Categorías
Noticias

La Torre de Babel: las redes sociales desatan el pánico tras el atentado de Barcelona

Tras el atentado perpetrado el jueves en Barcelona, las redes sociales desataron el pánico entre la población. A pesar del llamamiento público a limitar las llamadas para no saturar las líneas telefónicas, los mensajes de WhatsApp se dispararon, lo mismo que los contenidos enviados a las redes sociales.

Además de falsos, muchos de los mensajes era de claro contenido fascista, como el de “¿Por qué no había manteros en la Rambla? ¿Se tomaron el día libre?”

Los Mossos d’Esquadra y los servicios de emergencia también recurrieron a Twitter y a WhatsApp para impartir instrucciones entre la población, pedir información y otro tipo de colaboración ciudadana.

La aplicación de mensajería se usó para divulgar la petición de información de los Mossos d’Esquadra sobre la segunda furgoneta con la que habrían huido los autores del atentado de Barcelona. Además, también se utilizó para difundir imágenes de los sospechosos del ataque.

Sin embargo, WhatsApp también fue aprovechado para propagar bulos entre los usuarios, llegando a provocar el pánico entre muchas personas.

La viralidad sembró el caos, que creció como una bola de nieve. En varias cadenas de mensajes atribuidas a los diversos cuerpos policiales, se difundieron alarmas sobre inminentes ataques en otras ciudades españolas.

Otras informaciones falsas que se extendieron hablaban sobre un supuesto cierre de vías en Cataluña y otras comunidades autónomas de España, así como sobre un despliegue de militares. En estos mensajes, se utilizaban imágenes antiguas haciéndolas pasar por fotografías de actualidad.

Entre los farsantes que se dedicaron a propalar bulos hay que destacar a mercenarios como Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, quien ha escrito en su cuenta de Twitter: “Como saldrán los progres diciendo que el Islam no tiene nada que ver, hay que saber si el tipo es budista o mormón”.

Por su parte, el nazi Hermann Tersch ha sido mucho más concreto. El atentado de Barcelona es, según él, un ejemplo de turismofobia, “la CUP a lo bestia”. Alguno ha recordado la manipulación que llevó a cabo en diciembre cuando manipuló unos mensajes de Monedero de la Primavera Árabe de 2011 como si fueran de actualidad para dar a entender que el fundador de Podemos apoya los atentados terroristas.

Aprovechando los atentados terroristas, también “El País” y “El Mundo” han publicado dos repugnantes editoriales vinculándolos con el independentismo catalán. “El País” se convierte en paladín de la unidad de España y asegura que el ataque tiene que servir para que los catalanes renuncien a sus derechos nacionales.

Con su basura los medios hacen alarde de una absoluta falta de escrúpulos. Por su parte, la policía, los buscadores y las redes sociales, al tiempo que censuran ciertos medios progresistas e independientes, siembran la confusión.

Sin embargo, hay quien cree que, gracias a las nuevas tecnologías, hoy estamos más y mejor informados que nunca. Es todo lo contrario: asistimos a los comienzos de la Torre de Babel.
Categorías
Noticias

Arabia saudí ha sobornado a periodistas rusos

La periodista rusa Margarita Simonian
El embajador de Qatar en Rusia aseguró que el embajador saudí en Rusia había sobornado a periodistas de agencias de noticias rusas como Russia Today, RIA Novosti y Tass para que se abstengan de publicar noticias en contra de la autocracia.

Después de presentar los documentos pertinentes a las autoridades rusas, la editora de Russia Today, Margarita Simonian, protestó oficialmente contra el mal comportamiento de Arabia saudí, y dijo que el pago de sobornos a periodistas rusos es una violación de las normas internacionales y las leyes de los medios. Así lo manifestó durante una reunión con el embajador de Arabia saudí en Rusia, Abdul Rahman Ibrahim al-Rassi.

“Después del inicio de la crisis en las relaciones entre Qatar y Arabia saudí, se han pagado enormes sumas para empañar la imagen de Qatar en Rusia e iniciar una guerra de gas entre Qatar y Rusia”, agregó.

El embajador de Qatar en Rusia añadió: “Tenemos relaciones estrechas con Rusia, y pedimos al presidente ruso que controle más eficazmente a los medios rusos”.

Según los informes, el embajador de Arabia saudí en Rusia ha pagado hasta ahora 600 millones de rublos a periodistas de agencias de noticias rusas, entre ellas la Russia Today, RIA Novosti y Tass para que no publiquen noticias en contra de los intereses de los príncipes saudíes.

http://www.es.awdnews.com/sociedad/periodistas-rusos-reciben-sobornos
Categorías
Noticias

Los periodistas se compran y se venden como cualquier otro profesional

El 74,8 por ciento de los periodistas cede a las presiones ante el “miedo” y las “represalias” a ser despedido o relegado en la asignación de trabajos, principalmente los autónomos, y un 57,2 por ciento de los profesionales de los medios reconoce que se autocensura.

