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Categoría: Memoria Histórica (página 26 de 37)

Soldados entrenados por Estados Unidos cometieron la masacre de El Mozote en 1981 en la que mil campesinos salvadoreños fueron asesinados

Por primera vez el general salvadoreño Juan Rafael Bustillo ha reconocido que el batallón Atlácatl, una fuerza de élite entrenada por Estados Unidos, fue el responsable de la masacre de El Mozote, perpetrada en 1981, en la que fueron asesinados 985 campesinos desarmados.

La matanza El Mozote está considerada no solo el mayor acto de violencia contra población civil cometida por funcionarios del Estado durante la Guerra Civil de El Salvador, sino también la peor masacre del Hemisferio Occidental en los tiempos modernos.

La mayoría de las personas torturadas y asesinadas por las fuerzas apoyadas por Estados Unidos eran mujeres y niños.

La admisión tuvo lugar cuando el Departamento de Estado estadounidense impidió el ingreso a Estados Unidos a trece exoficiales del ejército salvadoreño acusados de organizar la ejecución extrajudicial de seis sacerdotes jesuitas, su empleada doméstica y la hija de esta en 1989.

Al igual que la masacre de El Mozote, el asesinato de los sacerdotes jesuitas fue llevado a cabo por soldados entrenados por Estados Unidos.

El batallón Atlácatl fue adiestrado por la CIA en la Escuela de las Américas.

El 10 de diciembre de 1981, unidades del batallón Atlácatl del ejército salvadoreño llegaron a El Mozote en busca de insurgentes del FMLN. El Mozote era una pequeña población rural con cerca de veinticinco casas situadas alrededor de una plaza.

A su llegada, los soldados ordenaron a los vecinos que salieran de sus casas y formaran en la plaza. Allí les pidieron información sobre las actividades de la guerrilla y luego les ordenaron que volvieran a sus casas y permanecieran encerrados hasta el día siguiente, advirtiendo que dispararían contra cualquier persona que saliera. Los soldados permanecieron en el aldea durante toda la noche.

A la madrugada del día siguiente, los soldados volvieron a reunir a la población entera en la plaza. Separaron a los hombres y ancianos de las mujeres y de los niños, y los encerraron en grupos separados: en la iglesia al primer grupo y en una casa al segundo. Durante toda la mañana procedieron a interrogar mediante torturas a los pobladores. Cada hombre, mujer y niño, al terminar la sesión de tortura, era ejecutado.

Los primeros drones se diseñaron en la Unión Soviética y se utilizaron en la ‘guerra de invierno’ de 1940

Los primeros drones se fabricaron en la Unión Soviética, también tenían un uso militar y se utilizaron en la Guerra de Finlandia de 1940 y luego en el frente oriental contra la Wehrmacht.

Eran terrestres, se dirigían a distancia mediante ondas de radio y los llamaron “teletanks”. El centro de control estaba en otro tanque situado a menos de 1.500 metros de distancia. Estaban armados con ametralladoras DT y lanzallamas, complementados con lanzadores de humo para la protección de los tanques tripulados.

Algunas versiones también podían llevar una bomba de efecto retardado que lanzaban cerca de los fortines enemigos. Compuesto por una carga explosiva de 200 a 700 kilos contenida en un carenado blindado, podía destruir instalaciones de hasta cuatro niveles subterráneos.

En 1941 también se desarrolló una versión a control remoto de la Matilde II británica. Se llamaba Príncipe Negro y se usaba en misiones de demolición, así como para atraer a los equipos antitanques del adversario para que revelaran sus posiciones.

Al año siguiente los alemanes introdujeron el Goliat para el desminado remoto. De 1966 a 1972 el Pentágono lanzó el programa Shakey para desarrollar un robot móvil capaz de decidir pasar a la acción por sí mismo. Precursor en términos de autonomía e inteligencia artificial, era capaz de analizar por sí mismo una orden general para dividirla en series de tareas sencillas, como agarrar trozos de madera y trasladarlos a determinados lugares. El Shakey era una plataforma sobre ruedas con una cámara, sensores y un procesador de navegación.

En 1972 el ejército británico desarrolló la Wheelbarrow, una máquina de desminado sobre orugas basada en una cortadora de césped. Prefigurando las HVU de los equipos de eliminación de municiones explosivas (EOD) de hoy en día, se desplegó en Irlanda del norte y más tarde en Irak.

Entre 1983 y 1993, en el marco de la Iniciativa de Computación Estratégica, el Pentágono desarrolló el primer vehículo autónomo de alta velocidad capaz de desplazarse tanto en carretera como fuera de ella a velocidades compatibles con las aplicaciones militares.

A mediados de los noventa, el ejército y la marina de Estados Unidos impulsó el programa Gladiator para estudiar las posibilidades de un vehículo autónomo de reconocimiento y adquisición de objetivos a alta velocidad.

Diez años más tarde, de 2004 a 2008, fue sustituido por el programa LAGR (Learning Applied to Ground Vehicle), con el objetivo de acelerar el progreso en el campo de los vehículos terrestres todoterreno autónomos, con especial atención a las tecnologías de percepción, incluidos los sensores y algoritmos. Hasta entonces los vehículos no eran realmente autónomos, ya que podían bloquearse en los obstaculos que encontraran en su camino.

Al enfrentarse muy pronto a las amenazas de los artefactos explosivos caseros y al EFP (Explosively Formed Penetrator) con las invasiones en Irak y Afganistán, los desminadores fueron los primeros en concentrarse en las unidades de vehículos pesados para limitar los riesgos al máximo. Los del ejército y la marina de Estados Unidos están equipados con el “talon”, una pequeña oruga o minicadena fabricada por QinetiQ North America y probada en 2000 en Bosnia, antes de ser adquirida a gran escala a partir del año siguiente.

El “talon” es un chasis modular de 86,4 centímetros de longitud que permite adaptar la carga útil a la misión. El equipo incluye siete cámaras para proporcionar a los operadores una visión general, así como una amplia gama de sensores para la detección de explosivos y el reconocimiento CBRN. Las luces LED y las cámaras térmicas o infrarrojas completan las posibilidades de observación.

Tiene un brazo articulado de 360 grados con pinza de corte, un micrófono y un altavoz. La carga útil máxima es de 45 kilos y puede arrastrar un objeto no rodante de hasta 77 kilos, o un remolque de 340 kilos. El brazo puede levantar objetos de hasta 9 kilos. Se puede controlar a una distancia de hasta 800 metros de su operador y puede transmitir datos a través de cable de fibra óptica hasta 300 metros. Su velocidad máxima es de 8,37 kilómetros por hora y puede maniobrar a través de 38 centímetros de escombros o nieve, subir pendientes de hasta 43 grados de pendiente y sortear inclinaciones de 45 grados.

El “talon swords” es una variante que lleva armas pequeñas como una ametralladora SAW M-249, originalmente desarrollada para uso de la infantería y desplegada por triplicado en Irak antes de que el proyecto fuera abandonado.

El “seatalon” es una variante diseñada para el desminado en aguas muy poco profundas y en la zona de oleaje, donde los HUMU podrían relevar a los SEAL de la marina de ciertas tareas. En 2004, ya se habían cumplido más de 20.000 misiones con el “talon”.

