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Los cuarteles del ejército alemán se llenan de parafernalia nazi

El ejército alemán ha ordenado redadas en todos sus cuarteles después de que aparecieran objetos personales de oficiales nazis en instalaciones militares.

El descubrimiento se produce cuando un militar del servicio secreto ha sido detenido recientemente por instigar acciones yihadistas contra la sede oficial de la inteligencia.

El hallazgo de dos cascos en un cuartel de la localidad de Donaueschingen, en la Selva Negra, ha levantado la polémica. Precisamente, el Ministerio de Defensa alemán había iniciado una investigación en esta dependencia militar sobre la presencia de nazis en el seno de las Fuerzas Armadas.

A ello hay que añadir, según ha informado la televisión pública ARD, que las fuerzas de seguridad también han descubierto una habitación decorada con objetos propios del Ejército de la Alemania nazi.

Al respecto, la ministra de Defensa, Ursula von der Leyen, ha indicado que el Ejército debe acabar con todo vestigio del nacionalsocialismo. «Se trata de la reputación de nuestras Fuerzas Armadas», ha aseverado. «Ahora debemos investigar con todo rigor y en todas las dependencias del Ejército», ha agregado Von der Leyen. «Esto acaba de comenzar y seguramente aparezcan más cosas. No hemos pasado lo peor», ha reconocido.

El Ministerio de Defensa puso en marcha una investigación para detectar nazis en el ejército después de que un oficial de intelilgencia se hiciera pasar por refugiado para llevar a cabo ataques terroristas.

«Es necesario que haya indicios para profundizar en el asunto», ha manifestado la ministra, que ha alertado de que 18 militares han sido expulsados del Ejército durante los últimos cinco años por simpatizar con el ideario nazi.

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Galina Brok Beltsova, la legendaria piloto soviética que aterrorizó al fascismo

Galina Brok Beltsova
Galina Brok Beltsova fue una legendaria piloto soviética que aterrorizaba a los fascistas en los tiempos de la guerra contra la Alemania nazi, entre 1941 y 1945.

La leyenda viva, ahora con 92 años, contó en un programa televisivo de la cadena principal rusa Perviy Kanal detalles de aquella etapa. Qué era lo más complicado durante un vuelo de combate, cómo empezó a trabajar en el contraespionaje y por qué es importante decir la verdad sobre la guerra a los jóvenes. 

En 1941, cuando estalló la guerra, Galina tenía solo 16 años. Y así de repente se convirtió de meteoróloga (especialidad que estudiaba) en piloto de un bombardero. Vuelos de combate, bombardeos peligrosos, cansancio y falta de sueño formaron parte de su vida por cuatro años.

«Sí que había miedo pero hay otra frase que es ‘se debe hacer’. Cuando uno de los aviones, que volaban en línea, resultaba derribado, los otros seguían volando, adelante, marcando el lugar donde sucedía. La palabra ‘miedo’ no existía, solo el ‘deber'», cuenta.

La mujer explica que aquel momento se podía pensar solo en cómo «liberar a la patria de enemigos y parar la masacre».

Sin embargo, señala, a pesar de la guerra las pilotos no olvidaban simples pasatiempos como leer poesía, escribir cartas a la familia o incluso bordar.

Brok Beltsova recuerda que en su práctica también había situaciones de emergencia durante vuelos de combate. Una vez chocó contra otro avión de su línea mientras maniobraba para evitar disparos de unidades antiaéreas fascistas. Todo sucedió a 5.000 metros sobre la tierra.

«El avión llevaba bombas. No se podía dejarlas caer. El aeródromo estaba debajo de nosotros. Además, debajo se encontraban nuestras tropas que estaban realizando una ofensiva […] Tomamos la decisión de aterrizar con bombas. Todos estaban en pánico al verlo, porque en el aeródromo había otros aviones caza […] Al aterrizar, el avión se salió de la pista, nos salvaron unos huecos en la tierra en los que ‘entraron’ nuestras bombas», indica.

En 1945, cuando todo el país celebraba la victoria, para ella empezaba un nuevo período de vida, en el frente invisible, el contraespionaje en los tiempos de la guerra fría. De ello ni siquiera sabía su marido.

«En la comisaría militar me invitaron a hablar […] me preguntaron si quería luchar contra los espías que invadieron Moscú», señala. La mujer aceptó la propuesta sin vacilar.

Lo explica en parte con la pobreza, las dificultades que experimentaba su familia aquel período. «Mi padre tenía una tarjeta alimentaria para 800 gramos, mi madre estaba enferma y mi hermana aún era pequeña. Tenían que vivir los tres con esa tarjeta alimentaria», comenta. Mientras con la propuesta le daban un trabajo real con el que podía ayudar a su familia.

Después de la desmovilización, Brok Beltsova se graduó en Historia por la Universidad Estatal de Moscú y trabajó en una escuela durante unos 70 años.

https://mundo.sputniknews.com/rusia/201705071068973393-rusia-pilotos-guerra-alemania-fascistas/
 
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El juez franquista que robó una niña tras el fusilamiento de su padre

Juan Miguel Baquero
Después de que su padre fuera fusilado, a la niña Inés se la queda un juez franquista, Manuel Carrión Bracho, quien se la apropia como una cosa más. Igual que las pocas pertenencias que tenían, una casa y un trozo de tierra. Inés Franco tenía cinco años. Ahora, con 85, busca los huesos de su padre, Andrés Franco, en una fosa común en Álora (Málaga).

42 nombres y una orden: “Han de ser ejecutados en las primeras horas del día de mañana”. La sentencia de muerte establece la secuencia. “El encargado del Depósito Municipal entregará a las fuerzas del Ejército Nacional a los reos que se encuentran a mi disposición”. Está firmada por “el Capitán Juez Militar”, sin especificar el nombre. Y así se cumple. De madrugada, el 5 de abril de 1937, caen muertos a balazos.

Los fascistas suman aquella noche un puñado de presos más a la ejecución. Las balas atraviesan la carne. Los rebeldes arrojan 60 cuerpos al agujero excavado en el castillo del pueblo. Andrés yace inerte. Asesinado a sangre fría, cubierto de tierra. Sin juicio ni defensa. Solo un papel del Juzgado Militar de Álora que marca el destino.

Para los descendientes de Inés y Andrés pudo haber otro final. Consideran que el magistrado que se quedó con Inés pudo haber impedido la muerte de su padre. “Estaba en el bando franquista y era amigo de la familia”, relata Susana Cintado Franco, hija y nieta de estas víctimas. “Debería haber hecho algo si realmente le preocupaban sus hijos”, apunta. A cambio, prosigue Cintado, se acaba llevando a la pequeña Inés, a la que adopta legalmente “cuando tiene 22 años”. Por eso “la califico como niña robada”, recalca. El juez aludido no dejó familia directa a la que poder preguntar por el caso.

“Por favor, no me llevéis que tengo tres niños pequeños”, gritaba Andrés el día que es capturado, según relata la familia. La escena queda sepultada. Hasta el año 2012 en que Inés regresa, por primera vez, a la calle Rosales en Álora. “Cuando llegamos, ella recordó los gritos de su padre… es como si su mente lo hubiera borrado todo, hasta ese día que vuelve a estar al lado de la que era su casa”, rememora su hija. “Y tenía miedo, pensaba que la iban a acusar por haberse ido con un fascista”, dice.

Víctimas del terrorismo de Estado

Los padres de Inés eran un hijo de ‘los cuchilleas’ y una hija de ‘los moñigos’. Familias conocidas en el pueblo. Su madre, María Arjona, había muerto años antes, en el 34. El matrimonio dejó tres huérfanos: Juan, José y la pequeña Inés.

“Se lleva a mi madre con él porque ese matrimonio no podía tener hijos” y, de paso, asegura, “se queda también con el pequeño patrimonio familiar, una casa y unas tierras”. Vivirán en Málaga, Barcelona. El juez franquista “adopta legalmente” a Inés cuando ésta tiene 22 años. Y cuando la mujer del magistrado fallece, le dice “que está enamorado de ella”. Que deben casarse. “Mi madre le dice que es antinatural, que es su hija, y como no quiere casarse con él, la echa de casa”.

Inés investiga, a partir de ahí, y acaba por conocer el paradero de sus hermanos. “Con Juan se volvió a ver en 1968, en Holanda, y José se murió de leucemia”, cuenta Cintado.

80 años después de su muerte, ha comenzado la búsqueda de los restos óseos de Andrés. Y de José, Cristóbal, Antonio, Francisco, Alonso, Martín… La exhumación en el Castillo de Álora, a cargo de la Dirección General de Memoria Democrática de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, busca “una gran fosa que apunta a una gran saca”, en palabras del director arqueológico de la intervención, Andrés Fernández.

