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Memoria Histórica

Adolfo Suárez, el franquista que quiso ser ministro ‘de lo que sea’

Tras Arias Navarro, alias “El Carnicero de Málaga”, Adolfo Suárez fue el segundo presidente del gobierno durante la transición (1976-1981). Como todos los políticos franquistas, comenzó a trepar dentro del Movimiento, una burocracia repleta de advenedizos.

Pero para ello había que tener enchufes, buenos contactos y lo que entonces se llamaban “recomendaciones”. En el caso de Suárez, su padrino fue Fernando Herrero Tejedor. Ambos se conocieron en Ávila, donde Herrero Tejedor era gobernador civil de Ávila.

Además de un personaje ligado al Opus Dei, Herrero Tejedor era un peón del almirante Carrero Blanco en el aparato judicial, donde desempeñó el cargo de Fiscal General del Estado.

En 1961 le nombró a Suárez jefe del Gabinete Técnico del Vicesecretario General del Movimiento fascista, donde también coincidió con Herrero Tejedor, que llegó a ser ministro y secretario general del Movimiento.

En 1967 fue elegido procurador en Cortes por Ávila y un año más tarde gobernador civil de Segovia.

Dos años después, durante una crisis de gobierno, Alfredo Sánchez Bella pasó a encabezar el Ministerio de Información y Turismo y Carrero Blanco le pidió que nombrase para la Dirección General de Radiodifusión y Televisión a Suárez.

En un tugurio de camarillas, como fue siempre el franquismo, tanto Herrero Tejedor como Adolfo Suárez fueron de la mejor camada: la del almirante Carrero Blanco. Cuando dicen que Suárez hizo la transición, hay que deducir, por lo tanto, que tal mérito corresponde directa e inmediatamente a Carrero y a los peones que dejó junto a Suárez para allanarle el camino, como los generales Díez Alegría y Gutiérrez Mellado, entre otros.

Al inicio de la década de los setenta la televisión empezó a jugar un papel clave, y sólo había una. Si la política se empezaba a escenificar en los platós, entre decorados y decoraciones, la transición se haría de la misma manera. Suárez lo aprovechó para hacer lo que le dijeron que hiciera: utilizarla para promocionar la figura del entonces “Príncipe” Juan Carlos, otro que debe su cargo al Almirante Carrero, al que en 1967 nombró para heredar al mismísimo Franco.

Permaneció en el cargo hasta 1973 y durante el breve semestre en que, por vez primera vez en su vida, no ocupó una poltrona pública, entró en el mundillo de los negocios para políticos de la mano de los Van de Walle, y con iniciativas propias, como la de actuar de comisionista en la venta de solares y pisos cerca de Madrid, en San Fernando de Henares, con Alfonso Gordillo, propietario de terrenos, moteles y gasolineras en la comarca.

Luego le nombraron presidente de la Empresa Nacional de Turismo S.A. (Entursa), dependiente del INI, a la que dejó con una deuda de más de 1.000 millones de pesetas. Con el dinero público Suárez le financió al canario Van de Walle la construcción de un hotel de lujo en Barcelona, el Ifa-Sarriá, con el que tuvo que cargar el INI tras importantes desembolsos y pérdidas.

El 12 de junio de 1975 su padrino Herrero Tejedor falleció en accidente de tráfico y entonces Suárez le confiesa a Armando Marchante (Razón Española, núm. 156) su vocación: “Yo quiero ser ministro; donde sea, con quien sea y para lo que sea. Todo lo demás no me interesa”. Se prepara para ello y le nombran presidente de “Unión del Pueblo Español”, un refrito de oportunistas de la vieja guardia creado para garantizar su continuidad en el poder.

En diciembre de 1975, un mes después de la muerte de Franco, Arias Navarro le nombra Ministro Secretario General del Movimiento y el 3 de julio del año siguiente el rey le nombra Presidente del Gobierno. No fue bien recibido ni por los sectores próximos al franquismo ni por la oposición. Días después, El País publicó un reportaje en el que aseguraba que Suárez era una marioneta del búnker y del Opus Dei impuesta a la Corona. Francisco Umbral lo expresó con ironía en su columna: “Había que liquidar el postfranquismo, cambiar la cosa, a ver si me entiendes. Y entonces han puesto a un falangista”.

En su primera declaración pública tras el nombramiento anunció una reforma de las leyes franquistas porque, como dijo Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, la transición respetaba plenamente la legalidad fascista: “De la ley a la ley a través de la ley”. Naturalmente, se refería a la ley franquista, y no sólo todo se iba a hacer conforme a la ley, sino que la legalidad iba a marchar de una legalidad franquista a otra legalidad franquista. Los diarios de la época expresaron bien claramente en qué consistía el proyecto de reforma de Suárez. Por ejemplo, el diario “Córdoba” dijo que se trataba de “modificar una Constitución abierta, sin necesidad de que sea dinamitado el edificio del Estado” (10 de setiembre de 1976).

En realidad, se trataba de ir de un fraude a otro fraude, al que Suárez llamó “Ley para la Reforma Política”, la octava de las leyes fundamentales redactada por el franquismo, aprobada por las Cortes franquistas en noviembre de 1976. La ley reconocía la continuidad del régimen franquista: “Sólo incardinando en el orden político vigente puede [la reforma] encontrar fuente y base para su legítimo planteamiento”.

Con la “Ley para la Reforma Política” las Cortes franquistas se autodisolvieron, convocando elecciones legislativas para el 15 de junio de 1977. No fueron, pues, unas elecciones a Cortes constituyentes. A causa de ello, el PCE manifestó inicialmente su oposición.

Pero sin un proceso constituyente no puede aprobarse constitución. Sin embargo, como consecuencia de otro fraude más a los electores, posteriormente se reconvirtieron en constituyentes y redactaron una Constitución.

En las elecciones del 15 de junio no pudieron participar ninguno de los partidos que no aceptaron la monarquía fascista y todo el proceso, incluidas las elecciones, fueron dirigidas desde los aparatos del Estado conforme a los planes que el franquismo había elaborado de antemano.

Entre ellos, a Suárez le prepararon una coalición denominada “Unión de Centro Democrático” que jugó con las cartas marcadas.

Las Cortes resultantes de aquellas elecciones fraudulentas, convertidas en constituyentes, aprobaron la Constitución.