El cuento de los dos lobos del viejo indio cheroki

Durante 30 años Edward S. Curtis recorrió 125 veces el norte de América visitando 80 tribus amerindias, tomando 40.000 fotografías, grabó sus conversaciones en 75 idiomas y dialectos nativos diferentes, así como 10.000 canciones.

Una parte de su investigación se publicó en 20 volúmenes. Muchas de sus páginas son cuentos que los viejos narran a los más pequeños con intenciones pedagógicas.

Uno de ellos es el de los dos lobos.

Una noche un viejo cheroki hablaba con su nieto sobre la lucha que tiene lugar en el interior de cada cual:

“Hijo mío: dentro de cada uno de nosotros hay una lucha entre dos lobos.

“Uno es el malo, la ira, la envidia, los celos, la pena, el pesar, la avaricia, la arrogancia, la autocompasión, la culpa, la amargura, los sentimientos de inferioridad, la mentira, el orgullo, la superioridad y el ego.

“El otro es el bueno, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la bondad, cordialidad, la empatía, la generosidad, la verdad, la compasión y la confianza”.

El nieto reflexionó durante un momento y luego le preguntó a su abuelo:

“¿Qué lobo vencerá?”

El viejo cheroki le respondió simplemente: “El que tú alimentes”.

80 años del Pacto Molotov – Von Ribbentrop (una jugada maestra de la diplomacia soviética)

Desde hace 80 años el imperialismo utiliza el Pacto de no agresión entre Alemania y la URSS de 1939 para equiparar al III Reich con la URSS y a Hitler con Stalin, la manida expresión de “los unos y los otros” o el “ambos son iguales”.

Es una espina que tienen clavada en lo más hondo. Entre 2006 y 2009 la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, el Parlamento Europeo y la Asamblea Parlamentaria de la OSCE aprobaron el canon ideológico por el cual el estallido de la Segunda Guerra Mundial se imputa a ambos países y el día de la firma del tratado, el 23 de agosto de 1939, lo convierten en el Día Europeo del Recuerdo de las víctimas del stalinismo y el nazismo.

El origen de esta ideología es la Guerra Fría. Al final de la Segunda Guerra Mundial Reino Unido y Estados Unidos buscaban justificar los nuevos planes de agresión militar contra la URSS y desviar la atención de la opinión pública mundial de su propia colaboración con la Alemania nazi. Luego, la caída de la URSS y el final de la Guerra Fría no acabaron con la campaña intoxicadora sino todo lo contrario. La demonización del Pacto se utilizó como pretexto para separar a los Estados bálticos y Moldavia de la URSS y luego acelerar su integración en la UE y la OTAN.

Los imperialistas presentan el Pacto dentro de una cadena de aberraciones históricas que manipulan hasta lo más evidente: cuando se firmó, la Segunda Guerra Mundial ya había comenzado, y no sólo en Europa. En 1936 comenzó la guerra civil española (y la “no intervención”) y al año siguiente estalló otra en el Lejano Oriente entre Japón y China.

En Europa, en marzo de 1938 Hungría ocupó la Ucrania subcarpática y en septiembre del mismo año Polonia invadió la región checoslovaca de Cieszyn. Alemania destruyó y ocupó Checoslovaquia el 14 de marzo de 1939, en violación de los términos del acuerdo anglo-francés-alemán-italiano, conocido como los Acuerdos de Munich, que rigen la transferencia a Alemania de los territorios checoslovacos de los Sudetes.

A principios de abril de 1939 Hitler ordenó la ejecución del plan Fall Weiss para la invasión de Polonia, que estaba previsto que comenzara el 25 de agosto del mismo año.

Con estos antecedentes, hay que tener muy mala baba para acusar a la URSS de iniciar la Segunda Guerra Mundial por la firma de un Pacto de no agresión.

Desde 1938 la URSS había estado en guerra en el Lejano Oriente con Japón, uno de los futuros impulsores de la Segunda Guerra Mundial. Al gobierno soviético se le plantéo, pues, un panorama muy peliagudo desde el primer momento: una guerra en dos frentes simultáneamente. Por lo tanto, cuando Alemania propuso a la URSS un acuerdo de no agresión, la suerte estaba echada.

Ningún país del mundo se hubiera negado a firmar. Polonia había firmado un pacto de no agresión con Alemania en 1934. Inglaterra y Francia habían firmado pactos mutuos de no agresión con Alemania en 1938. Estonia y Letonia habían formalizado sus relaciones con Berlín en 1939. La posición de Moscú fue la misma.

80 años después los “historiadores” con menos vergüenza, verdaderos lacayos del imperialismo, pretenden que el Pacto entre Alemania y la URSS constituía una conspiración entre dos “imperios totalitarios”.

No puede haber nada más irreprochable que la firma de un Pacto de no agresión. La URSS sabía que Polonia iba a ser aplastada por el III Reich, lo mismo que lo sabían los imperialistas británicos, por poner un ejemplo. ¿Acaso la URSS debía convertirse en garante de la integridad de Polonia, un país con el que había estado en guerra 20 años antes y que le había arrebatado una parte de su territorio?, ¿debía la URSS abandonar su neutralidad o ponerse del lado polaco?, ¿por qué motivo?

A pesar de todo (y de las permanentes muestras de hostilidad del gobierno polaco), la URSS le ofreció garantías de seguridad, que rechazaron.

Es igualmente falso que la URSS se repartiera el territorio de Polonia con el III Reich. La URSS recuperó las fronteras que había perdido durante la agresión de Polonia 20 años atrás. Dichas fronteras (la línea Curzon) no las estableció la URSS sino un ministro británico de Asuntos Exteriores y son las mismas que hoy existen porque fueron aprobadas en 1945 por el Tratado de Yalta, o sea, por los mismos que hoy critican el Pacto de 1939.

Dicho Pacto fue otra jugada maestra de la diplomacia soviética. Hasta entonces toda la política del imperialismo occidental, esencialmente británico y francés, había consistido en estimular al III Reich hacia el este a fin de que Alemania entrara en guerra con la URSS. Incluso habían promovido durante años una cruzada antibolchevique para luchar conjuntamente con Hitler en una guerra conjunta contra la URSS.

El tiro les salió por la culata y las instituciones de la Unión Europea aún se lamentan de ello.

La Guerra de Corea 1950-1953: la primera guerra de la Guerra Fría aún no ha terminado

En 1871 el imperialismo estadounidense había intentado por la fuerza establecer acuerdos comerciales con la dinastía Joseon de Corea. Sin embargo, después de que Japón se anexionó la península de Corea en 1910, los gobiernos estadounidenses mostraron poco interés.

Hasta 1943 Estados Unidos no se preocupó por la “esclavitud de los coreanos” por parte de Japón, prometiendo apoyar a Corea como nación libre e independiente “a su debido tiempo”. Este interés repentino no facilitó una independencia real. La principal preocupación de Estados Unidos fue la de controlar las antiguas colonias japonesas para extender su influencia en Asia.

