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Dropshot: el plan de ataque nuclear contra la URSS

Desde el ya lejano año 1978, en que el gobierno de Estados Unidos desclasificó el documento hasta entonces secreto, se sabe que en 1949, el presidente Harry S. Truman había ordenado la elaboración de un plan de ataque atómico contra la Unión Soviética. Ese plan recibió un nombre muy sugestivo y altamente revelador: Dropshot, literalmente lanzar el disparo, y que en el español de México podría traducirse como un descontón, un golpe a traición, decisivo y demoledor, que pone de inmediato fuera de combate al adversario.

El Plan Dropshot contemplaba el lanzamiento de 300 bombas nucleares sobre las más importantes ciudades de la Unión Soviética, acompañado de la descarga de 250 mil toneladas de bombas convencionales sobre otras localidades y regiones, desde la frontera soviética con Europa hasta el extremo oriental del inmenso país. La fecha inicialmente propuesta para el inicio de la Operación Dropshot fue el 1 de enero de 1950.

Como Dropshot era un plan ultrasecreto, la URSS no podía saber nada de él. Pero no hay ninguna duda de que la dirección soviética sospechaba que algo así se estaba cocinando. Por ello, desde los ataques atómicos estadounidenses contra Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945, el compañero José Stalin dispuso el inmediato inicio, y a marchas forzadas, de un programa para dotar a la URSS de la bomba atómica en el más breve tiempo posible.

La programada agresión atómica no pudo llevarse a cabo en la fecha prevista por la falta de certeza sobre el éxito del plan, ya que el alto mando militar y la cúpula política estadounidenses sabían, sospechaban o imaginaban que, luego de Hiroshima y Nagasaki, la Unión Soviética se habría preparado para enfrentar una nueva agresión imperialista. Y para derrotarla nuevamente, que ese era en realidad el temor principal.

Con la decisión de no lanzar el ataque “no estuvo de acuerdo el general Curtis Le May, entonces comandante de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Europa, y luego comandante de la fuerza aérea y miembro de la Junta de Jefes de Estado Mayor hasta el gobierno Kennedy”. Muchos años después, en sus memorias (América in Danger), Le May se quejaría: “Teníamos el poder de destruir por completo a Rusia sin siquiera herirnos las manos”.

Pero a partir de agosto de 1949, en que la Unión Soviética, bajo la dirección de Stalin, fabricó su primera bomba atómica, Dropshot sufrió un colapso definitivo. Ya no era posible lanzar el ataque sin esperar una respuesta más o menos del mismo calibre y naturaleza. Y si bien es cierto que el plan de agresión atómica contra la URSS (y ahora contra Rusia) nunca fue definitivamente abandonado, es evidente que su posibilidad de realización sólo se encuentra en las mentes más irracionales y belicistas de la cúpula política y militar estadounidense.

Por todo esto es muy difícil exagerar el importantísimo papel desempeñado por Stalin para evitar la destrucción de su país. Stalin impidió que se hicieran realidad los propósitos de EU de reducir al país de los soviets “a un montón de ruinas radiactivas”. Con cerebro frío y voluntad de acero, impidió que 300 ciudades soviéticas enfrentaran el trágico destino de Hiroshima y Nagasaki. Un destino que implicaba multiplicar, hasta alcanzar millones, el número de víctimas de las dos urbes japonesas.

Extraña, por decir lo menos, que esta gigantesca hazaña de José Stalin no  se consigne, se minimice, se soslaye, se desvirtúe o de plano se oculte en los análisis de la vida y la obra del dirigente soviético.

Miguel Ángel Ferrer: Stalin y el colapso de la Operación Dropshot
TeleSurTV, 14 de mayo de 2014
http://www.telesurtv.net/opinion/Stalin-y-el-colapso-de-la-Operacion-Dropshot-20140517-0033.html

Más información:
Truman determinó la fecha para el lanzamiento de 300 bombas en la Unión Soviética
Cultura Proletaria, 26 de febrero de 2014

Churchill propuso lanzar bombas atómicas contra la URSS
https://mpr21.info/2014/11/churchill-propuso-lanzar-bombas.html

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La revolución permanente según Stalin

Bajo el título “La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos” se agrupan una serie de artículos escritos por Stalin en 1924 que habitualmente acompañan a los “Fundamentos del leninismo”, escritos también por el bolchevique georgiano en aquella misma época. Todos esos artículos tienen en común su proximidad al fallecimiento de Lenin y la incorporación al partido bolchevique de una gran cantidad de nuevos militantes obreros y campesinos que fue calificada como la “generación de Lenin”. Era necesario hacer balance de una etapa histórica del partido bolchevique, la primera, aquella que Lenin protagonizó de manera indiscutible, así como de reflexionar sobre la naturaleza de la Revolución de Octubre. A su vez ambas tareas están estrechamente relacionadas con la concepción que del leninismo debía quedar dentro del partido bolchevique. ¿Qué había sido el leninismo y, sobre todo, qué debía ser el leninismo? ¿Cuál es la médula del leninismo? ¿Qué había aportado Lenin al acervo científico marxista?

Estos interrogantes no sólo se plantearon como consecuencia de la muerte de Lenin a comienzos de 1924; no eran una reflexión necrológica sino un problema candente del partido bolchevique y el movimiento obrero internacional. Aprovechando el vacío provocado por la enfermedad de Lenin, en octubre de 1923 una reducida minoría de militantes desencadenaron una guerra interna que amenazó con llevar al partido bolchevique a la disgregación.

El inicio de las hostilidades se produjo el 8 de octubre de 1923, cuando en una intervención pública Trotski trató de movilizar a todos los descontentos que, desde el inicio de la NEP o nueva política económica y la polémica sindical de 1921, se habían mantenido agazapados dentro las filas del partido pero no acataban las resoluciones aprobadas por una amplia mayoría.

Una semana después esa oposición se agrupó y manifiestó su disconformidad con la NEP. La crítica adoptó la forma de carta dirigida al Buró Político por 46 militantes, entre otros, Piatakov, Preobrajenski, Osinski, Kaganovich y Sapronov. La carta, que se conoce habitualmente como la “Plataforma de los 46”, agrupaba a todos los viejos escisionistas resentidos que sólo habían acatado de palabra las resoluciones entonces aprobadas.

En su carta la “Plataforma” atribuía las dificultades económicas de 1923 (denominada “crisis de la tijeras”) a un apoyo insuficiente a la industria. Exigía reforzar el Gosplan, la planificación centralizada, e incrementar los créditos a la industria pesada. En las condiciones del momento, esto sólo se podía hacer en detrimento de la agricultura y del campesinado. Era una propuesta para debilitar la alianza obrero-campesina, lo que significaba poner en riesgo la dictadura del proletariado.

De la economía los miembros de la “Plataforma” pasaban a la cuestión interna del partido, al que ellos calificaban de “burocrático”, pretendiendo que se toleraran las fracciones dentro del mismo.

Aunque Trotski no firmaba el documento de la “Plataforma”, compartía sus puntos de vista. Su declaración de 7 de diciembre titulada “Un nuevo rumbo”, dirigida a los demás miembros del Buró Político, tenía un contenido muy parecido.

Tanto el documento de la “Plataforma” como la declaración de Trotski fueron distribuidos por los comités y células del partido al margen de los cauces previstos por sus estatutos. No cabía duda, por tanto, de que se trataba de todo un desafío fraccional. Diez días después de aparecer la “Plataforma”, el Comité Central se reunió en pleno con la Comisión Central de Control y con representantes de diez organizaciones del Partido. Por 102 votos a favor, 2 en contra y 10 abstenciones se aprobó una resolución que rechazaba todas las tesis de la referida “Plataforma”.

En enero de 1924 se reunió la XIII Conferencia del Partido para abordar de nuevo las cuestiones planteadas por la “Plataforma”, en la que Stalin pronunció el discurso de resumen del debate interno. La resolución de la Conferencia desentraña la naturaleza pequeño burguesa de la oposición y encuentra en ella dos ramificaciones: una de tipo izquierdista que ataca la NEP y pretende regresar al comunismo de guerra, y  otra derechista, que considera mucho más influyente y que personaliza en Radek, que pretende abrir el país al capital extranjero.

Cinco meses después, tanto en el XIII Congreso y como en el V Congreso de la Internacional Comunista, la oposición es derrotada por amplia mayoría.

En el XIII Congreso del partido bolchevique, celebrado en mayo de 1924, Zinoviev exigió a Trotski un reconocimiento público de sus errores, a lo que Trotski no sólo se negó, sino que pasó a la ofensiva inmediatamente, atacando a Zinoviev. El 6 de noviembre de 1924 publicó un libro provocador titulado “Lecciones de Octubre” en el que atacaba a Zinoviev y a Kamenev por sus vacilaciones durante la Revolución de 1917. A su vez, esta publicación motivó la réplica de Zinoviev y Kamenev.

En este inicio del debate, fue Zinoviev quien tuvo una participación personal más destacada en la lucha contra el trotskismo, y fue precisamente eso, una participación personal porque, en realidad, las posiciones de Zinoviev tampoco eran las más acertadas; más bien al contrario, compartía buena parte de las tesis trotskistas.

La polémica entre ambas fracciones no sólo no cesó sino que se fue alimentando a sí misma, adoptando progresivamente un carácter mucho más agrio. En un discurso pronunciado el 18 de noviembre de 1924 Kamenev acusó a Trotski de subestimar el papel del campesinado, encubriendo sus concepciones con una fraseología revolucionaria. La asamblea del partido a la que se dirigía Kamenev aprobó una moción denunciando “la ruptura por Trotski de las promesas que había hecho en el XIII Congreso”. En otras reuniones del partido se adoptaron resoluciones similares.

El 15 de enero de 1925 Trotski dirigió una carta al Comité Central en la que afirmaba que no había querido reanudar un debate interno y presentó su dimisión de la presidencia del Consejo Militar Revolucionario. Dos días después el Comité Central constataba que en su carta Trotski no reconocía ninguno de sus errores y que había puesto todas sus esperanzas en que los planes del partido y del Estado soviético fracasaran; que entre las tesis leninistas y las de Trotski había una muralla insalvable que concernía a los aspectos fundamentales del bolchevismo. El Comité Central constataba, además, que Trotski había emprendido una “cruzada abierta” contra su línea política, y apuntaba: “En los últimos tiempos, en ningún problema de importancia, Trotski se ha pronunciado junto con el partido, sino con mayor frecuencia contra las opiniones del partido”. Luego afirmaba que “las intervenciones oposicionistas de Trotski en el partido y alrededor del partido han convertido su nombre en bandera de todo lo no bolchevique, de todas las desviaciones y grupos no comunistas y antiproletarios”. El imperialismo se estaba haciendo eco de los ataques de Trotski contra el bolchevismo, a la espera de que el partido entrara en una fase de descomposición interna y la revolución se hundiera.

Aprovechando aquel caos, Zinoviev pidió la expulsión de Trotski del Partido o, al menos, del Comité Central. Rechazada esta demanda, Kamenev solicitó la exclusión de Trotski del Buró Político. Estas exigencias tropezaron con la oposición de Stalin y otros dirigentes bolcheviques. En el XIV Congreso del partido, Stalin recordó esas propuestas de Zinoviev y Kamenev y explicó que no fueron aprobadas porque “nosotros, la mayoría del Comité Central no estamos de acuerdo […] A continuación, el pueblo de Leningrado y el camarada Kamenev exigen que el camarada Trotski sea inmediatamente excluido del Buró Político, pero nosotros no estamos de acuerdo con los camaradas Zinoviev y Kamenev porque nos damos cuenta de que la política según la cual hay que cortar cabezas implica los más graves riesgos para el Partido […] Es un método sanguinario -es sangre lo que reclaman- peligroso y contagioso; hoy se hace caer una cabeza, mañana otra, después una tercera. ¿Quién quedará en el Partido?”

Finalmente, alimentadas por el cerco imperialista, las contradicciones se fueron agudizando de manera creciente y lo que empezó como una polémica dentro del partido, acabó como una guerra contra el partido que hubo de ser resuelta mediante el recurso a la violencia revolucionaria.

En esa lucha fraccional contra el partido, como he dicho, uno de los elementos fundamentales del debate era la definición del leninismo, cuestión de carácter crucial y decisiva para la estrategia de todo el movimiento comunista internacional. Aunque Stalin utiliza la palabra “táctica” en aquella época se utilizaba con un significado diferente que ahora porque en ella se resumían las cuestiones políticas, económicas e ideológicas más importantes.

Al mismo tiempo que Stalin, Zinoviev ofreció su versión de lo que entendía por leninismo; también Bujarin intervino en el debate para expresar lo que él entendía como leninismo. Únicamente Trotski nunca dio su versión de lo que eso significaba para él, por una razón bien sencilla: él no era y nunca había sido leninista. Él siempre había estado fuera del partido bolchevique, nunca había luchado junto a Lenin, y eso se notaba en su pensamiento. Las concepciones de Trotski hundían sus raíces en el menchevismo y en la ideología reformista de la II Internacional, de donde había importado su singular concepción de la revolución permanente, tratando de introducirla dentro del movimiento comunista internacional, proyecto que fracasó.

Aunque se asocia erróneamente a Trotski, el concepto de revolución permanente es uno de los más importantes del marxismo-leninismo y uno de los peor comprendidos, a causa precisamente del rechazo que provoca su asociación con el pensamiento de Trotski. En consecuencia, el papel de Trotski consistió el desvirtuar la idea de revolución permanente, cuyas raíces estan en los propios escritos de Marx y Engels. A su vez, el concepto de revolución permanente es un aspecto concreto de una problemática mucho más general del materialismo histórico: el problema de la transición, otro de las grandes cuestiones del marxismo-leninismo peor estudiadas.

Cuando Marx y Engels escriben, salvo excepciones, la mayor parte de los países europeos, especialmente Alemania, estaban sumidos en una economía semifeudal, es decir, el capitalismo no había llegado a desarrollarse plenamente, lo cual planteaba al proletariado situaciones extraordinariamente complejas que sólo personalidades realmente geniales como Marx y Engels fueron capaces de solventar con toda la perspectiva estratégica e histórica que involucraba. El proletariado tiene el socialismo como objetivo pero, como digo, la mayor parte de los países ni siquiera habían alcanzado el capitalismo. ¿Cómo pensar en el socialismo en esas circunstancias? Si el capitalismo no se ha desarrollado la clase obrera tampoco ha adquirido la importancia económica y política capaz de convertirla en una fuerza hegemónica, al tiempo que otras capas sociales tienen un protagonismo decisivo. A su vez, la debilidad del capitalismo acarreaba otra serie de deficiencias sin las cuales es impensable la revolución socialista: libertades políticas, unidad nacional, separación de la iglesia y el Estado, etc. Por lo tanto, el atraso capitalista planteaba la cuestión de la revolución democrático-burguesa o, en otras palabras, el programa mínimo de la revolución proletaria.

