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El asesinato de Agustín Rueda fue uno de los muchos crímenes de Estado de la transición

Agustín Rueda Sierra
Emilio González tenía solo 34 años cuando trabajaba como funcionario de prisiones en unas de cárceles más crudas de la Transición, la vieja prisión de Carabanchel. “En Carabanchel vi palizas, funcionarios que obligaban a los presos a cantar el cara el sol en medio de la galería, insultos, amenazas y nunca se me irá de la memoria el caso del joven Agustín Rueda, que se fue de las manos dentro de aquellos muros en una sola noche”, apunta este exfuncionario de prisiones.

En el transcurso de dos días, del 13 al 14 de marzo de 1978, el preso Agustín Rueda sería asesinado entre los muros de la prisión de Carabanchel. En una etapa ya casi final de Transición española. Esa misma noche, otros siete reclusos resultaron heridos junto a este joven de 25 años. El motivo, la construcción de un túnel clandestino en una habitación situada junto al comedor de la séptima galería de Carabanchel.

Tres días después de aquellos hechos, un juez abrió un procedimiento contra el director de la prisión por un presunto delito de homicidio. El subdirector, un jefe de servicios y nueve funcionarios también fueron juzgados por el asesinato de este recluso. A pesar de la gravedad de los acontecimientos, los acusados lograron salir en libertad condicional.

Las horas previas a la muerte de Agustín Rueda tuvieron un carácter especial de agitación en Carabanchel. Y es que uno de aquellos funcionarios, compañero de Emilio, había descubierto en su ronda habitual un túnel de cuarenta metros previsto para una pronta fuga de la prisión.

González recuerda que aquel día tenía permiso en Carabanchel pero que ya había alertado del intenso caldo de cultivo que estaba latente. La fecha no la olvida. 14 de marzo. 39 años después, cuenta las posibles circunstancias que llevaron al asesinato de este joven.

Emilio llegó a redactar una carta al director de la cárcel por el tratamiento abusivo de aquellos funcionarios, tomando nota de cada uno de sus comportamientos para trasladarlo a la Dirección General de Carabanchel: “Esta Dirección ha dado muestras públicas de confraternización con los implicados de extrema derecha; ha negado cambios de guardias a un funcionario que manifestó su disconformidad con que un preso cantara el Cara al sol, ha colocado a internos de clara ideología de extrema derecha como destinos de máxima confianza en el exterior (internos que exhiben públicamente en la chaqueta sus insignias de Falange o Fuerza Nueva)”.

La carta, con fecha del 14 de marzo de 1978, recalcaba duros episodios de aquellas cárceles a las que había aún que democratizar: “Sin duda fue una etapa muy difícil. Cuando algún interno recibía palizas por no levantar el brazo, no podía evitarlo y le dije a más de uno con malas formas  pero qué estas haciendo”, recuerda. El sector democrático de los funcionarios de Carabanchel estaban aún mal vistos en aquellos años dentro de la prisión.

Dos días después de aquella carta que Emilio escribiría por no soportar la presión, sería asesinado Agustín Rueda. “Murió el 14 de marzo y nunca se me olvidará como cambió el ambiente de la prisión. La autopsia de Rueda revelaría un ‘shock traumático’. Nadie hablaba de la brutal paliza. Ni los trabajadores. Ni sus propios compañeros”, destaca Emilio.

En una segunda carta, firmada el 16 de marzo, el entonces funcionario apelaba al criterio del director para una pronta mejora de la situación, tras el asesinato de Rueda. “Tengo confianza en que usted sabrá dictar las normas oportunas para que estos hechos desgraciados no se repitan, en bien, no solamente de los internos, sino del Cuerpo de Prisiones, que debe tener una actuación acorde con los tiempos que vivimos y no con los del pasado”.

Emilio no define bien en su memoria el rostro del preso Agustín Rueda. “Eran tantos”, afirma. Sin embargo, nadie olvidó aquella trágica noche donde los acontecimientos ocurrieron demasiado rápido.

Durante el mediodía de aquel fatídico día 13 de marzo Agustín Rueda fue llamado a declarar por el asunto de la construcción del túnel. Nadie conoce a ciencia cierta las circunstancias en la que se desarrolló aquel interrogatorio. Tampoco los detalles de las brutales palizas donde la mayoría de sus compañeros salieron con múltiples contusiones, producidas en el abdomen y el tórax.

Al salir de aquel agujero, Rueda no podía soportar el dolor. Estuvo más de seis horas agonizando, junto a la presencia de otro de los presos acusados. Ya no pudo moverse de su colchoneta. Se retorcía casi desmallado e incluso se llegó a hacer sus necesidades encima por la falta de ayuda de aquellos funcionarios.

Pasaron las horas. A las once y media de la mañana del día 14, el director de la cárcel de Carabanchel informaba de la ubicación del cuerpo de Rueda en el hospital penitenciario, ya fallecido. ¿Qué había ocurrido? Se preguntaban muchos trabajadores y los propios compañeros de Rueda.

Su cuerpo tenía hematomas y heridas producidas con vergajazos u otros objetos contundentes. El juez quiso saber entonces el origen de las lesiones. La respuesta de aquellos funcionarios fue contundente y veraz para la justicia: “A nosotros nos parece que estas lesiones las sufrió ayer por la mañana, cuando le estábamos trasladando. Se cayó por las escaleras, ¿sabe?, y cuando fuimos a levantarle nos amenazó con un cuchillo, así es que tuvimos que reducirlo”.

César Lorenzo Rubio, destaca en su libro “Cárceles en llamas. El movimiento de los presos sociales en la Transición” que  de todas las muertes, no precisamente pocas, que se produjeron en las cárceles durante aquellos años, la de Agustín Rueda a manos de un grupo de funcionarios de Carabanchel, por lo salvaje e impune de las circunstancias y avanzado del momento, reviste un carácter excepcional .

Un crimen impune

Lorenzo destaca que las extrañas consecuencias de su asesinato retrasó el juicio casi una década, de forma incomprensible. Y es que Lirón de Robles, jefe de servicios de Carabanchel en la fecha, ya había fallecido por un infarto cuando se celebró el juicio. Las defensas de los funcionarios pretendieron hacer pasar la paliza deliberada a Rueda por una maniobra de autodefensa contra el reo, un argumento que carecía de verosimilitud. “Tampoco pudieron hacer creer que los golpes que produjeron la muerte de Rueda se los propinasen individuos, ajenos a los funcionarios cuyo fin era acabar con la vida de Agustín Rueda para imputarles la muerte a éstos últimos”. Lorenzo aclara que “al no haberse tipificado el delito de torturas en marzo de 1978, se incluyó en el Código Penal, en el artículo 204 bis en una reforma de 1983 y no se les pudo acusar de ello, aunque por la voluntad de causar daño para que confesase pero sin intención de matarlo, encajaba plenamente con el tipo de delito”.