Cuando las tropas soviéticas entraron en Corea en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, un mes antes de la llegada de las tropas estadounidenses, Estados Unidos propuso la división de la península en el paralelo 38. Aparentemente, el objetivo era supervisar la rendición de las fuerzas japonesas, con Estados Unidos y la Unión Soviética facilitando conjuntamente la “descolonización” de Corea a ambos lados de una frontera “temporal”.

La selección del paralelo 38 no fue arbitraria. En un memorando de 1950, publicado 17 días después del comienzo de la Guerra de Corea, el futuro Secretario de Estado de Estados Unidos, Dean Rusk, explicó que fue elegido para “armonizar el deseo político de los estadounidenses de viajar lo más al norte posible para recibir la rendición de las tropas japonesas y la obvia limitación de la capacidad de las fuerzas estadounidenses para llegar a esta zona”.

En otras palabras, se eligió el paralelo 38 para facilitar el control estadounidense de la mayor parte del territorio de Corea.

La ocupación militar de Corea, que duró casi cuatro años, comenzó oficialmente el 8 de septiembre de 1945, cuando el general John Reed Hodge llegó al país. El historiador James Matray señala que Hodge, así como los soldados bajo su mando, eran “arrogantes y despectivos hacia todo lo que era coreano”.

Fuertemente anticomunista y considerando el territorio bajo control estadounidense como una “zona enemiga”, Hodge estableció un régimen militar autocrático, explotador y políticamente represivo. Según Matray, para muchos coreanos, Hodge y el gobierno militar de Estados Unidos en Corea (Usamgik) simplemente habían reemplazado al odiado Gobernador General de Japón en la cima de una “pirámide de poder represivo”.

Dos días antes de la llegada de Hodge, cientos de militantes independentistas coreanos que habían luchado contra el colonialismo japonés establecieron la República Popular de Corea (RPC). Kim Il-sung y Syngman Rhee, que se convirtieron en los dirigentes de la recién dividida Corea del Norte y del Sur respectivamente, se encontraban entre los 55 candidatos elegidos para formar el nuevo gobierno coreano.

Aunque el partido progresista KPR no era originalmente un partido comunista, pidió reformas radicales. El mismo día en que Hodge llegó a Corea, el periódico del KPR pidió “una revolución social para una segunda liberación”, que incluyera la emancipación total de la mujer, una jornada laboral de ocho horas y un salario mínimo, la redistribución de la tierra, las industrias y los bancos, el control de los alquileres, la libertad de expresión, de reunión y de religión, y el fin del analfabetismo. El KPR también prometió cooperar con los Estados Unidos, la URSS y otras potencias.

La República Popular de Corea y las ideas que expresó recibieron un amplio apoyo del pueblo coreano. Según George Katsiaficas, en su libro “Unknown Uprisings” (Levantamientos desconocidos), una encuesta norteamericana de 8.500 coreanos en agosto de 1946 reveló que el 70 por ciento estaba a favor del socialismo, el 7 por ciento del comunismo, el 14 por ciento del capitalismo y el 8 por ciento no tenía opinión.

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, con el Japón de rodillas, los coreanos establecieron comités populares de base en todo el país. En diciembre de 1945, más de 2.500 personas actuaban como gobiernos de facto en aldeas, distritos, condados, ciudades y provincias. También se crearon más de 1.000 nuevos sindicatos. En noviembre de 1945 se creó el Consejo Nacional de Sindicatos Coreanos, que representaba a más de medio millón de trabajadores al sur del paralelo 38.

El Usamgik se negó a trabajar con los comités populares del KPR y reclutó a empresarios y propietarios de la reacción, muchos de los cuales habían colaborado con los japoneses. Según el periodista John Gunther, Hodge y el Usamgik instalaron “una heterogénea variedad de expatriados, colaboradores, reaccionarios fascistas, asesinos profesionales e intelectuales confundidos”.

El 12 de diciembre, apenas tres meses después de su llegada a Corea, Hodge prohibió el KPR y los comités populares, los declaró “enemigos públicos” y detuvo a sus dos dirigentes. Cuatro días antes, había prohibido las huelgas y el 18 de diciembre creó una nueva fuerza policial, de la que más del 80 por ciento eran antiguos colaboradores japoneses.

Bajo la protección del Usamgik, Syngman Rhee -el candidato elegido por Estados Unidos para convertirse en el dirigente permanente de la nueva Corea del Sur- utilizó esta nueva fuerza policial para aplastar a las fuerzas progresistas. Las detenciones arbitrarias, la extorsión, la tortura y la represión de manifestaciones políticas se convirtieron en algo habitual.

En respuesta a las acciones represivas del Usamgik y Rhee, medio millón de coreanos se manifestaron en las calles de Seúl el 1 de marzo de 1946. Siete meses más tarde, los coreanos se levantaron contra la ocupación colonial estadounidense y la revuelta comenzó con una huelga general de trabajadores ferroviarios en Busan. La huelga se extendió rápidamente a Daegu y otras regiones.

Según el periodista Mark Gayn, fue una “revolución a gran escala”, con cientos de miles, si no millones, de personas. Los militares estadounidenses declararon la ley marcial y abrieron fuego contra los manifestantes, matando a más de 1.000 de ellos (algunos hablan que 7.000 muertos) e hiriendo a más de 20.000 personas. Después, entre 20.000 y 30.000 personas fueron detenidas y encarceladas.

Estados Unidos facilitó la elección de Rhee en mayo de 1948, a pesar de las muchas objeciones de los coreanos a las elecciones mientras la península seguía dividida. Un mes antes de las elecciones aprobadas por la ONU, los coreanos en la isla de Jeju organizaron manifestaciones masivas para expresar su oposición, atacando colegios electorales y comisarías de policía. Rhee y el Usamgik enviaron tropas a la isla para reprimir brutalmente el levantamiento, matando a más de 30.000 personas.

En octubre de 1949, horrorizados por la masacre de Jeju, casi 2.000 soldados progresistas -junto con estudiantes y trabajadores- en la provincia sureña de Jeolla también desencadenaron un levantamiento contra Rhee y el Usamgik. Apoyado por las tropas imperialistas, Rhee declaró la ley marcial y aplastó la rebelión.

Estados Unidos puso fin oficialmente a su ocupación militar en junio de 1949, cuando su candidato tomó las riendas del poder. Sin embargo, un año después, estalló el primer conflicto armado de la Guerra Fría cuando Kim Il-sung lanzó una ofensiva para unir a las dos Coreas.

Estados Unidos reaccionó con una fuerza brutal lanzando más napalm y bombas sobre ciudades al norte del paralelo 38 que durante toda la campaña del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. La guerra, que afectó a todas las familias coreanas en el norte y en el sur, finalmente condujo a un punto muerto.

El número de muertos, heridos y desaparecidos en aquella guerra se estima en más de 4 millones de personas, incluidos 3,3 millones de coreanos (unos 1,3 millones en el sur y 2 millones en el norte).

