El desmantelamiento de la educación soviética en la Rusia actual

El sociólogo y periodista Stanislav Chinkov publica (*) una interesante reflexión sobre el desmantelamiento del sistema educativo soviético a partir de 1990 y la emergencia de una “nueva” ideología, adaptada a las necesidades del capitalismo ruso.

Cuando alguien pretende analizar la ideología dominante, escribe Chinkov, debe comenzar por la enseñanza. En tiempos de la Perestroika (1985-1990) lo primero que cambió fue el sistema educativo. Gorbachov inició una “reforma educativa” con el pretexto de que la heredada de los tiempos soviéticos estaba “ideologizada”.

Los máximos responsables de propaganda del PCUS comenzaron a sostener que el sistema educativo soviético se había quedado anticuado y que la educación debía limitarse a impartir conocimientos científicos.

Cuando una sociedad se organiza para satisfacer necesidades colectivas, necesita una determinada ideología; por el contrario, cuando su objetivo es obtener el máximo lucro, como en la actualidad, la ideología es bien diferente, afirma Chinkov.

Lo mismo que otras repúblicas ex-soviéticas, en 1990 Rusia llega al capitalismo con una determinada correlación de fuerzas internacionales y un reparto de los mercados mundiales, por lo que sectores completos de la producción se liquidan para concentrarse en la exportación de materias primas.

El desmantelamiento de la enseñanza soviética no se impuso con rapidez y, en muchos aspectos, aún subsiste. Se trataba de una educación de masas y, al mismo tiempo, de calidad cuya erradicación era costosa y Rusia padecía una escasez de recursos o, por decirlo de otra manera, Rusia tenía dinero, pero no se lo podía gastar en educación. Aparecieron otras prioridades.

Por falta de presupuesto, durante muchos años se conservaron los viejos programas y los viejos manuales de la época soviética, hasta que llegaron los mecenas occidentales, como Soros, para que los libros soviéticos ardieran en la hoguera y se introdujeran otro tipo de materiales didácticos, “modernos” y “occidentales”. Lo llamaron “renovación de la enseñanza humanista en Rusia” y uno de sus primeros objetivos fue estimular la espiritualidad, el nacionalismo eslavo, así como ese positivismo estúpido que impera en las universidades occidentales.

Para hacerse una idea de la campaña de idiotización, en unas declaraciones públicas el alcalde de Kazan dijo que estaba escandalizado porque en las escuelas rusas aún se siguiera enseñando la teoría de la evolución, como  en los tiempos soviéticos, cuando los estudiantes deberían leer el Génesis, o el alcalde Kaliningrado, para quien un coche arde porque dios así lo ha querido, como consecuencia de los pecados cometidos por su propietario.

Ahora el Estado financia las fiestas religiosas y los políticos van a la iglesia para que los ciudadanos hagan lo propio, lo cual ha sido un rotundo fracaso: sólo el 3 por ciento acude a la iglesias durante las fiestas religiosas.

Pero el Estado se empeña en imponer el oscurantismo en el terreno de la educación y la ciencia. Recientemente en la cadena “científica” 2.0, una emisión hablaba de las singulares propiedades de las velas eclesiásticas. Descubrieron que la cera, el material con el que se fabrican las velas, es un aislante dieléctrico y que los curas lo hacen con la composición exacta. Cuando la cera se ablanda se produce un “electreto” que crea un campo eléctrico gélido. Tras la combustión se desprenden electrones, por lo que los creyentes comprueban entonces el bienestar y la bondad, porque se trata de un proceso terapéutico.

En una sociedad acostumbrada a la divulgación científica, la emisión causó un enorme escándalo, y la dirección de la cadena tuvo que disculparse: la emisión de había producido “por accidente”.

Otro “accidente” lo causó Rusatom, la agencia rusa de energía atómica, con el título “El programa nuclear de la URSS”, uno de cuyos capítulos se titulaba “Serafín El Bienhechor y el arma nuclear” y decía que si Serafín, el nombre de un ángel del paraíso, no hubiera permitido la fabricación de la bomba atómica, jamás se hubiera fabricado.

