Los confinamientos han llevado el hambre a los trabajadores de Estados Unidos

Con los confinamientos decenas de millones de estadounidenses perdieron sus trabajos, sus viviendas y se multiplicó el hambre. Si la clase obrera tiene hoy un plato en la mesa es gracias a la beneficencia, la caridad y el voluntariado.

Estados Unidos es el país de las colas del hambre por antonomasia. No hablamos de miles, ni de millones, sino de decenas de millones de trabajadores que no pueden alimentarse a sí mismos ni a sus familias.

El número de personas inscritas en el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP) ha aumentado en 7 millones desde hace dos años. Más de 42 millones de estadounidenses reciben actualmente cupones de alimentos. De ellos, más del 40 por cien son miembros de familias con al menos una persona trabajando. Muchos obreros que dependen de la ayuda alimentaria tienen trabajo, pero su salario no les alcanza para comprar alimentos para sus familias.

En gran parte del sur, más del 15 por ciento de las personas reciben el SNAP. En Nuevo México, el estado con el mayor uso de cupones de alimentos del país, más de uno de cada cinco residentes está inscrito en el SNAP. En respuesta al aumento del uso del SNAP, el gobierno de Biden implementó el mayor aumento permanente del valor de los cupones a principios de este año. Con este aumento, una familia de cuatro miembros puede recibir ahora hasta 835 dólares al mes en prestaciones del SNAP.

La red de bancos de alimentos del país también se está empeñando a fondo para que la población no muera de inanición. Al comienzo del confinamiento, los bancos de alimentos distribuían 1.100 millones de libras de alimentos trimestalmente. En otoño de este año ya están distribuyendo 1.700 millones de libras.

Estas cifras son una acusación devastadora contra el capitalismo estadounidense. En el país más rico del mundo, con más multimillonarios que en cualquier otro lugar del planeta, un gran porcentaje de la población no puede comprar comida, y debe recurrir a la caridad o a la ayuda pública.

La crisis se ha visto exacerbada por las subidas de precios, como el de la carne, que ha aumentado casi un 10 por ciento en el último año. En varias categorías de alimentos, como los huevos, los precios han empezado a subir un 3 por ciento mensual, es decir, que pueden llegar a subir un 36 por ciento en un año.

La alimentación acapara una parte cada vez mayor del salario de los trabajadores. El promedio de ingresos que los estadounidenses gastan en comida (para prepararla en sus casas) se ha venido reduciendo del 14 por ciento en 1960 al 6 por ciento en 2000.

Pero no ocurre lo mismo entre la clase obrera. La quinta parte más pobre de la sociedad estadounidense gasta entre el 28 y el 42 por ciento de sus ingresos en comprar alimentos. Es la que se ve más afectada por el aumento de los precios de la comida, la vivienda y el combustible.

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