Aunque se firmó un armisticio en 1953, nunca hubo un tratado de paz. Así que la guerra nunca terminó oficialmente. Sesenta y cinco años después, Estados Unidos sigue amenazando a Corea del Norte con una invasión o la aniquilación.

https://redflag.org.au/node/6486

George Orwell: un policía colonial en Birmania

Al escritor británico Orwell se le conoce por relatos como “Rebelión en la granja” y en España también por su “Homenaje a Cataluña”, en torno a los cuales se le presenta como una gloria literaria y una denuncia del control político y social por parte de los Estados modernos.No hay ni una cosa ni la otra, salvo que a cualquier escrito le llamemos literatura y a la mala conciencia la consideremos como “crítica”. Orwell siempre formó parte de aquello que pretendía denunciar en su peor versión: el Imperio Británico en su época de mayor esplendor.

Orwell nació en la India colonial en una familia cuyo padre era un fabricante de opio, una mercancía que luego traficaba en China, aprovechándose del lubricante que movía a un Imperio en el que el sol no se ponía y la sangre no se secaba nunca.

La venta de opio le permitió a Orwell educarse en Eton, un colegio para que la élite imperialista, militarista y racista británica sostuviera los dominios de la Corona. Hace un siglo a aquella ideología que justificaba la dominación colonial se la llamaba “jingoísmo” y era moneda corriente, tanto en las universidades como en los periódicos.

La policía colonial reclutó a Orwell en Eton y, tras un breve adiestramiento durante un año, le enviaron a Birmania, hoy Myanmar, donde ejerció cinco años su papel represivo, de 1922 a 1927, además de escribir un par de ensayos y un relato de los suyos, “A Burmese Story” (Una historia birmana), publicado cuando había regresado de Asia.

Llama la atención que Orwell no hable en primera persona de sí mismo y del papel que desempeñaba dentro de la administración colonial. Ese artificio es lo que convierte en una crítica lo que hubiera debido ser una autocrítica. Se cree ajeno a los colonos tanto o más que a los colonizados; es posible que también se sintiera por encima de ellos, tanto como para poder despreciar a ambos.

Como en cualquier colonia británica, en Birmania imperaba el apartheid. Los colonos no se relacionaban con los colonizados, no hablaban, no convivían… salvo cuando se trata de mujeres. El protagonista de la historia, Flory, es un capitalista que explota la tala de madera y por 300 rupias ha comprado a una adolescente, llamada Ma Hla May, a sus padres.

En Birmania Orwell no deja de ser “pukka sahib” y mirar por encima del hombro. Se cree dotado de una superioridad que contrasta con la mediocridad, por supuesto de los birmanos, pero también de los colonos. Sin embargo, como en tantos intelectuales de medio pelo, su ascendente es sólo intelectual. Es un policía exquisito en un océano con todas las secuelas de la ignorancia: prejuicios, tópicos, superficialidad…

Los personajes a través de los cuales Orwell quiere describir a los colonizados no son tales, sino apéndices del propio colonialismo, como el magistrado U Po Kyin, un traidor y un renegado que no quiere que el colonialismo se acabe nunca y, en todo caso, aspira a ocupar el lugar de los colonizadores.

Es el punto de llegada de los mediocres: todos son iguales, colonos y colonizados, si unos son malos los otros no le van a a zaga… ¿Qué más da?, ¿qué importa que gobiernen unos u otros si todos quieren lo mismo? Hay toda una batería de frases que la reacción saca a pasear en cuanto se le ven las llagas: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer…

No obstante, en el Orwell colonialista sobra la paja en el ojo ajeno y falta la viga en el propio. Cuando le envían a Birmania, despuntaba el movimiento anticolonialista, que empezó con un boicot masivo en la Universidad de Rangún (1920-1922) y acabó con la revuelta de 1931 y su feroz represión.

Orwell estaba allí, lo vio, aunque esa era la única realidad que no le interesaba describir en absoluto porque su tarea como comandante de la policía consistía en aplastarla. En 1926 el “anticolonialismo” de Orwell en Birmania era tan fraudulento como lo será su antifascismo diez años después en Barcelona.

Por eso no sorprende nada que desde 1945 el imperialismo haya convertido a Orwell en un fetiche para consumo de la posmodernidad, el progrerío y la intelectualidad cutre. Si les preguntáramos a ellos por la descolonización, nos responderían lo mismo que el policía: Birmania no debe ser independiente porque caería bajo la dominación japonesa, o quizá peor, bajo la soviética.

Más información:
— Orwell: homenaje al delator
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— El colonialismo ideológico de la posguerra
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— A la CIA siempre le gustaron más los intelectuales de la ‘nueva izquierda’
— Bajo los adoquines ya no hay arena de playa
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Rusia culpable

El franquismo realmente fue precursor. Acuñó la expresión «Rusia culpable» y acusó a Rusia de todos los males que aquejaban a la humanidad y adyacencias.

Ahora muchos años después se vuelve a utilizar esa expresión para intentar sembrar en las mentes la sensación de que Rusia es la personaficación de Lucifer. Primero se acusó a Rusia de haber participado en las elecciones  norteamericanas, para que ganara Trump.Además de que esto es en sí mismo un disparante total, sirvió para que durante dos años largos, un fiscal investigara hasta las entretelas si esto era verdad. La conclusión fue que todo era un invento pergeñado por la prensa «seria» de los EEUU y del resto del mundo libre. Todos los medios de comunicación vomitaban todos los días su porción de estiércol.

Dentro de esa operación se tejió una tupida red de falsedades como los espías rusos Skripal que fueron envenenados por el producto Novichok, sin ninguna duda por otros espías rusos. Se tomaron fotografías de dos ciudadanos rusos que eran los agentes envenenadores de los Skripal.

Se hizo correr la noticia de que Rusia había intervenido en el referéndum catalán sobre la independencia, se acusó a Rusia de haber intervenido en las elecciones mejicanas que llevaron al triunfo de López Obrador.

Esta campaña de descrédito también caló en España, donde se produjo una situación hilarante, que llevó a que la UDIF, una dependencia de la Policía Nacional española, presentara un informe sobre la intención de un presunto magnate ruso, de comprar las tiendas de la cadena Dia en España que estaba en situación de concurso de acreedores, y se inventaron que ese ciudadano ruso era en realidad un individuo cruel y despiadado que maltrataba a los trabajadores, que pagaba salarios de hambre y otras lindezas.

Resulta que ahora la UDEF, se dedica a denuciar la explotación de la clase trabajadora en España. Resultó que dicho magnate ruso compró la cadena Dia, y la sacó de su situación de cesación de pagos. No tenemos noticias de que el nuevo patrón haya despedido a alguien, ni que haya maltratado a algún trabajador de la cadena Dia.

Parece que los empresarios rusos no son mejores ni tampoco peores que los de otras nacionalidades, pero no lo olvidemos: si algo malo pasa en la empresa Dia, seguro que es culpa de Rusia. Ya lo dijo la UDEF.

El Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente de 1922 convocado por la III Internacional

En noviembre del año pasado John Sexton publicó “Alliance of Adversaries: The Congress of the Toilers of the Far East” en el volumen 173 de Historical Materialism Book, una edición comentada de las actas del Congreso de los Pueblos de Extremo Oriente que en 1922 organizó la Internacional Comunista en Moscú (*).

