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España se hunde en el fango de la dependencia alimentaria y ganadera

La narrativa de la transición alimentaria forma parte ya de todas las administraciones públicas españolas bajo el logo de la llamada Agenda 2030. Los grandes agronegocios y las ONG’s subvencionadas se posicionan como salvadores de la humanidad debido a sus muy promocionados planes de agricultura inteligente y producción «sostenible».

En esta narrativa, no hay espacio para ninguna mención del tipo de relaciones de poder que han dado forma al sistema alimentario prevaleciente y muchos de los problemas actuales. Y es en ese contexto en el que se han tomado las decisiones más escandalosas de las últimas semanas, tanto en materia ganadera como agrícola.

Desde el ingreso de España en la Unión Europea, la matriz económica del Estado fue modificada drásticamente. Los monopolios estatales administrados por el antiguo Instituto Nacional de Industria (INI) fueron vendidos al mejor postor, y el Estado mismo apadrinó una transición económica que orientaba al país hacia el sector servicios y la producción de alimentos.

La transición alimentaria se enmarca siempre en el lenguaje de la emergencia climática, la sostenibilidad o la «seguridad de los consumidores», donde los eslabones más débiles no son, como habitualmente se cree, las explotaciones «ecológicas», ya que éstas tienen un mercado consumidor con un alto poder adquisitivo.

La parte perjudicada de esta transición son los productores que proveen a las grandes cadenas, consumidores a su vez de los pesticidas y los piensos que se agregan a la alimentación de la gran mayoría. Elementos que por supuesto están fuera del debate sobre la sostenibilidad.

Después de 1945, la agroindustria corporativa, en gran medida respaldada por Estados Unidos, la Fundación Rockefeller e instituciones financieras, ha estado promoviendo e instituyendo un sistema de agricultura y ganadería industrial dependiente de productos químicos. Las comunidades rurales, los sistemas ecológicos, el medio ambiente, la salud humana y los sistemas locales de cultivo de alimentos han sido devastados en el proceso.

Empresas como Bayer o Syngenta trabajan en España codo con codo con colegios de veterinarios, organismos públicos agroalimentarios y consejerías, donde son elevadas a auténticas «eminencias» en lo que a seguridad alimentaria se refiere. No hay actuación «preventiva» en materia ganadera o agroalimentaria donde no haya una de estas empresas detrás. Por ejemplo esto ocurre con la tuberculosis bovina, cuya vacunación está prohibida y donde existen varios grupos de intereses partidarios de la derogación de esta norma, ya que llevan años desarrollando vacunas para esta enfermedad.

El problema agrícola y ganadero en España está floreciendo por sus aspectos más visibles: sacrificio de reses, restricciones a la producción o limitaciones al uso de acuíferos, pero no más allá. No se discuten los pesticidas, los «venenos» para plantas o los piensos compuestos, ni mucho menos a los titiriteros que hay tras el escenario de la «transición alimentaria».

La «transición alimentaria» implica profundizar la dependencia de agricultores y ganaderos en una economía explotadora, controlada por corporaciones, que extrae riqueza y satisface las necesidades del mercado de corporaciones globales y fondos de capital riesgo, protegidas por el Estado. Si no hay una ruptura total y radical con estas corporaciones, los agricultores se verán reducidos a empleados de estas grandes empresas, y lo que es peor, asumirán todos los riesgos.

Los precios mundiales de los alimentos se aceleran en enero y marcan un máximo histórico

Los precios de los alimentos continuaron acelerándose en enero. El índice de precios de los alimentos (FFPI) de la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación), una medida de la variación mensual de los precios internacionales de una canasta de productos alimenticios, alcanzó 135,7 puntos el mes pasado, 1,5 puntos (1,1%) más que en diciembre. El dato se acerca al máximo histórico de 2011 y podría superarlo antes de fin de año. Leer más

Los aguacates se ponen bajo el punto de mira de los seudoecologistas

El imperialismo dicta lo que es mejor para nuestra salud, queramos o no, y también dicta lo que debemos comer, nos guste o no. No se trata sólo de la carne, sino de una fruta, como los aguacates, que el diario británico The Guardian ha puesto bajo el punto de mira de los seudoecologistas (1).

La conclusión que nos quieren inculcar es que el aguacate es un artículo de lujo que se produce a gran escala, como si fuera un alimento básico. Los trabajadores no deberían regodearse de ese tipo de manjares, reservados a un público más selecto.

