La web más censurada en internet

Etiqueta: MLNV (página 12 de 13)

Rehenes políticos

Nicolás Bianchi

La lucha armada de ETA y, por extensión, la del segmento más concienciado políticamente del pueblo vasco, no ha sido tanto –a mi juicio- la brega por la liberación nacional, puesto que Euskal Herria nunca ha sido una colonia de la “metrópolis” española, como la permanente denuncia, empleando vías armadas o pacíficas, de una nación sin Estado que grita su derecho a la autodeterminación y, en su caso, la independencia y, por ende, a formar un Estado. El carácter que adopte este futuro Estado es ya otro cantar que sólo la lucha de clases, en primer término, aparte otros factores, decantará (más que una “sociedad” indiscernible).

En Euskadi no se han enfrentado, militarmente hablando, dos ejércitos. Si así fuera, los militantes de ETA hubieran ido uniformados para enfrentarse a un enemigo que SÍ va uniformado como las FSE. He aquí una diferencia. Otra es que un voluntario de una organización armada que aspira a la independencia de su pueblo –ahora sí cabe hablar de liberación nacional o MLNV- o a la revolución política (que implica la social), está dispuesto a matar y morir por su causa, que no es cualquier causa sino la más democrática de todas, es decir, el derecho a decidir de la población de un territorio geográfico y un marco político concreto y no otro, mientras el ocupante, el invasor, el que oprime nacionalmente a un pueblo determinado, quien va uniformado, quien representa una autoridad “política” ilegítima por antidemocrática y fascista, está dispuesto a matar pero no a morir, ah, esto no. Y ello porque no tiene ninguna causa que defender salvo la de una soldada, esto es, un interés particular frente a una causa desinteresada exceptuando unos objetivos políticos por los que se juega la vida que la hipócrita burguesía tanto consagra otrosí sus piscinas. En conclusión: el carácter político del enfrentamiento armado lo da el enemigo que disimula tal carácter llamando “terrorista” a quienes se resisten a la opresión. Esto ha pasado toda la puta vida y no digo nada nuevo. Para ello, como es sabido, cuentan con la maquinaria propagandística para cloroformar y lobotomizar a eso que llaman la “opinión publica”. Conviene recordar estas cosas, pinten bastos o la ocasión la pinten calva, salvo que estemos hablando de otra cosa. Como también conviene no olvidar –otra diferencia- que ETA (o los GRAPO en su día) que no es un ejército uniformado, no hace prisioneros uniformados del enemigo ni tiene cárceles ni territorios liberados, no es –no era- una guerra convencional (hoy ninguna lo es), aunque me hablen de “cárceles del pueblo” y secuestrados, pero no es lo mismo, mientras que las fuerzas de ocupación invasoras y uniformadas, sí. Que me demuestren lo contrario.

Pues bien, si es verdad, como se viene diciendo, que vivimos nuevos tiempos de cambio de ciclo, es preciso poner en primer lugar y no posponer la lucha por la excarcelación de todos los presos políticos vascos y no vascos. Especialmente los más chantajeados, o sea, los que están enferm os o han cumplido sobradamente su condena. Ellos son la verdadera memoria histórica de los pueblos. Y las auténticas víctimas directas de la opresión terrorista.

La ideologia antiterrorista

Nicolás Bianchi

El llamado “terrorismo” es una “lacra” hasta que o bien triunfa, o bien es derrotado. Es entonces que se le explica, se le comprende, se le entiende y, sobre todo, se le historiza. Hay numerosos ejemplos acerca de los que ayer eran “terroristas” y hoy son héroes y hasta Jefes de Estado. Es lo que tiene la lucha de clases y la guerra de clases en sus fases agudas o atenuadas, agrias o mitigadas. En el Estado español –concepto este, ya lo dije, acuñado por el franquismo que aspiraba a crear un “Estado Nuevo” fascista more mussoliniano-, al no haber ruptura democrática, se considera que ETA siempre fue “terrorista”, antes y después del advenimiento místico de la “democracia”. El monopolio de la violencia weberiana –como nos recuerda siempre el atormentado y ríspido gauleiter Joseba Arregui- es del Estado y no hay más que hablar. Quien se oponga a él, con las armas en la mano, sobre todo si son armas obreras, es un terrorista, un forajido (fora exitus, un marginado). Si bien el torturador y colaborador de la Gestapo nazi Melitón Manzanas no ha sido considerado –o igual sí y no me he enterado- un demócrata, el hecho de que fuera ejecutado por ETA lo convirtió, automáticamente, en un “mártir” y una “víctima del terrorismo”. O Carrero Blanco. La lucha armada de no importa qué sigla –siempre que sea revolucionaria- tiene la extraña virtud de convertir en demócratas a sus víctimas aún a pesar de ellas mismas. Una rara metamorfosis. Hasta Jesucristo redijo al pescador Pedro que no blandiera la espada en Getsemaní cuando fue prendido por los romanos, o sea, que iban armados, al menos según San Marcos.

Hace ya algunos años el prestigioso y nada sospechoso de complicidad con organizaciones armadas, el antropólogo santurtziarra Juan Aranzadi, acuñó el vocablo “Ideología Antiterrorista” para desenmascarar la mixtificación que suponía presentar la compleja problemática política contemporánea como una lucha maniquea entre la Democracia y el Terrorismo, entre el Bien y el Mal. Es decir, un combate escatológico entre Buenos y Malos. Otrosí, la historia entendida y contada como un tebeo. La “intelligentsia” dominante no da más de sí. De la secularización de la teología en conceptos políticos modernos –del iusnaturalismo al iuspositivismo, del derecho divino agustiniano a Kelsen- , como decía Carl Schmitt, se vuelve otra vez a la teología política: buenos y malos, amigo-enemigo, el Eje del Mal y Occidente (cristiano), choque de civilizaciones, fundamentalistas y civilizados, terroristas y demócratas… Una interpretación hollywoodiense de la historia, un neoinfantilismo de la misma propio de una película de Spielberg.

Sobre el cooperativismo

Nicolás Bianchi

El cooperativismo ya fue ensayado por socialistas utópicos en el siglo XIX como Owen y Fourier y sus falansterios o el mismísimo Lenin aprobando, en un momento dado y bajo la construcción del socialismo, la colectivización agraria como reorganización de pequeñas economías campesinas individuales transformándolas en grandes haciendas colectivas mecanizadas. Una colectivización que empezó, ya fallecido Lenin, en 1929, con los koljoses, es decir, aplicada a los grandes propietarios campesinos.

Sharryn Kasmir, autora del libro titulado «El mito de Mondragón», sobre el movimiento cooperativista en esa localidad guipuzcoana, se fija, no tanto en lo que acabamos de decir arriba, sino en la identificación entre el cooperativismo y la ideología fascista -mussoliniana, en concreto- en la negación de la lucha de clases. Las cooperativas italianas -dice esta autora- fueron beneficiosas para la propaganda fascista. Mussolini las ponía como ejemplo de los ideales del corporativismo donde habrían unas relaciones no conflictivas entre empleados y dirección.

El Estado español nunca fue hostil a las cooperativas de Mondragón-Arrasate en pleno franquismo. Y eso que en España, la primera ley de cooperativas, se aprobó durante la II República, en 1931. Esta ley fue sustituida en 1942 por otra que integraba más a las cooperativas en la órbita fascista obligando a sus socios a afiliarse al Sindicato Vertical.

El nacionalismo vasco de Sabino Arana pretendía -a la defensiva- refugiarse en un pasado mítico en el que, según imaginaba él, no existía el antagonismo entre clases (sociales). Arana y sus seguidores veían la lucha de clases como un concepto «extranjero» al igual que el socialismo. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) imaginaba que el igualitarismo era patrimonio de los vascos. Un igualitarismo que, supuestamente, cumpliría dos funciones: diferenciar al País Vasco de España y, en segundo lugar, desacreditar el socialismo moderno como innecesario para los vascos, igualitarios por naturaleza. Un igualitarismo, pues, comunal y precapitalista orientado más al Antiguo Régimen de corte carlista que al comunismo de una sociedad sin clases.

