agencias Médicas, Colegios), Gobiernos, etc., etc., y, aún así, no están seguros y se ponen nerviosos ante cualquier atisbo o manifestación de rechazo o crítica a sus mantras. Como, sobre todo, en Francia y sus manifestaciones -que ya no pueden ocultar- contra las restricciones cuasimilitares de su Gobierno que poco tienen que ver con lo sanitario y sí con el control social y lavado de cerebro (brainwashing) y el Gran Hermano (Big Brother). Porque vamos camino -delante de nuestras propias narices- de las distopías cada vez menos futuristas orwellianas.

En España se da un fenómeno perverso, anfibológico y logomáquico, y es que el Gobierno se puede permitir el lujo de blasonar de no imponer la vacunación obligatoria y fardar de «demócrata y liberal» cuando, en realidad, lo que subyace es este semantema: «no nos hace falta imponer por la fuerza o la coerción la vacunación obligatoria porque es tal la chapa y
pavor bestial que les insuflamos a diario en las mentes que las anulamos y paralizamos de terror hasta convertirlos en obedientes y obsecuentes corderitos que, si les decimos como a los carneros de Panurgo que se tiren por un barranco -«por su bien»-, se lanzan. Esto no es Francia». Se parece algo esta pandemia a la doctrina del shock de Naomi Klein en el
terreno de la psicología social y sus técnicas de despersonalización y adopción de nuevos patrones de comportamiento (mascarillas, confinamientos, toques de queda, etc.) mediante el bombardeo diario massmediático hasta sumir al individuo en un estado vegetal, catatónico. ¿Exageramos? Tal vez…

Y respecto del Gran Hermano, lo que más me pudre es que fue una obra –1984– escrita (en 1948) por un chivato -George Orwell- con claro y diáfano mensaje antisoviético ergo: anticomunista y, por supuesto, elevado a los altares en el «mundo libre». Pero resulta que la experiencia que vivimos de algo parecido, similar o semejante a lo descrito es bajo el capitalismo y sus secuelas y rémoras. Todo lo previsto en su libro -«Rebelión en la granja» es todavía más explícito en su intención reaccionaria- con la diferencia de que sus «efectos adversos» duran eternamente.

En fin, si yo fuera un buen chico que sigue y obedece lo que le digan y ordenen como borrego, diría en roman paladino: «sí, joder, ya vale, hostia, ya sabemos y hemos entendido que los «negacionistas» de los cojones son unos apestosos pirados iluminados terraplanistas, que son los malos, insolidarios e irresponsables, unos hijoputas, pero, mecagoendios, ¿es que ya no dan pelis de indios y vaqueros o tenemos que seguir aguantando esta brasa?»

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En Cuba no hay democracia

Pues claro que no la hay, ni falta que hace, tal y como se la entiende en Occidente, en el «mundo libre», es decir, la democracia formal con Parlamentos, que son Charlamentos, elecciones entre guatemalas y guatepeores, separación de poderes que brilla por su ausencia, libertad de expresión que es irrisión y burla con artistas presos por decir simplemente las verdades del barquero, etc., etc. No, esta clase de «democracia» no la busquen en Cuba ni vamos a comparar la democracia participativa de la isla con la democracia representativa occidental donde cada vez más impera un alto índice de abstención. En Cuba, por no haber, no hay ni libertad de corromper ni ser corrompido, que es un índice básico para homologar una democracia que se precie. Allá no hay escándalos financieros gordos porque no hay libertad. Es por todo esto que en Cuba lo que hay es una dictadura, de izquierdas, pero dictadura, ¿o pensaban que las dictaduras sólo pueden ser de derechas?

