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Nacionalismo español (y 4)

Nicolás Bianchi

Como afirmara Máximo d’Azeglio, un ministro italiano en la primera reunión del parlamento de la Italia unificada: “Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos”. Y es que los “italianos” coetáneos de Manzini eran italianos sin saberlo. Les tuvieron que “construir” una identidad.

Por estos pagos, la nacionalización del pasado adquirió nítidos signos conservadores conmemorándose a Recaredo (que dejó de ser arriano), Santa Teresa o Calderón de la Barca presentado como prototipo del “alma española”. Integrismo católico.

La generación de intelectuales demócratas de 1868, por su parte, elevó las creaciones culturales de la historia castellana a rasgo definitorio de lo español. Los Giner de los Ríos, Galdós, Azcárate, Juan Valera, Salmerón y el ámbito de influencia krausopositivista (en la península nunca entronizó Hegel) en el medio académico, político y periodístico apuntaló el esencialismo español. Acrecentado por el surgimiento de nacionalismos periféricos en el Estado. Aparecen los “Episodios nacionales” de Galdós.

En estas épocas finiseculares, los nacionalismos recurrieron a las ideas científicas en boga, ya al darwinismo social para justificar la supuesta supremacía de un pueblo, ya al organicismo positivista e incluso a filosofías irracionales. El krausopositivismo era una metodología que ligaba el pasado con el presente porque se consideraba que la evolución de un pueblo funcionaba igual que cualquier ser vivo (nacen, crecen, etc.) Por eso se encuentran en los escritores de estos años tantas metáforas sobre la salud o la enfermedad de España, con una constante obsesión por diagnosticar los “males” de esa “España” que tanto les “duele”. Así, en este contexto, se entiende tal vez mejor lo que escribía Unamuno sobre la “salud” del euskera.

El nacionalismo español –que, repetimos, no se reconoce como tal- ha resultado de la convergencia de cuantos intelectuales articularon y crearon la existencia de una misma “nación cultural” previa a la formación del Estado. La nación, algo natural, sería anterior al Estado, algo artificial (para un marxista es justo al revés). Son tiempos románticos. La españolidad concebida como algo primordial estructurada sobre tópicos esencialistas se forjó tempranamente con los reaccionarios del siglo XIX. Semejante corriente llegó a su máxima expresión con Menéndez Pelayo y el menéndezpelayismo como ideología oficial del catolicismo que, me atrevo a decir, todavía dura pues España siempre tuvo propietario.

Y es que en España, dizque el Estado, salvo cortísimos periodos históricos ahogados en sangre, jamás se ha vivido en democracia en los últimos doscientos años. Podrá haber mayor o menor libertad de expresión, pero de poco sirve ésta si se impide la realización material de las ideas, principio burgués consagrado por la Revolución francesa y hoy, por supuesto, pisoteado. Se diría que llevan tanto tiempo manteniéndose a garrotazo limpio que ni saben ni pueden hacer las cosas de otra manera (ejemplos: el Estatut catalán o el Plan Ibarretxe). Son incapaces –ni quieren ni pueden bajo el capitalismo- de resolver ninguna cuestión a la que anhelen las masas, incluida la nacional. Sólo queda barrerlos y abrir las ventanas. Sería un comienzo.

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Asesinados dos espías israelíes en Bruselas

Juan Manuel Olarieta
El sábado 24 de mayo alguien disparó una ráfaga con un Kalashnikov dentro del museo judío de Bruselas, matando a cuatro personas. El País tituló que se trataba de un «atentado antisemita». Naturalmente se trataba también de una acción indiscriminada, terrorista, en vísperas de unas elecciones europeas.

Sin embargo, el lunes un diario judío de Estados Unidos, The Forward, decía que se trataba de un «asesinato político» (*). The Forward ocultaba algunos detalles de cierto interés, como que dos de las víctimas pertenecían al espionaje israelí. Uno de ellos, Emanuel Riva, trabajaba para Nativ, una organización pública clandestina de Israel encargada de promover la deserción de judíos soviéticos.

Miriam Riva, la mujer de Emanual, también trabajaba para el Primer Ministro israelí, lo que sus vecinos han confirmado a preguntas de los periodistas. Ambos trabajaban camuflados como «contables».

Nativ fue creada en 1952, depende directamente del Primer Ministro del gobierno de Tel Aviv y mantiene relaciones muy tensas con los otros dos organismos de espionaje: Mossad y Shin Beth. Tras la caída de la URSS en 1990 Nativ fue considerada como una reliquia del pasado, algo en vías de extinción. En 2005 el diario Haaretez decía que Natv sobrevivía gracias al empeño del primer ministro Ariel Sharon, recientemente fallecido.

Pero Nativ no sólo no desapareció sino que su carácter clandestino se estrechó aún más, como lo prueba el goteo de información sobre el matrimonio asesinado en Bruselas. El 27 de mayo el diario Israel Hayom decía que en 2009 el matrimonio Riva fue destinado a Berlín por el Ministerio israelí de Asuntos Exteriores, donde vivieron dos años.

Aquel año el ministro de Asuntos Exteriores era Avigdor Lieberman, un ultranacionalista judío de origen soviético y dirigente de la extrema derecha israelí, que está enfrentada tanto al Mossad como al Shin Beth. De 2006 a 2008 Lieberman fue ministro de Asuntos Estratégicos. Al llegar a su cargo retomó la línea de Ariel Sharon, anunciando que pretendía seguir utilizando Nativ para favorecer la emigración de los 200.000 judíos rusos que actualmente viven en Alemania.