El investigador afirma la escasa condena que recibieron los funcionarios y personal implicado. Fueron acusados de lesiones graves, coacciones e imprudencia temeraria con resultado de muerte, castigadas con penas que, en el mayor de los casos, fue de seis años de prisión menor que no llegaron a cumplir, y una indemnización de cinco millones de pesetas que también eludieron al declararse la mayoría insolventes.

“Puede que Rueda tuviera sólo mala suerte. Lo pillaron en el lugar equivocado en el momento equivocado”, sentencia Lorenzo. Sin embargo, concluye que “se topó con unos funcionarios acostumbrados a administrar el castigo a su antojo en su coto particular, y eso no fue mala suerte, sino una práctica mucho más habitual de lo que llegó a trascender a la opinión pública”.

Fuente: http://www.publico.es/politica/memoria-14-marzo-carabanchel-agustin.html
 
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Camino Oskotz: dirigente comunista navarra fusilada en 1936

Camino Oskotz
Camino Oskotz nació el 11 de abril de 1910 en la calle de Santo Domingo en Pamplona, donde ahora está la librería Abartzuza. Era hija de Antonio y Anastasia.

Maestra de Güesa, valle de Saraitzu/Salazar, en el pirineo navarro. 26 años. Secretaria del Partido Comunista y militante de la Federación de Enseñanza de la UGT de entonces, socialista revolucionaria. Asesinada en Pamplona o en el balcón de Pilatos (ironías de la historia en la Navarra nacionalcatólica y fascista de 1936).

Soltera y compañera de Tomás Ariz (conocido dirigente del Partido Comunista de Euskadi de Pamplona) que ya había sido fusilado antes que Camino, dato que ella seguramente conocía en el momento de su detención.

“A una sima de Urbasa es posible que fuera a parar la maestra Camino Oscoz Urriza, de 26 años, cuya detención y humillaciones relató Galo Vierge en Los culpables”.

Miguel Sánchez Ostiz recoge una crónica cruda y detallada reconstruyendo el calvario de Maria Camino en sus últimas horas.

La detienen el 1 de Agosto. Fue paseada y humillada por Pamplona, varios falangistas, entre ellos el cruel motejado como “toico” le administran grandes dosis de aceite de ricino. Seguramente le rapan pelo y cejas como a tantas “pelonas”. La maltratan y se burlan de ella durante horas en el “Hogar del camarada” de Falange, que se asienta lo que fuera la clausurada Casa del pueblo de los socialistas.

La llevan de nuevo por calles de la ciudad y la Plaza del Castillo para escarnio y sorna de aquella ciudad convertida en circo del horror y la humillación de los “extremistas”, “rojos”, “separatistas” pues el escarmiento iba más lejos que las terribles detenciones y juicios sumarísimos, había que humillar, apalear, herir, ridiculizar… y luego ya la ruleta rusa del “sacrificio” y los “paseos”.

María Camino se encuentra fugazmente con Galo Vierge en la comisaría de la Calle Roncesvalles, donde le interroga “formalmente” Germán Izquierdo Larramendi (qué ironía, en la misma calle donde luego al final del franquismo los grises bajo órdenes de Martín Villa matan a otro Germán con total impunidad en otro escarmiento tardío). A Galo le cuenta entre el llanto y el agotamiento las vejaciones sufridas y él trata de consolarla.

La policía ejerce su papel en el teatro de la arbitrariedad y no remedia la cacería, forman parte deimage10 ella de un modo u otro. Un jefe de Falange cuyo nombre es conocido por Galo y que éste no desvela en “Los culpables” pese a que sólo circula de modo privado (tan alto es el miedo que perdura décadas) habla con el comisario Izquierdo y trasladan a Camino y a Galo a la cárcel.

Al llegar a la cárcel Camino está derrumbada y se apoya en Galo que le anima diciendo que no la perjudicarán más por ser mujer. Una monja-carcelera se hace cargo de Camino….

Según otros testimonios y como recoge (Navarra 1936) Maria Camino pudo acabar en una Sima de Urbasa y ser fusilada el 10 de agosto de 1936…

Camino Oskotz es la Rosa Luxemburg de Iruñea, la Louise Michel de Pamplona, nuestra florecica de la cuesta Santo Domingo, nuestra Maravillas
Lamberto…

Militantes de Iruñerria de la Herritar Batasuna llevamos sus fotos en la mani del día de la mujer trabajadora, el 8 de marzo.


Dos mujeres revolucionarias, feministas proletarias, comunistas…
Dos estrellas rojas en nuestro camino…
¡Hasta la victoria, siempre, compañeras!
Borroka da bide bakarra! [¡La lucha es el único camino!]

https://herritarbatasuna.wordpress.com/2017/03/09/camino-oskotz-y-rosa-luxemburg-estuvieron-en-la-manifestacion-del-8-de-marzo-en-irunea/

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‘Nuestro hermano, García Caparrós, fue asesinado por la policía durante la transición’

García Caparrós, asesinado por la policía en 1977
El 4 de diciembre de 1977 miles de personas salieron a las calles en las principales ciudades de Andalucía para reclamar su estatuto de autonomía. En Málaga las fuerzas policiales cargaron contra los manifestantes para impedir que se colgara la bandera andaluza en el edificio de la Diputación. En dichos incidentes, Manuel José García Caparrós, un joven de 19 años, militante de CCOO fue disparado. 40 años después su familia sigue tratando de descubrir quién fue el responsable tanto directo como político en aquellas cargas. Sus hermanas no se cansan de pedir información en el Congreso de los Diputados.

“Nuestro hermano se cruzó en una de aquellas balas y murió camino del hospital, ayudado por gente buena y un pueblo de Málaga, y toda Andalucía, que lloró la muerte de un sencillo y humilde trabajador de 19 años. Nuestro hermano fue así asesinado por la violencia policial”, señala una carta enviada a todos los grupos parlamentarios por Dolores y Purificación García Caparrós, hermanas del asesinado. “Exigimos que se abra de nuevo el caso de nuestro hermano y de aquellas muertes por violencia policial que se han dado en nuestra tierra y en otras tierras también”, añaden.

La familia “nos pide que no lo olvidemos, que ya es hora de acabar con el pacto de silencio”, apunta la diputada malagueña Eva García Sempere, aunque no aclara qué se refiere con eso del “pacto de silencio”. ¿Quién ha pactado el silencio?, ¿qué organizaciones?, ¿cuándo  se firmó ese pacto?

