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Con la Primavera Árabe el imperialismo desestabilizó Oriente Medio

La llamada Primavera Árabe en 2010 y el estratégico asesinato de Muamar Al Gaddafi en 2011 habrían supuesto el inicio de una nueva ofensiva para desarticular el mundo islámico con ideas subversivas vía internet y la financiación, armas y apoyo logístico de la inteligencia occidental a grupos extremistas, dijo el escritor y periodista Daniel Estulin.

“La principal consecuencia de las revoluciones de colores ha sido la inestabilidad” ya que los numerosos conflictos que iniciaron en la región “permitieron que Estados Unidos y Europa librasen guerras a bajo coste a expensas de las poblaciones locales” y que “la Primavera Árabe se sirvió del Islam como excusa para atacar al Estado nación y a la civilización islámica en su conjunto”, explicó.

Con el reciente lanzamiento de su último libro “Fuera de Control”, el escritor pretende desenmascarar los verdaderos intereses de Estados Unidos y sus socios (Reino Unido, Israel y Arabia Saudí) en Oriente Medio y el norte de África.

En opinión del escritor, nominado al premio Nobel de la Paz 2015 y al Pulitzer de 2014 por su anterior bestseller “The Coming Age Of Human Deconstruction”, los Estados “débiles o con economías pobres suelen ser los más vulnerables a estas tácticas” lo que motivó que “ese tipo de revoluciones se organizasen, principalmente, en países con importantes recursos naturales o en los que tienen una valiosa posición estratégica y adoptan una política exterior independiente”.

Según Estulin, Túnez, Libia, Egipto, Argelia, Malí, Mauritania, Nigeria, Níger, el Chad, Sudán, Somalia, Siria, el Líbano, Yemen, Omán y Baréin “están al borde del colapso a causa de los efectos de lo ocurrido en Libia”. El escritor considera que los 70.000 documentos analizados en su libro demostraron que existió una nítida relación entre los líderes de la guerra en Libia y las agencias de inteligencia de los Estados Unidos algo que podría explicar la situación actual en Siria con Al Nusra, Al Qaeda y el Califato Islámico.

“El grupo Ansar al Sharia, liderado por Abu Sufian bin Qumu, un antiguo preso de Guantánamo vinculado a Al Qaeda; el grupo Escudo de Libia, liderado por Wisam bin Hamid (identificado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos como jefe de Al Qaeda en Libia), y la Brigada 17 de Febrero, encargada de velar por la seguridad de la misión, y capitaneada por Ismail Sallabi, no solo fueron dirigidos por el Grupo Combatiente Islámico Libio (GCIL), afiliado a Al Qaeda, sino que habrían sido financiados y armados por el Gobierno de Estados Unidos, en alianza con Gran Bretaña y Arabia Saudí”, detalló.

Para el escritor, la red de alianzas wahhabitas y takfiríes ensayada en Libia a través del GCIL no solamente habría servido para eliminar al problemático Gadafi, última esperanza en el norte de África para mantener una postura independiente de la región frente a Occidente, sino que este “fue uno de los grupos que se cree que planeó el atentado suicida de Casablanca en mayo de 2003 y que tiene sólidos vínculos con quienes estuvieron detrás de los atentados terroristas de Madrid en 2004”.

Fuente: http://es.abna24.com/cultural/article-day/archive/2015/11/11/719537/story.html

Un asunto gaseoso


Dario Herchhoren


El gobierno argentino del General Perón, surgido de las elecciones del 24 de febrero de 1946, significó un punto de inflexión en la historia moderna del país. Perón, es sin duda un personaje controvertido. Algunos lo tachan de fascista, otros lo consideran un revolucionario.

Mi opinión personal es que Perón encabeza un proceso que sigue desarrollándose en la actualidad, y que significó una revolución burguesa en Argentina que deja de ser un país agro-ganadero para convertirse en un país agro-industrial.

La recuperación de la soberanía del estado argentino sobre la energía (gas, petróleo, electricidad), los grandes proyectos hidroeléctricos que se plasman en la realidad; la creación de una Comisión Nacional de la Energía Atómica, que es la primera en América Latina, la recuperación de los transportes, la nacionalización de los depósitos bancarios, la nacionalización de las comunicaciones telefónicas y telegráficas, la creación de la empresa Aerolíneas Argentinas en manos del estado, la creación de la flota mercante del estado, y poco tiempo después la nacionalización de los ferrocarriles, son signos inequívocos de que en la Argentina se estaba produciendo una revolución.

En ese tiempo, el servicio de gas para uso tanto industrial como doméstico estaba servido por una compañía inglesa que se llamaba Compañía Primitiva de Gas, y que producía gas a partir de carbón de piedra, que se importaba desde Inglaterra (concretamente desde Cardiff), o desde Polonia. La existencia de las minas de carbón en Río Turbio, provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Austral, y la creación a partir de ellas de la empresa estatal YCF, Yacimientos Carboníferos Fiscales, trae como primera consecuencia que el carbón que se utilizaba para la producción de gas, ya no se hiciera con el carbón importado, sino con el nacional.