Desde hace siete años la directora de Nativ es Naomi Ben-Ami, antigua embajadora de Israel en Ucrania y antigua consejera política de Lieberman. En 2008 le acusaron de provocar una crisis política con Alemania por el empeño de su jefe de forzar la emigración judía hacia Israel.

En enero de 2008 un artículo del diario Jerusalem Post informaba de la dimisión de Lieberman del Ministerio de Asuntos Exteriores presionado por su plan de enviar a dos emisarios de Nativ a Berlín.

Pero un año después Liberman volvió al gobierno y a su puesto al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, y fue entonces cuando enviaron al matrimonio Riva a Berlín.

Con el golpe de Estado en Ucrania, en el que Nativ ha participado activamente, el asunto tomó una nueva dimensión. La organización es una cabeza de puente con los antiguos países que formaron parte de la Unión Soviética y sus choques internos con el Mossad son cada vez más evidentes, lo cual es muy pintoresco porque el servicio secreto isaraelí le acusa de «opacidad» y exige el cese de sus actividades.

En fin, que el tiroteo de Bruselas parece un ajuste cuentas interno dentro de la intrincada madeja de espías que Tel Aviv tiene repartidos por el mundo entero. Más que un atentado antisemita parece un atentado semita.

(*) Was Brussels Jewish Museum Attack a Hate Crime — or Professional Assassination?, 26 de mayo
http://forward.com/articles/198889/was-brussels-jewish-museum-attack-a-hate-crime-o/?
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‘Podemos’ hasta en la sopa

Juan Manuel Olarieta

Lo malo de desayunar con las noticias es que ahora en los medios no hay otra noticia que «Podemos», y la tostada se me ha indigestado en el paladar. Desde antes de las elecciones europeas ya venía yo un poco saturado de tanto tostón…

La ley número uno de la «información», es decir, de la intoxicación propagandística burguesa, es el principio dialéctico de saturación: cuando hay un exceso de noticias sobre un asunto es porque no hay tal asunto, o sea, porque hay un vacío. Es lo mismo que correr en una bicicleta estática: sudas mucho para no ir a ninguna parte.

El principio número dos de la intoxicación dice así: si estás sudando a chorros y no avanzas nada es porque la bicicleta estática no es para desplazarse sino para ejercitar las piernas. La intoxicación sobre un asunto que no existe tapa el asunto que sí existe de verdad. Por lo tanto, «Podemos» es un señuelo; se están dejando utilizar. Son la salsa rosa de los telediarios, los Paquirrín de la politiquería. Les entusiasma haberse convertido en «vedettes» de algo que se había hundido estrepitosamente, porque antes no se hablaba de otra cosa que del desprestigio institucional, porque antes todo eran escraches, acoso e insultos generalizados, hasta el punto de que muchos actos electorales se habían tenido que suspender.

«Podemos» ha dignificado otra vez la politiquería. La democracia ha vuelto a este país porque se demuestra que nostros «podemos», es decir, que el sueño (el señuelo) es posible: las cosas se pueden cambiar desde dentro y además no es tan difícil ni doloroso, que tenemos «alternancia», o sea, alternativas. Cuando la gente pregunta si es posible una «segunda transición» aquí tiene la respuesta, que ya está en marcha. Por consiguiente, más bien lo que debería preguntar es si la segunda va a ser igual que la primera, es decir, si va a ser otra «traición».

La respuesta es que para que haya traición tiene que haber confianza: si alguien cree que «Podemos» va a hacer algo, quiere hacer o puede hacer algo, se sentirá traicionado lo mismo que hace 35 años. Si quiere ahorrarse una decepción tendrá que empezar desde ahora mismo a pensar en otra cosa. Tendrá que empezar a pensar en podemos en lugar de pensar en «Podemos».

Poniendo a «Podemos» en la primera plana los medios de intoxicación están lavándole la cara a estas podridas instituciones públicas. Se trata del enésimo montaje propagandístico para sacar a este Estado del descrédito, para ocultar que el verdadero y único protagonista de las elecciones europeas ha vuelto a ser el boicot masivo y activo, es decir, que la mayoría no sólo no acepta a unos o a otros sino que no acepta a nadie, que lo que no acepta es esta situación de explotación, miseria y saqueo.

En lo que me concierne, para huir de las noticias de estos días venía dedicándome a leer prensa científica, pero no he podido: también ahí me he topado con «Podemos» en forma de una entrevista al eurodiputado Pablo Echenique-Robba (*), que es doctor en física y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Centíficas. Me ha recordado al franquismo, cuando los rectores de las universidades, decanos y académicos eran «procuradores» de las Cortes. Así llamaban entonces a los diputados. Lo mismo pasa con los de «Podemos», que están tan laureados, por lo menos, como los políticos franquistas.

Como la mayor parte de los universitarios y políticos, las declaraciones de Echenique-Robba no van más allá de cuatro vulgaridades espantosas, tales como «las cosas no son buenas ni malas, depende de cómo las utilices». Por ejemplo, «como científico» él no está en contra de los transgénicos. Pero hay «gente desinformada» que no tenemos ni idea del asunto porque no somos científicos como él. «Ya me encargaré yo», dice, primero de informarnos y luego de convencernos.

