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Seudociencias: el oxycontin es un fármaco legal que ha causado 670.000 muertos

Las grandes multinacionales farmacéuticas ya controlaban la “investigación” médica, la universidad, los colegios profesionales, la OMS, la FDA y ahora en España han logrado el beneplácito de los ministerios para desatar una caza de brujas contra las seudoterapias que, además de no curar, e incluso matar, estafan a los enfermos.

Desde su origen, la ciencia siempre ha padecido toda suerte de persecuciones de este tipo, por lo que esta nueva oleada inquisitorial no puede extrañar. Seguimos como siempre. Hay quien se atribuye la condición de sumo pontífice de la ciencia para quemar a los herejes de la misma porque no la representan sino que son su antítesis: seudociencia.

Sin embargo, la ciencia nunca ha ganado nada en una pelea que no tenga que ver consigo misma. La ciencia es autocrítica, esto es, dialéctica y ningún científico merece tal nombre si no pone en cuestión los fundamentos de su propio conocimiento.

La medicina convencional, tal y como hoy la conocemos, es una dependencia de la farmacia y de quienes la gobiernan, que son las grandes multinacionales del ramo, cuyos intereses no son la salud de nadie sino los beneficios de sus accionistas. De aquí derivan buena parte de las tremendas lacras de los sistemas llamados “de salud” que han convertido a los médicos en los únicos que -al margen de los ejércitos- tienen licencia para matar impunemente.

Afortunadamente los monopolios no pueden tapar la boca a todos, pero sí pueden arrinconar a los herejes para que determinadas noticias que comprometen a la medicina convencional, como la siguiente, no tengan alcance: un analgésico como el oxycontin, plenamente legal, ha causado 670.000 muertos. La información hay que agradecérsela a la obstinación de un medio como Propublica pero, como todo lo que dicen los herejes, no tendrá ningún recorrido. Ya lo verán.

La empresa farmacéutica Purdue fabrica el oxycontin, un opiáceo sintético, desde hace 24 años. Es dos veces más eficaz que la morfina natural y es euforizante, tiene un efecto más fuerte y duradero que la heroína y, por lo tanto, también induce dependencia en el consumidor.

Después de ocho años de litigios judiciales, Propublica logró una copia de un largo informe de 337 páginas de la declaración de Richard Sackler, presidente de Purdue. El Estado de Kentucky le había denunciado, pero ambas partes llegaron a un acuerdo que, tratándose de Estados Unidos, no era más un pacto de silencio. El precio fue de 24 millones de dólares por la destrucción de 17 millones de páginas de documentos relacionados con el litigio.

La declaración de Sackler en 2015 fue precintada junto con otras pruebas que sobrevivieron en un almacén que el Tribunal tenía en medio del campo. En 2016 Stat News, un medio especializado en salud que había fundado el año anterior el jefe del diario Boston Globe, exigió al tribunal de Kentucky que hiciera públicos los documentos no destruidos.

Las sospechas sobre el oxycontin crecieron cuando en junio del año pasado, la fiscal general de Massachusetts, Maura Haley, se querelló contra Purdue por el “homicidio intencional” de 670 personas dependientes del analgésico que murieron de sobredosis (1). La querella se extiende contra ocho miembros de la familia Sackler por tejer una red de fraude y engaño que propagó la muerte por puro afán de lucro. Además, otros 16 directivos y sicarios de Purdue aparecen involucrados.

Lo mismo está ocurriendo en otros ocho Estados del este. Se trata de regiones rurales de bajos ingresos donde este tipo de fármacos legales son una auténtica epidemia. Veintiocho Estados del este tienen elevadas tasas de mortalidad por opiáceos que, además, se duplican cada dos años, mientras que en otros doce la tasa se duplica cada año.

Las tasas de mortalidad por sobredosis de fármacos legales (e ilegales) se correlacionan con la crisis del capitalismo, por lo que han evolucionado en sus tres fases. La primera coincide con la crisis de 2007, la segunda comienza con la política expansiva de la Reserva Federal, asociada a un aumento significativo de las muertes por sobredosis de heroína, y la tercera, que aparece entre 2015 y 2016, tiene una pendiente aún más pronunciada y se corresponde al consumo generalizado de fentanyl, otro opiáceo sintético.

La epidemia ha causado que en 2016 la esperanza de vida de los estadounidenses descienda en 0,36 años.

Nada de esto es nuevo. En 2007 Purdue ya fue condenada a pagar una multa de 600 millones de euros por inducir a la adicción de opiáceos. Además, tres diririgentes de la farmacéutica tuvieron que pagar cuantiosas multas por el etiquetado incorrecto del fármaco, al no advertir a los consumidores de los efectos secundarios del mismo.

En un gran negocio, como la farmacia convencional, las multas son un incentivo para seguir vendiendo drogas de maneras diferentes y con argumentos diferentes con una enorme agresividad comercial. La licencia para matar se extiende incluso a los niños: en agosto de 2015 el jefe del Departamento de Anestesia y Analgesia de la FDA, basándose en estudios realizados por Purdue en niños, amplió la autorización de comercialización del oxycodin a menores comprendidos entre los 11 y los 16 años (2).

Los médicos, los hospitales y las universidades no son ajenas al crimen porque forman parte de la red publicitaria de este tipo de prácticas. En 2002 Purdue donó tres millones de dólares al Massachusetts General Hospital para elaborar y distribuir “material educativo” sobre el dolor y realizar actividades de formación de posgrado (3). Han convertido el tratamiento del dolor en un negocio manejado con la apariencia de una disciplina “científica”, como si el dolor fuera una enfermedad.

En 1999 Purdue financió otro programa “de investigación” del dolor en la Universidad Tufts de Boston y en 2011 un sicario de la empresa fue nombrado como profesor de esa misma universidad.

Los recortes universitarios, los recortes en sanidad y los recortes en investigación científica no son ninguna casualidad. Están sustituyendo la financiación pública por la privada y convirtiendo a la ciencia en tributaria de los grandes monopolios. Hoy es tan complicado diferenciar a una universidad de un vendedor ambulante que a duras penas podemos reconocer a las disciplinas que se imparten en ellas, y mucho menos otorgarles la etiqueta de “ciencia”.

Cuando la Universidad Tufts nombra a un sicario de Purdue como “profesor” hacía ya cuatro años que la empresa había sido condenada por “conducta criminal”. ¿Qué opinión puede merecer una universidad como esa?

¿A qué llaman hoy día “ciencia”?, ¿con qué tipo de porquerías ensucian los “profesores” las cabezas de sus alumnos?, ¿cómo tienen la cara tan dura de hablar de “seudociencias”?

(1) https://www.wbur.org/commonhealth/2018/06/12/massachusetts-lawsuit-purdue-pharma
(2) https://www.nbcnews.com/health/health-news/fda-approves-oxycontin-children-young-11-n409621
(3) https://www.eurekalert.org/pub_releases/2002-02/mgh-mg020702.php

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El capitalismo vampírico: cuando ya no tengas nada que ofrecer al mercado te sacarán hasta la última gota de tu sangre

Las grandes metrópolis capitalistas son sociedades de viejos, decrépitas, donde los indices de natalidad se han desplomado. Tienen dinero pero no tienen juventud y, por lo tanto, no tienen ningún futuro.Las del Tercer Mundo son sociedades jóvenes que sólo necesitan sacudirse en encima a las anteriores para prosperar.