Son las consecuencias de la “desideologización” y el renacimiento de la espiritualidad para que los rusos vuelvan a caer en las zarpas de los obispos ortodoxos. En palabras del antiguo ministro Furcenko, el objetivo de la reforma educativa es crear “consumidores competentes”, para lo cual hay que simplificar el programa, evitar la creatividad e impedir que las personas puedan desempañar tareas distintas. Cada persona debe cumplir una función bien definida y no pretender ir más allá.

En el terreno social, el viceprimer ministro Chuvalov preguntó lo siguiente: “¿Estamos dispuestos a cerrar bruscamente, brutalmente, como se ha hecho en ciertos países de la CEI, centros de salud, dispensarios, hospitales de distrito en los rincones más remotos del país?, ¿estamos dispuestos a cerrar totalmente las escuelas? Seguro que no. Ni el presidente, ni la Duma lo permitirán porque la gente no está dispuesta a eso. Pero resultaría eficaz desde el punto de vista económico, desde el punto de vista del buen sentido”.

¿A qué llama “buen sentido” el viceprimer ministro? Es evidente que a la política económica de recortes que implementa el gobierno.

Ahora en las escuelas rusas hay materias que se imparten gratuitamente y otras que son de pago. Es un primer paso para que la gente se vaya acostumbrando a pagar por lo que antes era completamente gratuito y también para que se acostumbren a la discriminación, a que unos tienen más prestaciones que otros. Al final todo acabará siendo “de calidad”, es decir, de pago y el que no pueda pagarlo se quedará sin nada.

Habrá un horario reducido de materias tales como física, química o literatura, al tiempo que aumentará el número de horas dedicadas a la gimnasia o a esa nueva asignatura que llaman “patriotismo” desde hace un tiempo. En algunos centros experimentales ya sólo hay un horario reducido para materias como matemáticas o ruso.

El gobierno ruso está empeñado en reducir la calidad de la enseñanza. En 1990 la clasificación de la UNESCO ponía a la URSS en el tercer puesto de países por su nivel educativo; en 2012 ya ha descendido hasta el puesto 35 y sigue cuesta abajo porque aún no ha tocado fondo.

La educación ya no se mide por su calidad intrínseca sino por la productividad del docente. Es eficaz aquel que puede impartir varias materias diferentes al mismo tiempo en aulas sobrecargadas (cuantos más alumnos mejor), a fin de suprimir aquellos institutos que son “ineficaces”, lo cual ha empezado por las regiones rurales, donde se ha reducido el número de docentes y de cursos, obligando a impartir varias clases simultáneamente.

Rusia está cerrando escuelas masivamente mientras abre iglesias también de forma masiva. Como consecuencia del “renacimiento de la espiritualidad” en 15 años se han abierto más de 20.000 iglesias ortodoxas y se han cerrado 23.000 centros escolares.

En las escuelas pretende introducir abiertamente la religión, a pesar de la prohibición expresa de la ley. Se han creado cursos llamados de “cultura ortodoxa” que, como muestran los vídeos, no son otra cosa que propaganda religiosa dirigida por el sacerdote Kuraev.

Pero como Rusia es un país multinacional y multireligioso se ha producido un hecho significativo al permitir que los alumnos pudieran optar: la mayoría no tomó la decisión que el gobierno esperaba, por lo que los problemas se acumularon y al final eliminaron la posibilidad de elegir.

La jerarquía ortodoxa actúa como un grupo de presión para imponer la propaganda religiosa en las escuelas, sin ningún tipo de posibilidad de elegir algo diferente. Por lo demás, la religión se está imponiendo en otro tipo de disciplinas como literatura, historia o educación para la ciudadanía. Un ejemplo es el manual de educación para la ciudadanía de Gurevich aprobado en 2014, donde se puede leer lo siguiente:

“Nosotros somos mortales. Pero la historia conoce excepciones a esa regla. La fecha de la muerte de Cristo se borró por el milagro de la Resurrección. Esta vida extraordinaria se sale de los límites impuestos al hombre, refutando a lo que estamos acostumbrados a considerar como una de las leyes más indiscutibles de la naturaleza”.