Veamos: aunque Echenique-Robba no ha preguntado la opinión de sus camaradas, ni la mía, supone que estamos equivocados, y lo que es peor, que no estamos ni siquiera informados al respecto. No nos hemos preocupado de informarnos, luego necesariamente estamos equivocados. De ahí viene el título de la entrevista: “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”. Uno no puede ser anticientífico y la ciencia es lo que los científicos dicen que es, lo mismo que la economía es lo que los economistas dicen que es. Los lectores que no tengan título lo que deben hacer es lo que digan los que sí lo tienen. No pueden opinar de otra manera diferente.

Pues bien: según Echenique-Robba «todos» los científicos están a favor de los transgéncos porque son gente «más instruida». Da gusto y tranquiliza dejar nuestros asuntos en manos de gente tan ilustrada como el eurodiputado Echenique-Robba.

¿Cuál es el verdadero problema de los transgénicos? Que están en manos de multinacionales, las cuales «imponen sus condiciones» a los pequeños campesinos. Mi conclusión es la siguiente: si el problema no son los transgénicos sino las multinacionales (o sea, los monopolios) el asunto pasa de la biotecnología a la economía y entonces el ilustrado Echenique-Robba deja de ser tan ilustre y el expediente lo debemos dejar en manos de los economistas. ¿Qué opinan ellos de los transgénicos? ¿Son rentables? ¿Crean puestos de trabajo? ¿Aumentan las exportaciones?

De la economía pasamos a la política porque la rentabilidad deriva de que los grandes «imponen sus condiciones» a los pequeños y entonces cambiamos de facultad y tenemos que irnos a Somosaguas, a preguntar a politólogos como Pablo Iglesias. Pero atención: no a los políticos, ya que «cualquiera» es político. Me refiero a los polítólogos, que son aquellos que tienen el certificado correspondiente expedido por el Ministerio de Educación.

Antes de ponernos a pensar por nuestra cuenta, los que no tenemos lustre debemos ser ilustrados por profesores y profesionales como Pablo Iglesias. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia… y todos ellos están en «Podemos».

(*) “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”, http://esmateria.com/2014/05/30/yo-inclino-por-usar-ratoncitos-en-investigacion-para-acercar-una-medicina-humanos/
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Nacionalismo español (III)

Nicolás Bianchi
Hace unos años durante la final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el F. C. Barcelona el himno español fue ahogado por la sonora pitada de las dos aficiones concurridas en Valencia. Luego, también en Mestalla, se celebró otra final entre el Real Madrid y el Barça. El himno fue vitoreado mayormente por la afición blanca y abucheado por la culé. Una Copa devaluada y venida a menos es celebrada toda la noche en Cibeles de manera freudiana o, mejor, jungiana. Si el rival del Madrid hubiera sido, digamos, el Zaragoza, no hubiera habido tanto rebombio, ni muchísimo menos. Pero se trataba del Barcelona, no el equipo a batir deportivamente, sino el “enemigo” a derrotar. Y ello como quien alancea un moro. Porque un catalán no es un español “como nosotros” y, si lo es, lo es con fórceps. No hace falta que lo llame (=insulte) “separatista” pues, aunque permanezca mudo, yo se lo recordaré ejerciendo de “separador”. Es como el chiste de El Perich: “ríndete, hijoputa, cabrón”. Y el otro: “hombre, si empezamos así, insultando, se va a rendir tu puta madre”.

Siguiendo ahora con nuestro autor de referencia, Pérez Garzón, pues no ocultamos nunca nuestras fuentes ni nos tiramos el moco de nada, diremos que desde mediados del siglo XIX hubo manuales escolares de historia española por primera vez obligatorios, es decir, la enseñanza se funcionarizó y ya dejó de ser una función gremial de maestro improvisado de primeras letras, que yo he visto de crío en aldeas burgalesas. Por lo menos, con el Estado liberal, aunque celoso de convertir a sus ciudadanos en “patriotas”, no había tanto cura. ¿Qué enseñaban? A Modesto Lafuente, un precursor involuntario de la Enciclopedia Álvarez franquista donde, al menos, se asumió que la historia era algo más que la mera relación cronológica de reinados y dinastías y se hizo del “pueblo español” el verdadero protagonista de la historia de España, siempre, eso sí, a partir del relato cronológico de los reyes porque, en definitiva, la monarquía se exaltaba como hilo conductor del devenir nacional. El historiador Américo Castro rememora (murió en 1971, creo) que en la escuela le enseñaban que “Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue el primer poblador de España”. O sea, que “España” ya estaba… ahí. Es decir, ”aquí”, pero, ¿cuál? La de las Cuevas de Altamira, Trajano, Numancia, Viriato y Manolete.

Y en los días que hemos estado de procesiones, cirios, saetas y la madre que los parió a todos, recordemos que en el Trienio Liberal (1820-23) de Riego había “procesiones cívicas” (hoy serían ateas) secularizando el martirologio de los luchadores por la libertad: los comuneros de Castilla, los patriotas (entonces “terroristas”) de 1808, los militares Porlier, Lacy y, pocos años más tarde, Torrijos y Mariana Pineda. Ya no eran monumentos a los reyes, sino plazas y paseos como espacios públicos dedicados a bienhechores de la nación y su salud pública. Como, por ejemplo y sin ir más lejos, Iker Casillas, a quien quieren dedicar una calle en Madrid por inventar la penicilina, creo, no estoy seguro.