Algo de esto bullía en la cabeza del padre José María Arizmendiarrieta, sacerdote a quien se le atribuye la fundación del movimiento cooperativista y a quien se le supone como una figura apolítica y no ideológica. Nada más ser ordenado, el padre Arizmendiarrieta llegó a Mondragón en 1941 (él nació en Markina en 1915 y murió en 1976 en Mondragón asistiendo a su funeral Antonio Tejero, entonces gobernador militar de Gipuzkoa) y se encontró con que las organizaciones de trabajadores todavía estaban en activo. La Iglesia Católica, en su «doctrina social», también ha defendido el cooperativismo como un medio para «dignificar» a los trabajadores y, al mismo tiempo, alejarles del comunismo y de la lucha de clases. Arizmendiarrieta se propuso convertir a la clase trabajadora de Arrasate en pequeños propietarios como modo de atenuar -y eliminar- la lucha de clases.

Ha habido sectores de la izquierda -y también en ETA y sus escisiones- que han visto el cooperativismo vasco como si fueran una especie de «islas» de socialismo, una visión idílica del movimiento cooperativista. Lo cierto es que se encuentra sometido a las leyes del mercado capitalista y que, para sobrevivir, necesitan competir con otras empresas. Bajo el capitalismo -dice Santi Ramírez-, las cooperativas tienden a alejarse cada vez más de sus iniciales principios democráticos y asamblearios; a requerir del trabajo de «expertos» que se superpone al conjunto de trabajadores-cooperativistas. Es decir, que las cooperativas, lejos de ser esas idílicas «islas» de socialismo, tienden a reproducir las relaciones de producción capitalistas.

Arizmendiarrieta fundó, junto a cinco jóvenes procedentes de la Escuela Profesional de Mondragón, la primera cooperativa en 1956: ULGOR, inicio de lo que con los años sería el Grupo Cooperativo Mondragón. En 1974 se produjo la primera y última huelga o protesta masiva de trabajadores cooperativistas en Mondragón. Había huelguistas que veían el nuevo sistema de evaluación como un esfuerzo para «profesionalizar» las cooperativas mediante «la valoración del trabajo intelectual por encima del manual». Algo así como la «reválida» que quiere reimplantar el ministro Wert de Educación.

La huelga sólo duró un día y no llegó a paralizar la producción por completo. Desde 1971, los estatutos de las cooperativas prohibían las huelgas internas de forma que el Consejo Rector tuvo total libertad para sancionar a los huelguistas. Muerto Franco y con la amnistía laboral (readmisión de los que estaban en las «listas negras»), Ulgor no lo hizo porque tenía propia normativa y no readmitió a los trabajadores. Los huelguistas hicieron prevalecer la solidaridad de clase frente a la solidaridad entre vascos de todas las clases sociales.

Se fue extendiendo la idea -que llega hasta hoy- de que cuando hay una huelga, los trabajadores de las cooperativas no quieren salir porque ellos no tienen problemas. Es el intento de Arizmendiarrieta de crear una «clase media» en el seno proletario de Mondragón. Y es que, se supone, el cooperativismo eliminaría la contradicción entre el capital y el trabajo. El ejemplo de Fagor parece desmentirlo.

Frases significativas que se atribuyen a Arizmendiarrieta fueron: «la política hay que dejarla en la taquilla, junto a la txapela. Aquí peleamos todos juntos por el proyecto». O esta otra: «siempre hay que llevarse bien con el que manda». Y otra más: «no os metáis en política. Las necesidades unen; las ideologías separan».

Nacionalismo español (y 4)

Nicolás Bianchi

Como afirmara Máximo d’Azeglio, un ministro italiano en la primera reunión del parlamento de la Italia unificada: Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos”. Y es que los “italianos” coetáneos de Manzini eran italianos sin saberlo. Les tuvieron que “construir” una identidad.

Por estos pagos, la nacionalización del pasado adquirió nítidos signos conservadores conmemorándose a Recaredo (que dejó de ser arriano), Santa Teresa o Calderón de la Barca presentado como prototipo del “alma española”. Integrismo católico.

La generación de intelectuales demócratas de 1868, por su parte, elevó las creaciones culturales de la historia castellana a rasgo definitorio de lo español. Los Giner de los Ríos, Galdós, Azcárate, Juan Valera, Salmerón y el ámbito de influencia krausopositivista (en la península nunca entronizó Hegel) en el medio académico, político y periodístico apuntaló el esencialismo español. Acrecentado por el surgimiento de nacionalismos periféricos en el Estado. Aparecen los “Episodios nacionales” de Galdós.

En estas épocas finiseculares, los nacionalismos recurrieron a las ideas científicas en boga, ya al darwinismo social para justificar la supuesta supremacía de un pueblo, ya al organicismo positivista e incluso a filosofías irracionales. El krausopositivismo era una metodología que ligaba el pasado con el presente porque se consideraba que la evolución de un pueblo funcionaba igual que cualquier ser vivo (nacen, crecen, etc.) Por eso se encuentran en los escritores de estos años tantas metáforas sobre la salud o la enfermedad de España, con una constante obsesión por diagnosticar los “males” de esa “España” que tanto les “duele”. Así, en este contexto, se entiende tal vez mejor lo que escribía Unamuno sobre la “salud” del euskera.

El nacionalismo español –que, repetimos, no se reconoce como tal- ha resultado de la convergencia de cuantos intelectuales articularon y crearon la existencia de una misma “nación cultural” previa a la formación del Estado. La nación, algo natural, sería anterior al Estado, algo artificial (para un marxista es justo al revés). Son tiempos románticos. La españolidad concebida como algo primordial estructurada sobre tópicos esencialistas se forjó tempranamente con los reaccionarios del siglo XIX. Semejante corriente llegó a su máxima expresión con Menéndez Pelayo y el menéndezpelayismo como ideología oficial del catolicismo que, me atrevo a decir, todavía dura pues España siempre tuvo propietario.

Y es que en España, dizque el Estado, salvo cortísimos periodos históricos ahogados en sangre, jamás se ha vivido en democracia en los últimos doscientos años. Podrá haber mayor o menor libertad de expresión, pero de poco sirve ésta si se impide la realización material de las ideas, principio burgués consagrado por la Revolución francesa y hoy, por supuesto, pisoteado. Se diría que llevan tanto tiempo manteniéndose a garrotazo limpio que ni saben ni pueden hacer las cosas de otra manera (ejemplos: el Estatut catalán o el Plan Ibarretxe). Son incapaces –ni quieren ni pueden bajo el capitalismo- de resolver ninguna cuestión a la que anhelen las masas, incluida la nacional. Sólo queda barrerlos y abrir las ventanas. Sería un comienzo.

La unilateralidad o cómo vestir al muñeco

Nicolás Bianchi
El Tribunal Constitucional español ha denegado la libertad del dirigente abertzale Arnaldo Otegi aún habiendo superado las tres cuartas partes de la condena. A Otegi y cuatro más -no sólo él- presos por el «caso Bateragune» donde Otegi declaró, no precisamente un «Gora ETA» como en «El Proceso de Burgos» de 1970, sino que «ETA sobra y estorba» y, sí, probablemente, son otros tiempos, que se dice, otros ciclos. Es decir, se deniega la libertad de quien lideró el «giro estratégico» de la izquierda abertzale que posibilitó la pista de aterrizaje -desde Anoeta en 2004- a la organización armada ETA.