La campaña de The Guardian contra el aguacate comenzó en 2018, cuando se hizo eco de las protestas de los campesinos chilenos porque los cultivos dedicados a la exportación secaban los acuíferos (2). El periódico descubría el saqueo característico de las grandes potencias y las consecuencias sopbre la agricultura local del Tercer Mundo, que son las mismas para el aguacate que para cualquier otra mercancía o materia prima dedicada a la exportación.

No hay, pues, nada nuevo bajo el sol. El aguacate es el “oro verde”, una fruta con grandes propiedades nutritivas, la demanda mundial se dispara cada año y los grandes productores, como México, dedican la producción a abastecer el mercado mundial.

En Estados Unidos sólo un tercio de los aguacates que se consumen se cultivan en el interior del país. De los dos tercios restantes, nueve de cada diez proceden de México. El otro 10 por ciento procede de Chile, Perú y la República Dominicana, según el New York Times (3).

Los precios se disparan. En Estados Unidos aumentó en 2019 un 130 por ciento en comparación con el año anterior (4). El manjar resulta inaccesible para los bolsillos de la población local que los cultiva y para los trabajadores de las grandes metrópolis que los consume, a los que no queda otro remedio que la comida basura.

A los argumentos económicos, The Guardian suma los seudoecologistas: la huella de carbono y el excesivo consumo de agua. Como suele ocurrir, las políticas verdes hacen de la necesidad virtud: el aguacate y sus derivados, como el guacamole, deben ser un artículo de lujo porque es bueno para “luchar” contra el cambio climático.

(1) https://www.theguardian.com/food/2021/nov/01/end-of-the-avocado-why-chefs-ditching-the-unsustainable-fruit
(2) https://www.theguardian.com/environment/2018/may/17/chilean-villagers-claim-british-appetite-for-avocados-is-draining-region-dry
(3) https://www.nytimes.com/2017/01/27/business/economy/importers-tax-mexico.html
(4) https://www.bbc.com/mundo/noticias-49209380

La comida basura del futuro: cucarachas, gusanos, insectos y ‘carne artificial’

Mientras desciende hacia lo más profundo de su crisis, el capitalismo anuncia que no podrá alimentar ni vestir a la población. Las cadenas de televisión han comenzado en España una campaña para poner de moda la ropa de segunda mano. La de estreno tendrá unos precios que muy pronto los trabajadores no podrán pagar.

El Foro de Davos también anuncia que la crisis energética impedirá que los trabajadores se duchen con agua caliente, una noticia a la que la maquinaria mediática le da la vuelta: es bueno para la salud y, además, de esa manera se reduce el absentismo y las bajas laborales.

Hay varias empresas que han comenzado a cultivar insectos, gusanos y cucharachas, con muchas proteínas, para alimentar a los trabajadores de manera barata y nutritiva. Incluso es más saludable comer un puré de gusanos que un filete de buey.

Al argumento nutricional se le añade el ecologista: la ganadería que surte de carne a los mataderos es mala para el calentamiento del planeta porque, aparte de que los animales beben mucho agua, arrojan por el ano importantes cantidades de “gases de efecto invernadero”. Por eso Greta Thunberg y el ministro Garzón nos recomiendan no comer carne. Por nosotros y por el planeta.

Hace ya años que nos introducen en los súpermercados alimentos transgénicos sin etiquetar, es decir, que no podemos saber el proceso de fabricación de lo que comemos. Si compramos un bote de mermelada podemos saber su composición hasta el último gramo y si bebemos una botella de la Rioja identificamos inmediatamente su origen. Pero con los transgénicos es imposible y cuando compremos cucarachas en el súper ocurrirá lo mismo.

Sin embargo, un restaurante no puede poner en la carta del menú “chorizo vegano” porque la denominación de chorizo es como la del vino de la Rioja: sólo puede tener un origen animal.

Con la “carne artificial” no va a ocurrir eso. Nos van a dar gato por liebre, no sólo con los alimentos, sino también con las bebidas y los fármacos. Nos llevan de cabeza hacia la comida basura del futuro, siempre con el aplauso entusiasta de reformistas y seudoecologistas.

El 24 de junio la empresa Future Meat Technologies puso en marcha su fábrica de producción de “carne de laboratorio” cerca de Tel Aviv.