Felipe González afirmó que, si por Suárez hubiera sido, no se hubiera redactado la Constitución. A finales de los setenta a Suárez se le llevaban los demonios cuando la oposición le hablaba de Cortes Constituyentes, no por lo que ello representaba de desmontar el régimen franquista y restaurar la democracia, sino por el miedo de que la Constitución discutiera el hecho monárquico, pues ésta era, obviamente, una de las razones fundamentales por la que el Rey le había elegido. En una reunión a la que acudieron Suárez, Gutiérrez Mellado y González, éste les aseguraba que su partido plantearía una moción republicana testimonial pero que votarían finalmente a favor de la monarquía.

El 3 de marzo de 1979, Adolfo Suárez ganaba por segunda vez unas elecciones generales, e iniciaba su tercer mandato como presidente del Gobierno.

En 1981 Suárez dimitió de su cargo de presidente del Gobierno y también como presidente de UCD. Calvo Sotelo le sucedió al frente del gobierno hasta 1982, momento en el que, después de un intento de golpe de Estado, al frente del PSOE Felipe González ganó las elecciones.

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Aparece la mayor fosa común de la guerra con presos antifascistas fugados de la cárcel

22 de mayo de 1938. Fuerte de San Cristóbal (Navarra). 795 presos republicanos protagonizan la mayor fuga penitenciaria de la historia de España. Tan solo tres consiguieron cruzar la frontera y llegar a Francia. En cambio, 211 fallecieron en el intento. Ahora, casi ochenta años después, las autoridades navarras han encontrado una fosa común de los presos que cayeron en la evasión. Esta misma semana comenzarán los trabajos de exhumación.

El número de personas cuyos restos se encuentran en la fosa aún no ha podido ser determinado. Los trabajos de localización llevados a cabo por la Sociedad de Ciencias Aranzadi comenzaron este lunes gracias a las indicaciones de un testigo que aún era un niño cuando tuvieron lugar los hechos.

Por ello, el Gobierno foral ha subrayado la importancia de que testigos, como el que ayudó a hallar este enterramiento, notifiquen sus testimonios con el fin de proporcionar la información necesaria para descubrir nuevas fosas y, así, dar respuesta a las reclamaciones de verdad y reparación de los allegados de víctimas de la represión de 1936.

La fosa en la que se encuentran los restos de los presos asesinados tras la huida en 1938, ha sido hallada en el Concejo de Burutain. La fuga de la antigua prisión, situada en el monte de Ezkaba (Pamplona) a pesar de haber sido organizada solo por unos pocos de los prisioneros fue una de las mayores evasiones europeas.

De los 2.500 presos 795 huyeron ese día de la prisión. Muchos pensaron que la guerra había terminado y se dirigieron directamente a la estación de Pamplona, donde fueron inmediatamente detenidos, para volver a sus casas.

Más de 200 hombres fueron tiroteados durante la persecución y 14 fueron condenados a muerte. Sólo tres consiguieron viajar los casi 50 kilómetros que les alejaban de Francia y recuperar la libertad, según consta en el Cuaderno de Registro de 795 fugados que realizó un funcionario de la prisión.

Los presos que llegaron a Francia admitieron, años más tarde, que no estaban suficientemente preparados para la fuga, pero que el hambre y las malas condiciones en la prisión los empujó a huir. El director de prisión y el administrador fueron juzgados por vender de contrabando la comida en lugar de alimentar a los presos.

El antiguo centro penitenciario a 15 kilómetros de Pamplona permanece cerrado al público aunque esporádicamente hayan sido autorizadas visitas de asociaciones de víctimas del franquismo. Desde 2001, la fortaleza militar está reconocida como bien de interés cultural.

Más información:
— Exhumados los restos de cinco presos fugados del Fuerte de San Cistóbal durante la guerra civil

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El año en que Argentina se convirtió en un refugio nazi

Alejandro López

Tras la Segunda Guerra Mundial, la cantidad de funcionarios, oficiales y colaboradores nazis detenidos fue irrisoria para el alcance del régimen fascista. La sospecha invadió a la comunidad internacional ante la pregunta obligada: ¿Dónde están miles de hombres y mujeres que se encargaron de enaltecer el régimen y exterminar a millones de personas?

El germen más reacio a desaparecer del fascismo aún se mantenía en pie a través de ODESSA, una organización secreta formada a inicios de 1946 con la intención de establecer nexos con naciones lejanas y ajenas al conflicto para ayudar a exiliar a integrantes del Tercer Reich a escapar de la justicia internacional. A pesar de las dificultades para rastrear históricamente el funcionamiento de la red, un sinfín de pruebas llevan a Latinoamérica, específicamente Colombia, Brasil, Paraguay y especialmente a  Argentina, como el destino de escape nazi por excelencia.

El carácter clandestino de la organización para el resto del mundo, resultaba diametralmente opuesto en la Argentina. Según Uki Goñi, periodista especializado en el tema ODESSA, la enorme red de escape se gestó en la misma Casa Rosada a través de una serie de reuniones entre Juan Domingo Perón y oficiales alemanes, belgas y franceses, todos criminales de guerra. Ahí, en la propia sede del ejecutivo argentino, se plantearon las alternativas y la logística para llevar a buen puerto a los altos mandos nazis a disfrutar el resto de su vida.

El tema circula como un vieja leyenda en Buenos Aires, donde a menudo se presume junto con otros mitos urbanos rioplatenses; sin embargo, las evidencias y la portentosa investigación histórica de Uki apunta a una política sistemática de rescate peronista de los nazis sobrevivientes hacia la Argentina.

Públicamente, Juan Domingo Perón se refirió en distintas ocasiones a los Juicios de Nuremberg como “una infamia” que no podía ser tolerada por la comunidad internacional. La estrategia arrancó oficialmente en 1947, donde misiones especiales enviadas por el ejecutivo ayudaron a los alemanes fugitivos sortear la justicia para finalmente llegar a Sudamérica.

La mayoría de las operaciones corrieron a cargo de Carlos Fuldner, un agente germano-argentino que durante la cima del Tercer Reich fungió como Hauptsturmführer (capitán) de la SS. Las principales vías de escape, conocidas como ratlines en Europa que gestionó incluyeron países alejados de Alemania, como Italia, y Suiza. Sujetos encargados de gestionar el genocidio en Europa como el propio Adolf Eichmann y Josef Mengele se ocultaron en el Cono Sur durante la segunda mitad del siglo XX, en un episodio oscuro de la Argentina que aún hoy es un tabú en América Latina.

http://culturacolectiva.com/la-historia-del-refugio-nazi-en-argentina/
 
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Más de 60 fusilados por los franquistas en Valencia serán rescatados del olvido

En los primeros años de represión franquista en Valencia, a los presos de Sant Miquel dels Reis (la prisión política de la ciudad) se les enviaba a la Cárcel Modelo semanas antes de ser fusilados. El 18 de enero de 1940 se produjo una “saca” de magnitudes considerables. La mayoría de los cuerpos terminaron en la fosa 113 del cementerio de Paterna, donde eran ejecutados.

