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La masacre de los fascistas ucranianos en Lvov en 1941

El salvaje ataque del III Reich contra la URSS fue una operación militar meditada a la que los nazis llamaron “Operación Barbarroja” porque no tenían costumbre de dejar nada a la improvisación.

Del ataque se conocen, sobre todo, las batallas en el frente, pero se habla poco de la retaguardia, de lo que ocurrió con las poblaciones que quedaron en manos de los nazis, no sólo de los que fueron masacrados, golpeados, violados y detenidos, sino de los cómplices.

Imputar los numerosos crímenes de la Segunda Guerra Mundial a los nazis ha exonerado de cualquier clase de responsabilidad a otras poblaciones, como los ucranianos occidentales, y otras organizaciones, como la OUN-UPA, el movimiento “nacionalista” ucraniano que ahora venera el gobierno de Kiev.

Pero no sólo ellos. La foto de Bush estrechando la mano de uno de los criminales de la OUN muestra la continuidad de la historia, dónde están las raíces de cada cual. Ahora lo llaman “memoria histórica”. Los imperialistas tienen claras sus raíces, pero no estamos seguros de que los antimperialistas conozcan las suyas.

¿Realmente sabemos a quiénes nos enfrentamos?, ¿quiénes son nuestros enemigos?, ¿qué son capaces de hacer?, ¿qué podemos esperar de ellos?, ¿cuál es su naturaleza de clase?, ¿qué debemos hacer para derrotarlos?, ¿de quiénes debemos aprender?

Mientras meditamos sobre estas preguntas, echemos un vistazo a estas fotos… antes de desayunar porque pueden revolver las tripas de los lectores.

Bush estrecha la mano de Yaroslav Stetsko, criminal de guerra ucraniano de la OUN
Más fotos:
http://oun-b.livejournal.com/tag/%D0%A3%D1%87%D0%B0%D1%81%D1%82%D0%B8%D0%B5%20%D0%9E%D0%A3%D0%9D%20%D0%B2%20%D1%85%D0%BE%D0%BB%D0%BE%D0%BA%D0%BE%D1%81%D1%82%D0%B5

http://oun-b.livejournal.com/14552.html
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Guerra psicológica

Cómo y por qué el gobierno y la oposición manipulan a los votantes

En 2012 la película Argo ganó el Oscar de Hollywood. El argumento mistificaba el asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán, cuando tras la revolución de 1979 los estudiantes chiítas secuestraron y mantuvieron como rehenes a 52 diplomáticos de la sede durante 444 días.

Entonces se llamó “crisis de los rehenes” y coincidió con el final del primer mandato de Carter y la campaña electoral por un segundo en el que tenía como rival a Reagan.

A pesar de la postura oficial de no negociar con los “terroristas”, el gobierno de Carter lo hizo en secreto y las conversaciones marchaban tan bien que, para recaudar votos, Carter anunció que en octubre, un mes antes de las votaciones, los rehenes serían liberados.

Sin embargo, las negociaciones fracasaron y el secuestro se prolongó porque el equipo de Reagan, que tampoco negociaba con “terroristas”, emprendió en paralelo otras negociaciones para prolongar el secuestro hasta después de las elecciones.

De esa manera, Clinton no podría cumplir con una de sus promesas electorales, perdería las votaciones en favor de Reagan que, a su vez, aparecería como el verdadero liberador, como así ocurrió.

A los votantes se les engañó. Les presentaron el incidente a la inversa: quien apareció como liberador, Reagan, era quien había prolongado el secuestro durante más de un año innecesariamente.

En Estados Unidos la doble negociación de quienes no negociaban se llama “October Surprise” (La Sorpresa de Octubre) y el equipo de Reagan lo formaban Bush padre, que había sido director de la CIA, y William Casey, miembro de la CIA desde los tiempos de la OSS en la Segunda Guerra Mundial.

20 minutos después de que Reagan se dirigiera por primera vez a su país como nuevo presidente de Estados Unidos, Irán anunciaba públicamente la liberación de los rehenes.

El secuestro se puede analizar desde múltiples ángulos y todos ellos son apasionantes. Se puede ver como un evidente caso de manipulación de masas a gran escala con fines electorales, es decir, hasta qué punto se pueden dirigir y manipular unas votaciones.También se puede analizar desde el punto de vista de las reacciones posteriores que ha habido en estos 35 años, donde el caso “October Surprise” se toma como ejemplo de una de esas “teorías de las conspiración”, como la presenta la Wikipedia (*), cerrando los ojos ante las más claras evidencias.

Es obvio que el asunto destapa las profundas contradicciones y el cambio en la correlación de fuerzas dentro de las distintas camarillas que dirigen la política en Washington, pues es palmario que se trató de un complot interno dirigido contra el gobierno de Estados Unidos, por no utilizar otras expresiones más contundentes, como “traición” y “golpe de Estado” electoral.

El caso pone, pues, de manifiesto que quien puede manipular unas elecciones no es sólo un gobierno, lo cual es muy típico, sino que también se pueden manipular en su contra, como se pudo comprobar en España durante la matanza de Atocha, ya que en las disputas electorales no sólo manipulan unos sino que manipulan todos, unos contra otros. Se trata de comprobar quién manipula más y mejor.

El hecho mismo que se emprendieran dos negociaciones en paralelo y que ambas fueran secretas, es decir, que nadie reconociera que estaba negociando con “terroristas” demuestra que los Estados actuales no funcionan como los votantes creen sino justamente de manera opuesta a lo que creen y por eso lo ocultan, es decir, que una cosa es lo que parece y otra es lo que es realmente.

El caso “October Surprise” demuestra que Estados Unidos negociaba con Irán en secreto a pesar de la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países no sólo en contra de las declaraciones oficiales sino de las leyes aprobadas solemnemente por las cámaras parlamentarias, e incluso contra las resoluciones de la ONU, por lo que dichas negociaciones no sólo eran secretas sino además ilegales.

También demuestra que los imperialistas tratan de manejar todos los hilos de la situación, pues al mismo tiempo que negociaban con Irán negociaban también con Irak, a pesar de que ambos países estaban en guerra y que dicha guerra no fue instigada por las partes sino por Washington, que fue quien condujo a Saddam Hussein a aplastar la revolución iraní a cambio de apoyo político y militar.

En todo secuestro se paga un rescate y en el de la embajada de Teherán los imperialistas entregaron -entre otras cosas- armas a los iraníes a través de Israel, a pesar del bloqueo internacional, una transacción que no acabó nunca y que condujo pocos años después a otra operación secreta, Irán-Contra, donde el dinero procedente de la venta de armas a Irán se utilizaba para financiar a la contrarrevolución nicaragüense, una ilegalidad por partida doble.