Lo destaca el Informe anual de la Profesión Periodística 2016 de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), presentado por su presidenta, Victoria Prego, y que está basado en una encuesta realizada a 1.833 periodistas entre septiembre y octubre del año pasado.

“La precariedad laboral, el subempleo en los salarios –no bajos, sino ínfimos– atentan directamente contra la libertad de los periodistas de una manera gravísima”, resaltó Prego, que ha subrayado que “sin libertad de criterio en la información se atenta contra el derecho del ciudadano a recibir información libre”.

Si en 2012 había un 25,1 por ciento de periodistas que manifestaba no haber sido nunca presionado “para alterar partes significativas de su trabajo”, este año el porcentaje ha descendido en 4 puntos, según la APM, para la que el tema de las presiones “empeora año tras año”.


Las presiones sobre el periodista, en general, proceden de personas allegadas a la propiedad o la gestión del medio e incluso no es “infrecuente” que provengan también del ámbito de los profesionales de la comunicación corporativa, según este estudio.

http://www.publico.es/actualidad/74-periodistas-cede-presiones-miedo.html
Categorías
Noticias

La injerencia rusa en las elecciones presidenciales es una patraña

Lo confesó el jueves el mismísimo Washington Post en un artículo titulado “La investigación para probar la colusión [de Trump con Rusia] se hunde” (*).

“Jamás existió”, dice el repugnante periódico estadounidense seis meses después de airear la campaña de intoxicación y de escuchar el testimonio de Jared Kushner ante el Senado, por lo que se ven obligados a emprender lo que ellos mismos califican como “retirada”.

Para desmentirse a sí mismos, tanto el partido demócrata como el periódico aprovecha la confusión que circula por los mentideros políticos de Washington tras los ataques de Trump contra su ministro de Justicia Jeff Sessions, de los que ya hemos hablado aquí.

Los farsantes se habían convencido de que Kushner podía aportarles, por fin, algo sobre lo que fundamentar su cuento de hadas. Ahora las grandes cadenas empiezan a reducir el tiempo que los “informativos” dedican cada día a envolver la patraña en papel de celofán.

El problema de las mentiras de los medios de intoxicación es siempre la misma: acaban convenciéndose de que sus falsedades son ciertas.

Hay un detalle curioso que Kushner ha contado a los senadores: cuando tras la victoria electoral, Putin le envió un telegrama de felicitación a Trump, Kushner ni siquiera sabía el nombre del embajador ruso en Estados Unidos para que pudiera confirmar que el mensaje era legítimo…

Toda esta comedia casi da más vergüenza que risa. Estados Unidos tiene un gobierno de auténtica opera bufa… y todavía hay quien confía en que el guión tiene algo que ver con la realidad.

(*) https://www.washingtonpost.com/blogs/post-partisan/wp/2017/07/27/the-quest-to-prove-collusion-is-crumbling/

Categorías
Guerra psicológica

Google censura a los medios independientes de información

El 25 de abril Google anunció la modificación de su motor de búsqueda para que los usuarios tuvieran más dificultades para acceder a sitios de información independientes de las grandes cadenas mediáticas, esos que suministran información de mala calidad, conspiranoica, magufa y falsa.

Entre dichos calificativos están los sitios que se oponen al fascismo, al imperialismo, a la guerra, cuyo número de visitas ha empezado a descender progresivamente desde entonces en todo el mundo

Los buscadores de internet esconden su parcialidad detrás de complejos algoritmos informáticos (Search Quality Rater Guidelines) que son la expresión lógica y matemática de la ideología dominante, que sigue desarrollando su capacidad para analizar y censurar los contenidos de internet.

Eso que llaman “inteligencia artificial” es artificial pero es muy poco inteligente. No quieren que leamos noticias inconvenientes para nosotros, que nos confundan, que nos lleven al error porque somos así, gilipollas integrales, incapaces de discriminar lo que tenemos delante de nuestras narices.

El modelo es el que las revistas científicas anglosajonas han impuesto desde 1945: la creación de equipos de censores (“peer review”) que evalúan las noticias y los sitios de internet según su propio criterio ideológico. Son los modernos inquisidores, los censores de libros prohibidos, los nuevos martillos de herejes resucitados de la Edad Medieval y las peores épocas de oscurantismo.

El papel de los censores es el de toda la vida, elaborar listas negras, etiquetar a determinados sitios para que no aparezcan entre las dos primeras páginas de Google. De esa manera el buscador tiene la excusa para que no le acusen de censura: entierra la web de tal manera que su localización sea como buscar una aguja en un pajar.