Los países imperialistas chupan la sangre del Tercer Mundo y de cualquiera de un barrio pobre que para subsistir no tenga más remedio que vender su sangre.

No es una afirmación retórica, sino capitalismo vampírico: una empresa con sede en Florida “lucha contra el envejecimiento” de la población sacando sangre a los niños para transfundirla a los ancianos. Es el último elixir de la eterna juventud.

La empresa se llama Ambrosia y fue fundada en 2016 por Jesse Karmazin, graduado de la Facultad de Medicina de Stanford. Ha abierto centros de transfusión en cinco ciudades de Estados Unidos: Los Ángeles, Tampa, Omaha, Houston y San Francisco.

Los tratamientos empiezan por 8.000 dólares el primer litro de sangre y 12.000 dólares si se hacen dos transfusiones. Es un negocio tan rentable que ya hay un mercado negro, paralelo al de los transplantes de órganos.

Los vendedores de sangre son jóvenes. Tienen entre 16 y 25 años, mientras que los pacientes son viejos. Los primeros son pobres; los segundos son ricos. Un niño pobre nunca se podrá pagar un tratamiento con su propia sangre.

El capitalismo es una sangría que convierte al cuerpo humano en mercancía, no sólo por efecto de la prostitución, en trance de ser legalizada, sino que también se van a poder alquilar los vientres de las mujeres gracias a la “maternidad subrogada”, como los laboratorios compran y venden células Hela robadas a una paciente hospitalizada en Estados Unidos.

Como del petróleo, de la sangre humana se pueden extraer muchos derivados y si antes la comercialización estaba prohibida, desde 2001 la empresa suiza Octapharma los compra, los recicla y los revende precisamente porque no son exactamente sangre humana sino medicamentos. Se llama “plasma terapéutico”.

Una directiva europea dio el cambiazo: el “plasma terapéutico” se puede comercializar porque se extrae del cuerpo humano por procedimientos industriales.

Si a alguien le suena lo del “banco de sangre”, espere a que no sea una metáfora. El capitalismo ha liquidado todo aquello de la donación solidaria y altruista de sangre; esos valores no tienen cabida en un mercado vampírico. Si puedes vender tu sangre a buen precio, ¿por que se la vas a regalar a nadie?

Es posible que el precio de la sangre baje lo suficiente para que podamos comprarla en el supermercado de la esquina, envasado como la leche, comercializado por distintas distribuidoras y a gusto del consumidor. Venderán plasma rico en proteínas y albúmina, glóbulos rojos con mucho hierro, glóbulos blancos procedentes de Camboya, inmunoglobulinas de tercera generación, plaquetas…

En un futuro cercano no sólo los marqueses serán de “sangre azul” ni los caballos “de pura sangre”.

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Las multinacionales farmacéuticas trafican con la salud de las personas

El encuentro tiene lugar en una de las pequeñas oficinas de la editorial Flammarion en plaza de Odeón [París]. Su libro “Omertá en los laboratorios farmacéuticos” se publicó el pasado mes de febrero. Bernard Dalbergue tiene aspecto de cansado tras recorrer un largo camino. De cabellos rubios grises, ojos azules claros a juego con su camisa, aún sigue llevando el traje azul oscuro y la corbata de rayas que fue su uniforme durante más de veinte años al servicio de la industria farmacéutica.

Empleado hasta el año 2011 en la norteamericana Merck (en Francia MSD), este médico de 55 años levanta hoy el velo sobre prácticas inquietantes: ensayos clínicos sesgados, efectos secundarios disimulados, expertos comprados. En su opinión, el laboratorio ha transgredido muchas reglas para que sus medicamentos tengan éxito.

Actualmente en juicios con MSD [Merck], asegura no actuar por espíritu de venganza. “Hay ciertamente muchos medicamentos inútiles, o incluso peligrosos, pero salvan millones de vidas en el mundo”, defiende Bernard Dalbergue. “La gran mayoría de los empresarios son honestos, pero algunos están en el origen de excesos inaceptables”, añade.

Médicos ‘comprados’ por las multinacionales

Escrito en colaboración con la periodista Anne-Laure Barret, “Omertá en los labos” [laboratorios] da ejemplos precisos de medicamentos colocados en el mercado en condiciones dudosas, o cuyos peligros han sido ocultados voluntariamente por el laboratorio norteamericano.

El “Victrelis” un tratamiento indicado para ciertas hepatitis C, se lanzó con éxito en 2011 gracias al concurso de muchos médicos “comprados” para la causa del laboratorio, e “infiltrados” en las instituciones encargadas de otorgar su autorización de salida al mercado (AMM).

Sin citar nombres, Dalbergue precisa que Merck ha remunerado en numerosas ocasiones a estos líderes de opinión, como se les llama en la jerga, para misiones relacionadas con el lanzamiento de Victrelis, en tanto que la Agencia francesa para los medicamentos (la AFSSAPS entonces, hoy la ANSM) y su equivalente europeo los escogieron como expertos para evaluar el medicamento. ¿Para qué tomar tantos riesgos? “Para empujar los plazos, y colocarse a la cabeza de la competencia en la línea de salida”, responde Bernard Dalbergue. En la época, los directivos franceses de Merck sólo tenían un temor, explica: verse adelantados por el Incivo de los laboratorios Janssen (filial farmacéutica de la norteamericana Johnson & Johnson), que acaba de depositar el expediente para la autorización de salida al mercado. Por consiguiente, cuentan con sus expertos “preferidos” para acelerar la validación de su demanda.

‘Se ha tomado la costumbre de ahumar a las autoridades sanitarias’

Puestos en contacto con MSD-Merck explican con prudencia que los médicos son los únicos responsables de los lazos de interés que declaran a las agencias. “No somos nosotros los que escogemos a los expertos”, subraya un portavoz antes de reconocer los límites del sistema.

“Los mejor situados para hablar del medicamento son los médicos que han seguido a los pacientes durante los ensayos clínicos. Puede ser difícil para la agencias encontrar especialistas que no tengan relaciones con los laboratorios implicados”. Es una declaración que hace el eco de un dicho repetido a menudo en este universo: “Un experto sin conflicto de intereses es un experto sin interés”.

Para explicar estas dificultades de reclutamiento, Dalbergue sugiere por su parte argumentos más pegados a tierra: “Hay muchos inconvenientes y no mucho que ganar: noches en vela expurgando cientos de páginas, un trabajo de titanes con mucho papeleo a cambio de unos 500 euros […] Es por lo que la mayoría de las eminencias prefieren el dinero de los laboratorios a los honores”.

En 2011 Bernard Dalbergue no se cae de un guindo descubriendo la verdad, porque conoce desde hace mucho tiempo a estos expertos y las costumbres del sector. Pero el “Victrelis” es para él el exceso final, el símbolo de una industria claramente muy enferma.

“Se cogió la costumbre de echar cortinas de humo ante las autoridades sanitarias. Pero el lanzamiento de nuestro nuevo medicamento roza la desmesura”, escribe Bernard Dalbergue. “Durante toda mi carrera jamás había sido testigo de tales amistades peligrosas entre los matasanos y una empresa privada”.