Ese carbón nacional producía unas 6.500 calorías, mientras que el de importación solo producía 5.500, y debía pagarse en divisas. La segunda consecuencia, es que el gobierno de la Nación Argentina crea una empresa para la utilización del gas de petróleo, que era expulsado a la atmósfera, y se perdía. Dicha empresa se llamaría Gas del Estado, y aprovechaba el gas de petróleo producido en los pozos petroleros de la empresa estatal YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), creada en 1929 por el General Enrique Mosconi. Los pozos de petróleo de YPF, estaban a unos 3.000 kilómetros de Buenos Aires y el conurbano, que era el gran mercado consumidor de gas, y que luego se extendería al resto del país.

Al frente de la empresa Gas del Estado, se nombró al ingeniero José Canessa, un hombre imbuido de ideas patrióticas, que defendió con enorme energía el proyecto de creación de la empresa Gas del Estado. Se trataba de una obra ciclópea. Había que tender un gasoducto desde Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, en la Patagonia, hasta Buenos Aires y alrededores, y luego hacer el tenido al resto del país, con estaciones y subestaciones de bombeo del gas. A esto hay que añadir que hacían falta tubos sin costura para crear una tubería de más de 3.000 kilómetros. Los tubos se fabricaron en Argentina, en la empresa mixta Tamet.

Pero los intereses del imperio inglés, que se habían visto muy tocados, hacían que la obra fuera atacada por una campaña mediática y con sesudos análisis de «expertos» que consideraron la obra como impracticable. ¿Por qué era impracticable? Simplemente porque los intereses imperiales de la vieja Compañía Primitiva de Gas iban a verse perjudicados.

Ante eso, el gobierno argentino tomó dos medidas de alto contenido económico y político. La primera, nacionalizar la Compañía Primitiva de Gas, y la incorporación de todo su patrimonio a Gas del Estado.

La segunda fue más compleja. Se comenzó el tendido del gasoducto no desde Comodoro Rivadavia hacia Buenos Aires; sino que se hizo al revés. Se trazó desde Buenos Aires hacia Comodoro Rivadavia, que era donde estaba el gas. De no ser así, los intereses imperiales hubieran frenado el tendido, y nunca hubiera llegado al gran centro de consumo que era y es Buenos Aires y el conurbano que tiene 12 millones de consumidores, y no se habría extendido al resto del país.

De más está decir, que la empresa Gas del Estado, sufrió diversos intentos de privatización, y que finalmente el gobierno de Carlos Saúl Menem, la liquidó privatizándola. Pero como el Ave Fénix, Gas del Estado fue renacionalizada, y ahora integra un grupo estatal de energía llamado ENARSA (Energías Argentinas S.A.) propiedad del estado argentino.

Como vemos, la lucha de los pueblos por lograr su independencia tiene muchos vericuetos plagados de peligros. Hay que aprender a sortearlos.

El secuestro de las palabras

Cualquier materialista sabe que las ideas (y las palabras que las acompañan) no circulan por sí mismas. Algo y alguien las impulsa, y se trata de averiguarlo, sobre todo cuando las ideas y las palabras empiezan a proliferar por todos los circuitos intelectuales de la noche a la mañana.

Pero no es suficiente con que una teoría se extienda por los estrechos círculos universitarios o académicos. Para la burguesía nada que no llegue a las masas tiene sentido político hoy. A su vez, para que la ideología y el lenguaje burgueses penetren en las masas no es suficiente con que un pequeño grupo de intelectuales y estudiosos asimile como suyos, autóctonos, los conceptos ideológicos del imperialismo fabricados en las universidades de Estados Unidos. Necesitan bisagras: ese es el papel que desempeña la constelación de grupos y colectivos pequeño burgueses radicalizados.

En todo el mundo, esos colectivos “de izquierdas” no son el destinatario final de la ideología burguesa moderna; sólo sirven de puente para que la burguesía llegue hasta el proletariado. Es una traslación ideológica de una clase a otra que requiere dos operaciones simultáneas.

En primer lugar, esos grupos tienen que aparentar una cierta proximidad al proletariado mostrando su oposición a la burguesía. La pequeña burguesía desempeña a la perfección ese papel intermediario, sobre todo cuando desencadena su verborrea radical, que es capaz de ir mucho más allá del movimiento obrero. Ellos (y no las organizaciones de la clase obrera) son los revolucionarios auténticos. A eso responde su búsqueda de otros “sujetos históricos” y de otros asuntos, ajenos a la clase obrera, en torno a los cuales hay exhaustivas enciclopedias y teorías escritas.