Los modernos Estados burgueses, tanto el gobierno como su correspondiente oposición, se han habituado a manipular a los votantes, como se han habituado también a jurar que tal manipulación no existe, que todo son imaginaciones. “No hay pruebas”, decía Felipe González hablando de los GAL. No hay pruebas ni las habrá nunca mientras ellos sigan en sus poltronas.

(*) https://en.wikipedia.org/wiki/October_Surprise_conspiracy_theory

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Ni dios se libra de la ruina del capitalismo

El Banco Popular siempre estuvo ligado al Opus Dei, la congregación mafiosa del franquismo que fundó el canonizado Jose María Escrivá de Balaguer. Su quiebra hace que quiebre la Obra del mismísimo Dios del Vaticano, una demostración evidente de que las catástrofes terrenales y la caída de la cuota de ganancia llegan hasta el cielo.

A pesar del voto de pobreza que juran los afiliados al Opus Dei, cuando los obispos, los fieles, los devotos y las beatas querían guardar sus expolios y sus ahorros, siempre iban a parar al mismo paraíso especulativo: las acciones y los depósitos del Banco Popular, porque desde los más negros tiempos del franquismo en la Bolsa de Madrid siempre se ha escuchado la misma tonadilla: “El Banco Popular es el más rentable del mundo”.

En la autovía de salida de Madrid hacia Coruña, la antigua Nacional VI, hay un viejo caserón de ejerce las veces de monasterio y, al mismo tiempo, centro de datos, uno de los más modernos del mundo, donde decenas de monjas se apiñan sobre los ordenadores para gestionar y esconder la contabilidad real del Banco, mientras por los altavoces escuchan cantos gregorianos y rezan rosarios.

Ahora que los Papeles de Panamá han descubierto los paraísos, hay que recordar que el Banco Popular nació de otro banco, el Credit Andorra, cuyo nombre es bastante elocuente por sí mismo. El Banco siempre ha lavado el dinero del más grande paraíso fiscal jamás concebido, el Vaticano, al tiempo que ocultaba el expolio de tierras y de patrimonio artístico y monumental que viene cometiendo la Iglesia católica desde hace años, muchos años.

Esos sinvergüezas que protestan públicamente por la evasión fiscal, aún no han dicho nada acerca de la mayor red ‘offshore’ que se ha creado en España, la Iglesia católica, sus órdenes religiosas, sus fundaciones caritativas y demás tentáculos eclesiásticos que no sólo no pagan impuestos sino que cobran de ellos.

Los billetes de dólar llevan una divisa que reza: “In God we trust” (Confiamos en Dios). Pero no hay que confiar tanto. El dinero sagrado está sometido a las mismas leyes del capitalismo que el dinero más negro y hoy el paradisíaco Banco ha arruinado a los capitales más ligados al nacional-catolicismo: las acciones que antes valían 30 euros ahora se cotizan a 1,8 euros.

En todo el mundo, incluida España, las grandes religiones están ligadas al feudalismo y, por lo tanto, a la tierra, a lo que antes los economistas llamaban “sector primario” y ahora simplemente inmobiliario. En España siempre se ha ocultado que el terrateniente más poderoso no es ningún marqués sino la Iglesia católica, un verdadero ejemplo de monopolio económico.

Si los “marxistas” hispánicos no se hubieran contagiado de anarquismo folklórico habrían entendido en dónde está el núcleo del poder de la Iglesia católica y que la “lucha contra la religión” no radica en mofarse de las ideas de los fieles sino en atacar las propiedades de sus jefes, esto es, tratar a la Iglesia como el monopolio que es.

Aún falta aludir al otro pilar de la España negra, el franquismo, sin el cual no se podría entender ni el poder actual de la Iglesia católica ni el Banco Popular, que durante décadas creció con los labios pegados a las ubres de la feroz explotación del proletariado derrotado en la guerra y esclavizado después.

En los años sesenta una parte del gobierno franquista se reservaba para ministros del Opus Dei, que contaba con el apoyo del almirante Carrero Blanco. Sin embargo, los capitalistas nunca ponen todos los huevos en la misma cesta y Luis Valls, miembro del Opus Dei y eterno director del Banco Popular, perteneció al Consejo Privado de Juan de Borbón. Al mismo tiempo el Opus Dei también jugaba la baraja de la “oposición domesticada”, financiado proyectos como el diario Madrid, que fue derribado -literalmente- por el franquismo. “Tenemos que envolver el mundo en papel de periódico”, decía Escribá de Balaguer.

El impulsor de Credit Andorra y del Banco Popular, Rafael Termes, fue presidente entre 1966 y 1990 de la Asociación Española de Banca, el “holding” a través del cual la banca se relaciona con el Estado fascista español. Era un reducido círculo al que en los tiempos de la transición se le llamó “Los Siete Magníficos”, en referencia a las reuniones periódicas que mantenían los presidentes de los siete bancos más importantes de la época, de los que hoy ya sólo quedan dos por algo que Marx calificó como “concentración de capitales”.

Poco antes de morir en 2005, Termes inició la campaña contra el matrimonio homosexual a través del Foro de las Familias, otro de los tinglados creados y financiados por el Opus Dei.

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Dalton Trumbo: el Hollywood que vestía de rojo

Javier Castro

Los hermanos Lumière jamás imaginaron que alrededor de su mágica invención, se forjaría una poderosa industria, desarrollada en épocas de profundas transformaciones y conflictos, donde el cine adquirió relevante importancia, dando rienda suelta a talentosos creativos y sus formas narrativas, pero además, sirviendo como instrumento propagandístico para modificar conductas e imponer valores.

Lograrlo requería de efectivo control a los contenidos, siendo la censura aplicada a través de filtros con los más variados e inverosímiles criterios, una cuestión de intereses políticos e incluso, de seguridad nacional.

Fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918) donde la propaganda se hizo actividad sistémica y se desarrolló en el sentido moderno. Aparece el Comité de Información Pública del presidente W. Wilson, quien elaboró con los residuos de la doctrina Monroe, una agenda para Hollywood, rodándose películas por encargo como “Pershing’s Crusaders” (1918), documental sobre el despliegue de las tropas estadounidenses en Francia, “Under tour flags” (1918), documental sobre las tropas aliadas en el conflicto; “The Kaiser, the Beast of Berlin” (1918), dirigida por Rupert Julian, donde se ridiculiza al Kaiser, obsesionado con dominar el mundo y desobedecido por sus tropas.

Tiempo después, un férreo sistema de regulación del contenido cinematográfico sería el “Código Hays”, una suerte de reglas impuestas a guionistas y directores que tuvo vigencia desde 1934 hasta 1968 y fue concebido por William H. Hays, miembro del Partido Republicano y el primer presidente de la Asociación de Productores y Distribuidores de Cine de América –MPPDA– (luego llamada MPAA).