“A mi abuelo lo mataron en la noche de los 60 fusilados”, relata Susana Cintado. Son “víctimas del terrorismo de Estado”, dice sin tapujos. Quizás bajo tierra aparezcan más de aquellas seis decenas, más de un centenar es posible, enterrados a casi metro y medio de profundidad. Entre ellos, Andrés Franco. Lo espera su hija, Inés, la niña que se quedó un juez franquista.

‘Y que devuelvan a mi familia lo robado’

Los viajes de ida y vuelta de la memoria dejan rastro en los nombres implicados. La secuencia empieza en la propia Inés, que arrastra la tragedia en sus apellidos. “Cuando la robó”, el juez no elimina los originales de la niña “pero coloca su apellido delante del resto”. E Inés Franco Arjona pasa a ser Inés Carrión Franco Arjona. Cuando Inés es madre, hace años que conoce su adopción y logra prescindir del apellido prestado para dejar el rastro familiar en el nombre de su propia hija: Susana Cintado Franco.

Con la apertura de la fosa aparece la opción de cerrar el duelo para la familia Franco. De restañar la herida abierta una vida entera. Inés, hoy, sufre una enfermedad degenerativa que le impide hablar y tener autonomía propia. Pero sigue ahí, pendiente a su modo. “No sé si vamos a tener los restos exactos de mi abuelo en mis manos”, dice Susana. “Casi que daría igual, quiero decir, si los sacan, lloraría a cualquiera de los que hay ahí”.

Susana Cintado Franco quiere una reparación que alcance “un homenaje a las víctimas”, un informe histórico, una placa en el castillo que recuerde a los ejecutados “y que se le devuelva a mi familia lo robado”. Lucha contra la impunidad de los crímenes del franquismo. Llegará, dice, “hasta el final” del caso.

http://www.lamarea.com/2017/05/01/nina-robada-adoptada-juez-franquista/
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Hay 10.000 matones fascistas sueltos por las calles

Desde 1990 los fascistas han matado en España a 88 personas, según la memoria “Crímenes de odio: memoria de 25 años de olvido” elaborado en 2015 por el Movimiento contra la Intolerancia.

A su vez, la memoria se basa en el Informe Raxen, que siguió el rastro de los crímenes gracias a la prensa, ante la falta de datos oficiales, que no se elaboran porque desde 1975 hay un intento deliberado de encubrimiento que es consultancial a la naturaleza fascista de este Estado.

El número real de casos es mucho mayor ya que, según la Unión Europea, sólo se denuncian el 10 por ciento de los crímenes fascistas que se cometen, por lo que las cifras habría que multiplicarlas por diez para acercarse a la realidad.

La mayor parte de los crímenes se esconden en las noticias de prensa como si fueran noticias de “sucesos” más o menos irrelevantes, consecuencia de eso que ahora llaman “delitos de odio”, peleas de bandas e incidentes aislados. Los crímenes fascistas se encubren detrás de eufemismos, de referencias al fútbol, a las reyertas, a los ultras, a la homofobia y a veces al racismo. El caso es no hablar claro.

Aunque el Ministerio de Interior habla de cerca de 1.300 agresiones al año, lo cierto es que en España  cada año se registran 4.000 agresiones y crímenes vinculados al fascismo y al racismo, una cifra que está muy lejos de Gran Bretaña donde, según cifras oficiales, se producen 38.000 crímenes de este tipo cada año.

En todas las comunidades autónomas españolas hay grupos nazis. Se contabilizan en más de 10.000 a los matones fascistas que hay sueltos por las calles, jaleados por más de 1.000 sitios en internet y decenas de actos, reuniones y conciertos de música cada al año.

Las víctimas del terror fascista no son consideradas como tales víctimas, no tienen ninguna clase de derechos y esas asociacion que dicen defenderlas tampoco las renococen. De algunas de las víctimas, como los mendigos cobardemente asesinados, ni siquiera se ha podido saber su nombre.

Quieren dar la impresión de que en España no hay problema con el fascismo sino “casos aislados” por lo que esta forma de terror queda fuera de la legislación especial contra bandas y grupos organizados, ni sus casos los llevan a la Audiencia Nacional para rebajar la alarma mediática.

Insistir en que los crímenes fascistas quedan impunes suena aburrido cuando es algo que el Estado viene repitiendo desde 1939. El fascismo es la impunidad. Los fascistas no se juzgarán nunca a sí mismos, ni tampoco a sus correligionarios. El fascismo no es un problema de naturaleza judicial.

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‘Sole’: una guerrillera antifranquista de la posguerra

Sole en la cárcel de Alcalá de Henares
Quizá doblada entre los archivos de la Guardia Civil, quizá raída en alguna sierra conquense, descansa una bandera republicana con un mensaje bordado: “¡Salud a los valientes guerrilleros de Levante y Aragón! ¡Viva la República!”. Pronto las manos que la bordaron pasarían de zurcir una aguja y lavar las ropas de los guerrilleros a empuñar un nueve corto en esas mismas sierras junto a ellos. Eran ‘Sole’ y ‘Celia’, alias de Esperanza Martínez y Remedios Montero, que, tras más de dos años ayudando a la guerrilla en la retaguardia, se echaron al monte, siendo así, junto a las hermanas de Esperanza, las únicas mujeres de la Agrupación Guerrillera Levante y Aragón.

La guerrilla, lucha desarrollada casi exclusivamente en el medio rural y foco de la represión franquista, estaba compuesta casi al completo por hombres si nos centramos en los grupos armados ocultos en las montañas. Era la prolongación de un ejército republicano que se resistía a abandonar la lucha. Mas en las filas de la retaguardia, las mujeres formaron un pilar fundamental para la supervivencia de este movimiento, mujeres que, en su mayor parte, se limitaban a ejercer el papel que les había sido asignado tradicionalmente por la sociedad patriarcal: alimentar, vestir, curar y cuidar de los suyos.

Pero, como afirma la Catedrática de Historia Contemporánea de España Mercedes Yusta, del apoyo material se pasa fácilmente al apoyo logístico. “Ya no se trataba sólo de proporcionar sustento y vestido, sino también de ocultar propaganda, informar de los movimientos de la Guardia Civil, transmitir mensajes. De este modo, mujeres del medio rural que jamás habían pertenecido a una organización política se encontraron ejerciendo una tarea de resistencia política, siendo resistentes antifranquistas”.

Esperanza Martínez (1927) comenzó a apoyar a la guerrilla a los 19 años, cuando ella y sus hermanas descubrieron a un guerrillero con los pies hinchados de las caminatas por el monte alojado temporalmente en el pajar de su casa de Atalaya de Villar del Saz de Arcas, aldea conquense en la que vivían en tierras arrendadas a un terrateniente. Su madre había muerto de parto años antes de cumplir los 40 y su padre, que ya en la Guerra Civil siempre quiso ir de voluntario al ejército republicano, ayudaba desde casa a la guerrilla sin implicar a sus cinco hijas para no ponerlas en peligro. “Fue entonces cuando le dijimos a mi padre que estábamos dispuestas a colaborar y a formar parte de este movimiento de lucha en lo que fuera posible”, recuerda Esperanza.

El guerrillero del pajar resultó ser el hermano de Reme, la que luego fuera compañera de Esperanza en el apoyo a la guerrilla. Juntas pasaron casi tres años recorriendo en burra los 15 kilómetros que separaban su aldea de la capital para traer de vuelta los víveres que necesitaban los guerrilleros, ya que no podían comprarlos en los pueblos cercanos para no ser reconocidas. Mientras, las hermanas de Esperanza vigilaban las entradas y salidas de la aldea para no ser interceptadas por la Guardia Civil. Si lo eran, cantaban o inventaban algún juego ingenuo para disimular y siempre salían airosas. “Además, los guerrilleros venían a casa y les lavábamos y arreglábamos las cosas que necesitaban, les hacíamos jerséis, calcetines, etc.”, relata Esperanza. Su casa era lo que se conocía como “punto de apoyo”. “La guerrilla no habría sobrevivido sin las mujeres de los puntos de apoyo”, afirma.

Ellas, junto a otras muchas mujeres republicanas, fueron las protagonistas de la denominada “guerrilla de llano”, la que no estaba en el monte. “Las mujeres fueron el alma de la retaguardia, de los puntos de apoyo, de las labores de enlace y colaboración […] Se jugaron la vida en el abastecimiento, en la vigilancia, en la ocultación de los guerrilleros, en el socorro a los mismos, en su protección y en sus múltiples labores de información”, explica Francisco Moreno Gómez, doctor, catedrático de Instituto e historiador, en el prólogo del libro que recoge las memorias de Esperanza: “Guerrilleras. La ilusión de una esperanza” (Latorre Literaria, 2010).