Quien quiera una información de calidad debe acudir al Washington Post, Le Monde, The Guardian, Clarín o La Repubblica.

El mes pasado la Comisión Europea multó a Google con una sanción 2.700 millones de dólares precisamente por manipular los resultados de las búsquedas. La manipulación se lleva a cabo tanto por motivos comerciales como políticos.

Las páginas progresistas que más se leen han visto caer el número de visitantes muy fuertemente, en un promedio del 70 por ciento. Sitios conocidos de información, como Wikileaks, Counterpunch o Global Research han visto que sus índices de lectura se han desplomado. En nuestro caso, desde enero de este año la caída es del 77 por ciento.

El término “noticias falsas” que han creado los imperialistas para sostener su hegemonía ideológica, ha cuadruplicado el número de entradas desde noviembre, coincidiendo con la farsa de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Para presionar a los buscadores (Google) y las redes sociales (Facebook), el 14 de noviembre el New York Times les acusó directamente de ser los responsables de la victoria electoral de Trump por difundir noticias falsas. Ahora los monopolios informáticos quieren congraciarse con los informativos.

Diez días después el Washington Post dijo lo mismo de una manera aún más clara en un artículo titulado “El esfuerzo de propaganda ruso contribuye a difundir noticias falsas sobre las elecciones”, en el que se apoyaba en PropOrNot, un colectivo anónimo que propaga las tonterías típicas de los informáticos y expertos digitales.

Hasta el Washington Post tuvo que rectificar la chapuza de sus expertos: “No ofrecemos ninguna garantía sobre la validez de los resultados de PropOrNot”. Pero el daño ya está hecho. La censura ha triunfado también en la red. El 7 de abril la agencia Bloomberg anunció que Google trabajaba con el Washington Post y el New York Times para “verificar artículos” y erradicar las “noticias falsas”.

Tres meses después de los 17 sitios etiquetados dentro de la lista negra de Google, el New York Times y el Washington Post, 14 habían experimentado una reducción promedio del 25 por ciento en el número de visitantes. El algunos casos la reducción era del 60 por ciento.

Lo mismo que los colectivos sociales progresistas promocionan sitios de información independientes, también deberían promocionar otro tipo de buscadores que no sea el mismo de siempre, como por ejemplo:

— DuckDuckGo (http://www.duckduckgo.com)
— Searx (http://www.metasearx.com)
— Yippy (http://www.yippy.com)
— Teoma (http://www.teoma.com)
— Gigablast (http://www.gigablast.com)
— Disroot (http://search.disroot.org/)
— Exalead (http://www.exalead.com/search)

Categorías
Guerra psicológica

Srebrenica: un ‘genocidio’ de geometría variable

Este mes se ha celebrado el 22 aniversario del “genocidio” de Srebrenica, convertido en una rutina protocolaria, en la que han participado los mismos de siempre: el gobierno local, el cuerpo diplomático, las ONG y los periodistas para grabar las escenas.

En una sentencia el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoeslavia, así como el Tribunal Internacional de Justicia, calificaron las muertes de Srebrenica como un acto de genocidio. Obviamente los jueces no tenían ni las más remota noción de lo que es un genocidio o, en caso contrario, se saltaron la ley a la torera.

Los tribunales también aseguraron que en Srebrenica se cometió el mayor crimen de guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, en el que nadie más que los serbios tuvieron ninguna intervención porque lo mismo que la Guerra de Siria ahora, se trató de una “guerra civil”.

Si algún lector ha contratado un viaje turístico a la zona, debe visitar el memorial Potocari, un cementerio inaugurado en 2003 por el antiguo presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton. Una placa conmemorativa indica la enigmática cifra 8372… que es el dato oficial de muertos, que se puede cambiar en cualquier momento porque para eso lleva unos puntos suspensivos.

Eso sí, cuando los puntos suspensivos entren en acción será para tirar la cifra hacia arriba, no hacia abajo, porque el de Srebrenica no le llega al de Camboya (tres millones de muertos inventados) ni a la suela de los zapatos. Lo que no alcance a los 100.000 muertos no se debería llamar “genocidio”.

Además, se trata de un “genocidio” puramente local, urbano. No tiene alcance nacional, ni étnico, ni religioso. Sin embargo, la OTAN le dio una repercusión mundial de tal magnitud que se ha convertido en la seña de identidad de Bosnia-Herzegovina, una de esas nuevas “naciones” creada por la OTAN de la nada.