Si se verifican, estas infracciones pudieras costar caras al laboratorio, incluyendo en su país de origen, en donde a los legisladores no les agradan los conflictos de intereses. La poderosa Ley de Prácticas Corruptas en el Exterior les permite sancionar, a menudo duramente, a empresas norteamericanas sospechosas de corrupción, independientemente del país en el que han sucedido los hechos.

250 reclamaciones ocultadas

Ironías del destino: justo cuando la dirección francesa de Merck se hunde en sus contradicciones, la casa madre del laboratorio despliega en todo el mundo un programa destinado a avisar sobre cualquier potencial conflicto de intereses.

Otros dos “asuntos” relatados en el libro plantean una cuestión más grave: ¿están algunos laboratorios dispuestos a sacrificar algunos pacientes en el altar del negocio? Para Bernard Dalbergue esto no tiene duda. ¿La prueba? Una dispositivo inyector lanzado por Merck para administrar un tratamiento contra la hepatitis C. Se comercializó en 2002 y sólo se ha retirado del mercado en 2013, cuando desde su lanzamiento el laboratorio estaba avisado de su mal funcionamiento.

Entre tanto, diez años de comercialización bien orquestada mantienen un año con otro las ventas de su pelotazo con un argumento imparable: no es el inyector lo que plantea el problema, sino los pacientes que no saben emplearlo. Comoquiera que sea, y sin saberlo, una parte de los pacientes no ha recibido regularmente la dosis adecuada del medicamento.

¿Con qué consecuencias? “Es difícil decirlo, ya que los incidentes han sido muy poco comunicados”, se lamenta Bernard quien, en perspectiva, se plantea como ha podido avalar y tapar eso durante diez años.

Cita una cifra inquietante: Merck, dice, ha admitido durante una reunión con la Agencia de Medicamentos haber ocultado 250 reclamaciones. Según él, la vigilancia sobre los fármacos es “un auténtico coladero”: ni los médicos ni los laboratorios señalan correctamente los problemas que observan. “Solo el 1% de los casos se detectan, por lo que cuando aparecen una o dos muertes es realmente para inquietarse”.

Los medicamentos te pueden matar

La investigación complementaria llevada por Anne-Laure Barret vuelve por su parte a tratar el asunto del Vioxx, un antiinflamatorio lanzado por Merck a principios de la década del 2000 y retirado bruscamente del mercado en 2004. Aunque es sospechosos de haber causado entre 20.000 y 40.000 muertes prematuras en Estados Unidos, curiosamente no ha sido objeto de investigaciones en este lado del Atlántico, como ha comprobado la periodista.

Peor aún, su sucesor, un antiinflamatorio de la misma familia, obtuvo un permiso de salida al mercado en 2008 pese a serias dudas sobre su eficacia y a datos muy preocupantes sobre sus efectos secundarios. “Este tratamiento, recetado a 50.000 personas en 2011 ¿es, como su pariente, un producto peligroso?”, se pregunta la periodista.

Reúne en todos los casos elementos preocupantes: el informe de un epidemiólogo americano subrayando los sesgos de los ensayos clínicos, el informe moderado de la Alta Autoridad Sanitaria, la institución que califica los medicamentos, y también el giro de la Agencia de Medicamentos que redacta conclusiones como poco contradictorias antes de dar luz verde.

“Para saber si este medicamento mata bastaría con que las autoridades fueran a buscar en la gigantesca base de datos del Seguro de Enfermedad. Allí se encuentran todas las recetas. Analizándolas y relacionándolas con otras fuentes sobre muertes y hospitalizaciones se podría fácilmente detectar los efectos secundarios de los medicamentos en la vida real”, señala Bernard Dalbergue.

Estas informaciones han sido obtenidas en el asunto Mediator, pero después no se ha continuado ningún seguimiento sistemático. “A nadie le interesa eso, es explosivo”, opina.

‘La salud está en manos del negocio de los laboratorios’

Además de estos asuntos principales, que tal vez acaben un día en la mesa de un juez, el médico saca también a la luz prácticas que, sin ser ilegales, llaman la atención. Es el caso de las técnicas de marketing empleadas por los laboratorios, a veces en el límite de la manipulación.

Bernard Dalbergue lo sabe muy bien, porque el mismo ha participado en estos seminarios de formación intensivos en lujosos hoteles por todo el mundo. Describe el “reclutamiento casi sectario” de los visitadores médicos encargados “de vender” los medicamentos en las consultas y hospitales.

Es un ejército cuyo discurso perfectamente estructurado conquista tanto más fácilmente en cuanto que es difícil o imposible para los médicos relativizar o examinar las informaciones que se les comunica. “Los estudios clínicos, cuando se publican, son muy complicados de desentrañar, y tienen sesgos sabiamente disimulados. Incluso los expertos se confunde, En este aspecto, estamos en las manos de los laboratorios”, opina Bernard Dalbergue.

Una dependencia sabiamente orquestada, de la cual proporciona los secretos: cómo obtener entrada al hospital, qué argumentos emplear para incitar a un médico a recetar el medicamento aun cuando es notoriamente menos bueno que el de la competencia, qué presentar como contrapartida si acepta avalar un ensayo… Todos los trucos manejados por un buen visitador médico. Todo está muy lejos de la ciencia y del progreso.

—http://www.lemonde.fr/economie/article/2014/02/04/un-ancien-de-merck-denonce-les-pratiques-du-laboratoire_4359560_3234.html

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La Farmafia utiliza a los pobres como conejillos de Indias (3)

El empleo de personas como conejillos de Indias no es sólo que se trate a los sanos como si estuvieran enfermos. Tampoco es que los experimentos se lleven a cabo en el Tercer Mundo y no con esos millonarios, como Bill Gates, que se dedican a la beneficencia. Ni siquiera lo más grave es que se utilicen a niños. Lo realmente preocupante es que estamos en presencia de una compraventa de personas, de una forma moderna de tráfico de esclavos, en el que los matasanos han sustituido a los negreros.

El negocio es tan repugnante que en 1998 Estados Unidos tuvo que publicar un reglamento para la experimentación médica con niños (1) porque se habían producido numerosas complicaciones por el uso de antibióticos en niños, los cuales nunca habían sido estudiados en ellos.

Desde luego que ese tipo de reglamentos, que son sistemáticamente vulnerados por las multinacionales farmacéuticas, no rigen en los países del Tercer Mundo, donde disfrutan de ese gigantesco campo de concentración con el que siempre soñaron los matarifes del III Reich para experimentar a sus anchas.

El año pasado el ministro de Sanidad de Perú suspendió los permisos para emprender investigaciones clínicas en niños y comunidades nativas del país (2).

Es algo paradigmático, por muchas razones. Primero porque el gobierno se vio obligado a imponer la suspensión después -no antes- de una denuncia periodística sobre la experimentación médica con niños indígenas.

Los gobiernos del mundo son cómplices, miran hacia otro lado y quieren hacer creer que se enteran a través de los medios de comunicación.

El papel de las ONG en este tipo de crímenes no puede ser más repugnante. Además de encubrir a los verdaderos protagonistas de la experimentación, las multinacionales farmacéuticas, son las ONG actúan directamente sobre el terreno con su hipócrita discurso benefactor.