Gurevich es el mismo cretino que en la época soviética redactaba los manuales contra la religión y el oscurantismo. Es un tipo de persona de los que aún se conservan varios en la Rusia actual, sumisos con la autoridad como perritos falderos de quien tenga la sartén por el mango, “comunistas” que en 1990 hicieron su propia perestroika, primero como apóstoles de los soviets, luego del neoliberalismo, después de la religión y finalmente de lo que venga por delante. Son capaces de redactar manuales de esto y de lo otro, varios al mismo tiempo, diciendo una cosa y luego la contraria, verdaderos camaleones de la “pedagogía”.

En sus incendiarias “Pequeñas historias de una cotilla del Kremlin” la periodista Elena Tregubova afirma que los funcionarios rusos han acabado por considerar que la “idea nacional” de la que tanto se hablaba en los tiempos de Yeltsin era el capitalismo “popular” y la “igualdad de oportunidades”.

Ahora esos mismos funcionarios hablan de “patriotismo”, un tipo de propaganda que ya circula pero de la que ahora se pretende extraer toda su fuerza gracias a la popularidad creciente de Putin, convertido en verdadero icono de los patriotas.

La recomendación es que la enseñanza de la historia se sustente en las Sagradas Escrituras, en la Revelación, en el amor a la patria y a su lengua. La historia es la ejecución de la voluntad de dios para el mundo y la humanidad. Según los manuales, la creación, la expulsión del paraíso y la resurrección de Jesucristo son los hechos fundadores de la historia y la vida de Jesucristo fue un viraje en la historia de la humanidad.

De las Sagradas Escrituras, los manuales pasan al patriotismo, según el cual Dios creó las naciones por separado para el desempeño de objetivos que son propios de cada una de ellas. Además de la enseñanza de la lengua materna, la única manera de que los rusos se amen los unos a los otros es la enseñanza patriótica de la historia nacional.

Por eso, se ha erradicado de la historia de Rusia el socialismo y la URSS, reconvertido en un periodo totalitario, estigmatizado como misántropo, enemigo de la humanidad y del que sólo se rescatan la carrera espacial y la Gran Guerra Patriótica, realizaciones que fueron posibles “a pesar del comunismo” y no gracias a él.

Por el contrario, el zar Alejandro II fue un “libertador” y Nicolás II un “mártir”. La etapa de la vieja Rusia imperial fue una época dorada en la que la población vivía felizmente, hasta que llegaron los bolcheviques, causando una revolución sanguinaria.

Naturalmente que en Rusia son muchos los que se oponen a este tipo de relatos fantásticos. Pero los científicos son allá tan simplones como acá y dicen que el problema es siempre la falta de medios y de presupuestos, como si el dinero y la contabilidad no tuvieran nada que ver con la política, con el Estado y con el poder.

El núcleo de la cuestión, según Chinkov, es que se ha desmantelado la organización científica de la sociedad, lo cual es lógico si quiere “optimizarla”. Se ha eliminado la organización científica del trabajo, la del ocio e incluso la de las enfermedades graves. Hoy la ciencia se organiza en torno al interés estricto de un determinado grupo, que es la clase dirigente, cuyo objetivo principal es el beneficio puro y simple. Del mismo modo, el interés de los científicos también es el beneficio.

En la Rusia actual, incluso cuando se produce un progreso real para la humanidad, no se pone al alcance de todos sino de los que más dinero tienen. Cuando se mantienen las relaciones mercantiles y la ciencia depende de una financiación que privilegia proyectos rentables, es muy poco probable que la sociedad apoye a la Academia de Ciencias de Rusia o a cualquier otra institución parecida. Es necesario que la ciencia no sea dirigida por el beneficio sino por las necesidades de la sociedad, concluye Chinkov.

(*) http://rabkor.ru/columns/debates/2016/06/09/ideology-and-education/

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