La importancia de la obra no puede ser mayor, sobre todo para quienes se interesan por la historia del movimiento comunista internacional, en general, y su línea política respecto a lucha contra el colonialismo, en particular, una cuestión sobre la que se olvida lo esencial: hace 100 años la Internacional Comunista y la URSS cambiaron el mapa del mundo de manera definitiva.

Los congresos de la III Internacional, el Congreso de Bakú en 1920 y el de los Pueblos del Extremo Oriente dos años después pusieron a la clase obrera al frente de un desafío histórico que fue a la vez revolucionario e internacionalista.

Hasta entonces ninguna organización de ningún tipo había emprendido una tarea semejante. No había ningún tipo de experiencias al respecto, por lo que los comunistas tuvieron que empezar prácticamente desde cero y, desde luego, que avanzaron en medio de polémicas internas de una intensidad que nos podemos imaginar.

El Congreso fue bastante diferente del de Bakú, que se había celebrado mientras la guerra civil seguía su curso; la ciudad sólo había estado en manos los soviets durante unos meses. En 1922 la situación militar era mucho mejor. El clima diplomático también se había calmado y los imperialistas invitaron a Rusia a la conferencia internacional de Génova.

En Bakú la mayor parte de los 2.000 delegados pertencían a poblaciones de la propia URSS y países vecinos del sur, con unas 37 nacionalidades representadas, mientras que el Congreso de los Pueblos del Extremo Oriente sólo participaron 150 delegados de los partidos comunistas de Indonesia, India, Mongolia, China y Japón. En aquel momento los dos primeros países aún eran colonias de Holanda y Gran Bretaña y Mongolia era un país emergente que debía su liberación a la Revolución de 1917 y al posterior estallido del movimimiento antimperialista en China.

La derrota de Rusia en la Guerra con Japón de 1905 fue fundamental para el surgimiento de la lucha contra el colonialismo en Asia porque demostró que era posible derrotar a los europeos. A partir de entonces Japón fue un país visto con mucha simpatía. Los nacionalistas asiáticos se hicieron projaponeses y salieron de la férula de unos imperialistas, los europeos, para acabar en la de otro, los japoneses.

El imperialismo japonés utilizó una retórica antiimperialista para justificar su expansionismo. En 1905 Sun Yat-sen creó el Tongmenghui, predecesor del Kuomintang, en Tokio. La reunión se celebró en la casa de Uchida Ryohei, un reaccionario japonés que, posteriormente, fue de los primeros que se lanzó a la conquista del norte de China.

Al mismo tiempo, Japón se había convertido rápidamente en una potencia imperialista particularmente rapaz y se había involucrado a fondo en la guerra civil rusa, apoyando a los peores criminales de la reacción zarista. Con mucho, tuvo el mayor contingente de tropas que lucharon contra los soviets durante la guerra civil. Había colonizado Corea, tenía la vista encima de China, Siberia y Mongolia.

En fin, Japón era una amenaza en el Extremo Oriente, aunque la Internacional Comunista pronosticó que su rivalidad con Estados Unidos conduciría a una nueva guerra mundial, como así ocurrió.

El Congreso de los Pueblos del Lejano Oriente fue una réplica a la Conferencia Naval de Washington, que incluyó el Lejano Oriente en su orden del día, y que excluyó a la URSS. Fue presidida por G.I.Safarov, responsable del departamento del Lejano Oriente de la Internacional Comunista, que leyó el informe inaugural, en el que reiteraba las posiciones anticoloniales aprobadas por el II Congreso y, en especial, la necesidad de un frente común con los nacionalistas asiáticos, algunos de los cuales, como los chinos, estaban presentes en el acto.

Más allá de los principios generales, la línea política seguía siendo discutida, por lo que se reprodujeron los mismos debates y las mismas posiciones, en particular sobre las relaciones con los nacionalistas y, en concreto, en China.

Algunas cuestiones, como el caso de Mongolia, ilustran la complejidad del problema. Los nacionalistas chinos siempre han considerado a Mongolia como una parte de China. El país había conquistado su independencia gracias al zarismo. Se impuso un gobierno teocrático que, durante la guerra civil rusa, amparó a lo peor reacción blanca. Con la victoria del Ejército Rojo, en 1921 cayeron tanto la teocracia local como los blancos rusos.

El gobierno soviético era partidario de la independencia, aunque una parte de la Internacional Comunista defendía su incoporación a China, entre ellos Joffé, que dirigía una parte del Departamento del Extremo Oriente. Según Joffé, el gobierno soviético reproducía los errores del zarismo al reconocer la independencia de Mongolia y, además, se enfrentaba a los nacionalistas chinos.

En 1924 Sun Yat-sen y Joffé llegaron a un compromiso de filigrana que -más o menos- admitía que, aunque la soberanía correspondía a China, Mongolia era un país independiente. En todos los tratados, la URSS siempre obligó al Kuomintang a pasar por aquel acuerdo y aún hoy en Taiwán reprochan a Mao Zedong y al Partido Comunista de China de “entregar” a Mongolia.

La línea política de la Internacional Comunista en China estuvo condicionada por la necesidad de disponer sobre el terreno de un dique frente al expansionismo japonés, uno de cuyos baluartes debía ser el Kuomingtang, es decir, los nacionalistas chinos. Para ganárselos, la Internacional Comunista hizo toda clase de concesiones, algunas de ellas inimaginables en a actualidad. Fue una historia de desengaños desde el principio. Cuando los japoneses invadieron China, la preocupación principal de los nacionalistas seguía siendo la de exterminar a los comunistas.

La tarea de hacer frente a Japón fue obra de los comunistas chinos.

(*) https://doi.org/10.1163/9789004280670, http://www.historicalmaterialism.org/node/962

Más información:

— Llamamiento a la yihad de la Internacional Comunista
— La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa (1918-1920)
— El incidente de Xian

La masacre de My Lai: símbolo de los crímenes imperalistas en Vietnam

Era el 16 de marzo de 1968, cuando las tropas estadounidenses invadieron la región de Son My en la búsqueda de vietcongs (integrantes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam), considerados terroristas por los americanos. El teniente William Laws Calley tenía asignada la zona My Lai 4, donde se proponía llevar a cabo las más viles acciones. Al escuchar que se alejaba el sobrecogedor sonido de los helicópteros, los aldeanos imaginaron que ya había pasado el peligro, pero no sabían que Calley y sus hombres se habían lanzado en paracaídas y merodeaban en la zona con las peores intenciones. Al llegar, sin mediar palabra, violaron a las mujeres y a las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las humildes viviendas hasta arrasarlo todo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia y los fusilaron sin piedad. Aunque nunca se sabrá la cifra exacta de asesinatos, pues el Gobierno echó tierra sobre el asunto, se estima que fueron al menos 504 personas indefensas: en la macabra operación se incautaron apenas tres armas.

