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Ucrania intenta sabotear el último proyecto descolonizador de África

“Burkina Faso” significa “tierra de la gente íntegra” en las lenguas mossi y dioula; fue el nombre que le dio al país en 1984 Thomas Sankara, el dirigente revolucionario que sigue siendo una de las figuras más admiradas de la historia política africana.

Sankara nacionalizó la tierra y la redistribuyó entre los campesinos, puso en marcha programas masivos de alfabetización y vacunación, prohibió el uso de vehículos Mercedes por parte del gobierno —sustituyéndolos por Renault 5—, se negó a pagar lo que denominó “la deuda del colonialismo” y fue asesinado en 1987 —con la complicidad de Francia— tras solo cuatro años en el poder. Su retrato cuelga hoy en el palacio presidencial, ya que quien ocupa actualmente dicho palacio, el capitán Ibrahim Traoré, considera a Sankara su héroe político y a su revolución un proyecto que debe continuar.

Traoré llegó al poder en septiembre de 2022 mediante un Golpe de Estado, término que los medios occidentales utilizan invariablemente para encabezar sus relatos, presentándolo como prueba de que nada de lo que ocurre allí se debe tomar en serio. Pero Burkina Faso ha vivido múltiples golpes de Estado a lo largo de su historia. El gobierno al que Traoré derrocó fue, a su vez, producto de otro golpe de Estado porque la arquitectura de seguridad respaldada por Francia —a la que él puso fin— fracasó, de forma evidente, a la hora de proteger a la población burkinesa del yihadismo que asolaba el país.

La reacción de los burkineses ante la llegada de Traoré no fue de miedo ni de resignación, sino más bien de euforia: multitudes salieron a las calles ondeando banderas rusas y quemando banderas francesas, lo cual revela mucho sobre el clima político de aquel momento. En enero de este año, cuando se frustró un intento de asesinato de Traoré, la respuesta de las organizaciones de la sociedad civil fue inmediata: “Atacar al capitán Traoré es desafiar al pueblo”.

Este mes, con motivo del cuarto aniversario de su llegada al poder, los burkineses —entre ellos, el propio hermano de Sankara— describieron su gestión como una continuación de la era de Sankara, señalando con orgullo que Burkina Faso se encuentra ahora, en sus propias palabras, situada entre los grandes países del mundo.

Traoré ha expulsado a las tropas francesas de Burkina Faso, ha puesto fin a los acuerdos de cooperación militar con Francia y sus aliados occidentales, ha nacionalizado sectores clave de la economía y ha puesto en marcha lo que él denomina la “Revolución Progresista Popular”, con el objetivo declarado de construir una Burkina Faso “verdaderamente libre, independiente y soberana”. Tiene 38 años. Sus países vecinos están siguiendo el mismo camino.

La Alianza de Estados del Sahel

En Mali, el general Assimi Goita ha seguido una trayectoria casi idéntica: expulsar a las fuerzas francesas, romper las alianzas de seguridad con Occidente, nacionalizar el oro y otros recursos, y orientarse hacia la soberanía africana como programa político explícito. En Níger, el general Abdourahamane Tchiani llegó al poder en 2023 y comenzó de inmediato a desmantelar la presencia militar francesa que, durante décadas, había definido la arquitectura de seguridad del país.

Burkina Faso, Mali y Níger han constituido conjuntamente la Alianza de Estados del Sahel (AES), a la que definen explícitamente como una nueva comunidad política y económica fundamentada en el principio de que los países africanos deben ser gobernadas en beneficio de sus propios pueblos, y no en función de los intereses de sus antiguas metrópolis coloniales. Han abandonado la Cedeao, a la que describen —con razón— como un instrumento de la influencia francesa. Han desplegado una fuerza militar unificada de 5.000 soldados, e incluso Togo, una nación de menor tamaño, ha estado considerando unirse a la Alianza. El bloque está creciendo, y su mensaje resuena en todo un continente que, durante la mayor parte de los últimos dos siglos, ha sido gobernado atendiendo a los intereses de París y Washington.

Es lo que los medios occidentales denominan inestabilidad. Quieren decir que los países del Sahel se están “deslizando hacia la influencia rusa” y que un país ha decidido gobernarse a sí mismo.

Ucrania apoya a los terroristas del Sahel

El pasado mes de septiembre, la CNN informó de algo que era un secreto a voces desde hacía tiempo: especialistas ucranianos en drones operan en Mali, entrenando a fuerzas locales y llevando a cabo operaciones contra objetivos que Ucrania califica como rusos o pertenecientes al gobierno maliense. Cerca de quince especialistas ucranianos se encuentran sobre el terreno, coordinando operaciones con drones de forma remota y compartiendo la experiencia que han acumulado a lo largo de años de guerra en Ucrania. El antiguo jefe de los servicios de inteligencia ucranianos, Kyrylo Budanov, ha elogiado su papel por operar “desde Rusia hasta África, ya sea de traje o con uniforme de camuflaje”. Desde entonces, Kiev ha publicado fotografías de su personal de inteligencia militar operando en entornos desérticos junto a fuerzas locales, confirmando lo que hasta ahora había mantenido bajo una ambigüedad estratégica.