No existe una “etnia bosnio musulmana”, como cree la Wikipedia. Bosnia-Herzegovina no es una nación sino una colectividad que no tiene en común otra cosa que la misma religión, el islam, diferenciada de la croata (católica) y la serbia (ortodoxa). Alemania y la OTAN no dividieron Yugoeslavia sólo por motivos nacionales, sino también religiosos.

Dado que no es una nación, Bosnia-Herzegovina carece identidad propia, que es lo peor que se puede decir de un Estado amorfo, que se encuentra obligado a inventársela en un ejercicio típico de idealismo histórico. ¿Cómo nos hubiera gustado a los bosnios que hubiera ocurrido la historia? Si unos se inventan la batalla de Roncesvalles, otros hacen lo propio con el “genocidio” de Srebrenica y se engañan a sí mismos: construyen su identidad sobre un fraude.

Es un “genocidio” de geometría variable en el que las cifras son infinitesimales: en la placa conmemorativa de Potocari sólo hay 500 tumbas musulmanas, a los que quizá se podrían añadir otras 70 más que se llevaron hasta allá procedentes de otros lugares para hacer un poco de bulto.

Las cifras no son el único motivo para afirmar que en Srebrenica no hubo ningún genocidio. Por bajas que sean las cifras de muertos, son las suficientes como para comprender que en la Guerra de los Balcanes se produjeron grandes matanzas y no conformarse con las versiones oficiales, y mucho menos para confundir a los víctimas con los victimarios.

Pero a la hora de escribir sobre “genocidios”, los de verdad y los de mentirijillas, hay que tener mucho cuidado. Por presiones de la Unión Europea el nuevo Código Penal serbio ha incluido un artículo que prohíbe dos cosas: negar que hubo un genocidio en Srebrenica y que la autoría del mismo fue obra de los serbios.

Afortunadamente, los fiscales en España no pueden aplicar las leyes serbias, por más que se hayan redactado en Bruselas. De momento aquí podemos decir que la historia de la matanza de Srebrenica no la pueden escribir los juristas y mucho menos a base de mentiras.

Los imperialistas inflaron la cifra de muertos en Srebrenica para acusar a los serbios de ‘genocidio’
Capítulo 1, Capítulo 2, Capítulo 3, Capítulo 4, Capítulo 5, Capítulo 6

Categorías
Noticias

Guerra + desinformación = intoxicación ideológica

En un documento, el Instituto de Guerra del Pentágono ha anunciado la llegada de la era post-hegemónica de Estados Unidos (Post-Primacy World) en la que recomiendan no resignarse a su suerte porque las batallas serán de tipo informativo, es decir, guerras sicológicas e intoxicación a raudales (*).

Si no hemos entendido mal, en su estúpida jerga militarista lo que el Pentágono quiere decir es que Estados Unidos empieza a recular también en los campos de batalla y que para conservar lo que le queda debe atrincherarse en un punto en el que aún es fuerte, la dominación ideológica, las grandes cadenas, la industria del entretenimiento, la telebasura, el cine y los videojuegos.

“El 90 por ciento de las batallas del futuro serán informativas”, dice el documento y Estados Unidos no debe esperar para defenderse de ellas sino que debe ser quien las desencadene. Una parte de esa guerra es la batalla emprendida en internet contra las llamadas “noticias falsas” en las que se han embarcado los grandes monopolios internacionales, tanto informáticos como informativos.

La prensa independiente deberá ponerse a la defensiva en una situación completamente desigual, por lo que fácilmente podrán ser arrinconados con la batería argumental que la ideología dominante de origen gringo ya ha puesto en circulación desde hace tiempo: conspiranoicos, polémicos, magufos…

La otra vertiente del mismo asunto es una inundación informativa contra la que no hay ninguna posibilidad de competir: el proyecto Radar (Reporters And Data And Robots) de “inteligencia artificial” en el que Google ha invertido más de 800.000 dólares, capaz de generar de manera automática 30.000 artículos de prensa mensuales.

Google lleva a cabo el proyecto en colaboración con la Asociación de la Prensa británica, una agrupación de medios informativos locales.

(*) https://ssi.armywarcollege.edu/pubs/display.cfm?pubID=1358
Categorías
Noticias

Una tradición de calumnias contra Rusia

Manuel E. Yepe

Un enjundioso trabajo periodístico de Edward S. Herman, que publicó la revista Monthly Review en su edición de julio-agosto de 2017, proporciona abundantes datos acerca de la campaña por la demonización de Rusia que ha sido un objetivo central del New York Times y de la prensa de Estados Unidos en su conjunto desde hace un siglo.