Así pasaron unos años hasta que la vigilancia del régimen comenzó a ser cada vez mayor. “Los guardias civiles venían a casa disfrazados de gente que se había escapado de la cárcel para ver si les acogíamos para ponerles en contacto con la guerrilla. Pero estábamos muy aleccionadas y siempre fuimos muy discretas; sabíamos lo que nos jugábamos”, dice Esperanza, que jamás confundió a ninguno de ellos. Cuenta que su perro sólo ladraba a los traidores, nunca a los guerrilleros.

Refugiarse en las montañas

En 1949 la guerrilla se empezó a descomponer, los asaltos a los diferentes campamentos eran continuados y las muertes y detenciones aumentaban tanto en el monte como en los puntos de apoyo. Las contrapartidas también azotaban duramente al movimiento guerrillero. Algunos de esos detenidos fueron unos amigos del padre de Esperanza, residentes en un pueblo cercano. “Cuando nos llegó esta noticia también supimos que en los centros policiales figuraban nuestros nombres”, recuerda. “Fue entonces cuando consultamos con los guerrilleros nuestra adhesión, dispuestos a echarnos al monte. Aunque era el final de la guerrilla preferimos escapar antes de que nos cogieran”. Y así fue, ocho personas de dos familias se unieron a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón —AGLA—: Esperanza, su padre Nicolás, su cuñado, dos de sus hermanas, su amiga Reme y dos hombres de la familia de esta.

Así, Esperanza, sus hermanas Angelina y Amadora y Reme dieron un paso más allá de los roles tradicionalmente asignados a las mujeres de los puntos de apoyo de la guerrilla y, aunque nunca llegaron a disparar sus armas contra la Guardia Civil, se integraron en el grupo clandestino de la sierra conquense. “En 1950, unos meses después de nuestra incorporación a guerrillas, mi hermana Angelina y Reme fueron sacadas del monte hacia sitios seguros”. A su hermana la colocaron en el punto de apoyo de Cofrentes con Adelina Delgado —conocida como ‘La Madre’, respetada figura en la guerrilla—, donde hacía labores del hogar y de tráfico de información. A Reme la destinaron al pueblo valenciano de Villaronga para organizar un grupo de trabajo guerrillero, aunque en alguna ocasión tuvo que volver al monte por las amenazas represivas. “De las cuatro mujeres, Amadora y yo estuvimos en el monte el mayor tiempo, prácticamente  hasta la evacuación total de la lucha guerrillera, casi dos años”, recuerda Esperanza. El padre de Esperanza —cuyo enclave donde fue enterrado tardaron 50 años en hallar—, su cuñado y los familiares de Reme habían muerto en varios asaltos poco tiempo después de unirse a la guerrilla.

“Me siento orgullosa de los camaradas que nos rodearon en la guerrilla”, afirma Esperanza al hablar de su vivencia como mujer en este movimiento. “Allí la vida es dura, sobre todo para las mujeres, pero la convivencia con los compañeros fue de respeto total. Cada persona atendía sus necesidades, lavar la ropa, coser, etc. Tampoco hicimos nunca de cocineras, se ocupaba un compañero. Aunque los turnos de vigilancia y los suministros los hacían los hombres”, comenta. “Allí conocí muchas cosas que no conocía antes de salir de casa: leí mucho, gané mucha cultura y conocimiento. Hasta hacía mis propios guiones para intervenir en las reuniones y llegué a dar charlas a otros compañeros tras documentarme leyendo”, recuerda sonriendo. También allí, en 1950, se afilió al PCE.

En la guerrilla comenzó la formación intelectual para una Esperanza proveniente de familia obrera y campesina que poco había conocido los libros. De pequeña iba a una escuela a 5 kilómetros de su casa para aprender a leer y escribir, primero con un maestro que les instruía a golpes de vara en las palmas de las manos y después con otro mejor al que al terminar la guerra hicieron preso de conciencia. Fue años después, en el monte entre los guerrilleros, donde se inició en esa formación cultural y política. Algunos compañeros aprendieron allí a leer y a escribir. Entre los temas abordados, “se comentaba la importancia de la lucha de las mujeres, su valor y su gran colaboración a lo largo del tiempo y de la Historia”, explica. Allí conoció la vida y obra de mujeres como Victoria Kent, Clara Campoamor, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Manuela Sánchez, Lina Odena, Matilde Landa o las ’13 rosas’, entre otras. Había lecturas, reuniones, escuchaban ‘La Pirenaica’, debatían…  “Si no había peligro, se aprovechaba el tiempo”, dice ‘Sole’.

Y esa formación no cesó ni en la cárcel, donde realizó un curso de cultura general y comenzó otro de francés. “Entre puntada y puntada en las horas de trabajo frente a la máquina de coser, miraba el vocabulario”, cuenta.

Esperanza se topó con la prisión el 25 de marzo de 1952, en el mismo año que su hermana Angelina y su amiga Reme. Angelina fue detenida junto a ‘La Madre’ en el punto de apoyo en el que se encontraban. Reme y Esperanza cayeron en las garras del franquismo casi a la par; la mala suerte hizo que se toparan la primera con varios gendarmes y la segunda con un traidor integrado en el partido cuando ambas se dedicaban a pasar guerrilleros de España a Francia por los Pirineos al disolverse la guerrilla. Esperanza había cruzado por primera vez las montañas pirenaicas el verano de 1951, pero esta segunda vez no pudo culminar su misión de guía, empezando así en el 52 sus 15 largos años de cárcel.

“Propusieron nuestra ayuda para la evacuación de los guerrilleros que quedaban en el interior del país […] Con documentación falsa y todo bien estudiado, emprendí aquel camino hacia España clandestinamente en febrero de 1952. Tenía que ir a Pamplona donde encontraría a los compañeros del monte. Todo salió estupendamente, sin ningún problema”, relata Esperanza. Pero a Reme no le fue tan bien en su partida y desde el partido propusieron a ‘Sole’ para ir a Salamanca a avisar a su amiga de que cambiara de ruta para no toparse de nuevo con los gendarmes con los que había tenido problemas en la frontera. “Para este viaje se me facilitó un guía, que desde el principio me hizo sospechar por su conducta. Me habían dicho que era un camarada del partido, pero nunca me gustó su comportamiento”, afirma Esperanza aún con recelo.

Pero la guerrillera no tenía las suficientes pruebas para delatarle y, aunque ella quería volver a toda costa, una constante duda aparecía en su mente: “¿Y qué le digo yo al partido?”. El mismo dilema que aparecía en sus pensamientos cuando el guía fue a esconder un macuto junto al Bidasoa y dejó su metralleta a Esperanza, que barajó utilizarla para acabar con todo aquello. “Pero claro, cómo iba a justificar aquello al partido, al que el guía también pertenecía…  Y también tenía que seguir en busca de Reme”.

Ahora ninguna muerte pesa sobre su conciencia. Quizá si hubiera accionado el arma, nunca hubiera conocido las paredes frías y desconchadas de una celda. O quizá sí. Sea como fuere, siguió su expedición con el sospechoso cogiendo ambos un tren hacia Salamanca que para ellos nunca llegó a su destino, ya que fueron detenidos a la altura de Miranda de Ebro. “Mientras iban al vagón en el que estaba él, aproveché para esconder en la rendija de la ventanilla del tren el dinero del partido que llevaba encima”, cuenta Esperanza, que por nada del mundo quería que aquello contribuyera a enriquecer aún más al régimen, aunque fuera mínimamente.

El largo tránsito carcelario

Y allí empezó su vida entre prisiones, cuya primera parada sería el departamento preventivo de mujeres de la cárcel de hombres de Burgos. Aquí, una funcionaria confirmó sus sospechas al reprocharle que no había entregado todo el dinero que llevaba en el viaje, una cifra que sólo ella y el guía conocían. “Sabía que no era un hombre bueno”, recalca Esperanza.

Tras una semana allí y los pertinentes interrogatorios en comisaría, fue trasladada a los sótanos de Gobernación de Madrid, donde calcula que estuvo un mes. Allí también fue llevada Reme. “Pasé ahí el uno de abril, día de la victoria del franquismo, mareada y ensordecida por la radio con cánticos de victoria”, recuerda. “Allí lo pasé muy mal, me maltrataron, hubiera querido morir. No quería seguir en esas circunstancias, si hubiera tenido la posibilidad habría querido morir pero no la tuve”. Uno de sus compañeros guerrilleros también detenido con ellas ‘Vías’ fue asesinado en aquellos sótanos a golpes de tortura.

“Desde Madrid nos llevaron a Valencia, donde se repitió el mismo trato”. Allí estuvieron incomunicadas en una celda hasta que las sacaron para llevarlas a la Prisión Provincial, donde el juez instructor les repetía constantemente que iban a ser fusiladas. “Una noche vinieron a buscarnos a la celda. Ya teníamos las palabras previas, el mensaje que diríamos en el paredón. Nos montaron en el furgón y nos dijeron: ‘Ya sabéis a donde vamos, ¿no?’. Íbamos al piquete”, narra Esperanza. Pero cuando bajaron no había fusiles preparados sino sus expedientes listos para ser cerrados en el cuartel de la Guardia Civil. Tras este trámite, las llevaron de vuelta a la celda, de nuevo incomunicadas. “Y un buen día nos abrieron la celda y nos dijeron que salíamos en libertad”, dice aún con la sorpresa del momento.

