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El sainete del ruin Engels

 Juan Manuel Olarieta

El vínculo entre Marx y Engels es tan estrecho que sus biografías son siamesas. La hija pequeña de Marx, Eleanor, escribió: «La vida y la obra de estos dos hombres está tan estrechamente fusionada que es imposible disociarla». También Lafargue, uno de los yernos de Marx, comentó que ambos «forman, por así decirlo, una sola vida». En lo personal mantuvieron una relación tan íntima que siempre fueron la misma familia.

Lo mismo que la vida, la obra de ambos es una misma obra. Siempre ha resultado imposible editar las obras de uno separadas de las del otro. Muchos de los escritos que se atribuyen a uno, los redactó el otro. Algunos de los libros que uno escribió el otro los revisó. Al acabar de redactar «El Capital» en 1867 Marx le escribió a Engels: «Te debo solamente a tí haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».

En las luchas políticas se embarcaron en el mismo empeño, con una coordinación que no tiene parangón en la historia. No se les conoce ningún tipo de divergencias entre ellos, ni permitían que nadie hablara mal de uno en presencia del otro, como demuestra una carta de la hija de Kugelmann dirigida en 1928 al Partido Bolchevique en la que narraba los recuerdos suyos y de sus padres sobre Marx, quien había pasado largas jornadas en su casa de Hannover. Describe a Marx como un hombre al que nunca vio sobresaltarse, excepto una vez que escuchó a un militante hablar mal de Engels: «Las relaciones que existen entre Engels y yo son tan estrechas y cordiales que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en ellas», dijo Marx.

No obstante, hay unos cuantos trileros empeñados en sostener lo insostenible: oponer el uno al otro. Creen que Engels es un segundón, un escalón inferior a Marx en el que creen haber encontrado un punto débil para atacar al marxismo. Uno de esos trileros fue Sidney Hook, profesor de la Universidad de Nueva York, que reunía dos condiciones indispensables: además de filósofo era un agente de la CIA y la finalidad de sus cursillos fue la de ofrecer a sus alumnos una interpretación realmente «revolucionaria» de Marx, según confesaba en uno de sus libros, que consistía en liberarla de las formulaciones «anticuadas» de Engels. Hook quería refundir a Marx con el pragmatismo, lo mismo que otros lo han intentado con el kantismo, con el hegelismo, con el sicoanálisis… con cualquier cosa menos con el ruin Engels. Desde entonces el marxismo tiene muchos sabores diferentes.

No es algo reciente sino que la burguesía empezó su batalla ideológica contra Engels durante la vida de ambos camaradas, como le escribió a Bernstein un mes después de la muerte de Marx: «El sainete del ruin Engels que ha falseado al bravo Marx se ha representado un número incalculable de veces desde 1844».

El propio Bernstein, que durante un tiempo tuvo la confianza de Engels, estuvo en el meollo del intento de dividir a ambos. En los últimos años de la vida de Engels, la socialdemocracia alemana manipuló la «Introducción» que escribió para una reedición de «Las luchas de clases en Francia» de Marx. Por consiguiente, el intento de desacreditar a Engels y enfrentarle con Marx es un empeño típico del revisionismo y, sin embargo, la desfachatez llega al punto de que algunos le imputan a Engels la degeneración revisionista de la socialdemocracia alemana: no fue víctima sino responsable de ella.

Pero mientras vivió Engels la socialdemocracia alemana no tuvo el coraje de atacarle de frente en el terreno político. Los primeros en hacerlo, los austriacos Victor Adler y Karl Vorländer, plantearon el ataque en términos filosóficos con la pretensión declarada de sustituir el repugnante materialismo dialéctico de Engels por el kantismo. A finales del siglo XIX en el Imperio Austro-Húngaro el revisionismo político se ligó al kantismo filosófico. El verdadero fundador de la socialdemocracia alemana había sido Kant y su verdadero fundamento no era científico sino ético, un ejercicio de la voluntad y un imperativo categórico disfrazado de «praxis». Adler, Vorländer y sus herederos introdujeron al marxismo en las polémicas filosóficas de la burguesía para convertirlo en otra corriente filosófica (burguesa) más, dentro de las varias que existen.

Los revisionistas austriacos pusieron todos y cada uno de los fundamentos filosóficos del ataque, que otros continuaron luego. Empezaron a hablar del marxismo como si fuera una teoría «crítica» de la sociedad, de la existencia de un «sujeto» revolucionario, denostaron el determinismo de Engels, su naturalismo, su metafísica, su dogmatismo, su cientificismo… Mientras Engels decía que Marx había puesto los fundamentos científicos del movimiento obrero, el socialismo científico, los revisionistas decían (y siguen diciendo) que el marxismo no es ciencia sino conciencia, una «cosmovisión» o ideología (crítica, eso sí) acerca de la sociedad en que vivimos. La ciencia, dicen ellos, es otra cosa diferente que nada tiene que ver con el marxismo.

El ataque dio un verdadero vuelco tras la Revolución de 1917, obligando a la burguesía a emplearse a fondo en la tarea de combatir al marxismo. Los que más se empeñaron en ello fueron los miembros de la Escuela de Frankfurt que llevaron la batalla a un frente distinto. Tras las marrullerías de aquellos autores (Adorno, Horckheimer, Habermas, Marcuse) Marx y Engels dejaron de ser los políticos que había creído la burguesía hasta entonces, elevando el marxismo a la categoría más digna de teoría. Desde entonces un puñado de intelectuales están enfrascados en sacar al marxismo de la práctica para convertirlo en una filosofía capaz de competir con otras. Como consecuencia de ello, a lo largo de un siglo el marxismo se ha convertido en algo tan refinado y exquisito que sólo los pensadores dominan la jerga cabalmente. Los demás son muy toscos y primitivos.

Como remate del proceso, aquel puñado de intelectuales burgueses se viste unos ropajes que en absoluto les corresponden. Se llaman a sí mismos «marxianos». En la medida en que la mayor parte de ellos son funcionarios de los aparatos ideológicos del Estado burgués, especialmente de la universidad, ostentan una imagen impecable: representan al marxismo mejor que nadie y sus obras alcanzan un eco que sólo sorprende por su mediocridad.

La experiencia de 100 años prueba que cuando alguno de esos intelectuales ha ingresado en un partido comunista, ha durado poco y se ha visto obligado a salir por la puerta falsa. El comunismo se ha llevado (y se lleva) muy mal con la intelectualidad, mucho peor de lo que imaginamos. A los académicos no se les suele ver en la reunión de una célula de barrio, haciendo pintadas por la noche o en un piquete. Pero como ellos tienen la sartén (de la producción intelectual) por el mango, han presentado las cosas de tal manera que en el choque el comunismo pierde frente a lúcidos escritores, injustamente vilipendiados por los grises burócratas del aparato.

¿Hay algo que aborrezca más un intelectual «marxiano» que el aparato? Sin embargo, aborrecen mucho menos el aparato del Estado burgués que les paga sus cátedras y sus simposios. El prototipo del «marxiano» es el de un funcionario que habla de luchar contra el Estado que le sostiene para que pueda seguir impartiendo lecciones.

La mayor parte de la intelectualidad burguesa mutila al marxismo de manera que sólo tiene en cuenta las obras de Marx y Engels, no sus biografías. Para ellos lo importante son los papeles, no el trabajo de organización, ni las barricadas, ni las huelgas, ni la Primera y la Segunda Internacionales. Pero mientras Marx y Engels trabajaron para la organización, todos esos intelectuales han trabajado siempre contra la organización, contra cualquier clase de organización y su propósito no es otro que el de desorganizar.