Uno de los ejemplos de ese tipo es la “crítica” del papel del PCE en la guerra civil española, que no fue suficientemente revolucionario. Para ellos el PCE debió hacer lo mismo que los fascistas: combatir a la República. Entonces obra la magia: la burguesía convierte a la revolución, y al partido que la dirige, en contrarrevolucionaria.

Pero también puede obrar el milagro contrario, convirtiendo a una contrarrevolución en una revolución. Es el caso reciente de la Primavera Árabe, a la que califican como una “revolución” porque en cuanto la gente se agolpa en las calles, los ojos se les escapan de las órbitas. La simple presencia de una multitud en la calle protestando es, para ellos, el no va más de la revolución.

Como consecuencia de ello, se produce la confusión: el enemigo habla como nosotros y de esa manera parece que ya no es tan inamistoso. La burguesía es capaz de secuestrar el lenguaje ajeno y travestirse con cualquier indumentaria. Puede aparentar cualquier cosa, parecer cualquier otra clase social.

No obstante, además del secuestro, es imprescindible la sustitución del lenguaje, tras el cual hay una suplantación conceptual. La pequeña burguesía usa palabras que parecen decir lo mismo que queremos decir nosotros. Un ejemplo es la palabra “activista”, que sustituye a “militante”. Es un término que procede de la sociología estadounidense de pacotilla y que la pequeña burguesía asimila a través del lenguaje policiaco de las dictaduras militares de Chile y Argentina.

Aunque la consecuencia es siempre la misma, la suplantación y el truque, obedecen a muchos factores inconfesados. Por ejemplo, a la aceptación implícita de que el lenguaje comunista es arcaico, o caduco, o excesivamente directo, y por dicho motivo, suscita rechazo entre ciertos sectores sociales exquisitos. La intelectualidad burguesa es pedante, alardea de sutileza, quiere algo más florido, para lo cual recurre a un lenguaje indirecto.

A veces el origen de las palabras muestra el origen geográfico del pensamiento. La palabra “empoderamiento” (empowerment), por ejemplo, procede de la ideología imperialista que difunden las universidades anglosajonas. Es lo que dijo Albert Rivera de los andaluces en plena campaña electoral: “no les des pescado, enséñales a pescar”. Es el paternalismo de que hacen gala los superiores con aquellos que consideran inferiores. Pero Albert Rivera no sabe ni coger una caña de pescar, ni se ha paseado nunca por la bahía de Cádiz, donde cualquiera le podría darle lecciones.

La pequeña burguesía piensa como Rivera. Incluso han creado una plataforma de peticiones para el empoderamiento ciudadano que tiene una página propia en internet (http://www.exodo.org/) para enseñarnos a valernos por nosotros mismos, porque nos consideran así: menores de edad. Los mismos que llaman a la lucha contra el patriarcado son así de paternalistas.

El empoderamiento se ha convertido en la consigna de moda de las ONG de ayuda al desarrollo del Tercer Mundo: la tarea de los ricos es empoderar a los pobres. Hay que darles la tierra a los indígenas, enseñarles a trabajarla, a buscar agua para regarla, pero si nos piden armas para defenderla, nos meten en un compromiso muy serio.

El verbo “empoderar” ya existía en castellano como variante de “apoderar”. El apoderado es un gestor que actúa en nombre y en interés de otro. Sigue sus instrucciones y defiende sus intereses. El dueño otorga poderes al capataz. El listo enseña al tonto. Es un regalo, aunque está envenenado: quien concede poderes también los puede quitar.

Se pueden poner infinidad de ejemplos parecidos, como la palabra “referente”, con el quieren suplantar al término obsoleto de “vanguardia”, estrechamente relacionado con otro, que es el de “visibilidad”. Es una concepción reformista y legalista del trabajo político revolucionario, del cual queda automáticamente excluido su contrario, la invisibilidad, es decir, el trabajo clandestino, que impide a una organización convertirse en “referente”.

Es algo sociológicamente curioso porque la “visibilidad” de los partidos comunistas es algo bien reciente y la mayor parte de ellos crecieron y se desarrollaron en condiciones de clandestinidad. Precisamente ahora, cuando dormitan en la legalidad y el pacifismo, los partidos comunistas son más “invisibles”.

En la actualidad no son necesarias grandes argumentaciones ideológicas y políticas para descubrir la verdadera naturaleza de clase de las organizaciones que se llaman comunistas. Basta hacer un recuento del vocabulario cutre que utilizan: precariado, sostenibilidad, transversalidad, contrainformación, lucha de líneas, masa crítica, decrecimiento, resiliencia

Pongo como ejemplo el siguiente extracto de una organización comunista española, que en un texto dice lo siguiente: “Sin algo así como una conciencia en sí no puede darse un tránsito a una conciencia para sí […] pero es más difícil imaginarse algo así como una falta de la misma conciencia en sí que abre esta posibilidad”.