Pero las cosas no eran tan sencillas. “La libertad era una trampa, una libertad vigilada, como habían hecho con mi hermana Amadora. Pretendían incluso facilitarnos trabajo, cosa que rechazamos tajantemente, entonces eso era frecuente. Sabíamos lo que pretendían: ver si teníamos algún contacto o conexión con el partido, o si alguien de la organización nos visitaba”. Así, tras cuatro o cinco meses sin conseguir estos objetivos, volvieron a detenerlas y encarcelarlas a ambas y también a Amadora. “El régimen penitenciario era más represivo de lo que se percibía en la calle, nos hacían la vida imposible, tanto el director como algunas funcionarias. Les molestaba sobre todo nuestro ateísmo”, cuenta Esperanza sobre su estancia en la prisión de Valencia. Un día, en 1953 quisieron obligarles a besar el pie de una figura del niño Jesús. La funcionaria forzó la cabeza de Reme hasta la talla y la presa le dio un bocado en vez de un beso. La escritora Dulce Chacón alude a este suceso en su libro La voz dormida.

“Para la dictadura se trataba del espécimen más peligroso de oponente política: la mujer que no sólo va en contra de la ideología impuesta, sino que transgrede las mismísimas fronteras marcadas para su sexo”, apunta Mercedes Yusta. “El franquismo no puede concebir el compromiso político femenino, en especial si es un compromiso contrario a la ideología oficial, porque supone la transgresión total del modelo de feminidad construido desde el nacional-catolicismo: la mujer sumisa, reina del hogar, obediente en todo a las normas del patriarcado”, añade la historiadora.

Tras dos años en Valencia, llamaron a Esperanza de Burgos para hacerle un consejo de guerra allí, lugar con el que nada tenía que ver ella ni su actividad militante. “Espionaje y comunismo”, esa fue la acusación. Piden 10 años de cárcel para ella y finalmente se los dejan en 6, que junto a los 8 en los que se había quedado la de Valencia –que originalmente era de 20 años y un día— tras redimir pena, sumarían los 15 años que la guerrillera pasó privada de libertad. En junio de 1954 había sido trasladada a la prisión provincial de Ventas de Madrid y un año después a la de Burgos, en la que era la única presa política. Allí, el 10 de marzo de 1956 se celebra el citado consejo de guerra y al mes siguiente vuelve a mudarse de nuevo a Valencia. “En el camino te van dejando en espera en otras prisiones haciéndose el viaje eterno.  Siempre  en tren, esposada y con hambre”.

Aún habría una parada más ese mismo año: el penal de mujeres de Alcalá de Henares, al que llega en noviembre de 1956, esta vez con Reme y Amadora. Allí redimían pena en los talleres de trabajo, “la industria mejor montada por la dictadura y más rentable a costa de la explotación esclavista de aquel tiempo”, en palabras de Isaías Lafuente en su libro Los esclavos de Franco. “Yo he cosido de todo: sábanas, trajes para los grises, capotes para la Guardia Civil, pijamas para presos… Si tenía que hacer 4 hacía 3, siempre intentaba sabotearlo sin llamar la atención, me esforzaba lo menos posible, aunque cobrara menos”.

“Los últimos meses todavía intentaron amargarme con la retención de mi libertad condicional. Excusa: la falta de arrepentimiento político”. Finalmente, Esperanza salió en libertad condicional el 25 de febrero de 1967. “Me encontré en un mundo nuevo que no conocía, con una sociedad diferente a la que había dejado cuando me encarcelaron. No tenía seguridad en mis movimientos, flotaba. Me aterraba el teléfono, el cruce de semáforos, comprar, etc. Había perdido la noción del dinero porque en la prisión utilizábamos unos cartones con valores diferentes”, relata en sus vivencias escritas.

Una vida en lucha antifascista

Tras salir en libertad pasó unos años en Manresa con su hermana Amancia y su familia, visitando también Barcelona, donde tuvo contacto con el Movimiento Democrático de Mujeres, cuyo grupo zaragozano había sido un gran apoyo para ella estando en el penal de Alcalá a través de su correspondencia. Así pues, cuando tuvo oportunidad viajó a Zaragoza a conocer a sus integrantes y a la vez conoció a Manuel Gil, el que después se convertiría en su marido, luchador contra la dictadura y conocedor también de la falta de libertad en una celda.

Esperanza se mudó definitivamente a Zaragoza —de la que ahora es hija adoptiva desde 2016— en 1968, poco después de que encarcelaran a Manolo por tercera vez, y en la capital aragonesa terminó la condicional. Una vez instalada, y pese a la oposición del clero, comenzaron a preparar su boda, el primer matrimonio civil en Zaragoza desde el fin de la guerra, celebrado el 7 de junio de 1969. Se casaron en la cárcel de Torrero, donde Manolo seguía preso. “Le dimos mucho la lata a la curia y al final se nos concedió”, ríe Esperanza. “Fueron cinco minutos. Los funcionarios de la cárcel nos dijeron que habían arreglado coquetamente una celda para nosotros, pero nos negamos. Mi marido lo celebró con sus amigos presos y yo me fui a comer con el Movimiento Democrático de Mujeres. Tuvieron que invitarme entre todas, yo no tenía un duro. La desilusión de los empleados del restaurante, que esperaban a una novia, fue grande: yo llevaba un traje sencillo de chaqueta, el único que pude comprarme”.

En 1970 tuvo a su hijo Wladimiro, con Manolo aún en la cárcel —no saldría hasta 1973—, que, siguiendo el camino de sus padres, se declara primero objetor de conciencia y después insumiso, acabando también en prisión. “Hoy, el servicio militar no es obligatorio. Cuestión de lucha, está claro”, afirma con orgullo su madre, que formó junto a otras madres y familiares una asociación de apoyo a los insumisos con la que gritaban “libertad” al otro lado de los muros de la cárcel. Hasta una vez colgaron una pancarta de una torre de la Basílica del Pilar en la que se leía “Libertad, Justicia, Insumisión”.

Y precisamente “cuestión de lucha” ha sido la vida entera de Esperanza, una lucha que no se queda en la Agrupación Guerrillera Levante y Aragón sino que se extiende en el tiempo con el Partido Comunista —al que hoy sigue perteneciendo—, el Movimiento Democrático de Mujeres —ya disuelto—, la Asociación de Familiares de Insumisos y el Archivo de Guerra y Exilio, en el que hoy supervivientes y afines  se esfuerzan por dar reconocimiento a lo que la ley española de Memoria Histórica aún no le da. “Los supervivientes seguimos siendo la voz de los ausentes, manteniendo la demanda de un reconocimiento justo como corresponde a un Estado de derecho que esta democracia no se atreve a otorgar”, afirma en sus memorias.

“Recuperar la memoria histórica sigue siendo un acto de justicia. Los guerrilleros, tratados como bandoleros y terroristas, exigen reconocimiento jurídico. Fue un ejército armado contra la dictadura por la defensa de la República y la libertad, pero fue una lucha desigual e injusta. Éramos los herederos de un gobierno legal, derrotado pero no vencido”, defiende.

“La represión y la cárcel nos golpeó, pero he salido con ganas de seguir luchando. Como se suele decir: que me rompan, pero no me doblen. Y no me han doblado”, concluye Esperanza, que ni ahora, a sus 90 años y pese a apoyarse en su bastón, se dobla.

http://www.zgrados.com/esperanza-martinez-sole-guerrillera-antifranquista/
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La lucha clandestina del PCE en la posguerra española

Sin duda, el momento de mayor desesperación e impotencia del Gobierno republicano durante la Guerra Civil fue el golpe de Casado. Dentro del bando leal se emplearon los mismos subterfugios y excusas baratas para romper la legalidad republicana. En marzo de 1939, que el pueblo español hubiera logrado vencer a las fuerzas de la intervención nazi y fascista era ya prácticamente imposible, pero todavía se podía administrar la derrota. Los golpistas de Casado, sin embargo, esperaban poder rendirse ante Franco a cambio de que no hubiera represalias.

Al final, no ocurrió ni una cosa ni otra. Los casadistas fueron a la cárcel y al pelotón de fusilamiento como los demás. Y la derrota no se pudo gestionar, no pudo haber evacuaciones ordenadas ni preparar la salida de muchos de los republicanos más destacados y comprometidos. Algunos de ellos, solamente pasaron de las cárceles de Casado a las de Franco.

