Durante años los medios han retratado a China como una potencia atrapada entre Rusia y Estados Unidos. Como se acaba de demostrar, esta interpretación se ha quedado obsoleta. Pekín ya no busca mantener el equilibrio entre dos partes; se está posicionando como el eje en torno al cual deben evolucionar ambos.
La visita de Putin, inmediatamente después de la de Trump, no es casual. El Kremlin necesita saber qué buscaba Estados Unidos en Pekín. Cualquier reajuste en las relaciones chino-estadounidenses en materia de aranceles, semiconductores, sanciones, tierras raras, Taiwán o Ucrania, puede alterar los planes de Rusia.
Rusia entiende que, en un mundo donde se fortalecen los bloques económicos y los controles tecnológicos, China no puede ser simplemente un socio; es un pilar económico para Rusia, su baluarte diplomático y su base estratégica de retaguardia.
Pero la verdadera cuestión reside en otro lugar. Al recibir a los dirigentes de Washington y Moscú en el plazo de una semana, y específicamente en Pekín, Xi Jinping está mostrando al mundo el papel indispensable de China como mediador. El simbolismo es esencial; la diplomacia se lleva a cabo tanto a través de imágenes como de comunicados de prensa.
La visita de Trump estuvo marcada por una ceremonia de proporciones imperiales: honores militares, escolares ondeando banderas y banquetes en el Gran Salón del Pueblo. Pekín no solo daba la bienvenida a un presidente estadounidense; lo recibía como a un igual, incluso como a un pedigüeño.