En determinados estudios esta cuestión se plantea de una manera deformada, como si Marx y y Engels hubieran defendido en alguna ocasión la sucesión histórica ineluctable de una serie de modos de producción (feudalismo, capitalismo, comunismo), o bien bajo el supuesto de que ellos habrían previsto que la revolución proletaria sólo era posible en los países más adelantados, mientras que la historia demostró que empezaba por los más atrasados (Rusia y China). Estas nociones que se imputan al marxismo-leninismo son equivocadas y han contribuido a entorpecer la comprensión de la teoría de la revolución permanente y de otras cuestiones decisivas del materialismo histórico.

Como ya he expuesto, cuando Marx y Engels escriben Alemania era un país atrasado, semifeudal, y ellos ya estaban luchando en esas condiciones por la revolución proletaria, de manera que no se puede decir que ellos plantearan el carácter sucesivo ineludible de los modos de producción. Además, Alemania era entonces un país campesino, de modo que fueron ellos los primeros en destacar el papel revolucionario que podían desempeñar como fuerza de reserva en la revolución proletaria. El desarrollo del capitalismo se inicia en las ciudades y marcha hacia la zonas rurales, cuyo atraso alberga los últimos resto de feudalismo. En consecuencia, desde otro punto de vista, el problema del campesinado es también el problema de la revolución democrático-burguesa. Lo que importa destacar es que Marx y Engels no sólo previeron sino que resolvieron esta cuestión en lucha contra la corriente lassalleana que apareció a mediados del siglo XIX dentro de la socialdemocracia alemana. De modo que quienes, como los mencheviques y los trotskistas, nunca aceptaron el papel del campesinado dentro de la revolución, nada tienen que ver con Marx y Engels porque sus concepciones derivan directamente de Lassalle.

La subsistencia del feudalismo plantea otras cuestiones a la revolución de carácter estrictamente democrático, como la unidad nacional, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, la separación de la iglesia y el Estado, el derecho de asociación, la libertad de expresión, etc., sin las cuales es impensable cualquier tipo de revolución que invoque el protagonismo de las masas en ella. Estas cuestiones democráticas integran el programa mínimo de la revolución democrática; se trata de un legado que la burguesía no quiere o no puede llevar a cabo. A medida que su revolución se retrasa, la burguesía se ve atrapada en un fuego cruzado. Por un lado, tiene que enfrentarse a la aristocracia feudal para llevar a delante su revolución; pero por el otro la clase obrera comienza a despuntar. En esas condiciones la burguesía bascula y tiende al compromiso con las reliquias del Antiguo Régimen; por consiguiente, la clase obrera tiene que asumir la parte más avanzada y progresiva de la lucha de la burguesía. Esta cuestión es tanto más importante en cuanto que el proletariado es aún débil y, por tanto, está obligado a alcanzar un compromiso político con el campesinado y con sectores de la burguesía que aún están dispuestos a seguir adelante con la lucha.

Este es el planteamiento general que de esta cuestión hicieron Marx y Engels en una etapa del capitalismo que aún no había llegado a su momento imperialista, que es cuando Lenin desarrolla la misma estrategia en condiciones diferentes, en condiciones en las cuales la clase obrera no sólo asume e incorpora dentro de su programa las consignas más avanzadas de la burguesía sino que se pone a la cabeza de la lucha por la revolución democrático-burguesa y cuando, además, no sólo pretende con ello inclinar la balanza en favor del proletariado de ciertos sectores burgueses sino que su objetivo primordial es ganarse un sólido aliado entre los campesinos.

La estrategia leninista demostró su fortaleza durante las revoluciones de 1905 y de febrero de 1917, ambas de naturaleza democrático-burguesa, ambas dirigidas por el proletariado y en las que el campesinado desempeñó un papel fundamental.

Una vez agotada esta etapa, Lenin planteó inmediatamente, en abril de 1917, que la naturaleza de la revolución había cambiado y que a partir de entonces había que luchar por la revolución socialista. Esto coincide en el tiempo, y no por casualidad, con la Primera Guerra Mundial y la entrada del capitalismo en su etapa imperialista, que iba a plantear una nueva perspectiva para el movimiento comunista internacional.

Por lo tanto, la marcha de los acontecimientos, el avance del capitalismo en todo el mundo, que barre los restos de cualquier otro tipo de sociedades, el fortalecimiento de la clase obrera, deja cada vez menos margen para la revolución democrático-burguesa y pone, salvo excepciones, a la clase obrera frente a la necesidad de lucha por el socialismo como tarea inmediata.

Ahora bien, como demuestra el fascismo, el propio imperialismo supone la reacción más despiadada y feroz contra amplias masas de la población, por lo que las reivindiciones democráticas nunca han desaparecido de los programas de las organizaciones de clase del proletariado en todo el mundo. Más bien al contrario, se han reforzado, convirtiendo a la clase obrera en la combatiente de vanguardia por los derechos y las libertades más elementales.

La lucha por el socialismo nunca ha eliminado la perspectiva de conquista de las libertades públicas, sin las cuales las masas obreras no pueden reunirse, organizarse, discutir y difundir sus reivindicaciones y consignas entre las masas. Bajo el imperialismo la burguesía tiende a liquidar los derechos democráticos y, como reacción, el proletariado se organiza para su defensa porque la garantía de los mismos no está en la legislación burguesa sino en su capacidad de combate. Por eso, muchas reivindicaciones del programa mínimo de la clase obrera siguen plenamente activas en casi todos los países capitalistas, si bien por sí mismas no constiuyen, como antaño, una etapa previa a la revolución socialista sino una parte integrante de ella, con la que se confunde: para luchar por la democracia hay que luchar por el socialismo; sólo la dictadura del proletariado garantiza los derechos y libertades fundamentales.

A pesar de su carácter socialista, la Revolución de Octubre de 1917 adoptó numerosas medidas de carácter democrático. Esto demuestra la falsedad de la concepción trotskista que equipara la revolución democrático-burguesa al capitalismo. También demuestra su errónea estrategia que les conduce a pretender saltar en el vacío, como decía Maurín, desde la monarquía absoluta hasta la dictadura del proletariado. El trotskismo califica de «etapista» la concepción de Marx, Engels y Lenin que vincula la lucha por las libertades democráticas, la conquista de la república, la autodeterminación, etc., del socialismo, la expropiación de los explotadores y la socialización de la tierra. No sólo la revolución socialista requiere etapas, más o menos largas, más o menos importantes, sino que es en sí misma una etapa, un proceso que atraviesa distintos momentos diferentes, en cada una de las cuales se deben abordar -sucesiva o simultáneamente- problemas también diferentes. No es posible exponer una receta única que ofrezca soluciones generales a países que se encuentran en condiciones económicas, sociales, históricas y culturales muy diversas. Tampoco se trata de sostener, al modo revisionista, que existen modelos nacionales diversos o vías diferentes para la construcción del socialismo. Se trata de comprender muy bien la situación concreta de cada país y entender que por más que la revolución sea un salto, un cambio cualitativo, es también un proceso prolongado en el tiempo. Las palabras que Marx emplea en El Capital son bastante claras al respecto: “El único camino histórico por el cual pueden destruirse y transformarse las contradicciones de una forma histórica de producción es el desarrollo de esas mismas contradicciones”. Se trata de una expresión contudente que hay que completar con el prólogo que complementa la primera edición de esa misma obra, en el que Marx añade: “Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna- jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto”.

Pues bien, esta obra de Stalin responde meticulosamente a las dos circunstancias que eran imprescindibles para acometer la construcción del socialismo en la Rusia de 1917: un diagnóstico minucioso, claro y preciso del estado del país en aquel momento y otro, igualmente minucioso, claro y preciso, de las «fases naturales» que necesariamente debían atravesarse para llegar al objetivo perseguido por la clase obrera y su vanguardia dirigente: el socialismo. Es absurdo pretender el socialismo sin saber los caminos y recorridos concretos que conducen hasta él. Quienes, como los trotskistas, dicen luchar por el socialismo pero no quieren esas fases y esos recorridos, tienen una concepción escolástica y libresca del mismo, algo que comparten con todos los utopistas y soñadores que siempre hablan de sus buenas intenciones sin poner nada en práctica para acercarnos hacia ellas.

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El fusilamiento de un almirante contrarrevolucionario

Anoche la segunda cadena de TVE emitió la película «El Almirante», rodada en 2008 por el cineasta ruso Serguei Bondarchuk a imitación de las grandes superproducciones de Hollywood, con un resultado parecido, que cabe calificar de lamentable teniendo en cuenta las enormes sumas de dinero invertido.

El almirante al que se refiere la película es Kolchak, un alto oficial de la marina zarista que tras la Revolución de 1917 dirigió a las tropas que se levantaron contra el poder soviético, desatando una atroz guerra civil.

Con ayuda del imperialismo, el almirante estableció su cuartel general en Siberia y se arrogó a sí mismo el título de “Gobernante supremo de Rusia”.

En París y en Londres los imperialistas entonaron cánticos de alabanza en honor del almirante. Sir Samuel Hoare decía que Kolchak era un caballero, un gentleman. Winston Churchill calificaba a Kolchak de honrado, incorruptible, inteligente y patriota. El New York Times veía en él “un hombre enérgico y honesto”, que ejercía “un gobierno estable y más o menos representativo”.

En noviembre de 1918 Kolchak se había apoderado de la mitad de las reservas de oro que el Imperio zarista guardaba en San Petersburgo, unas 180 toneladas, con el fin de sacarlo al exterior y comprar armas para combatir al Ejército Rojo. El oro nunca volvió a aparecer.

Además, los imperialistas, especialmente Inglaterra, le suministraron municiones, armas de guerra, consejeros militares y dinero: “Despachamos a Siberia -dice el general Knox- cientos de miles de rifles, cientos de millones de cartuchos, cientos de miles de uniformes y cartucheras, etc. Todas las balas disparadas contra los bolcheviques por los soldados rusos durante el curso de ese año habían sido fabricadas en Gran Bretaña, con materias primas británicas y enviadas a Vladivostok en barcos británicos”.

El general norteamericano Graves no compartía el entusiasmo de los ingleses y franceses por el gobierno del almirante Kolchak. Todos los días sus oficiales del Servicio de Inteligencia le traían nuevos informes del reino del terror que Kolchak implantó. Había 100.000 soldados en el ejército del almirante y se estaban reclutando varios millares más bajo pena de muerte. La horca era la modalidad favorita de ejecución de la pena capital. Las cárceles y los campos de concentración estaban llenos a rebosar. Centenares de rusos que se opusieron al nuevo emperador colgaban de árboles y de postes telegráficos a lo largo del ferrocarril transiberiano. Muchos fueron sepultados en fosas comunes que habían sido obligados a cavar con sus propias manos, antes de que los verdugos de Kolchak los segaran con el fuego de sus ametralladoras. La violación, el asesinato y el pillaje estaban a la orden de día.

Uno de los ayudantes de mayor categoría de Kolchak, el antiguo oficial zarista llamado general Rozanoff, dictó las siguientes instrucciones a sus tropas:

1) Al ocupar las aldeas que hubiesen sido ocupadas por los bandidos guerrilleros soviéticos, había que capturar a los jefes y donde no sea posible identificarlos pero exista prueba suficiente de la presencia de dichos jefes en el lugar, se fusilará a un individuo por cada diez de todos los habitantes de la aldea.
2) Si cuando las tropas atraviesan una ciudad, la población no informa a las tropas, teniendo oportunidad de hacerlo, de la presencia del enemigo, se exigirá irremisiblemente una contribución monetaria de todos los habitantes sin excepción.
3) Las poblaciones donde los habitantes se opongan a nuestras tropas con armas, serán quemadas hasta arrasarlas, y todos los vecinos adultos, varones, serán fusilados; las propiedades, bestias, carros, etc., serán confiscados para uso del ejército.

Junto con las tropas de Kolchak, había también partidas de bandas financiadas por los japoneses que asolaban los campos: sus jefes supremos eran los atamanes Gregori Semionov y Kalmikoff.

El coronel Morrow, jefe de las tropas americanas en el sector de Transbaikal, informó que en una aldea ocupada por las tropas de Semionov, todos los habitantes -hombres, mujeres y niños- habían sido asesinados; la mayoría de los vecinos habían sido fusilados “como conejos” cuando huían de sus hogares. Los hombres habían sido quemados vivos: “Los soldados de Semenov [Semionov] y Kalmikoff -contó el general Graves- bajo la protección de las tropas japonesas, vagaban por el país como animales salvajes, matando y saqueando al pueblo… Si se preguntaba algo sobre tan brutales asesinatos, la respuesta era que los asesinados eran bolcheviques, y esta explicación, al parecer, satisfacía al mundo”.

El general Graves manifestó abiertamente sus críticas de las atrocidades que cometían las fuerzas antisoviéticas en Siberia (*), y su actitud suscitó gran hostilidad entre los jefes rusos blancos, ingleses, franceses y japoneses.

Morris, el embajador americano en Japón, que se hallaba en visita de inspección en Siberia, le dijo al general Graves que el Departamento de Estado le había cablegrafiado que la política americana en Siberia necesitaba que se apoyase a Kolchak.

– Ahora, general -dijo Morris- tendrá usted que apoyar a Kolchak.

Graves replicó que él no había recibido ninguna orden del Departamento de Guerra para que apoyara a Kolchak.

– El Departamento de Estado es el que dirige esto, no el Departamento de Guerra– dijo Morris.
– El Departamento de Estado -le contestó Graves- no me dirige a mí.

Los agentes de Kolchak lanzaron una campaña de propaganda destinada a socavar la reputación de Graves y lograr que fuese relevado de su cargo en Siberia. Empezaron a circular rumores de que el general americano era bolchevique y de que sus tropas estaban ayudando a los rojos. A la vez, todo eso se mezclaba con la más repugnante propaganda antisemita. Una nota típica decía: “Los soldados de Estados Unidos están infectados de bolchevismo. Casi todos son judíos de la parte este de Nueva York que se hallan en constante agitación queriendo amotinarse”.

El coronel John Ward, miembro del Parlamento inglés que actuaba de consejero político de Kolchak, declaró públicamente que al visitar el cuartel general de la fuerza expedicionaria americana había descubierto que “de sesenta traductores y oficiales de enlace, más de cincuenta eran judíos rusos”.