Es posible que alguien trate de entender lo que eso significa. Desde luego que deberá tener estudios cualificados de metafísica en alguna universidad alemana. Yo simplemente estoy convencido de que es una gilipollez propia de alguien que dentro de poco empezará a hablar también de “finiquitos en diferido”.

La oposición ‘moderada’ confiesa sus vínculos con el yihadismo

Abdul Djabbar Al-Okaidi
Hace un mes Hollande, el presidente francés, le indicaba a Putin lo que debía hacer en Siria: los bombardeos rusos sólo debían atacar al Califato Islámico, pero en ningún caso a la oposición “moderada”.

Los demás grupos armados no eran terroristas y, posiblemente, tampoco yihadistas ni nada parecido, sino la legítima oposición al régimen de Al-Assad, incluido el Frente Al-Nosra, es decir, Al-Qaeda.

Cuando hablan de oposición “moderada” los imperialistas se refieren, sobre todo, al llamado “ejército libre”, al que llevan cuatro años tratando de dar vida.

Pero, ¿qué dice dicho “ejército libre” de sí mismo? Pues en una entrevista concedida a un canal de la televisión rusa un coronel del mismo, Abdul Djabbar Al-Okaidi, confiesa que son aliados del Frente Al-Nosra y que mantienen buenas relaciones con el Califato Islámico.

El único reproche que el coronel hace al Califato Islámico es que, en ocasiones, tiene un “comportamiento incorrecto”. ¿A qué le llama “incorrecto”? Los yihadistas, se lamenta el coronel, destruyen monumentos históricos, ejecutan a niños masivamente, cometen atentados innobles y decapitan a sus opositores.

Según explica el coronel en el vídeo, aunque el Frente Al-Nosra no vacila en ejecutar a las mujeres en las plazas públicas por adulterio, no es una organización terrorista y el “ejército libre” colabora con ellos.

Los fascistas ucranianos quieren dar asilo político al Califato Islámico

Dmitri Korchinski
El fascista ucraniano Dmitri Korchinski, antiguo dirigente del partido UNA-UNSO, ha propuesto al gobierno de Kiev ofrecer asilo político a los miembros del Califato Islámico a fin de luchar conjuntamente contra Rusia.

“Desgraciadamente las fuerzas de seguridad ucranianas a veces detienen o expulsan a los caucasianos que van de Siria a Moscú por su pertenencia al Califato Islámico. No es razonable”, ha escrito el ucraniano en las redes sociales.

Korchinski añade que los combatientes del grupo terrorista “deben ser considerados como aliados en la lucha contra el imperialismo moscovita”.

“Todos aquellos que luchan por la liberación de los pueblos que viven bajo la ocupación imperialista de Moscú tienen derecho de asilo en Ucrania”, continúa proponiendo Korchinski, quien ha levantado una tempestad de comentarios en las redes sociales.

El partido de Korchinski, UNA-UNSO, el más importante de la reacción ucraniana, se fusionó en mayo del año pasado con Pravy Sektor, junto con otros grupos fascistas y nacionalistas.

Korchinski participó activamente en el golpe de Estado de la Plaza Maidan en febrero del pasado año, que causó centenares de víctimas.

Un gran negocio llamado franquismo

Juan March
Julián Vadillo

El 21 de agosto de 1942 Franco dijo lo siguiente en un discurso en Lugo: “Nuestra Cruzada es la única lucha en la que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Lo que es cierto cuando comprobamos cómo grandes familias de este país (los Gómez-Acebo, Aguirre Gonzalo, Banús, Fierro, Oriol y Urquijo, etc.) medraron a la sombra del dictador. Pero no sólo se benefició a esas familias. El propio Franco hizo su fortuna a partir del golpe de Estado contra la República.

Como ha mostrado el historiador Ángel Viñas, Franco comenzó la Guerra con el sueldo congelado y la acabó con 32 millones de pesetas de la época (el equivalente actual a 388 millones de euros). Para Viñas, esta fuente de riqueza podría venir por la donación de café que el dictador brasileño Gentulio Vargas dio a Franco, que se enriqueció personalmente en su venta.

Y es que el entramado de corruptelas y enriquecimientos del franquismo parte desde su origen. El golpe de Estado de julio de 1936 no habría sido posible sin la ayuda financiera que el banquero Juan March brindó a Franco. La compra de armamento, los negocios con nazis y fascistas, tuvieron a March como protagonista. A cambio, éste consiguió de Franco el monopolio bancario y financiero.

La fortuna de Juan March creció durante el franquismo, con la fundación de empresas que prosperaron a la sombra del régimen y que aún existen. Los March siguen presentes en consejos de administración de empresas importantes de España (ACS, Acerinox, Prosegur, etc.). March fundó en 1951 Fuerzas Eléctricas de Cataluña (FECSA), que se hizo con el monopolio de la producción eléctrica catalana. Sobrevivió al franquismo y fue una de las impulsoras de la central nuclear de Ascó hasta su absorción por parte de Endesa. Una empresa que reportó enormes beneficios a los March.