Como era de suponer, dado el clima de paranoia propio de la Guerra Fría, la prensa apenas divulgó la masacre más de un año después, cuando el editor Seymour Hersh decidió publicarla en notas aparecidas el 13, 20 y 25 de noviembre de 1969 en el diario St. Louis Post Dispatch. Le siguió el Cleveland Plain Dealer, que publicó las fotos de Ronald L. Haeberle, un exfotógrafo del ejército, quien había sustraído las fotos al control oficial, pues fueron tomadas con su cámara personal. Esto fue aún más perturbador, pues las imágenes (en color) mostraban que la mayoría de los cientos de ejecutados eran ancianos, mujeres y niños, incluso muchos bebés (la escena más famosa de la película Platoon, de Oliver Stone, fue inspirada en esta matanza).

Se demostró que el teniente Calley era una persona muy inestable con serios problemas de actitud que, al no lograr ascensos ni condecoraciones, decidió cometer una matanza y fingir que los asesinados eran enemigos abatidos (sobra resaltar las similitudes con la infame realidad colombiana). Y aunque fue juzgado y condenado por los actos de My Lai, solo pasó tres años bajo arresto domiciliario, pues fue indultado por el presidente Richard Nixon en persona. En 2006 el periódico Los Ángeles Times informó que durante aquella invasión (entre 1965 y 1971) se registraron 178 asesinatos más de no combatientes. A la larga, los tribunales militares solo condenaron a 23 personas por esos hechos.

Por supuesto, esta no fue la única matanza cometida por las fuerzas estadounidenses, pero sí la que más escándalo desató a causa de las mencionadas publicaciones, que provocaron la ira del presidente Nixon y miembros del Ejército, además de la indignación general en gran parte del país. Este tipo de actos bárbaros, peor que el perpetrado por los nazis en Oradour, daba la razón a los estadounidenses pacifistas, para quienes la guerra de Vietnam no era una contienda justa ni necesaria. A su vez, el Gobierno restaba importancia a dichas manifestaciones, acusando a sus integrantes de hippies, lunáticos y hasta terroristas enemigos del país.

En este contexto, las protestas antibélicas con motivo de la guerra de Vietnam iban en ascenso en Estados Unidos, en particular contra la invasión a Camboya (anunciada con gran jactancia por Nixon en la televisión nacional). Fue así como en mayo de 1970 se desarrollaron fuertes protestas por esta causa en la Universidad Estatal de Kent (Ohio), con el incendio de un edificio, disturbios, amenaza de saqueos y el despliegue de policías, bomberos y, por orden del alcalde, incluso acudieron unos mil efectivos de la Guardia Nacional, con el resultado de que los estudiantes fueron tiroteados por esta fuerza, con un saldo de cuatro asesinados (Allison Krause, Jeffrey Glen Miller, Sandra Lee Scheuer y William Knox Schroeder) y nueve heridos (uno de ellos sufrió parálisis permanente), pues dispararon contra los estudiantes indiscriminadamente y los redujeron con bayonetas, ya que también resultaron heridos varios transeúntes que observaban las protestas en la distancia.

Los deplorables sucesos recibieron la atención inmediata de toda la nación: cientos de universidades, colegios e institutos promovieron una huelga estudiantil y hubo cierre masivo de los centros educativos. El país estaba de luto y asombrado: ¿no que la guerra era allá? Por entonces surgió un clamor en la juventud del país, siempre señalada de vivir una ilusión hippie de tinte comunista.

Por eso no querían ser parte de una guerra donde, además de ellos, muchos latinos y negros irían a pelear contra amarillos que no les habían hecho nada para proteger la tierra que los blancos les habían arrebatado a los pieles rojas y volver a casa en un cajón. De hecho, los jóvenes les tenían pánico a los planes de reclutamiento para participar en una guerra absurda e incluso incendiaban la citación (como se aprecia en la película Hair, de Milos Forman). Así, los campus universitarios de todo el país estallaron en protestas y oposiciones al conflicto, en lo que la revista Time tituló de “huelga estudiantil a lo largo de la nación”.

Por esta razón las fotografías de los muertos y heridos de la Universidad Kent, publicadas en los periódicos del mundo, amplificaron la sensación de furia hacia la política expansionista, imperialista e invasiva de Estados Unidos, aunque esta vez la violencia estalló en su propio jardín. En particular, las imágenes captadas por el fotógrafo John Filo de Mary Ann Vecchio, una niña de catorce años, llorando sobre el cuerpo de Jeffrey Miller, asesinado de un disparo en la boca, causaron estupor en el mundo entero y ganó ese año el premio Pulitzer, convirtiéndose en una de las imágenes más impactantes de la masacre.

Además de desencadenar numerosas protestas en los campus universitarios del país, la actitud ante el tiroteo quedó expresada en una pancarta creada por los estudiantes de la Universidad de Nueva York: “No podrán matarnos a todos”. Durante una manifestación en Washington D.C., unas 100.000 personas repudiaron la política criminal de Nixon y la ciudad fue un campo de batalla, con una muchedumbre rompiendo ventanales y destrozando vehículos, así que Nixon se atrincheró en Camp David bajo protección militar. Los ocho guardias nacionales involucrados fueron acusados y enjuiciados, pero alegaron defensa propia y un juez retiró los cargos en 1974.

Tras ver las fotos de la masacre de Kent en la revista Life, el canadiense Neil Young quedó en estado de shock y al instante escribió la canción “Ohio”, que su banda Crosby, Stills, Nash & Young grabó de inmediato en Los Ángeles en unas pocas tomas y tocando en directo en los estudios de Atlantic Records. La cara B del sencillo se titulaba, quizá de forma desafiante: “Find the Cost of Freedom” (Encuentra el costo de la libertad), compuesta por Stephen Stills. La canción de protesta, escrita como reacción a la masacre, es considerada el mejor homenaje de la cultura popular ante los trágicos sucesos. Apenas dos semanas y media después, el tema salió al aire en las principales estaciones de radio de todo el país y cobró gran resonancia y popularidad.

En las notas del álbum recopilatorio Decade (1977), Neil Young escribió que “David Crosby lloró cuando acabó su toma”; de hecho, al final de la canción se puede escuchar a Crosby gritando: “Cuatro, ¿por qué? ¿Por qué murieron? ¿cuántos más?”.

La letra de la canción suscita sentimientos de horror, indignación y sobrecogimiento tras los disparos. Comienza con el verso “Tin soldiers and Nixon coming” (Soldaditos de plomo y Nixon llegando), reflejando así el sentimiento de la comunidad, que atribuyó la culpa de las muertes al presidente. Crosby declaró que incluir el nombre de Nixon en la canción fue “lo más valiente que he oído nunca”. Fue así como, sin proponérselo, el grupo se convirtió en vocero del movimiento de contracultura estadounidense, dándoles el estatus de líderes del pensamiento a lo largo de la década de 1970.

Y claro, algunas estaciones de radio prohibieron la canción, a causa de la mención del presidente Nixon, pero recibió cobertura en las radios FM ilegales en universidades y ciudades grandes. “Ohio” fue incluida por la revista Rolling Stone en su lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Crosby, Stills y Nash visitaron el campus de la Universidad de Kent por primera vez el 4 de mayo de 1997, donde cantaron la canción para la Conmemoración Anual del 4 de mayo.