El año pasado en Perú la ONG Prisma experimentó con más de 3.000 niños sanos por cuenta de multinacionales tan conocidas como Pfizer, Sanofi Adventis, Brystol Myers Squibb, Novartis, GlaxoSmithKline, Biogaia, además de una pesquera local llamada Agrohidro (3).

En la medicina las aberraciones criminales suelen ser consecuencia, en ocasiones, de las intelectuales. En el caso del Perú ponen de manifiesto que la medicina moderna, calificada como “científica”, ha pasado en un siglo de una paranoia con los antibióticos a la contraria, la paranoia con los probióticos, o dicho en otros términos: antes consideraban que las bacterias eran malas y ahora dicen que son buenas para la salud.

En uno de los ensayos practicados con 60 niños peruanos sanos de 2 a 5 años de edad se trataba de comprobar su tolerancia a la bacteria Lactobacillus reuteri DSM 19738. En ocasiones, el probiótico, cuyo nombre comercial es BioGaia, puede provocar efectos secundarios serios.

Es la reproducción del mismo colonialismo que América Latina conoce desde hace 500 años: para experimentar con los niños peruanos, la ONG sobornó a sus padres con comida, por lo que el consentimiento para poner a sus hijos en manos de los matasanos no es libre sino obtenido bajo recompensas, tales como un poco de leche, arroz, aceite, atún y un pequeño juguete para el niño.

La aparición de niños e indígenas es una constante en la medicina moderna, donde la dominación se disfraza con la falta de escrúpulos (“es por su bien”). El interés del dominado lo determina el dominador y el interés de éste coincide con el del anterior.

¿No es más barato practicar todos estos experimentos con los niños de Washington? Los laboratorios se ahorrarían tener que regalarles juguetes y latas de atún…

(1) http://grants.nih.gov/grants/guide/notice-files/not98-024.html
(2) http://www.minsa.gob.pe/?op=51&nota=16657
(3) http://larepublica.pe/impresa/en-portada/7673-farmaceuticas-usan-mas-de-3000-ninos-peruanos-para-experimentos-medicos

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La Farmafia utiliza a los pobres como conejillos de Indias (2)

Si el lector busca documentación sobre experimentación médica con seres humanos, la mayor parte de las referencias le remiten al III Reich y los campos de concentración de aquella época. Es una manera como cualquier otra de tapar un capítulo muy negro de la historia.

La utilización de seres humanos como conejillos de Indias por los matasanos ni empezó con el III Reich ni acabó con su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

La medicina cierra los ojos ante una evidencia que no tiene relación con la salud del cuerpo sino con la de las clases sociales. Desde tiempos inmemoriales los matasanos han formado parte de las clases dominantes y de su dominación clasista, utilizando sin ninguna clase de escrúpulos a los sectores más desamparados de la población para sus experimentos y ensayos. Si el experimento sale bien se utiliza en beneficio de los poderosos y si sale mal se entierra al miserable.

En el siglo XIX pocos médicos fueron más idolatrados que James Marion Sims, considerado como el “padre de la ginecología”. En su memoria se erigió una estatua de bronce entre la Quinta Avenida y la calle 103, frente a la Academia de Medicina de Nueva York, la primera de Estados Unidos que homenajea a un galeno.

El doctor Sims utilizó mujeres esclavas y negras para experimentar con ellas sin necesidad de pedir su consentimiento. Bastaba pedírselo a sus amos esclavistas. En otros casos el matarife buscaba esclavas con determinadas dolencias para comprarlas y experimentar con ellas, como hoy los laboratorios compran ratones y los encierran en jaulas con los mismos fines. Nunca experimentó con mujeres blancas.

Las esclavas tampoco necesitaron nunca ningún tipo de anestesia. Bastaba con un poco de opio y con atarles las manos fuertemente para que no se pudieran retorcer a causa del dolor. Los experimentos de Sims estaban a medio camino entre la medicina y el sadismo.

El galeno documentó meticulosamente sus experimentos, por lo que conocemos detalles como los nombres de pila aquellas esclavas (Anarcha, Betsy, Lucy), a las que ningún científico se ha dignado levantar un monumento.

La mayor parte de aquellas mujeres morían poco después de la intervención quirúrgica a causa de las infecciones. En caso contrario, al matarife no le importaba repetir la tortura con la misma mujer.

En ocasiones, repitió sus experimentos hasta treinta veces con la misma, hasta que acertaba con la cirugía. Luego trasladaba su descubrimiento a las mujeres blancas, aunque esta vez utilizando anestesia para que no sufrieran en la mesa de operaciones.

Empezó a ganar fama y luego a ganar dinero, llegando a edificar un hospital para quien pudiera pagar sus tratamientos. Fue el cirujano de la emperatriz Eugenia de Montijo, la mujer de Napoleón III, y de la nobleza europea.

De 1876 a 1877 le nombraron presidente de la Asociación Médica Americana, que es muy famosa porque tiene una publicación de esas que califican de “prestigiosas” entre los científicos, una de las que dictan el “ordeno y mando” de la práctica de la medicina en el mundo entero.

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La Farmafia utiliza a los pobres como conejillos de Indias (1)

Las multinacionales de la Farmafia realizan sus ensayos clínicos en países del Tercer Mundo entre la población más pobre, sobornando a los políticos y a las instituciones de matasanos para asegurarse la impunidad.

Antonio Ugalde y Nuria Homedes son dos investigadores que realizan su labor en universidades estadounidenses e impulsan la organización Salud y Fármacos. Han escrito una obra titulada “El impacto de los investigadores fieles a la industria farmacéutica en la ética y la calidad de los ensayos clínicos realizados en Latinoamérica”.

Ugalde y Homedes demuestran que a los ministros de sanidad los nombran los monopolios de la farmafia para aprobar leyes permisivas. También exponen el papel lacayuno de los médicos que engañan a las personas para que participen en los ensayos. Los muertos a causa de la experimentación se guardan escondidos bajo las alfombras.

En Argentina, un conocido pediatra y fiel colaborador de la industria, a través de su propia CRO (Contract Research Organization), reclutó 14.000 bebés para incluirlos en el ensayo Clinical Otitis Media & Pneumonia Study (COMPAS) llevado a cabo en cuatro provincias, entre las que se incluía la más pobre del país, Santiago del Estero. El objetivo, testar la vacuna anti-neumocócica, Prevenar, de GSK (que pagaba 350 dólares por bebé).

Las tácticas de este médico eran bien conocidas. “Entre 1996 y 2003, en el Hospital Infantil de la Municipalidad de Córdoba se llevaron a cabo 19 ensayos, la mayoría fase III, 16 de los cuales dirigidos por el mismo administrador: el jefe del departamento de pediatría. Los médicos de la municipalidad reclutaban pacientes en los centros públicos de los barrios más marginados. En diez años (1996-2006) las empresas pagaron unos 24 millones de dólares por los ensayos”.

Tras vacunar a más de 14.000 niños, la muerte de 12 bebés obligó a parar el ensayo. La investigación subsecuente demostró graves violaciones de los protocolos. El investigador principal fue suspendido pero rehabilitado rápidamente: “Demostró su poder político cuando el gobernador de la provincia le abrió las puertas a todos los hospitales provinciales después de que la municipalidad –por violaciones normativas– le prohibiera seguir administrando ensayos en sus instituciones”.