El jueves otra empresa, Upside Foods, la antigua Memphis Meats, puso en marcha la primera planta de “carne artificial” de Estados Unidos en Emeryville (California). El objetivo es alcanzar una producción de 23 toneladas de “carne” al año, que deberá exportar a los países hambrientos porque el gobierno de Washington aún no la ha autorizado. Esos experimentos es mejor hacerlos en el Tercer Mundo, por si acaso hay complicaciones.

Se espera que en breve la empresa emergente Wildtype cultive “salmón artificial” en San Francisco.

La “carne” y el “pescado” artificiales se basan en células madre animales que se desarrollan en cultivos de laboratorio, es decir, sumergidas en una sopa de reactivos químicos.

En 2013 se presentó al público londinense el primer filete de “carne artificial”, cuya fabricación costó 285.000 euros. Pero las empresas emergentes de “alimentación” ya casi logran precios de mercado. Hace ocho años aún había que sacrificar a los terneros para utilizar su suero fetal en la preparación de la “carne artificial”. Desde 2018 esa materia prima ya no es necesaria.

La “carne artificial” sólo contiene células musculares y está muy lejos de la composición de los músculos reales. Es pobre en nutrientes y sabor y necesita ser condimentada con muchos ingredientes para engañar al paladar.

Sólo en Estados Unidos hay 80 empresas empeñadas en fabricar “alimentos artificiales”. Upside Foods ha construido todo un campus de casi 5.000 metros cuadrados y pronto llegarán las patentes sobre los “alimentos artificiales”. La producción agrícola y ganadera quedará prohibida por las leyes de protección del medio ambiente y contra el maltrato animal. No habrá alimentos naturales para comer o tendrán tasas tan elevadas que será imposible pagar el precio de mercado. Aparecerá un mercado negro, contrabando…

En el futuro no es que no se puedan comer alimentos naturales; ni siquiera se podrán fabricar a causa de las patentes. Afortunadamente las técnicas de cultivo de “carne” en laboratorio todavía no son adecuadas para la producción a escala industrial y su precio sigue siendo prohibitivo.

Más información:
— De la cartilla covid a la cartilla de racionamiento
— Hoy el menú del día se compone de una amplia variedad de insectos comestibles
— Greta Thunberg pide dejar de comer carne ya que, en caso contrario, ‘la próxima pandemia será mucho peor’
— El índice de precios de los alimentos de la FAO ha subido un 33 por ciento

La caída de la actividad solar está provocando un descenso inédito de las temperaturas

Disminuye la actividad del Sol - Ambientum Portal Lider MedioambienteNo es únicamente el planeta el que está «confinado» y con su actividad clausurada. La actividad del sol también ha caído y varios científicos advierten que esto podría causar un clima helado, terremotos y hambruna, ha publicado el diario The Sun.

A medida que el sol está entrando en su período de «mínimo solar», su actividad ha disminuido, y los científicos informan que ya han pasado 100 días en los que el sol no ha mostrado manchas solares.

Las manchas solares son «áreas frías del tamaño de un planeta en el sol, donde intensos bucles magnéticos asoman a través de la superficie visible de la estrella«, explica la agencia especializada Spaceweather.

Esto significa que podría estar entrando en uno de los períodos más profundos de recesión solar que podría desencadenar largos períodos de frío, hambruna y otros problemas. 

El astrónomo Dr. Tony Phillips ha afirmado que “el mínimo solar está en marcha y es profundo. Los recuentos de manchas solares sugieren que es uno de los más profundos del siglo pasado. El campo magnético del sol se ha debilitado, permitiendo rayos cósmicos adicionales en el sistema solar«.

 

«El exceso de rayos cósmicos representa un peligro para la salud de los
astronautas y los viajeros polares, afecta a la electroquímica de la
atmósfera superior de la Tierra y puede ayudar a desencadenar los
rayos
«.

 

El mundo podría sufrir una hambruna a medida que las temperaturas caen hasta 2 ° C en 20 años.Spaceweather
revela: “En lo que va del año, el Sol ha estado en blanco el 76% del
tiempo, una tasa que solo superó una vez antes en la era espacial.
El año pasado, 2019, el Sol estuvo en blanco el 77% del tiempo. Dos años consecutivos de impecable récord se suma a un mínimo solar muy profundo«.

Según ha informado The Sun, los científicos de la NASA temen una repetición del «Mínimo de Dalton» de 1790 y 1830, que condujo a un período de frío intenso y erupciones volcánicas potentes.