El niño preguntará al padre: “¿y este fulano, quién es?” Un héroe, hijo, un héroe…

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El ‘efecto Podemos’

Nicolás Bianchi

Si nos guiamos por los parámetros electorales de las convencionales democracias burguesas -suponiendo que la española lo sea, que es mucho suponer-, es indudable que los resultados obtenidos por la candidatura a las elecciones europeas «Podemos» (we can, en inglés, yes, we can), encabezada por el profesor Pablo Iglesias, ha constituido una sorpresa -incluidos ellos mismos que tal pareciera o diera la impresión, desde el exterior avisado, al menos para quien esto escribe, que se tomaran las elecciones europeas, después de una farra, como un juego lúdico, un divertimento deportivo, un jijijajá y a ver qué pasa, y ello sin llamar a la abstención activa, no, esto no- y, decíamos, un «éxito» electoral. Desde luego, de lo que estamos seguros, es de que a Izquierda Unida no le ha hecho mucha gracia este «éxito», pero, con el tiempo, ya se entenderán… Para la caverna mediática son de «extrema izquierda». Saben que no es así, pero toca etiquetarlos de esa guisa cara a su parroquia.

De lo que tampoco puede caber duda es que dicho orgasmo electoral no hubiera sido tal -al menos de esa magnitud y en esa medida- de no haber contado con la apoyatura y estiba mediática de los canales (privados) de televisión. Especialmente, más que la sigla, su starring, su protagonista: Pablo Iglesias. Estos partidos (?) que surgen de la nada, como quien dice, y se forman en dos días, como quien dice también, van ligados a una persona, algo que también pasa con los partidos llamados «mayoritarios» lo que le tenía mártir al bueno de Julio Anguita y su «programa, programa, programa». Son Iglesias, en este caso; el tísico y congestionado Javier Nart por Ciutadans; el misoneísta Vidal-Quadras, de familia esclavista en la Cuba finisecular por Vox o el semoviente juez Elpidio Siva, etc. Ya pasó antes, en 1989, creo, en otras elecciones europeas con el extravagante Ruiz-Mateos en que sacó dos eurodiputados.

No son precisamente líderes naturales que se mueven entre la clase obrera y surgen de ella. Esto, nos dicen, es obsoleto. Está pasado de moda y, además, puedes acabar en el trullo, quita, quita. Al revés: lo que mola son los líderes artificialmente creados, construidos, fabricados y catapultados por los medios de (in)comunicación, en concreto la televisión. Y es que ya no existen las «masas» a las que apelaban los grandes revolucionarios desde Espartaco hasta Lenin. No, no, esto no en tiempos posmodernos, o posposmodernos, o transmodernos. AHORA LO QUE HAY ES… «PÚBLICO» (y no gente, masas, pueblo). Un «público» que consume (no ve, no mira: consume como catatónico) televisión y oye (medio adormilado) la radio. Aquí entran los tertulianos, los «tertulistos», una plaga bíblica que asola y azota la especie humana aquí y en Pekín no sabemos, pero aquí cosa mala. Y aquí, también, pues no estamos hablando de un extraterrestre, entra, también, Pablo Iglesias, contertulio de varias cadenas, incluida la desaparecida -en abierto- Intereconomía (la cadena del «Tea Party» español), además del programa -que conduce y presenta él- «Fort Apache» (antes «La Tuerka») que hace en Vallecas. Aquí, en las tertulias, se hizo popular Iglesias. Y ello con un innegable discurso ágil -es académico, o sea, es respetuoso y no grita- y de izquierdas. La caverna, el búnker que se decía hace años, lo tilda de «demagógico». Y los bienintencionados de «utópico». Pero ni una cosa ni otra: lo que dice es razonable, sensato y lo firmaría cualquiera que no sea un hijoputa. Ocurre que hay truco. En boxeo diríamos que hay tongo. Pablo Iglesias, se encuentra como pez en el agua siempre que le pongan como contertulios a trogloditas o fascistas como, se me ocurren, hay más, el histérico y dipsómano Herman Tersch, el amoral y cínico Alfonso Rojo (este iba de anarquista de joven), el impoluto dandy Eduardo Inda, el payaso compulsivo Marhuenda o ande yo caliente y ríase la gente, el histriónico discípulo de Giménez Caballero, Fernando Sánchez Dragó y demás fauna televisiva. En la radio estarían, entre otros, el lamebotas e inculto cum laude Ernesto Sáenz de Buruaga en la COPE, el machista insufrible y facha Carlos Herrera o el sinuoso y sibilino Federico Jiménez Losantos, que este, al menos, de inculto, nada.

Con estos «rivales», tan casposos y cutres, se tiene que «enfrentar» y «debatir» Pablo Iglesias. Lo tiene fácil, se lo ponen a güevo. No hace falta más que decir lo que pasa y la gente ve para salir airoso y ovacionado. Pero -siempre hay un pero- ocurre que el problema sería que se las tuviera que ver con voces, que haberlas haylas, realmente de izquierdas, «sin disfraz ni vacuna», que decía Unamuno, con revolucionarios, con antifascistas, con marxistas-leninistas o con libertarios. Aquí, tal vez, se sentiría incómodo. Estos van de verdad, estos se creen lo que dicen, pensaría. «Están piraos», le dirían sus asesores. Y decimos «tal vez» porque nunca veremos un debate de esas características. Y, si lo hubiera, no iría él. Lo eludiría voluntariamente.

Así que nada, oiga, veremos la Revolución televisada desde el sofá, como quien ve la final de la Champion’s. ¡A ver, qué pasa con esos calamares, cojones, que empieza la Revolución, ostias!