Los propios diplomáticos y agentes norteamericanos contribuyeron a extender la campaña contra el general Graves: “El cónsul americano en Vladivostok -reveló después el general Graves- cablegrafiaba diariamente al Departamento de Estado, sin comentarios, los artículos falsos, difamatorios y procaces que aparecían en la prensa de Vladivostok respecto de las tropas americanas. Aquellos artículos, así como las críticas que se formulaban en Estados Unidos sobre nuestras tropas, se basaban en la acusación de que eran bolcheviques. Esta acusación no podía haberse fundado sobre ningún hecho realizado por las tropas americanas… pero era el mismo cargo que se hacía en Siberia contra todo el que no apoyara a Kolchak, por los partidarios de éste, entre los cuales se contaba el cónsul general, Harris”.

Cuando la campaña contra Graves y sus tropas se hallaba en su apogeo, llegó a su cuartel general un mensaje del general Ivanoff-Rinoff, jefe de todas las fuerzas de Kolchak en Siberia oriental. El mensajero manifestó al general que si contribuía con 20.000 dólares al mes, para el ejército de Kolchak, el general Ivanoff-Rinoff se encargaría de que terminara la campaña de propaganda en su contra.

El general Ivanoff-Rinoff era uno de los oficiales más sádicos que actuaban bajo el mando supremo de Kolchak. En Siberia oriental sus mercenarios asesinaban a toda la población masculina de las aldeas sospechosas de haber albergado bolcheviques; era corriente entre ellos violar mujeres y azotarlas con baquetas. Mataban sin piedad a los ancianos, mujeres y niños. Un joven oficial americano que había sido enviado a investigar las atrocidades cometidas por Ivanoff-Rinoff, se impresionó de tal modo ante lo que vió, que al terminar su informe a Graves exclama: “General, ¡por el amor de Dios!, ¡no me mande nunca más a otra expedición como ésta! ¡A punto estuve de quitarme el uniforme para unirme a aquellas pobres gentes y ayudarlas en todo cuanto pudiera!”

Cuando el general Ivanoff-Rinoff se vió amenazado por un levantamiento popular, Sir Charles Elliot, el alto comisario inglés, visitó al general Graves para manifestarle su preocupación por la seguridad del jefe kolchakista. “Por lo que a mí respecta -le dijo Graves- ¡podía el pueblo traer a Ivanoff-Rinoff ante nuestro cuartel general y colgarle del poste telefónico que está ahí enfrente hasta que estuviese bien muerto, sin que un solo americano levantase siquiera una mano en su defensa!”

El final de Kolchak y sus criminales no sólo fue obra del Ejército Rojo, de batallas ganadas en las trincheras sino de heroicos levantamientos obreros y campesinos. El 4 de enero de 1920 Kolchak abdicó en favor de Denikin y comenzó a replegarse a través del transiberiano. Uno de los vagones que le transportaba iba repleto de oro, joyas y objetos de valor saqueados a lo largo de la guerra. En Irkutsk una insurrección obrera capturó a Kolchak y todo su Estado Mayor deteniendo el tren en el que viajaba en la estación ferroviaria y poco después caían 20.000 de sus hombres en manos del Ejército Rojo. El poder pasó a manos de un Comité Revolucionario de los proletarios de aquella ciudad, que ordenó el encarcelamiento de Kolchak y los suyos en la prisión de la ciudad.

Se produjo entonces un fenómeno que la película tampoco cuenta.

El Ejército Rojo propuso al Comité Revolucionario que fusilara a Kolchak sin ninguna clase de juicio, pero el Comité de la ciudad no cumplió la orden porque quería cumplir con las formalidades propias del caso: juicio, abogado, pruebas, etc. Formaron una comisión investigadora, de la que formaron parte un menchevique, dos eseristas de derechas y un bolchevique.


Pero la ciudad era un hervidero de contrarrevolucionarios emboscados y armados: burgueses, oficiales zaristas, kadetes, etc. Empezaron a circular octavillas calificando a Kolchak de héroe y mártir, preparando el clima para un asalto a la prisión.

Después de varias semanas de trabajo, la comisión de investigación emitió un listado de 18 criminales de guerra, entre ellos Kolchak, proponiendo su fusilamiento. Mientras la comisión se esforzaba por cumplir con su función lo más escrupulosamente posible, el clima en Irkutsk se tornaba irrespirable. Cada día de demora la contrarrevolucion se organizaba más y mejor. Por el otro lado, el retraso estaba sembrando la desconfianza entre los obreros, entre los que se podían producir muchos muertos si la contrarrevolución intentaba el asalto de la cárcel. Los obreros se plantearon, por su parte, asaltar la cárcel y ejecutar a los criminales zaristas sin dilaciones de ninguna clase. Esta situación desencadenó la orden del Consejo Militar Revolucionario de Irkutsk, que ordenaba la ejecución de Kolchak y su “presidente del consejo de ministros” y cuyo segundo punto decía: “Es mejor la ejecución de dos criminales, que desde hace mucho tiempo merecen la muerte, que cientos de víctimas inocentes”.

Así se hizo el 7 de febrero. Los demás criminales de guerra del ejército de Kolchak fueron juzgados el 20 de mayo públicamente en presencia de 8.000 obreros de la ciudad.

(*) Cfr. Jamie Bisher: White Terror: Cossack Warlords of the Trans-Siberian, 2007, http://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/15027570701539693?journalCode=smil20
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Churchill propuso lanzar bombas atómicas contra la URSS

Hace dos años se desclasificaron documentos del Archivo de Seguridad
Nacional según los cuales hasta 1968 Estados Unidos mantuvo en
vigor un plan de ataque nuclear simultáneo contra la URSS y China (1).

En clave secreta el plan se llamó “Furtherance”
(Fomento) y no se revisó hasta 1968, cuando el gobierno de Johnson
mandó preparar una reacción a un ataque más adecuada y evitar una
confrontación nuclear desastrosa durante la Guerra Fría.

La
información desclasificada en 2012 se refería a una reunión que mantuvo
el presidente Johnson con su equipo de seguridad nacional en octubre de
1968, en la que tanto los asesores militares como civiles se
pronunciaron a favor de revisar el Plan Fomento a fin de reducir las
posibilidades de una confrontación nuclear.

Si cualquier parte del territorio de Estados Unidos era hostigado o si al presidente le sucedía cualquier cosa, se lanzarían bombas atómicas, con independencia de que el ataque fuera un mero accidente o del tipo de armas que usara el enemigo.

Los
consejeros de Johnson le recomendaron lanzar un ataque
nuclear solo contra un Estado que agrediera a Estados Unidos, promover
la política de “no usar primero” y responder a un ataque convencional con armas convencionales.

Se aprobó en paralelo con el Plan Dropshot de 1949, que preveía el lanzamiento de 300 bombas atómicas y 250.000 toneladas de explosivos convencionales sobre la URSS (2).

Según otro informe de un agente del FBI recientemente desclasificado, el primer ministro británico en la época de la Segunda Guerra Mundial,
Winston Churchill, pidió reiteradamente a Estados Unidos que
desencadenara un ataque nuclear contra la URSS para detener el avance
del movimiento obrero en occidente y ganar la guerra fría.

La
información se ha revelado en el libro ‘When Lions Roar: The
Churchills And The Kennedys’ (‘Cuando los leones rugen: Los Churchill y
los Kennedy’), escrito por el galardonado periodista de investigación
Thomas Maier – See more at:
http://percy-francisco.blogspot.com.es/2014/11/churchill-persuadio-eeuu-para-ataque.html#sthash.6FZr7GEz.dpuf

La información aparece en el libro «When Lions Roar: The Churchills And The Kennedys» (Cuando los leones rugen: Los Churchill y los Kennedy’), escrito por el periodista de investigación Thomas Maier. El periódico Daily Mail ha publicado alguos extractos del documento recientemente (3).

Churchill pidió con insistencia al senador republicano  Styles Bridges que persuadiera al presidente de Estados Unidos Harry Truman que llevara a cabo un ataque nuclear para «arrasar al Kremlin de la superficie de la Tierra» y transformar a la Unión Soviética en un «problema insignificante».

Según el agente del FBI, el primer ministro británico también anunció en su mensaje que «Rusia atacaría a Estados Unidos en dos o tres años, después de obtener su bomba atómica, y entonces, la civilización desaparecería o retrocedería muchos años atrás».

Daily Mail indica que Churchill estaba tan preocupado por la actividad de la Unión Soviética que estuvo dispuesto a sacrificar a miles de ciudadanos soviéticos «para proteger la civilización de la amenaza que emana de la Unión soviética y obtener la victoria en la guerra fría».

(1) http://www.gwu.edu/~nsarchiv/nukevault/ebb406/docs/Doc%205A%20Furtherance%20document%20Oct%201968.pdf

(2) Truman determinó la fecha para el lanzamiento de 300 bombas en la Unión Soviética, Cultura Proletaria, http://culturaproletaria.wordpress.com/2014/02/26/truman-determino-la-fecha-para-el-lanzamiento-de-300-bombas-en-la-union-sovietica/
(3) http://www.dailymail.co.uk/news/article-2826980/Winston-Churchill-s-bid-nuke-Russia-win-Cold-War-uncovered-secret-FBI-files.html
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Kamo, el brazo armado del partido bolchevique

Juan Manuel Olarieta

Como Stalin, el bolchevique Simon Aryakovich Ter-Petrosian nació en Gori, Georgia, aunque era tres años más joven. Pero a diferencia de Stalin, Ter-Petrosian era de origen armenio. Ambos se conocieron cuando Stalin trabajaba en el Observatorio de Tiflis y Ter-Petrosian sólo tenía 19 años. Stalin le prestó la novela «Germinal» de Zola para que la leyera y, cuando su padre murió, ocupó su lugar: «el camarada Stalin es mi tutor», solía decir. Formaban parte de la brigada de hierro bolchevique en el Cáucaso, donde sus camaradas le conocían por el apodo de «Kamo».

Padeció su primera detención en 1903, aunque logró escapar de la cárcel al año siguiente, reincorporándose al Partido inmediatamente, como miembro de los comandos armados que dirigía Leonid Krasin, un ingeniero que fabricaba los explosivos en un laboratorio clandestino en Finlandia. «Kamo» se encargó de la compra de armas por toda Europa, así como de su transporte e introducción en el interior de Rusia.

En diciembre de 1905 resultó herido en un enfrentamiento armado con los cosacos. Le encerraron en el castillo de Metej, en Tiflis, donde fue torturado y obligado a cavar su propia tumba. Le llevaron dos veces al pie de la horca, antes de que se escapara de nuevo.

Al año siguiente se trasladó a Finlandia disfrazado de oficial del ejército, donde conoció a Lenin. En compañía de Krasin y vestidos ambos con uniforme del ejército ecuatoriano, compraron un cargamento de armas en Hamburgo que Ter-Petrosian trasladó al Cáucaso junto con un alijo de explosivos fabricados por Krasin. En el Cáucaso Ter-Petrosian dirigió varios asaltos a armerías y bancos, alguno de los cuales resultó fallido y estuvo apunto de perder su ojo izquierdo por la explosión imprevista de una de las bombas que portaba.

Los bolcheviques no sólo mantenían en secreto su actividad armada ante la policía zarista, sino también ante los mencheviques. Estaba a punto de celebrarse el Congreso de Londres, otro intento de unidad entre ambos grupos, y los mencheviques se oponían frontalmente a la lucha armada, especialmente las expropiaciones bancarias, que practicaban los bolcheviques.

Las acciones armadas no sólo salpicaban a los mencheviques sino a la propia socialdemocracia alemana. En un registro la policía descubrió en Berlín el almacén de papel que utilizaban los bolcheviques para falsificar dinero. Detuvieron a varios militantes y la prensa dijo que una parte de aquel alijo de papel se utilizaba para imprimir el periódico «Vorwärts» de la socialdemocracia alemana. Al unísono los reformistas, alemanes y rusos, respondieron insultando a los bolcheviques de la manera que hoy conocemos de sobra en España: anarquismo, terrorismo individual, delincuentes comunes…

En el mes de abril la dirección bolchevique (Lenin, Stalin, Krasin, Bogdanov y Litvinov) se reunió en Berlín para preparar el asalto al furgón blindado de Tiflis, la capital de Georgia. La información del traslado de fondos la llevaba Stalin. Se la había proporcionado Gigo Kasradze, un empleado del Banco del Estado, y Voznesensky, que trabajaba en la oficina de correos. Éste conocía la fecha exacta de un gigantesco movimiento secreto de dinero en efectivo previsto para el 13 de junio de 1907.

Al mes siguiente se celebró en Londres el congreso de unidad de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques siguieron con su chantaje. No podían cambiar la línea política de los bolcheviques pero, al menos, podían impedir sus espectaculares golpes de mano. Al fin y al cabo las acciones armadas también les comprometían a ellos, que aún formaban parte del mismo Partido. Para ellos era una fuente de disgustos. A cambio de preservar una cierta unidad, lograron que los bolcheviques se comprometieran a abandonar la lucha armada y disolver los comandos guerrilleros.

Pero para los bolcheviques la lucha guerrillera aseguraba su supervivencia a largo plazo casi tanto como su programa. El asalto al furgón blindado de Tiflis era un operativo que, si salía bien, les podía asegurar las finanzas durante un buen periodo de tiempo. Pero exigía un despliege importante por parte de la «brigada de hierro» del Cáucaso y, por lo tanto, un enorme riesgo. De madrugada «Kamo» había llegado a Tiflis en una carroza, disfrazado de oficial del ejército zarista. En un bar de la capital georgiana llamado Tiliputchuri reune a un equipo de 20 bolcheviques armados con bombas y revólveres para enfrentarse a dos diligencias escoltadas por la caballería zarista.

Mientras algunos se distribuyen por la Plaza de Erevan, hoy llamada Plaza de la Libertad, para esperar la llegada del convoy, otros vigilan desde los tejados. Precedidas por el ruido de los cascos de los caballos, las dos diligencias entran en la Plaza procedentes de la oficina de correos. En la que va el dinero viajan también el cajero y el contable junto con dos escoltas armados. La otra está repleta de policías.

El asalto se inicia con el resplandor de una bomba que estalla, seguida por una potente detonación y luego otras nueve más que se escuchan en toda la ciudad. Las cristaleras de los escaparates y las viviendas caen en pedazos. Con los policías y militares el comando bolchevique emprende un frenético tiroteo. Uno de los bolcheviques intenta entrar en el furgón del dinero. En ese momento uno de los caballos se espanta, arrastrando al furgón, hasta que Kupriashvili, otro de los miembros del comando, le lanza una granada que le detiene.