Los documentos cuyo contenido se desconocen son el informe elaborado por la comisión de investigación parlamentaria -denominada entonces Comisión de Encuesta- y tres días de las sesiones parlamentarias sobre este asunto. “No se suele contestar por qué no lo proporcionan, sino que te dicen que es lo que hay publicado y disponible. Lo que queremos es cuando se hicieron las entrevistas a las personas implicadas. Es lo interesante, no sabemos a quién se entrevistó ni qué se dijo”, señala la diputada.

“Queremos que haya una reparación, que se investigue qué pasó con mi hermano. Aquel 4 de diciembre alguien tuvo que dar la orden para que la policía disparara. No con balas de gomas sino con balas de las que matan. Por desgracia le tocó a él. Queremos que haya justicia y que esto salga a la luz”, explicó Purificación el viernes en el Congreso.

Su hermana recuerda que lo único que les dijeron aquel día que tienen grabado en la memoria es que García Caparrós había muerto por un accidente de coche. “A mi padre, cuando fue al hospital, le dijeron que había muerto por ese accidente y no le permitían reconocer el cadáver”, afirma. Hasta última hora, y tras mucha insistencia, el padre no pudo ver a su hijo comprobando que no había signos de accidente sino de disparos.

“De la investigación y los documentos que hay a nosotras nunca nos han dado una respuesta y jamás nos han dicho nada. Cuando se han ido a pedir siempre han estado perdidos o no existían. Estamos a 40 años exactamente como en el primer minuto, después de 40 años ya es hora de qué sepamos qué pasó aquel día”, insiste una de las hermanas. Dolores, por su parte, señala que fue mucho lo que se sufrió aquel día. “Se llevaron la vida de nuestros padres y también la nuestra”, afirma. “40 años mirando para otro lado creo que ya no es de justicia”, afirma.

Según Dolores, el caso de su hermano estuvo silenciado por completo casi 20 años. Hasta que no pasaron dos décadas la gente no empezó a preguntar. Para tapar el crimen y acallar las bocas, en 2013 le nombraron “hijo predilecto de Andalucía”. Una verdadera tomadura de pelo.

En IU empiezan a decir ahora que durante la transición existió mucha impunidad: “Como ocurre con el caso Caparrós, había un encubrimiento de todo el aparato del Estado para que no se resolvieran” los crímenes. Lo que no dicen es que durante 40 años ellos han sido responsables de dicha impunidad.

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Martín Villa: de gobernador ‘radicalmente falangista’ de Barcelona a ministro de la ‘democracia’

Martín Villa: un fascista reconvertido
Pau Casanellas

En 1984, después de haber abandonado cualquier responsabilidad política, Rodolfo Martín Villa dejaba escrito en sus memorias que, poco antes de morir, el mismo Franco no percibía como necesaria la continuidad de las instituciones del régimen franquista, consciente de los grandes cambios que se producirían en España una vez él ya no estuviera. La atribución de la frase al dictador -absolutamente grotesca-, así como el sesgado relato de sus memorias, servían a Martín Villa para legitimar la propia trayectoria política durante el franquismo como una preparación de la transición y, a la vez, darle un sentido de continuidad con los cargos que ocupó en los primeros años de democracia parlamentaria.

Además de ser paradigmático de una operación de maquillaje muy común entre quienes tuvieron alguna cuota de poder -y alguna responsabilidad en el ejercicio de la represión- durante los últimos años del régimen, el caso de Martín Villa resulta especialmente cercano, ya que, durante el último año y medio de vida de Franco, Barcelona sufrió como gobernador civil (cargo que, como máxima autoridad gubernamental en la provincia, tenía bajo su responsabilidad la aplicación de la política de orden público) […]


Cuando, en mayo de 1974, Rodolfo Martín Villa llegó a Barcelona como gobernador civil y jefe provincial del Movimiento (responsabilidades que eran ejercidas por la misma persona), ya hacía años que había dejado en el armario la camisa azul, pero no las ideas falangistas.

Su entrada a las estructuras del partido único del régimen se había producido -como era trayectoria natural de las generaciones de dirigentes franquistas que ya no habían hecho la guerra- a través del Frente de Juventudes, donde se integró muy joven para hacer olvidar la militancia izquierdista del padre. Con todo, esta elección temprana, en la que en alguna medida había podido influir la necesidad, pronto se convirtió en un compromiso convencido. Así lo demuestra su carrera política posterior, tanto dentro del Sindicato Español Estudiantil (el SEU, sindicato único estudiantil), del que fue jefe de Madrid y, después, jefe nacional (1962 a 1964), como de la Organización Sindical Española (el OSE, el sindicato vertical del régimen).

Sobre la etapa del SEU, a la que pertenecen las conocidas imágenes de Martín Villa con la camisa azul falangista, él mismo decía en 1971, en una entrevista: “Mi formación en el SEU y sus instituciones hace que me considere, cualquiera sea ​​la consideración legal que se otorgue a la Falange, como un hombre radicalmente falangista, con el orgullo de quien atribuye a la Falange lo que es más positivo y avanzado del Régimen nacido el 18 de julio”.

Teniendo presentes estas palabras, se entiende perfectamente que en aquellos mismos años no tuviera ningún inconveniente en ser fotografiado -como se puede comprobar en más de una entrevista- junto al retrato de José Antonio Primo de Rivera que tenía colgado tanto en el despacho como en el domicilio familiar.

Tras el paso por el SEU, José Solís le apadrinó dentro del sindicato vertical, en el marco del cual ejerció varios cargos. Entre ellos, el de delegado provincial de Sindicatos de Barcelona (1965-1966) -su primer aterrizaje en la provincia- y, más adelante, el de secretario general de la OSE (1969/73). No era poca, pues, la experiencia política que Martín Villa había acumulado con 39 años, cuando fue destinado por segunda vez en Barcelona.

La muerte en atentado de Luis Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973 propició que Carlos Arias Navarro asumiera la presidencia del gobierno. El nuevo jefe del consejo de ministros -cargo que Franco había ostentado hasta junio de 1973, momento del nombramiento de Carrero- pronto hizo público un programa etiquetado de “aperturista”, pero que en realidad tenía mucho de continuismo y poco voluntad de reforma (y nada, por supuesto, de pretensiones de cambio de régimen).

Martín Villa, el último de los diversos gobernadores civiles que designó el nuevo gobierno en los primeros meses de mandato, tenía que ser, pues, el hombre de la “apertura” en Barcelona. Y así ha sido a menudo caracterizado su mandato: como una etapa de relajación de los rígidos criterios imperantes en materia informativa y cultural.