Según las investigaciones basadas en los registros de la prisión y del cementerio, se estima que hay unas 60 personas enterradas en esta fosa, procedentes de distintos pueblos de Valencia, Madrid y Burgos. Es, hasta ahora, la más grande en el territorio valenciano, último escollo de la República. Como gran parte de las tumbas comunes de víctimas del franquismo, está sin exhumar, pese a la ley de Memoria Histórica.

Para rescatar a los asesinados del olvido, los familiares se han constituido en una asociación y gracias a las ayudas de la Diputación de Valencia, comenzarán las excavaciones en junio.

“Empezó como un proyecto personal”, cuenta Santi Vallés, lingüista, escritor y presidente de la asociación. “Yo buscaba a mi tío Paco porque se lo prometí a mi abuela antes de morir”. El presidente de la asociación se encargó personalmente de ir a los archivos de Salamanca, a los del Ministerio de Defensa y de contactar con ArqueoAntro, una plataforma que ya estaba realizando exhumaciones en otras poblaciones.

Los familiares lamentan el exceso de burocracia por el que deben pasar para autorizar los proyectos, así como el elevado coste de los mismos.

Este en concreto costará unos 125.000 euros y la Diputación de Valencia financia aproximadamente la mitad. “Sin las ayudas sería imposible. El Estado debería actuar de oficio y hacer como en Alemania, asumir la responsabilidad con normalidad e invalidar los juicios que los condenaron a muerte”, reclama Santi como portavoz de los familiares de las víctimas.

Los trabajos comenzarán en cuanto finalice la exhumación de los cuerpos de la fosa 82, también en Paterna, en la que se estima que hay enterradas unas 20 personas. Miguel Mezquida, de ArqueoAntro, responsable de ejecutar el proyecto, prevé que será una labor más complicada que las anteriores. “Prevemos que nos llevará alrededor de 2 meses y medio. Hay muchas víctimas enterradas, unas encima de otras porque se acumulan varias ‘sacas’ y es un espacio muy pequeño, de unos dos metros de largo, dos de ancho y más de cuatro de profundidad”.

Miguel explica que realizan esta tarea porque «la gente tiene derecho a saber lo que ha pasado”. “Las fosas siempre hablan. Es un trabajo minucioso, es una excavación en contexto forense, aunque el Estado español no judicializa estos crímenes”, señala Miguel. Aunque, añade, con esperanza “hacemos el trabajo forense para que algún día se puedan juzgar”.

Esta era la fórmula genérica con la que comenzaban las misivas que se enviaron a los familiares de los fusilados por agentes franquistas en nombre supuestamente de los otros presos: “Valencia, a 18 de enero de 1940. Cárcel Modelo. Estimada compañera, el principal motivo que nos induce a escribirle esta carta es para manifestarle nuestro dolor muy justificado por la ejecución de su marido y buen compañero nuestro. Patente su extremado valor, habiendo ir cara a la muerte con la tranquilidad que caracteriza a los inocentes”.

http://www.eldiario.es/cv/comun-numerosa-Valencia-exhumara-junio_0_629937436.html
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Franco fue otra víctima del ‘terrorismo’ (prohibido hacer chistes)

Desde el mismo inicio de la guerra civil en 1936, varios comandos armados, que entonces sólo los fascistas calificaban como “terroristas”, intentaron hacer justicia de la de verdad, es decir, ejecutar al criminal Franco.

Apoyar dichas acciones armadas, defenderlas y justificarlas es un delito porque la legislación vigente y los jueces fascistas tienen que proteger a una “pobre víctima” como el criminal Franco, al que nosotros despreciamos y humillamos desde aquí todo lo que podemos.

Pocos días antes de que se levantara contra al República,  el 14 de julio de 1936, tres anarquistas canarios (Antoni Vidal, Antonio Tejera y Martí Serasols) intentaron ejecutar al general fascista, y fue una pena que no lo lograran. Nosotros justificamos, enaltecemos y veneramos a aquellos tres héroes, a los que jamás calificaremos de “terroristas”. El único terrorista fue Franco y los suyos.

Aquellos tres héroes anarquistas solicitaron apoyo al gobernador civil de Canarias, Manuel Vázquez Moro, quien se negó en rotundo. Tras el golpe de Estado fue detenido y fusilado por los verdaderos y únicos terroristas: los fascistas.

En la noche del 16 de julio, cuando Franco embarcó en el buque Viera y Clavijo, la policía impidió que otro héroe, Amadeo Hernández le ejecutara. La policía le detuvo, le condenaron a cuatro años de cárcel, le enviaron a la península donde fue fusilado junto a otros tres republicanos acusados de intentar volar el Hotel Madrid, donde se encontraba Franco en Canarias.

El mismo 18 de julio de 1936, cuando el general fascista se disponía a ir a la Base Aérea de Gando para trasladarse a Marruecos y ponerse al frente del ejército golpista de África, un héroe, Juan García Suárez, alias “El Corredera”, encabezó un comando armado que le había tendido una emboscada. “El Corredera” tuvo que vivir 20 años clandestinamente, hasta que fue asesinado por garrote vil.

Otros héroes que trataron de matar al criminal fascista no eran españoles, sino georgianos, como Stalin, que encargó la ejecución al inglés Philby a principios de 1937. No se pudo llevar a cabo por la desaparición de Paul Hardt, el superior de Philby. Fue una pena.

En 1949 el grupo guerrillero anarquista Los Maños, que tenía su base en los Pirineos y estaba dirigido por Wenceslao Giménez Orive, viajó a Madrid con la idea de hacer justicia y ejecutar al general asesino. En su mayor parte los integrantes de los Maños eran huérfanos de represaliados por el fascismo.

Entre 1936 y hasta su muerte en 1975, los antifascistas planearon 17 atentados contra Franco y, lamentablemente, ninguno prosperó. Desde aquí hacemos apología de esos intentos y rendimos honores a quienes se esforzaron por cumplimentarlos. A ninguno de ellos los consideramos “terroristas”, sino todo lo contrario: para nosotros son héroes.