Por lo tanto, no sólo los escritos de los intelectuales burgueses, por más «marxianos» que se disfracen, no valen un pimiento, sino que ellos personalmente tampoco han llevado a cabo ninguna clase de tarea de organización que merezca la pena. En la medida en que su tarea ha sido la contraria, desorganizar, dichos intelectuales merecen el mismo tratamiento que Engels dispensó a Dühring.

En 1877 Dühring era profesor de la Universidad de Berlín, uno de los pocos, por no decir el único, que en aquella época se pronunció públicamente a favor del socialismo, lo cual era tanto como pronunciarse hoy a favor del «terrorismo». Era un autor de reconocido prestigio que podía servir como banderín de enganche de un partido entonces incipiente. Pero los escritos de Engels, especialmente el feroz tono que empleó, cayeron como un jarro de agua fría. No se le podía haber ocurrido nada más inoportuno para la socialdemocracia, que tuvo que incluir los artículos de Engels en Vorwärts (Adelante), su periódico. Si Engels es uno de los más odiados por los «marxianos» se debe en gran parte al Anti-Dühring, una de las obras marxistas más difundidas de todos los tiempos.

Dühring vivió casi 50 años después de que Engels publicara los artículos en su contra. Sus viejas simpatías socialistas habían sido una moda efímera de las que, como tantos otros intelectuales, acabó renegando para convertirse en un chovinista, racista y antisemita, autor de obras reaccionarias realmente repugnantes. Lo mismo le sucedió a Hook. Después de su interpretación «revolucionaria» del marxismo defendió la caza de brujas de McCarthy en Estados Unidos. Es típico de la intelectualidad desarraigada: con el mismo ardor con el que sostienen una teoría, defienden luego la contraria.

Engels hizo lo que los intelectuales «marxianos» más repudian: puso al marxismo en movimiento, lo convirtió en una fuerza organizada. Cuando Engels murió no sólo dejó papeles sino cooperativas, sindicatos, partidos y una organización internacional del proletariado con millones de militantes. Esa también es su obra. Ni él ni Marx escribieron para ninguna universidad sino para esa organización, para dotarla de un línea, de un programa y de una ciencia revolucionarias. Su filosofía (que es la misma que la de Marx) es partidista, decía Lenin. Se escribió por y para el proletariado, forma parte integrante de su vanguardia organizada y no tiene ningún sentido fuera de ella.

Los ataques contra Engels van, pues, dirigidos contra las organizaciones del proletariado. Una vez liberado el marxismo de Engels, es decir, de la organización, la burguesía devuelve la filosofía a la teoría, al punto inofensivo en el que puede neutralizarla. De ahí pasa a las universidades, a los libros y a las librerías, en cuyos escaparates compite con otras teorías, otros libros y otras librerías.

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El reparto mundial de las materias primas estratégicas

«Los monopolios adquieren la máxima solidez cuando reúnen en sus manos todas las fuentes de materias primas, y ya hemos visto con qué furor los grupos internacionales de capitalistas dirigen sus esfuerzos a arrebatar al adversario toda posibilidad de competencia, a acaparar, por ejemplo, las tierras que contienen mineral de hierro, los yacimientos de petróleo, etc.» (Lenin)

Al alimón, en 2012 Estados Unidos, la Unión Europea y Japón denunciaron a China ante la Organización Mundial del Comercio por las restricciones que el país asiático impuso a la exportación de tierras raras, una materia prima estratégica en la producción de muchos dispositivos de alta tecnología civil y militar.

Las tierras raras han pasado de un rincón olvidado en la tabla periódica de Mendeleiev, a convertirse en protagonistas de la tecnología punta del siglo XXI. Se trata de minerales con propiedades magnéticas y conductivas inusuales que son la materia prima con la que se fabrican las televisiones de pantalla plana, las pantallas de los ordenadores, la fibra óptica, los aparatos de rayos X o los teléfonos inteligentes.

Cada batería del modelo de vehículo híbrido Prius de Toyota lleva 15 kilos de un metal raro, el lantano, y la multinacional fabrica un millón de unidades cada año. El tungsteno se utiliza en tecnologías electrónicas, automotrices, aeroespaciales y médicas; China produce el 91 por ciento del tungsteno del mundo. El molibdeno es un elemento metálico que se usa para los filamentos de las bombillas; China produce el 36 por ciento del molibdeno del mundo.

La demanda de estos minerales está creciendo en todo el mundo, debido al aumento vertiginoso de las técnicas que los utilizan. En 1955 la producción mundial de estos metales fue de 5.000 toneladas, en 1990 se fabricaron 40.000 toneladas y en 2011 la producción se ha triplicado: 120.000 toneladas.

Son, pues, materias primas estratégicas. Cinco de las tierras raras y el indio se encuentran entre los suministros más críticos de materias primas para los próximos años según el informe “Critical Material Strategy” aprobado en 2010 por el Departamento de Energía de Estados Unidos. Al año siguiente el subcomité de Asuntos Exteriores sobre Asia y el Pacífico de la Cámara de Representantes convocó una audiencia sobre la dependencia de Estados Unidos en el suministro de metales raros. Uno de los asuntos tratados fue su importancia vital en las armas de primer nivel, incluyendo sistemas de guía de misiles, aviones no tripulados y los nuevos aviones de combate F-35 Joint Strike Fighter, cuya producción se había visto interrumpida.

De promedio China monopoliza el 95 por ciento del mercado mundial de metales raros, para alguno de las cuales no hay sustituto alguno en la actualidad. Por ejemplo, China controla el 99,9 por ciento del mercado mundial del europio, una materia prima que entra en la fabricación de las pantallas de los ordenadores, teléfonos inteligentes y lámparas fluorescentes.

Además de su posición monopolista, China va muy por delante de las demás potencias en la técnica de extracción de estas materias primas y sus competidores se lamentan de que hayan vuelto las prácticas imperalistas contra quienes las inventaron. Pero los chinos no tienen una ventaja innata; se la han ganado. Empezaron a invertir en este mercado hace 40 ó 50 años y hoy son capaces de producir de forma masiva y a precios sin competencia posible, cuando en las minas de otros países la obtención, además de difícil, resulta extraordinariamente costosa, no porque los yacimientos no sean rentables sino porque no tienen la técnica necesaria para rentabilizarlos, debido al carácter disperso y a la baja concentración de los metales.

China les hace bailar al son de su música. Siempre gana, tanto si baja como si sube los precios. Si los baja arruina los yacimientos del resto del mundo y les obliga a cerrar las explotaciones, como ocurrió en 2002 en la del desierto de Mojave, entre California y Nevada. Diez años después una empresa minera estadounidense de metales raros, Molycorp, tuvo que hacer algo insólito en Estados Unidos: pedir una subvención al gobierno para evitar la bancarrota.

En los últimos siete años China ha optado por la política contraria: ha reducido en un 40 por ciento las exportaciones para subir los precios y en 2010 elevó los impuestos y redujo aún más las cuantías máximas de exportación. Incluso suspendieron temporalmente los envíos a Japón.

Los precios se dispararon. Los del disprosio, por ejemplo, se multiplicaron por siete desde 2003 y los del terbio se cuadruplicaron entre 2003 y 2008. En otros casos se han multiplicado por diez.

Pero esa no es la única fuente del negocio. Al mantener los precios para el mercado interior mientras suben en el exterior, China crea una ventaja significativa para los capitalistas locales, que producen mucho más barato. El manejo de los precios también es un medio de presión para obligar a los imperialistas a trasladar sus inversiones y su tecnología al interior de China.