A causa del famoso escándalo del Watergate, Nixon finalmente se vio obligado a renunciar, también por televisión, en 1974.

https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-masacre-de-my-lai-nixon-y-una-cancion-de-protesta-articulo-833720

La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa (1918-1920)

Cuando la revolución estalló en Rusia en 1917, los bolcheviques comenzaron a construir la primera sociedad socialista de la historia, una experiencia por la que los imperialistas de otros países no sentían ninguna simpatía; más bien al contrario, esperaban fervientemente que el proyecto condujera rápidamente a un fiasco desastroso.En los círculos dominantes de Londres, París y otros lugares, estaban convencidos de la inevitabilidad del fracaso del audaz iniciativa de los bolcheviques, pero -por si acaso- decidieron enviar tropas a Rusia para apoyar a los contrarrevolucionarios blancos contra los rojos bolcheviques, en un conflicto que se convirtió en una larga y sangrienta guerra civil.

Una primera oleada de tropas aliadas llegó a Rusia en abril de 1918, cuando soldados británicos y japoneses arribaron a Vladivostok y establecieron contacto con los blancos, que ya estaban en guerra con los bolcheviques. Sólo los británicos enviaron 40.000 soldados a Rusia. En la primavera de 1918 el entonces Ministro de Guerra, Churchill también envió una fuerza expedicionaria a Murmansk, en el norte de Rusia, para apoyar a las tropas del general blanco Kolchak, con la esperanza de ayudar a reemplazar a los bolcheviques por un gobierno amistoso con los británicos.

Otros países enviaron contingentes más pequeños, como Francia, Estados Unidos (15.000 efectivos), Japón, Italia, Rumanía, Serbia y Grecia. En algunos casos, las tropas aliadas participaron en la lucha contra los alemanes y los otomanos en las fronteras de Rusia, pero estaba claro que no habían ido para ese propósito, sino para derrocar al régimen bolchevique y “estrangular al bebé bolchevique en su cuna”, como dijo Churchill con tanta delicadeza.

Los británicos, en particular, también esperaban que su presencia permitiera embolsarse atractivos territorios de un Estado ruso que parecía estar colapsando, al igual que el Imperio Otomano. Por eso una unidad británica marchó desde Mesopotamia hasta las orillas del Mar Caspio, es decir, hasta las regiones ricas en petróleo alrededor de Bakú, la capital del Azerbaián moderno. Al igual que la propia Gran Guerra, la intervención de los Aliados en Rusia estaba dirigida tanto a combatir la revolución como a alcanzar los objetivos imperialistas.

En Rusia, la guerra no sólo ha creado las condiciones para la revolución social, sino también, al menos en algunas partes de aquel gigantesco país, revoluciones entre una serie de minorías nacionales. Esos movimientos nacionales ya habían levantado la cabeza durante la guerra y, en general, eran nacionalistas reaccionarios, conservadores, racistas y antisemitas. La oligarquía política y militar alemana identificó a los parientes cercanos ideológicos de estos movimientos como posibles aliados en la guerra contra Rusia. Los alemanes no apoyaron a los nacionalistas finlandeses, bálticos, ucranianos y otros nacionalistas por simpatía ideológica, sino porque podían ser utilizados para debilitar a Rusia; lo hicieron también porque esperaban asentar Estados satélites alemanes en Europa del este y del norte, preferiblemente monarquías con un miembro de la familia noble alemana como su soberano.

El Tratado de Brest-Litovsk demostró ser una oportunidad para crear varios de esos Estados. Del 11 de julio al 2 de noviembre de 1918, un aristócrata alemán llamado Wilhelm (II) Karl Florestan Gero Crescentius, Duque de Urach y Conde de Württemberg, recibió el título de Rey de Lituania bajo el nombre de Mindaugas II.

Con el armisticio del 11 de noviembre de 1918, Alemania fue condenada a desaparecer de la escena en Europa del este y del norte, lo que puso fin al sueño de hegemonía alemana en la región. Sin embargo, el artículo 12 del armisticio permitía que las tropas alemanas permanecieran en Rusia, en los Estados bálticos y en otros lugares de Europa Oriental durante el tiempo que los Aliados lo consideraran necesario, es decir, mientras fueran útiles en la lucha contra los bolcheviques, y eso es exactamente lo que estaban haciendo los alemanes. Los dirigentes británicos y franceses como Lloyd George y Foch consideraban a la Rusia revolucionaria como un enemigo más peligroso que Alemania. Los movimientos nacionales de los bálticos, finlandeses, polacos, etc., estaban ahora plenamente implicados en la guerra civil rusa, y los aliados sustituyeron a los alemanes como socios, militarmente hablando, mientras luchaban contra los rojos, en lugar de contra los blancos, lo que hacían con mayor frecuencia, puesto que muchas posesiones orientales, que antes formaban parte del imperio zarista, eran reclamadas simultáneamente por los blancos rusos, polacos, lituanos, ucranianos y otros grupos.

En todos los países que salían de las nubes de polvo causadas por el colapso del Imperio zarista, había esencialmente dos tipos de personas. En primer lugar, los obreros, campesinos y otros miembros de las clases bajas, que estaban a favor de una revolución social, apoyaban a los bolcheviques y estaban dispuestos a conformarse con una cierta autonomía para su propia minoría étnica y lingüística dentro del nuevo estado multiétnico y multilingüe -inevitablemente dominado por su componente ruso- que sustituyó al antiguo imperio zarista y que sería conocido como la Unión Soviética. En segundo lugar, la mayoría, pero no todos, de los miembros de las antiguas oligarquías aristocráticas y burguesas y de la pequeña burguesía, que se oponían a una revolución social y, por lo tanto, odiaban y luchaban contra los bolcheviques y querían nada menos que una independencia total del nuevo estado creado por estos últimos. Su nacionalismo era un nacionalismo típico del siglo XIX, reaccionario y conservador, estrechamente asociado a una etnia, una lengua, una religión y un pasado supuestamente glorioso, sobre todo mítico, que iba a renacer a través de una revolución nacional. También estallaron guerras civiles entre blancos y rojos en Finlandia, Estonia, Ucrania y otros lugares.

Si en muchos casos los blancos salieron victoriosos y lograron establecer Estados decididamente antibolcheviques y antirrusos, no es sólo porque los bolcheviques lucharon durante mucho tiempo con la espalda contra la pared en el corazón mismo de Rusia y, por lo tanto, rara vez pudieron apoyar a sus camaradas rojos en el Báltico y en otras partes de la periferia del antiguo Imperio zarista, sino también porque los alemanes y sus aliados -especialmente los británicos- intervinieron en primer lugar, y luego por medio de la milicia, para aliviar a los blancos. A finales de noviembre de 1918, por ejemplo, un escuadrón de la Marina Real, comandado por el almirante Edwyn Alexander-Sinclair (entonces almirante Walter Cowan), fue al Mar Báltico para proporcionar armas a los blancos estonios y letones y ayudarles a luchar contra sus compatriotas rojos y las tropas bolcheviques rusas. Los británicos hundieron varios barcos de la flota rusa y bloquearon el resto en su base, Kronstadt. En cuanto a Finlandia, en la primavera de 1918, las tropas alemanas habían ayudado a los blancos locales a la victoria y les habían permitido proclamar la independencia de su país.