En ese momento histórico, en la huida precipitada hacia los puertos de Valencia, Gandía, Cartagena, Almería y Alicante, comienza el documental Espías en la arena de Pablo Azorín y Marta Hierro. Con la desesperación de los republicanos que huyeron a bordo de cargueros de fruta, como el Stanbrook, que se estuvo un mes en el puerto de Orán sin que les dejaran desembarcar. En Argelia fueron ocho mil los refugiados españoles, cuatro mil en Túnez y mil en el Marruecos francés. Y al igual que los que escaparon por los Pirineos, fueron a parar a campos de concentración, especialmente los que se consideraron “peligrosos izquierdistas”. Un trato que no esperaban como luchadores antifascistas.

Con la ocupación nazi de Francia y ascenso de Petáin, su situación no hizo más que empeorar hasta que los aliados ejecutaron la Operación Torch, la invasión del norte de África. Los antifascistas españoles entonces fueron liberados, pero lentamente. Y los que habían trabajado en la inteligencia militar de la República o tenían preparación para ese tipo de misiones fueron reclutados por los estadounidenses. En la recientemente establecida OSS (Office of Strategic Services), matriz de la CIA, valoran a los españoles y brigadistas que han perdido la guerra civil por su probado compromiso antifascista.

El documental se ha estrenado en Madrid, Valencia, Palma, Alicante y Málaga y seguramente este año se emita en RTVE e IB3. Marta y Hierro y Pablo Azorín venían de filmar Agente Sicre, el amigo americano, la biografía de Ricard Sicre, ilerdense que fue agente de los estadounidenses, obtuvo información de los nazis apresados durante la contienda y organizó una misión que iba a ser el preámbulo de la invasión de España por parte de los aliados: la Operación Banana.

Los aliados querían conocer hasta qué punto estaba implicado Franco con el Eje. Los republicanos seleccionados tendrían que infiltrarse en España para informar sobre movimientos de tropas, lo que permitiría a los aliados anticiparse a una ofensiva contra sus ejércitos en el norte de África. Las misiones de los espías en cada ciudad recibieron nombres de frutas. En Barcelona, Operación Cereza; en Madrid, Limón; Cartagena, Naranja; Melilla, Albaricoque y Cádiz, Uva. La misión en su conjunto: Banana.

Si los nazis hubieran penetrado con sus tropas en España, estaba previsto tomar Ceuta y Melilla para desde ahí bombardear los puestos de artillería y las comunicaciones de la península. En 1943, los cines estadounidenses proyectaron la película Inside fascist Spain para preparar a su población ante la llegada de un nuevo conflicto. Los documentalistas han conseguido imágenes de este film que nunca antes se habían visto en España. Franco a su vez construyó centenares de búnkeres en las costas.

En julio de 1943, los espías españoles desembarcaron en Río de la Miel, en Málaga. Eran ocho hombres. Manuel Lozar, radiotelegrafista de la Marina de Guerra Republicana, Ignacio López, teniente radiotelegrafista de aviación, Pedro Royo, telegrafista de artillería antiaérea, Jaime Pérez Tapia, comandante de batallón de la 207 Brigada Mixta y Guillermo Garrido de las Heras, sargento del Tercer Batallón de la primera brigada de carros blindados. Junto a ellos, iban tres guías veteranos del ejército republicano que conocían el terreno, Joaquín Centurión, Francisco Bueno Ledesma y Luis Ruiz Aguayo, que tenían como objetivo conectar a la misión con el PCE de Málaga y redes clandestinas que pudieran darles apoyo y lugares seguros para cobijarse y esconder las radios.

Llegaron a las cinco de la mañana. Escondieron su armamento en una cueva y se vistieron con trajes. A quien iba vestido en aquella época con cierto nivel no le paraban, dice el documental. Estuvieron siete meses transmitiendo información. Sobre los movimientos militares y sobre algo que les pilló de sorpresa, la situación en España era mucho más complicada de lo que les habían hecho creer.

Les enviaron al matadero, sentencia uno de los entrevistados. Hablo con Pablo Azorín sobre este aspecto y explica: “En África los responsables norteamericanos y principalmente de Unión Nacional Española, organización pantalla del PCE, crearon un retrato de lo que ocurría en España que nada tenía que ver con la realidad con la que se toparon cuando desembarcaron en la costas de Nerja. Unión Nacional Española, organización que tenía que proporcionales apoyo en la península, simplemente no existía, la vigilancia y represión policial era extrema y fruto de ello el PCE se hallaba muy debilitado, asediado y penetrado por la policía y los delatores”.

A la presión de la policía hubo que añadir que se quedaron sin dinero. Las importantes sumas que recibieron para llevar a cabo la misión tenían orden de entregárselas a un enlace del PCE enviado a Málaga desde Francia, Víctor Moreno, que a su vez se lo dio a un contacto del partido en Madrid. Los espías se quedaron sin dinero hasta para los gastos más elementales. Se les rompieron las radios, además, y podían transmitir pero no escuchar a los estadounidenses. Reclamaron fondos de lo entregado, pero el enlace del PCE no volvió a contestar sus demandas.

Desesperados, decidieron arriesgarse y viajar a Madrid a contactar con el PCE. Lo logran, tras un mes intentándolo, con Apolinario Poveda Francisco y enlaces del PCE en Argel, a los que les transmiten su decepción y sentimiento de abandono. Pero a día de hoy no se conoce aún qué pasó con los fondos de la misión, según cuenta Azorín: “No tenemos ninguna evidencia de lo que ocurrió con el dinero que los agentes entregaron al enlace que el PCE envió desde Francia. En un principio pensamos que alguien se lo podía haber apropiado. Tras estudiar el momento que vivía el PCE en el 43 y 44, con una grandísima presión de la policía política, en el que el miedo, la tortura, los infiltrados y delatores acosaban al Partido Comunista, nos dimos cuenta de que la organización de este en el interior de España estaba totalmente descompuesta con enormes problemas de coordinación y comunicación entre los dirigentes y las células activas, sufriendo una gran precariedad de medios. Las necesidades económicas para mantener una organización en la clandestinidad son muy grandes, crearse una cobertura adecuada y moverse en un Estado policial militarizado consumía los escasos recursos económicos con gran celeridad”.

Por otra parte, las intrigas políticas también condicionaron la misión. Los comunistas no querían colaborar con los americanos. Si en aquellos días estaban en el mismo bando, resulta extraño. Azorín tampoco tiene respuesta: “La verdad es que lo desconozco, intuyo que el PC quería, con cierta lógica, controlar y dirigir a sus militantes y evitar que fuesen utilizados como carne de cañón por otros. Es la misma directiva que el PCE dictó desde Moscú a todos sus militantes de no integrase en fuerzas regulares de los ejércitos aliados. Por ejemplo, los comunistas españoles tuvieron una fuerte presencia en la Resistencia Francesa en unidades ligadas al Partido Comunista Francés, pero inapreciable en el Ejército Francés Libre del general De Gaulle”.

Otra desgracia fue que los ingleses, por medio de su embajador en Madrid, Sir Samuel Hoare, habían desarrollado otros planes para España. Por medio de una red de sobornos a los generales de Franco, detallados recientemente en el libro Sobornos (2016, Debate) de Ángel Viñas, pretendían asegurarse la neutralidad del país sin necesidad de intervenir. La Operación Banana podría poner en riesgo todos sus planes. No querían oír nada de agentes infiltrados. De hecho, desde febrero de 1943, la misión Blackbone ya estaba cancelada por el alto mando aliado. Con la neutralidad de España, la guerra finalmente no pasaría por la península.

En marzo de 1944, la Brigada Político Social, a través de un delator infiltrado, Antonio Rodríguez López el Chato, los miembros de la misión son arrestados. Tras los interrogatorios, cayeron doscientas personas involucradas. Fue uno de los golpes más graves recibidos por el PCE en toda su historia. Pero para no tener problemas con los aliados, fueron juzgados por “auxilio a la rebelión”, en lugar de por espías, que es lo que eran. La instrucción del caso la llevó el coronel Enrique Eymar Fernández, famoso por solicitar favores sexuales a las mujeres de los presos que acudían a pedirle ayuda, como se detalla en Espías en la arena.

Los aliados se lavaron las manos. A través de Luis Pérez Tapia, hermano de uno de los detenidos, el 13 de marzo en la embajada de Estados Unidos en Madrid recibió una petición de ayuda. En la instrucción que recibieron en el norte de África los agentes, se les dijo que si atravesaban dificultades acudiesen a la embajada a solicitar protección. El 22 de marzo de 1944 se envió desde la embajada en Madrid a Washington un despacho con detalles sobre la operación policial y las detenciones. La prueba de que el Gobierno americano conocía su situación y decidió abandonarlos a su suerte.