Ciertamente, en consonancia con la línea impuesta desde Madrid, el gobernador promovió un mayor acceso a la información, pero de manera limitada y sólo en algunos ámbitos. En materias consideradas sensibles, como las noticias sobre la enfermedad de Franco o sobre el entonces príncipe Juan Carlos, Martín Villa ordenó una constante vigilancia y rigor. Asimismo, las publicaciones clandestinas sufrieron siempre un estricto control.

Una víctima especialmente representativa de este clima fue el periodista Josep Maria Huertas Claveria, sentenciado en agosto de 1975 a dos años de prisión -de los que finalmente cumplió ocho meses- por injurias al ejército, en un consejo de guerra en que el Gobierno Civil no ahorró informaciones para complementar la instrucción. En el ámbito cultural, a pesar de la autorización de algunos recitales de cantautores identificados con el antifranquismo -como el de Raimon en el Palacio de Deportes de Barcelona el 30 de octubre de 1975-, las autoridades provinciales mantuvieron actualizada una lista de artistas vetados, entre los que se encontraban, entre otros, Paco Ibáñez, Lluís Llach, Serrat o Jaume Sisa. Hubo una cierta “apertura”, pero muy limitada.

Respecto a la oposición, la política de Martín Villa apenas se diferenció de la tendencia general de endurecimiento de la represión, en un contexto de deslegitimación creciente del régimen y proliferación de luchas en todos los ámbitos. Fruto de esta situación, en reuniones internas del gobernador civil con altos cargos policiales incluso se previó, en caso de graves alteraciones del orden público, la militarización de determinados servicios públicos (como el metro), de sectores estratégicos (agua, gas, electricidad) o de la producción de alimentos básicos (como el pan), lo que evidencia la inquietud de las autoridades ante la eventualidcd de tener que afrontar situaciones de gran ingobernabilidad.

Un episodio concreto puede servir para ejemplificar el carácter de Martín Villa en este terreno. La noche del 30 de abril de 1975, dos personas fueron tiroteadas por la policía en Santa Coloma mientras repartían propaganda convocando a movilizarse durante el Primero de Mayo.


En protesta, cuatro asociaciones de vecinos de la ciudad enviaron un escrito al gobernador, el cual, en respuesta, les hizo llegar una carta en la que esgrimía el “derecho de autodefensa que asiste un miembro de las Fuerzas de Orden Público”. Curiosa autodefensa, convendría añadir, la que se ejerce a tiros frente al reparto de octavillas.

Pero si algo hay que denunciar especialmente del mandato de Martín Villa como gobernador civil de Barcelona, ​​es el auge que se produjo era las agresiones y atentados ultrafranquistas, especialmente a partir de la primavera de 1975. El entonces subjefe provincial del Movimiento, Antonio Casas Ferrer, ha sido acusado de haber ejercido no sólo de interlocutor, sino también de protector y animador de estos comandos. De lo que no cabe duda es que, más que “incontrolados”, eran simples marionetas de las autoridades: como revelaba un documento policial de noviembre de 1977 referido precisamente en la zona de Barcelona, las actividades de estos grupos eran controladas por la Jefatura Superior de Policía, que los tenía identificados a casi todos y que controlaba las actividades -específicos el informe- en un 80%.

Antes de vestirse -como hicieron tantos otros- la camisa de demócrata, Martín Villa aún ocuparía importantes responsabilidades políticas. Primero, dentro del gobierno formado inmediatamente después de la muerte de Franco -en la que Arias Navarro se mantuvo a la presidencia-, como ministro de Relaciones Sindicales. Luego, en el ejecutivo formado en julio de 1976 por Adolfo Suárez, como ministro de la Gobernación.


La victoria de la UCD en las elecciones de junio de 1977 permitió que se mantuviera prácticamente dos años más en el cargo, bajo la denominación de ministro del Interior. La continuidad en la violencia policial y, sobre todo, en cuanto a la “guerra sucia”, hacen pensar que, como mínimo, desde el ministerio no hubo ninguna voluntad de poner fin a este tipo de prácticas.

De hecho, poco antes de los comicios que sellarían definitivamente el fin de la dictadura, en sus últimas decisiones como integrante de un gobierno que no había sido refrendado por las urnas, Martín Villa situó dos hombres especialmente identificados con la represión en lugares clave del organigrama policial: José Sainz como subdirector general de Seguridad y Roberto Conesa como comisario general de Investigación.


Igualmente, para que no quedaran dudas de su apoyo a determinadas figuras, condecoró a dos de los máximos exponentes de las brutalidades del franquismo: por un lado, el mismo superagente Conesa, y, por otro, el policía Antonio González Pacheco, Billy Niño (medalla de oro y de plata, respectivamente, al mérito policial). Se trataba del último gesto de soberbia de un franquista -y falangista- convencido, reciclado en demócrata sólo por la fuerza de los acontecimientos.
Fuente: https://directa.cat/martin-villa-aquell-governador-radicalment-falangista-de-barcelona
 
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Operación Gladio: la OTAN en las cloacas de los Estados europeos

El diputado Gelli y el terrorismo de Estado
Olivia Camp
31 de mayo de 1972: una pareja de carabineros se acerca a un Fiat 500 abandonado, en un bosque cercano al pueblo de Peteano. Al levantar el capó, el coche explota. Uno de los policías muere en el acto, el otro queda gravemente herido. Dos días después una llamada en nombre de las Brigadas Rojas reclama la autoría del atentado.

19 de julio de 1984: Vicenzo Vinciguerra, miembro del grupo neofascista italiano Ordine Nuovo, declara ante el juez Felice Casson —que había reabierto el caso Peteano al descubrir numerosas irregularidades en la investigación— que el atentado fue obra de una red paramilitar clandestina de la OTAN, formada por miembros de los servicios secretos del Estado y por militantes de extrema-derecha, como él.

24 de octubre de 1990: el primer ministro italiano, el demócrata-cristiano Giulio Andreotti, hace pública ante el Parlamento una declaración que informa sobre la existencia —desde los años 60— de un ejército clandestino en Italia, organizado por la OTAN y la CIA, con conexiones por toda Europa occidental; una red que, en Italia, será conocida como Gladio.

Gladio —o Red Gladio, Operación Gladio— fue finalmente el nombre con el que se dio a conocer a todas las estructuras secretas de la OTAN que operaron con intensidad en Europa durante la guerra fría, un ejército de las llamadas actividades Stay Behind. Estos “ejércitos secretos” —como los denominó el historiador suizo Daniele Ganser— fueron entrenados y formados con el asesoramiento y supervisión de la CIA desde el mismo final de la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo original, presuntamente, era preparar un extenso cuerpo de infiltración que actuase en caso de una invasión soviética de Europa occidental. Dicho escenario nunca se dio, por supuesto, pero estas fuerzas de la OTAN se mantuvieron movilizadas. Desde finales de los años 60, y sobre todo durante los 70, cuando la idea de la invasión soviética resultaba descabelladamente ridícula, la tarea de las fuerzas Stay Behind de la organización del Atlántico Norte fue la de la desestabilización de los partidos comunistas de los países del occidente europeo. Italia era el país en el que los comunistas contaban con un mayor arraigo popular, fue por este motivo que la actividad terrorista de Gladio encontró allí su escenario más habitual; y llegaron los conocidos “años de plomo”.