Entonces «Kamo» se acerca con su carroza y otro miembro del comando, Chibriashvili, introduce en ella las sacas con el dinero, llevándose 341.000 rublos. Quedan dentro otros 20.000 rublos, de los que se apodera uno de los conductores del furgón, que luego será detenido por el robo. En su huida «Kamo» se cruza con un vehículo de la policía, que se detiene para advertirle de que tenga cuidado porque acaba de producirse un ataque armado.

Nunca se había producido una acción armada de semejante envegadura. Fue la portada de toda la prensa del mundo. El zarismo alertó a la policía y a los militares. Se produjeron redadas por todo el país, pero el comando logró romper el cerco.

El problema fue el botín. Del total, unos 90.000 rublos eran billetes pequeños, fáciles de poner en circulación. Pero el grueso estaba en billetes de 500 rublos y la policía disponía del número de serie. Guardaron los sacos en casa de unos amigos de Stalin, donde los camuflaron dentro de colchones para no levantar sospechas. «Kamo» logró sacar una parte a Finlandia, donde entonces vivía Lenin. Con otra estuvo comprando armas y explosivos por Bulgaria, Francia y Bélgica. Pero la policía zarista logró encontrar su pista y cuando se desplazó a Berlín, le detuvieron. Al registrar su maleta le encontraron armas y explosivos.

La caza a los bolcheviques se extendió por toda Europa. Varios militantes fueron detenidos cuando cambiaban los billetes de 500 rublos en Estocolmo, Munich y Ginebra. Lenin tuvo que abandonar Finlandia para trasladarse a Suiza. En París a Litvinov le sorprendió la policía con 12 billetes robados. Krasin y Bogdanov lograron enviar una parte a Estados Unidos. Lenin ordenó quemar el resto.

Los mencheviques montaron en cólera. Se sienten traicionados e insultan públicamente a los bolcheviques en la prensa: criminales, bandidos, terroristas… El escándalo trasciende a la II Internacional y al conjunto del movimiento obrero internacional. Chicherin, que luego fue ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, abrió una investigación interna, de la que se desprendía que «Kamo» se disponía a colocar varios explosivos en la sede central de la banca Mendelssohn en Berlín.

Por consejo de Krasin, en la cárcel de Berlín «Kamo» simuló que estaba loco, por lo que después de un año y medio le extraditaron a Rusia, donde le volvieron a encerrar en el castillo de Metej, desde donde le llevaron a un siquiátrico del que volvió a escapar. Huyó a Alemania y luego escondido en un barco llegó hasta Paris, donde volvió a encontrarse con Lenin y con un panaroma muy desagradable: el partido bolchevique se había escindido. Lenin se fue por un lado y Bogdanov y Krasin por el otro. En lo personal fue una dura situación porque el georgiano se sentía «ardientemente ligado» a los tres, según escribió Krupskaia, la mujer de Lenin.

Pero había que continuar la tarea de comprar armas, así que «Kamo» se desplazó a Estambul donde fue detenido y casi inmediatamente logró ser liberado. De ahí pasó a Bulgaria, donde le ocurrió lo mismo: le volvieron a detener comprando armas pero Dimitri Blagoev, el fundador del comunismo ruso y búlgaro, volvió a lograr que le pusieran en libertad. Finalmente, le detienen en Tiflis en 1912 en un intento de expropiación de una sucursal bancaria. Le condenan a muerte pero, a última hora, le conmutan la pena por la cadena perpetua.

Ya no lograría volverse a fugar de la cárcel. No salió en libertad hasta la Revolución de Febrero de 1917. Cuando tras el triunfo de Octubre estalló la guerra civil, Ter-Petrosian se encargó de organizar la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos blancos. Luego estudió en la Academia Militar de Moscú. En 1922 murió en Tiflis en un accidente de circulación cuando conducía una bicicleta por la calle.

En sus memorias Krupskaia le definió así: audaz sin límites, ingenuo como un niño y de corazón ardiente.

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El mito de Normandía, el día D

Juan Manuel Olarieta
¿Qué país contribuyó más a la derrota del III Reich en la Segunda Guerra Mundial? En 1945 cualquier encuesta de opinión pública hubiera respondido a esa pregunta de una manera unánime: la URSS. Medio siglo después le han dado la vuelta a la historia: en un reciente sondeo realizado en Francia el 58 por ciento de los encuestados opinó que el artífice de la victoria fue Estados Unidos (1).

La propaganda logra resultados milagrosos. Es capaz de sacarnos hasta la evidencia de los ojos para poner otra cosa en su lugar y, a medida que pasa el tiempo, la historia deja de ser un asunto político para convertirse en cosa de los archivos, los bibliotecarios, los historiadores y las universidades. Pero para entonces la verdad importa una mierda porque necesitamos la verdad como presente, para la lucha de clases, no como fósil.

Suele ocurrir cuando alguien se ve acorralado y parece que te pregunta, cuando en realidad afirma: ¿te crees en posesión de la verdad? Pues si alguien era poseedor de la verdad, se la han robado, como ese sondeo demuestra. Puestos a robar, la burguesía te roba hasta la verdad. Pero si te roban la verdad es porque existe, lo cual contradice a los agnósticos, esos que van por ahí acusando a los demás de dogmáticos por decir que la verdad existe. Ellos creen que sólo hay opiniones subjetivas, que nada es verdad ni es mentira, que todo es del color del cristal con que se mira…

El robo de la verdad es igual que el de la cartera, es decir, no es una opinión, no es discutible. Lo que ocurre es que cuando la propaganda burguesa va logrando sus objetivos, te ponen contra las cuerdas, te convierten en un bicho raro. En historia a eso le llaman «revisionismo»: cuando hay un canon histórico impuesto por los investigadores, cualquier otro criterio se mira con malos ojos y entonces ocurre lo de siempre: al historiador lo tachan de autor «polémico», «discutido» y «controvertido». Le ocurre a Grover Furr, por ejemplo. A diferencia de los demás historiadores, no se apoya en hechos sino en teorías que no están bien demostradas; no tiene pruebas de lo que sostiene…

¿Os dáis cuenta? Ya podéis poneros a la faena ahora mismo y demostrarles a esa mafia de historiadores, periodistas y tertulianos que fue la URSS quien llevó a cabo el peso decisivo en la derrota del III Reich. ¿Tenéis pruebas o no? Da lo mismo. Una vez que tengáis las pruebas en la mano no cantéis victoria: vuestras pruebas os convencen a vosotros pero no a ellos. ¿Os habéis creído muy listos o qué?, ¿Acaso sabéis vosotros más que un catedrático de la Universidad de Princeton?

Normandía fue el origen de un mito contemporáneo que dura 70 años: el de Europa «occidental», el del mundo libre y Estados Unidos como su guardián. Si en España le debemos la libertad al rey, en Europa se la debemos a Estados Unidos. El primero nos libró del franquismo y el segundo del nazismo. A ver si os enteráis de una vez. Eso es lo que pone en los libros de historia y no hay más que hablar.

Las universidades no son diferentes a Hollywood, los comics o las tertulias de la tele. Los héroes de la libertad son los que todos conocemos: generales como Eisenhower, Patton, MacArthur y, en segundo plano, el inglés Montgomery. ¿La resistencia? ¿La guerrilla? ¿Las masas son las protagonistas de la historia? Ni hablar. Quien liberó a Francia de la ocupación nazi fue De Gaulle hablando por la radio desde Londres. Sin pegar un tiro. Fue la mejor demostración de que, por difíciles que se pongan, las cosas se pueden cambar pacíficamente, lanzando soflamas por los micrófonos de la BBC.

Stalin, la URSS y el Ejército soviético no salen en las películas. ¿Es posible convencernos de que es a alguien como Stalin al que Europa le debe lo que conquistó en la posguerra? ¿Stalin puede ser el artífice de la libertad? No nos entra en la cabeza. Lo que hizo Stalin fue repartirse el mundo en 1945 con Roosvelt y Churchill como si fuera un pastel de cumpleaños. Porque una vez que estéis a punto de convencer a vuestro interlocutor, se escapará de esa manera: son todos iguales. Cualquier cosa antes que reconocer la verdad.

Es así de curioso. Si en lugar de discutir sobre algo concreto, como Normandía, el debate es más general, no cabe duda de lo que te van a decir: la verdad siempre resplandece por sí misma, estoy dispuesto a dejarme convencer por tus argumentos… Es mentira. Como todo, la verdad es una guerra, una lucha o, por decirlo de otra manera, una contradicción. Ni siquiera es un acto de la inteligencia o del conocimiento, sino también de la voluntad, como decía Gramsci (2). Dejaros de bobadas: no sólo hay quien no quiere saber la verdad sino que no quiere saber nada de nada. Hay quien vive mejor con la mente en blanco. ¿Como os creéis que vais a convencer a alguien así, que no quiere saber nada? Ahora empezar a preguntaros por qué no quiere saber nada…

Ya habéis escuchado las noticias, ahora os contaré la verdad: si las cosas siguen como hasta ahora, los niños en el futuro creerán que la Segunda Guerra Mundial se desató porque la URSS atacó alevosamente al III Reich, que fue derrotado porque Estados Unidos se equivocó de bando, porque Roosvelt debió aliarse con Hitler. Lo leerán en un manual de historia contemporánea de la Universidad de Princeton que escribirá un prestigioso profesor de la misma. Los que no leen ese tipo de libros lo verán en un documental de la tele, o en una entrevista por la radio, o en el Facebook, o en un artículo de la revista Muy Interesante, o en… No se en dónde; de lo que estoy convencido es de que se lo harán leer por cojones.

(1) Frédéric Dabi: 1938-1944: Des accords de Munich à la libération de Paris ou l’aube des sondages d’opinion en France, febrero de 2012, http://www.revuepolitique.fr/1938-1944-laube-des-sondages-dopinion-en-france/

(2) Hay que poner a la voluntad en la base de la filosofía, escribió Gramsci (Antología, pg.435).

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Los stalinistas que sacaban petróleo de las piedras

Casi cada párrafo de la última bufonada de Luis Felip López-Espinosa, publicado recientemente por Rebelión (1), me ha divertido, sobre todo cuando enuncia su pretensión de no redactar “el típico manual de marxismo”. Que no se preocupe: su manual no tiene nada que ver con el marxismo. Es una colección de tópicos revisionistas entre los que no podía faltar una alusión al “periodo stalinista” y al caso Lysenko “que entorpecieron el trabajo científico de numerosos intelectuales comunistas” (pg.55). Si en la URSS los intelectuales “comunistas” hubieran sido de la catadura de López-Espinosa no hubieran necesitado ni a Stalin ni a Lysenko: son tan torpes que se entorpecen ellos mismos.

No quiero ni imaginar lo que López-Espinosa entiende por “trabajo científico”, pero es posible que sea ese alpiste indigesto que nos sirven procedente de las universidades anglosajonas, lo mismo que si fuera comida rápida aderezada con tragos Pepsi-Cola light. Según él la ciencia se mantiene “como referente de toda la comunidad científica durante un periodo largo de tiempo” (pg.14). Por eso me siento aliviado cuando López-Espinosa asegura que “el marxismo no es una ciencia, afortunadamente”. Es más, si a eso le llaman ciencia, el marxismo no sólo no es una ciencia sino que está en contra de esa “ciencia” y de “toda la comunidad científica” que López-Espinosa utiliza como “referente”.

También es normal que afirmen que en la URSS no hubo tal chapuza de “ciencia” y que se lancen a largar, como López-Espinosa, lo primero que les viene a la cabeza sobre Lysenko, sin tener ni la más remota idea del asunto. Ni falta que les hace; parece ser que ellos llaman “ciencia” a ese estilo insustancial de escribir. Por eso no puede extrañar que en los países capitalistas la “ciencia” siga degenerando a pasos agigantados y a un desvarío le siga otro, como si se tratara de un concurso de alucinados.

Como cualquier otro movimiento, la ciencia avanza en forma de contradicciones, de polémicas y de debates. Por eso algunas de las obras científicas de Galileo llevan el título de “diálogo” precisamente. Se trata de discusiones que teatralizan un debate, preguntas que exigen respuestas y respuestas que suscitan nuevas preguntas. A lo largo de la historia del pensamiento humano nunca ha existido nada parecido a esa “comunidad científica” que López-Espinosa convierte en “referente” de no se sabe qué. Quizá de que a Giordano Bruno le quemaran en la hoguera, una buena muestra de que junto a esa “comunidad científica” que ejerce de tribunal de la inquisición, están los herejes y las brujas.

Donde no hay una pugna abierta de tesis contrapuestas no hay ciencia. A lo largo del siglo XX donde más progresó (y más rápidamente) la ciencia fue en la URSS, gracias -entre otras cosas- a los debates que se entablaron entre los científicos, algo a lo que no estamos acostumbrados en los países capitalistas, donde la ciencia es un trágala perro cuyo altavoz son esas revistas especializadas tan “prestigiosas” que se editan en Estados Unidos y Gran Bretaña y que sólo en raras ocasiones publicaron los artículos de los científicos soviéticos. En realidad, antes y ahora, no publican más que lo suyo.

Los debates científicos que se entablaron en la URSS fueron censurados porque el mensaje que tienen que inculcar acerca de aquella época es que nadie se atrevía a debatir porque era una dictadura en la que Stalin lo daba ya todo prefabricado. Pero hay algo aún peor que el silencio, la manipulación, y donde los imperialistas no pueden imponer el silencio, sus secuaces revisionistas imponen la manipulación. El ejemplo más evidente es lo que López-Espinosa califica como “caso Lysenko”, que él a su vez tergiversa sin pudor para ocultar lo más básico del “caso”: que el imperialismo orquestó toda una campaña mundial de descrédito en torno a un debate en el que participaron más de 700 científicos (2).

Lo mismo sucedió con la geología. Tres años después del congreso sobre biología se convocó otro sobre geología del petróleo en el que a Nikolai A. Kudriavtsev le tocó el papel de Lysenko para enunciar otra tesis a contrapelo del alpiste anglosajón: el origen abiótico y profundo del petróleo, que choca con las tesis dominantes acerca de su origen fósil. Buscar un artículo de Kudriavtsev que haya sido traducido y publicado por alguna de esas revistas “científicas” es como buscar una aguja en un pajar. No merece la pena esforzarse.