El agente Salvador Rodríguez Santana y sus colaboradores José López Iglesias y Francisco Muriel Martín fueron fusilados en Melilla. Salvador Soler López, José Cerezo Fernández, Enrique Tirado Cobos, Antonio González Torres y Adolfo Pacheco Mateos, todos ellos  miembros del PCE que colaboraron con la operación, en Málaga. Manuel Lozar Feliz, Ignacio López Domínguez, Pedro Royo Sanz, Guillermo Garrido de las Heras, Víctor Moreno Cristóbal, junto a los militantes comunistas Jesús Carreras Olascoaga, Félix Pascual Hernández Piedecasas y José Vicente, en Alcalá de Henares. Carreras había asumido la jefatura del PCE en el interior tras las sucesivas caídas de Heriberto Quiñones y Jesús Bayón. Pascual Hernández era el responsable de las estafetas o puntos de enlace del partido.

A Jaime Pérez Tapia, Francisco Alaminos y José Jiménez Martín les conmutaron la pena capital por treinta años de cárcel; salieron de prisión a principios de los sesenta. En un informe de la OSS, se califica a la Operación Banana como el mayor descalabro del espionaje aliado en toda la II Guerra Mundial, solo excusable por la inexperiencia de la agencia de espionaje americana en el momento de ponerla en marcha.

Para los agentes reclutados solo hubo olvido. Azorín relata que desgraciadamente era previsible su destino: “Fue algo común a la mayoría de los agentes irregulares de la OSS. Pero, además, la mayoría de los republicanos españoles que participaron en la operaciones de la OSS en España militaban en el Partido Comunista. El advenimiento de la Guerra Fría, el posterior reconocimiento internacional y apoyo a la dictadura por parte de Estados Unidos, los convirtió en personajes incómodos a los que era mejor enterrar en el olvido. Si en su momento, cuando fueron hechos prisioneros, encausados y condenados a muerte, no se les ayudó ni reconoció, ¿qué beneficio puede obtener Estados Unidos en reconocer oficialmente a un grupo de comunistas españoles que sirvieron en su principal servicio de inteligencia militar?”.

En los testimonios recogidos por el documental se explica que los americanos veían a los españoles como a una “panda”, más que como a unos compañeros. Los tenían como peones. Sin más. La madre de Manuel Lozar intentó pedir clemencia arrojándose al vehículo que trasladaba a la esposa de Franco, sin éxito. Ricard Sicre, coordinador de los espías desde África, quedó marcado por el fracaso de la operación, aunque, como cuenta su documental biográfico, luego volvió a España con una empresa de importación americana —fue el responsable de traer, entre otros productos, la Pepsi-Cola pero, tal y como confiesa su hijo, impactado por el mundo real en el que no contaban las personas ni los ideales—.

Durante su investigación, Marta y Hierro y Pablo Azorín han tratado con familiares directos aún vivos de los represaliados. Ellos también sufren el olvido y el silencio, tal y como cuenta Azorín: “Los más mayores, ya muy pocos, que vivieron directamente la detención, cárcel y fusilamiento de su familiares y las cuatro décadas de dictadura, sufren todavía el trauma del silencio y del temor social sin haber tenido, hasta ahora, la ocasión de reconciliarse con ese pasado tan duro. Los más jóvenes no llegan a comprender ni aceptar que la memoria de sus familiares, defensores de la legalidad republicana y la democracia, sigan siendo ignorada por gran parte de la sociedad, que los juicios sumarísimos, carentes de toda garantía jurídica, por los que fueron condenados a muerte no sean declarados nulos y sus restos debidamente honrados, como todas las víctimas de la Guerra Civil y su larga posguerra, por una sociedad que en su conjunto se declara defensora de la democracia y enemiga del totalitarismo”.

“Madre mía, madre mía… Muchachos, mi último adiós”, fueron las últimas palabras de Manuel Lozar en la cárcel antes de ser fusilado en las tapias del cementerio de Alcalá de Henares la mañana del 16 de enero de 1945, a menos doce grados, junto a siete personas más. Sus cuerpos están enterrados en las fosas comunes 38 y 39. El responsable de su destino, Dwight Eisenhower, abrazaba a Franco el 21 de diciembre de 1959 en Torrejón.

http://www.jotdown.es/2017/04/los-olvidados-la-operacion-banana-franco/
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La apertura de los archivos de la ONU desvela aspectos inéditos de los crímenenes de guerra cometidos por los nazis

Por primera vez la semana pasada se publicaron los archivos de la Comisión de Crímenes de Guerra de la ONU. Se trata de las prácticas criminales nazis, tanto antes como en la propia Guerra Mundial.

Se han expuesto en la Wiener Library de Londres y el catálogo ya se puede consultar en línea. Lo fue formando el doctor Alfred Wiener desde la llegada de los nazis el gobierno alemán en 1933. Al comenzar la guerra trasladó el archivo a Londres.

Aunque alguno de los archivos se utilizó en los procesos de Nuremberg, se han mantenido en secreto durante más de setenta años, porque la verdad histórica es política, o sea, muy incómoda para quien ordenó que se ocultaran bajo llave: Estados Unidos.

En 1945 había que transmitir otro mensaje distinto: el que el imperialismo necesitaba para sostener la Guerra Fría contra la URSS. En la posguerra Alemania dejó de ser un enemigo y se convirtió en un aliado. Al mismo tiempo había que reciclar a los nazis para que siguieran dirigiendo al país con un formato distinto. Se acabó el III Reich y empezó la República Federal Alemana.

Algunos privilegiados, como Dan Plesch, director del Centro de Estudios Internacionales y Diplomáticos de Londres, tuvieron acceso a los mismos duranbte años. Con dicho material Plesch escribió su obra “Los derechos humanos después de Hitler. La historia perdida de la persecución de los crímenes de guerra cometidos por el Eje”.

La historia de la posguerra no es sólo muestra el feroz acoso imperialista contra la URSS y la complicidad en el mismo de los imperialistas aliados a los viejos nazis de toda la vida, sino otro tipo de datos que ya se sabían o se sospechaban, pero que ahora resultan estridentes. Por ejemplo, los documentos demuestran que las potencias imperialistas no conocieron los crímenes de guerra cometidios por los nazis después de acabar con Hitler, sino antes.

Pero hicieron caso omiso de ello porque el plan de los imperialistas siempre contó con el apoyo de los nazis para luchar contra la URSS, que si bien no fue su único enemigo, siempre fue el enemigo principal. El viraje a la Guerra Fría en 1945 no fue un cambio tan brusco, sino la continuación de la misma política por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

Al doctor Wiener no le preocupaban la represión nazi contra los comunistas, por lo que sus archivos reinciden en el tópico del famoso “holocausto”, manido hasta la saturación histórica. Parece que los nazis y la guerra fueron una lucha de los nazis contra los judíos, lo cual es un burda falsificación histórica, por más que se repita una y mil veces.

No obstante, incluso en esos aspecto los archivos contienen documentos interesantes que podrían traserse a la actualidad. Como el gobierno británico conocía la persecución de los judíos desde el primer minuto, algunos plantearon la posibilidad de acoger a los refugiados que trataban de huir de Alemania, a lo que un ministro, Cranborne, se opuso en 1943 porque Inglaterra ya tenía demasiados refugiados y los judíos no constituían “un caso distinto”.

Antes y durante la guerra, los judíos sólo tuvieron un país que les acogiera: la URSS. Los que no se quedaron a vivir en la URSS, lograron huir a a través de la URSS. Habrá quien piense de otra manera, poniendo encima de la mesa nombres de judíos ilustres que huyeron a otros países. Aquí nosotros hablamos de las masas y del proletariado judío, que son los que más nos importan.

Más datos curiosos. Si el lector creía que en 1945 las exigencias de condenar a los criminales de guerra fascistas procedió de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, se equivoca. Ni siquiera fue iniciativa de la URSS, que no hizo más que acoger las peticiones otros países asolados por los criminales fascistas, como Polonia o China.

Si creía que la consideración de las violaciones y abusos sexuales como crímenes de guerra comenzó con la Guerra de los Balcanes, también estará equivocado por es algo que ya hicieron Polonia, Filipinas o Grecia.

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Ucrania rehabilita a los nazis que lucharon contra la URSS en la Segunda Guerra Mundial

El 5 de abril la Rada (Parlamento) ucraniano aprobó una ley para rehabilitar a los ucranianos que lucharon con los nazis en contra de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, a quienes considera como “represaliados políticos”.

La ley también incrementa las pensiones de que quienes combatieron en las filas de la Organización de los Nacionalistas Ucranianos, una organización calificada hoy como “independentista”, una expresión fraudulenta ya que su “independentismo” se enfilaba contra la Unión Soviética, mientras era instrumentalizada por el III Reich.

El texto de la ley fue presentado por el diputado Jurij Schuchewitsch, hijo del comandante del mismo nombre en las tropas que combatieron con los nazis, hoy consideradas como “víctimas del régimen bolchevique totalitario”. Un presupuesto público ruinoso y subvencionado por los imperialistas incrementa las pensiones en un 25 por ciento para los que estuvieron en la cárcel y en un 12 por ciento a los que huyeron al exilio.