Junto a estos incrementos de riqueza hay que analizar cómo se realizaron algunas obras públicas del franquismo. Las imágenes de Franco inaugurando pantanos, pueblos reconstruidos, canales de riego o el faraónico Valle de los Caídos, tienen detrás una triste historia. De una parte, las concesiones a empresas adictas al régimen. De otra, el uso como mano de obra esclava de los presos políticos.

Gracias a la investigación de historiadores como José Luis Gutiérrez Molina, sabemos que el Canal del Guadalquivir utilizó hasta 2.000 presos políticos como mano de obra esclava bajo el auspicio del llamado Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, utilizado para aminorar las condenas. Mano de obra expuesta a un peligro vital, sin ningún tipo de garantía y que reportó al Estado enormes beneficios. Alrededor del Canal se instalaron auténticos campos de concentración.

La Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones también se benefició de esa mano de obra esclava.

Pero el monumento por excelencia que encarnó la utilización de presos políticos y que no sólo benefició al Estado sino a empresas privadas, fue el Valle de los Caídos. Franco eligió el emplazamiento de Cuelgamuros para realizar una faraónica construcción donde hacer su propia tumba. La concesión de la construcción del Valle de los Caídos recayó sobre las siguientes empresas: San Román, filial de Agromán, y Estudios y Construcciones Molán y Banús. Posteriormente se uniría Huarte y Cía.

Todas estas empresas utilizaron mano de obra esclava, los presos republicanos. El periodista Rafael Torres cifra en 20.000
los presos republicanos que participaron en la construcción del Valle de los Caídos. El también periodista Fernando Olmeda,
ha documentado que en el Valle trabajaron 141 batallones de presos.

Isaias Lafuente dio un paso más y cuantificó los beneficios del franquismo por el uso de esa mano de obra: 130.000 millones de pesetas (unos 780 millones de euros). Esa mano de obra esclava fue la base del beneficio económico de las empresas. Si un trabajador les costaba 10,50 pesetas por día, el preso político sólo recibía 50 céntimos, tal como ha explicado en más de una ocasión Nicolás Sánchez-Albornoz, que estuvo preso en el Valle de los Caídos en 1947 y que huyó de España.

Los grandes empresarios de esta construcción fundaron incluso entidades bancarias posteriores como el Banco Guipuzcoano de José María Aguirre Gonzalo, uno de los fundadores de Agromán. También José Banús, quien se benefició de distintas concesiones del régimen en construcciones como Puerto Banús. Allí todavía sus descendientes explotan el beneficio del turismo de alto standing (entre ellos la familia real saudí).

Muchas de estas empresas siguen existiendo hoy en día. Los beneficios que consiguieron en su momento explotando la mano de obra esclava siguen cotizando en el IBEX 35. Durante el franquismo se inauguraron también las puertas giratorias. Son varios los ministros de Franco que, por las concesiones que hacían a determinas empresas, acabaron sentados en los Consejos de Adminis­tración de esas mismas empresas. Algunos de esos altos cargos franquistas consiguieron también importantes puestos en la banca española.

En 1993, el periodista Jesús Hermida entrevistaba a la plana mayor del PP. Un PP pujante que apuntaba a la Moncloa. En ese programa televisivo se sacó la conclusión que dicho partido era una derecha moderna, sin vínculos con el franquismo. Allí se sentaron José María Aznar, Mariano Rajoy, Rodrigo Rato, Javier Arenas, etc.

Pero a pesar de ese intento de desvinculación del franquismo, lo cierto es que muchos de esos políticos habían crecido al calor del régimen y sus familias se beneficiaron de las concesiones del mismo. Ramón Rato, padre de Rodrigo Rato, había fundado Radio Nacional de España con Millán Astray y Dionisio Ridriejo, y era propietario del Banco del Norte y el Banco Murciano. Y el propio Aznar es nieto de Manuel Aznar, uno de los periodistas de cabecera del régimen franquista y que también formó parte del Banco Urquijo.

El franquismo no sólo fue una maquinaria represiva sino también una gran empresa y un negocio que, en la actualidad, sigue reportando beneficios.

A los negocios que el dictador facilitó se deben sumar los beneficios que la propia familia del dictador tuvo y tiene. Propiedad adquiridas durante la dictadura que hoy siguen reportando beneficio, ya sea por su explotación o su venta, a los descendientes del dictador. El caso más conocido es el del Pazo de Meiras en A Coruña.

https://www.diagonalperiodico.net/saberes/28387-gran-negocio-llamado-franquismo.html

Cuando el terror viste ropajes budistas

Deberíamos reflexionar un poco más acerca de los motivos por los cuales nos hemos dejado inculcar un estereotipo de las diferentes religiones, de manera que, aunque no sepamos apenas nada de ellas, las asociamos mecánicamente a ciertos clichés en los que hay causas y efectos, culpables y víctimas que, por cierto, son siempre los mismos. Se repiten cansinamente.Así, el islam es, per se, la religión del fanatismo, el terror y la intolerancia, mientras que el budismo es todo lo contrario: la paz, el amor al prójimo y el buen rollito. No hay nada más peligroso que un imán, ni nada más inofensivo que un monje budista.