La Guardia Civil detiene a Juan Garcia Suárez, ‘El Corredera’
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Silogismo (sobre Cassandra)

Bianchi

Premisa mayor: el almirante Carrero Blanco «voló» en 1973, dos años antes de la muerte (en la cama-quirófano o mesa-camilla) del general Franco, esto es, en dictadura.
Premisa menor: fue ETA la autora del magnicidio durante el fascismo rampante. Nadie, ningún partido político, entonces prohibidos, «condenó» dicho ascenso a los cielos. Al revés: fue celebrado a la sazón en privado en numerosos domicilios corriendo el champán, como también lo fue, recién fallecido el dictador en 1975, en casi todos los pueblos vascos en fiestas patronales echando al aire boinas, txapelas, bufandas y otros adminículos. No se consideraba a ETA una «banda armada» y menos «terrorista»; al revés. Se les consideraba unos «gudaris» (soldados vascos).
Conclusión: o bien habría que enjuiciar -retrospectivamente y retroactivamente- a esos pueblos por «enaltecimiento del terrorismo», o bien, como dijera -ya en «democracia»– el entonces ministro del Interior, José Barrionuevo, con el presidente Felipe González, «ETA ha sido siempre una organización ‘terrorista’», de lo cual se puede colegir, también, en pura lógica formal, y/o escolástica, que este individuo, Barrionuevo, siempre fue un fascista (carlistón sí consta que fuese este fundador, entre otros, de los GAL). Y quienes respaldaron y cohonestaron su criterio, también, pues ni corrigen ni desmienten nada, luego son, al menos, cómplices, sino coautores (encubridora sería la prensa a la voz de su amo).
También cabe concluir -caben más conclusiones que dejamos al caletre y cacumen del lector- que, a tenor de la condena a un año por la Audiencia Nazional (sucesora del TOP franquista) de la adolescente Cassandra por unos tuits sobre la «voladura» de Carrero Blanco, que son unos chistes –«idioteces» para Pablo Iglesias que finge escandalizarse patrimonializando la indignación, como ya se dijo aquí hace poco, pero cuidándose muy mucho de recordarnos que aquí no se vive en una «dictadura»-, una de dos: o bien la ejecución de un declarado fascista -como, por ejemplo, el conocido torturador pronazi, trabajó para la Gestapo, Melitón Manzanas en 1968, tiempos de la psicodelia para algunos- lo convierte automáticamente en «demócrata» siendo el artífice del «milagro» una organización que se reclamaba nacionalista y revolucionaria, o bien no importa el carácter violento de sus muertes pues, con y después de Franco, se trata de funcionarios y servidores del Estado, antes «autoritario» (ya empezaba la sociología al uso a no llamar a las cosas por su nombre) y hoy «democrático» y de Derecho, como gustan de empalagar a la gente. Tenemos, pues, si no desbarramos mucho, que lo único que no cambia fue el carácter «terrorista», genotipo y fenotipo de ETA con lo que, «malgrè lui», tampoco ha cambiado el sesgo fascista del Estado que se sirvió, encima, de una pseudoamnistía como ley de Punto Final de sus verdugos (como harían en Argentina no mucho después). Lo que molestaba no eran los muertos que ETA pudiera ocasionar, sino sus objetivos políticos, tal que hoy, ¿qué ha cambiado entonces, en lo fundamental, no en lo adyacente?
Casandra, diosa griega de las profecías.
Buenas tardes.
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¿Qué es el fascismo? ¿Y tú me lo preguntas?

Bianchi

La Audiencia Nazional condena a un año a una tuitera, Cassandra, por hacer chistes sobre la «voladura» de Carrero Blanco que no pocos ni sabrán quién era este almirante fascista más franquista que Franco y que fuera ejecutado por ETA en 1973 dando lugar a la misteriosa y siniestra frase del dictador que dijo aquello de «no hay mal que por bien no venga», como diciendo esto facilita la «transición a la democracia» que estamos cocinando tiempo ha. A Cassandra, son sus palabras, le han arruinado la vida pues le han privado de su beca de estudios (hacía Historias). O sea, una canallada, una hijoputez propia de canallas fascistas que, después de más de cuarenta años, defienden la memoria de alguien cuyos deudos, una nieta, p. e. , no se sintieron ofendidos por esos tuits que, como dirían los comedidos pijoprogres, serán de «peor o mejor gusto», pero una «barbaridad» la condena. Sobre todo, antiestética.

Y es que su «buen gusto» les impide -aunque se lo pida el cuerpo y lo digan en petit comitte- decir que estas cosas sólo pasan en «países fascistas». No, esto no. A lo más que osaban en sus audacias era a decir que vivimos en un «país bananero» (yo les sugerí decir «monarquía cocotera», pero declinaron mi sugerencia), pero no fascista. Esta es la diferencia, una de tantas, que nos separan a los «iluminados» que hacemos este blog de estos renovadores de la nada o nefelibatas que viven en las nubes con el riñón cubierto. A los cuales, por cierto, les vienen de perlas estas fascistadas del régimen español surgido en el 36 (Carrero «voló» antes del llamado «régimen del 78» y la sentencia que sufre esta chavala, como el rapero Valtonyc, los titiriteros, Strawberry, Hasel, etc. se dicta hoy, en «democracia», ¿se debe ello a una solución de continuidad acaso?) para sacar pecho democrático, hacer aspavientos, mesarse los cabellos y fingir escándalo: pero ¿cómo es posible…? Luego hacen risitas en el Charlamento, piden réplicas, juegan, se divierten, cambian cromos, se pasan teléfonos, quedan en el bar del Congreso, jijijajá… En una palabra -y ofrecemos desde aquí gratis el «copyleft»– PATRIMONIALIZAN LA INDIGNACIÓN, sólo ellos, los del planeta «podemita», están autorizados a indignarse ante tamañas tropelías del… ¿fascismo?

¡No, por dios y por la virgen! Aquí hay democracia, mejor o peor, pero democracia perfectible, subsanable, reformable, transversal, geometría variable, patatín y patatán.