Estos últimos días hemos asistido a patéticas escenas inquisitoriales donde el facherío le pedía a un amerengado presidente socialdemócrata (vamos a usar este lenguaje políticamente correcto y formal) que dijera que Cuba es una dictadura. Un acto solipsista y performativo en que una sola palabra bastará para configurar la realidad. Cuba es una dictadura porque lo ha dicho el presidente, palabra de presidente, te alabamos, señor. Pero no lo dijo, lo que dijo es que Cuba no es una democracia, por supuesto entendida a la usamericana manera, no como la entendemos los comunistas, demócratas y antifascistas en general.

Entre decir que Cuba es una dictadura o que allá no hay democracia no hay apenas diferencia y sí un nexo común en proclamar la necesidad de «democratizar» la isla, del mismo modo, fíjense, que los Reyes Católicos pretendían cristianizar América una vez «descubierta», que no invadida ni explotada. Previamente se tuvo la delicadeza de discutir si el indio aborígen tenía o no alma, y si la tenía, pues se le crismaba a hisopazo limpio. Tuvo que ser la «intelligentsia» de la época en forma de monjes de convento (P.Vitoria) quienes justificaran la conquista mediante el derecho… de comercio, de libre comercio, pretextando ideológicamente la evangelización de la indiada. Ayer, cristianizando; hoy democratizando. Siempre interviniendo.

Recuerda mucho esto los tiempos no tan lejanos -parece que fue ayer, ¿no es cierto?- en que para obtener la pátina y el lábel de «demócrata» había que condenar el «terrorismo». Ya no se trataría de la libertad de expresión sino del derecho al silencio (o guardar silencio, como se contempla judicialmente) que, en caso de hacerlo, esto es, callar, te convertía meridianamente en «filoterrorista». Como en la época feudal con la distinción por razones de sangre entre «cristiano viejo» y «cristiano nuevo» (judíos, moros), o la penúltima discriminación entre quienes tienen el pasaporte sanitario o verde y quienes no, entre los que se vacunan y los que no.

No, Cuba no es una democracia al uso. Pero lo que no es, desde luego, es una seudodemocracia de tres centavos. Por algo se hizo una Revolución.

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Cuba se resiste a ser ‘libre’

Ya es una constante la periodización de los intentos contrarrevolucionarios por devolver a Cuba al «mundo libre» y sus excelencias. Cada cierto tiempo se fomentan, auspician y financian intentonas gusanas socolor de «revoluciones naranjas» con soporte en firmas de la «intelectualidad» más vendida y rastrera nativa y occidental. Dejan pasar un intervalo y vuelven, sin desmayo, a las andadas apoyados por la reacción internacional, léase europea y latinoamericana. Si a ello se añaden firmas de renombrados «izquierdistas», incluso que se llaman a sí mismos «marxistas», miel sobre hojuelas. Cuando un «intelectual liberal» denuncia la presunta falta de libertad de expresión en la isla, en realidad está preguntando hasta qué punto y límite se puede ser contrarrevolucionario y tocapelotas sin que se le falte a uno, por supuesto, al respeto, que sería atentar contra los «derechos humanos» (concepto hace tiempo manoseado nauseabundamente por la reacción internacional). Reclamándose, esto sí, y ante todo, «demócrata» de terciopelo, otrosí: contra las dictaduras, sobre todo de «izquierdas», como la cubana. Antes, en otro tiempo, era contra las dictaduras sin adjetivos y se daba por hecho que eran fascistas tipo Pinochet. La sociología norteamericana «descubrió» que también existían las «dictaduras de izquierdas», por ejemplo, la cubana, la de Fidel Castro. Había que admitir que, por lo menos, el gobierno de Castro era de izquierdas, comunista, totalitario, una satrapía (sin saber siquiera qué es una «satrapía» y menos un «sátrapa»). Ya tenemos, pues, metidos en el mismo saco, insaculados, dos clases de dictaduras: la fascista y la comunista. Y en medio, nuestros lindos e inmaculados intelectuales y artistas ergo: demócratas por definición y ex nihilo.