En la provincia de Córdoba, controlada por este individuo, se realizan un tercio de todos los ensayos de Argentina. El Comité de Ética de Investigación Clínica (CEIC) del Hospital Infantil, según una auditoría realizada a petición de la Municipalidad de Córdoba, permitió que el investigador (el jefe de pediatría) y el co-investigador principales estuvieran presentes en la reunión en que se discutió su protocolo.

En esta misma provincia, en 2005, un periodista analizó las actas de la Comisión Provincial de Investigación en Seres Humanos, una de cuyas funciones era el control de los CEIC. Descubrió que en 34 de las 75 reuniones que ese año mantuvo la Comisión había conflictos de interés. La Comisión sólo tenía cuatro miembros y ocasionalmente las decisiones las tomaban una o dos personas.

Los investigadores y el promotor del ensayo COMPAS, tras una investigación del organismo regulador (ANMAT), tuvieron una multa administrativa por incumplimiento de los criterios de inclusión y violaciones durante la obtención del consentimiento informado. Poco después, el director de la ANMAT, que había sido criticado por la industria farmacéutica por ser demasiado exigente, fue cesado sin explicación alguna y la norma sobre consentimiento informado cambiada para facilitarlo (“consentimiento exprés”).

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El capitalismo es malo para la salud

La dentista Cristin Kearns es un personaje muy singular en el mundo actual. Al terminar la carrera de Odontología trabajó en una consulta privada durante un año y luego otros cuatro más en el Inner City Health Center de Denver, un centro de salud que atiende a las personas más humildes de la ciudad tejana.

En el centro, los pacientes eran muy diferentes de los que atendía en la consulta privada. Sus enfermedades bucales eran muy serias. No se podían pagar limpiezas regulares ni reconocimientos dentales. Había pacientes que nada más entrar en la consulta les tenía que extraer todos los dientes.

En una Conferencia de dentistas le entregaron un folleto con consejos para los diabéticos que hablaba de “aumentar el consumo de fibra, reducir el consumo de grasas, reducir el consumo de sal, reducir las calorías ingeridas, pero no decía nada de disminuir el azúcar”, dice Kearns, que comenzó a reflexionar por qué un folleto publicado por el gobierno no mencionaba lo que parecía más obvio: que la caries dental y la diabetes están relacionados con el consumo excesivo de azúcar. La mano invisible del capitalismo saltaba a la vista.

El trabajo de dentista le produjo una lesión en el cuello y Kearns no pudo seguir ejerciendo su profesión. Se puso a trabajar en la Fundación Kaiser, donde intentó contratar unos seguros dentales baratos y accesibles para los pacientes con bajos ingresos. Pero pronto se desilusionó, debido a la excesiva burocracia de la institución.

La negativa de Kearns a aceptar el pensamiento convencional, los estereotipos y los clichés le llevó a profundizar sobre la negativa a reconocer el vínculo entre el consumo de azúcar, la caries y la diabetes. Empezó a buscar documentación sobre las actividades de las empresas azucareras.

“Realmente empiezo a comprender lo que la industria azucarera ha estado haciendo, y ahora es el objeto de mis empeños”. Cuando era dentista no podía pensar siquiera en abordar un asunto así. “Por cada 10 personas que atendías, aparecían otras 10. Un cuento sin fin”. Tiene la esperanza de romper ese círculo vicioso descubriendo el origen de los problemas de salud de las personas.

La dentista ha encontrado apoyo en el periodista Gary Taubes, que llevó a cabo una tarea parecida en relación con los esfuerzos de las empresas tabacaleras para encubrir los vínculos de ciertas enfermedades con el tabaco. A finales de 2012 ambos publicaron un artículo en la revista Mother Jones sobre los esfuerzos de las empresas azucareras para crear un cuerpo de “investigaciones” capaz de cuestionar los vínculos entre el consumo de azúcar, la diabetes y las enfermedades cardiacas.

La conclusión no sólo conduce a establecer que el consumo excesivo de azúcar es perjudicial para la salud, sino también que para ocultar dicha evidencia, los capitalistas han estado financiando un basurero seudocientífico.

La primera pista fue un ejemplar de un extraño libro titulado “Zoology Reprints” en el que aparecía el nombre del nutricionista Ancel Keys y una serie de panfletos sobre el azúcar de una empresa. Uno se títulaba “El azúcar es el fundamento de la vida” y otro “Algunos datos sobre el azúcar de la Fundación de Investigación, Inc., y su programa de Concesión de Premios”.

Los monopolios fabricantes de azúcar estaban financiando “investigaciones” para demostrar algo imposible: que el consumo de azúcar es bueno para la salud.

Rebuscando Kearns encontró la correspondencia de Roger Adams, profesor de química orgánica de la Universidad de Illinois y miembro del Consejo Asesor de la Fundación de Investigación del Azúcar. Cuando murió, Adams dejó sus cartas en la Universidad, incluyendo memorandos e informes que había intercambiado con la Fundación. Tras explorar esta montaña de documentos, el año pasado Kearns publicó un estudio en PLoS Medicine, mostrando que la Fundación y otros grupos monopolistas estaban luchando por silenciar a la corriente partidaria de reducir el consumo de azúcar para preservar la salud.

Uno de los “científicos” a sueldo de la industria azucarera fue Frederick Stare, fundador del Departamento de Nutrición de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard.

Entre 1952 y 1956 la Fundación financió 30 estudios del Departamento de Stare. En la década de los setenta dirigió un estudio denominado “El azúcar en la dieta humana” que la FDA utilizó para imponer normas reguladoras del azúcar en la alimentación.

Apoyados por el dinero de la industria azucarera, algunos “científicos” lanzaron la peregrina iniciativa de que solución a la caries era algún tipo de vacuna. La Fundación invitó a las científicos estadounidenses a participar en una conferencia científica para determinar qué estudios debía financiar el gobierno y cuáles no, que era ciencia y qué no era ciencia.

Naturalmente que “ciencia” era lo que dijeran los capitalistas del azúcar, y las instituciones académicas y sanitarias bailaban según se repartiera el dinero. Por ejemplo, Kearns ha demostrado que el Instituto Nacional de Investigación Dental asumió el 78 por ciento de las recomendaciones de los fabricantes de azúcar.

A finales de los setenta los nutricionistas debatían sobre las causas de la diabetes y las enfermedades cardíacas. ¿Comían los estadounidenses demasiada grasa, colesterol y azúcar, o era una combinación de las tres cosas? Cada vez se hizo más evidente que el exceso de azúcar contribuía a la obesidad y la diabetes, pero los nutricionistas empezaron a mirar hacia otro lado, a ocuparse de otras causas y de otras cosas. Los papeles de Rogers demuestran algo que sólo los “científicos” quieren ignorar: que es el dinero el que dirige la investigación “científica”.

El dinero dirigió la atención de la “ciencia” hacia la grasa y el colesterol, a los que echaron todas las culpas. Luego esa repugnante “ciencia” es la que aconseja a las instituciones de salud pública que imponen las normas y dicen lo que debemos comer y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo para la salud de millones de personas.