Las tesis de Kudriavtsev no eran tan novedosas. Ya fueron anticipadas a mediados del siglo XIX por el francés Berthelot y el ruso Mendeleiev. Resurgen en la URSS tras la II Guerra Mundial, como cualquier otro avance del pensamiento humano, por una necesidad acuciante: porque el petróleo es una materia prima que, como ya explicó Lenin, tiene un carácter estratégico. Los yacimientos de Bakú presentaban síntomas de agotamiento y los imperialistas pretendieron seguir asfixiando a la URSS, impidiéndole el acceso al petróleo de Oriente Medio.

Como era característico, la URSS movilizó a miles de científicos, no sólo para buscar nuevos pozos sino para replantear todas y cada una de las tesis admitidas en la ciencia acerca de la geología del petróleo. Todo se puso patas arriba: universidades, laboratorios, centros de investigación, expediciones científicas… Fue el proyecto científico más ambicioso de la URSS desde los tiempos del Goelro, el plan leninista de electrificación aprobado en 1920. En poco tiempo se publicaron unos 4.000 artículos, además de libros científicos sobre el petróleo, una campaña de expansión científica que no conoce ninguna clase de precedentes, la mayor y más rapida concentración bibliográfica sobre ciencia… a la que las caciquiles universidades occidentales siguen abolutamente ajenas. Naturalmente. Les basta el trágala perro.

Como en el caso Lysenko, si se examina -aunque sea superficialmente- toda esa gigantesca producción científica, por encima de la cantidad lo que destaca es la diversidad de tesis enfrentadas, las críticas y autocríticas y, en definitiva, la libertad de creación científica. A lo largo de un debate que se prolongó durante 20 años, algunos geólogos admitieron que nunca había habido ninguna revisión crítica similar de la hipótesis dominante sobre el origen fósil del petróleo.

El geólogo comunista I.M.Gubkin, precursor de la minería del petróleo en la URSS, había demostrado que la teoría lleva a la práctica y la práctica a la teoría (3). Las tesis de Kudriavtsev no sólo eran científicamente correctas sino que además dieron los frutos esperados. Hoy en Rusia las prospecciones aciertan en un 60 por ciento de los pozos que perforan, mientras que en Estados Unidos el porcentaje baja a sólo un 10 por ciento. La URSS puso a Rusia a la cabeza de la geología del petróleo. Aún sigue viviendo de los réditos científicos de la época soviética, que la han convertido en la mayor productora mundial de hidrocarburos.

Siguiendo las teorías de Kudriavtsev, en 1981 los soviéticos encontraron petróleo en los sitios más insospechados, a grandes profundidades, como el pozo del Tigre Blanco (Bach Ho), en las costas de Vietnam, a 5 kilómetros de profundidad, donde la Exxon se había quedado con las manos vacías. Aún hoy la empresa que explota el yacimiento utiliza una marca comercial, Vietsovpetro, que con la hoz y el martillo no deja lugar a dudas sobre su origen histórico. Como dice su página web, excavado en roca basal, el Tigre Blanco se ha convertido en un foco de atención para los científicos de todo el mundo (4).

Los mandarines actuales que manejan la “ciencia” y sus circuitos intelectuales van a tener que cambiar a marchas forzadas sus viejos y ridículos prejuicios. Les ha costado medio siglo mantener a la geología con la boca cerrada y ya se empiezan a tirar de los pelos. Por fin en 2003 la Asociación Americana de Geólogos del Petróleo convocó una Conferencia en Londres para discutir la teoría de Kudriavtsev. Lograron aplazar el debate para el año siguiente en Viena y luego lo trasladaron a Calgary (Australia)… En este asunto la “comunidad científica” de López-Espinosa sólo lleva 60 años de retraso respecto a la soviética. El investigador estadounidense F. William Engdahl los ha calificado como “intelectuales fósiles”, y se ha quedado muy corto.

Las tesis de Kudriavtsev no sólo cambiaron la fisonomía de la URSS sino que, teniendo en cuenta el peso del petróleo en las estrategias del imperialismo, pueden cambiar muchas otras cosas en el futuro. Si se mantienen en el silencio quizá sea porque no interesa que esas cosas cambien, que todo siga igual.

Mientras tanto la CNN califica de “disidentes” a los científicos que siguen las tesis de Kudriavtsev, al más puro estilo de la guerra fría en un artículo cuya lectura no tiene desperdicio (5). En fin, seguimos como en los más tenebrosos momentos de la Edad Media. A un lado está “toda la comunidad científica” y en el opuesto los herejes, los disidentes y todos los demás que -como Stalin, Lysenko y Kudriavtsev- dedican sus esfuerzos a entorpecer a los anteriores. Pero gracias a esta brujería petroquímica en Vietnam extraen 280.000 barriles diarios de petróleo, literalmente de las piedras. Un verdadero akelarre.

(1) Ser social y conciencia política, Rebelión, 25 de marzo de 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=182448
(2) Lysenko. La teoría materialista de la evolución, http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/trip/lysenko.html
(3) S.I.Mironov: I.M.Gubkin. An example of the close association of the scientific creative with the practical, en Petroleum Geology: A digest of russian literature on Petroleum Geology, 1959, vol. 3, núm. 4A. pgs. 209 y stes.
(4) Vietsovpetro, http://www.vietsov.com.vn/Pages/introduction_en.aspx
(5) Oil Without End? Revisionists say oil isn’t a fossil fuel. That could mean there’s lots more of it, 17 de febrero de 2003, http://money.cnn.com/magazines/fortune/fortune_archive/2003/02/17/337289/

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Memoria Histórica

En toda Europa los nazis ocupan el sitio que les corresponde

Los hipócritas se rasgan las vestiduras. En Europa sorprende la proliferación de organizaciones nazis por todas partes. Por ejemplo, en Ucrania. Para empezar, las llaman neonazis, como si efectivamente fueran nuevas y hubieran resurgido después de desaparecer. Dicen que en toda Europa -pero especialmente en el este- el fascismo está en auge… Otra vez.Cuando se refieren a los neonazis no aluden al Estado sino a una constelación difusa de grupúsculos, como si fuera posible diferenciar ambas cosas: el Estado burgués, por un lado, y los movimientos nazis, por el otro. Esto demuestra que alguien no ha entendido la historia del III Reich desde 1922 y no puede, por ello, explicar cómo fue posible que un burdo sicario como Hitler llegara a las más altas cumbres de la Cancillería.

Naturalmente que cuando algo no se explica, resulta sorprendente, como si fuera un milagro. La resurrección de los muertos no existe. El fascismo tampoco resucita. Si los nazis habían sido derrotados en 1945, ¿por qué reaparecen?, ¿por qué la jauría nazi vuelve a acaparar los titulares de los medios?

Cuando vemos que los perros andan sueltos tenemos todo el derecho a preguntar: ¿dónde están los dueños?, ¿por qué todos hablan de los perros y nadie habla de sus dueños? ¿Están tratando de desviar la atención?

Por supuesto, es igualmente claro que la relación de los nazis -y del fascismo en general- con el imperialismo -y específicamente con el imperialismo estadounidense- está ausente por completo. Por ejemplo, ya nadie se acuerda de la Ruta de las Ratas, la Operación Paperclip o Gladio. Tampoco de la masacre de Piazza Fontana en Milán en 1969, cuando una bomba asesinó a 17 personas, un crimen cometido al alimón por los fascistas, la OTAN y el propio Estado. Pero, ¿no había sido derrotado el fascismo en Italia?

Seamos claros: no es posible explicar absolutamente nada de lo que está pasando en Europa porque los ingredientes más básicos de esta situación se están ocultando, y eso no es ninguna casualidad.

Seamos más claros todavía: nos estamos dejando engañar por todos esos papanatas domesticados que relacionan al fascismo con el pasado, con el brazo en alto, la cruz gamada o la svástica, es decir, con los símbolos y no con lo que ya nos advirtió la Internacional Comunista y de lo que no queremos hacer ningún caso porque -faltaba más- los comunistas estaban equivocados, para variar.

Para referirse a esta maraña de confusión en la que nos enredan, la Internacional Comunista acuñó el término «socialfascismo», que son todos esos hipócritas como Beiras que -cada vez más- tienen al fascismo en la boca, al que identifican con el PP, por ejemplo. Para escapar del fascismo hay que dejar de votar al PP y hay que votar… ¿A quién? No importa, a quien sea. Por ejemplo a Beiras. El caso es votar.

El fascismo resultaría imposible sin esos monaguillos, como Pablo Iglesias, que le lavan la cara, tanto a Suárez, el audaz piloto de la transición, como a Zapatero, un referente progresista mundial y alternativo a Estados Unidos… por más que instalara el escudo antimisiles en Rota. El fascismo necesita del socialfascismo, de pintamonas, demagogos y trepas de esa calaña. El socialfascismo, decía la III Internacional, es el brazo izquierdo del fascismo, lo cual a algunos les parece una disculpa: están en el costado izquierdo.

Pero lo que más está sorprendiendo es que haya nazis -y que haya tantos nazis además- en los países del este de Europa. No debería ser tan sorprendente: la mayor parte de los criminales de la Waffen SS no eran alemanes, sino de esos países. Desde la caída de la URSS las SS desfilan por Riga cada año. Entonces, ¿no sirvieron para nada la II Guerra Mundial ni el socialismo? La URSS y los demás países del este de Europa sólo habían tendido un velo por encima de algo que seguía subsistiendo, alimentado por el imperialismo estadounidense, lo mismo que en occidente.

Una vez desmantelada la URSS empezamos a entender algo, tenemos una dimensión más precisa de lo que ocurrió y de la necesidad de recurrir a los métodos draconianos que se pusieron en funcionamiento en Moscú desde 1936, en Budapest en 1956 o en Praga en 1968. El que no quiera ver el paralelismo de esos sucesos con Ucrania es porque mira para otro lado. De cualquier manera no cabe olvidar que el fascismo no se erradica por decreto, ni basta tampoco el NKVD ni la Stasi, ni el gulag.

Es algo muy curioso. Ahora son muchos los que se quejan de que los Estados «democráticos» europeos no hacen nada frente al auge del fascismo, la persecución a los antifascistas, los gitanos o los emigrantes. Al respecto se nos ocurren dos reflexiones. La primera es que si a pesar de la experiencia histórica un Estado no hace nada frente al fascismo es porque ese Estado no es tan democrático como dicen: promueve el auge del fascismo porque es fascista. La segunda es que no somos congruentes: nunca nos ha parecido bien que en los años treinta un Estado como la URSS hiciera frente al fascismo de una manera consecuente. A eso le llamamos dictadura; la democracia consiste en dejar las puertas abiertas al fascismo.

La lucha contra el fascismo es algo democrático que nosotros mismos debemos emprender ahora mismo. Sin tregua, sin concesiones. No lo dejemos para ningún Estado, ni siquiera para el más revolucionario. Y menos para el futuro porque el fascismo ya está aquí. Nunca se ha ido.

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Noticias

La sublevación de Kronstadt

En marzo de 1921 los marineros de la fortaleza naval de Kronstadt, en el golfo de Finlandia, se levantaron contra el gobierno bolchevique y establecieron una comuna contrarrevolucionaria que sobrevivió durante 16 días, hasta que el gobierno presidido por Lenin envió al Ejército Rojo a través de un mar helado, que logró aplastarla. Defendiendo la revolución socialista perdieron la vida 1.385 soldados y oficiales del Ejército Rojo; otros 2.577 resultaron heridos.

El motín de Kronstadt es el centro de una polémica histórica en la que chocan tesis diametralmente opuestas. Sucede como con mayo de 1937 en Barcelona: lo que para los comunistas fue una contrarrevolución, los demás lo convierten en una revolución y, a falta de otros méritos, se desviven por apuntarse a ella. Hoy de Kronstadt sólo se acuerdan los anarquistas, pero es porque los demás han desaparecido. Ya no hay mencheviques, ni eseristas, ni zaristas, ni kadetes, ni guardias blancos. Entonces parece que quienes dirigieron Kronstadt fueron ellos, los anarquistas, una vez más enfrentados a los comunistas.

En Kronstadt y en mayo de 1937 se produce otra coincidencia: los anarquistas, que se consideran a sí mismos como revolucionarios, saltan al ruedo rodeados de muy malas compañías. En el caso de Kronstadt van de la mano de los reaccionarios, los zaristas y la guardia blanca, pero también de los reformistas, los mencheviques y los eseristas. La revolución francesa ya forjó una Santa Alianza en el bando opuesto. Las uniones sin principios, las coincidencias oportunistas, son típicas de cualquier revolución, donde siempre aparece, además, alguien que se cree más revolucionario que la misma revolución.

Los comunistas se han quedado solos y con fama de represores, ya no sólo de la reacción sino de los auténticos revolucionarios. ¿Cómo es posible que fuerzas sociales tan dispares aprieten sus filas contra los comunistas? Según los anarquistas Kronstadt fue la tercera revolución rusa, una continuación de las de febrero y octubre de 1917. Si eso es así, ¿cómo es posible que los reaccionarios, lo más negro del zarismo, la apoyen?, ¿es posible que la contrarrevolución defienda la revolución?

El ejemplo más clamoroso de esa Santa Alianza anarco-zarista se produjo el 10 de enero de 1994 cuando Boris Yeltsin se unió a ella para defender oficialmente la revuelta contra el poder soviético y rehabilitar la memoria de los amotinados. Contra la URSS siempre ha valido todo, cualquier argumento es bueno, ni siquiera las mentiras han importado nunca.

No obstante, cualquier mentira tiene las piernas cortas. La declaración de Yeltsin en 1994 condujo a un error capital por parte de los mentirosos, sobre todo de quienes se creen sus propias fabulaciones: abrió los archivos históricos, que luego condujeron a la publicación en 1999 de una enorme colección de documentos originales en la editorial de la Agencia Federal de Archivos de Rusia.

La leyenda de Kronstadt, como todas las demás leyendas antisoviéticas, se hundió. Los documentos confirman, sin ningún género de dudas, la naturaleza contrarrevolucionaria del alzamiento de Kronstadt.

Los impacientes no necesitaron tanto tiempo. En 1970 el historiador Paul Avrich, un anarquista originario de Odesa (Ucrania) y profesor de la Universidad de Queens, en Nueva York, ya descubrió documentos originales, como el “Memorándum para organizar un levantamiento en Kronstadt” de los zaristas en el que se detalla la situación militar y política dentro de la fortaleza y el plan para reclutar a un grupo de marineros para utilizarlos contra los soviets. En su obra sobre el levantamiento Avrich reconoció “que los bolcheviques estaban justificados en someter” a los amotinados de la fortaleza.