La multiplicación de los precios ha convertido a los metales raros y a las empresas que los producen en valores característicos de la especulación bursátil. También ha aumentado el valor residual del reciclado de las mercancías y medios de producción cuyos componentes se fabricaron con tierras raras y que han quedado obsoletos con el tiempo. Se han constituido empresas que trabajan en desguaces, vertederos y basureros en busca de viejos móviles, televisores, neveras, ordenadores, baterías o relojes. Lo llaman «minería urbana». Según algunas estimaciones, en Japón los aparatos electrónicos obsoletos contienen aproximadamente 300.000 toneladas de tierras raras, por lo que el gobierno ha impuesto por ley el reciclado de metales raros, revestido de justificaciones seudoecológicas. Las empresas también invierten cada vez en el reciclado de sus propias mercancías. Toyota ha estado reciclando metales raros de viejas baterías eléctricas de su modelo Prius. Hitachi adquiere una parte del neodimio y disprosio del reciclaje de mercancías como discos duros y aparatos de aires acondicionado.

Los capitalistas han tenido que ponerse a excavar minas por todo el mundo, especialmente en California, Suráfrica, Canadá, Groenlandia y Suecia. En Australia han localizado dos grandes yacimientos y Toyota ha adquirido una mina en Vietnam de la que únicamente la multinacional puede extraer los metales raros para las baterías de sus coches híbridos.

Más del 50 por ciento de las exportaciones de tierras raras chinas tiene al Japón como destino. La industria electrónica y de instrumentos de alta precisión japoneses depende de estos suministros y sitúa al Japón en una situación de dependencia en relación con su gran rival asiático, por lo que está buscando yacimientos hasta en el lecho marino del océano Pacífico, cerca de Hawai y de Tahití.

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Dios los cría y ellos se juntan

Quién
es Pablo Iglesias.
Una
breve
contextualización
del intelectual posmoderno y reformista*

Decía
Gramsci que, a la par que una clase social
fundamental**
nace
(casi siempre, con la única excepción del proletariado, de la
descomposición general del modo de producción anterior -ya se sabe:
la muerte también da vida, que sostenía Engels), a la vez que esta
se forja, crea, asimismo, para consigo, la intelectualidad que
defienda sus intereses de clase (antagónicos con los de otra).
La
crisis del feudalismo empezó con la pérdida de poder económico por
parte de la clase dominante, terreno en el cual sólo conservaba
apenas fuerza en el campo. Los señores feudales tenían que lidiar
en política con el ascenso de una burguesía envalentonada.

Ante
la descomposición del modo de producción feudal, la burguesía, en
su fase incipiente, creó con ella los intelectuales que defendían
sus
intereses
de clase. La Ilustración es el

paradigma
de la filosofía burguesa revolucionaria. Voltaire,
Montesquieu,
Diderot,
Locke, D’Alambert, etc. fueron el cimiento filosófico e ideológico
de la revolución burguesa, que precedió a la revolución política
-la revolución francesa- pero que sucedió a la revolución
económica -la revolución industrial. Un mismo proceso,
evidentemente con sus particularidades, tiene lugar en el seno de
cada clase social
fundamental.

Sin
embargo, no sólo la clase social dominante produce a sus defensores,
sino que, además, en tanto que dominante, produce a los dominados,
con la excepción única del proletariado, ya que la burguesía, a la
que que oprime bajo su dictadura, ya había nacido junto a él. La
condición para que exista la propiedad privada es la privación de
propiedad a un grupo de seres humanos. Más de uno acusaba a la
propiedad privada de «privarnos de todo». La expropiación de la
burguesía a gran parte de la población provoca el surgimiento de la
clase desposeída: el proletariado.

La
clase obrera pronto se organiza. Primero lo hace por motivos de tipo
económico
(salario,
asistencia laboral, condiciones de trabajo, accidentes, etc.); luego,
a medida que se va cohesionando, los socialistas introducen desde
fuera el comunismo y se cambia de miras. La lucha ya no es tanto una
lucha económica como una lucha política, un campo de batalla donde
se hallan dos clases antagónicamente enfrentadas, donde una tiene el
poder y la otra no, y esta última es oprimida de múltiples maneras
por la primera. Los trabajadores han de conquistar el poder mediante
la violencia
para
suprimir su explotación y, con ella, la de toda la humanidad
.

Debido
a la comprensión de la necesidad de la revolución por parte de los
obreros, la burguesía, dueña de todo el poder, se ve obligada a
recurrir a la clase obrera (de nuevo) para perpetuar su orden.
Soborna a una parte de los obreros para que estos introduzcan la
ideología y la política burguesa en el seno de la clase proletaria.

Algo
parecido ocurre en las capas de los intelectuales: muchos defensores
de la política y de la ideología burguesa adoptan el marxismo de
palabra para tergiversarlo, llaman a los obreros (la posmodernidad
hace que ahora sean
ciudadanos
los
apelados) a actos inofensivos, históricamente neutralizados y
asimilados por la clase dominante. Este fenómeno se conoce como
reformismo
o
revisionismo
y
tiene como base social a la pequeña burguesía y, sobre todo, el
grupo mencionado anteriormente, la aristocracia obrera. Sin embargo,
no hay que olvidar que,
aunque
la base social de esta ideología sean los pequeño-burgueses y los
más privilegiados de la clase obrera,

quien produce, quien hace nacer esta política, es la misma
burguesía, la gran burguesía, que siembra la corrupción entre las
filas obreras,
y
es ella quien más sale ganando con esto
.

La
burguesía, creadora del orden económico
y
social
existente, también crea a sus intelectuales.
Es
oportuno, no obstante, hacer una distinción en función de la época
histórica:

los
intelectuales de ahora
no
son de ninguna forma
iguales
a los intelectuales de la Ilustración. Antes de la revolución
burguesa, antes de la toma del poder por parte de la burguesía, esta
necesitaba el conocimiento verdadero del mundo (limitado por el
desarrollo de las fuerzas productivas
y
su posición de clase
)
para transformar la realidad. En este sentido, los intelectuales
burgueses del siglo XVIII y parte del XIX en los países capitalistas
más avanzados eran progresistas, aportaban con su obra a la causa de
la humanidad. Sin embargo, después de haber subido la burguesía al
poder, necesita intelectuales, necesita de ideología que justifique
el statu quo. En este sentido, los intelectuales burgueses se vuelven
reaccionarios. Las distintas ideologías burguesas que tienen lugar
en la fase reaccionaria de
l
dominio de la

burguesía no es más que un
intento
brusco y a la vez rebuscado de legitimar
la
explotación, el saqueo y la masacre del proletariado y de los
pueblos oprimidos.

Ella misma se ve obligada a crear intelectuales de 
distintas
tendencias
 para
controlar
ideológicamente a

la población, pero asimismo cerca el terreno: los 
disidentes de
su orden deben estrictamente encorsetar toda su crítica dentro de
los márgenes 
propios,
es decir, dentro de su Constitución, sus normas y sus leyes.
Las
diferencias no son pues
significativas,
como sí lo eran en su época incipiente.