¿Cómo se entiende esto? Podríamos decir que el Gobierno español actúa con la lógica del escorpión, es decir, es consustancial a su naturaleza fascista perseguir y encarcelar -y, si hace falta, asesinar- cualquier disidencia, por decirlo finamente, que cuestione su sistema, por decirlo también finamente y no hablar del capitalismo que muere matando.

¿Lo estaba haciendo Batasuna o Sortu o Bildu? Por cierto que no, justamente lo contrario: lo estaba apuntalando, en plena crisis del régimen, logrando convencer a ETA, o a parte de ella, de que su tiempo ya había pasado porque llegó la hora de «hacer política», o sea, de tocar moqueta y demostrar que también los abertzales saben «gestionar» la administración desde las instituciones. Se ponen manos a la obra, y el Gobierno -esta vez del PSOE, tanto monta- encarcela a toda la dirección reunida en Segura (Gipuzkoa) donde estaban discutiendo el modo de que lo que es una rendición -y hasta una traición desde dentro- parezca otra cosa. O cómo vestir al muñeco.

¿Cuál es la respuesta a la cerrazón obtusa del Gobierno español que no sabe apreciar ese sensible detalle que es el «giro estratégico» de la izquierda abertzale? ¿Acaso decir a sus bases que lo hemos intentado pero con estos fascistas no se puede a no ser que te rindas y te humilles? ¿Diremos esto a nuestra parroquia? No, claro que no, pero ¿Por qué lo poensamos así? No, tampoco. Volver a vestir al muñeco. Y vivir, algunos, de esto. ¿Y qué diremos a nuestra gente, qué moto vender? Una entelequia: la UNILATERALIDAD. Por supuesto, incondicional y sin contraprestaciones. Otros, gente vulgar, le llaman «bajada de pantalones». Jamás se vio cosa parecida en el Derecho Internacional, claro que los de Bilbao somos la ostia.

Decía Oliver Tambo, dirigente del Congreso Nacional Africano (el partido de N. Mandela), en 1968 que no conocemos precedente alguno de cese unilateral (subrayado nuestro) de hostilidades ANTES DE QUE LAS NEGOCIACIONES HAYAN EMPEZADO (mayúsculas también nuestras).

Sucede que, incluso, filosófica y/o dialécticamente, la unilateralidad es una impostura que roza el infantilismo:mamá, Pepito no quiere jugar conmigo a las canicas. O una relación de lo que ya es una sesión de sadomaso: como no te mueves, latígame más, que me encanta.

La unilateralidad no existe. Ni siquiera el suicidio, acto individual donde los haya, es unilateral en cierto modo, siempre hay algo, algún motivo, que te empuja a hacer lo que haces. Hasta Dios se creyó en la necesidad de crear un mundo en una semana -otro Dios, más poderoso, lo hubiera hecho en un fin de semana- para que su vanidad fuera satisfecha con el reconocimiento de lo por Él (respetaremos la mayúscula porque lo contrario es falta de ortografía) creado, o sea, los mortales. Todo es bilateral o multilateral, pura dialéctica de unidad y lucha de los contrarios.


Quien sabe bien de esto es el Gobierno español, el que sea, que ante la «unilateralidad» de uno, él demuestra que hay «otro». Y así como el gesto unilateral del (antiguamente llamado, incluso por el expresidente Aznar) MLNV sí cuenta y vale para el facherío español, aunque siempre insaciable, y siempre que no se pidan contrapartidas y no digamos ya «negociaciones», ocurre que la decisión soberanista unilateral del Parlament catalán ¡ni cuenta ni vale ni cristo que lo fundó! Lo que viene bien en un caso no viene bien en otro: no se hizo la ley para el hombre, sino el hombre para la ley. Y la ley dice que la soberanía reside en el pueblo español (como si les importara algo a estos cínicos), según la Constitución. ¡¡Y a tomar por culo!!

Acabaremos con una perla que es un primor de lo que da de sí la costura de la burguesía enredada en su propia madeja mientras funge de «coherencia democrática». Un editorial del diario El País (13-1-2013) titulado «No al unilateralismo» (referido al catalán; el vasco pues sí, va a ser que sí) decía que «parece increíble que en Europa, y en pleno siglo XXI, haya partidos políticos responsables que se propongan iniciativas unilaterales». Y finaliza el editorial, en un alarde de lógica formal kantiana, diciendo que «las sociedades civilizadas (subrayado nuestro) se distinguen de las que no lo son por privilegiar la negociación, frente a los actos de fuerza«.

En otras palabras: la izquierda abertzale es «civilizada» porque, lejos de negociar nada, ni intentarlo siquiera, se entregan «unilateralmente», mientras que la burguesía catalana, con su «unilateralidad», demuestra hacer un «acto de fuerza». Fantástico, asombroso, prodigioso. Este es el nivel de esta gente.

Ni chicha ni limoná

Nicolás Bianchi
El llamado -mal llamado- «problema vasco» se está cociendo en su propia salsa. Y sin visos de una solución mínimamente «democrática» en un Estado fascista que entiende el «conflicto vasco» en clave de vencedores y vencidos como proclaman descarnada y desembozadamente sus voceros más fascistas como son las interesadas «víctimas del terrorismo».

Mientras que la Izquierda Abertzale pierde el culo por pasar página y olvidarse de cualquier cosa que huela a «terrorismo» y entrar -por la vía falsa de aceptar la fascista Ley de Partidos- a eso que llaman, o le dicen, «hacer política» -como quien amasa y moldea una pasta para hacer una pizza-, el Gobierno le recuerda constantemente y a machamartillo que no hay ninguna página que pasar hasta que no se arrepientan, reconozcan el daño causado y, hecho esto, cooperen con la «justicia» en casos irresueltos. En otras palabras: que se rindan, aunque ya se verá en qué forma se teatraliza la escena.

Un amago o conato de rendición ya hizo la organización armada ETA a través de un video donde se veía la entrega de un pequeño parque en presencia de miembros de lo que se ha dado en llamar (no tenemos más remedio que usar este criptolenguaje: «se ha dado en llamar», «le dicen», «da en llamarse»…) Comisión de Verificadores. Algo que al Gobierno, era previsible, le pareció insuficiente y la caverna mediática, o sea, casi toda, le pareció poco menos que una burla para lo que se esperaba, esto es, la escenificación de Vercingetóriz entregando armas y bagajes, escudos y diademas, a los pies de Julio César Imperator. No va a ocurrir esto, creemos, al menos mientras no se solucione o «negocie» el tema de los presos políticos vascos (también los hay que no son vascos), pero no por falta de ganas, aunque sea inconscientemente, concedemos, de la actual cúpula de la Izquierda Abertzale. Es tal su deriva reformista y liquidacionista que sería feliz y respiraría aliviada si tal cosa ocurriera (ETA estorba, decía Otegi en el juicio de «Bateragune», y antes que él, un líder del sindicato ELA). Y ello porque se quitarían de encima un pesado «problema» -porque los presos ya no son una «causa» sino un «problema» para esta gente, una «consecuencia» del «conflicto»– que entienden como un lastre.  Pero ocurre que el Gobierno no «colabora», son torpes e ineptos y no «entienden» la buena predisposición de la Izquierda Abertzale a abandonar sus viejos tics y olvidarse del pasado. Y, como decimos, «pasar página». Pero el Gobierno no le deja. Quizá porque eche de menos los tiempos de ETA, tiempos de tensión, pero más cómodos para ocultar otros problemas. Y, sí, ETA era un problema para el Gobierno -no importa el pelaje-, pero ahora es un problema para la Izquierda Abertzale. Para resolverlo nada mejor que promocionar, a la chita callando, la «vía Nanclares», las salidas personales, etc. Y nada de «ongi etorris» (bienvenidas a los presos en sus pueblos ).