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Nacionalismo español (II)

Nicolás Bianchi
No hay que engañarse: lo estricta y genuinamente “español” es lo castellano (como pudo haber sido lo astur-leonés). Pero no podía decirse lo “galaico-castellano” o lo “vascongado-castellano” y menos lo “castellano-castellano”, pero sí lo gallego-español, lo vasco-español y lo español por antonomasia: lo castellano. Todo es español, un término, por cierto, que si a Américo Castro hacemos caso, ni siquiera es “español”, sino de origen provenzal. En términos lingüísticos, no se hablaría el “vasco-castellano”, sino el español sin más, igual que en el Río de la Plata no se habla “argentino”, sino “español”. O en México (pronúnciese la x como jota).

Todavía se repite la mixtificación de que los Reyes Católicos unieron “España” cuando, en realidad, sólo casaron dos reinos, pero sobre todo conquistaron otros dos: el navarro y el granadino-nazarí. O que la expulsión de judíos y moriscos se justificaba en aras de esa “unidad religiosa tan necesaria –nos dice Pérez Garzón- para afianzar la unidad política”. Ni existía “España” ni mucho menos la “nación española”. Como tampoco existía la nación vasca o la catalana.

El concepto de España como sustancia con independencia ontológica se fraguó en el siglo XIX para dar soporte de soberanía política al proceso de organización de un Estado liberal homogeneizado y codificado de una nación de ciudadanos propietarios (o sea, la inmensa minoría) y de un mercado para el despliegue de las formas capitalistas. Fuesen republicanos, progresistas, doctrinarios o tradicionalistas, superpusieron la “nación cultural” a la política desde una perspectiva esencialista de España que, al devenir en sustancia, permitía retroproyectar el presente hacia remotos siglos del pasado. Por ejemplo, Isidoro de Hispalis es San Isidoro de Sevilla, de godo a español. Y para Menéndez Pidal, ”historiador nacional”.

A partir de la consolidación de la revolución liberal se hizo realidad un nuevo modo de escribir e interpretar el pasado. Los historiadores lograron reforzar la idea de continuidad histórica desde los primitivos pobladores, prehistóricos, de la península hasta el Estado liberal, y así extendieron la denominación de “españoles” a los pueblos de la antigüedad peninsular (el Jabato sería ibero a fuer de protoespañol, en fin…). Y todos los historiadores se reclamaban “objetivos”.

Al pueblo español se le dotaba de ingredientes perennes y se le definía con carácter inmutable desde la óptica del romanticismo historicista. Bajo este prisma, claro es, no puede extrañar que las dinastías musulmanas de ocho siglos de historia no dejaran de ser el paréntesis de esos “otros” –los árabes- que invadieron “lo español”. O sea, desde Viriato hasta Daoiz y Velarde pasando por el Cid, Fernando el Santo, Guzmán el Bueno o Hernán Cortés como encarnaciones y arquetipos del carácter español.

Hoy los proeles son San Raúl González y Sergio Ramos, mástiles y faros de “la Roja” esa.

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Nacionalismo español

Nicolás Bianchi

Vamos a partir de una conclusión que habría que demostrar y a la que llega el historiador Juan Sisinio Pérez Garzón en su libro “La gestión de la memoria”.

La tesis es que, por ejemplo, un concepto tan usado como el de “cultura española” se ve incuestionable por obvio. Juega con la ventaja de un nacionalismo que no se presenta como tal y que da por supuesto que “lo español” ya está definido de una vez por todas y acabáramos.

Vaya por delante que ninguna cultura nacional o idioma o religión se han formado en aislamiento, no son productos endógenos. El lerdismo actual ultranacionalista y chovinista, una vez conquistado el islote de Perejil, hazaña bélica sin par, encuentra uno de sus últimos refugios en el deporte profesional (trufado de dopajes). Pones la radio o enchufas la tele y un locutor nos informa de qué han hecho “los nuestros” en la NBA norteamericana, algo de rabiosa actualidad. Ya no es el español tan bajito. Recuerdo al ciclista ¿español? Luis Ocaña, hijo de emigrantes conquenses en la República francesa. Sus éxitos deportivos vinieron de perlas a la escuálida dieta patriótica española. Pero Ocaña (en francés “Ocana”) tenía un defecto glosopédico: su fortísimo acento francés cuando se expresaba en “español”. Y una tara: en el idioma de Molière se expresaba infinitamente mejor que en el de Cervantes. Luego se suicidó y ya nadie se acuerda de sus gestas en el Tour. Era un español “a medias”, sin el ADN de Bahamontes, que este sí que era español de cojones.

El ejemplo tal vez esté cogido por los pelos, pero las patentes de españolidad dicen que no es lo mismo un triunfo del pinteño Contador que del navarro Indurain, entre un cristiano viejo o un probable agote. Los Reyes Católicos “ya eran españoles”, según la historiografía liberal del siglo XIX, y no digamos el Cid (Viriato no, éste sería “portugués”, lusitano) o Isidoro de Sevilla (Hispalis). Los musulmanes derrotados en Granada no eran “españoles”, ni siquiera “otros españoles” como los sefardíes expulsados de su tierra. Y, sin embargo, en las relaciones internacionales, los “hispanos” eran los árabes peninsulares. El resto astures, leoneses, castellanos, navarros, aragoneses, en definitiva, ”cristianos”, pero jamás “españoles”. Abderramán sería más “español” que Pelayo. A alguien le va a dar un soponcio…

El nacionalismo español, pues tiene la dudosa virtud de presentarse como si no fuera nacionalista, como si sus pretensiones fueran lo natural y normal o incuestionable. En este sentido –dice el autor-, el nacionalismo español, confundido con la propia historia del Estado desde las Cortes de Cádiz, al no definirse como tal nacionalismo, resulta difícil discernirlo de la historia política general en la que el concepto de España se plantea desde el supuesto incuestionable de la existencia unitaria de un Estado que no deja de ser el reducido y menguado heredero territorial de una monarquía tan plural como dispersa en sus posesiones. Seguiremos.