La prueba de lo que decimos, de que hay democracia, es que a nosotros, los podemitas, el non plus ultra de la revolución posible y pendiente, es que se nos permite no sólo indignarnos, sino patrimonializar esa indignación. Si hubiera fascismo estaríamos encarcelados (y los «illuminatti» y conspiranoicos fusilados por furros, con efe). Esa es la línea roja -hay más- que nos separa de los comunistas de verdad. De los de pacotilla ya nos las pintamos solos.

Egun on.

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La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad

Después de 60 años de la firma del Tratado de Roma –por fin– nos hubieran debido contar la verdad. Pero no ha sido así. Siguen con la cantinela de que la unidad europea se ideó después de la II Guerra Mundial y no antes. Dicen que la unidad europea se edificó para superar el nacionalismo y evitar guerras intestinas; que el nazismo había sido una experiencia funesta para Europa y que Europa debía ser lo contrario del nazismo. Siguen tratando de hacernos creer que las naciones conducen al nacionalismo, el cual es perverso por sí mismo porque, a su vez, conduce a la guerra. Quieren hacernos creer que el proyecto de integración europea nació después de la II Guerra Mundial como antídoto contra las rivalidades nacionalistas internas. Aseguran que durante ese conflicto el chovinismo había alcanzado sus mayores cotas y los europeos comprendieron repentinamente que sus pequeños estados respectivos debían quedar unidos por instituciones supranacionales para que la guerra no volviera a causar estragos en el viejo continente.

Sin embargo, es falso que la idea original de la unificación europea sea posterior a la II Guerra Mundial; es falso que esa idea fuera concebida en oposición a la rivalidad imperialista anterior. Por el contrario, no solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa.


El modelo alemán

A mediados del siglo XIX Alemania no existía como Estado unificado. Por tanto, cuando estalla la I Guerra Mundial apenas hacía 50 años que Alemania había entrado en el concierto de los Estados europeos con una sola voz. Fue una loca carrera en la que pasaron velozmente de un situación casi feudal al capitalismo monopolista más salvaje, y de los problemas de construcción interna de un Estado federal al trampolín del control de su propia zona de influencia en el exterior. De vértigo. Una vez edificado su propio país, los imperialistas alemanes creyeron que su modelo federal era válido también para su entorno económico. Se convencieron ellos a sí mismos y se esforzaron en con-vencer a los demás. Su federalismo nacional lo convirtieron en un federalismo internacional, o por lo menos europeo. Surgió el pangermanismo porque fuera de las fronteras aún quedaban alemanes por unificar, desde el Báltico hasta el Mar Negro. Esos países que aún quedaban fuera, las reliquias del Imperio austro-húngaro o del zarista, diezmado por la Revolución bolchevique de 1917, estaban muy atrasados con respecto a la locomotora alemana. Incorporarse a Alemania era como incoporarse al siglo XXI partiendo del siglo XVII. Es bien sabido que los imperialistas alemanes, siempre generosos, se declararon dispuestos a compartir con los demás sus conquistas y sus progresos, antes y después de 1933.

Incluso sus planes de integración europea aseguraban que mantendrían intacta la soberanía nacional de los estados miembros de Europa. No se trataba de una incorporación sino de una integración. No podían presentar sus planes al exterior como una expansión imperialista sino como una integración europea. En la futura Europa nazi no habría amos ni siervos sino socios. Eso es lo que dijo su propaganda durante toda la II Guerra Mundial, consagrando enormes esfuerzos a convencer al resto de Europa de que los progresos económicos alemanes, la infraestructura de transporte y la economía en general eran mucho mejores que en el resto de Europa y que, en consecuencia, Europa debía integrarse según el modelo alemán. Más que los alemanes eran los propios europeos los que debían estar interesados en esa integración. El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura “Confederación Europea” tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: “Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas […] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población”. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que “Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado”.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura “Confederación Europea” volvían sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:

“Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea”.

Hasta la hoy fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:

“Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos […] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema de equilibrio de poder […] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros”.

Finalmente, Renthe-Fink añadía: “Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea”. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que “quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos”.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido Nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: “Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países”. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: “Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo”.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que “nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos”. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: “A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa”.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: “Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado”. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: “Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa”. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarla: “La idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales”.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: “Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea”. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: “En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre”. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre…

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: “Para poner estos intereses en práctica se requiere […] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania”.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mitines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva Europa, El nuevo orden europeo, el Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba “una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa”.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: “Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica”. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. La sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearing europeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió: “En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea […] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria”.

Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, la confederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: “La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa […] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado”.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:

“La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal”.

Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un ligar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, “la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común”. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que “el futuro pertenece al transporte motorizado”.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso.

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El león del desierto

La película, estrenada en 1981, relata la biografía de Omar El-Mojtar, un anciano combatiente que se levanta en armas contra los colonialistas -y fascistas- italianos. El levantamiento fracasa y el anciano guerrillero, que interpreta con su habitual maestría Anthony Quinn, es capturado y ahorcado públicamente.

Hasta hace apenas 100 años, Libia era una parte del Imperio Otomano de la que se apoderó Italia. Desde el principio las diferentes tribus del norte de África se opusieron ferozmente a los nuevos amos. Los libios estaban organizados en cofradías o hermandades de tipo feudal, donde los religioso, lo político, lo militar y lo social se fundían.

Las guerras de Libia corrían paralelas a las del Rif, donde los colonialistas españoles enviaron a sus peores carniceros, los legionarios, encabezados por generales como Millán Astray o Franco. Los italianos enviaron en 1932 al general Rodolfo Graziani para aplastar el levantamiento armado de Omar El-Mojtar, “El jeque de los militantes” y “El león del desierto”.

Diez años después de llegar los fascistas al gobierno, Graziani logró capturar a El-Mojtar y lo encerró en el Palacio del Gobierno de Bengasi, a donde fue a visitarle. ¿Quién era aquel anciano indomable que durante años había mantenido la guerra de guerrillas contra el poderoso ejército colonial fascista?

El libro de memorias del general italiano, “Cirenaica pacificata”, escrito al año siguiente, rememora el encuentro. Describe al anciano como un viejo modesto, disminuido y con los pies deformados por la enfermdad de gota que padecía. A pesar de ello, los fascistas le mantenían esposado y encadenado. Cuando el general se acerca, el anciano le tiende la mano, que el otro rechaza. Los fascistas no admiten ninguna clase de treguas.