Realmente, es increíble cómo en tan poco tiempo se ha hecho dejación de principios y de la lucha por ellos. Pero esto no se va a admitir por mucho que la verdad sea revolucionaria, tal vez porque no estamos en manos de quien nunca fue revolucionario. Cuando se murió Franco, se decía ¿y después de Franco, qué? Y se respondía: «después de Franco las instituciones», o sea, «hacer política».

¿Sugerimos una vuelta al monte? No. ¿Destilan estas líneas pesimismo? Tampoco. Pero no participaremos en esta broma, en esta enésima estafa al pueblo vasco, tenga ocho apellidos o cuatro.

Osho apellido vajcoh

Nicolás Bianchi
La película de Emilio Martínez-Lázaro, «Ocho apellidos vascos», arrasa en las taquillas como panal de rica miel. Se trata, o esa es la pretensión inicial, de una comedia romántica de costumbres, por lo tanto, como si Mesonero Romanos o Estébanez Calderón o los hermanos Quintero fuera el autor, trufada de tópicos, clichés y estereotipos: un señorito andaluz (sevillano, para más señas) que se enamora perdidamente (gancho para el público adolescente) de una «vasquita» abertzale pelín borde, díscola y harto antipática, pero no hasta el extremo -aquí los guionistas vascos tuvieron que hilar fino para no epatar la clientela jatorra- de parecer odiosa al espectador.
Las comedias se hacen con el fin primordial de hacer reír al espectador. Igual que ese era el objetivo de las sagas de Paco Martínez Soria o el «landismo» o el «destape» en los años setenta del siglo pasado: también el público se partía la caja… y nada más. ¿Nada más? No. Detrás de la supuesta intranscendencia de esos inocuos largometrajes se escondía, con mayor o menor sutilidad subliminal, uno o varios mensajes sociopolíticos en forma de moralinas y corolarios que justificaran y reforzaran pivotes y fundamentos de los aparatos ideológicos de la clase dominante, es decir, del orden establecido: la familia, la religión, las buenas costumbres, la hombría de bien, la española cuando besa… en definitiva, el casticismo, el costumbrismo, el que inventen ellos.
Eran, se supone, comedias que hoy no resisten el paso del tiempo, el crítico más implacable. Se hacían desde el poder y para refrendar el sistema, palabra actualmente muy en boga (y la contraria: antisistema). Las comedias, históricamente, raramente se han hecho contra el poder establecido, pero sí contra una determinada clase social o casta o estamento o tribu urbana a la que se satiriza. «Ocho apellidos vascos», desde luego, no está hecha -ni probablemente lo pretende- para criticar el poder. Presenta unos personajes como hipotipos que tratan de reflejar, de alguna forma, segmentos sociales de los cuales una de dos: o nos reímos o no nos reímos. Si nos reímos puede ser porque, ora nos vemos reflejados en los personajes y sabemos -así le dicen- «reírnos de nosotros mismos», con lo cual, al parecer, se demuestra alto grado de inteligencia, ora bien, porque nos reímos distanciadamente, sin espasmos, de unos personajes que no nos conciernen. Pero ambos se ríen. Y si no nos reímos -porque, recuerdo, se trata de reírse y nada más como desiderátum-, es porque, o bien, somos secos y adustos como una tiza, unos amargados que-no-saben-reírse-de-sí-mismos, o bien porque -deformación profesional- vemos (perversamente) que detrás hay gato encerrado -deformación conspiranoica-.
¿Y si ni una ni otra «deformación» y sólo se trata de pura distracción? Es posible, pero ¿quién se ríe, en última instancia, de quién? Hacer risas, casi ridiculizándolo forzando el acento vasco, que, en sí mismo, tiene una potente carga graciosa y/o cómica, pero, como todo, depende del según y cómo de la intención con que se haga, consciente o inconscientemente, sin baba o con mala baba y, sobre todo, cómo se percibe, crítica o acríticamente, arduas cuestiones, del mundo abertzale desde el sistema no es precisamente ejercer de Aristófanes que no dejaba títere con cabeza. No hay ese ánimo. Sólo hay risas… y nada más, ya se ha dicho (y taquilla).
Ni siquiera se inspira en el Libro Segundo de la Poética de Aristóteles que trata de la comedia ácida, la que corroía -previsiblemente- el basamento del poder que tan celosamente custodiaba el ciego Jorge de Burgos (trasunto de Borges) en la Biblioteca -el scriptorium- de la abadía de «El nombre de la rosa» de Umberto Eco.
Pero para que vean lo «liberales» que somos en este blog, pasen, vean y juzguen el film.

¿Aló: es el «pueblo español»?

Nicolás Bianchi
Las Constituciones burguesas que nacieron en el siglo XIX lo hicieron con inspiración anticlerical y vocación nacional: separaban lo laico de lo religioso -aunque no fue el caso de la girondina Constitución de Cádiz de 1812-, y proclamaban la soberanía de la «nación», que no, ojo, del «pueblo» (el «pueblo» era la burguesía), como reflejo de las revoluciones burguesas. Así fue en la Batalla de Valmy (1792) donde la Francia revolucionaria combatía -frente a la Europa contrarrevolucionaria y feudovasallática- al grito de «¡Viva la nación!»

De invocar la «nación» por parte de las Constituciones decimonónicas, con sus meandros revolucionarios, se pasa a invocar al «pueblo» como fuente de soberanía. Así reza la Constitución española de 1978, tres años después de muerto el dictador Franco, modelo de premura, en el punto 2 del art.1. Nunca hemos sabido quién fue el que asó la manteca, pero seguro que tampoco se cree este ejercicio de cinismo.


El «pueblo español» como desiderátum, como juez y ordalía medieval, como un todo que decide -supuestamente- sobre las partes. Soberano como un árbitro de fútbol que no consulta -ni falta que le hace- a los linieres o ayudantes de campo. Pero, vamos a ver, ¿cuándo se ha consultado a esa entelequia que se llama, o dan en llamar, «pueblo español»? Jamás, salvo en el referéndum de la OTAN en 1986 y ello bajo el chantaje del trilero Felipe González que dijo lavarse las manos si salía la salida de la OTAN (porque dentro ya estábamos de la mano de Leopoldo Calvo-Sotelo en 1981 por la puerta de atrás y como exigencia del 23-F). Para embellecer el producto, el encantador de serpientes que era González, siniestro personaje que dios confunda, puso tres cláusulas -ya nadie se acuerda o casi nadie- que servirían de lenitivo y placebo a la entrada, mejor dicho, permanencia, en la OTAN, o sea, entramos y permanecemos, sí, pero se van a enterar estos gringos de lo «soberanos» que somos y tal y tal. ¿Diremos algo de ese hurto al «pueblo español» sobre si prefería navegar a sotavento monárquico o barlovento republicano? Zertarako? ¿Para qué?, como dicen los vascos.

El concepto de «pueblo español» es muelle y conceptuoso. Sirve para entender de qué hablamos, pero es impreciso. Es un chicle que se estira y se comprime según y cómo y a conveniencia, por lo tanto, no es algo científico, sino político (lo que no es incompatible «per se»). Hete aquí que el fascismo español -dicho así, también para entendernos, que es de lo que se trata, de entenderse, de saber de qué se habla- ha «descubierto» que dispone de un «pueblo español» como parapeto y escudo, argumento último y dique final, para parar y frenar las acometidas del independentismo (burgués) catalán. Nunca han creído en la soberanía del «pueblo español», al que jamás han consultado, pero sucede que ahora se envuelven con la bandera de la soberanía del «pueblo español» para enfrentarlo al «derecho a decidir» de otro pueblo, el catalán. O el vasco, o el gallego. O el canario, esa colonia.