Myanmar, la antigua Birmania, es un país budista en el que hace dos semanas las elecciones las ganó una mujer, Aung San Suu Kyi, que además de dirigir la Liga Nacional para la Democracia, es Premio Nóbel de la Paz.

Todo cuadra. Es el tipo de noticias que nos transmite un cliché de un país y una religión donde todo va bien.

Pero hay un monje budista, llamado Wirathu, que no cabe en nuestros pequeños esquemas. Quizá se pueda resumir su personalidad diciendo que desde 2001 le gusta que le llamen “El Bin Laden budista”.

En Europa diríamos que el monje Wirathu es un fascista porque su objetivo es exterminar a la minoría musulmana de Myanmar (Birmania), los rohingyas, que suponen el cinco por ciento de la población.

El budista quiere un genocidio, apela públicamente a ello, sin pelos en la lengua y, a pesar de las elecciones, dentro de poco correrá la sangre porque las cosas no pintan nada bien para los islamistas birmanos.

A pesar del budismo en Myanmar a los rohingyas de les privó en 1982 de su derecho de voto a causa de una ley impuesta en los tiempos en que el país vivía bajo una dictadura.

… O más bien habría que decir que era un califato porque los militares impusieron el budismo como religión del Estado. A los musulmanes se les privó de su nacionalidad. 1,3 millones de personas dejaron de ser birmanos de la noche a la mañana; desde entonces son apátridas. No tienen ningún derecho ni tampoco a dónde ir.

Pero la dictadura acabó. Llegaron los demócratas y los Premios Nóbel de “la paz”. Ganaron las elecciones, pero cambiaron las cosas tanto como en España durante la transición. Ya saben…

Cuando tras las elecciones a un periodista se le escapó la palabra “genocidio” en referencia a los rohingyas, la presidenta Aug San Suu Kyi dijo que no había que exagerar.

El monje budista es uno de los principales instigadores de las oleadas de violencia contra los musulmanes que se producen regularmente, con el resultado de miles de muertes. Los budistas les asesinan a machetazos con absoluta impunidad, queman sus tiendas y quieren aprobar un ley que prohíba los matrimonios entre personas de diferente religión.“A principios de abril [de 2013], cuando viajé a Meiktila para investigar la violencia, prácticamente no quedaban musulmanes en aquella ciudad de unos 100.000 habitantes. Unas 18.000 personas, la mayoría musulmanas, se habían visto obligadas a abandonar sus casas y vivían entonces en campos de desplazados internos improvisados en escuelas vigiladas por el ejército. Eran nuevos desterrados en su propia tierra, en un país en el que ya se cuentan por centenares de miles. El acceso a los campos oficiales estaba prohibido a los periodistas, pero era posible visitar un campo clandestino cerca de la ciudad con algo más de 3.000 desplazados musulmanes”, cuenta un periodista (*).

Estamos hablando de Myanmar (Birmania), un país al que la mayor parte de nosotros no seríamos capaces de situar en un mapa. En la televisión las noticias nunca hablan de países así, que no interesan a nadie, que no atraen audiencia sino que la alejan y, por lo tanto, alejan a la publicidad.

Sólo aparece en las guías turísticas, en los documentales exóticos de National Geographic… Si pudiéramos pagarnos el viaje, iríamos con mucha más tranquilidad allá que a Irán. Por eso hay países que no están en las agencias de viajes, ni en las promociones de touroperadores.

Si no se lo creen hagan la prueba. Vayan a una agencia de viajes y pidan un folleto turístico de Myanmar (Birmania) para ver los trajes típicos, la naturaleza ubérrima y los espectaculares edificios, que contrastan con los de Kabul, por poner un ejemplo.

A pesar del monje Wirathu, el budismo no es el problema de Myanmar (Birmania) como el islam no es el problema de Afganistán. A lo largo de la historia ninguna religión ha sido nunca la causa de ningún problema, sino su consecuencia.

Cuando la situación en Myanmar (Birmania) explote porque los rohingyas no se dejen exterminar pacíficamente, entonces ya tenemos la noticia escrita de antemano: los islamistas birmanos se pasan al yihadismo… Hasta entonces todo era un oasis de paz… Etcétera, etcétera, etcétera…

(*) http://www.eldiario.es/desalambre/Violencia-nombre-budismo_0_147335705.html

Los sionistas de Nueva York no pueden con Roger Waters

Roger Waters en 1970
Roger Waters, el bajista del grupo de rock Pink Floyd, además de músico, es también un defensor de la causa palestina y promotor de las iniciativas de boicot a los productos israelíes en el mundo.