El colonialismo ejerció de juez y parte abriendo un consejo de guerra contra el guerrillero, que fue presidido por Graziani en persona. Fue la típica farsa que duró una hora y media. En el interrogatorio éste le dice que miles y miles de libios han muerto por su culpa. “¿Merecía la pena?”, le pregunta:

El-Mojtar: Han muerto al servicio de una buena causa. Están en el paraíso
Graziani: Eso es fanatismo religioso.
El-Mojtar: No, eso es fe.

En un momento dado del intercambio, el anciano se siente fatigado y le pide un asiento al general italiano, que accede:

Graziani: Siéntate y escucha. Aún puedes salvar tu vida. Con tu autoridad, ¿puedes lograr la sumisión de los rebeldes de Djebel?

El-Mojtar: Estando preso no puedo hacer nada y, por lo demás, jamás haría eso. Todos hemos jurado morir, uno tras otro, pero no someternos. Yo jamás me sometería por mi propia voluntad. Eso es seguro.

Al día siguiente, los italianos ahorcaron al anciano en el campo de concentración de Soluk ante una muchedumbre de 20.000 personas. Subió al cadalso sujetando sus gafas entre las manos, que se le deslizan de ellas tras el último aliento.

En la escena final de la película, un niño corre hacia el cadáver que cuelga de la soga para recuperarlas, una metáfora de la continuidad de la lucha contra el colonialismo -y el fascismo- en los tiempos que corren. Mueren los héroes ancianos, pero su lucha la continúan desde la infancia otros héroes.

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Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo

Llevan un tiempo los medios de comunicación, especialmente los del grupo Prisa, bombardeándonos con el último producto de Javier Cercas Mena, El monarca de las sombras, que para variar vuelve a la guerra civil para seguir hablándonos de Falange. Ya lo hizo una vez sobre un personaje tan relacionado con Cáceres como Rafael Sánchez Mazas y ahora lo hace sobre su tío abuelo Manuel Mena Martínez. Y si en el caso de otra de sus novelas, El impostor, su protagonista Enric Marco venía a ser el Quijote ahora Cercas ha decidido asociar al fascista de su tío abuelo con el mítico Aquiles. Supongo que igual que en El impostor debió creerse Cervantes ahora se verá como Homero. Da igual que la novela sea plana, insulsa e incluso un tanto tediosa o que una vez más quiera convencernos de que sus novelas no son de ficción. Estamos ante la obsesión de un profesor de literatura por aparecer en sus novelas y querer hacerlas pasar por algo más que un mero relato con voluntad de ser literario.

Algunos llaman a esto novela de no ficción, relato real, novela antigénero, metaliteratura, género degenerado, posliteratura o como les venga en gana, pero quizás pertenezca de lleno al territorio de la egoficción. Lo curioso es que en sus declaraciones a los medios Cercas no habla como un novelista sino como un historiador, lo cual no deja de llamar la atención en alguien que está convencido de que la historia nunca es objetiva. Aunque cuando dice esto no se sabe cuál de sus muchos “yo” habla, si el personal, el literario, el pueblerino, el mentiroso, el cosmopolita, el periodístico o el historiador. A saber.

De esta forma ocurre que, sean cuales sean sus intenciones y por muy literarias que parezcan, lo que sus lectores perciben es que lo que leen pretende pasar por Historia. Y así se produce la paradoja: los historiadores llevamos décadas intentando comprender las causas y consecuencias de la destrucción de la II República y por ahí en medio aparece Cercas disfrazado de historiador e inventándose lo que le viene en gana con el aplauso de los que nunca han querido que se conozca ese pasado.

De entrada conviene situar tanto a Cercas como a su tío abuelo Manuel Mena, a quien considera “un niño inocente”. No se cansa de decir allá por donde va que “murió por culpa de una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero”. No es una reflexión muy elaborada, pero a él le basta, ya que debe pensar que así se le considerará un hombre de izquierdas, un antifranquista. Pero al decir esto olvida que tanto entre los golpistas como entre los defensores de la República hubo gente muy joven, de la misma edad que Mena, y que muchos de ellos sabían perfectamente, al igual que él, por qué y contra qué luchaban.

Así que ni niños ni inocentes ni pandas de hijos de puta. Manuel Mena pudo elegir entre respetar las leyes o actuar al margen de ellas y decidió lo segundo, lo cual no es mal principio para alguien que pensaba iniciar los estudios de Derecho ese mismo año. Se asombraría Cercas si supiera el papel que tuvieron muchos de esos “niños inocentes” en los pueblos que cayeron pronto, como el suyo, en poder de los sublevados.

Según nos cuenta el propio Cercas, uno de sus antepasados, Juan Mena, padre de Manuel, propietario de tierras y ganado, era el cacique del pueblo. Por otra parte su abuelo Francisco Cercas había sido concejal durante el Bienio Negro y fue destituido en febrero del 36. En fecha imprecisa, aunque supongo que sería en los meses del Frente Popular, ambos fueron detenidos y pasaron por la cárcel “acusados de almacenar armas en una finca”. Javier Cercas, al que este hecho lleva a decir: “A estas alturas todo estaba preparado para que el país entero volase en mil pedazos”, los justifica diciendo que, ante el rumor de que los jóvenes socialistas de la Casa del Pueblo fuesen a realizar una matanza de derechistas, la propia Guardia Civil les aconsejó que se protegieran. ¿Y quién se supone que debía defender a los socialistas de esa gente armada y conchabada con la Guardia Civil?

Además, con ello Cercas da crédito a ese tipo de rumores que circularon a posteriori por todos los pueblos con el único objeto de justificar el golpe y la represión. Lo cierto es que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la Sociedad de Agricultores, fue igualmente el presidente de la gestora el 20 de julio del 36, jefe local de Falange y alcalde de Ibahernando entre 1937 y 1939. “Un período bastante breve”, añade Cercas sin percatarse de la eternidad que representaron aquellos dos años. Por cierto que en dicha gestora también estaba su tío Juan Domingo Gómez Bulnes, yerno del cacique y que también llegaría a alcalde. Tampoco su bisabuela, la madre de Mena, se cubre de gloria cuando la vemos arremeter contra un vecino que ha luchado por la República con el que se cruza por el pueblo echándole en cara que él viva y su hijo no.

Para Javier Cercas su abuelo Francisco era un “labrador instruido”, “hombre cabal” y “dotado de una autoridad congénita y de una congénita capacidad para ejercerla”, don este muy extendido entre quienes accedieron al poder por vía militar. Añade que había simpatizado con el socialismo y que procedía de Unión Republicana, el partido de Manuel Azaña. Sirva esto de muestra de las mal digeridas lecturas que ha hecho Cercas, ya que no hace falta ser un experto en historia de la República para saber que Unión Republicana nació de una escisión del Partido Radical y que el Partido de Azaña era Izquierda Republicana y no el que él dice.