La
crisis general
en
la que el
capitalismo
se
halla sumergido
exige
a la burguesía
recambiar
las
piezas ya degastadas. El PP y el PSOE, partidos que venían a
sustituir al Movimiento Nacional
(que
ya estaba desgastado en los años 60 y 70, por eso se cambió por el
bipartidismo)
,
se hallan en una profunda crisis. Y sólo desde este contexto podemos
enfocar el auge, promocionados por los poderosos mismos, de muchos
intelectuales
de
izquierda
(Pablo
Iglesias, Juan Carlos Monedero, etc.) que tienen voz en los medios
del régimen, ya sean en formato televisivo (Intereconomía, Cuatro,
La Sexta) o
por
escrito

(Público, El País).
No
son más que un recambio de los actuales políticos decadentes
de
los poderosos; l
a
voz de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, que no
propone, ni en la teoría ni en la práctica, la superación del modo
de producción capitalista.
Las
tertulias en especial cobran cierto interés respecto a lo que
estamos tratando, donde en un plató televisivo se reúnen todos
los
pregoneros de la clase dominante

a discutir cómodamente
las
distintas maneras de gestionar

un asunto, donde se aparentan incluso
enfados.
Pero
no son más que sillones para todos, charlataneo e incluso risas.
Todo
para distraer al personal, con la que está cayendo
por
otros lares
,
lluvia
de males
que
sólo puede ser combatid
a
por
otra
senda
.
No es más que apariencia: el circo mediático, ahora con
más
mano
izquierda, tiene dueño, tiene Sumo Creador.
Dios
los cría y ellos se juntan
.

Notas:

*
El
autor no se ha encomendado la tarea de elaborar una crítica general
de las concepciones de Pablo Iglesias mediante este artículo, sino
intentar de ilustrar al lector con un esbozo (con las limitaciones
que ello conlleva) de los factores económicos, políticos,
ideológicos, sociales, etc. que propician el actual auge de
intelectuales similares a Pablo Iglesias.
Para
una crítica
algo
más
detallada de este tipo de sujetos, véase el siguiente artículo de
Manuel Navarrete
http://www.insurgente.org/index.php/template/politica/item/9156-el-egorrevisionismo-teor%C3%ADa-y-praxis

**
Cuando
Gramsci dice clase social “fundamental”, se está refiriendo a
aquellas clases que “
históricamente
se
encuentran en disposición de asumir el Poder y la dirección de las
otras clases, como, por ejemplo, la burguesía y el proletariado
”
(A.
Gramsci,
La
formación de los intelectuales
,
Ed. Grijalbo, Barcelona, 1974)
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Saber y ganar

El 27 de julio de 2012 el diario alemán «Handelsblatt» informaba que en China el monopolio Volkswagen había sido víctima de espionaje industrial por parte de FAW, la empresa pública con la que opera de manera conjunta en aquel país. El objetivo de FAW era copiar los motores y cajas de cambio originales de la multinacional alemana.

Si es extraño espiar a un socio, aún más extraño es que en China ambos socios pretendieran lanzar un nuevo vehículo para el mercado ruso para competir con Skoda, una marca que pertenece al grupo Volkswagen, un monopolio que está en competencia consigo mismo.

El asunto no podía ser ninguna sorpresa para Volkswagen. Dos años antes su soció le había pirateado los planos de los motores para los nuevos modelos Polo y Golf para equipar a sus propios vehículos. Entonces el jefe de FAW se excusó diciendo que había sido «un error humano» y que iba a poner fin a la piratería. Pero FAW construyó una fábrica con los planos pirateados de los motores de su socio.

En enero de 2011 sucedió algo muy parecido en Francia. Renault presentó una denuncia contra una empresa de la que no dio el nombre, diciendo que se trataba de la «filial de una organización internacional» y despió a tres directivos de su «Tecnocentro» por espionaje industrial sobre su programa de vehículos eléctricos, el proyecto estelar del fabricante francés en el que había invertido 4.000 millones de dólares, de los cuales 1.500 concernían sólo al diseño de la batería.

En aquellos momentos Renault había registrado 56 patentes sobre vehículos eléctricos, tenía otras 34 a punto, más 115 en perspectiva.

Para referirse al asunto el ministro de Industria, Eric Besson, utilizó el término «guerra económica», por lo que se trataba de sabér quién era el adversario de la multinacional francesa. Según «Le Figaro» (7 de enero de 2011), que citaba fuentes del contraespionaje de la Dirección Central de Inteligencia Interior, las pistas conducían hasta China.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Hong Lei, reaccionó diciendo que las acusaciones eran «totalmente infundadas, irresponsables e inaceptables». Pero lo cierto es que China ha puesto en marcha un ambicioso programa para fabricar vehículos eléctricos en el que participan 16 empresas públicas con una inversión prevista que se acerca a los 15.000 millones de dólares en diez años.

Estas guerras económicas muestran el verdadero rostro de la competencia imperialista, muy alejada de los bobalicones discursos de la pequeña burguesía sobre la «globalización». La guerra económica responde a su nombre; comporta tanto el espionaje industrial como la piratería, que en China estuvieron a cargo del hoy primer ministro Li Keqiang y que constituyen toda una disciplina académica desarrollada por el profesor Miao Qihao desde los tiempos de Deng Xiao-Ping.

Son muchos los países que tratan de reducir su atraso con respecto a las grandes potencias, pero pocos tienen planes tan minuciosos y completos como China. El presupuesto que el país asiático dedica a la investigación no conoce ningún tipo de recortes. En menos de 20 años ha pasado del uno al ocho por ciento del total mundial. Por primera vez, en 2009 el gobierno chino presentó un presupuesto para investigación que es el segundo del mundo, por detrás de Estados Unidos pero por delante de Japón.

Cualquiera no puede copiar ni piratear; antes hay que saber y China tiene 1,15 millones de investigadores. En 2025 una tercera parte de todos los investigadores del mundo será chino. Hay unos 200.000 estudiantes chinos realizando cursos por todo el mundo, financiados con dinero público. Uno de ellos era Wang Lili, una licenciada de la universidad francesa de ingeniería de Compiègne que estaba de prácticas en la multinacional Valeo, que fabrica accesorios para automóviles. En 2005 le descubrieron en sus seis ordenadores personales de gran capacidad miles de archivos confidenciales sobre la empresa para la que trabajaba.

En 2011 China se convirtió en el país que más patentes registró. Dentro de poco pasará de ser un país pirata a ser un país que se defiende de los piratas.

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El fetichismo por los clásicos

 Juan Manuel Olarieta
El 3 de enero en La Haine Frabetti escribe un artículo relativo a un debate que, según interpreto, versa más sobre la validez que sobre la importancia de que los textos marxistas conduzcan a la lectura de Marx y Engels directamente.

Para defender su postura contraria, Frabetti pone los ejemplos de Newton y Darwin que, según mi criterio, demuestran lo contrario de lo que él pretende. Mi opinión, pues, milita a favor de que cualquier texto científico, del tipo que sea, convoque al lector a recurrir a las fuentes, a los clásicos. Soy un fetichista de los clásicos cada vez más convencido, practico el culto a la personalidad como un rito pagano y sostengo que si alguien quiere saber sobre física debe leer a Galileo y Newton, si quiere saber sobre biología debe leer a Darwin y si quiere saber sobre materialismo histórico debe leer a Marx, Engels y Lenin (no sólo a Marx).

Es más, apoyado en una experiencia secular sostengo que los alumnos tienen el vicio de tergiversar las enseñanzas de sus maestros, aún invocando su nombre, es decir, que se aprovechan del nombre de su maestro para introducir sus propias tesis de contrabando. Dado que pocas veces los alumnos llegan a la altura de los grandes maestros de los que estamos hablando, sus imitadores suelen ser muy deplorables. Es el problema de los newtonistas con Newton, los darwinistas con Darwin y de los marxistas con Marx. Los seguidores -en general- se convierten en una verdadera pesadilla.