Los catalanes -que son parte del «pueblo español»– no tienen derecho a decidir nada porque la soberanía reside en el «pueblo español». O sea, no hay tu tía y, como diría un castizo, y a tomar por culo, que así lo dice la ley y el Estado de Derecho. Mira por dónde eso del «pueblo español», pueblo de camareros, nos viene bien para parar a esos «polacos» de mierda: ¡viva el pueblo, el vino y las mujeres! (y los toros).

Las ambigüedades de los movimientos de liberación nacional

Por su propia naturaleza, que va más allá de las clases y de la lucha de clases, los movimientos de liberación nacional son ambivalentes, a lo cual hay que añadir la confusión que crean a su alrededor, por lo que ellos dicen de sí mismos, así como por lo que, desde fuera, los demás dicen de ellos.

Por su heterogénea composición social, los movimientos nacionales no son nada en sí mismos; no se les puede juzgar sino por su dirección, por quién dirige el movimiento nacional y contra quién -o contra qué- lo dirige. Entonces es cuando todas y cada una de las ambigüedades se esfuman.

La lucha de clases es el motor de la historia; por lo tanto, también es el motor de todas las luchas de liberación nacional. Si a los movimientos nacionales se les despoja de las típicas ambigüedades terminológicas en las que se cobijan (países, pueblos, razas), no quedan más que dos preguntas que formular: con independencia de los distintos sectores sociales que integran el movimiento nacional, ¿qué clase social lo está dirigiendo y contra qué o contra quién lo dirige?

Hay naciones y naciones. Cuando hay opresión nacional no hay una única nación, sino dos. La primera confusión de la lucha de liberación nacional es que políticamente no todas las naciones están en el mismo plano y que la distinción entre una nación opresora y otra oprimida, que parece banal, no lo es, por múltiples motivos, entre otros por el cúmulo de agravios históricos, reales o fingidos, que unas naciones acumulan contra otras. Por eso el victimismo nacional es siempre tan frecuente y las naciones opresoras se hacen pasar por lo contrario.

La lucha de liberación nacional no se puede dejar en manos de los nacionalistas precisamente porque en la opresión nacional hay dos naciones. Sólo hay un punto de vista capaz de reconocer la opresión nacional y luchar contra ella, que es el internacionalista, es decir, el punto de vista de aquella clase social que no tiene patria y cuya lucha, por consiguiente, no sólo no es nacional sino que está por encima de las naciones y del nacionalismo.

El proletariado lucha contra cualquier forma de opresión, por lo que está siempre por la liberación de las naciones oprimidas y también tiene claro contra quién y contra qué debe dirigirla, contra la burguesía, y quiénes son sus aliados, los trabajadores, cualquiera que sea su nacionalidad. Ese es el significado exacto del internacionalismo que, en las condiciones históricas actuales, o sea, en las condiciones del imperialismo, es la única manera de resolver la opresión nacional.

El proletariado está absolutamente enfrentado a cualquier forma de chovinismo procedente de la burguesía de las naciones opresoras. Mientras en las naciones oprimidas el proletariado tiene un camino que recorrer con la burguesía, en las opresoras no tiene abslutamente ninguno. Este es un aspecto en el que la clase obrera no puede admitir ninguna clase de compromisos y su batalla contra cualquier clase de chovinismo en defensa de la unidad del Estado no admite matices.

Si el proletariado no tiene patria no tiene sentido preguntar a qué «parte» del proletariado le corresponde dirigir la lucha de liberación nacional porque es una clase social que es internacional y no tiene «partes»: la liberación nacional es una tarea que incumbe, pues, tanto al proletariado de la nación opresora como al de la nación oprimida.

La lucha de liberación nacional no es ajena al proletariado, cualquiera que sea su origen nacional. Por lo tanto, el proletariado tampoco es ningún «aliado» porque la liberación nacional es parte integrante de su programa revolucionario.

Fundamentalismo y pragmatismo. La cuestión ideológica

 Juan Manuel Olarieta
Área Crítica, núm.43, mayo-junio de 1992

«Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intentan repetir el milagro» (Carlos Marx)

En la reciente [1990] reunión del Comité Central del PCUS, Gorbachov calificaba de «fundamentalistas» a los que pretendían perseverar en lo que él llamó «viejos errores», a los que se atrincheraban en las ideas de siempre, que él supone ya gastadas, plagadas de fracasos y reñidas con la realidad, o quizá mejor, con el «realismo».

Por su parte, Anguita sostenía lo mismo con otras palabras, también en la última reunión del Comité Central del PCE. Venía a decir que sólo existe aquello que es racional: más o menos aquella frase que se atribuye a Hegel en defensa del absolutismo prusiano: «Todo lo real es racional y todo lo racional es real». En términos castizos: «No hay más cera que la que arde». Hay que dejarse de sueños e ilusiones y atenerse a lo que hay, a lo que verdaderamente existe.

Hace años se decía que todo aquello que desborda la realidad era utopía: no existía y -lo que es peor- nunca existiría. El socialismo utópico estaba desacreditado, pero en beneficio de una forma de socialismo calificado -ni más ni menos- que de científico. Hoy nadie es utópico y al científico se le tacha de fundamentalista, porque verdadera ciencia -dicen- no hay más que a la hora de estudiar la naturaleza. En cuestiones sociales y políticas hay que ser práctico, tecnócrata, moverse por cálculos utilitarios y no por principios o máximas, que solo existen en la religión, en el dogma.

Vamos a tratar de ver cómo, en realidad, lo que constittuye religión pura y simple es este nuevo pragmatismo, tan en boga en todos los ámbitos políticos, ya que si bien antes se reducía a una forma de pensamiento político propio y característico de la derecha, hoy ha contagiado a la izquierda, incluso a los más fervientes y viejos revisionistas. Y vamos a ver también cómo ese pragmatismo es, además, pese a todo su prurito laico, una de las peores y más burdas formas de religión.

La ‘paz’ de Westfalia


En 1648 la «paz» de Westfalia puso fin en Europa a treinta años de guerras religiosas con las que se trató de frenar el avance del protestantismo, o quizá mejor habría que decir, del capitalismo. El tratado coincidió temporalmente con la revolución inglesa, impulsada precisamente por los puritanos, una variante del protestantismo inglés. En Westfalia se establecieron dos principios básicos en materia religiosa: que los reyes tenían competencia para establecer la religión de sus paises respectivos, y que solo serían reconocidas tres religiones: la luterana, la calvinista y la católica.

En realidad las cosas fueron bastante más lejos, porque el protestantismo significó el declive de la religión (de todas las religiones) en Europa, por varias razones. Entre otras, su idea de «sacerdocio universal» hacía de cada creyente un intérprete del dogma y, en consecuencia, inició una diáspora de corrientes, tendencias y movimientos, dogmáticos cada uno de ellos pero anti-dogmáticos en su conjunto. Inició la separación entre la Iglesia -reformada- y el Estado -burgués- lo que constituía un suicidio, porque ninguna teología podía sobrevivir separada -y por tanto no apoyada- políticamente.

La Iglesia no había sido más que una especie de Estado cuando el Estado no existía como tal, tras la caída del Imperio Romano, y la teología, un sucedáneo de las ideologías políticas: dogma cuando provenía de la clase dominante y herejía cuando se trataba de la clase dominada. En cada lucha contra la herejía no había -generalmente- más que represión de un movimiento popular. Así ha venido sucediendo hasta que la filosofía y la política adquirieron su mayoría de edad y se independizaron de todo ropaje bíblico, lo que históricamente coincide con el avance del protestantismo, que no fue más que un repliegue de la religión hacia el mundo privado, de la conciencia, dejando a las ideologías políticas su propio terreno. Pero lo dejaron abonado de escepticismo, de agnosticismo: tanto en teología como en ideología, los protestantes introdujeron la duda, el anti-dogmatismo, la incertidumbre permanente. Al final, la teoría cede en beneficio de la práctica, la teología en beneficio de la ingeniería y el escolasticismo en beneficio del empirismo. El mundo pasa a dividirse en dos campos: los dogmáticos y los escépticos, los fundamentalistas y los relativistas, los fanáticos y los tolerantes. Por supuesto, «nosotros» lo europeos, los «occidentales» somos los de «mente abierta»; lo de los demás es eso: fundamentalismo, un calificativo con pretensiones despectivas al que se trata de asociar lo peor de la intolerancia religiosa (fanatismo, oscurantismo, barbarie, violencia, etc.).