Es, pues, un fascismo subvencionado que, como en España, se nutre de una burda falsificación de la historia en la que han participado los 258 diputados. Nadie se ha opuesto a la ley; nadie ha lanzado la menor objeción. Algunos diputados han recordado que sus familiares fueron enviados “a Siberia” a causa de la represión política.

No hay que sorprenderse del ascenso del fascismo en toda Europa. Alguien está subvencionando su auge, alguien les protege, les encubre y les rearma en el nombre de la lucha contra el “expansionismo” ruso. “El fascismo avanza si no se le combate”, recuerda una vieja consigna. Las consecuencias de ello las pagaremos dentro de muy poco tiempo y no se librará nadie.

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Josep Renau convirtió la agitación revolucionaria en un arte

Josep Renau (1907-1982) introdujo la técnica del fotomontaje político en el estado español. Fue ilustrador, cartelista, muralista, diseñador de las portadas de libros y revistas. Reunió todas estas cualidades pero no hizo de su obra un artefacto neutral. Militó en el PCE desde los años 30 y su trabajo fue un ejemplo de agitación política y cultural.

Una muestra del legado de este artista y escritor valenciano puede presenciarse hasta el próximo 17 de julio en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). Son más de 80 carteles, libros, manuscritos, fotomontajes y dibujos que integran la exposición “Josep Renau y la Segunda República”, y que ponen de manifiesto el compromiso político del autor con las ideas democráticas y antifascistas.

Renau no sólo manifestó sus ideas en ilustraciones y fotomontajes. Así, durante los años de la guerra civil ocupó diferentes responsabilidades públicas, por ejemplo, la de director de Propaganda Gráfica del Comisariado General del Estado Mayor del Ejército Popular, a partir de 1938. El artista aplicó entonces la creatividad a la propaganda de guerra, “en el apoyo al soldado y la reflexión sobre los medios gráficos que podía utilizar”, informa la muestra del IVAM. Permaneció en el cargo, que implicaba el contacto con la Subsecretaría de Propaganda, hasta febrero de 1939, en Barcelona. A la época corresponde la serie “Los 13 puntos del presidente Negrín”, que se difundieron en carteles, folletos y revistas. El título y contenido de estos fotomontajes ponen de manifiesto la utilización del arte para apelar a la acción.

El visitante puede apreciar estas ideas en “Liberación de nuestro territorio de las fuerzas invasoras italianas y alemanas” o en “Profunda reforma agraria que elimina el régimen feudal en el campo”. En plena guerra el ilustrador comunista diseñó también numerosos carteles y publicaciones para el ejército de la República, algunos de ellos con finalidad didáctica. Es el caso de las “Instrucciones militares al cabo y al sargento del ejército popular” o la “Cartilla Escolar antifascista”, cuyo proyecto correspondía a otro creador de la época, Mauricio Amster. Pero no toda la obra de Renau reviste contenido político. Las tintas planas y los dibujos geométricos caracterizan los diseños de carteles cinematográficos que realizó para la productora CIFESA, con la que firmó un contrato en exclusiva en diciembre de 1934. La modernidad de las composiciones se aprecia en los carteles de películas como “La Mujer X” (1935), interpretada por María Ladrón de Guevara y Rafael Rivelles; “El noveno huésped” (1934), con Genevieve Tobin y Donald Cook; o el último de los realizados para la productora, “Mi debilidad” (1936). “CIFESA fue una próspera productora independiente fundada en Valencia en 1932, que hacía filmes de acuerdo con los gustos populares”, destacan los paneles de la exposición. Un año después CIFESA empezó a distribuir en España, en régimen de exclusividad, las películas de Columbia Pictures, aunque después pasó realizar su producción propia.

También firmó anuncios para la limpieza de los dientes: “Jo-Bo-Sil, excelente dentífrico”, que teóricamente dejaba los dientes “blancos como la nieve y fuertes como el acero”. Pero no todos los carteles cinematográficos de Renau se inscribieron en la propaganda comercial. Diseñó por ejemplo el de la película “El pueblo en armas” (1936), de la productora “Film Popular” que controlaban la UGT y la CNT de Valencia. Y de ahí, al diseño de la portada de libros y revistas, que figuran en las vitrinas de la exposición del IVAM. Muchos de los títulos remiten a las inquietudes del artista y los sectores progresistas de la época. “El dolor universal”, de Sebastián Faure (Biblioteca Estudios, 1933); “El Capital de Marx, al alcance de todos”, de Carlo Cafiero (Orto, 1933); “Jesuitismo y Masonería: Dos ideales opuestos”, de Matías Usero (Cuadernos de Cultura, 1932); “Lenin, J. Stalin” (Ediciones Europa-América); “El sindicalismo: historia, filosofía, economía”, de Marín Civera (Tipografía Pascual Quiles, 1931).

En otras ocasiones Renau ilustraba obras de relieve literario: “Gabriel Miró: el escritor y el hombre”, de Juan Gill Albert (Cuadernos de Cultura, 1931). Y también textos que apuntaban contra las ideas más retardatarias: “Paternidad voluntaria. Profilaxis anticoncepcional”, de Hildegart (Orto, 1931); “La cópula. Antología de la felicidad conyugal”, de Van de Velde (Biblioteca de Estudios); o “Las religiones del mundo desenmascaradas”, de Matías Usero (Orto, 1933). En el número cinco de la revista “Orto” Josep Renau estampó uno de sus primeros fotomontajes políticos a doble página. Para esta publicación anarquista también diseñó portadas, al igual que en la revista “Estudios” y en otra de sociología, arte y economía de título elocuente: “Tiempos Nuevos”.

Un Decreto con fecha del nueve de septiembre de 1936 designó al artista valenciano Director General de Bellas Artes. El titular del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes era en aquel momento Jesús Hernández, del PCE. Durante los dos años que permaneció en el cargo, el fotógrafo e ilustrador se centró en dos fines: la protección y difusión del patrimonio histórico-artístico español; y la propaganda cultural y política. La exposición del IVAM recuerda que Renau nombró director del Museo del Prado a Pablo Picasso, así como “el valor otorgado a publicaciones, folletos y otros medios gráficos para comunicar los avances de la República”. Otro hito del periodo fue la participación de España en la Exposición Universal de París (verano de 1937) o el II Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia. Unos meses antes, Renau había publicado un montaje a dos planas en sendos números de la revista “Nueva Cultura”, con un gran titular que apelaba a la batalla contra el fascismo: “Testigo negro de nuestros tiempos”. En las ilustraciones aparecían calaveras y símbolos de la muerte, junto a un texto en el que se reproducían palabras de Hitler en “Mein Kampf”.

“Todo aquel que desee sinceramente la victoria de la idea pacifista en el mundo, debe comenzar por poner toda su energía al servicio de la dominación del mundo por los alemanes”, decía el dirigente nazi. Pero no sólo se trataba de advertir ante la llegada de la bestia. Del contenido, la denuncia y la movilización en un contexto de guerra. Renau fue un innovador. En el número 127 de la revista “Estudios” (mayo de 1934) publicó uno de los fotomontajes de la serie “Diez Mandamientos”, de los primeros en los que introdujo el color. “No tomarás en vano a Dios por testigo”, invoca la composición. La imagen es la de un hombre que acaba de ser decapitado con un hacha; un telón entreabierto con Jesús de Nazaret crucificado anticipa el remate de la obra: una esvástica superpuesta al cristo. Unos años antes, en el número siete de la revista “Orto” (septiembre de 1932) anticipaba posteriores fotomontajes de denuncia social. “¿…? El Amor Humano” es como titula esta obra que atisba el amor del mañana: “Esa sangre –sangre oprimida, reprimida hoy- capaz de amar hasta extremos infinitos, debe derramarse aún a raudales para conquistar su derecho a amar”.

Al frente de la Dirección General de Bellas Artes, el artista y militante comunista puso empeñó en la promoción internacional de la República. La muestra resalta la presentación, en el verano de 1937, del Pabellón Español en la “Exposition Internationale des Arts et Techniques pur la Use Moderne” de París. Los visitantes tuvieron la oportunidad de mirar el “Guernica”. Pero tampoco tuvo una importancia menor el edificio diseñado por Sert y Lacasa. Ni el papel que asumió Renau, “quien fue capaz de convencer a destacados artistas españoles residentes en París, como Picasso, Julio González o Miró para participar y significarse en la causa republicana”. Además diseñó algunos de los fotomontajes expuestos en el pabellón, que pretendían loar el avance en plena guerra del bando republicano. En el archivo personal de Josep Renau, que se halla en el IVAM, los investigadores han encontrado las imágenes empleadas por el autor para montajes sobre la agricultura o la orfandad.