El atentado de Peteano no fue la primera ni la última de las múltiples acciones de falsa bandera de Gladio en Italia. La táctica era deleznable, pero efectiva: se provocaba una masacre y se hacía responsable de ella a grupos de extrema izquierda. El fin venía dado: generación de un clima de miedo, lo que fue denominado como “estrategia de la tensión”, que justificaba de cara a la opinión pública la persecución política sobre militantes de izquierda, y fomentaba un descrédito, fundamentalmente, de los comunistas, presentados como terroristas.

El 25 de abril de 1969 explotan dos bombas en Milán, una en la Feria y otra en la Estación Central de trenes, dejan numerosos heridos, pero ningún muerto. El 12 de diciembre de 1969 hace explosión una bomba en Piazza Fontana, de nuevo en Milán, en el Banco Agrícola; esta vez sí hay muertos, dieciséis. El 22 de julio de 1970 una bomba mata a seis personas en la estación Gioia Tauro, y deja sesenta heridos. En el 72 explotó el Fiat de Peteano. El 28 de mayo de 1974 explota una bomba en una manifestación antifascista en Brescia: cuatro muertos. El 4 de agosto del mismo año, una explosión en el tren de Roma a Munich deja 12 fallecidos. La mayor de las masacres ocurre en 1980, el 2 de agosto, en la estación de trenes de Bolonia: ochenta y cinco muertos y más de doscientos heridos, el atentado más grave en la historia de Italia después de la guerra.

El atentado de Bolonia fue considerado por el gobierno de Francesco Cossiga como un accidente, en un primer momento; posteriormente, fue de nuevo atribuido a las Brigadas Rojas. No fue hasta 1995 cuando se condenó a los verdaderos responsables del mismo: Valerio Fioravanti y Francesca Mambro, neofascistas de Ordine Nuovo; fueron también condenados por encubrimiento dos miembros del SISMI, el servicio secreto militar italiano; y por los mismos motivos encausado el diputado Licio Gelli, viejo camisa negra reconvertido en agente de la CIA y líder de la poderosa logia Propaganda Due, que consiguió escapar a Suiza para evitar el procesamiento.

La declaración parlamentaria de Andreotti en octubre de 1990 supuso una monumental conmoción en Italia. El viejo político no había tenido un arranque de honestidad, sus palabras, desde luego, no estaban movidas por la conciencia o la culpa. Las motivaciones de Andreotti para destapar el escándalo nacen de un callejón sin salida, el que se había comenzado a dibujar con las investigaciones judiciales de Casson y de otros jueces, y en el que los aparatos del Estado, incluidos todos sus jefes de gobierno durante los 70 y 80, se estaban viendo encerrados. En 1988 el Senado italiano se vio obligado a crear una comisión de investigación, ante la vox populi que indicaba que algo olía a podrido en la versión oficial de la violencia de los “años de plomo”. Con algunos de los escuadristas neofascistas a sueldo de la OTAN y la CIA entre rejas y desvelando todo el entramado de Gladio, la verdad no tardaría en manchar la reputación de quién sabía cuántos políticos, empresarios e instituciones del Estado. Andreotti trató de adelantarse al escándalo, a fin de esgrimir su desconocimiento, y declarar que, en cualquier caso, él no vinculaba la existencia de esta red con los atentados de los años 70.

Tal fue la repercusión del descubrimiento público de Gladio que el Parlamento Europeo se vio obligado a aprobar una resolución en noviembre de 1990 reconociendo la existencia de dicha organización, la dirección de la OTAN y los actos terroristas, y llamando a los Estados en cuyos países se hubiera identificado esta estructura —que eran los doce que componían entonces la UE— a desmantelar lo que de ellas pudiera aún existir. La resolución exigía a los países en cuestión la apertura de comisiones de investigación, y la comunicación de dicha resolución a la OTAN y al gobierno de los Estados Unidos. Solo se formaron estas comisiones en Italia, Bélgica y Suiza. Ni la OTAN, ni los EEUU, como el resto de Estados, abrieron investigación alguna.

Es triste que en la actualidad, tan pocos años después de desvelado uno de los mayores casos de terrorismo de Estado y criminalidad política de la OTAN y la CIA, no haya ecos en la opinión pública. Es triste que, al contrario, y a pesar de las resoluciones y dictámenes oficiales, una verdad histórica tal sea tenida como una más de las teorías de la conspiración. Significa que vienen tiempos más oscuros aún.

http://drugstoremag.es/2015/10/gladio-italia-diario-de-la-otan-en-las-cloacas-del-estado/
Gelli: del fascismo a la OTAN (y de la OTAN al fascismo)
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El criminal Franco acumuló una fortuna de 400 millones con su entramado corrupto

Juan Miguel Baquero
El dictador filtró para sí parte de las donaciones “a la causa nacional” en plena guerra civil y revendió 600 toneladas de café donado por Brasil a España en 1939. El general golpista tenía en agosto de 1940 una fortuna cercana a los 400 millones de euros y el “holding empresarial” de El Pardo acumuló sueldos, comisiones, regalos y gratificaciones para amasar su riqueza.

Franco era un corrupto que ejecutó mordidas desde la guerra civil. Un opresor que aflojó las cuentas públicas de España y estableció un entramado que desaguaba riqueza en su figura omnímoda. “Nuestra Cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”, dijo el dictador en un discurso (Lugo, 1942). Es el lado oscuro, e ilegal, de una fortuna que engordó en plena dictadura al calor de la corrupción sistémica del régimen franquista.

El perfil latrocínico del militar arranca a lo grande: se hizo con casi 400 millones de euros tras la “cruzada” contra la República. Queda en pañales la trama Gürtel y las cuentas en Suiza de Francisco Correa (18,6 millones) o Luis Bárcenas (47). Francisco Franco (El Ferrol, 4 de diciembre de 1892 – Madrid, 20 de noviembre de 1975) disfrutó cuatro décadas como Jefe de Estado para acumular donaciones, sueldos, regalos y comisiones.

Franco no perdió el tiempo. Arañó dinero recibido por los golpistas en pleno conflicto armado y revendió toneladas de café donadas por Brasil. A lo largo de su vida recibió innumerables “regalos”, caso del Pazo de Meirás o un todoterreno agasajo de Adolf Hitler. Todo era posible bajo su manto omnipotente. Como lo era la gratificación mensual de 10.000 pesetas que recibía de la compañía Telefónica.