Ortodoxia


El término «fundamentalista» viene a suceder a aquel otro también denostado de «ortodoxo» y al más viejo aún de «sectario». Hasta hace bien poco se podía ser, en efecto, heterodoxo; es decir, se podían profesar determinadas opiniones y creencias siempre que no coincidieran exactamente con las de otro, sobre todo si ese otro había muerto hace años, porque entonces se caía en el pecado de «ortodoxia». Había que seguir pero discrepar; coger algo y criticar otro poco; tomar de aquí y de allí; cristianos por el socialismo; un poco de Marx, otro poco de Freud; una pizca de Keynes y otra de Marshall; media de anarquismo y otra media de ecologismo.

Se trataba del imperio del sincretismo, de la mezcla, del baile eterno de distintas ideologías que nunca llegan a acostarse juntas. Pero había algo: incoherentes, contradictorias y confusas, esas corrientes ofrecían proposiciones positivas. Ahora ya -casi- nadie se atreve a proponer nada por estos lares, ni bueno ni malo ni regular; todos están a la defensiva, a criticar lo que los «ortodoxos» y «fundamentalistas» proponen, para luego llamarles eso precisamente: ortodoxos y fundamentalistas. Pero eso ya lo saben los propios fundamentalistas.

Hoy predomina el vacío ideológico más espantoso; nadie se atreve ya a dar alternativas, a proponer programas, a convocar a nada; todo suena utópico e inútil. Pretenden que no seamos protagonistas sino espectadores, que observemos los sucesos con frialdad, desde la lejanía. Se puede opinar, comentar y hasta criticar, pero siempre que se trate de lo ajeno, de aquello en lo que no se interviene ni participa. Y los acontecimientos se deben analizar tal y como el periodista o el fotógrafo nos presentan la realidad: en la distancia, como árbitros imparciales.

Tal actitud deriva, como decía Lenin, de la posición clasista de los intelectuales en el capitalismo los cuales «ocupan una posición peculiar entre las otras clases, perteneciendo en parte a la burguesía por sus relaciones, por sus concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, ya que el capitalismo, a medida que va privando a los intelectuales de su posición independiente, los transforma en asalariados dependientes y amenaza con rebajar su nivel de vida. Esta situación de transición, inestable, contradictoria de la capa social que examinamos, se refleja en el hecho de que en su seno se propagan más ampliamente esas concepciones indecisas, eclécticas, esa mescolanza de principios y criterios contradictorios; esa aspiración a elevarse a los dominios de la retórica y a esfumar con bellas frases los conflictos que enfrentran a los grupos históricos de la población» (Obras Completas, tomo IV, pg.205).

Hoy quedas desacreditado como juez si te conviertes en parte, o sea, si participas. Así que debes renunciar a intervenir para poder opinar. Especialmente si lo que propones se sale de los cánones de lo establecido, o no concuerda con el modo de operar unitario.

Todo esto agravado, además, por el hecho de que «hay que ser» demócrata, aceptar, admitir y no salirse de las pautas de la «mayoría». No importa lo que esa «mayoría» proponga, exija o decida: independientemente de ello, hay que hacer lo que esa «mayoría» resuelva. Tampoco importa cómo se forme esa «mayoría»; se supone que todo funciona automáticamente, que la opinión «mayoritaria» se reúne y se forma espontáneamente, que nadie es capaz de influirla, condicionarla o manipularla en su propio interés. Esa «mayoría» no es más que el mercado (o mejor, el supermercado) de las opiniones, creencias e ideologías en su libre y espontáneo desenvolvimiento. En lo político no hay monopolios: cada hombre tiene un voto. Nadie está en posesión de la verdad absoluta -dicen- por lo que hay que sumar las «medias verdades» de cada uno para poder decidir.

Pragmatismo


El «cretinismo parlamentario» que de tales ideas deriva es una pelicular enfermedad cuyos estragos no datan de ahora, sino que se remontan a 1848; Marx en su «18 de Brumario» lo definió como «una enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda compresión del rudo mundo exterior».

A los posesos de dicha enfermedad todo les parece neutro, aséptico y funcional. El pragmatismo se convierte en la filosofía de esa «mayoría». Pero el pragmatismo es la filosofía más estúpida que se ha inventado; es la única que ha tenido su origen en los Estados Unidos y fue elaborada por piadosos protestantes. Es la «filosofía de la praxis» pero sin filosofía. No aporta ninguna solución positiva a nada, carece de soluciones o iniciativas novedosas: trata simplemente de convencernos de que la «democracia» y la «mayoría» son como una botella vacía que se puede llenar con cualquier líquido. No hay democracia burguesa, ni democracia popular, ni democracia parlamentaria, ni democracia cristiana. La democracia -según ellos- carece de adjetivos.

Ese mismo relativismo es el que trata de imponer la burguesía hoy por todas partes. No se puede ser creyente ni ateo; hay que se agnóstico porque de lo contrario te tachan de fundamentalista, de teólogo, cuando son quienes así piensan los que no son capaces de salir de la teología, o mejor quizá, de una determinada forma de teología, aquella que impuso la burguesía hace cuatrocientos años, la de la reforma protestante. Fue el calvinismo quien rompió la teocracia medieval, separó la Iglesia -presbiteriana- del Estado -burgués- sobre la base de dos claves: la Iglesia -protestante- carece de organización y jerarquía; es sólo doctrina y dogma; el Estado -capitalista- es sólo organización y jerarquía: carece de doctrina y dogma.

Este Estado burgués calvinista no sólo admite todas las creencias, opiniones e ideologías, sino que, además, es «neutral» ante ellas, tolerante, abierto y no intervencionista: aconfesal en lo religioso, neutral en lo ideológico y abstencionista en lo económico. Tan aséptico como la máquina de vapor de Watt.

Quisiera, no obstante, hacer una salvedad que juzgo intersante. Me referiré a un piadoso calvinista inglés, padre y teórico del moderno Estado burgués, John Locke, quien en su «Carta sobre la tolerancia» dejó escritos cuáles eran los límites de esa tolerancia burguesa: «No deben ser de ninguna forma tolerados -y cito literalmente- quienes niegan la existencia de Dios. Las promesas, convenios y juramentos, que son los lazos de la sociedad humana, no pueden tener poder sobre un ateo. Prescinir de Dios, aunque sólo sea de pensamiento, disuelve todo».

Los modernos intelectuales agnósticos, objetivos, escépticos y fríos no son más que la correa de transmisión, los portavoces de la ideología oficial del Estado burgués: calvinistas empedernidos, vamos. Naturales como el Estado; pragmáticos como el gobierno; asépticos como el comentarista de un partido de «cricket»; vacíos como una botella de «whisky» escocés presbiteriano; cínicos, en fin, como el luterano que piensa que se salvará no por sus obras, sino por su sola fe. La teología protestante, como la de nuestros intelectuales, se singulariza por la predestinación ¿para que tratar de cambiar el mundo que está «condenado» a ser como es, o sea, capitalista? Así convierten la cultura en el nuevo «opio del pueblo».

Esos intelectuales son, igual que el Estado burgués, indiscutiblemente demócratas, partidarios de «lo que diga la mayoría», encadenados siempre a su palabra favorita: «depende». El invento de la democracia -palabra aborrecida hasta entonces- fue obra de otro ginebrino, Rousseau, seguramente vecino de Calvino y tan neutral como él, como la mismísima Suiza, su Cruz Roja y sus cuentas bancarias numeradas; tan mecánicos y objetivo como sus relojes de precisión.