En cuanto a su abuelo, aparte del disparate de asociarlo al socialismo, más bien encaja en aquellos reaccionarios descolocados por la llegada de la República que se metieron en el Partido Radical para no quedar fuera de la vida política. Sería todo lo cabal y lo congénitamente capacitado que su nieto desee pero lo que debería haber hecho es presentarse a las elecciones. La forma en que llegó a la alcaldía no lo deja en muy buen lugar y sería curioso ver todos los informes políticos que llevaban su firma.

Cercas intenta mostrar la bondad de sus familiares contando cómo ayudaron a algunos izquierdistas. Parece no saber dos cuestiones básicas: que quien en esas situaciones puede salvar vidas es muy probable que también haya tenido la potestad de destruirlas y que raro fue el partidario del golpe que, por lo que pudiera pasar, no contaba en su haber con un rojo salvado. Y digo esto porque desde el desastre nazi en Stalingrado a fines de 1942 y la debacle del fascismo italiano en septiembre de 1943 más de uno empezó a pensar en el nuevo signo de los tiempos. Por suerte para ellos la censura franquista les libró de ver los cadáveres de Mussolini y otros afines colgados en una plaza de Milán en abril de 1945.

Para los que apoyaron el golpe militar y se unieron a fuerzas paramilitares como las banderas de Falange, caso de Francisco Cercas y Manuel Mena, su idea de lo que se traían entre manos era similar a la de un paseo triunfal. Tenían ante sí lo ocurrido en Cáceres, una provincia que había caído casi por completo en cuestión de días. Para esta gente su tarea consistía en ocupar el poder municipal, acabar con la vida de una serie de gente muy concreta, expulsar de todas las instancias locales a las personas relacionadas con la República y reajustar la vida local como poco a la situación existente antes del 14 de abril de 1931. La experiencia republicana debía ser destruida y borrada, como si no hubiera existido.

Pero ocurrió que la marcha triunfal terminó de manera abrupta el 7 de noviembre de 1936 en las puertas de Madrid. Contra todo pronóstico el ejército de la República paró en seco a las diferentes columnas que esperaban ocuparla en poco tiempo. Todos ansiaban celebrar la entrada en Madrid, unos con sus consejos de guerra listos para desinfectar la capital y otros con toda la parafernalia para la celebración de misas al aire libre, y resulta que no solo no lo consiguieron sino que el golpe devino en una guerra interminable, una guerra de verdad y no la escabechina que venían practicando desde julio. La decepción que sufrieron Francisco Cercas y Manuel Mena de la que habla Cercas no era otra cosa que el terrible choque que la guerra de verdad produjo incluso en aquellos que la provocaron. La guerra no era lo que les habían contado.

Nos cuenta Cercas –imposible saber qué hay de verdad en ello– que Manuel Mena, a la altura de 1938, estaba ya harto de la guerra y que si volvía a ella era por un sacrificio personal, para que no tuviera que ir otro de sus hermanos. Lo que le lleva a afirmar que era “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”. También “había sido capaz de arriesgar Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismosu vida por valores que […] estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nosotros no lo estuvieran”.

Y añade: “… no murió por la patria… no murió por defenderla… murió por nada…” ¿Le parecerá poco a Cercas que su familia pasase a controlar el pueblo desde el 20 de julio de 1936? ¿No le choca que su abuelo Francisco Cercas, presidente de la primera gestora fascista y alcalde durante la guerra, considerara ya de mayor a los vencedores como una banda de arribistas y desaprensivos, cuando no maleantes, y que sintiera por ellos el mayor desprecio? ¿Acaso no estaban él y su familia entre ellos? Se trata de un fenómeno conocido y que pasó también a fascistas de toda Europa: con el paso de los años aquel pasado negro les empezó a estorbar.

Otro problema es la terminología. Solo dos apuntes. Cercas y otros como él no se cansan de escribir y de hablar de cuándo estalló la guerra civil. Con ello lo que hacen es cubrir con el manto de la guerra unos meses en los que no cabe hablar de guerra alguna, sino simplemente de golpe militar y de represión. El 17 y 18 de julio no estalla guerra alguna, sino que se produce un golpe de estado contra la República, golpe que, como hoy sabemos, venía preparándose desde el mismo día de su proclamación. La guerra vino luego. Primero fue la sublevación, el trasvase a la península del ejército de África, sin el cual poco hubieran podido hacer, y el plan represivo que produjo en pocos meses un genocidio de proporciones desconocidas en nuestro país. En la zona controlada por los fascistas no hubo paseos, sino un plan de exterminio perfectamente organizado por los militares y civiles que movían los hilos de la maquinaria represiva.

Las personas asesinadas en Ibahernando, unas doce, dos de ellas mujeres, no fueron paseadas por un grupo de incontrolados sino que lo fueron por decisión de un comité local presidido por alguien en funciones de comandante militar, comité que, aunque conocido por todos –máxime en un pueblo de dos mil y pico de habitantes–, solía mantenerse en la sombra. Es posible que el comandante militar de Ibahernando fuese un guardia civil y que este estuviese asesorado en las tareas represivas por algunos vecinos. Los componentes de dicho comité no solían mancharse las manos de sangre, para eso estaban el personal subalterno, ya fueran falangistas, guardias o simples voluntarios. Así pues hablar de paseos es ignorar la mecánica represiva puesta en marcha por los sublevados.

Una de las claves de la novela es la ambigüedad, lo cual no es de extrañar si pensamos en la dificultad de convertir a un fascista común que encuentra la muerte en una batalla nada menos que en Aquiles. Veamos un ejemplo. En un momento se puede leer que la Falange fue “la milicia armada de la reacción en el violento expediente de urgencia segregado por la oligarquía para terminar con una democracia que pretendía reducir sus privilegios…” Esto parece que procede de algún libro. Y en otro se asocia esa misma Falange al “idealismo romántico y antiliberal, la radicalidad juvenil, el vitalismo irracionalista y el entusiasmo por los liderazgos carismáticos y los poderes fuertes de aquella ideología de moda en Europa”. Y aquí parece que transcribe a Sánchez Mazas.