Y claro, la censura se adoptó en todo el mundo. La mítica obra Casablanca fue sometida a cambios en doblaje para su proyección en España, en tanto el pasado de Rick (Humprey Bogart) da cuenta que participó en la guerra civil española con el bando republicano, la dictadura franquista no permitiría tal confesión y lo modifica diciendo que luchó contra la anexión austríaca de los nazis.

Aquí en Colombia, a finales de los años 30 del siglo XX, fue creada la Sociedad Industrial Cinematográfica, la cual controlaba el funcionamiento de numerosas salas para la proyección del denominado “cine moral”, acorde con los valores cristianos. En la siguiente década, la Acción Católica Colombiana nombraba juntas regionales que actuaban con autonomía para imponer censura.

En 1946 se aprobó la Ley 83 que señalaba al cine como factor de influencia en la delincuencia juvenil. Por ello los menores de 16 años no tenían permitida la entrada a películas que no fueran recreativas o educativas. La misma Ley de censura impedía la llegada de nuevas producciones, y la oferta cinematográfica se componía por películas filmadas veinte años atrás.

Sin embargo, siempre han emergido notables personajes dotados de un espíritu de lucha y vocación incorruptible, quienes han hecho frente a aquello que ante la censura el escritor bumangués Hernando Valencia Goelkel llamara: “mutilación de la inteligencia” y “represión de la libertad”.

Ejemplo de ello fue Dalton Trumbo, destacado novelista, guionista y director de cine norteamericano, quizá uno de los mejores en toda la historia. Hombre de convicciones políticas de izquierda,  miembro del Sindicato de Guionistas, la Liga Antinazi y solidario activista por el Comité de Refugiados Antifascistas.

En 1943 ingresa a las filas del Partido Comunista de los Estados Unidos y desarrolla su militancia escribiendo para el periódico Daily Worker, medio informativo partidario.

Aquella época era el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, conflicto bélico criticado con dureza por Trumbo quien siempre expresó su desacuerdo con la injerencia de los EEUU. Ya en 1945 con el triunfo del Ejército Rojo sobre el fascismo alemán, se abrió paso al inicio de la guerra fría y con ello la persecución de los comunistas en la tierra del tío Sam.

Trumbo fue incluido en una lista negra junto a nueve de sus colegas por parte del Comité de Actividades Antiamericanas en la lógica del “Macartismo”, del que también fuera víctima Charles Chaplin y muchos otros baluartes del cine y las artes en general. A tal punto llegó su persecución, que al negarse a cooperar con las pretensiones delatoras del Congreso, fue condenado a prisión por un año. No cometió ningún delito, sus libertades civiles fueron constreñidas por pensar diferente a quienes ostentaban el poder.

Ya en el siglo XXI, Hollywood estaba en mora de rendirle un homenaje a tan célebre figura, reto que asumió el intrépido Jay Roach, y debo ser sincero al decir que no imaginaba al director de la saga “Austin Powers” haciéndose cargo del biopic de Trumbo, pero su experiencia en comedias permitió darle color al drama en aras de no hacer del film un acartonado discurso.

El desarrollo de la historia podría verse limitada por la estricta linealidad cronológica en que se cuenta, jugando allí un papel destacado la magistral dirección musical a cargo del joven y también norteamericano compositor Theodore Shapiro que nos mantendrá sumergidos en el relato.

Además, reconozco fui sorprendido por un Bryan Cranston entregado a su papel con la capacidad histriónica de la que gozaba el propio Trumbo, dotado de matices que hacen de la extravagancia una virtud. Junto a él, resalto la participación de John Goodman interpretando al peculiar empresario cinematográfico Frank King.

Ver la película que en Colombia se estrenará el próximo 9 de junio, nos conmoverá con la capacidad de entrega de un Dalton Trumbo apasionado por su carrera, enamorado de su familia, convencido de sus ideas. Demostrando con coraje el poder de la organización y ratificando que mientras haya causas justas, reivindicaciones justas, también habrá razones para conquistarlas.

Fuente: http://www.semanariovoz.com/2016/05/30/trumbo-el-comunista/
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El Rey de Kurdistán quiso ser un aliado fiel del imperialismo (y 2)

Cheikh Mahmud
Tras el fracaso del levantamiento de 1931, a Mahmud le obligaron a vivir en una especie de exilio interior en una aldea de la región de Suleimanya, en unas condiciones materiales muy precarias. Los británicos creían que en cualquier momento podían volver a necesitar de sus servicios.

La correspondencia intercambiada entre 1920 y 1940 por el dirigente kurdo con los imperialistas expresa el “malentendido” entre unos (dominadores) y otros (dominados). La calculada ambigüedad de los británicos hacia los kurdos llevó a que Mahmud creyera que eso era lo que esperaban de él: que se enfrentara a Bagdad. Lo que está fuera de duda es que bajo ninguna circunstancia el enemigo eran los británicos. Los enemigos eran los árabes, que no vivían en Londres sino en Bagdad.

Para Mahmud resultaba irrelevante que el cargo de gobernador en Bagdad lo ocupara el rey Feisal, que estaba puesto por los propios británicos y era hachemita; ni siquiera era irakí. A Mahmud le daba lo mismo: era árabe. En la histórica -y sangrienta- manifestación celebrada en Suleimanya en 1930 las masas kurdas gritaban “Queremos autonomía, no queremos un gobierno árabe”.

Para entonces los imperialistas ya habían conseguido lo que se proponían. Fue un triunfo absoluto de la vieja política que el Imperio Otomano sólo había intentado: para someter a los árabes, primero utilizaron a los kurdos con falsas promesas de autonomía y, cuando a su rey, al verdadero rey árabe, a Feysal, le pusieron al frente del nuevo Estado irakí, utilizaron a estos contra aquellos.

Rafiq Hilmi, un colaborador cercano de Mahmud y representante de la “effendiyya” nacionalista kurda, escribió que los británicos nunca entendieron que Mahmud era un nacionalista y trataron de sobornarle y corromperle con privilegios. “No supieron hacer de él [de Mahmud] un aliado sumiso”, apunta Hilmi.

Uno de los pecados de los dominados es que se esfuerzan por “entender” a sus dominadores y cuando les “entienden” lo que lamentan es su falta de “comprensión” hacia ellos, provocada quizá porque no han nacido allá, en Kurdistán. La dominación sería más dulce si hubieran criado sobre el terreno, si hablaran la lengua o si conocieran la historia local.

Hoy los intelectuales nacionalistas kurdos no son capaces de ponerse de acuerdo sobre la figura de su primer rey, cabeza de la actual dinastía Barzani que ahora regenta el Gobierno Autónomo de Kurdistán en Irak. Deben agradecérselo al imperialismo y a una atroz guerra.