No puedo estar más en desacuerdo con Frabetti cuando afirma que «si bien la lectura de los libros de Galileo, Newton o Darwin es fundamental para un epistemólogo o un filósofo de la ciencia, no es ni mucho menos imprescindible para un científico actual», y hasta se atreve a añadir -según sus palabras- que es inadecuada para el profano que desea acercarse a la física o a la biología.

Es un lastre que vienen padeciendo los científicos, al menos desde la implantación del positivismo a mediados del siglo XIX que, a su vez, es una de las causas de la profunda decadencia actual de la ciencia. La filosofía y la ciencia (la epistemología y la ciencia) no son universos separados (lo cual tampoco significa que sean el mismo universo). Los mejores filósofos, incluidos Marx y Engels, han construido su filosofía sobre una ciencia, de la cual eran, además, profundos conocedores, de manera que en su obra no es posible separar al filósofo del científico.

Dado que el positivismo introdujo artificialmente esa separación con un basto machete de sierra, y dado que el positivismo se considera hoy como «la» ciencia por antonomasia, cuando no es otra cosa que ideología burguesa, llegamos al lastimoso panorama actual que nos brindan la inmensa mayoría de los científicos actuales. Nos están dando gato por libre.

Iré aún más allá: todos los intentos llevados a cabo por separar a la filosofía de la ciencia conducen a groseras manipulaciones. Por ejemplo, todos los intentos que a la muerte de Newton llevó a cabo la Royal Society (máxima autoridad científica inglesa) por separar al Newton «realmente científico» del Newton político, matafísico y alquimista son -y siguen siendo- un engaño a los lectores que se ha prolongado durante siglos. Por eso más allá de cuatro generalidades seguimos sin saber quién era Newton, cuál fue su exactamente su teoría, por qué llegó a ella y qué es lo que trató de demostrar.

A falta de referencias directas, lo mismo que el marxismo, la ciencia actual acaba convertida en un rumor, en algo impreciso que los institutos y universidades transmiten de unos (profesores) a otros (alumnos) con la misma infidelidad con la que las leyendas se transmiten de padres a hijos.

Así leemos que -según Frabetti- Kohan ha puesto el concepto de fetichismo en el centro de su pensamiento, mientras que, por el contrario, cualquier marxista tiene otras preocupaciones diferentes y muchísimo mayores que esa, las cuales han estado y están en el centro del pensamiento de todos los marxistas, como el concepto de «partido comunista», por poner un caso. La primera manipulación de las muchas de Kohan sobre Marx, es precisamente esa. La burguesía no necesita desprestigiar al marxismo. Para esa tarea ya tiene a muchos anti-fetichistas, como Kohan, sin ir más lejos.

Me niego a sustituir mi fetichismo por Marx con un fetichismo por Kohan. El que quiera beber agua limpia que vaya a la fuente. Lo demás suele bajar bastante mezclado con porquería.

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La guerra está cada vez más cerca

El 24 de octubre la revista «Cicero» de Berlín insertó un artículo de Andreas Rinke (*) sobre la vigilancia electrónica de Estados Unidos a los políticos y monopolistas europeos, que expresa la hipocresía continental ante el espionaje a un aliado. ¿Tienen secretos los amigos?, ¿no se fían los europeos de sus aliados? ¿esconden algo a la Casa Blanca?, ¿hay algo de lo que Estados Unidos no se deba enterar?
La amistad es la confianza; el espionaje es la desconfianza. Los amigos se cuentan las intimidades unos a otros espontáneamente. No hace falta vigilarles, y menos a hurtadillas. Si hay secretos es porque los amigos no lo son tanto. Por decirlo de otra manera: si quieres saber los amigos que tienes, enumera los secretos que les cuentas. Si queremos saber los amigos que tiene Estados Unidos, contemos a quiénes vigila y a quiénes no. A sus enemigos les vigila; con sus amigos comparte confidencias. Por lo tanto, tenemos que deducir dos conclusiones. La primera es que si Estados Unidos ha vigilado a Europa (Wikileaks, Snowden, Prism), es porque no prevalece la amistad precisamente. La segunda es que el escándalo que ha organizado la prensa europea (los círculos imperialistas de los que es portavoz) con el asunto es pura hipocresía.
La prensa rusa lo tiene más claro: como Rusia no es precisamente una potencia amistosa hacia Estados Unidos, lo mismo que China, nada de esto les ha sorprendido lo más mínimo. De ahí que su perspectiva sobre el espionaje sea diferente: «A Europa la han puesto en su lugar», titula La Voz de Rusia, quien añade que «los europeos ya no son dueños en su propia casa». Los rusos dicen, además, que Washington no tiene intención de renunciar a lo que califica como un «control total», sobre todo porque invirtieron sumas astronómicas en el espionaje. La vigilancia ha existido, existe y seguirá existiendo, añade un comentarista (28 de octubre). La prensa europea, por el contrario, son unos hipócritas que se rasgan las vestiduras por algo que conocen cabalmente desde hace décadas, mucho antes de los ordenadores e internet.
El control electrónico absoluto de las comunicaciones pone de manifiesto, otra vez, el mito de la neutralidad tecnológica: «los instrumentos no son buenos o malos; depende de cómo se utilicen». Fue un error de moda en los primeros tiempos de internet, cuando la pequeña burguesía intentó recuperar sus viejos sueños de horizontalidad en los que las redes sociales sustituían a las relaciones personales. La realidad iba a quedar engullida por la virtualidad.
El artículo de Rinke va justamente en la línea opuesta y propone una comparación feliz: «Al igual que el primer satélite soviético impulsó a los estadounidenses a salir al espacio, estas revelaciones deben motivar a Europa para subsanar su retraso en las tecnologías de la información».
Pero no es sólo tecnología, ni tampoco retraso exactamente sino algo un poco distinto: al impulsar e imponer el desarrollo de las tecnologías digitales, Estados Unidos tomó la delantera a Europa y por eso monopoliza el tráfico que circula por internet. Lo controla tanto como controlaba antes las comunicaciones vía satélite.
En cualquier país capitalista las comunicaciones son la infraestructura básica del mercado, un sector estratégico. Primero fueron las postas de diligencias, luego los servicios postales y ahora los usuarios postean en los foros. En una guerra no hay bocado más apetecible que el mensajero que lleva el correo, y si los papeles confidenciales no se pueden capturar, se destruyen. Las bombas siempre caen en los nudos de comunicaciones del enemigo, sus estaciones de tren, sus carreteras, sus puertos y sus aeropuertos.
Pero en las guerras, como en todas las demás cosas del mundo, la conciencia marcha con retraso respecto a la realidad presente. Los manuales de Estado Mayor lo expresan diciendo que a ellas los oficiales van con la lección aprendida en la guerra anterior, no con previsiones para la próxima.
Pues bien, no esperes que la siguiente guerra empiece con la invasión de Polonia por una columna de tanques acorazados. Tampoco con un rearme que acumule arsenales de artilugios que quedan obsoletos en muy poco tiempo. Las guerras empiezan cuando los espías se movilizan, observando al enemigo para descubrir sus «verdaderas intenciones» y adelantarse a ellas. La guerra se apoya en la sorpresa. El adversario no va a hacer lo que tú esperas que haga, sino justamente lo contrario. Tu enemigo trata de sorprenderte o, en otros términos: se aprovecha de tu falta de previsión.
Sin embargo, en una guerra no puede haber sorpresas, y la primera sorpresa y, a la vez, la más estúpida es que no esperes su estallido. Cuando logres salir de tu asombro, el enemigo ya te habrá vencido. Tratarás de enviar un mensaje a tu amigo con el móvil para prevenirle y te darás cuenta de que no funciona. Si además te crees la vanguardia de algo, harás el ridículo.
En una guerra el control de las comunicaciones -digitales o no- es el paso previo para su destrucción. Ahora bien, en la actualidad cuando se habla de «destrucción» basta entender «inutilización» en el sentido de que hasta una lavadora tiene en su interior un programa informático para el agua caliente o para lavar en frío, para la ropa blanca o la de color, para el aclarado, el centrifugado, etc. Para destruir una lavadora basta sabotear el sistema informático con el que funciona.
En 2010 Estados Unidos e Israel no necesitaron bombardear las centrales nucleares iraníes para paralizar su funcionamiento. Los drones son ordenadores volantes, los satélites también son ordenadores, los cohetes están teledirigidos y las bombas son «inteligentes». Un componente fundamental de la próxima guerra será, pues, la inutilización de la infraestructura digital del adversario. De ahí que hoy todos los ejércitos imperialistas tengan una división de informática.
Como no le gustaban las sorpresas, Stalin advirtió diez años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, añadiendo que, a diferencia de las anteriores, sería una guerra «de motores». Acertó. Si tú quieres imitarle, adivina si va a estallar otra guerra mundial y en qué se diferenciará de las precedentes. Si quieres imitarle más de cerca, prepárate para ella. No será una guerra informática, pero será un guerra que empiece por la informática.