El modelo de democracia que se pide para Cuba es el occidental, o sea, lo que entraña lo formal: elecciones, un Parlamento, separación de poderes y para de contar. Sabemos lo que da de sí este sistema en la realidad de los países que vivimos, pero hay una libertad que está debajo de estas supuestas libertades formales que se exigen para Cuba (o Corea del Norte), y es la sacrosanta libertad no ya de propiedad, que se da por sagrada, sino la libertad de corrupción. Un país será verdaderamente libre cuando se pueda corromper y ser corrompido por quien pueda hacerlo. Y ese país será plenamente democrático si hay unos tribunales que condenen a los corruptos pillados en sus agios y chanchullos y, en el colmo de las libertades, sean condenados a penas de cárcel. Que eso es la quintaesencia de la democracia: que haya corrupción y se pague por ella. Y eso es lo que diferencia una oscura dictadura de una democracia transparente. No queremos ser irónicos, pero en una dictadura se tapaban las corruptelas, y en una democracia la «prensa libre» puede destaparlas para que el juez «independiente» proceda a limpiar los establos de Augías. No es cierto porque, bajo Franco, surgió el llamado «caso Matesa», un ajuste de cuentas político entre «familias» del régimen franquista (entre tecnócratas y opusdeístas), o Reace (con muertos) o Sofico, aunque es cierto que la mayoría de las corruptelas se tapaban… igual que se hace ahora pues hay cientos de casos que duermen en los cajones de las redacciones de periódicos que se sacan a la luz por razones políticas y no por afanes de limpieza democrática. Esto es como las vacunas: se sacan al mercado de prisa y corriendo, experimentalmente, sin probaturas previas, no por razones sanitarias, sino comerciales. Así pues, cuanto mayor sea el grado de corrupción, más alto será el gálibo de la democracia que el pueblo -como gustan decir en España con humor fúnebre- «se ha dado a sí mismo».

No diremos aquí, aunque nunca sobra, que las mentiras que se dicen de Cuba (o Venezuela) se calla de Colombia o Ecuador porque, primero, se da por supuesto que lo que se dice de Cuba es cierto, y segundo, porque se equipara y se pone al mismo nivel países de regímenes distintos e incomparables salvo en rubros específicos como el desarrollo de sus sociedades en materias sensibles para el pueblo como la educación, sanidad, etc. Son conceptos heterogéneos. Es locución popular oír decir, por ejemplo, «¡no vas a comparar (esto o Fulano) con… (lo otro o Mengano)!», queriéndose decir que son magnitudes incomparables. A Bolsonaro no se le puede comparar, políticamente, con Díaz-Canel, presidente cubano, sino con, por ejemplo, Pedro Sánchez, donde ambos países tienen un sistema capitalista y, por tanto, son cantidades homogéneas. En Cuba se sale de eso, son otros los parámetros. Resulta un tanto pueril, y hasta infantil, contestar, cuando se oye difamar sobre Cuba, «joer, pues mira lo que pasa en Brasil…» porque se mide con el mismo rasero. Y no, aunque supongo que es inevitable…

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Salud

¡Vacunad a todos, mecagoendios, a todos!

Esa parece la consigna de la demencial vacunación masiva emprendida por los gobiernos a las órdenes de las multinacionales farmacéuticas que miran más por sus cuentas de resultados económicos que por la salud del rebaño, como así nos consideran (ya no le dicen «inmunidad de rebaño» a la extensión de las vacunas por su sonido concomitante excesivamente descarado y humillante). Me recuerda a la proeza (?) protagonizada en la Edad Media por un noble galo que, tomado por asalto un castillo albigense, en la cruzada contra los cátaros del Languedoc y Occitania catalano-francés, mandó matar a todos los supervivientes. «¿A todos?» -le preguntaron sus lugartenientes a este criminal-, añadiendo: «Puede que haya cristianos rectos y no herejes entre los cautivos», respondiendo este sádico: «Matad a todos. Dios sabrá distinguir a los buenos de los malos, a los probos de los infieles».