“Franco se consideraba el Estado, España. Necesitaba dinero y se apropió de él”, cuenta el historiador Ángel Viñas. A cuatro décadas de la muerte del dictador, el autor publica el libro La otra cara del caudillo (Crítica, 2015), una obra que da “un paso más en el continuo proceso de desmitificación de Franco”.

Tenía un plan y robó, para cumplirlo, una idea al propio Hitler: el Führerprinzip o mandato dictatorial como “fuente de Derecho”. Usaba “leyes reservadas” y ocultas al Boletín Oficial del Estado, disposiciones secretas que explotó “desde los años de la guerra civil hasta 1957”. Una “curiosa y desconocida costumbre de Franco” que solo conocían “aquellos privilegiados que se ocuparon de llevarlas a la práctica”, describe Viñas.

Por ahí filtró a su interés parte de las donaciones “a la causa nacional”. Las mordidas al apoyo económico a la rebelión militar contra la República inauguran en octubre del 36 la cuenta corrupta que vive un episodio de oro al final de la guerra con las 600 toneladas de café entregado por el dictador brasileño Getúlio Vargas. “Un regalo al Estado español” que Franco pasó a la Comisaría de Abastecimientos y Transportes dependiente del Ministerio de Industria y Comercio “y cobró por adelantado su importe”, 7,5 millones de pesetas, que serían hoy unos 85,6 millones de euros.

Con una nómina en 1935 de 2.493 pesetas y de 50.000 como Jefe de Estado, la riqueza del militar llegó en agosto del año 40 a 34,3 millones de pesetas. Un capital “acumulado en diversas cuentas corrientes” que suponen cerca de 388 millones de euros. “Todo ‘ganado’ en cuatro años. No está mal para empezar”, subraya Viñas.

“Sin embargo, ha perdurado la convicción de que Franco era un hombre honesto y austero”, declara el hispanista Paul Preston. El dictador, “y su mujer”, recibían “regalos de varios tipos, desde medallas de oro a fincas y hasta automóviles de lujo”, enumera como “la punta de un iceberg colosal” que arranca en “su acceso particular a las suscripciones que se hicieron para sufragar el coste del esfuerzo bélico de los rebeldes militares”.

“La idea convencional del Franco sin afán de lucro ya no se sostiene”, aclara Preston. En su afán recaudatorio, el general golpista trazó negocios secretos y oscuros manejos de testaferros familiares. Era el “holding empresarial” forjado desde “la corte de El Pardo”, según desveló en Los Franco S.A. o Ricos por la guerra de España el periodista Mariano Sánchez Soler. Un patrimonio difícil de digerir a base de simples sueldos públicos.

El oficio continuó en plena dictadura. Franco “modificó su comportamiento” y había empresas que, “agradecidas por autorizaciones concedidas”, traspasaban “acciones gratuitamente”. El dictador, así, percibía “dividendos”, mordidas, porcentajes por negocios revueltos entre consejos de ministros y de administración. “La corrupción estaba en el ADN de la dictadura”, dice Viñas.

La imagen corrupta del general rebelde toma huella documental con la apertura a investigadores –año 2010– de los “papeles conservados” en la Fundación Nacional Francisco Franco. “Es claro que Régimen de Franco institucionalizó el pillaje a través de los castigos a los derrotados que algo tenían”, continúa Paul Preston. El soporte legal, la Ley de Responsabilidades Políticas, era “en esencia un mecanismo para justificar la expropiación masiva de los vencidos”.

La corrupción servía como pauta de control y la afición cinegética del general golpista, como oficina ambulante: “importantes sumas de dinero cambiaron de manos mientras los aspirantes a los favores de Franco promocionaban cacerías a fin de conseguir acceso a la fuente de patronazgo”, dice el hispanista.

“No se sabe mucho más” de lo publicado hasta ahora, confirma el historiador Francisco Espinosa. “Aquí no se conservan los archivos de los presidentes ni mucho menos de los dictadores”. Porque el enriquecimiento ilícito no quedó en el autócrata. El contubernio ilícito envolvía al régimen y derramó siempre sobre la oligarquía franquista, desde 1936 hasta la Transición.

Franco, corruptor y corrupto, cosió a la clase dirigente en la confusión premeditada entre lo público y lo privado. Y ése carácter sistémico brotaba en cualquier aspecto de la vida, con el estraperlo como gran ejemplo cotidiano: el comercio prohibido con artículos intervenidos por el Estado o sujetos a racionamiento. Amén del tráfico de penicilina en el ámbito sanitario, el “trabajo esclavo” como inagotable fuente de recursos e incluso la “necesidad de recomendaciones para salvar la vida”, enumera el historiador José Luis Gutiérrez Molina.

El dictador lideraba la patria convertido en una suerte de gestor avanzado de puertas giratorias. Corrupción y desarrollo se dieron la mano para amasar patrimonios y consolidar el capitalismo español. Familias del régimen, cuenta Sánchez Soler, pobladas de “empresarios de fortuna, falangistas de clase media, funcionarios oportunistas, latifundistas de gatillo fácil, altos cargos a la búsqueda de multinacionales… unidos a la caza del dinero y entrenados en la autarquía de la posguerra para enriquecerse con el desarrollismo a partir de 1959”. Concluye Viñas: “si Franco se benefició personalmente de la victoria parece sensato que no pensara mal de quienes también lo hacían” bajo la tenaz sombra del franquismo.


Fuente: http://desmemoria.eldiario.es/fortuna-franco/
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La nazi murciana agredió una familia junto con otros 30 matones más de su misma calaña

Lucía García de la Calzada
“Nos hemos quedado con vuestras caras; sabemos quiénes sois, guarros”. Ésta y otras frases del mismo tenor sirvieron de despedida para la banda de unos 30 neonazis que agredió con brutalidad a una familia con niños pequeños de muy corta edad mientras comían en el Bar Los Pachiquitos, de la pedanía murciana de Churra.

Entre los atacantes se encontraba Lucía García de la Calzada, alias La Intocable o La Navajera, la nazi que acusó de agresión a un grupo de antifascistas. El Informe Raxen apunta a un auge exponencial de la violencia nazi en Murcia desde 2010, con más de 200 agresiones anuales.

“Todo empezó sobre las dos y media de la tarde. Había una familia de cinco adultos y tres niños comiendo en la terraza, al sol, tranquilamente. En otra mesa de al lado empezaron a llegar chicos jóvenes, algunos con pinta de gimnasio y estética nazi. Empezaron a pedir litronas de cerveza, mientras se liaban porros a la vista de todos”, relata una testigo.

