La privatización de las agresiones imperialistas

Por muy vasto e increíblemente financiado que esté el ejército estadounidense, también cuenta con un enorme ejército en la sombra de contratistas privados que son una parte crucial, aunque cada vez más desapercibida, de sus interminables guerras.

Se calcula regularmente que en Siria quedan unos 900 de ellos, una cifra que sólo contabiliza la fuerza militar oficial desplegada en este país devastado, no los contratistas privados que les prestan apoyo.

No hay forma de saber cuántas tropas hay realmente en Siria, sólo que, además de la cifra oficial, hay al menos cientos más. En algunos momentos de la poco conocida guerra de ese país, podría haber habido cuatro veces más.

Del mismo modo, dos décadas después de la desastrosa invasión de Irak, alrededor de 2.500 soldados estadounidenses siguen oficialmente estacionados allí, pero, de nuevo, el recuento no incluye a los contratistas privados.

En este siglo, un Pentágono financiado hasta los dientes por el contribuyente estadounidense ha desarrollado una nueva forma de guerra privatizada que deja a los estadounidenses con muy poca información sobre lo que realmente se hace en su nombre.

El gobierno de Estados Unidos rara vez reconoce su propia versión de guerra privatizada: las decenas de miles de contratistas privados de seguridad que utiliza en sus agresiones militares, con operaciones militares y de inteligencia en 85 países.

Sólo recientemente los contratistas militares han empezado a desempeñar un papel significativo en las agresiones militares de Estados Unidos, con aproximadamente un 10-20 por cien de ellos directamente implicados en operaciones de combate y de inteligencia.

Han cometido abusos horribles. Desde las torturas en la prisión irakí de Abu Ghraib hasta los interrogatorios en el campo de detención de Guantánamo, desde los sicarios de la empresa de seguridad privada Blackwater que disparan indiscriminadamente contra civiles irakíes desarmados, hasta los contratistas que defienden una base estadounidense atacada en Afganistán, desempeñan un papel vital en las invasiones y ocupaciones de Estados Unidos.

La participación de empresas privadas ha permitido a Washington continuar sus operaciones en todo el mundo. Las tropas estadounidenses ya no mueren en gran número, ni están en las listas de espera de los hospitales de veteranos como lo estarían si hubieran sido los únicos ocupantes.

La pandemia cambió la estrategia de guerra del Pentágono

La pandemia cambió la estrategia de guerra del Pentágono, ya que en Estados Unidos la población empezó a cuestionarse cuánto dinero se estaban gastando en las guerras del extranjero en lugar de en la atención sanitaria en casa. Estados Unidos empezó a desplegar cada vez más contratistas, aviones no tripulados teledirigidos, paramilitares de la CIA y fuerzas locales en las agresiones, mientras que las tropas regulares se redistribuían a Europa y el Pacífico para contener a Rusia y China. Durante la pandemia Washington entregó cada vez más el trabajo sucio a empresas y extranjeros.

Estados Unidos ha utilizado más contratistas civiles en sus guerras en curso que personal militar uniformado. En 2019, según el proyecto Costs of War de la Universidad Brown, había un 50 por ciento más de contratistas que de tropas en la región del Mando Central de Estados Unidos, que incluye Afganistán, Irak y otros 18 países de Oriente Medio, además de Asia central y meridional.

Hasta diciembre del año pasado el Pentágono tenía unos 22.000 contratistas desplegados por toda esa región, con casi 8.000 concentrados en Irak y Siria. Es cierto que la mayoría de los sicarios estaban desarmados y prestaban servicios de ayuda, apoyo a las comunicaciones, etc. Cerca de dos tercios de ellos eran ciudadanos de otros países, en particular de países empobrecidos.

Aunque el Departamento de Defensa mantiene registros trimestrales del número de contratistas civiles que emplea y dónde, excluye a los sicarios contratados por la CIA o el Departamento de Estado.

Las investigaciones de Costs of War estimaron que 8.000 contratistas habían muerto en las guerras en Oriente Medio en 2019, unos 1.000 más que las tropas estadounidenses que murieron en el mismo periodo. La mayoría eran veteranos blancos de unos 40 años; muchos eran antiguos miembros de las fuerzas especiales y varios antiguos oficiales.

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