La recesión solar provocó una devastadora erupción volcánica en 1816 en Indonesia, que mató a 71.000 personas.

Aunque el último mínimo solar ocurrió en 2013-2014, se clasificó entre los débiles.

Estalla la guerra por la comida en Sudáfrica

“Señor Presidente, estamos en una crisis alimentaria. Aquí estamos en guerra”, advirtió Joanie Fredericks. En la confinada Sudáfrica, los enfrentamientos con la policía y los saqueos están estallando en los barrios pobres donde los estómagos piden comida a gritos.

“La gente ha vandalizado los negocios. Atacaron a la gente. La única razón es que tienen hambre”, dijo un militante en un vídeo de una pelea a puñetazos publicado en las redes sociales.

Esta semana, los residentes de su suburbio de Mitchells Plain, cerca de Ciudad del Cabo en el suroeste, frustrados por no recibir alimentos del gobierno, quemaron neumáticos y lanzaron piedras a la policía, que respondió con balas de goma y gases lacrimógenos.

A unos pocos kilómetros de distancia, guardias de seguridad privada indefensos sólo podían ver a docenas de jóvenes robando en un supermercado.

En Sudáfrica, la principal potencia industrial del continente, el 20 por ciento de los hogares normalmente tienen un acceso insuficiente a los alimentos, según la Oficina Nacional de Estadística.

La situación se ha deteriorado considerablemente con el confinamiento contra el coronavirus que ha estado en vigor durante tres semanas, prorrogado por el Presidente Cyril Ramaphosa hasta finales de abril.

Muchos habitantes de pueblos y barrios pobres perdieron sus trabajos e ingresos de la noche a la mañana.

Las autoridades han establecido una distribución de alimentos para los más vulnerables, pero muchos sudafricanos tardan en recibir estos paquetes vitales, como en la región de Ciudad del Cabo.

“Cuando ves las noticias, puedes ver que las cosas se están distribuyendo en diferentes áreas de nuestra provincia, pero no en Tafelsig”, dice el presidente de una asociación local, Liezl Manual, en Mitchells Plain.

En este contexto explosivo, los expertos advierten del riesgo de un brote de violencia.

“Como algunas personas no reciben paquetes de alimentos y se enteran de otros que sí lo hacen, empiezan a reaccionar”, dice Julian May, director del Centro de Excelencia para la Seguridad Alimentaria de la Universidad del Cabo Occidental en Sudáfrica.

“A menos que haya una rápida distribución de alimentos a la gente de los barrios pobres”, advierte, “no es probable que la situación mejore”.

No es de extrañar que el confinamiento haya puesto de relieve una vez más los altísimos niveles de desigualdad de la sociedad sudafricana. “Algunos de nosotros nos quedamos en casa y engordamos mientras que otros no tienen nada”, dice.

“Si la gente no puede conseguir alimentos, hay una alta probabilidad de que se produzcan conflictos violentos, incluidos saqueos a gran escala”, advierte el Instituto de Tierras de Sudáfrica Plaas, que está preocupado por la represión de las fuerzas de seguridad.

“Si la policía y el ejército deciden utilizar la fuerza para imponer la contención (…) como ha sido el caso en los últimos días, la legitimidad de la contención podría ponerse en duda, con consecuencias desastrosas para la salud”, añade Plaas.

Esta semana, la Ministra de Desarrollo Social Lindiwe Zulu prometió mejorar la distribución de alimentos.

Sólo en la primera semana de abril, se entregaron un total de 48.441 paquetes de comida.

Pero para Julián May, el gobierno debería preferir distribuir dinero en efectivo en lugar de alimentos, usando el bien establecido sistema de subsidios.

El gobierno es “eficiente cuando se trata de dar dinero en efectivo, no es eficiente cuando se trata de distribuir alimentos”, dijo.

“Nos dijeron que recibiríamos paquetes. ¿Dónde están los paquetes?” pregunta una madre en Mitchells Plain, Nazlie Bobbs.

Joanie Fredericks comparte su ira. “No tenemos que elegir entre morir en el Covid-19 o morir de hambre”.

Sudáfrica es el país del África subsahariana más afectado por la pandemia de nuevos coronavirus, con casi 2.800 casos de infección y 50 muertos.

https://www.lepoint.fr/monde/en-afrique-du-sud-confinee-c-est-la-guerre-pour-se-nourrir-dans-les-banlieues-pauvres-18-04-2020-2371928_24.php

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