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En Europa el fascismo está de moda

Juan Manuel Olarieta

Las cumbres europeas son como las bodas; todos visten sus mejores galas para la ocasión, para salir en los telediarios. Lo que ocurre de puertas adentro ya es otra cosa, como la luna de miel en la habitación del hostal. Nadie lo cuenta, pero nos lo imaginamos.

En época de crisis un personaje estelar de esas cumbres es el ministro alemán de finanzas Wolfgang Schäuble, el tipo mal encarado de la silla de ruedas. Schäuble es a Merkel lo que Montoro a Rajoy, pero con algunas diferencias importantes. Antes de las finanzas Schäuble fue ministro de Interior en dos tramos, el primero entre 1989 y 1991. Nueve días después de la unificación alemana, el 12 de octubre de 1990 fue víctima de un atentado. Desde entonces se desplaza en silla de ruedas.

Como entonces el «terrorismo individual» ya había desaparecido en Alemania, dijeron que el atentado lo había cometido un trastornado mental. Es la explicación idealista de siempre. Sólo cambian las atribuciones. Los perturbados de ahora son los terroristas de antes, o ambas cosas a la vez: los terroristas son unos perturbados y los perturbados son unos terroristas.

Tras la formación de la gran coalición entre democristianos y socialdemócratas, en 2005 Schäuble fue nombrado nuevamente ministro federal del Interior en el gobierno de Angela Merkel, hasta que en 2009 pasó al ministerio de Hacienda. Es un hombre de firmes convicciones cristianas (evangélicas). Si llevara turbante en la cabeza la prensa que le adula diría que es un talibán. Si además supieran que ha estado envuelto en tramas turbias de tráfico de armas, los insultos subirían de tono.

Schäuble defiende lo indefendible. Por ejemplo, ha defendido el uso de la información obtenida por espías extranjeros mediante la tortura de los detenidos y siempre se ha mostrado partidario de la liquidación de terroristas… pero de manera selectiva, es decir, eligiendo muy bien a quién eliminan. Estamos tan habituados a este descaro que ya ni siquiera nos escandaliza, de tal modo que cuando los asesinatos selectivos se conviertan en masivos no nos daremos ni cuenta.

En 2006 el ministro de Defensa Franz Josef Jung se mostró partidario de redefinir el estado de guerra a fin de incluir el terrorismo como un supuesto de hecho que permitiría declarar la ley marcial, es decir, que el ejército se hiciera con las riendas del Estado, que los consejos de guerra sustituyeran a los tribunales civiles, y así sucesivamente.

Un poco antes el gobierno alemán intentó aprobar una ley de seguridad aérea por la cual el ejército podía derribar un avión comercial si sospechaba que pudiera ser utilizado contra la seguridad de las personas en tierra. No hay nada que engendre más inseguridad (en las personas) que la paranoia de la seguridad (en los gobiernos) y por eso en España aprueban leyes tan seguras como las de seguridad ciudadana o de seguridad privada. Gracias a esa seguridad, lo que sólo es posible se transforma en absolutamente cierto; el riesgo de muerte causa muertes seguras.

Las excusas de la burguesía son así de tramposas. Unas veces dicen que lo importante son los derechos de las personas, los individuales, frente al totalitarismo de lo colectivo, de los derechos sociales. Pero otras lo vuelven del revés: lo importante son los derechos colectivos, la sociedad, frente a lo individual, a las personas.

Un Estado criminal como Alemania siempre encuentra un argumento, y el de Schäuble fue el siguiente: en casos de extrema urgencia la protección de la vida de las personas está limitada. Siempre queda en el aire de qué tipo de urgencia se trata, ya que a nosotros nos ponen en el lugar de quien está en el suelo, no del pasajero del avión al que asesinan con un misil junto a otros cientos que se sientan a su lado… pero no hay que preocuparse: eso sólo es posible en casos de urgencia.

Aunque Schäuble puso el argumento, la ley de seguridad aérea no procedía de la derecha sino de la socialdemocracia y Los Verdes, que saben muy bien de lo que están hablando. El antecesor de Schäuble en el Ministerio del Interior fue el verde Otto Schily, quien había sido abogado de la Fracción del Ejército Rojo en el proceso de Stammheim. Más en concreto: Schily fue el defensor de Gudrun Ensslin, una de las dirigentes de la organización armada que en 1977, dos años después del juicio, fue asesinada dentro de la cárcel «selectivamente», junto con otros dirigentes de la misma organización, un crimen colectivo cometido -no hay que olvidarlo- por la socialdemocracia, lo mismo que el de Rosa Luxemburgo 60 años antes.

El Libro Blanco sobre política de seguridad que aprobó el gobierno alemán en el otoño de 2006 dice que es necesario «ampliar el marco constitucional» para poder recurrir al empleo de medios militares con fines domésticos, es decir, en una guerra contra el enemigo interior. Schäuble lo llamó cuasi-defensa, o lo que es lo mismo, cuasi-guerra, y el portavoz del ministro socialdemócrata del Interior, Dieter Wiefelspütz, coincidió con él, exigiendo una nueva interpretación del concepto de «defensa» ya que no importa el origen (exterior o interior) del peligro sino el peligro en sí mismo. La defensa es la protección del territorio nacional cuando la actividad de la policía es insuficiente.