Mahmud es un héroe nacional para los kurdos irakíes. Pero otros -que también son kurdos- afirman que sus verdaderos objetivos no eran nacionales sino personales, que no tenía “ideales” sino que perseguía el enriquecimiento de su familia.

Ambas cosas no son incompatibles. Los personajes históricos del tipo Mahmud llevan pantalones con dos bolsillos; en uno llevan su patria y en el otro las monedas y nadie puede poner en duda que ambas les gustan, aunque en casos de apuro es posible que tengan más de una duda sobre si quieren más a su padre o a su madre, a un bolsillo que al otro.

En la historia sólo hay un tipo de personajes que jamás tienen dudas ni vacilaciones porque sólo tienen un bolsillo; el otro está vacío. Sólo ellos pueden llevar una batalla hasta el final. Son esos de los que Marx y Engels dijeron que sólo podían perder sus cadenas…

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El Rey de Kurdistán quiso ser un aliado fiel del imperialismo (1)

El dirigente kurdo Cheik Mahmud
El ejército colonial británico empezó a llegar a Mesopotamia en 1917. Dos años después ocupaban Bagdad y al norte de lo que hoy es Irak organizaron un encuentro con los notables kurdos de Suleimanya, una ciudad fronteriza con Irán. Querían preparar un gobierno provisional en Kurdistán o, más exactamente, en una parte de Kurdistán.

Después de la Revolución de Octubre, los imperialistas levantaron la bandera de la liberación de los pueblos y de las naciones oprimidas. No sólo los bolcheviques y la III Internacional eran los que hablaban entonces de emancipación.

Si los imperialistas no “liberaban” a los pueblos lo más probable es que se liberaran a sí mismos, y no podían correr ese riesgo. Por eso al final de la Primera Guerra Mundial, una guerra imperialista, en Londres, en París y en Washington sólo se hablaba del derecho de autodeterminación.

Los británicos eligieron a Cheikh Mahmud como futuro rey de Kurdistán. Terrateniente y jefe de la cofradía sufí Qadiriya, Mahmud era una de las personalidades más influyentes del norte de Irak.

El diseño del futuro reino de Kurdistán era consecuencia de factores internos al Imperio Británico: por razones estratégicas necesitaban tener la región bajo su control, pero no podían ocuparla militarmente, tanto por motivos logísticos como presupuestarios.

Como en India, necesitaban cipayos y eligieron a Mahmud como “hukumdar” (gobernador), un término cercano al de “emir”, es decir, una autoridad política y religiosa a la vez. Los británicos pusieron una vasta región en sus manos, aunque en cada provincia los delegados kurdos tenían a su lado a los “political officers” enviados por Londres vía Bagdad.

Pero esos “political officers” no tenían la misma opinión sobre la manera de regir Suleimanya. Mientras unos proponían imponer una administración indirecta, otros eran partidarios del modelo indio, es decir, el dominio directo de los funcionarios imperiales británicos.

La administración británica en aquel pedazo de Kurdistán nunca fue uniforme. Entre 1918 y 1923 impusieron el “Southern Kurdistan” (Sur de Kurdistán), administrado por los kurdos por sí mismos bajo la supervisión de los consejeros británicos. Luego cambiaron al control directo sobre el resto de las regiones kurdas, desde el Jebel Sinjar, al oeste, al Gran Zab, en el este.

La dominación británica levantó a la población kurda, encabezada por Mahmud, que nunca fue el patriarca dócil que esperaban en Londres. Hubo dos sublevaciones en 1919 y 1923-1924 que condujeron a los británicos a olvidarse de la independencia de Kuridistán para integrarlo finalmente en el nuevo Estado de Irak en 1926.

El primer gobierno de Mahmud duró poco, apenas los dos años de 1918 y 1919 porque el “emir” quiso extender su control a otras regiones de Kurdistán, como Kifri o Kirkuk, mientras que la divisa del Imperio Británico siempre fue la de “divide y vencerás”. En Londres siempre pensaron fragmentar su parte de Kurdistán en varios pedazos para mantener a todos ellos bajo su influencia.

A Mahmud le condenaron a muerte, pero luego lo acabaron desterrando a India y los colonialistas tuvieron que tomar el control de Suleimanya (“Southern Kurdistan”) en sus propias manos. Pero para entonces hablar de “control” era excesivo; los kurdos ya estaban en pie de guerra y volvieron a recurrir a Mahmud para que calmara los ánimos. El 10 octubre 1922 volvía a ser “hukumdar”, aunque él prefirió proclamarse a sí mismo “Rey de Kurdistán”.

Como los amantes que pasan de los brazos de uno a los del otro, los vasallos también cambian de protector y, finalmente, se arrojan a los pies de cualquiera. Al rey se le ocurrió la infeliz idea de pedir socorro a la Turquía kemalista surgida del desplome del Imperio Otomano, que era precisamente lo que los británicos pretendían impedir. Kurdistán estaba destinado a cumplir el papel de tapón entre Turquía y el Imperio Británico en Irak.

Como aquello no era lo pactado, el 16 de mayo de 1923 los británicos volvieron a ocupar Suleimanya, imponiendo un gobierno “autónomo” kurdo con el apoyo de notables dóciles, tras lo cual volvieron a abandonar Suleimanya, creyendo haber solucionado el asunto.

Pero Mahmud regresó el 11 de julio de 1923, esta vez por propia iniciativa. Ya no era el mismo; no podía pensar en ampliar los dominios de su “Kurdistán” ya que apenas controlaba una porción aún más reducida de la antigua Suleimanya.

La relación de Mahmud con los imperialistas fue un continuo tira y afloja. En diciembre de 1923 la RAF, la aviación británica bombardeó su cuartel general en Suleimanya. Los pilotos recibieron la orden de asesinarle, pero en ese momento el dirigente kurdo había acudido a rezar a la mezquita…

Su fracaso no impidió que en 1924 los británicos volvieran a imponer la administración directa. La región de Mosul, donde estaban los pozos de petróleo, ya la habían incorporado al nuevo Estado irakí. Su diseño respondió a la necesidad de asegurar el control de los monopolios británicos sobre el petróleo.

El resto de Kurdistán era menos interesante para el Imperio Británico, lo cual significaba que no merecía la pena gastar mucho dinero en ella.

A pesar de las promesas británicas de autonomía, en 1929 se firmó el Tratado anglo-irakí donde no se establecía ningún régimen especial para Kurdistán. Se produjeron levantamientos, el más importante de los cuales fue el del 6 de setiembre de 1930, cuando el ejército irakí disparó sobre una muchedumbre que se manifestaba en las calles contra el Tratado, matando a 15 personas. Los responsables del levantamiento fueron detenidos y juzgados luego en Bagdad.