Falsear noticias sobre Rusia es una tradición que se remonta, al menos, a los tiempos de la Revolución de Octubre de 1917. En un estudio acerca de la cobertura del New York Times y la prensa convencional (mainstream media o MSM) de Estados Unidos, sobre la revolución rusa, los entonces prestigiosos periodistas Walter Lippmann and Charles Merz, ambos conservadores, escribieron en el neoyorquino New Republic en marzo de 1920, que “desde el punto de vista del periodismo profesional, la divulgación sobre la revolución rusa ha sido poco menos que un desastre”.

Lippmann y Merz demostraron que el fuerte sesgo editorial en las noticias evidenciaba que los editores querían la derrota de los comunistas y en función de esa imagen denunciaron atrocidades que no ocurrieron y pronosticaron el derrumbe inminente de los bolcheviques por lo menos 91 veces. Hubo una acrítica aceptación de los partes oficiales y de confianza en las declaraciones de unas no identificadas “autoridades superiores”.

Esta manipulación mentirosa de las noticias que se hizo práctica habitual en el New York Times entre 1917 y 1920 fue repetida a menudo en los años subsiguientes. La Unión Soviética se convirtió en el objetivo enemigo hasta la Segunda Guerra Mundial, y el New York Times fue siempre hostil a Rusia. Al finalizar la II Guerra Mundial y siendo ya la Unión Soviética una importante potencia militar que pronto habría de ser rival de EEUU en materia del uso de la energía nuclear para fines bélicos, se inició la guerra fría.

Según el profesor emérito de la Universidad de Pennsylvania Edward S. Herman, “el anticomunismo se convirtió en la religión estadounidense y la Unión Soviética comenzó a ser acusada de aspirar a conquistar el mundo y necesitada de contención. Con esta ideología puesta a punto y bien establecidos los planes de Estados Unidos para su propia expansión global, la amenaza comunista ahora serviría para justificar el sostenido crecimiento de su complejo militar-industrial y de sus repetidas intervenciones, para hacer frente a las supuestas agresiones del imperio del mal”.

Uno de los primeros y más flagrantes casos de mentiras sobre este tipo de amenaza rusa fue la utilizada para justificar el derrocamiento del legítimo gobierno progresista de Guatemala en 1954 por un ejército mercenario financiado, organizado y dirigido por Estados Unidos que invadió el país desde Nicaragua, entonces gobernada por la dictadura de los Somoza, fieles lacayos de Estados Unidos.

Herman explica que  la acción fue provocada por las reformas del gobierno de Jacobo Arbenz que tuvo la osadía de aprobar una ley que permitía la formación de sindicatos, y planeaba comprar (en valoraciones de la tasa de impuesto) y distribuir a los campesinos algunas tierras no explotadas que eran propiedad de la United Fruit Company y otros grandes terratenientes. Estados Unidos, que había apoyado la anterior dictadura de José Ubico durante sus 14 años de duración, no pudo soportar este desafío democrático y el gobierno electo, encabezado por Jacobo Arbenz, fue enseguida acusado de una serie de villanías, y acosado por haber propiciado la toma del gobierno de Guatemala por Moscú.

Al finalizar la II Guerra Mundial y siendo ya la Unión Soviética una importante potencia militar que pronto habría de ser rival de EEUU en materia del uso de la energía nuclear para fines bélicos, se inició la guerra fría.

Tras el derrocamiento de Arbenz y luego de la instalación de una dictadura de derecha fiel a los dictados de Washington en el país, el historiador Ronald Schneider, tras estudiar más de 50.000 documentos incautados de fuentes supuestamente comunistas en Guatemala, demostró ante una corte que no sólo los comunistas nunca controlaron el país, sino que la Unión Soviética estaba demasiado preocupada por sus problemas internos para preocuparse por los de América Central.

En 2011, más de medio siglo después, el Presidente del país, Álvaro Colom tuvo que pedir disculpas por el “gran crimen del derrocamiento violento del gobierno de Arbenz en 1954”, pero jamás ha habido disculpa o incluso reconocimiento de Estados Unidos por su papel en el gran crimen, ni de los editores del New York Times por su complicidad. En los tiempos de la guerra contra Vietnam hubo infinidad de noticias falsas y engañosas en el New York Times y la prensa estadounidense en general, cuyas líneas editoriales eran sistemáticamente de apoyo a la política de guerra.

