Las movilizaciones europeas contra la carestía de la vida, especialmente en Francia, no deberían ser una sorpresa para nadie porque no son recientes. Lo que más ha sorprendido es la furia del 17 de octubre porque las procesiones pacíficas y las batucadas anteriores estaban amortizadas.
Tras el 17 de octubre, la intoxicación ha cargado las tintas contra los emigrantes con la misma virulencia que vienen utilizando los fascistas desde siempre. Ahora se le ha dado la vuelta al problema, las víctimas se convierten en victimarios: la culpa la tienen los manifestantes, reconvertidos en “chusma” y se abre la veda. Comienza la caza del emigrante, tanto con una represión formal, a través de la policía y los jueces, como informal, a través de las bandas fascistas.
Ambos, policías y fascistas van de la mano porque forman parte de lo mismo. En las ciudades de Francia se han visto y grabado patrullas conjuntas de unos y otros, a pesar del toque del queda, así como palizas a los manifestantes que intentaban agruparse o a los emigrantes que fumaban plácidamente en los parques.
Desde hace más de un mes, un torrente de fobia contra los emigrantes se vierte de forma continua en las crónicas, dice Mediapart (1). La cobertura de las protestas por parte de los medios fue criticado por Arcom, la institución que controla la información (2). Las consecuencias (los destrozos) habían ocupado el lugar de las causas (la carestía de la vida) en los noticiarios, repletos de comentarios racistas.
La campaña llevó el viernes a un fascista a salir a la caza de árabes y negros por las calles de Trappes, un suburbio de París, armado con un subfusil. Desde un vehículo en marcha disparó indiscriminadamente, matando a una persona, Pengo Bossio Wangi, e hiriendo a cinco más. En el registro de su domicilio la policía encontró un ejemplo del “Mein Kampf” de Hitler.
El fascista había convertido su vivienda en una trampa, con bombonas de gas y cables eléctricos conectados a un temporizador, por lo que la policía tuvo que llamar a la unidad de desactivación de explosivos.
A pesar de ello, la policía protege al pistolero; no da su nombre completo, no difunde su foto y le excusa diciendo que está “mal de la cabeza”, por lo que ha suspendido su detención. Tampoco explica por qué un esquizofrénico tenía un arma de guerra al alcance de la mano.
La policía no explica casi nada del asesino, a pesar de que tenía un amplio historial de robos, consumo de estupefacientes y conducción bajo los efectos del alcohol. Su ficha registra trece condenas por delitos comunes, la última de ellas en 2013.
Yassine Bouzrou, abogado de la familia del asesinado, ha denunciado que “cuando el atentado proviene de la extrema derecha, la cuestión psiquiátrica surge muy rápidamente —se asume que el autor es, inevitablemente, una persona desequilibrada”. En los crímenes fascistas y racistas, el peritaje psiquiátrico se convierta en un atajo cómodo “para evitar nombrar la ideología que arma las manos”.
Desde 2017 los tribunales franceses han abierto una veintena de procedimientos relacionados con el terrorismo fascista. En los últimos cuatro años, ocho personas han sido asesinadas por los fascistas.
(1) https://www.mediapart.fr/journal/france/251026/avant-l-attentat-de-trappes-deux-mois-de-haine-mediatique-en-continu
(2) https://www.arcom.fr/presse/couverture-mediatique-des-manifestations-larcom-rappelle-aux-chaines-leurs-obligations