El programa nuclear de Irán, lo mismo que el español, lo impulsó Estados Unidos en la década de los cincuenta. Todo empezó con el discurso del presidente Eisenhower ante la Asamblea General de la ONU en 1953, después de que la URSS hubiera roto el monopolio nuclear. Estados Unidos trataba de que ningún otro adversario siguiera el ejemplo soviético. Había que controlar la energía nuclear en el mundo. Así nació el principio de no proliferación.
No obstante, al mismo tiempo, la tecnología nuclear se podía convertir en un negocio rentable para empresas estadounidenses, que como Westinghouse, tenían el monopolio de la tecnología nuclear. En este caso la proliferación era necesaria, pero en cualquier país del mundo debía estar sometida al control y la vigilancia de Estados Unidos para que nadie fabricara armas nucleares sin su autorización previa.
“Átomos para la paz”, el programa anuciado por Eisenhower en 1953, tenía esos fundamentos. Para ponerlo en marcha propuso la creación de un organismo internacional bajo el paraguas de la ONU. Así nació el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y luego el Tratado de No Proliferación Nuclear.
Menos de un año después del discurso ante la ONU, Estados Unidos reformó la Ley de Energía Atómica para permitir la exportación de tecnología y materiales nucleares a otros países, siempre y cuando se comprometieran a no usarlos para el desarrollo de armamento.
En marzo de 1955, Eisenhower fue un paso más allá y autorizó a la Comisión de Energía Atómica estadounidense a proveer a sus aliados con cantidades limitadas de material fisible, así como también asistencia para la construcción de reactores nucleares.
Pero Estados Unidos no vendía sino que alquilaba el uranio que le entregaba a los países como combustible para los reactores y solamente en cantidades de laboratorio.
El objetivo era mantener su supremacía mundial, reducir la influencia soviética y asegurar el acceso al suministro de la materia prima, sobre todo uranio y torio. India fue el primer país en recibir asistencia nuclear de Washington. Otros beneficiarios fueron España, Sudáfrica, Israel, Turquía, Pakistán, Portugal, Grecia, Argentina, Brasil e Irán.
Estados Unidos también formó a los técnicos nucleares iraníes
El 5 de marzo de 1957, en tiempos del sha, Estados Unidos firmó con Irán un acuerdo de cooperación para el uso civil de la energía atómica que sentó las bases para la puesta en marcha del programa nuclear iraní.
Además, en 1967 dotó a Teherán con un reactor nuclear de investigación de 5 megavatios, así como el uranio altamente enriquecido que sirvió de materia prima.
El director del programa nuclear iraní fue Akbar Etemad, fallecido el año pasado, presidió la Organización de Energía Atómica de su país desde su creación en 1974. Luego se convirtió en viceministro de educación del gobierno de Teherán.
Pero Irán no tenía los técnicos y especialistas que necesitaba, por lo que el reactor de Teherán permaneció paralizado durante casi una década.
También fue Estados Unidos quien suplió este obstáculo. A cambio de 1,3 millones de dólares procedentes de Irán, el Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT) impartió cursos de formación para los primeros ingenieros nucleares iraníes que, a su vez, crearon la Universidad de Tecnología Aryamehr (AMUT) a imagen y semejanza del MIT.
En tiempos del sha, el programa nuclear tenía evidentes propósitos militares. Tenerán anunció planes para construir en las dos décadas siguientes 23 plantas de energía atómica con capacidad para generar unos 23.000 megavatios. También quería desarrollar el ciclo completo de producción de combustible nuclear.
La subida de los precios del petróleo de 1973 financiaron las importaciones nucleares. También diversificó sus compras para evitar los bloqueos políticos. En 1974 entró en Eurodif, una filial de Orano dedicada al enriquecimiento de uranio. Compró una participación del 10 por cien a un precio de mil millones de dólares que otorgó acceso a servicios y tecnología de enriquecimiento en Francia.
Al año siguiente Irán firmó un contrato con Kraftwerk Union, una filial de Siemens, para construir dos reactores de agua a presión de 1.200 megavatios en Bushehr, valorados en unos 5.000 millones de dólares. Los acuerdos complementarios con Francia incluían disposiciones para reactores de investigación y un centro de investigación nuclear desarrollado con Technicatome, lo que facilitaba la transferencia de tecnología para componentes del ciclo del combustible e instalaciones experimentales.
También firmó un contrato de 700 millones de dólares con Sudáfrica a mediados de la década de los setenta por 600 toneladas de uranio procesado para satisfacer las necesidades de combustible.
A pesar del principio de “no proliferación”, antes de la revolución de 1979 Irán había firmado más de una docena de acuerdos bilaterales para plantas, componentes y reactores “llave en mano” con sus socios, incluidos Suecia y Bélgica. La proliferación nuclear fue un gran negocio para las empresas nucleares occidentales, especialmente estadounidenses y francesas.
Cuando al sha le exigían cuentas por sus planes nucleares y su posible uso militar, la respuesta era siempre la misma: Irán era un país soberano.
Desde 1979 lo que era bueno se convirtió en malo
La colaboración nuclear entre Irán y Estados Unidos desapareció en 1979 con el triunfo de la revolución iraní. Inicialmente el nuevo régimen rechazó los proyectos nucleares del sha. Si sólo se trataba de producir energía, a Irán le sobraba el petróleo. Muchos de los profesores y especialistas se fueron al paro y abandonaron del país.
El nuevo régimen consideraba que el programa nuclear reforzaba la dependencia del país de las potencias imperialistas extranjeras y rescindió los contratos firmados en tiempos de sha. Proyectos ambiciosos, como los reactores Bushehr, fueron suspendidos en 1980 y calificados como “imposiciones colonialistas”.
La larga guerra con Irak cambió las cosas radicalmente. Además de una amenaza militar, desde 1979 el bloqueo impuso la necesidad de cambiar de política económica, diversificando las fuentes de energía.
En 2003 Bush explotó los atentados contra las Torres Gemelas, incluyendo a Irán en su discurso sobre el llamado “eje del mal”, impuso sanciones internacionales contra Irán y puso en movimiento a la OIEA.
Como por casualidad, aquel mismo año la OIEA descubrió lo que hasta entonces no había descubierto: Irán había desarrollado en secreto un programa nuclar que incluía la existencia de varias plantas atómicas sofisticadas. Desde entonces el programa nuclear iraní ha sido un tema central de las presiones estadounidenses contra Irán.
Obama dedicó dos años de su presidencia a negociar con Teherán, junto a los gobiernos de Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania, el Plan de Acción Integral Conjunto, firmado en 2015, que ponía límites y supervisión internacional al programa nuclear iraní, a cambio del levantamiento de las sanciones que pesaban sobre Teherán.
Durante su primer gobierno, Trump retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo e impuso nuevas sanciones. Lo que valía para Obama no valía para Trump. El programa nuclear volvía a ser un buen pretexto para el bloqueo de Irán.