La situación recientemente creada en torno a supuestos nexos con Rusia de la campaña de Trump indica que el Pentágono, la CIA, los liberal-demócratas y el resto de los que integran el partido guerrerista han ganado una importante escaramuza en la lucha a favor o en contra de la guerra permanente, afirma Herman.

http://www.alainet.org/es/articulo/186977
Categorías
Noticias

La Segunda Guerra Mundial la ganó Hollywood

Fernando Arancón

[…] El mundo occidental ha distorsionando el tamaño de los distintos actores que participaron en un momento tan importante para la Historia como la caída del nazismo. Con un mínimo de rigor histórico, a nadie escapará que el papel de la Unión Soviética fue, como mínimo, tan importante como el del bando aliado. Sin embargo, la representación de este hecho en la cultura popular es prácticamente inexistente. Como es de esperar, motivos no faltan, desde una medida campaña publicitaria y propagandística proveniente de Estados Unidos por razones geopolíticas a la rentabilidad que todavía hoy suscitan los productos relacionados con la Segunda Guerra Mundial. No es un tema menor; a fin de cuentas se dilucidaba quién había ganado uno de los conflictos bélicos más importantes de la Historia.

El poder del cine es espectacular. Su papel histórico para moldear conciencias ha ido intrínsecamente ligado a una opción de ocio tremendamente popular en los países occidentales desde los años veinte y treinta del siglo pasado. Era lo suficientemente barato como para que las clases trabajadoras pudiesen permitírselo con asiduidad y lo suficientemente popular para que los más pudientes también quisiesen asistir a las proyecciones. Esta afición hizo del cine el primer producto cultural consumido a gran escala en las sociedades desarrolladas. El poder de la imagen le otorgaba una ventaja fundamental sobre la radio, por lo que rápidamente algunos Gobiernos tomaron conciencia de los beneficios que se podían obtener de su instrumentalización política.

El uso del cine en la propaganda de la Alemania nazi es bien conocido y supone uno de los primeros ejemplos de cómo este arte se convierte en un pilar clave en la homogeneización del pensamiento, no ya por la censura, que cribaba qué se podía ver y qué no, sino por el despliegue técnico y artístico que hacía de la propaganda un producto agradable de ver. No hay que olvidar que el cine siempre ha sido la suma de un conjunto de elementos y el mensaje es solo uno de ellos, no necesariamente el más importante. Así, el cómo se contaba era tan importante como qué se contaba.

Estados Unidos comenzó a tomar buena nota de aquello en los años previos a su entrada en la Segunda Guerra Mundial (IIGM) y realizó un importante —aunque en muchos casos torpe— despliegue una vez quedó inmerso en el conflicto. Antes del ataque a Pearl Harbor, la división en la sociedad estadounidense entre los que propugnaban la entrada en la guerra y aquellos que reclamaban el aislacionismo más absoluto era evidente, por lo que el entonces presidente Roosevelt y especialmente su Estado Mayor eran conscientes de la acuciante necesidad de que toda la sociedad tuviese una opinión medianamente uniforme en caso de que el país tuviese que entrar en guerra. Huelga decir que la Administración de entonces, si bien tenía inclinaciones intervencionistas, eran más una cuestión estratégica que deseos reales de entrar en el conflicto. Hasta aproximadamente 1942, el único potencial del que gozaba Estados Unidos era el económico-industrial y el naval. Solo cuando la guerra estalló en Europa comenzaron a plantearse en Washington una verdadera modernización y expansión de los efectivos militares.

Ante la inminencia de la guerra, un doble problema se cernía sobre la sociedad estadounidense. Por un lado, la población, en su mayoría ajena a los sucesos que se estaban viviendo en Europa, debía ser puesta al día sobre qué ocurría en el Viejo Continente y cuáles eran los motivos por los que la Alemania nazi —y posteriormente el Imperio japonés— debían ser derrotados. La segunda cuestión consistía en formar adecuadamente a los millones de reclutas que se incorporarían a filas en cuanto fuese firmada la primera declaración de guerra. Para ambos aspectos, el cine se convertiría en una herramienta fundamental, un elemento de cohesión identitaria tanto en el territorio nacional estadounidense como en el frente.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses plantearon reclutar a algunos de los directores de cine más reputados de la época, hoy auténticas leyendas de la cinematografía. En aquellos turbulentos cuarenta se unieron a la empresa John Ford —ya consagrado con La diligencia y Las uvas de la ira—, John Huston, William Wyler o Frank Capra, entre otros. Su misión: trascender los hasta entonces simples documentales militares y llegar al público estadounidenses con producciones de calidad, profundas y que revelasen el trasfondo de la guerra —siempre y cuando la censura militar lo permitiese, lógicamente—. Aquel proyecto tuvo una acogida dispar pese a contar con ambiciosos despliegues como el diseñado por Capra, llamado Por qué luchamos. Sin embargo, este episodio, que ha pasado a la Historia de manera bastante discreta, marcó tanto a los directores personalmente —Ford fue herido en Midway y Wyler se quedó sordo tras volar en un B-25— como su filmografía posterior y el propio devenir del cine en décadas posteriores. En absoluto es casualidad que nada más regresar de la guerra, en 1946, Capra se pusiese tras las cámaras con Qué bello es vivir, película merecidamente presente en cualquier clasificación de las mejores producciones de la Historia del cine como un alegato de la bondad humana y la primacía del bien sobre el mal.