Se veía que algo raro pasaba porque hablaban muy alto, con risotadas y hacían fotos con sus móviles a la familia mientras otros no paraban de hacer llamadas. “Poco a poco, de los cinco o seis del principio pasaron a ser unos treinta o más. Cuando llegaron los últimos, teníamos la sensación de que algo iba a pasar porque no hacían más que mirar y hacer fotos hacía una mesa donde había cuatro chicos y chicas jóvenes, una señora más mayor y tres niños”.

Según esta persona, “no serían las dos y media cuando de pronto se lanzaron como fieras a golpear como locos principalmente a un chico y a una chica, que cayeron al suelo, así como a la señora que intentó detener la agresión. Pero no paraban, mientras se reían y les insultaban. Entre los agresores había tres o cuatro chicas jóvenes. Todos nos quedamos asustados de su brutalidad”. Cuando acabaron la agresión, los agresores abandonaron rápidamente el lugar, unos corriendo y otros en coche y en moto. Pero varios de ellos fueron reconocidos.

Al parecer, los agresores, miembros de la banda neonazi Lo Nuestro -vinculada al Hogar Social Madrid y a los Ultras Murcia-, habían reconocido en la mesa familiar a un chico y a una chica vinculados a los colectivos alternativos y decidieron darles un escarmiento. Algo que se ha convertido en un drama en la región murciana.

Antes de producirse la agresión, la familia ya se percató de que algo se estaba cociendo, así que procuraron identificar al grupo de matones que iba aumentando a sus espaldas, al tiempo que decidieron abandonar el lugar. Por eso llamaron a un taxi para que los recogiera. Una fotografía realizada en esos instantes recoge la imagen de parte del grupo minutos antes de atacar, donde se aprecia que prácticamente todos están pendientes de los movimientos de la familia. La tensión en su grado máximo se alcanzó cuando llegó el taxi y los chicos se levantaron. En ese momento, los nazis se abalanzaron sobre ellos y comenzó la agresión.

Las víctimas, tras ser atendidos por servicios médicos en el lugar de los hechos, identificaron posteriormente ante la Policía a diez de sus agresores. Entre ellos, a Lucía García de la Calzada y al portavoz de Lo Nuestro, Francisco García, alias Fran, así como a otros conocidos nazis, de esos que recogen alimentos sólo para auténticos españoles a las puertas de los supermercados.

Las identidades de los agresores fueron comunicadas a la Policía por las víctimas el mismo sábado, identificándolas en el archivo policial en algunos casos, como con la aportación de fotografías obtenidas en las redes donde los agredidos han podido poner cara a los autores de esta agresión.

Fuente: http://www.publico.es/actualidad/neonazis-identifican-intocable-paliza-murcia.html
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El franquismo está enterrado, superado y olvidado

Fuente: http://2.bp.blogspot.com/-891r1q-Ih1k/TzVXuPESb0I/AAAAAAAAApk/dNxzmXVUoh0/s1600/08-Febrer-12blog.jpg

http://www.caricaturasalacarta.com/wp-content/flagallery/digital/humor_grafico_chistes_politicos_caricaturas_rajoy_wert_ley_educacion_.jpg

 

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Los fascistas queman las palmeras para protestar por la ‘africanización’ de Italia

El sábado los fascistas italianos quemaron las palmeras que hay en la Plaza del Duomo, frente a la catedral gótica de Milán, para protestar por la “africanización” de Italia, causada por la llegada masiva de inmigrantes procedentes de la otra orilla del Mediterráneo.

La quema de las palmeras se produjo después de que la Liga Norte y Casa Pound convocaran una manifestación contra los inmigrantes en la que denunciaron la “africanización” de la Plaza del Duomo.

Eligieron las palmeras porque, según los fascistas, se trata de “plantas tropicales” impropias para estar presentes delante de un monumento nacional. Es como si hubieran dicho, a la manera ecologista, que se trata de una “especie invasora”, impropia de la flora autóctona. En otras palabras: para los fascistas Italia no es una país tropical y no debe haber palmeras ni emigrantes.

Los fascistas italianos deben viajar muy poco, y nunca hacia el sur, porque las palmeras forman parte del paisaje italiano, tanto en Roma, como en la Riviera o en Sicilia, que no están en los catálogos turísticos como sitios tropicales.

Además, tampoco leen mucho: su ídolo Benito Mussilini erigió la palmera como símbolo del imperio colonial italiano.

En Italia la única especie invasora es la fascista.

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Los ataques fascistas contra las librerías durante la transición

¡ Muera la inteligencia !
A lo largo de la transición las librerías de las ciudades españolas fueron testigo de una escalada de agresiones sin precedentes por parte de grupos fascistas apoyados por los aparatos represivos del Estado, dentro de una «estrategia de la tesión» destinada a sembrar el pánico y paralizar el movimiento de masas.

El 6 de mayo de 1976 el diario El País titulaba una noticia: «Un centenar de atentados a librerías españolas». Unos días más tarde titulaba otra: «Una librería asaltada cada dos semanas». Nada menos que 33 establecimientos habían sido destrozados en los últimos dieciseis meses después de la muerte de Franco. La prensa de la época hablaba de «ola», «espiral» o «escalada» y el período que se extiende desde la muerte de Franco fue calificado como una «etapa negra» para los libreros. Las cifras utilizadas ascienden a 200 establecimientos afectados.

Algunas librerías son objeto de ataques en varias ocasiones, así como de intimidaciones de diverso grado, convirtiéndose en víctimas múltiples. La librería Tres i Quatre de Valencia ostenta un récord: el número de ataques fascistas más alto de Europa. A finales de 1976 había sufrido siete atentados. Otra librería, Pórtico, de Zaragoza, era veterana en agresiones: tuvo su primer ataque en 1946 y tres décadas después acumulaba ya cinco en pocos meses. La dos librerías Antonio Machado, tanto la de Sevilla como la de Madrid, también fueron atacadas en muchas ocasiones por los fascistas.

La librería Rafael Alberti de Madrid padeció cinco ataques. A finales de abril de 1976 provocó la cólera de los fascistas tras organizar un acto en el que el cantaor Manuel Gerena firmó sus obras. Primero les enviaron un anónimo: «Lo de Manuel Gerena ha colmado nuestra paciencia. Pronto os visitaremos». Ese primer anónimo se saldó con dos atentados el 30 de abril y el 8 de junio, que destruyeron completamente la librería siete meses después. En el primero utilizaron piedras para romper las lunas, que luego sustituyeron por un bloque de hormigón traido de alguna obra cercana, dada la ineficacia de las piedras. El bloque de hormigón, ante la resistencia de las lunas, tampoco fue eficaz, por lo que utilizaron las pistolas. Se identificaron cinco disparos que consiguieron perforar una de las cinco láminas de las lunas. Luego utilizaron una barra puntiaguda y un martillo. La finalidad era hacer un agujero para introducir una carga explosiva.