Hasta aquí lo expuesto no es más que un resumen muy apretado de los proyectos represivos en Alemania, que se deben complementar con otros en la misma línea, como el de reabrir los campos de concentración para internar a los sospechosos al estilo de Guantánamo, es decir, sin necesidad de ninguna clase de juicio. A diferencia de los asesinatos, Schäuble ya ni siquiera se tomó la molestia de precisar que se trataba de encarcelamientos «selectivos», por lo que es bastante evidente que se están planeando redadas masivas e indiscriminadas.

Estas medidas aparecen envueltas en una retórica presidida por términos tales como amenaza, peligro o riesgo, es decir, por el vacío. Se trata de medidas que no se pueden justificar con ningún hecho que haya ocurrido realmente sino por puras sospechas carentes de fundamento.

Esa es la Europa a la que llaman «democrática». A partir de aquí hay que imaginar lo que puede ocurrir cuando los fascistas que vienen por detrás se quiten la careta. ¿Qué otra cosa se les puede ocurrir a ellos que no hayan puesto en marcha los «demócratas»? Como en los tiempos del III Reich el papel de los «demócratas» (y socialdemócratas, y progres, y reformistas) es siempre el mismo: dejarlo todo bien preparado para que cuando lleguen los fascistas descarados no tengan ningún contratiempo, no haya nadie que levante la voz, ni escraches, ni pancartas, ni altavoces, ni nada de nada.

Se me ocurre que -como hicieron hace 100 años con Rosa Luxemburgo- los «demócratas» van a empezar asesinando a los revolucionarios para que nadie pueda oponer ninguna resistencia. No perderían votos porque ningún reformista va a levantar la voz. Pero eso no significa que no se esfuercen por hacer pasar a una cosa por su contraria, o que tiren balones fuera, como hacía Schäuble el mes pasado al comparar a Hitler con… Putin. En Europa el fascismo está de moda. En un país o en otro ya nadie deja de hablar de Hitler y de fascismo, es decir, de eso que algunos creían enterrado para siempre.

Es cierto que hay quien aún no sabe poner la trinchera, pero la burguesía sí lo sabe. En 2007 lo dejó bien claro el redactor jefe del diario Die Zeit, Theo Sommer: «Incluso en nuestra parte del mundo nadie puede asegurar de ninguna manera que en el futuro no vaya a haber una revolución». En efecto, en toda Europa no hay más que dos campos: la revolución y la contrarrevolución, los fascistas y los antifascistas. Pero hay algo aún más importante que eso: de aquí en adelante ningún antifascista puede esperar ni la más mínima concesión por parte del reformismo, del legalismo y del pacifismo, que están absolutamente agotados y desacreditados. Cualquier forma de oposición al fascismo está fuera de la legalidad y en contra de la legalidad, por algo que me parece evidente: porque la legislación ya es plenamente fascista.

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40 años del ‘Watergate’

(En realidad, cuarenta y dos). En agosto de este año, 2014, se cumplirán cuarenta de la dimisión del presidente Richard Nixon de los EE. UU. como consecuencia de lo que dio en llamarse «Caso Watergate», un hotel con oficinas y apartamentos donde se ubicaba el cuartel general del Partido Demócrata opositor a Nixon en 1972, año de elecciones que, por cierto, Nixon ganara barriendo a George McGovern, revalidando su mandato de 1969.

En la noche del 17 de junio de 1972, un guardia de seguridad del complejo de edificios Watergate, a orillas del Potomac en Washington, advirtió la presencia de alguien husmeando por allí saltándose los controles de seguridad. Llamó a la policía que detuvo a cinco hombres dentro de la oficina del Comité Nacional del Partido Demócrata. Los cinco -luego dos más, siete- fueron acusados de haber entrado en la oficina para robar (sic) documentos, pinchar teléfonos e instalar escuchas electrónicas, esto es, labor de «fontanería», como se dijo entonces. En 1973 fueron juzgados y sentenciados a penas irrisorias de cárcel no superiores a los cinco años. Comenzaron las dimisiones en cadena de los colaboradores más directos del presidente Nixon que amenazaba -comités y comisiones- con interponer un «impeachment» al presidente, es decir, un proceso para incapacitar a Nixon para ejercer la Presidencia.

Resumiendo, Nixon, acorralado, cociéndose en su sarta de mentiras, reconoció haber tratado de encubrir los hechos relacionados con la ilegal entrada en la oficina demócrata en el Watergate y entregar unas cintas grabadas en el Despacho Oval -donde se reúnen los «halcones» con el Presidente-, reclamadas por el Senado norteamericano y que recibió con alguna (cinta) borrada en parte (18 minutos) sin que se sepa qué contenía hasta hoy. Nixon, tramposo paranoico y mentiroso compulsivo. primero quiso entregar unas cintas a fiscales y procuradores previamente «cepilladas», que diría el trilero Alfonso Guerra, y, como no le salió esta jugada, las entrega al Senado, pero «a su manera», my way, que cantara Sinatra. Así y todo, viéndose perdido, presenta su dimisión en la tarde del 8 de agosto de 1974. Su vicepresidente, Gerald Ford -experto en caerse bajando las escalerillas de los aviones-, le sucedió inmediatamente al día siguiente. Lo primero que hizo Ford (quien, por cierto, formara parte de la «Comisión Warren» que dictaminó que a Kennedy lo mató una sola persona, Oswald, y punto pelota) fue indultar -perdonar- a Nixon evitando, así, su incapacitación y deteniendo cualquier procedimiento judicial contra él. Así se las ponían a Fernando VII, el rey felón.