¿Conocen Cuando pasan las cigüeñas, Masacre: ven y mira o La infancia de Iván? Las tres son películas soviéticas —de las mejores, según los críticos— sobre la Segunda Guerra Mundial. Un vistazo rápido por repositorios especializados de cine nos muestra que su popularidad es notoriamente más baja entre el público general que largometrajes como El puente sobre el río Kwai, La gran evasión o Patton, contrapartes occidentales de la misma época. Es lógico pensar que esto se puede deber a un simple sesgo de proximidad: durante la IIGM, los europeos occidentales consumen cine más cercano geográficamente, mientras que el público europeo oriental prefiere películas que se desarrollan en el extenso frente ruso. Esto, si bien tiene cierta validez por cuestiones de mercado —el europeo occidental es un mercado numeroso y de alto poder adquisitivo—, choca con la enorme asimetría de filmes que abordan la lucha en los distintos escenarios donde se desarrolló el mayor conflicto jamás visto por el ser humano.

El ejercicio es bien sencillo: ¿cuántas películas conocidas tienen como centro el frente soviético? Puede que la más conocida sea Enemigo a las puertas (Reino Unido, 2001) y Stalingrado (Alemania, 1993) como posible segunda opción. Si hilásemos en extremo, podríamos incluir El pianista, lo que también haría entrar La lista de Schindler, pero estas, temáticamente hablando, tienen más relación con el Holocausto —que sí ha sido tratado en el cine con cierta profundidad— que con la guerra en sí. La ausencia de producciones audiovisuales sobre el frente oriental es, por tanto, abrumadora. Leningrado, Moscú, Járkov, Sebastopol, Kursk, el avance sobre Europa oriental o la batalla por Berlín  aquí aparece El Hundimiento— son logros soviéticos no correspondidos en la cinematografía, por lo que no es extraño que esta tendencia continuada haya favorecido la invisibilización de la labor soviética en el conflicto.

En los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto hubo en los países europeos una ola importante de cine desde esta perspectiva. En buena medida, era una forma de recomponer la identidad nacional y demostrarse cómo se habían deshecho de la Alemania nazi. Guerrilleros, mártires y héroes se entremezclaban con un costumbrismo de posguerra que intentaba aparentar cierta normalidad. La danesa La tierra será roja o la conocida cinta de Rossellini Roma, ciudad abierta, ambas de 1945, son buenos ejemplos de un estilo que se volvió común en Europa. Sin embargo, la moda no duró mucho tiempo. Conforme los países involucrados entraron en nuevas dinámicas económicas e internacionales, la IIGM, artísticamente e identitariamente hablando, perdió importancia.

En los estudios estadounidenses y británicos sí hubo un goteo constante de películas sobre el tema. Había historias y momentos de sobra para narrar, especialmente en el doble frente europeo —Italia y, posteriormente, Francia—. Sin embargo, esta etapa, que se extiende sobre todo entre los años 60 y 80, es probablemente la de mayor peso propagandístico. La guerra se convierte en algo bastante limpio, sin sangre y sin los niveles de destrucción que se verán en las pantallas a partir de los noventa, y la infalibilidad estadounidense contrasta con la suma torpeza de quienes tienen la desgracia de formar parte de la Wehrmacht —Fuerzas Armadas de la Alemania nazi—. Este cine repasa todas las grandes contiendas en las que los estadounidenses —y quizás algunos de sus aliados— se vieron envueltos en Europa o el Pacífico. Además, la industria no escatima en reunir a las caras más conocidas de la época para cada una de sus películas; La batalla de Midway, con Charlton Heston, Henry Fonda, Glenn Ford y Robert Mitchum, refleja claramente cómo se enfocaban este tipo de películas.

Será durante estos años cuando el trasvase histórico se consolide. Estas películas no son cualitativamente buenas, pero sí suponen un despliegue y un tirón de público elevado. De esta manera, ante la inexistencia de cine sobre el frente oriental en Europa, se crea la percepción de que solo Estados Unidos hizo el esfuerzo necesario para vencer al nazismo. Lo que pasase en lo que en aquellos años era el otro lado del Telón de Acero era irrelevante.