En el apartado de la muestra sobre el pabellón de París, se informa del proceso de realización del “Guernica”, “probablemente uno de los mejor documentados de la Historia del Arte”. Las fotografías de Dora Maar entre mayo y junio de 1937 recogen la evolución en la factura del cuadro, según Picasso avanzaba. En la exposición del museo valenciano puede apreciarse también el “Fotomontaje sobre papel Guernica-Picasso” de Renau (1979), así como el aguafuerte sobre papel “Sueño y mentira de Franco”, realizado en 1937 por el pintor malagueño.

El pequeño recorrido por la obra de Renau termina destacando su labor en la protección del patrimonio artístico del Museo del Prado, entre otras pinacotecas, archivos y bibliotecas, antes de las primeras bombas aéreas sobre Madrid (noviembre de 1936). “Renau declaró que era lo más positivo que había hecho en su vida”, recuerda la comisaria de la exposición, Irene Bonilla. En “Arte en peligro- 1936-1939”, el ilustrador explica que en enero de 1939 “salí por los pelos de Barcelona. El Gobierno de la República y el de la Generalitat estaban ya en Girona (…) La totalidad de las cajas conteniendo las obras de arte cruzaron la línea fronteriza de los Pirineos antes de que ésta fuera totalmente ocupada (10 de febrero de 1939) por el ejército enemigo”. A continuación, relata las razones de la salvaguarda final del patrimonio: “No fue ninguna cadena de azares: se debió a la tensa solicitud que los sucesivos gobiernos de la República mantuvieron para la suerte de nuestro Patrimonio artístico y tesoro nacional”. El espectador puede acercarse a las fotografías sobre los efectos de las bombas en la Sala Velázquez del Museo del Prado, al poco de la evacuación; del bombardeo de Madrid; o del lienzo de El Greco “El martirio de San Mauricio”, que procedía de El Escorial y estaba presto para el control de llegada y evaluación.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225694

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Los chinos que combatieron al fascismo en las Brigadas Internacionales

Un centenar de chinos, venidos de todas partes, lucharon como brigadistas en la guerra civil española. El matrimonio de científicos taiwaneses Hwei-Ru y Len Tsou ha investigado durante más de diez años la vida de trece de ellos y las ha hilvanado en el libro Los brigadistas chinos en la guerra civil. La llamada de España (1936-1939) que ahora ve la luz en España y también en la propia China. Esta es su historia.

Emigrantes, obreros, médicos, masajistas, periodistas, pequeños comerciantes… “Nosotros, los chinos, hemos combatido en los frentes de todos los lugares”. Es lo que le dijo Zhang Ji, un voluntario en nuestra guerra, a Yan Jiazhi, el primer chino que llegó a España tras el inicio de la contienda. Se trataba de un masajista residente en París sobre el que documentos de los archivos de la Internacional Comunista señalan que no se pudo confirmar su condición de militante. “Los que en esos momentos llegaban a España para combatir, con riesgo para sus vidas -señalan los Tsou- no eran, evidentemente, personas corrientes”.

Lo extraordinario se convierte en el hilo conductor de sus historias. Recuerda Laureano Ramírez Bellerín, Premio Nacional de Traducción y coordinador de la edición española del libro editado por Catarata, la sorpresa que le produjo conocer quiénes eran y cuál fue la vida de aquel puñado de chinos, que los autores del hallazgo desglosaron en su casa de Barcelona gracias a la mediación de otro chino de la Ciudad Condal.

“El matrimonio, ella ingeniero químico y él especialista en semiconductores y por tanto nada que ver con la investigación histórica, llevaba años en Nueva York dedicándose a lo suyo hasta que, ojeando un álbum publicado por la Brigada Lincoln, que conmemoraba su 50 aniversario, advirtieron que algunos de los muchos nombres citados en sus páginas parecían chinos. Entonces -relata el profesor- empezaron a tirar del ovillo y se embarcaron en un trabajo de reconstrucción de aquellos acontecimientos que duró más de diez años y les condujo por tres continentes (Europa, América y Asia) y multitud de archivos. En España visitaron, entre otros, los de Salamanca, de Asuntos Exteriores y de la Biblioteca Nacional; los más importantes de EE.UU. y, por entonces, se abrieron los nacionales rusos donde hay muchísimo material sobre la guerra civil”. Los autores habían publicado su investigación en Taiwán en 2001 y el profesor, titular de la Universidad Autónoma de Barcelona, se comprometió a traducirlo “porque esto debía conocerse en España”. Consiguió para ello fondos de la UAB y creó un equipo de traducción formado por tres chinos y la española Maialen Marín Lacarta, al que se unió un investigador responsable de la difusión.

Cuenta este traductor, que ha trabajado codo con codo con los investigadores, que le llamaron la atención las edades de las personas que vinieron a la guerra, unas cuantas cercanas a los 50, “con lo que significa a esos años embarcarse en semejante aventura, y las de los más jóvenes, alrededor de los veinticuatro, uno de los cuales acabó en el frente de Gandesa”. Su nombre era Chen Wenrao. Había llegado en junio de 1937 desde Nueva York, donde entre otros trabajos había tenido el de camarero, y una vez en el cuartel general de las Brigadas Internacionales en Albacete fue enviado durante un mes a un campo cercano para realizar la instrucción; luego fue trasladado al Batallón Lincoln y, después, pasó a engrosar las filas del 24 Batallón de la XV Brigada. El relato de su final ha quedado escrito por los Tsou: “Los brigadistas atacaron Gandesa a cuerpo descubierto y sus cadáveres cubrieron el valle. Allí murió Wenrao. Nadie los enterró. Permanecen en ese lugar y forman parte de la tierra española”.

Chen Wenrao era de Guangdong, pero también hubo brigadistas de Qingtian, pueblo al este de China donde nació más del 70% de los chinos que hoy vive en España. Es el caso de Zhang Shuseng, “que debía de hablar bien español, ya que combatía con soldados españoles”. Tenía, según explica el profesor Ramírez, “un hermano en Valencia que estaba en el Ejército de la República y por ahí aparecen otros nombres de los que se podía seguir la pista. De hecho, muchos de estos emigrantes chinos en Cataluña, concretamente de una asociación de Tarragona, mostraron interés en hacer ahí un pequeño monumento que recordara a su compatriota que había luchado en la guerra española”.

El rostro de otro brigadista, Tchang Jaui Sau, fue portada de la revista Estampa. Este combatiente llegó desde la planta de automóviles de Renault y era miembro del Partido Comunista de Francia. Se embarcó en nuestra guerra civil para, según escriben los autores, “combatir al fascismo y luchar por la libertad”.

Otro brigadista, Xie Weijing, fue miembro del Partido Comunista alemán y llegó a ocupar el cargo de comisario político del Batallón de Artillería, el cargo más alto que ocupó un voluntario chino de las Brigadas Internacionales. “Era periodista y pertenecía también al Partido Comunista chino. Intervino en todas las publicaciones izquierdistas de la época. Era el que tenía la idea de hacer una unidad china, sobre todo por facilitar las tareas administrativas, en las Brigadas con los voluntarios y los que servían en el ejército de la república, alrededor de unos cien que andaban disgregados, pero nunca se llegó a concretar”.

Hwei-Ru y Len Tsou no llegaron a encontrar a ninguno de sus protagonistas vivos. En total, trece combatientes chinos de al menos ese centenar que, como subraya Ramírez, no eran una multitud, pero si “un número significativo, si tenemos en cuenta que no vino nadie de muchos países mucho más próximos, y tan solo un japonés de una nación vecina a la suya”. Por cierto, el nipón, que se llamaba Jack Shirai, había llegado desde San Francisco y fue cocinero, a su pesar –“Yo he venido a luchar y no a manejar cazuelas”-, el más famoso de las Brigadas. Lo mató una bala perdida mientras llevaba comida a la zona de combate.

La última sorpresa la encontraron los Tsou siguiendo la pista del brigadista médico Tio Oen Bik, cuando descubrieron el grupo de “los médicos españoles” que lucharon en la guerra china con Japón. “Los llamaban así porque todos habían estado en la guerra civil española, pero no había entre ellos ningún compatriota nuestro, eran todos checoslovacos, polacos, alemanes… Después de España, se marcharon a China a seguir en el combate contra aquellas ideas que representaban el auge de Hitler y Mussolini, y si hubiera habido otras batallas por esta causa hasta allá se hubieran marchado. Recientemente, se ha celebrado en China un congreso muy interesante con algún descendiente de aquellos médicos, y constituye otra línea de investigación sobre la que aún se sabe muy poco. Pero esa es otra historia”.

Para Laureano Ramírez, “lo importante no es su huella en España, sino la impresión que les quedó a ellos y que duró toda su vida. Nunca ninguno de ellos se pudo quitar a España de la cabeza”.

‘Los brigadistas atacaron Gandesa a cuerpo descubierto y sus
cadáveres cubrieron el valle. Nadie los enterró.
Permanecen en ese lugar y forman parte de la tierra española
’