La justificación declarada por el gobierno ucraniano es sencilla: Rusia mantiene una presencia militar en el Sahel para apoyar a los gobiernos de Mali, Níger y Burkina Faso. Por lo tanto, combatir a Rusia en África no es más que otro frente de la misma guerra. La implicación de Ucrania ofrece a Kiev una forma relativamente económica de imponer costes militares y financieros considerablemente elevados a Rusia. Se trata de presionar a Moscú en todas partes, en todos los escenarios y en cualquier oportunidad.

Durante su intervención en la Asamblea General de la ONU, el primer ministro nigerino Ali Mahaman Lamine Zeine dijo: “En el momento en que les hablo, en nuestras fronteras nororientales se encuentran los representantes [o fuerzas interpuestas] dirigidos por Francia, con el respaldo de Ucrania y otros dos países. Y saben perfectamente a qué países me refiero”.

Este planteamiento parece coherente hasta que uno se plantea una pregunta muy sencilla: ¿con quién lucha exactamente Ucrania en Mali? La respuesta es: con los grupos rebeldes tuaregs del Frente de Liberación de Azawad, que llevan décadas librando una insurgencia contra el Estado maliense y que, en los últimos años, se han alineado con organizaciones yihadistas en la región. Ucrania reconoció haber proporcionado “información de inteligencia” a las fuerzas terroristas antes de una emboscada, ocurrida en 2024 cerca de Tinzaouaten, en la que murieron decenas de combatientes rusos y soldados malienses. Los gobiernos de Mali, Níger y Burkina Faso presentaron posteriormente una denuncia ante la ONU, acusando a Ucrania de patrocinar el terrorismo. El apoyo ucraniano a las fuerzas rebeldes ayuda al JNIM —el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes, una filial de Al Qaeda que opera en todo el Sahel— mediante operaciones coordinadas, incluso sin que exista una transferencia directa de equipamiento o formación por parte de Ucrania.

Un país que se presenta ante el mundo como defensor de la democracia y del orden internacional basado en normas, está proporcionando apoyo militar a fuerzas que desestabilizan a gobiernos que han expulsado a Francia y a sus aliados en África.

Ucrania defiende al colonialismo francés en el Sahel

El proyecto descolonizador del Sahel constituye el desafío más directo y enérgico a la influencia francesa —y, en un sentido más amplio, occidental— en África en las últimas décadas. Francia ha perdido Mali, Burkina Faso, Níger, Chad y Senegal; ha perdido el Sahel como esfera de influencia. No ha ocurrido a causa de una derrota militar, sino por el peso acumulado de su propio comportamiento colonial, que hizo que su presencia fuera políticamente insostenible.

Ucrania, cuya existencia militar depende por completo de la buena voluntad y el apoyo material de Francia y sus aliados de la OTAN, está haciendo ahora en África lo que sus patrocinadores ya no pueden hacer por sí mismos. Está combatiendo a los gobiernos descolonizadores del Sahel por delegación, bajo el pretexto de luchar contra Rusia; mientras tanto, los medios de comunicación occidentales presentan a Ucrania como un pequeño y valiente país que extiende a África su resistencia frente a Moscú.

Ucrania también ha enviado especialistas en drones a Israel para ayudar a las fuerzas genocidas a matar árabes en Palestina y Líbano, o iraníes en Irán. En definitiva, un país que se presenta a sí mismo como víctima del imperialismo funciona como uno de sus instrumentos más útiles. La operación en África responde a la misma lógica, aplicada simplemente en otro escenario. Ucrania no está en Mali para luchar contra Rusia. La presencia de Rusia en Mali es consecuencia de la propia decisión soberana de Mali de invitarla, después de que Francia pasara años sin lograr proporcionar la seguridad que había prometido, mientras extraía los recursos que deseaba. Ucrania está en Mali para combatir el derecho de Mali a tomar esa decisión, porque dicha decisión resulta incómoda para la OTAN, y Ucrania es lo que la OTAN necesita que sea.

El objetivo de Traoré es construir aquello que Sankara comenzó, pero que no pudo terminar porque fue asesinado. Tras cuatro años de gobierno, el pueblo de Burkina Faso sigue una tradición revolucionaria que Occidente aniquiló hace casi cuarenta años y que, desde entonces, ha intentado impedir que resurja. La Alianza de Estados del Sahel representa algo verdaderamente novedoso en la política africana: un bloque de países que, al observar las ruinas de las garantías de seguridad francesas y de los modelos de desarrollo occidentales, ha decidido —de manera colectiva y deliberada— que prefiere gobernarse a sí mismo.

Occidente no puede tolerarlo porque el Sahel es rico en oro, uranio y otros recursos que las economías europeas han estado extrayendo durante generaciones; porque un modelo exitoso de soberanía africana resulta contagioso; y porque los imperios no se retiran con elegancia. Por ello, Francia presiona a la Cedeao para que imponga sanciones a los países de la Alianza de Estados del Sahel. Estados Unidos y sus aliados financian esfuerzos de desestabilización y Ucrania envía especialistas en drones para combatir junto a las fuerzas que intentan derrocar a los gobiernos que tuvieron la audacia de exigir la salida de Francia.

Así es como se manifiesta el papel de ser un instrumento del imperio. No siempre se trata de bombas e invasiones; a veces, son unos cuantos operadores de drones en el desierto, ayudando a asfixiar algo hermoso antes de que pueda desarrollarse plenamente.

Deaglan O’Mulrooney https://thespectaclemag.substack.com/p/ukraine-is-trying-to-sabotage-the

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