Hasta hace poco, organismos como el Departamento de Agricultura (USDA) y la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), no habían emitido recomendaciones sobre la cantidad de azúcar que una persona debe consumir, a pesar de que siempre las han dado sobre el consumo de grasa y de sodio, por lo menos desde hace 20 años. Kearns atribuye este retraso a los esfuerzos de los monopolistas del azúcar, de los refrescos y otras empresas alimentarias.

Mientras tanto, entre 1980 y 2010 el consumo medio de azúcar de los estadounidenses creció un 10 por ciento. El consumo de bebidas azucaradas sólo hace muy poco que ha empezado a descender.

Las empresas de bebidas y alimentación han contribuido a los altos índices de obesidad y enfermedades crónicas. El periodista del New York Times Michael Moss ha escrito varios artículos acerca de cómo los fabricantes de alimentos diseñan sus patatas fritas y bebidas azucaradas para que la gente consuma más. Su colega Anahad O’Connor ha destapado un programa de Coca-Cola para “demostrar” que es el ejercicio y no la reducción del consumo de calorías lo que favorece la pérdida de peso.

El capitalismo no sólo es malo para la salud sino también para la ciencia. “La mayoría de las enfermedades no transmisibles son propagadas por las grandes empresas”, asegura Stanton Glantz, investigador de salud pública famoso por su análisis de los documentos de la industria tabacalera en la década de 1990, “porque el comportamiento de maximización de beneficios les lleva a comercializar productos que terminan causando enfermedades”.

Para controlar las enfermedades, además de tratar de comprender los mecanismos moleculares, hay que “mirar hacia afuera y ver qué es lo que está provocando esa enfermedad, ya que [los capitalistas] están amasando una enorme cantidad de dinero con ello”, dice Glantz.

—http://www.psmag.com/health-and-behavior/the-former-dentist-uncovering-sugars-rotten-secrets

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Rockefeller decidió lo que comemos y lo que no

Reconocer que la forma de producir y distribuir alimentos también forja culturas alimentarias de un territorio ayudaría a esclarecer por dónde podrían ir los tiros de cómo debemos asumir, en revolución, el debate y la praxis correspondientes al trabajo en detrimento de la actitud pasiva de anaquel.

Parece la cresta de la inocencia (o de la estupidez, juzgue usted a continuación), pero en Venezuela encontramos puñados de gente que piensa que los alimentos consumidos a diario provienen de los anaqueles de los supermercados o, peor, de la nevera o la alacena de los hogares. Es quizá la inopia cultural subyacente en cierto sector del país que considera la producción de alimentos como un hecho mágico, como si se tratara de una manifestación divina (“te doy gracias, Dios, por estos alimentos”), lo que se manifiesta en las pocas urbes venezolanas y que golpea como un yunque debido a que permea como un mito en todo el tejido social del país.

Esta expresión cultural comenzó a forjarse en la medida en que ocurría una sistemática destrucción o dispersión de otras formas de producir alimentos por parte de las fuerzas mercantiles y comerciales de la burguesía transnacional y, en menor escala, de los Amos del Valle y los nuevos parásitos bajo la dirección de los apóstoles de Pedro Tinoco. Las consecuencias son visibles y cotidianas: el 90 por cien del territorio venezolano se encuentra deshabitado, en lo que sólo la Gran Caracas, Los Teques y los Valles del Tuy concentran el 35 por cien de la población total del país; y la producción de alimentos se encuentra en la responsabilidad de un 10 por cien de los venezolanos, campesinos todos. Esto sin contar con la importación masiva de agroconfeti y otros rubros subsidiados por el Estado con los pelucones de siempre (cuán corta es la perpetuidad) como intermediarios.

La mentalidad y consecuente comportamiento de supermercado, entonces, se debe a un aparato productivo atrofiado en su devenir y moldeado a imagen y semejanza de las ambiciones y beneficios de las corporaciones del agro. Nada raro cuando se piensa en Nelson Rockefeller y su relación con Venezuela, una que impuso consigo la infraestructura comercial necesaria para el saqueo cercado por alambres de púas, sangre campesina y patrones de consumo con clara tendencia: el engullimiento de un territorio y la satisfacción del gran negocio del hambre. Lo esencial de esta infraestructura todavía permanece, sobre todo en el aspecto cultural, lo dicho, aun cuando los dueños y sus mayordomos hayan cambiado de nombre a lo largo de las décadas.

El desarrollo sin ganancia no es desarrollo

Luego de la Segunda Guerra Mundial, Nelson Rockefeller fundó en 1947 la International Basic Economy Corporation (IBEC) con un capital de 2 millones de dólares, cuando ya era coordinador de la Oficina de Asuntos Inter-Americanos, una especie de sucursal pública del Departamento de Estado, durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. El presidente Franklin D. Roosevelt compró la propuesta del magnate de impulsar el financiamiento en provisiones de comida y servicios de salud para mantener a los países latinoamericanos en la esquina de los Aliados durante los años de la guerra.

Rockefeller, con apoyo de su fundación “filantrópica”, reunió una sarta de científicos, especialistas del agro y técnicos que promovían nuevas técnicas y tecnologías para producir alimentos, que prefiguraron elementos de la posterior Revolución Verde. Una de sus ambiciones era la de “modernizar” la economía alimentaria de América Latina. Y lo logró, con las dificultades que asomaran el destruir culturas, modos de producción y patrones de consumo para el beneficio corporativo.

El envío de científicos de la agricultura a Venezuela se tradujo en la coacción a campesinos para la producción de más leche, papas, trigo y vegetales varios, productos que Venezuela importaba en la época y que eran susceptibles de escalar en precios en el mercado debido a la austeridad característica de los tiempos de guerra. Aquella modernización consistió en la estrategia del IBEC para el desarrollo industrial, que consistía en mover productos alimentarios específicos en un mercado concreto para un target de consumidores: los recién paridos habitantes de las urbanizaciones y quintas de los centros de gozo (ciudades) que podían pagarlos.

Sin embargo, el sistema de distribución de los campos a las ciudades era deficiente. Pagar camiones que transportaran las mercancías en carreteras prácticamente inexistentes costaba más que producir. Rockefeller entonces decidió crear una infraestructura propia. Para esto, convenció a las firmas petroleras en Venezuela de desembolsillar 15 millones de dólares para “ayudar” a Acción Democrática y Rómulo Betancourt a confrontar la crisis de alimentos en el país, entre otros bienes y servicios, a cambio de poca restricción tributaria y cartas avales. En 1946 crearon la subsidiaria de IBEC: la Corporación Venezolana de Fomento (CVF). La idea era atacar la “vieja” agricultura e instalar la chatarra industrial dependiente de los dueños de la tecnología y el petróleo.

Una industria exclusivamente para el consumo

Cargill era consultada, y sus expertos se horrorizaban como lo hacen hoy algunos por la “primitiva, casi bíblica” agricultura venezolana que, paradojas del desarrollo, surtía de alimentos al campesino ya enmiseriado por el dogma del petróleo. Había que arrasar los rastros de producción que se anteponían al totalitarismo de la mercancía, por lo que las bodegas y pequeños abastos pasaron al olvido de la distribución y expendio y se concibieron los supermercados de la mano criolla de la familia Bottome (líder del grupo 1BC y aliado de Rockefeller), cuenta Juan Carlos Zapata en su libro sobre Tinoco.