La librería fue víctima de dos atentados más. El 9 de julio los fascistas pintaron las paredes de la librería con varias cruces gamadas y una amenaza: «Volveremos». Finalmente estuvieron a punto de perforar con un punzón la luna antibalas. 


Tras nuevas amenazas de muerte contra el propietario el 14 de octubre y el 6 de noviembre, la librería fue objeto de un incendio. Para ello introdujeron gasolina bajo la puerta y prendieron fuego después.

Los ataques violentos sólo eran la punta de un iceberg. Además las librerías, revistas y periódicos debían hacer frente a los controles de la censura y a los riesgos de secuestros y de multas que la todavía vigente Ley de Prensa de 1966 albergaba.

Durante la transición los libreros fueron amenazados  permanentemente. Los fascistas les intimidaron y llenaron sus escaparates de pintadas. La amenaza iba a menudo acompañada de pintadas y el cóctel molotov era avalado por la presencia de cruces gamadas.

Los fascistas justificaban sus crímenes por la presencia en todas las librerías españolas de autores marxistas y progresistas en detrimento de los títulos de los escritores reaccionarios como Menéndez Pelayo, Maeztu, José Antonio y Onésimo Redondo.

En noviembre de 1971 se produjo el primero de los ataques, dirigido contra la librería «Cinc d’Oros» de Barcelona. En esta ocasión varios cócteles Molotov contra los escaparates del establecimiento provocaron un incendio ocasionando la destrucción de libros pero también de una reproducción del «Guernica» de Picasso.

En febrero de 1972 un segundo ataque esta vez contra la librería «Antonio Machado» de Madrid ocasionó el destrozo de las lunas de los escaparates y una serie de pintadas insultantes.

A partir de mayo de 1973 las acciones violentas comenzaron a extenderse a otros centros de interés relacionados con la cultura como revistas, editoriales y distribuidoras. Así, «El Ciervo» (1973), «Nova Terra» (1973), y «Enlace» (3 de julio de 1974) respectivamente, fueron objeto de incendios con consecuencias cada vez mayores.

En la madrugada del 14 de octubre de 1975 explotó una bomba en la sede de la editorial Ruedo Ibérico de París. El atentado no constituía un acto aislado contra editoriales en Francia ya que otras empresas habían sufrido la misma suerte: la editorial vasca de Hendaya Mugalde en dos ocasiones, en abril y mayo; la librería «Naparra» en Biarritz, y en París, las Ediciones Ebro.

Tras la muerte de Franco, 1976 fue el año el más intenso en acciones terroristas. De mayo a diciembre se produjeron 55 atentados a librerías, frente a 25 durante los meses de enero a junio del año 1977. Se trataba del envío de anónimos, amenazas verbales, llamadas telefónicas anunciando estallidos de artefactos, incendios provocados, ráfagas de metralleta, lanzamiento de botes de tinta y colocación de cargas explosivas, cuando no utilizan los excrementos para embadurnar los escaparates de las librerías.

El alcance de los ataques a las libdrerías queda claro en el siguiente telegrama de 1976, firmado por 27 librerías madrileñas y dirigido a los libreros afectados: «Frente actual escalada violencia extrema derecha, que alcanza a todos los pueblos de la Península, enviamos mensaje solidaridad y hacemos constar indignación ante impunidad de los hechos».

Es otra de las constantes que aparece siempre en el terror fascista de la transición: la impunidad de los criminales. La policía se cruza de brazos y los periódicos se limitan a utilizar términos tales como «unos desconocidos» o «incontrolados».

Sólo hubo una detención, que correspondió al incendio de la ya mencionada librería «Rafael Alberti» de Madrid. Sus autores fueron José Alberto García, Alfonso Moreno, Ricardo Manteca y Francisco José Alemany. Eran los mismos que el 5 de noviembre de 1971 destruyeron la galería de arte Theo, comprendidas una serie de litografías de Pablo Picasso. Aunque la prensa reveló entonces la identidad de los fascistas, en ningún momento establecieron sus vínculos con los servicios de información del franquismo, de la Guardia Civil, del Estado Mayor y de la Presidencia del Gobierno. Sus autores eran agentes de la policía de Madrid: Francisco José Alemany había sido informador de la policía en la universidad y Ricardo Manteca era un asalariado de la Dirección General de Seguridad. La ultraderecha siempre estuvo muy bien controlada.

La impunidad estuvo rodeada de una constelación absurda de siglas que fueron otras tantas cortinas de humo. En cuatro ocasiones la autoría la reivindica un supuesto «Comando Adolfo Hitler». Otra referencia que aparece con cierta frecuencia en los artículos de opinión es la de los Guerrilleros de Cristo Rey y las siglas GAS pertenecientes a los Grupos de Acción Sindical.

Las compañías de seguros se negaron a pagar los destrozos provocados y a cubrir el coste de las reparaciones por el carácter extraordinario de los daños, por lo que la indemnización recaía en el Consorcio de Reasegurados, compañía estatal dependiente del Ministerio de Hacienda que cobraba el 15 por ciento correspondiente a las primas de los seguros normales.


Ahora bien, para que tales indemnizaciones fueran acordadas era necesario un certificado de la policía como prueba del carácter político de los actos violentos cometidos. La condición previa al pago era que los culpables hubieran sido detenidos y condenados por un juez, lo cual no existió nunca tras alguno de los cientos de atentados.

Los ataques a las librerías nunca han cesado. En 1980 los fascistas volvieron a atacar la librería La Oveja Negra en el barrio de Quintana, en Madrid, que ya había sido atacada cuatro años antes. Unos quince o veinte fascistas armados con bates de béisbol y cadenas profirieron gritos de «¡Viva Cristo Rey!» y otros similares, arrojando una papelera a su interior y rompiendo las lunas. Uno de los cristales rotos hirió en la mano a una de las trabajadoras.

En 2005 se produjo otro ataque en Madrid cuando varias decenas de fascistas irrumpieron en la librería Crisol para reventar el acto de presentación del libro «Historia de las dos Españas», agrediendo violentamente a los asistentes y destrozando el local.

A los asistentes los fascistas les metieron panfletos en la boca, además de zarandear e intentar agredirles, entre gritos de “asesinos”, “genocidas”, patadas por doquier, y destrozos de las estanterías repletas de libros.

Uno de los atacantes era un sargento en activo del Ejército de Tierra. Todos ellos eran miembros de Falange Española.