My Lai

Nicolás Bianchi
El 20 de febrero de 1968 el «New York Times» informaba de que estaban siendo empleadas en las áreas fuertemente pobladas de Vietnam «bombas pesadas y napalm». El entonces vicepresidente (de Nixon) de los EE.UU., Spiro Agnew, segregó estas biliosas y viriles palabras, adelante video: «El napalm es una invención de la fantasía colectiva de los maricas izquierdistas, hippies y comunistoides». Tal cual, señores.
Vietnam del Sur era la zona que los norteamericanos aseguraban estar «liberando». En 1971 el número de cráteres producidos por bombas y obuses en los dos Vietnam se calculaba en 26 millones: cinco en el norte y veintiuno en el sur. Cada cráter tenía nueve metros de diámetro. Algunos traumatizados soldados yanquis tuvieron que escribir su descontento y asco en lugares adecuados: las paredes de los retretes y letrinas. Los «gorilas» blanqueaban constantemente esa escritura mingitoria, pero las denuncias anónimas reaparecían una y otra vez. No se trató sólo de bombas. Fueron utilizadas enormes cantidades de defoliantes (el «agente naranja») que, en busca de vietcongs (comunistas, antiimperialistas) escondidos en la vegetación arrasaron dos millones de hectáreas de selva. A Nixon corresponde el triste honor de lo que se llamó «guerra química».
En la mañana del 16 de marzo de 1968 el teniente William Calley ordenó colocar una ametralladora frente a las cabañas que formaban la aldea de My Lai. Cuando la revista «Life» publicó aquellas fotos de la matanza -hubo muchos «mylais» que no eran objetivos estratégicos y eran masacrados simplemente como represalia asesinando ancianos, mujeres y niños- recibió escandalizadas cartas de protesta debido a que cierta cantidad de cadáveres estaban desnudos. Apuesto a que no me creen, a que exagero. Insensibles a la masacre, no carecían de ruin pudor estos hipócritas descendientes del puritanismo inglés que, almenos, creía sus fantasías. En 1971, después de cuatro meses de indecisión, un tribunal lo consideró culpable de asesinato premeditado. En la Casa Blanca se recibieron cien mil telegramas protestando por la condena. Audie Murphy, héroe de la II Guerra Mundial como aviador y luego pésimo actor de películas del oeste de serie B en Hollywood, insufrible actor, ciertamente, que hoy casi nadie conoce, pero entonces sí, se mostró «afligido». El 27 de febrero de 1974 el teniente Calley fue puesto en libertad. Calley hizo después negocio con esta escabechina efectuando una gira de conferencias por media Norteamérica. No queremos saber qué contaba este hijoputa, aunque lo suponemos. Todavía vive y dice estar arrepentido. Un alivio, ciertamente.

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