En 1947 la CVF junto a capital de Bottome creó la subsidiaria Compañía Anónima Distribuidora de Alimentos (CADA). También fundó la Productora Agropecuaria Compañía Anónima (PACA), que sería la institución señera en concebir un plan de siembra nacional. La propuesta de modelo de granja (modelo farmer) del Medio Oeste estadounidense (Iowa) se impuso sin resultados positivos en Venezuela, dice el reporte citado por el investigador Shane Hamilton. Devino la quema de siembras enteras por plagas y altos precios de importación de tecnología.

Sin embargo, las ganancias vinieron del lado del consumo, la compra-venta de alimentos, y no en la producción en sí de los productos, por lo que se desatendió la nimia industrialización del campo, deformando críticamente el aparato de producción en donde IBEC había insertado capital, y que trajo como consecuencia directa la privación del campesinado venezolano de cualquier sustento alternativo.

Entusiasta de los avances científicos y la inversión de capital, Rockefeller convenció al presidente Truman de ponerlo como jefe de la Mesa de “Consejeros” de las Relaciones Internacionales en 1950. Empujó a la National Foreign Trade Council (el Consejo Nacional de Comercio Exterior) para estimular la participación corporativa y la inversión privada como política internacional anticomunista. Se afincaron en el nuevo modelo de distribución y expendio. Los supermercados se convirtieron en entidades políticas, forjadores de alianzas transnacionales y de cultura, ya que sirvieron de puntas de lanza encubiertas de la contrarrevolución durante la Guerra Fría en la región por la vía de patrones de consumo. De los modos de producción de alimentos en Venezuela (conuco, huertos, pequeños sembradíos) a los degradantes sistemas capitalistas. Alimentarse como lo hacen en Miami o Nueva York forma parte de los aservos imperiales más contundentes en sus arsenales.

A pesar de la inversión inicial de la CVF (Betancourt en su libro Venezuela. Política y petróleo habla de 23 millones de bolívares para comenzar), el retiro de IBEC del mercado interno venezolano fue suplido por Archer-Daniels Midland (cuyo lema era “Supermarket to the world”) y Wal-Mart. Al mismo tiempo, PACA cerró en 1953 incumpliendo sus objetivos y endeudando al país por importaciones tecnológicas.

El CADA de Las Mercedes era el Titanic de los supermercados, abierto desde 1954. El plan de esta red era insertarla donde hubiera mayor afluencia demográfica según la capacidad adquisitiva (urbanizaciones, zonas clase media) y que al mismo tiempo albergara la mayor población gringa posible acostumbrada a este tipo de compra y consumo.

Pero el proyecto tenía una pata rota, y por lo tanto susceptible de dependencia estatal por completo: cuenta el mencionado Hamilton que el 80 por cien de lo que importaba CADA provenía de compañías estadounidenses como White Rose Inc. de los hermanos Seeman, problema que no tenía la red de supermercados TODOS, con sede en Maracaibo, que se abastecía de alimentos (menos del 6 por cien eran productos importados desde EEUU) debido a las relaciones comerciales entre el Táchira, vasto territorio campesino, y la burguesía mercantil de Maracaibo, que domingo Alberto Rangel en Los andinos en el poder la describe desde sus inicios en el siglo XIX y que las resume con la siguiente frase: “La economía occidental tendió a unificarse bajo la égida de los financistas del Zulia”.

Esta ecuación no se desarrolló en el resto de las cadenas productivas y comerciales de Venezuela, lo que confirma el hiperatrofiamiento de los modos de producción. Para mediados de la década de 1970 Venezuela se había convertido en un gran supermercado con la aglomeración violenta de campesinos empobrecidos en los cordones citadinos, en donde aún persistían las bodegas, quincallas y abastos.

La familia Rockefeller no sólo había convertido un imperio monopólico del comercio de alimentos en Venezuela, Brasil, Argentina, Perú e Italia, sino que había deformado culturalmente los hábitos de consumo por lo producido en las grandes fábricas y fincas bajo el concepto de la Revolución Verde corporativa. El agroconfeti convertido en el menú del día.

No ocurrió un cambio de espejitos por oro, como se suele ridiculizar al acto colonial, sino una de las maneras de penetración imperialista por el hecho del consumo. Detrás del mamotreto comercial, un aparato productivo incipiente sustituyó a otras formas de creación alimentaria y, por arrastre esencial, cultural. El capitalismo también es una forma de extinguirse como sujeto mediante el engullimiento de mercancías.

Los patrones de consumo fueron imposiciones del agronegocio, anularon la diversidad y se deformaron el sentido del gusto con agroconfetis y alimentos que no forman pueblos sino que los subsume a un metabolismo cultural propio del capitalismo en su versión venezolana de la mina. Todo lo proveniente de una infraestructura viciada perteneciente a la idea foránea y mercantil del clan Rockefeller, es decir, propia de quien piensa en el alimento como mercancía, un trasunto para la acumulación capitalista. Es una infraestructura que no nos pertenece como dato cultural para la construcción de nuevos modos de producción sino como referencia de la guerra impuesta, la ignorancia como dermis ideológica y la mina que (por ahora y mientras tanto) somos.

En tiempos en que la discusión en torno a la productividad toma fuerza para concebir un nuevo modo de producción debemos decidir si queremos seguir viviendo en un supermercado (con todo lo que eso significa, con y sin guerra económica) o en un país en el que la dignidad no sea sólo una palabra. ¿Producir para el consumo acostumbrado y el anaquel o para cimentar una inédita cultura aún por explorar?

Ernesto Cazal http://misionverdad.com/la-guerra-en-venezuela/rockefeller-decidio-que-comemos-y-que-no

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Del Corpus christi a la guerra fría

Durante la guerra fría San Francisco fue escenario de varios experimentos de guerra bacteriológica en los que el ejército utilizó a la población como cobayas humanas.

En los años cincuenta la aviación roció la bahía con una nube de bacterias Serratia marcescens. El siniestro experimento se denominó en clave Operación Sea Spray. Al menos uno de los que fueron rociados desde el aire, Edward Nevin, falleció. Además, otras personas padecieron enfermedades diversas y 11 de ellas tuvieron que ser llevadas a los hospitales con síntomas de una severa infección urinaria.

El ejército estadounidense trataba de observar la manera en la que una ciudad reaccionaba frente a un ataque biológico. Situaron puestos de vigilancia en varios puntos claves de la bahía de San Francisco para comprobar el alcance de la infección.

Las conclusiones del ejército fueron que el experimento había sido un gran éxito. Las ciudades de topografía similar a San Francisco podían hacer frente a un ataque bacteriológico.

Como consecuencia del éxito, hasta la época de Nixon, se llevaron a cabo otros experimentos similares sobre una población civil inadvertida de los experimentos que estaban llevando a cabo sus propias tropas con ellos.

La bacteria Serratia marcescens es conocida desde la Antigüedad. En su “Historia de Alejandro” el cronista Quinto Curcio Rufo cuenta que en el asedio de la ciudad de Tiro, al cortar rebanadas de pan los soldados vieron fluir algunas gotas de sangre. El pan estaba afectado por dicha bacteria, que produce un pigmento de color rojo que se llama “prodigiosina”.