Sin embargo, Avrich también afirmó que no había ninguna evidencia de vínculos entre los marineros y los guardias blancos antes de la revuelta. Los comunistas estaban mintiendo al equiparar a ambos. Es más: las pruebas que proporcionaban era harto sospechosas ya que procedían de la Cheka, la temible policía soviética, y consistían en confesiones de los detenidos, seguramente obtenidas bajo torturas, etc.

Los documentos que se publicaron en 1999 son aplastantes y proceden de una gama de fuentes que no puede ser más variopinta, ya que además de las soviéticas, incluye informes de las potencias imperialistas, de los zaristas, mencheviques, eseristas y anarquistas. No hubo ninguna clase de torturas a los detenidos porque no hacía falta. Kronstadt fue una contrarrevolución. Los marineros que dirigieron el motín estaban en contacto y actuaban por cuenta de los zaristas. Las declaraciones de los que confesaron durante su detención coinciden exactamente con los testimonios de los 8.000 que escaparon.

Después de aplastar el motín la Cheka abrió una investigación que llevó a cabo Yakov S. Agranov, quien el 5 de abril de 1921 informó a la dirección de la policía soviética que “el levantamiento adquirió un carácter sistemático y fue dirigido por las experimentadas manos de los viejos generales”, o sea, por los más altos militares zaristas.

A los anarquistas se les llena la boca con la libertad. En la URSS ellos querían soviets libres y cuando hablan de «libres» se refieren a soviets libres de comunistas, por lo que no quieren acordarse de que el levantamiento empezó encarcelando al comisario de la Flota del Báltico, Nikolai Kuzmin y otros dirigentes comunistas para que no pudieran exponer sus puntos de vista en las asambleas y acallar los falsos rumores que propagaba la contrarrevolución. La libertad consiste en que sólo hablen ellos. El testimonio presencial de un comunista sobre la asamblea del soviet fue el siguiente:

“En medio de la conmoción y el pánico se pidió apresuradamente un nuevo voto sobre algo. Unos minutos después, el presidente de la reunión, Petrichenko, silenció a la asamblea y anunció que ‘El Comité Revolucionario, formado por este Presidium y elegido por ustedes, declara: ‘todos los comunistas presentes deben ser detenidos y no deben ser puestos en libertad hasta que se aclare la situación’. En dos o tres minutos, todos los comunistas presentes fuimos detenidos por marineros armados”.

Stepan Petrichenko, según el anarquista Avrich, fue el marino de Kronstad más destacado en la dirección de la revuelta y previamente a ella ya había intentado unirse a los zaristas. Tras su fracaso huyó a Finlandia, se alió con los guardias blancos emigrados para imponer en la URSS una “dictadura militar temporal” que remplazara al gobierno soviético.

Unos 300 comunistas fueron detenidos en la sublevación; muchos más tuvieron que esconderse o huir. Aunque dicen que están en contra del poder, en Kronstadt, lo mismo que en la II República, los anarquistas se apoderaron de las cárceles. El comandante del presidio era el anarquista Stanislav Shustov, quien propuso fusilar a los comunistas detenidos y la amenaza de ejecuciones masivas de comunistas estuvo a punto de cumplirse. En la madrugada del 18 de marzo, Shustov puso una ametralladora fuera de la celda donde estaban 23 presos comunistas, que salvaron su vida gracias al avance del Ejército Rojo sobre el hielo.

Los amotinados suprimeron el soviet, elegido democráticamente, poniendo en su lugar a un “Comité Revolucionario Provisional” que -en contra de lo que dijo Petrichenko- se eligió a sí mismo y declaró que asumía todo el poder en la fortaleza naval, que es la manera en que los anarquistas acaban con el poder: quedándoselo para sí mismos.

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Memoria Histórica

La masacre de Katyn

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, la frontera entre Rusia y Polonia fue establecida a lo largo de una línea que paso a conocerse como la línea Curzon, siendo Lord Curzon el hombre de estado británico que la propuso.

Esta línea de demarcación no era del agrado de los polacos, que pronto entraron en guerra contra la Unión Soviética para hacer retroceder sus fronteras hacia el este. La Unión Soviética contraatacó y estaba preparada no solamente para defenderse a sí misma, sino también, y en contra de los consejos de Stalin, para liberar a Polonia entera. Stalin consideraba que tal propósito estaba condenado al fracaso, porque según él el nacionalismo polaco todavía era muy fuerte. Los polacos habían dejado claro que NO querían ser liberados por lo que no valía ni la pena intentarlo. De ahí que los polacos opusieran una feroz resistencia al avance de los soviéticos. En último momento la unión Soviética se vio forzada a retirarse e incluso a ceder territorios al este de la línea Curzon a Polonia. Los territorios en cuestión eran el oeste de Bielorrusia y el oeste de Ucrania (unos territorios inmensamente más poblados por bielorrusos e ucranianos respectivamente, en comparación con la población polaca). Todos estos incidentes no podían sino exacerbar la desconfianza mutua entre polacos y rusos…

El 1 de septiembre de 1939, la Alemania Nazi invadió Polonia. El 17 de septiembre, la Unión Soviética movilizó sus fuerzas para reocupar aquellas partes de Polonia que se encontraban al este de la línea Curzon. Tras haber ocupado estos territorios, la Unión Soviética inició el reparto de la tierra a los campesinos e implementó el tipo de reformas democráticas que son tan populares para el pueblo e muy impopulares para los explotadores. Durante la batalla para retomar los territorios al este de la línea Curzon, la Unión Soviética capturó a unos 10 000 oficiales polacos, que se convirtieron en prisioneros de guerra. Estos prisioneros fueron luego llevados a unos campos en el territorio disputado y se les puso a trabajar en la construcción de carreteras, etc.

Dos años más tarde, el 22 de junio de 1941, la Alemania Nazi atacó esa a la Unión Soviética por sorpresa. El Ejército Rojo se vio forzado a retirarse urgentemente y Ucrania fue ocupada por los alemanes. Durantes esta retirada urgente no fue posible evacuar a los prisioneros polacos de guerra hacia el interior del país. El jefe del campo nº 1, el Mayor Vetoshnikov, declaró que había solicitado al jefe de tráfico de la Sección de Smolensk de los Ferrocarriles del Este que se le proporcionaran vagones para la evacuación de los prisioneros pero le respondieron que esto estaba lejos de ser posible. El ingeniero Ivanov, que había sido Jefe de Tráfico en aquella época, confirmó que no había vagones que compartir. “Además,” dijo, “no podíamos enviar vagones a la línea Gussino, donde estaban la mayoría de los prisioneros polacos, porque aquella línea ya estaba en la línea de fuego”. El resultado fue que, debido a la retirada soviética del territorio, los prisioneros polacos se convirtieron en prisioneros de los alemanes. En abril de 1943, los hitlerianos anunciaron que los alemanes habían encontrado varias fosas comunes en el bosque de Katyn, cerca de Smolensk, que tenían enterrados los cadáveres de cientos de oficiales polacos supuestamente asesinados por los rusos.

Este anuncio fue preparado para minar más en adelante los esfuerzos de cooperación de polacos y rusos para derrotar a los alemanes. La alianza ruso-polaca siempre fue dificultosa porque el gobierno polaco en el exilio, instalado en Londres, era obviamente un gobierno de las clases explotadoras. Tenía que enfrentarse a los alemanes debido a la posterior cínica invasión de su país para el lebensraum. La posición de la Unión Soviética era que mientras ésta pueda conservar el territorio al este de la línea Curzon, no tendría ningún problema en que se restableciera un gobierno burgués en Polonia. Pero la alianza ya se encontraba en dificultades porque el gobierno polaco en el exilio, liderado por el general Sikorski, instalado en Londres, no estaba dispuesto a que se devolvieran estos territorios. Y esto pese a que en 1941, cuando Hitler invadió Polonia, la Unión Soviética y el gobierno polaco en el exilio no solamente establecieron relaciones diplomáticas sino que además acordaron que la Unión Soviética financiaría “bajo las órdenes de un jefe designado por el gobierno polaco en el exilio pero aprobado por el gobierno soviético” la formación de un ejército polaco, siendo este jefe el general Anders (un prisionero de los soviéticos desde 1939), un antisoviético redomado. El 25 de octubre de 1941 este ejército ya tenía 41 000 hombres, incluyendo 2630 oficiales. No obstante el general Anders rechazaría ulteriormente luchar en el frente germano-soviético por la disputa por la frontera entre la Unión Soviética y Polonia, y el ejército polaco tuvo que ser enviado a otro lugar para luchar, en concreto Irán.

Sin embargo, pese a las hostilidades del gobierno polaco en el exilio, hubo una parte importante de los residentes polacos en la Unión Soviética que no eran antisoviéticos y que aceptaron la reclamación soviético de los territorios al este de la línea Curzon. Muchos de ellos eran judíos. Estos ciudadanos formaron la Unión de Patriotas Polacos que fue la columna vertebral de un gobierno polaco alternativo en el exilio.

La propaganda nazi en relación a la masacre de Katyn fue preparada para volver imposible el que los soviéticos pudieran hacer cualquier trato con los polacos. El general Sikorski utilizó la propaganda nazi para vengarse, afirmándole a Churchill que tenía “abundantes pruebas”. El cómo había obtenido estas “pruebas” de forma simultánea al anuncio alemán de esta supuesta atrocidad soviética no está claro, aunque dice mucho sobre la colaboración secreta entre Sikorski y los nazis. Los alemanes habían hecho pública su acusación el 13 de abril. El 16 de abril el gobierno soviético emitió un comunicado oficial en el que negaba “las fabricaciones calumniosas sobre los supuestos fusilamientos en masa por órganos soviéticos en el área de Smolensk durante la primavera de 1940”. Añadió:

“La declaración de los alemanes no deja ninguna duda acerca del fatal destino de los antiguos prisioneros de guerra polacos, que en 1941 fueron contratados para obras de construcción en el área oeste de Smolensk y que, junto con muchos otros ciudadanos soviéticos, han caído en manos de los verdugos alemanes tras la retirada de las tropas soviéticas”.

Con la fabricación de esta historia, los alemanes decidieron adornarla con un toque antisemita, afirmando que podían dar los nombres de oficiales soviéticos encargados de la masacre que tenían todos nombres judíos. El 19 de abril Pravda respondió lo siguiente:

“Sintiendo la indignación de toda la humanidad progresista por su masacre de civiles pacíficos, y en particular de judíos, los alemanes ahora tratan de provocar la ira de gente crédula contra los judíos. Por este motivo han inventando toda una colección de ‘comisarios judíos’ que según ellos participaron en la masacre de 10 000 oficiales polacos. Para tales expertos en falsificación no ha sido difícil inventarse un par de nombres de gente que nunca ha existido – Lev Rybak, Abraham Brodninsky, Chaim Fineberg. Ninguna de esas personas ha existido jamás, ni en la ‘sección de Smolensk del GPU’ ni en ningún otro departamento del NKVD…”

La insistencia de Sikorski en querer divulgar la propaganda alemana llevó a la total ruptura de relaciones entre el gobierno polaco en el exilio de Londres y el gobierno soviético – tal como lo comentó Goebbels en su diario:

“Esta ruptura supone en un ciento por ciento una victoria de la propaganda alemana y especialmente para mí personalmente… hemos sido capaces de convertir el incidente de Katyn en una importante cuestión política”.

Al mismo tiempo la prensa británica condenaba a Sikorski por su intransigencia:

El diarioThe Times del 28 de abril escribió: “Es sorprendente y lamentable que los que tenían muy buenas razones para comprender la perfidia y la ingenuidad que había en la maquinaria de propaganda de Goebbels, hayan caído ellos mismos en la trampa que había creado. Era difícil que los polacos hubiesen olvidado el volumen de propaganda que se difundió ampliamente durante el primer invierno de la guerra y que describía con todo lujo de detalles unas evidencias circunstanciales, incluyendo una fotografía, que mostraban unas supuestas atrocidades polacas contra los pacíficos habitantes alemanes de Polonia”.

Lo que hay detrás de la insistencia de Sikorski en que la masacre haya sido perpetuada por los soviéticos antes que por los alemanes, es la disputa del territorio al este de la línea Curzon. Sikorski estaba tratando de utilizar la propaganda alemana para movilizar al imperialismo occidental en defensa las exigencias polacas sobre este territorio, de evitar pues, tal como él lo vio, que tomaran partido por la Unión Soviética en la cuestión de la disputa de esta frontera.

Cuando leemos hoy en día las fuentes burguesas, vemos que todas aseguran que la Unión Soviética era responsable de la masacre de Katyn, y lo hacen con tanta seguridad y frecuencia que al tratar de argumentar lo contrario uno se siente como un nazi revisionista intentando negar la masacre de judíos por Hitler. Después de la desintegración de la Unión Soviética, Gorbachov se sumó a esta campaña de desinformación y produjo material que supuestamente provenía de los archivos soviéticos que ‘demostraba’ que los soviéticos cometieron esa atrocidad, y que por supuesto lo hicieron por órdenes de Stalin. Conocemos el interés que todos los Gorbachovs tenían en satanizar a Stalin. Su objetivo no era tanto Stalin como el socialismo. Al denigrar el socialismo, su propósito era el de restablecer el capitalismo y de disfrutar de unas vidas de lujo parasítico para ellos y sus lacayos en detrimento del sufrimiento colectivo de los pueblos soviéticos. Su cinismo equivale al de los nazis alemanes y no nos podemos sorprendernos al verles cantar con la misma cantinela.

Las fuentes burguesas afirman despreocupadamente que las pruebas ofrecidas por los soviéticos que culpaban a los alemanes son totalmente inexistentes o bien se basan en testimonios de habitantes aterrorizados de la región. No mencionan nada acerca de una prueba que hasta el mismo Goebbels reconoció como algo inconveniente, desde su punto de vista. En su diario el 8 de mayo de 1943, escribió: “Desgraciadamente, la munición alemana ha sido encontrada en Katyn… es fundamental que este incidente se mantenga en secreto. Si llegara a ser conocido por el enemigo todo el asunto de Katyn tendría que ser abandonado”.

En 1971 hubo una carta al director The Times que sugería que la masacre de Katyn no pudo haber sido perpetrada por los alemanes puesto que ellos habrían empleado las ametralladoras y las cámaras de gas antes que deshacerse de los prisioneros de la manera en que las víctimas de Katyn fueron asesinados, esto es, mediante un tiro en la nuca. Entonces un antiguo soldado alemán residente en Godalming, Surrey, intervino en la correspondencia con el periódico:

“En tanto que soldado alemán, en esa época convencido de la justeza de nuestra causa, había participado en muchas batallas y acciones durante la campaña rusa. No había estado en Katyn ni en el bosque cercano al lugar. Pero recuerdo bien el escándalo que se produjo cuando en 1943 llegaron las noticias sobre el descubrimiento de la espantosa fosa común cerca de Katyn, cuyo territorio había sido amenazado por el Ejército Rojo.