Hoy no se llega a esos extremos, pero vemos cómo se ofrecen «alicientes» a los renuentes a las vacunas -esos herejes- en forma de objetos de consumo (desde un donut hasta un coche) para «animarles» a vacunarse. O chantajes emocionales propios de mentes enfermas culpando a un adolescente que va a un botellón sin mascarilla y vuelve a casa pudiendo contagiar ¡al abuelo! e incluso matarlo. ¿Cómo se puede contagiar a nadie si no se es portador de nada? Ah, no se sabe. Se sabría si te sometieras a un infalible PCR que, aunque diera negativo, no te libraría del uso de la mascarilla porque potencialmente, puedes, no sólo coger el covid, sino pillarlo tarde o temprano con seguridad.

¿Que hay PCRs falsos? Muy pocos… ¿Que ahora se puede dejar la puta mascarilla en exteriores (se ve que empieza la campaña de turismo)? Vale, sí, pero sin bajar la guardia, el virus sigue ahí, acechando, como el enemigo, amenazante, no te descuides, es peligroso, como Makinavaja. Es la concepción bélica decimonónica del microbio, la bacteria, el virus, como un patógeno que desde el exterior espera en aguardo, oculto el hijoputa, a que te descuides para ¡zas! morderte los hígados, la eucariota y la mitocondria. Es una guerra. Recuerde el lector/a que las ruedas de prensa, al principio de la pandemia, o plandemia, que diría la gran Victoria Abril, eran encabezadas por uno o dos militares de rango y uniformados. Es como los indultos -los insultos– a los del procès catalán que están condicionados a que se porten bien y sean buenos chicos porque como vuelvan a las andadas, ya saben, vuelta al trullo.

No se han atrevido a hacer forzosa la vacunación, pero hay múltiples formas de obligar a la ciudadanía a vacunarse sin fe ni creencia y/o porque no le queda otra. Desde quien tiene que vacunarse por cojones si quiere tener un vis a vis con su pareja en la cárcel hasta coacciones en las empresas a los trabajadores si no se vacunan, sobre todo, en empresas públicas y sanitarias (estos últimos con «Moderna» en el norte) pasando por la última que leo y dice que el Defensor del Menor en Baleares será despedido de su cargo por negarse a vacunarse. Pero, ¿no era voluntario el vacunarse o no?, ¿O qué ostias?

Siempre lo mismo: la fuerza, la coacción, la coerción, la amenaza, la extorsión, el fascismo. No soportan a quien se sale del rebaño y no sigue sus mantras, a quien piensa por sí mismo y no por boca de ganso, a quien no tiene miedo, a quien es libre. Así que ¡vacúnese todo cristo! La Providencia sabrá proveer… y a quien dios se la dé, sampedro se la bendiga y que el altísimo reparta suerte en esta ruleta rusa de las vacunas. Ele, arsa, ojú, arte… ¡Digooo!

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Opinión

El pueblo, ¡qué gran invento!

Dejé caer el otro día la necesidad de la clase dominante de “fabricar” héroes de cara al pueblo. No por sistema, sino de vez en cuando, salvo que se trate, como sugerí, de miembros de las FSE (antes FOP) o deportistas. Los primeros realizan “hazañas” (sobre todo, bélicas, como institutos armados que son), y los segundos “gestas”. Por cierto y haciendo un paréntesis, las FSE son Fuerzas de Seguridad del… Estado, no de las masas, aunque a los Estados fascistas, como el español, les gustaría fundir ambos conceptos en uno solo: Estado y masas. Eso es el Estado “totalitario” bajo el capitalismo. Y a eso aspiran.

Cavilando con estas quisicosas, me acordé de una tragedia ferroviaria, de triste recuerdo, que tuvo lugar hace ocho años en el descarrilamiento del tren Alvia Madrid-Ferrol a la altura de Santiago de Compostela. Los medios de comunicación convencionales y ordenancistas convinieron en destacar el comportamiento solidario y la reacción espontánea del pueblo prestando ayuda y socorro mutuo e inmediato a los malhadados del siniestro.