Durante la Edad Media, los cristianos se aprovecharon de este efecto del pan contaminado con la bacteria para deslumbrar a los incautos diciéndoles que era un milagro. En los ritos religiosos la sangre de Cristo volvía a brotar del pan. Uno de esos milagros sirvió para conmemorar la festividad del Corpus Christi, aún vigente en la actualidad.

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La ideología del contagio

Una de las concepciones más extrañas de la medicina es la del contagio, una palabra que procede del latín “contactu” y asegura que las enfermedades se transmiten de unas personas a otras incluso por el simple acercamiento entre ellas. No obstante, la posibilidad de un contagio ha llegado a arraigar de tal forma que está plenamente asumida como normal. No plantea la menor duda. Debo ser de los pocos a los que aquí algo no les cuadra en absoluto.

La teoría del contagio tiene enormes consecuencias políticas, además de médicas, que el Estado (más que los médicos) se encarga de recordarnos a cada paso: cada uno puede hacer consigo lo que quiera, pero hay enfermedades en lo que eso no está permitido porque puedes contagiar tu enfermedad a los demás.

De ahí procede la palabra “viral” que ha pasado a la informática y al lenguaje corriente para referirse a algo que se multiplica o propaga indefinidamente, de boca en boca. Cuando esa expansión se produce, convierten a determinadas enfermedades en “amenazas” que pueden acabar con la humanidad entera o con una parte importante de ella.

Recordar ahora las olas de pánico que han desatado en torno a este tipo de concepciones, cuyo origen es siempre Estados Unidos, resultaría ilustrativo de eso a lo que algunos llaman “ciencia” y del intento de mantener a la humanidad atemorizada de forma permanente, como el lamentable espectáculo de esos asiáticos a los que vemos por las calles con una mascarilla en la boca para no contagiar o contagiarse.

Una vez asimilado que el contagio no sólo es posible sino corriente, es decir, que hay enfermedades que son “muy contagiosas”, se deslizan teorías aún más extrañas según las cuales el origen del contagio puede proceder de animales, como ese origen simiesco atribuido al Sida a causa de las relaciones sexuales de hombres (africanos) con monos o por comer carne de dicho animal.

La teoría del contagio surge en la medicina renacentista europea como consecuencia de la recepción del platonismo, es decir, del idealismo objetivo mezclado con supersticiones heredadas de la Edad Media, el orfismo y otro tipo de concepciones religiosas más o menos oscurantistas. Lo mismo que en la actualidad, tales concepciones no se presentaban como lo que eran realmente sino como auténtica “ciencia”, que se puso inmediatamente en marcha con la epidemia de sífilis que invadió Europa en el siglo XVI.

Hasta entonces el contagio parecía algo más bien propio de la mística: todo el universo está lleno de vida, incluso las cosas inertes, la vida pasa de unos cuerpos a otros, y entonces la vida se equiparaba al alma como hoy se equipara al ADN. Al morir un cuerpo el alma no muere sino que pasa a otro cuerpo… Lo mismo que decían de la vida o del alma se decía también de las enfermedades, que eran parte de la vida y se transmitían de unos cuerpos a otros, o bien de padres a hijos.

Con la sífilis y con las enfermedades venéreas, en general, el contacto se concretó en algo tan tangible como las prácticas sexuales. Si el sexo no era pecado, por lo menos era un peligro, decían los médicos. La historia de la sífilis a lo largo de 400 años, de lo que los médicos han escrito sobre ella y de los tratamientos que impusieron a los enfermos, demuestran que era peor el remedio de que la enfermedad. Es uno de los capítulos más ilustrativos que se pueden poner acerca del contagio, porque la experiencia es muy dilatada. La sífilis, las enfermedades venéreas y contagiosas y, en especial, la viruela en la América postcolombina, tenían relación directa con el colonialismo rampante de la época, con los cambios bruscos del medio ambiente, con los primeros viajes interoceánicos, el cambio en la alimentación o la imposición de trabajos forzosos a los indígenas.

En la medida en que un enfermo contagioso es un apestado en el sentido más literal de la palabra, el Estado se apoyó en los médicos para imponer medidas coercitivas contra ellos, por su propio bien y por el de todos los demás. En nombre de la “ciencia”, los galenos asumieron el papel de policías: impusieron cuarentenas, crearon leproserías y lazaretos en los puertos para encerrar a los apestados, los identificaron para que no se mezclaran con los demás, los confinaron en islas remotas… cualquier medida represiva se justificaba en nombre del “tratamiento”.

La consecuencia de ello y del pánico artificioso que crearon alrededor fue que un sinfín de enfermedades pasaron a convertirse en contagiosas y un sinfín de enfermos pasaron a convertirse en una especie de delincuentes. Incluso la literatura de todos los países del mundo está repleta de relatos escalofriantes de ese tipo de prácticas. El tiempo y la ciencia, la de verdad, han ido demostrando que la mayor parte de las enfermedades tradicionalmente consideradas como contagiosas, como la lepra, no lo son. Pero no sólo han demostrado la falsedad de todo ese tipo de concepciones médicas sino que han puesto al descubierto los verdaderos motivos que se encubren detrás de la paranoia del contagio, que desembocan directamente en el fascismo, como modelo de lo que debe ser la “higiene social”, la limpieza étnica, la pureza racial y la eliminación pura y simple de los tullidos, deficientes y degenerados.

Pongamos un caso reciente, el de la pelagra, que hace 100 años se consideró como una enfermedad contagiosa e incluso alguno como el “científico” estadounidense Charles Davenport, hoy olvidado, la consideró, además, hereditaria. La pelagra es una enfermedad de los pobres, consecuencia de una alimentación deficiente.

Cuando a comienzos del pasado siglo en Estados Unidos se desató una “epidemia” de pelagra, el gobierno ordenó la típica investigación para encubrir sus causas verdaderas, el hambre y la miseria que padecía el país, y sustituirlas por otras ficticias avaladas por los típicos “expertos” bien subvencionados.

La investigación se llevó a cabo con presos utilizados como cobayas humanas. El origen verdadero de la enfermedad, que ya se sabía de antemano, se confirmó una vez más, pero se mantuvo en secreto durante 20 años mientras se engañaba a las masas con la correspondiente campaña desinformativa de bulos y fábulas en la que participaron toda esa cohorte de “médicos prestigiosos”, profesores universitarios y facultativos. Los clásicos argumentos infecciosos estuvieron acompañados de una manera burda con los raciales, porque los más pobres y los más enfermos de pelagra eran los negros y, por consiguiente, no había que mezclarse con ellos: no tratar con ellos, no hablarles y, sobre todo, no mantener relaciones sexuales con negros.

De la sífilis al virus del Ébola, a lo largo de siglos y hasta el día de hoy, en todo el mundo la ideología del contagio encubre al colonialismo y al imperialismo, encubre la pobreza de millones de seres humanos, encubre el hambre, encubre la explotación brutal de las masas, encubre el racismo, encubre la condiciones miserables de vida, encubre la suciedad de los barrios más humildes, encubre el hacinamiento, encubre la contaminación… La única vacuna que cura esas lacras es el socialismo. No conozco otra.