También hay que considerar que, desde un punto de vista cinematográfico, el frente ruso es más homogéneo que la diversidad de escenarios del resto del conflicto. Sin entrar en la narrativa, cuyas posibilidades son siempre prácticamente infinitas, el frente oriental se divide en la gran llanura oriental europea o las ciudades. Por ello, este cine parece haberse atascado en el “Vista una, vistas todas”. Evidentemente, esta lógica no hace honor a la cantidad de situaciones políticas, sociales y bélicas vividas en el este de Europa entre 1939 y 1945; más allá de los filmes centrados en Stalingrado se han conseguido hacer otros tan decentes como La cruz de hierro (1977). No obstante, al contrario que Estados Unidos, la Unión Soviética no consiguió explotar su papel en este episodio histórico.

A pesar de hacer numerosas películas —un largometraje patriótico era un seguro para evitar la censura—, la lógica ideológico-cultural soviética los alejaba de ese escenario. Nada tenía que ver aquel cine con el de Serguei Eisenstein, quien además de introducir grandes innovaciones había fortalecido enormemente la identidad nacional soviética. Ya fuese por los menos recursos disponibles, el menor talento artístico de los directores soviéticos dedicados a este género o la omnipresencia de las autoridades en la producción de las películas —cosa que acabó cansando a directores como Tarkovski, que huyó a Suecia—, en el este de Europa no se generó un relato sólido a través del cine sobre su papel en la mayor de todas las guerras. Otra derrota soviética, como ya ocurriese con la música, en la lucha por la hegemonía cultural.

[…] El público europeo occidental sigue creyendo que la victoria aliada en la IIGM —o, más concretamente, la derrota de la Alemania nazi— fue gracias al esfuerzo estadounidense. Esta creencia está lejos de revertirse, aunque países como Rusia, por ejemplo, en un refuerzo de su identidad nacional, está rescatando episodios de su Historia durante esos seis años en largometrajes, al menos en lo visual, impactantes. Puede que con el tiempo consiga colocar alguna producción entre las más vistas o las más premiadas del año, si bien esto aún se antoja lejano. Entretanto, la Segunda Guerra Mundial la habrá ganado quien Hollywood diga.

http://elordenmundial.com/2017/07/06/hollywood-el-ganador-de-la-segunda-guerra-mundial/
Más información:

– El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética
– El cine como aparato de propaganda del Pentágono:
– En Hollywood el cine ejerce de portavoz de la Casa Blanca

– Hollywood: la fábrica de las pesadillas
– Lo que el viento se llevó
– Los Óscar de Hollywood conceden un premio a los yihadistas
– El documental sobre los ‘Cascos Blancos’ de Netflix opta a los Óscars de Hollywood
Categorías
Noticias

Los Estados del mundo difunden falsedades por internet como medio de control de la población

Un estudio de la Universidad de Oxford denuncia que la propagación de informaciones falsas en internet es una práctica que llevan a cabo los Estados de forma habitual. De esa manera los gobiernos pretenden influenciar y manipular a la población.

El estudio lo han dirigido Samantha Bradshaw y Philipp Howard y se ha publicado con el título “Troops, Trolls and Troublemakers: A Global Inventory of Organized Social Media Manipulation” (*). Los autores han tomado una muestra de 28 Estados, concluyendo que el fenómeno se ha disparado tras 2010, cuando comienza el auge de las redes sociales.

Los partidos institucionales, las elecciones y los sondeos electorales se han convertido en los máximos protagonistas de los intentos de manipulación de los votantes mediante la difusión de información falsificada. Los últimos ejemplos los constituyen las presidenciales de Estados Unidos y las francesas, donde la manipulación se ha tratado de desviar mediante una segunda manipulación: difundiendo la cortina de humo de los ataques informáticos rusos.

El estudio analiza países muy diferentes, como Turquía, Siria, Rusia, Corea del norte, Gran Bretaña, Israel o Alemania. Algunos de estos países son los que más hablan sobre la necesidad de impidir la circulación de falsedades y “limpiar” internet de bulos, como si los mismos no tuvieran nada que ver con ellos.

Las falsedades se rigen por sus propias leyes. Una de ellas es que, como internet es un campo de batalla internacional, una de las grandes fuentes de desinformación son los espías y militares. La mayor parte de las noticias falsas se crean de manera premeditada, para crear caos y confusión en relación con las guerras existentes en el mundo. Internet ha facilitado mucho la tarea de las centrales de espionaje, en cuya tarea se auxilian cada vez más por periodistas, sicólogos e informáticos.

Otra ley es que una falsedad llega más lejos cuanto más poder tiene el que la emite, ese tipo de agencias de prensa y cadenas de comunicación “prestigiosas”. Sin embargo, para desviar la atención, han logrado cargar la responsabilidad de las falsedades contra los pequeños blogs y los sitios independientes de información.

(*) http://comprop.oii.ox.ac.uk/wp-content/uploads/sites/89/2017/07/Troops-Trolls-and-Troublemakers.pdf