El 1 de noviembre tocaba en un teatro de Nueva York, que el Centro Simon Wiesenthal trató de boicotear. Hicieron un llamamiento para que quienes hubieran cobrado entradas exigieran la devolución de su importe. Querían un concierto sin público.

Su fracaso ha sido total. No sólo nadie pidió la devolución del precio de las entradas sino que se agotó el aforo en su totalidad. El problema fue el de encontrar alguna en la reventa.

Junto con otras leyendas, como Neil Young, Waters es un músico comprometido de los que ya quedan pocos. En varias ocasiones ha viajado a Palestina para solidarizarse con la población masacrada por el sionismo.

Es un activo promotor de la campaña para que los artistas se nieguen a actuar en Israel mientras siga ocupando los territorios palestinos. No oculta su desprecio a los sionistas que tratan de intimidarle.

Los sionistas le han acusado de ser un “simpatizante nazi”. Es lo que más le molesta a
Waters. “No sólo mi padre, el teniente segundo Eric Fletcher Waters,
murió en Italia el 18 de febrero de 1944 luchando contra los nazis; yo
fui criado en la Inglaterra de posguerra, donde recibí la educación más a
fondo sobre el tema del nazismo y donde no me ahorraron ninguno de los
horribles detalles acerca de los crímenes atroces cometidos en nombre de
esa sucia ideología”
.

El cantante dice que no “odia a los judíos”, enfatizando que “tengo muchos y muy buenos amigos judíos, uno de los cuales, curiosamente, es el sobrino del fallecido Simon Wiesenthal”. Agrega que su nuera, y por tanto sus dos nietos “a quienes amo más que a la vida“, también son judíos.

En sus entrevistas afirma que “colaborar con Israel es sostener a los colonos que queman a los bebés y a los soldados que aplastan con excavadoras a los jóvenes paacifistas como Rachel Corrie”.

Palomares

Bianchi

En enero de 2016 se cumplirán cincuenta años del «incidente» de Palomares. El día 17 de enero de 1966, sobre el cielo de Palomares, una aldea almeriense próxima al Mediterráneo, dos aviones militares norteamericanos, un B-52, prototipo de bombardero estadounidense utilizado para devastar las selvas vietnamitas, y el avión nodriza que le abastecía de combustible en pleno vuelo, chocaron entre sí y cayeron a tierra en medio de una gigantesca bola de fuego. De las cuatro bombas atómicas de hidrógeno que portaba el B-52, dos se rompieron al estrellarse contra el suelo lo que provocó una grave contaminación de uranio y plutonio.

Aquello, como no podía ser de otra forma, se trató de ocultar, pero entre lo que se filtró reproduciremos las declaraciones -de un cinismo sublime- del embajador de los EE. UU en España que manifestó -con un morro que se lo pisa- que ese «accidente nuclear» habría traído consigo la modernización de toda esa comarca almeriense: «estos pueblos eran desconocidos y hoy -entonces- tienen fama universal (…) Sí, en efecto, probablemente hemos metido a esas gentesen el tiempoen nuestro tiempoen un tiempo de bombas atómicas» (diario «Arriba», órgano del Movimiento Nacional, 3-4-1966).

Con no menor desparpajo hijoputil, un plumilla llegó a escribir que el «accidente»«ancla firmemente a la región (?) de Palomares en el mapa turístico de España» («Arriba», 10-3-66). La prensa venal franquista, encima, riéndole las «gracias» al embajador yanqui quien, por cierto, protagonizara el célebre baño que se dio en aguas almerienses junto a Fraga Iribarne, con su meyba, ministro de Información y Turismo a la sazón, para hacer ver que allí no había pasado nada, oiga. No faltaron quienes dudaron de que aquella playa fuera almeriense…

En 1968 Isabel Álvarez de Toledo y Maura, Duquesa de Medina Sidonia -con el tiempo conocida como la «Duquesa Roja»-, escribió un libro sobre Palomares donde, por una parte, reconstruía unos hechos en buena medida desconocidos para la opinión pública española, sometida a un «silencio impuesto» y «la mentira oficial», y por otra parte, denunciaba la precaria situación sanitaria y económica de los campesinos y pescadores de la zona contaminada. Mutilado el texto por la censura de la época, llamada entonces «consulta previa», y relegado después, en la Transición, al olvido, el valioso manuscrito sigue inédito hasta ahora, como quien dice.