Rousseau, sin embargo, sólo parcialmente redujo los problemas y discusiones políticas a términos cuantitativos y homogeneos: «cada hombre un voto y a sumar» es algo que sólo después han tratado de imponer. Pero incluso algo tan sencillo como eso envuelve una contradicción insoluble: sólo se pueden sumar cantidades homogéneas; la democracia y las «mayorías» no se basan en la pluralidad, en la diversidad, en la heterogeneidad, sino en todo lo contrario.

La construcción del Estado burgués se lleva a cabo sobre la base de la uniformidad a la que se denomina nación que no es más que la burguesía como clase y de la que se excluyen a todos los demás grupos sociales, incluso mediante el exterminio. Burke (irlandés, de padre protestante y madre católica) la definía como una unidad orgánica de rangos ordenados. La concepción burguesa de la nación como unidad, uniformidad y homogeneidad no sólo excluye, por supuesto, al proletariado, sino que además es lo que da lugar precisamente a las diversas, «cuestiones nacionales», a la opresión de las naciones minorizadas que comienza a producirse ya en los mismos orígenes del capitalismo. Así sucedió en Estados Unidos con los indios, en Alemania con los judíos o en España con los moriscos. Se perseguía una homologación cultural, religiosa, social y nacional. El «Estado representativo» de la burguesía no representa a todos, ni mucho menos, sino solo a unos pocos. Un filósofo tan querido por la burguesía como Kant decía que los trabajadores, por ejemplo, no eran personas, sino sólo peones de la sociedad que, por ello mismo, no podían votar en las elecciones. Nos han repetido hasta la saciedad aquello de que «todos navegamos en el mismo barco» cuando, en realidad, unos viajaban en primera, otros fregaban la cubierta y sólo unos pocos se instalaban en la cabina de mando.

Democracia


Pluralismo y democracia son, pues, términos opuestos. No pueden votar los obreros con sus patronos; los carceleros con sus presos; los alumnos con sus profesores; los insumisos con sus generales; los verdugos con sus víctimas. Para poder votar hay que tener los mismos intereses, las mismas necesidades: hay que pertenecer al mismo grupo, al mismo cuerpo social.

Rosseau decía que no bastaba que las leyes fueran expresión de la «voluntad general» sino que, además, debían estar destinadas al «bien común». No puede haber voluntad general ni intereses comunes entre clases, grupos y colectivos opuestos y enfrentados. Lo que normalmente se califica hoy de «mayoría» no es realidad tal mayoría, sino precisamente una minoría oligárquica economicamente dominante. Quien se atiene al criterio de esa «mayoría» no hace más que seguir la política de la burguesía; quien acata esa «mayoría» está esclavizado por la burguesía.

Ni la democracia ni la mayoría tienen nada que ver con lo que ahora existe. No reflejan la voluntad mayoritaria ni se ejercen en interés de la mayoría. La burguesía sólo concedió el sufragio universal cuando pudo formar «mayorías» a medida de sus intereses, cuando fue capaz de conseguir que las elecciones hicieran de una minoría real una mayoría aparente.

Los mecanismos a través de los cuales se obtiene una mutación de esas características son muy variados y prolijos. Hoy una infinita gama de mecanismos que van desde el terror puro y simple hasta la intoxicación ideológica más sutil y refinada. Hoy no es difícil para el Estado de los monopolios recabar en cada momento la «mayoría» justa que necesita. Dispone del ejército, de la banca, de los medios de comunicación, de la ley electoral, de los partidos y de un largo etcétera de herramientas suficientes como para colocar la etiqueta democrática de un día para otro al despotismo más exagerado.

Y todo esto porque el Estado -según los calvinistas- es neutral y apolítico: un día está al servicio de una dictadura feroz y corrupta, y al día siguiente es un servicial gestor de los intereses de la «mayoría»; un día la policía te tortura y al siguiente te indica gentilmente una calle. Si hay dictadura es por culpa de una minoría; si hya democracia es reflejo de la mayoría. En las dictaduras la minoría aplasta a la mayoría; en las democracias, la mayoría respeta a las minorías. En las dictaduras la minoría es siempre minoritaria; en la democracia la mayoría puede transformarse en minoría, y viceversa.

El carácter fraudulento de esa forma de agnosticismo político no puede ser más descarado. Una mayoría no puede ser siempre más que mayoritaria: los órganos políticos deben expresar sus intereses y la gestión pública debe hacerse en su favor. Si no sucede de esa forma lo que hay que cambiar no es la mayoría, no hay que hacer de la minoría la mayoría, sino cambiar el sistema político.

Hoy la mayoría es la clase obrera: la única democracia posible es la que exprese la voluntad de los trabajadores y la única política la que defienda los intereses de esta clase. No basta que un diputado sea elegido por los trabajadores, sino que debe actuar en cada momento en pro de sus aspiraciones. En consecuencia, debe poder ser revocado por quienes le votaron si no promueve las necesidades de sus votantes. No bastan elecciones periódicas: hay que participar consciente y activamente en las decisiones y en la gestión pública. Si la democracia tiene hoy sentido no es más que ese exactamente, y es todo lo contrario de lo que nos rodea.

El diluvio universal


El sistema político así configurado no es relativista ni neutral; tiene un contenido clasista, un dogma, una doctrina, un rumbo: el de desaparecer. Eso significa, al mismo tiempo, una resistencia de su contrario, presupone necesariamente un antagonista, un oponente. La teología no era más que una divinización de la política; y a la inversa. Desde siempre los análisis políticos y teológicos revistieron un aspecto dialéctico; hay cielo o infierno, burgueses y proletarios, buenos y malos, reaccionarios y revolucionarios; virtud y pecado. La lucha de clases era el fondo; la teología proporcionaba la forma, el argumento: legitimaba la represión de unos, lo mismo que la sublevación de los otros. Los príncipes luteranos alemanes aplastaron en el siglo XVI la sublevación campesina de Thomas Müntzer en nombre de la lucha contra la herejía anabaptista. ¿Acaso vaciló el mismísimo Dios en inundar la tierra, ahogando a todos los pecadores y salvando sólo a Noé y a su familia?, ¿Acaso no incendió Sodoma y Gomorra para acabar con todos sus engolfados pobladores?

Es inconcebible pretender analizar cualquier fenómeno social sin comprender el antagonismo que envuelve. Calvino envió a Servet a la hoguera, pero éste hubiera hecho lo mismo con Calvino: la unidad o la trinidad de Dios no podían resolverla de otra manera, no cabían votaciones, «mayorías», «democracias» ni parlamentos. Si los cistercienses hacian del Estado -feudal- el «brazo armado» de la Iglesia -romana- los luteranos invirtieron los términos: los sacerdotes no eran más que funcionarios del Estado, su «brazo ideológico», idea ésta que fue la que finalmente se impuso, incluso en los Estados católicos, hasta que finalmente tan distinguidos funcionarios fueron relevados por otros más eficaces: la policía, los militares y los recaudadores de impuestos.