Al año siguiente otra revuelta encabezada por Mahmud fue aplastada y toda Suleimanya fue incorporada a Irak.

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Franco también organizaba sus propias farsas electorales

Para tratar de remarcar lo más posible las diferencias entre el régimen anterior, el franquismo, y el actual, la burguesía se esfuerza en ocultar que también el franquismo organizó sus montajes electorales. De esa manera parece que la diferencia entre uno y otro régimen es que ahora la gente puede votar y antes no. Es un error porque bajo el franquismo no sólo se podía votar sino que eran tan demócratas que incluso te obligaban a ello.

Entre sus varias convocatorias electorales, el régimen franquista organizó elecciones sindicales, municipales y para diputados, aunque en aquellos tiempos los llamaban “procuradores”. Bajo el franquismo la Ley de Representación Familiar de 1967 fue una especie de ley electoral que regulaba los sufragios.

Uno de los “procuradores en Cortes” que en 1967 fue elegido por el tercio familiar en la provincia de Ávila fue Adolfo Suárez.

El franquismo convocó tres referéndums, el primero el 6 de julio de 1947 para aprobar la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, que tuvo una participación masiva (alrededor del 90 por ciento) porque votar sí era votar a “la paz de Franco” y votar no llevaba a España al desastre.

Los ciudadanos fueron convocados por segunda vez a un referéndum el 14 de diciembre de 1966 para aprobar la nueva Ley Orgánica del Estado por la que se separaba el cargo de Jefe de Estado del de Presidente del Gobierno. De nuevo la participación fue muy elevada. El resultado fue rotundo a favor del sí.

Lo mismo que en el anterior, la obsesión del franquismo en este referéndum fue conseguir una alta participación de la población a favor del sí, para lo cual se puso en marcha la correspondiente campaña propagandística que se basó en la identificación del voto afirmativo con un sí a Franco. El voto era obligatorio y, en algunos casos, se obligó a algunos ciudadanos a presentar el certificado de voto para evitar represalias.

Aunque el gobierno franquista también recurrió a la propaganda, ni fue tan masiva como las actuales, ni estuvo tampoco organizada porque el objetivo no era tanto el voto como transmitir una cierta imagen del franquismo, ligándolo a la “paz” o al “progreso”.

La ley para la reforma política de 1976

Tras la muerte de su jefe, el 15 de diciembre de 1976 los franquistas sometieron a referéndum la ley para la reforma política del que se van a cumplir ahora 40 años. De nuevo el gobierno, dirigido entonces por el falangista Adolfo Suárez, trató de conseguir un apoyo aplastante para su proyecto de transición política utilizando para ello no sólo el aparato burocrático del Estado, sino también a toda la organización del Movimiento franquista, que disponía de la mayor parte de los periódicos de la época.

El referéndum de 1976 fue el primero en el que la publicidad política se utilizó masivamente, con un gran despliegue de medios. El Estado contrató y pagó a varias agencias publicitarias para la campaña, que se volcaron en todos los medios monopolizados por el Estado, especialmente la televisión, que entonces eran dos cadenas organizadas dentro del mismo aparato político del Estado: la Dirección General de Radiotelevisión Española.

Aunque todas las organizaciones antifranquistas pidieron el boicot, no tuvieron ninguna posibilidad de contrarrestar aquella gigantesca operación propagandística; la desproporción de medios fue tan grande que no se puede hablar de ninguna campaña alternativa a la de los franquistas.

Como director de la radio y la televisión públicas de 1969 a 1973, Suárez tenía experiencia en el manejo de la publicidad y su capacidad para engañar a las masas. Para la convocatoria de 1976, Suárez nombró a Rafael Ansón, un verdadero experto que convirtió el referéndum en un lavado de cerebro masivo sin procedentes.

Como reconoció Ansón posteriormente, “gracias a la televisión, entonces única, el gran cambio se pudo hacer sólo en un año y con los menores riesgos”.

Los mensajes publicitarios inundaron vallas y buzones, y se difundió una canción (“Habla, pueblo, habla”) de una manera tan insistente que se fijó en la memoria colectiva de las masas. El lema no era novedoso sino que procedía del referéndum organizado por los franquistas diez años antes:

La postura antifranquista a favor del boicot se expresó por medio de pintadas, manifestaciones y mítines fuertemente reprimidos por la policía. Para pedir el boicot los antifranquistas argumentaron la nula legitimidad democrática del gobierno y que el referéndum se promovía con una total ausencia de libertades políticas para expresar las distintas posiciones. Uno de las consignas más repetidas por los antifascistas entonces fue la de “Un referéndum sin libertad es un referéndum sin democracia”, con lo cual se admitía que no había libertad. El referéndum de 1976 no fue una consulta democrática porque no existían las libertades propias de una democracia. Esta octavilla de la época procede del Partido del Trabajo, hoy desaparecido.

En aquel momento los partidos no se habían legalizado, es decir, no hubo manera de oponer una fuerza organizada a la propaganda del gobierno de Suárez. Ningún partido antifascista pudo exponer su criterio en los medios de comunicación, radio, prensa o televisión. Lo mismo que en las convocatorias franquistas, sólo hubo un único mensaje. En tales condiciones, un referéndum es nulo, cualquiera que fuera su resultado.

En su manipulación, los franquistas no vacilaron en recurrir a la contrapropaganda, un instrumento típico del fascismo en todos los países. En algunos barrios obreros de Madrid el Gobierno organizó el reparto de octavillas en las que se rechazaba la abstención “en nombre del socialismo democrático”. En otros, recurrió a las contrapintadas anónimas para confundir los mensajes: en la oscuridad de la noche, los muros que piden la “Abstención” cambian para decir que “Abstención es incultura” o “Abstención es cobardía”.

Al cabo de los años Martín Villa, que entonces era ministro del Interior, reconoció que dio órdenes a la policía para retocar las pintadas de los antifascistas en las paredes pidiendo la abstención. Lo hicieron añadiendo un “no” detrás de la expresión “No votes”, de manera que al quedar “No votes no” se convirtió en una invitación al voto en un sentido afirmativo.

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35 años de la muerte de Crespo Galende en huelga de hambre

Se han cumplido 35 años de la muerte de Juan José Crespo Galende, militante del PCE(r), en huelga de hambre dentro de la cárcel de Herrera de la Mancha, en lucha contra el aislamiento penitenciario.

Con dicho motivo se celebró un acto en su pueblo natal, Las Carreras, en la zona minera de Vizcaya, a la que asistieron unas 170 personas.

Como es tradicional, se dio lectura a un escrito, se depositó un ramo de flores en el monumento que se levantó en una de las plazas de su pueblo y se bailó un aurresku de honor.

Juan José Crespo en el recuerdo

¡Eskerrik asko a todos, por estar hoy aquí!

Y cuando digo a todos, no me refiero únicamente a los que estamos aquí físicamente, sino también a aquellos que ahora están en nuestro pensamiento. Y, entre ellos hoy especialmente, a Juan José Crespo Galende.

Quizá, para algunos de los que les conocisteis, simplemente, Juanjo, Joe o Kepa. Sin embargo, para los que no tuvimos oportunidad de conocerle es tanto Juanjo, como Joe o Kepa; pero sobre todo es una persona a la que admiramos por su trayectoria vital, por sus ideas, valores y principios.

Juan Jose Crespo Galende nació en Las Carreras el año 1953, y fue en este pueblo donde vivió su infancia y juventud. Aquí, con parte de vosotros, fue haciéndose hombre y forjando su rebeldía contra la dictadura fascista de Franco. En el año 1975, con 22 años, comenzó a militar en el Partido Comunista de España (reconstituido).

Cuatro años más tarde, siendo responsable del aparato propagandístico del Partido, fue detenido en Madrid. Fue brutalmente torturado en comisaría y, posteriormente, junto a sus compañeros, fue sometido en la cárcel de Herrera de la Mancha a un cruel y tiránico régimen carcelario, conocido como “régimen de exterminio”, que tenía por finalidad la anulación de la personalidad y de la voluntad de los presos.

Pero Crespo y sus compañeros le hicieron frente. Dignidad o muerte era su lema. Y en una pacífica, pero cruenta batalla contra la inhumana intransigencia del Estado español, Crespo murió tras 3 meses y 5 días de huelga de hambre.

Tenía tan sólo 27 años. Era el 19 de junio de 1981, por aquel entonces, como hoy, fiestas de Las Carreras, que, en protesta, se interrumpieron parcialmente. Así pues, dentro de tres semanas se cumplirán 35 años de la muerte de Crespo. Y hoy hace tres semanas también se ha cumplido el 35 aniversario de la muerte en huelga de hambre del carismático militante del IRA Bobby Sands.

En su memoria, además de denunciar las torturas que aun hoy existen en las comisarías, y la dispersión a la que están sometidos los presos políticos y sus familiares, demandamos que Crespo sea reconocido como víctima de la violencia estatal. Y en ese sentido, pedimos también al Ayuntamiento de Abanto que apoye esta petición en reconocimiento de su vecino.

Para finalizar, nos gustaría citar las últimas palabras que Crespo dijo a su abogado antes de morir. Le dijo “Saluda de mi parte a la clase obrera y al pueblo de Euskadi, y, en especial, saluda a la gente de mi pueblo”. Pues bien, hoy es la clase obrera de Euskal Herria, y, en especial, la gente de tu pueblo la que te saluda: Beti arte, Kepa! ¡Hasta siempre, compañero!

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La caza de brujas contra los comunistas en Estados Unidos

Cuando el senador Joseph McCarthy llegó al coto de caza, la temporada ya estaba empezada. Y cuando volvió con sus presas a casa, herido y borracho, la partida continuó sin él. Sin embargo, su nombre quedó ligado a los límites del coto. En diciembre de 1954, McCarthy fue condenado por el propio Senado estadounidense. “Ha actuado en contra de la ética senatorial y ha pretendido llevar al Senado a la deshonra y al descrédito, obstruir los procedimientos constitucionales del Senado y perjudicar su dignidad”. Así quedaba reprobado el senador por Wisconsin. Y con ello salvadas las excusas para justificar y disculpar la “caza de brujas” anticomunista a lo largo y ancho del país. No solo eso. La “caza de brujas”, el “terror rojo”, una actividad y un clima que suponían un todo de amplio espectro, quedaban englobados bajo un nuevo término: “mcarthysmo”. Tanto fue así que adoptaría traducción universal. Toda persecución política por parte de elementos del Estado se podía calificar de episodio macartista, ya sucediera en cualquier parte del mundo. Porque lo importante no eran los elementos de fondo de tales persecuciones, sino los formales. El primero, la participación de “elementos del Estado”, lo que hacía al propio Estado un ente intocable en su conjunto, y lo humanizaba en su imperfección y en su capacidad de reconversión y limpia. Y segundo, en la cualidad episódica, en lo que se circunda temporalmente y, de nuevo, se disculpa como una mancha académica que no debe emborronar el expediente.

Joseph McCarthy le fue a los EEUU -discúlpese en lenguaje- un tonto útil. Y el macarthysmo, como término, un truco historiográfico que cercena sutilmente gran parte de la historia. Algo así como un saco donde entra todo, desde el famoso Comité de Actividades Antiamericanas -HUAC, siglas inglesas de House Committee on Un-American Activities- al clima generalizado de persecución. El nombre de McCarthy quedó ligado a “caza de brujas”, a los “Diez de Hollywood”, al “terror rojo”. El senador reportó méritos para ello. Pero él mismo fue un capítulo más en una historia compleja.

Evidentemente toda la “caza de brujas” y el clima de histeria anticomunista no dependió de McCarthy. Pero la estrategia del “todo es McCarthy” era la que mejor podía funcionar para que el gobierno de los EEUU saliese indemne de una aventura que se estaba volviendo demasiado arriesgada.

El Comité de Actividades Antiamericanas existía como organismo dependiente del Congreso de los Estados Unidos desde 1934, cuando fue creado para investigar la presencia de propaganda política extranjera en el país. Se centró particular y oficialmente en la posible actividad nazi entre estadounidenses de origen alemán y en el seno del Ku Klux Klan. La pronta conclusión fue que no había indicios concluyentes de penetración nazi, menos aún en el Klan, que era, a fin de cuentas, una “antigua institución estadounidense”. Tras ello, el Comité viró sus investigaciones hacia la influencia y extensión del comunismo, especialmente sobre aquellos sectores o gremios de notable influencia social, como podían ser los artistas e intelectuales. En el marco del New Deal y de las políticas de la administración Roosevelt -sustentadas en la Works Progress Administration- el principal y más famoso de los proyectos subvencionados fue el del Federal Theatre Project, que trató entre 1935 y 1939 -cuando fue cancelado- de desarrollar un amplio programa de actividades teatrales por todo el país que diera trabajo a miles de profesionales de las artes escénicas y que entretuviera a los trabajadores, en aquellos años de la Gran Depresión. Aprovechando la oportunidad, talentos como Arthur Miller y Orson Welles encontraron hueco para sus obras en el proyecto. El tono político de muchas de las representaciones pronto alarmó al gobierno estadounidense, cuyo Departamento de Estado llegó a a prohibir la representación de varias obras, como una que criticaba abiertamente la invasión de Etiopía por la Italia fascista y que hacía una representación crítica de Mussolini. El Departamento arguyó que no podía representarse en los escenarios a Jefes de Estado extranjeros, porque existía riesgo de provocar conflictos diplomáticos. La dramaturga y directora del Federal Theatre Project, Hallie Flannagan, tuvo que comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1938, para responder a preguntas tan insospechadas como la presunta militancia comunista de Christopher Marlowe, uno de los autores cuyas obras habían sido representadas -Christopher Marlowe, el autor isabelino, nacido en 1564-. Era el macarthysmo, antes de McCarthy.