Joseph Goebbels, tal como lo muestran los archivos históricos, ha engañado a mucha gente. Después de todo, era su trabajo y pocos discutirían su casi total maestría a la hora de hacerlo. Sin embargo, lo que es verdaderamente sorprendente es que se siga considerando una prueba en las páginas del Times treinta años después. Escribiendo desde mi experiencia, no creo que en aquel momento de la guerra Goebbels maquinara para engañar a muchos soldados alemanes en Rusia con el asunto de Katyn… Los soldados alemanes sabían perfectamente que habían sido disparos en la nuca… los soldados alemanes sabíamos que los oficiales polacos no habían sido eliminados por otra gente que la nuestra”.

Además, muchos testigos vinieron después para atestiguar sobre la presencia de oficiales polacos en la región después de que los alemanes la hayan ocupado.

Maria Alexandrovna Sashneva, una maestra de una escuela primaria local, declaró a una comisión especial organizada por la Unión Soviética en septiembre de 1943, inmediatamente después de que el territorio fuera liberado de los alemanes, y dijo que en agosto de 1941, dos meses después de la retirada soviética, ella había escondido a un prisionero de guerra polaco en su casa. Su nombre era Juzeph Lock, y le había hablado de los malos tratos sufridos por los prisioneros polacos bajo la ocupación alemana:

“Cuando los alemanes llegaron, se apoderaron del campo de prisioneros polacos y establecieron allí un régimen estricto. Los alemanes no consideraban a los polacos como seres humanos. Los oprimieron y vejaron de todas las maneras posibles. En alguna ocasión se disparaba a los polacos sin motivo alguno. Él decidió escapar…”

Otros testigos prestaron declaración diciendo que habían visto a los polacos durante los meses de agosto y septiembre de 1941 trabajando en las carreteras.

Además, unos testigos también atestiguaron sobre la persecución de los alemanes a los prisioneros polacos fugados durante el otoño de 1941. Danilenko, un campesino local, era uno de los muchos testigos que testimoniaron sobre ello:

“Se realizaron operaciones de persecución en nuestra aldea para capturar a los prisioneros de guerra polacos que habían escapado. Algunas búsquedas se hicieron en mi casa 2 o 3 veces. Tras una de ellas, le dije al cabecilla… ¿a quién buscáis en nuestra aldea? [Él] respondió que una orden había sido recibida del Estado mayor alemán, por la cual se debían realizar rastreos por todas las casas sin excepción, puesto que unos prisioneros de guerra polacos que habían escapado del campo se estaban escondiendo en nuestra aldea”.

Obviamente los alemanes no le dispararon a los polacos ante la vista de testigos locales, pero hay no obstante testimonios significativos de la gente local acerca de lo que estaba ocurriendo. Un testigo fue Alexeyeva que había sido elegida por el líder de su aldea para servir al personal alemán en una casa de campo en el sector del bosque de Katyn conocido como Kozy Gory, que había sido la casa de descanso de la administración de Smolensk del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Esta casa se situaba a unos 700 metros del lugar donde se encontraron las fosas comunes. Alexeyeva dijo:

“Hacia el final de agosto y durante la mayor parte de septiembre de 1941 varios camiones solían venir prácticamente cada día a la casa de campo de Kozy Gory. Al principio no presté atención a ello, pero más tarde advertí de que cada vez que estos camiones llegaban al lugar de la casa de campo paraban allí media hora, y a veces una hora, en algún lugar de la ruta que conectaba a la casa de campo con la carretera. Saqué esta conclusión porque al poco tiempo de llegar al lugar de la casa de campo el ruido que hacían se detenía.

Simultáneamente a la detención del ruido se oían disparos. Los disparos se iban siguiendo uno detrás del otro por intervalos cortos pero aproximadamente regulares. Después los disparos dejaban de oírse y los camiones se dirigían directos a la casa de campo. Los soldados alemanes y los oficiales salían de los camiones. Hablando ruidosamente, venían a lavarse en los baños, tras lo cual realizaban orgías de alcohol.

En los días en que llegaban los camiones, solían venir a la casa de campo más soldados provenientes de unidades militares alemanas. Se les preparaban camas especiales… Evidentemente, poco después de que los camiones llegaran a la casa de campo, unos soldados armados se iban al bosque, al lugar donde paraban los camiones porque en una media hora volvían en aquellos camiones con los soldados que vivían permanentemente en la casa de campo.

… En varias ocasiones vi manchas de sangre fresca en la ropa de dos cabos. De todo esto inferí que los alemanes traían a gente a la casa de campo y las fusilaba”.

Alexeyeva también descubrió que la gente que era ejecutada eran prisioneros polacos.

“Una vez me quedé algo más tarde de lo normal en la casa de campo… Antes de terminar el trabajo que me retenía allí, un soldado entro súbitamente y me dijo que me podía ir… Me… acompañó hasta la carretera.

Sobre la carretera, a 150 ó 200 metros del lugar donde la carretera se bifurcaba hacia la casa de campo, vi un grupo de unos 30 prisioneros de guerra polacos caminando a lo largo de la carretera, fuertemente escoltados por alemanes… Me paré cerca del borde de la carretera para ver adónde los llevaban, y vi que se habían desviado hacia nuestra casa de campo en Kozy Gory.

Desde ese momento comencé a observar de cerca todo lo que iba ocurriendo en la casa de campo, empecé a interesarme por ello. Una vez que había caminado una cierta distancia sobre la carretera, daba marcha atrás y me escondía en los arbustos cerca de la carretera, y esperaba. En unos 20 o 30 minutos oía los familiares ruidos de disparos”.

Las otras dos sirvientas solicitadas para la casa de campo, Mijailova y Konajoskaya, hicieron declaraciones que apoyaban esta versión. Otros residentes del área dieron testimonios similares.

Basilevsky, el director del observatorio de Smolensk, fue elegido ayudante del burgomaestre Menshagin, un colaboracionista nazi. Basilevsky, trataba de asegurar la liberación de Zhiglinski, un profesor arrestado por los alemanes, y persuadió a Menshagin de hablar con el comandante alemán de la región, Von Schwetz, sobre esta cuestión. Menshagin lo hizo pero luego informó que era imposible asegurar esa liberación porque “se habían recibido instrucciones de Berlín ordenando que el régimen más estricto sea mantenido”.

Basilevsky luego contó su conversación con Menshagin:

“Involuntariamente repliqué ‘¿Puede algo ser más estricto que el régimen existente en el campo?’ Menshagin me miró de una manera extraña y aproximándose a mi oído, me respondió: ¡sí, puede haberlo! Los rusos pueden al menos ser abandonados para dejarlos morir, pero en cuanto a los prisioneros polacos, la orden es sencillamente la de exterminarlos”.

Tras la liberación el cuaderno de notas de Menshagin fue encontrado con escritos de su propia letra, tal como lo confirmaron grafólogos expertos. En la página 10, con fecha el 15 de agosto de 1941, anotó:

“Todos los prisioneros de guerra fugitivos deben ser detenidos y entregados en la oficina del comandante”.

En sí mismo, esto prueba que los prisioneros polacos todavía estaban en vida en ese momento. En la página 15, que no tiene fecha, aparece la entrada siguiente: “Hay algún rumor entre la población en relación a las ejecuciones de prisioneros de guerra polacos en Kozy Gory (según Umnov)” (Umnov era el jefe de la policía rusa).

Un gran número de testigos declararon que habían sido presionados en 1942-43 por los alemanes para dar falsos testimonios sobre la ejecución de polacos por los rusos.

Parfem Gavrilovich Kisselev, un residente de la aldea cercana a Kozy Gory, declaró que en otoño de 1942 le había llamado la Gestapo y que había sido entrevistado por un oficial alemán:

“El oficial declaró, de acuerdo con la información que disponía la Gestapo, que en 1940, en la zona de Kozy Gory, en el bosque de Katyn, miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos dispararon a oficiales polacos y me preguntó qué testimonio podría dar yo para dar fe de ello. Le respondí que nunca había oído nada acerca de que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos disparase a gente en Kozy Gory, y que de todas maneras eso era imposible. Le expliqué al oficial que Kozy Gory era un lugar completamente abierto y muy frecuentado, y que si hubiese habido disparos allí toda la población de las aldeas de los alrededores lo habría sabido…

… Sin embargo, el intérprete no quiso escucharme, y cogió un documento escrito sobre el despacho y me lo leyó. Decía que yo, Kisselev, residente en un caserío de la zona de Kozy Gory, había presenciado personalmente los disparos a los oficiales polacos por miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en 1940.

Tras haber leído el documento, el intérprete me dijo que lo firmara. Rechacé hacerlo… Finalmente gritó ‘O bien lo firmas de una vez o bien le destruimos. Haga una elección.’

Atemorizado por estas amenazas, firmé el documento y pensé que esto sería el fin del problema”.

Pero no fue el fin del problema, porque los alemanes esperaban que Kisselev diera su palabra de lo que había ‘presenciado’ a unos grupos de ‘delegados’ invitados por los alemanes a la zona para que sean testigos del relato de unas supuestas atrocidades soviéticas.

Poco después de que las autoridades alemanas hubiesen anunciado al mundo la existencia de fosas comunes en abril de 1943, “el intérprete de la Gestapo vino a mi casa y me llevó al bosque en el área de Kozy Gory.

“Cuando habíamos salido de la casa y estábamos solos, el intérprete me aviso de que tenía que decirle todo a la gente presente en el bosque exactamente como lo había escrito en el documento que había firmado en el cuartel de la Gestapo.

Cuando llegué al bosque vi las fosas abiertas y a un grupo de extranjeros. El intérprete me dijo que eran delegados polacos que habían llegado para inspeccionar las fosas. Cuando nos acercamos a las fosas los delegados empezaron a hacerme varias preguntas en ruso en relación a las ejecuciones de los polacos, pero como había pasado más de un mes desde que me había convocado la Gestapo, olvidé todo lo que aparecía en el documento que había firmado, me confundí, y finalmente dije que no sabía nada sobre las ejecuciones de los oficiales polacos.

El oficial alemán se puso muy furioso. Bruscamente, el intérprete me apartó de la ‘delegación’ y me echó fuera. A la mañana siguiente un coche con un oficial de la Gestapo llegó a mi casa. Éste me encontró en el jardín, me dijo que estaba arrestado, me metió en el coche y me llevó a la prisión de Smolensk.

Después de mi arresto fue interrogado muchas veces, aunque más que hacerme preguntas, me golpeaban. La primera vez que me llamaron me pegaron muy fuerte y abusaron de mí, se quejaban de mí diciéndome que les había fallado, y me llevaron de nuevo a mi celda. Durante los siguientes interrogatorios me dijeron que debía declarar públicamente que había presenciado las ejecuciones a oficiales polacos por los bolcheviques, y que hasta que la Gestapo no se creyera que lo hubiera hecho de buena fe, no sería liberado de prisión. Le dije al oficial que preferiría quedarme en prisión antes que decirle mentiras a la gente en su cara. Después de esto me volvieron a pegar duramente.

Hubo varios interrogatorios acompañados de golpes, y como resultado perdí toda mi fuerza, mi sentido del oído se volvió muy pobre y no pude mover mi brazo derecho. Aproximadamente un mes después de mi arresto un oficial alemán me llamó y me dijo: ‘Puede ver las consecuencias de su obstinación, Kisselev. Hemos decido ejecutarle. Por la mañana le llevaremos al bosque de Katyn y le colgaremos.’ Le pedí al oficial que no lo hiciera, y empecé a suplicarles alegando que yo no era la persona adecuada para hacer de ‘testigo’ puesto que yo no sabía cómo contar mentiras y que por lo tanto volvería a mezclarlo todo de nuevo.

El oficial siguió insistiendo. Algunos minutos más tarde unos soldados llegaron a la sala y comenzaron a golpearme con porras. Siendo incapaz de aguantar los golpes y las torturas, acordé aparecer en público con un cuento falaz sobre ejecuciones a polacos por los bolcheviques. Después sería liberado de prisión, con la condición de que en cuanto lo solicitaran los alemanes, hablaría delante de una ‘delegación’ en el bosque de Katyn…

En cada ocasión, antes de llevarme al lugar de las fosas en el bosque, el intérprete solía venir a mi casa, llamarme desde el jardín, llevarme hacia un lado para que nadie oyera, y durante media hora me hacía memorizar todo lo que tendría que decir acerca de las supuestas ejecuciones de oficiales polacos por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en el 1940.

Recuerdo que el intérprete me dijo algo así: ‘Vivo en una casita en el área de ‘Kozy Gory’, no muy lejos de la casa de campo del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. En la primavera de 1940 vi como varias noches se llevaban polacos al bosque y los fusilaban allí’. Después era imperativo que yo declarase literalmente que ‘éstos eran los métodos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.’ Tras haber memorizado lo que me dijo el intérprete me llevaba al lugar donde estaban las fosas abiertas en el bosque y me pedía que repitiera todo eso en presencia de las ‘delegaciones’ que acudían al lugar.

Mis declaraciones estaban estrictamente supervisadas y orientadas por el intérprete de la Gestapo. Una vez, cuando hablé delante de algunas ‘delegaciones’, me hicieron la siguiente pregunta: ‘¿Vio usted personalmente a los polacos antes de que fuera ejecutados por los bolcheviques?’ No estaba preparado para responder a una pregunta así y respondí contándoles la verdad, esto es que yo vi prisioneros de guerra polacos antes de la guerra, caminando sobre las carreteras. Entonces el intérprete me sacó bruscamente de ahí y me condujo a mi casa.

Por favor, créanme cuando les digo siempre que tuve remordimientos de conciencia, porque sabía que realmente los oficiales polacos habían sido ejecutados por los alemanes en 1941. No tuve elección, puesto que estaba constantemente bajo la amenaza de que se repitiera mi arresto y la tortura”.

Mucha gente ha corroborado el testimonio de Kisselev, y un examen médico corroboró igualmente la veracidad de su historia de torturas por parte de los alemanes.

También se presionó a Ivanov, un empleado de la estación local de ferrocarriles de Gnezdovo para que diera un falso testimonio:

“El oficial preguntó si yo sabía que una gran parte de los oficiales polacos capturados había llegado en varios trenes a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. Luego me preguntó si sabía que durante la misma primavera de 1940, poco después de la llegada de los oficiales polacos, los bolcheviques los habían ejecutado a todos en el bosque de Katyn. Le dije que había oído hablar de ello, y que no podía ser de otra manera puesto que durante los años 1940-41 hasta la ocupación de Smolensk por los alemanes, me había encontrado a oficiales polacos que habían llegado durante la primavera de 1940 en la estación de Gnezdovo y que fueron empleados en la construcción de carreteras.