Los responsables patricios de Londres, París, Washington, etc., tenían la clara intención de asegurar la victoria de los blancos a expensas de los rojos en la guerra civil de la propia Rusia y abortar así la empresa bolchevique, un experimento a gran escala en el que demasiados británicos, franceses, americanos y otros plebeyos mostraron interés y entusiasmo, lo que disgustó mucho a sus oligarquías. En una nota a Clemenceau en la primavera de 1919, Lloyd George expresó su preocupación de que “toda Europa está llena del espíritu de la revolución”, y continuó diciendo que “hay un profundo sentimiento no sólo de descontento, sino de cólera y revuelta entre los trabajadores contra las condiciones de la guerra…. todo el orden existente en sus aspectos políticos, sociales y económicos está siendo desafiado por las masas de la población de toda Europa”.

Sin embargo, la intervención de los aliados en Rusia fue contraproducente, ya que el apoyo extranjero desacreditó a las fuerzas contrarrevolucionarias blancas a los ojos de incontables rusos, que cada vez más veían a los bolcheviques como verdaderos patriotas rusos y, por lo tanto, los apoyaban. En muchos sentidos, la revolución social bolchevique fue a la vez una revolución nacional rusa, una lucha por la supervivencia, la independencia y la dignidad de la Madre Rusia, primero contra los alemanes y luego contra las tropas aliadas que invadieron el país por todas partes y se comportaron como si estuvieran en África central. Por esta razón, los bolcheviques pudieron beneficiarse del apoyo de un gran número de nacionalistas burgueses e incluso aristocráticos. Incluso el famoso general Brussilov, un noble, apoyó a los rojos. “La conciencia de mi deber hacia la nación [rusa] me ha llevado a negarme a obedecer mis instintos sociales naturales”. Los blancos no eran más que un microcosmos de las clases dirigentes y gobernantes del antiguo régimen ruso, oficiales militares, terratenientes y clérigos con un apoyo popular mínimo. También eran corruptos, y gran parte del dinero que los Aliados les enviaron desapareció en sus bolsillos.

Si la intervención aliada en Rusia, a veces presentada como una “cruzada contra el bolchevismo”, estaba condenada al fracaso, también se debió a que fue duramente combatida por innumerables soldados y civiles en Gran Bretaña, Francia y otras partes de occidente. Su lema era “¡Las manos fuera de Rusia!” Los soldados británicos que no habían sido desmovilizados después del armisticio de noviembre de 1918 y que iban a ser enviados a Rusia protestaron y organizaron motines, por ejemplo en enero de 1919 en Dover, Calais y otros puertos del Canal. Ese mismo mes Glasgow fue golpeada por una serie de huelgas, uno de cuyos objetivos era obligar al gobierno a abandonar su política intervencionista hacia Rusia. En marzo de 1919 las tropas canadienses se rebelaron en un campo en Ryl, Gales, matando a cinco hombres e hiriendo a otros 23; más tarde, en 1919, se produjeron disturbios similares en otros campos militares. Estos disturbios reflejaban ciertamente el deseo de los soldados de ser liberados y regresar a sus hogares, pero también revelaron que muchos de ellos no esperaban nada de un destino indefinido en la lejana Rusia.

En Francia, mientras tanto, los huelguistas de París exigían alto y claro que la intervención armada en Rusia debía terminar, y las tropas dejaron claro que no querían luchar contra los bolcheviques, sino que querían volver a casa. En febrero, marzo y abril de 1919, los motines y las deserciones asolaron a las tropas francesas estacionadas en el puerto de Odessa y a las fuerzas británicas en el distrito norte de Murmansk, y algunos británicos incluso cambiaron de bando y se unieron a las filas de los bolcheviques. “Los soldados que habían sobrevivido a Verdún y a la Batalla del Marne no querían ir a las llanuras de Rusia a luchar”, dijo un oficial francés. En el contingente estadounidense, muchos hombres se autolesionaron para solicitar la repatriación. Los soldados aliados simpatizaban cada vez más con los revolucionarios rusos; estaban cada vez más “contaminados” por el bolchevismo contra el que debían luchar. Así, en la primavera de 1919, los franceses, británicos, canadienses, americanos, italianos y otras tropas extranjeras tuvieron que retirarse de Rusia sin ninguna gloria.

Las oligarquías occidentales fueron incapaces de derrotar a los bolcheviques mediante la intervención armada. Por lo tanto, cambiaron de rumbo y proporcionaron un generoso apoyo político y militar a los nuevos Estados que emergieron de los territorios occidentales del antiguo Imperio zarista, como Polonia y los Países Bálticos. Estos nuevos Estados eran, sin excepción, el producto de revoluciones inspiradas por nacionalismos reaccionarios, demasiado a menudo teñidos de antisemitismo, y dominados por los supervivientes de las antiguas oligarquías, incluidos grandes terratenientes y generales de origen aristocrático, industriales e iglesias cristianas nacionales. Con pocas excepciones, como en Checoslovaquia, no se trataba de democracias en absoluto, sino de regímenes autoritarios, normalmente dirigidos por un oficial militar de alto rango y de origen noble, como Horthy en Hungría, Mannerheim en Finlandia y Pilsudski en Polonia. El franco y abierto antibolchevismo de estos nuevos estados sólo fue igualado por su sentimiento anti-ruso. Sin embargo, los bolcheviques lograron recuperar algunos territorios de la periferia del antiguo Imperio zarista, como Ucrania.

El resultado de esta confusa mezcla de conflictos ha sido una especie de vínculo: los bolcheviques triunfaron en Rusia y hasta en Ucrania, pero los nacionalistas antibolcheviques y antirusos con grandes y contradictorias ambiciones territoriales prevalecieron en regiones más al oeste y al norte, especialmente en Polonia, los Estados Bálticos y Finlandia. Fue un acuerdo que no satisfizo a nadie, pero que finalmente fue aceptado por todos, aunque está claro que sólo fue por poco tiempo. Se erigió un cordón sanitario compuesto por una serie de Estados hostiles alrededor de la Rusia revolucionaria con la ayuda de las potencias occidentales con la esperanza de que aislaría al bolchevismo en Rusia.

Eso es todo lo que pudo lograr occidente, pero la ambición de poner fin a la experiencia revolucionaria en Rusia, tarde o temprano, siguió estando muy viva en Londres, París y Washington. Durante mucho tiempo, los dirigentes occidentales continuaron esperando que la Revolución Rusa se derrumbara por sí sola, pero eso no sucedió. Más tarde, en la década de 1930, esperaban que la Alemania nazi se encargara de destruir la Revolución en su guarida, la Unión Soviética; por eso permitieron a Hitler remilitarizar Alemania y, a través de la famosa “política de apaciguamiento”, lo alentaron.

Jacques R. Pauwels https://www.counterpunch.org/2018/12/10/foreign-interventions-in-revolutionary-russia/

La guerra civil rusa (Primera parte) | La guerra civil rusa (Segunda parte)

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