Fueron los protestantes, pues, quienes convirtieron a los ministros de Dios en ministros del gobierno burgués. Reirnos del Islam y criticar sus normas y costumbres cuando no somos capaces de evaluar críticamente nuestra propia historia, me parece un «intolerable» ejercicio de petulancia. Eso de cortar la mano por determinados delitos, no solamente no es privativo de los países musulmanes, sino que aparece en el Fuero de Vizcaya (teóricamente vigente según la actual Constitución) y fue Kant quien justificó la «ley de talión»; la blasfemia todavía es delito en España; los repertorios de jurisprudencia aún enseñan cómo nuestro Tribunal Supremo declaraba en 1974 procedente el despido de un maestro que en sus enseñanzas no tenía en cuenta la providencia divina; y el «Jefe del Estado» venía nombrando a los obispos con el beneplácito de Roma hasta hace bien poco. Entonces, ¿de qué podemos vanagloriarnos?, ¿Habrá que recordar que en esta España «democrática», lo mismo que en los Estados Unidos, aún existen los capellanes castrenses?, ¿No es la reina de Inglatera al tiempo la jefa de la iglesia de su país?, ¿No nos dicen los medios de comunicación que lo del Ulster es una guerra entre católicos y protestantes? Todas las constituciones monárquicas europeas han declarado «sagrada» la persona del rey, incluída la de alguien como Alfonso XIII. Y tampoco queda tan lejos la imagen del Papa bendiciendo los cañones que Mussolini enviaba a conquistar Abisinia.

Es más: todos los modernos Estados nacionales europeos son construcciones influenciadas por el cisma religioso iniciado por los protestantes y en base precisamente a sus principios políticos. Las propias lenguas nacionales fueron desarrolladas contra el latín papista; la predicación en el lenguaje popular vernáculo es una idea básica de los protestantes. Lutero y Calvino están considerados entre los forjadores de los idiomas alemán y francés respectivamente. «La traducción que Lutero hizo de la Biblia -escribió Hegel- ha sido de un valor inapreciable para el pueblo alemán. Este ha recibido en ella un libro nacional, como no lo tiene nación alguna del mundo católico. Las naciones católicas tienen un sinnúmero de libritos de oraciones; pero no un libro fundamental para el adoctrinamiento del pueblo». En Euskadi sabemos que nuestro idioma escrito hasta hace bien pocos años consistía en devocionarios, misales y salmos religiosos. Que Sabino Arana, nuestro padre fundador (tanto del nacionalismo como del idioma vasco), establece la ecuación «euskaldun = fededun» (vasco = creyente) y que el ideario «jelkide» (nacionalista) no es otro que «Jaungoikoa eta lege zaharrak» (Dios y leyes viejas).

La religión era el opio del pueblo; su función fue siempre recabar e imponer disciplina a los trabajadores en beneficio de las clases dominantes. Los mayores peligros para la religión han derivado siempre de las revoluciones, de las sublevaciones populares, porque demostraban el fracaso y la ineficacia de la función sacerdotal, el divorcio entre el pueblo y el púlpito. El protestantismo fue la cuna que acabó rompiendo el monopolio ideológico de la Iglesia, de todas las Iglesias cristianas. Es por ello que desde su aparición, el Estado burgués ha tenido que ir recambiando a los predicadores religiosos por otros nuevos predicadores; los intelectuales, esos nuevos funcionarios escépticos y cínicos, esos plumíferos que dicen «pasar» de todo, especialmente de «mullahs», de «ayatollahs» y de «guerras santas». En realidad no pasan de nada: no podrían pasar sin el sueldo que les viene del Estado. Porque ellos mismos no son más sacerdotes secularizados; porque su dogma es el relativismo, el pragmatismo, el escepticismo, el servilismo -en fin- hacia sus amos, hacia quienes les pagan.

La Guerra Santa


Vivimos actualmente en una época revolucionaria, de profunda crisis (económica, política, cultural, religiosa, moral, etc.) de modo que, igual que en todas las épocas históricas de cambio acelerado, las masas se aproximan a todas aquellas ideologías que necesitan para orientar y justificar su lucha. Y si en los países de influencia protestante, que son todos los occidentales, esa ideología reviste una apariencia laica, en aquellos otros, como los musulmanes, reviste apariencias religiosas, fundamentalistas. El auge del chiísmo no es más que un esfuerzo del Islam por no caer derrotado frenta al escepticismo occidentalizante (protestante), por no quedar relegado a un estéril y agonizante «opio del pueblo». Que un agnóstico «socialista» como Sadam Hussein invoque a Dios en su guerra por Kuwait después de ocho años de guerra contra el fundamentalismo del régimen iraní, es un giro de lo más importante, ilustrativo del rumbo de los acontecimientos en el mundo musulmán.

A falta de otros recursos ideológicos, la teología islámica -como todas las teologías- es capaz de proporcionar lo necesario para captar el ánimo de los musulmanes de un bando y de otro, lo mismo que la Biblia servía en Inglaterra tanto a los episcopalianos del arzobispo Laudo como a los presbiterianos del reverendo Knox o a los puritanos de Thomas Cartwright. Entre nosotros: la polémica sobre si la Guerra del Golfo [1990] ha sido una guerra justa o injusta, no ha sido más que una discusión teológica, una vieja discusión en términos teológicos, que incluso Lenin utilizó para referirse a la Primera Guerra Mundial como guerra «injusta», o sea, «imperialista». Que alguien trate de calificarla como «santa» no es más que otra forma de hablar de lo mismo. El problema consiste en discutir precisamente si es o no «santa». La tropa que Cromwell reclutaba por las tabernas para hacer la revolución -burguesa- en Inglaterra acabó transformándose en «el ejército de los santos», al que también se le llamó «ironside» (costilla de hierro) porque jamás se rendía: hoy los llamarían fanáticos y fundamentalistas, pero fueron los forjadores de Inglaterra.

El carácter belicoso de la teología brota por todos los poros. El evangelio de San Mateo (26,51) como el de San Lucas (22,47) cuentan que al ir a detener a Jesús cuando rezaba en el huerto de los Olivos, algunos de sus seguidores pretendieron evitarlo sacando sus espadas, hasta el punto de que llegaron a cortar la orreja de un ayudante del Sumo Sacerdote (San Juan 18, 10): no cabe duda, pues, de que se trataba de una organización armada. En otro apartado, el evangelio de San Lucas cuenta (22,36) cómo Jesús recomendaba a sus seguidores que lo vendieran todo y compraran armas, porque iban a ser perseguidos y debían defenderse.

Las guerras de religión del siglo XVII fueron la expresión más clara de ese intento de resolver los problemas políticos a cañonazos: «La existencia de los protestantes -recurrimos otra vez a Hegel- no podía asegurarse sin lucha en ninguna parte, pues se trataba no de la conciencia como tal, sino del poder político y propiedad privada que los protestantes habían tomado contra los derechos de la Iglesia y que ésta reclamaba».

Las diferencias con la ideología secular actual son evidentes; el intelectual tolerante de nuestros días carece de ideas propias y, por tanto, no está dispuesto a luchar por ellas, a sacrificarse; el fundamentalista está convencido y, pese a padecer tortura y cárcel no cede; por el contrario, la misma práctica, el mismo choque de sus ideas con la realidad y con el antagonista, o le hacen cambiar o se las confirman cada vez con mayor rotundidad. El escéptico no quiere verificar sus ideas; dice que él no es el mesías y que no quiere imponer su forma de pensar a los demás; no puede contrastar su pensamiento, de manera que es siempre errático. Por contra, el fundamentalista acaba transformando en ciencia sus convicciones: solo los fundamentalistas han triunfado en la historia porque sólo ellos han estado dispuestos a luchar, a batirse en la «guerra santa».

La clave no es más que esa: la práctica. Las teorías y las teologías se esfuman cuando se enfrentan al «rudo mundo exterior» y se tienen que transformar en ciencia. Y la ciencia no está sólo para interpretar el mundo, sino para modificarlo. En contra de lo que los pragmáticos pretenden, solo hay verdaderas ideas cuando el pensamiento tiene relación con la realidad y pretende cambiarla. Eso no sólo no es utopía, sino auténtica ciencia: socialismo científico.

Que esa modificación requiera violencia no depende más que del oponente, del que pretende seguir beneficiándose de lo existente, de lo real. Según Hegel, «el pensamiento se ha convertido en violencia allí donde lo positivo que tenía enfrente era violencia».

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies