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Fascismo

Franco y las redes fascistas internacionales en la posguerra europea

Entre los mitos arraigados del franquismo, uno de los que mejor sobrevive el paso del tiempo, tanto en el imaginario popular como en los círculos académicos, es el de un régimen aislado del mundo, una dictadura singular y exclusivamente endógena, un producto político típicamente español –como la cultura íbera o la tauromaquia– y sin vínculo con la Europa resurgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Pero tras la leyenda se esconde la verdad, con sus claroscuros y su complejidad: ni el franquismo fue una dictadura autóctona –en su sentido ideológico, material y cultural– ni Franco un caudillo refractario al trato con el exterior.

En los últimos tiempos, los historiadores están poco a poco tratando de romper esa penúltima barrera de la mitología franquista: la de su sempiterno aislacionismo. “Transnational Fascism in Twentieth Century: Spain, Italy and the Global Neo-fascist Network” (Bloomsbury Academic, 2016), de los investigadores Pablo Del Hierro y Matteo Albanese, es una de esas obras que contribuye a liquidar la quimera del aislacionismo en uno de los aspectos más controvertidos de la dictadura: su simpatía hacia los movimientos fascistas resurgidos tras la caída de Hitler. Del Hierro, profesor de la Universidad de Maastricht, y Albanese, docente en la de Lisboa, muestran cómo el Estado franquista, con el propio Franco y sus ministros a la cabeza, financió con millones de liras los movimientos neofascistas italianos (primero al MSI, luego a Orden Nuovo). El franquismo, lejos de ser un actor pasivo y doméstico, se implicó en la escena internacional más de lo que se cree, se preocupó por la deriva política en su entorno cercano, en el que trataba de influir con dinero y presiones de distinto tipo, y sirvió de refugio dorado para antiguos fascistas italianos, belgas o croatas.

El estudio de Del Hierro y Albanese abarca, cronológicamente, bastante más que los años centrales del nacionalcatolicismo. Por un lado se remonta a los orígenes y primeros pasos de Falange –años 30– y los entonces incipientes contactos con el fascismo mussoliniano, y por otro se extiende hasta las décadas de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando las conexiones entre la extrema derecha española e italiana vivieron su canto de cisne. Transnational Fascism in Twentieth Century, todavía sin traducción al español, despliega dos ideas capitales. Una de ellas, desmenuzada en los párrafos anteriores, es la de que el franquismo no permaneció al margen de la lucha por las ideas tras la Segunda Guerra Mundial; otra, que el fascismo, como ideología global, no se diluyó en el bunker de Berlín ni a la orilla del lago de Garda, sino que supo sobrevivir larvado y mutar de lenguaje, métodos y objetivos durante la posguerra europea. La Segunda Guerra Mundial fue un punto y aparte, pero también en cierta manera un punto y seguido; el fascismo es un ejemplo de cómo las ideas que contribuyeron a hacer estallar la contienda mundial sobrevivieron a su exterminio físico; y en este sentido, el régimen de Franco llegó a convertirse el nexo fundamental en el desarrollo y crecimiento de la redes de extrema derecha durante las décadas venideras.

Parte de la obra de Del Hierro y Albanese abarca la conflictiva década de 1970. Los llamados años de la estrategia de la tensión en Italia y del tránsito de la dictadura a la democracia en España. Años de atentados terroristas, secuestros, presiones políticas y temores ciudadanos en los que las relaciones trasnacionales entre el fascismo italiano y la extrema derecha española experimentaron su canto de cisne. Años sin duda violentos, pero huérfanos todavía –sobre todo en España– de una explicación histórica alejada del mito de la modélica y pacífica transición.

España debía proceder con urgencia a una revisión crítica de su transición, matar al padre, hacer como Francia con el periodo de la resistencia o Alemania con el nazismo, salvando las distancias temporales y trágicas. No se trataba, como burdamente a veces se concibe, de moralizar en el sentido contrario la transición. Hablar de régimen del 78 como un periodo sucio y turbio, carente de legitimidad; sino de introducir el bisturí del análisis histórico desprejuiciado –que no despolitizado, el matiz es importante– en lo que hasta ahora había sido una ciénaga donde, por si las moscas, era mejor no introducirse.

— Empezáis el libro con una breve pero sutil referencia al presente. Como historiadores, estáis convencidos de que para evitar el resurgimiento del fascismo en Europa hay que comprender bien su génesis y desarrollo. ¿Qué hemos entendido mal hasta ahora? ¿Cómo educar a la sociedad para prevenir de nuevo, en un contexto de populismo y ultranacionalismo crecientes, el resurgimiento de grupos fascistas?

— Nosotros creemos que la clave nos la da Umberto Eco quien en su artículo Ur-Fascism, de 1995, nos explicaba cómo las sociedades democráticas debían mantenerse alerta y no olvidar nunca lo que significa el fascismo. En su opinión, el fascismo como ideología universal no había desaparecido de Europa tras la Segunda Guerra Mundial; simplemente se había mantenido escondido a la espera de un contexto más adecuado para poder resurgir. El problema, advertía Eco, es que cuando resurgiera, lo haría de manera distinta, bajo otro envoltorio. En ese contexto, los nuevos fascistas no irían más con camisas negras, dando palizas a judíos y pidiendo que se reabriese Auschwitz. No, el fascismo podría presentarse de las formas más inocentes. En realidad, el artículo de Eco apunta a un tema de discontinuidades y continuidades. La Segunda Guerra Mundial se interpreta tradicionalmente como un turning point clásico, ya que cambió muchas cosas en el mundo occidental. Sin embargo, no todo fue cambio; numerosos elementos de la Europa de entreguerras permanecieron inalterados en nuestras sociedades. La ideología fascista constituye uno de esos casos. La guerra implicó el final de los regímenes fascistas, pero no de su ideología. La ideología sobrevivió de la mano de los propios fascistas que lograron escapar de los aliados. Gente como Leon Degrelle, Otto Skorzeny, Ante Pavelic, Gastone Gambara o Filippo Anfuso, que se refugiaron en España después de 1945 y lograron transmitir sus ideas a las nuevas generaciones. Por supuesto, esas nuevas generaciones adaptaron el pensamiento a sus propias circunstancias y al nuevo contexto internacional. Ello ha llevado a un intenso debate académico sobre cómo denominar la ideología resultante, dependiendo de la valoración de las continuidades o las discontinuidades. El término “extremismo de derecha” posee un mayor valor explicativo y tiene más rigor; sin embargo, nosotros sostenemos que no pone suficiente énfasis en el tema de las muchas continuidades entre el periodo de entreguerras y los años posteriores a 1945. Es por ello que nosotros preferimos usar el término neo-fascismo, que deja muy claro que es un fascismo evolucionado, con muchos cambios, algunos de ellos importantes, pero en el que la esencia sigue allí desde 1922. Y es nuestro deber recordárselo a la sociedad para que esté atenta y no se deje engañar por ese “fascismo de paisano” que denunciaba Eco.

— ¿Se entiende mejor la violencia terrorista, en este caso en concreto la violencia de extrema derecha, desde una perspectiva transnacional? ¿Qué aporta esta visión que no aportara la tradicional perspectiva autóctona o simplemente nacional del fenómeno?

— Otra de las premisas de las que parte nuestra investigación es que el fascismo, como ideología de vocación universal, es inherentemente transnacional. Es una manera de entender el mundo que no se puede contener exclusivamente dentro de las fronteras nacionales; el fascismo debía extenderse por todos los países hasta convertirse en un fenómeno global. De hecho, y como demostramos en el libro, la ideología fascista viajó (y sigue viajando) mucho: partiendo de Italia se extendió por todo el mundo, ganando adeptos desde Adelaida hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Johanesburgo. Entender cómo esa ideología se mueve a través de los países y es reinterpretada por las personas dependiendo de las distintas coyunturas es una tarea fundamental para el estudio del fascismo en el siglo XX, pero también en el XXI. Asimismo, es importante comprender que el fascismo contenía en sí una interpretación de la violencia política y del terrorismo que tampoco se limitaba al espacio nacional. El jefe de los servicios secretos del régimen de Mussolini, Mario Roatta, ya había encargado el asesinato de comunistas exiliados en Francia en los años treinta a través de una red de contactos entre fronteras. Los elementos fascistas de la colonia italiana en París, Nueva York y Buenos Aires habían llevado la violencia política a las calles de sus ciudades durante la década de los veinte en un intento por universalizar la ideología fascista. En este sentido, lo que pasa en Italia en los años sesenta y en España en los setenta no es nada nuevo; el terrorismo de derechas, como parte de la ideología fascista, se mueve a través de las fronteras y los académicos debemos ser conscientes de ello si queremos entender el fenómeno adecuadamente. También es necesario aclarar que la perspectiva transnacional no niega los enfoques nacionales o locales. Los enriquece al ofrecernos otra manera de mirar a este tipo de fenómenos. En otras palabras, la clave nacional es importante para entender el fascismo y el terrorismo neofascista, pero no suficiente. En este sentido, la perspectiva transnacional es complementaria y, en nuestra opinión, enriquecedora.

— ¿Cómo explican, como historiadores, la gran paradoja del neofascismo de combinar el ultranacionalismo con el internacionalismo? ¿Qué ventajas tuvo para ellos, para su supervivencia y extensión a lo largo de las décadas, el combinar ambas?

— La ideología fascista (y (neo)fascista) es inherentemente contradictoria. Igualmente, hay que entender que el fascismo, como ideología política, es bastante más pobre que otras ideologías. Por ejemplo, si coges el anarquismo, el liberalismo o el marxismo, puedes encontrar bibliotecas enteras con sus obras fundacionales o textos de gran calado filosófico que discuten su naturaleza. El fascismo produjo mucha menos literatura de calidad; apenas sí hay libros que expliquen su naturaleza o sus principales características. Esto ha favorecido que a lo largo de los años se hayan hecho numerosas interpretaciones, también entre los propios correligionarios, y ello ha potenciado los aspectos contradictorios. Por otro lado, hay que volver a recalcar que nosotros vemos el fascismo como una ideología intrínsecamente transnacional. También su funcionamiento lo fue. Ya desde sus inicios el régimen de Mussolini creó canales para propagar la ideología por todo el mundo. En 1934 por ejemplo, las autoridades italianas organizan en Montreux la primera conferencia de partidos fascistas del mundo a la que acuden representantes de 39 países (entre ellos España). Más tarde, la Guerra Civil supone uno de los puntos álgidos del fascismo transnacional: de hecho, a España vienen voluntarios de muchos países para luchar a favor de los ejércitos franquistas: no sólo italianos, también irlandeses, alemanes, portugueses o rumanos. Sin embargo, es a partir de 1945 cuando se acentúa el funcionamiento transnacional en un mayor grado: la derrota del Eje en la guerra, y, sobre todo, la huida forzosa a otros países convence a los supervivientes fascistas de que la única manera de mantenerse vivos y, con ellos, su ideología, es operando a través de las fronteras. De hecho, si no hubiese sido por la ayuda de los regímenes de Franco, Salazar o Perón, y de los fascistas que allí vivían, esas personas no habrían podido eludir la persecución aliada. Así pues, esa generación de fascistas vive en primera persona las ventajas de operar a través de las fronteras nacionales y se convence de que vivimos ya en un mundo global donde los confines entre países importan cada vez menos; estas convicciones serán transmitidas a las nuevas generaciones de neofascistas que llevarán ya ese sello transnacional en su ADN político.

— Tradicionalmente, se considera a Franco y su régimen como un modelo profundamente aislacionista. Ustedes demuestran que no lo era, y no solo eso, sino que, en años todavía de penuria como son los primeros 50, el régimen financió los movimientos neofascistas italianos para tratar de obtener cierto beneficio político (quizá también por la nostalgia de los buenos tiempos del dictador) del asunto. Franco como mecenas del neofascismo… ¿Por qué hasta ahora no se había puesto el dedo en esta llaga? El régimen franquista como refugio de viejos luchadores fascistas… ¿No se la jugaba Franco con esto? ¿Qué beneficios obtenía de esta política? ¿Tan impune se sentía, en el plano internacional, como para hacer del país un refugio del fascismo internacional pese a la aparente vigilancia a la que las potencias internacionales tenían sometido al Estado?

— El franquismo crea ya en 1943 una narrativa de régimen meramente autóctono, que no recibe ninguna influencia del extranjero. Lo hace a sabiendas de que la Segunda Guerra Mundial se está decantando a favor de los aliados y que estos no van a ver con buenos ojos a un régimen formado con la inestimable ayuda de Hitler y de Mussolini. La solución está clara: crear una historia oficial que presente la Guerra Civil como un conflicto exclusivamente entre españoles, en el que la intervención extranjera fuera casi inexistente. Lo mismo se hace con todas las estructuras del régimen, incluyendo Falange: no existió ni influencia ni inspiración proveniente del extranjero; todo autóctono. Ahí se empieza a fraguar la leyenda del aislacionismo del país, y del Spain is different. En realidad, eso le convenía al régimen de Franco. Y obviamente, a fuerza de repetirlo esa narrativa cala en todos los sectores de la sociedad, incluyendo en el sector académico. Afortunadamente la cosa está empezando a cambiar, y los trabajos de historiadores como Ferrán Gallego, Ismael Saz, Ángel Alcalde o Javier Muñoz Soro, entre otros, son buena prueba de ello. Por otro lado, también es necesario explicar que el análisis de estos contactos transnacionales no es nada fácil desde el punto de vista práctico. Matteo Albanese y yo hemos tenido que visitar archivos de seis países para tratar de encontrar las piezas del puzle. Además, nosotros estábamos buscando documentos que normalmente brillan por su ausencia: los diplomáticos franquistas no solían dejar constancia de los pagos entregados a grupos neofascistas de otros países. En muchos casos, era como buscar una aguja en un pajar, con el agravante de que los archivos hispano-italianos funcionan bastante mal, como ya hemos dicho.

— Sobre el terrorismo de extrema derecha en España en los 70 se ha pasado, y se sigue pasando, de puntillas. ¿A qué creen que se debe esto? ¿Cierta voluntad política de olvido premeditado? ¿Miedo latente a desnudar una parte del pasado que muchos pretender obviar? ¿Sucede igual en Italia con los años de la estrategia de la tensión o allí el pasado ha sido más removido y está más normalizado?

— Respecto a la cuestión de los años 70 es necesario añadir un argumento adicional: la noción de la Transición española como un mito intocable. Yo me licencié en historia contemporánea por la UCM en el año 2004. A esas alturas, la transición era explicada por el personal docente como un proceso ejemplar y pacífico, casi inmaculado; ello venía corroborado por la mayor parte de los periodistas y políticos del país. En consecuencia, los alumnos no sentíamos la necesidad de indagar en este proceso desde una perspectiva crítica. En todo caso, estudiábamos cómo el modelo español podía ser visto como ejemplo por la comunidad internacional y exportado a otros lugares. En otras palabras, se potenciaba el estudio de la transición de manera acrítica y desde el punto de vista de las relaciones internacionales. Las cosas empezaron a cambiar con la crisis de 2008 y con el estallido de los grandes escándalos de corrupción. Ello nos convenció aún más de proseguir con nuestra investigación tratando de ir más allá del mito, al mismo tiempo que evitábamos acabar en el otro lado del espectro. En efecto, uno de los problemas de estudiar la Transición es el maniqueísmo que muchas veces permea del debate: si la Transición no fue modélica como nos dijeron, entonces fue un desastre de la que no cabe salvar nada. Nosotros simplemente nos esforzamos por buscar una imagen más moderada que se ajustara en mayor medida a la realidad de las fuentes que estábamos consultando. La Transición tuvo muchas cosas buenas. Pero admitir eso no quiere decir que la Transición fuese perfecta. No lo fue. Tuvo también muchos elementos negativos: fue violenta, injusta para con las víctimas del franquismo, y demasiado benévola con los verdugos. Integrar esos dos elementos en un relato fue nuestro desafío y creo que el de muchos historiadores a día de hoy.

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Memoria Histórica

Cardenal Stepinac: de criminal de guerra fascista a beato del Vaticano

El criminal de guerra croata Alois Stepinac (1898-1960) fue nombrado arzobispo de Zagreb por Pio XII en diciembre de 1937. Fue el máximo dirigente de la Iglesia católica en Croacia durante la II Guerra Mundial y, a la vez, vicario castrense de las Fuerzas Armadas fascistas (ustachis). En un régimen que, como en España, reconocía al catolicismo como el corazón de su identidad nacional, la influencia del arzobispo en los crímenes que ocurrieron durante la guerra fue decisiva.

Para Stepinac la imposición del Estado ustacha independiente por los nazis significaba la realización de las aspiraciones católicas. En una carta pastoral publicada menos de un mes después de la fundación del nuevo Estado, Stepinac lo legitimaba diciendo que tras él estaba la influencia de la mano divina.

Por eso aplaudió el final de la tolerancia religiosa y el establecimiento de la ‘shariá’ católica, los dogmas del Vaticano  como leyes del nuevo Estado fascista y, por lo tanto, la imposición de la pena de muerte por aborto. En su primera entrevista con Pavelic, el arzobispo apoyó la persecución de las demás confesiones religiosas:

“El Arzobispo le dió su bendición [a Pavelic] por su trabajo […] Cuando el Arzobispo había concluido, el poglavnik [caudillo] contestó que deseaba dar todo su apoyo a la Iglesia católica. También dijo que arrancaría de sus raíces a la secta denominada Viejos Católicos que no era más que una organización para el divorcio. Continuó diciendo que no mostraría ningún tipo de tolerancia hacia la Iglesia ortodoxa, porque a su parecer, no era una Iglesia sino una organización política. Todo esto dejó al Arzobispo con la impresión que el poglavnik [caudillo] era un católico sincero y que la Iglesia católica tendría libertad de acción, aunque el Arzobispo no se autoengaña pensando que todos estos planes son fáciles de ejecutar”.

Stepinac se quejó de que los fascistas italianos que ocuparon parte de Croacia durante la guerra permitían una libertad religiosa excesiva que amenazaba la estabilidad del Estado. Los fascistas eran unos blandos. Stepinac le escribe al obispo de Mostar diciendo:

“Los italianos han vuelto y han reimpuesto su autoridad civil y militar. Las iglesias cismáticas revivieron inmediatamente después de su regreso y los sacerdotes ortodoxos hasta ahora escondidos volvieron a reaparecer con libertad. Los italianos parecen favorecer a los serbios y perjudicar a los católicos”.

También envió una queja similar Ministro de Asuntos Italianos en Zagreb: “Ocurre que en los territorios croatas anexionados por Italia se puede observar una caída constante de la vida religiosa y un evidente viraje del catolicismo al cisma. Si la parte más católica de Croacia dejara de serlo en el futuro, la culpa y la responsabilidad ante Dios y la historia sería de la Italia católica. El aspecto religioso de este problema lo transforma en mi obligación y deber hablar en términos simples y abiertos desde el momento que yo personalmente soy el responsable del bienestar religioso de Croacia”.

Al final de la guerra, el 24 de marzo de 1945, Stepinac convocó a la Conferencia Episcopal croata. Los obispos suscribieron una carta pastoral en la que defendían la política que Pavelic y sus ustachis fascistas habían llevado a cabo durante todos aquellos años. En la misma pastoral lanzaban una crítica implacable contra los guerrilleros de Tito, a quienes calificaba de bolcheviques y antirreligiosos.

Cuando los ustachis huyeron precipitadamente de Zagreb ante el avance de la guerrilla, acudieron de nuevo al arzobispo para que intercediera por su causa ante la Santa Sede. Stepinac ayudó a esconder a los criminales de guerra ustachis de alto rango como Mints, Smelled, Skull, Maric y otros. Muchos ministros ustachis como Canki, Balen y Petric dejaron sus bienes bajo el cuidado de la alta curia católica y en el palacio de Stepinac el ministro Alajbegovic enterró los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores.

El secretario de Stepinac, el sacerdote Viktor Salic, mantenía a estos grupos en contacto. En el otoño de 1945 desde su escondite Pavelic envió a Yugoeslavia a uno de sus lugartenientes de máxima confianza, el antiguo jefe de la policía ustacha, el coronel Erik Lisak. Éste entró en Yugoslavia de forma ilegal a través de Trieste, contactó inmediatamente con Salic y así pudo reunirse con Stepinac. En las dependencias del arzobispo recibió información sobre el paradero de los miembros de los grupos fascistas que quedaban en el interior, a quienes ordenó incrementar las acciones terroristas. A raíz de esto los ustachis lanzaron un programa de sabotaje y asesinato de oficiales de la nueva República yugoeslava para impedir su consolidación.

Estos grupos adoptaron desde entonces un glorioso nombre cristiano que los definía a la perfección: los Cruzados, el mismo que habían utilizado para realizar sus actividades legalmente en Yugoslavia antes de la guerra. De nuevo fue la Iglesia católica quien facilitó que llevaran a cabo sus planes. Desde las iglesias y monasterios en los que se ocultaban los refugiados fascistas en Roma, enviaban órdenes a los grupos cruzados que aún quedaban en la nueva Yugoslavia. En la capilla de Stepinac consagraron una bandera para aquellos cruzados.

El golpe más duro contra los ustachis fue la detención del arzobispo el 12 de junio de 1946, acusado de colaboración con el régimen derrocado. El 11 de octubre Stepinac fue condenado a 16 años de trabajos forzados y 5 de privación de sus derechos cívicos, siendo enviado a un campo de prisioneros. En 1951 la pena le fue conmutada por la de arresto domiciliario, lo cual, lejos de calmar, acrecentó las provocaciones del Vaticano. Al año siguiente Pío XII anunció su decisión de hacer cardenal a Stepinac y Yugoeslavia tuvo que romper las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. A pesar de todo, el Papa hizo efectivo el nombramiento al año siguiente. Stepinac permaneció recluido en la parroquia de Krasic durante ocho años, hasta su muerte en febrero de 1960.

El 14 de febrero de 1992, el Parlamento de la nueva Croacia independiente decidió rehabilitar la memoria de Stepinac y de todos los demás criminales de guerra ustachis. La Congregación para las Causas de los Santos le declaró mártir en 1997 y fue beatificado el 3 de octubre de 1999 por Juan Pablo II.

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2017: La Gran Revolución Socialista de Octubre cumple 100 años y sigue más viva que nunca

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Se abre un restaurante en Moscú dedicado a Stalin

Buena noticia para los amantes de la gastronomía: acaba de abrir el restaurante “NKVD” en el número 8 de la calle Ostozhenka, a dos kilómetros del Kremlin. La decoración es el último grito en la moda de la restauración: sobre una chimenea cuelga un retrato de José Stalin con una guerrera blanca.

El menú es exquisito y la carta la decora la hoz y un martillo junto al nombre del restaurante, “NKVD”, las siglas de la policía política de la antigua URSS.

A los camareros, que visten el uniforme militar soviético, no les falta el mejor humor: ¿NKVD? Son las iniciales en ruso de una frase que se traduce como “Cocina Popular de una Gran Potencia”, responde el camarero con sorna en las mismas narices de un retrato sonriente del gran Félix Dzerzhinski, el primer Comisario del Pueblo para Asuntos Internos, el peor martillo que ha aplastado las cabezas de los contrarrevolucionarios.

Es un típico restaurante del centro de Moscú con enormes muebles de madera, ensalada César por 400 rublos (6,4 dólares) y en la carta una recomendación: “entrantes estilo Stalin”.

Con su uniforme militar el camarero advierte a los comensales: la transformación del antiguo restaurante, “Tierra y mar” no ha hecho más que empezar. En el futuro habrá más símbolos soviéticos. Cuando le preguntan para qué tipo de público está pensado, responde seguro: “para todos”.

Aquí no hacemos publicidad, pero ahora vamos a hacer una excepción: en su próximo viaje a Moscú incluyan una visita al restaurante NKVD. Ni Argiñano, ni pulpo a feira, ni pa amb tomàquet, ni morcillas de Burgos, ni bacalao al pil-pil, ni gazpacho, ni bocadillo de calamares, ni migas de Murcia… ¡NKVD!

¡ Menú del día, desayunos y cenas! ¡NKVD!
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Los Pactos de la Moncloa o la plasmación de la política de reconciliación nacional

En octubre de 1977 el PSOE y el PCE firmaron con el gobierno de Suárez los llamados “Pactos de la Moncloa” que tenían dos partes bien definidas. La primera era un plan de lo que entonces se llamaba “saneamiento económico” y la otra, un reforzamiento de aparato represivo del Estado.

Los pactos de la Moncloa eran, pues, tanto un pacto social como un refuerzo represivo que conducía directamente a la Constitución. El fraudulento “proceso constituyente” se iba a desenvolver en medio de una absoluta falta de derechos y libertades, en medio de un estado de excepción que ponía a la policía y al ejército a patrullar las calles. Las medidas económicas y sociales hacían a los reformistas “de izquierda” cómplices  de la brutal agresión contra los salarios y de la aprobación de una nueva ley antiterrorista.

En la negociación se puso, una vez más, de manifiesto el fraude, el engaño y la estafa de la que hicieron gala, en este caso, la segunda fuerza política surgida de las elecciones del 15 de junio, el PSOE, mientras el PCE siempre se mostró dispuesto a firmar cualquier cosa, incluso a participar en el gobierno, ya que su consigna defendía la formación de un gobierno de “concentración nacional” para salvar al Estado fascista de su hundimiento: “El pacto de la Moncloa […] es un compromiso muy actual, diría que la plasmación de la política de reconciliación nacional”, escribió Santiago Carrillo, máximo dirigente entonces del PCE (1).

Aunque en parte los Pactos de la Moncloa eran un pacto social, no intervinieron los sindicatos porque entonces, recién legalizados, desbordados por el movimiento obrero espontáneo, carecían de capacidad y no se habían medido en ningunas elecciones y, por lo tanto, el gobierno no sabía con cuáles debía negociar. Por tanto, optó por firmar con los partidos políticos. Pero en las Cortes, tanto Nicolás Redondo, de la UGT, como Marcelino Camacho, de Comisiones Obreras, votaron a favor de los Pactos.

Dos meses antes de firmar los pactos, Nicolás Redondo, secretario general de UGT y el jefecillo de más peso en el PSOE de entonces, escribió lo siguiente: “La UGT se opone al pacto social. Es más, nuestra central nunca firmará pactos con gobiernos que no representen a los trabajadores” (2). Por su parte la postura de Felipe González era la misma. El 5 de setiembre se entrevistó con Suárez en la Moncloa y se lo dijo expresamente, añadiendo que la oposición no iba a sacar las castañas del fuego al gobierno. Ante la postura ultraderechista del PCE, los socialfascistas del PSOE empezaban a jugar a la demagogia y el engaño que les caracterizaría en adelante.

El 9 de octubre estaba convocada una reunión de 30 negociadores de todos los partidos en la Moncloa, pero el día anterior ETA ejecutó al presidente de la Diputación de Vizcaya, Unceta, y a dos guardias civiles de su escolta, por lo que la reunión al más alto nivel cambió de tono: “Alguno de los asistentes manifestó al Presidente la conveniencia de acabar las negociaciones iniciadas y firmar ya lo que hubiera que firmar” (3). No hubo discusiones de ningún tipo; todos estaban de acuerdo y todos estaban cagados en los pantalones. La oposición domesticada le firmaba un cheque en blanco al gobierno.

Con el beneplácito de los oportunistas y sus camarillas sindicales, la clase obrera iba a sufragar todos los numerosos y costosos desajustes del capitalismo español. En lo sucesivo, no hubo problema económico que no pagaran los trabajadores de su bolsillo.

Los índices de paro se triplicaron, y el paquete de medidas destruyó 1.800.000 puestos de trabajo en los seis años siguientes.

Los pactos de la Moncloa legalizaron el fraude fiscal. Establecían una moratoria fiscal para las empresas que encubría una verdadera amnistía, una condonación de la deuda de los capitalistas con el Estado. Por si fuera poco, también permitió una “regularización de balances” que es otra forma de que el Estado perdone las deudas a los burgueses: se infla artificialmente el pasivo de la contabilidad y por arte magia parece que los beneficios son menores. Comenzaron a aparecer entonces los primeros trucos de ingeniería financiera que después se han hecho famosos.

Quedó momentáneamente fuera de los pactos la reconversión industrial sectorial, que llegaría algunos años más tarde, poniendo de manifiesto que el saneamiento acometido era general. De ahí que se abordara la reestructuración de todo el sistema financiero, provocando la crisis bancaria más importante de toda la historia del capitalismo mundial desde 1929. Si al principio de la década de los setenta los tipos de interés estaban en torno al cuatro por ciento, en 1979 estaban en el 12’5 por ciento. El multimillonario coste de la bancarrota (un billón y medio de pesetas) recayó también sobre los maltrechos hombros de los trabajadores. Pero los grandes grupos financieros se aprovecharon de la formidable concentración de capitales: 51 bancos, casi la mitad del total, tuvieron que cerrar.

El programa de reformas, el otro pie de los pactos, contemplaba el fortalecimiento del Estado fascista para hacer frente al movimiento de masas, especialmente la reforma del Código Penal, la promulgación de una Ley de Orden Público, la militarización de los trabajadores en huelga, el refuerzo de la policía y de toda la burocracia del Estado. Textualmente el apartado VIII de los Pactos decía:

“El orden público tendrá una proyección concreta y actual en cuanto protección del avance en la consolidación de la democracia y defensa frente a las agresiones de todo orden y especialmente las terroristas. La tipificación del terrorismo figurará en el Código Penal común, con eliminación de lo que al respecto figure en leyes especiales y se operará con los criterios generalmente aceptados en los Convenios internacionales y en los países de Occidente.

3. Se fortalecerá la protección penal de que deben ser objeto las Fuerzas de Orden Público”.

Por lo tanto, la “democracia” exigía camuflar la represión política como delincuencia común, integrando las leyes especiales dentro del Código Penal y, además, otorgar “carta blanca” a la policía para que dispusiera de libertad de acción sin cortapisas, con plena impunidad frente a la tortura y la guerra sucia.

Más adelante, los Pactos determinaban en su punto séptimo: “Se fortalecerán los medios de prevención y defensa frente al terrorismo. A este respecto, en particular, se creará una unidad de policía judicial, dependiente de los órganos judiciales competentes, para la investigación de delitos terroristas, y que bajo las órdenes directas de la autoridad judicial y al amparo de las autoridades otorgadas por la misma pueda desempeñar con eficacia y prontitud la función investigadora requerida”.

Los pactos de la Moncloa favorecieron el despido libre e introdujeron las primeras normas de empleo precario. Una gran conquista obrera, como la estabilidad laboral, desaparecía; nació la flexibilidad laboral, el trabajo precario, y muchos obreros fueron obligados a convertirse en autónomos, perdiendo todos sus derechos. Desde finales de 1977 hasta el Estatuto de los Trabajadores en 1980 se promulgaron nada menos que 22 reglamentos que introducían formas temporales de contratación laboral.

Se desató así una caza sin precedentes del sindicalista, del obrero revolucionario, alcanzando cifras descomunales, especialmente con los elementos más conscientes y combativos. En los once años que siguieron a 1978 fueron despedidos de su trabajo más de 3.100.000 trabajadores, casi la cuarta parte de la población obrera. Las empresas se desembarazaron de los dirigentes sindicales y sobre todos los obreros planeó la amenaza permanente de la pérdida del puesto de trabajo. Como consecuencia de ello, la lucha obrera fue decreciendo progresivamente.

Eso no significa que no se desatasen importantísimas y heroicas movilizaciones que demostraron el coraje del proletariado español para enfrentarse a la burguesía con sus propias fuerzas. Incluso en la década de los ochenta España siguió presentando las tasas de conflictividad laboral más altas de Europa y, con excepción de 1982 y 1986, el número de trabajadores en huelga nunca descendió del millón.

El centro de la lucha obrera ya no fueron los salarios, la carestía y la inflación, como en los veinte años anteriores, sino algo mucho más dramático: los despidos y el paro. Regiones enteras fueron devastadas por los cierres de empresas, con todas las lacras sociales subsiguientes de marginalidad y deterioro social. También este frente de lucha desbordaba el marco de las reivindicaciones sindicales y ponía a la orden del día la batalla directa contra el capitalismo y su Estado, una batalla política.

Los obreros adoptaron métodos de guerrilla urbana y se enfrentaron a la policía con armas rudimentarias. Por ejemplo, el director general de la Guardia Civil, Luis Roldán, declaró el 20 de abril de 1987 a Radio Nacional que la lucha de los obreros de Reinosa era de “guerrilla urbana que requiere evidentemente, el empleo de medios contundentes por parte de cualquier fuerza de seguridad”.

Los Pactos de la Moncloa condicionaron el futuro de las luchas obreras. A partir de 1977 fueron los sindicatos amarillos los que negociaron con el gobierno (y con los representantes de la patronal). Así arrebataron de las manos de los obreros un importante arma de lucha económica; ciertamente crearon otro, ya que a partir de entonces los obreros se vieron obligados a luchar contra toda la clase capitalista y contra su Estado, pero esta lucha era mucho más difícil, no se podía desplegar de forma espontánea, requería la presencia de su vanguardia política.

Notas:

(1) Nuestra Bandera, núm. 90, 1977, pg.30.
(2) Nicolás Redondo: No al pacto social, en Cambio 16, 21 de agosto de 1977.
(3) Federico Ysart: ¿Quién hizo el cambio?, Argos Vergara, Barcelona, 1984, pg. 166.

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Pequeña historia de una entrevista de Fidel Castro con Malcom-X

El setiembre de 1960, poco después de la revolución, Fidel Castro viajó a Nueva York para pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

La noticia de la visita levantó una enorme expectación en Estados Unidos, especialmente entre el movimiento negro, que organizó un comité de bienvenida al que se puntó Malcom-X que en ese momento estaba en Nueva York.

Pero ya saben Ustedes cómo es el país que presume ser adalid de la libertad: el Departamento de Estados había prohibido a los 85 miembros de la delegación cubana salir de la isla de Manhattan.

Los cubanos se alojaban en el Sheldon Hotel de Lexington Avenue, a la altura de la calle 37, y el hotel les exigió que debían pagaran la cuenta en efectivo. Entre unos, el Departamento de Estado, y otros, el hotel, la delegación estaba siendo humillada. La tensión fue creciendo progresivamente y el peor fue Fidel Castro, a quien se le ocurrió proponer una pernocta en Central Park. “Después de todo acabamos de bajar de las montañas”, dijo Fidel. “No hemos perdido la costumbre de dormir a la intemperie”, añadió.

El secretario general de la ONU, Dag Harnmarskjöld, no lo podía admitir. Realizó gestiones para que los cubanos se pudieran trasladar al hotel Commodore, pero ya era tarde. Malcom-X y el comité negro de bienvenida que se había creado en Harlem habían invitado a los cubanos a instalarse en el Teresa Hotel, en la Séptima Avenida, a la altura de la calle 25.

Así lo hicieron y frente al hotel se fueron agolpando miles de negros procedentes de Harlem y otros barrios pobres de Nueva York. Tras los negros llegaron los diplomáticos, que querían aprovechar la visita para charlar con los miembros del nuevo gobierno de Cuba. También aparecieron miembros de la delegación congoleña, que habían conquistado recientemente su independencia. Llevaban un saludo del máximo dirigente revolucionario, el inolvidable Patricio Lumumba. Incluso Jruschov se enteró del hotel que ocupaba la delegación cubana y se presentó allá, donde pudo saludar por primera vez a Fidel. Las calles adyacentes se llenaron de gentes de todo tipo que empezaron a llevar pancartas de apoyo a la revolución cubana y a los movimientos de liberación del Tercer Mundo.

La verdadera ONU estaba allá, donde se podía charlar y departir distendidamente, aunque la cumbre se produjo durante la entrevista de Malcom-X con Fidel, de la que no se conoce su contenido, sino solamente la foto. Sin embargo, alguno de los camaradas de Malcom-X que estaban presentes en la entrevista contó luego retazos de ella.

Al parecer Malcom pidió a Fidel que se afiliara a su partido y, a su vez, el dirigente cubano invitó al estadounidense a visitar Cuba. Los miembros de Nation dijeron que Malcom-X quedó impresionado por Fidel, al que consideró desde entonces como un amigo de los musulmanes. “Debemos estar alerta las 24 horas del día mientras los cubanos estén en Harlem”, dijo durante un discurso en la mezquita. En el partido de Malcom-X había un soplón del FBI que informó a sus superiores de que los negros de Harlem pasaron de boca en boca la consigna que ayudar a Castro en caso de que se produjeran movilizaciones de los gusanos.

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Memoria Histórica

Del partido único fascista a las asociaciones del ‘Movimiento’

El Tribunal Supremo, como podía esperarse, se ha lavado las manos. Con ello se trata de impedir o al menos retrasar aún más la legalización de estos partidos, entre los que está el nuestro. Los franquistas y el Gobierno se frotan las manos. Éste que prometió al rectificar con el decreto-ley de febrero la Ley de Asociación Política, la legalización para todos los partidos, muestra una vez más su posición de obstaculizar al máximo la implantación de la democracia y de llevar a término su reaccionario programa reformista.

Durante los últimos 15 años, los sucesivos Gobiernos fascistas han ido modificando la legislación sobre el derecho de asociación. Concretamente en los últimos tiempos ha habido el Estatuto de Asociaciones Políticas del Movimiento de 1974, la Ley de Asociaciones Políticas de 1976 y el decreto-ley último que modifica algunos aspectos de aquella ley. También está la Ley de Asociaciones de 1964, todavía sin derogar, para las asociaciones culturales y recreativas. Estas modificaciones han ido al compás del deterioro y descomposición del Régimen fascista, jalones en la lucha del pueblo por la libertad.

Inmediatamente de acabada la Guerra Nacional Revolucionaria, las fuerzas fascistas victoriosas imponen el Partido Único, FET y JONS, como única asociación política legal. Expresamente se promulga una Ley por la que serán objeto de represión todos los partidos, organizaciones sindicales y asociaciones que no apoyaron el “glorioso alzamiento” de Franco. No sólo era delito haber apoyado al Gobierno legal republicano, era delito lo que no constituyera apoyo entusiasta y fervoroso al “Movimiento Nacional”. El Partido Único servía de cobijo y amparo a los mayores rufianes y en los tiempos más difíciles del hambre y el estraperlo, los líderes del Partido Único cocinaron las mayores fortunas.

Sólo hay que echar una mirada a los Franco, los Girón, Serrano Súñer, Fernández Cuesta y otros de cuyo nombre no queremos acordarnos. A medida que se restablece y aumenta la lucha popular contra la tiranía del régimen fascista, la dictadura comienza a sentirse herida. Las grandes movilizaciones de metalúrgicos vizcaínos, mineros asturianos y trabajadores madrileños a principios de la década de los 60, va a producir el primer efecto en el terreno que estamos comentando. Las Cortes franquistas aprueban en 1964 una Ley de Asociaciones, que aunque está destinada a aquellas “que no tengan fines políticos”, es presentada como el primer paso hacia la libertad de asociación. Ello con el fin de engañar al pueblo haciéndole creer que el fascismo se va a acabar y por obra de los propios fascistas.

Mas tarde, cuando comienza de forma continuada y efectiva la lucha popular antifascista y se inicia la descomposición del régimen, las movilizaciones en protesta contra el juicio de Burgos de 1970, los fascistas tienen que echar marcha atrás y comienzan a reconocer que el Partido Único del “Movimiento” no les sirve. No reconocen, ni mueven un dedo siquiera para hacerlo, el derecho democrático de asociación, pero a finales de 1974 aprueban el Estatuto de Asociación Política que permite formar asociaciones políticas, pero dentro del “Movimiento”, presentándolo como el no va más para el ejercicio de este derecho elemental. La verdad es que, acogiéndose dicho Estatuto, se formaron asociaciones como las del propio Suárez, Girón, Fernández de la Mora, Cantarero del Castillo, etc., que lo único que hicieron fue llevarse varios miles de millones de pesetas del presupuesto el Estado que sufragamos todos los españoles.

Muerto Franco y coronado Juan Carlos, al iniciar la Reforma, los fascistas ven la necesidad de crear una nueva Ley de Asociaciones para tapar por ese flanco las enormes grietas que va abriendo el pueblo en el régimen. Aunque intentarán retrasarlo lo más posible, las grandes luchas comenzadas con el 11 de diciembre de 1974, continuadas con la de finales de 1975 y principios de 1976, obligan al Gobierno monárquico de Arias a presentar a las Cortes la Ley de Asociaciones Políticas actual, que es aprobada por éstas, cuando ya ha tomado posesión de su cargo el Gobierno de Suárez.

Esta Ley, que se distancia grandemente de la anterior al no obligar a jurar los Principios Fundamentales del “Movimiento”, sigue siendo sin embargo una ley antidemocrática. Deja en manos del Gobierno apreciar quién puede o no ser legalizado. Nada más ser aprobada por las Cortes, ya surgieron las protestas. La Ley de Asociaciones Políticas estaba destinada a que el Gobierno legalizara a quienes no le llevaran la contraria. Al resto se le podían aplicar varios artículos para denegarles la legalización. Tan burdo era el truco que la Ley nació muerta. Sólo se acogieron a ella las “asociaciones del Movimiento” y los “históricos” de Murillo [una escisión del PSOE]. Ningún partido u organización democrática picó el anzuelo. Tan desprestigiada estaba esta ley —y lo sigue estando— que la primera medida del Gobierno tras la Huelga General Política de finales de enero de este año [1977], fue la de su modificación en algunos aspectos. Por medio de un decreto-ley dejaba sin efecto el trámite de “la ventanilla” y para aparecer más democrático el Gobierno dejaría de decidir sobre la legalización de cualquier Partido en última instancia, pasando a la Sala IV del Tribunal Supremo tal decisión.

Así lo ha hecho con una treintena de partidos y organizaciones, precisamente los que más se han destacado en la lucha por la democracia, entre los que se encuentra la ORT. Una maniobra destinada a impedir o al menos a retrasar la legalización de todos, intentando al mismo tiempo distraer a la gente sobre la “independencia” del Gobierno, como recientemente se vanagloriaba Suárez en las declaraciones al periódico alemán “Der Spiegel”.

El Gobierno, con este nuevo trámite pasa la pelota al Tribunal Supremo, cuando lo que tenía que hacer desde el primer momento era legalizar a todos, sin restricción alguna. Al mismo tiempo, el Tribunal Supremo —nombrados sus componentes por el Gobierno y cúspide de la “justicia” fascista— entra en el juego de éste aparentando un enfrentamiento al no dar el visto bueno al nombramiento del Presidente de la Sala IV y al inhibirse a los 30 días de haber recibido los expedientes. ¡Si el enfrentamiento hubiera sido más real que aparente, podían haberse inhibido el primer día y no retrasar el asunto!

Al mismo tiempo, mientras los trámites estaban en el Tribunal Supremo, el Gobierno ha seguido ordenando que se detenga a militantes y dirigentes de partidos democráticos, llegando al extremo en el caso de nuestro Partido, de procesar a camaradas y a permitir el asalto a la sede central de la ORT. Actitud hacia nuestro Partido que ha motivado una carta de protesta al Presidente del Gobierno firmada por varias personalidades políticas entre las que se encuentran Ruiz Giménez, Gil Robles, Enrique Múgica, Santiago Carrillo, Fernández Ordoñez… Este comportamiento del Gobierno es intolerable. Si persiste en él nos obligará a un enfrentamiento directo con el reformismo para sustituir este Gobierno por un Gobierno Provisional Democrático.

—ORT, En Lucha, núm.145, abril de 1977

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Del fascismo al yihadismo, pero siempre al servicio del capitalismo

Fernández Aceña, hoy en la yihad
Esta mañana la juez de la Audiencia Nacional Carmen Lamela tomará declaración a Daniel Fernández Aceña, un sicario de los GAL condenado en 1984 por el asesinato del ferroviario francés Jean Pierre Leiba en Hendaya. Luego el sicario pasó de los GAL al yihadismo y viajó a prestar sus servicios profesionales a Afganistán y Siria.

Desde el año pasado en el que el Ministerio del Interior elevó a 4 el Nivel de Alerta Antiterrorista (NAA-4), han detenido a un total de 173 yihadistas, reales o supuestos.

Fernández Aceña, nacido de Irún, fue detenido el martes en Segovia. En 1999 admitió que había espiado a personas de Euskadi norte (el país vasco-francés), que pasaban después al servicio de información de la Guardia Civil de Intxaurrondo (San Sebastián), entonces dirigido por el comandante Enrique Rodríguez Galindo.

Ahora el Ministerio del Interior detiene a su antiguo colaborador porque le considera como un individuo muy peligroso y han registrado dos viviendas que tenía, una en el barrio de Santa Eulalia de Segovia y otra en La Granja, cerca de Madrid, donde han encontrado vídeos escabrosos, con imágenes de decapitaciones y que el detenido poseía con el fin de adoctrinar a otros, según la subdelegada del Gobierno en Segovia, Pilar Sanz.

El detenido pasó del fascismo al yihadismo. Se había autoadoctrinado “en el extremismo religioso de carácter yihadista y realizaba labores de difusión de propaganda” del Califato Islámico, dice el Ministerio del Interior. Era muy activo en las redes sociales yihadistas. Desde el verano de este año había acelerado su proceso de radicalización, manifestando su apoyo a las acciones terroristas cometidas en Europa a lo largo de los últimos meses.

Fernández Aceña, en tiempos del GAL
En 1984 las cosas era un poco distintas. Fernández Aceña era un fascista de Irún al que la Guardia Civil condujo a crear un comando del “Gal Verde”, del que formaron parte Mariano Moraleda Muñoz, Vicente Fernández Fernández y Juan Luis García Anuarde. El asesinato de Leiba fue un encargo del empresario Victor Manuel Navascués Gil, un fascista y contrabandista que colaboraba con la Guardia Civil. El otro elemento del comando era un guardia civil apodado “Andrés”, un conductor a las órdenes de Rodríguez Galindo. Aceña reconoció en comisaría al tal “Andrés” mediante fotografías, pero se dieron órdenes de echar tierra encima.

Entonces no existían los acuerdos Schengen e Irún era una ciudad fronteriza donde los sicarios de Rodríguez Galindo se ganaban un sobresueldo con el contrabando y la guerra sucia. A Rodríguez Galindo que sólo era comandante en Irún, el gobierno del PSOE le ascendió a general por los crímenes cometidos en acto de servicio.

Al comando fascista de aquella localidad, que encabezaba Fernández Aceña, se le conocía como “los niños protegidos de Galindo”, y estaban asesorados por el guardia civil del Servicio de Información, Enrique Dorado Villalobos. En la comisaría de Irún el hoy reconvertido a yihaidista, aseguró que fue un guardia civil quien le entregó el arma y le señaló la persona que debía asesinar.

El entonces vicepresidente del gobierno del PSOE, Alfonso Guerra, mintió públicamente a los medios. Afirmó que los secuaces del comandante Rodríguez Galindo sólo eran unos jóvenes que hacían méritos para ingresar en los GAL, “pero que no pertenecían a ellos”. Se tapó a los comparsas y, con mucha más razón, a los jefes que movían los hilos desde los despachos del Ministerio del Interior.

Según la Fiscalía, Navascués era el intermediario encargado de pagar a los mercenarios de los GAL entre 1,2 y 5 millones de pesetas por el asesinato de los refugiados políticos vascos. Durante el juicio salió absuelto. Estuvo huido durante siete meses, pero se presentó en la Audiencia Nacional después de asegurarse de que el resto de los acusados le habían exculpado.

Con sus sicarios el Estado fascista es como la mafia. Se rige por un pacto de silencio. Ni ve, ni oye, ni entiende.

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El ‘Régimen del 78’

Bianchi

Cada vez va cobrando más fuerza -sobre todo en manifiestos, comunicados y proclamas de corte izquierdista;el «stablishment» y el búnker coinciden en hablar de «Estado de Derecho» y con esa trola se conforman- esa expresión que da título a este breve comentario.

Ese semantema se da ya por sentado sin que necesite explicaciones y probablemente haya que dar alguna para no ser pretenciosos y dar por supuesto lo que necesita alguna explicación, ya decimos. No vaya a ser que se vaya muy lejos en una interpretación que brilla por su ausencia.

Acá ya tocamos de refilón alguna idea al respecto. Y empezamos, entonces, por el final, por la síntesis, al decir que no reconocemos otro «Régimen» que el «del 36». Y no el «del 78» que se pretende, o aspira a ser, una especie de corte entre el franquismo y la «democracia» con su Constitución y sus elecciones. Con Franco también había democracia que llamaban «orgánica» con sus Leyes Fundamentales -un prestigioso catedrático de Derecho Constitucional habló de la actual Constitución como «la octava Ley Fundamental del Reino» continuadora de un franquismo sin Franco al no haber ninguna ruptura democrática ni cristo que lo fundó por medio-, mientras que la que conocemos es «inorgánica» con su parte dogmática y parte orgánica en su Constitución (no aprobada, por ejemplo, a todo esto, en Euskadi, conviene recordarlo). Entiéndase que cuando decimos «reconocemos» quiere decirse que en abosuto «reconocemos» tal régimen fascista, va de suyo, como tampoco reconocemos, como parece insinuarse aunque no se explicita, ese «Régimen del 78» al que también caracterizamos de fascista o mero blanqueado de la vieja fachada de la arquitectura -y «arquitextura»– fascista anterior ampliando la base social pergeñando la liturgia de las elecciones y demás paripés.

Por lo tanto, si lo que se sugiere es eso, nosotros lo negamoBianchis, y en función de ese rechazo definimos el carácter de esta «democracia» como fascista -sin su parafernalia fascista tipo charreteras, botas, alamares, saludos a la romana, etc. , claro está- lo que hace que los análisis concretos de la situación concreta -para homenajear a Lenin- difieran siempre en el seno de la izquierda consecuente no llegando a establecerse, pensamos, unas contradicciones antagónicas -homenajeando esta vez a Mao-.

Resumiendo, así como no creemos en que se pueda pasar del fascismo a una democracia homologable a las democracias burguesas europeas, más formales, sin previa «ruptura democrática» -que reclamaban los Carrillo, González y demás tahures en su día porque no les quedaba otra y porque sólo faltaría-, tampoco vemos el sentido que pueda tener llamar «régimen del 78» a algo que sugiere una ruptura (democrática) que nosotros negamos, lo que podría prestarse a la confusión de la peña.

La Historia, con mayúsculas, no empieza ni acaba con nuestras historias, con negamos, lo que podría prestarse a la confusión de la peña. La Historia, con mayúsculas, no empieza ni acaba con nuestras historias, con minúsculas, vitales y personales. El mero paso del tiempo no cambia, en lo fundamental, los hechos históricos -salvo que los tomemos como si de efímeras modas se trataran- donde esté escrito que cada equis tiempo las cosas tengan que cambiar. Las cosas cambian gracias a la mano del hombre y al protagonismo de las masas. Si del tiempo antropomorfizado dependiera, todavía estaríamos en las Cuevas de Altamira.

Recientemente, con la muerte del gran Fidel Castro, se ha dicho que «acabó el siglo XX» (estamos en el XXI espaciotemporalmente) al igual que también se dijo que ese siglo, el XX, empezó con la Revolución de Octubre en Rusia. Son divisiones, vale decir, «políticas», y no temporales, obviamente, que no hacen caso del calendario, y que son aceptables. Pues bien, el franquismo (y el posfranquismo), que parece que es algo que sucedió en los tiempos de maricastaña, o de cuando Franco era cabo, durará lo que dure mientras no se acabe con él de una puta vez, algo que depende de nosotros, y no de trocear la historiografía en cachitos, periodos, subperiodos, épocas, mentalidades, etc., que vale, que también, pero sin confundir ni perder el norte, el sur y demás puntos cardinales. De los presentes depende mandarlo al «baúl de la Historia», que decía aquel.

Buenas tardes.

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¿Por qué quedaron impunes los crímenes de la transición?

Manuel J.García Caparrós
Rosa Burgos
Con frecuencia he pensado en las personas que, el 4 y el 12 de diciembre de 1977, en plena transición, habían matado a García Caparrós y a Fernández Quesada. ¿Cómo habrían sido sus vidas desde entonces? ¿Han podido llevar una existencia normal o, por el contrario, el peso de haber matado a otra persona les ha corroído o abatido durante todos estos años?

En estos dos casos los procedimientos acabaron con sobreseimiento provisional porque no había motivos suficientes para acusar a nadie como autores, cómplices o encubridores. Pero autores los hubo, y si no se descubrieron fue, precisamente, porque también hubo cómplices y encubridores que tampoco fueron procesados. Esos cómplices y encubridores otorgaron favores, que hoy, casi 40 años después, pueden ser calificados como envenenados, ya que, en uno y otro caso, por poco que se analicen los sumarios respectivos, se llega a esa conclusión.

Cuando el 4 de diciembre de 1977 Manuel José García Caparrós sale en Málaga a la manifestación por la autonomía de Andalucía, ni siquiera intuye que su flamante cazadora marrón sería atravesada por una bala de 9 mm que extinguiría su vida. La entonces Policía Armada utilizaba, habitualmente, las pistolas Star del mismo calibre. Es el comisario jefe de Málaga, del que dependía el autor del disparo, el que se encarga de la investigación. Favores.

El primer escrito que entrega al Juzgado ya es significativo: “No se puede determinar qué persona causó la muerte por el desorden y agresividad de los manifestantes”. El juez le ordena remisión de la relación de policías. Se la envía aunque se toma su tiempo y tarda cinco días en hacerlo. El Juzgado cita en primer lugar a los mandos: al brigada Pabón Barquero y a los cabos primeros; entre éstos está M.P.R. Todos declaran el día que fueron citados, excepto uno: M.P.R., que alega enfermedad, y lo hará el día 28 de diciembre.

Pero en los pasillos del Juzgado, ese día, no sólo hay policías, está también un testigo, Andrés Vázquez, que sin ser citado comparece voluntariamente porque cree que puede aportar datos interesantes. No sabemos -ni lo sabremos nunca- si en los pasillos del juzgado se intercambiaron algunas palabras o, simplemente, se miraron y se reconocieron, o no se vieron o ni siquiera coincidieron en la hora. Andrés, el día 4 de diciembre de 1977, sí que habló con el cabo M.P.R., al mismo tiempo que lo hizo Francisco de la Torre, entonces diputado de UCD y ahora alcalde de Málaga y ex senador del PP, pues M.P.R. tenía la pistola aún en la mano y el entonces diputado y ahora alcalde le dijo que hiciera el favor de guardarla, que había mujeres y niños, y el cabo M.P.R. le contestó que también los policías tenían mujeres y niños.

M.P.R. declara ante el juez que no hizo uso de la pistola ese día. Pero veremos si eso fue verdad. Hay un testigo fundamental, Alfredo Inocencio, que estaba al lado de García Caparrós cuando le disparan y, en ningún momento, nadie le pregunta si vio quién lo hizo. Al parecer no tenía transcendencia. Favores.

Como el juez considera que el autor es un policía se inhibe a favor de la jurisdicción militar que, al rechazar la competencia, es el Tribunal Supremo el que decreta que el sumario, con la bala, vuelvan a la militar. El tiempo que está el procedimiento en esa jurisdicción –la militar- no se practican pruebas de ninguna clase ni se le toma declaración a nadie. Favores. Un cambio legislativo hace que retorne la causa otra vez a Málaga, a la jurisdicción ordinaria.