Los interrogatorios de McCarthy, con un estilo agresivo y chabacano, grabados y difundidos públicamente, le confirieron la acertada imagen de estandarte anticomunista. En 1952 fue reelegido senador con el 54% de los votos. Había conseguido hacerse con el fervor popular de los católicos e incluso con el favor personal de la familia Kennedy, a pesar de encuadrarse en partidos políticos diferentes.

La persecución y las listas negras que se hicieron famosas por incluir notorios nombres de Hollywood comenzaron su sistemático curso en 1947, a cargo del Comité de Actividades Antiamericanas, con naturaleza de Comité Permanente desde dos años antes y presidido por el demócrata Edward Joseph Hart. Ya un año antes, en 1946, el diario The Hollywood Reporter publicaba una columna titulada Un voto para Stalin, donde se daban nombres y apellidos de supuestos infiltrados comunistas primordialmente en el mundo del cine. Walt Disney y Ronald Reagan fueron los profesionales que abrieron las audiencias del Comité, como abanderados contra la infiltración soviética en la industria del cine. Después de la primera salva, once testigos -en calidad de testigos fueron convocados por el HUAC- terminaron siendo declarados abiertamente hostiles; entre ellos, Bertolt Brecht, que procedió a abandonar los Estados Unidos. Quedaron los famosos “Diez de Hollywood”, acogidos en vano a la Primera Enmienda y a su derecho a no declarar. Fueron condenados por desacato al Congreso. Sólo uno de ellos revertirá su condena, evitará la prisión y el destierro profesional, el director Edward Dmytrik, tras reconocer su pertenencia al Partido Comunista, renegar de ello y delatar a otros colegas -para “salvar su piscina”, como apuntaría genéricamente Orson Welles sobre los delatores-. En 1950 se publica el folleto Red Channels -Canales Rojos: Informe sobre la influencia comunista en la radio y la televisión- que incluía el nombre de 151 personajes públicos -cineastas, escritores, periodistas, músicos, actores- de militancia o simpatía comunista. El folleto, publicado por el periódico semanal Counterattack -Contraataque-, órgano de American Business Consultants Inc., ponía de manifiesto la amplísima red gestada para declarar un absoluto estado de terror colectivo.

Los intereses corporativos funcionaron perfectamente engrasados con la HUAC y el FBI de Hoover, que tenía ya por entonces cientos de miembros infiltrados en el Partido Comunista de los Estados Unidos -CPUSA-. McCarthy, el senador, era la figura propicia para ponerse en primera línea de fuego de aquella cruzada anticomunista dentro del país.

Los interrogatorios de McCarthy, con un estilo agresivo y chabacano, grabados y difundidos públicamente, le confirieron la acertada imagen de estandarte anticomunista. En 1952 fue reelegido senador con el 54% de los votos. Había conseguido hacerse con el fervor popular de los católicos e incluso con el favor personal de la familia Kennedy, a pesar de encuadrarse en partidos políticos diferentes. McCarthy, por mucho que se le asocie con la persecución de Hollywood, no fijó su atención principal en el mundo del arte. Las listas negras de artistas e intelectuales habían crecido en el seno del Comité de Actividades Antiamericanas, del que McCarthy nunca formó parte. La lista que confeccionó el senador republicano y le sirvió de trampolín, quedó dibujada como una mera amenaza en febrero de 1950, cuando durante un discurso, sin dar nombres, dice tener una relación de 205 comunistas infiltrados no en entre bambalinas y sets, sino en el mismo Departamento de Estado. La cruzada de McCarthy se dirigía hacia la supuesta infiltración en el ejército y en el propio gobierno. En el momento de iniciar su inquisición el Presidente del gobierno era el demócrata Truman. Pero dos años más tarde, Eisenhower ganó las elecciones presidenciales, el primer republicano en veinte años. Y McCarthy encontrará en sus propias filas el principal escollo que salvar, finalmente insuperable.

Tras su reelección como senador se le asignó la presidencia del Subcomité de Seguridad Interna del Senado. Se le consideraba un puesto y una responsabilidad menor, pero McCarthy supo utilizar la posición para llevar a efectos la ofensiva final contra cualquier indicio de actividad comunista. Nombró a dos jóvenes de confianza como abogados del Subcomité, Roy Cohn -abogado principal- y Robert F. Kennedy -asistente-. En nombre de este Subcomité, interrogará a numerosos intelectuales, resultando paradigmática la audiencia a Dashiell Hammett, casi un ejercicio dramático de pura farsa. En el otoño de 1953 McCarthy inició su acometida contra el ejército, el caso Peress -el del dentista del Ejército al que el senador acusó de infiltración comunista en el cuerpo militar- supuso un desgaste y un cierto revés para McCarthy, que se granjeó la enemistad de importantes sectores dentro del Ejército cuando involucró al respetado General Ralph W. Zicker, inmediato superior de Peress.

En 1954 el tiempo de McCarthy comenzaba a acabarse. En la primavera de ese año, McCarthy y Roy Cohn fueron denunciados por favorecer el trato dentro del cuerpo de un asesor del Subcomité. Las audiencias del Ejército contra McCarthy fueron televisadas. McCarthy salió absuelto de toda culpa, no así Cohn, ni tampoco algunos de los cargos militares enfrentados a McCarthy. Las deliberaciones, en cualquier caso, importaban poco. La estrategia de la acusación contra McCarthy se centró en dejarle que se mostrase tal y como era, agresivo y un tanto simplón, y esperar que el público, ahora que no le veía enfrentado a la “amenaza comunista” sino a una de las más “antiguas instituciones estadounidenses”, el Ejército, le sentenciara. El senador de Vermont, Ralph Flandes, forzó finalmente la moción de censura del de Wisconsin, que quedó bajo investigación de un Comité específico compuesto por otros cinco senadores, dirigido por Arthur V. Watkins.

