El Pentágono ha iniciado conversaciones con gigantes automotrices para convertir parte de su producción en armamento, misiles y municiones. La guerra contra Irán ha dejado los arsenales vacíos y Estados Unidos necesita ampliar aún más su complejo militar-industrial en previsión de las futuras contiendas que puedan venir.
La economía de Estados Unidos se ha calificado como “keynesianismo militar”, pero lo que hasta ahora parecía una máquina imparable, ha demostrado sus carencias. Necesitan cada vez más.
Para ello, Pete Hegseth ha reunido a los pesos pesados de la industria. Entre los ejecutivos contactados se encontraban: Mary Barra, directora ejecutiva de General Motors; Jim Farley, director ejecutivo de Ford Motor; la alta dirección de GE Aerospace y Oshkosh Corporation.
Les ha pedido explícitamente que evalúen la rapidez con la que pueden reconvertir líneas de producción actuales a la fabricación de sistemas antidrones, misiles y municiones. El Pentágono quiere reducir su dependencia de un pequeño círculo de contratistas de defensa tradicionales, ahora saturados.
En la reunión Hegseth habló de la necesidad de militarizar la economía. Para lograr este objetivo, ha puesto encima de la mesa 1,5 billones de dólares de los presupuestos públicos, el mayor de la historia. El 23 por cien del gasto, 350.000 millones, se dedicarán únicamente a ampliar la base industrial de la guerra.
Las conversaciones también se centraron en los obstáculos burocráticos. A los capitalistas les han encomendado la tarea de identificar restricciones regulatorias que ralentizan la producción, debilidades en los procedimientos de licitación y rigideces contractuales que limitan la contribución del sector civil.
Muchas de las empresas involucradas ya están a la vanguardia de los esfuerzos militares: Oshkosh, aunque facturó 10.500 millones de dólares principalmente en civiles, inició en noviembre la producción de vehículos tácticos. General Motors, por su parte, está en cabeza para el nuevo contrato de vehículo que sustituirá al icónico Humvee.
La ola de militarización de la vida cotidiana y la producción sopla con fuerza en todo Occidente. El mismo fenómeno afecta cada vez más a la industria europea que, ante la crisis, busca un soplo de aire fresco en el rearme.
La industria del automóvil es aproximadamente diez veces mayor que la industria de guerra. Las ventas militares no pueden compensar el fracaso de las políticas industriales en el Viejo Continente. Pero el imperialismo necesita el rearme porque la hegemonía de las potencias tradicionales está en el alero.