Cuando el Califa quiere ser el Califa

Bianchi

Eso es lo que parece que hubiera querido Pablo Iglesias respecto a Pedro Sánchez, el verdadero Califa, llamando a un gobierno de coalición, «progresista».

La pasada investidura de Sánchez fue fallida al rechazar «Podemos» la oferta del gobierno de asumir una vicepresidencia y tres ministerios de poco fuste que permitiera el acceso a los consejos de ministros, que era el objetivo, aparentando el partido morado «dignidad» con aquello de que a ellos «no se les pisa».

Casi nadie entendió este orgulloso rechazo entonces igual que ahora no se entiende que Sánchez no ofrezca lo mismo a esa agrupación electoral en vista del vil arrastramiento podemita suplicando alguna migaja gubernamental. ¿Cómo es que lo que valía entonces, abril, no vale ahora, septiembre?

La pregunta es pertinente. Sánchez aduce «desconfianza» y la formación de un gobierno «de dos partidos» lo que no le dejaría «dormir» al inquilino de la Moncloa.

Estamos por decir que es lo mejor que le ha pasado a «Podemos» y su líder Iglesias. ¿Por qué lo decimos si, como se pinta, este partido, instalado en el Gobierno, hubiera servido de freno a las previsibles medidas impopulares del Gobierno titular? Justamente por todo lo contrario, esto es, porque Iglesias hubiera asumido y hecho suyas las disposiciones del Gobierno en temas axiales y claves para la Patria… española, por supuesto.

Especialmente Catalunya, verdadera piedra de toque para diferenciar quien es demócrata -al menos en esta cuestión- y quién no reclamando el ejercicio del derecho a la autodeterminación, aunque no se sea independentista. Aquí, en este rubro, Iglesias «entendería» la posición del gobierno central, y ello, al formar parte de él, por «responsabilidad». Ahí se vería que son gente «seria». No se estarían negando a sí mismos, sino mostrándose «razonables». Incluso harían entender a la sociedad la bondad de la aplicación del artículo 155 de la Constitución española. O enseñar a los díscolos independentistas catalanes (y los que les imiten) que las sentencias del Tribunal Supremo español, gusten o no gusten (latiguillo muy de moda), hay que «respetarlas» en un Estado de derecho y blablablá…

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