Se le lisonjea al pueblo, qué bien. Ahora es “pueblo” y no “público”. Pero todo se espectaculariza, sobre todo si hay morbo o se crea, desde el último caso ocurrido en Tenerife hasta las campañas navideñas para recolectar alimentos o dinero para los pobres. El pueblo ofrece antihéroes anónimos; del público -que es en lo querrían convertirnos a todos- se entresaca alguien a quien se personifica y se convierte en héroe por un día. Volviendo al descarrilamiento es tal el énfasis y desgañitamiento que destilan en sobar y enjabonar al “pueblo” -esas buenas gentes sencillas- que tal pareciera que lo acaban de descubrir. Como si no terminaran de creerse -ignorando el verso machadiano de que todo viene del pueblo- que el pueblo es capaz de prestar sin interés ayuda a quien lo necesita y sin que se lo pidan.

Acostumbrados como están a engañar, alienar, manipular y hasta sodomizar al “pueblo” si te descuidas, al personal, a la gente, fingen sorprenderse de este antidarwinismo social y ayuda mutua kropotkiniana ajena a la lucha por la vida en la jungla de asfalto que es la antropología capitalista (en tiempos medievales era la teología; en tiempos capitalistas, sobre todo, imperialistas, es la antropología) a la que contribuyen a mantener y reproducir vendiéndose peor que las rameras.

Vuelven a mentir. Jamás han creído en el “pueblo” ni en la “ciudadanía” salvo cada cuatro años para que les legitimen en las urnas y dar carta blanca a nuevos latrocinios y desgracias. Siempre que dicen, simulando adularlo, como quien mastica agua, algo imposible, que “el pueblo no es tonto” es que piensan justo lo contrario pues, si no lo creyeran, sobraría el comentario. La burguesía, que ya no tiene más aspiración que mantenerse en el machito y conservar sus propiedades o agrandarlas si puede, no tiene, empero, más objetivo que la contrarrevolución permanente: impedir que la desalojen. Y ello… porque tienen algo que perder, que no son las cadenas que engrillan al proletariado. Y para ello aliena, embrutece y cloroforma al colectivo. Y atomiza al individuo sumiéndolo en “su” problema, el individuo “deslocalizado”, desahuciado. Él se lo buscó. Sálvese el sistema y perezca el individuo.

Es como -lo leí por ahí- subir en un autobús. Hay dos momentos: primero, cuando todo el mundo puede sentarse sin compañía y así lo hacen, y después, cuando no hay más remedio que sentarse con otra persona (que, por supuesto, no tenga pintas raras). Si te sientas al lado de alguien pudiendo hacerlo solo, eres sospechoso de no se sabe bien qué. Quizá, potencialmente, de dar la vara. Esto, hoy, se evita con auriculares encasquetados en los pabellones auditivos, cuando no nace ya uno con ellos puestos, ¿no es cierto?

Estas cosas -dar conversación se decía antes- ya no pasan. Si alguien habla alto, todos pegan la hebra (tampoco estamos en el deshumanizado Metro de Nueva York). Se impone lo social, pero nos quieren burbujas inyectables con la aguja hipodérmica del discurso dominante que es el de la ideología dominante y predominante, y en tiempos de plandemia ni les cuento. Pero, aprovechando una tragedia, cuyas causas son estructurales pero lo fácil es culpar al maquinista, como en las películas detectivescas al mayordomo, a una persona, han decidido pasar la mano por el lomo del “pueblo”. Y estos idiotas, que toman sus miserias espirituales por condición universal, les preguntan por qué hacen lo que hacen -como quien pregunta a un extraterrestre- y les responden que cualquiera en su lugar también lo hubiera hecho. Menos ellos, pero toca agasajar a quien paga y no manda.