Han pasado más de tres años y el sumario no ha avanzado nada. Sin más se dicta auto de conclusión, se remite a la Audiencia y comienza un largo camino de revocaciones propiciadas, sobre todo, por el abogado designado por el padre de García Caparrós, aunque también el fiscal, Luis Portero García, (asesinado por ETA en el año 2000) adopta importantes iniciativas.

Lo primero que hace el abogado es pedir cuando puede, esto es cuatro años más tarde, ya que el sumario había sido declarado secreto, algo fundamental que todos habían olvidado: la prueba de balística de los policías que dicen haber disparado. El resultado es rotundamente negativo. Lógicamente se intenta archivar la causa, pero de modo sorpresivo el letrado pide otras pruebas de balística: las de las pistolas del cabo M.P.R. y del policía A.B.B.

¿Por qué el Letrado pide la balística contra ellos cuando en el sumario hay trece policías más que afirman haber sacado las pistolas, pero no haber hecho uso de ellas? La respuesta no la sabremos nunca porque el abogado falleció unos años después de los hechos, pero puede que tomara en consideración ciertas de ellas? La respuesta no la sabremos nunca porque el abogado falleció unos años después de los hechos, pero puede que tomara en consideración ciertas descripciones físicas que Andrés Vázquez hace de ciertos policías; de cualquier modo constan datos para poder afirmar que el letrado no iba desencaminado.

M.P.R. fue casi de inmediato destinado a otra localidad, aunque dentro de la provincia de Málaga. El día de autos tenía asignada la pistola nº 861.768. Esa pistola, poco tiempo después, fue dada de baja. ¿Por qué si el arma no estaba en mal estado y, además, M.P.R. seguía perteneciendo al Cuerpo? Favores. Al final se localiza y se somete a balística. Es entonces cuando se emite informe negativo referente a la pistola del policía A.B.B. pero, por lo que respecta a la pistola de M.P.R., observan similitud entre algunas de las lesiones con valor identificativo impresas en las balas testigo por ella disparadas y en la bala dubitada.

Entonces el fiscal pide un informe detallado, informe que no se hace nunca, aunque sí se dice que la pistola reseñada puede haber disparado la bala dubitada recibida, “pero en modo alguno se afirma que lo haya sido”. Dudas. Dudas que hay que atajar cuanto antes… pero ¿cómo? Sencillamente dándole un cambiazo a la bala. Y se hace. Favores. Han pasado siete años desde la muerte y el último informe de balística expone que las erosiones de la bala podían ser debidas a haber impactado contra una ¡madera!

Definitivamente se sobresee la causa porque lo único cierto es que hay un muerto. Ya no hay bala, ni autor, ni encubridor, ni cómplice. El cabo de la Policía Armada M.P.R. tenía 36 años en 1977. Siempre vivió en Vélez-Málaga hasta el momento de su muerte, ocurrida hace sólo unos años. Nunca se podrá decir que fue él el autor porque ni siquiera fue imputado, pero sus propios compañeros dejaron un reguero de sospechas.

Javier Fernández Quesada
Un muerto más, ni un responsable

Ocho días después de la muerte de García Caparrós, otro joven, Javier Fernández Quesada, sale del piso de estudiantes que comparte con sus hermanos en La Laguna. Bajo el brazo lleva una carpeta con apuntes de Biológicas, y en su mente muchas utopías e ilusiones. Cuando esa mañana se viste tampoco imagina que la camiseta blanca y el jersey azul marino de lana iban a ser atravesados por una bala disparada por un guardia civil en el mismo campus universitario.

Un disparo certero de los más de doscientos que efectuó el 12 de diciembre de 1977 la Guardia Civil en ese recinto. Los casquillos, a montones, se encontraron cerca de donde mataron a Javier, pero también a más de quinientos metros. Muchos estudiantes los recogen y los entregan en las dependencias judiciales. Algunos guardias civiles también lo hacen, pero no consta su entrega a ningún juez. Favores. La bala que lo mató nunca apareció, aunque por los datos de la autopsia se sabe que era un proyectil propulsado por un arma corta. Las armas cortas que ese día llevaban eran las pistolas Star de 9mm corto y largo, y casquillos de ese tipo, ocho en total, forman parte de las piezas de convicción.

Ningún guardia civil reconoce haber disparado armas de ese tipo. El sumario tramitado por la jurisdicción militar, que fue la competente, es muy deficiente, ya que ni siquiera se concretan los agentes que entran al recinto, las armas que portaban, ni se hacen pruebas de balística. En las declaraciones no constan sus datos personales, como el D.N.I. o el lugar y fecha de nacimiento. Favores. Todo se generaliza para esconder la verdad, pero la verdad resurge al entrelazar ciertas declaraciones, aunque hay detalles, los más importantes, como quién mató a Javier, que nunca se sabrán.

Tampoco sabremos nunca las armas que llevaban los mandos: el teniente coronel Antonio Encinas Cueto; el coronel jefe del tercio Manuel González López; ni el comandante ayudante Palau. No se sabe porque nunca se les preguntó, aunque todos estaban allí, en el recinto universitario, cuando los disparos. A todos ellos se les tomó declaración. A todos menos a uno: al comandante ayudante. Sin embargo, sí asistió a la junta de orden público que convocó el gobernador civil Luis Mardones después de la muerte de Javier, pero no a la que se celebró el día anterior. ¿Por qué? ¿Qué tenía que informar que no consta en ningún lado?

En el sumario nunca se identificó totalmente ya que siempre se aludía a él por su cargo: comandante; y por su apellido: Palau. Es en la hemeroteca del periódico ABC de fecha 27/9/1989 donde figuraba su nombre y apellidos y, también, su foto. El comandante Palau había ascendido a coronel, y el citado periódico daba la noticia de su toma de posesión en un acto presidido por el Delegado del Gobierno en Canarias, ahora ex Fiscal General del Estado, Eligio Hernández. Pero, ¿quién es Manuel Palau Carrera?

Manuel Palau dejó la carrera militar, pero no Santa Cruz de Tenerife, donde aún vive y donde ha realizado algunos negocios inmobiliarios relacionados con su segunda carrera, la de aparejador. Ha mantenido buenas relaciones con el gobierno canario, de CC, pues en el año 1995 se le adjudicó, por contratación directa y por 10 millones de pesetas, la elaboración, valoración e informatización de los bienes inmuebles del patrimonio de la isla de Gran Canaria. Goza de buen reconocimiento en la isla de Tenerife, es socio honorífico del Real Casino de Tenerife y presidente del consejo de administración de La Palma Golf S. L.

Todos los mandos de la Guardia Civil que entraron en la universidad de La Laguna el 12 de diciembre de 1977 fueron condecorados años después. Al teniente coronel Antonio Encinas Cueto, en 1984, se le concedió la Gran Cruz de San Hermenegildo. El coronel jefe del tercio Manuel González López fue condecorado, en 1982, con la cruz de plata. A Manuel Palau Carrera se le concedió la medalla del Sahara en el año 1980. También Luis Mardones, entonces gobernador civil de Tenerife, y durante veinticinco años diputado por CC, tiene su condecoración: la Gran Cruz del Mérito Militar, concedida en 1999.

Luis Mardones, máxima autoridad cuando matan a Javier, difunde rumores maliciosos para que sirvieran de cortina de humo y resguardaran a los auténticos autores. El día que se jubiló como diputado, el entonces presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, le dijo: “Puede irse tranquilo, ya tiene un sitio en la mejor historia de la democracia y del Congreso de España. Muchas gracias por todo lo que ha hecho y espero que disfrute de la vida”. Siguiendo ese consejo hoy nos lo podemos imaginar sentado en un cómodo sillón del paseo marítimo, comentando a ciertos amigos: “Hicimos bien… hicimos bien”.

Fuente: http://www.publico.es/politica/favores-envenenados-casos-transicion-garcia.html