Al principio, la consigna oficial fue negar toda peligrosidad derivada del «accidente». Cuando se rescató del mar la cuarta bomba, los técnicos norteamericanos reconocieron, sin embargo y a toro pasado, la destrucción apocalíptica que se habría producido en el caso de haberse provocado una reacción en cadena de alguna de ellas: «el paisaje se hubiera transformado en algo muy parecido a un cráter lunar, en un radio de 15 kilómetros. Palomares, Villaricos, Mojácar, Cuevas de Almanzora (donde nació, haremos una digresión, el fascista y presunto periodista Carlos Herrera que seguro que hoy restaría importancia a aquel «incidente» que estuvo a punto de matar a sus propios paisanos), Vera y Garrucha hubieran quedado completamente arrasadas y sin ningún vestigio de vida animal o vegetal. Más de 60. 000 muertos amén de que la lluvia radiactiva hubiera caído en una extensión mínima de 800 kms. cuadrados» («El Alcázar», 4-5-66 y «Pueblo»). Como dice la autora, los 24 megatones de la bomba recuperada del mar «suponían una potencia cinco mil veces superior a la de aquella ‘modesta’ (comillas mías) bomba que destruyó Hiroshima». Más tarde se supo que la contaminación radiactiva registrada en Palomares fue la más grave contaminación de plutonio registrada hasta entonces en el mundo. Los vecinos desinformados totalmente. Al revés, como coña, como típica estampa de Celtiberia Show, la bomba del «tío Pedro» -no confundir con el «Tío Pepe» de la Puerta del Sol madrileña, es broma- constituyó la máxima atracción -como ese resto de basura espacial que ha caído hace pocos días en un pueblito de Murcia, en Mula-. A su alrededor había «recuerdos» para todos: pedazos de metal anormalmente gruesos, piezas inidentificables y otros «souvenirs». Los chiquillos jugaban con lo que encontraban de restos del ostión de los aviones siniestrados. Los mayores, más «científicos», trataban de averiguar su composición cortando trozos a navaja. Se manipulaba la bomba H sin precaución ni miedo ni nada. Lejos de nosotros burlarnos de gentes sencillas -algo que no nos lo permitiríamos jamás-, pero la cosa tiene ribetes de humor (negro) berlanguiano. Además, ¿por qué iban a tener miedo o adoptar precauciones si el propio ministro, Fraga Iribarne, disipaba con su habitual contundencia toda duda razonable declarando que «puedo asegurar rotundamente que no hay en la tierra ni en el mar ningún tipo de contaminación» («Arriba», 13-2-66). Y se dio un chapuzón para convencer a los «conspiranoicos» de entonces. Grande don Manuel, cómo te echamos de menos.

A Emilio Romero, director del diario «Pueblo» (órgano de los sindicatos verticales franquistas), que no sonará mucho a nuestros miles y miles y centenares de miles de nuestros lectores, qué digo miles, ¡¡millones!!, era entonces, cuando sólo había una televisión, aunque hoy, para el caso, casi lo mismo en cuanto a la emisión de mensajes-consignas y el masajeo del personal, era, digo, tan «popular» como el recién desaparecido, servil y amanerado, Jesús Hermida, que ya sonará más y que, por cierto, hiciera sus primeras armas en el diario de Emilio Romero, «Pueblo». A este «busto parlante» (soltaba peroratas y homilías en TVE -en blanco y negro- para aleccionar a la chusma), a Romero, decíamos, le costaba creer que toda una duquesa se pusiera al lado del pueblo y apoyara sus reivindicaciones. No le entraba en la cabeza y, la verdad, algo de razón ya llevaba, pues lo de la duquesa y su deriva, como se dice hoy, no era precisamente la norma…

Terminaremos diciendo que en 1985 (antes había que leer «Le Monde» para enterarse de «lo de Palomares», el que supiera francés, claro, y a su corresponsal -muy odiado por Fraga- José Antonio Novais, o «France Soir» o la agencia «France Press» del país vecino) apareció el único libro específico sobre Palomares publicado por un español hasta la fecha: «Las bombas de Palomares, ayer y hoy». Madrid. Ediciones Libertarias, hoy inédito, aunque se agotó en su día pese a la mala distribución. El autor fue Rafael Lorente, diplomático psoecialista vinculado a Tierno Galván -el «Profesor»– y buen conocedor de la costa almeriense hasta tal extremo que fue testigo presencial y de excepción del «accidente», pues se encontraba el aciago lunes del 17 de enero de 1966 en la playa de Mojácar y vio el choque de los aviones sobre el cielo azul y acudió enseguida a Palomares a fisgar. Sus declaraciones al diario «Le Monde» fueron decisivas en la difusión internacional de la cosa. Lorente no aceptaba en su libro la versión oficial USA y mantenía, basándose en su observación directa y en la otros testigos oculares, que fueron tres -y no dos- los aviones que se fostiaron: dos bombarderos B-52 y un avión cisterna KC-135. Lorente se quedó ciego a los dos años del «accidente» y murió en 1900 de cáncer.

Hoy, quienes niegan a los catalanes decidir qué cosa quieran ser, si separarse o no, siguen vendiendo su solar al imperialismo yanqui con sus bases navales y aéreas. Claro que, como dice la prensa adicta -al igual que la prensa franquista de entonces-, eso «crea puestos de trabajo». Unos patriotas es lo que son. Y nosotros unos insensatos desagradecidos.

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