McCarthy, después del varapalo en la cámara, pasó a un segundo plano. Había sido reprobado, pero no por su visceral anticomunismo, sino por su alboroto. Con un severo problema de alcoholismo, murió apenas dos años después, en mayo de 1957. Él desapareció, pero la caza de brujas continuó, entonces sí, arreglando los desajustes de tono que el senador había introducido. Ni mucho menos desapareció el Comité de Actividades Antiamericanas, complemento y ejemplo inspirador para McCarthy. Aún en 1961 fueron condenados por desacato al Congreso -al acogerse a la Quinta Enmienda ante el HUAC- figuras como el cantante Pete Seeger o el dramaturgo Arthur Miller. En 1969 el Comité cambió de nombre, asumiendo el de Comité de Seguridad Interna. En 1975 fue formalmente disuelto y sus funciones pasaron a competencias del Comité Judicial del Senado. Al gobierno estadounidense le quedaban múltiples recursos, los programas del FBI y de la CIA para atacar las “nuevas amenazas subversivas” sobre suelo de los Estados Unidos serían más funcionales y sigilosos que los exabruptos del senador McCarthy.

Olvido Rus http://drugstoremag.es/2015/01/la-caida-de-mccarthy-y-la-continuidad-de-la-caza-de-brujas/

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7 años en el Tíbet

El 9 de enero de 2006, a los 93 años de edad, falleció el alpinista austríaco Heinrich Harrer, campeón olímpico de su especialidad en 1936.

El nombre de Harrer apenas hubiera recordado absolutamente nada de no ser por el estreno diez años antes de la película “7 años en el Tibet”, protagonizada por el famoso Brad Pitt, basada en el libro autobiográfico de Harrer. Pero ni en el libro, publicado en 1953, ni en la película, casi medio siglo más tarde, la expedición de Harrer al Himalaya se relaciona con los nazis y la II Guerra Mundial.

Cuando la revista Stern desveló el pasado nazi de Harrer, éste lo negó todo rotundamente; lo suyo era sólo deporte.

Harrer nació en Austria en 1912, en los Alpes de Carintia. Estudió geografía y educación física en la Universidad de Graz, mientras se ganaba algún dinero como guía montañero y entrenador de esquí alpino.

Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, Harrer se afilió a las juventudes hitlerianas. Luego él lo justificó diciendo que era para poder competir y realizar sus famosas expediciones montañeras en Asia.

Mentira.

Lo cierto es que desde 1933 Harrer era miembro de las SA y más tarde de las SS, pero no en Alemania sino en Austria, que era peor todavía. En 1933 el partido nazi era ilegal en Austria, que no fue anexionada hasta cinco años después en el ya famoso Anschluss. Al pertenecer a las SA desde 1933, es evidente que Harrer era un traidor a su propio país.

En 1936 Harrer participó en los Juegos Olímpicos en el equipo de esquí austriaco. Dos años después fue pionero en escalar la cara norte del Eiger, hazaña por la que fue llamado por Hitler, que lo recibió personalmente.

Tras la anexión de Austria a Alemania, Harrer se convirtió en entrenador del equipo alemán de esquí femenino de descenso y eslalon.

Al año siguiente Harrer viajó al Himalaya no por razones deportivas sino estratégicas, enviado por la Alemania nazi para preparar el ataque al Imperio británico en sus posesiones coloniales de la India. En el festival de Breslatt, Himmler en persona había invitado a Harrer a participar en una expedición de reconocimiento del Nanga Parbat. Varios años antes Himmler ya había enviado a Lasha, capital del Tibet, un equipo de reconocimiento.

Uno de los hombres de aquella primera expedición, Bruno Beger, era un nazi, luego oficial de las SS que se destacó asesinando y mutilando a varios prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Beger permaneció varios meses en Lasha, donde logró el apoyo de Tsarong, el mismo tibetano que luego ayudó a Harrer y a Aufschnaiter a entrar en la ciudad prohibida. Tsarong era uno de los caciques más ricos de Lasha. En el relato 7 años en el Tíbet, Harrer describe con grandes muestras de cariño a Tsarong que se convirtió en protector y amigo íntimo de los dos alpinistas nazis.

De acuerdo con la estrategia trazada por Himmler, el arquitecto del genocidio de Hitler, con la excusa de eliminar a los judíos del continente asiático, los nazis se proponían aliarse con los tibetanos, a quienes Himmler consideraba descendientes de los arios, para destruir las fuerzas británicas desplegadas en la India.

En 1939 comienza la expedición al Nanga Parbat para explorar el Diamir, pero la coartada alpinista de Harrer no engañó a los británicos, que le internaron en un campo de prisioneros en la India, donde aprendió tibetano e hindi.

En 1944 consiguió escapar y llegar a Lasha, donde conoció a Tsarong, que a su vez le presentó al Dalai Lama (Jamyang Wangchuck), de quien llegó a ser maestro personal así como asesor de ministros y funcionarios en la gestión de un Estado teocrático y esclavista, muy lejano del país idílico y bucólico, lleno de esos hipócritas santurrones que se empeñan en presentarnos los imperialistas.

Las cosas se complican en 1949: los comunistas chinos liberan al país de canallas como aquellos monjes que vivían del comercio y la explotación salvaje de los esclavos que trabajaban las tierras de los monasterios y templos.

El nazi Harrer está en la primera línea de defensa de Lasha frente al Ejército Popular de Liberación. Los monjes no oponen precisamente rezos y plegarias a las tropas revolucionarias y la lucha es muy larga en el techo del mundo. Finalmente la derrota le obliga a Harrer a huir del país en 1951. Dos años después escribe su libro, presentado como una aventura personal y casi mística. Desde los países imperialistas el nazi se convierte en el mayor defensor del independentismo tibetano frente a la invasión de los bárbaros comunistas chinos que habían quemado los templos y santuarios lamaístas.

Tras la victoria revolucionaria, la amistad con el Dalai Lama no se interrumpe: Harrer fue condecorado por el Gobierno tibetano en el exilio con la Luz de la Verdad por su apoyo al Tíbet independiente.

Harrer también fue autor de “Mi vida en la corte del Dalai Lama” del que se vendieron 50 millones de ejemplares. El mito se seguía explotando con buenos beneficios.

Pero los imperialistas tienen que invertir mucho dinero para seguir promocionando la causa del Dalai Lama y las calumnias contra el comunismo. Con 70 millones de dólares (10.000 millones de pesetas) de presupuesto, el director de cine francés Jean Jacques Annaud emprende el rodaje de 7 años en el Tibet en 1997. Desde el principio Harrer en persona fue un colaborador entusiasta de la película, que no se pudo realizar en la India como estaba previsto y se tuvo que desplazar a Argentina y a las montañas Rocosas.

Pero Hitler había muerto hacía mucho tiempo y el Dalai Lama tuvo que buscarse otros patrocinadores para su causa. Nada mejor que Estados Unidos.

… Pero este es otro capítulo de la misma historia.