El oficial me dijo que si un oficial alemán decía que los polacos habían sido ejecutados por los bolcheviques, eso significaba que era un hecho. ‘Por lo tanto’, dijo el oficial, ‘no tiene nada que temer, y usted puede firmar con la conciencia tranquila un informe que dice que los oficiales polacos capturados fueron ejecutados por los bolcheviques y que usted fue testigo de ello’.

Le respondí que yo ya era un hombre muy viejo, que tenía 61 años, y que no quería cometer un pecado en la edad anciana. Solo podía testificar que los oficiales polacos capturados llegaron a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. El oficial alemán comenzó a persuadirme de que diera el testimonio exigido, prometiéndome de que si aceptaba me promocionaría de mi puesto de vigilante en el cruce de ferrocarriles al de jefe de la estación de Gnezdovo, que había ocupado durante el gobierno soviético, y también de que satisfaría todas mis necesidades materiales.

El intérprete subrayó que mi testimonio como antiguo oficial de ferrocarriles de la estación de Gnezdovo, la más cercana al bosque de Katyn, era extremadamente importante para el Estado Mayor alemán, y que no me iba a arrepentir si daba testimonio de ello. Comprendí que yo me encontraba en una situación extremadamente complicada, y que me esperaba un triste destino. Pese a todo, volví a negarme a dar un testimonio falso al oficial alemán. Empezó a gritarme, a amenazarme con golpearme y dispararme, y dije que no podía saber qué era lo mejor para mí. Sin embargo, me mantuve en pie. Entonces el intérprete redactó un breve informe de una página en alemán, y me dio una traducción de su contenido. El informe solamente hacia constar, tal como me lo dijo el intérprete, el hecho de la llegada de los prisioneros de guerra polacos a la estación de Gnezdovo. Cuando pedí que mi testimonio fuera registrado no solamente en alemán sino también en ruso, al final el oficial se enfureció, me golpeó con una porra y me sacó del local…”

Sawateyev fue otra persona que fue presionada por los alemanes para dar un falso testimonio. Declaró a la Comisión Soviética de Investigación:

“En el cuartel de la Gestapo testifiqué que durante la primavera de 1940 los prisioneros de guerra polacos llegaron a la estación de Gnezdovo en varios trenes y luego siguieron su camino subidos en camiones, pero no sabía hacia donde iban. También añadí que más tarde vi a esos polacos de forma repetida en la carretera de Moscú a Minsk, donde estaban trabajando en tareas de reparación en pequeños grupos. El oficial me dijo que estaban confundiendo las cosas, que no podía haberme encontrado a los polacos en la carretera, puesto que habían sido ejecutados por los bolcheviques, y me pidió que testificara sobre ello.

Me negué. Tras amenazarme y convencerme de mil maneras durante mucho tiempo, el oficial consultó algo en alemán con el intérprete, y entonces el intérprete escribió un breve informe y me lo dio para que lo firmara. Me explicó que era un registro de mi testimonio. Le pedí al intérprete que me dejara leerlo yo mismo, pero me interrumpió soltándome improperios, ordenándome que lo firmara inmediatamente y me largara. Dudé durante un minuto. El intérprete agarró una porra que colgaba de la pared e hizo ademán de golpearme. Acto seguido firmé el informe que me enseñaron. El intérprete me pidió que saliera y me fuera a casa, y que no hablara con nadie de este tema o entonces sería fusilado…”

Otros dieron un testimonio similar.

Se han proporcionado también pruebas de cómo los alemanes ‘trataron’ las fosas comunes para tratar de eliminar cualquier indicio de que la masacre no tuvo lugar durante el otoño de 1941 sino durante la primavera de 1940, poco después de que los polacos llegaran en primer lugar a la zona. Alexandra Mikhailovna había trabajado durante la ocupación alemana en la cocina de una unidad militar alemana. En marzo de 1943 encontró un prisionero de guerra ruso escondido en su cobertizo:

“De las conversaciones que mantuve con él supe que su nombre era Nikolai Yegorov, un nativo de Leningrado. Había estado en el campo de prisioneros alemán número 126 en la ciudad de Smolensk desde el final del año 1941. Al comienzo del mes de marzo de 1943, fue enviado con una columna de varios cientos de prisioneros de guerra desde el campo hacia el bosque de Katyn. Una vez ahí, todos fueron obligados, incluyendo a Yegorov, a desenterrar unas fosas que contenían los cadáveres de oficiales polacos con el uniforme puesto, a sacarlos fuera de las fosas y retirar de sus bolsillos documentos, cartas, fotografías y todo artículo que pudieran encontrar.

Los alemanes dieron la estricta orden de que nada podía quedar en los bolsillos de los cadáveres. Dos prisioneros de guerra fueron ejecutados porque tras haber registrado algunos cadáveres, un oficial alemán encontró algunos papeles en los mismos. Los artículos, documentos y cartas extraídas de las ropas de los cadáveres fueron examinados por los oficiales alemanes, quienes entonces obligaron a los prisioneros a recolocar de nuevo parte de los papeles en los bolsillos de los cadáveres, mientras que el resto fue arrojado a un montón de artículos y documentos que habían extraído, para ser luego quemado.

Aparte de esto, los alemanes hicieron que los prisioneros colocaran en los bolsillos de los oficiales polacos algunos papeles que habían tomado de las maletas o maletines (no recuerdo exactamente) que habían traído consigo. Todos los prisioneros de guerra vivieron en el bosque de Katyn bajo el cielo abierto en pésimas condiciones, y estaban siendo extremadamente vigilados. A principios del año 1943, todo el trabajo planificado por los alemanes parecía aparentemente estar completado, porque durante tres días ninguno de los prisioneros de guerra tuvo trabajo alguno que hacer…

De repente de noche todos fueron despertados sin excepción alguna y fueron llevados a algún lugar. Se había reforzado la guardia. Yegorov sintió que algo iba mal y comenzó a observar detenidamente todo lo que estaba ocurriendo. Caminaron durante tres o cuatro horas en dirección desconocida. Se detuvieron en el bosque cerca de un hoyo que había en un claro. Vio como separaban un grupo de prisioneros del resto, éstos fueron llevados hacia el hoyo y luego fusilados. Los prisioneros de guerra empezaron a inquietarse y a ponerse nerviosos haciendo ruido. No muy lejos de donde estaba Yegorov varios prisioneros de guerra atacaron a los guardias. Otros guardias vinieron corriendo hacia el lugar. Yegorov aprovechó la confusión reinante y se fue corriendo hacia la oscuridad del bosque, oyendo gritos y disparos.

Después de oír esta terrible historia, que se me quedó grabada en la mente para el resto de mi vida, empecé a sentir mucha pena por Yegorov, y le dije que viniera a mi habitación a calentarse y que se escondiera en mi casa hasta que hubiera recobrado su fuerza. Pero Yegorov rechazó mi proposición… Dijo que pasara lo que pasara iba a irse esta misma noche, para intentar atravesar la línea de frente del Ejército Rojo. Por la mañana, cuando vine para asegurarme de que Yegorov se había ido, todavía estaba en el cobertizo. Al parecer por la noche había intentado irse, pero tras solamente haber dado 50 pasos se sintió tan débil que se vio obligado a volver. Decidimos que se quedara en mi casa durante varios días más para recobrar su fuerza. Después de alimentar a Yegorov me fui al trabajo. Cuando volví a casa por la tarde mis vecinos Branova, Mariya Ivanovna, Kabanovskaya y Yekaterina Viktorovna me dijeron que al mediodía hubo un registro, por lo que el prisionero del Ejército Rojo había sido encontrado y se lo habían llevado”.

Posteriormente, un ingeniero mecánico llamado Sujachev, que había trabajado bajo la ocupación alemana como mecánico en el molino de la ciudad de Smolensk, corroboró esos hechos:

“Yo estaba trabajando en el molino durante la segunda quincena de marzo de 1943. Ahí hablé con un chófer alemán que hablaba un poco de ruso, y como transportaba harina al pueblo de Savenki para la tropas, y volvía a Smolensk el día siguiente, le pregunté si podía llevarme con él para que pudiera comprar mantequilla al pueblo. Mi idea era que viajar en un camión alemán me evitaría el ser detenido en el punto de control. El alemán aceptó a cambio de dinero.

El mismo día a las 10 de la noche yo y el conductor alemán nos dirigimos en el camión hacia la carretera que iba de Smolensk a Vitebsk. La noche era liviana, y solamente una ligera niebla reducía la visibilidad. Aproximadamente a unos 22 o 23 kilómetros de Smolensk, a la altura de un puente en ruinas sobre la carretera, hay una ruta con una pendiente bastante inclinada. Cuando estábamos empezando a bajar por ahí, de repente surgió un camión desde dentro de la niebla, dirigiéndose hacia nuestra posición. Bien porque nuestro frenos no funcionaban correctamente, o bien porque el conductor no tenía experiencia, no fuimos capaces de detener el camión, y como el paso era bastante estrecho, nos chocamos con el camión que venía hacia nosotros. El impacto no fue muy violento porque el conductor del otro camión viró bruscamente hacia un lado, motivo por el cual los camiones se chocaron y se deslizaron el uno contra el otro.

Sin embargo la rueda derecha del otro camión se metió en la zanja, y el camión se cayó por la ladera de la carretera. Nuestro camión se mantuvo en posición vertical. El conductor y yo salimos inmediatamente fuera de la cabina y corrimos hacia el camión que se había caído. Nos cruzamos con un fuerte hedor a carne putrefacta que salía del camión.

Según nos íbamos acercando, vi que el camión transportaba un cargamento cubierto con una lona y atado con cuerdas. Con el impacto, las cuerdas se habían roto, y parte del cargamento se había caído sobre la ladera. Era un horrible cargamento – cadáveres humanos vestidos con uniformes militares. Según recuerdo había unos seis o siete hombres cerca del camión, un conductor alemán, dos alemanes armados con metralletas – el resto eran prisioneros de guerra rusos, puesto que hablaban ruso y se vestían como tales.

Los alemanes comenzaron a insultar a mi conductor y luego varias veces intentaron poner el camión en pie. Unos dos minutos después otros dos camiones llegaron al lugar del accidente y se acercaron. Un grupo de alemanes y de prisioneros de guerra rusos, unos diez en total, salieron de esos camiones y vinieron hacia nosotros… Juntando esfuerzos comenzamos a enderezar el camión. Aprovechando un momento oportuno le pregunté a uno de los prisioneros de guerra rusos en voz baja: ‘¿Qué es esto?’ Él respondió, muy tranquilamente: ‘Ya llevamos varias noches transportando cadáveres al bosque de Katyn’.

Antes de que el camión que se había volcado se enderezara, un oficial alemán se acercó a mí y a mi conductor y nos ordenó que marcháramos inmediatamente. Como nuestro camión no había sufrido daños serios, el conductor cogió el volante y lo llevó hacia un lado, se metió en la carretera, y así nos fuimos. Mientras pasábamos al lado de los dos camiones cubiertos que habían llegado más tarde pude oler de nuevo el horrible hedor de los cadáveres”.

Hubo varias personas más que también aseguraron haber visto los camiones cargados con cadáveres.

Un tal Zhukov, un patólogo que visitó las fosas en abril de 1943 por invitación de los alemanes, también dio su testimonio:

“Las ropas de los cadáveres, en particular las casacas, las botas y los cinturones, se encontraban en buen estado de preservación. La parte metálicas de las ropas – las hebillas de los cinturones, los ganchos de los botones y los clavos de la suelas de los zapatos, etc. – no estaban muy oxidadas, y en algunos casos el metal todavía conservaba el brillo. Las secciones de la piel de los cadáveres que se podían ver – rostros, nucas, brazos – eran en general de un sucio color verde, y en algunos casos marrón, pero no había una desintegración total de los tejidos, ni putrefacción. En algunos casos se podían ver tendones cortados de un color blanquecino y partes de músculos.

Mientras estaba en las excavaciones había gente trabajando en clasificar y extraer cadáveres del fondo de una gran fosa. Para ellos usaron palas y otras herramientas, e incluso agarraban los cadáveres con las manos y se los llevaban de un lugar a otro cogiéndolos de los brazos, las piernas o la ropa. No vi un solo cadáver desmembrarse o caer al suelo.

Considerando todo ello, llegué a la conclusión de que los cadáveres no se habían mantenido bajo tierra durante tres años, tal como afirmaban los alemanes, sino mucho menos. Sabiendo que en las fosas comunes, y particularmente sin ataúdes, la putrefacción de los cadáveres progresa más rápidamente que en simples tumbas, concluí que las ejecuciones masivas de los polacos habían tenido lugar hacía aproximadamente año y medio, y que podían haber ocurrido durante el otoño de 1941 o la primavera de 1942. Como resultado de mi visita al lugar de las excavaciones me convencí firmemente de que los alemanes habían cometido un crimen monstruoso”.

Varias otras personas que visitaron las fosas en aquel momento dieron un testimonio parecido.

Además, unos patólogos que examinaron los cadáveres en 1943 llegaron a la conclusión de que no podría llevar muertos más de dos años. Por si fuera poco, se encontraron documentos en algunos de los cadáveres que obviamente se les escaparon a los alemanes cuando trataron de adulterar las pruebas. Entre aquellos se encontraban una letra con fecha de septiembre de 1940, una tarjeta postal con fecha del 12 de noviembre de 1940, una papeleta de empeño recibida el 14 de marzo de 1941 y otra recibida el 25 de marzo de 1941, unos recibos con fechas del 6 de abril de 1941, 5 de mayo de 1941, 15 de mayo de 1941 y una tarjeta postal en polaco sin enviar con fecha del 20 de junio de 1941. Aunque todas estas fechas sean anteriores a la retirada de los soviéticos, todas se posteriores al momento en que se produjeron los presuntos asesinatos por parte de las autoridades soviéticas durante la primavera de 1940, fecha de la supuesta masacre que dieron todos los que los alemanes fueron capaces de intimidar para que dieran un falso testimonio. Si, como dicen los propagandistas burgueses, esos documentos son falsos, habría sido de lo más fácil falsificar documentos que fueran posteriores a la retirada soviética, sin embargo esto no se hizo – y no se hizo porque los documentos encontrados eran indudablemente auténticos.

Ella Rule, Stalin Society