Dice la leyenda que de no ser por dos periodistas del Washington Post -un periódico que presume de ser «local», es decir, del «Este» y no de tirada «estatal» como el New York Times o el Wall Street Journal-, Carl Bernstein y Bob Woodward, Nixon se hubiera ido de rositas. Es posible. Nixon lo creía así. Pero se supone que gracias a sus investigaciones (entonces existía el «periodismo de investigación» de raigambre puramente norteamericana como también el amarillista) y a la fuente secreta que les informaba -sobre todo a Woodward, el Robert Redford de la película «Todos los hombres del Presidente» (Alan J. Pakula, 1976), hombre relacionado con la inteligencia naval antes de ser periodista, algo de lo que jamás habla- , la «Garganta Profunda» que resultó ser -eso dijeron en 2005 en la revista «Vanity Fair»– un director adjunto del FBI, Mark Felt, bajo la presidencia de Nixon. Felt y Woodward se conocían ya antes de esta movida.

La moraleja que se quiso transmitir al mundo («libre», por supuesto) fue que las democracias (occidentales, burguesas) se refuerzan a base de lavar sus trapos sucios. Y, si no los hubiera, no habría democracia. Y es que la corrupción, por ejemplo, es la piedra de toque de una democracia. A mayor corrupción, mayor democracia, siempre que, ojo, destapes algún chanchullo por ahí y de vez en cuando. Y si te cargas al Presidente del Imperio pues no veas: democracia de cojones.

A Nixon no le echaron por mentir ni por hacer cosas malas: ¡¡le echaron por hacerlas mal!! Por manazas, por soberbio, por abusón. De hecho, los «fontaneros» ya habían entrado en mayo de 1972, sin ser pillados, en Watergate. ¿Se sabía esto entonces y no se dijo nada? ¿O tuvo que ser el azar de un guarda de seguridad que los pilló y llamó a la policía y desbarató todo? No nos creemos nada. Y menos después de lo que han sido capaces de hacer con el autoatentado de las Torres Gemelas el 11-S.  O Kennedy. O tanta falsa bandera…

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Al Capone: un aficionado

 Nicolás Bianchi
Cuando se habla del célebre Al(phonse) Capone siempre se dice que fue a la cárcel por un delito de evasión de impuestos, un delito «menor» en comparación con su «carrera» criminal como gangster de Chicago, ciudad que, «gracias» a Hollywood, jamás podrá desprenderse de ese halo «gang». Ni el delito era tan «menor» ni Capone era precisamente un pardillo. Ni Eliott Ness -el «intocable», en inglés «untouchable»: insobornable, como la serie de televisión de los años sesenta- fue quien lo «cazó».

Capone, viendo por donde le querían coger (por los sobornos y extorsiones, imposible), quiso «arreglar» sus «deudas» con el Fisco norteamericano pagando cierta cantidad de dinero incluso forzando entrar y purgar en la cárcel dos o tres años para evitar males mayores. O sea, como hoy el padre del futbolista Messi pone en «orden» sus cuentas con Hacienda… cuando es pillado en fraude al Fisco. O Iker Casillas y otros héroes de la patria, es decir, defraudo hasta que me pilles -si me pillas- y, en ese caso, díme lo que debo y lo pago hasta el próximo chiste. Exactamente igual que hacía el «popular» Capone, que no conoció a Montoro para que le ofreciera una amnistía fiscal.

Capone -una «madre» comparado con la casta de los González, Aznar matando gente y arrepintiéndose de no haber matado más, como el primero- apareció en un libro de contabilidad de un estanco que era una tapadera de otros turbios «negocios». Allí -investigado por delitos federales- aparecía una pingüe suma de dólares que Capone -su nombre no aparecía completo, igual que, en la contabilidad de Bárcenas, donde aparece A.C., pues no es Álvarez Cascos, militante del Partido Comunista, como se sabe, sino Arturo Cantalapiedra, escultor y alpinista en sus ratos libres)- no declaró a Hacienda (no digamos ya a la Seguridad Social, que allí ni existe, como quien dice), o sea, fraude fiscal, delito muy condenable social y penalmente por aquellos pagos.

Capone fue juzgado y condenado por un jurado popular (cambiado a última hora y sin que lo supieran los abogados de Capone que contaban con el veredicto comprado del jurado anterior). Es decir: a Capone se le condenó por figurar en una «contabilidad B» donde cobraba unos fondos que no declaraba ¡exactamente igual que los «papeles de Bárcenas», el contable de los capitostes del PP! ¿Es igual, es lo mismo?

Si no es lo mismo, parecido. Si Capone extorsionaba para «cobrar», estos se dejan «presionar» para lo mismo. No hay diferencia -lo dicen ellos mismos- entre corruptor y corrompido. Acaso, la diferencia, de haberla, es que Capone acabó en la cárcel (la famosa y cinematográfica Alcatraz) y los que aparecen -con siglas o expresamente y algunos admitiéndolo- en los «papeles de Bárcenas» (que parece que es cosa de hace siglos), o sea, un contable, con cantidades no declaradas, es decir, defraudadas al erario público, donde en Roma te mandaban a galeras, dizque al conjunto de los españoles -ellos que van de «españolazos»- ¡¡hacen exactamente igual que lo que hacía un gangster como Capone!!

Capone, un aficionado al lado de estos «profesionales».