(*) Andreas Rinke: Der NSA-Skandal hat auch Vorteile, Cicero, Berlín, 24 de octubre de 2013
http://www.cicero.de/kapital/prism-snowden-angela-merkel-merkelphone-deutsche-industrie-nsa-affaere-hat-auch-vorteile-sputnik-schock/56209

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El alzheimer en el análisis comunista español

José Guillén

Hace unos días
llegó a mis manos, después de mucha insistencia y hasta persecución
por parte de un militante del PCPE, su archiconocido periódico
“Unidad y Lucha”, periódico que en las próximas fechas
realizará una folclórica fiesta en el madrileño barrio de Vallekas
celebrando no sé muy bien el qué, será que el movimiento comunista
español ha dado un salto cualitativo y hay motivos para realizar
celebraciones con cantidades ingentes de banderitas, canciones y
demás, en vez de estar a pie de calle organizando la resistencia
popular contra el Estado español, pero este no es el tema al que
pretendo ceñirme en este texto. Una vez dispuse de un momento de
tranquilidad y sosiego, le eché un ojo a la publicación en
cuestión. No iré artículo por artículo porque me parece que tiene
poco sentido, además de que no valen tampoco mucho la pena, pero
hubo uno de los artículos que me llamó la atención nada más
verlo, por la pomposidad de su título y a posteriori por su
contenido que es lo que pretendo criticar en este artículo, el
título era: “República Socialista: ¿Opción o necesidad?”
En dicho artículo a primera vista, lo que parece entenderse es
que la intención del PCPE/CJC es criticar el etapismo del PCE y su
revisionismo explicando que el partido en cuestión no quiere llegar
al socialismo sino quedarse en una fase intermedia, “la III
República”, hasta aquí estoy de acuerdo con ellos, el PCE no es
ni un partido revolucionario, ni lucha por el socialismo, pero a
partir de aquí comienzan los problemas y se demuestra como el
PCPE/CJC no tiene una línea política para conseguir el poder
político en el estado español, su falta de memoria histórica, y
que además obvia y pasa de largo el desarrollo histórico particular
y propio del Estado capitalista español, yendo a rebufo de los
análisis generales del capitalismo y limitándose a repetir
consignas como: “Llegado el momento, esta misma burguesía
podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún
quebranto de su sistema de dominación”
o “Los
revisionistas y oportunistas llaman a convocar a la ciudadanía para
instaurar un régimen republicano a imagen y semejanza de la
república del 31”.

Para nuestros buenos
amigos del PCPE/CJC, parece ser que la monarquía no les afecta, y
que se han tragado el cuento de la transición, del rey como florero
que no pinta nada en las decisiones del Estado. Parece ser que
cargarse la monarquía en este Estado no serviría de nada, todo y
eso cuando tenemos la experiencia de dos repúblicas, la del 1873 y
la de 1931, que han sido los momentos de mayor efervescencia
revolucionaria en este Estado y donde mayor movimiento popular y
democrático ha habido, hasta que a través de golpes de Estado se ha
vuelto a los regímenes anteriores reaccionarios. Pero claro, esto a
PCPE/CJC les da absolutamente igual. Para ellos una república
española es lo mismo que una república francesa, que una italiana y
que una alemana. Una buena clase de historia no les vendría mal:
fíjense que ni el propio fascismo, en su momento de mayor
contrarrevolución en los años 40 y 50, fue capaz de tumbar la
institución monárquica, debido a la influencia que tenía dentro
del propio Estado. Curioso es también que después de tumbar a la
institución monárquica en el 31, todo el sistema caciquil se
viniera abajo y se instaurara la primera y hasta ahora única etapa
donde se respetaban y se daban derechos democráticos a las masas.
Pero claro, tirar a una institución no tumba un Estado, claro que
no, por eso la figura en la que el fascismo español se apoyó para
perpetuarse y hacer que su Estado aguantara fue en el rey, y por eso
el rey es el jefe del Ejército español. Vaya… ¿a que va a
resultar que la monarquía tiene más importancia de la que dicen? En
definitiva dejar claro, que si, en esencia la república española en
sus puntos generales sería igual que cualquier república actual,
pero en su contenido particular, ese matiz revolucionario que tienen
las repúblicas en nuestro país, y que la historia ha demostrado, no
lo tendría ninguna, porque el baluarte sobre el que se apoya el
fascismo en este país y todo sus mecanismos represivos estatales, se
centran en la figura de la monarquía y es indispensable para ello.
Todo el terrorismo de Estado o el golpe de Estado del 23-F ha pasado
por las manos de la monarquía previamente. El Ejército le debe
lealtad a esta institución y la lucha por el socialismo en este país
no puede ir separada de la lucha republicana y antifascista, tumbar a
la monarquía con todo el peso que tiene en el aparato estatal
español no es algo que sea precisamente fácil para los capitalistas
(que ya lo intentaron en su momento) porque en España la palabra
república va ligada a revolución, va ligada a democracia y va
ligada a socialismo, por eso el monopolismo español no puede
defender la república, porque sería estar defendiendo su propia
sentencia de muerte. Esto los revisionista del PCPE/CJC es algo que
no alcanzan a comprender, sencillamente porque caen un mecanicismo
simplista, no hacen uso del materialismo histórico, es decir, no se
paran un momento a analizar nuestro desarrollo histórico, sino a
repetir palabrería que bien valdría tanto para España como para
Grecia, Italia, Turquía o Kazajistán… es necesario explicar a la
gente lo que es la monarquía y lo que fue la transición, aunque
acabará pasando que las masas serán la que se lo acaben explicando
a este partido que se autoconsidera la “vanguardia”.