Cercas prefiere hablar de falangistas y franquistas más que de fascistas y de fascismo, concepto que solo aparece en relación con Europa. Esta confusión sistemática está en la base de la novela y es continua y obligada, ya que si no existiera no habría forma de salvar al personaje. Parece que este es el destino de Cercas: salvar a fascistas y farsantes como Sánchez Mazas, Enric Marco o Manuel Mena.

El panfleto de Cercas se encuentra en la misma onda de aquella declaración que el gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra realizó en 1986 con motivo del cincuenta aniversario del golpe militar. Según parece, pretendían “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”. Y también manifestar “su respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Pues bien, este cinismo de calculada ambigüedad es exactamente el mismo que parece inspirar el escrito de Cercas. El PSOE lo hacía por satisfacer a todos, seguir obteniendo más votos que los demás y perpetuarse en el poder. Cercas lo hace para blanquear a través de su tío y de su familia el pasado del fascismo español. También para salvarse a sí mismo de tan negra memoria familiar, con la que no sabe qué hacer. Afirma que solo en la madurez ha dejado de sentir vergüenza por sus orígenes familiares, pero que ya se ha resignado a ellos. Y piensa, imbuido sin duda de la clarividencia histórica que lo caracteriza, que su familia “había sido franquista, o por lo menos había aceptado el franquismo con la misma mansedumbre acrítica que lo había aceptado la mayor parte del país”.

Sin duda le hubiera venido bien un proyecto de investigación similar al que se llevó a cabo en Alemania en los años noventa, titulado “El abuelito no fue nazi. Nacionalsocialismo y holocausto en la memoria familiar”.

Al recordar el entierro celebrado en el pueblo en honor de Manuel Mena Martínez viene a la memoria lo escrito por un vecino de Sanlúcar de Barrameda con motivo de un acontecimiento similar ocurrido allí durante la guerra. Decía: “Rodeada así la vida de este aparato militar y litúrgico, la vida parece una cosa despreciable. Dan ganas de convertirse en muerto”. Eso debieron pensar algunos vecinos de Ibahernando, olvidando que ya había habido muertos.

Desgraciadamente Cercas aporta escasa información sobre los vecinos de su pueblo que fueron asesinados a partir del 20 de julio. Quizás la más citada sea la maestra Sara García, de 22 años, cuyo cadáver apareció en una finca. Como en otras muchas ocasiones el crimen se justifica por motivos externos: porque su novio, un izquierdista, había huido o, también, porque se trató de una venganza de un pretendiente anterior. Conocemos estas historias. Son ya muchos años intentando asociar la represión a cuestiones personales. Hay, sin embargo, otra opción que Cercas no tiene en cuenta: por lo general la gente dedicada a la enseñanza fue asesinada por ser de izquierdas y representar la apuesta más importante realizada en nuestra historia a favor de la educación pública. Por su edad, la maestra Sara García pudo ser una de esas maestras de la generación de la República que no encajaban de ninguna manera en los planes de enseñanza que los sectores más reaccionarios de la sociedad española, con la Iglesia en cabeza, impusieron de inmediato. También fue asesinado otro maestro.

Para justificar el terror que segó vidas en una pequeña localidad en la que hasta ese momento no se había derramado sangre, Cercas recurre a fórmulas que no cuadran con el caso. No se trata ya de dar pábulo a rumores como el de que jóvenes socialistas habían creado una lista con los nombres de los derechistas que había que eliminar, sino de hablar de “la situación explosiva” existente en el pueblo en los meses anteriores al golpe o aludir a los propietarios “asustados por la deriva revolucionaria de la República y sobre todo por la atmósfera de violencia que desde hace meses se respira en Ibahernando”. Tampoco se priva de decirnos que sería raro que Manuel Mena “no respirase allí [Cáceres] la atmósfera de preguerra que se respiraba en todo el país” y que sintiese “la inminencia del estallido violento” que todo el mundo sentía. Cercas está preparando el terreno para el golpe y para su familia.

Al poco tiempo de morir, el nombre de Manuel Mena pasó a denominar una calle del pueblo. Según la ley de memoria histórica esta calle debería desaparecer. Nadie que se sume a un golpe de estado merece una calle. La pregunta que surge ahora, tras la salida al mercado de la novela de Cercas, es quién se atreverá quitar del callejero de Ibahernando al héroe local que su sobrino nieto ha convertido en mito. ¿Qué más da que sirviese por voluntad propia en fuerzas paramilitares como Falange o a las órdenes de golpistas como Yagüe o Barrón? Es más, tal como van los tiempos es muy posible que Javier Cercas, además de dar nombre a la Casa de la Cultura de su pueblo, pase a denominar alguna de las calles cercanas a la de su tío abuelo. El día que eso ocurra se cerrará esta historia. Aquiles y Homero juntos.

La cuestión de fondo del libro de Cercas es dejar sentado que se puede ser “un joven noble y puro y al mismo tiempo luchar por una causa equivocada”, es decir, ser un fascista. Como es lógico, la respuesta del sobrino nieto de Manuel Mena Martínez, en la estela de la declaración del gobierno de González y Guerra en 1986, es que sí.

Este mismo espíritu es el que ha llevado hace poco a un juez de Soria, Carlos Sánchez Sanz, a decidir que el nombre de Yagüe debe seguir unido al de San Leonardo, su pueblo. Esto y un acuerdo de pleno de 2016 en el mismo sentido firmado por PP, PSOE y Ciudadanos. El argumento es similar al de Cercas: una cosa es el Yagüe falangista, guerrero y represor, y otra muy diferente el Yagüe benefactor que convirtió a su pueblo en un oasis soriano. Naturalmente se deja a un lado que la decisión de denominar al pueblo San Leonardo de Yagüe es de enero de 1940, cuando el jefe de la columna de la muerte aún no había derramado su acción benéfica sobre su pueblo.

Y es que Yagüe, como Mena, también entra dentro de ese privilegiado grupo de hombres puros y cabales que dieron vida, cada uno desde su sitio, al fascismo español, igual que “el poeta” Pemán o “el aviador” Ruiz de Alda. ¿Para cuándo la reposición de las plazas y avenidas antaño dedicadas a Franco, el gran benefactor de España? Sería solo el principio. Al fin y al cabo hombres de tan gran corazón como el carnicero de Badajoz no hubo muchos, pero de héroes locales está el país lleno.

Francisco Espinosa Maestre http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Javier-Cercas-mundo-egoficcion_6_622647752.html