Nacionalismo español (II)

Nicolás Bianchi
No hay que engañarse: lo estricta y genuinamente “español” es lo castellano (como pudo haber sido lo astur-leonés). Pero no podía decirse lo “galaico-castellano” o lo “vascongado-castellano” y menos lo “castellano-castellano”, pero sí lo gallego-español, lo vasco-español y lo español por antonomasia: lo castellano. Todo es español, un término, por cierto, que si a Américo Castro hacemos caso, ni siquiera es “español”, sino de origen provenzal. En términos lingüísticos, no se hablaría el “vasco-castellano”, sino el español sin más, igual que en el Río de la Plata no se habla “argentino”, sino “español”. O en México (pronúnciese la x como jota).

Todavía se repite la mixtificación de que los Reyes Católicos unieron “España” cuando, en realidad, sólo casaron dos reinos, pero sobre todo conquistaron otros dos: el navarro y el granadino-nazarí. O que la expulsión de judíos y moriscos se justificaba en aras de esa “unidad religiosa tan necesaria –nos dice Pérez Garzón- para afianzar la unidad política”. Ni existía “España” ni mucho menos la “nación española”. Como tampoco existía la nación vasca o la catalana.

El concepto de España como sustancia con independencia ontológica se fraguó en el siglo XIX para dar soporte de soberanía política al proceso de organización de un Estado liberal homogeneizado y codificado de una nación de ciudadanos propietarios (o sea, la inmensa minoría) y de un mercado para el despliegue de las formas capitalistas. Fuesen republicanos, progresistas, doctrinarios o tradicionalistas, superpusieron la “nación cultural” a la política desde una perspectiva esencialista de España que, al devenir en sustancia, permitía retroproyectar el presente hacia remotos siglos del pasado. Por ejemplo, Isidoro de Hispalis es San Isidoro de Sevilla, de godo a español. Y para Menéndez Pidal, ”historiador nacional”.

A partir de la consolidación de la revolución liberal se hizo realidad un nuevo modo de escribir e interpretar el pasado. Los historiadores lograron reforzar la idea de continuidad histórica desde los primitivos pobladores, prehistóricos, de la península hasta el Estado liberal, y así extendieron la denominación de “españoles” a los pueblos de la antigüedad peninsular (el Jabato sería ibero a fuer de protoespañol, en fin…). Y todos los historiadores se reclamaban “objetivos”.

Al pueblo español se le dotaba de ingredientes perennes y se le definía con carácter inmutable desde la óptica del romanticismo historicista. Bajo este prisma, claro es, no puede extrañar que las dinastías musulmanas de ocho siglos de historia no dejaran de ser el paréntesis de esos “otros” –los árabes- que invadieron “lo español”. O sea, desde Viriato hasta Daoiz y Velarde pasando por el Cid, Fernando el Santo, Guzmán el Bueno o Hernán Cortés como encarnaciones y arquetipos del carácter español.

Hoy los proeles son San Raúl González y Sergio Ramos, mástiles y faros de “la Roja” esa.

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