Debemos extender la
organización y resistencia contra el Estado fascista, no debemos
olvidarnos de nuestras propias experiencias históricas, sino usarlas
de fuente para el análisis, para saber valorar el desarrollo
particular que tiene el Estado español como Estado capitalista, que
si en lo general coincide con el resto de Estados (gobierno de la
burguesía, existencia de la propiedad privada de los medios de
producción, explotación del proletariado, campesinado y capas
populares, etc.), en lo particular lo hace totalmente único. Y para
poder conseguir la toma del poder, se deben analizar también esas
cuestiones particulares y no universales. Saber entender la historia
de un Estado es imprescindible para poder elaborar una línea
política contra él. Claro que no quedan fases intermedias, porque
España ya es un Estado imperialista, y que el único camino es el
socialismo, pero para ello debemos combatir al Estado y por ende a la
monarquía, no subordinarla a un segundo plano, porque es
indispensable acabar con ella para llegar a la república popular y
el socialismo.
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Publican en Londres los manuscritos de Marx sobre geología

Juan
Manuel Olarieta



Dentro de la historia del pensamiento
humano, la figura de Marx sobresale y se agiganta a cada momento. La
lenta y laboriosa recopilación de las Obras Completas de Marx y
Engels sigue siendo un filón inagotable de muchas cosas, pero sobre
todo de sorpresas. Marx es un iceberg. No le conocemos, y los
marxistas -con poquísimas excepciones- menos que nadie.



A Marx le está ocurriendo como a
Aristóteles, a quien llegamos a través de Tomás de Aquino y la
Escolástica. También Marx tiene a sus propios escolásticos
empañados en falsificar cada línea de su pensamiento. Con su
insustancial retahíla de citas literales creen que ya está todo
dicho, cuando en realidad todo está por decir y -sobre todo- por
hacer.



Así lo prueba la publicación, por
vez primera, de los apuntes de Marx sobre geología, que datan de
1878, con anterioridad a sus investigaciones etnológicas sobre las
sociedades primitivas no occidentales.



Lo más sorprendente es que el
interés de Marx por la geología no fue nada episódico ya que los
manuscritos ocupan más de 650 páginas en letra impresa.



Al morir Marx los papeles pasaron a
manos de Engels y de ahí fueron a los archivos de la
socialdemocracia alemana, que a mediados de los años veinte entregó
una parte al Partido Bolchevique, previo pago de una cantidad
importante de dinero. Pero se quedaron con otra parte y en 1933 los
nazis se apoderaron de ella, yendo a parar a Copenhague y luego de
vuelta a Londres. Se intentaron editar en 1980, pero el proyecto se
paralizó ocho años después, volviéndose a reanudar la
recopilación en 2003.



Los editores han tardado una década
en llevar los manuscritos a la imprenta y esperemos que no transcurra
otro tanto para leer la traducción.



También hay que esperar que la
estupidez característica de la intelectualidad burguesa no vuelva al
tópico falaz de que la burocracia stalinista escondió estos
manuscritos en un cajón, como hicieron con los de economía y
filosofía o con los de matemáticas…



¿Por qué le interesaba a Marx la
geología? En principio para asentar su tesis sobre la renta de la
tierra, que formaba parte del último tomo de El Capital. Es
característico del estilo marxista exhaustivo, que sus discípulos
-con poquísimas excepciones- no han seguido. En la exhaución
marxista destaca la unión entre la naturaleza y la sociedad que ya
aparecía en los manuscritos sobre filosofía y economía, que echa
por tierra la separación entre ciencias naturales y ciencias
sociales, y entre ellas y la filosofía, que es tanto como decir
entre la teoría y la práctica: «Algún día habrá una sola
ciencia», pronosticó Marx (1)
y lo que hizo fue ponerse a la tarea, lo mismo que Engels, cuyos
manuscritos sobre la Dialéctica de la naturaleza (2)
son otra de las joyas del pensamiento científico de todos los
tiempos.



Pero hay un aspecto en los apuntes
sobre geología de Marx que Martin Hundt pone acertadamente de
manifiesto: la metodología científica (3),
uno de los más tergiversados por su discípulos. Un tópico de la
intelectualidad burguesa acostumbra a comparar (por no decir
equiparar) al marxismo con el evolucionismo, pero se olvidan de la
geología. En 1852 en la Contribución a la crítica de la
Economía Política
Marx el propio Marx ya había comparado a la
geología con la historia. Las reflexiones de Marx sobre la
metodología científica en la misma obra, («El método de la
economía política») tampoco se publicaron en su momento, y el
ponerlas por escrito no ha cambiado la situación: siguen siendo
ignoradas, quizá porque el método aparece al final como un
apéndice, y no al principio, a diferencia del pensamiento burgués.
Quizá el lector llega al final ya muy fatigado por la lectura. O
quizá porque…



… porque una parte de esa
metodología son los geniales añadidos de Engels, que fue uno de
esos poquísimos que no sólo entendió a Marx sino que fue él quien
le llevó de la mano desde que se conocieron. Poco antes de morir, en
su carta inconclusa a Vera Zasulich Marx volvía de nuevo sobre esa
sorprendente comparación entre la geología y la historia (4).



A lo largo del tiempo los modos de
producción se suceden en una forma análoga a los estratos del suelo
(ley de Steno). Pero lo mismo que el geólogo cuando perfora la
tierra, el historiador no investiga los hechos cronológicamente sino
que empieza por el final. En la superficie de la tierra las capas más
superficiales son las más recientes. Excavar es remontar en el
tiempo. En la historia, escribió Marx, «la última forma
considera a las formas pasadas como grados que conducen a ella»
(5).



Otro aspecto importante que Hundt
apunta también con agudeza: la geología está en el origen de la
teoría de la evolución, porque no sólo las especies vivas cambian,
sino también la geografía, la atmósfera, el suelo y los océanos.
Lo que hasta entonces se consideraban objetos «inanimados»
no lo eran tanto. Nada permanece, todo está en continuo desarrollo,
hasta las piedras.



Pero eso no es todo. En geología el
tiempo, los cambios y las diferentes etapas se miden en eones, una
unidad indefinida del orden de miles de millones de años. Dios no
pudo crear el mundo en seis días, ni su duración podía ser de sólo
4.000 años, como decía la Biblia. En fin, la geología descubrió
el tiempo, que es la quintaesencia de la dialéctica, y aún más:
que ese tiempo no era reciente sino de auténtico vértigo.



Referencias:


(1)
Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Alianza, Madrid,
pgs.152 y 153.

(2)
Engels, Dialéctica de la naturaleza, Akal, Madrid,

(3) The
Connection of Mind and Nature: Marx’s 1878 Notebooks on Geology
(http://marxismocritico.com/2013/10/18/the-connection-of-mind-and-nature-marxs/)

(4) Marx
y Engels: Obras Escogidas, Progreso, Moscú, 1978, tomo III, pg.163.

(5) Marx
y Engels: Contribución a la crítica de la economía política,
pg.275.



Para descargar el artículo:
https://mega.co.nz/#!3dpjAChR!TnV4Rxlbp3ymw-h7lxyZ1kC1Rj5Kl1UuoR0KmeHFNi4

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El comunista que ponía las bombas en Argel

Juan
Manuel Olarieta


Foto policial de Fernand Iveton

En 1956 Fernand Iveton trabajaba en
la fábrica de gas Hamma de Argel, donde era el delegado sindical de
la CGT. Su madre, Encarnación, era española y su padre había
nacido en una inclusa.



Lo mismo que Yahia Briki y Abdelkader
Guerroudj, Iveton era militante del Partido Comunista argelino en la
clandestinidad. Los tres formaban parte de la organizacion militar
del Partido que operaba en la capital argelina integrada dentro del
Frente de Liberación Nacional. Su responsable era Benaceur Toufik,
que dirigía el comando.



Para sabotear la empresa de gas,
Iveton trató de detonar una bomba, pero fue detenido y torturado en
la comisaría central de Argel durante tres largos días. En
noviembre de 1956 un tribunal militar le condenó a muerte. Al
pronunciar su veredicto, el público asistente irrumplió en
aplauasos. Los colonialistas querían sangre. Eran los tiempos de la
guerra fría; los comunistas estaban detrás de todo, incluso de las
luchas anticoloniales.



A pesar de la farsa de juicio, el
recurso de Iveton fue rechazado por el entonces Ministro de Justicia,
el fascista y socialista François Mitterrand. Fue guillotinado en
febrero del año siguiente. Otros dos militantes del FLN, Mohamed
Lakhneche et Mohamed Ouennouri, padecieron la misma suerte. Los tres
se abrazaron inmediatamente antes de morir. Fue el encuentro de dos
continentes. Demostraba que el proletariado no tiene patria.



Pero la memoria es frágil. En 1965,
cuando sólo habían transcurrido ocho años del asesinato,
Mitterrand se presentó como candidato unitario de la izquierda
(socialistas y «comunistas») en las elecciones
presidenciales. Más de uno ya no se quería acordar de Iveton. En
Argel los comunistas habían sido terroristas, pero luego en París
estaban enfangados en el legalismo más estúpido.



Las cosas empezaban a oler a podrido.
«Los asesinos somos todos», escribió Sartre para definir
aquel crimen y a la red de complicidades y silencios.



Iveton fue un moudjahidine, un
ejemplo de la activa participación de los comunistas (los de verdad)
en los movimientos de liberación nacional de la época. Fue el único
europeo entre los 198 presos políticos guillotinados durante la
guerra de Argelia. Dos días después de la ejecución también
detuvieron al abogado de oficio que le defendió, junto con otros 14
abogados más. Permaneciendo preso dos años sin juicio.



Hace un par de años la Universidad
de Bouzareah rendía un emocionado homenaje en el que participó
aquel abogado, junto con Félix Colozzi, un camarada de Iveton, que
volvió a recordar entre lágrimas a quienes, como Iveton, habían
dado su vida por la independencia de Argelia.



En el barrio obrero de El Madania, en
Argel, donde vivía Iveton, una calle honra su memoria.

Se puede descargar el artículo en pdf aquí: 
https://mega.co.nz/#!mIRBBTRa!f2-uLT458tDzz3eqD5PNOV38Z7pE2rh7jvB_uiLzKYY

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Una, grande y libre: el nuevo falangismo de «izquierda»

Óscar Miguélez

En
plena celebración de la Diada el Diario Octubre publica un infame
artículo de Eduardo J. García titulado nada menos que «Los fachalanes»
en donde arremete sin el más mínimo pudor contra el independentismo
catalán. El encabezamiento ya deja claro que, según García, el fascismo
no está entre los opresores sino entre los oprimidos. A partir de ahí
cualquier cosa es posible y para comprobarlo no hay más que tener
estómago para digerir el artículo en su integridad.

En las tres décadas y media transcurridas desde la
transición y, a pesar de la creación del Estado de la Autonomías, las
contradicciones nacionales en España no se han amortiguado, sino todo lo
contrario. Los centralistas tienen la impresión de que han cedido
inútilmente, reaccionan para disimular que la opresión nacional sigue
existiendo y pasan a la ofensiva lanzando el siguiente argumento:
durante la transición España se transformó en un Estado democrático,
prueba de lo cual es que concedió las más amplias competencias a las
autonomías (naciones). ¿Qué más quieren los independentistas?

Son insaciables y no se conforman con nada. En la
argumentación centralista no sólo la opresión nacional ha desaparecido,
sino incluso la propia Catalunya, «un país que no ha existido jamás»,
según García. Entonces la duda es lógica: si no hay opresión nacional,
¿de qué se quejan los independentistas? Y lo que es aún más extraño:
¿cómo es posible que el nacionalismo no sólo no haya sido desactivado,
sino todo lo contrario, haya multiplicado sus fuerzas? ¿Cómo puede
crecer un problema que ya está solucionado?

El artículo de García que publica el Diario Octubre,
como tantas otras publicaciones fascistas, no reconoce la existencia de
una situación oprobiosa de hecho, el sometimiento nacional de
Cayalunya, sino sólo un problema subjetivo, que son los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) o, dicho de otra manera, los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) están creando un problema donde no lo hay.

La maniobra no puede ser más repugnante. Constituye
un alineamiento descarado con el Estado fascista en contra de los
oprimidos, afirmando que el verdadero problema son ellos. Los que
realmente están oprimidos son los fascistas y su España (una, grande y
libre). En este país el oportunismo sigue despeñándose por los abismos
de la más descarada degeneración moral e intelectual, presentando al
viejo falangismo con un nuevo rostro de «izquierda». La UCE no es más
que un ejemplo, de los que hay varios. A García y el Diario Octubre se
les ha quedado pegado al paladar hasta el lenguaje fascista, cuando
califican de «batasunos» a los miembros de la CUP.

Los oportunistas son al comunismo lo que el inglés a
Ana Botella. Pretenden que es algo consustancial al comunismo crear
«grandes Estados», o que la unidad del Estado (por las buenas o por las
malas) garantiza la unidad de la clase obrera, o que son los
imperialistas (extranjeros) quienes pretenden dividir a la sagrada
patria (que es España), lo mismo que hicieron en los Balcanes.

Cuando en España se habla de nacionalismo el
subconsciente nos traslada mecánicamente a Galicia, Euskadi o Catalunya.
Fuera de ahí no hay nacionalismo; los españoles no son nacionalistas,
un término que hoy, en los tiempos del Banco Mundial, la UE y la OTAN se
ha convertido en sinónimo de terrorismo, violencia, intolerancia, etc.
Además de arcaico, el nacionalismo es hoy contraproducente… siempre
que se trate del nacionalismo de los demás, el de los oprimidos, porque
el propio no necesita presentarse como tal nacionalismo, sino todo lo
contrario. Más bien alardean de internacionalismo y cosmopolitismo.

Para justificar su alineamiento con la opresión, los
nuevos falangistas de «izquierda», además de recordar la naturaleza
burguesa del nacionalismo, exponen el amplio repertorio de «trapalladas»
que cometen a cada paso en sus respectivos cortijos. Pero, ¿qué
esperaban de la burguesía? A cada paso los falangistas (de derechas y de
«izquierdas») nos recuerdan el victimismo de los independentistas. Es
verdad, el victimismo existe, pero no es ficticio. Sus «trapalladas» son
reactivas: se alimentan de las que proceden de Madrid que, por cierto,
permanecen en un segundo plano.

Es el propio centralismo fascista el que durante 35
años ha estado alimentando el crecimiento del independentismo en
Catalunya y demás naciones oprimidas. A lo largo de las últimas décadas
la burguesía catalana ha demostrado verdadera maestría política a la
hora de explotar todas y cada una de las torpezas que proceden de
Madrid. Pero algunos, como García y el Diario Octubre, siguen sin querer
enterarse: los pequeños ejércitos ganan las guerras aprovechando los
errores de los grandes.

Aunque ese es un principio importante, no es en
absoluto lo principal en este asunto. Lo que le está permitiendo a la
burguesía catalana una hegemonía sin precedentes en su cortijo es la
inhición, la absoluta torpeza de los que le hacen el caldo gordo al
fascismo. Lo llamamos falangismo de «izquierda» pero la III
Internacional lo calificó como «socialfascismo»: socialistas de palabra y
fascistas de hecho. Eso es lo que mejor define a García y a medios como
al Diario Octubre, que se mantienen dentro de círculos insignificantes
mientras las fuerzas de los «batasunos» crecen cada día.

(*) Eduardo J. García: Los fachalanes (The catalan Way)